Capítulo 5: Alzando el vuelo

Le dio un sorbo al humeante té de la taza que sujetaba entre sus manos. Su expresión severa no le había resultado indiferente a nadie aquella mañana, por lo que un pesado e inusual silencio reinaba en el Templo Papal desde que el Maestro había abandonado sus habitaciones. Apenas el murmullo de un saludo había escapado de sus labios cuando se cruzó con las doncellas del servicio, jóvenes a las que siempre brindaba una sonrisa amable y palabras agradables. Pero algo atribulaba la mente del ariano.

Hacía rato que había hecho llamar a los Santos de Géminis y Sagitario. Había comprobado como el grave altercado acontecido el día anterior, se había convertido en el centro de todos los rumores y susurros mal disimulados en cada rincón del Santuario. Y aquello lo irritaba. Era cierto que recibió la noticia con tranquilidad, pues como ya le dijo a Arles; esperaba que aquello sucediera tarde o temprano. Hubiera preferido, sin embargo, que hubiera ocurrido más tarde.

Vivían tiempos de cambio, y eso, era algo que podía sentirse en la misma atmósfera del Santuario. Cada niño que atravesaba las puertas del Santuario de nueva cuenta, era sometido al escrutinio de los aldeanos curiosos, de los guardias y santos. Muchos, estaban destinados a no ser más que, tristemente, peones de una guerra que quizá nunca llegarán a comprender. Y otros, sin embargo, iban a tener en su mano el poder para decidir el futuro del mundo que la Orden protegía desde tiempos inmemoriales.

¿Era posible, que la Orden Dorada estuviera tan cegada por su ego y su orgullo que no viera más allá del brillo que desprendían sus armaduras?

Suspiró. En su larga vida había vivido muchos enfrentamientos entre compañeros de armas, con finales muy diferentes. Pero aquella tensión que se podía palpar en el ambiente de las Doce Casas le inquietaba sobre manera.

La tarde anterior habían sido Géminis y Sagitario. ¿Quiénes serían los siguientes? Quizá muchos no se habían percatado, pero él si lo había hecho. Había contemplado las miradas recelosas dirigidas a los gemelos o a Aioros. Había escuchado los murmullos entre las altas columnas de los templos. No se le escapaba el continuo análisis al que aquellos niños estaban sometidos por sus mayores, quienes, con su orgullo herido, esperaban el momento en el que los chiquillos tropezasen. Los menospreciaban. Y no sabían lo equivocados que estaban emitiendo aquellos juicios hirientes y dejando escapar el veneno de sus lenguas. El viejo lemuriano, sabía lo mucho que hería a los Santos Dorados el haber sido vistos siempre con respeto y admiración infinita, para al final, no ser más que aquellos que abrirían el camino a los siguientes. Ellos no participarían en ninguna Batalla Sagrada, no serían recordados en las historias, y sus nombres no perdurarían en el tiempo como el de los viejos héroes.

¿Cómo había llegado a ser la élite de la Orden un montón de jóvenes egocéntricos, incapaces de tender la mano a nadie? ¿Cómo era que apenas eran capaces de cruzar un saludo cortés? Y lo que más le preocupaba… ¿Cómo iba a conseguir que aquel disfuncional grupo de Santos educara a la generación más importante de todas?

Frunció el ceño ligeramente mientras le daba otro sorbo a su té.

-Orestes de Sagitario ha llegado, Santidad.

Shion alzó el rostro y por un momento dejó de lado sus cavilaciones. Se acomodó en el trono, y suavemente se frotó los ojos. Segundos después, clavó sus rosadas pupilas en el guardia que aguardaba su respuesta.

-Hazlo pasar, por favor. –El joven asintió.

Observó como el guardia se alejaba en busca del Santo y cuando su silueta desapareció tras la puerta, la esbelta figura de Orestes lo sustituyó. Shion observó su caminar sobre la acolchada alfombra roja que hacía enmudecer el sonido metálico de sus botas.

Aunque con su ambarina mirada en alto, la siempre amable expresión del arquero se había tornado ligeramente amarga, incluso diría que levemente decepcionada. El Patriarca lo conocía bien. Orestes siempre había sido un chico tranquilo y amable, con una sonrisa plasmada en sus labios que resultaba infinitamente agradable para todo el mundo. Conocía bien cual era su lugar en la Orden y siempre había tenido un comportamiento ejemplar. El chico estaba profundamente apenado por lo sucedido el día anterior, y Shion lo sabía.

El moreno, hincó la rodilla frente a él y agachó el rostro.

Ejemplar. Aquella era una palabra que lo definía a la perfección, y sin embargo, no era la única. Orestes era un idealista. Y aquello complacía al Santo Padre, avivando la esperanza de que, quizá, el Santuario no avanzaba sin remedio por un camino condenado vivir bajo la ley del más fuerte.

-Santidad. –saludó en apenas un susurró el moreno.

El peliverde asintió como saludo, aunque hubiera deseado sonreír en aquel momento. No por el infinito respeto que siempre desprendían las palabras del arquero, sino porque en un lugar como aquel, con vidas como las suyas… el idealismo solía ir tomado de la mano de la ingenuidad.

Y la ingenuidad era un punto débil terrible en aquel lugar.

Siempre lo había sabido, había vivido demasiado. Y sin embargo, nunca le había quedado tan claro como en el momento en que sus ojos repararon en la alta silueta de Zarek acercándose hacía ellos. Analizó al turco del mismo modo que había hecho con su camarada. Por un momento, la cantidad infinita de diferencias que percibió en el comportamiento de uno y otro, lo abrumó.

Caminaba con la mirada en alto, igual que su compañero. Sin embargo, sus ojos grises transmitían sensaciones muy diferentes. No había rastro alguno de arrepentimiento en el geminiano, y aquello no sorprendió a Shion. La sutil sonrisa que adornaba su rostro no era más que un vestigio más de la desbordante seguridad en si mismo que aquel joven portaba.

Su gélida mirada, carente de todo sentimiento que pudiera parecerse en lo más mínimo a los que desbordaban a Orestes, se clavó en el Maestro cuando se arrodilló junto a su compañero de armas. Ninguno de los dos santos prestó, aparentemente, atención al otro. Pese a ello, el tiempo había hecho que Shion conociera a las personas con solo un vistazo, podía percibir sus sensaciones, sus intenciones en muchos de los casos aunque alguna vez se hubiera equivocado. Era un hombre difícil de engañar.

-Levantaos, por favor. –dijo suavemente acompañando su voz con un gesto de su mano.

Ambos Santos obedecieron rápidamente y Shion los contempló en silencio una vez más. ¿Podía decirles algo que no supieran? ¿Algo que cambiara las cosas? ¿Qué suavizará el odio que comenzaba a hacerse fuerte entre ellos? Sabía cual era la respuesta. Y sin embargo, en su puesto como Patriarca, debía hacerlo. Debía escuchar sus motivos, sus por qués; las disculpas que alguno de ellos ofrecería, las creyera o no… Pero eso no evitaría, que al salir de aquella estancia, ambos Santos compartieran una mirada cargada de rencor y de provocaciones que pugnaban por abandonar sus gargantas. Nada cambiaría.

-Imagino que no os sorprende que os haya llamado, ¿me equivoco?

-No, Santidad. –replicó Orestes.

-¿Quién fue el que corrió a contarle esta vez, Maestro? ¿Sagitario? O quizá Caelum… -prosiguió burlón Zarek, ganándose una mirada de reproche del arquero.- Alguien debería enseñarle a esa mujer que debe respetar los asuntos de sus superiores…

Shion lo escuchó pacientemente. Sino fuera por la gravedad del asunto, hubiera encontrado incluso divertidas aquellas palabras cargadas de veneno. Sin embargo, no podía pasar por alto lo sorprendente que le resultaba que alguien de la altura de esos dos, tuviera una actitud tan infantil. El gesto de impotencia, las palabras que Orestes evitó pronunciar para no importunarlo aún más; y la burla e impertinencia del turco, le parecía simplemente inverosímil.

-El rango no dicta el comportamiento, Caballero. –replicó tranquilamente el peliverde clavando su mirada en él, mientras el turco apretaba los dientes de un modo sutil que no le pasó desapercibido.- Y siento decepcionarte, pero no fue ninguno de los dos quien me habló de lo sucedido.

El Maestro abandonó la comodidad de su trono, ignorando la expresión de molestia del pelirrojo, y lentamente, descendió los escalones que lo separaban de los Caballeros. Avanzó lentamente, apenas emitiendo algún ruido cuando sus pies abandonaron la suavidad de la alfombra para toparse con el frío del mármol, y acercarse hasta uno de los ventanales. Aspiró una bocanada de aire fresco y volteó a verlos desde allí, cruzándose de brazos.

-Aún así, me gustaría escucharlo de vuestros labios. Imagino que dos Santos de Oro de vuestro nivel, tendrán un buen motivo para verse envueltos en una pelea de esta envergadura. –esperó la respuesta.

-Fue una insensatez, Santidad. –se disculpó el arquero.

-Por supuesto que lo fue. –replicó con algo más de dureza el Santo Padre.- Me gustaría escucharte a ti también, Zarek. ¿Algo que añadir?

-¿Qué puedo decir, Maestro? –replicó, adornando su expresión una vez más con su sonrisa burlona, mientras se encogía ligeramente de hombros.- No fui yo quien dio el primer golpe, y como comprenderá, no iba a quedarme parado viendo como un compañero se tomaba esas… "libertades" en público.

Shion lo miró a los ojos y el geminiano aguantó la intensidad de su mirada. Nunca dejaría de sorprenderle lo fácilmente manipuladores que podían llegar a ser los géminis. Y sin embargo, aunque no se le escapó el continuo acoso al que tenía sometido el turco a Orestes, tuvo claro que en ningún momento estaba mintiendo. Esa era una de las extrañas cualidades que tenía ese hombre, solo un par de palabras, y podía hacer perder la compostura al ser humano con más paciencia de la Tierra. No necesitaba nada más.

-Quizá si dieras alguna muestra de vez en cuando de que no estas completamente loco… -interrumpió el arquero captando toda la atención del Maestro.- No me hubiera entrometido en tus asuntos, Géminis.

-Si, si. Ya se. –Replicó, acompañando sus palabras con un gesto de su mano.- Sana competencia, camaradería… ¡Incluso amistad! Orestes el soñador, deberían llamarte a partir de ahora.- Hizo una pausa mientras dejaba escapar una carcajada y lo miró fijamente.- O quizá el ingenuo, incluso el imprudente.

-¡Por Athena, Zarek! –Exclamó irritado el arquero.- ¡Son niños!

-En el momento en que abandonaron este templo, dejaron de ser niños, arquero. Ahora son mis soldados y si eso no te gusta, mira hacia otro lado. Así funcionan las cosas en el Santuario, deberías metértelo en la cabeza cuanto antes si quieres que tu mocoso sobreviva aquí.

-¿Nunca te paraste a ver sus rostros? –Preguntó extrañamente calmado Orestes mientras Shion escuchaba atentamente la discusión que estaba teniendo lugar. El arquero eligió cuidadosamente sus palabras.- Puedo asegurarte que hay pocas cosas que inquieten más a ese par de niños que fallar y decepcionarte.

-¿Eso debería conmoverme? –Géminis alzó una ceja y nuevos tintes de burla adornaron su voz y su expresión.

-Estuviste a punto de matarlos, Zarek. –sentenció encarándolo, con cierto pesar en tu voz.- Y no te importó hacerlo. No te importó arriesgar sus vidas, sabiendo quienes son y lo que representan, y la vida de todos los que estaban ahí. –el turco dejo escapar una sonora carcajada.

-Disculpa, esto es demasiado gracioso. No conocía tu lado cómico, arquero.- replicó irónico.- ¿Soy el único que utilizó su cosmos ahí y no me di cuenta? –El de Sagitario apretó los puños.- En todo caso, Orestes, ambos pudimos matarlos. Porque tú, amigo mío, actuaste tan bien o tan mal como lo hice yo. –Zarek continuó con una escalofriante calma en su voz.- Y tienes razón, no me importó, ni me importa ahora. -Shion, aún expectante, se removió incomodo en su lugar.- Pero, respóndeme a una cosa. ¿Quiénes son y que representan los mocosos exactamente, arquero?

-Ellos van a pelear con la Diosa. Ni tú ni yo estaremos ahí en ese momento. Ellos son los elegidos y lo sabes, toda la orden lo sabe.

-¿Es cosa mía, o insinúas que debería tener más consideración con ellos por lo que dices que representan? –No dejó que el arquero replicara.- Déjame corregirte entonces. Esos mocosos, tienen un futuro muy prometedor, cierto. Un futuro que solamente alcanzarán si sobreviven. Y no tengo la menor intención de ponérselo fácil.

-No es consideración, Zarek. Es valorar mínimamente sus vidas.

-Si van a tomar el lugar junto a Athena, compañero, deben demostrar que son mucho más que capaces de hacerlo.

-¿Y de verdad piensas que podrán creer en la Diosa cuando su Maestro no es más que una máquina de guerra a rebosar de orgullo, que no siente remordimiento alguno por segar una vida? –Nadie habló.- ¡Se supone que tú eres su ejemplo! Lo único que conseguirás educándolos de ese modo, con el temor, la fuerza, la autoridad y el orgullo; es destruir la poca sinceridad y confianza que pudieran tener en ti y en la causa por la que van a dar sus vidas. ¡Solamente vas a conseguir una falsa sumisión!

Zarek volteó en busca de la mirada del Patriarca. Sin darse apenas cuenta, el pelirrojo había fruncido el ceño y Shion, estaba seguro de que si no se hubieran encontrado en su presencia, la reacción del geminiano no hubiera sido tan suave.

-No tengo por qué soportar sermones sobre moral, Santidad. Ambos somos Santos Dorados y después de usted, somos la autoridad del Santuario. Nadie tiene porque inmiscuirse en mis asuntos o en mis métodos. –Shion se acercó lentamente a ellos.- Si usted me dio a los mocosos, es porque creyó que era capaz de enseñarlos. ¿No es así? –el peliverde asintió y el turco volteó a ver a Orestes.- Entonces, no te entrometas en lo que el Santo Padre ha concedido, ni en mi capacidad para llevarlo a cabo.

-¡Eres un Santo Dorado, por los dioses! ¡Claro que eres capaz de enseñarle algo a cualquier idiota con un poco de cerebro! –exclamó frustrado el de Sagitario.

-Suficiente.

La autoritaria voz del Maestro resonó entonces en la estancia. Ninguno de los dos se atrevió a desafiar su palabra, y ambos Santos permanecieron totalmente callados, con la vista al frente, haciendo todo lo que estaba en sus manos por contenerse.

-Espero que escuchéis bien lo que tengo que deciros, Caballeros, porque me temo que mi paciencia ha mermado ligeramente con la edad y me resultan bastante irritantes las discusiones infantiles entre dos adultos. –Ninguno hizo un solo gesto que delatara el hastío que ambos experimentaron al escucharlo, sin embargo, la sutil vibración de sus cosmos, fue suficiente alerta para Shion.- Os considero a ambos Caballeros indispensables en esta Orden, por no decir que ahora mismo, sois los mejores. Sin embargo… -miró de unos ojos ambarinos a unos plateados.- Es inaceptable esta actitud. Pues más que Santos Dorados, símbolos de la sabiduría de nuestra Diosa, aparentáis ser un par de adolescentes. –Sonrió internamente al comprobar como ambos fruncían ligeramente el ceño en muestra de disgusto. Pese a ello, se sentía profundamente molesto, y así lo mostró el tono de su voz.- Ninguno de los dos tenéis disculpa alguna ante lo ocurrido. Entiendo que en muchas ocasiones los entrenamientos se pueden escapar a nuestro control y son utilizados para solucionar rencillas. Eso no justifica de ningún modo posible el uso de vuestro cosmos mediante las técnicas más poderosas que conocéis.

Reanudó el paso, y les dio la espalda, encaminándose hacia su trono una vez más. Una vez allí, se acomodo y los encaró de nuevo.

-Jamás, bajo ninguna circunstancia, olvidéis que por encima del honor, la grandeza y el orgullo propio, esta la seguridad de todas y cada una de las vidas de este Santuario. Es vuestra responsabilidad velar porque así sea. Desde el más torpe de los guardias, pasando por las doncellas y aldeanos, hasta cualquiera de los aprendices o Santos, tanto de nivel inferior como un igual. Sois la esperanza para todo un mundo, y deberíais daros cuenta, de que ese mundo comienza en vuestros propios templos. –Pudo distinguir una pequeña sonrisa victoriosa en los labios de Orestes y como el semblante de Zarek se oscurecía al saberse ligeramente regañado.- Conocéis innumerables formas de acabar con la vida de una persona sin si quiera pestañear o despeinar uno solo de vuestros cabellos. Os habéis olvidado de que lo verdaderamente difícil, no es segar una vida, sino cuidarla. Sois ejemplos. Como tal, espero que os comportéis. En caso contrario, me estaréis demostrando que no sois dignos de mi confianza, y mucho menos, dignos de las armaduras que portáis. ¿He sido claro?

-Si, Maestro. –respondieron ambos al unísono, agachando ligeramente la mirada.

-Una cosa más. –Los dos Santos, lo miraron con toda su atención de nuevo.- Como bien dijiste, cualquier Santo Dorado es capaz de enseñarle algo al más torpe entre los mortales. Yo os diré que eso es algo que hacéis sin daros cuenta pues aunque pongáis todo vuestro empeño en enseñar con vuestros propios métodos, hay muchas cosas que la gente toma de vosotros: desde un gesto apenas apreciable, hasta el modo de hablar en determinadas ocasiones. –Hizo una pausa breve y le dio un último trago al té que hacía tiempo había olvidado.- Solo haceros una pequeña idea de la cantidad de cosas que los niños a vuestro cargo aprenden de modo inconsciente cada día que pasan bajo vuestra tutela. Estoy seguro que ninguno de los dos queréis que ellos cometan los mismos errores que vosotros, porque cada tropiezo del alumno es un fallo estrepitoso del maestro. ¿Me equivoco? –Los dos negaron en silencio.- Entonces, haceos un favor a vosotros mismos. Por muy buenas que sean las intenciones, no os entrometáis en los métodos de los demás Santos. Parece que olvidáis que os conozco mejor que vosotros mismos. –Volteó a ver el gesto alicaído de Orestes.- He puesto mi confianza en ambos porque os considero capaces de cumplir con mis expectativas. Efectivamente, esos chicos son especiales, pero olvidáis el motivo más simple de todos: son los primeros.

-Le ruego me perdone, Maestro. –Dijo Orestes. Shion observó como Zarek sentía al escuchar las palabras. Sabía de sobra que el turco no ofrecería una disculpa hablada. Y por el momento, aquello le resultaba suficiente.

-Confío en que no se vuelva a repetir.

-No lo hará. –susurró esta vez el geminiano. Shion alzó ligeramente uno de los lunares de su frente, sorprendido.

-Entonces podéis marcharos.

Una rápida reverencia y ambos santos se dieron la vuelta sin mediar palabra, los dos esforzándose por no hacer contacto visual. Y entonces, Shion temió que sus palabras fueran tomadas por el lado equivocado.

-Orestes, quédate un momento. –ordenó el peliverde en el último momento. El aludido, volteó a verlo y asintió suavemente, volviendo sobre sus pasos.

-¿Maestro?

-A veces, hijo mío, es mejor volverse atrás que perderse por el camino. –el chico lo miró y asintió pesadamente.

-Lo se. Yo sólo quería que…

-No te justifiques. No es necesario. –Replicó esbozando una sonrisa.- Agradezco tus motivos y preocupación. Me demuestra que efectivamente, ves más allá del brillo de Sagitario y las escaleras del Noveno Templo.

-Gracias. –susurró.

-Creo que los dos conocemos de sobra que Zarek es un tipo complicado.-el moreno sonrió tímidamente.- Pero es bueno en lo que hace, mucho. Posiblemente, sus métodos sean más que cuestionables. Y créeme, nadie observa a esos niños con más pesar que yo. Aprendieron a hablar bajo estas columnas y a caminar tomados de mi mano. –Por un momento, Orestes pareció perderse entre toda la melancolía que la voz de Shion despedía.- Sin embargo, esto debe ser así. Deja que Zarek actúe como crea conveniente. Confío en los chicos. –el joven asintió.- Pero me gustaría… que hicieras algo por mi.

-¿El qué? –preguntó curioso.

-No quiero que intervengas, no quiero que se repita nada como lo de ayer. Sólo mantén un ojo sobre Géminis.

-Si… Claro. –respondió ligeramente descolocado.

-Y si hay algo que yo debiera saber, no dudes en hablar conmigo.

-Como usted diga, Maestro.

-Puedes irte, entonces. –Replicó con una sonrisa.- Los chicos estarán esperándome ansiosos para sus clases.

Orestes se despidió con una sutil carcajada y una ligera reverencia de su rostro.

-2-

Aioros ahogó un bostezo. El hecho de que estuviera en aquella silla y recostado sobre la mesa, a la espera de que Shion llegará para empezar otra más de sus aburridas clases, no parecía un plan demasiado alentador para aquella mañana. Llevó sus ojos a sus dos acompañantes y suspiró. El extraño silencio que los gemelos mantenían desde que los viera esa mañana por primera vez, le resultaba tan inquietante como enervante.

Era de sobra conocido que a los dos hermanos les resultaba más que difícil soportar sentados las clases del Maestro, pero aún así, había algo que no estaba bien. Esos dos siempre tenían algo sobre lo que hablar, sobre lo que pelear o sobre lo que competir. El futuro arquero, intentó buscar una explicación diferente a lo acontecido el día anterior, y aunque se esmeró en ello; no fue capaz de encontrarla.

Continuamente, sus ojos azules viajaban de la marca amoratada del brazo de Saga a la del brazo de Kanon. La peligrosa similitud que tenía la marca con la forma de unos dedos, le recordó el instante en que Zarek sujetó a los hermanos dispuesto a llevarlos a casa. El momento en que él se entrometió y estaba seguro, empeoró la situación.

A pesar de lo extraño que había sido todo lo vivido el día anterior, la sorpresa que le causo ver a su maestro de ese modo y el ligero temor que lo invadió al conocer su poder; le resultaba imposible dejar de agradecer a todos los dioses que conocía porque Orestes fuera su maestro.

Llevó su mano al arañazo en su mejilla, y suavemente intentó eliminar el molesto picor que le provocaba la pequeña herida. Viendo que sus esfuerzos serían en vano, posó su mano en la mesa una vez más y sus dedos comenzaron un incesante baile sobre la madera. No le pasó desapercibido como captó la atención de los hermanos, que rápidamente esbozaron una expresión de disgusto ante el molesto e insistente golpeteo de sus dedos. Kanon frunció el ceño aún más si era posible, y entonces, el arquero supo que era una buena idea detener el movimiento nervioso de su mano.

Esbozó una sonrisa inocente como disculpa que su amigo no devolvió. Pesaroso, Aioros imitó la expresión severa de los dos y suspiró instantes después, deseando que al menos, la tortura que suponían aquellas clases empezara pronto, permitiéndole pensar en otra cosa que no fuera aquel aire incomodo que invadía todo.

-¡Buenos días! –saludó alegre Shion al adentrarse en la estancia cerrando la puerta tras de si.

-¡Maestro! –replicó aliviado el castaño, el aludido le devolvió una sonrisa y revolvió su cabello al pasar por su lado.

Sin embargo, Shion arrugó su frente levemente, al no recibir respuesta de ninguno de los dos gemelos. Les dirigió una mirada que ambos ignoraron y volteó a ver a Aioros. El chico se encogió de hombros mientras se acomodaba en la silla. El peliverde se acomodó en su asiento.

-¿Qué tal os fue ayer?

-Bien. –respondió Saga en apenas un murmullo audible, sin mirarlo si quiera.

-Ni siquiera me di cuenta del momento en que os fuisteis después de conocer a Mu.

Y en ese momento, dos miradas esmeralda se clavaron en él, ambas igual de heridas. Ninguno de los dos dijo nada, y apenas miraron al Maestro un instante. Lo suficiente para que al peliverde no le pasaran desapercibidas las magulladuras en aquel par de rostros idénticos que no estaban ahí el día anterior. El rostro sereno y alegre del Patriarca, se tornó ligeramente más serio. No era la primera vez que los veía así, alguna vez había sido peor, como el día en que se pelearon con los aprendices de plata. Pese a ello, no dolía menos. Al contrario. Sus rostros heridos eran un recordatorio de que el camino que tenían frente a ellos era muy largo y duro. Un camino que apenas había comenzado.

Apretó los dientes suavemente, intentando no darle importancia al asunto y actuar como si nada. Por mucho que deseara abrazarlos, no podía ser.

-¿Podemos empezar ya? –preguntó molestó Kanon, que hasta aquel momento se había mantenido totalmente callado. Shion alzó uno de los lunares de su frente.

-Si llego a saber que estabas tan emocionado por las clases, me hubiera apresurado más en venir. –respondió.

-No quiero estar aquí contigo. Pero cuanto antes empieces con esto, antes podré irme.

No era la primera vez que Kanon lo dejaba sin palabras. Aquel niño tenía una capacidad innata para silenciar a la gente, aunque no siempre del modo más sutil o apropiado. De alguna forma, sabía como herir a las personas, como si su mente infantil escogiera cuidadosamente las palabras más hirientes.

-De acuerdo. –susurró el Maestro aún ligeramente sorprendido, para después mirar de soslayo al pequeño arquero, que se mostraba tan perplejo como él.

Los chiquillos se mostraron totalmente en silencio durante los posteriores e interminables minutos de explicaciones. Únicamente Aioros pronunciaba palabra alguna, tímidamente, de vez en cuando. El Santo Padre, a pesar de mantenerse concentrado en su tarea, continuaba atento a cualquier reacción en los chiquillos. Por algún extraño motivo, aquella era la clase más escalofriantemente tranquila que había dado en muchos, muchos años.

-Está bien. –Dijo cerrando su libro lentamente.- ¿Alguno de los dos me ha escuchado una sola palabra de lo que he dicho?

Llevo sus ojos de uno a otro de los hermanos. Con el rostro apoyado en su mano, Saga apenas alzo su mirada lo suficiente para mirarlo con aquellos brillantes orbes verdes, mientras su semblante infantil permanecía completamente serio y aburrido. A su lado, Kanon había hecho oídos sordos a sus palabras, y no había mostrado intención alguna de hablar con él o prestarle más atención de la que le daba al trozo de papel donde garabateaba algo incesantemente.

-Sigán ámeinon é laleín já mé prépei…(1) -murmuró el mayor de los hermanos. El lemuriano alzó de nuevo uno de los lunares de su frente ante la afilada respuesta de Saga.

-Tienes razón. –Replicó.- Sin embargo, si no vas a pronunciar palabra alguna… Entonces, sella tus palabras con el silencio, y el silencio con el momento oportuno.

Y finalmente, el chiquillo miró directamente a los ojos rosados de Shion. Por un momento se perdió en aquella mirada antigua y comprendió que lo mejor hubiera sido permanecer callado. Identificó con facilidad el pesar y la tristeza en el Maestro nada más hablar y su actitud lo atestiguaba. Éste, se levantó de su asiento con parsimonia y lentamente caminó hasta la baranda de la terraza, ensombreciendo su semblante al darles la espalda a los chiquillos.

Tomó una gran bocanada de aire, y volteó a verlos de brazos cruzados.

-Si alguno de los dos tiene algo que decir, os aconsejo que lo hagáis ahora. –Un nuevo silencio en que los aludidos se revolvieron ligeramente incómodos en sus asientos.- Algún día seréis Santos de Oro, y os diré algo, esta no es la actitud para conseguirlo.

Saga frunció el ceño ligeramente, volvió a mirar a su Maestro y pensó bien si esta vez debía hablar o no. Sin embargo, cuando estaba a punto de articular palabra en respuesta a Shion, la puerta de la habitación se abrió de golpe y tras ella, un exaltado Arles apareció.

-Maestro, debéis venir. –dijo aún con la respiración agitada.

-¿Ocurre algo? –replicó preocupado el Santo Padre.

-Es Mu. –El peliverde abrió los ojos sorprendido.- La fiebre no le ha bajado. No deja de llorar y la sugerencia de las doncellas de llevarlo a la Fuente, parece una buena idea.

-Ya veo. –A grandes zancadas avanzó hasta la puerta, y antes de perderse por ella, habló de nuevo.- Ninguno de los tres tiene permiso alguno para moverse de esta habitación hasta que yo vuelta. ¿Entendido?

Aioros y Saga asintieron levemente, y aunque no estaba convencido del todo, Shion abandonó la habitación echándole un último vistazo a Kanon. Suspiró. El peliazul no había hecho gesto alguno.

-3-

-¿Mu estará bien? –preguntó después de un rato de silencio el futuro arquero.

-Si. –respondió Saga en apenas un murmullo.

Aioros lo miró. Hacía rato que había dejado de prestar atención a Kanon, pues sabía que el menor de los gemelos estaba ignorando deliberadamente todo lo que ocurría en aquella habitación. No tenía caso insistir. Así que, aprovechando que Saga había pronunciado al menos un monosílabo, el castaño decidió aprovecharlo.

-Arles parecía preocupado.

-Siempre lo está.

-Tienes razón. –Replicó en voz baja, recostándose nuevamente sobre la mesa.- Es más divertido cuando grita, ¿verdad? –Alzó los ojos en busca de los de su amigo.

-Si… -A la escueta respuesta le siguió un intento de sonrisa que no consiguió subir los ánimos del arquero, más bien al contrario.

Decidió guardar silencio una vez más. Sin embargo, no podía evitarlo. Intentar no prestar atención a aquellos dos era para él una misión imposible. Permaneció en su posición, con el rostro apoyado en los antebrazos y mirando disimuladamente, o eso creía, al chiquillo frente a él.

-¡¿Qué? –Exclamó de pronto Saga, exasperado.- Si sigues mirándome así vas a atravesarme.

-Nada, nada. –repuso rápidamente el arquero sabiéndose descubierto. Saga alzó una ceja curioso.

-Eres un pésimo mentiroso. –dijo. Aioros dibujó un mohín de disgusto.- Escúpelo de una vez.

-Es que me preguntaba… -comenzó retirando por un momento la mirada.- No importa, no vas a responderme.

-¡¿Quieres preguntármelo de una vez? Me estas poniendo nervioso mirándome tan fijamente. Además, no sabes si te responderé o no.

-Está bien, está bien. –El castaño tomó una bocanada de aire y con un gesto impaciente Saga lo animó a hablar de una vez.- ¿Qué pasó cuando volvisteis a Géminis? Zarek se veía… molesto. –finalizó con pesar.

Kanon levantó los ojos por primera vez del papel destrozado que tenía ante él y los clavó en el arquero. El chiquillo lo notó y lo miró con nerviosismo, para rápidamente, volver su mirada hacia Saga. No se había dado cuenta, pero nada más formular aquella pregunta, había aguantado la respiración y por un momento, la mirada de uno y otro de los hermanos se le antojó tan distinta como la frialdad de la noche y la calidez del día.

-Ya sabes la respuesta a eso. –murmuró Saga.

-No es asunto tuyo, Aioros. -Espetó de pronto Kanon, para sorpresa de sus dos acompañantes.

-Pero… -intentó replicar el castaño.

No tuvo oportunidad. La puerta de la habitación se abrió una vez más, dejando que la imponente figura de Shion se adentrara por ella. Su expresión era una algo más relajada que cuando se había marchado, y sin embargo, la preocupación marcaba cada arruga de su rostro.

-¿Mu esta bien? –murmuró Aioros. Shion asintió.

-No hay de que preocuparse. –Dijo segundos después.- ¿Habéis pensado ya si vais a continuar guardando silencio?

-¿Por qué te molesta tanto? –Espetó de pronto Kanon.- No es como si te importara mucho que pasa con nosotros, así que no veo cual es el problema.

-¿De qué estas hablando, Kanon? –Preguntó sorprendido el aludido.- ¡Por supuesto que me preocupo por vosotros!

-¿Si? ¡Pues no me lo creo! –Exclamó con rabia.- ¡No te importa! ¡Ni siquiera has preguntado si estábamos bien! Y a no ser que estés ciego, creo que es imposible no darse cuenta de que no lo estamos… -la voz del chiquillo sonaba temblorosa en sus últimas palabras, mientras sus ojos, se había tornado ligeramente acuosos.- Pero eso da igual, ¿verdad? Mu tiene fiebre y sales corriendo de aquí como si estuviera solo y abandonado cuando no es así. ¡Ni siquiera lleva dos días en el Santuario!

-Kanon… -intentó calmarlo el Patriarca, llevando sus manos a los hombros del chiquillo. Pero el peliazul, las apartó de un manotazo.

-Llegaste aquí, nos viste, y te sentaste a dar clase como si nada. ¡No te importamos! –Finalmente un par de enormes lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras apretaba los puños y sus nudillos quedaban blancos.- ¡Por eso nos sacaste de aquí! ¡Saga tenía razón aquel día! Éramos una molestia para ti, porque sino, no nos hubieras llevado con Zarek. –Su voz se entrecortó nuevamente.- O al menos hubieras hecho algo porque no fuera de este modo…

Silencio. Tras aquel derroche de palabras que portaban consigo todos los sentimientos que el par de hermanos solía callarse cada día, no se oía más que la respiración agitada de Kanon. En ningún momento dejó de mirar a los ojos de Shion. Rápidamente, secó aquellas molestas lágrimas con el dorso de su mano, cargado de rabia.

El peliverde se agachó hasta quedar a su altura. Estaba perplejo por la cantidad de cosas que pasaban por la cabeza de aquellos niños y por el modo en que Kanon no había dudado en escupírselo en la cara. Solamente lo miró, no atinó a decir nada, y fue entonces que volteó a ver a Saga, que los miraba con expresión apagada.

-¿Tú también piensas así? –El chiquillo volteó hacia otro lado y no dijo nada. Aquella era toda la respuesta que el maestro necesitaba. El silencio hablaba por si solo y, a veces, dolía más que las palabras.- Lamento mucho que penséis así. No os hacéis una idea de cuanto. –Suspiró.- Pero vosotros sois… -Ojala pudiera decirles lo que sentía de verdad.- Debéis ser fuertes y yo no puedo ayudaros con eso. Tenéis que hacerlo solos.

-Ya lo estamos. –murmuró de vuelta Kanon antes de darse la vuelta y abandonar a toda prisa la habitación.

Aioros contempló como Saga siguió a su hermano segundos después, y tras dirigir una mirada de disculpa al maestro, los siguió.

-Ve. –murmuró el lemuriano mientras observaba como se alejaban.

-4-

- ¡Esperad por mi! -el grito del castaño se expandió rápidamente ayudado por el eco que se producían en los corredores del templo.

Pero fue en vano. A pesar de que le habían escuchado con perfecta claridad, el par de hermanos simplemente hizo caso omiso de la voz de su amigo y, dispuestos a abandonar cuanto antes el Templo Papal, no detuvieron su marcha. Descendieron con rapidez los primeros escalones que guiaban a Piscis sintiendo como el fresco aire que les golpeaba la cara, parecía traer un fugaz alivio para la rabia que los dos niños albergaban en su pecho y llevaba consigo las traicioneras lágrimas que escapaban cobardemente de sus ojos esmeralda.

Al fin, tras una larga carrera, y cuando la falta de aire se los exigió, se detuvieron en la explanada que daba la bienvenida al décimo primer templo. Infinidad de veces habían pasado por ahí, sin embargo, en todas las anteriores, jamás se habían detenido lo suficiente como para admirar la vista que les ofrecía Acuario. Porque, cada una de las casa zodiacales, contaba con una muy particular visión del santuario de Athena.

-Menos mal que os detuvisteis. –Aioros boqueó por oxígeno.- No podría seguiros el paso por mucho.

-Nadie te pidió que nos siguieras. ¿Por qué no regresas a Sagitario? O, mejor aún, ¿Por qué no te vas con Shion? –la fiereza en la mirada de Kanon amedrentó al Sagitario lo suficiente como para hacerlo retroceder. Más pronto, en la preocupación que sentía por sus amigos, encontró la fuerza para imponerse a las cortantes palabras del gemelo menor.

-Me gusta estar con vosotros y pienso quedarme aquí. –pasó frente a él, intentando reflejar en su mirada la misma seguridad que expresaba su voz.

-No te necesitamos. ¡Vete! -espetó de nuevo Kanon.

Ante esa nueva negativa, Aioros tuvo que admitir que las cosas no serían fáciles ese día. Si bien no pensaba rendirse, también era plenamente consciente de la terquedad que el menor de los dos hermanos esbozaba como principal característica, por lo que, si deseaba superar ese casi insorteable muro, necesitaría ayuda.

-¿Saga? -buscó la mirada de su amigo. Éste le rehuyó.

-Déjanos solos, niño. -el temblor, apenas perceptible, en la voz de Kanon dejaba al descubierto la ira que todavía le embargaba.- Vamos, Saga. -volteó hacia su hermano y juntos iniciaron el camino, esta vez con pasos perezosos.

Frustrado como estaba, el pequeño arquero corrió para adelantarse y, plantándose en su camino, extendió los brazos impidiéndoles continuar su andar.

-¡No iréis a ningún lado! -gritó arrugando el entrecejo.

-¡¿Cuál es tu problema? Hazte a un lado. -intervino Kanon mientras Saga se limitó a ser nada más que un espectador de aquel duelo de voluntades.

-¡No podéis iros! ¡No sin mí!

-¡¿Y por qué no? ¡¿Eh? ¡¿Alguna razón en especial? -los labios le temblaron a Aioros al mismo tiempo que su respiración se agitó levemente al pensar en la respuesta al cuestionamiento de Kanon.

-¡Porqué no quiero que estéis solos! ¡Yo he estado solo y sé lo mucho que duele! ¡No quiero que vosotros sintáis lo mismo! -le gritó sin poder evitar que sus ojos cerúleos se humedecieran.

Por un instante no hubo más que silencio entre los tres chiquillos. Lo más que el gemelo menor alcanzó a hacer, fue balbucear un par de palabras que no pudo terminar. Se sintió furioso, aunque no tenía claro si esa rabia era contra sí mismo, contra el aprendiz de Sagitario o contra el mundo entero. Pero eso no le impidió apretar los puños con toda la fuerza que poseía.

-Quítate. -siseó y, con un empujón, le apartó del camino.

-Ye dije que no voy a quitarme. -agarró su brazo y lo jaló.- Así que deja de insistir.

-¡Ya no estás solo! -gritó soltándose bruscamente.- ¡No pienses que eres como nosotros!

-¿Cuál es la diferencia? Tampoco estáis solos.

El gemelo detuvo su andar y se viró, para observar de reojo a su amigo. Sus ojos vibraban con la humedad que sorpresivamente se había apoderado nuevamente de ellos. La mandíbula le tembló a causa de la fuerza con que apretaba los dientes mientras que el rigor de su infantil semblante se acentuaba todavía más.

-Os tenéis el uno al otro y… -se detuvo a pensar lo que diría.- …me gusta pensar, que también me tenéis a mí.

-Idiota. -masculló entre dientes girando el rostro para evitar que le viesen llorar.

Aioros no supo como tomar esa respuesta, pero pensó que lo más prudente era callar y esperar una reacción que fuera capaz de reconocer. Bajó ligeramente la vista para llevarla, de manera intermitente, de un gemelo al otro. Y no supo porqué, sin embargo, justo en ese momento se veían tan diferentes. El carácter duro e iracundo del Kanon, en contraste con la tristeza y ausencia de Saga era caras opuestas de una moneda.

-Puedes quedarte si lo deseas. -las palabras del gemelo mayor le sacaron de sus pensamientos.

Suspiró un poco más tranquilo, aunque no menos nervioso de lo que había estado.

-Saga…

- Déjalo, Kanon. Si desea puede seguirnos por un rato, al menos. -después volteó hacia el futuro arquero para verle directamente a los ojos.- Solo no te atrevas a hacer una pregunta más respecto a lo sucedido, ¿de acuerdo?

-Sí.

Habiendo dejado en claro las condiciones, Saga reinició el descenso hacia Capricornio. Caminaron despacio, sin intercambiar miradas o palabras y permitiéndose vagar por sus propios sentimientos.

-¿A dónde vamos? -Aioros rompió el silencio.

- Esa es una pregunta. ¿Qué te dijo Saga de las preguntas? -el peliazul menor le observó por el rabillo del ojo.

-Dijo que no podía preguntar respecto a lo ocurrido, pero no dijo nada de otro tipo de preguntas. -el niño de Sagitario tomó una posición relajada. Cruzó sus brazos detrás de la nuca y se limitó a esperar alguna respuesta que satisficiera su curiosidad.

-No sé a donde vamos. -le respondió el mayor con sinceridad.

- Ah…ya. -el arquero se mantuvo pensativos al mismo tiempo que su vista se perdía en el horizonte.

-¿Eso es todo lo que vas a decir? -Kanon se detuvo para enfrentarlo.

-No sé que más decir, Kanon.

-Tal vez, en lugar de hacer tantas preguntas, podrías ofrecer alguna idea.

Aioros se lo pensó y, pronto, algo le vino a la mente.

-¿Qué es eso? -apuntó a las lejanías.

Los gemelos voltearon.

-Eso es Rodorio, la villa. -respondió Saga para después continuar el camino como si nada hubiese sucedido.

-¿Rodorio?

-Sí, Rodorio. ¿Nunca has estado ahí? -la peculiar mirada del menor de los geminianos le hizo sentir como si aquello fuese un pecado.

-No. ¿Se supone que debería conocerla?

Saga se detuvo. Intercambió miradas con Kanon.

-Eres un desastre, Aioros. -dijo.- No tengo idea de cómo sobrevivirías en este lugar sin nosotros.

-Pero…

-¡Nada de peros! -Kanon sonrió.- Nos vamos de visita a Rodorio.

Saga compartió esa sonrisa y, así, el grupo partió hacia con rumbo conocido.

Bajando las escalinatas zodiacales, más allá del Coliseo y pasando los recintos de lo santos, iniciaba el sendero pedregoso que unía al Santuario con la aldea más cercana. El acabado de la callejuela era rústico e incómodo para el caminante. En su mayoría recto, el camino se dificultaba por lo irregular del terreno, siendo necesario que algunos escalones fueran situados en puntos claves para facilitar los accesos. Pero lo dificultoso del viaje quedaba en el olvido cuando se apreciaban las maravillosas vistas que ofrecía aquel paraje griego. El hermoso verdor de la vegetación contrastaba exquisitamente con la piedra rojiza, mientras que, la bondadosa sombra que los grandes árboles ofrecían, cobijaba al viajero cansado de las inclemencias del astro rey. Varias sendas, aún más estrechas que el camino en sí, salían de diversas partes, creando túneles que se perdían en el frondoso bosque y cuyo final era desconocido para muchos.

Fueron pocos los metros que recorrieron en completa soledad puesto que, siendo la única forma de conexión con el exterior, no era de extrañar que fuese un paso concurrido. Santos, amazonas, escuderos, doncellas, incluso aldeanos cuyos negocios les llevaban hasta el recinto de Athena; todos ellos bajo la estricta vigilancia de decenas de guardias que recorrían el camino atentos a cada detalle.

En algún punto cerca del final, la vereda se hizo tan estrecha que apenas permitía el paso para un par de personas. Un trayecto áspero, completamente diferente a las secciones anteriores se levantó frente a ellos. Por un lado el monte y por el otro nada más que fría roca. Sin embargo, una vez que se superaba el deprimente tramo, la vista se abría y, ahí, a lo lejos, se divisaban los albores de la ciudad.

Rodorio.

Una villa perdida en el tiempo y olvidada por la modernidad. Un tesoro de la humanidad protegido por el misticismo de una diosa que, desde el principio de su existencia, les había bendecido con sus favores, haciendo de ellos el pueblo elegido para atestiguar y acompañar en su destino a una Orden de guerreros que se creía desaparecida. Ahí, en el corazón de una Grecia celosa de su pasado y orgullosa de su historia, se escondía un pequeño oasis que aún cantaba las glorias de los héroes anónimos que había visto nacer, crecer y morir en pos de la raza humana.

Se aventuraron en aquellas callejuelas de piedra que dividían la ciudad con perfecta simetría. A ambos lados del camino, una larga hilera de casas de adobe les flanqueaba. Algunas de ellas, tan antiguas como las mismas edificaciones del Santuario, mostraban con estoicismo las cicatrices de batallas antiguas y se levantaban, vanidosas, como supervivientes de un interminable ciclo de guerras santas libradas entre dioses y mortales. Otras, más nuevas, daban un toque de frescura al pueblo, recordando, con sus diseños, que ese mágico y anacrónico paraíso milenario existía en pleno siglo XX.

El trío de infantes corrieron sin descanso por el laberinto que formaban las esquinas con un destino en común: el ágora.

Para Aioros, cada paso dentro de aquel desconocido lugar era excitante. Siempre algo nuevo que ver, todo era novedad. El día que llegó al Santuario apenas y había atravesado los enormes pastizales y tierras de cultivo que rodeaban la villa, por lo que no había tenido la oportunidad de adentrarse en esa civilización que remembraba con pasmosa veracidad las descritas en los viejos libros de la biblioteca del templo de Shion. Desde sus ropajes, clásicos como los de las doncellas, hasta la distribución de cada ínfimo detalle, todo parecía sacado de una estampa griega clásica.

Pero, lo que el joven arquero no veía era que los habitantes les miraban con recíproca curiosidad. Y es que, por más común que resultara encontrarse con santos, amazonas y aprendices vagando por sus calles, la presencia de un caballero dorado o de un aprendiz del mismo rango solía ser algo poco usual en Rodorio. Durante épocas pasadas, las historias de la presencia de los santos de oro en la villa eran leyendas cargadas de admiración y de respeto. Sus hazañas, la sangre vertida sobre esos pisos de piedra, las vidas de final abrupto que desfilaron generación tras generación, estaban ahí, y ahí permanecerían, en la voz popular de la aldea. Más los tiempos habían cambiado drásticamente y, para entonces, eran pocos los guerreros élite que alguna vez pasearon por las polvorientas calles de la pequeña urbe; para eso estaban los escuderos y las doncellas. ¿Sería posible que la presencia de esos niños anunciara el regreso de los héroes de los mitos caminando entre los simples mortales?

Con la respiración entrecortada y pequeñas gotas de sudor resbalando por sus frentes, los chiquillos finalmente consiguieron su objetivo.

-Esto es…genial. -alcanzó a decir en un suspiro Aioros. Se dobló y apoyó las manos sobre las rodillas tratando de recuperar el aliento, sin embargo le era imposible dejar de observar todo lo que le rodeaba.

Justo en el corazón del poblado, el ágora servía de centro de reunión. Un pequeño mercado se había instalado en una de las esquinas de la plaza. Los improvisados puestos de venta y el mar de compradores y vendedores que iban y venían entre los estrechos pasillos de aquel mercado nómada resultaba es un espectáculo de lo más colorido y ruidoso. El barullo de las voces y los sonidos de los animales se expandía con el viento que los arrastraba hasta cada rincón del modesto mercado.

-Así que esto es Rodorio… -habló para sí mismo el futuro arquero mientras él y su par de acompañantes se fusionan con el festival de rebosante vida que constituían los aldeanos.

Su mano se extendió para acariciar la cabeza de una pequeña cabra que balaba a unos pocos centímetros de él.

-No toques nada, ¿entendido? -le reprendió casi de inmediato Kanon, ante lo cual únicamente pudo asentir y retirar la mano del animal.

-Pero… toda esta gente… ¿vive aquí? -siguió en sus propias divagaciones.

-¿De dónde crees que salió el desayuno de esta mañana, Aioros? -en cualquier otro momento, la sonrisa burlona en los labios del menor de los hermanos le hubiese enfadado, pero no en ese.

-Supongo que de aquí. -respondió restando importancia al incidente.

-Rodorio y el Santuario son mutuamente dependientes. -intervino Saga.- Ellos nos proveen, nosotros les protegemos. Todo lo que comemos, vestimos y usamos proviene de este lugar, a cambio tienen el favor de la señora Athena.

-Comprendo.

-¿En serio nunca habías venido antes? -le preguntó un incrédulo Kanon. El arquero negó.- Pues no has visto nada. ¡Vamos!

No protestó y siguió a los gemelos peliazules que parecían muy convencidos de cual sería la siguiente parada. Resultó que, a unos cuantos metros del mercado y toda vez que se conseguía sortear a las personas, animales y montañas de mercancía, uno podía encontrarse con la parte más tranquila de la plaza. Alejada de las conglomeraciones y situada en medio de una inusual paz, la fuente de Rodorio gorgoteaba agua cristalina que, mezclada con la luz solar, creaba un diminuto arcoíris sobre ella. Sentados en la baranda de la fuente, un par de amazonas conversaban animadamente con algunos santos, en una situación tan sorprendente como inusual, dada la tirante relación que solía existir entre ambos bandos dentro de los límites del Santuario.

-Justo aquí, estás en el centro de Rodorio. -le mostró Saga.

-Y justo ahí… -el dedo de Kanon apuntó hacia una modesta casa en la cual podía observarse una vidriera.- …venden los mejores helados de la aldea. -sonrió travieso.

-Te lo probaríamos, pero no tenemos monedas para comprar uno. -Saga giró los ojos con fastidio.

-Mirar no cuesta. -y tan pronto hubo terminado de hablar, el gemelo menor emprendió la carrera hasta el transparente cristal.

Tres caritas se pegaron contra el vidrio transparente con insistencia. En el interior, las personas caminaban entre las estanterías eligiendo de entre las varias decenas de artículos que la pequeña tienda exhibía. De pronto, la mirada de la mujer detrás del mostrador coincidió con la suya. En más de una ocasión levantó la vista para observar las actitudes de los niños hasta que, después de atender a un par de clientes, desapareció por una pequeña puerta a sus espaldas. Unos pocos minutos transcurrieron antes de que ella volviera a mostrarse. En sus manos llevaba tres conos de helado.

Caminó hasta la puerta, abriéndola despacio para no espantar a los chiquillos que seguían mirando desde afuera. No era la primera vez que les veía rondando por esos lares. En un par de ocasiones, cuando eran más pequeños, les había visto entrar de la mano de alguna doncella del Santuario. También había escuchado hablar de ellos en innumerables ocasiones. No era inusual que las jóvenes mujeres que servían en el recinto de Athena hablaran de los pormenores del lugar mientras se ocupaban de sus compras y, siendo aquellos niños de vital importancia en la formación de una nueva Orden, sus travesuras no les eran ajenas.

-Hola. -les saludó.

Recelosos, los niños se separaron de la ventana y, sin ningún tipo de vergüenza, sus ojos volaron hasta las barquillas que sostenía.

-Hola. -por fin respondió Saga. Kanon y Aioros no tardaron en imitarlo.

-Os he visto mirando por la ventana antes. -ella continuó alargando todavía más la sonrisa en sus labios.

-Disculpe, no fue nuestra intención importunarle. -Aioros bajó el rostro.

-No es necesario ofrecer disculpas. ¿Os gusta el helado? -les preguntó.

Por instinto, volvieron a fijarse en las manos de la mujer y en el tentador postre que sostenía. La respuesta era sencilla…

-¡Si! -exclamaron al unísono.

La mujer soltó una risa.

-¡Perfecto! ¿Qué tal si os regalo un poco?

-¡Genial! -Kanon no lo pensó dos veces y prácticamente se abalanzó sobre ella en completa euforia.

Saga y Aioros se mantuvieron un tanto escépticos, más el brazo de la mujer extendiéndose hacia ellos con el delicioso dulce en sus manos, esfumó rápidamente sus vacilaciones. Comieron el helado con avidez. Sus mejillas se impregnaron del color café del postre de chocolate que disfrutaban mientras un par de gotas perdidas, resbalaron por sus brazos cayendo sobre sus ropas para crear manchas.

Ella les miró con ternura. Eran apenas unos niños, quizás no mayores que los propios hijos, sin embargo ella sabía a lo que estaban destinados y conocía, de forma vaga, lo difícil que el camino sería más adelante. De pronto, un cliente entró a la tienda y, a pesar de que hubiese deseado quedarse un poco más con ellos, la aldeana se vio forzada a entrar. Sus deberes le llamaban.

-Debo irme. Portaros bien y cuidaros entre vosotros, ¿entendido? -se despidió acariciando sus cabellos.

-Muchas gracias por el helado. -Aioros ondeó la mano mientras la veía desaparecer por la puerta del negocio.

-Sí, gracias. -se apresuró a agregar Saga.

-No tenéis nada que agradecer, pequeños. Ha sido un gusto y un honor conoceros.

El sonido de una campanilla se escuchó cuando la puerta se cerró detrás de ella, y los aprendices se encontraron, de nueva cuenta, solos.

-Deberíamos venir más seguido a visitarla, así tendríamos más helado gratis. -el rostro de Kanon se iluminó con picardía.

-Eso sería ser abusivo.

-Sin mencionar que sería incorrecto. -la mirada de soslayo de su gemelo, obligó al menor a fruncir el ceño.- Quizás regresemos, pero será con dinero.

-Como sea… -el peliazul se giró y comenzó a caminar dejando atrás al par de niños.- Al menos ahora, Aioros sabe lo deliciosos que son los helados aquí.

El castaño ladeó la cabeza y entrecerró uno de sus ojos.

-No tengo nada que objetar contra eso. -le sonrió y reanudó la marcha tras el aprendiz de Géminis.- Y… ¿a dónde vamos ahora?

-A donde sea, menos al Santuario. -fue la agria respuesta de Kanon.

Si las palabras del peliazul le dejaban un amargo sabor en la boca, la tristeza en los ojos verdes de Saga terminaba por romperle el corazón. Eran buenos guardando las apariencias, escondiendo detrás de una falsa sonrisa los verdaderos sentimientos que les destrozaban interiormente; sin embargo, sus miradas eran tan transparentes como el primer día que les conoció. No quiso responder nada simplemente permitió al silencio posicionarse entre ellos. De reojo volvió a concentrarse en las marcas amoratadas de los brazos de sus amigos y en los misteriosos rasguños que repentinamente había asomado en ellos. No era tan ingenuo como para ignorar lo que había sucedido y saberse incapaz de ayudarlos le revolvía el estómago.

-¿Qué paso? ¿El frío del helado te entumeció la lengua?

¿Cómo es que Kanon terminaba siempre tomándole por sorpresa? No lo sabría jamás. Los matices de esas esmeraldas que llevaba por ojos, al igual que las de su hermano, eran infinitos y, ciertamente, impredecibles.

-Estoy bien. -respondió.- Es sólo que…

No alcanzó a terminar la frase puesto que algo en especial se apoderó de su atención. Justo al doblar la esquina de la calle, en el vértice en que las dos paredes se encontraban, distinguió una conocida silueta. Esculpida en piedra, con sus alas entendidas abarcando los muros de piedra, Aioros encontró una impresionante réplica de la Victoria de Samotracia. La fidelidad en la escultura era de admirar. Hasta el más mínimo detalle había sido cuidado con exquisito gusto, dejando como resultado una perfección que con facilidad engañaría incluso al mejor de los expertos.

-Es Niké. -volteó para encontrarse con Saga que permanecía de pie a su lado.- Con seguridad la habrás visto antes, en el Santuario.

-En la mano derecha de la estatua de Athena. -contestó asintiendo y, de inmediato, sus ojos regresaron a la escultura.

-Exacto. Niké es la diosa de la victoria, por esa razón siempre permanece a lado de la señora Athena, siendo inseparables. Probablemente nunca has tenido la oportunidad de verlas pero, en el Templo Papal, bajo el resguardo de Shion, se encuentran las armas favoritas de nuestra diosa: su escudo, y el báculo de Niké. -los ojos del futuro arquero se abrieron con fascinación al oír la explicación de su amigo.

-¿Hay algo que no sepas, Saga? -la risa de Kanon le interrumpió.

-Me gusta leer. -se defendió al sentirse burlado por su gemelo.- Y también presto atención a algunos detalles que me parecen relevantes.

-Entonces, dinos algo. -el menor se acercó a la figura de piedra y posó su dedo sobre las alas.- ¿Niké podía volar?

-Supongo. -contestó sin preámbulos y con un ligero titubeo.- Por algo tenía alas, Kanon. Dudo mucho que las tuviera únicamente de adorno.

Los labios de Kanon se arquearon formando una enorme y pícara sonrisa, de aquellas que solían avisar que la mente del gemelo menor estaba siendo asaltada por una loca idea. Cuando sus ojos se posaron en Aioros, el niño no tuvo más opción que preocuparse en espera de lo que se venía.

-La armadura de Sagitario tiene alas, ¿no? -el tono de su voz lo decía todo: problemas, problemas y más problemas.

-Cierto. -la mirada de Saga cambió y se dirigió al incrédulo aprendiz de la novena casa.

-Entonces, ¡Aioros puede volar! -festejó el menor.

El susodicho tragó saliva.

-Al menos debería poder hacerlo. -meditó el mayor de los peliazules.

-No estoy muy seguro de poder hacerlo. -el Sagitario agachó la cabeza y jugó nerviosamente con sus dedos, temeroso de decepcionar a sus compañeros.

-Eso es porque nunca lo has intentado, pero nosotros podemos ayudarte.

-Kanon está en lo cierto, quizás solo necesitas un poco de práctica para volar. Si fuiste elegido para ser el siguiente santo de Sagitario, debes poseer las capacidades para conseguir tal hazaña. -habló Saga.

-¿Y si no? ¿Y si soy incapaz de volar? Habré fracasado y me echaran del Santuario. –las comisuras de su labios se curvaron revelando un mohín de tristeza mezclada con decepción.

-¡Eso es imposible! Shion no te hubiese traído si no supiera que puedes hacerlo bien. –el mayor palmeó su espalda infundiéndole ánimos.

-Pero, ¿por qué Orestes no me ha enseñado?

-Mejor aún. -Kanon pasó su brazo sobre los hombros del chiquito castaño mientras los tres reanudaban la marcha de regreso al Santuario.- Si aprendes a volar sin su ayuda, el señor Orestes quedará sorprendido y estará más orgulloso que nunca.

-Y nosotros vamos a ayudarte con eso.

Aioros miró a Saga, quien estaba a su derecha, y luego a Kanon, a su izquierda. Sus sonrisas cómplices le infundían confianza, sin embargo las dudas permanecían. ¿Podría hacerlo? ¿Tendría la capacidad de salir avante en ese reto?

-¿Estáis seguros de esto? -les preguntó por última vez.

-Completamente seguros. -se apresuró a responder Kanon.

-Lo conseguirás. Deja de preocuparte. -agregó el otro.

Alzando las cejas y soltando un suspiro de resignación, el arquero tomó una decisión.

-Vale, hagámoslo. -aceptó.

-5-

Para cuando estuvieron de regreso en los territorios de la señora de la sapiencia, el Sol ya brillaba con fuerza sobre sus cabezas anunciando la cercanía del mediodía.

-¿Sabes quién es Ícaro? -le preguntó Saga sin dejar de ajustar las improvisadas alas de papel a los brazos de Aioros.

-Sí. Ícaro murió cuando sus alas de cera se derritieron por el calor del Sol. –mal augurio para el joven arquero.

-Pues eso no va a pasarte a ti. -le dijo Kanon con seguridad.- Tus alas son de papel, así que no será necesario que te cuides del calor. Si quieres volar hasta lo más alto del cielo, eres libre de hacerlo.

El chiquillo no respondió a la explicación que le estaba siendo ofrecida, ni siquiera prestaba mucha atención a ella. Seguía inseguro del resultado que esa odisea tendría. En su pecho, una corazonada le gritaba los peligros en que esa aventura podría meterle. La cinta que unía sus nuevas e improvisadas alas se ciñó a su antebrazo, y entonces, Aioros supo que todo estaba listo.

-Escucha bien. -el gemelo mayor se plantó frente a él.- Comenzaremos por algo sencillo, desde una altura pequeña. Lo último que deseamos es que te eleves demasiado y termines perdido a causa de tu poca experiencia en vuelo.

-Después, dependiendo de lo bien que lo hagas, iremos aumentando poco a poco la altura. -agregó el otro pequeño peliazul.

-¿Estáis seguros de esto? -preguntó por enésima vez. Y no importaba cuantas veces lo hiciera, la respuesta siempre era insuficiente.

La combinación de las sinceras sonrisas con las miradas repletas de confianza que los gemelos le obsequiaron, despejó momentáneamente su cabeza. Después, extremando las precauciones, revisó las ataduras de sus antebrazos. Batió las alas un par de veces y no las sintió moverse de lugar. Todo estaba en orden.

-Eso es exactamente lo que tienes que hacer. –Kanon imitó el movimiento de su amigo subiendo y bajando los brazos a manera de aleteo.- Así es como las aves vuelan.

Por su parte, Saga tenía otras ideas en la cabeza. Alejado del parloteo de su hermano, el peliazul observaba con atención los alrededores en busca de una pista de despegue. No necesitaba un camino despejado, sino únicamente un lugar lo suficiente elevado desde el cual su amigo pudiera aprovechar el impulso de la caída y las ráfagas de aire. La rocosa superficie del Santuario y sus múltiples relieves sin duda serían de vital importancia para el éxito de la misión. Así que, con ello en mente, paseó la mirada hasta encontrar el punto perfecto.

-Aioros, ¡sígueme! -ordenó dando por terminada la cátedra que su gemelo daba al Sagitario.

El otro niño también les siguió. Saga y Aioros se encaramaron en una gran roca que sobresalía por encima de la superficie plana. La altura no era excesiva, probablemente no pasaba del metro, sin embargo resultaba perfecta para los fines de los aprendices.

El niño castaño aún se veía dubitativo, pero ni una sola palabra abandonó sus labios. No hubo protestas y tampoco quejas. La única señal de sus emociones se reveló en la forma de un ligero levantamiento de cejas que pasó desapercibido para sus acompañantes.

-Pues, ya sabes que hacer. -dijo el mayor mientras ayudaba al arquero a tomar su posición justo al borde de la piedra.- Salta y bate las alas lo más rápido que puedas.

-Lo intentaré. –respondió en un suspiro.

-Esa no es la actitud. -la reprimenda de Kanon, quien esperaba abajo, atrapó la atención del niño.- Para poder volar, tienes que ser optimista. De otra manera, acabarás con las narices contra el suelo.

Un tenue reproche apareció en los ojos azules del aprendiz del centauro, pero aún así continuaría con lo pactado. Dispuesto a no pensar más en el tema, saltó. Aleteó a toda la velocidad que sus brazos le permitieron. Escuchó las voces de sus amigos dándole ánimos. Respiró una y otra vez. Se esforzó al máximo. Y, a pesar de todo, la predicción de Kanon terminó convirtiéndose es una realidad: El arquero se azotó contra el piso.

-¡Au! -se quejó.

No hubo más gritos ni palabras de aliento, solo silencio. Desde arriba, Saga miraba. Se llevó la mano al mentón y asumió una actitud pensativa con respecto a esa pequeña falla en sus planes. Abajo, a unos centímetros de Aioros, el otro gemelo se rascó la cabeza con resignación. Los tres suspiraron. Habían fallado miserablemente.

-No funcionó. -acotó el menor de los peliazules y era más que obvio que estaba en lo cierto.

-Algo debió salir mal. -en un santiamén, Saga se unió a los otros dos.

-Quizás fue la altura. No le dio tiempo de mover las alas lo suficiente como emprender el vuelo.

-Lo intentaremos de nuevo. ¡Esta vez desde más alto! -Saga rió triunfante.

-¡Sí! -se unió su hermano a la celebración.

A duras penas, Aioros se puso de pie. Sacudió con unos cuantos golpes el polvo de su ropa y, tras limpiar su rostro con el antebrazo, trató de mantener la paciencia intacta para el siguiente experimento.

-No comprendo. ¿Qué os hace pensar que voy a poder volar si me lanzáis desde más alto?

-Nadie te lanzó, Aioros. -reclamó un ofendido Saga.

-Pero lo haremos esta vez. El impulso siempre puede ser de ayuda.

Se reclamó a sí mismo por aportar una idea más al truculento plan de Kanon. Sólo le quedaba suplicar a los dioses porque al menos saliera vivo de ahí.

-¿Qué tan alto será? Puede ser peligroso. -les cuestionó una vez más.

-Lo suficientemente alto como para que puedas elevarte… o salir ileso de la caída. -la vista del menor de los aprendices de Géminis ni siquiera se fijaba en él, sino que recorría meticulosamente el terreno.

-Creí que íbamos a ser positivos al respecto. -ninguno de los gemelos lo notó pero no quedaba nada de optimismo en el semblante del arquero.

-Estamos siendo optimistas.

-Saga tiene razón. Estamos siendo optimistas de que si te caes, al menos no te romperás nada.

-¡Kanon! ¡Deja de asustarle! -la mejor de sus caras de inocencia no funcionó ante la reprimenda de su hermano mayor.

-Esta idea esta dejando de gustarme. -torció la boca y desvió la mirada del par de niños de cabellos azules.

-Déjate de cobardías. -intempestivamente, Kanon se detuvo y le enfrentó.- Si quieres ser un santo, tienes que aceptar retos y afrontarlos con coraje.

¿Retos? ¿Coraje? Podía con eso… otra cosa era ser enseñado a volar por un par de gemelos sin ninguna experiencia en cuestiones aéreas.

-¡Já! ¡Lo encontré! -el grito de Saga les hizo girar la cabeza hacia la dirección en la que el dedo del aprendiz apuntaba: un risco de unos cinco o seis metros de alto.- ¡Es el lugar perfecto, Aioros!

No, no. Definitivamente aquella era una mala idea.

-¿No creéis que es demasiado alto? -les cuestionó con una sonrisa desencajada.

-¡Para nada! -exclamaron al unísono mientras cada cual tomaba al castaño de uno de sus brazos.

Corrieron hasta detenerse a los pies de la peña. El simple hecho de alzar la mirada causó vértigo en el pequeño Sagitario.

-Subiré contigo. -esta vez, ni siquiera la sonrisa de Saga le animó.

Fueron escalando las rocas muy despacio, teniendo el cuidado de no rasgar las alas de papel que aún se mantenían firmemente atadas a los brazos del futuro santo de Sagitario. Con cada centímetro que avanzaban, los nervios de Aioros se incrementaban más y más.

-Creo que hemos subido suficiente. -trató de hacerlos detenerse a la mitad del camino.

-¡No! ¡Subid más! -desde abajo, Kanon comandaba la escalada.

-Ya escuchaste. -confirmó el otro, y siguieron trepando.

Sin más paradas, alcanzaron la máxima altura que les permitía la formación rocosa. La vista desde aquel punto era complemente diferente a la que se tenía en el anterior punto de despegue. Una racha de viento revolvió los mechones cortos de cabello café.

El chiquillo castaño tragó saliva con nerviosismo. Eso pintaba mal.

-¡Estamos listos! -Saga dio aviso a su gemelo quien, alzando el pulgar, ratificó la afirmación.

-No, no estamos list…

No hubo tiempo de echarse para atrás. Lo último que Aioros sintió fue el empujón que le propinaron las manos de su amigo. Después, no quedó nada más que el vacío bajo sus pies y la impotencia de sentir como caía sin ningún control.

-¡Mueve tus alas! -oyó el gritó de Saga.

-¡Más rápido, Aioros!

Pero nada funcionaba. No había forma de detener su estrepitosa caída.

-Eso va a doler. -se dijo en un murmulló el peliazul mayor.

Kanon también lo adivinaba. Al ritmo que las cosas iban, no habría poder humano, ni divino, que consiguiera alzarlo por los aires. Por impulso, se cubrió la cara con las manos y esperó escuchar el golpe del arquero estrellándose contra el duro piso de piedra. Aquello iba a ser mucho más feo que la vez que Saga cayó desde los hombros de Aquiles.

Aioros se encogió. Sentía su cuerpo tensarse ante el inminente resultado de la aventura.

Las lecciones de vuelo había sido un completo desastre. Sin embargo su instinto le obliga a seguir moviéndose con desesperación, suplicando en silencio por un milagro que le ahorrara las lágrimas. Y, para su buena suerte, llegó.

Antes de que golpeara el piso, un par de brazos consiguieron sostenerlo. Cuando, por fin, se sintió seguro, abrió los ojos y llevó su mirada al rostro de su salvador. Sonrió con agradecimiento.

-¿Qué haces saltando desde ahí? -la voz de Orestes le reconfortó mientras que, la mueca de extrañeza en su rostro, consiguió sacarle una sonrisa al niño.

El santo de Sagitario alzó la mirada hasta la punta del risco, solo para encontrarse con la angelical cara de Saga quien meneó la mano nerviosamente a modo de saludo. Giró hacia el menor de los hermanos y solo obtuvo la misma expresión risueña.

-¿Qué estabais planeado? -asentó a Aioros en el piso. Ninguno de los tres niños respondió a sus cuestionamientos.- ¿Aioros? ¿Tienes algo que decir?

-Es que… yo… -su boca se curvó y un par de lagrimones amenazaron con escaparse de sus ojos.- Yo no puedo volar como un Sagitario. -confesó con la cabeza gacha.

Si hubiese podido, el pelinegro hubiera golpeado su propia frente. ¿Cómo no lo había pensado antes? De nuevo, miró a los gemelos. Tenía que ser idea suya.

-No van a sacarlo, ¿verdad? -Kanon atrajo la atención del santo.

-¿Sacarlo? ¿De dónde?

-Del Santuario. -sus ojos ámbar se dirigieron a Saga quien bajaba despreocupadamente la formación de rocas.- El hecho de que no pueda volar, no quiere decir que no vaya a aprender.

-Nosotros podemos enseñarle. -agregó el otro geminiano.

El semblante compungido de ambos le enterneció y, al mismo tiempo, le robó una sonrisa que se esforzó por contener.

-Dejemos algo en claro, niños. -se agachó para quedar a la altura de las tres miradas infantiles. - Solo se puede volar con ayuda de la armadura y en situaciones extremas, ¿entendido?

Los chiquillos se vieron los unos a los otros.

-Entonces… ¿está diciendo que usted no puede volar? -el cuestionamiento de Saga hizo que Orestes parpadeara, perplejo.

-No, dije que solo con la armadura y en situaciones extremas.

-¿Eso es un sí o un no? -se cruzó de brazos el menor de los gemelos.

-Como sea… -el arquero suspiró y se puso de pie.- No intentéis enseñar a Aioros estando solos. Y por hoy, la lección ha terminado. Deberíais volver con Zarek, os está buscando hasta debajo de las piedras.

El cambio en las expresiones de los peliazules le dejó de una pieza, porque con ello confirmaba, una vez más, el daño que el turco era capaz de infligir en ese par de niños. Sin embargo, la conversación de más temprano con Shion había sido por demás clara; no podía intervenir en los métodos del Santo de Géminis.

-Lo siento, niños. Es hora de volver a casa.

-Sí… -cabizbajo, Kanon se dio la vuelta para retomar el sendero al tercer templo.

-Nos veremos mañana, Aioros.

Orestes y su pupilo les miraron alejarse en completo silencio. Para ambos sagitarios la situación era obvia, dolorosa e indignante, y sin embargo, solo podían observar al margen de ella.

-¿Nos vamos?

Miró a su maestro y asintió. Tomaron el camino contrario a los gemelos, pero al niño le fue imposible no voltear atrás para verles alejarse. Después de ese día, solo quedaba una pregunta: ¿Qué tan lejos les llevarían sus caminos?

- Continuará…-

NdA:

Kanon: Para vosotros, pobres mortales que no hablais griego, la respuesta que ese libro con piernas que se hace llamar mi hermano dio a Shion: Sigán ámeinon é laleín já mé prépei significa Callar es mejor que decir lo que no conviene.

Saga: ¬¬' No soy un libro con piernas.

Aioros: No, tienes razón. Eres una biblioteca entera.

Sunrise: ¿Terminaron? u_u

Dama: Ahí dice, Notas de autora, A-U-T-O-R-A, no de santos ¬¬'

Saga: Encima que nos atormentan, ¡nos privan de nuestra libertad de expresion! ¬¬

Dama: ¿No tienes nada que leer? ¿O ningun arquerito al que torturar? ¬¬

Aioros: o_O ¡Oye!

Sunrise: Cof cof… Niños, niña, un poco de silencio, por favor. Tengo algo que decir.

Todos: ¿En serio? o_O

Sunrise: =_= Aceptamos reviews en el botoncito verde de abajo y participaciones para la subasta de un minisantito.

Dama: ¡Y quizá una foto firmada de Zarek y Orestes que podeis ver en mi DeviantArt, accediendo desde nuestro perfil!

Sunrise: ¡Hasta el próximo cap!