Capítulo 4: Géminis y Sagitario

-¡Saga! ¡Kanon!

Los dos hermanos detuvieron su riña en el preciso instante en que la voz malhumorada de Arles se dejó oír hasta en el último rincón del Templo Papal. Ambos niños enmudecieron al instante, pero aquella habitual expresión de inocencia que adoptaban después de alguna de sus travesuras comenzaba a dejar de surtir tan buen efecto. A grandes zancadas, la mano derecha del Patriarca se acercó hasta ellos; con el ceño fruncido de una forma casi imposible y con evidente disgusto marcado en su rostro.

-¡Fue Saga! –Defendió su inocencia alzando las manos el gemelo menor.- ¡Lo prometo! ¡Esta vez no fui yo!

-Siempre dices lo mismo Kanon. –Le recriminó el santo del Altar.

-¡Pero esta vez es verdad!

Arles ignoró por un momento las palabras apresuradas del chiquillo. Sus ojos se fijaron entonces en la que esta vez había sido victima de aquel par de demonios. Se agachó lentamente, dejando que la túnica que vestía acariciara el piso suavemente, y con sus largos dedos removió los fragmentos de mármol que se esparcían por el suelo. Allí, el hermoso busto de Zeus, que decoraba parte de los jardines interiores desde hacía milenios, yacía hecho añicos. Con parsimonia, el hombre se incorporó y finalmente volteó a ver a los tres niños.

-Estáis castigados. –sentenció.

-¡Fue sin querer! –intentó disculparse Aioros.

-Me parece totalmente injusto. –Espetó Kanon cruzándose de brazos.- Yo no lo rompí.-El del Altar miró de uno a otro, y por último, fijó su mirada en el mayor de los gemelos.

-Tu silencio es francamente sospechoso, Saga. Así que te sugiero que si tienes alguna excusa que darme, lo hagas ahora.

-Pues… -Empezó a decir. Arles alzó una ceja dispuesto a escuchar lo que fuera que se le había ocurrido al chiquillo en aquel breve periodo de tiempo. Aquel gesto no le pasó desapercibido a Saga, y aceptando su derrota dejo caer los hombros con pesadez.- Fue un accidente.

-Por supuesto.

El hombre les dio la espalda y emprendió su camino de vuelta al interior del Templo, mientras que los tres niños contemplaban el vaivén de su melena al alejarse, con la esperanza de que al viejo Santo del Altar se le hubiera olvidado el mencionado castigo.

-Podéis dar como comenzado vuestro castigo. No saldréis de la biblioteca hasta que ordenéis al menos una de las estanterías, al completo, alfabéticamente.

-¡¿Qué? ¿No debería ser Saga el único en hacer eso? –preguntó Kanon, ganándose una fea mirada de su hermano.

-¿Y no deberíais estar los tres en la biblioteca, precisamente, estudiando griego antiguo? Eso fue lo que el Maestro Shion os encargó, y confió en que unos chicos como vosotros ya no necesitáis una niñera que os vigile cuando el no está. Me temo que esta noticia le defraudará.

Arles escuchó atentamente en busca de una reacción a sus afiladas palabras. Silencio, un hermoso y relajante silencio. Entonces supo que él había sido el ganador de aquella batalla, y es que conocía de sobra cuales eran los botones que había que pulsar para que los niños obedecieran. A sus espaldas escuchó los pasos desganados de uno de ellos. Si hubiera tenido que apostar, después de escuchar la posible reacción de Shion, hubiera dicho que Saga sería sin duda el primero en ceder. Y no pudo sino aumentar su sonrisa de triunfo al comprobar como precisamente él, lo pasaba de largo en dirección a la biblioteca con expresión de pocos amigos. Le resultaba fascinante lo importante que era para ellos que Shion se sintiera orgulloso.

Aioros no tardó en seguirlo apresuradamente.

-¿A qué esperas, Kanon? Cuanto antes empecéis con los libros, antes podréis salir.

El peliazul masculló un par de palabras que aunque eran casi ininteligibles, llegaron nítidamente a los oídos de Arles.

-¡Cuida tu lengua, Kanon! –lo reprendió antes de verlo alejarse por el corredor.

-2-

Aioros suspiró.

Apenas llevaba tres meses en el Santuario y con orgullo podía decir que se había acostumbrado rápido a aquella vida. Recordaba perfectamente la primera vez que había entrado en la biblioteca acompañando a Shion y a los gemelos. En un primer momento, la apariencia milenaria de la estancia le había robado el aliento.

Aunque allí dentro podía sentirse el mismo frescor que en el resto del Templo, el aroma a incienso que desprendían los quemadores colocados en algunos rincones de la habitación, hacía que la atmosfera se tornara relajante y tranquila. El sol brillante que adornaba el firmamento sin una sola nube aquella mañana, se filtraba a través de las coloridas cristaleras; iluminando las altísimas estanterías que se alzaban inmisericordes en pasillos ordenados alrededor de una gran mesa central labrada en piedra.

El niño frunció el ceño ligeramente. Si, debía admitir que le fascinaba aquel lugar. Pero una cosa era ir porque el Maestro quería enseñarles alguna de sus maravillosas historias sobre héroes y fantásticas criaturas; y otra diferente tener que ir a ordenar los miles de libros y pergaminos amarillentos que invadían hasta el último rincón.

Pero ya no había nada que pudiera hacer por evitarlo.

Un par de metros más allá, Saga había comenzado a amontonar cientos de libros sobre la mesa. El chiquillo había permanecido callado todo el tiempo desde que Arles los encontrará, y por un momento, Aioros se sintió ligeramente culpable. Era cierto que había sido el peliazul quien había tirado la maldita figura, pero si no hubiera estado jugando con él, no hubiera sucedido.

El castaño se acercó pesadamente hacia su amigo y comenzó a ayudarlo en la tarea que les había sido impuesta. De pronto, la puerta se abrió de par en par y en un abrir y cerrar de ojos, fue cerrada con un portazo. Los dos niños alzaron sus ojos hacía el recién llegado.

-¡Cuánto antes empecéis con los libros, antes podréis salir!

Aioros no pudo evitar reírse ante la burda imitación que el menor de los gemelos estaba haciendo de las palabras de Arles. Le resultaba de lo más gracioso el tono de voz con el que lo imitaba y los gestos que lo acompañaban. Y es que, daba igual el momento, Kanon siempre encontraría un modo de reírse de cualquier situación.

-El viejo es un amargado. –Dijo finalmente.- El Templo esta lleno de figuras y estatuas como esa, incluso más bonitas. Todo el Santuario lo esta. ¡No entiendo a que viene tanto drama!

-Creo que tiene que ver con que Zeus había sobrevivido a miles de generaciones de Santos anteriores a nosotros.

-¡Ja! Nosotros no somos como los demás, Aioros. ¡Recuérdalo! –Dijo cruzándose de brazos, sacando una nueva sonrisa del castaño.

Kanon volteó hacía la estantería y se acercó hasta su hermano. Ágilmente se encaramó en lo alto de la mesa y comenzó a curiosear entre los montones de libros que Saga pretendía ordenar. Libros en latín, griego, turco… Títulos demasiado extraños como para poder entenderlos. Tapas de todas las clases, de cuero brillante, de cuero desgastado, con adornos de oro, de plata, con las letras prácticamente borradas. Diarios, filosofía, historia…

-De Revolutionibus Orbium Caelestium. Copérnico. –Leyó con dificultad el título del libro que ahora sujetaba y lo abrió para ojearlo.- ¿Quién demonios lee esto?

-Esta claro que tú no.-espetó Saga, continuando con su labor.- Ni siquiera entiendes lo que dice, está en latín.

-Muy gracioso, Saga. Pero hablo en serio.

-Yo también. –Kanon volteó los ojos ante la respuesta.

-¿Podéis imaginaros a Gigas leyendo esto? –Insistió.

Un pesado silencio invadió la estancia. Kanon llevó sus ojos de su hermano a Aioros en busca de una reacción. Ambos parecían concentrados en lo que estaban haciendo, pero él sabía que no era así. Y de pronto, la risa imposible de ocultar de Aioros resonó en toda la habitación.

-¿Veis? ¡Tengo razón! Aunque la verdad es que podría imaginarme a Arles leyendo estas cosas solamente por parecer más interesante ante los Dorados. –Saga intentó ocultar la sonrisa que pugnaba por adornar su rostro, ante la insistencia de su hermano. Kanon sonrió más ampliamente.- Seguro que aprovechaba la menor oportunidad para demostrarles lo aprendido con su libro… Pero Orestes y Zarek lo harían sentir insignificante de todos modos.

-Eso es verdad. –añadió su gemelo.

Kanon no tardó en aburrirse de aquel tomo y rápidamente lo cerró sin ningún tipo de miramientos, dejándolo caer sobre el montón. Una nube de polvo escapó de entre las páginas de los libros y entonces, un escalofrío recorrió su cuerpo. Estornudó. Sería un autentico milagro que salieran vivos de aquella habitación. ¿Quién sabía la de cosas que había viviendo entre todos esos libros viejos?

-3-

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Minutos? ¿Horas? Como fuera. Estar allí dentro ordenando polvorientos libros de los que no entendía nada le resultaba de lo más aburrido. Kanon dejó escapar un bostezo y abandonó su posición junto a Aioros.

La biblioteca del Santuario era un lugar fascinante cuando uno se aburría y quería curiosear. Para alguien como él, acostumbrando a la mística belleza del Santuario, la estancia no le resultaba muy diferente del resto. Sin embargo, le gustaba escabullirse entre sus pasillos y curiosear sus secretos. Esta vez, sus pasos lo llevaron hacía el enorme globo terráqueo que descansaba en un viejo soporte de madera macizo bajo uno de los ventanales. Sus manos acariciaron suavemente la superficie pulida de la esfera decorada con detalles de oro, marfil y cristal que brillaba sobre las superficies marinas.

Empujó suavemente y el globo comenzó a girar tímidamente sobre su eje, dejando escapar un pequeño chirrido. Y aunque podía escuchar el parloteo de su hermano y Aioros pocos metros más allá, Kanon parecía hipnotizado con lo que veía. Buscó la ubicación de Grecia y del lugar donde sospechaba se encontraba el Santuario. Lo observó con interés durante unos segundos. Inclinó ligeramente la cabeza, posando sus ojos en el Mediterráneo y el Egeo. Era una representación hermosa, pero sabía que la realidad era infinitamente mejor.

Suspiró.

El mundo era demasiado grande, y por un momento se preguntó si todo allá fuera sería como el Santuario.

Giró la esfera una vez más, observando su lento movimiento y maravillándose con el brillo de los océanos de cristal bajo las luces de colores de las cristaleras. Finalmente, se detuvo y ante sus ojos, la enorme extensión del océano Atlántico resplandecía impoluta.

Era tan grande… que le parecía imposible que se pareciera si quiera un poco al mar que podía contemplar desde los acantilados del Santuario. ¿Sería igual de tranquilo? ¿Igual de azul? Estaba seguro que en sus profundidades había todo tipo de seres inimaginables. Frunció el ceño ligeramente. Y con determinación, olvidando el interés que el globo terráqueo había despertado en él minutos antes, volvió rápidamente sobre sus pasos.

Corrió, pasando entre Aioros y Saga, alborotando los montones de pergaminos que yacían esparcidos por el suelo alrededor de los dos.

-¡Kanon! –exclamó Aioros intentando evitar que el trabajo que habían conseguido ordenando aquellos documentos no se fuera al traste.

-¡Lo siento! –se disculpó sin mirarlo.

El castaño resopló y volvió a lo suyo. Sin embargo, no le pasó desapercibido el modo en que Saga contemplaba de soslayo todo lo que hacía su hermano, mientras continuaba con la aburrida tarea. Aioros, curioso ahora al ver aquella inusual reacción, lo imitó, y su mirada se fijo en el gemelo menor.

Kanon, mientras tanto, buscaba un modo de alcanzar una de las estanterías cercanas a ellos. Sus ojos se mantenían fijos en el lomo de uno de aquellos libros enormes. Las letras plateadas relucían contra el cuero azul oscuro. Con los brazos en jarras y expresión pensativa, registró los alrededores de un vistazo. Finalmente vio algo que le pareció útil. Cargó una de las pesadas sillas de madera que rodeaban la mesa y la colocó en el lugar correspondiente. Se subió en ella, y comprobó que aún no era suficiente para llegar a donde quería. Así que rápidamente, se bajó de un salto. Cargó un montón de libros que su hermano y el futuro arquero aún no habían ordenado y los colocó sobre la silla.

Se alejó unos pasos, contempló su obra y luego el libro que buscaba. Frunció el ceño ligeramente. Buscó un par de libros más y los amontonó sobre los otros. Colocó el montón de tomos bien derechos sobre la silla. Asintió orgulloso. Y antes de que ninguno de los otros dos pudiera cuestionar que demonios estaba haciendo, se encaramó rápidamente en el asiento.

Ignoró el crujido de la vieja silla y se concentró en mantener el equilibrio sobre ella, ya que su peso sumado al de los viejos libros hizo que se tambaleara ligeramente. Contempló ahora el siguiente peldaño que debía escalar. Era imposible subir sobre los libros sin que se cayeran, así que sin pensarlo mucho, se agarró a una de las baldas de la estantería y apoyó los pies en otra.

Saga había dejado de prestar atención a lo que estaba haciendo y sin darse cuenta, observaba con atención a su gemelo con el ceño fruncido.

-¿Se puede saber que estas haciendo? –Preguntó sin recibir respuesta.- Si te caes de ahí arriba y causas un desastre te las verás conmi…

-Yo no soy tan torpe como tú. –Dijo Kanon.- Se escalar y no pienso caerme.-Aioros observó el gesto ofendido de Saga y antes de que respondiera para defenderse, se adelantó y habló.

-¿Has pensado que es más fácil coger una escalera? –sugirió alzando una ceja.

-No sería divertido. –respondió con esfuerzo.

Y es que su pequeña aventura se estaba complicando. Gracias a la interrupción de Saga se había tropezado y había estado a punto de resbalar sin alcanzar su objetivo. Frunció el cejo y se sujetó mejor. Finalmente, alargó su pierna izquierda y comprobó como la montaña de libros que le servía de improvisada escalera estaba a su alcance. Ahora, solo quedaba poner el otro pie, soltarse, y el libro sería suyo.

Hizo un primer intento de prueba. Los tomos se tambalearon ligeramente, y su pie derecho volvió a la seguridad de la estantería. Frunció el ceño una vez más. Debía tomar un poco más de impulso, eso era. Y lo hizo. Sin pensarlo dos veces, dio un pequeño saltito como pudo y finalmente sus dos pies se posaron en lo alto de la montaña de libros.

Apenas dibujó una sonrisa de triunfo cuando comprobó que algo no iba del todo bien. No había conseguido recuperar el equilibrio y la fuerza del salto había hecho que los libros se quejaran y amenazaran con desmoronarse sobre la silla. Se tambaleó un par de veces, y entonces lo supo. O saltaba o acabaría con un brazo roto igual que Saga o algo peor, y no tenía intención alguna de hacerlo.

Apenas posó los pies en el suelo, un gran estruendo resonó en la habitación. Aún dándole la espalda a su hermano y a Aioros, cerró los ojos y se encogió ligeramente de hombros temiendo lo peor. Pero el sonido de la silla al caerse y de los montones de libros y papeles volando por los aires era inconfundible.

Suspiró, al comprobar como de momento su integridad física permanecía intacta. Volteó ligeramente a ver el desastre, y con una risilla nerviosa, contempló la mirada asesina de Saga y la cara de espanto de Aioros, mientras cientos de hojas aún flotaban en el aire. En ese momento, sus ideas de repetir el proceso desaparecieron de su mente.

-¿Lo siento?

-Eres un completo IDIOTA. –Espetó su hermano mirándolo con malos ojos.

-¡Fue un accidente! No es para ponerse así. –La expresión furiosa de Saga no disminuyó, al contrario.- Si sigues así acabarás pareciéndote a Arles. –Saga abrió los ojos de par en par, y en ese momento, Kanon supo que no lo estaba arreglando en absoluto, y que lo más prudente era guardar silencio.

-¡Has revuelto todos los libros y los pergaminos que nos llevó horas ordenar!

-Solamente quería coger el Atlas para ver…-Las miradas que los dos le dirigían en aquel momento, eran cuanto menos intimidantes.- algo…

-Lo matas tú… ¿o lo mato yo? –murmuró Aioros a Saga entre dientes.

-4-

-Al fin. –Suspiró Aioros dejándose caer sobre una silla y contemplando como los libros estaban perfectamente ordenados en su lugar.

-¿Cuántas horas llevamos aquí? –Se quejó Kanon sentándose a su lado.- Estoy agotado.

-¿Tres? ¿Cuatro? Tú no fuiste de mucha ayuda precisamente. No se de que te quejas, nosotros hicimos todo el trabajo. –Murmuró el castaño, mirándolo con dureza.- Me muero de hambre…

-Podemos pasar por la cocina antes de ir al coliseo. –sugirió el hasta entonces silencioso Saga.

La idea fue recibida de buen grado por los otros dos chiquillos, y rápidamente, abandonaron la biblioteca, cerrando la pesada puerta tras ellos. Silenciosos, avanzaron a hurtadillas por los amplios corredores del Templo hasta llegar a las inmediaciones de la cocina. Pasado ya el mediodía la zona era un hervidero de doncellas yendo y viniendo a toda prisa, cargadas con vasijas, platos y bandejas. Y por supuesto, su presencia en aquel lugar estaba más que prohibida desde que cada cual había sido asignado a un maestro.

Sus tres cabezas se asomaron cuidadosamente tras la esquina que conducía a la despensa, y sin planearlo, sus miradas se fijaron en el mismo punto. Sobre uno de los amplios fogones de mármol, una bandeja de plata reposaba llena de unos apetecibles bollos cubiertos de azúcar.

-¿Cuál es el plan? –susurró Aioros mientras los tres se ocultaban nuevamente tras su rincón, sentados en el suelo.

-Entrar, coger tres pastelitos y salir. –Explicó Saga.

-¡Bien! –Exclamó Kanon.- ¡Yo voy! –dijo poniéndose de pie. Pero la mano de Saga lo detuvo.

-Ni hablar, seguro que te descubren. –La protesta del gemelo mayor, que se cruzó de brazos, fue contundente.- Además, ya hiciste suficiente desastre por hoy. Iré yo.

-¡Oye! Fue tu culpa que acabáramos atrapados en esa biblioteca. –Continuó el otro imitando su gesto.- Así que, en todo caso, hiciste tanto desastre como yo.

-¡Bien! –Replicó el otro, no dispuesto a perder.- Entonces irá Aioros.

El aludido abrió los ojos de par y tras unos segundos de silencio y reflexión, Kanon cuestionó la idea de su hermano.

-¿Aioros? ¿Hablas en serio? –El peliazul alzó una ceja incrédulo y señaló al arquero.- ¡Míralo! En cuanto lo vean se detendrá aterrado y entonces diremos adiós a nuestro aperitivo.

-¡Oye! –Exclamó ofendido el aludido, cruzándose de brazos.- ¡Por supuesto que puedo hacerlo! –dijo valientemente, aunque interiormente compartía el mismo temor que Kanon respecto al éxito de la misión.

-¿Ves? Puede hacerlo. Asunto resuelto.

El castaño miró a Saga que, sonriente y con expresión triunfal, se ponía en pie a su lado y le tendía la mano para ayudarlo a levantarse. No se había dado cuenta de que su preocupación se dejaba ver a la perfección en su rostro hasta que el peliazul estrechó su mano y tiró de él, guiñándole el ojo con complicidad en el proceso. Aioros sonrió y todo rastro de duda abandono su mirada, para ser sustituida por la determinación que aquel par de hermanos parecía contagiar.

Sin embargo, si algo había aprendido en aquel tiempo en el Santuario, era que más valía escuchar y hacer caso a las locuras de Saga, que a las locuras de Kanon. Así que, rápidamente, se asomó una vez más por el rincón y localizó su objetivo.

-Si te atrapan, corre hacia aquí y no te detengas. –le susurró Saga antes de empujarlo sutilmente fuera del refugio de aquellas paredes.

Los hermanos contemplaron atentamente como el futuro arquero, había decidido acabar con aquello cuanto antes, y emprendía la carrera hacía el objetivo, escondiéndose en medida de lo posible tras alguno de los fogones. Un par de segundos después, cargaba en sus manos tres de aquellos apetitosos pastelillos, hecho que originó en los tres niños una sonrisa de triunfo. Hasta que de pronto, un gritó lo alertó.

-¡Aioros! –gritó una de las doncellas.

El chiquillo recordó las palabras de Saga y corrió a toda velocidad hacía ellos sin soltar su preciado tesoro. No tardó en alcanzarlos, escuchando aún los gritos a su espalda, y una vez repartidos los aperitivos, los tres se encaminaron a toda velocidad hacía la salida del Templo para llegar cuanto antes al coliseo.

-5-

Tras una sucesión interminable de subidas, bajadas, giros a izquierda y derecha, y un montón de escaleras, se encontraron en lo alto de las gradas del centro de todos los entrenamientos y combates del Santuario. Aún quedaba un buen rato para la hora de comer, así que los chiquillos estaban dispuestos a pasar ese tiempo contemplando algún combate interesante que se desarrollase en la arena.

Aioros se dejó caer pesadamente en uno de los asientos, boqueando por un poco de aire y con diminutas gotas de sudor rodando por su frente.

-Has mejorado. –dijo Saga sonriente mientras le daba un bocado a su pastel y se sentaba junto a él.

-Pero aún te queda mucho por aprender. –continuó Kanon, haciendo lo propio.

El castaño miró de uno a otro, y si solamente hubiera tenido un poco más de aire en los pulmones les hubiera replicado algo tan ingenioso como todas las respuestas que daban sus dos amigos. Pero no tenía fuerzas, así que se limitó a escuchar su charla mientras saboreaba el dulce entre sus manos. Su estomago lo agradeció.

Pasó un rato tumbado. El calor de los asientos de piedra a sus espaldas y del sol en todo su esplendor lo dejó ligeramente adormilado. Por ello, se sobresaltó ligeramente cuando escuchó la voz de los gemelos dirigiéndose a él.

-Tengo una idea, Aioros. –dijo Saga. "Oh, no" pensó el arquero, pero se incorporó y volteó a verlo interrogante.- Entrenaras conmigo hasta que Orestes venga a buscarte para ir a comer.

Y antes de que el chiquillo tuviera opción a replicar, Saga ya se hallaba a mitad de la escalinata que descendía hasta la arena con Kanon tras él. Aioros suspiró. Y lentamente se levantó y comenzó el descenso con desgana. Afortunadamente, no había demasiada gente por allí a aquellas horas, salvo un par de amazonas, algunos aprendices y algún caballero de plata y bronce. Al menos, podrían moverse más libremente sin meterse en líos. Lo cual era algo que valoraba como un tesoro dada su situación.

-¿No podemos esperar a después de comer? –preguntó esperanzado.

Saga frunció el ceño y Aioros supo que eso era un no bien claro y sin derecho a réplica. Así eran las cosas, apenas tres meses y podía identificar cada gesto en el rostro de su amigo a la perfección. Por lo que cuando lo miró de nuevo y vio aquella maquiavélica sonrisilla en sus labios, supo que debía esperar lo peor. Sin embargo, antes de que pudiera moverse, Saga había avanzado el par de metros que los separaban dispuesto a asestar el primer golpe o al menos, a hacerle creer eso.

El arquero giró sobre si mismo en un intento por esquivar el puño derecho de Saga que iba directo a su cara. Pudo hacerlo, en parte por reflejo, en parte porque el peliazul solamente estaba jugando. Aioros frunció el ceño. Aún no estaba en condiciones de pelear con igualdad contra él, así que quizá su idea no era tan descabellada y en realidad, era un buen método para mejorar.

-Está bien. –murmuró con determinación.

El chiquillo se alejó de un salto de su oponente improvisado y se puso en guardia. Saga sonrió y esperó el ataque. No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo. Apenas unos segundos después, Aioros se arrojó contra él a toda velocidad. Esquivó su puño con facilidad. Bloqueó una patada directa a su costado. El peliazul podía sentir la frustración de su amigo con cada ataque que evitaba, y debía decir que se estaba divirtiendo de lo lindo. Saltó para evitar una patada directa a sus tobillos y sujetó la muñeca de su rival en el momento en que un nuevo puñetazo se acercó peligrosamente a su rostro. Antes de que Aioros pudiera darse cuenta, Saga se había colocado tras él, forzando su brazo en una dolorosa posición y derribándolo con un movimiento rápido de sus pies.

-Vencido. –escuchó a Saga. No podía verlo, al menos no mientras el peliazul estuviera sentado sobre su espalda haciéndolo morder el polvo. El arquero gruñó, y el otro chiquillo dejo escapar una carcajada.

-No esta mal. –Dijo Kanon que había observado todo sentado desde la grada.- Pero tienes que ganar más velocidad o no podrás hacer cambiar esta situación.

-Has mejorado mucho. Pronto podremos pelear de verdad. –continuó Saga, aún sentado sobre su espalda.

-Como sea.-murmuró el derrotado.- ¿Puedes bajarte de mi espalda? Es humillante.

El peliazul dejó escapar una carcajada divertida mientras lo soltaba de su agarre y finalmente se quitaba de encima. Aioros se levantó como un resorte, cubierto de polvo. Se sacudió las ropas ligeramente y movió un par de veces el brazo que había sido inmovilizado, intentando sentirlo de nuevo, y suspiró.

-El truco esta en que debes ser tan rápido asestando un golpe, como retirando tu ataque una vez que has errado en el blanco.

Los tres niños se sobresaltaron ligeramente ante la inesperada interrupción de la voz siempre tranquila de Orestes. Voltearon hacia él, y Aioros, bajó la vista apesadumbrado. El Santo de Sagitario, se acercó envuelto en su flamante armadura con una sonrisa en el rostro y revolvió el pelo de su pupilo buscando animarle.

-Repitámoslo. –Sugirió el mayor.- ¿Saga? –El chiquillo asintió ilusionado ante la idea de entrenar al menos durante un rato con el Caballero de la Novena Casa, y rápidamente tomó su posición.- Vamos Aioros.

-Ya voy… -susurró con desánimo. Y es que la idea de volver a ser vilmente derrotado no le agradaba en lo más mínimo, menos aún frente a su maestro.

-¿Qué hacemos? –preguntó Saga.

-Lo mismo. Limítate a esquivar sus ataques hasta que encuentres como echarle abajo sin golpearle, ¿de acuerdo?- El niño asintió una vez más.- Cuando queráis.

Apenas hubo escuchado esas palabras, el pequeño arquero se lanzó de nuevo al ataque. Corrió a toda velocidad hacia Saga que permaneció totalmente quieto en su sitio, observando con claridad cada uno de sus movimientos. Se agachó esquivando una patada que iba directa a su cara, y en apenas un abrir y cerrar de ojos saltó esquivando otra directa a sus tobillos. No pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro mientras saltaba de aquí a allá, evitando los cada vez mejores golpes de su amigo. Y entonces lo vio, una vez más el hueco en la defensa de Aioros. Detuvo su puño con la mano una vez más y efectivamente, el pequeño arquero se preparó para evitar el mismo ataque que lo derribó la vez anterior.

-Fallaste. –se burló el peliazul al comprobarlo. Antes de que Aioros reaccionara, se había visto en el suelo una vez más y esta vez, el ataque no había venido de su espalda.

Orestes se rió por un momento al comprobar el resultado, pero a la vez, estaba orgulloso de la evidente mejoría que su alumno mostraba a cada segundo que pasaba. Después de todo, los gemelos eran una excelente competencia y aquel, era el mejor modo de superarse.

-¡Bien hecho Saga! –Miró al disgustado Aioros.- Cuando peleas con alguien, no puedes pretender adivinar sus movimientos. Eso te resta concentración. Debes analizar su modo de pelear y encontrar los huecos que le hacen vulnerable. Piensas demasiado en cual será su siguiente movimiento, y olvidas que lo tienes frente a ti y puedes evitar que lo haga. Bajas la guardia por un momento mientras piensas en ello. –Aioros lo escuchaba desde el suelo, con Saga a su lado.- Repitámoslo una vez más. Después iremos a comer.

-¡Vamos Aioros! –exclamó el peliazul levantándose de un saltó y tendiéndole la mano.

Y por tercera vez consecutiva, comenzó el baile incesante de saltos, piruetas y golpes. Aioros demostraba ser un alumno excelente, escuchando cada detalle de lo que Orestes decía y aplicándolo en sus pequeños combates. Pero no era el único, porque Saga también lo hacía. Tomó asiento junto a Kanon, que observaba emocionado aquel improvisado entrenamiento.

Al santo de Sagitario no le pasó desapercibido el detalle de que Saga comenzaba a cansarse levemente, su respiración estaba ligeramente agitada, y aquello era un síntoma claro de la veloz mejoría en Aioros. Poco a poco, estaba alcanzando su velocidad. Y eso, sumado al pequeño detalle de que Saga se había confiado, podía ser un giro interesante a los acontecimientos.

La muestra inequívoca la tuvo cuando el puño de Aioros rozó la mejilla de Saga sutilmente, tomándolo por sorpresa y sacándolo levemente de su concentración. El castaño sonrió. El peliazul frunció el ceño y rápidamente, se preparó para detener el siguiente golpe y acabar con el combate. Pero Aioros reaccionó con rapidez excepcional y cuando Saga estuvo a punto de atrapar su muñeca, retiró el brazo velozmente y le asestó una patada en el tobillo que el otro no tuvo tiempo de ver, hasta que se notó tendido en el suelo, con la respiración desbocada. Maldijo por lo bajo cuando vio a Aioros en pie, mirándolo sonriente y orgulloso, aún más agotado que él.

-¡Muy bien! –Aplaudió el Santo con una gran sonrisa en su rostro.- Si tu rival te supera en habilidad o rapidez, la mejor arma es dejar que se confíe, que se apresure y cometa un error. Ahí tienes la muestra.

Se acercó hasta los dos chiquillos, con su eterna expresión amable y le tendió la mano al derrotado peliazul. El niño la aceptó, aunque no por ello retiró la expresión cargada de disgusto de su rostro.

-De las derrotas se aprende tanto como de las victorias. –le dijo el mayor mientras revolvía el cabello de ambos niños.- Y lo hiciste muy bien, Saga.

Por más que se esforzó y, a pesar de las palabras de ánimo de Orestes, al mayor de los gemelos se le hizo imposible esbozar una sonrisa. Cierto, podría aprender mucho de esa derrota y de las conclusiones ofrecidas por el santo de Sagitario, pero no podía encontrar lo divertido en todo eso.

-Es una verdadera lástima que no exista ningún honor en la derrota.

La repentina aparición de esa voz conocida retumbando en medio del semidesierto Coliseo ocasionó un súbito respingo en los gemelos. Los atemorizados ojos de Kanon se fijaron en la regia figura que se mostraba detrás de Saga. Ahí, envuelto en la magnificente aura que su dorada armadura le proporcionaba, estaba Zarek de Géminis.

-Francamente, encuentro decepcionante esta derrota, Saga. Quizá estaba equivocado al pensar que existía algún tipo de extraordinario potencial oculto dentro de ti. Pero ser vencido por un principiante… -no continuó hablando, sin embargo la burlesca mueca de sus labios dejó en claro su posición al respecto.

Saga no pudo hacer más que agachar el rostro sobrepasado por la vergüenza que las palabras de su maestro traían consigo.

-No veo el problema. -Orestes intervino. Lo hacía no solo porque detestaba los modos de Zarek, sino porque también, con el tiempo, había aprendido a leer las intenciones detrás de las palabras del de Géminis.- Al igual que ellos, Aioros es un aprendiz de santo dorado. Sus potenciales son semejantes, y la sana competencia entre ambos estimula no sólo su crecimiento, sino también la camaradería que necesitarán para cumplir con su destino.

El turco calló. Sopesó las palabras de su compañero de Orden mientras que sus ojos, fríos y calculadores, observaban con especial atención la escueta figura del pequeño castaño que se ocultaba detrás de su maestro. Por fin, tras un silencio irritador, el geminiano soltó una carcajada.

-No me digas. -le habló con marcada ironía.- Dime, Orestes, ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en este lugar? Supongo que no lo suficiente como para entender el funcionamiento de las cosas por aquí. Orgullo y poder. Eso es lo único que prevalece en un sitio como el Santuario. Deberías comprenderlo de una vez por todas.

La usualmente apacible mirada del arquero dorado se escureció a causa de las palabras del otro santo. Nada más que la verdad había salido de los labios del pelirrojo, sin embargo, aquella era una verdad agria y desafortunada para alguien con la mentalidad de Orestes. Quizás podían ser hermanos de Orden, pero sus ideales eran diametralmente diferentes.

-¿Y eso te resulta divertido?

Por toda respuesta, Zarek sonrió. Era endemoniadamente cínico, al punto de terminar con la inmensa paciencia del pelinegro.

-No tiene caso desperdiciar tiempo y palabras contigo. La dureza de tu corazón te impide ver más allá de lo que conoces. Es por ello que la gente como tú no cambia. Su necedad supera con creces a su razón. –le sentenció Orestes y, dispuesto a no darle derecho a réplica, giró sobre sus talones dejándole con la palabra en la boca.- Vámonos, Aioros.

Hubiese querido hacer más por los gemelos, puesto que la integridad física y mental de aquel par de inocentes niños le preocupaba terriblemente; pero sabía que una intervención suya a favor de ellos sólo terminaría incrementando la ira del de Géminis. Así que, sin nada más que hacer emprendió el largo y cansado camino de regreso al Noveno Templo.

Atrás de él, Aioros le siguió sintiéndose terriblemente culpable por la forma en que los eventos habían terminado. Mientras caminaba, arrastrando los pies y levantando a su paso una nube de polvo, el niño no pudo evitar mirar atrás hacia los compañeros que dejaba en desgracia. Sus ojos se conectaron con las miradas tristes de sus recién hallados amigos y cómplices; y no pudo hacer nada más que sentir una infinita pena por ellos.

Resultaba sorprendente el cambio radical que los gemelos experimentaban con la presencia de Zarek. Su sonrisas, usualmente pícaras y desenfadas, se perdían en la rigidez de la retorcida mueca que se apoderaba de sus labios. El fulgor de sus centellantes ojos verdes se apagaba y en su lugar no quedaba nada más que miedo y recelo. Y su cuerpo, inquieto y despreocupado, reflejaba en el rigor de sus movimientos la tensión que el geminiano mayor sembraba en el par. Era como si, en un abrir y cerrar de ojos, los gemelos desaparecieran dejando nada más que el triste fantasma de lo que solían ser.

No quería dejarlos, al menos no así. Porque Aioros lo sabía. Podía ser sólo el crío nuevo del Santuario, pero era capaz de comprender con absoluta perfección como funcionaba ese nuevo mundo al que ahora llamaba hogar. Y también conocía a Zarek. Le había visto antes. Él era el mudo testigo del peso que el turco representaba para sus amigos y, aunque jamás escaparía de las bocas de ninguno de los dos peliazules, estaba al tanto de que la vida con él podía ser insoportable en ocasiones.

Indeciso y frustrado al no poder hacer nada más que observar, los ojos de zafiro de Aioros iban y venía de Orestes al trío de geminianos. Rogaba en silencio porque su maestro pudiera ayudar a los gemelos, sin embargo, tampoco era ajeno al hecho de que la relación entre ambos santos dorados no era exactamente de las mejores. De hecho, ninguna relación entre la Élite de Oro podía ser considerada más allá de cortés. Por fin, la resignación regresó al futuro arquero, venció los deseos de mirar atrás una vez más y se decidió a seguir los pasos de Orestes.

No había avanzado más de un par de metros cuando la iracunda voz del santo de Géminis atrapó nuevamente su atención.

-Muévete, Saga. –con un ademán por demás violento, el mayor sacudió inmisericorde al pequeño geminiano obligándole a caminar.- Tú también, Kanon. –hizo lo propio con el otro niño.- Ya os habéis divertido demasiado el día de hoy. Me imagino que a Arles le encantó que arreglaran la biblioteca por él. Pues bien, también tengo un par de asignaciones pendientes para ustedes.

Sus ojos grises atravesaron a los pequeños con desmedida furia. Zarek prácticamente los estaba llevando a rastras. La presión que ejercía sobre los infantes quedó al descubierto cuando la piel de sus brazos tomó un color rojizo. Estaba lastimándoles sin razón alguna.

-¡Espere! ¡No fue culpa de ellos! -en un arranque de desesperación el futuro arquero se abalanzó sobre el santo de Géminis para colgarse de su brazo con la falsa ilusión de detenerle.

Con un fuerte empujón, Zarek se encargó de devolverlo a su realidad. Olvidándose de la abismal diferencia entre sus fuerzas, el turco dejó ir a Kanon para tomar al niño castaño por la muñeca. Su puño se cerró con fuerza aprisionando la mano hasta el punto que una lágrima de dolor escapó de los asustados ojos azules del crío. Pero, de pronto, para sorpresa del geminiano, otra mano se cerró sobre la suya, apretándole con una fuerza similar a la suya. Volteó para encontrarse con los vibrantes ojos ámbar de Orestes que le miraban con una intensidad que hubiese puesto sobre advertencia a cualquiera, pero no a él. No a Zarek de Géminis.

-Suéltalo, Zarek. -habló con una pasmosa calma mientras que su cosmoenergía comenzó a arder envolviéndole en una cálida aura de color de oro.

-Te lo he dicho antes, Sagitario, y estoy cansándome de repetírtelo: Preocúpate de tus propios asuntos. -espetó con fastidio mientras se liberaba de su agarre y dejaba ir al aprendiz.- Hazme un favor y mantén alejado a tu mocoso de los míos, ¿entendido? Porque la próxima vez que me encuentre con él, voy a enseñarle a respetar a sus superiores.

-Atrévete a tocar uno solo de los cabellos de mi aprendiz y, entonces…

-Entonces, ¿qué? ¿Qué vas a hacer? –le enfrentó con la insolencia tatuada en el rostro.

Y fue así como la ira pudo más que el santo de Sagitario. Para cuando su puño impactó de plano la cara de Zarek, sabía que no iba a permitirle seguir adelante con sus juegos de infamia. Empujado por la inercia del golpe, el geminiano trastabilló para después caer al piso.

Un pesado silencio se ciñó sobre el Coliseo mientras los tres chiquillos observaban la escena sin atreverse a dar crédito a lo que veían. Y no eran los únicos. La escasa población que se encontraba a esas horas del día en el lugar, de inmediato cesó todas sus actividades para centrar sus incrédulas miradas en el inusual espectáculo que los dos santos dorados ofrecían.

-¿Así es como serán las cosas de hoy en adelante? –lentamente Zarek se puso de pie mientras que, con el reverso de su mano, limpió un hilo de sangre que salía de su boca y resbalaba por su mandíbula.

-Así es como lo has querido. -una presuntuosa sonrisa iluminó el rostro de Orestes.

No se necesitó de más para que el santo de Géminis se incorporara dispuesto a no dejar impune la afrenta de la que había sido víctima. Ni uno solo de sus movimientos fue impulsivo, sino que, al igual que la calma antes de la tormenta, Zarek se tomó el tiempo que quiso. El repicar de las botas de su armadura se escuchó con perfecta claridad en medio del ensordecedor silencio que se había apoderado de los alrededores. En sus labios, una burlesca y tenue sonrisa se dibujó.

-Al final, toda tu palabrería, insípida e insulsa, se queda simplemente como eso…palabras. -rió con sorna. En la palma de su mano derecha, una diminuta esfera de energía azulada empezó a crecer.- Aunque te esfuerces en negarlo. Aún sí te avergüenzas de tu verdadera naturaleza. Acéptalo. No eres muy diferente al resto de nosotros, Orestes. -el pelinegro frunció el ceño y apretó los dientes con coraje.- Sólo eres un miserable, vil y repulsivo ser humano dominado por sus emociones.

Con eso era suficiente. No tenía necesidad de pronunciar una sola palabra más. El veneno había sido inyectado y, ahora, lo único que tendría que hacer era esperar por resultados. Pero… él no era de los que esperaban. No lo era y nunca lo sería.

En un pestañeo, el pelirrojo se abalanzó contra el Sagitario. A su paso, el golpe de aire generado por la energía despedida por su cuerpo moviéndose a la velocidad de la luz, azotó sin compasión a los niños que aún se encontraban cerca. Ellos no pudieron ver lo que seguía, sin embargo, una pelea de mil días estaba a punto de dar inicio.

El torso de Orestes era el blanco. Ahí era donde Zarek impactaría el primero de sus golpes. Con apenas el tiempo necesario, el de la Novena Casa alcanzó a moverse a su derecha esquivando el puño del geminiano. De inmediato decidió contraatacar. Tomando ventaja del ataque fallido, él mismo concentró su cosmos en sus manos, sin embargo, de forma inesperada, pero perfectamente planeada por el turco, este giró y asestó el golpe contra el costado del santo del arco. Volvieron a separarse a causa de la inercia del movimiento de sus cuerpos. Sólo un par de pasos, nada más. Y, después, el intercambio de golpes se reinició.

A una distancia que consideraban segura, el trío de aprendices veía con los ojos desorbitados el impresionante combate, o al menos, trataban. La enorme mayoría de las acciones transcurrían a una velocidad superior a la que sus ojos podían presenciar. Únicamente, por breves intervalos en los que ambos se veían comprometidos en algún forcejeo que los obligaba a detenerse, los chicos podían apreciar la magnitud del singular combate. En las gradas del viejo recinto, el número de curiosos había aumentado sustancialmente. Una pelea entre santos dorados era un espectáculo digno de ser admirado, mucho más cuando dicha pelea no estaba limitada a un simple entrenamiento. La mayoría de los presentes, al igual que los pequeños aprendices, carecían de la habilidad de ver cada una de las etapas de la batalla, más no por eso era menos impresionante.

El simple sonido de las explosiones y los relampagueantes estallidos de luz que se generaban a causa de los impactos cimbraban por doquier. Ambos guerreros se atacaban sin compasión alguna. Pequeñas cantidades de sangre recorrían las partes de su cuerpo que quedaban libres de la protección de sus túnicas doradas. Sin embargo, no existía aún un ganador absoluto.

-¿Será posible? –Saga susurró para sí. En ningún momento sus ojos se separaron de su maestro y del santo del centauro.

-¿De qué hablas? –preguntó con desesperación Aioros. Todo era todavía demasiado nuevo para él. Ni que decir de esa pelea.- ¡Saga! ¡¿De qué estás hablando? –insistió al no recibir respuesta de un anonadado gemelo.

-La batalla de los mil días. –confesó.

-¡¿Qué? –Kanon le miró atónito.- Tu crees que…

Saga asintió.

-¡No entiendo nada! ¡Saga, dime que pasa! -insistió el pequeño arquero preocupado por la reacción de Kanon ante las palabras de su hermano.

-La batalla de los mil días. -los ojos del mayor iban y venían de sus compañeros a los combatientes, pero su atención únicamente pertenecía a estos últimos.- Los Santos de Oro son los guerreros de Élite de Athena. Su poder no se compara con el de ninguna otra de las Órdenes, simplemente les superan con creces; y, sin embargo, ninguno es superior al otro. Desde Aries hasta Piscis, todos son iguales. Cuando dos de ellos se enfrentan en combate, se dice que la batalla dura mil días y sus noches, hasta que el cansancio, o un descuido tan leve como un parpadeo, inclinen la balanza para alguno de los lados.

El castaño retuvo la respiración por un instante al escuchar la declaración de Saga. Mil días. Sus ojos volaron de inmediato hacia su maestro. ¿Era ese el verdadero poder de un santo dorado? Continuaba en sus divagaciones cuando lo inesperado sucedió. La pelea cesó.

Desde opuestos extremos, Sagitario y Géminis se sostuvieron la mirada. La intensidad del combate había sido extrema y, sin embargo, la fatiga apenas se distinguía en ellos. El ritmo de sus respiraciones se elevó y las primeras gotas de sangre rodaban por sus brazos, piernas y rostros, pero los dos santos permanecían inmutables. Para cualquiera, la pausa pudo parecer nada más que un descanso…nada más alejado de la realidad. Cual juego de ajedrez, ambas partes medían con cuidado sus estrategias y las piezas estaban a punto de moverse otra vez.

Con una sonrisa mordaz, Zarek preparó su siguiente golpe. Abrió ligeramente las piernas. Sus brazos se extendieron hacia adelante permitiendo a sus manos unirse con las palmas ligeramente extendidas hacia Orestes. Un resplandor dorado centelló en sus ojos grises por una fracción de segundo. Estaba listo.

Desde donde estaba, Saga abrió sus ojos lo más que pudo mientras un escalofrío le erizó la piel. Conocía esa posición de ataque. La había visto antes y había experimentado en carne propia los efectos de la técnica de Géminis. Inconscientemente, retrocedió un par de pasos presintiendo lo que venía. A su lado, Kanon estaba igual o más sorprendido que él, con la diferencia que el menor de los gemelos no dudó un segundo y emprendió la carrera para alejarse de ahí lo más rápido que las piernas le dieron.

Aioros volteó sólo para ver al peliazul huir despavorido de una amenaza que él consideraba inexistente. Si tan solo hubiese sabido, no hubiera saltado de pánico al sentir la mano de Saga cerrándose sobre su muñeca para jalarle con desenfreno buscando alejarle de ahí.

-¡Corre! -le escuchó gritar.

Obedeció solo porque se trataba de Saga. Corrió lo más rápido que pudo, a pesar de que no sabía de qué huían. Pero entonces, no pudo más con la curiosidad y miró atrás.

Alrededor del turco, un manto negro se ciñó dejando nada más que la propia luminosidad de su cosmos alumbrando aquella mórbida oscuridad. Diminutos tintineos le permitieron advertir la presencia de estrellas y, posteriormente, de enormes planetas que danzaban perezosamente en sus órbitas. Nunca antes había presenciado algo como eso. Tan hermoso como aterrorizante. Tan hipnotizante como mortífero. De una cosa estaba seguro: No podría olvidarlo jamás.

-¡Otra Dimensión!

El grito de Zarek y el movimiento repentino de sus brazos, sacaron a Aioros de su asombro para hundirlo en un miedo sin precedentes. De inmediato, aquel sombrío universo que se había dibujado alrededor del geminiano se extendió más allá de los límites de donde ellos se encontraban, mientras que una fuerza desconocida y terriblemente poderosa le jalaba hacia el vórtice de la dimensión. Gritó. Gritó lo más fuerte que sus pulmones le permitieron. Y Saga también lo hizo. Sin embargo, la devoradora oscuridad se tragó el sonido de sus voces. Si algún momento se había planteado la posibilidad de morir, nunca antes fue como ese instante.

Saga lo había visto antes. Él mismo había recibido este ataque durante alguna de las muchas horas de entrenamiento que compartía con su maestro, sólo que nunca con esa intensidad. Estaba asustado, probablemente más de lo que debería. Pero no por eso lo admitiría.

Cuando el piso debajo de sus pies comenzó a desaparecer supo del verdadero peligro que les acechaba. Sujetó con firmeza la muñeca de su amigo, porque sabía que si le soltaba, no habría camino de regreso para el pequeño arquero.

-¡No te sueltes! -gritó, aunque dudaba mucho que le fuera a escuchar.

Rocas, polvo, todo estaba siendo succionado hacia el infinito vacío de la Otra Dimensión, inclusive ellos. Su instinto de supervivencia le obligó a encender su cosmos, más no sirvió de nada. Simplemente no podía evitar la catástrofe que se avecinaba. Su preocupación creció todavía más cuando un incipiente cosmos apareció cerca de ellos.

-Kanon.

Y así era. Un poco más adelante de ellos, el menor de los gemelos luchaba por mantenerse en pie en medio del caos. ¿Cuánto más serían capaces de soportar? Ninguno lo sabía.

Cuando menos lo esperaban, y justo cuando sus fuerzas comenzaban a mermarse hasta niveles peligrosos, una luz brilló entre las sombras.

-¡Infinite Break!

Miles de luces doradas salieron despedidas de un punto perdido en las penumbras. Flechas incandescentes que inundaron el espacio oscuro se dirigieron con una pasmosa rapidez hacía el centro del vórtice: Zarek. El estruendo de las dos técnicas fusionándose en una, retumbó en el Coliseo, mientras el deslumbrante fulgor de la energía colapsando cegó los ojos de los espectadores.

Lo siguiente que los niños sintieron, fue un abrazo que les protegió de los daños colaterales de la explosión. Alzaron la vista para encontrarse a Orestes. Había interpuesto su cuerpo entre ellos y el lugar del impacto evitando de esa forma que se convirtieran en víctimas de una batalla que les era ajena. Una delgada gota de sudor resbaló por las sienes del santo para mezclarse con la sangre que emanaba de una herida abierta en su mejilla.

-¿Estáis bien?

-Sí. -respondió Saga. Aioros se limitó a asentir.

Kanon se levantó de un brinco, sacudió sus ropas y miró expectante a su maestro.

-Vamos a estar en problemas. -musitó sin quitarle la vista de encima al pelirrojo.

-No os preocupéis. Los problemas de Zarek son conmigo, no con vosotros. -el mismo Orestes se reprendió mentalmente por la absurda respuesta que estaba dando.

Él, mejor que nadie, sabía de lo que el santo de Géminis podía ser capaz y, precisamente por eso, estaba seguro de que Kanon hablaba con la verdad. Había sido estúpido al seguirle el juego. Ingenuo por haber permitido a Zarek jugar con su mente hasta el punto de arrastrarlo a los golpes. Pero ya no había marcha atrás. Empezó por su puño y terminaría también por él.

-Marchaos. -ordenó al trío de aprendices.- Este no es un lugar para críos como vosotros.

-Pero…

-Ve, Aioros. Estaré bien, pero necesito que tú lo estés también. Después hablaremos de esto, ¿entendido? -le regaló una sonrisa que infundió confianza en el niño.

El santo observó mientras los pequeños marchaban hacia las afueras de la arena. Siempre vigilante, trató de mantenerse entre ellos y Zarek con la esperanza de que, en caso de alguna eventualidad, tuviera el tiempo y la facilidad de frustrar los planes del de Géminis. Probablemente era paranoia, pero no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.

-Tranquilo, arquero. No tengo la menor intención de matar niños, al menos no a los que están bajo mi cargo. -dijo.

-No pareció importarte antes.

-En realidad no tenía razón para preocuparme. Mis aprendices son capaces de sobrevivir a la Otra Dimensión. El tuyo no sé, pero los gemelos probablemente hubiesen salido con vida. -torció la boca con cinismo.

-¿Probablemente? -Orestes apretó los dientes con rabia al escuchar la provocativa expresión.- ¿Cómo puedes jugar así con sus vidas?

-No juego con la vida de nadie. Aquí, en el Santuario, sobreviven solo lo más aptos, aquellos que son superiores a los demás, y ese par de mocosos lo son. -apuntó hacia los gemelos.- Son guerreros. Guerreros de Élite que deben ser tratados como tales, no como niñatos frágiles y mediocres. Cuando el tiempo llegue, serán medidos y pesados; y entonces, Orestes, veremos quien estaba equivocado.

-Es una verdadera pena. -río el Sagitario.- Porque ni tú ni yo estaremos aquí para ser testigos de ese día. Como santos, somos prescindibles. Hoy estamos, mañana no. Nadie nunca se acordará de nosotros. Tu nombre y el mío se perderán con el tiempo. Esos mocosos, o niñatos, como prefieras llamarlos, son nuestra oportunidad de trascender. Ellos serán lo único que quede de nosotros cuando nuestras vidas lleguen a su fin.

Tras un breve silencio, las carcajadas de Zarek resonaron.

-Eres enfadosamente ridículo. -exclamó para después lanzarse contra él.

-Y tú, estúpidamente necio.

Colisionaron a medio camino alzando una densa nube de polvo grisáceo. Sus puños se encontraron desencadenando una descarga eléctrica. Burlando la defensa de Orestes, el turco consiguió propinarle un certero golpe en el estómago que lo obligó a barrerse hasta chocar contra una de las bardas que delimitaban el área de batalla. En medio de aquel derruido rincón, solamente se apreció la estela dorada despedida por el arquero de oro al regresar a la pelea. Sin dudar, asestó su puño contra el rostro de su contrincante consiguiendo recuperar el espacio perdido. Ambos se perdieron en un ir y venir de golpes que parecía no tener final.

Tras varias series de ataques infructíferos, ambos decidieron que no tendrían más opción que recurrir a sus máximas armas. Se repelieron en el uno al otro y tomaron las posiciones respectivas para llevar a cabo el siguiente paso de su plan.

Zarek elevó sus brazos al aire, justo sobre su cabeza. La misma oscuridad que le cubrió durante su técnica anterior cayó nuevamente a su alrededor. Esta vez era más densa, más oscura, pero los astros que en ese mágico universo flotaban, parecía tomar vida con cada instante que transcurría. Millones de estrellas danzaban al ritmo que él dictaba, uniendose para dibujar grandes concentraciones de ellas: galaxias.

Maravillados por el espectáculo, los pequeños geminianos permanecieron expectantes a cada movimiento de su maestro. Sus ojos verdes se abrían sin mesura mientras sus mentes trataban de dar sentido a todo lo más rápido que les era posible. Sería la primera vez que la verían. La primera vez que serían testigos del verdadero poder de la Explosión de Galaxias.

Pero Orestes no iba a quedarse atrás. También era un santo dorado. El representante del centauro de oro. Un guerrero que no se daría por vencido. Extendió los brazos hacia adelante y permitió que su cosmos vibrará a su alrededor. Las majestuosas alas de su armadura tintinearon en perfecta sincronía con la energía de su protegido. Una brisa, primero ligera, pero cuya fuerza se incrementaba rápidamente, le envolvió para crear un remolino repleto de plumas abrillantadas y refulgentes. Sus ojos se tornaron tan dorados como su vestidura. El semblante se le afiló en espera del momento de atacar.

- ¡Explosión de Galaxias!

- ¡Impulso de Luz de Quirón!

Con una potencia descomunal, los cimientos del viejo Coliseo vibraron rindiendo sus respetos al poder de la Orden más imponente de todas. Un resplandor de monstruosas proporciones iluminó el lugar, opacando con su ímpetu a la luz del Sol. Aún los gritos y múltiples expresiones de sorpresa fueron arrastrados por el eco de la explosión. No quedó nada más que el mudo sonido de la destrucción.

Cuando todo hubo terminado, era imposible saber quien era el ganador. El campo de batalla estaba cubierto por una bruma terrosa que impedía ver más allá. Ciertamente, cualquiera que no vistiese un ropaje dorado, muy probablemente no conseguiría sobrevivir a un impacto como aquel.

Poco a poco, en el más absoluto de los silencios, la visión regresó y, ahí, todavía en pie, dos figuras permanecían en franca tensión. El polvo y la sangre habían mermado su galantería, pero poco importaba cuando el honor se encontraba en juego. Una ráfaga de viento cruzó en medio de ambos santos. Ninguno pareció notarlo. Ahora solo existían ellos.

El pelirrojo apretó los puños furioso. El Sagitario frunció el ceño y endureció sus facciones. Sus cosmos volvieron a encenderse con la misma intensidad que antes, como si el cansancio no estuviera en ellos.

El siguiente ataque era inminente.

-¡Deteneos! ¡Es suficiente! -la voz femenina, firme y segura, supo abrirse paso entre el ruido, acallando con su fuerza el murmullo que se había apoderado del Coliseo.

Sorprendidos por la inesperada interrupción, los santos de oro paralizaron momentáneamente su encuentro para fijar sus miradas en ella.

De pie, en la baranda que servía de división entre el graderío y la arena, se encontraba una amazona. Sus cabellos, recogidos en una desenfadada coleta, bailoteaban al ritmo del viento que resaltaba las hebras rojizas de las azabache, mientras que en su indiferente máscara de plata se reflejaban con perfecta claridad los rostros de los guerreros involucrados.

-Caelum -susurró Orestes.

-¿Sabes con quién estás hablando, amazona? -argumentó agriamente el pelirrojo.

-Por supuesto que lo sé, pero temo que mi respuesta no sería del agrado de ninguno de vosotros, mis señores.

Sagitario ahogó una risa. Conociendo como lo hacía a Axelle, estaba casi seguro que la respuesta a la pregunta de Zarek involucraría su nombre y el del geminiano unidos a la palabra "idiotas". Tenía que admitirlo, la chica no estaba equivocada. O, por lo menos, no del todo.

-Insolente. -reprochó Géminis con amargura.- El Gran Maestro debió enseñarte cuál es tu lugar en el Santuario.

-Y así lo hizo, Zarek. No soy yo la que ha olvidado cuales son sus obligaciones y responsabilidades. Debo confesar que me resulta inquietante que lleguéis a estas instancias. Ciertamente su Excelentísima estaría avergonzado de vuestro comportamiento, y así es como deberíais sentiros. -su rostro fue de santo a santo en busca de algún gesto de arrepentimiento que no encontró.- Sois increíbles. -se quejó al mismo tiempo que posaba sus manos sobre las caderas.

-Axelle, esto es entre nosotros. -Orestes le miró de soslayo.

-No, no lo es. Desde el momento en que pusisteis la vida de los aprendices en peligro esto dejó de ser algo entre vosotros. Creced y madurad, porque este comportamiento no es digno de dos guerreros de vuestra categoría. -espetó furiosa.

-Calla, mujer. Tu voz me cansa. -el geminiano se giró para ignorarla. Sus palabras no eran de interés para él.- Ahórrate los dramas, y ve directamente donde el Maestro a quejarte todo lo que desees. Deja que sea él quien nos sermoneé porque tú no tienes la autoridad para hacerlo.

-Pienso hacerlo.

-Adelante, puedes hacerlo mientras reparas mi armadura. Espero que así mantengas tus narices fuera de lo asuntos que no son tuyos. -y, en un pestañeo, se situó a centímetros de ella.- Créeme, no quieres tener problemas conmigo. –le susurró.

Ella no se movió. No retrocedió, no se inmutó.

-Con tu interrupción has matado la emoción de esta batalla. -volvió a hablar el turco. Después miró hacia el pelinegro.- En otra ocasión será, arquero. Tú y yo tenemos cuentas pendientes. Pero ya lo sabes, mantén a tu mocoso lejos de los míos.

Se cruzó para tomar el camino que guiaba a la salida. Alzó el brazo y, con un movimiento de muñeca, llamó a sus aprendices para que le siguieran. Ni siquiera se molestó en mirarles o en esperarles, simplemente continuó avanzando hasta que las tres siluetas desaparecieron bajo el arco que decoraba el punto de ingreso al Coliseo.

El santo de Sagitario no tardó mucho en imitar a su compañero y, pronto, él y su aprendiz se encontraron recorriendo la larga y sinuosa escalinata con destino a la Novena Casa.

-6-

Habían andado todo el camino sin pronunciar una sola palabra, algo que era inusual para ambos. En el poco tiempo que llevaban juntos, Orestes y Aioros habían cultivado una relación amistosa y de plena confianza, pero que en ese momento se sentía distante.

Llegar a Sagitario significó un respiro para los dos. Más allá de que la Novena Casa les brindaba la oportunidad de deshacerse de máscaras y poses que debían ser tomadas en público, era el hecho de que cada cual podía tomar caminos distintos, lo que les resultaba refrescante. Para el mayor era especialmente difícil. Su comportamiento había sido no solo inapropiado, sino incongruente con los valores y principios que se esforzaba por inculcar en su joven pupilo. Y, además, estaba el orgullo. Porque ahí estaba, no podía negarlo; y olvidarse de él era un trabajo monumental.

La amplitud del salón de batallas daba esa sensación de vacío que el pelinegro tanto odiaba, sin embargo, se esforzó por no prestar atención a ese detalle. Le preocupaba Aioros. Cuando le vio marcharse hacia los privados del Templo completamente solo, supo que no podía dejar así las cosas. Le había dicho que hablarían del asunto y pensaba cumplirlo.

-Aioros. -le llamó por su nombre. El niño volteó y centró su mirada en él.- Lo que sucedió en el Coliseo…no estuvo correcto. -suspiró con resignación- A veces, nos dejamos llevar por las emociones y actuamos de forma impulsiva, sin siquiera pensar en las consecuencias de lo que hacemos.

-Zarek te provocó y todo fue por mi culpa. -el castaño bajó la cabeza y rehuyó de la mirada de su maestro.

-No. No fue tu culpa y tampoco de los gemelos. -respondió sin vacilar y, agachándose, le tomó por los hombros buscó los ojos del niño.- Escucha, y escucha con atención. Nadie más que Zarek y yo somos culpables de lo que ahí sucedió. Mucha gente cree que al tener poder, se posee sabiduría. Nada más alejado de la realidad, pequeño. El poder debe crecer de la mano de nuestra sabiduría y, debemos aprender que, mientras menos usemos nuestro poder, mejor será para todos. Usa tu fuerza solo para defender y proteger aquello que más aprecias. Nunca para tu beneficio propio.

-Pero, entonces, usaste tu poder para defenderme, ¿eso no estuvo bien?

-Sí, pero en el momento en que permití a Zarek meterse en mi cabeza y hacerme ir en contra de lo que creo, ahí perdí.

El chiquillo asumió una actitud pensativa mientras intentaba asimilar el significado de las palabras del Sagitario.

-Es complicado. -por fin exclamó tras un largo silencio. El pelinegro soltó una carcajada.

-Lo entenderás, Aioros. Confió en que lo harás.

Revolvió los cabellos pardos y ambos se internaron juntos en las cámaras privadas del templo mientras, poco a poco, la normalidad regresaba a ellos.

Conversaban animadamente acerca de los acontecimientos en el templo Patriarcal y la aventura en la biblioteca que les había costado la mañana entera cuando abrieron la puerta de entrada a los privados y, para sorpresa de los dos, alguien esperaba dentro.

-Señor Orestes, Aioros. -les saludó la doncella.

-¡Raissa! - exclamó con emoción el pequeño arquero.

Desde su llegada al Santuario, Aioros y Raissa, la doncella que le había acompañado durante su viaje, habían cultivado cierta amistad. El hecho de que ella fuera la encargada de cuidar y vigilar al cachorro de león contribuía a que pasaran juntos al menos unos minutos todos los días. Se conocían bien y su mutua presencia les resultaba agradable.

-Mira como has quedado. -le dijo ella mientras limpiaba con su ropa las polvorientas manchas en el rostro del niño. Sus ojos viajaron hacia el arquero mayor.- ¿Estáis bien? -les preguntó.

-Sí. Las noticias vuelan en este lugar. -Orestes, que ya se había despojado de su armadura, se dejó caer en un sillón cercano.

-No es fácil ignorar una pelea como esa. Si tan solo hubieseis visto la desencajada cara del señor Arles…

Orestes sonrió.

-Nos perdimos el verdadero espectáculo. -murmuró como quien hace una diablura.

Raissa y Aioros compartieron una risa cómplice.

-¿Qué haces aquí, Rai? -le cuestionó el niño al mismo tiempo que imitaba a su maestro y tomaba asiento en otro de los muebles.

-Solo vine a ver como estabais. -las mejillas de la doncella se encendieron.- Pensé que podríais estar heridos y necesitar curaciones.

-Posiblemente. -el santo se incorporó y le sonrió coquetamente pero, ante la insistente mirada de ella pidiéndole discreción, Orestes volvió a reír, esta vez con travesura.- Primero atiende a Aioros. Así podrá ir a comer algo, a tomar un baño y a seguir con las tareas que aún tiene pendientes.

-¡¿Más tareas? -se quejó el aludido.

-Sí, más tareas. Ahora anda, deja que Rai te cure. -se puso de pie y caminó perezosamente hasta la cocina.- Voy por algo de comer.

-Les traje la comida. Está sobre la mesa. -le avisó ella.

-Ya la vi. -respondió y por un momento, quedó callado.- ¿Sólo un bollo cubierto de azúcar? Somos dos en este templo. -el santo asomó la cara en la sala.

-Aioros ya ha comido su ración del día, ¿verdad?

El aprendiz fingió demencia, no que eso fuera de mucha ayuda.

-¿Qué hacéis todo el día en el Templo Patriarcal? ¿Es vuestra intención matar a Arles de un disgusto? Porque si es así, varias personas estarían dispuestas a ayudaros.

-¡Orestes! -le recriminó la doncella.

Aioros se carcajeó. Sí, probablemente esa era la intención de los gemelos y, altas eran las probabilidades de que lo consiguieran. Así, los tres se enfrascaron en su propio tema de conversación dejando atrás la comprometida tarde.

Definitivamente las cosas regresaban lentamente a la normalidad en Sagitario.

-7-

El Sol comenzaba a ponerse por encima de las colinas que rodeaban el Santuario, cuando el Antiguo Patriarca regresó de su viaje. Estaba cansado. Había llegado el momento de admitir que ya no era el mismo Shion que solía ser, que los años no transcurrían en vano y que, a pesar de lo que tratara de decirse, el final estaba mucho más cerca de lo que pensaba. Sin embargo, también estaba profundamente emocionado. La llegada de un nuevo miembro a la gran familia de Athena siempre era digna de celebración. Así era, no podía ser de otra forma. Pero, aunque no lo admitiría, ese día era todavía más especial para él.

Removió con delicadeza las sábanas que protegían al bebé que llevaba en brazos para poder observarle un vez más. El niño dormía apaciblemente bajo la protección del anciano. Sus cabellos, de un arrebatador color lila, enmarcaban divinamente su rostro de marfil. En sus labios una sonrisa, la sonrisa que solo la inocencia de un chiquillo era capaz de crear. Y en la frente, justo donde deberían estar las cejas, un par de lunares revelaban su noble ascendencia lemuriana. Shion no podía sentirse más orgulloso. Un lemuriano, un pequeño de su raza, había sido llamado para servir en las huestes de la Diosa de la Justicia. Un niño protegido por la constelación de Aries, por su constelación.

El anciano no cabía de emoción. Deseaba tanto presentárselo a sus nuevos compañeros, ver en sus rostros infantiles la dicha de encontrar a un hermano, tener la oportunidad de verlos crecer juntos, unidos como si compartieran sangre. Pocas cosas alegraban de esa forma el corazón de Shion y esta era una de ellas.

Le sorprendió la calma que reinaba en el Templo Patriarcal mientras avanzaba por los corredores que llevaban a la habitación que Mu compartiría con Aioria. En ningún momento coincidió con alguno de sus niños y eso levantó sospechas en él; así que, después de dejar al bebé en manos de las doncellas del Santuario, fue en busca de Arles.

-Arles, ¿dónde están los niños? -preguntó el Patriarca al asomarse a la habitación del santo de Altair.

-Ha regresado, Santidad. -se puso de pie y le saludó con una ligera reverencia.- Los niños se encuentran en sus respectivos templos acompañados de sus maestros.

-Creí que pasarían el día aquí. Les deje asignaciones que debían cumplir en mi ausencia, tanto Zarek como Orestes estaban avisados de ello.

-Ha sido un largo día para todos.

-¿Qué ha sucedido mientras no estuve? -el anciano se sentó e invitó a su mano derecha a hacer lo mismo.- ¿Algo malo?

Sin perder la serenidad, Arles sirvió un poco de té para ambos y tomó asiento frente al Gran Maestro.

-Me estás preocupando. -insistió Shion cuando el santo tomó una postura reflexiva.

-¿Recuerda el busto de Zeus de la terraza?

-Si.

-Me alegra, porque ahora ya no es más que un montón de trozos. –Arles bebió un sorbo de té.

-Ya veo. –Shion hizo lo mismo.

-Pero no debe preocuparse. Uno de los grandes estantes de la biblioteca ha sido ordenado con pulcra perfección por los aprendices. No que eso compense la pérdida de una milenaria escultura…

-Supongo que no. -el lemuriano se guardó una sonrisa al imaginar a sus tres chiquillos extraviados entre los viejos y amarillentos libros que se guardaban en la biblioteca.- Entonces, ahí pasaron el día entero.

Arles calló.

-¿Qué sucede? ¿Hay algo más? ¿No me digas que por fin consiguieron derribar a Aquiles de su cuadriga?

-No, no. Con un poco de suerte, el gran Aquiles conseguirá llegar entero a la adolescencia de los niños. -el santo de Altair giró los ojos pensando en las pocas probabilidades de eso.- Lo que ha sucedido, Su Excelencia, es un poco más delicado.

Shion bajó su taza y entregó su completa atención a su segundo.

-Una pelea. En el Coliseo.

-¿Qué clase de pelea?

-Una entre santos dorados. -suspiró pesadamente.- Zarek y Orestes.

Por una fracción de segundo, el peliverde se perdió en sus pensamientos. Después, con una tranquilidad admirable, devolvió su atención al té.

-Hablaré con ellos. -dijo.

-Perdóneme, Maestro, pero…no se ve sorprendido.

-Es porque no lo estoy, Arles. Tarde o temprano sucedería. Sagitario y Géminis. Agua y aceite. Blanco y negro. Desde que recuerdo siempre ha sido así. Los mejores amigos o los peores enemigos, no existe el término medio para ambos.

-Entonces…

-Esta generación ha dejado en claro su posición. Sólo nos resta esperar que depara el destino para la siguiente… roguemos porque su decisión sea diferente.

- Continuará…-

NdA:

Dama: y entonces... murió ahogado en una peligrosa pompa de jabón. Muajajaja…

Sunrise: O_o

Dama: Es que estoy en plena competencia de ñoñeria con Saguis :)

Sunrise: ¿no esperaras que sea TAN tonta como para creerte que murió en una pompa de jabón?¬¬

Dama: ...

Sunrise: Ehm... u_u

Saga: ¿Esto es una burla hacia mis amplios conocimientos? ¬¬'

Aioros: Si :D

Saga: Bien ¬¬

Kanon: No se tú, pero yo intentaría mantenerme en paz con estas dos bruj... lindas chicas :D o en el siguiente cap, Zarek barrera el suelo con nosotros otra vez ¬¬'

Sunrise, Dama: ¬¬'

Saga: de todas formas, Zarek barrera el suelo con nosotros. u_u

Dama: cof cof... como sea, nuevo cap, nuevas aventuras :)

Sunrise: esperamos que os haya gustado

Dama: Besos, abrazos, propuestas indecentes y demás... para Orestes y Zarek en el botón verde.

Kanon: ¡Reply a Loly-chan en el perfil!

Sunrise: Hasta la próxima! ^^