Capítulo 9: Hermanos

-X-

Dejó escapar un suspiro que reflejaba su agotamiento. Su mirada añil voló hasta el rostro de su maestro, deseando no tener que encontrar un gesto de decepción en él. Exhaló cuando no halló rastro de desencanto en ese par de ojos ambarinos.

- No puedo. -Aioros admitió con pesar.

- Sí puedes. -la voz de Orestes se oyó clara y decidida. Ni un rastro de duda había en ella.

- Llevamos toda la mañana intentándolo y no lo consigo.

- Esto no se consigue en una mañana de práctica. Toma tiempo y paciencia. No desesperes y mantente concentrado en el objetivo. Anda, inténtalo de nuevo.

El chiquillo dejó caer los hombros. Ajustó la correa de piel que mantenía la hombrera de metal sujeta a su cuerpo tratando de ganar un par de segundos. Después, volvió a tomar su posición de batalla. Se concentró, permitiendo que su puño derecho se cubriera de un aura dorada apenas perceptible. Entonces, cuando se sintió listo, lanzó el golpe contra unas rocas cercanas. Tres esferas tan brillantes como el oro salieron de su puño, estrellándose con fuerza contra la roca dibujando grietas que terminaron por romperla.

- Bien hecho. -escuchó a su maestro y giró para ofrecerle una media sonrisa.- ¿Qué pasa? -le preguntó, notando en la desilusión en el rostro infantil.

- Fueron esferas, no flechas. -se quejó, torciendo la boca.

- Sí, pero fueron tres, bien situadas y con el suficiente poder como para romper el objetivo. Lo has hecho bien.

- No es suficiente. -respondió.

Al escuchar esas palabras en la boca de su aprendiz, Orestes no pudo sino sentirse orgulloso. Eso era justamente lo que esperaba del pequeño castaño, no menos. Sabía que sería exigente consigo mismo y mientras conservara ese espíritu, tendría buena parte de la batalla por su armadura ganada. Sin duda, sería un gran heredero del centauro de oro.

- Si no es suficiente, entonces hazlo de nuevo. Ya tienes la dirección y la potencia, ahora enfócate en moldear la energía.

El niño asintió.

El siguiente intento no tuvo un resultado diferente al anterior, arrancando una vez más un mohín de frustración en Aioros y ocasionando que Orestes se cruzara de brazos mientras su cabeza buscaba las palabras adecuadas para guiar a su alumno. Chasqueó la lengua cuando creyó encontrar las explicaciones que necesitaba.

- Veamos… -dijo, parándose frente al castaño.- Crea una esfera de energía en la palma de tu mano.

Aioros pareció dudar, pero el mayor movió la cabeza, invitándole a obedecerle. Al final, hizo tal como se le pedía. En su mano, el cosmos se materializó, tomando una forma redondeada casi perfecta. La esfera bailoteó un par de veces antes de estabilizarse y flotar suavemente en la palma del castaño.

- Bien. -volvió a tomar la palabra el pelinegro.- Ahora, moldéala. Crea una flecha con ella.

- Lo intentaré. -asintió.

La esfera, entonces, bailoteó una vez más. Su forma redondeada fue perdiéndose poco a poco conforme se afinaba y las puntas afiladas de una silueta parecida a una flecha se dejaban ver. Justo cuando parecía lograrlo, un estallido anunció el fracaso. La energía se difuminó, dejando al pequeño arquero con las manos vacías.

- ¡No! -exclamó, enojado.- ¡Casi lo tenía!

A su lado, el santo de Sagitario permaneció pensativo por un par de segundos. Tras una pausa, se agachó para quedar a la altura del niño. En su mano, una esfera tan brillante como la que Aioros crease unos momentos antes, se formó.

- La cosmo energía es parte de nosotros, tal como un brazo o una pierna; y por lo mismo, es gobernada por nuestra mente. -comenzó a explicar.- Ordénale, sin ninguna duda, lo que desees que haga. Comándale a hacer lo que a ti te plazca. -dijo, haciendo que la esfera creciera y aumentara, pasando por varias formas.- De la misma manera en que le indicas a donde ir y el poder que imprimes en ella, así también dile que forma deseas que tome. Inténtalo junto conmigo. -agregó.

Aioros lo imitó, volviendo a crear la esfera y concentrándose por cambiar la forma de ésta. Sin embargo, la estabilidad que el cosmos gozaba en su forma redondeada se esfumaba en el momento en que el joven arquero trataba de modificarla.

- No. -habló el mayor.- No le imprimas más cosmos, Aioros. El error radica en que tratas de usar energía extra para pasar de una forma a otra. De esa manera solo conseguirás perder el control, hacerla explotar y drenar tus fuerzas. Usa solamente la cantidad de energía que hay en tus manos en este momento.

- No sé como hacerlo. -replicó mientras sus ojos presenciaban con franca desesperación como las palabras de su maestro se tornaban realidad y perdía poco a poco el control sobre la esfera.

- Tranquilo. Regrésala a su forma. -le ordenó y el castaño obedeció.- Perfecto. Ahora, cierra los ojos. No veas la energía, siéntela. ¿Puedes hacerlo?

- Sí. -admitió a la vez que su respiración se tornaba calma y taciturna.

- ¿Qué forma tiene? -Orestes cuestionó una vez más.

- Es redonda.

- Trata de cambiarla. Un paso a la vez.

- ¿Cómo?

- Piensa en ello, concéntrate. Primero, crea una forma larga y delgada. -la voz pacifica y suave de Orestes llegó precisa al oído del niño.- ¿Lo tienes?

- Sí. -afirmó sin abrir los ojos.

- Lo siguiente es la punta. Imagina como uno de los extremos se divide en dos, formando la cabeza de la flecha. Su fragilidad, su filo…su letalidad. Cada detalle de ella, Aioros. Dibújala en tu mente.

Dio al niño un poco de tiempo, limitándose a observarlo con minuciosa atención. Vio la concentración en sus facciones. Los labios del niño se presionaban tímidamente el uno contra el otro mientras, de vez en vez, fruncía el semblante a manera de impulso. Hubo un largo silencio entre ambos, con nada más que el silbido de sus respiraciones y el suave murmullo que generaba el cosmos. Al final, la tenue sonrisa que hasta ese momento Orestes tenía en los labios, se ensanchó.

- ¿Has conseguido imaginarlo? -preguntó, ante lo que el niño movió la cabeza en afirmación.- Excelente. -tomó la mano del niño, alzándola hasta dejarla al nivel de su vista.- Abre los ojos.

La sorpresa se impregnó en el par de zafiros que Aioros tenía por ojos. En su mano, flotando lánguidamente, una flecha dorada se mostraba. El chiquillo parpadeó, incrédulo de lo que había logrado.

Por un instante, la emoción que le invadió perturbó su concentración, haciendo que la flecha perdiera su esencia y amenazara con desaparecer, sin embargo, con rapidez, el castaño recobró la postura y la saeta de luz volvió a estabilizarse.

- Lo conseguiste. -sonrió el arquero mayor. Se puso de pie y revolvió los cabellos del niño.- Bien hecho.

- ¡Genial!

- Practiquémoslo una vez más. Después, integraremos la forma con el lanzamiento, ¿te parece?

Con los ánimos renovados y la seguridad exudando por cada poro de su cuerpo, Aioros aceptó el reto.

De inmediato se puso a ello. Los rayos de luz emitida por el cosmos iluminaron sus palmas una y otra vez, sin darse tregua alguna y con la finalidad de dominar su energía para preparar el siguiente paso.

Pasaron varios minutos en los que ninguna palabra fue pronunciada. Maestro y alumno, concentrados en sus funciones; el primero en perfeccionar lo aprendido y el segundo en supervisar, con indudable orgullo, los progresos de su pequeño pupilo. Pero, llegado el momento, la fuerza con que alguna vez brillase el cosmos de Aioros empezaba a opacarse, víctima del cansancio.

- Es un buen momento para dejar el entrenamiento. -Aioros oyó a su maestro y volteó, para encontrarlo sentado a la sombra de una formación rocosa.

- Un poco más. -suplicó.

- Parte de la fortaleza de un guerrero está en conocer sus límites. -respondió, poniéndose de pie.

- Si, para superarlos.

Orestes le miró, atónito. Alzó las cejas con innegable sorpresa y terminó por soltar una carcajada que contagió a su alumno.

- ¿Comenzarás a tener respuestas para todo?

- Solo para algunas cosas. -sonrió el chiquillo.

- Pues ya que mi pequeño aprendiz desea superar sus límites, quizás debería subir las escalinatas hasta Sagitario corriendo, sin detenerse. -dijo con travesura y dando una sutil palmada en la espalda del castaño, empujándolo y haciéndole caminar a su ritmo.

- No. -Aioros meneó la cabeza.- No suena como una buena lección para superar los límites. -rió.

Sin borrar la mueca de complicidad de sus labios, Orestes revolvió otra vez los cabellos de su alumno, esta vez con un poco más de fuerza.

- ¡Maestro! Me despeinas. -el niño se quejó entre risas.

- Claro, y alguien podría verte. -respondió con traviesa ironía.

- Exacto.

- Eso ni siquiera es un peinado, Aioros.

- ¡Oye!

- ¿Qué? Atar una cinta alrededor de tu cabeza no puede ser considerado un peinado.

El niño abrió la boca para replicar, pero de pronto, se encontró sin palabras. Levantó una ceja, frunció el ceño y miró a su maestro antes de cruzarse de brazos. Sabiéndose ganador, el santo de Sagitario rió.

- Si. Aún no tienes respuestas para todo. -le dijo, revolviendo su cabeza por enésima vez.

- Algún día las tendré.

- Sí. -el moreno hizo una pausa.- Cuando tengas un mejor peinado. -agregó.

- ¡Maestro!

Con una carcajada, Orestes apresuró el paso, dejando atrás a al castaño quien, corrió los pocos metros que le separaban del mayor.

Se encaminaron hacia el noveno templo. Había atravesado las primeras siete casas zodiacales cuando, a la distancia, saliendo de Escorpio, divisaron un par de figuras conocidas por ambos. Bastó tener a su alcance tal visión, para que los labios del pequeño arquero se curvaran en una sonrisa sincera. En un brincó trepó un par de escalones por delante de su maestro y ondeó la mano en el aire lo más fuerte que pudo.

- ¡Aioria! -gritó.

El pequeño león, al ver a su hermano, imitó cada movimiento, saludándole desde lejos. De no ser por el agarre de Raissa, hubiera corrido al encuentro de su hermano, pero la doncella lo detuvo justo al borde de la explanada del templo.

- ¡Hermano! -exclamó mientras el mayor corría a su encuentro.

-X-

Aquella extraña habilidad que tenía Kanon para meterse en líos, era algo a lo que Saga jamás encontraría explicación; aunque la mayoría de las veces él terminara siguiéndolo irremediablemente. Y el por qué se encontraba precisamente allí, haciéndole compañía mientras cumplía su castigo pudiendo estar en cualquier otra parte, escapaba igualmente a su entendimiento.

Lo escuchaba murmurar maldiciones en voz baja a la vez que ordenaba los viejos libros y pergaminos, y no pudo evitar sonreír levemente. Comenzaba a pensar que Arles los descolocaba a propósito con el único objetivo de mantenerlos entretenidos en una tarea que sabía les resultaba tediosa. Era imposible que siempre existiera tal desorden en aquel lugar. Así que Saga llegó a la conclusión de que el viejo santo del Altar sabía, que tarde o temprano, el par de hermanos volvería arrastrando los pies entre protestas, aburridos y cabizbajos; a cumplir un nuevo castigo.

Se sopló el flequillo. Deambulando por la biblioteca, había encontrado algo más en que entretenerse que en prestar atención disimulada a su hermano y sus protestas.

Sentado en un viejo taburete de desgastado terciopelo rojo, el mayor de los hermanos balanceaba los pies sin darse cuenta siquiera. Sus dedos acariciaron casi con timidez la pulida superficie blanquinegra que tenía frente a si, mientras una sonrisa tímida iluminaba su rostro a medida que los recuerdos de una vieja canción popular se agolpaban en su mente. Volteó a ver sobre su hombro a la otra inquilina que les hacía compañía en esta ocasión. Naiara permanecía inmersa en la lectura de uno de los viejos y amarillentos pergaminos lemurianos que Shion la había prestado como apoyo a sus clases. Convencido de que la chiquilla no le prestaba atención, finalmente se atrevió: una melodía, sin duda más lenta de lo que debería ser y quizá algo torpe, surgió del piano.

Kanon alzó los ojos instantáneamente y los fijó en él, dejando olvidados los pergaminos del suelo.

-Olvidas un par de notas. –Saga se detuvo y miró a su hermano de soslayo, para rápidamente volver a lo suyo y empezar de nuevo.

Pero la atención del menor ya se había fijado en él y, de un salto, el chiquillo se levantó del frío suelo y se acercó hasta su gemelo, dejando tras de si los valiosísimos volúmenes garabateados a mano esparcidos por el suelo.

-Hazme un sitio, anda. –Dijo mientras empujaba poco sutilmente a Saga para que le hiciera un hueco en el asiento.

-No pienso inventarme ninguna excusa cuando Arles venga y los libros sigan en el suelo. –respondió el mayor a modo de advertencia, medio en broma medio en serio; intentando disuadir a su hermano en su repentino interés por el piano. – Y tampoco pienso ayudarte a recogerlos.- Se apresuró a decir al ver que Kanon entrecerraba los ojos, en gesto amenazante, mientras pensaba una buena respuesta que darle.

-¿Tienes miedo a que yo sea mejor músico que tú? –dijo burlón alzando una ceja. Saga frunció el ceño, ofendido ante aquel tonto desafío que sabía llegaría.

-¡Ja! Eso habrá que verlo. –Replicó justo cuando comenzaba a tocar de nuevo.- De todos modos, no podrías… aunque quisieras. –añadió con sonrisa burlona.

Kanon devolvió el gesto de molestia al escuchar aquellas palabras cargadas de provocación. El chico observaba fijamente el ir y venir de los dedos de su hermano sobre las finas teclas, tarareando mentalmente la conocida canción griega que Saga había elegido y, posiblemente, la única que ambos sabían tocar. Debía admitir, que para lo lejanas que quedaban aquellas tardes en que Shion les había enseñado a tocar la melodía sentados sobre su regazo; a Saga no se le daba nada mal. Sonriendo con travesura, y sin poder evitarlo, sus dedos se animaron a acompañar a los de su hermano, que lejos de molestarse, imitó el gesto y sonrió, apenas mirándolo un segundo.

-¡Vas retrasado! –exclamó el mayor totalmente divertido, dejando escapar su risa infantil, a medida que la melodía ganaba en velocidad.

-¡Eres tú el que va demasiado rápido! –se defendió el menor, sin dejar de tocar.

Aparentemente, el castigo de aquella tarde había terminado siendo mucho más entretenido de lo que cualquiera de los dos hubiera podido pensar en un principio. Cuando sus carcajadas resonaron al unísono en la amplia habitación, la música cesó mientras cada uno de los hermanos se vio reflejado en los luminosos ojos del otro.

-Espero que resultéis mejores santos que músicos. –Naiara rompió su silencio, mientras apoyaba el rostro metálico en su mano sin dejar de observarlos con interés. Las risas de los gemelos cesaron.- Lo vuestro no es la música. –Negó suavemente con la cabeza, manteniendo el gesto serio.

Por un momento, los gemelos habían olvidado que no estaban solos en la habitación. Saga y Kanon intercambiaron una mirada. Mientras, la seriedad adornó sus facciones al sentirse ligeramente ofendidos. Sin embargo, apenas un segundo bastó para que su expresión se tornara mucho más pícara. Voltearon hacia la koree al mismo tiempo.

-Es obvio que el Sirtaki suena mejor con el bouzouki. –murmuró el menor más para sí mismo que otra cosa. Naiara asintió.

-Supongo que tu dominio del lemuriano es tan bueno como para permitirte perder el tiempo viendo que o no hacemos. –dijo Saga sin desviar la mirada de la brillante máscara de plata, sabiendo de sobra que sus ojos violetas resplandecerían de furia ante aquel apunte. Los labios de la chiquilla se movieron, intentando sin éxito responder algo.

-Si, sin duda parece que es una maestra con el idioma… -añadió Kanon.

-Al menos me esfuerzo por aprender un poquito. ¿Sabéis cuanta gente desearía que el maestro Shion les dedicara un poquito de su tiempo? –Se defendió la morena cruzándose de brazos y mirando de uno a otro.- Miraos, pasáis el día renegando de sus clases y cuando os castigan…-miró a Kanon encogiéndose de hombros, esperando su reacción, y el aludido frunció el ceño inmediatamente.- Solamente Kanon esta obligado a estar aquí y sin embargo estáis los dos, comportándoos como un par de niños mimados y caprichosos que hacen lo que quieren porque se creen los príncipes del Santuario.

Los hermanos pestañearon un par de veces, incrédulos ante las palabras que su joven amiga acababa de escupir con toda la serenidad del mundo. Unas palabras que en ambos cayeron como un jarro de agua fría. La chiquilla sonrió internamente, siempre era un placer molestar a los gemelos, y sabía de sobra que había tocado una fibra sensible.

-Dime algo… -murmuró el mayor.- ¿A todos los aprendices os enseñan ese aburrido discurso nada más pisar Athenas? –La koree guardó silencio.- Porque no es la primera vez que escuchamos algo así, apesta a sermón de plateado y… ¿sabes qué? –Naiara negó en un gesto apenas perceptible.- Ninguno de los que se afanan en pronunciar esas palabras, una y otra vez, soportaría un par de días de nuestra vida. Siendo privilegiados y consentidos, o no.

La koree no pronunció palabra alguna y nerviosamente, se mordió el labio inferior. Su mirada plateada estaba clavada en los ojos verdes de Saga, cuya expresión severa no había cambiado un ápice. La chiquilla sabía que posiblemente aquello que había dicho era cierto, pero por sobre todas las cosas, se preguntaba cual sería su reacción al saber que era la hermana menor de Nikos: un aprendiz plateado que había dejado más que patente su repulsa hacia los chicos de los Doce Templos.

-Supongo que eso no lo sabremos… -murmuró.

-No es necesario. –añadió Kanon esta vez.- Es una certeza. –hizo una pausa mientras se acercaba hasta los libros del suelo con desgana.- Quizá nosotros perdamos el tiempo en castigos estúpidos, pero al menos, nuestros esfuerzos tienen su recompensa y no pasamos nuestra vida protestando, quejándonos y lloriqueando sobre que hacen los demás o no.

-No es nuestro problema que vuestras vidas resulten tan aburridas como para que hagáis de nosotros el centro del universo. –continuó el mayor, mientras ignoraba la advertencia que minutos antes había hecho a Kanon, y lo ayudaba en su castigo.

Naia los observó inmóvil. La satisfacción que la había invadido al comprobar la molestia en los hermanos, parecía haberse esfumado tan pronto ellos despegaron los labios. Sentía un nudo en su garganta que, en aquel momento, la impedía pronunciar palabra alguna. Era mejor así, callada, porque había notado a la perfección aquella rabia que los había invadido, aunque cada día que pasara fueran aún mejores ocultando sus emociones. Y aquello la provocó un escalofrió. Comprendía ahora que los gemelos se habían sentido heridos, y que de alguna forma, no esperaban aquel ataque viniendo de ella.

Se arrepintió instantáneamente de haber empezado con la provocación y se maldijo a sí misma y a su orgullo, que la forzaba a hablar de más para no perder ante nadie.

Sus ojos viajaron por los hermanos. Observó las vendas que cuidadosamente cubrían sus manos castigadas, los rasguños que su piel mostraba aquí y allá y las cicatrices blanquecinas que comenzaban a adornar sus cuerpos infantiles.

Suspiró. Sabía que cualquiera de ellos se esforzaba con toda su alma cada día de sus vidas, porque de algún modo, todos habían depositado en ellos un montón de esperanzas y sueños que seguramente un par de niños no podía soportar. Pero lo hacían. Ignoraban las palabras y los susurros cargados de desdén que obviamente llegaban a sus oídos y que ninguno de los dos parecía tener intención de olvidar. Eran el vivo reflejo de los sueños fracasados de la mayor parte de la población del Santuario, aquello que todos deseaban y que nunca serían. Y aún así seguían en pie. Porque no iban a permitirse caer y darles el gusto a aquellos que deseaban su fracaso movidos por la envidia.

Debía admitir, que sobre todas las cosas, los admiraba.

Se quitó la máscara y lentamente, se acercó hasta ellos. Se arrodilló entre los dos, que silenciosos y con el ceño fruncido, permanecían atentos a lo suyo y haciendo lo posible por ignorarla. Titubeante, se atrevió tomar entre sus manos un par de libros y a colocarlos en sus respectivos lugares. Notó sobre si aquel par de miradas esmeralda que cuestionaban sus acciones, y casi con timidez les devolvió una mirada fugaz mientras se encogía de hombros.

-Así acabaremos antes. –dijo mirando con sus ojos violeta de uno a otro. Saga la miró unos segundos y después, esbozó una sonrisa apenas perceptible. La chiquilla se relajó al momento. Respiró hondo, y mirándolo, se atrevió a continuar.- Lo siento. –susurró.

-No importa. –replicó.

La koree sabía que un abismo cada vez más grande se abría entre los santos de oro y sus aprendices, con el resto del Santuario. No quería que aquella amistad, que parecía estrecharse día a día con los geminianos y Aioros, se rompiera por aquella estupidez.

Le devolvió la sonrisa. Apenas unos minutos después, los tres abandonaron con prisa la habitación, como si la discusión no hubiera tenido lugar.

-X-

La risa espontánea e inocente del niño corrió rápidamente ayudada por el eco de la antigua edificación. Soltó un gritillo de emoción mientras aplaudía, emocionado, por el truco que su hermano le mostraba.

- ¡Otra vez! -pidió.

- Está bien. Una vez más. -Aioros rió por lo bajo.

De inmediato, extendió su mano con la palma hacia arriba. Fijó en la vista en un punto imaginario sobre su ella y su rostro tomó un aire meditativo. A su lado y en completo silencio, Aioria observaba con infinita admiración cada movimiento de su hermano mayor. Le vio cerrar los ojos mientras su respiración se tornaba tan pausada que parecía haberse dormido.

Así, un instante después, la mano del pequeño arquero se iluminó con el tono dorado de un rayo de energía que fue transformándose hasta tomar la forma de la flecha por la que tanto había practicado esa mañana.

- ¡Genial! ¿Verdad? -preguntó el más pequeño a la doncella que les supervisaba sentada en un sillón cercano.

Raissa asintió, esbozando una gran sonrisa. Se acomodó en uno de los sillones, lo suficientemente cerca como para vigilar a los pequeños, pero dándoles espacio para interactuar sin su constante presencia entre ellos.

No pasó mucho antes de que la puerta de la cocina resonara y, por el umbral del salón, apareció Orestes. El santo se sentó en el otro sillón. Bebió un sorbo del vaso que sostenía mientras su mirada ambarina recaía en los dos pequeños castaños que jugaban cerca de él. Devolvió la sonrisa que su pupilo le dio y, en un impulso, centró su atención en Raissa; como si sintiera los ojos sobre ella, la doncella volteó.

Orestes sonrió con complicidad, y ella, al interpretar el significado de aquella sonrisa pícara, sintió sus mejillas encendiéndose. Meneó insistentemente con la cabeza, mientras sus ojos iban de los niños al santo, remarcando su presencia.

Entonces, con un suspiro de implícita resignación, Orestes se puso de pie.

- ¿Maestro?

- ¿Sí? -se apresuró a responder al repentino llamado de Aioros.

- ¿Qué pasará con Aioria cuando llegue el momento de comenzar sus entrenamientos? -cuestionó.

- Aioria es el elegido por Leo. Será entrenado para reclamar la armadura algún día, de la misma manera en que lo hacen los gemelos y tú.

- Sí, lo sé. Pero no existe un caballero de Leo, ¿cierto? -el santo de Sagitario asintió.- Entonces, ¿quién le entrenará?

Orestes calló mientras su mirada recaía en el pequeño Aioria quien, a su vez, fijaba sus grandes ojos esmeraldas en el mayor. El moreno chasqueó la lengua.

- Supongo que el Gran Maestro tendrá un plan para ello. Aioria aún es pequeño, así que faltan unos cuantos años para decidir quien tomaría el lugar como su tutor.

- Y, ¿dónde vivirá? Leo está abandonado.

- Vivirá con quien sea nombrado su maestro, Aioros. Te repito, es pronto para preocuparse de eso. -afirmó.

- Quiero vivir aquí. -el cachorro de león interrumpió de improviso. Orestes subió los hombros.

- ¿Quién sabe? Quizás lo hagas. -acompañó sus palabras de una sonrisa.- Si tu hermano sigue aprendiendo al ritmo de que lo hace, podría llegar a ser tu maestro.

- ¿De verdad podría? -exclamó Aioros.

- ¿Por qué no? -le guió el ojo antes de desaparecer de la habitación.

Aioros se tomó unos segundos para pensar. Miró a su hermano y luego a Raissa, sonriéndoles a ambos. Tomó solamente un fracción de instante para que el joven arquero se levantase y corriera tras los pasos de su maestro, dejando tras de si los rostros confundidos de la doncella y Aioria.

El pequeño castaño entró a la cocineta con un portazo, colándose con rapidez entre los pasos de su maestro, hasta plantarse frente a él.

- ¿Qué sucede? -preguntó el mayor sin ocultar su curiosidad.

- Quisiera pedirle algo. -Orestes ladeó la cabeza al asentir, invitando con aquel gesto a que su alumno continuase.- Me preguntaba si podría tomarme un par de horas libres por hoy. Hay algo que quisiera hacer con Aioria.

- Y, ¿qué sería eso?

- Me gustaría que conociera Leo. -sonrió.

- Leo está abandonado.

- Lo sé, pero la armadura está ahí y me encantaría mostrársela. Quiero que conozca desde ahora la razón de todos sus esfuerzos. Esa será su armadura y ese su templo, por lo que es importante que los reconozca y aprecie como suyos. No hay un santo de Leo con quien comparta esa ilusión, así que me gustaría disfrutarla con él.

Orestes hizo una pausa mientras rellenaba su vaso con agua.

- Me parece que es una gran idea. -retomó la conversación.- Podéis ir, pero con cuidado. No os alejéis más allá del quinto templo, ¿de acuerdo?

- ¡Genial! Le diré a Aioria. -y en un santiamén había desaparecido con la misma velocidad con la que llegase.

Para cuando el moreno llegó al salón nuevamente, la buena nueva había corrido. Repletos de ilusión, ambos niños se habían tomado de la mano y se encaminaban a la salida de los privados. Aioria, con tan solo dos años, poseía una confianza ciega en su hermano mayor, le seguiría hasta el fin del mundo y más allá; y aquella devoción era obvia. El orgullo que le representaba ir con él era evidente en su rostro de facciones aniñadas mientras sujetaba firmemente la mano de su mayor, siguiendo con pasos cortos y rápidos el ritmo de caminata que imponía.

El santo y la doncella permanecieron en sus lugares. Les vieron alejarse mientras el susurro de las dos voces infantiles se fundía lentamente con el eco del templo, hasta desaparecer, dejando solamente silencio.

- Debo ir tras ellos. -anunció la joven.

Sin embargo, antes de que pudiera dar avanzar más de un par de pasos, sintió la mano de Orestes cerrándose sobre su brazo y giró para mirarle de frente. Él la tomó con suavidad de los brazos haciéndose que fuesen solo unos pocos centímetros los que se interpusieran entre sus cuerpos.

- Déjales ir.

- Pero…

- Rai, estarán bien. -el santo apoyó su frente sobre la de ella, permitiendo que la punta de su nariz rozase a la de la doncella.

La mujer pareció relajarse ante la cercanía de arquero. Cerró los ojos. Sus músculos perdieron tensión y, por un instante, sus respiraciones se sincronizaron.

- ¿Seguro que estarán bien? -Raissa insistió en un susurro, sin separarse del moreno.

Orestes permaneció en silencio por un segundo para después, incapaz de aguantarse, dejar escapar una carcajada que pilló por sorpresa a la doncella. Raissa alzó una ceja, confundida por el repentino cambio de humor del Sagitario.

- No tienes remedio. -le dijo entre risas.

- ¿Qué? -Raissa arrugó el entrecejo.

- Que no tienes remedio. -repitió el santo.- Los niños estarán bien, así que deja de pensar en ellos por un momento.

- Es mi responsabilidad, Orestes.

- Y también la mía, pero por ahora dales espacio. -Raissa intentó replicar, pero los dedos de Orestes se posaron sobre sus labios, haciéndola callar.- Confía en mí.

Ella sonrió con complicidad y, a sabiendas que nada iba a convencerle de lo contrario, se dejó llevar. Se envolvieron en un abrazo y cuando sus labios encontraron a los suyos, se fusionaron en un beso.

-X-

Resultaba curioso como la soledad y el abandono hacían lucir a Leo como un lugar más oscuro de lo que en realidad era.

La luz del sol, perpendicular por la caída de la tarde, entraba tímidamente a través de las gruesas columnas de mármol, dibujando figuras rectangulares de perfecta forma sobre el suelo. En la entrada, los dos leones observaban. Cual reyes, vigilantes y celosos de sus dominios, mantenía su mirada muerta en alto. Sus rostros de piedra, soberbios, majestuosos y fieros; parecían seguir cada movimiento de los jóvenes visitantes, atentos al más ínfimo detalle.

Aunque encontraba una mórbida fascinación con ellos, impresionado por la belleza de las bestias, el pequeño Aioria buscó refugio en su hermano. Plegó su cuerpo contra él de su mayor a la vez que ocultaba su mirada esmeralda detrás de sus manos, mirando ocasionalmente por el espacio entre sus dedos.

Así, colgado de la camisa de entrenamiento de Aioros, el cachorro de león pisó por primera vez el suelo sagrado del que sería su hogar: el templo del león dorado, Leo.

Dentro, el panorama no era menos aterrador para el chiquillo. Las antorchas pendían de las paredes del templo. El fuego de algunas se había extinguido, mientras que en el resto, las llamas ardían con suficiente vigor como para mantener la escasa luz que se habría paso entre las tinieblas y dibujaba las deformes siluetas de los castaños en los gruesos muros de piedra a manera de sombras.

El sigilo de sus pasos sirvió para poco en medio del absoluto silencio. A pesar de la suavidad de sus pisadas, el tintineó se expandió, alcanzando cada rincón del templo abandonado y pregonando la presencia de los invasores.

- ¿Seguro que no hay moztruoz?

Aioros se detuvo en seco y volteó hacia su hermano.

- ¿Monstruos? -devolvió la pregunta.

- Sí. -Aioria respondió, asintiendo.

- Aioria, los monstruos no existen. -el castaño retomó el camino, no sin subir una ceja, intrigado del comportamiento del joven león.

- Kanon dize que zi los hay. -replicó, sin moverse un centímetro de donde estaba. Algo en esa respuesta no sorprendió al futuro arquero.- Dice que Leo y Ariez eztán ezpezialmente llenoz de moztruoz que odian a los niñoz y quieren comérzelos.- Aioros giró los ojos con fastidio.

- No debéis creer nada de lo que Kanon diga.

- ¿Por qué?

- Porque los monstruos no existen.

- Ah. -el chiquillo arrugó las cejas mientras entrecerraba los ojos. Y, a pesar de que Aioros hubiese querido ignorarle, supo que tendría que preguntar.

- ¿Qué sucede?

- ¿Alguna vez vizte a un moztruo?

- Los monstruos no existen. ¿Cómo habría de ver algo que no existe?

- Kanon vio uno.

- Eso es imposible. No existen. -acentuó la negación.

La manera en que el pequeño león le rehuyó la mirada le resultó fastidiosa, no por el hecho de que no creyera en su palabra, sino por el hecho que, de alguna forma, Kanon poseía la rara habilidad de meterse en la mente de otros, sembrando ideas, con cimientos tan fuertes, que parecían infranqueables. No supo porque, pero un suspiro anunció su resignación. Había tomado la determinación de dejar que fuesen los hechos quienes inclinaran la balanza a su favor. Al final, los monstruos no existían y, tarde o temprano, Aioria lo comprendería.

- Hagamos algo. Continuaremos caminando y verás como no hay ningún monstruo en Leo. -hizo una pausa, pero tuvo que apresurarse a continuar al observar como su hermano menor se preparaba para contraatacar.- Si nos encontramos con alguno, prometo protegerte, ¿vale?

- Vale. -contestó el más pequeño tras un momento de silencio y meditación.

Así, avanzaron un poco más, internándose en el corazón de la quinta casa. Durante todo el trayecto, Aioria se había limitado a sujetarse de la camisa de Aioros, con la intención de no extraviarse en aquel sinuoso laberinto de columnas. Por su parte, el mayor se mantenía atento, aunque su postura reflejaba un estado más relajado del que verdad tenía. De vez en vez, observaba a su hermano por el rabillo del ojos, sonriendo a causa del infantil temor que escondían aquel par de ojos verdes que resaltaban en las penumbras.

De pronto, oyó al chiquillo soltar un grito y sintió el golpe de su cuerpo refugiándose tras el suyo con insistencia.

- ¿Oízte ezo?

- ¿Qué?

- Ezo.

Aioros calló. Afiló el oído con la esperanza de escuchar lo que fuese que Aioria oía. No oyó nada más que el silencio que caía a su alrededor, ocasionalmente interrumpido por el chispar de las llamas que ardían en las antorchas.

- No escucho nada. -admitió, subiendo los hombros.

- ¿No? Pero zi ze escucha fuerte. -Aioria guardó el rostro en la camisa e su hermano. Éste, volvió a guardar silencio.

- Lo lamento, pero no sé de que hablas. -dijo después de un momento.- ¿Qué es exactamente lo que oyes?

- Un gruñido.

Aioros se respingó para, después, menear la cabeza a manera de negación.

- Es tu imaginación.

- ¡No, hermano! Ezcucha bien.

Aioros se detuvo por enésima vez a prestar atención. Nuevamente, no escuchó nada inusual. Sin embargo, una idea que al principio consideró descabellada llegó a él: quizás no estaba escuchando de la forma en que debería. Se le ocurrió que la respuesta a las premisas de Aioria no radicaba en el sentido del oído, sino en la cosmo energía misma. Fue entonces cuando se concentró más en sentir que en oír y, así, encontró el motivo de los temores de su hermano.

Lo primero que distinguió fue un susurro, fugaz y lejano, más parecido a un ronroneo que al rugido del que hablaba Aioria. El sonido era suave, como un murmullo del viento.

Pero, si uno prestaba atención, el poder que emanaba de aquel eco era uno tan antiguo que Aioros solo pudo compararlo con otro más: Sagitario. Y cayó en cuenta de lo que estaba sucediendo, al hacerlo no pudo evitar esbozar una sonrisa que, al verla, sorprendió al pequeño león.

- ¿Lo ezcuchaste? -insistió y, en esa ocasión, suspiró con alivio al ver a su hermano mayor asentir.- ¿Sabes que es?

- Nada de lo que debas preocuparte. Ven conmigo.

Tomó su mano, más pequeña, entre las suya y, a diferencia de antes, corrió por los pasillos que formaban el templo.

Aioria apenas podía seguirle el paso. Corría lo más rápido que sus piernas daban detrás del otro castaño y, varias veces, quiso pedirle que se detuviera, sin embargo el orgullo le forzó a mantenerse callado. En algún momento se sintió perdido. Se habían internado tanto en el templo que comenzaba a dudar en su propia capacidad de salir de ahí sin la ayuda de su mayor, pero de alguna otra manera que también desconocía, sabía que Aioros jamás lo abandonaría. Así, siguió avanzando.

Por fin, justo cuando las piernas empezaban a temblarle y el oxígeno llegaba escasamente a sus pulmones, la carrera terminó. Tan pronto Aioros dejó ir su mano, el cachorro de león se dobló sobre si mismo, apoyando las manos sobre sus rodillas mientras intentaba recobrar el aliento.

- ¡Llegamos! -exclamó Aioros, con marcada emoción en su voz.

El chiquillo no respondió, sin embargo alzó la vista hacia donde estaba su hermano. En ese instante, el cansancio se esfumó mientras la magnificente visión que tenía al frente terminó por robarle el aliento.

Descansando sobre una plataforma de mármol, la armadura de Leo se mostraba, fiera e imponente, con toda su gala. Su melena dorada parecía tan ardiente como el fuego de las antorchas que la rodeaban. Alrededor de la vestidura, un aura de polvo de oro se levantaba como una nube de gloria que la enmarcaba en una estampa perfecta. Impacto por su belleza, Aioria se acercó hasta rozar la coraza de metal con sus dedos. Primero lo hizo con la punta de los dedos, con cierto recelo de lo que podría suceder, pero conforme la confianza aumentaba terminó apoyando su pequeña mano sobre ella.

Como si se sincronizara con los latidos de su corazón, el cosmos de la armadura palpitó a su ritmo.

- ¿Cómo…?

- El gruñido que escuchabas no era un monstruo. -Aioros le habló.- Era la armadura, llamándote.

- ¿Laz armaduraz hablan?

- No con palabras, pero tú la has escuchado, ¿cierto?

Aioria solo sonrió.

Sin retirar su mano de la armadura, el niño recorrió con la mirada a su futura protectora. Sin duda era hermosa, tan legendaria como narraban los mitos; y, lo mejor, era que le había elegido a él. Repleto de orgullo, hinchó el pecho. Era un honor, el más grande su corta vida y, sin importar lo que costase, estaría a la altura de las circunstancias.

-X-

-¿Qué es lo que mantiene tan ocupado al maestro? –murmuró la chiquilla con desgana. Kanon se encogió de hombros y casi instintivamente, ambos voltearon a ver a Saga.

-¿Qué? –respondió al saberse observado.

-Shion. ¿Qué es eso tan importante que lo ha mantenido encerrado durante todo el día? Ni siquiera lo vimos. –se explicó el menor.

-Probablemente ni siquiera este aquí. –dijo Saga mientras se dejaba caer al suelo. Los otros dos continuaron mirándolo con curiosidad. El chico se sopló el flequillo.- Quizá este en Star Hill.

-¡Pero aún no anocheció! –exclamó Naiara.- ¿Cómo va a leer las estrellas?

-Pues… no solamente es un lugar de observación. Shion dijo que ahí hay un montón de documentos a los que nadie salvo él puede acceder.

-Ah… -replicó la koree.

Un silencio, en absoluto incomodo, cayó sobre los tres. Sentados donde estaban, en la parte trasera del Templo Papal, las sombras alargadas de las columnas comenzaban a caer sobre ellos, mientras que la brisa marina, refrescaba por fin el ambiente de aquel caluroso día. Sin embargo, lo más interesante de aquel lugar resguardado, era que a sus pies, muchos metros más abajo, la arena del coliseo se extendía. Naiara se incorporó y se asomó, apoyando sus manos en la cálida baranda de piedra. Perdió su vista en las siluetas cansadas de los aprendices y santos que aún entrenaban en aquel suelo sagrado, y sin darse cuenta, suspiró.

-¿Aioros tampoco vino hoy? –preguntó sin voltear a verlos.

-No. –respondió Kanon mientras se ponía en pie de un salto.- ¿Y Deltha? –Naiara se encogió de hombros.

-Con Axelle. –Replicó con desgana.- No la veo desde esta mañana cuando vine aquí. –Los hermanos intercambiaron una mirada curiosa.- ¡Y ni siquiera se para que sirven todas esas cosas que el Maestro se empeña en hacerme leer!

-Eso es lo habitual en las clases de Shion. –Dijo Kanon a su lado.- Uno nunca sabe para qué demonios son necesarias sus lecciones. –Aún sentado, Saga sonrió ante las palabras de ambos. Era sorprendente lo mucho que podían parecerse.

-De todos modos, mientras yo estoy aquí, perdiendo el tiempo con un montón de libros que hablan del polvo de estrellas y sus extraños comportamientos, que ni siquiera comprendo; Del está ahí abajo, entrenando con Axelle. ¡Seguro que ella está aprendiendo cosas mucho más útiles para una batalla!

-¿No eras tú quien hablaba de lo genial que era que el Maestro te dedique su valioso tiempo? –a la morena no se le escapó el sarcasmo en la voz de Saga y volteó los ojos con fastidio.

-¡No es lo mismo! –Naiara se cruzó de brazos y volteó a verlo. Saga enarcó una ceja esperando una respuesta.- No me servirá de mucho, en una batalla, saber que el polvo de estrellas mezclado con la cantidad adecuada de cosmos puede reparar grietas más o menos profundas en una armadura.

-La mocosa tiene razón en eso. –estuvo de acuerdo Kanon, adoptando expresión pensativa. Se llevó la mano al mentón manteniendo su mirada fija en la niña. Y de pronto, abrió sus ojos de par en par.- ¡Ya lo tengo! –Saga y Naia lo miraron curiosos. Y el menor de los hermanos, sabiéndose el centro de atención, infló el pecho orgulloso y continuó.- Nosotros, como futuros santos dorados, podemos enseñarte algunas cosas, Naia.

La chiquilla abrió la boca dispuesta a decir algo, aunque ninguna palabra abandonó sus labios. Volteó a ver a Saga, que miraba a su hermano totalmente sorprendido ante aquel plan. De nuevo, se fijó en Kanon.

-¿Lo haríais? ¿En serio? –preguntó emocionada.

-Sólo por un rato. –replicó Kanon, intentando disimular la propia emoción que sentía al saber que podía ser él quien le enseñara algo a su amiga por una vez. Aunque fuera una niña fastidiosa. Naiara miró una vez más al mayor.

-Pues… -Saga se encogió de hombros, sabiendo que no había modo alguno de negarse a aquello.- Al menos pasaremos el tiempo haciendo algo útil… -murmuró.

-¡Bien! –Kanon se sorprendió a sí mismo por su propia emoción.- El combate cuerpo a cuerpo, empezaremos por ahí.

Consciente de que aquello prometía ser cuanto menos interesante, Saga se levantó de su asiento en el suelo, y rápidamente se encaramó a la baranda de piedra. Desde allí podía ver a los otros dos con más detalle. No tardó en comenzar el ajetreo unos pasos más allá. Kanon se había esmerado en conseguir que Naia adoptase una postura perfecta para comenzar a pelear. Apenas unos segundos después, ambos ejecutaban una serie de movimientos perfectamente medidos, donde quedó más que patente la superioridad del menor de los gemelos.

Sin embargo, algo captó la atención del mayor. Llevó su mirada hacía la salida del templo, con los ojos entrecerrados por el sol. Hubiera jurado que había alguien observándoles, mas no había nada más en las escaleras que un par de golondrinas perezosas.

-Si sigues intentando golpearme así, te romperás las muñecas antes de hacerme un poquito de daño. –La voz burlona de Kanon, provocó una mueca de disgusto en el rostro de la koree.

-¿Cómo quieres que lo haga, eh? –protestó ella. Kanon la miró divertido.

-Yo te ayudaré. –intervino Saga mientras se acercaba hasta quedar a unos pocos centímetros de la espalda de la morena. Desde atrás, sujetó las muñecas de la koree, enderezándolas; y finalmente habló prácticamente en su oído bajo la atenta mirada de su hermano.- Ahora, golpea. Como si no te sujetara.

Naiara asintió e hizo tal y como el chico sugirió. A Kanon no le supuso ningún esfuerzo capturar el puño de la chiquilla en su mano derecha; sin embargo, sonrió orgulloso.

-Mucho mejor.

-Ahora tú sola. –continuó Saga.

Ella asintió una vez más. Repitió el ejercicio más veces de las que podría recordar, y cuando volteó dispuesta a ver la expresión de Saga ante sus progresos, lo encontró tan distraído como estaba minutos atrás. Un pequeño sentimiento de desilusión se abrió hueco en el pecho de Naiara. Resopló apenas perceptiblemente.

Sin embargo, mientras tanto, el chico había encontrado el origen de su inquietud. Entornó el rostro apenas unos centímetros, para ver directo a un par de ojos celestes que asomaban tras una de las columnas. Y cuando finalmente su mirada se cruzó con la del misterioso visitante, este se escondió rápidamente. Dejando como única pista de su presencia una infantil y apenas audible risita. El geminiano sonrió.

Volteó a ver a sus acompañantes, que seguían inmersos en las lecciones, y al comprobar que no le prestaban atención, se encaminó a la escalinata.

-Verás Naia, hay tres tipos de ataques que debes conocer: el que proporciona una muerte rápida; el que hiere, dejándote incapacitado; y el que provoca una muerte lenta. –A medida que se alejaba, Saga iba recordando en su mente aquella lección que Kanon recitaba ahora con palabras expertas.- La primera, es provocada por ataques aquí y aquí. –El mayor supo que en aquel momento, su hermano estaría señalando el esternón y el hueco entre el cuello y la clavícula.- La segunda, siempre surge a raíz de ataques en los brazos y las piernas. Y la clásica muerte lenta y dolorosa, a partir de ataques al estomago y los costados. ¿Entendido?

-Aja. –murmuró la koree.

-Evita siempre la última. –se animó a intervenir el mayor, deteniendo su caminar por unos segundos y volteando a verla. Naiara lo miró atentamente.- Aunque un golpe provoque una muerte lenta, alguien agonizante es capaz de matarte. No ocurre con una muerte rápida.

-¡Eso es! –terminó Kanon, llevándose las manos a la cintura orgulloso. Saga sonrió.

En apenas un segundo, giró sobre sus talones y reemprendió el camino que había comenzado unos minutos atrás. Se permitió escanear el área con su cosmos, en busca de algo que identificara al pequeño intruso. Y lo que encontró, hizo que su cabeza comenzara a unir piezas, en el preciso instante en que uno alborotado cabellito corto y azulado se dejaba ver tras uno de los pilares. Amplió su sonrisa, dispuesto a jugar; y con sigilo, avanzó hasta quedar justo del otro lado del escondite del misterioso invitado.

-¡Saga! –El grito de Kanon lo tomó por sorpresa. Y el menor notó el apenas perceptible sobresalto de su hermano.- ¿Qué haces? ¿A dónde vas? –Saga se llevó el dedo índice a sus labios, indicándoles que guardaran silencio. Su hermano alzó una ceja confundido, y la futura amazona, llevó sus manos a la cintura, manteniéndose a la expectativa.

Saga no tardó en abandonar su posición de un movimiento rápido y decidido, aprovechándose de aquella agilidad que ganaba día a día; y en apenas un suspiró se encontró del otro lado.

-¡Bu! –Exclamó, asustando de tal modo al visitante; que el pequeño, en su precipitada huida, terminó cayendo sentado al suelo, sin poder apartar sus ojos celestes de las esmeraldas del mayor.- Y… ¿quién eres tú? –preguntó Saga finalmente con una sonrisa divertida, agachándose hasta quedar a su altura.

El pequeño se levantó con esfuerzo antes de continuar, preocupándose en colocar sus ropas recién estrenadas y acto seguido, llevó una de sus manos al frente, mientras la otra la ocultaba tras su espalda.

-¡Milo! –dijo con alegría, invitando al mayor a estrechar la mano que le ofrecía sin temor alguno. Saga dejó escapar una risa divertida a la vez que tomaba la diminuta manita del infante entre la suya. Kanon y Naia no tardaron en unírsele.

-Yo soy Saga. –respondió. El pequeño imitó el gesto y borró la fingida expresión seria para adornar su rostro con una genuina sonrisa pícara. Sin embargo, antes de que pudiera decir una sola palabra más, reparó en la presencia a su lado del otro geminiano.

-¡Hola! –dijo mientras le tendía la mano a Kanon. El chiquillo la aceptó.

-Soy Kanon. –los gemelos compartieron una mirada divertida.

-¿Y qué haces aquí tú solo? –preguntó Saga.

-Vine a inveztigar. –Milo se llevó las manos a la cintura y miró de uno a otro.- ¿Y a qué no zabeiz qué? –Los dos hermanos negaron.- ¡Zomoz igualez! –gritó señalando a la vez su corto cabellito azulado y la melena de los gemelos.

El chillido emocionado del pequeño los pilló desprevenidos, y prácticamente a la vez, los dos dejaron escapar una carcajada mientras intercambiaban una mirada cómplice.

-¡Guau! –alcanzó a decir Kanon a la vez que revolvía el pelo del más pequeño.

-Sois igualitos a una familia feliz. –Intervino la koree.- Los niños de este Santuario aparecen en el lugar menos pensado. –Saga la miró sonriente.

-¿Por qué llevaz ezo? –Preguntó el chiquillo señalando el rostro de plata.- ¿No tienez ojoz?

-Si los tiene, pero son demasiado feos, así que prefiere taparse la cara. –se apresuró a contestar Kanon. Naiara entornó los ojos con molestia.

-Eso no es verdad.

-Ah… ¿Y cómo te llamaz?

-Naia. –la koree se agachó igualmente, mientras Milo llevaba sus manos a la espalda y con gesto travieso, continuó.

-¿Puedo darle un bezo a tu mazcara? A laz niñaz ze lez dan bezoz. –dijo asintiendo rápidamente. La joven koree se quedó tan sorprendida como sus dos acompañantes y casi tímidamente, asintió. Milo se acercó y besó sutilmente su rostro plateado; y tan rápido como llegó hasta ella, retrocedió hasta su posición inicial.

-¿Jugamoz? –Milo miró al par de hermanos y antes de que pudieran responder, se aferró a sus manos, quedando en medio de ambos, esperando su respuesta.

Ambos accedieron casi instantáneamente, mientras que la koree se sentó en la escalinata a contemplarlos. El más pequeño tiró de ellos en dirección al lugar donde habían estado entrenando con Naiara minutos antes. Poco después, Milo alzó sus manitas, agitándolas, reclamando toda la atención de los hermanos.

-Sólo un ratito, ¿eh? –respondió Saga a la vez que lo cargaba en brazos sin que el pequeño tuviera que insistir mucho más.

-Visto así, parece que habéis encontrado a vuestro propio Shura… -dijo ella divertida.

Un buen rato después, ahogando un bostezo, Naia se puso en pie. Las primeras estrellas de la noche se dejaban ver en el firmamento y aunque nunca lo confesaría, no la gustaba en lo más mínimo tener que caminar sola hasta su cabaña. Así que se apresuró a despedirse y bajo la atenta mirada de los tres peliazules, se perdió en los corredores del templo por los que más tarde se internarían ellos mismos.

-Creo que es hora de cenar, Milo. –sugirió Saga mientras se levantaba. El pequeño, sentado en el suelo junto a Kanon lo miró atentamente con sus enormes ojos azules, como si suplicara por un poco más de tiempo allí.- Es muy tarde, ya es casi de noche.

-¡Vamos enano! –exclamó Kanon imitando a su hermano.

Le tendió su mano al pequeño, quien rápidamente se aferró a ella. Saga emprendió el camino, y los otros dos no tardaron en seguirlo bajo el incesante parloteo de Milo. El mayor sonrió al escuchar la conversación que su hermano y el recién llegado mantenían. Sin embargo, sólo al escuchar los rápidos pasos de ambos, volteó a verlos. En aquel preciso instante, notó como la mano libre del futuro escorpión se entrelazaba con la suya.

-¡Vamoz!

-X-

-¿Ha llegado el Maestro? –preguntó Saga a los guardias que custodiaban la enorme puerta de doble hoja del salón del trono. El más alto de ellos asintió.

-Hace apenas unos minutos. –replicó el otro mientras abría cuidadosamente la puerta dándoles paso.

-¡Gracias!

En silencio, los tres chiquillos avanzaron sobre la mullida alfombra roja. La luz de las enormes lámparas de araña que colgaban del techo y las antorchas colocadas caprichosamente en el contorno de las columnas, proyectaban caprichosas formas aquí y allá, maravillando al pequeño escorpión celeste. El niño no perdía detalle alguno de nada de lo que sus ojos contemplaban. Y así se acercaron a unos pocos pasos de Shion, que, de espaldas a ellos, permanecía enfrascados en una conversación con Arles.

-¿Maestro? –Dijo Saga intentando llamar su atención de un modo sutil.

-¿Si, Saga? -No consiguió más que un murmullo. Shion no volteó a verlos siquiera. El geminiano miró a su hermano antes de contestar.

-Hemos encontrado una… cosa.

-¿Y qué podría ser tan importante como para que aún estéis por aquí? –Respondió enrollando el pergamino que sostenía entre sus manos.- Llegareis tarde a Géminis y Zarek se molestará. –En ese instante, se giró para poder verlos. Los lunares de su frente se arquearon al reparar en la inesperada escena que se presentaba ante él.- ¡Milo!

-Lo encontramos afuera hace un rato… -explicó Kanon.

-Ya veo. –El Patriarca se acercó a ellos y se agachó, quedando a una altura más cercana al pequeño.- ¿Qué hacías por ahí tú solo?

-Inveztigaba. ¡Y descubrí que zomoz igualez! –El peliverde sonrió y revolvió su cabello con dulzura.

-Creo que acabáis de conocer al futuro aprendiz de Escorpio.

-X-

Nada más cruzar el umbral de la puerta de su cabaña, Naiara se deshizo de la molesta máscara que había portado todo el día y la lanzó al pequeño sofá de la entrada.

-¡Del! –gritó.

No tardó en llegar a ella el delicioso olor de la humilde cena seguramente preparada hacía rato, y rápidamente, se acercó hasta la pequeña cocina dispuesta a disfrutar de las agradables conversaciones que las tres compartían cada noche. Sin embargo, se sorprendió profundamente al comprobar que en el preciso instante en que entró a la cocina, Deltha se levantó de su asiento y se encaminó a la cama directamente. Ignorándola, sin mirarla siquiera. Pero a la futura amazona de Caelum no le pasó desapercibido el mohín de disgusto marcado en el rostro de su prácticamente hermana.

-¿Del? –se atrevió a preguntar mientras la seguía con la mirada. La pequeña pelipúrpura continuó su camino, con Naiara boquiabierta a sus espaldas; y se dejó caer en su cama, dándole la espalda una vez más y mirando fijamente a la pared.- ¿Del? –Insistió una vez más.- ¿Qué pasó?

–Nada.

- Deltha, me estás asustando. ¿Qué pasó?

-¡Nada! –La otra koree volteó a verla con un rápido movimiento, y se levantó hasta encararla.- ¡No pasó nada!

-No lo parece…

-Tampoco es como si te importara mucho lo que ocurre aquí.

-¿Qué?

-¡Lo que oíste! –Sus ojos avellana relampaguearon con una mezcla de furia y dolor impregnados en ellos.- Hace horas que tus clases con el Maestro terminaron. ¡Eso suponiendo que alguna vez empezasen! ¡Porque no estuvo en el Santuario en todo el día! –Los gritos tomaron totalmente desprevenida a la morena.- ¡Apuesto a que lo pasaste en grande con Saga y Kanon! –Naiara frunció el ceño y molesta, replicó.

-¡Por supuesto! –Se cruzó de brazos.- ¡Cualquier cosa es mejor que estar en este estúpido campamento! –una vez más, palabras que no sentía abandonaron sus labios.

-¿Sabes qué?

-¡¿Qué?

-Quizá deba acostumbrarme a pasar más tiempo con Aioros, porque al fin y al cabo, está más tiempo conmigo que mi propia hermana. –Naiara frunció el ceño un poco más.

-Sí, deberías. –Apretó los puños furiosa.- ¡Seguro que con el arquerito te va mucho mejor y te sientes mucho más especial! ¡Sois igual de aburridos!

-¡Al menos así tendré alguien con quien hablar! ¡Tu estas demasiado ocupada con esos estúpidos juegos que te traes con los gemelos!

-¡Basta! –La voz airada de Axelle interrumpió la discusión.- ¡Suficiente las dos!

Las dos niñas callaron al momento, y sus miradas furiosas voltearon a ver a la esbelta silueta de su maestra. La amazona de Caelum salía de la ducha cuando escuchó la discusión, y ahora, miraba de una a otra de sus alumnas mientras apartaba los mechones de su cabello empapado que caían por sus hombros.

-Nadie levanta la voz en esta cabaña. ¿Entendido? –Las niñas asintieron a regañadientes.- ¿Y bien? ¿Qué ocurre aquí? No puede ser cierto lo que he escuchado. –Miró de una a otra y ambas callaron, con la mirada fija en el suelo.- ¿Sabéis que está prohibido que os mezcléis con los aprendices del Santuario, verdad?

-Sí. –murmuró Deltha.

-Se que conocéis a los chicos de Géminis y Sagitario desde hace tiempo. Y también se que tú compartes tus clases con ellos. Por lo que no me parecería mal que os llevarais bien. –miró a Naiara.- Pero eso no quiere decir que vea con buenos ojos que paséis vuestro tiempo libre con esos chicos a escondidas. Menos aún si provoca este tipo de discusiones entre vosotras. –Hizo una pausa y suspiró.- Ojala pudiera decir que es bueno que paséis tiempo juntos, de verdad, porque me gustaría creerlo. Pero no es así. Mezclarse con asuntos de las Doce Casas, trae problemas. Muchos que ni siquiera alcanzáis a comprender ahora.

-Pero… -intentó protestar Naiara.

-Pero nada. –La voz de la amazona sonaba extrañamente dura y sin embargo, comprensiva.- Prometedme que no os meteréis en problemas. Y prometedme también que no os separareis por algo como esto. Si lo hacéis, haré la vista gorda. –Posó sus manos en los hombros de sus alumnas.- Recordad, niñas, no tenéis nada en el Santuario, salvo la una a la otra. Eso es algo de lo que muy pocos pueden presumir. Que ningún chico, por lindo que sea, se entrometa entre vosotras. Nunca.

-Continuará…-

NdA:

Aioros: Y cuando yo pensaba que no podía haber nada más adorable que Shura... reaparece mi gato y conocemos al bicho U_U

Kanon: ¡Nos roban protagonismo! ¬¬

Saga: Yo tengo que lidiar con niñitas molestas que no aprecian mi talento musical. ¬¬ Y hablando de eso… El Sirtaki de Zorba es la canción más típica de Grecia, y el bouzouki, el instrumento de cuerda con el que se toca habitualmente.

Sunrise: ¡Agradecemos los preciados reviews! Los anónimos, están respondidos en el profile.

Dama: ¡Y agradecemos también los Favs que continúan llegando! Y os animamos a visitar mi DeviantArt, tenemos nuevo dibujo de este fic.

Sunrise: ¡Hasta el próximo capitulo!