Capítulo 3: Bienvenido a casa
Como todas las mañanas de agosto, aquel día el clima era caluroso. Los senderos empedrados que conducían al recinto de la Diosa de la Sabiduría se encontraban llenos de vida a esas horas de la mañana. A los lados del camino, el vibrante verde de los árboles se fundía con la enorme gama de colores de las frutas y verduras cultivadas por los habitantes de la región. Los extensos campos cobraban vida con el rojo intenso de los tomates. El amarillo de las mazorcas y el naranja de los cítricos complementaban el exótico paisaje dibujando un delicioso cuadro para quienes recorrían el lugar.
Sobre las calles de roca, un pequeño grupo avanzaba a paso constante. Una joven doncella iba custodiada por un par de guerreros quienes cargaban en sus espaldas las respectivas cajas de Pandora de sus armaduras plateadas. Al lado de los tres adultos, un niño caminaba a la par. Iba cabizbajo, de manera que sus cabellos castaños, despeinados y rebeldes, caían sobre su rostro cubriendo parcialmente sus ojos azules. Tenía la mirada perdida en el piso y sus pensamientos se encontraban muy lejos de ahí, en el lugar al que una vez llamó hogar.
Era evidente que una gran pena acongojaba el corazón del pequeño griego. Se leía en sus ojos. Quedaba al descubierto por su lenguaje corporal. Y sin embargo, ahí estaba, incapaz de huir de su propio destino.
A los lejos, distinguió a un trío de niños que corrían hacia ellos perdidos en sus risas y juegos. No pudo evitar sentir envidia por la felicidad ajena, por esa misma felicidad que sentía le había sido arrebatada.
Tiempo atrás, cuando supo de la llegada de su hermano, una enorme ilusión se había apoderado del pequeño castaño. Había vivido contando los días para el esperado nacimiento. Soñaba despierto y planeaba cada paso que daría en compañía del nuevo miembro de su familia; pero ahora, ninguno de sus sueños se harían realidad.
-¿Aioros? -escuchó una voz femenina llamando su nombre. La ignoró. La ignoró porque ella no era su madre, porque no quería saber de nadie más que de ella.- ¿Aioros? -volvió a llamarle.
-Te hablan, niño. -le reprendió uno de los santos que les acompañaban.
-Mande. -contestó con timidez y sintiéndose obligado a hacerlo.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó la doncella al escuchar que el niño dejaba escapar un sollozo ahogado.
Él negó con la cabeza.
-No tardaremos en llegar. Ya verás que el Santuario te gustará. -insistió tratando de reconfortarlo.
-No quiero ir ahí…quiero ir a casa. -replicó el niño casi de manera imperceptible. - Extraño a mi madre.
Uno de los santos giró la cabeza intentado no prestar atención al dolor que encerraban las palabras del pequeño. El otro simplemente esperó. Miró de la doncella al chico intermitentemente. No tenía el menor deseo de decir nada, pero el largo silencio sirvió de aliciente para que las palabras surgieran de su boca.
-La familia a la que extrañas ya no existe… -comenzó sin ningún miramiento ni consideración.- La vida que tenías también ha desaparecido y lo único que te queda somos nosotros y ese niño que la mujer lleva en brazos. Ve acostumbrándote a ello. Has sido elegido para servir a la señora Athena, Diosa de la Sabiduría y de la Guerra Justa, y en su ejército no hay lugar para débiles, así que si quieres sobrevivir más vale que te vayas olvidando del llanto.
Aioros agachó la cabeza deseando ocultar las lágrimas que brotaban de sus ojos. De forma inconsciente se acercó a la joven mujer en busca de refugio y consuelo. Ella sólo acertó a acariciarle ligeramente su cabellera descuidada al mismo tiempo que dirigía su mirada llena de reproches al santo.
-Escucha, pequeño. -le susurró con cariño.- Algunos de nosotros pasamos desapercibidos por la vida, esa es la suerte que nos tocó vivir. Otros, como tú y como ellos, poseen un destino mucho más grande, uno que os llevará a tocar las estrellas. Sin embargo, no es fácil; tendrás que navegar a través de los problemas y aprenderás a vivir con las cicatrices. Sólo ten fe. Ya verás que encontrarás tu camino.
El niño alzó sus ojos, aún rojos y húmedos a causa del llanto, para observarla con detenimiento. Probablemente era su imaginación, pero la reconfortante sonrisa que la mujer le regalaba en muchas maneras le recordaba la de su madre.
-¿Por eso murieron mis padres? ¿Es mi culpa? -le cuestionó.
-No, mi niño, no es culpa tuya ni de nadie.
-Tal vez, si yo no hubiese sido elegido, ellos aún estarían conmigo.
La mujer se detuvo para agacharse en frente del chiquillo. Con cuidado removió la blanca tela que cubría el rostro del bebé que llevaba en brazos con la intención de que su hermano mayor pudiera verlo.
-Ellos aún están contigo. -Habló mirándole a los ojos.- Están dentro de ti, están dentro de tu hermano. Tu madre y tu padre nunca se irán, nunca os abandonarán. No te atrevas a dudarlo, ¿entendido?
El niño tomó con cuidado la diminuta mano del bebé quien de inmediato se aferró de uno de los dedos de su mayor.
-Aioria, yo voy a cuidarte. Me haré fuerte por ti…por mamá y por papá.
Una insípida sonrisa se dibujó en la boca del mayor de los santos, aquel que había permanecido callado durante toda la escena.
-Con lo que acabas de decir, ya tienes ganada la mitad de la batalla, niño. -dijo al mismo tiempo que continuaba el camino.- Mientras tengas a alguien por quien pelear, a alguien a quien defender, estarás bien. Eso te dará el valor de seguir adelante. Siempre recuerda que la grandeza de un hombre habita en la bondad de su corazón. -agregó revolviendo los cabellos de Aioros.
El chiquillo lo miró sin comprender del todo sus palabras, sin embargo, algo en ellas le había traído momentáneo alivio. Miró una vez más a su pequeño hermano antes de levantar la vista para encontrarse con una visión que le robó el aliento.
Desde donde se encontraban se podía ver con claridad la colina sobre la cual descansaban, regias y orgullosas, las Doce Casas zodiacales. En la cima se alzaba el Templo Papal acompañado de la imponente estatua de la diosa protectora que parecía observar sus dominios con imperturbable calma.
-Ahí es. -le dijo la mujer.- Ese será vuestro nuevo hogar.
-2-
El sonido de un descarado bostezo rompió la monotonía que reinaba en la habitación.
-Esto es aburrido. -se quejó un ansioso Kanon.- ¿Por qué tenemos que estudiar griego antiguo? Ya nadie habla ese idioma.
Shion bajó el libro que sostenía para mirar al niño sin borrar una comprensiva sonrisa de sus labios.
-Es parte vital de vuestra educación, Kanon. Muchos de los libros que estudiareis están escritos en el griego de nuestros antepasados, así que os será de mucha utilidad. -intentó explicarle.
Sin estar convencido en lo más mínimo, el gemelo peliazul torció la boca y se cruzó de brazos mientras se desparramaba en el sillón. Aquella explicación era menos que suficiente. Seguía pensando en las clases como una pérdida de tiempo y nada le haría cambiar de idea, ni siquiera una explicación de Shion.
Compartiendo el sillón, sentado al lado del menor de lo gemelos, Saga escuchaba atentamente el discutir entre el niño y el anciano. Se reservó para sí su opinión al respecto y simplemente esbozó una ligera sonrisa.
-¿Tú también piensas que el griego antiguo es aburrido e inútil, Saga? -cuestionó el Santo Padre esperando que la opinión del mayor de los hermanos ayudara a cambiar la obstinada visión de Kanon.
Saga se lo pensó.
-Sí. -respondió con firmeza y robándole una carcajada a su menor.
-¿Lo ves, Shion? -habló entre risas el menor de los gemelos.- Deberías enseñarnos algo genial, algo como lo que Zarek nos enseña. ¡Nos dijo que nos mostrará como abrir dimensiones y como aplastar galaxias con nuestras propias manos!
-Me alegra que te sientas emocionado, Kanon, pero la formación de un santo vas más allá del uso de la fuerza y del cosmos. Las habilidades físicas no tienen utilidad si no se encuentran cimentadas en la sabiduría y justicia a la que nuestra señora protege celosamente.
Los gemelos fijaron sus ojos verdes en el mayor de los ochenta y ocho santos.
-¡Aplastar galaxias es mucho más genial! -exclamó Kanon tras unos segundos de meditación.
-¡Jah! ¡Y algún día nosotros también podremos hacerlo! -soltó visiblemente emocionado Saga.- Tú deberías enseñarnos algo así de genial, estoy seguro que sabes mejores técnicas que las de Zarek.
-¡Eso! Además, no hace falta estudiar nada de un libro para convertirse en un santo genial.
Shion respiró profundamente. Esa sería una larga mañana.
-El conocimiento es poder, pequeño. -replicó tratando de mantener la calma.
-Entonces dejemos el conocimiento para la señora Athena, de seguro a ella le gusta estudiar. Nosotros somos santos. Somos fuertes. Peleamos con nuestro cosmos. ¡No lanzamos libros para vencer al enemigo! -terminó el niño con una mueca de disgusto.
-Kanon, estudiar griego no está a debate. Tenéis que hacerlo y punto. -trató de imponerse el lemuriano.
-Pero, ¿para qué?
-Ya os lo he dicho. El griego os ayudará en vuestros estudios.
-Pues entonces es completamente inútil. -Kanon frunció el ceño.- Saga y yo ya lo sabemos todo y no hay nada más que necesitemos estudiar.
-¡Cierto! -intervino Saga.- Nosotros lo sabemos todo.
Ambos niños festejaron con amplias sonrisas su victoria sobre Shion mientras que éste último sacudió ligeramente la cabeza en completa desaprobación de las palabras de aquellos jóvenes e ilusos aprendices suyos.
-Nadie lo sabe todo. -Shion trató de hacerlos entrar en razón haciendo acopio de toda la paciencia que le quedaba.- Siempre se aprende algo nuevo.
-Shion, ¿estás diciendo que ni siquiera la señora Athena lo sabe todo? -preguntó el menor de los gemelos al mismo tiempo que sonreía con un toque de cinismo.
- No, Kanon. No dije eso.
-Sí, sí lo dijiste. Dijiste que NADIE lo sabe todo y ese NADIE incluye a la señora Athena. -Saga se unió al juego de confusión que su hermano había iniciado.
-A lo que me refería es que es imposible que lo sepáis todo. Ni siquiera yo puedo jactarme de ello.
-Y entonces, ¿cómo pretendes enseñarnos? -continuó insistiendo Kanon.
-Os enseñaré lo que yo sé, confiando en que, algún día, tendréis aún más conocimiento que yo.
-Pero Shion, es aburrido. ¿No te aburrías cuando tu maestro te obligaba a estudiar? -los traviesos ojos verdes de Saga se centraron en el viejo lemuriano.
Para sus adentros, Shion sonrió.
-Sí, si me aburría. Pero con el tiempo comprendí que era por mi propio bienestar y ahora le agradezco a mi maestro por sus enseñanzas. -el antiguo Patriarca se sintió satisfecho con su respuesta.
-Entonces, ¿nos comprendes? -Kanon rió con complicidad.
-Sí, y también comprendo a mi maestro. Así que, ¡a estudiar!
Los gemelos bufaron con fastidio. Si bien sus palabras no habían conseguido disuadir a Shion de continuar con las tormentosas clases, al menos habían conseguido perder unos cuantos minutos; eso era más que suficiente.
Complacido de haber superado los embates y distracciones de los gemelos, Shion continuó con la cátedra de griego antiguo. De vez en cuando, miraba de reojo las caras de aburrimiento y tormento que le mostraba el par de peliazules. Lo único que deseaba era que al menos una mínima fracción de sus palabras se grabara en sus inquietas mentes. Fonética, gramática, verbos, tiempos…su explicación abarcaba demasiado, sin embargo, así tenía que ser.
-¡La tengo! -el grito de Kanon lo hizo detener su clase.
Levantó la vista para fijarla en el chiquillo quien festejaba brincando por toda la habitación mientras guardaba celosamente algo en sus pequeñas manos.
-¡Déjame verla! -solicitó Saga a su efusivo hermano.
El mayor de los dos se bajó de un brinco del sillón para corretear detrás de un emocionado Kanon que bailoteaba sin cesar. Poco les importó la insistente mirada del Patriarca sobre ellos. Para los gemelos lo único que existía en aquellos momentos eran ellos y el misterio escondido entre las manos de Kanon.
-¿Y ahora qué? -preguntó con evidente cansancio el peliverde.
-¡Atrapé una mosca! -Kanon soltó una carcajada de triunfo.
-Anda, déjame verla. -insistió el otro gemelo.
-¡No! Es MI mosca y si abro las manos se escapará.
-¡No seas egoísta! ¡Déjame ver!
-¡No! -Kanon se giró de manera que su hermano no pudiera acercarse a sus manos.
No dispuesto a quedarse de brazos cruzados, Saga se abalanzó sobre Kanon con la intención de descubrir al desafortunado bicho. Forcejearon juguetonamente durante unos segundos, hasta que el mayor consiguió someter al otro.
-¡Quítate! ¡No me dejas respirar! -lloriqueó Kanon al sentir a su hermano sentado sobre su espalda.
-¡Muéstrame la mosca! –exigió sin tapujos.
-¿Niños? -Shion trató de llamar la atención del par de chiquillos. No consiguió nada.- Niños, ¿podríais dejar de…?
A Shion le fue imposible terminar de hablar, debido a que un grito del segundo gemelo se dejó oír con toda su fuerza.
-¡Mira que hiciste! ¡Se ha escapado! -gimió con sentimiento.
Forzado por su mayor, Kanon había abierto las manos permitiendo al bichejo recobrar su libertad. Ni tarda ni perezosa, la mosca alzó el vuelo escabulléndose por la ventana para perderse en el mundo donde se encontraba fuera del peligro que representaba el par de niños.
-Se fue. -Saga torció la boca pero permaneció sentado encima de su hermano.
-¡La dejaste ir! -Kanon empujó a su gemelo haciéndolo caer al piso y liberándose de él.- Ahora tendrás que conseguirme otra.
-No pienso hacerlo. Si consigo una mosca será MIA y no pienso dártela.
-Te obligaré a hacerlo.
-¿Ah, si? ¿Cómo? -Saga le miró desafiante.
-Pues…pues…
-Nada de "pues". -intervino el anciano peliverde.- No quiero pleitos entre ambos a causa de…una mosca.
Aquello era inaudito para el anciano. En su larga vida había visto ir y venir a cientos de niños, pero ni uno solo de ellos había capturado su atención y cariño como aquel par de chiquillos peliazules. Con más templanza de la que cualquiera podría presumir, el lemuriano tomó en brazos a los niños para guiarlos de regreso al sillón que compartían durante las lecciones. Los sentó ahí y, tras revolver sus melenas azules, regresó a su asiento para volver a enfocarse en sus libros.
-¿Shion? -de nuevo Kanon se dejaba oír.
-¿Qué sucede? -le cuestionó inmutable a pesar de que las travesuras de los gemelos comenzaban a mermar su paciencia.
-Si prometemos no pelearnos nunca jamás, ¿podríamos olvidarnos de las clases de griego? -una sonrisa, angelical y pícara a la vez, iluminó el rostro del menor de los gemelos.
-No. -respondió a secas.
Ese par de adorables diablillos le subestimaba si pensaban que podría creerse aquello de "no pelear nunca jamás". Simplemente era imposible.
-Anda, Shion. Di que sí y prometemos comportarnos bien por…un tiempo. -los labios de Saga se curvaron en una sonrisa idéntica a la del otro niño.
-Os he dicho que no. Vuestra educación es lo primero.
Shion había ganado de nuevo, así que, al menos hasta que la siguiente idea para librarse de las lecciones asomara en sus cabecitas, podría continuar con las lecciones. Por el momento, los gemelos tendrían que conformarse con el largo y tedioso monólogo del Gran Maestro.
Los minutos transcurrieron con una extraordinaria lentitud para los niños mientras que las clases de Shion continuaban con frustrante insistencia. Era tal el fastidio de los niños que cuando alguien tocó a la puerta sus miradas parecieron iluminarse con alegría. Ni siquiera la presencia de Arles en la habitación arruinó el refrescante descanso que la interrupción traía consigo.
-Maestro, ya están aquí. -informó el santo de Altair para, después de una breve reverencia, desaparecer con el mismo aire de misterio con el que se había presentado.
Shion cerró su viejo libro, suspiró profundamente y miró a su par de aprendices.
-Permaneced aquí. Tengo un asunto importante que atender. Estaré de regreso en unos minutos, mientras tanto, aprovechad vuestro tiempo estudiando. -les dijo antes de retirarse de la habitación dejando a los dos infantes solos.
Tan pronto la puerta se hubo cerrado detrás del antiguo Patriarca, Saga se levantó bruscamente de su asiento. Miró a Kanon. El menor de los gemelos permanecía sentado con los brazos cruzados y limitándose a soplar los flequillos de cabello que caían sobre sus ojos verdes. Era evidente que aún estaba enfadado por el incidente con la mosca.
Saga no le dijo nada. Fingió desinterés por la conducta de su hermano por varios segundos esperando algún tipo de respuesta, pero nada en el semblante caprichoso de Kanon cambiaba.
-¿Sigues molesto? -le preguntó intentando no demostrar demasiado interés. Kanon cerró los ojos y giró la cara en dirección opuesta a su gemelo.- Si te pidiera que me acompañaras a ver que es lo que hace Shion, ¿dejarías de estar enfadado?
La respuesta que esperaba tardó en llegar. Si bien Kanon sabía perfectamente como contestar la pregunta de su hermano, también era plenamente consciente que hacerle esperar un poco no le mataría y, por el contrario, aumentaría las probabilidades de conseguir algo en el futuro.
-Está bien. -le miró de soslayo.- ¡¿Qué estamos esperando?
Compartieron una última sonrisa cargada de picardía y complicidad antes de escabullirse de la habitación para seguir los pasos de su maestro. Los largos y amplios pasillos del templo principal les escoltaron hasta la entrada del Gran Salón en el que las visitas solían ser recibidas por la máxima autoridad del Santuario. Conociendo cada rincón del lugar que les hacía servido de hogar por los primeros cinco años de sus vidas, encontraron sin ninguna dificultad la puerta que unía las cámaras privadas del Patriarca con el trono de Athena. Llenos de curiosidad, se refugiaron entre las cortinas color carmesí que flanqueaban el asiento de Shion mientras sus ojos esmeralda escaneaban con detenimiento la escena frente a ellos.
Como era usual, el Sumo Sacerdote presidía la recepción, con la excepción de que las visitas no eran en sí excepcionales…al menos no todos ellos. Delante del anciano lemuriano, un extraño grupo rendía los informes correspondientes a la misión que les había asignada; aparentemente, todo había salido de acuerdo a lo planeado.
-Retiraos. -Shion se dirigió al par de santos plateados.- Athena y yo, os agradecemos vuestros servicios.
Ambos hombres presentaron una ligera reverencia y abandonaron el lugar dejando únicamente a los otros dos miembros del dispar equipo: una doncella y un chico de la misma edad que ellos.
-Bienvenido al Santuario de Athena, Diosa de la Sabiduría y de la Guerra Justa. -vieron el semblante de Shion suavizarse al referirse al pequeño castaño.
El niño sembró sus ojos expectantes en aquel hombre, cordial pero misterioso, que se dirigía a él tan correctamente. No comprendía sus palabras y, siendo honesto, tampoco estaba prestando demasiada atención; simplemente había sido una mañana muy larga y sumamente emocional.
-¡Orestes de Sagitario! -el súbito anuncio por parte de los guardias de la entrada obligó a los presentes a llevar sus miradas hacia el recién llegado.
Una mágica y surreal visión se presentó ante los inocentes ojos del chiquillo. Envuelto en un aura de divina majestuosidad, un hombre caminaba en dirección a ellos. Las alas doradas de su armadura se mecían con su caminar, grácil y pausado, mientras dejaba a su paso una imperceptible estela de polvo de estrellas. El resplandor que le envolvía, tan brillante como el oro, proveía a sus ojos color ámbar de un inigualable destello que incrementaba su aura de magnificencia mientras sus cabellos azabaches -cortos y rebeldes- ocultaban parcialmente su enigmática mirada.
-Su Excelencia. -saludó hincando la rodilla en el suelo.
Casi de inmediato sus ojos se fijaron en la tímida figura del niño que no podía apartar la vista de él. El santo de oro sonrió.
A la distancia, un ahogado suspiro se dejó escuchar. De inmediato, los rostros de los mayores y del niño voltearon en la dirección de donde provenía el sonido descubriendo con asombro un par de cabecillas con melenas azules que acechaban desde un rincón de la sala. Los gemelos observaban con detenimiento la escena que transcurría frente a ellos. Sus infantiles rostros reflejaban una mezcla de sorpresa y admiración ante la regia presencia del Santo de Sagitario.
Sabiéndose descubiertos, los niños sonrieron y agitaron graciosamente sus manos en saludo al Santo Padre.
-Creía haberos dicho que esperarais por mí en el estudio. -Shion les dijo.
-Estábamos aburridos. -no dudó en contestar Kanon.
-Y queríamos ver que sucedía. -complementó el otro niño.
Ante la espontaneidad de aquella respuesta, los labios de Orestes se curvaron en una sonrisa. No podía evitarlo. Les había visto correteando por el Coliseo tras los pasos de Zarek. Solía observar los entrenamientos -¿o debía llamarlo torturas?- a los que eran sometidos por el santo de Géminis y el par de peliazules siempre había capturado su atención.
-Deberíais marcharos. Este no es lugar ni el momento para niños. -dijo Arles.
-Si este no es el lugar para niños, entonces, ¿qué hace él aquí? -el dedo índice de Saga se dirigió al niño de cabellos castaños quien miraba todo sin pronunciar palabra alguna.
-Él esta aquí porque, a partir de hoy, será un aprendiz al igual que vosotros.
Los gemelos meditaron un momento las palabras del anciano Patriarca mientras sus ojos verdes inspeccionaban con detenimiento al recién llegado.
-¿Será el aprendiz del señor Orestes? -al fin preguntó Kanon.
-Así es.
-Pero, ¿por qué trae un bebe? ¿Acaso Sagitario también tendrá dos aprendices? -prosiguió Saga con el interrogatorio.
-No, ese pequeño será el aprendiz de Leo.
-¡Pero si es muy pequeño!
-Ya crecerá, Kanon. Y cuando lo haga será capaz de hacer todo lo que vosotros haceis. -le explicó Shion.
-Pues para eso falta mucho. -replicó con una mueca el menor de los dos hermanos.
La sonrisa de Orestes se ensanchó. Durante toda la breve conversación entre los niños y Su Ilustrísima, el santo de la novena casa había permanecido sumamente atento a las divertidas palabras de los niños.
Entonces, vio a Saga acercarse con sigilo y recelo al niño castaño. Se detuvo justo frente a él. Estaba lo suficientemente cerca como para observarle a los ojos, pero guardaba una distancia considerable entre ambos. Los dos niños se sostuvieron la mirada. Cada uno parecía buscar las respuestas a sus preguntas en el rostro del otro, como si las palabras no fueran necesarias.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó el gemelo.
-Esa, pequeño, es una excelente pregunta. -sonrió el pelinegro revolviendo los cabellos de Saga. El chiquillo peliazul le devolvió la sonrisa.
Dubitativo, el otro niño agachó la cabeza y respondió casi en un murmullo.
-Aioros.
-Soy Saga. -Aioros levantó el rostro para encontrarse con una enorme sonrisa en los labios del pequeño de cabellos azules.- Y él es Kanon. -continuó mientras apuntaba en dirección a su hermano quien miró receloso al chico extraño.
-Sois idénticos, ¿cómo sabéis quien es quien? -se atrevió a cuestionar el castaño tras unos segundos de silencio y plena observación a los gemelos.
-¡Es fácil! ¡Yo soy más listo y fuerte que Saga! -sentenció un pícaro Kanon.
-Como si eso fuera verdad. -Saga le miró de soslayo.
Una carcajada interrumpió el intercambio de palabras entre los chiquillos.
-Ya aprenderás a reconocerles, Aioros. Si observas con cuidado podrás ver que el cabello de Kanon es ligeramente más claro que el de Saga. Te irás acostumbrando a ellos. -le guiñó el ojo con complicidad.- A propósito, me parece que no hemos sido presentados. Mi nombre es Orestes.
El mohín en el amigable semblante del santo de cabellos negros reconfortó a Aioros. No entendía mucho de lo que estaba viviendo, pero algo dentro de sí le decía que podía confiar en ese hombre. Así, más recuperado de las primeras impresiones, el castaño volteó hacia la dama que le acompañaba para fijar sus ojos de zafiro en el diminuto bulto que llevaba en brazos.
-¿Ese niño es familiar tuyo? -dijo Saga al notar la insistencia en la mirada de su nuevo amigo.
-Es mi hermano menor.
-¿Podemos verle? -Kanon brincoteó alrededor de la doncella intentando darle un vistazo a la intrigante criatura que se encontraba envuelta en las blancas sábanas.
-Tranquilo, pequeño. Espera y lo verás. -habló la mujer para luego agacharse un poco para permitirles ver al bebe.
-¡Pero si es muy chiquito! -chilló un asombrado Kanon. -¡Au! ¡Me ha jalado el cabello! ¡No es un bebé muy divertido! -expresó con una mueca de disgusto en los labios y cruzándose de brazos.
Shion y Orestes no pudieron contener una risa involuntaria al observar las monerías de gemelo menor.
-¿Y tiene un nombre? -preguntó Saga mientras veía con fascinación como el bebe tomaba su dedo entre sus diminutas manos.
-Aioria.
Aquella respuesta pareció encantar a los gemelos.
-¡Os llamáis casi igual! -soltaron a coro.
-Ya os dije que es mi hermano menor.
-Yo también soy el hermano mayor. -Saga se mostró orgulloso.
-Pero solo por unos minutos, Saga. Así no cuenta.
-Eso no importa. Lo soy. -y le sacó la lengua.
-¿Alguien os ha dicho lo raros que sois? -río con travesura Aioros.
-Saga es raro, yo no lo soy.
-¡Cállate Kanon! -le refutó con un pequeño golpecito en la nuca para después murmurarle. - ¿Acaso quieres dejarnos en vergüenza delante del señor Orestes?
Ante el sonrojo del gemelo menor unas cuantas risas se dejaron oír en el salón. Arles simplemente giró los ojos con cierto fastidio ocasionado por las libertades permitidas a los niños de Géminis. Si le preguntaban, ese par necesitaba un poco más de disciplina.
-Quizás lo mejor sería que los niños regresaran al estudio. -interrumpió ganándose una fea mirada de reproche del par en cuestión.
-¡Señor Orestes! -Kanon hizo caso omiso de las palabras de Arles. Estaba dispuesto a todo con tal de evitar las lecciones de griego antiguo.- ¿Usted también cuidará del pequeño Leo?
-¡De ninguna manera! -casi gritó Arles.- El niño se quedará a cargo de las doncellas del Santuario hasta que tenga la edad suficiente para ser entregado a su tutor.
-Creo que eso responde tu pregunta, Kanon. -dijo Orestes.- ¿Algo más que desees saber?
-De hecho, si. ¿Podemos enseñarle a Aioros a trepar las estatuas del jardín? -volvió a preguntar con la sonrisa más traviesa que podía existir.
-No, Kanon. Nada de trepar a ningún lado. -Shion le contestó.
-No dejes que Kanon te enseñe nada.-le susurró Saga a Aioros robándole una sonrisa.- La última vez me botó desde lo alto de Aquiles y me rompí el brazo.
-Entonces, ¿no sabes trepar?
-¡Por supuesto que sé! Y por eso voy a enseñarte.
El santo de Sagitario se acercó a su nuevo aprendiz y se hincó a su lado.
-Regla número uno del Santuario: Nunca dejes que algún geminiano te enseñe algo. –le murmuró al oído. Aioros soltó una carcajada compartida por su maestro.
-¡Señor Orestes! -se quejaron los dos.
-En este Santuario hay reglas que se espera que sean cumplidas, jovencito. -irrumpió Arles con una de sus caras largas y amenazadoras.
Aioros retrocedió al leer la severidad en el rostro del mayor.
-No le tengas miedo. Habla mucho y es un poco gruñón, pero no es tan malo como parece. -Saga le dijo en voz baja a su nuevo amigo para después voltear hacia el santo de Sagitario.- Podemos ir a jugar, ¿verdad?
Las miradas de Arles y Shion se posaron en Orestes.
-Adelante. Mostradle su nuevo hogar. -les respondió.
Con un chillido de alegría los gemelos festejaron. Cogieron al castaño de la mano y desaparecieron por la puerta principal envueltos en una serie de gritos y risas. Visiblemente disgustado por la condescendencia del pelinegro, Arles abrió la boca para pronunciar su desacuerdo.
-Suficiente, Arles. -se le adelantó el santo.- Es mi aprendiz y como su maestro que soy, es mi obligación velar por su bienestar. Soy yo quien decide lo mejor para él y nadie más. Espero haber sido lo suficientemente claro.
Los ojos dorados de Orestes refulgieron con determinación mientras una etérea sonrisa cargada de orgullo y de confianza se dibujó en sus labios. Se volteó hacia Shion y, tras ofrecerle un saludo, abandonó la Cámara Patriarcal.
-3-
Cuando Arles abandonó el salón del trono notablemente molesto, el eco de los pasos apresurados de los tres niños acompañado de sus gritos aún podía escucharse por los altos pasillos del Templo. Frunciendo todavía más el ceño, si es que aquello era posible, negó con la cabeza y se apresuró a encontrarlos antes de que causaran algún desastre de los que acostumbraban.
Mientras tanto, Saga no había soltado la mano de su recién encontrado amigo, y a su vez, Aioros observaba de uno a otro de los gemelos alternativamente encontrando en su similitud algo increíblemente fascinante de observar. No sabía porque, pero aquellos dos rostros idénticos de sonrisas terriblemente traviesas habían conseguido en apenas unos segundos, que todo el pesar que lo embargaba y el miedo a lo desconocido, se sintiera mucho más liviano que antes.
Sin embargo, cuando volvió la vista al frente, sintió como si demasiadas cosas pasaran ante sus ojos en aquel momento. No recordaba haber visto jamás un lugar tan bonito como aquel nunca. Las altas columnas blancas brillaban bajo los tímidos rayos de sol que conseguían colarse al templo, mientras una agradable brisa fresca acariciaba sus rostros. Aioros contempló por un momento el pulido suelo bajo sus pies. Las losas de mármol gris y blanco adornaban el camino con una elegancia tal, que por un momento le preocupó pisarlo y dejar sus huellas en él. A los lados, las paredes se extendían impolutas hasta morir en los altísimos techos que los envolvían. Boquiabierto, observó las esculturas de alabastro que flanqueaban los pasillos y los mosaicos que coloreaban el techo. Los vaporosos cortinajes blancos se agitaban colgados de los enormes ventanales y por un instante, el pequeño castaño se sintió inmerso en un palacio de ensueño, digno del mejor cuento de hadas.
Esforzándose por echar a un lado de su mente la hermosa imagen que representaba el Templo, intentó memorizar sin demasiado éxito el camino que habían seguido. Sin embargo, el entramado de amplios pasillos que se extendían ante ellos parecía no tener misterio alguno para el par de hermanos que corrían junto a él.
De pronto, una voz resonó a sus espaldas.
-¡No se corre por el Templo! –gritó Arles, mientras los peliazules eran incapaces de reprimir su risa. El Santo, sabiéndose ignorado, volvió a gritar.- ¡Se que me estáis oyendo! ¡Saga! ¡Kanon!
Al escucharlo, un escalofrío recorrió al futuro arquero de pies a cabeza e instintivamente se detuvo, haciendo que el chiquillo que aún sostenía su mano hiciera lo propio. Saga lo miró interrogante, y al identificar la evidente preocupación en la mirada del castaño, que pertenecía perdida al fondo del corredor de donde provenía la voz airada de Arles, sonrió despreocupado.
-¿Seguro que es inofensivo? –preguntó Aioros en apenas un susurró. El peliazul asintió divertido.
-Pero… mejor que no nos alcance. –El castaño alzó una ceja curioso.- Estoy seguro de que no te gustará soportar sus regaños en tu primer día en el Santuario.
Aioros no tuvo tiempo de responder, pues en un santiamén, Saga había emprendido la carrera de nuevo con él a rastras. Kanon se había alejado ya, y aunque ninguno de los dos podía verlo, era evidente que Saga sabia perfectamente donde encontrarle. Tampoco hizo falta que el pequeño geminiano se esforzara demasiado, pues en el preciso momento en que estaban a punto de doblar la esquina, el estrepitoso ruido de la porcelana estrellándose contra el suelo atronó el corredor.
-¡Kanon! –Protestó malhumorada una doncella.- ¿Qué os tienen dicho de correr por el templo? –le reprendió mientras se agachaba a recoger los pedazos que quedaban de la tetera y las tazas que cargaba en una bandeja.
-¡Perdón! –se disculpó el menor de los gemelos ligeramente arrepentido, pero incapaz de ocultar la risa que pugnaba por escapar de su garganta.
El chiquillo escuchó los pasos apresurados de Saga y Aioros acercándose y volteó en su dirección. Sin embargo, a la doncella no le pasó desapercibido el gesto y antes de que el pequeño pudiera emprender de nuevo su carrera, lo sujetó del brazo.
-¿Vas a alguna parte con tanta prisa? –Kanon abrió los ojos de par en par dispuesto a replicar, mas ella se le adelantó.- Lo menos que un Caballero de Oro haría, es ayudarme a recoger este desastre.
El gemelo menor dejó caer los hombros derrotado: ella tenía razón. Se agachó a su lado y comenzó a recoger pedazos de porcelana dispersos aquí y allá, bajo la disimulada mirada de la joven, que lo observaba con una sonrisa en su rostro.
Saga y Aioros no tardaron en pasar rápidamente por su lado.
-¡Buenos días! –gritó Saga a su paso.
Sin embargo, tanto al castaño como a la doncella, no les pasó desapercibida la mirada burlona que el gemelo mayor dedicó a su hermano. Ni la reacción de este, que frunció el ceño ligeramente mientras se apresuraba en su tarea.
-Anda, ve. –le dijo ella.- Aunque me temo que Saga te ganará esta vez.
Y casi antes de que terminara de hablar, Kanon se levantó como un resorte y velozmente emprendió de nuevo la carrera en aquella posición de clara desventaja contra su hermano y Aioros.
-¡Gracias! –gritó desde la puerta.
Ella, no pudo más que ampliar su sonrisa un poquito más. Se agradecía infinitamente la alegría que aquellos niños brindaban al palacio. Aunque causaran innumerables desastres a su paso.
-4-
Cuando finalmente Saga se detuvo, Aioros respiró aliviado. Aquella carrera le había pillado por sorpresa y su respiración agitada le resultaba de lo más agobiante bajo el sol inclemente que reinaba a sus anchas fuera del Templo. Ambos se dejaron caer en las escaleras, a la sombra de una de las columnas, y durante unos segundos en silencio, observaron el ir y venir de la guardia del templo.
-Has perdido miserablemente, Kanon. –dijo orgulloso el mayor de los gemelos, antes de que Aioros escuchara siquiera los pasos del otro chiquillo.
Volteó a ver en la dirección por la que habían llegado y boquiabierto, comprobó como efectivamente, Kanon se acercaba. Estuvo a punto de preguntarle a Saga cómo demonios sabía que su hermano se aproximaba cuando las protestas del menor se lo impidieron.
-¡Es un resultado totalmente injusto! –Exclamó cruzándose de brazos.
-No es culpa mía que no estuvieras atento a los obstáculos en el camino. –replicó el otro. Kanon movió los labios con intención de decir algo, mas las palabras parecieron traicionarle y el chiquillo permaneció en silencio con el ceño fruncido.- Además, un Santo siempre debe estar alerta a todo lo que pasa a su alrededor.
Y una vez más, Kanon permaneció callado. Murmuró algo ininteligible y se dejó caer junto a Aioros, aceptando finalmente la justa derrota.
Mientras, el castaño volvió a mirar de uno a otro alternativamente: de la sonrisa triunfal en el rostro de Saga, a la expresión de disgusto en el rostro de Kanon. Sin darse apenas cuenta, sonrió.
-No es divertido. –bufó Kanon. Al verse descubierto, Aioros bajo la mirada ligeramente mientras un ligero rubor adornaba sus mejillas.
-No te preocupes, Aioros. –interrumpió Saga. El aludido lo miró.- Kanon no sabe encajar una derrota.
-¡Te ganaré la próxima vez! –exclamó el peliazul poniéndose en pie y desafiando a su hermano.
Saga volteó los ojos mientras sonreía divertido e imitando a su gemelo, se puso en pie e invitó a Aioros a hacer lo propio. Kanon emprendió una vez más el camino, dejando que los otros dos lo siguieran pocos pasos atrás. Rápidamente dejaron de lado la estatua de la Diosa, y cuando se disponían a emprender el camino escalera abajo, hacia Piscis, Kanon se detuvó en seco y volteó a verlos.
-¡Un momento! –exclamó, forzando a los otros a hacer lo propio para no chocar.
-¿Qué pasa? –preguntó Saga alzando una ceja, curioso.
-¿A dónde vamos?
Aioros alzó las cejas sorprendido. Miró a Kanon, que mantenía su mirada fija en su hermano esperando una respuesta de su agrado. Saga reanudó el paso lentamente con expresión pensativa, dejando atrás a los otros dos, que lo miraban fijamente. El chiquillo mostraba tal expresión de concentración que por un momento a Aioros le resultó divertida.
-¡Saga! –gritó Kanon.
-No me dejas pensar, Kanon. –protestó el aludido cruzándose de brazos y deteniendo su marcha una vez más.
-¡Tardas demasiado! –respondió el otro imitando el gesto. Aioros miró de uno a otro desconcertado, y a la vez divertido, ya que comenzaba a darse cuenta de aquel gesto se convertiría en rutina para él.- ¡Vayamos a la playa! ¡Se pueden los barcos desde allí! –Y dicho y hecho Kanon reanudó la marcha rápidamente.
-¡No! –Exclamó su hermano, haciéndolo detenerse.- ¡Ya lo tengo!
-Ah… ¿Si? –preguntó Kanon curioso.
-¡Si! Tenemos que enseñarle el Santuario y conozco el lugar perfecto para eso. –Ambos niños miraban a Saga expectantes.- ¡Meridia!
El gemelo menor abrió los ojos de par en par y una sonrisa emocionada se dibujó en su rostro, mientras su hermano emprendía el camino con expresión triunfal.
-¡Vamos Aioros! –exclamó, mientras se paraba y volteaba a verlo, animándolo a seguirlos.
El nuevo aprendiz de Sagitario se quedó quieto un momento más. Ante sus ojos, la interminable escalera zodiacal se extendía inmisericorde. Suspiró y alzó sus ojos hasta encontrarse con los de Saga.
-¿Tenemos que bajar todas esas escaleras?
-Algo así. –dijo el peliazul encogiéndose de hombros.
-¡Vamos! ¡No es para tanto! -Exclamó Kanon algo más adelante.
-¿Qué no es para tanto? –murmuró el castaño.- ¡Apenas alcancé a subir todas hace un rato!
-Tómalo como tu primer entrenamiento de Santo Dorado. –respondió Kanon inflando el pecho orgulloso.
-No es como si tuvieras demasiadas opciones, de todos modos. –Aioros volteó hacia Saga una vez más.- Es el único camino posible para llegar al Templo del Maestro Shion y para llegar al tuyo.
-¿Al mío? –preguntó.
-Sagitario, el noveno. –Añadió Kanon.- Justo ese de ahí. –Aioros miró en la dirección en que el dedo del gemelo menor apuntaba. Sus ojos viajaron por el contorno del Templo y finalmente suspiró, aceptando el cruel destino que le esperaba.
-¿Vienes? –preguntó Saga tendiéndole la mano nuevamente, totalmente divertido ante la reacción del castaño. Aioros lo miró, suspirando nuevamente, y finalmente asintió mientras se apresuraba a alcanzar al peliazul.
Algo más tranquilos emprendieron el descenso por las Doce Casas. Aioros escuchaba ensimismado la charla interminable de los gemelos en su intento por explicarle todo lo que sabían sobre el lugar al que llamaban hogar. No tardaron en atravesar Piscis, Acuario, Capricornio y finalmente, se detuvieron a las puertas de Sagitario.
-Y este es tu futuro Templo. –explicó Kanon con los brazos en jarras mientras sus ojos observaban el contorno del hermoso edificio.
-¿Cuál es el vuestro? –preguntó, sin quitar la vista de encima a la fachada del imponente edificio.
-Géminis. –explicó Saga.- El Tercero.
-Ah… -la respuesta no le resultó lo suficientemente convincente al gemelo mayor, así que tranquilamente comenzó de nuevo con su relato mientras atravesaban Sagitario, rumbo a Escorpión.- Veras, los Caballeros de Athena se dividen en bronce, plata y oro.
-Los más geniales. –interrumpió con una gran sonrisa Kanon.
-Exacto. –Tras la interrupción, Saga continuó.- En total, hay ochenta y ocho caballeros, y a cada uno le corresponde una de esas armaduras, que les son asignadas por la constelación bajo la que han nacido.
-Ajam. –murmuró Aioros, dándole a entender que lo había comprendido.
-Pero solamente hay doce Santos de Oro. –Interrumpió Kanon una vez más.
-¿Quieres dejar de interrumpirme? –preguntó irritado el mayor, mientras su hermano asentía con expresión inocente y lo animaba a continuar.- Bien, como iba diciendo… Cada uno de los Santos Dorados, custodia uno de estos Doce Templos y viste una Armadura. –continuó Saga.
-¿Cómo se elige quien vigila cada Templo o qué armadura le corresponde? –preguntó visiblemente curioso el castaño.
-Cada una de las Doce Casas y las Doce Armaduras, representa uno de los signos del Zodiaco. Desde Aries, que es la primera... –explicó señalando al Templo más alejado al final de la escalera.- Hasta Piscis, que es la última. Cada Santo de Oro debe pertenecer al mismo signo del Zodiaco que su Templo o Armadura.
-Ah… -susurró.- Entonces, ¿eso quiere decir que seremos los más fuertes? –preguntó visiblemente más emocionado el castaño.
-¡Eso es! –respondió Kanon.
-5-
Siguieron caminando tranquilamente, hasta que atravesaron el siempre vacío Templo de Libra. Afortunadamente, en aquellos días la mayor parte de los Santos Dorados estaban ocupados con misiones fuera del Santuario, por lo que atravesar las Doce Casas era mucho menos problemático.
-¡Ya faltan pocas escaleras! –gritó Kanon intentando animarlo.
El futuro arquero alzó las cejas ante aquellas palabras e inevitablemente, su mirada se perdió en la interminable escalera que aún se extendía ante ellos.
-¿Pocas? ¡Aún quedan seis Templos! –suspiró apesadumbrado. Los gemelos dejaron escapar una sonora carcajada mientras los tres alcanzaban la sombra que proyectaba Leo ante ellos.
-Nadie dijo que fuéramos a atravesarlos todos.-indicó Saga. Al escucharlo, una expresión esperanzada adornó el rostro del castaño.
Y es que aunque realmente estuviera agotado, la compañía de aquellos dos lo distraía de tal modo que ni siquiera se había dado cuenta de lo rápido que habían llegado hasta Leo. Apoyó las manos en sus rodillas en busca de un poco de descanso, tratando de recuperar fuerzas. Sin embargo, antes de que alguno de los dos gemelos se percatara de su cansancio, Kanon alteró ligeramente el rumbo. No fue directo a las escaleras que bajaban hasta Cáncer, sino que bordeó ligeramente el quinto Templo. La poca vegetación que crecía en un lugar tan agreste como aquel, se esparcía tímidamente a los pies de las altas paredes de roca viva que abrazaban el Templo. Saga y Aioros lo siguieron, y solamente cuando una corriente de aire más fresco agitó el cabello rebelde del castaño, este se percató de la hendidura que se abría en la roca, dando lugar a un pasaje estrecho pero perfectamente transitable. Sus ojos buscaron el final del mismo y no lo encontraron. Poco le importó, pues la sombra tan agradable de aquel camino le resultaba tremendamente reconfortante.
Y así, con Kanon al frente y Saga tras él, se adentró en el corazón del Santuario, preguntándose a donde conducía aquel camino oculto y tan poco transitado.
-Es cierto que para llegar a los principales lugares del Santuario, se deben atravesar las Doce Casas y todas las escaleras, si vives en ellas o si vienes del Templo Papal. –Explicó Saga, como si hubiera leído sus pensamientos.- Pero entre los Templos hay muchos rincones interesantes que no todo el mundo conoce y que menos gente aún tiene permitido entrar.
-¿Cómo es que vosotros lo conocéis? –preguntó Aioros.
-Hemos nacido aquí. –contestó Kanon unos pasos más adelante.- El Santuario no tiene secretos para nosotros.
-¿Aquí? –susurró el arquero. Pero no recibió más respuesta que el asentimiento de Kanon frente a él.
En silencio, caminaron unos metros más: evitando piedras que se habían desprendido y entorpecían el camino, esquivando ramas secas de algún arbusto que amenazaba con arañarlos y girando a derecha e izquierda cuando el camino serpenteaba a los pies de la montaña. Poco a poco, el sendero se abría ligeramente, abandonado la protección de la ladera y dejando que la luz del sol iluminara la mayor parte de sus recovecos, de modo que a sus márgenes las plantas comenzaran a adornar el paisaje con un tono más verde y vivo.
Unos metros mas adelante, el camino descendía ligeramente hacia un valle no demasiado profundo, cubierto por un montón de robles y pinos que se esparcían entremezclados. Pero lo que más llamó la atención de Aioros no fue aquel súbito color verde que adornaba todo sino que allá, en el centro, el riachuelo que descendía desde las profundidades de la montaña encontraba un lecho más tranquilo donde descansar, formando un lago de aguas calmas. Y en el centro del mismo, esculpida en piedra y mármol, adornada en resplandeciente oro, Meridia se alzaba orgullosa contra el cielo despejado.
-¡Voilá! –Exclamó Kanon en un susurro al contemplar la expresión ensimismada de Aioros.- Esto es Meridia, el Reloj Zodiacal que se ve desde todo el Santuario.
El castaño no dijo nada. Siguió contemplando aquella maravilla mientras seguía al par de hermanos que caminaban a su lado. Pronto se encontró a la orilla del lago, y a sus pies, las aguas cristalinas entonaban su melodía aterciopelada al acariciar las rocas.
Una vez más, Kanon fue el primero en reemprender la marcha, y ágilmente, saltaba de roca en roca, pues de un modo curioso, esparcidas por el agua, la superficie aún seca de algunas de ellas se había convertido en el extraño sendero hasta las escaleras que tímidamente surgían del agua y conducían a la puerta de Meridia.
Ascendieron rápidamente por la escalera de caracol que llevaba a lo alto de la Torre, y antes de que Aioros pudiera decir nada, la luz del sol dio de lleno en su rostro. Entrecerró sus ojos ligeramente ante el cambio de iluminación, y cuando los abrió de nuevo, quedó sin palabras.
Se acercó hasta el borde de aquel balcón que se encontraba bajo el reloj y posó sus manos en la baranda de mármol. Contempló ensimismado la belleza de las esculturas de las cuatro mujeres que sostenían sobre sus cabezas el peso del hermoso reloj de cuatro esferas. De algún modo, le recordaban a las imágenes de las Cariátides que había visto en los libros que tanto gustaban a su madre. Y suspiró. Suspiró levemente por el aire tan cargado de melancolía que se respiraba ahí arriba y porque la escena tan sumamente hermosa que se presentaba ante él, le resultaba sobrecogedora.
Desde allí podía contemplarse hasta el último rincón del Santuario: La estatua de Athena, los Doce Templos en su camino escalonado a izquierda y derecha, los bosques, los barracones de los guardias, los campos de entrenamiento… Y al fondo, Rodorio se extendía como una imagen digna de postal, pues las pequeñas casitas blancas se agolpaban al abrigo de los árboles y los templos semiderruidos y abandonados. Mientras al fondo, el mar brillaba dorado con el reflejo del sol y se extendía hasta perderse de vista en el horizonte.
-Bienvenido a casa. –susurró Saga colocándose a su lado con una sonrisa que Aioros alcanzó a ver por el rabillo del ojo.
-6-
No sabía cuanto tiempo había pasado allí de pie; en silencio, observando los bastos dominios de su nuevo hogar, y algo le decía que jamás se cansaría de contemplarlo. Porque de algún modo, sólo viendo aquel hermoso paisaje, se había sentido en su hogar. Y aquello era extraño, pues el recuerdo de sus padres, de la casita junto al mar donde vivían, de su vida feliz… estaba demasiado vivido en su mente.
Volteó a ver a los gemelos. Saga permanecía con la mirada perdida de pie a su lado, exactamente igual que hacía rato; mientras que Kanon, se había encaramado a la baranda y se había sentado junto a su hermano. Aioros suspiró sutilmente.
Se sentía descolocado y extraño. Por un lado, le asustaba la idea de que a partir de aquel día su vida iba a cambiar de modo radical. Le aterraba la idea de olvidar poco a poco a su familia y que Aioria se sintiera solo. Fue entonces, que una vez más, posó su mirada en sus nuevos amigos.
-¿Siempre estáis juntos? –preguntó tímidamente captando la atención de ambos.
-¿Quiénes? –respondió confundido Kanon.
-Vosotros dos.
-¡Claro! –Fue Saga quien resolvió su duda esta vez.- ¿Cómo no íbamos a estarlo? –el castaño se encogió de hombros.
No dijo nada más en aquel momento, pero en su interior, sus confusos pensamientos se entremezclaban con la multitud de sentimientos encontrados que lo invadían. Y sintió envidia. Una envidia terrible porque hubiera deseado poder pasar tanto tiempo con Aioria, como hacían Saga y Kanon. Porque le hubiera gustado que su hermano fuera más mayor y pudiera comprender como se sentía en aquel momento, que fuera el consuelo que necesitaba para no sentirse solo. Pero Aioria solamente era un bebé adorable al que quería con locura.
-Tenéis mucha suerte. –dijo en un susurro sin voltear a verlos. Ambos lo miraron.- Nunca estaréis solos, os tendréis el uno al otro. –Y tras unos segundos de silencio, continuó.- Os envidio.
-¿Quién dijo que fueras a estar sólo? –preguntó Saga.
Aioros lo contempló, para después mirar ligeramente a Kanon. Con una expresión idéntica ambos dibujaban una sonrisa cargada de seguridad. Y sin querer, Aioros copió el gesto. Quizá… quizá allí podría encontrar una nueva familia. Si, estaba seguro de ello. Aquellas dos sonrisas lo atestiguaban.
-¿Sabes? Tendremos que traer a Aioria aquí algún día. –dijo de pronto Saga con expresión pensativa pero sin dejar de sonreír.- Tiene que conocer su nuevo hogar.
El castaño asintió. Si, el lo traería y cuando contemplara lo mismo que él, le diría: bienvenido a casa.
-7-
-¡Vaya! Así que estáis aquí. –la voz de Orestes sobresaltó a los tres niños.
Tan entretenidos estaban en su charla que ni siquiera habían visto u oído llegar al Santo de Sagitario. Los tres voltearon a verlo con una sonrisa, y el Santo, se sintió súbitamente aliviado al encontrar a su nuevo alumno de una sola pieza. Y lo que era mejor aún, al encontrarlo con una sonrisa en el rostro. "Hay cosas que sólo pueden conseguir los niños." Pensó.
-Habéis escogido un sitio excelente para mostrarle el Santuario. –continuó con una sonrisa, uniéndose a ellos en su lugar junto a la baranda.
-¡Fue idea mía! –exclamó Kanon.
-¡Eso no es verdad! –se defendió Saga cruzándose de brazos.
-¡Si lo es! –mintió el menor imitando su gesto.
-¡No lo es! ¡Tus ideas siempre acaban en catástrofe!
-¡Mientes!
-¿Ah si? Dime una sola vez en que no haya sido así.
-Pues…
Mientras Kanon hacia su mayor esfuerzo por encontrar una respuesta lo suficientemente buena para ganar a su hermano en aquel duelo verbal en que se habían metido, Saga dibujo la mayor expresión de triunfo en su rostro que Aioros había contemplado jamás. Y es que tanto él como su maestro, miraban de uno a otro una vez más, completamente divertidos.
-Obviamente yo tenía razón. –Aclaró Saga.- Y la idea fue mía. M-I-A.
-¿Maestro? –preguntó Aioros en apenas un susurro, intentando pasar desapercibido para los dos hermanos. Orestes se agachó hasta quedar a su altura, permitiendo que Aioros lo hablara casi al oído.- ¿Siempre compiten por todo?
Orestes río de buena gana ante aquel comentario y revolviendo divertido el pelo de su alumno, respondió.
-Me temo que si. Pero te acostumbraras y saldrás ileso, siempre y cuando no te entrometas.
El niño asintió, tomando buena nota mental de aquella advertencia mientras seguía escuchando la incesante discusión de los otros dos. Sin embargo, de pronto, la expresión alegre de Orestes se tornó más seria e impenetrable. Y sin quererlo, sus músculos se tensaron. Tras él, una cosmoenergía perfectamente conocida se revolvía. Supo que los gemelos lo habían percibido de igual modo cuando su discusión ceso de pronto e inconscientemente, ambos aguantaron la respiración. Un pesado silencio cayó de pronto entre ellos y alarmado por ello, Aioros volteó en busca de respuesta.
En aquel momento, se preguntó si el Santuario dejaría de sorprenderle algún día.
-Tenía entendido que debías estar con el Gran Maestro, en vuestras clases. –dijo el nuevo invitado.
-Es que… -comenzó a decir Saga.
-Yo les pedí que enseñaran el Santuario a mi nuevo alumno. –Interrumpió Orestes, y antes de que Zarek pronunciara otra palabra más, continuó.- El Maestro mismo les dio su autorización. Esta bien que conozcan a sus compañeros.
-Según veo, ya se conocen. Así que con todos mis respetos, Orestes, mis alumnos y yo nos marchamos a Géminis. Ahora que estoy de vuelta en el Santuario no pienso perder el tiempo con todo esto.
Ambos Santos intercambiaron miradas. Por un momento los tres niños se sintieron intimidados ante la tensión que ambos despedían y Aioros buscó en sus nuevos amigos el consuelo ante aquella sensación tan incomoda que lo invadía. No lo encontró, pues sorpresivamente, ambos niños permanecían callados y cabizbajos. Y de algún modo, aquello lo inquietó un poco más.
-En marcha, niños. –dijo finalmente, dándose la vuelta.- No tengo todo el día.
Acto seguido, ambos gemelos emprendieron el perezoso camino de vuelta tras su maestro, pero antes de desaparecer en la profundidad de las escaleras, Saga volteó y se despidió con un tímido gesto de su mano.
En silencio, Orestes y Aioros los vieron marchar hasta que se perdieron en el sendero bajo los árboles.
-¿Es su maestro? –preguntó tímidamente el pequeño.
-Si, el es Zarek de Géminis.
-¿Estarán bien? –Pero Orestes no contestó inmediatamente, y Aioros buscó su rostro en busca de respuesta.
-Zarek es un Santo fuerte y peligroso. No te conviene entrometerte en su camino. –Hizo una breve pausa en busca de las palabras adecuadas.- Pero ellos ocuparán su puesto algún día, tenlo por seguro. Estarán bien.
-¿Y cuándo podré verlos otra vez? –insistió algo más aliviado.
-Cuando vuestras obligaciones os lo permitan. –El Santo contempló la expresión decepcionada de su alumno.- Pero no te preocupes, estoy seguro que encontrareis un modo de poner el Santuario patas arriba con permiso o no. -Y con una enorme y sincera sonrisa, se acercó hasta la escalera e invitó a Aioros a seguirlo.- Vamos, es hora de que conozcas tu Templo y de que comamos algo. Luego iremos a ver a Aioria. ¿Te parece bien?
El chiquillo asintió emocionado, y rápidamente, alcanzó a su Maestro para emprender el camino de vuelta a Sagitario.
- Continuará… -
NdA:
Dama (que empuja vilmente a Sunrise): ¡Anda! ¡Dilo! ¡Confiesa! ¬¬'
Sunrise: Sentimos mucho haber tardado tanto. Todo fue culpa mía u_U (y susurra en su rincón) Como siempre _
Dama: Muy bien, muy bien, peeeero...
Sunrise (mira a Dama, amenazante con el puño el puño en alto): Peeeero no volveremos a hacerlo u_U
Dama: Algo mas que tengas que decir? ¬¬
Sunrise: Que agradecemos su paciencia y sus comentarios u_U
Dama: Como premio a vuestra paciencia, hemos preservado la integridad fisica de Saga, pero no la de Sunrise.
Sunrise: ¬¬' Y el arquerito al fin llegó ^^
Dama (pensativa, baboseando el teclado): No se con cual de los arqueros quedarme, si con el pequeño o con el mayor…
Sunrise: ¬¬'
Dama (se hace la loca): Cof cof. Nos vemos en el próximo cap.
Sunrise: Corto y cambio.
