Capítulo 10: El demonio de la Isla
-El suelo esta… –murmuró el menor de los gemelos mientras retiraba rápidamente la mano del fragmento de roca que había rozado.- Hirviendo.
-Es un volcán. –Saga se encogió de hombros mientras seguía avanzando por el estrecho surco entre las rocas. Kanon lo observó alejarse y alzó una ceja con curiosidad. Desde que habían abandonado el Santuario, había notado lo poco que le agradaba aquel viaje. Saga ni siquiera se había molestado en ocultarlo.
La mayor parte del tiempo, el menor de ellos se sentía como un observador en sus propios entrenamientos. Muchas veces porque tenía la impresión de ir siempre un pasito por detrás de su gemelo, y en otros casos… porque la incompatibilidad que mostraban Zarek y Saga crecía cada día. El maestro nunca pensaba que sus logros eran suficientes, y su hermano… nunca estaba de acuerdo en nada que saliera de boca del turco. Así que, Kanon no tenía más remedio que guardar silencio, y observar, sino quería terminar metido en líos que no sabría manejar. Si algo había aprendido de Zarek, era que sólo debía meterse en guerras que podía ganar. Y aquella, no era una.
Ahora se daba cuenta de que, en efecto, Saga probablemente tenía razón al sentirse disgustado por aquella excursión.
Entre tanto desprendimiento de roca, el calor asfixiante y el continuo siseo de la lava al fundir la piedra bajo sus pies, se recordó de su aventura en los sótanos de Sagitario. Y a decir verdad, no entendía demasiado bien para que podía servirles todo aquello en su entrenamiento.
-¿Qué es eso? –susurró Saga de pronto, deteniéndose en seco.
-¿El qué? –replicó él quedando a apenas un metro de él.
-Ese ruido.
Kanon guardó silencio, en busca del misterioso sonido que había despertado todas las alertas de Saga. Entonces frunció el ceño, no solamente escuchaba a la perfección aquel sutil sonido, sino que además… una creciente sensación de desconfianza creció en su pecho.
-No tengo la menor… -comenzó a decir, justo en el momento en que pequeñísimos fragmentos de roca volcánica entremezclados con polvo, comenzaron a caer sobre ellos.- Idea.
-¡Otra vez no! –farfulló el mayor.
Sin embargo, el ruido se hizo progresivamente más fuerte. Ambos miraron hacia arriba por instinto. Esta vez no era el suelo lo que se resquebrajaba, sino que la misma pared a su derecha comenzaba a ceder por la presión de la lava. El espeso líquido incandescente comenzó a filtrarse por las grietas y en aquel instante, ambos abrieron los ojos desmesuradamente. No les dio tiempo para articular palabra alguna, sino que se vieron obligados a saltar, uno hacia cada lado, para esquivar la lluvia de rocas y el torrente de lava que caía con fuerza desde el gran orificio que se había creado en la pared.
Kanon contuvo la respiración sin darse cuenta, y solo cuando el estruendo cesó, aquella opresión en su pecho desapareció. Ante él no quedaba más que una montaña de roca humeante y una cascada de lava, que cortaba el camino y lo separaba de su hermano, que esperaba, hubiera quedado del otro lado sano y salvo.
El menor de los gemelos alzó el rostro sin saber bien por qué. Desde donde estaba, y a pesar de estar envuelto aún en una espesa nube de polvo, Kanon pudo vislumbrar el brillo inconfundible de la armadura de Géminis entre la penumbra; a lo lejos, mucho más arriba. La visión apenas duró unos segundos, porque cuando pestañeo y volvió a abrir los ojos, Zarek ya no estaba. Hasta aquel momento, no lo había pensado, pero ahora le resultaba bastante obvio que el turco no perdería detalle de todo aquello; algo le decía que se lo estaba pasando en grande.
Los latidos de su corazón se calmaron. Se levantó del suelo rápidamente, y se secó el sudor que se agolpaba en su frente con el dorso de la mano. Frunció el ceño, al sentir aquel lacerante dolor en las palmas, y casi inmediatamente las contempló. Con cuidado comenzó a moverlas, comprobando el alcance de las heridas: se había quemado con el simple calor de la roca.
Maldijo en voz baja.
Cuando el turco les anunció que pasarían unos días de entrenamiento en la misteriosa Isla Kannon, se sintió fascinado. Desde pequeño, las historias de aquel inhóspito lugar le habían llamado la atención, por el simple motivo de que compartían nombre. Era una coincidencia que le había parecido de lo más curiosa y el hecho de que existieran tantas leyendas acerca del islote, le resultaba aún más fascinante. Prometían ser unos días más que emocionantes.
Sin embargo, Kanon no esperaba encontrar aquello.
A lo lejos, logró escuchar la tos seca de Saga y se sintió mucho más aliviado. No podía verlo, pero sabía que su hermano estaba bien, y por fortuna, no demasiado lejos.
-¿Kanon? –la voz, inusualmente áspera, de su gemelo resonó en la caverna.
-Estoy bien. –respondió.
-Tenemos que separarnos. –Sabía que Saga no podía verlo, y a pesar de ello, asintió convencido.- No hay forma posible de pasar por encima de toda esta roca…
-De acuerdo.
-Ten cuidado.
Las últimas dos palabras llegaron a él apenas en un murmullo que se entremezclaba con el incesante movimiento de la lava. El menor sonrió, sorprendido de lo extrañamente aprehensivo que podía llegar a ser su hermano en algunas ocasiones y se dio la vuelta. Pestañeó un par de veces, intentando librarse del incómodo lagrimeo que sufrían sus ojos y los entrecerró, dispuesto a distinguir algún camino en la penumbra del volcán.
El calor comenzaba a resultarle mucho más agobiante de lo que le gustaría admitir, y su garganta amenazaba con caerse en pedazos sino llevaba un poco de agua a sus labios rápido.
Pero Kanon siguió avanzando. No tenía caso alguno pensar en eso, porque sabía de sobra que no saldrían del volcán hasta que ellos mismos encontraran la salida o en su defecto… dieran con el viejo demonio. Tomó una gran bocanada de aire caliente para llenar sus maltratados pulmones y con rabia, pateó una piedra, retrocediendo por donde habían llegado. En algún lugar de ese enorme entramado de cavernas, debía estar la salida y ahora que solamente podía retroceder, tendría que asegurarse de mantener los ojos bien abiertos.
Eso, y de no toparse con el demonio. Kanon sonrió al encontrarse pensando en semejante tontería.
¿Un demonio que se comía gente? ¿En serio la escasa población de la isla creía en aquella leyenda? Le resultaba difícil de imaginar, aunque todo era posible. Había gente en el Santuario que creía en cosas aún más inverosímiles. Pero igual que si las entrañas del volcán tuvieran oídos, la roca se quejó bajo sus pies una vez más. Kanon se detuvo, y sin hacer apenas un movimiento, llevó sus ojos hasta el suelo temiendo lo peor. No se equivocaba.
Saltó hacia la derecha, buscando un lugar más firme por donde caminar. Y justo en el momento en que lo hizo, el fragmento de roca sobre el que andaba, se desprendió como si fuera arena, hasta caer en las garras de la lava hirviente metros más abajo. El peliazul sintió la oleada de calor cuando la piedra se deshizo, y entonces, frunció el ceño.
-Vale, vale. –Murmuró.- Siento haber dudado de tu existencia, Señor Demonio.
Siguió caminando y esquivando las rocas que se desprendían durante unos minutos que se le hicieron eternos. No estaba acostumbrado a aquel silencio, y estar solo, no ayudaba en absoluto. De hecho, todo aquello comenzaba a resultarle en exceso aburrido. Se adentró por un corredor y no demasiado convencido comprobó como su camino descendía bruscamente. Utilizó su cosmos, tal y como Zarek les había sugerido, para proteger sus manos en aquel improvisado descenso y aliviado, se dio cuenta de que el maestro tenía razón. ¡Podía tocar aquellas paredes hirvientes sin quemarse!
-X-
Zarek no se había perdido un solo detalle de lo ocurrido desde que los niños se adentraran en el volcán. Ninguno de los dos se había atrevido a poner en duda sus órdenes, al menos, no externamente. Sabía de sobra lo que significaba aquella expresión en sus miradas y aquello, no hacía más que acrecentar su interés por conocer el final de la aventura. Estaba seguro de que los dos llegarían sin más problemas que un par de quemaduras al lugar donde él mismo se encontraba: la parte más baja del volcán.
Las verdaderas leyendas, de las que muy pocos eran conocedores, decían que el viejo demonio había tomado aquel como su propio hogar. Había quienes, incluso, lo había relacionado con las Doce Casas; para ser más exacto con la de Géminis.
El, sin embargo, no afirmaba ni desmentía nada. No sabía cuánto de cierto, y cuánto de fantasía tenían aquellas afirmaciones. Conocía de sobra que todo lo relacionado con el Santuario, hacía volar la imaginación de las personas allá donde fuera. Pero Zarek estaba seguro de una cosa: su armadura había sido bañada con la lava de aquel cráter en algún momento. Lo sintió la primera vez que pisó aquel lugar años atrás, y cada vez que volvía… se reafirmaba. El ropaje sagrado vibraba de un modo especial al cruzar el umbral del volcán.
Y el hecho de que todo el mundo creyera en aquellas leyendas… lo convertía en un lugar mucho más interesante para poner a prueba a los mocosos. Desde que se los habían entregado, los chiquillos habían cambiado mucho. No solamente sus habilidades habían mejorado muchísimo, sino que además, sus sentidos se habían afilado considerablemente. Eran extremadamente inteligentes, pero a pesar de ello, y de haber perdido gran parte de su ingenuidad; seguían mostrando una inocencia sorprendente en algunas ocasiones.
Él simplemente sabía, que meterlos en un lugar como aquel, con tantas leyendas como existían, les resultaría terriblemente atrayente. Al menos a Kanon. Saga era otra historia…
Pero entonces, sintió los cosmos de los chiquillos acercándose a toda prisa; llegando uno por cada lado. La caverna constaba de dos salidas, una a la derecha y otra a la izquierda, que no llevaban al exterior, sino que se comunicaban con todo el entramado de corredores y ríos de lava que formaban la montaña.
Sonrió ligeramente al verlos llegar y supo que había llegado el momento de la verdad. Tan silencioso como un muerto, Zarek saltó unos metros para contemplar la escena desde un risco más alto y protegido. La vista superior era magnifica. El gran "lago" de lava reburbujeante, iluminaba con su luz incandescente toda la caverna, y sin embargo, justo en el centro de aquella extraña laguna, la piedra emergía, originando un solitario islote.
Lo suficientemente grande como para albergar un combate.
Observó a los gemelos alternativamente. Ninguno se había dado cuenta de la presencia del otro en la misma sala. El vapor hacía que la visión resultara considerablemente compleja.
Zarek se sentó en el borde del risco, y cerró los ojos, en busca de la concentración que necesitaba. Todo había ido según lo previsto: los chicos habían superado todos los obstáculos para llegar hasta aquel punto. Y a simple vista, estaban físicamente bien; presumía que bastante cansados, pues la atmosfera del volcán parecía robar sin piedad las energías de los visitantes inexpertos. Era difícil ver, oír, y respirar allí dentro. El turco lo sabía, y por eso mismo, había llegado la hora de poner en marcha la prueba final.
El santo de Géminis abrió los ojos y en ellos no quedaba ya rastro alguno de su tono grisáceo. El par de orbes que contemplaba impasible la escena se había teñido del mismo oro que su cosmos.
Estaba listo para empezar.
-X-
Saga tosió una vez más mientras observaba, con los ojos entrecerrados, la enorme estancia que se abría ante él. Se sorprendió de la cantidad de ruido que se oía allí, tanto, que creía imposible poder escuchar a cualquiera que se acercara hasta tenerlo prácticamente al lado. Disgustado por no encontrar en la nueva cavidad una salida, resopló. Estaba cansado, tenía calor y demasiada sed; solamente quería salir de allí cuanto antes y volver a Grecia, al frescor que la brisa marina otorgaba a los Doce Templos.
Se dio la vuelta, y con desgana, dio un par de pasos, con toda la intención de volver exactamente por donde había venido.
Pero de pronto, detuvo su andar como si sus pies hubieran quedado fijos al suelo. No podía dejar de observar, sorprendido, como ante él se extendía la sombra imponente de un cuerpo que sin duda debía estar a sus espaldas. Respiró hondo, y giró sobre sus talones dispuesto a enfrentarlo.
El chico entreabrió los labios dispuesto a decir algo, pero nada salió de ellos. Por algún motivo que desconocía, le resultaba totalmente imposible retirar la mirada de aquella silueta; aunque el extraño ni siquiera se había dignado a mirarlo. Sus ojos permanecían ocultos tras los mechones rebeldes de su cabello. Y aún así, el aprendiz de Géminis sabía que se había percatado de su presencia.
-Tú… -murmuró Saga casi contra su voluntad.- Existes.
La larga melena gris del aludido se agitó a sus espaldas, mecida por un viento embravecido que parecía tocarle solamente a él. El demonio esbozó una macabra sonrisa, dejando ver sus dos afilados colmillos mientras se sentaba en una de las rocas del islote con cierta parsimonia.
Alzó su puño derecho levemente, y por un momento, permaneció completamente quieto, dejando que a través de los huecos de sus dedos una luz anaranjada escapara con fuerza. El demonio rió y acto seguido abrió la mano. Una esfera de lava danzaba sobre ella, entremezclada por un cosmos salvaje y primitivo. Saga disimuló su sorpresa lo mejor que pudo.
-No me gustan los intrusos. –La voz casi gutural del extraño resonó en su cerebro.- Solucionemos esto. –dijo, invitándolo a acercarse con un gesto de su mano.
-X-
-¡Existes! –exclamó Kanon.
El chico se había sorprendido enormemente al encontrar al hombre allí, sentado con una enervante tranquilidad y despidiendo aquel aire magnífico a la par que peligroso. Sin embargo, a pesar de que su instinto le gritaba que tuviera cautela, debía admitir que se sentía terriblemente emocionado. Y aquello era algo que no sabía cómo debía tomarse. Había resultado que la leyenda era cierta: el demonio existía. Ahora, solamente confiaba en que el resto de habladurías no lo fueran.
El demonio se relamió los labios y el gemelo menor se estremeció más de lo que le hubiera gustado admitir. Frunció el ceño y no se dejó impresionar por el modo en que el extraño manejaba la lava con sus manos. Respiró hondo, y saltó, salvando la poca distancia que había ente él y el islote.
Una cosa estaba clara, si Zarek se había molestado en llevarlos hasta allí aún sabiendo los riesgos que entrañaba la aventura, era porque estaba seguro de que podían ganar. O al menos salir vivos de esa. Kanon pensaba lo mismo.
Apenas un par de metros lo separaban de la imponente silueta del demonio cuando la expresión de determinación y seguridad sustituyó a la emoción inicial en su rostro.
-Tampoco es para tanto. –murmuró. Pero apenas le dio tiempo a terminar de hablar, cuando tuvo que esquivar el puño del demonio que iba directo a su cabeza.- O quizá sí. –continuó. Si el demonio tenía tanta prisa por pelear, no le haría esperar.
No tenía la menor idea de donde se encontraba su hermano en aquel momento. Y por primera vez, no le importó. Deseaba hacer aquello él solo, y demostrarles a todos, y a sí mismo; que podía ganar. No solamente al demonio: a Saga también.
Se puso en guardia a la vez que concentraba su cosmos en las manos, y devolvió el ataque sin intención alguna de detenerse.
-X-
Saga permaneció atento a cada uno de los, apenas perceptibles, movimientos de su improvisado adversario. Pero no por ello se vio menos sorprendido cuando el demonio inició el ataque sin previo aviso. Con un salto, el tipo se puso en pie y por primera vez alzó el rostro, lo suficiente como para que el peliazul se estremeciera ante aquel rojo escarlata que lucían sus ojos.
El chico se hizo a un lado, esquivando el golpe que iba dirigido a su mandíbula y haciendo gala de la extraordinaria velocidad que dominaba. Frunció el ceño y apretó los puños, dejando que su cosmos tenuemente dorado los envolviera. Sin embargo, no tenía intención alguna de devolver el ataque tan pronto. Todos los oponentes tenían un punto débil, sin importar su rango o poder. Saga solamente necesitaba observar al demonio un poco más para averiguar cómo atacar. No estaba dispuesto a malgastar su maltrecha energía en golpes sin sentido, menos aún en un lugar como aquel donde el oxígeno escaseaba.
También sabía lo peligrosa que era su estrategia. No tenía la menor idea de cuáles eran las habilidades del demonio, porque aquella agilidad y rapidez de la que hacía gala no podían ser sus únicas armas. Estaba totalmente seguro, porque de ser así, cualquier santo hubiera podido matarlo hacía mucho tiempo. Pero era aquel desconocimiento lo que lo inquietaba y lo hacía vulnerable. Podía esquivarlo todas las veces que quisiera –aunque el peligroso roce de su cosmos comenzara a dejar huella en su piel- estaba seguro de que hasta que no respondiera a uno de sus ataques, el demonio no pelearía de verdad.
Saltó una vez más, retrocediendo hasta que sus pies quedaron peligrosamente al borde de la roca, pudiendo sentir a sus espaldas el calor insoportable de la lava; y apretó los dientes. No podía seguir esquivándolo. Abrió su mano derecha, aumentando la potencia de su cosmos y dejando que la mortífera energía se agitara nerviosa en su palma, ganando potencia. Observó como el hombre se detuvo apenas a un par de metros de él, sin dejar de mirarlo. El pecho del peligris subía y bajaba debido al esfuerzo y Saga supo que era el momento.
Apenas necesitó un movimiento suave de su brazo para que su cosmos abandonara su mano, convirtiéndose en una mortífera red de energía cósmica que se acercaba a toda prisa a su adversario.
-X-
Kanon abrió los ojos de par en par al comprobar cómo su enemigo parecía haberse cansado de jugar. Las cosas se ponían serias y tuvo que esforzarse al máximo por evitar que aquella maraña de cosmos lo tocara. Apenas un par de milímetros lo mantuvieron a salvo, y sin darse cuenta, suspiró aliviado. La expresión de decisión que hacía rato se había hecho dueña de su rostro, no hizo más que aumentar. Él también sabía manejar su cosmos con mucha habilidad.
Esbozó una sonrisa y a toda prisa corrió hacía el demonio. Armó su brazo, y asestó un puñetazo. No se sorprendió al notar cómo fue hábilmente interceptado por la mano de su adversario. Contempló su sonrisa retorcida cargada de un sentimiento de victoria, y en aquel momento, Kanon descubrió que tenía cierta ventaja. Impulsó su rodilla con todas sus fuerzas, hasta hundirla en el estómago del peligris.
El gemelo menor escuchó el quejido ahogado a la vez que el demonio soltaba su mano y caía sobre sus rodillas; y en ese momento, fue él quien rió.
-Bajaste demasiado tu defensa.
-X-
Saga tosió, intentando por todos los medios llenar sus pulmones de aire una vez más. Aquel había sido un error de principiante, y en aquellas circunstancias podía resultarle caro. Desde el principio había pensado que su oponente peleaba de un modo demasiado impetuoso, derrochaba energía porque no dejaba de moverse sin parar, lanzando un montón de golpes fallidos. Él había intentado poner en práctica su modo de pelear más reflexivo y normalmente, más efectivo.
Pero no se había dado cuenta de lo que un solo error podía suponerle en aquel momento. Había menospreciado la seguridad que le daba al demonio pelear en casa. Saga se sentía tan fuera de lugar como un pez fuera del agua. No lograba acostumbrarse a aquel calor y a cada segundo que pasaba, su cabeza se embotaba más y más y sus reflejos se mermaban. Estaba… agotado.
Se puso en pie tan rápido como pudo, y dio una bocanada más de aire. Entrecerró los ojos, y con molestia, comprobó como el vapor cada vez era más abundante y disminuía considerablemente su visión. Era incapaz de concentrarse únicamente en su oponente cuando todo a su alrededor le resultaba tan incómodo y cuando no tenía la menor idea de donde estaba su hermano.
Una vez más, extrañó la curiosa seguridad que le proporcionaban las ruinas del Santuario.
Dejó de pensar, porque con ello no lograba más que encontrarle más problemas a aquella situación y decidió que era el momento de imitar la estrategia de su rival.
-X-
El puñetazo pilló tan de sorpresa a Kanon, que el chico no vio venir el otro que apenas un par de segundos después lo envió directamente al suelo. Se limpió el sudor de su frente con el dorso tiznado de su mano, e intentó por todos los medios posibles, calmar su respiración. Aquel calor estaba comenzando a hacer mella. Farfulló una maldición y se puso en pie justo en el momento en que el demonio retomaba la ofensiva con un ataque exactamente igual al de antes.
Sin embargo, esta vez, el menor de los gemelos no fue tan rápido. La maraña de cosmos hizo blanco en su pierna izquierda, derribándolo una vez más. Apretó los dientes ante el lacerante dolor que lo inmovilizó por unos segundos, y finalmente, jadeó en busca del aire que parecía faltarle. Llevó sus manos, ligeramente quemadas, al suelo y se puso en pie torpemente.
Aquel ataque le recordaba mucho a uno que conocía. Saga solía liberar de un modo muy similar, sino igual, su cosmos. Claro que, su hermano no controlaba su cosmos tan bien, y menos aún, tenía aquella potencia. Arrugó el entrecejo y pensó, a la vez que ahogaba un quejido al posar la pierna izquierda en el suelo. Quizá si pensaba bien en como anular aquella técnica de su hermano conseguiría ganar al maldito demonio de una vez por todas.
Entrecerró los ojos y maldijo en voz baja. No veía con claridad la ubicación del peligris entre tanta neblina. Se sopló el pegajoso flequillo con rabia, y se permitió pensar en aquellos segundos de tregua. ¿Cómo podía anular aquel ataque? Volvió a pensar en Saga, y en la infinidad de veces que le había visto practicar aquel golpe. Era una técnica simple, a la par que curiosa. Su peligrosidad no se debía a la potencia de su cosmos, sino a la aleatoriedad con la que las partículas de su energía se movían. Si uno se fijaba bien, podía encontrar cierta semejanza con una red que giraba continuamente sobre si misma sin ningún orden. Aquel era el peligro, era difícil de esquivar.
Kanon apretó los dientes. Siempre había terminado siendo víctima de aquel ataque en los entrenamientos. Nunca había conseguido anularlo, solamente evitarlo. Quizá aquel era el único modo. O no.
Alzó las cejas casi imperceptiblemente a la vez que esquivaba un nuevo golpe del demonio. Quizá solamente necesitaba superar la potencia con la que el cosmos se liberaba y romper la red. No tenía la certeza de que tal cosa funcionara y sin embargo, era su única opción. Asintió suavemente. Necesitaba terminar aquel combate cuanto antes o el mismo cansancio le vencería.
Buscó con su cosmos, la ubicación exacta de su adversario y lo situó. Tarde o temprano el demonio tendría que atacar de nuevo con aquella técnica, solamente tenía que provocarlo para que lo hiciera y esperar.
-X-
Saga no entendía de donde había sacado aquellas energías renovadas su rival. Solamente sabía que no resistiría mucho más aquel acoso al que estaba siendo sometido. Aún resonaban en su mente las palabras que un rato antes pronunció el demonio: Bajaste demasiado la guardia. Y se maldijo a sí mismo.
Siempre era él quien solía decirle tal cosa a Kanon. Su hermano era menos cauteloso y solía precipitarse a la hora de pelear. Aquello le empujaba a cometer errores estúpidos que le podían costar muy caro. Y la burla con la que el peligris había pronunciado aquellas palabras le había hecho dudar.
Aquellos pensamientos no lo ayudaban nada en absoluto ahora que el demonio parecía dispuesto a acosarlo hasta la saciedad. A medida que esquivaba un golpe tras otro, se podía dar cuenta de que el tipo no parecía tener intención de atacarlo directamente, pero estaba logrando agotar las pocas energías que le quedaban.
Saga se detuvo y con la respiración acelerada, adoptó una vez más su posición de ataque. Intentó elevar su cosmos tanto como le fue posible en su mano, hasta que la potencia del mismo, comenzó a calentar en exceso su piel. Buscó la ubicación exacta de su rival y cuando lo hubo situado, liberó su técnica con todas sus fuerzas.
No bajó la guardia en ningún momento. Pero una fracción de segundo después, abrió los ojos de par en par. El demonio había liberado su cosmos de igual modo, y la potencia del ataque se estaba abriendo paso a través del suyo. Si no hacía algo, recibiría el golpe de lleno, y aquello… sería catastrófico.
No pensó, solamente actuó. Llevó sus manos al frente y las envolvió con el poco cosmos que le quedaba. Y antes de que pudiera alzar la vista, el calor insoportable del cosmos de su enemigo, se revolvió en sus manos. Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. Era cierto que el golpe había disminuido considerablemente de potencia al atravesar su técnica, pero aún así, era demasiado para pararlo con las manos desnudas.
Lo soportó tanto tiempo como pudo, pero no fue lo suficiente. La esfera de cosmos se revolvía aún con demasiada fuerza y lo hizo retroceder a la vez que, finalmente, escapaba al control de sus manos. Un dolor insoportable en su pecho lo siguió, empujándolo hacia atrás y haciéndolo perder el equilibrio. No pudo evitar gritar de dolor.
Solamente le quedaba esperar a la dolorosa caída cuando unos brazos envueltos en un ropaje dorado que conocía demasiado bien, lo sostuvieron; evitando que cayera directamente a la lava.
Saga sabía que estaba temblando y que su respiración estaba totalmente descontrolada. Pero no quería abrir los ojos. Había perdido.
-X-
Kanon aguantó la respiración hasta que vio caer a su adversario. Estuvo a punto de sonreír, hasta que la neblina de vapor se disipó de pronto, dejándole ver que el demonio había desaparecido. ¡Había atacado a su hermano con todas sus fuerzas!
Zarek alzó su rostro y lo miró a los ojos mientras sostenía a Saga entre sus brazos. El turco esbozó una enigmática sonrisa y se puso en pie.
-Muy bien hecho, Kanon.
El peliazul, aún boquiabierto, miró de su hermano a Zarek alternativamente. Aquellas palabras le habían sonado tan inesperadas como difíciles de creer. ¿Qué se suponía significaban? ¿Qué había hecho bien? ¡El demonio simplemente había desaparecido en la nada! ¡Se había esfumado!
Frunció el ceño y se acercó temeroso hasta ellos.
-¿Qué pasó con el…?
-¿Con el demonio? –Zarek ayudó a su hermano a ponerse en pie. Kanon asintió suavemente, pero el turco únicamente rió.- ¿No sabíais que los Géminis somos unos ilusionistas sobresalientes? –el menor de los gemelos alzó las cejar confundido.
-Fue… ¿una ilusión? –murmuró Saga. El Santo asintió. No le pasó desapercibido el modo en que el chico apretaba los puños, furioso y dolorido.
-Habéis peleado uno contra otro. –Miró a los hermanos alternativamente.- Uno ve únicamente lo que quiere ver, y a veces, esa fe ciega que se deposita en el sentido de la vista, puede resultar una trampa mortal. Visteis lo que yo quise que vierais, no habéis sido más que marionetas porque ninguno recurrió a la ayuda inestimable de su cosmos. –Zarek frunció el ceño.- Debo decir que eso es decepcionante. –Los chicos bajaron el rostro.- Y tampoco identificasteis los movimientos o técnicas de vuestro adversario. –La expresión de Kanon cambió y esbozó una tenue sonrisa. Él si lo había notado…- Pero aún así, Kanon, lograste abrir una brecha en su ataque, cosa que hasta ahora, no habías conseguido nunca.
-¿Gracias? –murmuró, confundido ante aquel extraño orgullo que mostraba su maestro. El turco asintió.
-Curemos esas heridas. Es hora de volver al Santuario.
Los gemelos observaron como el Santo se alejaba por uno de los corredores y Saga no tardó en seguirle con cierta dificultad. No había mirado la herida que, estaba seguro, tenía en el pecho. Pero el punzante dolor que sentía cada vez que lograba llenar de aire sus pulmones, era un claro recordatorio de ella.
Kanon, mientras tanto, se sentía… ¡bien! Había ganado en igualdad de condiciones a su hermano, y aquella sensación era indescriptible y una que no había disfrutado nunca. Aún sonreía cuando lo observó alejarse. Corrió hasta alcanzarlo, cojeando, debido a la quemadura de su pierna.
-¿Estás bien? –murmuró tomándolo del brazo para detenerlo. Saga se detuvo y asintió, tan levemente, que Kanon apenas lo notó.
No levantó la mirada, no pronunció palabra alguna. Saga había perdido, y estaba furioso por ello. Kanon lo sabía.
-X-
Había elementos en su vida que Aioros podía dar por sentados y que, aunque no reparaba en ellos todo el tiempo, sin duda extrañaba al saberlos ausentes. Tal era el caso de los gemelos.
Se había acostumbrado tanto a la presencia del par de niños peliazules que su ausencia se dejaba sentir terriblemente en los días que abandonaban del Santuario. Así que, toda vez que sus ocupaciones diarias habían terminado, Aioros se sentía perdido en el ir y venir de la vida cotidiana del lugar al que ahora llamaba hogar.
Más temprano había pasado por el Templo Patriarcal para visitar a su hermano, pero el cachorro de león estaba tan entretenido disfrutando de la recién hallada compañía de Milo que poca o ninguna atención había prestado a su mayor. Total, que la visita había terminado incluso antes de comenzar.
Sin nada más que hacer, el castaño se dispuso a pasar una larga tarde de soledad vagando por los recónditos lugares que pocas veces se permitía frecuentar dentro de los límites del recinto. Un punto en especial surgió en su mente.
Se decía que, cuando la diosa ordenó la salida de la Orden de Atenas para convertirla en uno de los grandes misterios de nuestro mundo, en poco o nada se comparaba el funcionamiento del minúsculo ejército con el actual. El manejo del cosmos era un arte incipiente, las armaduras no poseían el soplo de vida inspirado por la deidad regente y el armamento era todavía común entre los guerreros que conformaban las huestes de Athena. En ese entonces, el mundo desde los ojos de un santo era radicalmente diferente al que conocían y, por consecuencia, las necesidades eran también otras.
Aioros recordó los viejos pergaminos que habían retado al tiempo y permanecían escondidos en calidad de antigüedades dentro de la biblioteca. Los recordó por las imágenes que en ellos se hallaban. Había visto las que solían ser las estampas del milenario santuario, con caballerizas rebosantes de los mejores pura sangre, armerías y campos de entrenamiento tan grandes como repletos de gente. Las murallas que alguna vez le rodeasen ahora solamente subsistían en la forma de montones de roca derruida, de la misma forma en que los antiguos templos habían sucumbido al paso del tiempo y a las interminables guerras entre dioses dejando nada más que sus altas columnas en los lugares en que alguna vez se alzasen. El tiempo y la historia se habían encargado de reordenar los escenarios del Santuario, permitiendo a algunos sobrevivir a la vez que hundían a otros en el olvido. De esos pocos supervivientes, habían dos en especial que eran todo un vestigio para el Santuario moderno: los viejos establos y la desangelada armería.
Ese día, tomando ventaja de su soledad, Aioros dispuso que su destino sería el segundo.
La armería estaba ubicada justo a la mitad del sendero que unía el campamento de los santos con las vastas explanadas cuyo final eran los riscos que miraban hacia el Mediterráneo. En otras épocas, antes de que el uso de armas fuera prohibido para aquellos que portaban ropajes sagrados y el entrenamiento con armamento era un imperativo para la milicia, la estratégica ubicación facilitaba el acceso de las armas a los campos de práctica; sin embargo, en los tiempos actuales dejaba al pequeño almacén aislado del resto del recinto. Como consecuencia, la armería estaba semi abandonada.
Solamente los guardias la frecuentaban en ocasiones ya que, al carecer de habilidad extraordinaria para el uso de la cosmoenergía, su preparación para el manejo de algunas armas se volvía indispensable. Pero más allá de ellos y algunos curiosos como el mismo Aioros, el lugar solía estar desierto.
Al fin, a la distancia, el joven arquero distinguió el sitio que supuso, era el que buscaba. El cuartucho, de paredes de roca embarnecidas por los años y tejados de madera, se veía vacío a esas horas. El Sol golpeaba los maderos del techo, haciendo todavía más evidente la diferencia entre los tablones más viejos y los nuevos. La maleza había crecido alrededor, donde algunas plantas se habían afianzado de los muros y subían hasta enredarse en los hoyos de las tablas rotas.
Aioros se acercó más, no sin antes asegurarse de que nadie le estuviera siguiendo. Descubrió que la puerta estaba abierta, así que la empujó para abrirse paso dentro.
El contraste con el exterior le obligó a forzar a su vista para acostumbrarse a las penumbras de la armería. Por fin, tras unos pocos segundos, su visión se aclaró y pudo observar con mayor detalle el interior del cuarto.
En general, no había nada especial en ello. Fuera de los escudos rotos y de enseñas pintadas con colores avejentados, nada más parecía lejos de lo usual. Había armas de diferentes tipos por todos lados: dagas, espadas de doble hoja, espadas cortas, lanzas y, atrayendo especialmente la atención del niño, arcos. La gran mayoría del armamento lucía dañado, pero si uno se fijaba con atención se daba cuenta de que estaban en mejor estado de lo que se veían.
Pero ello no detuvo al joven arquero que siguió husmeando hasta encontrar algo que le resultó de interés. El castaño se acercó a un enorme baúl apilado en un rincón y sopló sobre él para deshacerse del polvo que cubrían el capote de piel. Después, lo abrió.
- Genial. -susurró al encontrar un objeto que de inmediato tomó entre sus manos con entusiasmo.
Aquel era un viejo arco de elaborados diseños tallados en la madera más fina que Aioros había visto jamás. Al sujetarlo, notó lo ligero que era y, al tensar la cuerda, no pudo sino esbozar una sonrisa. Rápidamente rebuscó en la valija por el complemento de su descubrimiento. Al fin, lo encontró.
Sacó una flecha de un carcaj de cuero y la encajó en el arco. Con el arma preparada, oteó el resto de la habitación en busca de una blanco que nunca encontró. Pero lejos de dejar que sus ánimos decayeran, tomó un par de flechas más y abandonó la habitación por la puerta de atrás con la esperanza de encontrar el lugar apropiado para disparar las sagitas. Resultó que la segunda puerta, tal como lo había pensando, guiaba a la explanada de entrenamientos.
Sin embargo, no fue el campo lo primero en que se fijó, sino en la solitaria silueta que contrastaba con la quietud de las cercanías. Sabiendo que su presencia no había sido descubierta, Aioros se mantuvo quieto bajo el marco de la puerta de la armería. Bajó el arco y las flechas y se detuvo a observar a la niña conocida.
Deltha, completamente ajena al escrutinio al que era sometida, no se inmutó. La chiquilla golpeaba en repetidas ocasiones un bulto de tela del cual, por los bordes descocidos, salían las ramas doradas del heno que le servía de relleno.
En uno de tantos intentos, Aioros solo alcanzó a ver como la niña se echaba para atrás y mascullaba algunas pocas palabras que el arquero no comprendió mientras sacudía insistentemente su mano derecha. Aprovechando la pausa que asumió le servía para encontrar un poco de oxígeno, el castaño decidió que sería buen momento para acercarse.
- ¿Deltha?
La chiquilla se respingó, dejando en el abandono todo lo que hacía con anterioridad y volteó hacia Aioros, ocultando detrás de su máscara plateada una mirada repleta de sorpresa.
- Hola. No noté en que momento llegaste. -se esforzó por mantener la cabeza en alto, cuando en realidad se sentía ligeramente avergonzada de ser pillada con la guardia baja.
- Sí, me dí cuenta que estabas… ocupada. -terminó en un susurró sin molestarse en ocultar el hecho de que los nudillos ensangrentados de la niña no le habían pasado desapercibidos.- ¿Estás bien? -apuntó hacia su mano.
- Ah, sí. Es solo un rasguño. -la realidad era que ardía endemoniadamente, pero Deltha no pensaba admitirlo, al menos no en voz alta.- ¿Qué haces por aquí?
- ¿Sinceramente? Tenía deseos de conocer la armería y, como los gemelos no están pues…
Aioros calló al escuchar lo que le pareció un bufido que escapaba de la chica. Intrigado, la miró con un gesto que no ocultaba la curiosidad ante semejante reacción, sin embargo no hizo preguntas al respecto.
Ella, en cambio, se sintió apenada por la falta de control sobre sus propios pensamientos; pero es que Deltha no podía evitarlo. A fechas recientes, de lo único que escuchaba era de ellos: de ese par de peliazules que tenían la rara cualidad de hechizar a todo aquel que entraba en contacto con ellos. No podían culparla cuando sus conversaciones con Naiara, a quien consideraba casi su hermana, giraban alrededor de los gemelos y esa genialidad que tenía atrapada a la morena, poniendo en peligro la complicidad que se había construido entre ambas korees.
Y no era que le desagradasen los gemelos. Las pocas veces que había tenido oportunidad de convivir con ellos, incluso le habían simpatizado; sin embargo debía admitir que las palabras de su amiga, durante la discusión de la otra noche todavía sonaban en su cabeza y, muy a su pesar, le dolían.
- ¿Del? ¿En serio estas bien? Te hablo y pareces ausente.
- Sí, sí. Lo estoy. -salió de sus divagaciones para centrarse en la conversación con el niño castaño.- es sólo que… -suspiró.
- ¿Qué?
- El entrenamiento me frustra. -admitió.- No estoy hecha para esto.
Por un momento, el arquero no respondió, sino que se dedicó a sondear el lugar con la mirada.
- ¿Qué se supone que intentabas con esto? -se paró junto al bulto de tela relleno de heno que la aprendiza estaba golpeando cuando él llegó.
- Es mi oponente.
- ¿Tu oponente?
Deltha asintió. La cara de incredulidad de Aioros no la dejaba bien parada, puesto que desconocía si había quedado como estúpida o si el arquero solamente la creía ingenua.
- Sí. No tengo compañera de entrenamiento últimamente.
- ¿Y Naia? -la miró de soslayo mientras arreglaba el relleno del monigote.
- Apenas la veo y, cuando lo hago, discutimos. Comienza a convertirse en algo habitual; un mal hábito.
- Si tanto discutís, al menos podríais canalizar toda esa energía en el entrenamiento, ¿no? Digo, seguramente que Naia es una rival mucho más entretenida y peligrosa que esta cosa. -apuntó al saco.
- En primer lugar, ofendes a mi oponente. Don Hierbitas es más peligroso de lo que aparenta. -comentó con travesura a la vez que alzaba su mano herida y le mostraba al arquero los rasguños en sus nudillos.- En segundo lugar, me sobreestimas, Aio. No soy exactamente la aprendiza más aventajada de todas. Y, en tercero, precisamente por ello, pelear en serio con Naia podría terminar conmigo prestando una visita de emergencia a la Fuente de Athena.
El niño la miró y parpadeó un par de veces antes de ensanchar la sonrisa que tenía en los labios.
- Lo siento, me perdí después de la parte de Don Hierbitas. -rió.
- Si te sigues burlando de su nombre, se enfadará contigo.
- Mis disculpas para Don Hierbitas. -sonrió, compartiendo por lo bajo la risa pícara de su amiga.- Pero sigo sin entender como hiciste para dejarte la mano en ese estado cuando el monigote esta relleno de paja.
- No subestimes mis habilidades para estropear las cosas.
- Ya veo. Ya.
- Es culpa del palo que le sirve de sostén. -dijo, torciendo la boca a pesar de que él no podía verla.- Erré el golpe y mi mano terminó estampándose contra él. Solo es un rasguño.
- ¿Fallaste un golpe contra un blanco inmóvil?
- Lo haces sonar tan mal.- Deltha se cruzó de brazos.
- Oye, tú eres quien no deja de quejarse de sí misma. Si me preguntas, creo que exageras. No puedes ser tan mala si te han elegido para competir por una armadura.
- El tan es la clave. Además, soy un candidato a la armadura, habrá alguien más que peleará por ella contra mí.
- Podrás con él o ella. -Aioros se encogió de hombros y la miró por el rabillo del ojo.
- Sería bueno que pudiera hacer tal cosa.
-Antes, mientras… entrenabas… -Aioros levantó la ceja. ¿Aquello era un entrenamiento? Suspiró.- …creo que tienes un problema con la falta de control de tus golpes. No hay ningún tipo de orden en tus movimientos.
- Axelle dice lo mismo. El combate cuerpo a cuerpo no es lo mío. -pateó una roca que sonó al golpear el piso.
- Puedo ayudarte.
- ¿De verdad? ¿Lo harías? -la máscara se fijó en el chico y Aioros casi pudo distinguir un dejo de emoción en la voz de su acompañante.
- Sí. ¿Por qué no?
- Porqué se supone que los aprendices dorados no tenéis mucho tiempo libre.
- No dije que lo tuviera, pero podría dedicarte unos minutos. -una vez más, ella lo miró con curiosidad.
- Creo que te tomaré la palabra.
Aioros sonrió.
- Hagamos algo. Atácame. -la niña pareció sorprenderse ante la orden del arquero, pero no dijo ni hizo nada.- Anda, házlo.
- ¿Y si te lastimo? -preguntó, preocupada.
- No lo harás. -la manera en que Deltha ladeó la cabeza tras aquella afirmación fue suficiente para indicarle a Aioros que, en ese rostro desconocido detrás de la máscara, un mohín de indignación se había dibujado. Sin quererlo, una risa divertida se le escapó.- Ok, ok. No me referí a que no pudieras lastimarme, sino que trataré de no salir herido, ¿de acuerdo? -dijo.
- Sí, de acuerdo. -bufó.
Deltha retrocedió un par de pasos para adoptar una postura ofensiva. Sus ojos se fijaron en el objetivo y no dejó escapar mucho tiempo antes de atacar. Lanzó unos cuantos golpes que el castaño no tuvo problema en evadir. Pero la koree no se detuvo sino que siguió intentándolo, cada vez con más ímpetu.
Sin embargo, junto con sus ataques, el descontrol sobre los mismos también se incrementaba. De pronto, atacó con una patada que acertó en el blanco, haciendo retroceder al aprendiz de Sagitario. Aunque se sintió desconcertada por semejante acierto, no bajó la guardia; más la suerte no volvería a repetirse. En el siguiente embate, cuando tiró un puñetazo, Aioros consiguió atraparle el brazo. La jaló para acercarla y su sonrisa se hizo más grande cuando sus dedos de posaron sobre la máscara.
- Gané.
- Genial. -se quejó la otra.- ¿Cuál es el diagnóstico?
- Estabas en lo cierto. El combate cuerpo a cuerpo no es lo tuyo… al menos no por ahora. -se apresuró a complementar.
- Eso me deja… ¿cómo?
- Te va mejor en las patadas que con los puños. -rió, encogiéndose de hombros y pasándose la mano por la pierna que recibió el impacto.- Aunque creo que deberíamos enfocarnos en encontrarte un estilo propio para pelear. ¿Qué es lo que mejor haces?
- Aah… pues… -la pelipúrpura se lo pensó.
- Vamos, Deltha. No puede ser tan difícil.
- Es difícil. Ya te dije que no soy la más hábil de las korees. -refunfuñó.
- Algún talento tienes que tener. Piensa. -ella se respingó ante el tono autoritario de la voz de Aioros, aunque de inmediato, encontró en su rostro una sonrisa cómplice.
- Lo único que sé hacer medianamente bien es esconderme. -subió los hombros.
- ¿Esconderte?
- Sí, eso.
Por enésima ocasión, hubo una larga pausa en la conversación y es que, a veces, Aioros se sentía incapaz de distinguir si la niña que tenía frente a él hablaba con seriedad o si solamente hacía de él un víctima de alguna mala broma.
Sí. En momentos como ese comprendía porque las máscaras resultaban de lo más odiosas para el resto de los santos.
- ¿Me estás hablando en serio? -se atrevió a preguntar tras declararse inepto para distinguir si la declaración anterior era realidad o mentira.
- Por supuesto. ¿Por qué habría de mentirte? -siseó la otra.
- Es que… nunca supe de nadie que pudiera ganar una pelea escondiéndose. -musitó. Y la expresión de frustración y desencanto en su rostro, lejos de enojar a la chiquilla, consiguió arrancarle una carcajada.- ¿Qué? ¿Te estabas burlando de mi?
- No, no. -se tragó la risa por un instante.- Es solo que, aunque sé que intentas ayudarme, no creo que vayas a conseguirlo. Es más, ni siquiera deberías malgastar tu tiempo en intentarlo. Vale, eres libre de este tormento.
- Estás exagerando otra vez. -para sorpresa de Deltha, Aioros golpeteó dos veces con su dedo índice la frente de la máscara.- Dije que te ayudaría y pienso hacerlo.
- Como quieras. Pensemos en algo entonces. -de nuevo, se encogió de hombros.
Sin replicar más, la koree se dejó caer bajo la única sombra que encontró cerca. Tomó un par de minutos más antes de que Aioros hiciera lo mismo. Dejaron transcurrir un largo instante en que no hubo nada más que silencio entre los dos.
- No se te ocurre nada, ¿verdad? -ella le miró de soslayo.
- Nop.
- Y, ¿qué hacemos?
- No tengo la menor idea. -rió, nervioso.- Pensaremos en algo.
De no haber tenido la máscara, Deltha hubiera soplado los mechones de cabello más largos que caían sobre su rostro, pero no pudo más que resoplar con fastidio. De reojo, observó al niño que tenía al lado y notó como él la miraba con la misma curiosidad que ella. Más, lejos de decir algo, calló.
"Sois aburridos."
La voz de Naia regresó a su cabeza, dando vueltas y repitiendo con increíble claridad las palabras de la otra noche. El asunto estaba tornándose bastante molesto y tenía que ponerle un alto de alguna manera.
- No lo somos. -se dijo, sin darse cuenta de que pensaba en voz alta.
- ¿Qué? ¿Quién es qué? -la interrogó Aioros. De repente, la niña actuaba demasiado raro para él.
- Nada. Es solo que… -guardó silencio, dejando al arquero con más interrogantes de las que debería tener en la mente. De pronto, la pelipúrpura se puso de pie con un brinco.- ¿Crees que somos aburridos?
- ¿Tú y yo?
- Por supuesto.
- Ah… no… creo. -arrugó el entrecejo y se detuvo a pensar en su respuesta. ¿Ella y él? ¿Por separado? ¿Juntos? Ni siquiera compartían mucho tiempo.
- ¡Jah! ¡Lo sabía! -festejó la niña, completamente ajena al semblante dubitativo de su amigo.- Se lo dije. Le dije que no éramos aburridos.
- No estoy entiendo nada, Del. -se rascó la cabeza.- ¿De quién hablas?
- De Naiara. Naia dijo que tú y yo éramos aburridos. Y, ¿sabes qué? No lo somos.
- ¿Por qué Naia diría algo así?
- Pues porque… no lo sé. -giró la cabeza. No iba a hablar de la discusión a causa de ellos. No, señor. No hablaría de eso con ninguno de los niños.- Su concepto de diversión no es exactamente el mejor de todos. Para ella, ser divertido significa ir por ahí molestando a todo el mundo; y persiguiendo a su hermano y a su grupo de amigos.
- ¿Naia tiene un hermano? -preguntó el castaño.- No lo sabía.
- Sí. Nikos.
- ¡¿Nikos? -Aioros no pudo digerir la sorpresa que semejante nombre trajo consigo.
- Sí. Nikos. ¿Lo conoces? ¿A qué es un tipo genial? Si tuviera un hermano mayor me gustaría que fuera como él. Naiara ha tenido mucha suerte. Ambos son my unidos y se adoran a pesar de que apenas pueden verse por las normas del Santuario.
Pero para Aioros la plática había terminado al escuchar la confirmación de la identidad del hermano de la morena. Vaya que tendría algo que contar a los gemelos cuando regresasen de donde fuera que Zarek les había llevado.
-X-
- ¿Por qué tengo que quedarme aquí con ellos? ¡Son pequeños! -se quejó el chiquillo peliverde con su maestro.
Seif, entonces, llevó su mirada hacia el trío de chiquitos que le habían rodeado tan pronto pisó el Templo Papal. Los tres pares de ojos, azules para Milo y verdes para Mu y Aioria, no les habían abandonado desde ese momento, siguiendo con una mezcla de curiosidad y recelo cada uno de sus movimientos y los de su alumno.
- Son tus futuros hermanos de Orden, Shura. Aprovecha la oportunidad para conocerlos. Al Maestro le gustaría veros juntos y conviviendo como compañeros que sois.
- Pero prefiero estar con Aioros. Ellos todavía no son lo suficientemente grandes como para hacer algo divertido. -cruzó los brazos, ignorando el hecho de que los tres niños más pequeños fruncieron el semblante a causa de sus palabras.
- ¡Zomoz divertidoz! -espetó el escorpión. Mu y Aioria asintieron detrás de él.
Shura solo les miró con incredulidad, aunque sin cambiar de idea al respecto.
- Sois pequeños y eso significa que tendré que cuidaros. -se lamentó la cabrita. Una vez más, llevó su mirada hasta el santo de Capricornio a manera de reproche.
- Los niños son tan pequeños para ti, como tú lo eres para Aioros; y, sin embargo, él nunca te ha rechazado, ¿o sí? -respondió el mayor con la toda la calma que le fue posible.- No creo que te gustara que te hicieran a un lado solo por tu edad.
Sobrepasado por la reflexión de su maestro, Shura no tuvo más opción que guardar silencio. Volteó hacia los niños, pero antes de que pudiera decir algo más, un par de voces más resonaron por el pasillo. Arles y Shion venían a su encuentro.
- Maestro. -Shura contempló como Seif cedía el paso a aquel hombre mayor, de largos cabellos verdes y una mirada tan cálida como cansada a la vez que agachaba la cabeza en un respetuosa reverencia.
Shura le había visto con anterioridad en un par de ocasiones. Conoció al Patriarca Shion tan pronto hubo llegado al Santuario y, de inmediato, había caído en cuenta de que la bondad que emanaba del anciano era legítima en todos los aspectos. En otras palabras, el niño se sentía bienvenido, lo cual era mucho más de lo que podía esperar dado los grandes cambios que se habían presentado en su vida con su arribo a Grecia. Por todo ello, al ver al como Shion le obsequiaba una sonrisa, no dudo en devolverla de la mejor manera que le era posible.
- ¿Qué tal, Shura? -posó su mano sobre los cabellos rebeldes del chiquillo.
- Hola, Maestro. -le sonrió.
- ¡Maeztro! -sin reparo alguno, el joven león se metió entre ambos. Su ceño fruncido no ocultaba sus pensamientos contrariados.- ¡Zhura dize que zomoz aburridoz!
- ¿Verdad que no lo zomoz? -terció, nervioso, Mu.
Shion se esforzó por guardarse la sonrisa que amenazó con dibujarse en sus labios al ver los rostros de sus niños bajo el influjo de semejante disgusto. A su lado, pudo jurar que, de alguna manera, el futuro santo de Capricornio había cambiado de opinión.
- No dije que fuerais aburridos. -se apresuró a aclarar el aludido al sentir los ojos rosas del Gran Maestro posándose en él.- Dije que erais pequeños y que tendría que cuidaros. Eso no sería muy divertido. -las miradas de los tres niños se posaron en él con recelo.- Pero estaba equivocado. -admitió, observando por enésima vez el rostro de Seif.- Que seáis pequeños no significa que seáis aburridos. Lo lamento.
Tomándose su tiempo, los más chicos intercambiaron miradas. Al llegar a un acuerdo se acercaron a Shura.
- ¿No volveráz a dezir que zomoz aburridoz? -le cuestionó Milo con una mirada inquisidora.
- No.
- Bien. Entonzez, te perdonamoz. -sentenció, para luego regalarle una enorme sonrisa que la cabrita correspondió.
- ¿Estamos todos bien? -interrumpió el lemuriano.
Todos los aprendices asintieron y Shion no pudo sentirse más orgulloso. Quizás se estaba haciendo viejo, o probablemente era el destino de sabía esperaba por esa generación, pero el Patriarca tenía un especial cariño por ellos. Desde el primer momento en que sus ojos se habían posado en ellos, se había encariñado de sobremanera por los chiquitos. Veía en ellos los rostros infantiles de los compañeros con los que, doscientos años atrás, pelease hombro a hombro. Los mismos a los que había visto caer y por los que sus lágrimas no habían cesado en siglos.
Esta vez no estaría para pelear con ellos, la vida no se lo permitiría; pero se encargaría de hacerles saber que, aunque su cuerpo físico no estuviera presente, su espíritu siempre les acompañaría en cada paso del largo camino que les quedaba por recorrer.
Pensar en ello estrujó su corazón y le forzó a contener una lágrima que opacó sus brillantes ojos rosas.
- Venid, os mostraré un sitio como pocos existen en este mundo. -les dijo y ellos, sin dudarlo se pusieron en marcha detrás del hombre más cercano a Athena.
A sus espaldas, Seif y Arles observaron como los cinco se perdían en los pasadizos del templo hasta desaparecer de sus vistas. El santo de Capricornio ofreció un saludo al de Altair y, después, comenzó el camino de regreso a su templo.
- Volveré más tarde por Shura. -Arles le escuchó decir y lo vio perderse en el corredor.
-X-
Shion caminaba por parsimonia, fijándose de vez en vez en sus pequeños discípulos que correteaban unos pasos delante de él. Mientras, Milo y Aioria iban inmiscuidos en un ir y venir de palabras que solamente ellos alcanzaban a comprender; así había sido desde el día en que se conocieron. En medio de ambos, Mu escuchaba, o al menos lo intentaba, volteando de un lado a otro incesantemente conforme sus compañeritos tomaban la palabra. Shura, un tanto más alejado de ellos, se limitaba a contemplarlos sin terminar de entender sobre que iba la discusión.
- No, no. No ez pozible. -Aioria cerró los ojos y meneó la cabeza.
- Lo ez. -en un gesto casi idéntico, Milo asintió.
- Te digo que no, bicho.
- Zoy un ezcorpión y lo que dizez ez mentira. -adujo.- Loz gemez zon mucho máz genialez.
- Apenaz conozez a mi hermano. Aioros ez mucho máz genial.
- No, no.
- ¡Te digo que zí!
- ¡No!
- ¡¿Mu? -exclamaron los dos al mismo tiempo, dejando la decisión en manos de un pobre carnerito que terminó por quedarse sin palabras.
- ¿Qué opinaz? -preguntó el cachorro de león.
- Zí, dinoz. -presionó el otro niño.
El chiquito de cabellos lilas miró de uno a otro, meditando detalladamente en la respuesta que ambos buscaban. Por fin, se inclinó por la mejor de las opciones.
- Loz trez zon genialez. -acotó. Tras dejar su opinión claro, retrocedió un poco para situarse al lado de Shion, donde le tomó de la mano.
El lemuriano rió por lo bajo. Le gustaba la prudencia y el ingenio de Mu tanto como sabía que necesitaría de ambas cualidades para crecer al lado del otro par de pícaros. Cuando los veía así, le queda muy en claro que cada cual, a su manera, sin duda eran únicos.
- ¿Maeztro? ¿A dónde iremoz? -la voz del pequeño lemuriano le sacó de sus divagaciones.
- Quisiera mostraros algo.
- ¿Qué es? -oyó a Shura un poco más allá.
- Ya lo veréis. No comáis ansias.
Caminaron un rato más, adentrándose entre pasadizos que hasta entonces habían permanecido ocultos de la vista de los niños. Ellos, sin embargo no se inmutaron y siguieron con plena confianza a su mayor. Tras una serie de vueltas que parecieron terriblemente confusas para los aprendices, se encontraron con una gran puerta, cuyo marco de mármol tenía grabados los símbolos de las doce signos del zodiaco. Desde Aries hasta Piscis, las doce constelaciones estaban representadas en el labrado. Las estrellas que las formaban estaban personificadas con detalles de oro puro, mientras que las figuras que éstas dibujaban se resaltaban en un tono plateado que creaba un contraste exquisito de los colores.
Un suspiro colectivo y varios gestos de asombro surgieron de los infantes quienes, hundidos en admiración ante semejante decoración, eran incapaces de separar sus miradas de ella.
- Hemos llegado. -les dijo el viejo Patriarca.- Adelante, observad vuestro destino.
Como si sus palabras poseyeran magia, la puerta se abrió, dejando al descubierto un escenario cuya belleza superaba por mucho a la del magnífico marco que daba la bienvenida.
Dentro, trece tronos de oro trazaban un círculo perfecto en cuyo centro, alimentado por el mítico cosmos de la esencia de Athena, se iluminaba el símbolo de Niké. Detrás de cada asiento vacío, labrados en blanco mármol y decorados con piedras preciosas, las imágenes representativas de cada signo zodiacal permanecían, dormidas, en espera de su señor. Sus cosmos, aunque apaciguados, dejaban sentir el verdadero poder que sus guardianes encerraban en sus espíritus; auras cálidas y repletas de justicia, destinadas a proteger aquello que la diosa amaba pero que, cuando la amenaza se cernía sobre la humanidad, se desbordaban con la fuerza de un río que arrasa con todo a su paso. Ese era pues el poder de los santos dorados: vida y muerte a la vez.
Los pasos de Shion se escucharon con claridad conforme caminaba hasta el centro el salón y, pronto, los de los niños que le acompañaban, repicaron junto a los suyos.
- Algún día, mis pequeños, estaréis todos aquí, juntos; como héroes, como soldados… como hermanos. -habló el mayor. Abrió los brazos, empapándose de la fuerza que emitía aquel lugar sagrado.- Vuestras armaduras os vestirán de gloria, vuestras hazañas vivirán en el recuerdo de la Orden y nuestra diosa se regocijará en vuestro poder mientras, en medio del Santuario, la majestuosa Meridia anuncia con su fuego místico que los Doce han regresado a casa. La reunión dorada: el Chrusos Sunagein.
Los semblante de los niños resplandecieron con maravilla mientras un gozo grandísimos embargaba el corazón de Shion, una felicidad casi absoluta que solamente se vió ensombrecida por el fugaz recuerdo de los dos chiquillos peliazules a los que tanto amaba.
Kanon y Saga.
Saga y Kanon.
Uno de ellos jamás pisaría aquel sagrado lugar. Uno de ellos nunca conocería el poder encerrado en esas ancestrales paredes de piedra blanca. Uno de ellos viviría condenado a ser la sombra del otro.
Y, eso, entristecía a su cansado corazón.
-Continuará…-
NdA:
Kanon: ¡Gané!
Saga: …
Aioros: ….
Kanon: ¡G-A-N-É!
Saga: &%$&/.."%$$?¡
Aioros: U.U
Dama: Cof, cof.
Sunrise: Después de los pensamientos impuros que provocó por los alrededores el famoso demonio…
Dama: Cof, cof, cof…
Sunrise: No te ahogues en babas, Dama… u.U
Dama: Cof… Como iba diciendo mi estimada Sun… ¡Nuevo capítulo!
Sunrise: ¡Eso! ¡A disfrutarlo! ¡Y replys a reviews anónimos en el profile! Como siempre ;)
Kanon: ¡Y yo gané!
Todos: ….
Kanon: ¬¬'
