Capítulo 12: En direcciones opuestas
Tras echar un último vistazo a la cama de Kanon y asegurarse que seguía plácidamente dormido, Saga se escabulló del dormitorio. Cerró la puerta tras de sí, y sin hacer un solo ruido que delatara sus movimientos, se escabulló descalzo por el Templo hasta llegar al patio trasero. Se detuvo un par de segundos para colocarse las sandalias, consciente de que a pesar de sus esfuerzos por no provocar un solo sonido, poco podría hacer si Zarek despertaba y notaba que su cosmos no estaba donde debería estar.
Ahogó un bostezo, y después, alzó el rostro. En lo alto de la escalinata Cáncer relucía, aún en plena noche, con aquella aura lúgubre que lo caracterizaba. Por un momento, se preguntó cómo le iría al nuevo inquilino. Se encogió de hombros. No tenía la menor intención de poner a prueba la paciencia del alemán, así que atravesar aquella casa no era una opción.
Si no hubiera sido por las antorchas que permanecerían encendidas al menos una hora más, hasta el amanecer, le hubiera costado ligeramente encontrar la hendidura en la roca que conformaba la entrada a los pasajes secretos de las Doce Casas. Se acercó decidido, aún sabiendo que allí dentro la oscuridad sería total y sin pensarlo dos veces, se adentró por el camino.
Cuando tropezó la segunda vez, los dedos de sus pies se resintieron. Resopló molesto. Conocía tan bien el sendero, que sabía era capaz de dibujarlo sin mayor problema, pero parecía que en mitad de la noche aquello no le sería demasiado útil. Durante la noche, las antorchas estaban apagadas para no delatar la ubicación de las entradas. Por tanto era imposible que pudiera localizar cada piedra caída, cada hoyo o cada irregularidad del suelo con exactitud. No le quedaba más opción que una, así que con cierto recelo, se atrevió a dejarse guiar por su cosmos, confiando en que la variación de su energía cósmica fuera prácticamente inapreciable para el resto del mundo.
Unos largos minutos después, la sutil claridad del exterior iluminó la salida. Dibujó una sonrisa y se apresuró en salir de aquel agujero. Debería practicar un poco más con su cosmos si quería ver en la oscuridad sin salir herido en el intento, aunque no le había ido nada mal.
Miró a los lados, en busca de cualquier guardia que pudiera delatar su presencia en los alrededores y no encontró a nadie allí. A toda prisa, corrió entre las sombras hasta quedar a los pies de la Estatua de Athena. Se asomó apenas unos centímetros y comprobó cómo, a unos pocos metros de allí, un par de soldados dormitaban en la escalinata del Templo Papal. Sonrió divertido: la vida de los guardias no parecía tan mala después de todo.
Echó un último vistazo a los centinelas y corrió hasta su siguiente escondite. Una vez allí, todo sería mucho más sencillo. Se sintió aliviado cuando sus pies acariciaron el esponjoso césped que llevaba a los jardines exteriores; salvo desastre, era imposible que hiciera algún ruido.
Rápidamente alcanzó la hilera de hayas que se extendía en paralelo por los flancos del Templo, y sorteó lo mejor que pudo los rosales y las orquídeas que crecían a sus pies. Alzó la vista y comprobó con satisfacción como sus sospechas eran ciertas. Trepó el árbol más cercano, y sabiendo de antemano que rama podía pisar y cual no, avanzó hasta apoyar su mano en la pared. La mayor parte de los árboles habían crecido mucho, y sus ramas descansaban perezosas sobre los muros blancos del palacio. Sin mayor esfuerzo, se coló por una de las ventanas que siempre quedaban abiertas por las noches.
Una vez dentro, comprobó de nuevo que no hubiera nadie cerca y por un momento, permaneció pensativo. ¿A dónde iría ahora? Se llevó las manos a la cintura. La probabilidad de que la biblioteca, donde siempre había algo interesante que ver, estuviera abierta, era remota. No había muchas más opciones después de todo.
Torció el camino a su izquierda y siguió, hasta que vislumbró las largas cortinas de terciopelo rojo que colgaban del techo. Apenas tardó un par de segundos en encontrar la puerta oculta que llevaba al salón del trono. La cerró a sus espaldas en el preciso instante en que dos centinelas pasaban por el pasillo que acababa de dejar atrás. Suspiró aliviado y finalmente, llegó a la terraza donde el Maestro les impartía sus clases.
Se acercó hasta la baranda de piedra blanca y como hacía siempre que iba a aquel lugar, echó un vistazo al coliseo. A pesar de que la hora que era, un par de chicos entrenaban allá abajo, entre penumbra. Saga giró sobre sus talones y sus pasos lo condujeron hasta la mesa de piedra que adornaba el patio de privilegiadas vistas. Algunos libros de sus lecciones matinales, seguían allí, amontonados con cuidado. Los miró uno a uno sin demasiado interés, hasta que sus ojos se detuvieron la portada de uno de ellos. La eclíptica brillaba, dibujada en plata, bajo la luz tenue de la luna. Sonrió y tomó el libro entre sus manos, después se dejó caer en la mullida butaca que siempre utilizaba Shion, apoyó la cabeza en uno de los brazos y cerró los ojos por unos instantes. Tomó una bocanada de aire, y volvió a abrirlos.
No supo cuanto tiempo pasó así, observando las estrellas de titilante luz plateada, pero aquella escena tan hermosa y la paz que sentía cada vez que pisaba aquel templo lo adormeció. Aunque hacía fresco, no era una noche especialmente fría. Sin darse cuenta, sus parpados cedieron con cansancio, y finalmente, se durmió.
-X-
-Tienes visita. –Shion alzó los lunares de su frente con curiosidad.
-¿A estas horas? –Se terminó de acomodar la túnica y ahogó un bostezo.- Nadie puede vivir sin el Patriarca en este Santuario… ¿Quién es?
-Será mejor que lo veas tú, Maestro. –la expresión de Arles le resultó difícil de descifrar.- En la terraza. –El peliverde asintió.
Atravesó la cortina blanca que separaba el salón de la terraza, y cuando reparó en el improvisado visitante, se detuvo. De manera instantánea, una sonrisa cargada de ternura se dibujó en su rostro.
-¿Cuándo…? –murmuró.
-No lo sé. Pero cuando me levanté ya estaba aquí. –El Patriarca asintió una vez más.
-Y tú te levantas temprano…
-Apenas había amanecido, le tapé un poco. Pero sería un milagro que no se haya resfriado.
-¿Y Kanon?
-Ni rastro. Supongo que estará en Géminis.
-Es extraño que haya venido solo. –dijo el peliverde más para sí mismo que otra cosa.
-No tengo la menor idea de cómo ha entrado. –El santo del Altar se encogió de hombros.- En seguida traerán el desayuno, pediré algo para él también.
Shion escuchó los pasos de Arles mientras se alejaba, sin dejar de observar al chiquillo que dormitaba frente a él. De alguna manera, aquella era una estampa que hacía años que no tenía la suerte de poder contemplar. No tuvo el coraje de despertarlo. Se acomodó en la silla de al lado, y antes de colocar la manta con la que Arles le había arropado, apartó con cuidado el libro abierto que reposaba sobre el pecho de Saga, y lo dejó sobre la mesa. Aquel rostro transmitía tanta paz, que le provocó una nueva sonrisa.
Apenas llegó una de las doncellas con la bandeja del desayuno, le dio un sorbo a la humeante taza de café, aún absorto en sus pensamientos. Se preguntaba muchas cosas acerca de la sorprendente visita del chiquillo, pero a pesar de eso, no podía deshacerse de aquella sensación que le oprimía ligeramente el corazón: los extrañaba. Lo había hecho desde el principio, pero pensó que el sentimiento llegaría a desaparecer con el tiempo. No había sido así, solamente se había acostumbrado a él.
Las continuas travesuras en el Templo Papal habían sido sustituidas por las incesantes quejas y las más inverosímiles excusas para saltarse las clases que les impartía cada día. Sin embargo, a medida que pasaba los días, los niños crecían. Y con ello, inevitablemente, el tiempo que pasaban en aquel templo se iba reduciendo. Dentro de no mucho, ya no tendría demasiado que enseñarles, y tanto los gemelos como Aioros, estarían demasiado ocupados con sus entrenamientos como para visitarlo con tanta regularidad.
Negó suavemente con el rostro. En sus más de doscientos años de vida, nunca había sentido tanto apego por unos aprendices como con cada uno de los niños de esa generación. Suspiró.
-Me estoy haciendo viejo… -murmuró.
En aquel instante, tal y como si le hubiera oído, Saga se revolvió en la butaca. Shion levantó la mirada y lo contempló con interés unos segundos más. No tardó en ver el adormecido brillo esmeralda de los ojos infantiles. Sonrió.
-Buenos días. –dijo. Saga bostezo y se talló los ojos con pereza.
-Hola.
-¿Has dormido bien? –el gemelo lo miró a los ojos. Shion supo de inmediato que no sabía que responder. Saga finalmente asintió.- Bien, siéntate y desayuna.
El aprendiz de Géminis hizo tal y como el Maestro dijo. Se pasó la mano por su corta melena, en un intento por peinar su desordenado cabello mientras se incorporaba en la butaca, comprobando con fastidio que sus pies todavía no llegaban al suelo. Observó de soslayo al lemuriano, gesto que al Maestro no le pasó desapercibido y, casi con timidez, llevó las manos al vaso de leche que esperaba por él en la mesa. Le dio un trago que refrescó su garganta, hasta que poco más allá descubrió las galletas de chocolate recién hechas. Cogió una y le dio un bocado.
-Ya que hoy te has dado tanta prisa para venir a clase… -el chico lo miró.- Te daré la primera lección de hoy, indispensable para cualquier santo que se precie. Sin importar el rango. –En cuanto pronunció aquellas palabras, notó que la atención de Saga hacia él aumento considerablemente. Sonrió para sus adentros.- Es muy habitual que un santo se haga heridas mientras entrena, es lógico, y en parte buena señal porque eso quiere decir que se esfuerza por lograr sus objetivos. Pero… -sostuvo la mano del peliazul en la suya, observando los nudillos magullados.- Es tan importante entrenar, como saber curarse uno mismo, ¿sabes?
-Fue un accidente. –Le dio otro bocado a la galleta.- Hacía mucho calor en el volcán…
-¡Cierto! ¿Qué tal os fue en esa aventura? –hizo una seña a la doncella para que le acercara el botiquín. Pero no le pasó desapercibido el modo en que Saga arrugó la frente. Estaba disgustado.
-Bien, supongo. –murmuró.
-¿Supones? –el chiquillo se encogió de hombros. Shion supo que no le sacaría una sola palabra al respecto.
No le dio más importancia. Tomó otro sorbo de café y se limpió cuidadosamente con la servilleta. Abrió el botiquín, y embadurnó una gasa en agua oxigenada. Tomó la mano de Saga una vez más, que accedió a regañadientes. Notó el apenas perceptible respingo que sacudió al peliazul cuando la fina tela entró en contacto con su piel herida, y no pudo evitar sonreír con cierta tristeza. Una vez terminó con la primera herida, observó bien ambas manos, en busca de más rasguños que curar. Aquello le llevó unos minutos.
-Listo. ¿Sabes que esto es importante?
-Solo era un arañazo.
-Aja. Pero responde a mi pregunta. –Saga asintió no demasiado convencido.- La vida de un Santo es difícil. –Por un momento, le resultó estúpido decirle tal cosa al chiquillo, lo sabía de sobra.- Se nos exigen muchas cosas. Un Santo debe ser fuerte y no mostrar debilidad alguna. Nosotros estamos para proteger al mundo… no para que nos protejan.
-Yo no soy un Santo.
-Lo serás.
-Eso no lo sabes. –Shion guardó silencio, viéndolo fijamente. Era la primera vez en que uno de los hermanos dudaba acerca de tal cosa. Se estremeció. Estaban creciendo rápido.
-No lo sé, no. Pero si se, que un Santo no puede ser el mejor si no sabe cuidar de sí mismo. En todos los sentidos. ¿Entiendes? –Saga lo miró a los ojos, y permaneció así unos segundos. Finalmente asintió.- ¡Bien! Entonces hablemos, nos queda tiempo hasta que lleguen tu hermano y Aioros.
-¿De qué quieres hablar?
-¿Desde cuándo estas aquí?
-Desde hace rato. –Shion frunció el ceño.
-¿Cómo entraste al templo? –Saga se encogió de hombros y se esforzó por disimular la sonrisa que amenazaba con adornar sus labios. La frente del Maestro se arrugó aún más: la capacidad que tenían los gemelos para guardar silencio y ocultar la verdad, le resultaba asombrosa. E irritante.- ¿Y cómo fue que nadie te vio?
-Tenéis un problema de seguridad. –le dio un último bocado a la galleta, observando la cara de póker de Shion. No esperaba tal respuesta.
-Entiendo, tendré que hacer algo al respecto. Y… ¿Zarek sabe que estas aquí?
-Supongo. –se encogió de hombros una vez más. El Maestro se sopló el flequillo.
-¿Qué te trajo aquí en mitad de la noche, hijo?
De pronto, la voz del viejo se había tornado mucho más seria. Saga paseo la mirada por la terraza, mientras buscaba una respuesta a tal pregunta. En realidad, no lo sabía demasiado bien, pero no había podido pegar ojo en Géminis. Ni siquiera escuchar la respiración pausada de Kanon había servido para calmarlo, como sucedía siempre. Suponía que estaba furioso. El problema era que no sabía exactamente por qué o con quién.
-No se… -murmuró apoyando los codos sobre la mesa y recostándose sobre ellos. Estaba seguro de que si se encogía de hombros otra vez, Shion terminaría irritándose; como le sucedía siempre a Aioros, y no quería hacer tal cosa. De pronto, ambos le resultaron misteriosamente parecidos.
-Eso no ha sonado muy convincente… -el chiquillo no dijo nada. No resultaba difícil saber que algo le inquietaba.- Siéntate bien, y hablemos, ¿sí? –Saga, no sin cierta desgana, hizo tal y como le dijo.- ¿Qué te preocupa?
-Nada.
-Algo sí. –Una nueva pausa se interpuso entre ambos, y Shion notó como día a día, las personalidades de los gemelos se iban diferenciando. Kanon jamás hubiera pensado dos veces una respuesta, hubiera dicho lo primero que le hubiera venido a la cabeza tal cual lo sentía. Saga no, desde donde estaba, prácticamente podía escuchar como su cerebro trabajaba en la búsqueda de las palabras adecuadas para lo que quería decir. Decidió darle tiempo.
-Acerca de la Otra Dimensión… -Shion frunció el ceño.- ¿Crees que si alguien va a parar allí…? ¿Se le puede traer de vuelta?
-Sí, claro. Pero todo depende del dominio que se tenga sobre esa técnica. –Se detuvo, pensativo.- Los viajes dimensionales son habilidades propias de tu signo. A lo largo del tiempo ha habido muchos Géminis con un control muy diferente sobre las dimensiones. Hubo quienes fueron capaces de abrir portales sin retorno, y otros, que… podían viajar a su antojo por ellas sin verde afectados por las condiciones que ahí allí. Incluso podían mantener combates en dimensiones paralelas. Pero para eso hay que tener un más que un excelente dominio de la técnica y control mental. –Saga lo escuchaba con un interés más que evidente.
-¿Zarek puede hacer eso?
-¿Pelear en otra dimensión? –el chiquillo asintió.- No lo creo, aunque su control dimensional es muy bueno. Sin embargo, si puede viajar por ellas a su antojo. A decir verdad, solo supe de un Géminis, o quizá dos…, que podía pelear en Otra Dimensión perfectamente solida. Es algo extremadamente difícil.
-Entiendo.
-Si quieres ser como ese Santo del que te hablé… tienes que conocer cada secreto de tus técnicas, lo bueno y lo malo. De todos modos, ¿por qué la pregunta? Si tienes dudas acerca de tus propias habilidades deberías preguntarle a tu maestro.
-Lo sé. Era solo curiosidad… -Shion lo observó fijamente.
-De todos modos, debes saber algo… la resistencia de un santo a un ataque, sea del tipo que sea, casi siempre viene definida por la potencia de su propio cosmos. Nuestra energía cósmica nos protege de un modo u otro… Por eso un ser humano normal y corriente moriría si se viera atrapado en cualquiera de nuestras técnicas por débil que sea.
-¿Eso quiere decir que es posible que un Santo Dorado pueda sobrevivir a la Otra Dimensión y salir por su propio pie?
-Lo es, si.
Saga asintió. Su mente era un revoltijo de imágenes y recuerdos. Por un lado, recordaba a la perfección el día que Zarek y Orestes pelearon. Ahora comprendía que el santo de Sagitario podía haber sobrevivido, y de alguna manera se sintió ligeramente aliviado. Sin embargo, los acontecimientos del día anterior estaban demasiado recientes. Recordaba el rostro cargado de pánico de Nikos cuando la Otra Dimensión se formó en su mano. No podía dejar de preguntarse, a pesar de todo, qué hubiera pasado si lo hubiera enviado allí y, de hecho, le asustaba el hecho de haber estado a punto de hacerlo. Tal y como estaban las cosas, no tenía la habilidad de adentrarse en aquel vórtice y traerlo de vuelta. Nikos era un aprendiz de plata. Ni siquiera un santo. Las posibilidades de que hubiera muerto eran… altas. Frunció el ceño y deshecho el pensamiento de su mente.
-Cuando eras aprendiz… -por un momento le resultó extraño pensar que el Patriarca hubiera sido un niño alguna vez.- ¿Te llevabas bien con todo el mundo? –Shion alzó los lunares sorprendido.
-No, no lo hacía. –Dejó escapar una pequeña carcajada.- Las personas somos muy diferentes unas de otras, es inevitable que existan roces. Más aún en un lugar como este, donde la competencia es tan alta.
-¿Eso quiere decir que te metías en líos?
-Saga, ¿te has metido en un problema? –El peliazul se apresuró a negar tal acusación.- ¿Entonces? ¿Qué es lo que quieres preguntar exactamente?
-Es que… -Se sopló el flequillo y apoyo la cara entre sus manos.- ¿Qué pasa si te llevas mal con alguien… y de pronto descubres que es alguien muy importante para una persona que te cae bien?
-Pues nada. En esos casos uno debe esforzarse por mantener las cosas en calma por ese alguien que precisamente te cae bien.
-¿Aunque la otra persona de verdad te resulte muy molesta?
-Aunque ese sea el caso, si. ¿Cómo piensas que se sentirá tu amigo, si descubre que dos personas importantes para él son incapaces de mantener la paz entre ellos aunque no se gusten? ¿Ni siquiera por él?
Saga reflexionó. Lo que Shion no sabía es que ese él, era un ella; y eso debía continuar así. Pensó en Naiara. Aún sentía el pánico que despedía su cosmos cuando apareció en mitad de la pelea con Nikos. No podía olvidar el hecho de que en cierta manera, él la había hecho llorar. Pensó entonces en Kanon. Quizá el Maestro tuviera razón, visto así no le hubiera gustado que nadie enviara a su hermano a otra dimensión…
-Veras, Saga… -el chiquillo salió de su concentración cuando escuchó hablar de nuevo al Maestro.- Había un hombre, que odiaba terriblemente a un animal, una zorra, porque a veces le ocasionaba algunos daños en su granja. Después de mucho pensar, y de numerosos intentos, consigo atraparla. El hombre deseaba por sobre todas las cosas, vengarse; así que amarró la cola del animal a una mecha empapada en aceite y le prendió fuego. –el pequeño geminiano frunció el ceño, la mayor parte de las veces en que Shion utilizaba alguna fábula para decirle algo, no comprendía nada en absoluto.- Sin embargo, un dios se apiado de la zorra, la tomó, y tiempo después la llevó de nuevo a los campos del granjero. –Saga se sopló el flequillo, intentando no olvidar ningún detalle de la historia; y asintió, animándolo a continuar.- Pero resultó ser la época de la cosecha, todo estaba listo para la recolección… El labrador persiguió desesperado al animal, mientras lloraba amargamente al contemplar cómo todos los campos ardían a su paso. –Silencio.- ¿Sabes lo que significa?
-Pues… -se lo pensó por un momento, repasando los detalles de la historia en su cabeza.- ¿Qué lo que hacemos puede volverse en nuestra contra?
-Exacto. Hay que procurar ser comprensivo e indulgente. El mal que generamos, siempre regresa en nuestra contra, Saga. Tarde o temprano.
-X-
-Buenos días, Maestro. –Al escuchar la voz de Aioros, Saga y Shion alzaron el rostro al mismo tiempo y miraron en su dirección. Sin saber muy bien por qué, la súbita sensación de haber interrumpido una conversación importante, invadió al pequeño arquero.
-Buenos días, Aioros. –replicó con una sonrisa el Maestro.- Kanon.
-Hola.
El arquero tomó asiento en su lugar de siempre, mientras un denso silencio envolvía el ambiente. Observó de uno a otro disimuladamente, y sin saber muy bien que pensar al respecto. Por un lado, sabía todo lo que Kanon le había contado el día anterior, ganar a Saga, demonios que se comían gente... Y aunque le hubiera gustado hablar al respecto con Saga, aquello le parecía una misión imposible.
-¿Viniste a desayunar? –preguntó Kanon mientras tomaba una galleta, y aunque no lo miró, todos sabían que se dirigía a su hermano.
-No.
-Zarek estaba molesto. No le gusta la idea de tener un alumno fugitivo.
-Ah, ¿sí?
-Si. -Aioros veía de uno a otro alternativamente. Como siempre le pasaba en aquellas situaciones, no tenía la menor idea de que era lo que debía decir, si es que debía decir algo, claro. Vio de soslayo a Shion y supo que al Maestro tampoco le complacía demasiado la situación, los lunares de su frente lo delataban.
-¿No es demasiado temprano para discutir? –preguntó con cansancio el peliverde. Ambos guardaron silencio.
-Yo no soy el fugitivo. –Dijo Kanon con toda tranquilidad mientras se encogía de hombros. El mayor suspiró e instintivamente vio al mayor de los hermanos. Sorprendentemente, su rostro permanecía inalterable.
Afortunadamente, en aquel momento, llegó la única persona que faltaba para comenzar con su rutina diaria. O eso pensó el lemuriano.
-Buenos días. –La voz de Naiara apenas se dejó escuchar.
-¡Naiara! Te estábamos esperando. –La bienvenida del Patriarca resultó más alegre de lo que él mismo hubiera esperado.
La niña apenas asintió tímidamente. Internamente, se estaba esforzando por no mirar a ninguno de sus tres compañeros. Simplemente, no tenía ánimos de enfrentarlos. Y aunque lo había intentado todo con Axelle, no hubo manera posible de convencerla para que no la obligara a ir a sus clases aquel día. Se sentó sin hacer un solo ruido, sin dejar de ver fijamente a Saga. Se había propuesto ignorarlo, pero de pronto estaba ahí, y tal cosa le resultaba imposible. Se sentía furiosa con él.
-¿Qué tal tu hermano? –preguntó Kanon con cierta burla segundos después.
-¿A ti qué te importa? –respondió ella rápidamente, volteando a verlo.
-¿Se recuperó del susto?
-No estaba asustado.
-Yo creo que sí.
-¿De quién? -Aioros notó como Saga se revolvía en su silla, incómodo. Suspiró, aquella extraña costumbre que había adquirido de quedar siempre en medio sin saber de qué iban las cosas, empezaba a molestarle.- ¿De ti? -Vio a Kanon de soslayo y no necesito más que un segundo para saber que el peliazul había amanecido por el lado izquierdo de la cama. Y aquello, siempre resultaba peligroso. Más aún cuando los dos gemelos parecían haberse puesto de acuerdo en tal cosa.
-Kanon, cállate. –dijo finalmente antes de que el menor pudiera responder con un comentario ingenioso a la provocación que se había vuelto en su contra. Los ojos del aludido se abrieron de par en par, sorprendido.
-¿Qué pintas tú en todo esto, Aioros?
-Nada.
-Pues no te metas. –El arquero guardó silencio pero no retiró su mirada de los ojos esmeralda de Kanon. Quizá el chico tuviera razón y no debería meterse en asuntos que no eran de él, pero una cosa estaba clara; Shion estaba allí, y el hecho de que hubiera guardado silencio por tanto tiempo, le resultaba preocupante. Lo que menos necesitaban, ninguno de ellos, era una pelea de cualquier tipo frente al Maestro.
-Solo déjala en paz, y empecemos las clases. –respondió irritado.
Tras su máscara, Naia alzó una ceja. Descubrió que no solamente estaba furiosa con Saga, ¡lo estaba con todos ellos! Claramente no necesitaba que Aioros la defendiera de las provocaciones de Kanon, a las cuales podía responder sin problema alguno. En aquel momento, Shion carraspeó.
-¿Habéis acabado ya? –todos guardaron silencio.
-Sí. –respondieron a la vez Saga y Aioros.
-No. –Naiara y Kanon hicieron lo propio.
El Maestro se sobó los ojos con cansancio. Siempre había sido partidario de que los chicos solucionaran sus problemas por sí mismos, pero el hecho de que tal cosa parecía imposible aquel día, sumado al detalle de que había una koree implicada, le animó a dar el primer paso.
-¿Alguien va a explicarme que sucede aquí? –Preguntó.- Creí que habíamos dejado atrás estas cosas… -Ninguno respondió. Los miró a todos detenidamente.- ¿Nadie va a hablar? –Silencio.- Bien, entonces lo haré yo. –Apartó los libros y se aclaró la garganta una vez más.- Habéis crecido, no quiero ningún tipo de discusión en mis clases. Si tenéis algo que decir, lo hacéis fuera, no aquí. Si no, os vais y dais vosotros mismos la correspondiente explicación a vuestro Maestro. ¿Entendido?
Aioros y Saga asintieron una vez más, mientras Kanon se tomaba su tiempo para hacer tal cosa con cierta desgana. Naiara los observó con curiosidad. Sin embargo, cuando parecía que la tormenta había pasado…
-Es culpa de ella. –masculló Kanon.
-¡Kanon! –Exclamó Saga. Los gemelos intercambiaron miradas.
-¡Vaya! ¡Esta vez no has necesitado que llore si quiera!
-Basta. –la voz del Maestro sonó severa.
-Eres un cobarde… -el menor ignoró la advertencia.
-No lo soy. -se defendió, ofendido, Saga.- Además, ¿a ti qué más te da?
-Si hubiera sido al revés… -Clavó la mirada en Naia.- Nikos no se hubiera detenido. –Se esforzó porque el nombre del aprendiz de Orión quedará bien claro.- Pero eso ya lo has comprobado un montón de veces antes.
-¿Qué querías que hiciera?
-No ser tan ridículo como para detenerte solo porque una mocosa te lo pida lloriqueando.
-¡No fue por eso! –Por un momento, Saga se sintió lleno de impotencia.
-¡Claro que sí!
-¡No! –Kanon frunció el ceño, sin dejar de mirarlo.
-¿Entonces por qué fue?
-No quería hacerle daño. –murmuró.
-Él si quería hacerte daño a ti. Y… ¿sabes qué? –Saga apretó los dientes.- Lo hiciste porque quisiste, nadie te obligo. Y lo pasaste en grande.
-No es verdad…
Kanon apretó los puños inconscientemente. Se sentía furioso con su hermano. Toda la felicidad que se había traído consigo de la Isla se estaba transformando en ira por su comportamiento hipócrita.
-Admítelo, te molestó mucho perder contra mí, por eso te metiste en la pelea. –Saga guardó silencio, sin dejar de mirarlo.- Solamente querías demostrar que eras mejor que ellos.
-Ángelo estaba…
-Sí, sí. –Kanon no lo dejó terminar, no se creía nada de aquello.- Ángelo.
-¿Tú lo hubieras mandado a Otra Dimensión?
-Sí.
-¡Pues…!
-Suficiente.
Era la primera vez que Shion alzaba la voz más de lo normal. Esta vez, ninguno se atrevió a moverse o a seguir con la riña. Ambos hermanos agacharon ligeramente el rostro, sin dejar de mirarse de soslayo, desafiantes. Sin embargo, el Maestro comenzó a hilar cabos. Recordó la conversación que había tenido con Saga mientras desayunaban. Se preguntó cuánto de cierto había en todo aquel asunto. Miró de uno a otro.
-Espero que no sea necesario repetir esto dos veces, a ninguno de los aquí presentes. –Miró de uno a otro de los hermanos sin apenas mover un solo músculo, y finalmente, se fijó en Kanon.- ¿Hubieras mandado a un chico a otra dimensión por el mero hecho de que te ofendió de alguna manera? –el chico guardó silencio.
-¿Por qué no? –Shion arrugó la frente.- No es más que un idiota que se ha pasado toda la vida molestándonos por el simple hecho de que aspiramos a una armadura dorada. Y no solo a nosotros, a Aioros y Ángelo también. ¿Acaso tiene el derecho a hacer lo que le plazca sin que nadie haga nada?
-No.
-¡Pues es lo que lleva haciendo desde que teníamos seis años!
-¡No es verdad! –exclamó Naiara.
-¡Lo es! –Replicó Kanon malhumorado.- Siempre ha ido por ahí presumiendo porque era más fuerte, humillando a todos los que podía. ¡Y por una vez, alguien resultó más fuerte que él!
-Kanon, baja la voz. –El chiquillo se cruzó de brazos.- Si algún día quieres ser un Caballero de Oro, tienes que saber que jamás debes usar tu poder de esa manera. No es el propósito de la Orden castigar a nadie, sino proteger a quien no puede cuidar de sí mismo. ¿Qué hay de justo en que un superior use una de sus técnicas para doblegarte? Nada. En todo caso, demuéstrale como son las cosas en igualdad de condiciones. –Hizo una pausa.- Los dioses no os concedieron vuestro cosmos para usarlo de ese modo. –Insistió.- Debéis usarlo para el bien, no para un beneficio propio del que podáis sacar algún provecho. Debéis saber cuándo ser compasivos y cuando debéis frenar vuestra mano.
-¡Saga no fue compasivo! ¡Fue estúpido!
-Kanon, suficiente.
El peliazul se cruzó de brazos y miró a su hermano. Aioros identificó rápidamente el desafío en aquellos ojos y supo que debía hacer algo. Llevó su mano a la muñeca de Saga, bajo la mesa y lo sujetó. No pretendía más que convencerlo de que guardara silencio.
-No digas nada. –la voz del arquero en su mente sonó a poco más que un susurro.
El mayor de los hermanos lo miró de soslayo y se revolvió ligeramente en la silla. Tenía la mandíbula apretada, pero a pesar de ello, su expresión se había relajado sutilmente al escuchar al Maestro. Kanon frunció el ceño. Shion le había dado la razón a su hermano. ¡Se había puesto de su parte! Y estaba equivocado. Él sabía los verdaderos motivos que le habían llevado a parar la pelea. ¡No tenía nada que ver con el sentido del honor o la compasión! Saga estaba mintiendo.
-Muy bien. Ahora… -sabía que tenía la atención de los cuatro.- Los dos, fuera. –Saga abrió los ojos de par en par. Aioros a su lado, dio un respingo, sorprendido por la reacción del Maestro.
-¡¿Por qué? –quiso saber el mayor de los peliazules.
-Creo haber sido bien claro cuando dije que no quería ningún tipo de discusión en mis clases. –Kanon se levantó como un resorte, después de todo el Maestro le estaba haciendo un favor. No necesitaba escuchar una sola palabra más.- Ahora, fuera.
Saga entreabrió los labios, dispuesto a decir algo en su defensa, pero la mirada disgustada de Shion, le silencio en el acto. Apretó los dientes y, a regañadientes, se levantó, siguiendo muy lentamente el camino que había tomado su hermano. Sentía las miradas de Aioros y Naiara clavadas en su nuca y se maldijo internamente.
Todo iba de mal en peor.
-X-
-¡Golpea con convicción! -ordenó la mayor.
La chiquilla a su cargo no respondió, sólo se apuró a hacer como se le ordenaba. A pesar de que Deltha imprimía hasta la última gota de esfuerzo en cada golpe, la amazona de Caelum no tuvo problema alguno en detenerlos. Después de todo, ella era una amazona de plata, cuyo rango era segundo únicamente a los santos dorados, y esperaba que, algún día, sus dos aprendizas pudieran alcanzar el nivel que ella mostraba.
Con Naia momentáneamente bajo el cuidado del Patriarca, Axelle se sentía en libertad de dedicar un poco más de tiempo a la otra chica, centrándose en los puntos específicos a mejorar. Sin embargo, por causas ajenas a la castaña, algo habría de surgir que interrumpiría su entrenamiento ese día.
A unos pocos metros de ellas, distinguió una figura que se acercaba con cierto recelo. Al principio no prestó demasiada atención, pero al notar las dudas en el comportamiento del visitante, decidió ser ella quien diera el primer paso. Así, ordenó con un movimiento de su mano a la koree más pequeña que se detuviera. Deltha obedeció y, entonces, Axelle caminó tranquilamente hacia el extraño. Antes de alejarse demasiado, se detuvo y giró hacia su pupila.
-Voy a tomarme minutos. Sigue con la secuencia de golpes y patadas, ¿entendido? Necesito que lo domines ya, Deltha. -la niña asintió.
En silencio, vio a su maestra marchar y, aunque se aplicó en obedecer las instrucciones que se le habían dado, se mantuvo atenta al encuentro de aquellos dos.
Axelle caminó despacio. No quería ahuyentar al chico que la observaba con recelo y dudas en esos brillante ojos violetas que eran tan parecidos a los de su hermana menor. La amazona sabía con cierta seguridad que, precisamente, era Naia la razón de la presencia del aprendiz y, si había llegado hasta ahí, era porque tenía algo muy importante de que hablar con ella; en especial, dados los acontecimientos del día anterior.
-Nikos. -le llamó por su nombre. Aunque su voz no sonaba agresiva, el eco de la máscara la hacía distante.- ¿Qué te trae por aquí? Naiara se encuentra con el Maestro en estos momentos.
-Lo sé. La vi subir antes… por eso vine. -agachó el rostro.
-Ya veo. ¿Es conmigo con quien deseas hablar? -Axelle preguntó, a pesar de conocer la respuesta. El chico asintió.- Pues hazlo. ¿En qué puedo ayudarte?
-Verás…
Hubo una larga pausa entre los dos. Nikos desvió la mirada hacia el lado opuesto en que se encontraba la amazona de Caelum. Rascó su cabeza con evidente nerviosismo, cuestión que no pasó desapercibida a su contraparte.
-Menudas magulladuras las que llevas en la cara. Los niños han crecido, ¿no? -detrás de su máscara, una sonrisa se dibujó en el rostro de Axelle.- Creo que es hora de que comiences a considerar dejarles en paz. Lo mismo va para tus compañeros. De ahora en adelante, las diferencias entre su poder y el vuestro no harán sino remarcarse con cada día que transcurra. Puedes hacerte fuerte, Nikos, pero no conseguirás alcanzar el nivel que se necesita para competir hombro con un hombro con uno de los Doce. Y escucha mis palabras: no quieres tenerlos como enemigos.
El niño retiró la mirada de ella y se cruzó de brazos.
-En realidad, pudo ser peor. -bufó el moreno. Le dolía admitirlo, pero aquella era la verdad. - De hecho, es por eso que estoy aquí.
-Ah.
-Supongo que sabes lo que sucedió. -prosiguió el jovencillo.
-Escuché algo, sí.
-¿Qué opinas? –la respuesta de la amazona fue subir los hombros. Tal reacción frustró al chico.- Di algo, por favor. ¿Por qué se detuvo? -Nikos apretó los puños y tensó la mandíbula.
-¿Perdona?
-Saga. ¿Por qué se detuvo al ver a mi hermana? -repitió, arrastrando cada palabra con marcada impotencia.
-¡Ah! Eso. –Axelle lo imitó y se cruzó de brazos. Llevó su rostro hacia el horizonte, aunque sus ojos siguieron fijos en el aprendiz.- Las niñas y ellos son amigos. -volvió a subir los hombros.- Me imagino que esa es la razón que buscas.
-¡Pero eso no está bien! ¡Naia es una aprendiza de plata y él es un aprendiz dorado! -se quejó el chico, haciendo que, a lo lejos, Deltha prestara atención a cada una de sus palabras.- ¡Oro y plata no se mezclan!
-¿Y eso qué? -Axelle meneó la cabeza.- No ganarás nada con esa actitud.
-¿Cómo dices? ¡Sabes lo que eso significa! Naia se ganará la enemistad de muchos.
-Tampoco soy la persona más indica para opinar sobre eso. Lo único que está en mi poder es hacerles saber que no estoy de acuerdo con esa amistad y con las consecuencias que podría acarrearles, sin embargo, eso es todo lo que he podido hacer. Se lo he dicho ya y no pienso repetírselo. -apartó un mechón que el viento posó sobre su máscara.- Si te preocupa lo que hace Naia, te recomiendo que seas tú quien se lo diga. Probablemente te escuchará más a ti que a mí.
-¿Acaso no te importa lo que pueda suceder?
Axelle calló.
-Me preocupa más que las prohibiciones terminen acercándoles más. -declaró tras un instante. Nikos retuvo la respiración.- Aquello que está prohibido siempre resulta más atractivo a los ojos.
-¿Qué debo hacer entonces?
-Eso es algo que no puedo decirte. Pero, por el momento, no armes demasiado jaleo de esto. Si deseas velar por ella, hazlo desde lejos. Cuídale la espalda, Nikos.
La amazona le dirigió una última mirada y, ante la falta de respuesta por parte del moreno, asumió que la conversación había terminado. Habiendo dicho todo lo que tenía que decir, giró para regresar al lado de su alumna.
-Pero…
-Deja de darle vueltas. -le miró por encima de su hombro.- Solo es una niña. Se le olvidará y, sino, déjale saber que tendrá un hermano en quien apoyarse. Lo último que quieres es perder su confianza. Piensa en ello.
Nikos sabía que nada más saldría de esa breve conversación. También era consciente de que cada palabra de Axelle escondía cierta verdad en ella; le gustase o no. Solo le quedaba observar, desde lejos, atento al desarrollo y eventual final de la historia de su hermana pequeña. Así lo haría.
Aunque la amazona le había dado la espalda y regresado a sus funciones como maestra, Nikos permaneció un rato más observando. Entonces, una vez más, miró hacia el Templo Patriarcal en donde sabía se encontraba Naiara. Torció la boca, incluso sin darse cuenta. Tarde o temprano tendría que hablar con ella, pero por el momento dejaría que el tiempo calmara un poco las cosas.
Con esa idea en su mente, emprendió la marcha de regreso al campamento de los santos. Su maestro seguramente le esperaba y tendría lista el regaño por haberse brincado el entrenamiento. Para su pesar, Keitaro también se encontraría por ahí, lo cual era todavía peor. Necesitaría paciencia. Mucha paciencia.
-X-
El resto de la clase había transcurrido en un silencio francamente agotador para todos. El viejo lemuriano se había esforzado por mantener la calma en todo momento, pero el incidente con los gemelos no era algo que pudiera digerir con tanta facilidad. Al final, no le quedaba más que preguntarse si la decisión tomada había sido la correcta. Para su mala suerte, no había nada que pudiera cambiar el resultado de las cosas.
Al igual que el Patriarca, los dos pupilos que todavía permanecían en la terraza no habían atinado sino a clavar la mirada en sus respectivos libros de texto y mantener el silencio abrumador que les rodeaba.
La reacción de Shion había sido por demás inesperada, en especial para el joven arquero quien no dejaba de preguntarse por las verdaderas razones que habían desencadenado semejante drama y empujado al usualmente paciente lemuriano a tomar acciones radicales. Con lo poco que sabía, Aioros intentó crearse un panorama propio, pero la verdad era que todo lo que pasaba por su mente eran especulaciones que, probablemente, jamás llegaría a saber si eran atinadas o erróneas.
-Podéis iros. -el anuncio llegó de manera insospechada tanto para Naia como para él.- Dejaremos las lecciones aquí. Mañana seguiremos con el tema.
De un brinco, la aprendiza se bajó de su banco y caminó lo más tranquilamente que pudo hacia la salida. En algún punto se detuvo para mirar hacia atrás. No lo diría, pero nunca había visto la mirada de Shion tan cansada y triste como ese día. Sin embargo, no estaba dentro de su poder cambiar las cosas y, aún si quisiera, sentía que las diferencias entre ambos hermanos iban mucho más allá del incidente con Nikos. Con todo, la culpa estaba ahí, agazapada en un rincón de su corazón.
En ese momento, un gesto de Aioros la despertó. El niño había ondeado su mano en dirección a ella a manera de despedida, mientras una mueca parecida a una desangelada sonrisa se dibujaba en sus labios. Naia asintió antes de seguir su camino. Después, desapareció por la puerta de regreso al recinto de las korees.
-Maestro… -Shion volteó hacia el castaño.- ¿Usted sabe lo que está pasando? -preguntó, casi con temor. Shion meneó la cabeza.
-No estoy seguro de saber toda la verdad. -confesó.- De cualquier forma, los dos estaban fuera de lugar, Aioros.
-Sí, pero…
-Aioros, está hecho. Ambos tienen que aprender a lidiar con sus diferencias sin llegar a estas instancias; sin mencionar que sus acciones no reflejan el comportamiento que se esperaba de los aspirantes a santos dorados. Su entrenamiento debe ir mucho más allá del cosmos y las peleas. El verdadero valor de nuestra orden radica en la fuerza del espíritu, no en la de los puños.
El niño agachó la cabeza. Sus ojos cerúleos se clavaron en el piso, a la vez que una mueca de desacuerdo se apoderaba de su rostro.
-No creo que sea eso lo que les están enseñando... -se encogió de hombros.
Con una reverencia, el aprendiz de Sagitario se despidió del Patriarca. Había ocasiones, como esa, en las que de verdad no alcanzaba a comprender como las cosas podían tergiversarse tanto. Conocía lo suficientemente bien a los gemelos como saber que esos chicos no eran así. El medio en el que vivían comenzaba a absorberles y, su única esperanza, el único en el que podían confiar, parecía no entender por lo que el par de peliazules atravesaba.
Pero, por el momento, eso ya no importaba. No esperaba comprender las acciones de nadie porque, a pesar de todo, él no tenía el panorama completo de lo que sucedía. Sólo le quedaba esforzarse por ayudar, aún si su apoyo no era bienvenido.
Corrió por los pasillos hasta que, sin darse cuenta, se encontró con que había alcanzado los límites del Templo Papal. Desde ahí, el Santuario se veía en todo su esplendor. Sin embargo, en la mente de Aioros había otros asuntos que empañaban la maravillosa vista y de los que necesitaba hacerse cargo.
-X-
Naiara había corrido de regreso a casa lo más rápido que sus piernas le permitían. A decir verdad, los músculos le dolían por el esfuerzo y sus pulmones no se daban abasto con el oxigeno por el que boqueaba incesantemente. Pero es que así, al menos, podía tener la cabeza ocupada en otras cosas diferentes a la discusión de más temprano.
Por dentro, sus ideas eran como un mar agitado que va y viene con furia desmedida. No sabía que creer, ni que decir. Nikos no podía ser tan cruel como Kanon lo había descrito… no el Nikos que ella conocía. Sin embargo, sumado a las palabras del menor del los gemelos, la rabia con la que Saga se había enfrentado a su hermano, hacía que pensara en que tal vez no estaba del todo equivocado.
Aún así, no se justificaba. Shion tenía razón: la violencia no se combate con más violencia, pero, ¿qué haría ella en un caso similar? ¿No actuaría igual si estuviera en el lugar de alguno de ellos? Se respondió que probablemente lo haría. Aunque, ¿cómo podría saberlo?
-Te detuviste. -siseó, sin darse cuenta de que pensaba en Saga.
Y, entonces, apretó los puños con rabia.
Pronto, en medio de su carrera, divisó su destino. Ahí estaban Axelle y Deltha, entrenando, ajenas a su presencia hasta que se acercó lo suficiente.
-¿Las clases terminaron? -Axelle detuvo una última patada de su aprendiza pelipúrpura y le ordenó a detener el entrenamiento.- Aún es temprano.
-Sí. El Maestro estaba un poco indispuesto.
-Ya veo. -la amazona arrugó el entrecejo.- Llegas a tiempo para seguir el entrenamiento. Tomaos unos minutos de descanso. -se dirigió a las dos niñas.- Después, retomaremos la práctica. Ambas necesitáis un poco de aire.
Se giró, dejándolas solas. Entonces, ellas se limitaron a observarse en silencio.
-Odio esta cosa. -Naia se arrancó la máscara para secarse las gotas de sudor que corrían por su frente. Por un instante, Deltha no respondió.
-¿Qué pasó en el templo del Maestro?
-Ya lo dije. El Maestro Shion estaba indispuesto. -la miró de soslayo. Sin embargo, la aprendiza de Apus no creyó ninguna de sus palabras.
-¿Viste a Saga? -Naiara asintió.- ¿Y?
-Lo expulsaron de la clase. A Kanon también.
-¡¿Qué?
-Discutieron y hartaron al Maestro. Nunca lo había visto así.
-Que mal. -al escuchar a su amiga, la morena chasqueó la lengua.- Aquí también sucedió algo curioso. Nikos estuvo aquí antes. -Deltha susurró.
-¿Me buscaba? -los grandes ojos violetas de la koree se abrieron con una mezcla de ilusión y sorpresa.
-Habló con Axelle.
-¿Sobre qué?
-Sobre lo que pasó. En realidad no escuché demasiado. Discutían sobre Saga y sobre ti, pero no sé mucho más. -la niña calló por un momento.- Creo que a Nikos tampoco le agrada que pases tiempo con ellos.
Naia se cruzó de brazos. De repente se sentía agotada de que todo el mundo tuviera sus propias ideas acerca de lo que ella debía o no hacer; en especial cuando esa decisión debía ser suya.
-¿Qué opinas al respecto? -contempló a su amiga.
-No veo que haya nada malo. Además son tus compañeros de clase.
-Pienso lo mismo. –Naia se mordió el labio.- Hoy, algo pasó en las clases. -la morena bajó la mirada.- Mientras discutía con Saga y Shion, Kanon dijo cosas sobre Nikos. Cosas feas.
-No se llevan muy bien, ¿eh?
-¿Lo sabías?
-Aioros me comentó algo. Se veía sorprendido cuando le dije que Nikos y tú erais hermanos. Aparentemente, Nikos los maltrató un poco cuando eran más pequeños. -la pelipúrpura rió con nerviosismo.
-¿Un poco? -la voz de Naia se ensombreció con un dejo de decepción.- Creo que estás siendo muy positiva al respecto, Del. Debió ser mucho peor.
-Sí. Algo así. -desvió la mirada.- Debí decirte.
-No, no. Está bien. Debiste ver la cara de Kanon al hablar de él. Estaba realmente furioso y todo lo que dijo…
Deltha le palmeó el hombro. No sabía que podía decir para hacer las cosas más fáciles a su amiga. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, su maestra había comenzado a aproximarse.
-Escucha, Naia. No sé que pasa aquí, ni sé quien tiene la razón ni quien está equivocado; pero no deberías juzgar a ninguno tan severamente. Cada cual tiene razones. Deja que sean ellos quienes arreglen sus diferencias.
-Ojalá fuera tan fácil. -musitó la otra chiquilla.
Pero no había más tiempo para conversaciones. El entrenamiento tenía que reanudarse y Axelle no iba a esperar por ellas. Así, dejaron las palabras atrás. La plática se reanudaría en otro momento.
-X-
-¿Sabes? Es muy molesto que nadie te explique nada. -Saga se respingó. Volteó en un santiamén, hacia la cima de la formación de rocas contra la cual estaba apoyada su espalda. Ahí, se encontró con la silueta de su amigo.- ¿No me digas que te sorprendí? -Aioros esbozó una sonrisa de triunfo y se dejó caer hasta quedar frente al otro niño.- Acabo de pillarte con la defensa baja, Saga. Eso no habla bien de ti.
-¿Qué quieres, Aioros?
-¿Eh? ¿Qué clase de pregunta es esa? -el castaño metió las manos en sus bolsillos. Pateó una piedra y desvió la mirada.- Estoy preocupado por ti. Es todo.
Al no recibir respuesta, decidió que tampoco seguiría hablando. El castaño dejó que los minutos se escaparan en silencio, atinando solamente a mirar de soslayo al rostro ausente de Saga.
-¿Qué pasó en el viaje? -el aprendiz de Sagitario no esperaba respuesta, pero sentía que debía preocupar.
-Ya lo oíste. Kanon me venció. -Aioros abrió los ojos sin saber que el sorprendía más: que Kanon había dicho la verdad o que Saga hubiera respondido a su pregunta.
-¿Cómo?
-Zarek usó una ilusión. Nos enfrentó haciéndonos creer que peleábamos contra un demonio, cuando en realidad luchábamos el uno con el otro. Kanon ganó.
-Comprendo. -la mirada que Saga le dirigió al escucharlo, le dejó en claro que en realidad no lo hacía. Como resultado, Aioros apretó la banda de su frente; siempre lo hacía cuando se sentía nervioso.- De acuerdo, de acuerdo. No comprendo del todo. Sinceramente, pensaba que eras más fuerte que Kanon.
-Ya ves que no lo soy. -Saga apretó los dientes.
-Llámame estúpido, pero, ¿no deberías estar esforzándote en ser un poco más fuerte en vez de estar aquí, haciendo…nada?
-¿Qué? No estoy haciendo nada.
-Exacto. Si Kanon te venció, lo menos que podrías hacer es esforzarte por ganarle la siguiente vez. Aún tienes muchas más oportunidades para vencerlo. El hecho de que te ganara una vez no debería desanimarte. Solo míralo a él. Kanon nunca se ha dejado vencer por el hecho de que tú le ganaras de manera incesante. Por una vez, imita a tu hermano. -el gemelo alzó las cejas.- Claro que, a juzgar por todo, hay algo más que te molesta, ¿no?
-Eres todo un genio, Aioros. -bufó. Pero el castaño, lejos de enfadarse, soltó una carcajada.
-¿Entonces?
-Pues… Kanon tiene razón. -Saga torció la boca.- Disfruté del combate, tenerlo bajo mi control, a mi merced. Había algo increíblemente satisfactorio en su mirada cuando se dio cuenta que yo era más fuerte que él. -Saga sonrió.
-Nikos, ¿eh?
-¿Quién más podría ser? -Saga lo miró de reojo.- ¿Me estás prestando atención?
-¡Por supuesto que sí!
-Es malo sentirme así respecto a lo ocurrido, ¿verdad? Y no intentes mentirme.
En esa ocasión, el respingo fue por parte de Aioros.
-No intentaría mentirte. -se quejó. De inmediato, se dejó caer la lado de su amigo.- Aunque tampoco puedo decirte si es malo o no. No sé como me sentiría en esa situación. Jamás he peleado con alguien más débil que yo.
-Tú no lo habrías usado de trapo para limpiar el piso como lo hice. Pude haberlo matado. -Saga arrugó el ceño.
-Te sientes mal por ello y te das cuenta de que lo que hiciste no estuvo del todo bien. Eso debería bastarte por ahora.
-No es suficiente.
-Y nunca lo será. -el castaño negó.- Mientras sigas exigiéndote más de lo que debes, jamás será suficiente.
-¿Debería exigirme menos? Eso es mediocre.
-Deberías exigirte lo justo.
Saga se sopló los flecos. Ya había hablado demasiado y no pensaba pronunciar una sola palabra más. Se sentía sobrepasado por todo. Lo que era todavía peor, había tanto que no podía decir; situaciones que aunque se esforzara no podría explicar a nadie y que, por lo mismo, pensaba que ninguno podría comprender.
Pero, si algo había aprendido en ese día, era que incluso callar no bastaba. De alguna forma siempre terminaría en problemas le gustase o no. ¿Tenía caso pensar más en ello? La respuesta era no. No importaba cuanto lo pensara, nada cambiaría.
Si tan solo pudiera evitar tenerlo en su mente…
-X-
Arrojó el guijarro con toda la fuerza que le fue posible. Al caer, la pequeña roca se perdió con facilidad entre las espuma de las olas que golpeaban furiosas contra el enorme desfiladero que era Cabo Sunion.
En días como ese, cuando el mar desataba todo su poder, el gemelo no podía sino preguntarse porque los dioses habían competido por la tierra y no por el mar. Era ahí donde radicaba el verdadero poder, la riqueza absoluta que alimentaría el espíritu de un dios por la eternidad.
Cuando miraba hacia abajo, hacia las ruinas del antiguo templo dedicado a Poseidón, del que ahora solo quedaban montones de piedra, no comprendía como un dios con semejante fuerza pudo haber perdido tantas veces las guerras santas. ¿Acaso el poder no era suficiente? Porque, si no lo era, el peliazul necesitaba saber qué era eso que le faltaba.
Las palabras de Shion resonaban en sus oídos. Proteger. Compasión. Beneficio.
Los dioses no os han dado el cosmos para usarlo en vuestro provecho.
¿Tenía algún sentido? Los mismos dioses, señores del Olimpo, habían usado su poder desde el principio de los tiempos para someter a los mortales. Las guerras habían comenzado de sus manos: por poder, por avaricia… por prevalecer. ¿Cómo podrían los dioses esperar que los humanos usaran su fuerza para algo más que eso? Si les habían otorgado la bendición de nacer protegidos con cosmos era por una única y sencilla razón: Eran superiores.
Habían sido elegidos para reinar a su lado. Su lugar estaba ahí; arriba de los mortales y al lado de los dioses. Por eso, Kanon no tenía miedo a luchar, ni a imponerse bajo los predicamentos que fueran necesarios. Algún día, tendría una armadura dorada y, entonces, ocuparía el lugar que le correspondía entre los suyos.
-Poseidón ruge.
El niño, a pesar de la sorpresa, se las ingenió para mantenerse inmutable. Apenas y miró por encima de su hombro, sólo para satisfacer la curiosidad que le causaba la presencia de ese hombre por aquellos lares.
-Aioros no está aquí. -respondió.
-Lo sé. ¿Estás solo? -Orestes se acercó al chiquillo, tomó una piedra y, al igual que él, la aventó por encima de las olas.
-Sí.
-No deberías estar aquí. Cabo Sunion está prohibido.
-Tú estás aquí. -Kanon torció la boca.
-Pero yo… -le revolvió el pelo.- …soy un santo dorado. El día que tu también lo seas, podrás hacer como te venga en gana. Mientras tanto, obedece o estarás en líos.
Kanon se sopló las mechas revueltas que cayeron sobre sus ojos. Su mirada se volvió una de fastidio total que hizo al santo de Sagitario reírse para sus adentros.
-No hagas eso. -el gemelo lo obligó a apartar la mano y se peinó rústicamente el cabello.- Yo no soy Aioros. No me gusta andar por ahí con el cabello hecho una maraña.
-Oye, díselo a él, no a mí. -el moreno sonrió, cómplice.- Pero hablando en serio, Kanon. No deberías estar aquí. Si te descubren, Shion será el menor de tus problemas.
-Supongo que, por problemas, te refieres a Zarek. -una vez más, la pequeña roca que el niño lanzó se perdió en el océano.
-Sí.
Kanon no objetó más. Chasqueó la lengua y abandonó todo intento de oponerse a las palabras de su mayor. Emprendió la marcha lentamente, con desgana incluso. No quería regresar. Por más extraño que resultara, ese día no tenía deseos de molestar a su hermano.
-¿Puedo preguntarte algo? -Orestes llevó sus ojos ambarinos hasta el niño. Asintió.- ¿Es malo desear ser el mejor?
-No. Es perfectamente normal.
-¿Y demostrarlo?
-Es imposible no hacerlo. -el santo devolvió su mirada al mar.- El poder es un arma de doble fijo, Kanon. Quien te diga que nunca ha sido tentado, miente. Pero el mérito está en dominarte a ti mismo. Aún sois jóvenes. Tenéis mucho que aprender y un largo camino que recorrer. Sé paciente y presta atención a tus mayores. Escucha lo bueno y aprende de ello; y también haz oídos a lo malo para que, llegado el día, evites caer en ello.
Durante un segundo, Orestes calló. Observó a Kanon desviar la mirada y musitar algunas cosas que no comprendió. Seguramente era alguna palabra de inconformidad.
-Kanon. -le llamó.- No pierdas el enfoque. Supérate, hazte fuerte; pero no te olvides de cuál es el motivo de tu existencia y la fuente de tu poder.
El aprendiz no respondió. Miró hacia atrás por una última vez y se dispuso a regresar a Géminis. Algún día tendría el poder para defender sus propias ideas.
-Continuará…-
NdA:
Shion: Entonces, la zorra miró al sabueso y… blablablabla
Dama, Sunrise: …? ...?
Sunrise: ¿Dónde están nuestros nenes? U_U
Shion: El que espera, desespera.
Dama, Sunrise: …? …?
Sunrise: ¿Eso no era un refrán?
Shion: La mágnifica fábula que utilicé en este capítulo se titula "La zorra y el labrador" de Esopo.
Dama: La última vez que lo invitamos. ¬¬'
Sunrise: n_n' Si, si. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Dama: ¡Felices Fiestas!
