Capítulo 2: ¡Arde cosmos!
Ocho meses. Sí, ese era el tiempo que había transcurrido desde que el Gran Maestro había cedido la custodia de los gemelos al santo de Géminis. Ocho largos meses en los que la vida de los pequeños se había convertido en un vaivén de emociones que amenazaba con desbordarse en cualquier momento. Los malos ratos se hacían presentes en abundancia, mientras que los momentos de complicidad y sonrisas eran tan escasos que se atesoraban con desesperación en los corazones de los niños. Y sin embargo habían sobrevivido. Sin importar cuan dura era la vida al lado de Zarek, el par de críos se las había arreglado para mantenerse de pie en medio de la adversidad.
En algunas ocasiones, cuando sus deberes de santo así se lo exigían, el turco se veía obligado a dejar a sus aprendices para llevar a cabo misiones de alto riesgo en terrenos ajenos al Santuario y aquel era uno de esos días.
El inmisericorde Sol de Grecia se alzaba en la cúspide del cielo bañando con sus rayos dorados los terrenos de la diosa de la sapiencia. En el ambiente, el aire fluía pesadamente sofocando con su infernal calidez las gargantas de los habitantes de la región sin tregua alguna. Las condiciones climáticas extremas parecían no afectar en lo más mínimo a los residentes del Santuario. Santos, amazonas, aprendices, escuderos o sirvientes, nadie se inmutaba ante el rigor del astro rey; la vida y la rutina simplemente continuaban con normalidad.
Pero ni el sol ni la asfixiante atmosfera detenían la voluntad de los gemelos que se disponían a sacar provecho de su día libre. Recién habían concluido las obligaciones asignadas por Zarek antes de su partida, por lo que el resto del día les pertenecía y dispuestos a no desperdiciar ni un solo momento de él, ambos decidieron salir a vagar sin rumbo fijo por el lugar.
Y ahí iban los dos niños. Corrían por los sinuosos senderos que el uso cotidiano había creado para el tráfico de las personas mientras sus ojos verdes no se daban abasto observando cada detalle de lo que les rodeaba. Batallas en plena acción, entrenamientos en proceso, conversaciones que apenas entendían, todo parecía poseer alguna especie de magia especial.
-¡Kanon, espera! ¿A dónde se supone que vamos?-gritó Saga a su hermano quien ya le sacaba unos cuantos metros.
-A la explanada detrás del Coliseo… ¡tonto el que llegue al último!-respondió emprendiendo la carrera con la intención de coronarse triunfador.
-¡Oye! ¡Eso es trampa!-se quejó Saga sin ningún éxito.
Ambos corrieron con todo lo que les daban las piernas. Saga trataba por todos los medios de disminuir la distancia entre ambos mientras Kanon se limitaba a observar de vez en cuando por el rabillo del ojo buscando evitar alguna sorpresa por parte del mayor. Por fin, tras varios minutos de correteo, la meta se vislumbró en el horizonte. Ahí estaba la enorme explanada de piedra, a completa merced de los rayos del Sol y sin una sola sombra bajo la cual protegerse de las inclemencias de Apolo.
-¡Gané!-exclamó Kanon tan pronto puso un pie en el lugar.
Alzó los brazos y brincó mientras esperaba por su hermano quien llegó unos cuantos segundos después.
-Eres un tramposo-reclamó con la voz entrecortada debido a la falta de aire.
Se dobló apoyándose sobre sus rodillas para recobrar el aliento y le lanzó al menor una mirada de recriminación que éste ignoró por completo. No tenía caso, Saga suspiró resignado, sin importar cuanto tratara, hacer entrar en razón a Kanon era…complicado; para su hermano menor ganar lo era todo y no había nada más que la victoria.
Tan pronto su respiración se hubo tranquilizado, Saga se dirigió al centro de la planicie donde Kanon se entretenía practicando algunos de los movimientos que Zarek había estado enseñándoles durante los pasados meses. Derecha, izquierda; defensa, patada, derecha, defensa…las series repetitivas se habían grabado claramente en la cabeza del menor de los gemelos.
Mientras tanto, Saga recorrió el lugar con la vista en busca de un poco de resguardo del calor, más no encontró nada. Suspiró, y sin nada mejor que hacer, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se limitó a observar con atención las repeticiones de su hermano sin pronunciar una palabra pero analizando con detenimiento hasta el más mínimo movimiento. Entrecerró los ojos al encontrar algo que capturó su atención.
-Bajas demasiado tu defensa-dijo con cierta autoridad en su voz.
Kanon se detuvo para mirarle con dureza.
-¿Tú que sabes?-espetó mientras en su mirada se reflejaba el disgusto que le ocasionaba el comentario de su mayor.
Dispuesto a no caer en polémicas y con pocos ánimos de iniciar una discusión por algo que Zarek ya le había dicho a Kanon en innumerables ocasiones, Saga subió los hombros cediendo la razón al menor y dejando el asunto en el olvido. De nuevo había sucedido…otro intento fallido de hacer entrar en razón a Kanon. En silencio, Saga volvió a arrepentirse de su ingenuidad. Cierto, apenas era un niño pero conocía lo suficiente a su hermano como para repetir tantas veces el mismo error.
-¡Te reto, Saga!-exclamó el menor apuntando su dedo índice hacía él.
Saga sonrió confiado y, asintiendo, tomó lugar frente a su gemelo preparándose para un poco de acción vespertina. Kanon fue el primero en atacar, así solía ser siempre. Se abalanzó sobre Saga a toda velocidad con el brazo derecho listo para asestar el primer golpe, sin embargo apenas alcanzó a rozarle la mejilla. El mayor retrocedió un par de pasos con la suficiente confianza para esquivar los puñetazos que parecía llover sobre él y así esperó pacientemente hasta que encontró la forma de pasar a la ofensiva. Tampoco pudo hacer mucho, de hecho, Kanon sorteaba los golpes con la misma agilidad que él.
"Bien" pensó, si no podía hacer una diferencia con los puños y el uso de la fuerza, entonces tendría que recurrir a otros métodos, unos menos convencionales y a los que Kanon no estaba del todo acostumbrado. Con un improvisado plan en mente, Saga volvió a asumir una posición completamente defensiva en la que no huía de los golpes sino que los detenía con sus antebrazos permitiendole a Kanon acercarse más y más a él. Con entereza esperó a tenerlo justo donde quería y, sin miramientos de ningún tipo, creó en la palma de su mano un pequeña esfera resplandeciente de energía.
Los ojos de Kanon centellaron al distinguir el brillo en las manos de su gemelo. Aquella habilidad de Saga le había tomado por sorpresa, desconocía que su hermano era ya capaz de dominar su cosmoenergía lo suficiente como para moldearla y externarla de esa forma. Para cuando cayó en cuenta de lo que seguía, era demasiado tarde. Sintió el calor de la energía acercándose a su torso y una leve explosión lo hizo salir repelido hasta caer al piso estrepitosamente.
-Creo que gané-dijo Saga cruzándose de brazos, con una presuntuosa sonrisa adornando su rostro.
El menor de los gemelos gruñó con evidente disgusto. Mientras se ponía de pie sentía algo en su interior hervir con furia, pensó que simplemente se trataba de la rabia de haber perdido frente a su hermano, sin embargo, aquel sentimiento desconocido no era otra cosa más que envidia, una envidia matizada con un pequeño toque de admiración hacia su él.
Deseaba con todo su corazón poseer la misma habilidad que Saga ya controlaba con una discreta perfección. Sí, con perfección. Lo sabía por la forma en que había medido perfectamente la fuerza del impacto para no causarle mayor daño, lo intuía por la facilidad con la que había recurrido al uso del cosmos, lo leía en la mirada de Saga.
-¿Desde cuando sabes hacer eso? –se quejó Kanon al mismo tiempo que se pasaba la mano sobre el abdomen.
-Hace un rato…-Saga subió lo hombros y le restó importancia a la situación.
-¡¿Y se puede saber porque no me lo dijiste?
-No creí que fuera necesario.
-¿Zarek sabe de esto?
Saga volvió a subir los hombros como respuesta. Realmente no sabía si su maestro estaba al tanto de lo mucho que sus habilidades habían progresado en los últimos días y tampoco le importaba mucho; Zarek era una de esas personas a las que Saga no buscaba impresionar y por lo tanto no necesitaba su aprobación. Dejó de prestarle a atención a las quejas de su hermano y con una traviesa mirada le dejó saber que él había sido el ganador único y absoluto.
-Miren que tenemos aquí…-escucharon decir a una voz desconocida.
Recorrieron los alrededores con la mirada en busca del dueño se esa voz. Hasta ese momento no habían notado que un grupo conformado por cuatro chicos les observaba desde lo alto de una formación de rocas. La posición del Sol les impedía verles los rostros, pero a juzgar por las siluetas oscuras pudieron determinar que eran unos años más grandes que ellos, quizás tendrían unos diez u once años.
Uno de ellos, él que parecía ser el líder, se dejó caer desde lo alto de las piedras para aterrizar frente al par de niños. Su rostro no significó nada para el par de gemelos, si le conocían o no, simplemente no recordaban aquella cara.
-Los niños consentidos del Santuario salieron a jugar solos-dijo con una mordaz sonrisa en los labios mientras apartaba un par de mechones de cabello azabache que cubrían parcialmente sus vivaces ojos violetas.
La forma en que les miró hizo que la piel se les enchinara. De inmediato, y como instintiva respuesta, ambos se pusieron alerta adivinando que las intenciones del recién llegado no eran buenas.
-¿Quiénes sois?-preguntó con fingida seguridad Saga.
-Alguien a quien deberías tenerle miedo, mocoso-le respondió un chico de largos cabellos rubios y opacos ojos grises que despedían un odio aún mayor que los del primero.
-Tranquilo, Keitaro-el moreno se interpuso entre él y los gemelos-Ya llegará tu tiempo para divertirte con ellos, primero veamos que pueden hacer-sonrió con burla.
-Te demostraré lo que podemos hacer-Kanon se abalanzó furioso sobre el rubio quien se encontraba más cerca de él.
Aunque hubiese deseado detenerlo, para Saga fue imposible hacer algo por evitar que su hermano pagara el precio de su impulsividad. Los puños y patadas de Kanon surcaban el aire sin ningún resultado. El joven de cabellos dorados leía a la perfección cada uno de los movimientos del niño, esquivando con relativa facilidad los desesperados embates del aprendiz de Géminis.
-¿Y te dices un aprendiz de santo dorado?-se carcajeó.
-¡Demuéstrale como pelea un futuro santo, Keitaro!- le gritó otro chico del grupo.
Kanon se estremeció cuando sintió la rodilla del mayor golpeando contra sus costillas con una fuerza impresionante. Fue como si todo a su alrededor se detuviera, como si el mundo hubiera comenzado a girar lentamente y todo transcurría con pasmosa lentitud. Sus rodillas cayeron sobre el áspero piso de piedra mientras sus manos instintivamente cubrían su adolorido torso. Intentó doblarse hacia adelante para mitigar el dolor, pero de inmediato Keitaro le cogió del cabello obligándole a mantenerse erguido sobre sus rodillas.
El más grande se agachó para poder verle a la cara restregándole aquella cínica sonrisa que le crispaba los nervios al gemelo. Chasqueó la lengua al mismo tiempo que sacudía ligeramente la cabeza como negación.
-Patético-le susurró para luego ponerse de pie sin soltar los cabellos azules.
Saga miraba la escena con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. La facilidad con la que habían controlado a Kanon le espantaba puesto que, como fuera, la diferencia entre su fuerza y la de su hermano no era muy diferente. El sonido de unos solitarios aplausos sacó al peliazul de sus pensamientos. Llevó sus ojos hacia la silueta del líder que se acerca desafiante.
-Bien hecho, Keitaro. Ahora es mi turno de jugar un poco-rió maquiavélicamente.
El instinto de supervivencia le gritaba a Saga que huyera, pero no podía hacerlo. Observó como Kanon era sujetado de los brazos por un par de chicos mientras que el rubio le jalaba de la melena obligándole a mirar el espectáculo que estaba apunto de protagonizar.
-No te atrevas a cerrar los ojos-murmuró Keitaro al oído de Kanon-No quiero que te pierdas lo mucho que Nikos se divertirá con tu hermanito.
Kanon tragó saliva. Forcejó tratando de liberarse, pero lo único que consiguió fue que el puño de uno de los chicos se hundiera en su estómago dejándole sin aliento.
-Nada de escaparse, amiguito-escuchó a Keitaro-No nos obligues a golpearte más, mira que lo último que deseamos es que pierdas la consciencia. No querrás perderte el espectáculo.
Resignado, el menor de lo gemelos suspiró profundamente para luego llevar su aterrorizada vista hacia su hermano.
-Saga-balbuceó sin poder evitar que la voz se le quebrara.
A unos metros de ellos, Saga permanecía de pie viendo como Nikos se acercaba con una perturbadora parsimonia. Le vio tronarse los nudillos de los dedos con una perversa sonrisa en los labios. Por un momento el miedo se reflejó en el semblante del niño, sin embargo, y de alguna forma que él mismo no comprendía, encontró coraje para seguir adelante con lo que fuera que venía. Poco le duró la tranquilidad.
En un pestañeo, Nikos se encontraba a centímetros de él y en una fracción de segundo el puño del joven se impactó contra la mejilla de Saga. La inercia del golpe le empujó haciéndole trastabillar con una saliente del piso. Consiguió meter la mano para reducir la fuerza con su cuerpo pegó contra el piso pero, a pesar de sus esfuerzos, la caída fue inevitable. En su garganta se ahogó un grito de dolor al sentir su cadera estrellándose sobre el relieve del piso. Aunque hubiese deseado levantarse de inmediato, el dolor que experimentaba en sus huesos conspiraba para impedírselo. Trabajosamente, logró sostenerse sobre sus rodillas y sus manos.
Su pecho subía y bajaba mientras sus pulmones suplicaban desesperadamente por poco de oxígeno, sus ojos sondeaban la posición de su atacante a través de los mechones de cabello que le cubrían el rostro al mismo tiempo que su cabeza funcionaba a toda velocidad procesando cuanta información podía acerca de una batalla que parecía perdida. Saga veía con claridad a Nikos de pie frente a él, no estaba a una distancia peligrosa; sin embargo, el gemelo sabía que no podía confiarse de sus ojos… Tenía toda la razón.
Al pelinegro le tomó apenas un pestañeo situarse otra vez cerca de Saga y sin ningún tipo de remordimiento, asestó un patada en la espalda del niño. Cuando lo tuvo otra vez en el suelo, pateó una y otra vez las costillas del gemelo quien luchaba por protegerse de los embates de Nikos. La potencia de cada golpe resultaba abrumadora para el peliazul, jamás antes había enfrentado a alguien con una fuerza tan superior a la suya, incluso Zarek se controlaba y se abstenía del uso total de su poder.
El ataque no cesaba y, ahí tendido sobre el piso, Saga trataba de enfocarse, de encontrar en medio del caos una alternativa para quitarse de encima al joven. Sabía que no iba a resistir mucho si permanecía atrapado en esa tormenta de golpes y patadas, pero sus opciones eran limitadas.
-¡¿Qué pasa?-reclamó eufórico Nikos-¡¿No eres un aprendiz de santo dorado? ¡¿Dónde esta ese gran poder del que todos hablan?
Con cada palabra que escupía, la fuerza con la que pegaba a Saga se incrementaba. El pequeño no sabía cuanto tiempo más sería capaz de soportar aquella paliza, pero a juzgar por las punzadas de dolor que experimentaba en su recién curado brazo no sería mucho. Una loca idea acudió a su mente. Había algo… algo que nunca antes había tenido el coraje de probar, sin embargo dadas las circunstancias quizás aquella sería su última oportunidad. Ya no soportaba más. El aire se le agotaba, el sabor metálico dela sangre en su boca le asqueaba y la fuerza le abandonaba. Tenía que intentarlo.
Se replegó tratando de aislarse momentáneamente del desastre que tenía encima. Aquella era lo locura más grande de su corta vida, era algo casi imposible de conseguir, pero si su deseo era sobrevivir tenía que enfocarse en concentrar y manejar la energía que emanaba de su interior.
-¡Saga!-el grito de Kanon retumbó con el eco de lugar cuando vio que su gemelo dejaba de moverse.
-No te preocupes-intervino burlonamente el rubio-Nikos no lo matará, solo le recuerda cual es su lugar en este Santuario.
Kanon no supo que responder, ni siquiera sabía de que demonios hablaba ese chico; lo único que tenía claro era que, por alguna razón desconocida, el odio que sentían hacia él y su hermano era gigantesco. Hubiera deseado correr en ayuda de Saga, pero la fuerza de los tres mayores superaba por mucho la suya y por ello no importaba que hiciera para liberarse, simplemente no era posible.
En el piso, Saga no se movía. Todo parecía indicar que el final de esa pelea había llegado cuando, sin ningún aviso, un hilo de luz se dejó ver. Segundos después, la inercia producida por una explosión de energía propulsó a Nikos alejándolo del origen de ese cosmos: Saga.
-¡¿Pero que…?-Keitaro se preguntó a sí mismo al ver a Nikos caer contra unas rocas cercanas.
El rubio llevó su mirada hasta donde se encontraba el mayor de los gemelos. Le vio ponerse de pie trabajosamente y visiblemente agotado. Tenía el cuerpo y el rostro cubierto de heridas de las cuales emanaban pequeñas cantidades de sangre. Su respiración, agitada y entrecortada, hacía evidente la extenuación del niño. Las piernas le temblaban y apenas podía mantenerse de pie, pero aún así se las ingenió para sonreír ligeramente al ver que había alcanzado su objetivo.
-Maldición… -murmuró el pelinegro mientras trataba de ponerse de pie.
El ataque de Saga le había aturdido. Ciertamente lo último que esperaba era que ese mocoso tuviera la capacidad de manejar sus cosmos de esa forma a tan corta edad, sin embargo acababa de comprobar en carne propia porque aquellos eran aprendices de santos dorados. Se limpió con tosquedad la sangre que corría por su labio inferior. Estaba furioso. No permitiría que aquello terminara así.
-Me las vas a pagar, maldito estúpido.
Incrédulo, Saga observaba a Nikos aproximándose con fiereza. Había consumido hasta la última gota de su energía en quitárselo de encima, pero todo había sido en vano. Los golpes no tardaron en llegar y con ellos, el dolor regresó.
Sentía los puños estrellarse contra él con furia desmedida, sentía la rabia en cada golpe que Nikos le propinaba, sin embargo no comprendía cual era el motivo de tanto odio. Ya no podía defenderse, ni siquiera tenía la fuerza para moverse, estaba a completa merced de su enemigo. Cuando su cuerpo no pudo resistir más, cayó al piso.
Tosió un poco y sintió el sabor de la sangre en su boca. No podía moverse pero sentía a Nikos acercándose, oía sus pasos cada vez más cerca de él haciendo que sus temores se desataran. Al fin lo escuchó detenerse a su lado. El moreno posó su pie sobre la cabeza de Saga más no ejerció fuerza alguna, simplemente dejó salir un carcajada que le erizó la piel al niño.
-Aprende mocoso, que ese es tu lugar-siseó despectivamente para luego hundir su pie en los cabellos azules de Saga para presionar su rostro con el piso.
El gemelo intentó quejarse, quiso gritar, pero no pudo. La piedra ardiente contra su mejilla quemaba su rostro mientras las rocas se clavaban en su piel haciendo pequeños cortes. Estaba completamente perdido, lo sabía y lo detestaba. Odiaba sentirse vulnerable, aborrecía quedar a disposición de cualquiera y abominaba ser incapaz de salvarse. Entonces se lo prometió, juró hacerse lo suficientemente fuerte para nunca volver a encontrarse en una situación similar.
A la distancia, Kanon observaba sin dar crédito a lo que sus ojos veían, ese muchacho estaba haciendo trizas a su hermano y él no podía hacer nada para ayudarle. Por enésima vez, forcejeó con sus captores, aunque el resultado no fue distinto a los anteriores. El agarre que ellos tenían sobre él era difícil de burlar y, completamente consciente de ello, el menor de los gemelos pareció encontrar la resignación.
-Saga…-susurró al mismo tiempo que una lágrima se le escapaba.
Hubiera deseado bajar la cabeza y desviar la mirada, pero Keitaro y sus cómplices se lo impedían. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras que el estómago se le revolvía al ver a Nikos proseguir con la tortura de Saga, simplemente era mucho más de lo que podía soportar. No supo en que momento comenzó a temblar ni tampoco notó el fuerte calor que emanaba de él y que hacía su sangre hervir en sus venas, su completa atención pertenecía a su hermano.
-El mocoso esta hirviendo-tartamudeó uno el chico que le sostenía del lado derecho.
Los ojos de Keitaro se abrieron incrédulos al comprobar que lo que su amigo decía era cierto. La temperatura de Kanon se había incrementado considerablemente y un aura dorada envolvía el cuerpo del niño, sin embargo su mirada permanecía perdida en su gemelo.
Llegó el momento en que la energía de Kanon se volvió insoportable. La impotencia de ver a su hermano en desgracia y el ávido deseo de terminar con su sufrimiento hacían arder la llama de su vida y encendían su cosmos en una forma que él mismo desconocía. Cada quejido de Saga, cada lágrima derramada alimentaba el fuego dentro de él sin que siquiera lo notase. Pronto, los chicos que le tenían cautivos no tuvieron más opción que soltarle al sentir sus manos quemarse bajo el poder de la energía despedida por el niño.
-¿Qué clase de monstruos son estos?-se preguntó uno de los jovenes en medio de un murmullo y sin poder quitarle la vista de encima a sus manos quemadas.
-¡Idiotas! ¡¿Por qué le soltais?-exclamó con frustración Keitaro.
Demasiado tarde.
-¡Deja a mi hermano en paz!-Con aquel grito de guerra, Kanon se abalanzó sobre Nikos.
Sin tiempo de reaccionar y tomado por sorpresa, el joven aprendiz de santo de plata no pudo evitar ser golpeado por el resplandeciente puño del gemelo menor.
El silencio se apoderó del ambiente mientras el resto del grupo de agresores observaban boquiabiertos como su líder se estrellaba contra unas rocas cercanas. Ni una sola palabra abandonó sus labios, solo el desconcierto se reflejó en las miradas de los mayores.
La confusión era tal que ninguno de ellos notó a Kanon tambalearse después de propinar aquel golpe. Estaba agotado. Por vez primera había conseguido despertar su cosmos, pero al no tenrer ningun tipo de control sobre él, ahora pagaba las consecuencias sintiendose al borde del agotamiento. Jadeante, cayó de rodillas al lado de Saga.
Saga lo vio caer junto a él casi incosciente. Intentó hablarle, decirle algo, pero aunque sus labios se movían, ningún sonido salía de su garganta. Entonces se dio cuenta de que estaba aterrorizado. Pensaba en que no les quedaba ya nada que hacer, ambos habían agotado hasta la última de sus opciones y aún así habían fracasado en enfrentar a aquel grupo. Justo cuando comenzaba a pensar que no podía estar más asustado, alcanzó a distinguir las sombras de los chicos acercándose a ellos. Temió por Kanon porque sabía que le harían pagar la osadía, estaba seguro que ese grupo de sádicos no dejarían pasar la oportunidad de sacar provecho de la debilidad de su hermano. Trató de incorporarse más una patada le hizo golpear el piso una vez más.
-Quieto, pedazo de idiota-volvió la mirada para encontrarse con los fríos ojos de Keitaro.
-Ese es mío, Keitaro-intervino Nikos quien ya se encontraba de regreso-Ustedes podeis hacer lo que gusten con el otro, el muy maldito me tomó desprevenido.
Habiendo dicho aquello, el pelinegro se acercó a Saga para tomarlo del cabello y obligarlo a ver como la pandilla de brutos se ensañaban con su hermano. Por más que se esforzó, Saga no pudo reprimir las lágrimas…todo estaba perdido.
De pronto, un solitario aplauso resonó en lo alto de las rocas. Los chicos se detuvieron por un instante y nerviosamente alzaron los ojos hacia el lugar donde provenía el sonido, reprimiendo un escalofrío. Quizá solamente eran unos aprendices, pero su instinto estaba perfectamente desarrollado y les estaba advirtiendo de que el peligro acechaba en aquellos parajes.
Allá en lo alto, una silueta se alzaba erguida, a contraluz, pues el sol a sus espaldas oscurecía aún más su expresión; sin embargo, su cuerpo resplandecía envestido con una de las Doce Armaduras. Hacia ya unos minutos que el Santo contemplaba la escena con curiosidad. Su larga melena ardiente se agitaba tras él mientras que su fría mirada gris, se clavaba en cada uno de los chiquillos, quienes observaban mudos el lento caminar del santo a medida que avanzaba hacia ellos. Saga y Kanon compartieron una mirada exhausta y cómplice, suspirando casi sin darse cuenta al sentirse, por un instante, aliviados.
-Muchos se preguntan que es eso tan especial que diferencia a un Santo Dorado de cualquier otro ser humano. –La voz carente de cualquier emoción de Zarek retumbó en el silencio de la planicie.
No hubo ninguna respuesta. Los chicos de plata parecían congelados en sus puestos. Su posición no había variado un solo milímetro, ni siquiera habían liberado a los gemelos de su agarre; y era así, que boquiabiertos y aterrados escuchaban al Santo de Géminis mientras continuaba avanzando a paso firme, y con enervante calma, hacia ellos.
-La diferencia es que vuestra estupidez supera con creces vuestro poder. –hizo una pausa a la vez que se detenía a un par de metros del grupo y observaba como alguno de los chicos bajaba la mirada.- Mientras que vuestra lengua… corre por delante de vuestro pensamiento.
Sus ojos se clavaron en la mirada violeta de Nikos. Desde donde estaba, Zarek podía percibir la respiración acelerada de cada uno de los miembros de su grupo; sentía a la perfección el pánico que les atenazaba de pies a cabeza. Pero sorprendentemente, el chiquillo, a pesar de estar tan aterrado como los demás, sostuvo su mirada por un instante, para segundos después suavizar el agarre sobre la melena de Saga. Finalmente, el moreno cedió y soltó al chiquillo empujándolo de nuevo contra el suelo. Miró entonces a Keitaro, y el joven captó el significado de aquella mirada a la primera, pues casi inmediatamente, imitó a su amigo y liberó a Kanon.
-¿Necesitáis una invitación especial para marcharos? –Espetó de pronto el Santo, cruzándose de brazos.- Esfumaos de mi vista.
Apresuradamente, los dos amigos de Nikos y Keitaro emprendieron la huida bajo la socarrona sonrisa del Caballero de Géminis. Sin embargo, los otros dos continuaban allí, estáticos, intercambiando miradas nerviosas que pretendían pasar desapercibidas. Pero Zarek aún podía sentir el miedo que emanaba de ellos. Los dos chicos se disponían a irse; no sin antes dedicar una ultima mirada cargada de odio a los hermanos. Los contempló mientras se alejaban, sintiéndose incapaz de borrar la expresión de satisfacción que adornaba su rostro.
Cuando los hubo perdido de vista, se dio la vuelta y encaró a sus dos aprendices. Su expresión se tornó completamente seria e implacable de nuevo. Apenas se habían movido de su sitio, pues el alivio que habían sentido al saber a su maestro salvando su comprometida situación, se había esfumado tan pronto los cuatro chicos habían desaparecido de allí. La fugaz tranquilidad había sido sustituida por una inquietud que apenas sabían disimular y un ligero miedo que les impedía moverse.
-¿A que esperáis? Levantaos. –Ordenó con frialdad.- Esta es la última vez que os sacó de una pelea, ¿entendido? –Ambos asintieron quedamente.- Me siento avergonzado. –masculló.
Kanon se secó una lágrima que rodaba imprudentemente por su mejilla con el dorso de la mano y se incorporó lentamente con ayuda de sus manos temblorosas. Sentía su cuerpo entumecido y las heridas ardían en su piel. Sin embargo, poco le importó. Inmediatamente sus ojos buscaron a Saga, quien estaba un par de metros más allá, sentado sobre sus rodillas magulladas. No le paso desapercibido el rápido vaivén de su pecho y sus ojos enrojecidos, inundados por las lágrimas que se estaba esforzando por controlar, mientras se mordía el labio inferior con nerviosismo.
-No tengo todo el día. –insistió el turco.
Su voz sobresaltó ligeramente al menor de los gemelos, que rápidamente acabó de ponerse en pie con esfuerzo. Saga lo siguió instantes después, sujetándose casi inconscientemente su brazo recién curado, comprobando su estado; lo cual no pasó desapercibido para ninguno de sus dos acompañantes.
-Ven aquí, Saga. –ordenó nuevamente su maestro.
Todo su cuerpo dolía con cada movimiento que hacía pero el chiquillo obedeció. Se acercó con paso vacilante hasta quedar junto a Zarek que tenia la vista fija en su hermano, y casi inmediatamente volteó hacia Kanon que continuaba inmóvil en su sitio. Su intuición le decía que algo estaba a punto de pasar. Y no se equivocaba.
-Tu cosmos. Enciéndelo. –inquirió el maestro a la vez que Saga lo miraba sorprendido.
-Pero… -protestó Kanon.
-No quiero escuchar tus estúpidas excusas.
Su voz sonó tan autoritaria que ninguno de los dos niños se atrevió a contradecirle. Tras un rápido intercambio de miradas entre los hermanos, la vista de Kanon se fijó en el suelo a sus pies. Intentó concentrarse. Intento sentir cada una de las cosas que habían inundado sus sentidos cuando minutos antes su cosmos había explotado. Sin embargo, su ceño se frunció ligeramente al comprobar que nada ocurría. Únicamente el silencio reinaba en el lugar, interrumpido por algunos gritos lejanos en el coliseo. El nerviosismo comenzó a invadir cada célula del chiquillo.
-No puedo. –dijo finalmente mientras dejaba caer sus brazos decepcionado.
-Si. Si puedes. –Respondió Zarek.- Inténtalo otra vez.
Kanon repitió el proceso de nuevo, pero nada ocurrió. Junto al pelirrojo, Saga se tensó. Podía sentir a la perfección el nerviosismo de su hermano y la impaciencia tanto de él como de su maestro. Deseaba con todas sus fuerzas que Kanon lo consiguiera. Aquel no era un buen día para soportar las riñas de Zarek. Observó de soslayo a su maestro y su expresión le hizo estremecer. Volteó de nuevo a su hermano, nada ocurría.
-No… ¡No puedo! –gritó enfadado el menor.
-Si Saga puede, tú puedes. –Comenzó el turco.- O quizá de veras no puedes hacerlo y no puedas alcanzar nada más que el rango de guardia del Santuario. Y yo, no entreno guardias, ¿me has oído? –continuó alzando la voz. Kanon tragó saliva mientras sus ojos amenazaban con cargarse de lagrimas nuevamente.- Concéntrate, Kanon.
-¡Ya lo he intentando y no…!-protestó el pequeño.
Pero Zarek no estaba dispuesto a escucharlo. Antes de que el niño pudiera pestañear, una diminuta esfera de energía rojiza se había formado en la mano derecha del mayor. La pequeña esfera, impacto de lleno en su pecho, empujando al pequeño hacia atrás que cayó pesadamente al suelo. El pelirrojo lo observó impasible, mientras a su lado, había notado casi divertido el sobresalto de Saga.
-Levántate. –ordenó de nuevo. Kanon se incorporó con dificultad una vez más y apretó los dientes en su intento por no llorar.- ¿Te duelen las heridas? –Preguntó sin esperar a recibir respuesta alguna.- Tú decides cuando volvemos a casa. Hasta que no aprendas a usar tu cosmos, no nos moveremos de aquí. –El niño asintió comprendiendo la situación.- Concéntrate. No se trata de explotarlo Kanon, se trata de controlarlo y manejarlo a tu antojo. El cosmos surge de ti, corre por tus venas; es tu esencia. Debes controlarlo, y ahora es él quien te esta dominando a ti. Inténtalo de nuevo.
Saga contemplaba nervioso como su hermano lo intentaba sin éxito una y otra vez. Su mirada no estaba quieta un solo segundo, viajando de Zarek a Kanon y de Kanon a Zarek continuamente. No dejaba de pensar, de buscar un modo de explicar como había conseguido manejar su cosmos y así poder enseñárselo a su gemelo. Solamente sabia, que aquella tarde iba a ser muy larga y nada placentera pues la expresión de su maestro ya no solo era dura, sino que además, estaba comenzando a perder la poca paciencia que tenia y eso, le preocupaba.
Kanon cayó una vez más al suelo. El turco lo contempló impávido por unos segundos; el tiempo suficiente para tomar desprevenidos a ambos niños. De un rápido movimiento, sujetó el brazo herido de Saga y presionándolo con fuerza lo arrastró hasta quedar frente a Kanon. La expresión desencajada del menor de los gemelos y el quejido ahogado de Saga fueron, una vez más, la demostración perfecta de que la mejor arma para destruir a uno de esos niños, era el otro.
-Su brazo… -masculló Kanon mientras era incapaz de desviar la mirada de su hermano. Saga, mientras tanto, había cerrado sus ojos y los apretaba con fuerza en un nuevo intento por no llorar, pero el dolor era demasiado fuerte; y Kanon lo sabia.- ¿Saga…?
-¿Sabes algo, Kanon? Esos mocosos de plata, volverán. –Comenzó Zarek una vez más.- Volverán y no se detendrán hasta haceros polvo. Sino aprendes a usar tu cosmos, no podrás defenderte. –Aumentó la fuerza sobre el brazo de Saga, que dejó escapar un nuevo quejido y Zarek pudo contemplar como Kanon se estremecía ante sus ojos.- No vas a poder ayudarle, ¿entiendes? El Santuario entero os odia y no pararán hasta destruiros. ¿Vas a dejarles hacerlo? ¿Vas a dejar que sea Saga el único que sabe defenderse?
Kanon lo escuchaba. Era incapaz de desviar sus ojos de las lágrimas de su hermano, pero lo estaba escuchando atentamente, y se sentía furioso. Apretó los puños tanto que se clavó las uñas en las palmas de sus manos. No soportaba sentirse tan indefenso y lo peor de todo… es que Zarek tenía razón. No entendía el motivo, pero sabía que todos les miraban con un ligero matiz de odio en sus ojos. Sabía que lo único que tenía era a Saga, y que Saga, solamente le tenía a él.
Sin darse cuenta, había fruncido el ceño. Zarek lo contemplaba, esbozando una sonrisa apenas perceptible pero cargada de confianza. Kanon sintió de nuevo ese calor recorriendo todo su ser, esa misma energía eléctrica que hacía unos minutos le había permitido desprenderse de Keitaro. Por un instante, sus ojos verdes resplandecieron con un brillo dorado y su cuerpo fue envuelto por una delicada y cálida luz.
-Ahora contrólalo. –Escuchó decir a su maestro.- Moldéalo a tu antojo.
Kanon lo miró y casi en el mismo momento, sintió como su cosmos se elevaba. Estaba furioso, herido, y no soportaba ver a Saga en su misma situación o incluso peor. Eso fue lo que hizo que despertara su cosmos frente a Keitaro y lo que lo despertaba ahora. Intentó concentrar su energía en su mano derecha, justo como le había visto hacer a Saga. Una débil esfera dorada apareció en la palma de su mano.
-Eso es. –interrumpió Zarek.
Y aquellas palabras fueron tan inesperadas que la concentración de Kanon se esfumó, y con ello, el control sobre su cosmos, que no tardó en desvanecerse. Zarek frunció el entrecejo una vez más mientras lo miraba fijamente.
-Vas a repetirlo, y vas a lanzarme esa esfera de energía, ¿entendido? –Kanon sólo alcanzó a asentir.- ¿Sabes que pasará sino? –El Santo zarandeó ligeramente al niño que aún sujetaba. Saga hacia rato que había dejado de controlar su llanto, y con cada movimiento de su maestro, una punzada de dolor nacía en su brazo y adormecía su cuerpo. Kanon abrió los ojos horrorizado y sintió como sus manos temblaban.- Sino eres capaz de conseguir que yo lo suelte, mucho menos vas a ser capaz de impedir que ellos lo toquen.
La respiración de Kanon se agitó. Sintió como su vista se nublaba debido a las lágrimas de impotencia que acechaban sus ojos. Apretó la mandíbula, a la vez que apretaba los puños y su expresión asustada y herida, cambio por una cargada de determinación. Repitió exactamente los mismos pasos que la vez anterior. Se concentró, no sólo en Saga, en sus lágrimas y en sus quejidos mal disimulados. Se concentro en su mismo, buscando el modo de despertar de nuevo esa energía. Miró a Zarek, su expresión desafiante y no desvío sus ojos de él un solo segundo.
Y sin saber como, ahí estaba de nuevo. Esa calida energía lo envolvía, y complacido, comprobó como lo relajaba ligeramente al mismo tiempo que renovaba su fuerza. Aumentó su concentración mientras arrugaba su frente, y finalmente, en su mano se formó de nuevo aquella esfera; más potente, más hermosa y más brillante. Intentó aumentar su intensidad y después disminuirla, comprobando así, que tenía por primera vez el total control sobre su cosmos. Orgulloso de si mismo, esbozó una ligera sonrisa y le dio impulso a su mano.
Zarek siguió la trayectoria de aquella hermosa esfera desde que abandonó la mano del niño, hasta que estuvo a la altura de la mano que sujetaba el brazo de Saga. Soltó al chiquillo, que cayó agotado al suelo e instintivamente se protegió el brazo. El Santo de Géminis, detuvo el ataque de su alumno sin esfuerzo y lo contempló en su propia mano por un instante para después disolverlo. Sonrío.
-El entrenamiento no es nada, Kanon. La voluntad es TODO. –Lo miró fijamente.- Muy bien hecho, Kanon.
El turco tenía una inusual expresión de orgullo en su rostro que Kanon no supo como tomar. La respiración del pequeño comenzaba a volver a la normalidad, pero sus fuerzas, estaban al límite y cada segundo que pasaba, era una lucha por no desplomarse en el suelo.
-Escuchadme bien. –Retomó la palabra el Santo.- Sois envidiados, sois odiados, y seguramente, algún día seréis admirados. ¿Por qué? Porque los humanos temen a lo que no comprenden. Y son pocos quienes entienden que vuestro destino esta muy por encima del resto. –miró alternativamente de uno a otro: del agotamiento de Kanon, a las lágrimas de Saga.- Lo único que mueve a esos idiotas, es la envidia. No debéis temerles. Alguien dijo alguna vez que "la envidia de los sapos nunca podrá tapar el canto de los ruiseñores". ¿Lo entendéis?
-Si… -musitó Kanon, mientras Saga asentía en silencio.
-De cada diez cabezas, nueve embisten y una sola es la que piensa. Debéis ser vosotros los que piensen. –Hizo una pausa.- Un Santo Dorado no solo sabe pelear, como ellos. Un Santo Dorado sabe cuando debe pelear, y cuando debe golpear. Aseguraos de pelear las guerras que sabéis vais a ganar. Eso diferencia a perdedor de un ganador.
Sus ojos grises contemplaron a los gemelos unos segundos más. Aún estaban asustados, y él lo sabia, pero se estaban esforzando por hacer las cosas como él quería. Eso no podía reprochárselo. Tomando a los niños por sorpresa, se agachó frente a Saga y lo cargó en sus brazos.
-Vámonos a casa. Hay que curar esas heridas. –Kanon asintió, mientras sorprendido contemplaba a su hermano en brazos de su maestro.
Sin embargo, Saga estaba demasiado exhausto como para mantener lo ojos abiertos mucho más tiempo. El dolor de su brazo le impedía moverse, y casi sin darse cuenta, posó su cabeza en el hombro de su maestro. A medida que avanzaban, sus parpadeos eran cada vez más lentos y pesados; hasta que finalmente, se quedó dormido.
- Continuará… -
NdA: Voilá! Kanon aprendió a usar su cosmos… Pero a lo que ibamos, ejem. Gracias a todos por leernos y por esperar pacientemente.
Hasta aquí el segundo capítulo de nuestra historia. Ya sabeis, besos, abrazos, deseos inconfesables, fantasias, babas... a nuestro bipolar, pero no por ello menos irresistible, Zarek de Geminis en el boton de review.
Al respecto del yeso de Saga, siento comunicaros que la recaudación fue insuficiente y ahora nuestro pequeño y adorable santito sufre las consecuencias. Tambien admitimos abrazos para nuestros peques, nunca son suficientes.
Un saludito, y nos leemos pronto!
Sunrise Spirit & La Dama de las Estrellas
P.D: Jaelinna y Silvia, vuestros reviews estan contestados en nuestro profile!
