Capítulo 7: Encuentros inesperados
Aún frotándose los ojos, el mayor de los gemelos avanzó lentamente hasta la cocina del tercer templo. A su lado, igual de silencioso y ahogando un bostezo, caminaba Kanon casi arrastrando los pies. El modo tan poco amigable y sutil con el que Zarek los había despertado aquella mañana, había sido suficiente para que ambos hermanos salieran de la cama prácticamente de un salto. Con pesar, cayeron en la cuenta de que la panatea había finalizado la noche anterior y desafortunadamente, la tranquilidad y diversión de la que había disfrutado aquellos días también. Era hora de retomar la rutina.
-Todavía es demasiado pronto… -murmuró Kanon.- Zarek ni siquiera había llegado al templo cuando nos acostamos. ¿Cómo es que ya está despierto? –Saga se encogió de hombros.
-Es un Santo Dorado. –susurró como única respuesta. Su hermano suspiró apesadumbrado.
Sin embargo, una voz prácticamente desconocida para ellos llegó hasta sus oídos. Al parecer, su maestro no estaba solo. Los dos niños intercambiaron una mirada curiosa y con sigilo avanzaron por el pasillo, hasta que finalmente el amplio salón de la vivienda se abrió ante ellos. Casi instintivamente, los hermanos se quedaron clavados en sus sitios cuando sus ojos verdes repararon en la identidad del invitado. La armadura dorada que lo cubría era una que no veían a menudo, pues aquel tipo pasaba el menos tiempo posible en el Santuario, y a pesar de ello, la tiara que enmarcaba su rostro lo delataba. Su alborotado cabello rizado, tan rubio que podía considerarse casi blanco, se enredaba con las largas y afiladas patas del cangrejo dorado.
-Han crecido. –masculló con voz ronca y marcado acento alemán al reparar en ellos. Zarek los observó apenas de reojo y asintió. El de Cáncer volteó a ver a su acompañante con una sonrisa escalofriante en el rostro.- Una lástima que no pueda quedarme para contemplar con mis propios ojos sus... avances. –Le dio una profunda calada al cigarrillo que sujetaba entre sus dedos sin quitarles la vista de encima.
-Cuando vuelvas de Alemania quizá puedan hacer algo medianamente decente… -murmuró el turco. Athan amplió su retorcida sonrisa.
-Probablemente. Será un placer comprobar por mi mismo lo que puedan hacer en ese momento. ¿No crees? –El pelirrojo sonrío, y aunque Saga y Kanon no podían ver su expresión, un escalofrío recorrió sus cuerpos al escuchar aquellas palabras.- Aunque… ¿Quién sabe? Quizá para ese momento yo mismo tenga un mocoso del que encargarme y me amargue la fiesta…
-Mataría por contemplar ese momento. –replicó Zarek. Mas, al percatarse de que los chiquillos seguían ahí, con aquella mirada que irradiaba una mezcla de fascinación e impresión por la presencia de Athan, habló.- ¿Qué miráis con tanta emoción? –Espetó.- ¿No pensáis desayunar?
Ligeramente sobresaltados, los gemelos asintieron rápidamente y volteando sobre sus talones, se encaminaron a la cocina. En silencio, apuraron un vaso de leche sin apenas respirar y un par de segundos después, abandonaron la estancia con un koulouri en sus manos igual de sigilosos que como habían llegado. Sin embargo, cuando la voz fría de su maestro resonó a sus espaldas, toda esperanza de irse pasando desapercibidos se esfumó.
-Si por alguna extraña e inesperada casualidad, llega a mis oídos que volvéis a meteros en problemas o a causar algún desastre… Tendremos que hablar.
Ninguno de los dos había volteado a verlo, pero ambos sabían de sobra que aquellas tres últimas palabras traían implícito un significado mucho más… alarmante.
Con sus ojos grises clavados en la espalda de los niños, el turco los observó asentir sutilmente una vez más para después alejarse a toda prisa por los corredores del templo; en busca de la anhelada libertad que suponía deshacerse de él por unas horas. Aunque solamente fuera para escuchar las soporíferas clases del viejo Patriarca.
-Me duele admitir esto. –Zarek volteó a ver al alemán.- Pero Orestes tenía razón.
El Santo de Géminis lo miró a los ojos, con aquella frialdad que despedía su mirada carente de toda emoción. Totalmente serio lo contempló por unos segundos, meditando exactamente el significado de aquellas palabras.
-No me mires así. –Se defendió alzando las manos el de Cáncer. Zarek alzó una ceja animándolo a continuar.- Sabes que comparto las mismas ideas que tú, incluso podría decirse que soy un poquito más… radical. Si tú tienes poco en común con él, yo tengo menos aún. –El geminiano, le dio un sorbo al café que hacía tiempo había enfriado.- Pero el arquero estaba en lo cierto al decir que los mocosos cambian radicalmente al estar en tu presencia.
-¿Y eso te parece una desventaja? –replicó sin quitarle la vista de encima. Athan esbozó una nueva y retorcida sonrisa.
-Al contrario. –Zarek imitó el gesto.- El miedo que provocas en los gemelos esta resultando mucho más útil y fructífero de lo que cualquiera hubiera podido pensar en un inicio, dada su situación tan… privilegiada con el Maestro. –Al turco no se le escapó la pizca de desdén marcada en su voz.- Es curioso como el pánico puede hacer que un ser humano se comporte de un modo totalmente diferente; consiguiendo cosas, en algunas ocasiones, imposibles de lograr de otro modo. Las situaciones extremas sacan lo mejor de uno…
-Si. Pero no es sólo eso. –murmuró el otro.
-Es la dualidad. –Zarek amplió aún más su sonrisa.- Apuesto a que Saga y Kanon no tienen nada de asustadizos y silenciosos cuando están lejos de ti. –El turco asintió.
-Orestes me tomó por ingenuo. –Tras una pausa, continuó.- Pero en realidad, no he dejado de observarlos un solo segundo mientras he estado en el Santuario. Es curioso lo que se descubre desde las sombras, y ellos no son un caso diferente.
-¿Y bien? –respondió esperando una aclaración a aquello.
-Los Géminis somos sin lugar a dudas los más complejos de los doce signos. Inconscientemente están aprendiendo a manejar sus emociones, pasando de sentir un terror insoportable a lucir una seguridad en si mismos avasalladora.
-Si, pero eso es algo común a los doce. Es orgullo. –Zarek negó.
-Te equivocas. Los doce somos soberbios actores capaces de controlar y esconder emociones; mostrando únicamente lo que nos interesa que se vea. –Clavó sus ojos en aquella mirada azul una vez más.- No me gustan los mocosos, pero quiero que lleguen vivos al combate por la armadura. Lo que pase después realmente me trae sin cuidado. Pero para llegar ahí necesitan controlar los sentimientos cruzados que tiran de su alma en sentidos opuestos, esa es la verdadera dualidad de Géminis y el verdadero reto que supone aspirar a esta armadura. Manejar todas esas emociones a su antojo y conveniencia. Si lo hacen, amigo mío… tendrán una cualidad más potente y peligrosa que cualquier técnica que nadie pueda enseñarlos.
-Los Géminis sois unos malditos manipuladores. –masculló el de Cáncer apagando el cigarrillo y dejando escapar una carcajada ronca.
-2-
-¡Buenos días, Raissa! –exclamó Kanon al percatarse de la presencia de la doncella en el jardín del templo papal. La joven alzó el rostro y contempló al par de hermanos acercarse.
-Llegáis pronto. –replicó con una sonrisa dulce estampada en su rostro.
Como toda respuesta Kanon se encogió de hombros mientras se acercaba hasta ella y se sentaba a su lado en el banco de piedra sin quitarle la vista de encima al pequeño pelilila que jugueteaba entre sus brazos. Saga, sin embargo, se había dejado caer en el suelo, y sonriente no dejaba de ver y escuchar las palabras ininteligibles que escapan de los labios de Aioria, que jugaba frente a él.
-No entiendo nada de lo que dice. –murmuró divertido, con el ceño ligeramente fruncido.
El pequeño león entrecerró los ojos mirando al gemelo mayor, como si hubiera entendido sus quejas. Con trabajo, logró levantarse y con pasos ligeramente tambaleantes se acercó a él. Una vez estuvo lo suficiente cerca, Aioria continuó con su balbuceo mientras jugaba con un mechón azul del cabello del mayor, dejando escapar divertidas risitas de vez en cuando.
-Aún debes estar medio dormido, Saga. –la conocida voz del futuro arquero resonó a sus espaldas. Al reconocer la voz, Aioria volteó hacía él y corrió a su encuentro, olvidándose de su anterior juego; hasta aferrarse con fuerza a sus piernas. El mayor revolvió su pelo rubio.- Claramente estaba diciendo que con el pelo largo pareces una niñita.
Saga lo miró fijamente, sin esbozar un sólo gesto que delatase lo realmente ofendido que se sentía por aquel comentario estúpido. Imaginaba que al no escuchar a Kanon reír la gracia a sus espaldas, su hermano se sentía igual de ofendido que él. "O al menos debería hacerlo." Pensó. Permaneció así, impasible, unos segundos más hasta conseguir que el arquero dejara escapar una risa nerviosa y mirara rápidamente hacia otro lugar, mientras se llevaba una mano a la nuca inconscientemente. ¡Era tan fácil ponerlo nervioso!
-Bueno… -murmuró el castaño aclarándose la garganta.- Y… ¿el Maestro? -preguntó intentando romper aquel amenazador silencio que su amigo había impuesto. Pero el chico no contestó. Aioros suspiró y dejando caer sus hombros derrotado, continuó.- Era broma.
-En el supuesto caso de que tu broma hubiera tenido gracia, debes saber dos cosas. –Replicó finalmente el peliazul poniéndose de pie.- Una: los héroes griegos y guerreros clásicos llevan melena. Eso te convierte a ti en el raro. Dos: contrario a lo que podáis creer, no tengo todas las respuestas a los enigmas de este mundo. Así que el paradero y ocupación de Shion en estos momentos, me resultan desconocidos.
-Alguien se levantó por el lado dramático y sensible de la cama esta mañana… -murmuró el castaño.
-Como sea. –Kanon interrumpió por primera vez.- Tengo una idea brillante para pasar el rato hasta que el viejo llegue. –Aioros y Saga alzaron una ceja al unísono, temiéndose lo peor. Al notarlo, Kanon frunció el ceño ofendido.- Tranquilos, viviréis.
-¿Y bien? –lo animó su hermano.
-Jugaremos a escondidillas con los dos enanos hasta que Shion llegue. ¡A Mu y Aioria les encanta ese juego!
-No mientas. Es a ti al que le gusta. –Aclaró Saga. Kanon lo miró con los ojos entrecerrados.- Pero no es una mala idea. –el menor sonrió.
-¡Bien! ¡A la de tres nos esconderemos, enanos! Aioros nos buscará. –exclamó.
-¡¿Yo? ¿Por qué yo y no tú? –protestó el futuro arquero cruzándose de brazos.
-Porque yo propuse la idea, Saga me apoyó y Mu y Aioria son demasiado pequeños. –la respuesta de Kanon no tranquilizó a Aioros.- Eres el candidato perfecto para el puesto. ¡Y además te servirá para entrenar tus reflejos! Sin mencionar que es el castigo perfecto por meterte con nuestro corte de pelo.
-Pero…
-¡Y no vale usar el cosmos! –intervino el mayor de los hermanos.
-Venga Aioros, tápate los ojos.
Resignado, el aprendiz de Sagitario suspiró y se encaminó al lugar que solían utilizar para contar en aquellos casos. Sabía que tenía la batalla perdida con Kanon y que había poco que pudiera a hacer para evitar aquel cruel destino que se presentaba ante él aquella mañana. No habría modo posible de ser él quien tuviera oportunidad de esconderse. Así que, con parsimonia se tapó los ojos y afinó los oídos, intentando buscar alguna pista que le indicara la dirección que sus amigos habían tomado.
Suspiró una vez más. Los gemelos no dejarían rastro; no cometerían un error tan estúpido como ese. Apesadumbrado, comenzó a contar, escuchando únicamente las risitas lejanas e infantiles de Aioria y Mu buscando un escondite.
-3-
-¡Saga!
Kanon intentó llamar a su hermano sin levantar demasiado la voz para no delatar su posición. Frunció el ceño y se maldijo a si mismo por no saber utilizar su cosmos del modo en que lo hacían Saga y Aioros. Miró a su alrededor vigilando que nadie lo viera, y de un salto descendió del árbol al que se había encaramado. Cogió una pequeña piedra blanquecina de las miles que formaban el suelo de grava del jardín, y afinando la puntería la tiró a los pies de su hermano, captando su atención instantáneamente.
-¿Qué pasa? –preguntó usando su cosmos, sin quitarle un ojo de encima a Mu que estaba escondido un par de metros más allá. Kanon masculló una maldición al escuchar aquella voz en su cabeza.
-¿Y Aioria?
La expresión de confusión en el rostro de su hermano le hizo temer lo peor. Saga paseó su mirada por toda la extensión del jardín, intentando encontrar o escuchar algún rastro del pequeño león. Su esfuerzo fue inútil.
-¡Se supone que tenías que vigilarlo tú! –masculló Saga. Kanon estuvo dispuesto a replicar algo en su defensa, pero la sorpresa de escuchar a su hermano hablar en voz alta segundos después lo acalló.- ¡Mu! ¡Baja de ahí!
Kanon ahogó una carcajada cuando contempló la escena ante él. Saga abandonó en un abrir y cerrar de ojos su escondite en su intentó por evitar un accidente con el pequeño ariano que ausente a la preocupación de los otros, intentaba afanosamente encontrar un modo para encaramarse a la cuadriga del viejo Aquiles.
-¡No puedes subir ahí! –exclamó el peliazul cuando finalmente lo sujetó, evitando la temeraria escalada del más pequeño.
-¿Uh? –Al sentir las manos de Saga sujetándolo, Mu abrió sus enormes ojos verdes y dejó escapar una infantil risita divertida, alzando sus manitas para agarrarse al mayor; que suspiró aliviado.
-Desde luego que hoy no es tu día. –la voz de Aioros a sus espaldas hizo que Saga voltease los ojos con fastidio.- En serio, ¿pretendías subirte a Aquiles de nuevo? –el peliazul giró mientras se soplaba el flequillo en un intento por apartarlo de sus ojos. Y allí estaba, el arquero hinchando el pecho orgulloso por haberlo encontrado a la primera, con los brazos en jarras.
-Muy gracioso Aioros, muy gracioso. –murmuró asegurándose de que Mu no soltara su mano.
-Pues lamento decirte que te tocara buscarnos a ti en la siguiente partida. –Saga se pensó muy bien las siguientes palabras que iba a pronunciar.
-Ya veremos… -dijo aclarándose la garganta.- ¿Has encontrado a alguien más? –Aioros negó.
-No. Pero sólo tengo que encontrar a Aioria y por tanto, será cuestión de segundos que encuentre a Kanon. –el arquero dibujó una expresión de triunfo tal, que un escalofrío recorrió la espalda de Saga.
-Ah… -fue la única respuesta del mayor. Aioros alzó una ceja con curiosidad.
-¿Pasa algo?
-¡No! ¡No! –se apresuró a contestar el otro.
-Bueno, como sea. –Continuó el castaño aún mirándolo con sospecha.- Iré por Kanon.
-Aja. –Murmuró el peliazul, observando a su amigo oteando el jardín en busca de alguna pista.- Yo en tu lugar echaría un ojo tras el sauce llorón.
Desde su lugar percibió como Aioros se sobresaltó ligeramente ante el contacto de sus dos mentes. Rápidamente, el castaño volteó a verlo con los ojos entrecerrados; gesto que le dejó en claro al peliazul que no deseaba ningún tipo de ayuda. Así que Saga se encogió de hombros, dibujando en su rostro una fingida expresión de inocencia. Deliberadamente, el arquero había tomado la dirección opuesta que él le había… "sugerido". Así que al geminiano, no le quedó más remedio que acomodarse en uno de los bancos del jardín; vigilando que Mu no se fuera a ningún lado lejos de su alcance y observando los movimientos e intentos infructíferos de Aioros por encontrar a Kanon.
Finalmente, el arquero pareció darse por vencido, y dejó caer sus hombros ligeramente. Así que resignado, y evitando mirar a Saga a toda costa; pues sabía que en su rostro estaría estampada una sonrisa de burla, se dio la vuelta y se dirigió exactamente al lugar que le había dicho en primer lugar. Y efectivamente, el gemelo mayor tenía razón. Como siempre.
-Estás pillado, Kanon. –sentenció Aioros cruzándose de brazos a la vez que se plantaba frente al peliazul.
-Si llegas a tardar más, me hubiera dormido. –El arquero entrecerró los ojos.
-Hubiera preferido un "felicidades". ¿Siempre tienes que quedar por encima? –Masculló. Al no recibir respuesta continuó.- No tienes remedio. - Pero el chico solamente amplió su sonrisa.- ¿Dónde está Aioria?
Ligeramente nervioso, el peliazul miró sobre el hombro de Aioros, en busca de los ojos verdes de su hermano y de una excusa ingeniosa para aquella comprometida respuesta. Desafortunadamente, Saga parecía no tener una solución a aquel problema.
-Pues… esa es una excelente pregunta. Porque… -Definitivamente, tendría que improvisar.- ¿Sabes qué? –Aioros negó suavemente sin quitarle la vista de encima.- ¡El gatito se hace mayor! –El castaño alzó una ceja sin comprender nada.
-Ze fue.
Simultáneamente, los tres mayores voltearon hacia Mu, que aún tomaba la mano de Saga y parecía no tener ninguna intención de soltarla. Kanon volteó los ojos irritado. ¿Cómo era posible que los dos enanos no atinaran a pronunciar dos palabras seguidas medianamente inteligibles y de pronto decidieran hacerlo ahora? ¡Maldita su suerte y su don de la oportunidad!
-¿Se fue? –balbuceó Aioros llevando sus ojos azules de uno de los gemelos al otro.- ¡¿Cómo que se fue? ¡¿A dónde?
-A ningún lado. –Replicó Kanon con tranquilidad.- Solamente está jugando.
-¡¿Habéis perdido a Aioria? –Exclamó agitando nerviosamente las manos, y volteando a ver al mayor continuó.- ¡No has podido dejar que se pierda, Saga!
-Técnicamente, yo estaba con Mu y…
-¡¿Y qué? ¡Mi hermanito se perdió! ¡Y es vuestra culpa! –El arquero no desvió la mirada de sus ojos un solo instante.
-Lo siento. –murmuró el mayor mirando hacia otro lado por un momento.
-¿Podríais, par de princesas, dejar de discutir? Quizá si buscamos a Aioria lo encontremos pronto. No pudo ir muy lejos…
Farfullando un par de palabras ininteligibles, Aioros se dio la vuelta e hizo exactamente como Kanon había sugerido. Nervioso, comenzó de nuevo a buscar por todo aquel inmenso jardín que se escondía en el rincón más profundo del Templo Papal. Sin soltar a Mu, Saga empezó la búsqueda por otro lado, mientras su hermano hacía lo propio.
Escudriñaron cada rincón de aquel inmenso patio con ahínco durante minutos que se hicieron tan largos como horas. Finalmente, con una mezcla de frustración y congoja; Aioros se sentó en un rincón. Intentando despejar su mente por unos segundos para al menos recuperar fuerzas. En realidad, nada malo podía pasarle a Aioria allí… ¡Pero se había perdido! Y aunque había culpado en un arranque de furia a sus amigos, en su fuero interno sabía que solamente él era el responsable de lo que le ocurriera. Como hermano mayor, era su responsabilidad.
-Aio tiste…
La vocecilla dulce que balbuceó con esfuerzo aquellas palabras, sonó tan cercana que lo sacó de golpe de su concentración. Miró a su derecha, y allí, Mu se había sentado a su lado, y con su pequeña y pálida mano acariciaba la suya en un intento por consolarlo. Aioros no pudo evitar sonreír, atrayendo al chiquillo hacia él y revolviendo su fino y suave cabello lila. No tardó en sentir la presencia de Saga a su otro lado. El peliazul agachó el rostro.
-Te prometo que lo encontraremos. –murmuró.
-Me temo que eso que ansiáis encontrar tendrá que esperar hasta después de vuestras clases. El Maestro os está esperando.
El tono de voz de Arles pareció atronar todo el lugar. Inmediatamente, los chicos voltearon hacia él. Sin embargo, a la mano derecha del Maestro, no le pasaron desapercibidas las expresiones de pesar en aquellos rostros. Frunció ligeramente el ceño, confundido, y finalmente se decidió a preguntar que era aquello que preocupaba tanto a Saga y Aioros.
-¿Qué ocurre?
-Pues… -comenzó el arquero.
-He perdido a Aioria. –murmuró Saga, pateando un par de piedras del suelo. Arles alzó una ceja.
-¡¿Cómo es eso?
-En realidad, no lo ha perdido. –Kanon llegó rápidamente hasta ellos, alertado por la presencia del santo del Altar; haciendo especial hincapié en dejar claro que no había un solo culpable para aquello.- Estábamos jugando a escondidillas. Técnicamente no sabe que dejamos de jugar.
-¡Pero no conseguimos encontrarlo! –Exclamó Aioros poniéndose en pie y quitándose una lágrima traicionera de los ojos con el dorso de la mano.- ¡¿Cómo vamos a cuidar de toda la humanidad si no podemos cuidar de un niño entre los tres? ¡Seremos unos santos pésimos! –continuó mientras se cruzaba de brazos.
-Bueno, hagamos algo. –Dijo Arles tomando en brazos a Mu.- Yo me llevó a Mu con Raissa y el Maestro, y volveré para ayudaros a buscarlo. ¿De acuerdo?
-¡Trato hecho! –Exclamó Kanon.– Nadie puede ganarnos a este juego. –Todas las miradas cayeron sobre él, pero las ignoró. Con los brazos en jarras y con toda la frescura que lo caracterizaba, volteó hacía Aioros.- Además, no hay de que preocuparse. Sino lo encontramos, te regalaré a Saga.
El arquero, se vio obligado a dejar escapar una pequeña carcajada ante la ocurrencia del geminiano y la evidente cara de disgusto de Saga; antes de retomar la busca del león desaparecido.
-4-
Apenas dejó a Mu en brazos de la doncella, Arles se puso en marcha. No podía quitarse de la cabeza los rostros tristes de aquel par y la siempre despreocupada expresión de Kanon en su intento por aligerar el ambiente. La cuestión era que aunque los niños podían ser un completo desastre, se preocupaban mucho por los dos más pequeños e imaginaba, que aquel mal rato tardaría en pasarse para ellos.
Encendiendo su cosmos ligeramente, escudriñó las cercanías del jardín. Aioria era demasiado pequeño como haber llegado muy lejos desde que los chicos lo vieran por última vez. Y a decir verdad, que se hubiera escabullido por el templo sin que nadie lo viera: guardias, doncellas y santos; era una posibilidad casi remota. Sin embargo, el tiempo y la experiencia con los gemelos le habían enseñado que existen pocas cosas imposibles para un niño curioso.
Esbozó una sonrisa cuando finalmente encontró el aura del chiquillo y comprendió que aunque los niños hubieran intentado encontrarlo de aquel modo, el cosmos de Aioria apenas podía distinguirse y menos aún, unos chicos inexpertos. Así que, con rapidez, avanzó por los corredores que llevaban a la parte frontal del templo, y cuando la luz del sol amenazaba con incidir de lleno en sus ojos marrones, lo encontró.
Aioria se las había ingeniado para llegar hasta allí solo, contra todo pronóstico. Y su espíritu aventurero lo estaba llevando directamente fuera del templo. De no ser por una de las doncellas que lo alcanzó en el preciso instante en que correteando se acercó a lo alto de la escalinata; se hubieran llevado un buen susto de verdad.
-¡Aioria! –llamó el santo. El pequeño rubio se revolvió en los brazos de la joven y lo buscó con su mirada esmeralda.
-No tengo la menor idea de como llegó hasta aquí él solo, señor. –intentó disculparse la doncella.
-No te preocupes. Yo me encargaré a partir de ahora. –Dejando al niño en brazos del santo del Altar, la chica sonrió.- Muchas gracias.
-No hay por qué. –Y reemprendiendo su camino, exclamó.- ¡Y pensar que esto parecía haber recobrado un poco de paz cuando los gemelos se marcharon! –Arles, sonrió mientras la veía marchar.
Una vez que su silueta se perdió al doblar la esquina, él mismo giró sobre sus talones, dispuesto a llevar al pequeño felino que se entretenía tirando de un mechón de su largo cabello, de vuelta a la seguridad de su niñera.
-5-
-Os aseguro, Maestro, que pasará mucho, mucho tiempo hasta que Saga y Aioros pierdan a alguno de los niños una vez más. Dudo siquiera que vuelva a ocurrirles algo así. No podría decir lo mismo de Kanon. -Shion asintió.- Sus reacciones normalmente son de lo más... impredecibles y diferentes.
-Será mejor que vayas a por ellos, Arles. –sugirió el Santo Padre aún con una sonrisa en el rostro, después de haber escuchado la explicación de lo sucedido en las primeras horas de aquella mañana.- No quiero ni imaginarme como serán sus caras en estos momentos…
-Ahora mismo, Maestro.
El santo plateado, dejó al chiquillo que aún cargaba en brazos en el suelo. Aioria no tardó más que un parpadeo en echar a correr sobre la mullida alfombra roja que protegía los suelos de mármol del salón. Shion, aún sonriente, se levantó con parsimonia de su asiento y lentamente se acercó hasta el pequeño rubio. Su mirada infantil y verdeazulada resplandeció al percatarse de la cercanía del lemuriano.
-Así que asustando a tus hermanos, ¿eh? –igual que si le hubiera entendido, Aioria dejó escapar una risa encantadora a la vez que los hoyuelos de sus mejillas se acentuaban con gracia ante tal gesto. Shion no pudo más que imitarlo.- Pues parece que hiciste un buen trabajo. –murmuró el peliverde revolviendo su ya de por si alborotado cabello rubio.
En aquel instante, la puerta blanca que separaba aquella estancia del resto del templo, se abrió. Seguidos por Arles, los tres chiquillos caminaban cabizbajos y llenos de pesar. Respecto a lo que ellos sabían, el hermano menor de Aioros seguía en paradero desconocido. Al menos así era, hasta que los tres alzaron la mirada prácticamente a la vez cuando la brisa que se colaba a través del ventanal llevó hasta ellos el murmullo de una risa que les resultaba de sobra conocida. El futuro arquero abrió los ojos de par en par y con un par de zancadas se acercó hasta el menor y lo estrechó en un abrazo.
-¡No vuelvas a hacer eso! –Exclamó.- Me asustaste… -Sin comprender que era lo que le decía, Aioria logró zafarse de aquellos brazos y emocionado, le mostró a su hermano mayor la caracola con la que jugaba.
Shion observó las reacciones de todos ellos con detenimiento. No era necesario pensar demasiado sobre lo que Aioros había sentido en el momento en que sus ojos se posaron en la silueta del futuro león. Sin embargo, el otro par de hermanos, era diferente. Mientras Saga había dejado escapar un suspiro de alivio apenas perceptible y relajado su postura; Kanon hacía, exactamente, lo opuesto.
-¿Lo veis? –Dijo Kanon esbozando una sonrisa.- Dije que lo encontraríamos. –Cruzó los brazos e infló el pecho orgulloso.- ¡Nadie puede ganarnos en esto!
-Cállate. –murmuró su gemelo. Shion alzó uno de los lunares de su frente con curiosidad. El disgusto en Saga era más que palpable.
-¡Oye! No te pongas así, ya encontramos al gato. –Replicó enfrentando a su hermano.- Todo solucionado.
-No hubiéramos tenido que hacerlo si tú no lo hubieras perdido.
-Él se escapó.
-¡Porque no le estabas prestando atención! –el gemelo mayor se cruzó de brazos.
-Suficiente, niños. –la voz cargada de autoridad del lemuriano resonó bajo los altos techos. Ambos hermanos voltearon hacia él aún refunfuñando.- Afortunadamente, no ocurrió nada y esto no queda en más que una anécdota sin importancia.
-¿Ves? –insistió Kanon dispuesto a llevarse la razón, cosa que Saga no tenía intención de permitirle. El mayor lo miró con el ceño fruncido dispuesto a replicar.
-¡Kanon! –exclamó Shion.
-¿No puedes admitir que te has equivocado? –insistió Saga.
-¡Saga!
-¡Pero…! –protestaron los dos a la vez.
-Dije que suficiente. –Ambos resoplaron, mientras Aioros se acercaba hasta ellos.- Como decía, afortunadamente no ha ocurrido nada que haya que lamentar. Pero jugar con dos niños tan pequeños es una gran responsabilidad y los tres estabais ahí para cuidar de Aioria y Mu. Los tres deberíais cargar con las consecuencias por igual. –Los chicos asintieron bajo la escrutadora mirada de Shion.- Pronto llegaran más niños, lo sabéis. Y deberéis comportaros a la altura porque sois los mayores y por tanto, seréis su ejemplo a seguir. No servirán más estas discusiones de ahora en adelante. ¿Entendido?
-Si, Maestro. –respondió Aioros.
-¿Saga? ¿Kanon? –aguardó expectante.
-Entendido. –replicó el mayor de los dos, mientras Kanon volteaba los ojos con fastidio.
-Si, si, entendido.- murmuró.
-Bien. –Dijo finalmente el Santo Padre avanzando hacia la mesa de la terraza.- Aclarado esto, ya es hora de vuestras clases. Así que… ¿por qué no tomáis asiento? Hoy tendremos una clase especial.
-¿Y eso por qué? –preguntó en apenas un susurro Saga mientras se acomodaba en su silla de siempre.
-Pues porque hoy nos acompañará alguien más.
-¿Quién? –preguntó Aioros esta vez.
-Ya lo veréis. –Shion volteó en busca del chico que faltaba.- ¿Por qué no vienes Kanon?
-Es que… -el peliazul pensó cuidadosamente su respuesta. En realidad, necesitaba una excusa para huir de aquella clase urgentemente.- Tengo sed. Iré a la cocina a por un vaso de agua. ¡No tardo!
Antes de que ninguno de los tres tuviera tiempo a articular palabra alguna a favor o en contra de aquello, Kanon había desaparecido velozmente tras la puerta que había cerrado a sus espaldas con un sonoro portazo.
-6-
-Santidad, Axelle de Caelum esta aquí.
Aioros y Saga detuvieron de golpe el balanceo incesante de sus sillas con el que intentaban entretenerse desde hacía minutos. La voz de Arles anunciando la presencia de la amazona de plata sobresaltó al par de chiquillos y captó rápidamente su atención. Shion observó las expresiones de curiosidad en sus rostros y finalmente, el mismo volteó hacia la puerta. Allí, la esbelta figura de la amazona se erguía a la par del Santo del Altar.
-Buenos días, Axelle. –Saludó levantándose de la silla.- Acercaos por favor.
-Maestro. –Respondió ella respetuosamente, y volviendo su rostro de plata hacía el exterior de la habitación, continuó.- Sígueme.
La expresión del par de chiquillos cambió, para ser adornada por una curiosidad que les resultaba difícil de disimular. Intercambiaron una fugaz mirada de soslayo justo en el preciso momento en que el misterioso acompañante de Axelle se dejaba ver en plenitud. O más bien, la misteriosa acompañante. Saga entreabrió los labios al identificar a la pequeña koree envuelta en un chitón de un inmaculado color azulado. Aioros alzó las cejas y volteó a ver a su amigo.
-¿Qué hace ella aquí? –preguntó mediante su cosmos.
-No tengo la menor idea.
-¿Habrá hablado? –Saga se encogió sutilmente de hombros.
-Bienvenida, Naiara. –dijo con amabilidad el Maestro. La niña lo miró, y sin embargo, no contestó hasta que sintió la mano de su maestra sobre su espalda, animándola a hacerlo.
-Hola, Maestro.
-Toma asiento. Tu maestra vendrá a recogerte cuando hayamos acabado.
La morena asintió y casi arrastrando los pies avanzó sin quitarle la vista de encima a sus dos nuevos compañeros aquella mañana. A sus espaldas, Shion y Axelle seguían hablando. Tras su máscara de plata resopló con disgusto. Ella ni siquiera quería estar ahí, mucho menos con… ellos. Prefería los largos días de entrenamiento con Axelle y Deltha a aquella tortura a la que la someterían a partir de entonces. Con pesadez, se dejó caer en una de las sillas frente a los dos chiquillos, que la miraban con sospecha.
-¿A qué has venido? –susurró el peliazul en su mente, sobresaltándola.- ¿No habrás roto tu promesa, verdad? –la koree entrecerró sus ojos molesta.
-¡Por supuesto que no! –Farfulló cruzándose de brazos.
-Entonces, ¿qué haces aquí? –insistió Aioros esta vez.
-¡¿Podéis dejar de hacer eso? –exclamó irritada levantando la voz ligeramente. El par de chiquillos ahogó una risilla divertida cuando vieron que Shion se acercaba y tomaba asiento.
-¿Os conocéis? –preguntó mirando de uno a otro. Rápidamente, los dos niños se apresuraron a negar enérgicamente con sus rostros.
-No, señor. –replicó ella.
-Bien, ellos son los aprendices de Sagitario y Géminis: Aioros y Saga. Aunque a decir verdad, nos falta un geminiano. –Miró a Saga.- ¿Y tu hermano?
-Aún no volvió. –el peliverde asintió a sabiendas de que era más que probable que Kanon no apareciera por allí en lo que restaba de mañana. Debió de darse cuenta de que aprovecharía cualquier despiste para escabullirse de sus clases.
-Está bien.-volteó a ver al a niña.- Ella es Naiara, la alumna de Axelle. Se que os estaréis preguntando que hace ella aquí y aunque no es nada habitual que las korees y aprendices se entremezclen, haremos una excepción. Al menos un día a la semana ella vendrá con vosotros.
-¿Y eso por qué? –pregunto Aioros.
-Pues porque como deberíais saber, -sin conocer el por qué, aquellas palabras sonaron a pequeño regaño para el arquero, y estaba seguro que una sonrisilla de burla adornaba el rostro desconocido de la koree.- el portador de Caelum es junto a Sculptor y Aries uno de los elegidos para las artes de la reparación y creación de los ropajes sagrados. Yo fui el antiguo Caballero de Aries, y en su día, le enseñé a Axelle algunos secretos y técnicas.
-¿Fue su maestro? –inquirió la chiquilla.
-Algo así.-replicó sonriente.- La cuestión es que creímos conveniente que fuera yo quien te enseñara alguno de mis secretos.
Después de todo, los chicos debían admitir que a pesar de la desconfianza y tensión que les provocaba tener ahí enfrente a la koree, la clase estaba siendo más entretenida de lo que habitualmente podían decir. Aioros y Saga escuchaban y observaban atentos cada detalle de las explicaciones sobre el cosmos del Maestro Shion a la discípula de Caelum.
-7-
El repicar de los pasos disciplinados la alertó de la presencia de los guardias, por lo que la pequeña koree se apresuró a buscar refugio detrás de una ancha columna de mármol. Se mantuvo callada y completamente inmóvil hasta que el sonido se alejó. Entonces, respiró aliviada. Determinada a conseguir su objetivo, la niña continuó su camino dispuesta a no claudicar.
Para Deltha, el día había sido especialmente largo y tormentoso. Con Naia lejos, las posibilidades de encontrar algún tipo de distracción en el árido ambiente del Santuario se volvían casi nulas. Resultaba compleja la relación que aquel par de niñas había desarrollado a través de los años y que se reflejaba en el apego y complicidad que crecía día con día entre ellas. Así que, cuando Axelle anunció esa mañana que a partir de entonces la morena pasaría algunas horas a la semana bajo el cuidado del Antiguo Maestro y apartada de su amiga, la noticia le había caído como un balde de agua fría.
Lo que era peor, ambas, maestra y pupila, se había marchado dejándola al cuidado de algunas otras amazonas en el recinto de las korees; aquello era un suplicio. Pronto, Deltha se encontró sola y distante de sus hermanas de Orden mientras una abrumadora ansiedad nacía en su pecho. Fue así como tomó la determinación de ir tras ellas…o, al menos, de intentarlo.
Ahora, se encontraba perdida en los amplios y relucientes corredores del Templo Papal. Nunca antes había estado ahí y poco podía imaginar las maravillas que el magnífico edificio de piedra blanca ocultaba tras sus altas paredes. Por donde mirara, había algo que ver. Fuesen deliciosas pinturas o clásicas esculturas, el lugar era un deleite a la vista. A diferencia de la diminuta e incómoda cabaña que compartía con Naiara y Axelle, las restricciones parecían no existir en el templo principal. El problema radicaba es que el exceso de pasillos e incontables puertas había terminado perdiéndola.
Sin saber que hacer, giró por enésima ocasión a su derecha. Los ojos grises de una antigua pintura de la diosa reinante la miraron con frialdad mientras un escalofrío recorría la espalda de la pequeña. Deltha se dejó caer al piso con cansancio. Mordió nerviosamente sus labios y maldijo su propia estupidez.
- Eres una tonta… -se dijo a sí misma con marcada rabia.
Y es que era la tercera vez que se encontraba con el óleo de la diosa Athena sosteniendo con firmeza a su escudo con la mano izquierda y, en la derecha, una lechuza la acompañaba. La niña centró su mirada en la pintura deseando secretamente que esa cosa pudiera hablar y le indicara el camino. Ahí estaba, perdida, asustada y haciéndose tonta una vez más, se recriminó. Pensó que Naiara definitivamente iba a reprenderla cuando le contara del esperpento de aventura que había resultado su viaje hasta ahí. De una cosa estaba segura: era la peor mente criminal de los últimos tiempos.
De pronto, el murmullo de voces aproximándose a ella, la obligó a terminar con su descanso. Cómo pudo, se puso de pie y corrió en dirección contraria al origen de los susurros. Consiguió escabullirse entre las pesadas cortinas carmesí que flanqueaban los ventanales y ahí se mantuvo quieta en espera de que el peligro pasase. Por segunda ocasión en lo que iba del día, el corazón amenazaba con salirse de su pecho; una sensación a la que nunca se acostumbraría. El motivo de sus miedos resultaron ser nada más que un grupo de doncellas que se desplazaban por los corredores conversando de temas tan diversos que la pequeña pasó en alto a causa de los nervios. Al fin, tras lo que le pareció una eternidad, las mujeres se alejaron y el silencio volvió a apropiarse del templo.
A hurtadillas y, aunque se negase a admitirlo, con las rodillas temblando, Deltha abandonó su improvisado refugio. Oteó los alrededores con recelo, no quería más sorpresas. Al no divisar a nadie, se sintió tranquila momentáneamente. Esta vez, decidió tomarse con calma los acontecimientos.
- ¿Qué harías, Naia? - preguntó en voz alta con la esperanza de obtener una respuesta que no iba a llegar.
Así, agobiada como se sentía, reemprendió la marcha. Esta vez, se prometió a sí misma, tendría más cuidado en los detalles para ubicarse. Pasaron varios minutos en los que, para su buena fortuna, no consiguió encontrarse con nadie. Eso la ayudó a recuperar las fuerzas perdidas.
Conforme avanzaba y la repentina tranquilidad aclaraba sus ideas, las largas series de corredores fueron cobrando sentido para la aprendiza. Su mente despejada funcionaba mejor y, poco a poco, fue cayendo en cuenta de pormenores que antes había obviado. Se sintió mucho más tranquila tan pronto se dio cuenta de que estaba aproximándose a la salida del templo. Apresuró el paso pero, repentinamente, el eco de un grito la hizo detenerse sobrecogida por la ansiedad. No alcanzó a distinguir el contenido de la voz, sin embargo no dudo en correr.
El retumbar del eco en la amplitud de los pasillos hacía confuso adivinar la dirección en la que debía escapar. Sin mucho tiempo para pensar, eligió ir hacia la salida. Corrió lo más rápido que sus piernas le daban. De vez en vez, miraba hacia atrás esperando no ser descubierta. Pero el corredor por el que andaba, terminaba en un lado ciego que la obligó a girar intempestivamente a su izquierda para tomar un pasillo angosto en el que no había reparado hasta entonces. Su camino se vio truncado.
Un fuerte golpe le avisó que había chocado contra alguien. Cayó al piso sentada y soltó un ligero quejido. Sin atreverse a levantar la mirada temiendo lo peor, se limitó a escuchar como su contraparte también emitía un bufido, más de fastidio que de otra cosa. Por fin, apartándose los flecos purpúreos de la cara, llevó su mirada a él.
-¿Saga? -preguntó incrédula.
Delante de ella, también sentado en el suelo de mármol y sobándose, un chiquillo de cabellos azules sembró su mirada verde en ella; a su lado había un puñado de galletas de avena hechas pedazos esparcidas por el piso. El niño torció la boca con disgusto al observar el triste final de la merienda de media mañana y levantó su mirada para ver a la koree con irritación.
-¡Mira lo que hiciste! -reclamó.- Y no, no soy Saga. Deberías fijarte mejor. -siseó mientras intentaba recoger los trozos más grandes y los guardaba en un paño blanco que le servía de servilleta.
-Lo siento, yo…
-No, no, no. -sacudió las manos para indicarle que se callara.- No digas nada. Arruinaste mi comida y punto.
Antes de que Deltha pudiera hacer un segundo intento de hablar, los gritos regresaron, tomándoles por sorpresa.
-¡Kanon! -exclamó primero una voz masculina y, poco tiempo después, fue una mujer quien hizo lo mismo.
-Niña tonta… ¡Van a encontrarnos por tu culpa! -dijo el gemelo.
En un pestañeo, se puso de pie, recogió los restos salvables de galletas y tomó a la niña del brazo para jalarla hacia uno de los lados del pasillo. No le dio tiempo de reaccionar ni de quejarse, simplemente se vio forzada a seguirlo. Kanon sondeó los alrededores con la vista hasta que encontró algo que le resultó de interés. Después, sin preguntar, la jaló hasta ahí.
-¡¿Qué haces? -le cuestionó con un susurro.
-Cállate y entra. -ordenó mientras abría la puerta y, de un empujón, la metía a un pequeño armario. Se golpeó ligeramente el labio con el dedo índice pidiéndole silencio. Después, tras asegurarse de que nadie notara su presencia, la siguió.- Me vienen siguiendo. -murmuró.- Guarda silencio, no hagas ninguna torpeza y más te vale que no nos encuentren. -sentenció.
Sin nada que objetar, Deltha obedeció.
El espacio era reducido, pero suficiente. El olor a lejía y a algún aromatizante de extraña esencia se impregnó en ellos. Alrededor de los dos, una serie de escobas, trapos y cubetas, les robaban comodidad; debían ser cuidados o un mal resbalón terminaría delatándoles. Tal y como Kanon había ordenado, se mantuvieron en silencio. El gemelo la miraba con recelo a la vez que, a pesar de la máscara de metal que le protegía el rostro, sabía que ella le veía de igual forma.
-Deja de mirarme así. -la niña rompió el silencio.
- Te dije que te callaras. -insistió. Abrió la puerta un poco y acechó por la rendija.- ¡Ahí vienen! Silencio.
Volvieron a quedarse callados en espera de que los perseguidores del gemelo pasasen de largo y no se percataran de su presencia. A través de la puerta oyeron el golpe de sus pasos que venían hacia donde estaban.
-¿Dónde se habrá escondido? -escucharon hablar al hombre cuando se detuvo justo frente la puerta.
-Juraría haberlo visto por aquí. -respondió la mujer.
-Estuvo aquí. -el guardia apuntó a las migajas de avena sobre el mármol.- Así que no puede haber ido muy lejos.
-Ese niño es un torbellino. -río la vieja sierva.- Siempre, desde pequeño fue así. Si no está haciendo rabiar al señor Arles, está buscando alguien más que sufra sus travesuras. Quizás deberíamos dejarle, son sólo unas cuantas galletas.
-Su Ilustrísima ha comenzado con las lecciones de hoy. Es cuestión de tiempo antes de tener que buscarle por algo más que pillarse un par de bizcochos de avena. -el soldado oteó el largo corredor observando las diversas entradas que se encontraban en los extremos. Suspiró con pesadez.- Podría estar donde sea.
-Entonces deberías iniciar la búsqueda. Si lo encuentras, hazle saber que no quiero volver a verlo por mi cocina. -gritó la mujer mientras se alejaba.
El guardia quedó atrás observando con mirada pesarosa la decena de puertas en aquel vasto pasaje. Renegó por lo bajo y, pensando un poco más su problema, regresó sobre sus pasos con la intención de retornar después con refuerzos.
Dentro del armario, Kanon limpió la delgada capa de sudor que se había formado sobre su frente a causa tanto del calor como del nerviosismo. Con una seña, indicó una vez más a la niña que guardara silencio y abrió la puerta para asegurarse de tener el espacio despejado.
-¿Ves algo? -ante la pregunta de Deltha, Kanon se volteó. La reprendió con la mirada.
-¿Por qué no puedes mantener la boca cerrada? -le reprochó.
-¡Estoy nerviosa! ¡Quiero ver!
-Aléjate de mí. Todas las korees sois inútiles. -musitó apartando a la pequeña que se había acercado para mirar a través de la rendija.
-No es verdad.
-Entonces, de todas las korees del Santuario, me tuvo que tocar la única inútil. -giró los ojos con fastidio.
-Eso ha sido feo, Kanon. -se quejó.
-No era precisamente un halago, niña. ¡Y no se dice más! ¡Silencio! -ignorándola, el gemelo volvió a concentrarse en su misión de vigía. Inspeccionó con cuidado el panorama que tenía enfrente y descubrió que no había nada de que ocultarse.- Se han marchado. Anda. Apresurémonos antes de que regresen.
La puerta se abrió y el par de fugitivos se escabulló en dirección a las escaleras principales del Templo Papal. No había marchado más de un par de metros cuando, por el mismo pasillo, varias voces se dejaron oír por los corredores.
-¡Maldición! ¡Abortar el plan! ¡Abortar el plan! -exclamó.
-¡¿Qué? Pero…
-¡Dioses! ¿Por qué tienes que cuestionar todo? ¡Solo camina! -ordenó perdiendo la paciencia y empujándola de regreso a su antiguo escondite.
Unos segundos después, se encontraron encerrados de nueva cuenta en la prisión con olor a desinfectante. A diferencia de las ocasiones anteriores, el constante ir y venir de varios soldados que habían hecho equipo para encontrar al niño, les obligó a quedarse sentados en el los rincones del armario.
-¿Cuánto tiempo más estaremos aquí? Hace calor. -habló Deltha.
-Contrario a lo que creas, no puedo responder todas tus preguntas, así que deja de insistir. -el peliazul la observó con molestia mientras se llevaba una galleta a la boca. Después, sonrió triunfante para sí mismo.
-¿Qué es tan divertido?
-¡Ay! ¡¿Otra pregunta?
-Es que te estás riendo y quiero saber que es lo gracioso. -la pequeña se encogió en el lugar en el que estaba.- Este lugar es muy incómodo.
-Pues para mi está perfecto. Es más, me encanta. Mientras más tiempo pase aquí, menos tendré que soportar las clases de Shion. -rió dándole un generoso mordisco a bizcocho.
-¿Shion? Querrás decir el Gran Maestro.
-Para nosotros es Shion. -Kanon giró el rostro con disgusto al sentirse juzgado.- No le molesta que le llamemos así porque hemos crecido a su lado.
-Suena irrespetuoso.
-¿De verdad es mucho pedirte que te calles?
-Eras mucho más agradable ayer. -el tono de su voz delató su frustración. Deltha se puso de pie y miró por la minúscula abertura del marco. No pudo ver nada.- ¿Cómo saldremos?
-Te he dicho que no me interesa salir.
-Si el Gran Maestro es como Axelle, mi maestra, entonces te hará tomar la lección aún a destiempo. Deberías considerar eso. ¿Tu hermano y Aioros están ahí? Mira que debe ser divertido tomar clases con ellos. -soltó una risita.
-¡Que latosa eres! -imitándola, se puso de pie.- Ya no quiero estar aquí, pero no por lo que dijiste… -se apresuró a decir negándole la razón.- …estoy aburrido.
-Bien, ¿cómo salimos?
-Quizás si dejaras de preguntarme cosas y usaras tu cabeza para pensar en algo, sería más fácil.
-Tú eres el doradito. Seguro tus ideas son mejores. -alzó los hombros y regresó a tirarse en el rincón que hasta unos instantes le pertenecía.
-Vosotros, el resto de la Orden, dejáis todo a los dorados. Sois unos mediocres.
La niña guardó silencio por un segundo sintiéndose ligeramente ofendida por las palabras del gemelo. Sus ojos, ocultos por la máscara, se entrecerraron con recelo mientras una mueca de desazón se formó en sus labios. Sin pensar en ella, extendió la mano y robó de la pañoleta un trozo de galleta. Entonces cayó en cuenta de la máscara y la maldijo en secreto.
-¡Oye! ¡Esa galleta es mía! -Kanon se la arrebató de las manos.- Consíguete las tuyas.
-Aunque quisiera no podría comerla. Llevo máscara, ¿recuerdas? -respondió con ironía mientras devolvía el postre.- Y, ahora que lo pienso, esas cosas estuvieron en el suelo por un buen rato. Olvídalo. No quiero enfermarme.
-De todas formas, no iba a invitarte. -tomó la galleta y la se la metió en la boca de un solo golpe.- Suficiente tengo con quedarme encerrado aquí contigo cómo para tener que compartir mis cosas. No me gusta meterme en problemas a causa de personas ajenas. -habló con la boca llena y de manera casi incomprensible.
-Yo tampoco quiero quedarme aquí, así que ¡piensa! ¿Algún plan? -por unos instantes, Kanon permaneció callado y con el semblante fruncido debido a la concentración.
-¡Tengo una idea! Esperaremos a que mi hermano venga a buscarnos. -declaró triunfante.
-¡¿Qué? Nadie sabe donde estamos. Es un mal plan. -Deltha meneó la cabeza en desaprobación.
-Vendrá. Somos gemelos y compartimos un vínculo especial.
-Compartís un vínculo especial, pero Saga no es adivino. ¿No hay algo más que podamos hacer?
-Hay algo pero… -Kanon calló. Una vez más, frunció el ceño al pensar en su única opción.- No sé sin funcionará. -admitió forzadamente.
-¿De qué hablas?
-Hablar… vía cosmos. -se sopló los flecos azules.
-¡¿Puedes hacer eso? -la súbita admiración impresa en su tono, hinchó de orgullo al gemelo.
-¡Claro que puedo! Está de más dudarlo. -contestó lanzando una mirada furtiva.
-Hazlo entonces.
Sintió las expectativas de la pequeña sobre él, lo cual lo puso incómodo. Se aclaró la garganta sintiéndose estúpido al instante, puesto que su voz no era necesaria para lo que debía hacer. Cerró los ojos e intentó concentrarse, pero la insistencia en la mirada infantil de su compañera se lo impidió. Era raro como, a pesar de aquella desidiosa máscara, el peliazul podía sentir el peso de los ojos de la koree encima. Los ojos de frío metal no emitían ninguna emoción, más Kanon no necesitaba ver más allá para sentirlo.
-Deja de mirarme. -le dijo dándole la espalda.- No me dejas concentrarme.
-No lo estoy haciendo.
-Lo haces. Anda, encuentra algo más que ver.
-No es como si hubiera mucho que hacer aquí adentro. -bufó. Tratando de hacer como se le pedía, Deltha suspiró mientras se acomodaba en el rincón apretando las piernas contra su pecho.
Por su lado, Kanon reanudó sus esfuerzos. En el fondo, se sentía enojado consigo mismo por haber perdido el paso ante su hermano e, incluso, ante el joven arquero. Se suponía que el manejo superior de sus cosmos debería haberle dado una ventaja frente a Aioros, pero el hecho de que el castaño pudiera mantener una conversación y él no, había terminado hiriéndole. Sin embargo, no era el momento de pensar en ello, se dijo.
Sacudió la cabeza en un intento por despejarla, y cerró los ojos nuevamente en busca de concentración. Trató de seguir todas y cada una de las enseñanzas de Zarek. Dejar la mente en blanco, encontrar la fuente de su poder interior, moldearlo, usarlo a su antojo y tomar provecho de él. Entonces, encontró a lo lejos la presencia de su hermano. Le acompañaban Aioros, Shion y una energía que no alcanzó a reconocer por completo. Un nuevo problema se alzó frente a él. ¿Cómo hablar con su hermano sin que nadie más notara su presencia?
Frunció el ceño sin siquiera darse cuenta y puso empeño con aislar la cosmoenergía de Saga. Al principio, le resultó complicado, sin embargo, con mucho esfuerzo logró su objetivo. Lo siguiente era conseguir comunicarse con él; las dudas le invadieron. Hablar a su mente era algo que Kanon no había conseguido y, ahora, no solo tenía que hacerlo, sino que también tenía la gran distancia entre ambos como un enorme abismo que se le habría enfrente. Suspiró.
-Saga. -llamó en su mente.
Por un momento guardó silencio esperando alguna respuesta, pero nada sucedió. No estaba funcionando. Frustrado, apretó sus puños recriminándose su incompetencia. Sin embargo, aún era pronto para darse por vencido.
-¡Saga! -le aclamó con un poco más de fuerza.
Fracasó. Abrió los ojos sin fijarse en nada en especial y sopló las mechas azuladas de cabello que los cubrían. Aquella situación comenzaba a asquearle.
Deltha le miró. No era necesario que el gemelo peliazul dijera nada porque su semblante traicionaba su sentir. A sabiendas de que decir algo solo complicara más el problema, calló y fingió no prestar importancia a las acciones del niño.
-¿Qué? -la cuestionó el chiquillo.
-Nada. No he dicho nada.
-No es necesario que lo hagas. Sé lo que estás pensando. -gruñó.
-¿Y qué es lo que pienso? -giró los ojos.
-Piensas que no puedo hacerlo. -torció la boca.- Pero, ¿sabes qué? Si puedo.
-No pienso lo contrario. -admitió subiendo los hombros. Y de verdad no lo pensaba o, al menos, no lo deseaba.- Sólo quiero salir de aquí.
-Nunca debiste venir. Estás en problemas y, ahora, por tu culpa, yo también lo estaré cuando nos encuentren.
- No fue mi intención. -la niña bajó el rostro.- Quería ver a Naia.
-¿A Naia? ¿Por qué estaría aquí? -preguntó con curiosidad.
-Tomará lecciones del Gran Maestro. Axelle dice que las necesitará para reclamar la armadura que le corresponde. -explicó a pesar de no entender completamente.- Por eso vine a buscarla.
Naia… la pequeña morena que habían conocido la noche anterior. La misma cría que había conseguido sacar al siempre correcto y afable Saga de sus casillas ahora tomaría clases con ellos. Interesante. Muy interesante. Con travesura, Kanon sonrió para sus adentros. Ese definitivamente era un espectáculo que no se perdería. Tenía que salir de ahí y tenía que hacerlo pronto.
Un poco más relajado, se dispuso a tratar una vez más. Sus ojos volvieron a cerrarse, su energía a concentrarse.
-¡Saga!
-8-
Esforzándose por no hacer ruido, Naia soltó un bostezo que se ocultó con perfección detrás de la máscara plateada. De inmediato, volteó a sus alrededores para verificar que nadie hubiese notado el evidente gesto de fastidio. Se encontró con que Shion parecía haber obviado el gesto mientras continuaba, inmutable, con el tedioso monólogo que había estado ocupando su atención por varios minutos. La niña, entonces, llevó su mirada curiosa hacia sus dos compañeros de clases.
Primero se fijó en el pequeño castaño. A diferencia de ella, Aioros permanecía atento a cada palabra que abandonaba la boca del antiguo carnero dorado. De vez en vez, cuando algo le resultaba especialmente interesante, el joven arquero alzaba la ceja izquierda de un modo que a Naia le pareció gracioso.
Después, irremediablemente, sus ojos viajaron hasta el chico peliazul que se encontraba al lado. La chiquilla morena se respingó al notar la recelosa mirada que recaía sobre ella; desde el otro lado de la mesa, Saga posaba sus ojos llenos de desconfianza en la koree. Naia le sostuvo la mirada a pesar de que él no podía verla. Mientras le miraba, lo vio entrecerrar los ojos al mismo tiempo que el verde de sus orbes centellaba con un dejo de intimidación. Un fuerte "Te estaré observando" resonó en su cabeza como clara amenaza ante cualquier eventualidad. Incapaz de responderle por la misma vía, la niña volteó la cabeza, ignorándole. A pesar de ello, a través de los mechones azabache de su larga cabellera, permaneció observándole por el rabillo del ojo.
-¿Naiara? -se asustó al escuchar a Shion hablándole y pillándola por sorpresa.- ¿Algún problema?
-No, Su Excelencia. -tartamudeó negando con la cabeza en repetidas ocasiones.- Todo esta bien. -agregó.
-Deberías prestar más atención. -irrumpió la voz de Saga quien, esbozando una sonrisa burlona, la miró de reojo.- Si te distraes perderás el hilo de la explicación y tendrás problemas para avanzar a nuestro ritmo.
-No te preocupes. Sabré llevaros el paso. -contestó en el mismo tono sardónico.
Confundido por la conducta de los chiquillos, Shion miró del uno al otro repetitivamente, gesto que no pasó desapercibido para ambos y les obligó a callar. Así, dispuestos a no seguir levantando sospechas, se miraron por última vez antes de girar sus cabezas en direcciones contrarias. Aún sin entender nada, el lemuriano suspiró resignado.
-Estáis muy dispersos hoy,… todos lo estáis. -acotó tras una pausa y levantando los lunares en un gesto de puro desconcierto.- Será mejor que continuemos…
Y sin hablar más al respecto, el Patriarca retomó su largo discurso justo donde lo había dejado. Algunos pocos minutos transcurrieron sin eventualidades, pero la frágil calma estaba a punto de romperse.
-¡Saga! –la voz de Kanon, resonó en su cabeza, sacándolo de su concentración. Aquello era inesperado.
-¿Kanon? ¿Qué ocurre? –alcanzó a responder.
-Tengo un pequeño problema… -el gemelo mayor alzó una ceja al escuchar aquello, y la idea de que su hermano se había metido en problemas comenzó a inquietarlo.
-¡Saga! –Exclamó Shion, sobresaltándolo.- ¡Presta atención!
-Perdón. –murmuró mientras podía escuchar la risa divertida de Naiara. El chico frunció el ceño.- ¿Puedo salir un momento?
- Sí, por supuesto. -contestó el Santo Padre sin terminar de entender lo que pasaba por la cabeza del chiquillo.
No fue necesario que Shion le repitiera nada; antes de que pudiera hacer más preguntas, el pequeño geminiano se había esfumado de la sala.
-No sé corre por el templo, Saga. -le recordó el santo de Altair mientras lo veía desaparecer por los pasillos.
-¿Alguno tiene algo más que hacer afuera? -espetó con cansancio. Aioros y Naiara sacudieron las cabezas en negación poniendo sus mejores caras de inocencia. Sin embargo, y de manera repentina, repasó con la mirada los rostros de los pequeños educandos y cayó en cuenta que cierto peliazul fugitivo llevaba demasiado tiempo fuera. Pensando en ello, giró hacia Arles.- Kanon no ha regresado. ¿Te importaría ir a buscarle, por favor? -le dijo con suavidad.
El rubio no contestó más que con un sutil asentimiento de la cabeza, pero era más evidente lo que pensaba al respecto. A juzgar por la situación, se pasaría la mañana entera correteando detrás de aprendices dorados y eso, si bien no le disgustaba del todo, si le parecía poco apropiado habiendo situaciones más importantes que debían ser resueltas a la brevedad.
A pesar de ello, no discutió y acató los favores del Santo Padre. Abandonó la habitación cerrando la puerta tras de sí. Tenía un gemelo que encontrar.
-9-
Saga avanzó a zancadas por el corredor. En su mente, pensaba una y otra vez en Kanon y en el verdadero significado que las palabras "pequeño problema" tenían para él. Nada bueno con seguridad.
-¿Dónde estás? -invocó a su cosmos para hablar directamente a la mente de su hermano.
-En el pasillo de la entrada. Dentro del armario de servicio.
-¡¿Qué demonios haces ahí? -le preguntó completamente confundido.
-Pues… verás… solo ven y te explicaré. -contestó el otro con nerviosismo.
Saga expiró con fuerza a la vez que aceleró su marcha. Llegó hasta el punto en que su camino se cruzaba con el pasadizo del que Kanon había hablado. Se detuvo en seco cuando observó a un trío de guardias husmeando por lo alrededores en busca de algo; de inmediato supuso que buscaban a su hermano. Para no ser visto, Saga se ocultó en la cuña formada entre la pared y una columna mientras esperaba que el pasillo se despejara.
Tan pronto el grupo de soldados hubo desaparecido de su campo visual, el gemelo mayor se apresuró a correr hasta el armario de servicio donde esperaba su hermano. Sin preámbulo, abrió la puerta rápidamente.
-¡Saga! ¡Viniste! -celebró su gemelo poniéndose de pie con un brinco.
-¿Qué significa todo…? ¡¿Deltha? -desde el rincón, la niña le saludo con un grácil movimiento de mano.
-¿Me creerías si te dijera que la encontré? -Kanon sonrió con una mezcla de picardía y fastidio.- Porque eso es exactamente lo que sucedió.
-¡No puedo creerme esto! ¡¿Qué estabas pensando al encerrarte en un armario con una koree prófuga? ¡Shion va a…!
Antes de que pudiera terminar de hablar, las manos de Kanon y Deltha le cubrieron la boca y lo jalaron hasta el interior del estrecho armario. Una vez adentro, ambos le indicaron con señas que guardara silencio. Poco después, los pasos de los guardias se escucharon desde afuera.
-Eso estuvo cerca. -suspiró el menor de los hermanos cuando el ruido se hubo alejado.- Bien, ¿has pensando como sacarnos de aquí? -se dirigió a Saga con una gran sonrisa en los labios.
-¿Por qué habría de ayudarte? Es tu lío. Resuélvelo. -soltó girándose para abandonar el incómodo espacio.
-¡No! ¡Espera! ¡No puedes dejarme aquí con él! -Saga se respingó al sentir a la niña aferrándose a su mano.- Si me descubren estaré en problemas.
-Debiste pensarlo antes. -torció la boca a sabiendas de que terminaría cediendo a ayudar.- En primer lugar, ¿qué haces aquí?
-Vine a por Naia. Axelle dijo que estaría aquí, tomando lecciones con el Gran Maestro; y yo quería verla. -bajó el rostro.- No era mi intención meterme en líos, pero Kanon me encerró en este armario y ahora no podemos salir.
-¡Eso fue porque chocaste conmigo y tiraste mis galletas al piso! Si no fuera por mi, ya te habrían encontrado y estarías castigada por meses, niña tonta.
-Deltha. Mi nombre es Deltha.
-Cómo sea. -el peliazul giró los ojos. Después, con cara angelical, miró a su hermano.- ¿Una galleta, Saga? -ofreció acercándole el paño que todavía guardaba un par de trozos del pan.
-No, gracias. -respondió mirándolas de reojo y un tanto asqueado.- Te enfermarás si comes esas cosas.
-Demasiado tarde. Ya lo hizo. -complementó la chiquilla.
-Jaja, muy graciosos. ¿Sabéis? En vez de criticar mis hábitos alimenticios, aplicad vuestras mentes brillantes en encontrar una forma de salir de aquí sin que nadie nos vea.
-Hay toda una cuadrilla de guardias buscándote ahí afuera. ¿Qué hiciste?
-Me las robé. -contestó mostrándole los bizcochos y ensanchando su sonrisa traviesa.
-Genial. -Saga dijo con cansancio.- A este paso, Arles no tardará en estar por aquí. Tenemos que apresurarnos antes de que Shion le mandé por nosotros.
- ¿Cuál es el plan, genio?
-Usar la salida. -rió.
-Valiente idea. De haber sabido que este sería tu plan, mejor no te hubiese llamado. -refunfuñó.
-Es un plan un poco más complicado que eso, Kanon. -sin decir más, Saga le ignoró y abrió tímidamente la puerta para fijarse en la situación de afuera. Por el pasillo alcanzó a divisar las sombras de un grupo de guardias que se acercan lentamente hacia donde estaban ellos. Al frente, reconoció la figura de Arles.- Aquí vienen. Estad atentos y manteneros en silencio.
Los dos niños obedecieron las órdenes de Saga de mantenerse quietos y expectantes a lo que ocurriría. Carcomido por la curiosidad, Kanon se acercó a su hermano que esperaba pegado a la puerta. Le miró de reojo sin terminar de entender los planes que podría albergar en aquella complicada mente suya.
Conforme los segundos pasaban, el grupo se aproximaba más y más, hasta que, llegado un momento, Saga pudo calcular que se encontraban a punto de doblar la esquina que les guiaría directo al armario. Entonces, cuando Kanon menos lo esperaba, el gemelo mayor abrió la puerta y, con un fuerte empujón, lo arrojó hacia afuera. La sorpresa, sumada a su confusión, fue tanta que no tuvo tiempo de reaccionar ni de soltar palabra alguna cuando la voz de Arles se dejó escuchar.
-¡Ahí estás! ¡Deberías estar en clases! -le dijo mientras apuraba el paso para darle alcance.
-Yo… yo…
-Tú nada, Kanon. -posó su mano sobre el hombro del niño.- Ahora mismo te llevaré con el Maestro. Deberías avergonzarte de escapar de tus clases, así nunca serás un santo. ¿Dónde está tu hermano?
-¿Saga? -titubeó.- Supongo que estará con Shion, ¿no?
-No está ahí. -dejó escapar un suspiro.- Al menos encontré a uno. Me falta el otro. –se dijo a sí mismo al mismo tiempo que llevaba a rastras al gemelo menor.
Mientras los miraba alejarse por la rendija de la puerta, Saga se mordió el labio para ahogar una risa traicionera que amenazaba con escaparse. A sus espaldas, la niña no pudo contener una contagiosa risita al observar el desenlace de los acontecimientos.
-Así es como uno se deshace de Kanon. -habló directamente a la mente de Deltha quien, a pesar del desconcierto de escucharle con excesiva claridad en su cabeza, volvió a reír por lo bajo.- Ahora, quédate ahí. Veré si tenemos libre el camino.
Con un chirrido apenas audible, la puerta se abrió y el gemelo asomó la cabeza. Sus ojos verdes escudriñaron el área mientras intentaba usar su cosmos para ver más allá de lo que su vista podía. Dio un par de pasos fuera del armario y, cuando se hubo asegurado de que no habría problemas, regresó.
-Vámonos. Hay que sacarte de aquí lo más rápido posible antes de que Arles regrese. -dijo sujetándole la muñeca.
-Pero, ¿y Naia?
-No puedes quedarte aquí. Estarías comprometiendo a demasiada gente. No solo a nosotros tres, sino también a Axelle y a Naiara.
-Está bien. -admitió a regañadientes sin dejar de seguirle. Mientras caminaban su vista se fijaba en la serie de pasadizos que recorrían con miras a la salida.- Este lugar es un laberinto.
-Te acostumbras. -río.- Apresúrate. Casi llegamos.
Y hablaba con la verdad. No pasó mucho antes de que la explanada del Templo Papal se abriera ante ellos. Justo ahí la infinita sucesión de escaleras que guiaban a las doce casas zodiacales iniciaba el descenso.
-¿Puedes hallar el camino de regreso desde aquí? -la cuestionó Saga. Ella asintió.- Entonces, ve, porque no tenemos mucho tiempo.
-Gracias. -Deltha suspiró aliviada por primera vez desde el inicio de la mañana. Tras iniciar el camino, volteó y ondeó la mano en el aire a son de despedida. Después, retomó la marcha.
Desde el borde de las escaleras, Saga la observó perderse entre el rocoso panorama. Cuando hubo desaparecido giró sobre sus talones para regresar a las clases. Con sorpresa, se petrificó momentáneamente al descubrir al santo de Altair parado justo frente a él.
"¿Cómo es posible que este hombre esté en todos lados?" pensó.
-¿Pensabas escaparte de las clases, Saga? -preguntó posando las manos en la cintura.
-En realidad solo estaba…
-Sin excusas. -interrumpió.- El Maestro espera por ti.
Antes de que consiguiera objetar, Saga iba de regreso a la lecciones con Arles escoltándole durante todo el trayecto. Torció la boca pensando en lo ajetreado de su día. Quizás, por el resto del día, la suerte le daría un respiro.
-X-
NdA:
Saga: En la clase de griego del día de hoy, aprenderemos dos palabras. Koulouri: Son roscas de pan con semillas de sésamo por encima que forman parte del desayuno típico griego. Y chitón: es una blusa larga que usan especialmente las korees; llega hasta algo por encima de las rodillas, sin mangas, y se sujeta a la cintura con un cinturón.
Kanon: ¿Siempre tienes que hablar tanto? ¬¬' ¿No puedes decir nada mas: QUEREMOS reviews y nos vemos en el próximo capítulo?
Saga: ¬¬'
Aioros: ¡Pues eso! ¡Hasta el próximo!
