Capítulo 8: Uno más

Permanecía totalmente quieto, con la mirada fija en su objetivo y una postura casi perfecta. El vaivén suave de su pecho, fruto de la respiración pausada del chiquillo, era el único movimiento que lo diferenciaba de una más de las estatuas del Santuario. Frunció el ceño suavemente a la vez que sus dedos sujetaban con firmeza la fina cuerda de su arco mientras la madera se quejaba en un crujido apenas perceptible. Cuando su mano liberó al filamento de su agarre, por un instante, contuvo la respiración.

El sutil zumbido de la flecha al surcar el aire llegó hasta sus oídos y atento, espero apenas unos segundos a que el afilado proyectil hiciera blanco. Infló el pecho, satisfecho y orgulloso, cuando comprobó que aquel había sido un lanzamiento que rozaba la perfección.

-¡A eso le llamo buena puntería!

Rápidamente, Aioros volteó hacia el lugar desde el que provenía aquella voz femenina e infantil. Aunque no le resultó difícil de reconocer, suspiró cuando sus ojos se posaron en aquel par de rostros de plata.

-¡Vaya! No pensé que fueras tan fácil de impresionar. –Naiara se cruzó de brazos ante su silencio y con un sutil deje de burla en su voz, continuó.- La palabra que estas buscando es "gracias".

-Gracias, Naia. –Replicó el chico incapaz de ocultar la sonrisa que comenzaba a adornar su rostro aniñado.- ¿Qué hacéis aquí? –preguntó, mirando esta vez a Deltha, que aún no había pronunciado palabra alguna.

-Terminamos de entrenar hace un rato. –Respondió, dejándose caer bajo el árbol que Aioros estaba usando como diana.- ¿Qué haces aquí solo? ¿Y tu maestro?

-Tenía que encargarse de unos asuntos fuera del Santuario. –Aclaró el castaño encogiéndose de hombros.- Supongo que no tardará en volver.

Se secó el sudor de la frente con el dorso de su mano justo antes de dejarse caer al suelo frente a ellas. Dejó el arco y sus flechas a un lado. Se recostó sobre la hierba y llevó las manos a su nuca. Por primera vez en todo el día, se dio un descanso, cerrando los ojos y dejándose acariciar por la brisa que comenzaba a refrescar a medida que anochecía.

-¿Y los hermanos maravilla?

Aioros abrió los ojos y suspiró con cansancio. Sabía que era cuestión de tiempo que Naiara preguntara por ellos, y aquello, era una mala señal. Al menos lo era para sus pretensiones de irse temprano a la cama y acabar aquel día tan productivo sin ningún altercado.

-No lo se.

-¿No lo sabes? –insistió la chiquilla.

-No.

-¿Cómo no vas a saberlo? Son tus amigos, ¿no? Y sois los únicos aprendices de Santo Dorado del Santuario. Tienes que saberlo.

Con pesadez, Aioros se incorporó hasta quedar sentado. Miró aquel rostro que decía tan poco, intentando disimular lo irritante que le resultaba en algunas ocasiones, y buscó por unos instantes las palabras adecuadas para que la respuesta que diera, fuera suficiente.

-No los veo desde esta mañana. –miró fijamente de una a otra esperando una reacción. Silencio.- Apenas terminamos las clases del Maestro, Zarek llegó a buscarlos.

-Ah... –la tímida respuesta de la morena, fue un claro indicativo de que la respuesta era suficiente y de que para las dos niñas, no había pasado desapercibido el aire terrorífico que desprendía el Maestro de los gemelos.

-¿Es tan terrible como parece? –preguntó Deltha en apenas un susurró, como si temiera ser escuchada.- Las amazonas hablan…

-Es peor. –murmuró el castaño.

-¡Suficiente! –exclamó Naiara mirando de uno a otro.- Hablemos de cosas más divertidas.

-¿Cómo que? –dijo Aioros alzando una ceja curioso.

-Como de… -la morena lo pensó unos segundos.- ¡Lo tengo! –Los dos la miraron temerosos ante el ímpetu de su respuesta.- Dicen que los pasajes subterráneos de Sagitario son de lo más interesantes.

-No. –el castaño respondió tajante, cruzándose de brazos, sabiendo por donde iba el asunto.

-¿No? ¿Por qué no? ¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir! –Naiara imitó el gesto severo.

-Y no quiero saberlo. –el aprendiz dorado negó con el rostro sin dejar de mirarla.

-Aburrido. –espetó la niña.

-No es verdad. –se defendió él.

-Si lo es.

-No.

-Si.

-No.

-No.

-¡Si!

-¡Jah! ¿Lo ves? Eres aburrido. –Dijo Naiara triunfal.

-¡No lo soy!

-¡Entonces demuéstralo! Hasta ahora el doradito adorable ha sido mucho más divertido que tú. –Deltha miraba de uno a otro sin pronunciar palabra alguna, sabiendo perfectamente a donde conduciría la discusión.

-¡Bien! –Aioros se puso en pie y se llevó las manos a la cintura.- ¡Iremos a Sagitario, y te mostraré los subterráneos!

-Trato hecho, doradito. –Replicó Naia. En ese instante, Deltha supo que su amiga había conseguido exactamente lo que quería, y que tras aquella máscara inexpresiva, la niña dibujaba una sonrisa triunfal.

-2-

El pequeño peliazul dejó escapar un quejido apenas audible cuando su puño impactó con fuerza en la roca que tenía frente a si, haciéndola añicos. Abrió y cerró su mano entumecida un par de veces, tratando de que el dolor que comenzaba a inmovilizarla se esfumara. O al menos, que disminuyera.

Tomó uno de los fragmentos de piedra que estaban esparcidos por el suelo, y lo sujetó con firmeza en su mano. Se dejó caer al suelo, sabiendo que a aquellas alturas, continuar de pie era un gasto innecesario de energía. Un par de metros más allá, Kanon lo observaba tan cansado como aburrido.

-¿Por qué no lo dejas por hoy? –Preguntó.- Zarek dio por terminado el entrenamiento hace rato y ya apenas hay luz.

-Porque no. –respondió escuetamente el mayor. Kanon observó como el cosmos dorado de Saga rodeaba débilmente la mano donde tenía la piedra, y no pudo evitar resoplar con hastío.- Pienso conseguirlo. Hoy.

-¿Qué te hace pensar que podrás hacerlo? –El menor le arrojó una piedra a los pies.- ¡Solamente hace un par de días que Zarek comenzó las lecciones sobre otras dimensiones!

-¡Me estas desconcentrando! –Espetó Saga mirándolo con dureza.- Que tú no te esfuerces lo suficiente, no quiere decir que yo deba hacer lo mismo.

Ignoró a su hermano por unos momentos, y devolvió su atención a la pequeña roca que apretaba. Aumentó un poco la potencia de su cosmos, siguiendo las indicaciones que Zarek llevaba explicándoles durante lo que parecía una eternidad. El dolor de su mano, poco a poco se iba extendiendo por su antebrazo, pero a pesar de ello, no pensaba ceder en aquel intento. Contempló su propio cosmos con atención, logrando ver el movimiento incesante de aquellas diminutas partículas similares a estrellas; y se esforzó por aumentar su potencia y manejarlo a su antojo. Poco a poco, comprobó como en aquella tenue luz dorada, nacía una oscuridad que rodeaba de manera caprichosa a la pequeña roca. Frunció el ceño, comprendiendo lo que significa aquella negrura e incrementó su cosmos nuevamente.

Sin embargo, algo falló. Tal y como había conseguido abrirlo, el portal desapareció en la palma de su mano. Frustrado al no poder controlar los principios del séptimo sentido tan bien como hubiera querido, dejó escapar una maldición a la vez que aventaba la roca contra la escalinata que conducía a Cáncer.

-¿Sabes qué? –Dijo Kanon poniéndose en pie de un salto.- Solamente haces esto porque sabes de sobra que lo que dijo el maestro es verdad. No eres lo suficientemente bueno como para conseguirlo tan rápido.

-¡Cállate! –exclamó el mayor.

-¡¿Por qué? –tan enfrascados estaban en su discusión, que no escucharon la llegada de un tercero. Aioros se aclaró la garganta, intentando llamar su atención.

-¿Qué ocurre? –Al escucharlo, los gemelos se detuvieron de pronto en su discusión.

-Mr. Perfección se siente frustrado. –respondió Kanon encogiéndose de hombros. Saga volteó los ojos con molestia.

-¡Déjame en paz, Kanon!

-Ya veo… -murmuró el arquero, sin embargo, se apresuró a continuar.- ¿Queréis venir a los subterráneos de Sagitario?

-¿Estas seguro de lo que estas preguntando? Te ves sospechoso, Aioros. –dijo el menor de los gemelos entrecerrando los ojos. El castaño suspiró y dejó caer los hombros.

-Naiara me retó. Tengo que mostrarlas a ella y a Deltha el sótano. –No le pasó desapercibida la sonrisilla picara de Kanon.

-¡Vamos! –En menos de un suspiro, el peliazul emprendió el camino. Aioros volteó a ver a Saga en busca de una respuesta, y al contemplarlo, supo que su mal humor tardaría en disiparse.

-¿Vienes? –preguntó. Saga pareció pensarlo unos instantes, finalmente asintió y con desgana, siguió a los otros dos hacia los pasajes secretos de las Doce Casas.

-3-

Hacia un par de largos minutos que no se oía sonido alguno alrededor de los chicos, mas que el crepitar de las antorchas dispersas aquí y allá, y el murmullo constante del torrente subterráneo. Sus pisadas apenas perceptibles en aquel paraje húmedo y desconocido les conducían a través del camino trazado en la misma roca viva. Había muchas leyendas acerca de aquel lugar, pero ninguna alcanzaba a representar lo que sus ojos contemplaban por primera vez bajo el Noveno Templo.

-¡Es genial! –exclamó Kanon, manifestando así la emoción disimulada que todos sentían por igual.

-Antes de que sigamos más adelante… nadie, absolutamente nadie, puede saber que hemos venido aquí. ¿De acuerdo? –preguntó el arquero, buscando eliminar aquella ansiedad que lo atenazaba al ser consciente de que estaba violando una de las pocas normas que Orestes había establecido como indiscutible. Los demás asintieron sin prestarle demasiada atención.- Y tened cuidado, esto esta lleno de trampas y es peligroso. Si nos distraemos puede que alguien salga…

-¡Ya cállate! –resopló Naiara aburrida.

-… herido. –terminó de decir Aioros en apenas un susurró.

-Naiara tiene razón. –todas las miradas se centraron en Kanon al escucharlo hablar. La aludida dibujó una expresión de sorpresa total tras su máscara y observó como el peliazul se encaramó de un salto en un risco que se adentraba en el torrente de agua, y llevándose las manos a la cintura, continuó mientras negaba suavemente con la cabeza.- Te preocupas demasiado.

-Y tú, no te preocupas de nada. –se defendió Aioros.- Nunca. Jamás.

-¿De qué sirve hacerlo? –replicó el gemelo con expresión burlesca. El arquero volteó los ojos.

Unos pasos más allá, Saga observaba la discusión totalmente ausente. En realidad, su mente seguía dándole vueltas al entrenamiento de aquel día. Una y otra vez, intentaba buscar una explicación al por qué le resultaba tan difícil conseguir aquel nuevo objetivo que Zarek les había impuesto. Y en consecuencia, no cesaba en su empeño de buscarle una solución.

Suspiró y con cansancio, alzó el rostro para observar la discusión de su hermano y Aioros. Instintivamente, volteó a ver a las dos niñas enmascaradas que al igual que él, veían a aquel par en absoluto silencio. Aún no se acostumbraba a su presencia entre ellos, y para ser sincero, le incomodaba ligeramente no poder ver sus rostros y expresiones. Debía admitirlo, se sentía casi vulnerable y en clara desventaja. La cicatriz de su ceja era una muestra evidente de ello.

Pero entre tantas cavilaciones, algo llamó su atención. Se alejó unos metros del grupo y llevó su vista a la izquierda. Allí la gruta descendía en un túnel que anulaba cualquier camino a sus flancos. Entrecerró los ojos, y se fijó en la tenue luz que se veía al fondo de aquella oscura garganta.

-Orestes no esta en Sagitario, ¿cierto? –preguntó, despegando los labios por primera vez. Sorprendidos, Aioros y Kanon guardaron silencio, intercambiando un par de miradas confusas.

-No. –respondió el arquero.

-Entonces… ¿por qué su cosmos se nota tan fuerte ahí abajo? –Aioros frunció el ceño y se acercó a Saga, observando en la misma dirección que él.- El cosmos de los Doce siempre esta latente en las Doce Casas, estén ellos presentes o no. Pero nunca con esa intensidad. –Volteó a ver a su amigo y alzó las cejas al reparar en su cara de poker.- ¿No lo habías notado?

-Nunca bajo aquí. –El "no" que maquillaba aquella respuesta, no pasó desapercibido para el peliazul. Aioros lo notó.- Orestes me trajo en los primeros días de mi estancia en el Santuario. No dijo gran cosa de este sitio.

-¿Nunca has estado en Géminis cuando Zarek estaba ausente y no portaba su armadura? –preguntó Saga. Aioros se lo pensó, y finalmente negó.- Es como si el cosmos de ella fuera tan impresionante como el de él mismo. Se extiende por todo el templo, y da la impresión de que aunque su guardián no este, la armadura es aún más fiera que Zarek. Es como si las dos máscaras del casco vigilaran cada movimiento y estuvieran preparadas para atacar en cualquier momento.

-¿Orestes se llevó su armadura? –intervino Kanon.

-Pues… no estoy seguro. –Replicó una vez más Aioros.- De todos modos, normalmente si no la viste, la deja en el salón de batallas.

-Pero no estaba ahí cuando llegamos. –el castaño escuchó a Saga una vez más, y finalmente, comprendió que significaban sus palabras.

-¡Puede estar ahí abajo! –exclamó el gemelo menor. Todos voltearon a ver la gruta una vez más.

-¡Bajaremos! –una vez más, el ímpetu en la voz de Naiara, provocó en todos ellos un escalofrío.- ¡Nunca la he visto de cerca! –se defendió.

Kanon dejó escapar una carcajada. Aquella niña era bastante peculiar, y porque no decirlo… empezaba a resultarle divertida. Se atrevía a decir, que tenía una mente tan traviesa como la suya propia. Solamente existía un problema: era una lástima que fuera una koree. ¡Una niña! Un estorbo.

Decidido, tomó la iniciativa, y con cuidado, se acercó lo suficiente como para que el agua salpicara sus piernas. Observó bien el pasaje, y de un salto alcanzó una de las rocas que sobresalía sobre el agua. Desde allí, comprobó como de manera caprichosa, las rocas se esparcían aquí y allá entre la superficie cristalina, creando un sendero tan resbaladizo como el que conducía a las puertas milenarias de Meridia.

-¿A qué esperáis? –preguntó, mientras avanzaba sobre las rocas. Aioros suspiró y siguió a su amigo. Le tendió la mano a Deltha, que sería la siguiente en seguirle y se aseguró de que la tímida koree no resbalara. Naiara y Saga podían cuidarse solos.

O al menos, eso esperaba.

-4-

Cuando Kanon puso los pies en roca firme, comprobó como ante ellos, la gruta había cambiado. Ya no era un pasaje angosto y estrecho, sino que allí se abría en una cueva de altos techos. Rápidamente, descubrió la fuente de aquella tenue luz, que ahora ya no lo era tanto, y por un momento se quedó boquiabierto. Había visto muchas veces la armadura de Sagitario, pero nunca de aquel modo. Ensamblada en su forma original, el ropaje del centauro arquero relucía en la casi total oscuridad. Su superficie parecía mucho más suave y lisa que cuando la habían visto vistiendo a su dueño. Era como si irradiará una energía mucho más poderosa y salvaje, indómita. Exactamente lo que Saga había descrito de la armadura de Géminis.

-Es… hermosa. –murmuró Deltha, fascinada con la imagen. Aioros infló el pecho orgulloso, pero tan hechizado como ella.

La imagen, era simplemente mágica. El agua que goteaba por las paredes, bañaba las alas doradas, pues una de las pequeñas cascadas caía directamente sobre ella. El ropaje sagrado parecía sangrar oro, ya que a sus pies, el agua que apenas cubría un par de palmos el suelo donde descansaba, se teñía de dorado y daba la impresión de que aquel era un manantial del preciado metal, cuyos reflejos inundaban de luz y destellos la gruta subterránea.

-Supongo que te referías a esto cuando hablabas de Géminis… -murmuró Aioros un par de pasos más allá de Saga. El peliazul sonrió.

-Exactamente.

-¿Por qué Orestes dejaría aquí la armadura? –preguntó Naiara sin quitarle la vista de encima al ropaje.

-Esto son aguas sagradas, vienen de la Fuente de Athena. El cosmos de la diosa esta latente en ellas… Seguramente sea por eso. –aclaró el peliazul. Naiara lo miró fijamente.

-¿Nunca te han dicho que eres un sabelotodo? –espetó la morena con tranquilidad. Saga frunció el ceño.

-No, pero gracias. –murmuró a regañadientes con marcada ironía. La niña dejó escapar una risita que enervó un poquito más al chico si era posible.

Mientras tanto, Kanon se había acercado peligrosamente a la armadura. Sus ojos verdes contemplaban cada detalle, por minúsculo que fuera. A pesar de estar acostumbrado a verla, nunca la había tenido frente a él de aquella manera. Extendió su mano, lo suficiente como para quedar a escasos milímetros de la afilada flecha, y como si el chico estuviera hipnotizado, estiró sus dedos, dispuesto a acariciar aquella pulida superficie. Sin embargo, cuando su piel rozó el oro, el cosmos que envolvía al ropaje vibró, como si aquella energía clamara venganza por haber invadido su intimidad.

El geminiano retiró la mano automáticamente y dio un paso atrás.

Todas las miradas cayeron sobre él inmediatamente, y antes de que nadie pudiera pronunciar palabra alguna, arco y flecha se movieron, apuntando directamente a la frente del chiquillo. La cuerda de oro, se tensó a manos de unos dedos invisibles y un suave sonido, similar al roce del aire sobre las cuerdas de una lira, resonó. Aioros abrió los ojos de par en par. Sus músculos reaccionaron antes que su voz y de un salto a una velocidad que las dos niñas apenas alcanzaron a ver, arrojó a Kanon al suelo a la vez que el silbido de la flecha dorada surcaba el aire.

-Eso… ha estado cerca. –murmuró el peliazul en el suelo. Aioros dejó escapar el aire que había contenido.

-¡Idiota! –exclamó el arquero quitándose de encima de su amigo.

-La pared… se esta resquebrajando. –interrumpió Deltha. Todos voltearon en la dirección indicada.

Efectivamente, la flecha se había incrustado en la pared de piedra a espaldas de Saga y Naiara. Ahora, brillaba con una intensidad aún más sobrenatural y las rocas milenarias de la gruta se agrietaban como si fueran papel. Instintivamente, Saga dio un paso atrás sin quitarle la vista de encima.

-Levantaos del suelo. –Dijo.- Rápido. –Aioros le tendió la mano a Kanon y tiró de él.

-Se esta filtrando agua. –murmuró Naiara.

-Lo veo. –replicó el mayor de los gemelos.

-¡¿Qué hacemos? –insistió Deltha nerviosa.

-Creo que es un buen momento para echar una carrera. –Aioros entrecerró los ojos y le concedió a Kanon una mirada fulminante al escucharlo.- El que primero salga vivo de aquí, gana.

-¡Esa es una gran idea! –exclamó Saga, estando por una vez, de acuerdo con su hermano.

Aioros asintió, volteó a ver a Deltha y la animó a seguirlo mientras a toda prisa reemprendían el camino de vuelta por el pasaje de la gruta, con Kanon en la delantera. No tardó en oírse el quejido de la roca a sus espaldas y finalmente, un hueco lo suficientemente grande como para que el agua saliera de él con fuerza se abrió en el muro. En la apresurada huida, Naiara tropezó con uno de los fragmentos de roca que comenzaban a caer de todas partes. La niña ahogó un gemido mientras intentaba ponerse de pie a toda prisa.

-¡Vamos! –sin mirarlo siquiera, reconoció la voz. Supo que la mano que tiraba de su brazo y la ponía en pie de un tirón, pertenecía a Saga y por un momento respiró algo más tranquila.

-¡Saga! ¡Daos prisa! –gritó Kanon mientras llegaba al exterior de la gruta.

-¡El techo! –gritó Deltha.

Aioros alzó los ojos y una expresión de pánico adorno su rostro. El pasaje que cubría el torrente, acababa de venirse abajo y no había rastro alguno de Naiara y Saga. El polvo y el agua salpicaron todo, pero poco les importó.

-¡Saga! –gritó con más fuerza Kanon mientras pegaba su rostro a la recién aparecida pared de roca.

-¡Naia! –Deltha hizo lo propio.

Y el arquero, sintió como por un momento las lágrimas empañaban sus ojos a la vez que apretaba los puños. En realidad, estaba aterrado.

-5-

Del otro lado del muro, el panorama era bien distinto. Cuando el techo del pasaje se vino abajo, ambos supieron que estaban encerrados y sin salida. Pero no esperaban que aquel lugar fuera una trampa de la magnitud que contaban las leyendas. Era cierto que la única salida que conocían se había cerrado, pero bajo sus pies, la roca también se había abierto, y sin saber como, habían caído a una cavidad inferior, que a simple vista, parecía una laguna de aguas tranquilas.

Cuando Saga salió a la superficie, boqueó por oxígeno en un par de ocasiones. El polvo, la roca y el agua no dejaban de caer, aunque ahora en menor medida, y su instinto de supervivencia le indicó que debía abandonar aquel lugar y encontrar uno más resguardado. Sin embargo, no alcanzaba a ver a la koree por ningún lado, y estaba seguro que había caído con él. No había soltado su mano hasta que impactó de lleno contra el agua.

Notó que estaba más cerca del borde de lo que pensaba, cuando esta vez fue a él a quien lo sorprendió el agarre de una mano misteriosa. Alzó sus ojos, y distinguió el cabello oscuro de la niña entre tanta confusión. Permitió que lo ayudara a salir del agua, y cuando finalmente se encontró en tierra firme, se tumbó boca arriba y cerró los ojos, empapado; en busca del aire que aún le faltaba.

-¡Saga! ¡¿Estás bien?

El chico abrió los ojos nuevamente y una vez más, sintió como el aire abandonaba sus pulmones con crueldad. Justo sobre él, unos ojos violeta abiertos de par, lo contemplaban con las pestañas empapadas. La melena negra de su portadora, que enmarcaba un níveo rostro de mejillas sonrojadas por el esfuerzo, goteaba agua sobre su rostro.

-Di algo. Me estas asustando. –murmuró la niña. El chico continuó mirándola, hipnotizado y aterrado.

-Tu… Mmm… -No tenía la menor idea de que debía hacer en aquel momento y ella frunció el ceño confundida.- Tu máscara. No esta. –Naiara alzó las cejas casi aliviada, y esbozó una sonrisa pícara.

-Es un poco difícil respirar con ella bajo el agua. –Saga frunció el ceño, confuso. No estaba seguro de que ella hubiera comprendido su preocupación.- ¡Pero esta a salvo!

-No es eso. –alcanzó a decir él, sentándose finalmente con la koree a su lado, y evitando mirarla a toda costa.

-¡La ley! –al escuchar el tono preocupado en su voz, el peliazul la miró de soslayo y por un momento, al ver la expresión de la koree, le resultó difícil ocultar la sonrisa que pugnaba por adornar sus labios. Se aclaró la garganta y asintió. Unos segundos de tenso silencio les siguieron.

-Bueno… en realidad es una ley estúpida. No tengo intención alguna de amarte. –Saga frunció el ceño una vez más.- Y tampoco de matarte. –El chico soltó el aire que guardaba en sus pulmones más aliviado.- A decir verdad, nadie tiene por qué saber que has visto mi rostro. Puedes ser una autentica molestia sabelotodo, pero eres de los pocos amigos que tengo aquí. No me importa que lo hayas visto. Lo prefiero.

Saga la miró a los ojos por primera vez sabiendo lo que iba a encontrar. Se quedó callado, contemplándola y guardando cada detalle para si mismo. Y finalmente, sonrió.

-Tienes unos ojos extraños. –murmuró. La koree frunció el ceño y Saga dejó escapar una carcajada.- Gracias. –Dijo finalmente.- Por lo que has dicho.

-¡No es nada! –Naiara se llevó la mano a la nuca y revolvió su melena empapada con nerviosismo.- Pero ahora que hemos terminado con las formalidades, ¿Qué tal si usas tu brillante cerebro dorado y sabelotodo para encontrar una salida? Tengo frio. –el peliazul volteó los ojos irritado y se puso en pie. Observó la nueva estancia donde habían caído, hasta que la niña interrumpió sus pensamientos una vez más.- Empiezo a pensar que somos un imán para los desastres. Cabo Sunion, la huida de Deltha del armario de Arles, el sotano de Sagitario…

-Aioros va a matarnos. –dijo al escuchar el eco de los gritos de su hermano y el arquero metros más arriba.

-Es posible.

-Hablaré con él, estará a punto de darle un síncope y no tengo ninguna intención de que Zarek me saque de aquí hoy.

La niña asintió, ligeramente descolocada por aquel último comentario, y no dejó de mirarle de manera analítica durante todo el rato que el aprendiz de Géminis la ignoró.

-Estamos bien. –el arquero dio un respingo y suspiró aliviado.

-¡Están bien! –Kanon y Deltha lo miraron sorprendidos.- Su cosmos, estoy hablando con él.

-¿Por qué no se nos ocurrió antes? –Kanon, frustrado, se dio una palmada en la frente.

-¿Veis alguna salida? –preguntó el arquero.

-No. Estamos en otra cueva. Pero el agua sigue fluyendo hacia algún lado. ¿No hay otro modo de salir de aquí?

-No lo se. –Aioros apretó los puños nuevamente.- Quizá sea mejor que avise a alguien.

-No.

-A Shion. El puede sacaros, puede teletransportarse, ¿no?

-¡Ni hablar! No avises a nadie, si el agua sale por algún lado, nosotros también. Será mejor que salgáis del sótano antes de que Orestes vuelva.

-Está bien. –Murmuró de vuelta.- Tened cuidado.

Aunque no le veía, Saga asintió de vuelta y no dijo nada más. Suspiró de nuevo, intentando relajarse y pensar en una solución.

-Estas sangrando. –la voz de Naia lo alertó, y volteó hacia ella sin saber a que se refería.- La mano. –Saga extendió su mano derecha frente a él, y observó el vendaje que la cubría. La palma y los nudillos de la fina tela, habían adoptado un color inconfundible.

-No te preocupes, no es de ahora. –respondió mientras volvía a su labor.

-Ah. –respondió la koree sin saber muy bien que más decir.

-El agua fluye hacia allá. –Señaló a su derecha.- Bajaré y veré si hay una salida por ese túnel.

Sin darle tiempo a replicar, el geminiano saltó al agua. Se acercó hasta el lugar donde el flujo se aceleraba y sonrió al comprobar que había una corriente de aire, y algo de luz del otro lado. Tomó aire y se sumergió, avanzando todo lo que sus pulmones le permitieran y contando los segundos que pasaba bajo el agua. Afortunadamente, no tardó en llegar al otro lado, y complacido, comprobó como allí se abría otra cueva donde finalmente, el agua disminuía de profundidad y acariciaba un lecho de arena que conducía a un pasillo.

Volvió sobre sus pasos en busca de Naiara, que esperaba asomada al borde, con ansiedad. Cuando finalmente emergió del agua, la chiquilla respiró aliviada.

-Al otro lado, el agua disminuye y hay algo similar a una cala. –Explicó Saga con la respiración agitada.- Hay un pasillo, y sin duda, se filtra viento desde allí. Solo tenemos que atravesar el túnel y llegar al final del pasaje.

-¿Estas seguro? –preguntó ella no demasiado convencida. El peliazul asintió.- Y si… -Naiara pareció pensarse bien sus palabras.- Y si mejor llamamos a tu maestro. ¿Puedes hacerlo no? ¿Hablar vía cosmos?

-Ni hablar. -Fue la única respuesta que recibió.

-¿Por qué no? Es tu maestro, no dejará que nada te pase.

-¡Dije que no! –exclamó molesto. Suavizó un poco el tono para continuar.- No dejará que nada me pase porque si se entera de esto, me matará el mismo. Lentamente.

-Seguro que no es tan malo.

-Esta claro que no le conoces.

-¡Pero…!

-Puedes quedarte aquí si quieres. No es asunto mío. Yo me voy. –farfulló, mientras emprendía el camino a nado de vuelta al túnel. Naia maldijo su suerte por lo bajo al ver como se alejaba.

-¡Espérame! –El chico hizo como le había pedido. La aprendiza de Caelum aseguró su máscara al cinturón de la cintura y se zambulló.

-Cuando cuentes hasta veinte, estarás fuera del túnel y podrás salir y respirar. –explicó el peliazul. Ella asintió con nerviosismo y por un momento, Saga comprendió. Estaba terriblemente asustada, y el agua no ayudaba en lo más mínimo.- Te tomaré de la mano. Y no te soltaré. ¿De acuerdo?

-Si. –susurró mientras era ella quien se aferraba a su mano izquierda. Instantes después ambos se sumergieron bajo el agua.

-6-

Afuera, en la escalinata frontal de Sagitario, los tres chicos observaban el horizonte en silencio. Sus expresiones de preocupación, eran evidentes a simple vista y de algún modo, les resultaba terriblemente difícil hablar.

-Tendría que haber avisado a Shion. –murmuró el arquero más para si mismo que otra cosa.

-¡No! –Exclamó Kanon.- Si avisas a Shion, esto terminará aún peor de lo que empezó.

-Sabía que era una mala idea. ¡Sabía que terminaría en accidente!

-Ya no hay nada que hacer. Sólo cállate y espera.

-Los dos están bien. Saldrán de ahí. –dijo Deltha por primera vez en un buen rato. Ambos chicos la miraron.

-¿Cómo estas tan segura de eso? –preguntó Aioros.

-Es tarde, noche cerrada. Si tardamos demasiado en volver a Géminis, os aseguro que Zarek vendrá de visita. Y hoy no estaba de demasiado buen humor. –todas las pegas que ponía Kanon a la situación, eran de veras desalentadoras.

-Orestes tampoco tardará en llegar. –añadió Aioros.- Y tenía prohibido bajar ahí abajo. Ahora el sótano se ha derrumbado y la armadura esta dentro.

-Estoy segura de que Saga y Naia saldrán de ahí. En serio. –Los dos la miraron nuevamente.- No es como que se soporten demasiado. Sino salen pronto, Sagitario explotará antes.

-Tienes razón. –Aioros y Kanon dejaron escapar una carcajada.

-7-

-¿A dónde demonios dirige esto?

-No lo se. Pero diría que estamos bajando por las Doce Casas.

Naiara suspiró. Hacía rato que habían abandonado las aguas templadas de aquellos subterráneos, y efectivamente, corría brisa por allí. Se forzaba a si misma a ignorar el tiritar de su cuerpo ante el contacto del aire y el frío de la ropa empapada pegada a su piel. Miró de soslayo a su acompañante, y comprobó que su situación no era demasiado diferente, pero en ningún momento había desaparecido la expresión de determinación de su rostro. De pronto se detuvo, y la koree chocó irremediablemente con su hombro.

-¡Mira! –exclamó emocionado.

Naiara volteó en la dirección que el chico señalaba y sintió como en sus labios se formaba una sonrisa de alivio. Frente a ellos, el pasaje se reducía considerablemente de tamaño, y aunque cubierta por un montón de matorrales, la salida estaba allí, frente a sus ojos. Saga corrió hasta allá y sin importarle demasiado las magulladuras de sus manos, apartó las ramas lo mejor que pudo, asomó la cabeza y observó el lugar. La sonrisa de su rostro se amplió. Miró a la koree y la tendió la mano para ayudarla a salir, y una vez lo hubo conseguido, salió el mismo.

-Estamos en Escorpio. –dijo el peliazul. Naiara le devolvió una sonrisa esplendida.

-¡Vayamos a buscar a esos tres antes de que lloren de miedo! –aquellas palabras, lo hicieron reír, y tal y como ella había sugerido, ambos se encaminaron rumbo a Sagitario.

Nuevamente, la koree lo miró de soslayo. El doradito adorable podía ser terriblemente irritante. Pero desde luego, jamás volvería a dudar de su instinto de supervivencia y su sentido de la orientación.

Comenzaba a pensar, que Nikos estaba equivocado. Terriblemente equivocado.

-8-

-¡Naia! ¡Es Naia! –exclamó la pelipúrpura al ver las siluetas de los dos desaparecidos aparecer frente a Sagitario. Se levantó de un salto y corrió todo lo que pudo hasta poder abrazarla.- ¡Estas bien!

-¡Por supuesto! –exclamó la otra. Saga volteó los ojos.

-¡Y tú también lo estas! –no le dio tiempo a reaccionar, porque antes de que pudiera pestañear si quiera, Deltha se había colgado de su cuello y lo abrazaba como si le fuera la vida en ello.

-Vas a ahogarlo, Del. El pobre tiene salud delicada. –Los demás ahogaron una risa al notar el respingo de Deltha al observar el rostro de su amiga.- ¿Qué?

-¡Tu máscara! -Naia y Saga se sobresaltaron y la expresión de Deltha se contagió al otro par de chicos.

-¡No os preocupéis! Fue un accidente, pero la tengo aquí. ¿La veis? –ninguno dijo nada. Sólo miraban fijamente de uno a otro.

-De todos modos es una ley bastante estúpida. –aclaró Saga.

-El doradito esta en lo cierto.

Ninguno pronunció palabra alguna.

-Tal vez, pero si alguien se entera…

-Nadie va a enterarse, Del. -terció Naiara.- Y si alguien lo hace… mataré al doradito. -amplió su sonrisa. Saga solamente giró los ojos fastidiado.

-¡Ah! ¡Te has perdido el gran espectáculo, Saga! -exclamó el otro gemelo a la vez que alzaba los brazos y soltaba una carcajada de triunfo.

-¿Qué es lo que me perdí? -la expresión de fastidio no pasó desapercibida para nadie. El mal humor del peliazul todavía estaba latente pero Kanon estaba más que dispuesto a ignorarlo.

-Pues, mientras Naia y tú jugabais a los exploradores en el fondo de la gruta, nuestro buen amigo el arquero no ha podido guardarse las lágrimas de emoción. -rió.- ¡Ha llorado como una niña!

No sólo fueron los ojos rabioso de Aioros los que se fijaron en él, sino también la mirada violeta de Naiara le penetró con furia.

-No todas las niñas somos lloronas. -espetó.

-Y no estaba llorando, Kanon. -Aioros giró el rostro, evitando que el mohín que delataba la mentira pasara inadvertido para su amigo.

-¿No llorabas?

-¡No!

-Mientes horrible. -ahogó una risa.- Estabas a punto de desmayarte de la impresión. Tus ojos quedaron rojos, tu nariz quedó roja y las lágrimas se te escaparon. Estabas llorando.

-¡No estaba llorando! El polvo me entró en los ojos.

-Igual en los míos y no lloré. Admítelo: Tenías miedo y lloraste. -le enfrentó.

Dándose por vencido, más no dispuesto a pronunciar palabra alguna que le diese la razón a Kanon, Aioros se sopló los flecos de cabello castaño que caían sobre sus ojos. Desvió la mirada, aún con el ceño fruncido, y la llevó hacia su templo. Kanon, en cambio, sonrió con desfachatez al saberse ganador.

-Deja de molestarlo. ¿Qué más te da si lloró o no? Ciertamente no lo hizo por ti. -Saga subió los hombros, enajenándose de cualquier reproche que su hermano tuviese a partir de ese momento.

-Como sea. -se cruzó de brazos y la sonrisa de unos minutos antes se transformó en una mueca, pero pronto, el quejido de su estómago le recordó que llevaba varias horas sin probar bocado alguno.- ¿Aioros?

-¿Qué?

-¿Hay algo que comer en ese templo tuyo? Muero de hambre.

El niño castaño alzó una ceja y cayó en cuenta que estaba en el mismo caso que Kanon. Si bien había olvidado pasajeramente su apetito debido al pequeño incidente con Saga y la aprendiza de Caelum, ahora, ya que todo estaba en orden, se sentía hambriento.

-Supongo que hay galletas. -dijo.

-¡Con eso me basta!

-¿Acaso solo comes galletas? -se escuchó la delgada voz de la koree pelipúrpura. Se sintió incómoda cuando todas las miradas cayeron sobre ella.- El otro día, en el armario, también estabas comiendo galletas. ¿Hay algo más que comas además de eso?

-Como de todo, a diferencia de otros… -agregó, mirando hacia su hermano.- … pero me gustan las galletas. Además, no es asunto tuyo lo que quiera o no comer. ¿Qué vas a hacer? ¿Arruinarme el bocadillo como la última vez?

-No fue mi intención. -Deltha suspiró.

-Ya no importa. Quiero galletas, Aioros. ¡Llévanos ahí!

El futuro arquero miró hacia Saga, buscando que no objetase su decisión y que tampoco le dejara abandonado con Kanon y dos korees a su cuidado. Al verlo levantar las cejas supo que le seguiría. Más tranquilo, se encaminó hacia Sagitario seguido de los demás chiquillos.

-9-

-Tomad. –Saga y Naia aceptaron el par de toallas que el arquero les ofrecía.

Deltha sintió su estómago retorcerse mientras veía a sus amigos saboreando las galletas con trozos de chocolate. Tenía hambre, mucha hambre, y ya comenzaba a plantearse la posibilidad de que haberles seguido hasta la cocina del noveno templo había sido una pésima idea.

-¿En serio no vas probar las galletas? -los exóticos ojos de la koree se fijaron en su compañera.

-Ya te dije que no, Naiara. -se cruzó de brazos y suplicó porque su estómago no la traicionara.- No voy a quitarme la máscara.

-Es una estúpida ley, Del. Olvídala y come un poco. Debes estar hambrienta. -sonrió descaradamente mientras deglutía el bocadillo.

-Quizás sea estúpida, pero podemos meternos en muchísimos problemas si nos atrapan desobedeciéndola. Para empezar, si Axelle se entera entonces nos castigara de por vida o peor. ¡Podrían echarnos del Santuario!

-Estás exagerando; siempre lo haces. -masculló.

-Y tú tomas todo a la ligera.

Mientras ambas niñas discutían, los ojos de los gemelos y de Aioros pasaban intermitentemente de una a otra, aunque sus labios permanecían sellados. Los líos entre korees eran líos entre ellos y, a pesar de ser pequeños, la intuición les gritaba que se mantuvieran alejados de ellos.

-¿Saga? -Kanon interrumpió a las pequeñas al mismo tiempo que un gesto de curiosidad iluminaba su rostro de facciones todavía infantiles.- ¿Cómo es que Naiara y tú llegasteis a Escorpio?

-No lo sé. -se encogió de hombros.- Encontramos una salida, la seguimos y lo que supimos después es que estábamos cerca de Escorpio. Muy probablemente, de alguna forma u otra, los doce templos están conectados por pasadizos subterráneos.

-Algún día deberíamos ir a explorarlos. -sonrió travieso el peliazul.

-Puedes ir solo.

-Quizás sea mejor. No me gusta tener de compañeros de expedición a un montón de bebés llorones.

-¡Ey! Que el único llorón aquí es Aioros. -respondió con presteza Naiara. Ella y Kanon compartieron una pícara sonrisa al ver al arquero girar los ojos y soltar un suspiro.

-¿Algo más que deseen agregar? -el aludido les miró con fastidio.

- Nada. Ya se dijo todo. -Kanon mordió su galleta haciendo que unas cuantas migajas se arremolinaran en las mechas azules de cabello que descansaban sobre sus hombros.

-No te preocupes. -Aioros volteó solo para encontrarse con el rostro inerte de metal en el que vio su propio reflejo. La mano de Deltha palmeó su hombro en un par de ocasiones al mismo tiempo que meneaba su cabeza, desaprobando la conducta de los otros dos niños.- No hay nada de malo en llorar, sólo ignóralos.

-No estaba llorando… -Aioros gruñó.- Y tampoco es sencillo ignorarles.

-Ya deberías tener práctica, al menos cuando se trata de Kanon. -terció el mayor de los gemelos.

-¿En serio? ¿Tú puedes hacerlo? ¿Puedes ignorarle?

-Es distinto. -bufó contrariado por la contra pregunta del castaño.

-Nadie puede ignorarme. -Kanon infló el pecho y dejó escapar una carcajada que Naia coreó.

Por un momento no se oyó más que las risas cómplices del par de chiquillos mientras los otros luchaban por no dejarse enervar por ello.

-¿Sabes, Kanon?

-No, no sé. ¿Qué debo saber, Saga? -rió despreocupado.

-Pues que, para odiarlas tanto, tú y la niñita os lleváis demasiado bien. -soltó, apuntando hacia la aprendiza de ojos violeta.

-Es divertida cuando quiere serlo.

-Sí, se nota. Hacéis un buen par. -Aioros les observó de reojo.

-Gracias. -respondieron los aludidos al unísono.

Sabiendo que no tenía nada que hacer contra ellos, el pequeño arquero desistió de sus intentos; ya era difícil lidiar con Kanon solo, como para tener que hacerlo cuando contaba con una cómplice en crimen como la koree de cabellos oscuros. De reojo, observó a su amigo. Saga se veía distante y metido en su lucha por tampoco prestar atención a su hermano. Con cierta indiferencia mordisqueaba una galleta que parecía no gastarse a pesar que el gemelo llevaba tiempo con ella.

Después, miró hacia la otra niña quien parecía haberse convertido en una estatua en la silla que usaba de asiento. No era necesario ver su rostro ni leer sus facciones para saber que los pensamientos de Deltha pertenecían a la golosina que ellos comían con tanta naturalidad pero que ella se negaba a probar a causa de la máscara.

-Oye, no tienes que quitártela si no lo deseas, pero podrías hacerlo y nosotros prometemos no mirar mientras comes. ¿Te parece? -dijo Aioros al mismo tiempo que extendía una galleta hacia la koree.

-No debería… -respondió casi en un susurro.

-Nadie va a mirarte y será rápido. Sirve que engañas a tu estómago hasta la cena. -ante las palabras de Aioros, la chiquita subió los hombros, encorvando la espalda y apretando las manos entre sus piernas. Su mirada recelosa se posó en Kanon.- No te preocupes por él. Lo vigilaremos que no espíe.

-¿Vigilaremos?

-Sí, Kanon. Saga y yo te estaremos vigilando. -entrecerró los ojos.

-¡Pero si apenas podéis seguirme el ritmo!

-Si fueras mucho más tranquilo sería más sencillo.

-Si fuera tranquilo, os aburrirías.

-Y si…

-Por última vez, Aioros, déjalo.-habló Saga.

-Pero…

-Sólo déjalo.

Kanon sonrió lleno de satisfacción al ver el mohín de disgusto en el infantil rostro de Aioros y la mirada de desaprobación en su hermano. De repente, se sentía orgulloso del efecto que causaba en el grupo y, sobretodo, por las reacciones que arrancaba en su par de compañeros.

-¿De verdad prometéis no mirar? -la voz de Deltha interrumpió el silencio.

-Prometido. -Aioros sonrió.

La niña volteó entonces hacia Saga, quien asintió con desazón; Kanon, por el contrario, subió los hombros y rió sin vergüenza. Al final de cuentas, la niña estaba en la misma situación.

-Dame la galleta. -solicitó.

-Ten. ¿A dónde vas? -preguntó el castaño al verla encaminarse hacia la puerta.

-A comerla a otro lado.

-Eres una exagerada, Del. No se te caerá el rostro si alguien te mira. -interrumpió la otra niña.- Sin mencionar que es mucho más cómodo no tener que ir por todos lados con esa fea máscara.

-Ya te dije que no voy a quitarm…

-¡Todos! ¡Silencio! -la niña no pudo continuar a causa de la inesperada interrupción del pequeño arquero.

De un brinco, los tres chiquillos se habían puesto de pie, olvidando las galletas, y se veían atentos a algo que ellas no alcanzaban a comprender. Aioros les pidió que guardaran silencio con una seña mientras sus ojos azules sondeaban desesperadamente los alrededores.

-¿También lo sentís? -cuestionó a los gemelos. Ambos asintieron.

-¿Lo conoces? -le preguntó Saga. Esta vez, el de la negativa fue Aioros.- Quien quiera que sea su cosmo energía es tan fuerte como la de cualquiera de los santos dorados. Deberíamos tener cuidado.

-¡Esconded a las mocosas! -exclamo Kanon.- Si nos encuentran con ellas aquí, será mucho peor.

Las palabras de Kanon desencadenaron un respingo en el par de korees, quienes seguían perdidas con respecto a lo que sucedía. Pronto, los dos niños peliazules se encontraron en la misma situación de Aioros. Sus miradas rebuscaban insistentemente un escondite para sus acompañantes.

-¡A la alacena! -gritó por fin el castaño.

-¡¿Qué? -Naia se exaltó. Sus ojos iban y venía de sus nuevos amigos a la pequeña despensa donde estaba siendo arrastrada al igual que Deltha.- ¡No cabremos ahí!

-Tendréis que hacerlo. No hay tiempo. -Kanon negó con la cabeza. Miraba de reojo la puerta en espera del desconocido visitante.

-¡¿Por qué? -preguntó la pelipúrpura,

-Porque alguien viene y si os encuentra aquí tendremos problemas.

-¡Pero…! -para cuando Naia quiso objetar era tarde.

Los niños se las habían ingeniado para meterlas en la parte baja de la alacena y la puerta se había cerrado por fuera, para evitar que pudieran abrirla.

No pasó demasiado antes que la puerta de madera de la cocina crujiera al abrirse y los pasos pesados del intruso resonaran sobre el piso de piedra. El extraño se detuvo justo debajo del marco para sondear la reducida habitación con la mirada. Sus ojos color turquesa se fijaron en el trío de niños que luchaban por ocultar el nerviosismo que la súbita aparición les causaba y que, sin embargo, se mantenían en una perfecta postura de inocencia que engañaría a cualquiera.

Era un hombre alto, de facciones angulosas y piel tostada que contrastaba con el color de sus ojos, resaltando el tono azulado y añadiendo un aire exótico su aspecto.

-Tú debes ser el aprendiz de Orestes. -habló con voz grave al castaño.- ¿Dónde puedo encontrar a tu maestro?

-Ha salido del Santuario por órdenes de Su Excelentísima, señor. No me ha dicho a donde fue y tampoco las razones de su salida. -respondió tratando de disimular el temblor de su voz pero sin rehuirle la mirada al hombre frente a él.

-No te preocupes. Regresaré después a verle, sólo avísale que Seif de Capricornio vino a verle.

-Sí, señor. -contestó, asintiendo.

-Gracias. Portaros bien. -agregó esbozando algo que a los chicos les pareció un sonrisa casi invisible.

Entonces, el árabe giró sobre sus talones con rumbo hacia la salida que llevaba a su propio templo, pero, de manera inesperada, una cabecita de cabellos rebeldes asomó detrás de la puerta mientras que un par de grandes ojos verdes recorrió con insistencia los rostros de los niños.

-Shura, te pedí que esperarás en el salón. -habló Seif. Su voz aún mantenía el tono áspero, pero la delicadeza con que las palabras habían sido pronunciadas dejaba entrever la actitud afable que tenía con el pequeño.

-Quería venir. -respondió el niño. De inmediato, agregó una gran sonrisa a sus gestos.- ¿Quienez zon elloz? -balbuceó.

-Aprendices, igual que tú.

-¿Y zuz nombrez?

-¿Por qué no les preguntas? -el mayor se acercó y, con un leve empujón, le motivó a acercarse a los niños más grandes.

Torpemente, el chiquillo caminó hasta donde estaban los gemelos y Aioros. Se paró enfrente y jugueteó nerviosamente con sus dedos al mismo tiempo que su pie derecho dibujaba círculos imaginarios sobre el piso. Su mirada, tímida, se centró en el suelo evitando cualquier contacto con el trío.

-¡Hola! -Shura alzó la cara para encontrarse con la enorme sonrisa del futuro arquero.- Me llamo Aioros. ¿Cuál es tu nombre?

-Zhura.

-¿Shura? -el pequeñín asintió emocionado.

-Ez un nombre un poco difizil.-balbuceó.

-No lo es. Es un gusto conocerte, Shura.

Detrás de Aioros, los gemelos observaban la accidentada conversación entre el castaño y el niño recién llegado. Era de admirar el hecho de que Aioros entendiera lo que su nuevo amiguito balbuceaba puesto que, entre la rara forma de hablar y la falta de práctica que tenía del griego, resultaba difícil de comprender lo que intentaba decir.

Seif, en cambio, había vuelto a entrar a la cocineta para observar a su pupilo. Tenía que admitir que se sentía aliviado de los buenos modos que el castaño mostraba con él. Ser extranjero en el Santuario jamás era fácil y conseguir un buen amigo era todavía más complicado de lo que cualquiera pudiese imaginar.

Sin embargo, lo que parecía un momento de tranquilidad en medio de aquella caótica tarde, se convirtió rápidamente en un instante de preocupación y nerviosismo.

-¡Maldición! -Kanon se respingó al escuchar a su hermano.

-¿Qué sucede?

- ¡La máscara de Naiara!

-¡¿Qué?

-¡Las máscara! ¡Dejó la máscara sobre la repisa!

La mirada de Kanon viajó hacia donde su gemelo le indicaba y, con una mezcla de espanto, descubrió el rostro de metal descansado junto al tarro de galletas. Por acto reflejo, miró al santo de Capricornio.

Seif no parecía haberse dado cuenta del detalle y permanecía serio observando a su aprendiz y al de Sagitario. Se había apoyado en el marco de la puerta, tomando una actitud relajada. Sus gestos no delataban emociones pero tampoco resultaban agresivos para con los niños así que, sintiéndose momentáneamente a salvo, los gemelos suspiraron.

-¿Cómo oz llamáiz? -Kanon brincó al ser sorprendido por Shura quien, habiendo vencido su timidez y con mayor confianza, se había acercado a él y le jalaba de la camisa.

-Soy Kanon. -respondió atropelladamente.- Y él es Saga, mi hermano.

-¡Oh! Zoiz igualez.

-Es porque son gemelos. -intervino el arquero.

-No zé como podré reconozerloz. -meneó la cabeza con insistencia.

-Los primeros días no será fácil, pero te acostumbrarás.

Mientras la plática seguía su curso, la mente de Saga trabajaba a marchas forzadas. Si Seif se daba la vuelta y reparaba en la máscara de metal, entonces todos se encontrarían en graves problemas; siendo Zarek el mayor de ellos. Tenía que intentar algo y tenía que hacerlo pronto. Sea lo que fuese, tendría que hacerlo bien.

Fue así como una idea disparatada le vino a la mente. Recordó las lecciones de esa mañana y pensó en la posibilidad de usar la Otra Dimensión para deshacerse del objeto. No obstante, también estaban las dudas. Esas mismas dudas que más temprano había terminado con sus nervios, agotado su paciencia y alimentado una frustración que no sentía desde hacia mucho. Pero ahora, sus opciones se reducían a aquella técnica que le rehuía, por lo que el fracaso dejaba de verse como una posibilidad.

Dispuesto a poner en práctica lo aprendido, se fijó que nadie estuviese atento a él y, después concentró su atención en la máscara. A diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez el objeto que debía desaparecer no se encontraba a su alcance, sino más allá, por lo que enfocar su cosmos iba a ser más difícil de lo acostumbrado.

Poco a poco sus esfuerzos parecieron rendir frutos. Una nube de puntos de negros se formó alrededor de la máscara, cada uno creciendo lentamente y uniéndose con los otros. Así, un agujero negro se creó, envolviendo el rostro de metal hasta hacerlo desaparecer en medio de su negrura.

Satisfecho, suspiró.

-¿Zaga?

-¿Sí? -respondió pestañeando ante la mención de su nombre.

-¿Eztáz bien?

-Si, si. Lo estoy.

Saga sintió la mirada café de Seif cayendo sobre él y trató de evitarla, más no lo consiguió. Cuando coincidieron notó que el árabe tenía el semblante fruncido y la vista, aunque fija en ellos, se veía a la vez, ausente.

-Debemos irnos. -dijo de pronto.

-¿Podemoz quedarnoz un poco máz? -el santo de Capricornio alzó una ceja.- Por favor.

-Pues…

-Puedo cuidarlo. Y prometo llevarlo más tarde a Capricornio.

Los gemelos intercambiaron miradas al escuchar la oferta del aprendiz de Sagitario, sin embargo ninguno de ellos objetó nada. Al igual que los peliazules, Seif no ocultó el desconcierto que le daba dejar a su alumno en manos de unos niños.

-¿Puedo quedarme?

-Sin armar líos, ¿entendido?

-Prometido.

Después de revolver los cabellos de Shura, el santo de la décima casa se dirigió a Aioros.

-¿Sabes usar tu cosmos para hablar? -el niño hizo un ademán afirmativo.- Entonces, si algo sucede, llámame.

-Lo haré.

-Bien. Debo irme. -volvió hacia la puerta.- Manteneros lejos de los problemas.

Los cuatro niños esperaron en silencio que el cosmos del santo de Capricornio se alejara y, sólo entonces, los tres mayores se permitieron respirar con alivio.

- Shura, escúchame. -Aioros se inclinó para mirar al pequeño español directamente a los ojos.- ¿Puedes guardar un secreto?

- Zí.

-Pero no puedes decir a nadie, ¿comprendes? -terció el menor de los peliazules mientras metía una galleta en su boca.

-Quiero galleta. -chilló el chiquillo mirando ávidamente la golosina.

-¡Shura! ¡Concéntrate! Estamos hablando del secreto.

-Pero quiero galleta. -su boca se curveó y sus ojos se humedecieron como claro reproche.

-No voy a darte de mi galleta hasta que te concentres en lo que conversamos.

-Pero…

-Kanon, no le molestes. -intervino Saga.- Es pequeño, ¿por qué tienes que fastidiarlo?

-Porque no está prestando atención.

-Quiere una galleta, es todo.

-Pues yo no pienso invitarle. -cogió el platón de la mesa y lo guardó detrás de sí.

-Eres un niño tonto e infantil. -bufó el mayor.

-¡Tú también lo eres!

-Al menos no soy idiota.

-Claro que lo eres.

Aprovechando la distracción, Aioros arrancó el plato de galletas de las manos de Kanon y, tomando una, la ofreció al más pequeño. Con una risa contagiosa, Shura celebró tener el entremés en sus manos. De inmediato, lo devoró.

-Vaya, tenías hambre, ¿eh?

-Mucha. Graziaz por la galleta. -sonrió con la boca llena de migajas.

-Vais a malcriarlo.

-No te quejes más, Kanon, que tú vas a enloquecerlo. -Saga le miró de soslayo.

-Zoiz raroz. –Shura dibujó un mohín de desconcierto en sus labios.- Pero tú me zimpatizas. -agregó colgándose del arquero.

Ambos gemelos, en gestos idénticos, entrecerraron los ojos y cruzaron los brazos con fastidio. Aioros, sobrepasado por el gesto infantil, soltó una risa nerviosa y se rascó la cabeza. Sin embargo se sentía terriblemente orgulloso de haberse ganado el cariño del nuevo niño que, además, sería su vecino a partir de ese día.

-Te lo agradezco, pero ellos también te agradarán cuando los conozcas mejor. -le guiñó el ojo.- Ahora, por favor, Shura, escúchanos.

Antes de que pudiera decir algo más, el estruendoso ruido de varios objetos cayendo se dejó oír desde la alacena. Los tres aprendices mayores se encogieron de hombros y cerraron los ojos esperando lo peor. Era tarde para evitar el desastre.

-¡¿Qué fue ezo? -Shura, asustado, se escondió detrás de sus mayores. Sus ojos verdes estaban abiertos como platos y rebuscaban por todo el lugar el origen de aquel sorpresivo escándalo.

-Tranquilo. No es nada.

-Al menos no es nada importante. -Kanon resopló los flecos azules de su frente.

-Shura, recuerda que prometiste guardar el secreto. Así que, nada de lo veas o escuches aquí debe llegar a oídos de tu maestro. -le dijo el castaño.

-¡Zí!

-Creo que es momento de sacarlas, chicos. -Saga aprobó el comentario de su amigo y procedió a quitar el cerrojo de la alacena.

-Podéis salir. Estamos a salvo.

Las niñas, que estaban apoyadas contra la puerta, salieron rodando de la despensa, arrancando un grito que pronto se convirtió en carcajadas de Shura. Kanon giró los ojos mientras Aioros y Saga les ayudaban a ponerse en pie.

-¡Au! -se quejó Deltha.- Eso ha dolido.

-¡Nunca volváis a hacer eso! -reclamó Naia.

-No grites y tampoco fue a modo de haceros maldad. Era necesario.-Saga la observó con tedio.

-¡Argh! ¡Aún así!

-¡Deja de quejarte por todo!

-¡Y tú…

La discusión cesó al ser interrumpida por la risa desenfrenada de la cabrita.

-Zoiz raroz y graziozoz.

-¿Quién es el niño?

-Se llama Shura y es aprendiz de Capricornio.

Las dos niñas le saludaron; Naia con una sonrisa y Deltha con agitando la mano. La mirada escrutadora del peliverde las recorrió detenidamente, analizando cada detalle de ellas.

-¿Por qué uzas mázcara? -por fin preguntó.

-Porque es una norma del Santuario, aunque algunas no lo obedezcan… -Deltha refunfuñó.

-Es una estúpida norma. -Naiara subió los hombros.- Y ya que hablamos de ello, ¿dónde está mi máscara?

El desconcierto de Aioros y Deltha fue claro, mientras una sonrisa rota y ligeramente nerviosa se posesionó de los gemelos. Intercambiaron miradas.

-¿Tu máscara?

-Sí, doradito adorable. Mi máscara. -puso las manos sobre la caderas, amenazante.

-Pues… -resignado, exhaló.- Es una larga historia…

-10-

Tras recorrer las escalinatas desde Sagitario, Seif por fin llegó a su templo.

Había pasado una larga temporada alejado del lugar que podía llamar hogar y, por fin, tenía la oportunidad de regresar. Con todos los problemas e intrigas que existían en la Orden, las divisiones y los grupos de poder, el Santuario era su casa.

Entonces, su mirada taciturna se concentró en la magnífica estatua del guerrero y la diosa, el máximo símbolo de la fidelidad del heredero de Capricornio a su señora; y el pecho se le llenó de orgullo. Desde que recordaba aquel monumento y el espíritu de Excalibur que habitaba en él habían sido su aliciente para enfrentar la vida y los peligros de su destino. Su razón de ser radicaba en su diosa y era a ella a quien debía todo.

Pero ahora, el momento de ceder su lugar se acercaba. Un nuevo heredero había nacido y las esperanzas del mundo pronto descansarían en sus jóvenes hombros. Otros se sentirían celosos o amenazados por esa nueva generación, pero no Seif. El árabe conocía su lugar, aceptaba su misión y miraba de frente a su destino.

Sólo una cosa era segura: criaría al niño con la misma devoción que su maestro le había crecido. Le enseñaría a amar a su diosa y a morir por sus ideales. Lo haría lo mejor que pudiese.

-Bienvenido a casa, mi amigo. -giró la cabeza y, entre las sombras cercanas a la entrada a los aposentos privados, distinguió la figura de Orestes.- Ha sido larga tu ausencia.

-Gracias, Orestes. Y, sí, cada minuto lejos ha sido una eternidad.

-¿Lo encontraste?

-Sí. Ahora mismo está en tu templo, bajo el cuidado de tu aprendiz. Espero haber tomado la decisión adecuada, pero el pequeño insistía en quedarse y pensé que sería bueno que se relacionar con otros niños.

-No te mortifiques, tu decisión fue buena. -le palmeó el hombro.- Aioros y los gemelos son buenos chicos. Le cuidarán.

-Y, ¿qué hay de las visitas?

Orestes soltó una carcajada ante el agudo comentario de Capricornio.

-Son las aprendizas de Axelle.

-¿Caelum? -el santo de Sagitario asintió a la vez que sonreía despreocupado.- Ya veo, pero, ¿sabes que había una máscara en tu cocina que terminó perdida en otra dimensión? Y por cierto, el peliazul que la envió allí, está empapado de pies a cabeza.

-Demasiado pequeños para meterse en esa clase de problemas. -el moreno giró los ojos.

-Y ellas son alumnas de Caelum.

-Ya no estoy tan seguro de que sea algo bueno.

-Suerte, amigo.

-Olvídalo. -suspiró.- Lidiaré con ellos cuando llegue el momento, pero cuéntame, ¿qué tal el viaje?

- Entretenido sin duda.

- Detalles, detalles…

Y así, juntos, compartieron una risa mientras se perdían en el angosto pasillo de iba a las habitaciones interiores de Capricornio. Había mucho que contar y el tiempo suficiente para hacerlo.

-Continuará...-

NdA:

Kanon: Agradecemos a Dama y Sunrise por leer. ¬¬

Saga: También a todos los que leéis, qué sabemos que estáis ahí.

Aioros: Y ojala, algún alma caritativa pueda dejar un comentario. u_u

Kanon: Aunque sea solo para decir lo mono que Shura SOLIA ser.

Shura: Si lo se, no hubiera crecido. (Mientras Dama y Sunrise siguen colgadas de su cuello)

Dama, Sunrise: Hasta el próximo Cap!