Capítulo 5: Cabo Sunion
El golpeteo en la puerta le sacó del mundo de los sueños. Sin embargo, tratando de robar unos minutos más de descanso, el aprendiz giró para dar la espalda a la entrada y se envolvió por completo en las mantas que usaba para cubrirse. Sus intentos fueron en vano ya que, poco después, el chirrido de la vieja madera deslizándose sobre la rústica superficie del piso de piedra anunció la llegada de Orestes.
-Hora de levantarse, Aioros.
Perezoso y todavía agotado por los largos entrenamientos a los que era sometido, el niño volvió a acurrucarse. Escuchó los pasos de su maestro aproximándose con tranquilidad hasta llegar tan cerca de él, que Aioros supuso que se encontraba al lado de su cama. El viejo catre rechinó con el peso del hombre que se sentó al borde.
-Arriba, perezoso. -le dijo con complicidad jalando las sábanas que cubrían al joven arquero.
-Unos segundos más. -suplicó.
El montón de libros y hojas repletas de garabatos que yacían al lado del lecho de su pupilo no pasó desapercibido para Sagitario. Pasó la vista por ellos, intentando dilucidar el contenido de los textos en medio de la escueta ortografía del niño.
-Te he dejado dormir media hora más de lo usual.- repitió sin quitarle la vista a apuntes.- Ya es tiempo que despiertes o te perderás de los preparativos.
Fue solo entonces cuando el futuro arquero cayó en cuenta de los eventos de ese día. Esas pocas palabras resultaron más que suficientes para que los ojos azulados de Aioros se abrieran con presteza. Lejos quedaron el adormilamiento y la pereza de cada mañana, y únicamente subsistió la emoción de un largo día repleto de nuevas experiencias. Con un brinco, saltó de la cama para dirigirse a toda velocidad hacia el diminuto armario en el cual guardaba sus escasas pertenencias. Rápidamente eligió una camisa y un pantalón de entrenamientos y se enfundó en ellos sin preocupaciones.
Al margen de todo, y aún sentado en el colchón, el santo de Sagitario hizo a un lado los manuscritos y centró su curiosidad en cada una de las acciones de su alumno. Lo vio ir y venir. El niño corría de un extremo al otro de la habitación. Fuese para lavarse la cara o para rebuscar debajo de la cama por sus botas, el castaño no se detuvo ni siquiera un instante. Por fin, cuando estuvo listo, abandonó la habitación con mayor rapidez que con la que se había levantado.
-¡Oye! -el arquero mayor se puso de pie y siguió la carrera de su aprendiz.- ¡El desayuno, Aioros! ¡El desayuno!
-¡Lo había olvidado!
Fugazmente, el pequeño regresó unos pasos para entrar a toda velocidad a la cocina del templo. Cogió dos trozos del plakon que descansaba sobre la mesa, aquel que las doncellas habían llevado más temprano, y de un enorme sorbo bebió todo el contenido de un vaso de leche de cabra que permanecía al lado del plato de pan, especialmente dispuesto para él.
-Despacio. ¿Quieres morir atragantado? -Orestes se detuvo en la puerta y, cruzando los brazos, se apoyó en el marco.- Las panateneas no irán a ningún lado, Aioros. De hecho, quizás en un par de años, después de haberlas experimentado más, te parecerán un tanto… rutinarias.
-Lo sé, lo sé. -contestó mientras embutía un enorme trozo del pan de avena en su boca.- Pero es la primera vez que participo en algún evento de esta clase y no pretendo perderme ningún detalle.
El mayor suspiró.
-Créeme, las pequeñas panateneas, no se comparan en nada con las grandes. Cuando sea el tiempo, verás lo que en realidad es una fiesta, pequeño. -jaló una silla y se sentó apoyando los brazos en el respaldo.
-Aún así. ¡No pienso perderme nada!
Esta vez, Orestes sonrió.
-Alguien ha estado estudiando hasta tarde. -le dijo pasando su dedo índice por las leves ojeras oscuras que se formaban alrededor de los ojos de su pupilo.- Sé que te preocupan los estudios, pero tu cuerpo necesita descanso.
-Los gemelos están más adelantados que yo. -replicó.- Si quiero alcanzarlos y ponerme al corriente en los estudios, necesito aplicarme más.
-Aioros, los gemelos han pasado toda su vida en el Santuario bajo la protección del Gran Maestro. Es completamente normal que sus conocimientos sean superiores a los tuyos, ellos crecieron aquí. Tú no.
Aioros masticó lentamente el bocado mientras meditaba con cuidado las palabras del arquero dorado.
La vida de sus dos compañeros peliazules antes de su llegada permanecía como un enorme misterio del cual nunca se había atrevido a preguntar. Y debía admitirlo, tenía demasiada curiosidad al respecto.
-¿Qué? -reaccionó el santo al observar las dudas que empañaban el rostro del pequeño.
-Los gemelos… -susurró sin plena confianza en lo que cuestionaría.- ¿Siempre han estado aquí? ¿Nunca conocieron a sus padres?
-Sí, siempre han estado aquí. Y no, nunca conocieron a sus padres. -contestó el moreno. Tuvo la intención de dejar ahí las explicaciones pero la insistencia en los ojos de Aioros no se lo permitió. Exhaló profundamente.- Saga y Kanon llegaron siendo unos bebés, no mayores que Mu o Aioria. Siéndote honesto, ni yo ni nadie, fuera de Su Excelentísima o Arles, conocemos su historia. Es poco probable que los gemelos sepan algo de su pasado, así que aunque les cuestiones al respecto no conseguirás respuestas a tus preguntas.
-Pero…
-Aioros, un gran número de los habitantes de este lugar desconocen su origen. Algunos son huérfanos, otros no lo son. Algunos añoran los tiempos lejanos, otros se aferran con locura al presente. Tú, pequeño, eres de los pocos bendecidos con recuerdos de felicidad y de una vida que pocos tuvimos. Nunca los dejes ir, ¿entendido?-le revolvió sus cabellos.- Porque, no importa lo que te digan, esos sueños de antaño son la mejor prueba de que vivir no es solo pasado, sino presente y porvenir.
Pero, por más hermosas que sus memorias fueran, muchas de ellas infligían un profundo dolor en el corazón del chiquillo. Pronto, se encontró a sí mismo reteniendo las lágrimas. En su garganta, un nudo se había formado.
-Bueno, ¿qué planes tienes para hoy, enano? -al ver la congoja reflejándose en el semblante, Orestes decidió cambiar de tema. Odiaba verlo triste y, mientras estuviese en su poder, lo evitaría a toda costa.
-¿Planes?
-Sí. El día de hoy, eres libre. -Orestes tomó un par de trozos que quedaron del pan con miel y se lo llevó a la boca.- Lo santos dorados, como máximas figuras del Santuario después del Patriarca, tenemos la obligación de asistir y presidir todos los eventos de la fiesta. Así que, mientras me encargo de las cuestiones aburridas y protocolarias, puedes hacer como te parezca.
-¡¿En serio?
El pelinegro asintió.
-Aunque debo agregar que me siento ligeramente ofendido porque mi ausencia sea tan gratificante para ti. -reclamó falsamente ofendido.- Ya veo que prefieres a los gemelos por encima de mí.
-No es eso, maestro. -se carcajeó el menor siguiéndole el juego.- Los gemelos son graciosos cuando están juntos.
-Si, si. No lo dudo. Tan graciosos que te lanzaron desde lo alto de un risco. -le miró de reojo.- Nada de repetir ese tipo de aventuras, Aioros. Ten cuidado, ¿quieres? Y deja de buscar su aprobación mediante acciones que pongan en riesgo tu vida.
-No lo hago. Son mis amigos. -rió. El arquero alzó una ceja.
-Portaros bien. No quiero quejas.
-No las tendrás. Lo prometo.
Con la presencia de los aprendices de Géminis, Orestes no estaba seguro de que el castaño pudiera mantener su palabra. Lo único que le tranquilizaba era que, al igual que él, Zarek de Géminis estaba en la forzosa necesidad de presentarse en todos los eventos programados para ese día. Al menos no tendría que preocuparse por él y sus intromisiones en los juegos de los niños.
-¿Cuándo podemos irnos? -la pregunta de Aioros le tomó desprevenido.
-¿Tantas ganas tienes de marcharte?
El futuro arquero asintió mientras una enorme sonrisa se dibujaba en sus labios.
-Y pensar que no querías salirte de la cama. -musitó su maestro engullendo el último pedazo de pan que quedaba.- Mejor comenzamos el camino antes de que saltes por la ventana del templo e intentes volar hasta el Coliseo.
-No lo haré hasta que consiga una armadura con alas. -sonrió el niño.
-Me tranquilizas.
Rieron con complicidad dejando atrás la estrechez de la cocina y adentrándose en los grandes espacios que la sala de peleas ofrecía. El suave tintineo del cosmos de Sagitario invocó en silencio a la armadura del centauro dorado que, en un pestañeo, le cubrió con vehemente fidelidad. Como si fuera la primera vez, Aioros simplemente no podía alejar su mirada cerúlea da de aquel maravilloso espectáculo. Hasta el más ínfimo de los detalles no pasó desapercibido para el chiquillo. La perfecta armonía con que cada pieza encajaba en el cuerpo de su maestro revelando, de esta forma, uno de los ropajes dorados más hermosos que jamás había visto.
Se aproximó sintiendo como, con cada paso que daba, la energía que Orestes y Sagitario despedían, le envolvía con su calidez.
-Me gusta cuando la llevas. -deslizó suavemente su dedo índice sobre el borde de una de las alas doradas.
-Te gustará más cuando seas tú el quien la porte.
Abandonaron las sombras del noveno templo caminando hacia la radiante luz que se colaba a través de las columnas y que se vislumbraba como un brillante reflejo al final de los corredores. Pronto, sintieron la cálida caricia del astro rey sobre sus pieles mientras que el viento llevaba consigo los ecos de un Santuario que se vestía de gala para celebrar a su diosa. Desde ahí, en la entrada de Sagitario, era perfectamente visible el ajetreo que se vivía en las partes bajas del recinto.
Como una multitud de pequeñas y afanosas hormigas, las figuras de todos los participantes e invitados a la máxima festividad anual ateniense, se congregaban en los alrededores del Coliseo inundando con el susurro de sus voces el vacío que usualmente se sentía en las tierras santas. El lúcido tono de los colores que sus vestimentas y arreglos brindaban a la pálida melancolía de las edificaciones de piedra un toque de vigor que Aioros pocas veces había podido apreciar. Aldeanos de Rodorio atravesaban con presteza las calzadas llevando suntuosos ornamentos florales para presentar como ofrenda a la señora de la sapiencia, mientras que algunos otros arreaban pequeños rebaños de animales domésticos destinados al sacrificio. En el fondo, para ambos protegidos del centauro, aquel fugaz viento de cambio resultaba refrescante.
-Lo primero es la procesión. -explicó Orestes durante el descenso.- Un desfile de guerreros y civiles, todos devotos a nuestra señora Athena, precedido por el Santísimo Padre quien ofrecerá el primero de los regalos: el peplo. El sacrificio de animales viene después.
-¿Matarán a todos esos pobres animales? -el santo movió la cabeza afirmativamente.- No estoy seguro de querer mirar eso.
La carcajada del pelinegro resonó en el silencio de la abandonada cada de Libra.
-Te acostumbrarás.
-No lo creo.
-Lo harás. Créeme.
El chiquillo torció la boca dejando en claro la incredulidad que la afirmación de su maestro le ocasionaba. Cuando el Sol volvió a golpear su vista al salir del séptimo templo, entrecerró los ojos.
-Después, toda vez que las ergástinas entreguen los demás regalos y que la carne de los sacrificios haya sido propiamente cocinaba por las doncellas, se procede al gran banquete. Durante la comida… -el sonido de una risa ahogado le hizo detener su explicación.- ¿Algo que quieras preguntar?
-No, no. -volvió a esbozar una sonrisa traviesa en los labios.- Es solo que, de una forma u otra, Saga se las ingeniará para repetirme toda esta lección acerca de las Panateneas.
-No me sorprendería. Es un chico listo. -le miró de soslayo.
-Mucho.
El descenso se hizo ligero por esa ocasión. Demasiadas expectativas en la mente del pequeño, demasiados obligaciones en la del mayor. Al final, sus pies les guiaron hasta el manto interminable de gente que se congregaba en los alrededores de la arena de combate. Se detuvieron un momento antes de perderse entre la muchedumbre. Orestes le sonrió a su pupilo. Una sonrisa de despedida.
Más allá, reunidos el frente del batallón, los caballeros de oro sobresalían con su estirpe y galantería por encima del resto. Difícil resultaba pasar por alto su presencia e imposible ignorarles. El brillo dorado de sus armaduras, la majestuosidad de sus largas capas danzando al ritmo del viento y el orgullo que despedían sus miradas; ahí estaban, los dioses entre mortales. Así, Orestes se internó entre las personas para encontrarse con sus iguales. Conforme avanzaba, la multitud se abría para darle paso. Miradas cargadas de admiración se detenían sobre él. Elogios abandonaban los labios de hombres, mujeres y niños. Y, pronto, la figura divina se perdió en el gentío.
Solo y sin atenerse a otro albedrío que no fuese el suyo, Aioros estaba dispuesto a iniciar la aventura de ese día. Sus vivaces orbes de un azul tan profundo como el cielo giraron en todas direcciones en busca de un objetivo claro: los gemelos. Incapaces fueron de encontrarles.
Entonces, reparó en la presencia de Zarek entre los once. Si el maestro estaba en el lugar, los alumnos no podían estar muy lejos. Se tomó unos pocos minutos más para examinar con detenimiento el lugar hasta que, de repente, el desfile inicio su andar. Las opciones del pequeño arquero de reducían a seguirles, o a ir a la búsqueda de sus compinches geminianos. Se decidió por lo último y permitió que la procesión le dejara atrás.
Tomó el camino contrario al que seguía la peregrinación, esperando de esta manera encontrar a los chiquillos renegados. Y para su sorpresa, descubrió que ni él, ni los gemelos, eran los únicos que escapan del vistoso festival. No eran muchos, pero un puñado de habitantes del Santuario, principalmente guardias que habían cedido ya a las tentaciones del dulce vino, vagaban por los solitarios terrenos. No prestó atención a sus caras enrojecidas y a sus lenguas que arrastraban graciosamente las palabras, simplemente siguió avanzando con los sentidos enfocados en Saga y Kanon.
-¿Dónde os habéis metido? -preguntó al aire. Y nadie más que él fue capaz de escuchar sus palabras.
¿Habría pasado algo por alto? ¿Los gemelos estarían enfrascados en un juego de escondidillas en el que él era un participante sin saberlo? Molesto y frustrado consigo mismo, pateó una roca. El sonido de la piedra se dejó oír con perfección.
-Quizás… -meditó. Las enseñanzas de Orestes regresaron a su mente. Una en particular.- El cosmos…
Apenas era un novato en el manejo de la cosmoenergía. Sin embargo, la práctica nunca estaba de más. ¿O sí? En alguna ocasión, el santo de Sagitario había dicho que lo que sus ojos no podían ver, su energía vital podría encontrarlo. Aioros estaba dispuesto a poner en prueba esa teoría.
Cerró los ojos.
Su mente en blanco. Su cuerpo relajado. Su respiración tranquila. Lentamente, el mundo se desdibujó a su alrededor. Un profundo vacío le envolvió. Oscuridad. Negra e incesante oscuridad.
"Siente tu poder. Siente tu energía."
Todo a excepción de él, dejó de existir. Los latidos de su corazón que latía en el pecho. El armonioso vaivén de su respiración. La caricia del viento sobre su cara. Hasta el más mínimo detalle se magnificó en sus sentidos. Después, mientras más consciente era de sí mismo, pudo sentirlo…
Los ríos de vida que fluían en su interior. Esa energía salvaje, incontenible e infinita que corría por su cuerpo. Tan indomable como tranquila. Cargada de bravura, pero demandante de paz. Aioros se sintió a sí mismo.
"Expande tu cosmos… permítele conectarse con la energía que te rodea."
Y en el oscuro manto que caía sobre él, se hizo la luz. Diminutas estrellas de opaca luminosidad aparecieron en esa inmensa soledad. Su brillo, apagado y desprovisto de encanto, se abrió lugar en las tinieblas. Poco a poco, aquel tímido resplandor fue cobrando fuerza. Más luces se sumaron al espectáculo. Algunas de ellas completamente ajenas al chiquillo. Otras con matices tan familiares, que Aioros podía asignarles nombres y reconocer a sus dueños. El manejo de su cosmos era incipiente, con un largo camino por recorrer delante de él, sin embargo los primeros pasos habían sido dados.
Embelesado por el resultado, el castaño se dejo llevar por la magia del pequeño universo que se había creado en su mente. Lejos, distinguió una pequeña constelación de energías liderada por doce estrellas de un brillante tono dorado. La procesión, sin duda.
Por otro lado, al extremo opuesto del grupo, dos cosmos idénticos se dejaron sentir a la distancia. Al igual que el suyo, ese par de energías irradiaban una fuerza bravía e incontenible, y sin embargo un aura de inocencia emanaba de ellas. Terriblemente semejantes y diametralmente opuestas, aquel par de radiantes luces resultaron fáciles de identificar para el pequeño arquero. Tenían que ser ellos. Nadie más que esos dos. Kanon y Saga. Tan iguales como diferentes.
Se entretuvo con el suave tintineo de esas luces y con los múltiples matices emocionales que se desprendían de ellas. Una tenue sonrisa se mostró en su infantil rostro cuando sus labios se curvaron en una simpática mueca. Identificar cada una de las características de sus peliazules amigos concentró toda su atención.
Estaba completamente absorto, perdido ese detallado análisis de cosmoenergías, que la repentina aparición de un par de presencias violentas y perturbadas le tomó desprevenido.
Para cuando Aioros reaccionó, era tarde. Un par de brazos le sujetaron por la espalda, inmovilizando en el proceso los suyos. Abrió los ojos, asustado. No era solamente la súbita captura de la que era víctima, sino también la hostilidad con que esos individuos se habían aproximado a él.
-Mira, Keitaro. La mascota del señor Orestes está extraviada.
Uno de sus atacantes se plantó frente a él, permitiéndole poner rostro a esa voz cargada de ironía. No le reconoció de inmediato, sin embargo no tardó en distinguir las amatistas que tenía por ojos, supo que le había visto antes.
Aquel chico desconocido y de radiantes ojos violeta, al igual que el resto de los aprendices, solía estar en el Coliseo durante las horas de entrenamiento. Lo había visto antes. Siempre pendiente de cada movimiento suyo o de los gemelos. En alguna ocasión, se había sentido intimidado por las mezquinas intenciones que se ocultaban tras la hipnotizante y particular mirada del muchacho. Incluso los gemelos se habían mostrado recelosos de él, aunque las razones de semejante comportamiento nunca le fueron aclaradas por ninguno de los dos. Otro secreto más de los hermanos.
Y una vez más, otra imagen regresó a su mente. Ese chico nunca estaba solo.
-Estoy seguro que agradecería que se la devolviéramos. -oyó a quien le mantenía inmóvil.
-No lo sé. Quizás lo hagamos después de divertirnos un poco. Las mascotas son de lo más entretenidas y, a diferencia de las de Géminis, a ésta nunca tuvimos la oportunidad de darle la bienvenida antes.
Un escalofrío recorrió al niño. Estaba en problemas.
-Dejadme ir. -pidió luchando por mantener la calma. Perder la cabeza con un par de bribones como esos, solo empeoraría su precaria situación.
-¡El perrito faldero sabe hablar! -Nikos exclamó con burla.
-Si me dejáis en paz, nadie tiene porque saber de esto.
-¿Pensabas acusarnos a alguien, rapaz? - sintió que la fuerza ejercida sobre él se esfumaba y pronto, se vio libre del agarre del segundo de los chicos.
Como pudo, dio un par de pasos con la intención de crear distancia entre él y Keitaro. Y así, por primera vez lo tuvo frente a frente. Sin duda era él. El chico rubio que solía acompañar al moreno todo el tiempo. Aquel con la mirada gris y los mismos propósitos ratoniles tatuados en ella.
-Nadie se enterará. -musitó dando por hecho su liberación. Nada más equivocado.
-No, no, no, mocosito. -el pelinegro le impidió el paso.- Así no es como funcionan las cosas aquí. Al menos no con nosotros. -intercambió miradas con su cómplice.- Verás, niño…
-Aioros es mi nombre. -interrumpió sin saber porque lo había hecho.
La carcajada de Keitaro no hizo esperar.
-El mocoso tiene agallas. -se dirigió al otro.
-¿Agallas? ¿O esa arrogancia desmedida y asquerosa de los de su tipo? -como si fuera posible, el violeta de los ojos de Nikos se endureció.
-Cualquiera de los dos… no le durará demasiado.
El castaño retrocedió. Un hueco se le había formado en el estómago y los puños, que mantenía apretados con fuerza, le temblaron.
-¿Qué pensáis hacer?
-Sólo queremos divertirnos un rato.
-Enseñarte un par de trucos.
¿En qué momento el pequeño arquero asumió una posición de defensa? No lo supo. A juzgar por lo que se venía, tampoco podía saber cuanto tiempo sería capaz de resistir los embates de los mayores.
Y el primer golpe llegó. Certero y doloroso. Imposible de esquivar para el niño. Sus brazos se cerraron alrededor de su torso sintiendo aún el impacto del puño de Nikos. Apretó los dientes con frustración. Ni siquiera había podido ver los movimientos del moreno. Intempestivamente, una segunda acometida por la espalda lo hizo caer de boca sobre el suelo. Las palmas de sus manos se rasgaron al contacto con la áspera superficie.
Ahogó un quejido. Cualquier señal de debilidad, por mínima que fuera, solamente avivaría los deseos crueles de los otros. Alzó la vista para verles. Ahí estaban. A unos cuantos metros de él. Con sus presuntuosas sonrisas y sus miradas altivas. Igualando, sin darse cuenta, la actitud de aquellos a los que tanto aborrecían. Sintió deseos de gritárselos, de escupirles en la cara las pocas diferencias entre ellos y aquellos a quienes juzgaban tan duramente. Pero calló. Por prudencia. Por instinto de supervivencia.
Sus dedos se aferraron con fuerza a la piedra debajo de él. Sus pies se afianzaron y consiguió ponerse de pie. Trastabilló.
-¿Demasiado para ti? -Nikos se limpió una gota de sudor que resbaló por su sien. El calor del Sol comenzaba a arreciar.
-Sois dos contra uno. -susurró.
-¿Y qué? -Keitaro se aproximó mientras Aioros volvió a tensarse.- Se supone que eres un aprendiz dorado. Un futuro miembro de los Doce. ¿Y te preocupan dos aprendices de plata?
-Las batallas entre santos son en condiciones de justicia. ¡Uno contra uno! -reclamó.- También sois el futuro de la Orden. Una Orden que debería preocuparse si los herederos de sus glorias son gente como vosotros.
-¡Suficiente! -el grito del rubio y la colérica mirada en su semblante, sembraron el pánico con el niño. Aún así, no retrocedió.- Por si no te has dado cuenta, no te encuentras en posición de exigir. Las reglas del juego las dictamos nosotros.
La respiración de Aioros se desbocó. Si era su meta ocultar las tribulaciones que aquella pelea le hacía sentir, entonces estaba fracasando vilmente. Frunció el ceño mientras mascullaba una maldición apenas entendible. Sus ojos miraban de uno a otro muchacho, intentando sin ningún éxito adivinar cual de los dos sería el primero en atacarle.
Nikos y Keitaro lo sabían. Eran plenamente conscientes de los estragos que el estrés estaba causando en los nervios del chiquillo, y les resultaba placentero. Lo romperían. A como diera lugar, romperían a ese aprendiz de oro, física y mentalmente.
Le fueron rodeando. Despacio. Con cada movimiento extremadamente calculado. Como dos leones rodeando a su presa, atormentándola, empujándola hacia el pánico hasta que fuese ella misma la que se entregase. Y estaba funcionando.
Aioros se sentía indefenso y desvalido. No era un cobarde, de eso estaba seguro, pero definitivamente no contaba con los recursos físicos para hacer frente a sus enemigos. Sus ojos iban y venían. No sabía que flanco debía vigilar. Ignoraba por donde vendría la embestida. Sin embargo, el niño tampoco era ingenuo. En el mejor de los casos, podría adivinar el siguiente ataque, pero ¿sería capaz de detenerlo? Altas eran las probabilidades de que la respuesta fuera "no." A esas alturas de su entrenamiento, simplemente no podría.
Cada paso de cualquiera de su dos oponentes hacía brincar sus sentidos. Cada movimiento arrancaba un pedazo de razón en él. Cuando por fin Nikos se le abalanzó, Aioros sintió cierto alivio de que el tormento psicológico llegaba a su fin.
¿Cómo se las arregló para esquivar el ataque del chico que iba directo a sus pies? No lo supo. Aunque la explicación de esa hazaña llegó una milésima de segundo después.
Nikos le había atacado a las piernas. El golpe que lanzó iba destinado a sus tobillos, con toda la intención de hacerlo caer. Demasiado obvio, al punto de que el aprendiz del centauro tuvo pocos problemas para salir de ello ileso. Brincó y el golpe se perdió en el suelo. Entonces, cuando su vista se enfocó en el rostro del moreno, le vio sonreír. Aquello estaba planeado y había caído en la trampa.
Aún en el aire y sin ningún tipo de sostén, el ataque de Keitaro no se hizo esperar. Con todas sus fuerzas, le pegó en el estómago. Al carecer de resistencia y de apoyo, el cuerpo del pequeño salió despedido hacia un montículo de rocas cercano. Lo impactó de lleno.
Aturdido, el castaño intentó recuperarse. Más le hubiese valido no hacerlo, porque los truhanes apenas empezaban.
No transcurrió mucho antes de que una lluvia de golpes y patadas cayera sobre el chiquillo. Teniendo como única opción aguantar, Aioros lo hizo. Haciendo su mejor esfuerzo, se cubrió el rostro y parte del torso con los antebrazos, mientras que plegó las piernas hacia su cuerpo, en un desesperado intento de protegerse su vientre.
Pero la protección no iba a durarle por mucho tiempo. Los brazos le dolían y las magulladuras comenzaban a arder. Pronto, tendría que hacer algo más que guardarse detrás de su propio cuerpo.
Abrió ligeramente uno de sus ojos y, entre los espacios de sus brazos, espió a los muchachos. No iban a cansarse y tampoco cederían. Todo quedaba en él.
-¡Anda! ¡Haz algo! -espetó Nikos.- ¡Nos estamos aburriendo!
Una locura. Eso era lo único que se le ocurría hacer.
Llenándose de todo el valor que le quedaba, apretó los dientes y cerró con fuerza los puños. ¿Valentía o estupidez? No tenía tiempo de decidir que era. Lanzó un golpe, más desesperado que certero; y terminó pagando el precio de su error.
La mano de Keitaro le sujetó por la muñeca. Lo jaló hasta ponerlo de pie y después, clavó la rodilla en el estómago del pequeño haciéndolo retorcerse de dolor. Un grito se ahogó en su garganta mientras el amargo sabor de la sangre se impregnaba en su boca. Entonces, el de cabellos rubios no perdió el tiempo y sometió rápidamente al otro aprendiz, tendiéndole sobre el suelo. Con fuerza, asentó el pie encima de él.
-Buen trabajo, Keitaro. -rió su cómplice.
-Bah… este fue todavía más fácil que los otros dos. -sintió al niño moverse bajo sus pies. Le pisó con más fuerza.- Aún no terminamos.
Lo dejó ir cuando Nikos, acuclillándose junto a Aioros, le tomó de la camisa y le obligó a mirarle a la cara. Formó un puño llevándolo para atrás dispuesto a asestarlo en el rostro del castaño. No tuvo tiempo de hacerlo puesto que algo lo detuvo. Una piedra, no mayor que su mano, golpeó sutilmente su puño, obligándolo a llevar la vista hacia el lugar de donde la interrupción provenía.
-Deberíais dejarlo en paz.
Los ojos, grises para Keitaro y violetas para Nikos, se centraron en dos figuras que observaban distantes el juego de poder del que Aioros era víctima. Saga les devolvió la mirada, fría y calculadora. Sus brazos permanecían cruzados a la altura del pecho y en los labios, una mueca de fastidio delataba sus pensamientos. A su lado, lanzando y atrapando una pequeña roca, Kanon esbozaba un desafiante mohín.
-¿Acaso estáis sordos? Mi hermano os ha advertido que lo dejéis en paz. -Kanon habló al ver que las palabras de Saga se habían perdido en el vacío.
-¿Y quién va a detenernos? ¿Vosotros? -se carcajeó Nikos.
-No. Pero Kanon y yo sabemos utilizar nuestros cosmos lo suficientemente bien como para alertar a su maestro. Y creedme, si se enfrentó a otro santo dorado para defender a su pupilo, no quisiera pensar que os haría.
-Barrería el piso con vosotros. Eso haría. -la burlona sonrisa de Kanon se ensanchó.
Los mayores se miraron entre ellos y, arrojándolo contra el piso, se separaron del futuro arquero.
-¿Qué te parece, Keitaro? Los miedositos vinieron al rescate de su amigo. ¿No son tiernos?
-Estúpidamente tiernos. Quizás quieren llorar junto con él.
-Podríamos ayudarles con eso. -se volvió hacia los niños.- ¿Qué opináis?
Saga suspiró con pesadez.
-¿Cuándo dejareis de molestarnos? -les preguntó.
-¿Algún problema con eso, enano?
-El problema es que algún día dejaremos de ser enanos, ¿lo habéis considerado, par de genios? -ahora comprendía porque Zarek y el resto de los dorados tenían tan poco paciencia con gente como esa.
-¿Es esa una amenaza? -Keitaro se le acercó. El niño no se inmutó.
-Depende. -centró su mirada en él.- Quizás, si deciden dejarnos ahora, tengamos alguna consideración con vosotros el día de mañana.
-¡Estúpido! -apretó los dientes el rubio.- ¡Si crees que con eso podrás…
-¡Cállate, Keitaro! -por unos pocos segundos, no hubo más que silencio.- Hagamos algo, mocoso del demonio… -sonrió con sorna.- Tú y tus amiguitos aceptáis un reto para probar vuestra valía, y nosotros os dejaremos por la paz.
Unos metros detrás de ellos, el peliazul alcanzó a ver a Aioros intentando ponerse de pie. Cuando lo hubo conseguido, el pequeño arquero sacudió el polvo de sus ropas y fijó la vista en su amigo. Saga le cuestionó con la mirada. El chico ladeó la cabeza en resignada aceptación. Después, el gemelo llevó sus ojos hacia su hermano. Kanon también asintió. Lo hizo, inclusive, con un dejo de emoción.
-¿Qué tenemos que hacer? -aceptó el desafío.
Keitaro miró de reojo a Nikos. Detestaba la manera en que el moreno estaba manejando el asunto. Jugar con ellos nunca estuvo dentro de los planes, y sin embargo, ahí estaba Nikos, haciendo exactamente lo contrario a lo planeado.
-Cabo Sunión. -habló.- ¿Habéis escuchado de ese lugar?
-La prisión submarina. -Saga alzó una ceja.
-Exacto. -soltó una risita maquiavélica.- Arriba del desfiladero, por encima de las prisiones, se encuentran los restos de lo que alguna vez fuese un templo dedicado a Poseidón. Ahora está en ruinas y se dice que el mismo dios lo ha maldecido.
-Eso es mentira. -se quejó el gemelo mayor.
-¿Seguro de eso? Dime entonces, mocoso… -golpeó el pecho del chiquillo con su dedo.- ¿Por qué esta prohibido para todo habitante del Santuario poner un pie en ese lugar?
Ninguno de los tres niños respondió. Y es que Nikos hablaba con la verdad.
Pocas cosas eran vedadas en el Santuario de Athena, pero Cabo Sunión estaba ahí, encabezando la lista. El misticismo que rodeaba las ruinas del antiguo templo del dios de los mares era inescrutable. Nunca una palabra se mencionaba al respecto y la única verdad conocida era que aquella era la tumba de traidores y malnacidos. El sitio donde Hades reclamaba las almas de los peores perpetradores contra la diosa y su Orden… y lo hacía de la peor manera.
-Vuestro desafío consiste en entrar y dar un paseo por ahí. Enfrentaros cara a cara con los atormentados espíritus de los hombres olvidados por los dioses y superad los peligros que el Cabo ofrece. -sentenció el de ojos violetas.
-Está prohibido entrar ahí. -masculló entre dientes Saga.
-Si no lo estuviera, no sería un reto.
-¡Aceptado!
Todas las miradas se volvieron hacia un entusiasta Kanon. Sus orbes de esmeralda refulgían con emoción mientras que la presuntuosa sonrisa que se dibujaba en sus labios se había acentuado gracias a la picardía de su mirada.
-Perfecto. -siseó Nikos.- Venid.
Giró sobre sus talones y, obsequiándoles un burlón mohín, comenzó el camino hasta los antiguos territorios de Poseidón. Aunque no lo desease, Keitaro hizo lo propio. Pronto, los niños se quedaron solos.
-¡¿Qué sucede contigo, Kanon?
-Nada. -contestó tranquilamente.- Nos propusieron un reto. Nosotros lo aceptamos.
-Acabas de hacer un trato con el diablo y ni siquiera pareces darte cuenta. -Saga dejó la mirada en blanco por un momento.- Hay alguna razón por la que el Cabo esta prohibido, ¿comprendes?
- No es como que algo que esté prohibido nos haya detenido antes.
-Cierto, pero no es igual correr por los pasillos o trepar viejas estatuas, a meterte en Cabo Sunión.
-¿No me digas que tienes miedo? -sonrió a sabiendas de lo que estaba a punto de suceder.
-¡No lo tengo! -exclamó un ofendido gemelo.- Iremos ahí y terminaremos esto de una vez por todas.
Sin darle derecho de réplica, se dirigió hacia el lugar en donde Aioros todavía permanecía de pie. El castaño se encontraba entretenido analizando los diferentes rasguños que tenía en brazos, piernas y en el rostro. Las heridas ardían. Los golpes dolían. Pero al menos estaba entero.
-¿Estás bien? -oyó a su amigo hablándole.
-Sí. Solo raspones. -tocó con cuidado el reverso de antebrazo, en donde la piel se había alzado ligeramente.
-No lo toques. Te arderá más.
En un santiamén, el menor de los hermanos se unió al grupo y prestó especial atención al deplorable estado de su futuro compañero de Sagitario.
-¡Eres un desastre! -Kanon se le plantó para reprenderle.- Te dejaron peor que a nosotros.
-Yo… lo siento. -el joven arquero bajó el rostro.
-¡¿Y además te disculpas? -con la palma de la mano, el menor de lo gemelos golpeó su propia frente con frustración. Después, mientras sacudía la cabeza con negación, giró hacia su hermano.- No hay remedio, Saga. No existe forma en que este niño llegue a ser un santo medianamente decente.
-Tal vez si dejaras de acosarlo…
-¡No le acoso! Simplemente digo la verdad. Míralo. -apuntó hacia su castaño amigo.- Lo dejaron horrible. Un esperpento de Aioros.
-¡Oye! -reclamó el aludido.
-¡Calla! Que nada tienes que decir en tu defensa. -y así, Kanon se decidió a seguir los pasos de los dos chicos mayores.- ¿Vendréis? No quiero que ese par de idiotas piensen que nos estamos retractando.
No dijo más. Rápidamente emprendió la marcha tratando de mantenerles el paso a sus retadores. Si en realidad sentía miedo o un mórbido placer por llevar a cabo la recién adquirida misión, Aioros y Saga lo ignoraban. De una cosa estaban seguros: tanto entusiasmo por parte de Kanon terminaría enredándoles en un problema de aquellos que usualmente costaban horas en la biblioteca arreglando estanterías.
-¿En serio vamos a seguirle? -preguntó Aioros suplicando en su adentros que Saga tomara la decisión correcta.
-No creo que tengamos otra alternativa. -admitió con una sonrisa a medias. -Anda, démonos prisa. Mientras más pronto terminemos con esto, mejor será para nosotros.
El aprendiz de Sagitario exhaló profundamente. Alzó la mirada. Apolo se encontraba en su cenit. La mañana se había esfumado con rapidez, pero el día aún era largo… demasiado largo.
-2-
En silencio, los tres chiquillos siguieron con cautela a los dos mayores. La algarabía de los festejos se diluía entre la brisa a medida que avanzaban y aún así, los tres permanecían completamente atentos a todo lo que sus ojos contemplaban.
Sin apenas darse cuenta, habían avanzado lo suficiente como para observar ligeramente confundidos sus alrededores. Era cierto que había pocos rincones en el Santuario que el par de hermanos desconociera, pero aquel era uno que apenas habían vislumbrado de lejos en un par de ocasiones. Sus pasos sigilosos únicamente se veían descubiertos por el crujido del suelo pedregoso bajo sus pies a medida que se internaban por aquel camino. Allí el vaivén tranquilo de las olas podía escucharse con una nitidez asombrosa mientras que el aire impregnado en salitre llenaba sus pulmones a cada bocanada de aire que tomaban.
Pronto, el camino les condujo hasta una pequeña aglomeración de pequeñas y delicadas viviendas no demasiado cuidadas. En el centro se abría una pequeña hondonada, que podía recordar a la forma del coliseo y que sin dificultad, adivinaron se utilizaba para el mismo fin, pues a sus flancos, se distinguían unas gradas semiderruidas esculpidas en la misma piedra arenosa. Sin embargo, aparentemente, en aquel momento no había una sola persona por aquel lugar.
-¿Dónde estamos? –preguntó en apenas un susurro el arquero.
-En el campamento de las korees. –replicó Saga, aún asombrado de lo que sus ojos contemplaban tan de cerca por primera vez.
Al peliazul no le pasó desapercibida la expresión de su amigo, al igual que tampoco las continuas miradas de soslayo que Keitaro y Nikos les dirigían. De pronto, el de ojos violeta habló sin voltear a verlos directamente.
-Silencio, mocosos. –Espetó.- Os aseguro que no queréis estar aquí cerca si se aparece alguna de las korees. Apresuraos.
Tanto el tono de voz, como aquella inesperada advertencia, provocó en los tres un escalofrío de temor que nunca admitirían. Por reflejo, los chicos miraron disimuladamente a su alrededor, afinando sus sentidos e intentando averiguar si quedaba alguien en lo que a simple vista no distaba demasiado de una aldea fantasma. Y acelerando el paso atravesaron la improvisada arena de peleas, dispuestos a alcanzar rápidamente el sendero que se perdía entre los pinos poco más allá.
Sin embargo, cuando sus siluetas parecían a punto de perderse bajo el improvisado cobijo de los troncos y ramajes secos, Saga se detuvo de improviso. Ladeó el rostro ligeramente y miró sobre su hombro con disimulo. Afinó un poco más sus sentidos y frunció el ceño. De algún modo, aunque no sentía nada fuera de lo normal, tenía la impresión de que alguien los estaba observando.
-¿Saga? –La voz del arquero lo sacó de su concentración.- ¿Ocurre algo?
El mayor de los hermanos negó con la cabeza, para después acortar la distancia que se había abierto entre él y el grupo. Aioros y Kanon lo observaron por un momento, intercambiando rápidas miradas confundidas entre si segundos después; y continuaron caminando.
El sendero se abría poco después a un paraje que no esperaban encontrar. Era cierto que su sentido del oído les había alertado de la cercanía del mar en aquella zona, pero no esperaban que estuviera tan cerca. El estrecho camino, cubierto en parte de arena, transcurría sobre el borde del acantilado, que si bien allí no era demasiado escarpado, la altura era considerable. Abajo, la arena blanca y fina que el mar había moldeado en su continuo viaje, resplandecía bajo la cálida luz del sol.
Sin embargo, por un momento, los tres niños contuvieron la respiración. Pues al alzar sus rostros descubrieron como verdaderamente la cercanía del Cabo, que se alzaba en un horizonte no muy lejano, resultaba impresionante.
Cabo Sunion era un misterio que siempre había estado ahí. Alejado del Santuario, pero lo suficientemente cerca para que su alargada sombra se vislumbrase desde los lugares más privilegiados del mismo. Alguna vez había contemplado como las ruinas del viejo templo se alzaban majestuosas en el borde del escarpado precipicio, una maravilla para contemplar cuando el sol caía perezosamente en la tarde y lo iluminaba a contraluz, mientras su anaranjado brillo en el mar se deshacía en millones de burbujas de colores y blanca espuma al golpear contra las rocas.
Poco más adelante, Nikos y Keitaro caminaban en silencio. El rubio no había despegado la mirada del suelo a sus pies más que para observar de vez en cuando la expresión de su amigo; buscando quizá una explicación o una buena razón para aquella estúpida aventura.
-¿Asustado? –Preguntó en apenas un susurro y con ligero toque de burla el de ojos violeta, al percatarse de la inquietud de su acompañante.- Pretendo aterrorizarlos a ellos, no a ti.
-No lo estoy. –replicó ofendido. Tras una pausa continuó.- No entiendo que sentido tiene todo esto. Si a ellos los descubren tendrán grandes problemas, pero si se enteran de que nosotros estuvimos aquí… Estaremos en la misma situación.
-No van a hablar.
-¿Cómo lo sabes? –Insistió.- De todos modos, es un lugar maldito y…
No continuó hablando. La suave carcajada de Nikos a su lado, dejaba en claro lo ridículo que le resultaba aquel asunto. Así que ligeramente ofendido, el rubio decidió continuar aquella estúpida aventura en silencio y terminar cuanto antes. De ese modo, a ambos les había pasado inadvertido una vez más que Saga había vuelto a detenerse.
El chico había volteado por completo esta vez mientras su mirada escudriñaba el camino que habían dejado atrás en busca del origen de aquel murmullo que estaba seguro había escuchado. Pero siguió sin encontrar nada. Kanon y Aioros también se habían detenido al percatarse de la extraña actitud del mayor de los tres.
-¿Qué estas buscando? –murmuró el gemelo menor.
-Nada. –Replicó casi por costumbre. Kanon alzó una ceja y poco después esbozó una sonrisa burlona.
-¡Tienes miedo! –Saga entrecerró los ojos.
-No. Tengo. Miedo. –espetó cruzándose de brazos y pronunciando con énfasis cada una de las palabras que abandonaron sus labios. Kanon estuvo a punto de replicar, pero no tuvo tiempo.- Me pareció sentir algo. Tengo la impresión de que alguien nos está siguiendo. Nada más.
-3-
Una vez que hubo controlado el latir desbocado de su corazón, la chiquilla se permitió tomar una gran bocanada de aire. Apartó uno de los cortos mechones de cabello purpúreo que caía por su rostro y volteó a ver a su acompañante, que aún mantenía la mano sobre su boca en un pobre intento por mantenerla callada.
No le resultó difícil adivinar cual era la expresión de su amiga tras la máscara de plata que cubría su infantil rostro. Estaba segura que tras aquel inexpresivo trozo de metal, los ojos de la chiquilla se habían entrecerrado mientras permanecían a la expectativa. Así como que sus facciones dulces habrían adoptado un gesto de determinación difícil de borrar.
Con cuidado de no hacer ruido, intentó quitarse alguna de las ramitas secas que se había enganchado a su corta melena durante la precipitada caída y recuperar un poco de la dignidad perdida en aquel torpe intento de esconderse.
-Eso estuvo cerca. –murmuró la otra mientras adoptaba una postura más relajada a su lado.
-¿Puedes quitar la mano de mi cara, Naia? –La aludida la miró sorprendida, y dándose cuenta de que, efectivamente, su mano aún intentaba mantener en silencio aquellos labios de metal; la retiró rápidamente.- Ese ha sido el peor intento por callarme que has hecho hasta ahora. –insistió ahogando una infantil risa.
-¡Por tu culpa casi nos descubren! –Replicó molesta, cruzándose de brazos.- Solamente tú puedes hablar tanto cuando te pones nerviosa, Deltha.
-¿Cómo iba a saber que el niño doradito tiene oídos de gato y nos iba a descubrir? –intentó defenderse adoptando la misma postura que su inseparable amiga. Naiara suspiró mientras se quitaba la agobiante máscara y respiraba algo de aire puro.
-¡Precisamente por eso! ¡Porque es un niño doradito!
Deltha alzó las cejas con curiosidad y la contempló un par de segundos en total silencio. La melena azabache de la chiquilla brillaba con reflejos azulados al estar expuesta al sol, pero ahora, aquella exótica belleza se veía burlada por las mismas ramitas que también se habían enredado en su propio pelo. Por un momento, la expresión severa de su amiga con aquellas fachas, la pareció tan fascinante que la resultó casi imposible ahogar la risa que luchaba por abandonar su garganta.
-¡¿De qué te ríes? –espetó soplándose el flequillo que caía despeinado sobre su frente para después cruzarse nuevamente de brazos.
-Estas echa un desastre y somos pésimas espías.
-¡Tú eres la pésima espía! –Replicó la morena mientras se quitaba los molestos hierbajos del pelo con un par de manotazos y se ponía en pie de un salto.- Así que si no vas a mostrarte más participativa y atenta, puedes volver con Axelle a la panatea. Yo pienso ir a ver a mi hermano.
-A Nikos no le gustará que le sigamos, y menos a un sitio así. –Murmuró preocupada Deltha mientras seguía a su amiga que ya había comenzado a andar.- Ni a Axelle que estemos aquí, ni tan cerca de ellos.
-Nadie tiene porque enterarse. –dijo Naiara unos metros más allá.- Además, no hay de que preocuparse… ¡Me tienes a mi!
La esplendorosa sonrisa que se dibujó en su rostro antes de que se cobijara una vez más bajo la fría plata, rápidamente se contagió al de Deltha, y ambas echaran a andar.
-4-
-Es… -comenzó Aioros con la mirada perdida en el templo derruido.
-¡Impresionante! –exclamó Kanon en un intento fallido por ocultar la emoción que lo embargaba.
El tercero de ellos se mantuvo en silencio, contemplando la imagen igual de asombrado que los otros dos. Finalmente se encontraban a los pies del Cabo, donde el camino que habían tomado hacía rato comenzaba su ascenso sinuoso prácticamente desde la misma arena y trepaba por la vertical pared de piedra.
Desde allí podía contemplarse como la antigua fortaleza de Poseidón había sido esculpida en la misma piedra por manos tremendamente antiguas y talentosas, pues resultaba imposible distinguir donde comenzaba la roca y donde terminaba el fortín. Pocos eran los que se habían atrevido a acercarse a aquel lugar y menos aún quienes conocían los entresijos del lugar prohibido. Y un poco más allá, coronando lo alto del montículo que se adentraba en el mar, las viejas columnas de lo que antaño fue un templo cargado de oro, gloria y misticismo, descansaban como un recordatorio más de la grandeza que se había conocido en aquellos parajes.
Unos pocos minutos después llegaron finalmente a lo más alto del Cabo. Ligeramente cansado, Kanon se dejó caer en una de las columnas caídas y buscó, sin éxito, un poco de sombra en aquel lugar. El sol y el viento salado que soplaba incesantemente, había convertido aquellos suelos en árida tierra recubierta de arena con algún rincón donde tímidamente la hierba se atrevía a crecer con dificultad.
-¿Y bien? Sino entráis, podéis olvidaros de lo prometido. -Dijo Nikos, observándolos unos metros más allá.
-Lo haríamos… si supiéramos donde esta la entrada. –replicó entre dientes Aioros.
-Eso es asunto vuestro, mocosos. –replicó esta vez Keitaro mientras se encogía de hombros.- Nosotros os mostramos el camino. Nuestra parte del trato esta cumplida.
Mientras hablaban, Saga se había mantenido al margen. Con cuidado, se había acercado hacia los límites del acantilado y, maravillado, contemplaba en romper de las olas a sus pies. De algún modo, aquella vista solitaria le hacía sentir especial. De pronto, sus ojos se entrecerraron al descubrir una hendidura en la roca un par de metros más allá. Ladeó la cabeza, observando bien y sin perder detalle alguno de aquel escenario. El acceso era bastante complicado, pero al menos se encontraba en la otra parte del Cabo, cuya pendiente era mucho más suave y menos inclinada. Allí, los restos de un arco de piedra, semienterrado por el azote del tiempo y recubierto por un montón de tablas viejas, descansaban escoltado por la eterna compañía de un par de fragmentos de una columna.
Rápidamente, volvió sobre sus pasos, dispuesto a encontrar un modo de llegar hasta allí. Con cuidado, y con un par de saltos, llegó hasta la parte superior de la entrada. Bajo él, lo que antaño fue una puerta esplendorosa, se quejaba ligeramente ante el fresco contacto del viento y de la arena que este arrastraba con él.
-¡Lo he encontrado! –gritó, alertando a sus acompañantes.
Nikos y Keitaro se levantaron de sus asientos pero no dieron un solo paso que les acercara al lugar donde Saga se mantenía en pie de algún modo que no comprendían, pues ante todas las cosas, aquel montículo parecía frágil, a punto de derrumbarse y engullirlos con él. Sin embargo, Aioros y Kanon no tardaron en acercarse hasta él.
-¡Genial! –Exclamó Kanon.- ¿Cómo vamos a entrar?
Inconscientemente, Saga se rascó la cabeza con expresión pensativa. Aquella era una pregunta para la que no tenía una buena respuesta en aquel momento.
-Baja e intenta empujar la puerta, Kanon. –dijo finalmente.
El menor asintió, y sin darle demasiada importancia al inestable entorno donde se encontraban, bajó. Observó atentamente la puerta semienterrada casi en su totalidad y con cuidado, se encaramó por las rocas que tapaban su entrada, dispuesto a echar un vistazo por uno de los huecos que había en la madera.
Mientras tanto, Aioros contemplaba todo desde arriba, llevando su mirada alternativamente de uno a otro de los hermanos. Sin saber que hacía exactamente lo mismo que Saga, que aunque se había arrodillado y se asomaba sobre el arco para observar lo que hacía Kanon en aquellos momentos, no le había quitado un ojo de encima ni a él, ni a Nikos y Keitaro. Por ello quizá, le había pasado inadvertida la expresión de concentración que el peliazul llevaba en su rostro desde hacía un buen rato.
-¿Aioros?
El chiquillo dio un respingo al escuchar aquella voz tan conocida dentro de su cabeza, y aunque por reflejo estuvo a punto de contestar en voz alta, se contuvo e inmediatamente volteó a ver a Saga. Sorprendentemente, el chico ni siquiera lo estaba mirando.
-¡Funciona! Es la primera vez que hablo vía cosmos con alguien. –Dijo emocionado.- O al menos la primera vez que alguien me escucha nítidamente... –El arquero alzó una ceja y sin quitarle la vista de encima a su amigo, contempló como aquel sonreía triunfal.- Como sea. Estoy seguro de que alguien nos siguió, aunque ese par de idiotas no se haya dado cuenta. ¿Por qué no bajas aquí conmigo?
Aioros volteó ligeramente a sus espaldas para toparse con las miradas frías de los dos aprendices plateados. Quizá su espíritu aventurero no estaba tan desarrollado como el de los gemelos pero de algún modo, la seguridad de las palabras de Saga le resultaba ligeramente contagiosa. Era diferente escucharlo a él, que escuchar a Kanon; pues aunque ambos hablaran de la misma locura, por algún motivo las palabras de Saga siempre le habían resultado tranquilizadoras. Como en aquel caso. Era cierto que el minúsculo espacio donde su amigo peliazul se había subido tenía pinta de todo menos de un lugar seguro, pero tenía claro que prefería su cercanía a la de los dos mayores.
Con un par de pasos titubeantes, se acercó y con cuidado tomó la mano que Saga le ofrecía, para saltar y quedar a su lado definitivamente. Por un momento, miró interrogante al peliazul.
-Creo que esto… -dijo Saga.- Es el sexto sentido. –La expresión confundida de Aioros lo animó a continuar.- Antes conseguiste identificar nuestro cosmos, ¿verdad? –El arquero asintió levemente.- Hazlo otra vez, y concéntrate en mi exclusivamente y en lo que quieres decirme. Ignora todo lo demás.
El castaño hizo exactamente como le dijo. A diferencia de la vez anterior, intentó mantener los ojos abiertos, con la mirada fija en algún lugar, para no llamar tanto la atención. La aparente facilidad con la que Saga había conseguido concentrarse, aún con Kanon hablando poco más allá era algo a lo que él temía no llegar en aquellos momentos. Pero no se rindió. Fijó su mirada en el romper de las olas y apartó todo de su mente, hasta que solamente quedó él y el sonido del mar. Súbitamente la oscuridad pareció rodearlo una vez más, quizá de manera más tenue que antes, y aunque no podía distinguir de manera tan clara los cosmos que percibía, supo cuál era el que buscaba. Saga le estaba facilitando ligeramente la tarea al mantener su cosmos encendido de una manera muy sutil, por lo que concentrarse en él le resultó mucho más sencillo de lo esperado.
-No va a funcionar. –Pensó el arquero.- Así que sólo espero que no se te ocurra dejarme solo con la locura de Kanon.
-Tranquilo. –la voz del peliazul resonó una vez más en su mente. Y esta vez, juraría que lo escuchaba reír, aunque sus ojos observaran otra cosa.- No pienso irme a ningún lado.
Cuando escuchó, apenas un par de minutos atrás, la voz de Saga; se sobresaltó, si. Pero nada comparado a lo que sintió en el momento en que descubrió que su primer intento por comunicarse vía cosmos había funcionado. ¡Lo había conseguido! Y aquello parecía ser infinitamente divertido… Sin embargo, aún presa de aquella súbita emoción, el arquero trastabilló. Intentó recuperar el equilibrio perdido lo más rápido posible, pero al buscar un nuevo apoyo para su pie izquierdo, falló. Sintió como su cuerpo caía bajo la divertida mirada del peliazul a su lado. Cerró los ojos, esperando el golpe que vendría segundos después.
Por ello, cuando finalmente sintió el esponjoso tacto de la arenilla a sus espaldas y no el tacto frío y duro de las rocas que esperaban junto a Kanon, suspiró aliviado. Afortunadamente, no había caído del arco.
-¿Qué demonios haces ahí arriba, Aioros? –preguntó Kanon desde abajo.
-Sólo ha tropezado. Esto es pequeño. –Respondió Saga, para luego voltear hacia el castaño divertido.- Mejor quédate quieto. –El aludido asintió y se cruzó de brazos resignado.
-Solamente me pilló desprevenido poder hacerlo a la primera. –replicó.
-Lo se.
Aioros resopló molesto. Tenía la extraña cualidad de acabar hecho un desastre delante de aquellos dos fuera cual fuera la situación. Se sacudió las manos manchadas de polvo y arena, y movió los pies de sitio, pues estaban hundiéndose ligeramente en el terreno. De pronto, frunció el ceño. ¿Sus pies se hundían o era el terreno el que se estaba moviendo? Apoyó nuevamente las manos con la intención de incorporarse y fijarse bien en aquel detalle, cuando el mismo roce de ellas sobre la pared inclinada a sus espaldas hizo que esta cediera. La madera vieja se quejó, y las rocas que conformaban el terreno chirriaron al cambiar de posición mientras la arena se colaba entre las grietas.
-¿Saga? –alcanzó a decir.
Pero cuando el peliazul volteó a verlo, no le quedó más opción que contemplar como parte de aquella tierra que cubría a sus espaldas el arco donde se había subido se había abierto, y una pequeña parte del terreno se estaba viniendo abajo.
-¡Aioros sal de…! –intentó advertir el peliazul. Tarde.
Instantes después, una nube de polvo invadía todo el lugar. Saga tosió un par de veces intentando respirar aire limpio mientras con su mano intentaba disipar el polvo frente a él. Se acercó lentamente al agujero que se había abierto donde segundos antes estaba apoyado el arquero.
-¿Aioros? ¿Estás bien? –preguntó asomándose. El polvo había comenzado a asentarse y finalmente su vista distinguía algo más. Unos metros más abajo distinguió la silueta del arquero tumbada boca arriba.- ¿Aioros?
-¡Sigo vivo! –exclamó el aludido, mientras seguía tendido en el sitió donde había caído. Saga esbozó una sonrisa y cuando finalmente pudo contemplar la expresión resignada de su amigo, dejó escapar una carcajada.- ¡Muy gracioso! –se quejó el otro.
-¡Te lo dije! ¡Un esperpento! Eso es lo que eres, Aioros. –El castaño distinguió la voz de Kanon ahí arriba y no tardo en verlo asomado junto a Saga.
-Al menos encontré la entrada… -replicó sentándose sobre la montaña de escombros donde había caído.
-Eso es cierto. –Respondió Saga aún riendo.- Como sea, ¡vamos Kanon! -el chico parecía dispuesto a saltar cuando su hermano sujetó su brazo sutilmente.
-Ya que Aioros esta ahí abajo… ¿No deberíamos asegurarnos de que no hay nada peligroso? –Saga lo miró seriamente, mientras alzaba una ceja. Tras unos segundos, esbozó una sonrisa burlona.
-¡Sabía que eras tú quien estaba aterrado! –exclamó. La expresión desencajada y ofendida de Kanon respondió por él.- Puedes quedarte con Nikos y Keitaro. ¡Yo pienso bajar!
-Pues si Kanon esta asustado, deberíamos irnos. –el eco de la voz de Aioros llegó hasta ellos.- Total, ya cumplimos con el reto.
-¡Exacto! –Se apresuró a contestar el menor de los gemelos.- Aioros puede ser un desastre, pero tiene algo dentro de la cabeza. –Instantáneamente, el arquero entrecerró los ojos con molestia.
-Eres un cobarde, Kanon.
Desde donde estaba, Aioros podía escuchar y ver la discusión a la perfección. Contempló como Saga se había cruzado de brazos a la vez que encaraba a su hermano con aquellas palabras tan provocadoras; y supo instantáneamente que el menor terminaría respondiendo y bajando ahí, antes de que se dieran cuenta. Sin embargo, un nuevo crujido llamó su atención hasta el punto de ignorar el duelo de respuestas mordaces de aquellos dos. Contempló su alrededor, y con curiosidad, descubrió como nuevamente, comenzaba a caer arena de arriba. Abrió los ojos de par en par al comprender.
-¡Saltad! ¡Se va a caer!
Dos miradas esmeralda se dirigieron a él rápidamente, justo en el momento en que la piedra bajo sus pies comenzaba a moverse ligeramente. De un rápido tirón, Kanon tomó la mano de Saga y tiró de él, saltando al interior de la fortaleza. Rodaron por la montaña de arena y escombros donde habían caído, hasta que Aioros les ayudó a levantarse, tirando de ellos y ayudándolos a escapar del desastre que estaba a punto de ocurrir. La entrada no tardó más de unos segundos en colapsar sobre si misma inundando todo de polvo una vez más. Después, solamente siguió un pesado silencio mientras tres pares de ojos desorbitados contemplaban lo que quedaba lo que había sido la única entrada que logrado encontrar: una pequeña rendija.
-Creo que con esto, hemos cumplido el reto definitivamente. –dijo Kanon, al escuchar las risas lejanas de lo que suponía eran Nikos y Keitaro.
-Idiota.
-Imbécil.
El gemelo menor, volteó a ver a sus dos acompañantes. Por algún motivo, parecía que su comentario no les había gustado lo más mínimo. Se encogió de hombros.
-Al menos no estamos a oscuras, entra luz por algún sitio. –Continuó aún con la severa mirada de los otros dos fija en él.- ¿Qué? ¿Por qué me miráis así? –Preguntó ante la intensidad de aquellos ojos.- Si entra luz, quiere decir que podemos salir por algún otro sitio a parte de ese.
Saga continuó mirándolo fijamente por un momento. En algunas ocasiones, la insistencia de Kanon era irritante. Mucho. Pero… ¡tenía razón! Relajó sus músculos y rápidamente echó a andar.
-¡¿A dónde vas? –Exclamó el arquero.- ¡No me dejes aquí con él! Es capaz de destruir Cabo Sunion entero sin darse cuenta.
-Gracias, Aioros. –replicó Kanon, inflando el pecho orgulloso. El castaño suspiró resignado. El gemelo menor no tenía remedio.
-Ya que estoy aquí, pienso ver lo que hay. ¡Luego buscaré una salida! –Contestó Saga finalmente.- Aunque si estáis asustados podéis quedaros aquí. –Los dos fruncieron el ceño y se pusieron en marcha.
-El genio primero. –dijo Kanon, mientras se hacía a un lado teatralmente y le dejaba paso a Saga.
-5-
-No esta. –murmuró Naiara con pesar mientras se dejaba caer junto a una columna.
-Entonces mejor volvemos. –Se apresuró a decir Deltha, ocultando lo mejor posible el miedo y la inquietud que le provocaba aquel lugar.
-Vuelve tú si quieres. –Deltha frunció el ceño ligeramente y se sentó junto a ella.
-Es la panatea… Seguro que si volvemos podrás ver a tu hermano en algún momento estos días. –Sus esfuerzos por consolarla eran sinceros, y sin embargo, sabía que no lo estaba consiguiendo.
Ambas llevaban en el Santuario mucho tiempo. Tanto, que Deltha ni siquiera tenía recuerdos de una vida fuera de allí que la doliera o la hiciera sentir sola. Tenía todo lo que necesitaba con Naiara a su lado y sabía que ambas se consideraban hermanas. Además tenían la buena suerte de tener una maestra como Axelle. Habían creado un vinculo entre ellas tan fuerte que la resultaba imposible imaginar que alguna vez no sería así. Pero para Naia no era igual. La tenía a ella, si, pero también tenía a Nikos; un hermano mayor al que adoraba pero que las leyes del Santuario no la permitían ver más que a escondidas. Y ella siempre había sido cómplice de esas aventuras que suponía encontrar al escurridizo aprendiz de plata. El problema era que esta vez se estaba complicando.
-Sabes que no podré verlo allí.
-Lo intentaremos.
-Te meterás en un lío si nos encuentran.
-También si nos encuentran aquí.
De pronto, la chiquilla de cabello azabache alzó el rostro y de un salto se puso en pie. Colocó las manos en la cintura y miró a Deltha nuevamente. Esta, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Conocía aquella actitud y sabía que nada bueno saldría de ella.
-Entonces será mejor que busquemos un sitio donde nadie nos encuentre. No quiero volver al Santuario ahora.
Observó a su amiga alejarse, mientras investigaba los alrededores y no pudo evitar suspirar nuevamente. De algún modo, Naiara parecía ser inmune al miedo que la sobrecogía a ella en algunas ocasiones. Y aquella era una de ellas. Se levantó rápidamente y se apresuró en seguirla, pues si bien aquel lugar la inquietaba, más lo hacía aún el hecho de imaginarse sola allí. No tardó en alcanzarla.
-No es un sitio muy interesante que digamos… -murmuró Deltha con la esperanza de hacerla cambiar de opinión.
-¿Te has fijado que hay algo parecido a escalones esculpidos en el acantilado? No sólo por donde hemos venido. –replicó la otra mirando fijamente a un lugar en especifico del acantilado que se extendía a sus pies.
-No… No me fije. –Lo dijo tan bajo, que tenía serias dudas de que su amiga la hubiera escuchado.- ¡Naia! ¡¿A dónde vas?
Sobresaltada, corrió tras Naiara, quien se afanaba por descender hasta un saliente unos metros más abajo saltando de escalón en escalón con sumo cuidado. Deltha la observó desde arriba, no demasiado convencida de poder seguirla por esa escalera, si es que podía llamársele así. Unos instantes después, su amiga había alcanzado definitivamente el saliente.
-¡Vamos Del! Baja con cuidado.
Deltha suspiró. Miró hacia atrás, a la impresionante silueta del Santuario y la seguridad que representaba cualquier cosa que no fuera el Cabo en aquellos momentos; y después volteó a ver a su amiga. Naia la observaba, animándola a descender y acompañarla en aquella improvisada aventura. Titubeante, Deltha se acercó un paso más al borde y colocó uno de sus pies en el primer escalón mientras se sujetaba al borde del acantilado con las manos. Lentamente empezó el descenso y al fin, Naiara le tendió su mano para ayudarla a saltar a donde ella estaba.
-¿Y ahora qué? –preguntó Deltha.
-Entraremos. –respondió Naiara mientras señalaba una entrada abierta en la roca.
-6-
-Tampoco es un sitio demasiado interesante. –Se quejó el castaño.- Es solo una fortaleza abandonada.
-Pero tiene un montón de habitaciones. –Indicó Kanon.- Es un escondite genial, ¿no creéis?
-Supongo que si… ¿Por qué no volvemos ya?
-Quizá el arquero tenga razón. –Murmuró el menor de los gemelos.- Si Zarek llega a enterarse de donde estuvimos… -Saga miró de uno a otro.
-Está bien. –dijo finalmente, aunque ninguno de los tres se movió de su sitio.
-¿A qué esperas? –preguntó Kanon parándose junto a su hermano.
-Pues…
De pronto, una voz se dejó escuchar en la fortaleza, apenas más fuerte que un eco lejano. Pero lo suficiente como para que los tres chiquillos dieran un respingo ante lo inesperado de aquel acontecimiento.
-¿Qué…? ¿Qué ha sido eso? –alcanzó a preguntar Aioros.
-¡Nikos tenía razón! –Saga alzó una ceja con curiosidad, dispuesto a escuchar la teoría que afirmase tal locura.- Dijo que este sitio estaba maldito. ¡Seguro que es la voz de una sirena! ¡Acabaremos hundiéndonos en el mar irremediablemente! -La cara de espanto del castaño al escucharlo, le dejó en claro a Saga que debía hacer algo.
-Deja de ser tan melodramático, Kanon. –el aludido rápidamente cambió su expresión por una más seria y ofendida.- Por muy cerca del mar y de Poseidón que estemos, seguimos en tierra firme. Aquí no hay sirenas. –Miró de uno a otro.- Os dije que alguien nos había seguido. Tiene que ser eso.
-¿Y qué propones? –preguntó con curiosidad su gemelo.
-¡Tenderlos una trampa! –exclamó orgulloso. Aioros alzó una ceja, no demasiado convencido.
-¿No sería mejor buscar la salida?
-No sería una mala idea. Pero… -Saga hizo una pausa.- En primer lugar, es casi imposible que consigamos salir por donde entramos. Y en segundo lugar… -Los dos lo miraban expectantes.- No se como volver ahí.
Si no se hubiera encontrado en una situación tan tensa como era aquella, Saga tenía muy claro que se hubiera reído irremediablemente. Las caras de espanto de su amigo y su hermano, acompañando a aquellos ojos desorbitados; le sirvieron de advertencia para pensárselo dos veces antes de reírse en su cara. Se aclaró la garganta.
-Les tenderemos una trampa y listo. –Una vez más aquella expresión de determinación tatuada en su rostro infantil.- Las voces vienen de allí. –Señaló al corredor que se perdía a su derecha.- Deberíamos rodear a los intrusos de algún modo y tomarlos por sorpresa. –Los otros dos lo miraban con seriedad y completamente atentos.- ¿Qué puede ser lo peor? En todo caso, nadie se acerca a este sitio. Seguro son Nikos y Keitaro. ¡Los sorprenderemos!
Aioros lo miró fijamente intentando descubrir algo más allá de aquella determinación. Solamente alcanzó a ver un brillo emocionado en aquellos ojos verdes ante la idea de pillar por sorpresa a aquel par. El castaño suspiró. Saga solía ser más tranquilo que Kanon habitualmente. No sabía si agradecer a los dioses que la idea hubiera sido del mayor, o echarse a temblar precisamente por ese mismo motivo. De algún modo, empezaba a comprender que los dos aprendices plateados y los gemelos habían emprendido una extraña competición en la que ninguno tenía intención de caer ante el otro. Al menos no otra vez. Saga estaba deseando cazar a aquel par.
-Está bien. –murmuró Kanon. Saga volteó a ver al castaño en busca de su respuesta. El arquero miró a sus ojos y asintió lentamente. No demasiado convencido de aquel asunto, pero no había otra opción.
-¡Pues en marcha! –Exclamó el mayor.- No habléis en voz alta a no ser que sea absolutamente necesario.
-¿Y cómo quieres que hablemos si no? –preguntó Kanon con marcada ironía. Su gemelo dibujo una enigmática sonrisa.
-Mediante el cosmos. –Kanon abrió los ojos de par en par.
-¡¿Desde cuando puedes hacer eso? –Saga se encogió de hombros.- En todo caso, podremos escucharte, pero no responderte.
-Aioros puede.
-¡¿Qué? –Exclamó el peliazul.- No es posible que Aioros...
-Puedo hacerlo. –esta vez, la voz del castaño se oyó claramente en su mente.
-Genial. –masculló molesto. ¡Él no había conseguido hacerlo aún!
-¡Vamos!
A regañadientes, siguió a su gemelo y a su amigo. Aquella noticia había despertado en el unas ganas inmensas de llevarle la contraría a Saga y decirle que prefería quedarse allí un rato más. ¡Podía mandar al demonio aquella estúpida aventura y aquel estúpido plan suyo! Sin embargo, a disgusto, se encontró siguiéndolo irremediablemente.
En esta ocasión los tres chiquillos habían conseguido mantener su sentido de la orientación alerta y con sigilo, habían conseguido avanzar de habitación en habitación hasta que las voces femeninas se hicieron más nítidas y cercanas.
-No parecen Nikos y Keitaro. –Aioros no le quitaba la vista de encima a la estancia que se abría poco más allá, de donde provenía el sonido. Saga frunció el ceño.
-No, definitivamente no lo parecen. –Murmuró levemente decepcionado.- Como sea, cuando se acerquen, saldré.
-7-
-¿No oíste algo? –preguntó Deltha titubeante.
-No, no oí nada. –Naiara se llevó las manos a la cintura y volteó a ver a su amiga.- En todo caso… ¡Eres una koree! Las korees no se asustan por un ruidito de nada.
-Pero…
-¡Pero nada! ¿No ves lo genial que es este sitio? –la fascinación en la voz de su amiga, la inquietó una vez más.
-No. –respondió. Naia dejó caer los hombros.- Es un lugar prohibido, tiene que haber una razón para eso. Estamos desobedeciendo ordenes del Gran Maestro y…
-Nadie va a enterarse.
-¿Pero y si lo hacen?
-¿Sabes qué? Regrésate tú sola. –Naiara se dio la vuelta y avanzó un par de metros, a sabiendas de lo que conseguiría con sus palabras.
-¿Qué? ¡¿Yo sola? –la voz de espanto de su amiga le resultó divertida por un momento. Deltha era terriblemente fácil de asustar en algunas ocasiones.
-¿Quieres relajarte? Nadie va a buscarnos aquí. Ni siquiera Axelle.
-¡¿Y si nos ocurre algo? ¿Quién va a rescatarnos?
-Suficiente drama por hoy, Del. Echaremos un vistazo y nos iremos, te lo prometo.
Contempló la máscara inexpresiva de su amiga, y aún así supo que Deltha lucía aquella expresión de cachorrito abandonado que era tan difícil de ignorar. Afortunadamente, por una vez le encontraba utilidad a aquel trozo de metal. Sabiendo que tenía la batalla perdida, Deltha asintió con pesar.
-Esta bien. –murmuró.
Sin embargo, antes de que ninguna de las dos tuviera oportunidad alguna de avanzar más que un par de pasos, una mano se aferró con fuerza a la muñeca de Deltha. Sintiendo como su corazón amenazaba con abandonar su pecho una vez más aquel día, la chiquilla gritó a pleno pulmón y comenzó a forcejear con su misterioso atacante, a la vez que cerraba sus ojos con todas sus fuerzas. Naiara se detuvo al instante y rápidamente volteó a ver a su amiga.
-¡Suéltame! –Gritó desesperadamente Deltha, mientras alcanzaba a escuchar una risita divertida que no pertenecía a su amiga.- ¡Suéltame!
-¡Suéltala! –Voceó la morena.
-¿Qué demonios hacéis aquí? -preguntó aún divertido el peliazul.- Solamente sois dos korees…
-¡Dije que la sueltes!
El chico no tuvo tiempo a mucho más, pues apenas dejó de escuchar los chillidos de la morena, lo que más tarde identificó como una piedra, impactó de llenó en su ceja izquierda, abriendo una minúscula pero profunda herida. Instintivamente, Saga soltó a la niña y se llevó la mano al golpe que comenzaba a sangrar profusamente.
-¿Qué demonios…? –masculló.
-¡Tú! -exclamó Naiara una vez más.- Se supone que eres uno de los doraditos, ¿verdad? ¿Qué rayos haces TÚ aquí? –el énfasis que la chiquilla puso en aquellas dos últimas palabras, sobresaltó ligeramente al geminiano.
-Podría preguntarte lo mismo, niña. –replicó.
-¡Eso no es asunto tuyo! –Resopló, y se acercó a su amiga, que intentaba ocultar sus sollozos de la mejor forma posible unos pasos más allá.- ¡Mira lo que hiciste! ¡La asustaste!
-¡No es problema mío! –Deltha encontró imposible ahogar sus lágrimas por más tiempo mientras los escuchaba discutir.
-¡Deja de lloriquear! –La niña se quedó perpleja al comprobar que tanto Saga como Naiara se habían volteado hacia ella al mismo tiempo y en perfecta sincronía, ambos habían gritado aquellas pocas palabras, que sonaban más a una orden que a otra cosa.
Mientras tanto, Kanon y Aioros observaban la escena desde la puerta por la que Saga había aparecido minutos antes. Estaban sorprendidos, perplejos, boquiabiertos. No solamente se habían encontrado con la sorpresa de que los intrusos habían resultado ser dos korees seguramente más pequeñas que ellos; sino que además, Saga había tenido algún que otro contratiempo con lo que a priori parecía un plan sencillo.
Por algún extraño motivo que ninguno de los dos comprendió, ambos intercambiaron una mirada y abandonaron su escondite. Entretanto, Saga había continuado discutiendo con aquella chiquilla, aunque ambos habían bajado su tono de voz.
Con cuidado de no asustarlas nuevamente y causar otro desastre, Aioros se acercó hasta Deltha.
-¿Estas bien? –La chiquilla se sobresaltó ligeramente.- Tranquila, venimos en son de paz. –Comprobó como Deltha miraba a Saga y Naiara con incredulidad al escuchar su comentario.- Aunque no lo parezca. –La niña se relajó.
-Estoy bien. Sólo me asusté un poco.
-¡Tú! ¡Aléjate de ella! –exclamó Naia al reparar en la cercanía del aprendiz dorado con la que consideraba su hermana.
-Tranquila, yo solo… -intentó defenderse el castaño con las manos en alto.
-¡No le grites! –Gruñó Saga.- Solamente intenta ser amable con ella.
-¿Sabes? –Naiara se acercó a él sin ningún miedo.- Vosotros los doraditos os creéis muy especiales. –dijo finalmente golpeando con su dedo en el pecho del chico repetidamente.
Kanon, que hasta entonces se había mantenido al margen; decidió que era hora de hacer algo y solucionar aquella situación tan irritante. Así que, antes de darle la oportunidad a su hermano de replicar algo a la provocación de la chiquilla, intervino.
-Siento interrumpir, pero… Han pasado horas desde que entramos, por increíble que parezca esta anocheciendo, no hemos comido… y tengo hambre. ¿Alguien ha pensado en salir de aquí de una vez?
-¡Por supuesto que si! –Kanon entrecerró los ojos al escuchar la respuesta. De nueva cuenta, la mocosa y su hermano se las habían ingeniado para responder lo mismo al unísono.
-Estamos perdidos, ¿verdad? –el pesar en la voz de Deltha era más que evidente.
-¡Yo no dije eso! –exclamó Saga ofendido. Kanon y Aioros suspiraron.
-Si, lo estamos. –murmuró el castaño.
-¡Dime que tú sabes como volver! –Rogó la niña a su amiga.- Yo también tengo hambre.
-¡Claro que se! Pero dejemos que lo haga el doradito. –respondió volteando a ver a Saga una vez más. El chico entornó los ojos con fastidio.
-Pues entonces andando, porque no pienso esperar por vosotras. –Naiara dejó escapar una risita suave a través de su máscara que únicamente consiguió irritar un poquito más al peliazul.
Una vez más, la expedición se puso en marcha con un par de integrantes añadidos. Por extraño que resultase el asunto, lo hicieron en un sepulcral silencio, mientras que Aioros y Kanon no le quitaban la vista de encima a Saga y su ceño fruncido.
-Estamos perdidos, admítelo, genio. –murmuró Kanon.
-No lo estamos, sólo estoy cansado y quizá un poco confundido.
-Quizá fue el golpe en la cabeza. –Interrumpió Deltha por primera vez.- Ten. Estas sangrando mucho. –La niña se desabrochó la cinta que llevaba prendida a la cintura y poniéndose de puntillas, acertó a apretárselo en la frente.
-Gracias. –la mirada de confusión de Saga se hizo más que evidente.
-Como sea, sobrevivirá. –Masculló su hermano.- Pero hemos pasado por aquí al menos tres veces y seguimos como al principio.
-Fue gracias a ti que llegamos aquí en primer lugar, Kanon, así que si no vas a ayudar, sólo cállate. –internamente, Saga agradeció la intervención de Aioros.
-Así que… -El tono de voz que Naiara había en empleado en ese par de palabras, alertó a sus acompañantes.- ¡El doradito se ha perdido de verdad! –Saga resopló.- No me explicó que tenéis de especiales…
-¿Puedes dejar de llamarme "doradito"? Tengo un nombre, ¿sabes?
-Lo siento, pero no soy adivina.
-Saga, me llamo Saga. –espetó después de ahogar un nuevo gruñido. La chica pareció pensar sobre si aquel nombre le hacía justicia o no.
-No, definitivamente te va mejor doradito. –el peliazul hizo un verdadero esfuerzo por controlar su creciente mal humor. Así que trató por todos los medios de ignorarla y seguir con su camino.
Poco a poco, la noche se acercaba y la falta evidente de luz empezaba a complicar las cosas ahí abajo. Tenía que encontrar un modo de salir de ahí ignorando los quejidos de su estómago o se vería en la penosa situación de tener que pedir ayuda. Y aquella era la última opción en la que pensaba en aquellos momentos.
De pronto se detuvo pensativo.
-Dime algo, niñita. –volteó hacía Naia.- ¿Por dónde entrasteis?
-Nos perdimos, ¿te dice algo eso doradito? –Saga entrecerró los ojos una vez más.
-Por una entrada en un saliente del acantilado, había algo parecido a unos escalones que llevaban a la parte de arriba. –se apresuró a decir Deltha.- Y se llama Naiara, aunque suelo llamarla Naia.
-¡Deltha! –la reprendió la aludida.
-¿Qué? Si morimos en el intento y alguno de ellos sobrevive, al menos sabrán nuestros nombres. –Naiara suspiró, ahí estaba otra vez el dramatismo.
-¿Ese es tú nombre? ¿Deltha? –preguntó el peliazul dispuesto a ignorar en todo lo posible a la otra. La niña asintió.- Es lindo.
-Gracias… -respondió tímidamente, sonrojándose en secreto tras la máscara. Naiara no pudo evitar esbozar una expresión de disgusto ante el halago, y molesta, se cruzó de brazos.
-Él es Aioros, y él mi hermano Kanon. –los aludidos asintieron a modo de saludo ante aquella tardía presentación. Instantes después de una incomoda pausa, escuchó al arquero en su mente.
-¡Piensa algo! –Saga entrecerró los ojos nuevamente.
-Tenemos que encontrar la salida de la que ellas hablan. Después de que nuestra entrada se hiciera pedazos, quedó inservible. –Se asomó al hueco que servía de ventanal en aquella estancia y a lo lejos, observó como las luces del Santuario tomaban forma.- ¿Entrasteis por el lado de la playa? –Deltha asintió.- Bien, eso quiere decir que tenemos que buscar por los corredores de este lado de la fortaleza, así que… ¡andando!
Los chiquillos se pusieron en marcha una vez más, dejando a las dos niñas unos pasos atrás, aunque ninguna de las dos le quitó la vista de encima a cualquiera de ellos. Si bien Naiara no lo admitiría jamás, ellos eran el único medio que tenían de salir de allí en aquellos momentos. Pero no la gustaba la opción. Nikos la había advertido en alguna ocasión de cuidarse de los aprendices dorados.
-¿Estas molesta? –preguntó en apenas un susurró Deltha.- No hablas conmigo.
-Ve y habla con tus nuevos amigos, los raritos. –espetó molesta. Deltha frunció el ceño tras la máscara.
-No creo que sean raros. Me parecen adorables.
-Son gemelos, son raros.
-No veo que hay de malo en ello.
-Como sea. –bufó la otra.
-¡Naia, no te molestes conmigo! Si quieres puedes quedarte con el doradito adorable para ti sola… -Su amiga se detuvo en seco.- Además, tiene el pelo suave.
-¿Qué te hace pensar que me interesa el chico raro?
-¿Es lindo? –Deltha se encogió de hombros y Naiara bufó nuevamente acelerando el paso.
-¡Voilá! –Las dos voltearon a ver a Saga, que de improviso y con expresión triunfal señalaba la salida que tanto les había costado encontrar.
Emocionados, los chicos comenzaron el ascenso por la sinuosa escalera del acantilado. Si a Deltha le pareció difícil descender por ella, no tenía palabras para explicar lo que la estaba resultando subir. Al menos, Aioros le había tendido la mano al colocarse a su par, y con cuidado la ayudaba en la escalada, pues aunque los escalones de piedra estaban desgastados y destartalados, había espacio de sobra para los dos.
Cuando le tocó el turno a Naiara, se negó en rotundo a recibir cualquier tipo de ayuda y en su terquedad, se propuso internamente el llegar arriba ella sola. Sin embargo, la chiquilla permanecía demasiado absorta en sus pensamientos y en un despiste su pie izquierdo perdió el apoyo en la piedra resbaladiza. Antes de que la diera tiempo a reaccionar, una mano que ni siquiera supo de donde había salido la sujetó. Ella sólo atinó a dejar escapar un grito ahogado. Cuando finalmente abrió los ojos que había cerrado inconscientemente, la mirada esmeralda de Saga la contemplaba con curiosidad. No la preguntó nada. Solamente la ayudo a recuperar el apoyo y siguió con su camino cerca de ella.
Una vez arriba, la chiquilla trató por todos los medios de evitar aquellos ojos, porque aunque no lo quisiera, por un momento había cuestionado la palabra de su hermano. Si aquellos chicos no eran de fiar… ¿Por qué la había ayudado? Se sentó en el suelo, tratando de recuperarse ligeramente de la impresión mientras Deltha se dejaba caer a su lado.
-¡Hora de disfrutar de la panatea, Aioros! –exclamó Kanon, aliviado al fin de que aquella aventura hubiera terminado. El arquero le devolvió una sonrisa y en silencio, los tres emprendieron el camino de vuelta.
-¡Alto ahí! –exclamó Naiara, deteniendo su marcha.- ¿Cómo sabemos que no nos acusareis de estar aquí?
-¿Cómo sabemos que no lo haréis vosotras? -replicó Kanon. Naiara permaneció unos momentos pensativa.
-Nosotras no diremos nada, si vosotros prometéis por vuestro honor de futuros santos dorados, que no contareis nada de lo sucedido a nadie. –Los tres chicos intercambiaron una rápida mirada.
-Hecho. –respondió Aioros. Las dos niñas asintieron y observaron como se alejaban.
-Naia… ¿no crees que está muy oscuro? –Naiara volteó a ver a su amiga, y aunque irritada por la pregunta, comprobó que la niña estaba en lo cierto. Suspiró apenada.
-¡Oye! –Gritó.- ¡Esperadnos!
- Continuará…-
NdA:
Saga: ¡Mi ceja! ¡Maldita sea! ¿Cuándo me permitiréis salir ileso de un capítulo? u_u
Dama: ¡Nunca! Muajaja
Saga: Pues esto va a dejarme cicatriz.
Kanon: Ya puedo imaginar a alguien preguntando que tipo malvado te dejo esa marca en que guerra.
Aioros: Y la respuesta será… Fue con una piedra. Una niña.
Kanon: Ahí va toda la gloria y genialidad xD
Saga: Ja. Ja. Ja. ¡Qué graciosos! ¬¬' Al menos yo no pasé la mitad del capítulo aterrorizado como OTROS…
Sunrise: Para ser santos dorados son un poco... raritos ¬¬
Dama: No seas dura con ellos, mira que es su primera actuación frente a un par de féminas.
Kanon: Ahora entiendo porque nadie las quiere... a las amazonas digo (A)
Sunrise: ¡Suficiente! Besos, abrazos y proposiciones indecorosas para Saga y sus Raritos en el botoncito de abajo ^^
Dama: Reply a Loly-chan en nuestro perfil.
Sunrise: ¡Corto y cierro!
