Capítulo 11: Un mal día

Kanon caminaba en silencio junto a su hermano. Esa misma tarde habían llegado de su excursión a la Isla y sorprendentemente, Zarek no les había prestado mayor atención. Aparentemente, algo en el Templo de Cáncer le resultó mucho más entretenido que ellos. Así que ambos abandonaron Géminis en mitad del silencio. El menor de los hermanos podía contar con los dedos de una mano las palabras que Saga había pronunciado desde el incidente del volcán. ¿Tres? Quizá estaba siendo demasiado optimista.

Se sopló el flequillo, aburrido. Tener un hermano gemelo tenía un montón de ventajas: uno nunca estaba solo, siempre tenía con quien hablar, con quien pelear y con quien jugar. Claro que aquella norma no parecía aplicarse a Saga. Kanon sabía que los dos eran considerablemente diferentes. Era un detalle que a nadie le pasaba desapercibido. Donde Saga callaba, él hablaba sin cesar; como era el caso. Cuando Kanon estaba furioso, no había ser humano o divino capaz de acallar sus protestas. Cuando Saga lo estaba, nadie era capaz de sacar un par de palabras de sus labios.

¡Ni siquiera se molestaba en discutir o pelear!

Pateó una piedra mientras lo miraba de soslayo. Hacía largo rato que se quedó sin tema de conversación en sus continuos intentos por romper el silencio. Frunció el ceño y se detuvo.

-¿Sabes qué? ¡Estas siendo infantil! –por un momento, le resultó extraño pronunciar aquellas palabras; después de todo, solamente tenían nueve años. Saga lo miró apenas un segundo y continuó caminando.

-Como digas, Kanon. –el chico sonrió. ¡Tres palabras seguidas!- ¿Dije algo gracioso? –El menor negó con el rostro, donde aún se dibujaba una sonrisa, y corrió tras él.

-Aunque quisieras, Saga, no podrías decir algo gracioso. –Sintió la mirada de su gemelo traspasándolo y decidió seguir con su juego.- ¿Por qué no lo admites, eh? –El mayor se detuvo y lo miró, alzando una ceja con curiosidad.

-¿Admitir el que?

-Que estas furioso porque perdiste, porque fui mejor que tú. –Saga frunció el ceño y Kanon se apresuró a continuar, inflando el pecho orgulloso.- Son cosas que pasan, ¿sabes? No se puede ganar siempre…

El mayor no desvió la mirada un solo segundo, pero aquel tono en la voz de su hermano dejaba en evidencia que se lo estaba pasando en grande a su costa. Y no pensaba dejar que sucediera tal cosa. Estaba dispuesto a replicar cuando un alboroto cercano llamó su atención.

Llevó sus ojos verdes en la dirección del ruido y olvidándose, aparentemente, de Kanon echó a andar en aquella dirección.

-¿A dónde vas? –Saga no respondió, causando que el menor entrecerrase los ojos con frustración. Su hermano era un caso perdido. Se encogió de hombros. No tendría más remedio que seguirle, a donde quiera que fuese esta vez.

Unos metros más allá doblaron la esquina y cuando Kanon vio el panorama, supo que se avecinaban problemas. La expresión en el rostro de Saga lo evidenciaba.

-X-

El chiquillo se levantó tan rápido como pudo. Ignoró los raspones de sus manos y sus rodillas y, con una expresión cargada de furia y determinación, se lanzó contra su improvisado oponente. Como era de esperar, encajó un nuevo golpe que lo envió una vez más al suelo. Boqueó en un par de ocasiones, en busca del aire del que aquel ataque le había privado.

Ángelo se apoyó sobre sus rodillas y frunció el ceño un poco más si era posible. Apenas entendía unas pocas palabras de todos aquellos gritos que su oponente dejaba escapar entre golpe y golpe. Pero a decir verdad, le daba igual. No necesitaba comprenderle para saber que, por algún motivo, el chico rubio le detestaba a pesar de haberle visto solo en aquella ocasión.

Se levantó y apretó los puños. Observó a su alrededor y descubrió un montón de curiosos, algo mayores que él, que contemplaban la escena con interés. Ninguna de aquellas caras le resultaba conocida, y aún así, el peliazul era capaz de distinguir el desprecio dibujado en sus caras. Parecía que nadie tenía intención de detener la improvisada pelea en que se había metido en la que era su primera visita en solitario al Santuario.

Algunos le habían visto en compañía de su maestro y en aquella ocasión, nadie había osado siquiera mirarle a la cara.

-Oye, no irás a llorar… ¿verdad? –el peliazul alzó el rostro y contempló la expresión llena de burla de su oponente, apenas a unos pasos de él. Cleo se llamaba.

Angelo sonrió, sorprendiendo al rubio. Tenía toda la intención de demostrarles que no necesitaba que nadie cuidara de él, haría que lo respetaran por quien era, les gustase o no. Nadie iba a humillarlo de ningún modo posible. Apenas lo pensó un par de segundos y una vez más se abalanzó sobre el chico con fuerzas renovadas.

La fuerza del impacto derribó a Cleo. Ángelo cayó sobre él, y sin ninguna intención de moverse de ahí en un futuro próximo, comenzó a golpearlo, con cierta torpeza y sin piedad alguna, bajo la atónita mirada de su público.

-¡Quitádmelo! –Suplicó Cleo a punto de las lágrimas. Pero nadie se movió.- ¡Está loco! –No tardó en sentir como un par de heridas se abrían en su rostro.- ¡Quitádmelo!

Pianto! –gritó Angelo sin detenerse.

-X-

-Tiene carácter. –Murmuró Kanon divertido.- ¿Quién es?

-No tengo la menor idea. –el menor volteó a ver a su hermano, y se sorprendió al ver que no le estaba prestando especial atención a la pelea entre chiquillos que tenía lugar pocos metros más allá.

Siguió su mirada y finalmente descubrió que era lo que había captado su atención. Al otro lado Nikos y Keitaro observaban la riña entre risas, sin hacer absolutamente nada por evitarla. Rápidamente volvió a ver a Saga tomándolo del brazo.

-¿No estarás pensando en…? –El mayor se soltó sin demasiado esfuerzo.- Este lio no tiene nada que ver contigo.

-¿Quiere decir eso que debo quedarme aquí a mirar, como el resto de los idiotas presentes?

-No, pero tu herida puede ser un proble…

No le dio tiempo a terminar lo que quería decir. Con un salto asombrosamente ágil y rápido, Saga desapareció de su vista. Kanon suspiró, definitivamente, aquello estaba mal. Era él quien tenía ese tipo de reacciones, no Saga. Negó suavemente con el rostro, no le quedaba más remedio que prepararse para lo que venía.

-X-

Ángelo contempló lleno de satisfacción como las lágrimas resbalaban por la cara, antes orgullosa, de Cleo. Ambos estaban llenos de polvo entremezclado con la sangre de sus heridas y aunque el chiquillo estaba agotado y su aspecto era aún peor que el del rubio, no pretendía terminar aquello o rendirse tan fácilmente.

Sin embargo, en el preciso instante en que estaba a punto de asestar un nuevo golpe al desvalido rubio, una mano se cerró de improviso sobre su muñeca impidiéndole moverse. Abrió sus ojos azules de par en par y una expresión furiosa se dibujó en su rostro a la vez que el intruso lo sostenía con ambas manos y lo separaba de Cleo a la fuerza.

Volteó en busca del rostro de aquel que había interrumpido su actuación y pataleó furioso.

Lascimi in pace! –vociferó el chiquillo en mitad del silencio que se había instaurado en la zona desde que el otro chico había aparecido. Saga lo sostuvo con un poco más de fuerza y lo miró de soslayo percatándose de que aquello, no era griego.

-Genial. –masculló. Se alejo un par de pasos y volteó a ver a Cleos.- Deja de llorar y vete de una vez.

El rubio pestañeo un par de veces sin moverse un solo milímetro. Observó a Saga con los ojos abiertos de par en par mientras un par de lágrimas rezagadas rodaban por sus mejillas. No había emoción alguna en el rostro del mayor a parte de una sutil arruga en su frente. Cleo volteó entonces a ver a sus amigos, donde las expresiones divertidas se habían oscurecido. Al menos así era en el caso de los mayores, de Nikos y Keitaro. Supo que nadie le iba a ayudar, el simple hecho de que Saga se hubiera entrometido en aquella pelea debía ser suficiente para él.

-¿A qué esperas? –la voz del gemelo mayor lo sobresaltó.

El chiquillo asintió con nerviosismo y se limpió el rostro con el dorso de su mano para levantarse de un salto. Se alejó con rapidez, no sin antes dedicar una última mirada a la curiosa escena que se desarrollaba ante él: el chico italiano no dejaba de patalear y de mascullar cosas ininteligibles. O casi. A pesar del susto que le había provocado aquel giro inesperado en su pelea, le hubiera gustado quedarse a ver lo que ocurría ahora. Pero su instinto le decía que era mejor alejarse. Pronto.

Saga lo contempló, y solo cuando estuvo lo suficientemente lejos, dejó al molesto niño en el suelo. Ángelo volteó a verlo con los puños apretados.

Quella era la mia lotta! –El geminiano alzó las cejas, con una expresión que entremezclaba la diversión que sentía ante aquella reacción y la curiosidad por lo que había dicho.- ¿Chi sei? –continuó cruzándose de brazos.

-Italiano. -Suspiró.- ¿No hablas ni un poquito de griego? –El pequeño siguió mirándolo con severidad, pero por un momento pareció comprender lo que le decía.

-Era mi pelea. –dijo de pronto con un curioso acento. Saga dio un suave respingo al escucharlo.

-Pues se acabó. –replicó el mayor encogiéndose de hombros. Ángelo apretó los puños, molesto.- Y soy Saga. –El niño siguió observándolo, sin cambiar un ápice su expresión. Era cierto que entendía algo de griego, pero comunicarse con ese idioma le resultaba bastante complejo.- ¿Y tú?

-Ángelo. –farfulló después de pensárselo durante unos segundos.

-Parece que en realidad si me entiendes. –Susurró más para sí mismo que otra cosa.- Vete a casa. Tu maestro se pondrá furioso al verte.

-Vaya, vaya… Ya extrañaba la presencia del defensor de los débiles y desvalidos. ¿Tú no, Keitaro?

Saga no apartó su mirada del chiquillo italiano, pero sonrió para sus adentros. Con el tiempo, había aprendido a manejar a aquel par de aprendices de plata. Desde el primer momento, supo que el hecho de que estuvieran entre el público de una pelea de un par de mocosos, se debía a que de un modo u otro ellos tenían algo que ver. No necesitaba saber que era. Solamente estaba plenamente seguro de que interrumpiendo la, por desgracia, habitual escena; llamaría su atención. No se había equivocado lo más mínimo.

Volteó a verlos, dibujando una sonrisa burlona.

-¿Tanto me extrañasteis?

Nikos y Keitaro fruncieron el ceño. Aquel mocoso… algo había cambiado en él desde la última vez. Y ese detalle les resultaba terriblemente provocador y difícil de ignorar. Ambos se acercaron, amenazadoramente, unos pasos hasta Saga. El aprendiz de Géminis continuó impasible.

-No teníamos con quien jugar... –masculló Nikos encogiéndose de hombros.

-Deberíais conseguiros una vida. –los dos chicos fruncieron el ceño.

Kanon observaba atentamente la escena a unos metros de ellos. Sus ojos viajaban de unos a otros y a medida que pasaban los segundos, estaba más y más seguro de que el único motivo que había llevado a su hermano a meterse en aquel lio era aquel par de chicos. Sin embargo, las cosas habían cambiado, tal y como sospechaba el moreno. Ninguno de los gemelos era ya un niño indefenso: sus habilidades se habían desarrollado muy rápido y mejoraban día a día. Estaba seguro de que tanto él como Saga estaban a un nivel superior al de unos aprendices de plata unos años mayores que ellos. Pero también suponía lo mucho que los chicos se ofenderían cuando su superioridad quedara patente.

Eso era precisamente lo que buscaba su hermano. Saga solo quería descargar su frustración de algún modo y demostrarse a sí mismo que en verdad había mejorado. Por muy evidente que ese detalle le resultase a todo el mundo, el mayor de los hermanos parecía no estar seguro después de todo. Necesitaba ganarlos.

-¿Y tu hermano? ¿No lo trajiste hoy? –masculló Keitaro en un intento fallido por provocarlo.

-¿No lo has visto? –preguntó Saga aún con su sonrisa. Keitaro frunció el ceño, e instintivamente, miró entre los chicos que se agolpaban en los alrededores, hasta que vislumbró la silueta de Kanon.- Para ser un aprendiz de tu categoría… -La ironía en sus palabras fue más que evidente.- Me sorprende lo fácil que pasas por alto ciertos detalles importantes.

-Es un poco arrogante, o estúpido, de tu parte todo eso que dices. –Farfulló el aludido.- ¿Acaso no recuerdas como mordéis el polvo siempre que nos encontramos?

-¡¿Qué viniste a hacer aquí? –espetó el de los ojos violeta mientras empujaba a Saga, interrumpiendo la conversación. La expresión del peliazul se tornó más seria, pero no retiró la mirada de sus ojos en ningún momento.- ¿Quieres que te usemos de trapo para el suelo una vez más?

-Me encantaría verte intentarlo. –Nikos apretó los dientes. Odiaba esa arrogancia que emanaba de las Doce Casas sobre todas las cosas. Mientras, Kanon se fue acercando con tranquilidad pero totalmente alerta.

-¡Uh! ¡Qué valiente! –el moreno lo empujó de nuevo, con más fuerza, haciéndolo retroceder un par de pasos. Deseaba borrar aquella expresión de triunfo del rostro del mocoso. Lo necesitaba. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de empujarlo de nuevo, Saga se esfumó. Frente a él no había más que aire.

-¿No me viste? –la voz del chiquillo vino justo de su espalda. Nikos abrió los ojos desmesuradamente y volteó, poniéndose en guardia. Y en aquel instante, una diminuta esfera de cosmoenergía dorada impactó en su frente.- Muy lento…

El mayor no atinó a decir nada. Ignoró el sutil hormigueo de su frente y frunció el ceño, oscureciendo su habitualmente hermosa mirada. No tenía la menor idea de cuando los mocosos habían conseguido afinar tanto el manejo de su cosmos. Aquel pequeño ataque había sido totalmente distinto a la primera vez que comprobaron lo que se sentía al recibir el cosmos descontrolado de un aprendiz dorado. Esta vez había sido igual que golpearse la frente con la yema de uno de sus dedos.

Aquello le irritó. No iba a dejar que un niñito engreído jugase con él de ningún modo posible.

-Como quieras entonces. –Masculló.- Solo no vayas corriendo a lloriquearle a tu maestro después.

Saga alzó las cejas divertido. ¿Pedirle ayuda a Zarek? Ni en broma. Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra alguna como respuesta, inclinó ligeramente la cabeza, esquivando con facilidad el puño que iba directo a su cara. Tal y como Nikos pensaba, esta vez era muy diferente a la primera. Era obvio que los dos chicos le superaban en fuerza, y con toda seguridad, en resistencia física. Pero Saga no había perdido el tiempo desde entonces. Era muy observador. Entre entrenamiento y entrenamiento, se había permitido observar y estudiar al resto de aprendices. Había comprendido con facilidad cual era la diferencia abismal que los separaba y cuál era el punto débil de aquellos que ostentaban un rango menor: su cosmos.

Era cierto que era un detalle evidente que cualquiera sabía desde que llegaba al santuario: era el cosmos lo que diferenciaba los rangos. Sin embargo, Saga creía que la diferencia no estaba precisamente en la potencia de su energía, sino en el dominio que cada cual tenía sobre su cosmos. Podía decir, orgulloso, que Kanon, Aioros y él destacaban en ese aspecto. Habían aprendido a usarlo rápidamente, a manejarlo a su antojo y comunicarse con él. Hacía mucho ya que habían a aprendido a utilizar únicamente la cantidad de cosmos necesario, ni más, ni menos.

Los aprendices de plata, sin importar si eran mayores que ellos, apenas alcanzaban a mantenerlo bajo control sin herirse las manos.

Sonrió cuando observó como la mano de Nikos resplandecía envuelta en destellos blanquecinos.

-¿Estás seguro de saber usarlo? –Preguntó mientras daba un salto hacia atrás.- Sería bastante patético que te explotara en la mano…

Unos metros más allá, Kanon se sopló el flequillo mientras ahogaba una carcajada. Empezaba a darse cuenta de que tenía que hacer enfadar a Saga mucho más a menudo. La situación se estaba tornando absolutamente divertida, al menos para ellos dos. No estaba muy seguro de que Nikos y Keitaro salieran bien parados de aquel asunto. Se cruzó de brazos y se sentó sobre una roca dispuesto a no perderse un solo detalle. Hacía mucho que Saga y él habían sobrepasado la velocidad del sonido. Eran, simplemente, considerablemente más rápidos que ellos. Y no sólo eso, Nikos se había dejado arrastrar exactamente hacía donde Saga quería: una pelea de cosmos. Nikos no tenía nada que hacer. Hubiera tenido opciones si al menos hubiera intentado un ataque físico, más aún, teniendo en cuenta que la herida del pecho de Saga era demasiado reciente.

Observó como su hermano se dedicaba, única y exclusivamente, a jugar. Esquivaba cada ataque sin esfuerzo, saltando de acá para allá, esfumándose de la vista de los dos chicos. Ni siquiera había hecho el amago de devolver uno solo de sus golpes. Así era Saga: jamás asestaba el primer golpe. Disfrutaba haciendo perder los nervios al contrario mientras lo estudiaba. Y como era de esperarse, lo estaba consiguiendo.

En aquel momento, Keitaro se unió a los desafortunados ataques de Nikos. El menor de los gemelos frunció el ceño ligeramente. Sabía que Saga podía con uno de ellos, no estaba seguro que pudiera con los dos. Sin embargo, decidió no moverse, a pesar de que estaba totalmente en guardia. A su hermano no le gustaría que se entrometiera si no era absolutamente necesario.

-¿Dos contra uno? –preguntó Saga mientras se alejaba del alcance de ambos.

-¿Tienes miedo? –replicó Nikos con la respiración agitada.

-La verdad es que no. –Esquivó otra descontrolada esfera de energía.- De este modo os dolerá más perder.

Ambos gemelos escucharon, uno en cada lado, la maldición de los dos aprendices plateados. Inmediatamente reanudaron sus ataques de manera conjunta, logrando que Saga frunciera el ceño sutilmente cuando uno de los golpes pasó mucho más cerca de su pecho de lo que le hubiera gustado. Saltó una vez más, encaramándose a una columna caída. Kanon amplió su sonrisa. Conocía la postura de su hermano y sabía lo que se venía.

-Se acabó. –murmuró el mayor de los geminianos.

Su mano derecha quedó envuelta en una cálida luz dorada. Notó como Nikos y Keitaro se detuvieron un segundo, sorprendidos y probablemente, temerosos. Abrió el puño, y dejó que su cosmos volara, tomando la forma de aquella enmarañada red imposible de esquivar para alguien tan lento. Apenas un pestañeo después, los dos chicos cayeron al suelo.

Saga había lanzado su primer golpe.

-¿No pensáis levantaros?

Nikos se arrodilló y apretó sus puños maltratados. Observó fugazmente las magulladuras que cubrían cada parte visible de su piel y maldijo una vez más en voz baja.

-Vete Keitaro. Esto es cosa mía. –Su amigo lo miró sorprendido, pero la expresión del moreno no dejaba lugar a ninguna réplica.

Keitaro miró de soslayo a Saga. Desbordaba seguridad. Era obvio que ya no era el mismo mocoso. Asintió e hizo tal y como Nikos le dijo. Se apartó de la pelea, pero en aquel instante, pudo sentir la mirada burlona de Kanon clavada en él.

-¿Cansado? –murmuró el peliazul.

-Cállate si no quieres problemas. –masculló de vuelta el mayor.

-Según parece, tú tienes más problemas que yo. –respondió Kanon riéndose.

Ambos volvieron su mirada a la pelea. Nikos se había levantado y su cosmos se revolvía inquieto en sus manos una vez más. Saga, frente a él, lo observaba tranquilo; casi divertido. Aquel experimento improvisado que había sido la pelea, estaba terminando en un juego del gato y el ratón.

-¿Sabes que vas a perder, verdad? –dijo. Comenzaba a encontrar tremendamente divertida aquella actitud provocadora que normalmente caracterizaba a Kanon. Por un rato, parecían haber intercambiado los papeles.

-Habrá que verlo. –farfulló Nikos. Saga se encogió de hombros e imitó a su adversario. Envolvió sus manos, cuidadosamente vendadas, en cosmos y espero a que el otro hiciera el primer movimiento.

Nikos lo contempló boquiabierto. Acaba de darse cuenta de la facilidad con la que el peliazul manejaba su cosmoenergía a su antojo y lo mucho que le costaba a él mantenerla bajo control tal y como deseaba. Supo que si quería tener una oportunidad tenía que hacerlo ya. Llevo sus manos al frente y sin pensárselo dos veces, arrojó todo lo que tenía contra el chico.

Saga vio cada uno de sus movimientos. Dejo que tomará él la iniciativa, pues confiaba en su propia velocidad. No se equivocó. La ejecución de aquel ataque y el punto débil del mismo se apareció con tal claridad en su mente que se vio obligado a tragarse una sonrisa de triunfo anticipado. Finalmente, liberó su propio cosmos.

Ambas energías, blanca y dorada impactaron con fuerza a medio camino. Era cuestión de segundos que una se impusiera a la otra. Nikos observó con desesperación como Saga le ganaba terreno. Miró a sus ojos y distinguió el triunfo entremezclado con la fiereza. Dio un paso atrás. Tenía la impresión de que algo estaba a punto de suceder.

-¡Otra dimensión!

Todos los presentes abrieron los ojos desmesuradamente. Ninguno había contemplado la legendaria técnica de Géminis hasta aquel momento en que la oscuridad infinita surgió de las manos del chiquillo. Kanon aguantó la respiración, debía admitir que era toda una sorpresa que Saga utilizara aquel ataque.

Nikos llevó una rodilla al suelo, mientras atónito, observaba como el vacio engullía la arena y los fragmentos diminutos de piedra a sus pies. Por un momento, sintió que el aire se tornaba excesivamente pesado y observó con horror aquel agujero negro que Saga controlaba con total tranquilidad. Miró a sus ojos una vez más, y no supo descifrar el significado de aquella mirada. ¿Hasta dónde era capaz de llegar?

-¡Saga! –un gritó femenino e infantil sacó al peliazul de su concentración y todos voltearon en la dirección de la que procedía. Él no necesitaba verla, sabía quién era. Naiara.- ¡No!

-Apártate. –murmuró cuando la tuvo en su campo de visión. Estaba demasiado cerca.

-¡¿Qué demonios estás haciendo? –La miró de soslayo, estaba asustada y furiosa.- ¡Deja a mi hermano en paz!

De pronto, Saga palideció. Por primera vez, la contempló de frente. La máscara le impedía ver su rostro, y aún así supo que estaba llorando. Recordó sus inusuales ojos violetas y la suavidad de sus facciones. Dudó por un momento, y miró a Nikos. Por primera vez, alcanzó a notar el notable parecido entre ambos. ¡¿Cómo no se habían dado cuenta antes? Buscó a Kanon y lo encontró a pocos pasos de ellos, tan sorprendido como él, con el pequeño Ángelo a su lado.

Apretó los dientes. "¡Maldita sea!" Pensó. Paulatinamente, disminuyó la potencia de su cosmos, hasta que la Otra Dimensión se esfumó tan rápido como había aparecido.

-X-

- Esto no me lo creo. - Kanon susurró más para sí mismo que para alguien más.

A su lado, el pequeño Ángelo escuchó las palabras de aquel chico que era idéntico a su nuevo amigo, aunque realmente no alcanzó a comprender el significado detrás de ellas. De pronto el combate se había detenido en la mejor parte y, todo, a causa de la misteriosa niña que ahora se plantaba con firmeza entre el moreno y Saga. Los ojos vivaces del niño iban y venían en medio del silencio que se había apoderado de la situación y, aunque su griego era todavía escueto, le bastaba su sentido de la vista para saber que algo no estaba bien.

- ¿Cómo que es tu hermano? -para cuando Saga soltó la pregunta, era demasiado tarde para retirarla a pesar de lo estúpida que sonaba.

- Lo es. ¿Algún problema con eso? –Naia se cruzó de brazos, fugazmente.

Sentía que la rabia, el miedo y la desesperación estaban ganándola, por lo que ese gesto representaba más un método de defensa que otra cosa. Pero no pasó mucho tiempo lamentándose de sí misma, sino que corrió hacia su hermano para ayudarle. Le murmuró algo que Saga no alcanzó a oír y que Nikos respondió apartándola de él con un pequeño empujón.

- Hazte a un lado, Naia. –le dijo. Y esa respuesta, si algo, solo consiguió enojar más al gemelo. Probablemente era su imaginación, mezclada con la euforia del momento, pero sentía cierto desdén matizando la solicitud del aprendiz de plata.

- Pero, Nikos…

- Te dije que te hicieras a un lado. -la miró de soslayo.- No te quiero en medio de esto. -Nikos tampoco necesitaba ver directamente el rostro infantil para saber que estaba bañado de lágrimas y que, su petición de apartarse, solamente contribuía a empeorar el desconcierto de su hermana menor. Así que respiró, buscando hasta la última gota de paciencia que le quedaba y buscó la mirada de la niña, sonriéndole tímidamente. No era su intención lastimarla, pero no la quería inmiscuida en esa situación. Era un peligro que ella no comprendía aún y él, como hermano mayor, debía mantenerla a salvo. - Por favor, Naia… -murmuró.- Retrocede.

Muy a su pesar, Naiara hizo como su hermano le pedía.

- Déjala. -ambos oyeron la voz del gemelo y llevaron la mirada hacia su dirección.- El combate terminó, Nikos. Vete de aquí.

Hubo una última mirada por parte del peliazul que los hermanos no supieron descifrar. Una mezcla de sorpresa, desencanto e indiferencia, que convertía las esmeraldas que tenía por ojos en un par de frías piedras que no dejaban escapar emoción alguna.

No pronunció una palabra más, sino que tomó el camino de regreso a la escalera de las doce casas, seguido de su gemelo. Por enésima vez en lo que iba de la tarde, Kanon se lamentó por el carácter de su hermano y aunque tenía un montón de cosas que decir, cayó en cuenta que no caminaban solos. Alguien les seguía.

- Te conseguiste un nuevo admirador. -dijo a su hermano, acompañando sus palabras de una sonrisa presuntuosa. Saga, en cambio, le miró por encima del hombro.- Si no te agrada que te siga, díselo. El mocosito es tu problema, no él mío. -terminó, encogiendo los hombros.

Saga se detuvo de un modo tan inesperado que poco faltó para el menor de los gemelos se estrellara contra su espalda. Kanon, entonces, observó cada movimiento de su hermano mientras se acercaba al pequeño peliazul que les seguía.

- Ángelo, deberías regresar a casa con tu maestro. No puedes seguirnos para siempre. -el niño alzó una ceja ante las palabras de Saga. Arrugó el entrecejo y río con cierta mofa.

- No os seguía. -soltó.

- Claro que sí. Vienes detrás de nosotros desde hace un rato. -intervino Kanon.

- Sí, pero no os seguía.

- ¿Entonces?

El más pequeño hizo una pausa. Miró otra vez los rostros idénticos y, a la vez, opuestos de los chicos peliazules. Ciertamente, eran raros.

- Vivo ahí. -por fin dijo, mientras su dedo apuntaba en la dirección que habían estado caminando.

Sí, aquel era un día de sorpresas. Simplemente, no dejaban de caer del cielo. De manera automática, los gemelos intercambiaron miradas. ¿Estaría el pequeño rufián diciendo la verdad? O, ¿sería un truco para seguirles de un lado a otro?

- ¿Cómo es eso de que vives ahí? –Kanon se cruzó de brazos.

- Pues… vivo ahí.

- ¿Intentas tomarnos el pelo, niño?

- Soy Ángelo. -miró a su mayor con fastidio.

- Kanon, deja de gritarle. ¿En que templo vives, Ángelo? ¿Quién es tu maestro?

- Athan de Cáncer.

Una más. ¿Cuántas más veces sería necesaria esa expresión de sorpresa desmedida en sus rostros?

- ¿Athan?

- Eso explica muchas cosas. -susurró el gemelo menor.

- Y que lo digas. –respondió el otro.

- ¡No entiendo nada!

- Hazte un favor a ti mismo, y no vuelvas a meterte en ese tipo de líos como el de antes, ¿sí? -comentó Saga al mismo tiempo que reiniciaba la marcha.- "Athan no va a salvarte el trasero, ni tampoco tendría miramientos para matarte si lo dejas en vergüenza." –pensó.

Ángelo no replicó. En silencio caminaron, con el Sol a sus espaldas, hacia las doce casas zodiacales. El niño no había preguntado, pero a juzgar por lo que había visto antes durante la batalla, el camino que tomaban y el aparente conocimiento que tenían sobre su maestro, solo podía deducir que esos dos, al igual que él, eran aprendices dorados. Volvió a mirarlos, sin atreverse a decir nada más. Menudo mundo al que estaba entrando.

- ¡Oye, Saga! ¡Kanon!

El grito de esa voz conocida los hizo girar, encontrándose a Aioros que corría detrás, dándoles caza. El trío se detuvo es espera de que el arquero les alcanzase. Cuando así lo hizo, el castaño notó las caras extrañas de sus amigos.

- He visto que no habéis tardado ni un segundo para meteros en líos después de su viaje. ¿Tan mal fue? -río. Pero de inmediato vio los rasgos de Saga endurecerse a causa de su comentario. Tosió para aclararse la garganta. Seguir con ese tema era una mala idea.- Como sea… me alegro que hayáis regresado. No sé si Nikos pueda decir lo mismo. –Aioros intentó ahogar una sonrisa que se negó a desaparecer.

- Pudo ser peor, ¿sabes? Si alguien no fuera un blando, hubiese sido un espectáculo mucho más entretenido. -Kanon miró de reojo a Saga. A su lado, Ángelo asintió.

- Cierra la boca.

- ¿Por qué? ¿Te molesta que diga la verdad? Solo la viste y olvidaste todo el circo que habíais montado.

- ¿La?

- ¿Tú también, Aioros?

- Yo solo preguntaba. -el aludido se encogió de hombros.

- Naia. Naia lo sacó de concentración. -la sonrisa socarrona de su gemelo le sacó de quicio por instante.

- Vaya. Supongo que ya sabéis.

- ¿Sobre qué? Han sucedido demasiadas cosas el día de hoy como para seguirles el paso. -Saga se giró y continuó el camino como si nada.

- Realmente fue un muy mal día, ¿eh? -Aioros masculló entre dientes para después, correr a dar alcance a su amigo.- Hablaba sobre Naia y Nikos, sobre que son hermanos.

Una vez más, Saga se detuvo de improviso. Miró hacia su lado, donde Aioros caminaba sin preocupación alguna. El aprendiz de Sagitario, al sentirse observado, arrugó el entrecejo con curiosidad.

- ¿Tú lo sabías?

- Juró que acabo enterarme. -alzó las manos para aducir inocencia.- Es más, iba a ser mi regalo de bienvenida para vosotros. –sonrió nerviosamente, pero la risa se esfumó al contemplar el semblante enfadado de Saga. Aioros suspiró. Iba a necesitar paciencia.- Está bien, está bien. Me dejo de bromas. -sopló sus flecos.- Pero no miento al decir que acabo de enterarme. Precisamente, hace un rato, Deltha me dijo.

- Deberías pasar un poco menos de tiempo con niñas, arquero. -Kanon soltó una carcajada que Aioros ignoró al igual que a su comentario.

- No creo que le gustara que usaras a su hermano de saco de golpeo.

- ¿En serio es mucha molestia pedir un poco de silencio. -y antes de que cualquiera de los dos hablara de nuevo, Saga se apresuró a continuar.- Va para ambos. Me agobiáis con tanta palabrería.

- ¡Pero…!

El gemelo mayor no les dio oportunidad de objetar. Apresuró el paso y no se detendría hasta llegar a su habitación. Aquel había sido un largo día que deseaba se terminara lo más pronto posible.

- ¡Mira lo que hiciste, arquero! –reclamó Kanon.

- ¿Yo? Ya venía así contigo. -Aioros le miró de soslayo. Se cruzó de brazos.- ¿Qué le hiciste?

- Solo le gané. -el peliazul fue dejando salir las palabras con toda la calma que poseía mientras observaba atento las reacciones de su compañero.

- ¡¿Qué?

- Lo que oíste. -sentenció, triunfante.- Le gané.

- Increíble. -el castaño murmuró mientras dejaba caer los hombros.

Siguió caminando con la intención de no escuchar las fanfarronerías de Kanon, sin embargo sabía que el resto del camino hasta Géminis se iría en pormenores de la aventura de ese día. Claro que, la historia de un demonio come gente mezclado en todo ese lio no le terminaba de cuadrar. Como fuera, tendría que darse abasto con ello, porque de Saga no conseguiría una sola palabra al respecto.

Junto con los otros dos, Ángelo se quedó mirándolo desde su lugar. Rascó su barbilla sin terminar de entender lo que acaba de presenciar y decidió que realmente no le resultaba tan interesante. No así sus nuevos compañeros. Ellos definitivamente eran algo que seguiría de cerca mientras estuviera ahí.

-X-

Había un toque de satisfacción implícita en la tenue sonrisa de Zarek. Lo que Athan no terminaba de adivinar era si, dicho sentimiento, venía del éxito en la misión con sus aprendices o del hecho de que, por vez primera, había conseguido enfrentarlos de manera tan abierta y marcada. Aunque, conociéndole tan bien como lo hacía, el santo de Cáncer estaba seguro de que la respuesta a su pregunta era más cercana a la segunda opción que a la primera; tal era su filosofía, tal era Zarek de Géminis.

- ¿Preocupado? -Zarek bebió un sorbo de whisky mientras sus ojos grises se posaron con curiosidad sobre su acompañante.

- ¿Por qué habría de estarlo?

- Tu aprendiz. ¿No era su cosmos el que se encendió hace unos momentos? Tienes suerte que los míos se asegurarán de salvarlo.

- Ah. -Athan hizo lo propio y bebió hasta el fondo de su vaso. En silencio, sin hacer el más mínimo movimiento, Zarek le observó.- No me preocupa en lo absoluto. Si el mocoso quiere quitarme algún día mi armadura, más vale que se prepare para derramar sangre por ella. Su sangre.

- Te comprendo…

- No. No lo haces. –volvió a rellenar de alcohol su vaso y dibujo una mueca retorcida en su pálida tez.- Tú y yo, Zarek, aunque tengamos similitudes, no somos iguales. Por ejemplo, aunque los gemelos te son francamente indiferentes, ahora mismo serías incapaz de dejarlos morir. Sea porque los ves como una responsabilidad, o porque el viejo mandaría a asesinarte si lo permitieras, no tienes las agallas para mandarlos al demonio… -se detuvo cuando una escandalosa risa del geminiano resonó en la habitación.- ¿Dije algo gracioso?

- Nada, nada. Es solo que… haz sonado ingenuo. Ninguna de las razones que has citado es la causa por la que los gemelos sobreviven. En realidad, están vivos por voluntad propia, no por mi mano.

- ¿Estás diciendo que no los salvarías?

- No podría decirte lo que haría o no en una situación determinada.

- Yo puedo asegurarte que jamás salvaría al mío. -Athan subió los hombros.- Si quiere sobrevivir a mí, primero tiene que sobrevivir a su medio. Si muere en el camino, solo significará que nunca fue digno de Cáncer.

Zarek asintió ligeramente. Estiró el brazo para alcanzar la botella de licor que permanecía en la mesa entre ambos. La decepción de encontrarla casi vacía se reflejó en su rostro. Con parsimonia, se puso de pie. Estaba seguro de que en la estantería de la cocina había otro par de botellas.

Había avanzado solamente unos pocos pasos cuando se detuvo. Miró hacia atrás, buscando la mirada del alemán. Al hacerlo, Athan notó en sus ojos cierto brillo que remarcaba su semblante altivo, el mismo aire que le daba esa aura de superioridad que podía ser tan detestable como admirable.

El santo de Géminis chasqueó la lengua.

- Hay muchas maneras de morir, Athan. -habló con voz profunda y brutalmente fría.- La muerte física es solo una de ellas, probablemente la más misericordiosa de todas. En cambio, cuando dominas a la voluntad, doblándola hasta asesinar el espíritu, entonces, habrás conseguido infligir el peor de los daños. Ese debe ser el verdadero temor de los gemelos, el verdadero obstáculo al cual deberán sobrevivir si desean reclamar su lugar entre los Doce. -el santo de Cáncer lo observó con el entrecejo fruncido, pero sin responder a sus comentario. La sonrisa se le había borrado del rostro y su trago había perdido sabor.- Así que, la próxima vez que pienses en mí como un juguete inofensivo al servicio de su Santidad, reconsidéralo.

No dijo más, sino que se adentró a la cocina. La satisfacción de unos momentos antes se había incrementado de manera insospechada. El rostro de Athan lo había dicho, pero había algo más que era todavía más complaciente. Detrás de la puerta que resguardaba los privados de Géminis, Saga se sentía incapaz de moverse para empujarla y abrirse paso a los interiores. Las palabras de su maestro aún resonaban en sus oídos. Había sido un día horrible que parecía no tener final.

-X-

Hubiese querido abandonar de inmediato ese lugar para así librarse del escrutinio de las miradas curiosas, pero la verdad era que no se sentía con la capacidad de marcharse como si nada. Su cuerpo estaba adolorido, sin embargo su orgullo lo estaba más.

- ¿Nikos? ¿Puedes levantarte?

Naia estaba a su lado. Había permanecido ahí desde que llegase y lo había hecho en silencio, hasta ese momento en que su tímida voz le acarició los oídos. Lejos de lo que aparentaba, la presencia de la niña traía cierto alivio al aprendiz. Pocas eran las oportunidades en que se permitían estar juntos, sobre todo con tanta cercanía, sólo que, en esa ocasión, las circunstancias no eran las que Nikos hubiese querido para su encuentro.

No respondió su pregunta, sino que asintió en un gesto casi imperceptible. Por primera vez en un largo rato, se atrevió a levantar la mirada del suelo para dirigirla hacia el rostro de su hermana; lo único que encontró fue la máscara de color plata que le contemplaba con esas facciones muertas y frías de metal.

- Estoy bien. -por fin, dijo.

Se levantó como pudo. Lentamente y tratando de guardar la poca gracia que le quedaba. Poco a poco, el grupo de curiosos se había diluido; Keitaro incluido. Nikos se encontró con que le habían dejado solo. Recorrió los alrededores con sus ojos violeta, topándose con la figura de Deltha, quien observaba desde lejos el resultado de una pelea que no había presenciado, pero de la que la gente hablaba por lo bajo. Una pelea que demostraba las diferencias abismales entre los rangos de la Orden de Athena aún desde sus días de aprendices.

- Ve a casa, Naia. -le pidió, y ella se respingó ante la inesperada solicitud de su hermano. Nikos movió la cabeza para indicarle la dirección en la que su amiga le esperaba. Después, le sonrió.- Anda. Estaré bien y a ti te esperan. Axelle se enfadara si llegáis tarde para la cena.

- Pero…

- Naia, por favor. -susurró.

De nuevo, agachó la mirada, clavándola en el piso de roca bajo sus pies. Estaba avergonzado, enojado de su incompetencia para manejar la situación. Lo que era peor, había sido humillado frente a su hermana menor y, de no haber sido por su oportuna intervención, quien sabe lo que podría haberle sucedido.

- De acuerdo. -la voz de la koree delataba el nudo que se había formado en su garganta y las lágrimas que seguramente empañaban aquella mirada idéntica a la de él, pero Nikos no podía echarse para atrás. Atinó únicamente a darle un abrazo para después dejarla ir.- Cuídate, hermano.

- Lo haré.

En silencio, la vio marcharse. Unos segundos después, él mismo emprendió el camino hacia el campamento de los santos.

Fue un largo y pesaroso andar hasta la pequeña villa en la que se encontraban las cabañas de los santos y aprendices. Durante todo el trayecto, pensamientos habían ido y venido por la mente del joven aprendiz, la gran mayoría de ellos, involucrando a su hermana.

No podía evitarlo: estaba preocupado. Preocupado por esa extraña amistad que había surgido entre ella y los gemelos de la tercera casa, por esa misma relación que más temprano le había salvado el pellejo, por ese vínculo que iba a costarle la enemistad de muchas personas. Naiara era aún pequeña para comprender la tirante relación entre los rangos, pero Nikos sabía lo suficiente como para reconocer que nada bueno saldría de ello. Podía ser solamente un chico, más comprendía ya las normas que prevalecían en un mundo torcido como el suyo y no podía evitarlas.

Al fin, distinguió la pobre luz de su cabaña, al fondo del sendero. También, a unos cuantos metros de ella, alcanzó a ver la figura de alguien a quien conocía demasiado bien como para pasarlo por alto. El problema era que, por primera vez, su instinto le gritaba que lo que seguía, no sería una conversación entre amigos.

- Keitaro. -le llamó por su nombre.

- ¿Saliste entero? -sonrió el otro con ironía.- Uno nunca sabe lo útiles que pueden ser las lágrimas de una hermana pequeña, ¿cierto? Menos mal que su amiguito se compadeció de ello y te permitió salvar la poca vergüenza que te queda.

Nikos apretó los puños y tensó el cuerpo. De alguna manera sabía que eso terminaría así. Sin embargo, nunca se imaginó que sería su propio amigo el que soltara el veneno en su propia cara.

- Deja a Naia fuera de esto. Es obvio que se conocen, ambos comparten clases con el Gran Maestro. -se esforzó por mantener la calma, aunque la verdad, ardía de rabia por dentro.

- Claro, claro. Caelum, será su armadura, ¿no? Justo como su maestra. -Keitaro lo miró de soslayo. Deseaba ver el rostro del moreno consumiéndose en la ira.- Tal vez, incluso, con la misma reputación.

- Axelle es una buena persona y quien diga lo contrario, miente. -Nikos pasó a su lado, evitando caer en el juego de provocación que el rubio había iniciado.

- Nadie dijo lo contrario. Solo… -se pensó su siguiente comentario.- Es curioso como es la única que se le puede plantar a un santo dorado sin terminar muerta. ¿Por qué será?

- Probablemente porque tiene más cerebro que el resto.

Al ver el mohín de disgusto en el chico, Nikos se reservó una sonrisa de triunfo. Mientras estuviera él, nadie iba a poner en entredicho a su hermana, sin importar con quienes se juntara, ni lo que hiciese. Con las mismas, siguió su camino sin perder más tiempo con Keitaro: la cena esperaba por él, al igual que una reprimenda por parte de su maestro. Quizás la pelea con Saga le había sacudido el cerebro y al día siguiente volvería a ser el mismo. Probablemente las cosas se verían distintas al despertar por la mañana. Pero por esa noche, nada volvería a ser igual.

-Continuará…-

NdA:

Máscara Mortal: ¡He aparecido! ¡He aparecido! ¡Y soy genial!

Todos: …

Máscara Mortal: ¿Qué? ¬¬'

Todos: …

Máscara Mortal: Pues ya que nadie se digna a hablar en mi presentación, al menos traduciré mis frases en italiano. "Pianto. Llora". "¡Lascimi in pace! Dejamé en paz". Deberías anotarte esa Saga… ^^ "¡Quella era la mia lotta! ¡Esa era mi pelea!" Y por último: "¿Chi sei? ¿Quién %?/&..!$# eres?" Aunque el %?/&..!$# no le dije… lo pensé.

Todos: …

Máscara Mortal: ¬¬' ¿Qué pasa? De pronto os volvisteis tan mudos como vuestros lectores. ¬¬' Solamente falta la bola de paja rodando por el salón…

Kanon: ¡Oye! Tenemos buenos lectores.

Máscara Mortal: Pero mudos. O quizá no tienen manos… ¿Quién sabe?

Saga: Pues… agradécele a los que escriben.

Máscara: … Está bien. Gracias. ¬¬'

Aioros: Estais siendo groseros u_u. ¡Mejor nos vemos en el siguiente capítulo!