Capítulo 14: Secretos en Rozan.

Cuando su cosmos se disolvió, Shion no pudo más que cerrar los ojos y respirar una bocanada de aquel aire tan puro que acariciaba los viejos Cinco Picos de Rozan. Hacía tanto tiempo que no pisaba aquellas tierras, que ya prácticamente las había olvidado. Sin embargo, una paz inmensa lo envolvió casi inmediatamente.

Abrió sus ojos rosados despacio, casi con pereza, y sabiendo exactamente a donde debía mirar. La cortina cristalina de las aguas de la cascada brillaba bajo el sol que apenas acababa de anunciar un nuevo día, mientras el vapor del torrente se entremezclaba caprichoso con la bruma. Pero no era aquello lo que había captado su atención en un primer momento, sino la silueta prácticamente desconocida del que alguna vez había sido su amigo más cercano.

Suspiró, y avanzó con lentitud, a sabiendas de que el viejo Dohko lo había sentido llegar. No fue hasta que se encontró apenas a un par de pasos de él, cuando el Anciano Maestro habló.

-Hasta que te dignas a aparecer… ¡Más de cien años desde tu última visita! –El Patriarca se encontró sonriendo con sinceridad ante aquel comentario tan cargado de alegría.- Me pregunto cuáles son los motivos por los que el Maestro viene a los Cinco Picos…

-Yo también me alegro de verte, Dohko. –finalmente, llegó a su lado, mirándolo apenas de reojo.

Debía admitir, que el aspecto del chino era bastante impresionante. Había cambiado mucho desde la última vez que lo vio, y ahora, resultaba prácticamente imposible reconocer unas facciones humanas en aquel cuerpo. Todo era radicalmente distinto gracias al Misopetamenos. Salvo aquellos ojos, que seguían siendo tan vivos y expresivos como cuando eran niños.

Carraspeó y, no sin cierto esfuerzo, se sentó en el suelo junto al Santo de Libra.

-Imagino que ha llegado el momento de conocer al futuro de la Orden Dorada. –El lemuriano asintió. Aquello era lo que siempre le había gustado de su viejo amigo, la mayor parte de las veces, hablar era innecesario.- ¿Hoy?

-Si.

-Entiendo. –se tomó su tiempo para continuar.- El tiempo ha pasado más rápido de lo que me gustaría admitir. Parece que fue ayer cuando el nacimiento de los gemelos casi te mata de la emoción. ¡Más de doscientos años de esfuerzo a punto de irse por la borda!

Shion dejó escapar una suave carcajada que resonó en el valle y se encogió de hombros, agradeciendo en silencio el buen humor de Dohko.

-Era un poco aprehensivo en aquel entonces, ¿verdad?

-No has dejado de serlo. –El peliverde arrugó los lunares de su frente.- Esa es la razón por la que estas aquí.

-Supongo que si. –Esta vez fue la refrescante risa del chino la que se dejó escuchar.

-Háblame de ellos. –volteó a verlo, comprobando como el tiempo también había hecho mella en el siempre juvenil rostro del ariano.- Aunque tengo la sospecha, de que después de todas las conversaciones cósmicas que mantuvimos en los últimos años, los conozco considerablemente bien.

-Probablemente tengas razón.

-La tengo, pero habla. Me encantaría ver si tu expresión de orgullo es tan graciosa como me la imagino. –Shion rió de nuevo.

-Lo están haciendo muy bien. Han crecido, once años ya.

-¡El tiempo no pasa en esta cascada! –gruñó el anciano.

-Son… -gesticuló con las manos, intentando expresar del mejor modo posible lo que pensaba.- Magníficos. No hay otra palabra para describirlos. –tomó una bocanada de aire, y continuó.- He conocido a infinidad de chicos, multitud de santos brillantes. Pero ellos… van más allá. –Dohko lo escuchaba embelesado.- El brillo de sus ojos, la ilusión y la determinación marcada en sus rostros… -volteó a ver al Antiguo Maestro.- Viéndolos uno recuerda el por qué de esta vida cargada de sufrimiento y dolor. –Lo que no decía, era que alguno de aquellos ojos infantiles, transmitía un compromiso más débil y lejano.

-Lo has hecho bien, entonces. –Shion negó.

-No. Esto no es cosa mía. –jugueteó con el anillo del Patriarca que lucía en su dedo.- Nacidos con estrella, eso son los santos… nosotros. Pero ellos tienen luz propia.

Dohko no respondió. Le regalo una fugaz mirada, y cerró los ojos con cansancio. Sabía que todo aquello que describía el lemuriano, probablemente era cierto. Nunca había sido dado a la exageración. Pero precisamente, era eso lo que preocupaba. Quedaban muchas pruebas que enfrentar y cada vez había menos tiempo. Solamente deseaba, que el camino no se torciera… como siempre había sucedido.

-De los tres, Kanon es, sin duda, el más inquieto y probablemente el más inconstante. Pero es exactamente como lo ves, nunca esperes una gran muestra de sutileza de su parte. Dice las cosas como las piensa. –Sonrió, el chico siempre había sido así.- Saga, sin embargo, es muy distinto. Cada día que pasa es más y más tranquilo, más adulto y reflexivo. Ya ni recuerdo la última vez que dijo algo fuera de lugar. Incluso te diría que es un pequeño ratoncillo de biblioteca. –Al escuchar la risa divertida de Dohko, no pudo evitar unírsele.- Los tres tienen una habilidad extraordinaria para aprender rápido. Pero a diferencia de Kanon, a Saga le gusta hacerlo, no importa sobre qué. –Sabía que era así, recordaba a la perfección los momentos en que el mayor de los gemelos había presumido sus conocimientos frente a los otros dos.- Y luego está Aioros que es… –Se encogió de brazos y sonrió.- Increíble. Desprende una pureza sobrecogedora. Aunque quizá, lo mejor de todo es que es el término medio de los otros dos. Tiene sus momentos de espontaneidad e irreflexión, aunque la mayor parte del tiempo no sea así. Jamás dirá algo, conscientemente, que hiera a nadie. Es adorablemente sobreprotector con todos. -Dohko lo miraba de soslayo, comprobando como efectivamente, la expresión cansada de Shion cambiaba al hablar de sus chicos.- Y con una inocencia genuina, que me alegra muchísimo no haya perdido.

-Ya veo. –En realidad, Shion no le había dicho nada nuevo. A lo largo de los años, le había mencionado todos aquellos detalles continuamente, y tenía una idea muy clara de lo que cada uno de los tres pequeños significaba para él. Y no solamente a nivel personal, sino de cara a su futuro en la Orden.

-Si me preguntas, lo mejor de todo son los lazos que los unen. Especialmente a Saga y Aioros… -terminó la frase casi como un murmullo.- A ellos no les unen los lazos de sangre, pero ahora mismo, te diría que el vínculo que les une es mucho más fuerte que eso.

-¿Qué piensa Kanon de todo eso? –El chino sentía curiosidad. Había pasado su juventud con otro par de gemelos, y sabía lo especial que era aquella unión. El peliverde se encogió de hombros, y por primera vez, Dohko vislumbró cierta duda en su mirada.

-No lo se. –se apartó un mechón de su melena de la cara y continuó.- Confió en que lo comprenda, sino ahora, en un futuro. No me pasaron desapercibidas ciertas miradas, o gestos. Supongo que le preocupa que Saga empiece a pasar más tiempo con Aioros que con él. –suspiró.- La cuestión es, que cada día que pasa, me parece algo inevitable. Están creciendo rápido.

-La época en que los juegos y travesuras acaban, llegó. –El Patriarca asintió.

-Creo que lo extraña. Los gemelos tienen un carácter fuerte, y desde siempre han sido más bien… hiperactivos. Saga empieza a controlar su carácter y sus emociones con bastante facilidad. Kanon no, y no se si es que no puede, o no quiere. Probablemente sea lo segundo. –Finalmente, dejó su anillo en su sitio.- Inevitablemente, eso une más cada día que pasa a Saga y Aioros. Por no mencionar, que sus cualidades y defectos, hacen de ellos dos una combinación perfecta.

En todo aquel tiempo, Dohko había sido incapaz de alejar la visión de su mente de sus propios compañeros siglos atrás. Recordaba cada día, cada detalle… con una nitidez pasmosa, y aquello hacía que, sin querer, se planteara muchas preguntas que probablemente aún no tenían respuesta.

-¿Se parecen? –tras unos segundos de silencio, finalmente dejó caer la pregunta. Sintió la mirada de Shion sobre si, y supo entonces que había comprendido a que se refería.

-Muchísimo. –El fantasma de Aspros y Deuteros siempre estaría presente, ambos lo sabían.- Es asombroso lo parecidos que son físicamente. Aunque Saga y Kanon tienen una expresión más traviesa, y ciertamente, más dulce. Pero no solo son ellos, Aioros y el mismo Aioria… Me recuerdan mucho a Sísifo y Regulo.

-Acerca de eso… -Los lunares de Shion se arrugaron sutilmente, dotándole de un gesto más grave. Comprendía la tristeza que embargaba a Dohko, pues a pesar de que habían pasado más de dos siglos desde entonces, la perdida de todos y cada uno de sus amigos resultaba aún muy dolorosa.- Imagino que debo omitir ciertos detalles cuando les hable de la antigua Guerra Santa, ¿verdad?

-Si. No quiero que esos fantasmas, y esas historias acerca de Géminis y lo que pasó lleguen hasta ellos. Sabes bien que nos ocupamos de que los detalles de la anterior Guerra no escaparan de nuestro control. Esos acontecimientos no constan en ningún sitio, salvo en los diarios que permanecen bajo llave en mis habitaciones. Nadie conoce lo que pasó. Y debe continuar de ese modo. No es necesario añadir presión innecesaria.

-Así será, entonces. –Asintió, y con cuidado se acomodó su sombrero.- ¿Y Zarek?

-Yo me encargaré del actual Santo de Géminis. Tengo a Orestes ayudándome con eso.

-Llegará a ser una dificultad. Lo sabes. –Shion asintió. Dohko había conocido al turco cuando apenas era un niño, pero el chino no necesitaba más que un vistazo para conocer a una persona.- Ese chico es problemático.

-No es el único, me temo.

-¿Cáncer? –Shion asintió.- No me pasa desapercibida la crudeza de sus cosmos a pesar de la distancia.

-Confiemos en que todo salga bien, como hasta ahora. Los chicos han superado dificultades enormes siendo demasiado pequeños. No tengo la menor duda de que alcanzarán su lugar en la Orden. –notó la mirada esmeralda de Dohko clavada en él, y antes de que se atreviera a preguntar acerca del futuro incierto de la tercera armadura, continuó.- Además, míranos. Somos un par de reliquias. Va siendo hora de que medite acerca de mi sucesión, ¿no crees?

Dohko entreabrió los labios, pero ningún sonido salió de ellos. Aquellas palabras eran suficientemente esclarecedoras y no necesitaba una explicación. De alguna manera, sabía también que su opinión acerca de los chicos, después de aquella visita, sería más que tenida en cuenta. Parecía que finalmente, el tiempo se acababa.

Suspiró cuando vio a Shion en pie.

-Volveré con ellos más tarde. –murmuró el lemuriano, antes de desaparecer en la nada.

-X-

Tomó impulso y saltó de una formación rocosa a otra. Cuando sus pies se afianzaron con confianza a la piedra, y toda posibilidad de una eventual caída desapareció, el pequeño aprendiz de Capricornio se permitió respirar tranquilo. Después, recorrió con su mirada los alrededores, en busca del siguiente montoncillo de piedras a ser conquistado. Lo ubicó y repitió exactamente la misma acción de antes. Esta vez, con un bochornoso tropiezo, rodó por la roca hasta caer sentado al piso.

Arrugó el semblante y ahogó un gruñido, mientras su mano sobaba insistentemente su espalda adolorida. Entonces, se sintió ligeramente decepcionado de si mismo.

-Estúpidas. -espetó, maldiciendo a las botas de cuero que vestía.

Sacó la lengua a sus propios pies y cruzó los brazos, delatando su molestia. Y es que, aunque no lo dijese en voz alta, Shura sabía que la culpa de la caída no era de su calzado.

Lo que parecía un juego infantil e inocente, resultaba mucho más para el chiquillo español. Tan solo un par de días atrás, Seif le había ofrecido una larga y detallada plática sobre los grandes hombres que le precedieron. La piel se le enchinaba al recordar las palabras de su maestro, el orgullo y la valentía que encerraban. Recordaba todos los pormenores de la leyenda de Excalibur, y de pronto, sin darse cuenta, despertaba absorto en el brillante futuro que esperaba por él en unos pocos años.

Pero, antes de atreverse a alzar las manos para tocar las estrellas, a sus cortos siete años, Shura reconocía que tendría un largo y truculento camino por delante.

El primero de los obstáculos a vencer radicaba en las técnicas propias de su estirpe de aprendiz dorado de Capricornio. El tiempo de empuñar a Excalibur todavía era lejano, pero otros menesteres ocupaban su tiempo y dedicación. El niño tenía que hacerse fuerte. Sus piernas tenían que ser firmes y sus brazos, poderosos. Sin embargo, ¿cómo podría jactarse de ser fuerte, si el empuje de sus piernas no bastaba siquiera para brincar menos de un metro? ¿Cómo ser invencible, si la misma gravedad hacía sus rodillas doblarse?

Shura torció la boca. Apartó los mechones de cabello de su rostro, y se limpió bruscamente la mezcla de polvo y sudor que le bañaba las sienes. Una vez más, se levantó y continuó el camino a regañadientes.

Al transcurrir unos pocos minutos, descubrió que sus pasos no llevaban rumbo definido. Así, se detuvo, cuestionándose cual debería ser su siguiente movida del día. Con los entrenamientos aún por delante, y Seif ocupado en asuntos que terminaban por acaparar su tiempo, el niño peliverde encontró que no tenía nada en que ocuparse hasta la tarde.

Dudó por un instante acerca de lo que debería hacer, pero la respuesta a sus preguntas llegó rápidamente.

No muy lejos de donde estaba, en el lugar donde usualmente solían reunirse, pudo sentir la vibración de un cosmos conocido que de inmediato le robó una sonrisa. No recordaba haberle visto por Sagitario, pero no había duda alguna que la energía que ardía era la de Aioros y, ante el hecho de que entrenar con el joven arquero se le antojaba como una de las actividades más entretenidas en el Santuario, decidió no dejar pasar más tiempo antes de ir a buscarle.

Por fin, tras recorrer el estrecho sendero que guiaba hasta aquella parte escondida del resto de los campos de entrenamiento, Shura se encontró con la pequeña silueta de Aioria, quien miraba, con innegable admiración, las prácticas de su hermano.

El Capricornio echó un vistazo más allá, hacia su amigo. Una ola de energía dorada, conformada por centenares de flechas que flotaban en el ambiente, rodeaba al castaño. La marea de cosmoenergía iba y venía, guiada por el compás de sus manos. Su rostro, que poco a poco parecía dejar atrás las facciones aniñadas, lucía completamente enajenado de cualquier cosa que no fuera aquella cortina de saetas de oro, probablemente tan bella e impresionante como mortal.

Lucía los labios ligeramente apretados, y su ceño, de entrega total a lo que hacía. Una delgada gota de sudor resbaló por sus sienes, delineó su mandíbula y se perdió entre sus ropas, mientras sus pupilas brillaban con el tono dorado del aura que le envolvía.

-¿Qué hacéis? -preguntó Shura en apenas un murmullo, pero el suave sonido de sus palabras bastó para que el pequeño león posase sus dedos sobre los labios para indicarle que guardara silencio.

-Mi hermano entrena. Creo que es una técnica nueva. -respondió con sumo cuidado.

Shura no hizo más preguntas, limitándose a tomar la posición de observador en aquel fabuloso espectáculo.

Pero, la distracción no le duró bastante, puesto que un par de minutos después, todo rastro de las sagitas danzantes se esfumó con el viento, dejando nada más que la figura agotada del aprendiz de Sagitario en medio del campo.

-¡Hermano! -Aioria no esperó para correr a su encuentro.- ¡Eso fue genial!

No hubo ninguna respuesta por parte del castaño mayor, a excepción de una sonrisa escueta, que dejó entrever que aquel no era el resultado que deseaba. En silencio, y como mucha más prudencia que el pequeño, Shura también se acercó a saludar.

-Fue impresionante. -dijo, sin exagerar sus expresiones.

-Necesito más práctica y afinar detalles. -Aioros admitió, subiendo los hombros.- Es una técnica de ofensiva total, y si logro perfeccionarla, la defensa también será impenetrable… pero por el momento, basta un descuido para que me maten.

-Oh, vaya… -murmuró.

Lo que era verdad es que Shura comprendía a medias lo que aquello significaba. Desde su punto de vista, al presenciar semejante cascada de luces doradas, no podía encontrar desperfecto alguno en ella; aunque, claro estaba, su nivel aún distaba mucho del de Aioros o del de cualquiera de los gemelos.

-No es tan importante por ahora. Aún hay tiempo. -continuó el otro.- ¿Qué haces por aquí?

-Seif está ocupado, así que tengo la mañana libre.

-¿Y por eso te revolcaste en el polvo o qué? -la vocecilla de Aioria atrajo la atención de ambos, robándole una risa mal disimulada al arquero.

-No, me caí. -contestó, muy a su pesar.- Venía para aquí y resbalé por brincar entre las rocas. -sintió sus mejillas ardiendo al ver aquel par de sonrisa tan parecidas en los rostros de los hermanos.- No os riáis, que no es gracioso.

-Milo y yo brincamos mejor que tú. -el más pequeño meneó la cabeza.

-No es eso, Aioria. -Shura siseó.- Es que, la distancia entre los riscos eran un poco… demasiado grande. -apartó la mirada.

Entretenido por la breve conversación, Aioros permanecía en silencio, mientras sus ojos iban y venía de un niño al otro. Al final, dejó escapar esa carcajada que tanto se había esforzado por contener y que dio por finalizado el ir y venir de palabras entre los más pequeños.

-Ya, Aioria, deja a Shura en paz. -revolvió los cabellos de su hermano.- Y tú… -se dirigió al Capricornio.- ¿por qué te ha dado por andar brincando entre las rocas?

-Es una cabra. Las cabritas hacen eso todo el tiempo. -contestó Aioria, sin molestarse en pensar dos veces su respuesta.

-¡Oye! -el pequeño rió escandalosamente bajo la mirada inquisitiva del español. Pero Shura no prestó demasiada atención a ello, sino que le ignoró, devolviendo su atención al joven Sagitario.- Es mejor eso que no tener nada que hacer. Al menos sirve como entrenamiento.

-Comprendo. Y, ¿en qué anda Seif estos días? ¿Te ha enseñado algo interesante?

-¿Sabes que aprenderé a usar espadas?

-Bastante genial.

-Creí que la señora Athena no permitía el uso de armas entre santos.

-En general, si. -Aioros palmeó la melena rebelde de su hermano.- Pero existen algunas excepciones, como la misma armadura de Sagitario.

-Además, no tendré en sí un arma.

-No entiendo nada. –bufó Aoria.

-Lo comprenderás en un tiempo.

El niño no replicó más. Siguió atentamente cada movimiento de su hermano, entrecerrando los ojos de vez en vez, como si con aquel gesto consiguiera afilar la mirada.

-¿Aioros? -al sonido de su nombre, volteó. El español calló por un instante, pero rápidamente se animó a continuar hablando.- ¿Estás muy ocupado?

-En realidad, no.

-¿Te importaría entrenar un rato conmigo? –a la pregunta, Aioros asintió, siempre con una sonrisa en los labios mientras apretaba la banda roja de su frente.

Para Shura, la expresión en su rostro no pasó desapercibida. Había aprendido a conocer bastante bien en el último par de años que pasasen juntos, y era innegable aquel mohín de entusiasmo que iluminaba su rostro cuando se trataba de una buena pelea… no que el Capricornio se considerara a si mismo un buen oponente para Aioros, pero guardaba cierta ilusión en ello.

-Entonces, ¿qué tal un poco de golpes y patadas?

-Perfecto. -contestó Shura.- Ve por ahí, Aioria.

El más pequeño bufó, sabiéndose, una vez más, excluido de toda acción. No es que la presencia de Shura le molestase, pero Aioria sabía que constantemente competía por el tiempo de su hermano con mucha gente; fuera Saga, Orestes, Shion, y ahora, incluso Shura y Deltha. La competencia era reñida, aunque en el fondo, el cachorro de león sabía que Aioros se esforzaba por balancear su tiempo y esfuerzos de la mejor manera que podía, siempre incluyéndole a él en cualquiera que fuera el plan.

De no muy buena gana, retomó su asiento a un lado del campo. Se cruzó de brazos y dejó en claro, con el gesto en sus labios, que no estaba contento con el papel de observador que le tocaba.

Por su lado, el arquero y Shura tomaron posición, y transcurrió mucho antes de que el primer intercambio de golpes hiciera acto de presencia.

Shura hacia alarde de toda la concentración y habilidades que poseía hasta ese punto. Mientras, Aioros manejaba la situación con tanta gracia que tal parecía que veía a través de sus movimientos sin ningún problema, de tal manera que, cuando la rodilla del más pequeño intentó golpear contra él, no tuvo ni la más mínima duda de lo que tenía que hacer. Se agachó ligeramente, metió el antebrazo y detuvo el golpe; todo sin sobresaltos. Su reacción para recobrar la ofensiva no fue menos impresionante. Giró, y con la mano del brazo libre, tomó del tobillo a su contrincante. Vio a Shura abrir los ojos cual platos, víctima de una confusión que no se molestó en ocultar. El joven arquero sonrió.

-¡No pierdas el balance! -le dijo, mientras jalaba de él, con la intención de lanzarlo hacia un lado con el empuje suficiente para que el aprendiz de Capricornio fuera capaz de recuperar la compostura.

Al verlo aterrizar sobre sus manos y piernas, y abalanzarse de nuevo contra él, Aioros se sintió terriblemente orgulloso.

No así para Shura, quien comenzaba a perder la paciencia. Entrenar con Aioros le resultaba sumamente divertido y anhelaba con desesperación las oportunidades en que Seif le permitía compartir prácticas con el castaño. Sin embargo, en ocasiones, también era espantosamente frustrante.

Por donde lo viera, al menos a esas alturas de su entrenamiento, Aioros no tenía un punto débil cuando se trataba de peleas cuerpo a cuerpo. Así que, sin más remedio que seguir intentando tumbarle, el español apretó los dientes y contraatacó. Sus puños rozaron en más de una ocasión el rostro del arquero, y en otro tanto de veces, terminaron siendo detenidos por sus brazos, pero la defensa del chico jamás cayó.

Poco a poco, conforme esquivaba o atrapaba los embates de su amigo, Aioros había perdido terreno. Había retrocedido, no porque Shura le obligase a ello, sino porque no deseaba romper el ritmo que llevaba. Con todo, nunca había perdido la conciencia sobre su alrededor. No necesitaba voltear para saber que, un par de metros detrás de él, Aioria observaban sentado sobre el pasto abrasado por el calor del Mediterráneo. Tampoco había perdido de vista el hecho de que, si esperaba más, eventualmente se atraparía el mismo entre el niño más pequeño y aquella gran roca que sobresalía por encima de aquel terreno llano. Tenía que cambiar la inercia del combate… y pronto.

Fue entonces cuando Shura vio el siempre conocido brillo de la determinación en los ojos de su amigo, y supo que el turno de atacar había terminado. Dudó. ¿Debía seguir atacando? ¿O, quizás era mejor asumir de inmediato una posición defensiva? De cualquier forma, no había esperanza.

-No lo hagas, Shura. -escuchó que le dijera.- No dudes.

Pero era demasiado tarde.

Ese brevísimo instante de dubitación solo hizo las cosas más sencillas para el aprendiz de Sagitario.

A diferencia del más joven, Aioros tenía muy en claro lo que tenía que hacer. Al ver que Shura, a pesar de las dudas, había continuado el ataque, esperó a que lanzara un golpe más. Cuando así lo hizo, el griego lo esquivó. Dejó que la misma inercia de su ataque hiciera que el español se fuera hacia delante, de tal manera que él terminara a sus espaldas. Desde ahí, bastó un leve empujón para hacerlo ir boca abajo. Aún así, Aioros rápidamente dio la vuelta para atrapar en plena caída a su amigo. Le cogió de la camisa, jalándole para ayudarle a recuperar el equilibrio.

Shura suspiró, no porque el castaño detuviera su caída, sino porque una vez más, había sido derrotado con absoluta facilidad. Sabía que la diferencia entre ambos era grande, pero no podía permitirse perder así; no si aspiraba a, algún día, pertenecer a la misma Orden que el chico de Sagitario.

-Rayos. -masculló.

-Te lo advertí. -Aioros replicó, con un tono sutilmente cómplice en su voz. Ayudó a su pequeño amigo a mantenerse de pie y lo miró de reojo.- No puedes dudar. O atacas, o defiendes, pero no las dos cosas. -el castaño calló por un segundo, se encogió de hombros y prosiguió.- Personalmente, prefiero la ofensiva. Mantiene a tu oponente al margen… y es terriblemente divertida.

Shura alzó una ceja. Tosió, para aclararse la garganta, mientras nerviosamente sacudía un inexistente polvo de sus ropas de entrenamiento. Después, peinó sus mechas revueltas, solo para cruzarse de brazos, segundos después.

-Es frustrante. -espetó.

-Supongo. -dijo el arquero, secretamente guardándose una risa que amenaza con desbordarse gracias al mohín de disgusto de su amigo. El más joven, al sentirse observado, clavó su mirada en el suelo. - Pero no lo haces nada mal. Has mejorado muchísimo, quizás con la única excepción de un par de detalles. -al escuchar aquellas palabras, los ojos verdes de Shura viajaron fugazmente hacia el Sagitario.- ¿Qué? No estoy siendo condescendiente contigo. -meneó la cabeza,- Jamás lo sería.

-Lo sé. -musitó.

-Me da gusto que lo sepas. -le revolvió el cabello.

-¿Y bien? ¿Vas a decirme en qué debo mejorar? -una vez más, Aioros meneó la cabeza.

-No, voy a mostrártelo.

Con un gesto le indicó que retomara la posición de combate, plantándose enfrente. Ambos aprendices suspiraron en el preámbulo de la batalla de entrenamiento. Por fin, Aioros marcó el inicio.

Shura no esperó, abalanzándose en su contra. Sus puños y piernas rápidamente arremetieron contra el mayor, sin embargo ninguno de sus embates hizo blanco en él de la manera en que hubiese querido. Frustrado, incremento la velocidad y fuerza, aún a sabiendas de que no duraría demasiado peleando a ese ritmo.

Con gran desilusión, descubrió que sus esfuerzos fueron en vano; Aioros, con aquel semblante de concentración total, parecía inamovible. Shura apretó los puños. ¿Habría algo que pudiera hacer para al menos burlar la impecable defensa de su amigo?

Pero, de pronto, y tomándole completamente desprevenido, Aioros abrió sus labios y las palabras que surgieron de su boca, lo dejaron en blanco.

-Puño derecho… pierna izquierda… pierna derecha… pierna izquierda… puño izquierdo… -el rostro desencajado de Shura dejó al descubierto lo obvio: cada comentario de Aioros anticipaba con pasmosa veracidad sus ataques.- ¿Ves? -le sujetó de la muñeca en el siguiente golpe, y su puño se detuvo a centímetros de impactar contra el estómago de Shura.- No puedes ser predecible en ningún ámbito de la pelea.

-Rayos. -espetó, de nuevo.

-Y tu defensa, Shura... –apuntó a su brazo derecho.- Demasiado abajo. Por cierto, tanto ofensiva como defensiva, son complementarias, ninguna es más importante que la otra, ¿entendido? Y, de vez en vez, siempre es buena idea imprimir un toque de cosmos en tus puños o piernas. Eso saca de balance al enemigo.

-¿Cosmos?

-Exacto. Cosmos y fuerza física no están especialmente reñidos. Uno funciona mejor con el otro. Es una mezcla de lo más interesante. -Aioros sonrió.- Cuando tengas oportunidad, practica con ello.

Shura asintió, pero Aioros no tuvo tiempo de explayarse más, pues en ese preciso instante, la voz conocida de Shion resonó directamente en su mente.

-Os necesito en el Templo Papal. Zarek y Orestes están advertidos de vuestra ausencia. -oyó a Shion.

El castaño no respondió, ya que sabía que todas sus preguntas serían solucionadas en el salón del trono. A la vez, la curiosidad que sentía dentro de si, sabía que era extensiva a los gemelos. Sin más preámbulo, aunque enajenado en sus pensamientos, se dio la vuelta.

El español vio a Aioros retirarse la hombrera de metal que usaba para los entrenamientos y se respingó, ante la idea de que tal vez la mañana de prácticas había llegado a su fin rápidamente. Conocía a la perfección que el tiempo de Aioros no le pertenecía, así que no se atrevió a preguntar nada, sino que permaneció observándolo por un par de segundos, hasta que su mirada atrajo la atención del joven arquero. No pudo evitar sentirse apenado al haber sido pillado mirándole con tanta insistencia.

-Perdona. -se aclaró la garganta.- ¿Ya te vas?

-Sí, lo siento. El Maestro ha pedido que vayamos a verle. Haz un favor y vigila de Aioria, ¿sí? Portaos bien. –agregó antes de que cualquiera de los dos objetara y emprendió el camino que llevaba hasta las escaleras de la colina zodiacal.

-X-

El sonido de sus pasos fue mitigado por la gruesa alfombra que terminaba a los pies del trono. Aioros paseó la mirada en los rostros que esperaban por él más adelante. Miró primero a la máscara del Maestro, hallando ninguna respuesta en ella. Después, desvió su atención hacia los gemelos, Saga en especial, pero supo que las preguntas que se había hecho durante todo el trayecto eran compartidas por su amigo.

-Perdón por el retraso. -inclinó ligeramente la cabeza ante la presencia del antiguo lemuriano.

-Llegas justo a tiempo, Aioros. -el Santo Padre sonrió, Sus ojos cansados recorrieron los rostros de sus aprendices, encontrándose con la curiosidad que aquella inusitada reunión traía consigo. Esperó pacientemente a que el último de los guardias que acompañasen al arquero se retirara de la habitación y se deshizo de la máscara que portaba, para permitirles observar directamente su rostro envejecido.- Tengo noticias. -continuó, dirigiéndose a los tres.- ¿Habéis escuchado hablar del guardián de Libra?

-Sí, es el único de los santos dorados que no ha pisado el Santuario en años, Dohko de Libra.

-Exacto. Pues bien, creo que ha llegado el momento en que le conozcáis.

-Supongo que Roshi no romperá tantos años de autoexilio solo para conocernos. –la leve ironía que emanó de la voz de Kanon, hizo que las miradas de sus tres acompañantes se centrarán en él. Pero Shion pasó por alto aquel sutil cinismo en la sonrisa del gemelo, y respondió a su pregunta, sin dar mayor importancia al asunto.

-De hecho, estás en lo cierto. -se reservó una sonrisa al ver sus expresiones de sorpresa.- No quisiera ahondar en detalles, sin embargo, la misión de Dohko, desde las lejanías, es mucho más importante de lo que la mayoría comprende; y hoy, será el día en que descubran lo que hay detrás de su ausencia.

El trío de aprendices guardó silencio. Sus miradas suspicaces brillaron por una fracción de segundo, cuando se observaron entre ellos.

-Maestro, ¿estás diciendo que... iremos a Rozán?

-Así es, Aioros. -asintió, nuevamente.- Esta será la primera ocasión en la que saldréis del Santuario, solos.

-Bah. Estaremos con Roshi. Eso no es estar solos. -el menor de los gemelos se cruzó de brazos, a lo que Shion negó con suavidad. Tal era Kanon

-Quiero que le conozcáis. Me parece que sabéis la historia detrás de él, y un hombre como Dohko tiene muchas cosas que contaros y de las cuales podréis aprender algo. Tenedlo en cuenta al llegar.

No era por nadie desconocido el hecho de que, al igual que el Gran Patriarca, el Antiguo Maestro de los Cinco Picos era uno de los dos sobrevivientes de la anterior Guerra Santa. Sumaban sus años más de doscientos, y su ausencia del Santuario era un recordatorio latente de que los tiempos de paz eventualmente llegarían aun final. Con todo, su nombre poseía tanto peso como el del mismo lemuriano regente, y la leyenda sobre la que se sostenía su reputación era una repleta de verdades innegables.

Dohko era, en pocas palabras, un hombre bendito por la diosa. A diferencia de Shion, y de los lemurianos que le precedieron, la sangre de aquella noble raza no corría por las venas de chino; y por esa razón, su larga estancia en el mundo de los vivos sin duda era el resultados de los dones benditos de Athena.

Su historia era una que perduraba en las lenguas de aquellos que vivían al servicio de la señora de la sabiduría, el recordatorio de una generación leal y entregada que murió, para dar vida a otra.

-Y… ¿cuándo nos iremos? -preguntó, una vez más, el arquero.

-Ahora mismo. -los chicos se respingaron, sorprendidos por tal respuesta.

-¿Ahora?

-Exacto. Os lo dije antes: vuestros maestros están enterados de este viaje y, por lo tanto, saben de vuestra ausencia para el resto del día.

-¿Hay algo en especial que debamos hacer en Rozán?

-No, solo quiero que vayáis y prestéis atención a lo que Dohko os diga y solicite. No os preocupéis, que esta no es una misión en la que debáis poneros a prueba. Simplemente deseo presentaros y haceros partícipes de la historia que resguarda nuestra Orden. -se apresuró a continuar, con la intención de menguar las ascuas que se hicieron evidentes en los gestos de los jóvenes.- Debo agregar que los Cinco Picos es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más hermosos que haya visitado jamás.

-China, ¿eh? -Saga musitó. Se perdió por un momento en sus propias divagaciones, y sonrió para sus adentros al escuchar su propia voz en la cabeza.- "Pandas."

Aioros arrugó el entrecejo, como si fuera capaz de saber en lo que pensaba, obligando a Saga a recobrar la compostura en un santiamén. El gemelo se aclaró la garganta y devolvió su atención a Shion; no sin pasar por alto los rostros extrañados del lemuriano y su hermano, y la sonrisa cómplice en los labios del castaño.

-¿Pasa algo?

-No, no, Shion. Continúa. -contestó el gemelo.

-Tengo una gran duda. -interrumpió el otro peliazul, antes de que el Patriarca pudiera proseguir.- Si vamos a ir a China hoy, y regresar también hoy, ¿eso quiere decir quiere decir que usaremos la teletransportación?

- Sí. Yo os llevaré.

-¡Genial! Nunca antes he viajado así.

Aioros también dibujó en su rostro la misma sonrisa divertida del gemelo, mientras que Saga, tal como venía haciendo desde años atrás, reprimió toda ilusión que aquello pudiese generar en él.

Shion lo sabía: su niño había cambiado. Lo que ignoraba era si dicho cambio resultaría para bien, o para mal: y temía que el día llegase en que la respuesta que buscaba se presentara de la manera menos esperada. Sin embargo, dejó todo pensamiento al respecto detrás.

- ¿Estáis listos?

-X-

Por increíble que pareciera, la expectación que habían sentido acerca del viaje duró menos que un pestañeo. Para cuando abrieron los ojos, se encontraron al aire libre, con el sonido ensordecedor de la cascada que caía a sus espaldas, únicamente aplacada por el momentáneo graznido de las aves que surcaban el cielo.

El inesperado cambio les había dejado levemente confundidos, mientras que un pasajero entumecimiento hizo presa de sus manos y pies.

Perdieron ligeramente el equilibrio cuando sus pies abandonaron los firmes pisos de mármol del salón, y se hallaron, de pronto, sobre la irregular superficie del risco sobre el que estaban; y el Sol golpeó sus pupilas sin misericordia alguna, obligándoles a entrecerrar los ojos. Un par de segundos después, cuando el reflejo de la luz se los permitió, contemplaron con incredulidad el panorama del que ahora eran parte.

-Bienvenidos. -oyeron aquella voz, cansada y entrada en años.- Siempre es bueno recibir visitas desde tierras lejanas.

-Dohko. -la sinceridad en la sonrisa de Shion fue evidente a los ojos de los tres jóvenes; y terriblemente comprensible, si uno pensaba detenidamente en la historia que aquel par de ancianos compartía.

-Una generación más, sin duda la más importante. -recorrió con sus ojos turquesa los rostros de los chicos, disfrutando de las expresiones inciertas que adornaban aquellos semblantes tan parecidos a los que alguna vez conociera.- Es un placer teneros aquí, mis compañeros de armas.

-X-

Antes de que se diera cuenta, Shion había vuelto a esfumarse en apenas un pestañeo, y sin quererlo, sintió como tres pares de ojos claros lo miraban con una curiosidad prácticamente incontenible. No le importaba mucho en realidad pero, probablemente, nunca terminaría de acostumbrarse del todo a aquella situación.

Había pasado mucho tiempo desde que había descubierto lo extraño que se sentía envejecer de aquella manera, encerrándose en su propia crisálida para, algún día, florecer con los recuerdos y la imagen de antaño. Añoraba el vigor y la alegría de la juventud, y aunque le encantaría volver a disfrutar de ella… sabía de sobra que el momento en que eso sucediera, sería el fin.

Al menos dos de aquellos tres chicos estarían presentes en ese momento, si todo iba bien. No podía evitar preguntarse si en realidad serían capaces de afrontar todo aquello, y se maldecía por sus propias dudas. En su día, el mismo había sido un niño indefenso que se vio obligado a enfrentar una guerra y nadie le había preparado lo suficiente para ello. Y lo había superado.

Escuchaba el sonido de sus pasos a sus espaldas, en medio de aquel silencio ensordecedor, roto solamente por la cascada y algún que otro pájaro hambriento. Estaba seguro que los chicos no habían pasado por alto un solo detalle desde que habían llegado a los Cinco Picos. Solo había necesitado un fugaz vistazo sobre los tres y sus miradas soñadoras, para saber lo acertado que había estado Shion en su descripción.

Finalmente, llegó a su lugar en el risco. Se acomodó con cuidado, y no sin cierto esfuerzo, y con un gesto de su mano, les invitó a hacer lo propio. Asintieron despacio, casi con duda, mientras continuaban observando cada detalle de su apariencia.

-Es… -murmuró Aioros directamente a la mente de Saga.

-Raro.

-Es una curiosa manera de decirlo. –El castaño lo miró de soslayo y dibujó una sonrisa apenas perceptible en su rostro, cuando escuchó la agradable risa del gemelo mayor en su mente.

-Sois buenos. –Ambos dieron un respingo casi instantáneamente.- Pero si queréis mantener una conversación cósmica sin que nadie se entere, aún tenéis que practicar un poco más.

Saga y Aioros compartieron una mirada fugaz, ante lo que sentían había sido una sutil manera de regañarlos, y de manera inconsciente, agacharon el rostro levemente. Kanon rodó los ojos con fastidio. Odiaba que lo dejaran al margen de las cosas, pero sobre todo, odiaba aquella estúpida actitud complaciente que mostraban todo el rato. Se sopló el flequillo molesto.

-Lo sentimos. –se disculpó el arquero, apenado.

Dohko lo observó, analizando cada detalle de aquella actitud, y después miró a Saga, cuyo rostro lucía indudablemente más serio que el de su amigo. Casi al momento, supo cómo eran las cosas entre ellos: estaban de acuerdo, sin duda, pero tenía la impresión de que el peliazul era de los que no pedía disculpas con tanta facilidad. Aioros lo hacía por ambos.

De pronto, dejó escapar una carcajada, e inmediatamente, la expresión apenada de los chicos fue sustituida por una cargada de curiosidad.

-Tranquilos, tranquilos. Es solo que me habéis recordado a alguien que conozco.

¡Y vaya si estaba siendo sincero con lo que decía! Viéndolos, había sido incapaz de no encontrar la semejanza que guardaban con él y Shion cuando eran niños. De alguna manera, aquello resultaba ciertamente agradable, pues cuando lazos así se forjaban, pocas cosas eran capaces de romperlos.

Notó las miradas desconcertadas en ellos, y acalló su risa, negando suavemente con el rostro.

-No hay nada que disculpar. –dijo al final, percibiendo con claridad cómo se sintieron inmediatamente aliviados.- Las conversaciones cósmicas son de mucha utilidad, y os aseguro que una vez que sepáis disimularlas con maestría… lo encontraréis infinitamente más divertido.

-¿Hablas mucho con el Maestro? –se atrevió a preguntar, con interés, Aioros.

-Bastante, si. Nos conocemos desde que éramos niños.

-Supongo que eso fue hace mucho tiempo. –murmuró Kanon; esta vez fue Saga quien rodó los ojos. El de Libra contestó con una sonrisa ante la mordacidad del comentario.

-Más del que puedas imaginar, Kanon. –El chiquillo frunció el ceño, sorprendido ante la mención de su nombre, e inclinó el rostro levemente a un lado.

-¿Cómo sabes que soy Kanon y no Saga? –La pregunta tenía mucha razón de ser. Aún en aquel entonces, de primeras, muy pocos los distinguían, lo que normalmente daba lugar a mucha confusión. Y aunque en ocasiones le resultaba bastante divertido y cada vez más útil, en otras era simplemente irritante. Dohko alzó una de sus pobladas cejas blanquecinas.

-Tu hermano tiene una cicatriz sobre la ceja izquierda. –Saga alzó el rostro, ante la observación. Nadie había reparado en aquel detalle tan rápido. Kanon sonrió.

-¡Bien visto!

-Soy viejo, pero un buen observador. -¿Y cómo no serlo, si había pasado frente a aquella cascada más de dos siglos? Era difícil que un detalle, por nimio que fuera, le pasase desapercibido.- Pero no es esa la única diferencia, ¿verdad? –La sonrisa del chico se amplió, invitándolo a continuar.- Su melena es más oscura, y si te fijas bien, vuestra sonrisa es muy diferente.

Aioros alzó las cejas ante aquel comentario, y volteó a ver de uno a otro de los hermanos. Para él distinguirlos era una tarea más que sencilla, hacía mucho que había dejado atrás los días de las molestas confusiones, pero aparte de los detalles más obvios, nunca había reparado en eso. Era cierto que la expresión de los gemelos era distinta, pero jamás había pensado cual era la diferencia.

-¡Tienes razón! –dijo divertido.

-Os aseguro que de aquí al final del día, os podré dar una lista de todos esos detalles que os hacen diferentes. Y os sorprenderéis.

-Será interesante.

El viejo maestro vio a Kanon y asintió. Después del shock inicial que había supuesto descubrir que Shion tenía toda la razón cuando habló de la semejanza física con sus predecesores, se fijó en otras cosas. Como por ejemplo, en que Saga no había pronunciado palabra alguna desde que había llegado y de que, a pesar de todo, ambos parecían haber olvidado que llevaban una fina cadena en su cuello, con un colgante que delataba la identidad de cada uno: sus iniciales.

-¿Qué vamos a hacer hoy? –Preguntó Aioros.- Esta es nuestra primera misión solos fuera del Santuario. –Aunque quisiera, la emoción en su voz resultaría imposible de ocultar.

-Hablaremos. Hay muchas cosas que un Santo Dorado debe saber y muchos secretos ocultos en los Cinco Picos.

-¿Puedes seguir vistiendo la armadura de Libra? –si antes hubiera reflexionado acerca del silencio de Saga, antes hubiera hablado. El anciano Maestro volteó a verlo a los ojos.- Todos los Santos son muy jóvenes, y toman alumnos muy pronto para que los sucedan.

-Esa es una sutil manera de llamarlo viejo. –murmuró Kanon entre risas. Aioros sonrió de igual modo, pero permaneció atento a la posible respuesta. Después de todo, el entorno de Rozan era un misterio para toda la Orden.

-En efecto. –replicó el anciano, haciendo oídos sordos al comentario del menor.

-¿Entonces? ¿Tienes algún alumno?

-No, no lo tengo. –Saga entrecerró los ojos con curiosidad.- Mi situación es, ciertamente, excepcional. Estoy seguro que lo que veis os parece tan extraño y grotesco que os resulta prácticamente imposible imaginarme vistiendo un ropaje sagrado al igual que vuestros maestros. ¿Verdad? –Casi a la vez, los chicos asintieron. El viejo sonrió.- Inevitablemente, el destino de hombres y dioses está ligado más allá de sus propios deseos. Lo que veis no es sino el regalo que me fue concedido por nuestra diosa, Athena, en momentos difíciles. –Miró fugazmente a los tres chicos e imaginó el total desconcierto que sentían y las miles de preguntas que se formulaban en sus mentes. Podía entenderlo considerablemente bien.- Sin embargo, los dioses son caprichosos y pueden ser tan amables como despiadados. –Guardó silencio y los tres asintieron, ensimismados como estaban escuchando sus palabras.- Decidme entonces, ¿qué sabéis de la última Guerra Santa?

-Fue contra Hades. –Respondió el joven arquero.

-Hace mucho tiempo. –Dohko rió nuevamente ante la mención del tiempo. Sin duda Kanon debía ver en él a un sujeto digno de estudio.

-Shion y tú… -El anciano Maestro volteó a ver a Saga, algo más serio.- Peleasteis esa Guerra, ¿verdad?

Dohko guardó unos segundos de silencio, y por un momento, perdió su mirada en las cristalinas aguas de la cascada. La respuesta a aquella pregunta era clara, mas se sentía como si aquella vida ya no le perteneciera. Tanto Shion como él habían cambiado mucho con el tiempo; dejando atrás la inquietud de la juventud, los sueños de comerse el mundo… Todo aquello era demasiado lejano y difuso ya.

-Sí. –Asintió despacio y miró a los ojos esmeralda del mayor de los hermanos, que estoicamente esperaba una respuesta. Percibió con claridad el cambio en su mirada al escuchar su afirmación. ¿Cómo es posible? ¿Cómo fue? ¿Qué se sentía? Podía vislumbrar todas aquellas preguntas en sus ojos.

-Nadie más sobrevivió… -La voz del chico surgió en apenas un murmullo, como si temiera que alguien escuchara tal afirmación, o que sus palabras pudieran herir al viejo Maestro.

-No. –hizo una nueva pausa, y tomo una gran bocanada de aire.- Hagamos algo, cerrad los ojos y relajaos. –Saga alzó las cejas con curiosidad.- Os contaré todo aquello que debéis saber… pero además, ejercitaremos vuestra concentración. Cerrad los ojos y concentraos. Quemad vuestro cosmos, y mantenedlo ahí… igual que la llama de una vela.

No muy convencidos, los tres terminaron accediendo a lo que consideraban una extraña petición. Cerraron sus ojos, y en apenas un segundo, sus cosmos ardían en las palmas de sus manos. Dohko sonrió. Sin duda, aquellas tres energías cósmicas eran más que potentes, con un correcto perfeccionamiento podían llegar a ser invencibles. Siguió observando, y contempló como tras unos segundos, los chicos hicieron casi el mismo movimiento: dejaron que la esfera de su propia cosmoenergía vibrara sin el contacto de sus manos, flotando en el aire. Después se pusieron cómodos. El viejo asintió orgulloso, e internamente, se preguntó cuánto tiempo podrían aguantarlo prestando, a la vez, total atención a sus palabras.

Después de unos minutos de silencio, comenzó a hablar.

-Aquella fue una guerra difícil, larga y de desgaste. –Percibió con facilidad el sobresalto que atacó a los chicos al escuchar su voz.- En aquella época, prácticamente todas las armaduras de la Orden tenían un dueño, nuestro ejército estaba casi completo e, ingenuamente, pensamos que aquello nos hacía invencibles. –Negó lentamente con el rostro.- No fue así. –Una vez más, miró de uno a otro de los chicos y, en cierta manera, no pudo sino recordar que alguna vez, Tenma, Alone y Sasha habían sido igual de cercanos que ellos.- Desgraciadamente, Hades reencarnó en alguien muy preciado para nuestra Diosa y aquello resultó devastador para todos. Las misiones de rastreo que se ejecutaban fuera de Atenas terminaban con muchas bajas… Demasiadas. -A medida que hablaba, su voz se iba suavizando, como si los recuerdos volvieran a él de golpe.- Pronto, el Santuario fue asediado por el ejército de Espectros y los mismos Jueces de Hades llegaron a nuestras puertas. Rodorio fue prácticamente destruida. Santos tan fuertes como Piscis o Tauro cayeron en aquellos combates.

Analizó con interés las reacciones en los chicos. Aioros había entreabierto los labios, sorprendido, mas su cosmos permanecía tan estable como antes. Y mientras Saga permanecía inmóvil, sin que se apreciara reacción alguna en él; Kanon había abierto los ojos de par en par, y lo miraba interrogante mientras su cosmos se agitaba nervioso e inestable.

Entrecerró los ojos, y con un movimiento que el menor de los hermanos no llegó a ver, golpeo su frente con el bastón. El cosmos del chico se esfumó, y su ceño se frunció con molestia.

-¡Au! –exclamó. Inmediatamente, una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de su hermano, y sin que nadie se percatara de ello, Aioros entreabrió uno de sus ojos y miró con curiosidad que era lo que ocurría. Sonrió, al igual que Saga, y procuró volver a su concentración antes de que Roshi se enterara.

-¡Concéntrate, Kanon!

Aún refunfuñando, el chico hizo tal y como el anciano le pidió. Dohko comprendía bien su curiosidad pues, en realidad, sabía lo que pensaban: era difícil de imaginar que los únicos Santos Dorados que ellos conocían pudieran ser vencidos con relativa facilidad. Y de alguna manera, sabía que tenían la impresión de que Zarek, Orestes y los demás… poco tenían que ver con los Santos que habían compartido filas con Shion y él mismo. Sin embargo, todas aquellas inquietudes no debían sacarlos de su concentración. Serían futuros Santos Dorados, y sus mentes debían ser capaces de pensar con rapidez en innumerables cosas diferentes a la vez sin que la estabilidad de sus cosmos, y por tanto de sus ataques, fuera perjudicada por ello.

Se decidió a continuar.

-No nos quedó entonces más remedio que adentrarnos en los dominios de Hades y pelear en su terreno: un lugar desconocido para nosotros, lleno de trampas. –Un nuevo y pesado silencio cayó sobre ellos.- Pero las muertes que siguieron fueron innumerables. Nuestro Patriarca, toda la Orden Dorada… -Sus ojos se humedecieron. Dohko negó lentamente con el rostro, como si quisiera ahuyentar todos los recuerdos de sangre y dolor. El cosmos de los chicos se sentía tan melancólico como el suyo propio.- Afortunadamente todos, desde él más débil y asustadizo de los guardias hasta el más fuerte entre los ochenta y ocho, lucharon hasta el último aliento por aquello en que creemos.

-Pero ganasteis. –dijo Kanon, luchando contra sí mismo por no abrir los ojos y llevarse otro golpe.

-Lo hicimos, si. Pero todo lo que vivimos… Uno nunca está preparado para afrontar la crueldad de una guerra, por fuerte y frio que sea. Siempre te pillará por sorpresa y te recordará lo rápido que pasa una vida. Llegado el momento, todo se reduce a una cosa: matar o morir. Puede ser que luchemos por un noble ideal, pero al final… luchamos por nuestros amigos, nuestros hermanos, todos los que nos siguen y a los deseamos proteger por sobre todas las cosas. Luchamos porque sean ellos quienes tengan una oportunidad… -tragó saliva y suspiró.- Shion y yo perdimos a mucha gente querida, y por eso estamos aquí hoy. Son ellos los que nos dieron la oportunidad de salvaguardar el mundo... hasta que vosotros estéis listos para tomar el relevo.

-¿Nosotros? –murmuró Aioros. El viejo asintió, y aunque no lo podían ver, sabía que habían percibido a la perfección la vibración afirmativa de su cosmos.

-Afortunadamente, conseguimos ganar aquella Guerra, pero con solo dos supervivientes… Athena nos encomendó la misión de nuestras vidas: Shion se ocuparía de la Orden, de su reconstrucción. Y yo… velaría porque el sello de Hades permaneciera intacto hasta la siguiente Guerra Santa. –De pronto, el cosmos de Saga se revolvió, aumentando de intensidad.

-¿El sello está aquí? –Prácticamente le resultó imposible disimular la sorpresa en su voz. Dohko asintió.

-A simple vista, los Cinco Picos son un paraíso perdido en las profundidades de China. Nada parece capaz de alterar la paz que lo envuelve. Nada, salvo el secreto que esconde en sus entrañas. –Se preparó para no perder detalle alguno de sus reacciones.- Bajo estas montañas se encuentran los ciento ocho Espectros de Hades, sellados por la misma Athena, a la espera de que su Amo y Señor despierte y los reclame. Cuando eso suceda, vuestro gran momento habrá llegado.

-Athena reencarna cada, aproximadamente, doscientos años… ¿verdad? –El anciano de Libra asintió ante la pregunta del arquero.- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?

-Mucho. –respondió. Sabía de sobra que hacía demasiado que el tiempo de espera se había agotado. La diosa debía reencarnar en cualquier momento, y de igual modo, los demás dioses despertarían. Aquella era su principal preocupación: si todo seguía su curso, Athena apenas sería una niña, en el mejor de los casos.- Por eso debéis estar preparados para ello. Recaerá sobre vosotros la responsabilidad de velar por Athena y la humanidad cuando llegué el momento.

Los chicos guardaron silencio. Todo lo que había dicho Dohko, resultaba difícil de asimilar, aunque en cierta medida ya sabían alguna de aquellas cosas. El de Libra, los observó, analizando cada detalle de aquellos rostros pensativos y, a la vez, relajados.

-Si Athena selló a los Espectros… -De pronto, la voz de Kanon los pilló por sorpresa. Era claro el esfuerzo que el chico estaba haciendo por mantener la concentración al nivel que Dohko exigía. Con curiosidad, el maestro espero a que se animara a continuar.- ¿Quiere decir que cada vez que ella gana una batalla, sus enemigos son sellados?

-Eso es.

-¿Y qué sucede si el sello se rompe antes de tiempo? –Dohko frunció el ceño ligeramente.

-Solo se romperá cuando el momento oportuno haya llegado. Ni antes, ni después. Si Athena consigue sellar a sus enemigos, es porque su propio poder los ha superado. En el momento en que ellos consigan liberarse del encierro… será porque han recuperado su fuerza y están listos para combatir de nuevo de igual a igual.

-Eso quiere decir que mientras están encerrados, están más débiles. –Kanon abrió los ojos finalmente y lo miró directamente.- ¿Por qué no utilizarlos entonces? ¿Por qué esperar a que despierten y se inicie una guerra, si puedes despertarlos antes y manejarlos a tu antojo? De esa manera no sería necesario que el ciclo se repitiera una y otra vez… podríamos evitarlo sin la ayuda de los dioses.

La mirada de Dohko se ensombreció. Miró a Kanon fijamente, y meditó acerca de aquella teoría que exponía. Sin embargo, algo dentro de sí se removió.

-El poder de los dioses no es algo que un mortal pueda manejar sin consecuencias, Kanon. –El chico rodó los ojos al escuchar la voz de su propio hermano, tan pausada y calmada como si acabara de despertar de un largo sueño. Dohko, sin embargo, se sintió súbitamente aliviado al oír aquellas palabras. El chino asintió, y tras carraspear, continuó.

-Quizá, como dices, se pudiera controlar su actividad momentáneamente… pero al final, siempre encontrarían el modo de regresar al lugar que les corresponde, y la Tierra ya ha sufrido lo suficiente la irá del Olimpo. Sería injusto traer desgracias innecesarias, ¿no crees?

-Quizá. –Kanon se encogió de hombros.- Pero después de lo que nos has dicho… queda claro que al final, lo único que cuenta es lo que has logrado. ¿Qué importa el método? ¿Por qué sacrificar a toda una Orden si con un solo hombre, el más poderoso, basta para mantener bajo control a un dios enemigo?

Antes de que pudiera pronunciar una palabra más, sintió de nuevo el áspero contacto del bastón en su frente. Inmediatamente se sobó la parte golpeada con la mano, y esbozó una mueca de fastidio. Se sopló el flequillo, y volvió a cerrar los ojos, recuperando la concentración perdida.

-Dale a un hombre el poder de un Dios, y el hombre se convertirá en el peor enemigo de la humanidad. –A Dohko no le gustaba el giro que había tomado la conversación.- Nuestra vida está encomendada a Athena, Kanon, debemos dejar que sea ella quien tome las decisiones, no lo olvides.

El chico asintió, ligeramente molesto por el par de golpes que había encajado y en aquel momento, el de Libra tomó una gran bocanada de aire que llenó sus pulmones.

Aquella súbita inquietud que le habían provocado las preguntas de Kanon le resultó, de pronto, casi imposible de soportar. Debía meditar acerca de ello pues, probablemente, no fueran más que dudas propias de un chiquillo. Cuando creciera, comprendería que aquel no era el modo de hacer las cosas. Sin embargo, quizá no fuera descabellado mencionarle aquel asunto a Shion.

La fe que un Santo tenía en su Diosa era fácil de identificar. Ahora, mirando al chico, Dohko notó como en él… era apenas perceptible.

-Continuará…-

NdA:

Saga: ¡No hubo pandas! ¡¿Cómo es que en mi primera visita a China no vi osos pandas?

Dohko: ¿Cómo es que los pandas se volvieron más importantes que el Sello de Athena?

Saga: Porque ya me leí todo eso antes.

Kanon: … ratón de biblioteca…

Saga: Y ese secreto no va a irse a ningún lado, ¡pero en Grecia no hay pandas!

Aioros, vía cosmos: ¡Calla! Cuando aprendas a viajar por la Otra Dimensión volveremos a buscarlos. ¡Muajaja!

Saga, vía cosmos: ¡Y nos robaremos uno! ¡Muajaja!

Kanon, Dohko: …? u_u'

Sunrise: Detenlos, Damis.

Damis: ¡Los detendré! ¡Y no solo eso! Sino que les compraré un peluche a cada uno, y estarán entretenidos hasta el próximo capítulo…

Sunrise: ¡Reviews anónimos al profile! ¡Hasta la próxima!