Capítulo 15: Sombras
-¡¿Qué sucedió aquí?
A la voz de la koree, Aioros volteó. Su primera reacción fue sonreír con una mezcla de sinceridad y travesura, pero rápidamente el gesto mutó en una mueca de completo nerviosismo. En un santiamén se paró justo en medio de la chica y el resultado del espectáculo que él mismo había propiciado para impedirle ver más allá, hasta la escena del crimen.
-¡Del! ¡No vas a creer que sucedió! Exclamó. Tragó saliva al verla posar sus manos sobre las caderas y rápidamente se decidió a continuar.- Fue un accidente, una terrible desgracia. -Meneó la cabeza mientras su rostro tomaba un aire compungido, pero a la vez angelical, que la koree no compró.- Verás, estaba experimentando con mi cosmos y las técnicas que he aprendido de Orestes, ya sabes, en busca de alguna novedad…
-Aja. -El pie de Deltha golpeó el piso repetitivamente, dejándole saber que su respuesta no le satisfacía nada.
-Y pues… ehm… -Balbuceó.- No era mi intención causarle esto, pero uno de los golpes escapó de mi control. La flecha de cosmos salió disparada sin nada que pudiera hacer para detenerla y entonces, ¡zas! Hierbitas perdió la cabeza. -Dejó caer la cabeza, derrotado.- ¿Crees poder perdonarme? ¿Ambos podríais?
Hubo un largo silencio en que el Deltha no se movió, pero Aioros sabía perfectamente bien que aunque no podía verla, su mirada se encontraba fija en él. Lo que era más, casi podía imaginar el ceño disgustado que la chica con toda seguridad esbozaba. Si algo había aprendido en las horas de entrenamiento que compartían, era que Hierbitas resultaba intocable para la koree y ahora Hierbitas estaba...
-No puedo creerme que le volaras la cabeza. -Por fin, la aprendiza habló. No levantó la voz ni perdió la calma, lo cual erizó la piel del arquero. No podía ser nada bueno.- Pensar que el Señor Hierbitas siempre te consideró como un chico adorable, ¡y le haces esto! No tienes vergüenza, Sagitario. Giró el rostro en dirección contraria a él. Estaba enfadada.
-Lo siento. -Musitó.
-No lo suficiente.
Esquivándole, Deltha caminó hasta quedar a sus espaldas. Rebuscó por todos los rincones hasta que soltó un suspiro pesaroso al encontrar lo que buscaba: la cabeza del viejo monigote. La tomó en sus manos con cuidado y la examinó con detenimiento. Al final, bufó de la manera más notoria que pudo.
-Me temo que no hay mucho que podamos hacer por ti, Hierbitas. Espero que los Elíseos de los muñecos de heno sean más agradables que este mundo cruel en que te tocó vivir. -Le dijo. Después, volteó para mirar a Aioros por encima del hombro, causando un respingo en el castaño.- Fue lindo entrenar contigo mientras duró. Te extrañaré.
Aioros se sopló los flecos. Si aquel era un desesperado intento para hacerle sentir mal, entonces la pelipúrpura estaba fracasando vilmente.
-Creo que estás exagerando. -El arquero se atrevió a decir, pero al oírla bufar nuevamente, terminó por aclararse la garganta y tragarse sus palabras.- …o quizás no. -Agregó en un susurro.
-No exagero, Aioros. Hierbitas era mi compañero de entrenamientos y voy a echarle de menos. Las prácticas no serán igual de divertidas sin él y sus bichitos con muchos pares de patitas.
-¡Oye! ¡Yo también soy tu compañero de entrenamientos y uno de lo más simpático! -Esta vez, el aprendiz fue quien giró el rostro, ofendido.- Así que si algún día alguien me vuela la cabeza, más te vale hacer un drama igual o mayor que este, o volveré desde el Inframundo a asustarte cada noche. -Se quejó.
-Si alguien te vuela la cabeza muy probablemente entraré en estado de shock y me quedaré así por días. -El tono casi fantasmagórico de su voz terminó por sacarle una carcajada al aprendiz de Sagitario.- ¡No te rías! No es gracioso. -Deltha dejó caer la cabeza del muñeco y se cruzó de brazos.
-No dejaré que nadie me arranque la cabeza, lo prometo. -Aioros le revolvió el cabello, a lo que ella respondió apartando ligeramente la cabeza. Se acomodó toscamente la melena revuelta sintiéndose extrañamente incómoda por la mirada del chico sobre ella.- Pero, ¿sabes? No sabía que te preocupabas tanto por mi.
-Lo hago, tonto. -La koree se revolvió en su lugar.- Hierbitas era especial, pero tú… -Hizo una pausa mientras las palabras adecuadas llegaban a su mente.- Tú lo eres todavía más. Eres mi amigo.
El instante en que Aioros pasó el brazo por encima de su hombro y la abrazó, la pilló por sorpresa. Sacada de balance, Deltha luchó por mantener el equilibrio, aunque no puso resistencia a que el joven aprendiz la jalara contra él; e incluso, sin reparar en ello, devolvió el gesto.
-Tú también eres especial para mi, Del. -La aprendiza sintió sus mejillas arder. Sonrió, sin atinar a decir nada, lo cual lamentó después, al reparar en que Aioros no podía verla.
Cuando la dejó ir, el joven arquero volvió a revolverle el pelo, y en esa ocasión, a diferencia de la primera, la chica no rehuyó, sino que dejó escapar una risa cómplice y nerviosa. Lo observó dejándose caer sobre el pasto y unos segundos después lo imitó, sentándose a su lado. Ambos se mantuvieron quietos por un largo rato, compartiendo un cómodo silencio mientras los tonos rojizos del atardecer los envolvían lentamente.
-¿Puedo preguntarte algo? -De soslayo, Aioros la miró. Ella asintió con tanta suavidad que el movimiento apenas se notó.- ¿Alguna día me permitirás conocerte? Tu rostro, digo.
El corazón de la koree brincó dentro de su pecho. En un instante su rostro de plata giró buscando la mirada de Aioros. Él alzó las cejas y le sonrió, porque de ninguna manera estaba dispuesto a retractarse de su petición.
Comprendía la importancia que encerraba significado de las máscaras para las amazonas. Sin embargo, quizás de manera egoísta, no podía dejar de pensar que a pesar de todo, eran solo objetos inertes que poco o nada podían decidir sobre la vida de una persona. Entendía también lo que representaba para su amiga abandonar la seguridad de la máscara puesto que, si con todo el paso de los años, Deltha no había nunca arrancado el rostro de metal que la protegía era porque sus razones eran poderosas y él, definitivamente no era nadie para obligarla a cambiar de opinión. Pero su curiosidad era grande. Hubiese sido una mentira decir que jamás había intentado adivinar los rasgos de la koree. Lo había hecho en más ocasiones de las que podía recordar.
-¿Mi…mi rostro? -Deltha titubeó.
-Si. Hace ya unos años que nos conocemos y, a diferencia de Naia, jamás nos has dejado ver quien se esconde detrás de la máscara. -Tocó la nariz del rostro metálico con el dedo.- Además, siento una curiosidad terrible.
-No sé si debería. -Suspiró. Todos los sermones de Axelle desfilaron por su cabeza enfrentados a los cientos de intentos por parte de Naiara para que se atreviera a dejar la máscara a un lado. Desde que recordaba había sido así y su decisión siempre quedaba en el aire.
-Del. -Brincó de nuevo al escuchar la voz del aprendiz de Sagitario.- No tienes que hacer nada que no quieras, ¿entendido? Lo que es más, ni siquiera tiene que ser ahora. Solo… espero que algún día nos dejes mirarte a los ojos.
Junto a él, Deltha no se movió. Clavó la mirada en el suelo mientras que, tras la máscara, se mordió los labios, nerviosa. Sus ojos se desviaron del piso y observaron por varios segundos a Aioros, resultándole imposible dejar de hacerlo.
En silencio, se cuestionó los motivos por los que aún vestía la máscara. Por una vez no eran las voces de su maestra ni las de Naiara las que tenían la palabra, sino su propia voz. Por fin, respiró profundamente, cuando todos los pensamientos en su cabeza se decantaron por una sola decisión.
-¿Aioros? -Le llamó por su nombre.
-¿Si?
-Si es tan importante para ti… -Tomó una gran bocanada de aire. Dejó escapar un brevísimo instante antes de apretar suavemente el puño, solo para después llevar su mano hacia el borde la máscara. Entonces, antes de que el arrepentimiento hiciera presa de ella, separó lentamente el frío metal de su piel.
Durante todo el tiempo, Aioros no dejó de verla atentamente, con fascinación incluso. Entrecerró los ojos sin proponérselo, y pronto, sonrió al encontrarse con un par de grandes ojos marrones que le observaron, primero con recelo, pero que rápidamente se convirtió en complicidad. Le sonrió en un intento de mitigar la incomodidad de su amiga, pero nunca dejó de mirarla.
Deltha, entonces, le devolvió la sonrisa. Nerviosamente agachó la mirada ante la inspección de la que era objeto, más no tardó demasiado en regresar su atención hacia el castaño. Torció la boca, en un gesto travieso mientras se encogía de hombros y soltaba un pesado suspiro.
-¿Y bien? Di algo, por favor. -Susurró. Como respuesta el arquero rió, rompiendo con una carcajada la momentánea tensión que los había envuelto.
-Mucho gusto en conocerte, Deltha. -Acercó su rostro al suyo, y para sorpresa de la koree, depositó delicadamente un beso en su mejilla.
-X-
Unos metros más allá, sin que ninguno de los dos reparase en ellos, dos pares de ojos observan la escena sin dar crédito a lo que veían.
Milo estuvo a punto de permitir que sus labios exclamaran la sorpresa que causó el beso inocente en ellos, pero velozmente Aioria alcanzó a cubrirle la boca con la mano, terminando así con cualquier ruido que traicionara su presencia. Los ojos del pequeño Escorpio se abrieron cual platos mientras en silencio reclamaban la actitud del futuro león.
-Silencio. -Recalcó entre murmullos.- Van a escucharte.
-¡Los gemelos tienen que saber esto! ¡Saga tiene que saber esto! -Milo le dijo. Su voz destilaba el irrefrenable deseo de correr hacia donde quiera que estuvieran Saga y Kanon para contarles todo lo que había observado esa tarde.
-No sé si a Aioros le guste que les hablemos de esto. -El cachorro de león entrecerró los ojos con suspicacia.
-¡Tenemos que decirles! Es muy importante que sepan… por si algo sucede.
-¿Algo?
-¡¿Qué tal si Deltha decide matarlo? -Aioria brincó, sin dar crédito a las palabras de su amigo.- ¿Recuerdas lo que dijo Shion sobre las korees y sus máscaras? -Aioria volvió a brincar.
-¡No!
-¡Si! -Entonces, el semblante del peliazul se acongojó todavía más.- ¡Peor aún! La otra opción es…
-¡No, no! -Aioria exclamó.- ¡Tenemos que decirle a Saga!
-¡Exacto! Porque las niñas son…
-¡Ugh! -Declararon a la vez.
Así que, dispuesto a no poner la integridad de su hermano en mayor peligro, Aioria se puso de pie y jalando del brazo a Milo, se encaminaron en busca del mayor de los gemelos. Sin embargo, apenas habían avanzando unos metros cuando, entre sus prisas, faltó poco para que arrollaran a un chico desconocido para ambos. Milo alcanzó a frenar bruscamente, no así Aioria, quien iba detrás.
El resultado no fue menos aparatoso que la caída. Todo intento de detenerse por parte del castaño fue en vano y lo único que consiguió fue terminar encima del pequeño escorpión. Milo se quejó al ser aplastado mientras que Aioria parecía más interesado en adivinar la identidad del chico nuevo que en permitir a su amigo respirar.
Al fin, después de varios empujones y un par de golpes inocentes, el león se levantó y ayudó a Milo a hacer lo propio. Ofendido, el peliazul se sacudió el polvo, para después lanzar una mirada asesina a Aioria, y otra al visitante que se había atrevido a cruzarse en su camino.
-¡Niño, ten cuidado! -Espetó, no sin dejar muy en claro el disgusto que sentía.
Pero el recién llegado ni siquiera se inmutó. El chiquillo se mantuvo de pie, mirando de uno a otro, con las manos en los bolsillos de su pantalón y aquella mueca indiferente en el rostro.
-¡Niño! -Insistió el Escorpio. Volteó a sus espaldas, hacia Aioria, pero éste tampoco tuvo respuesta ante la indiferencia de la que eran víctimas.
-Oye, ¿sabes hablar o qué? -El castaño le golpeó suavemente con el índice sobre el pecho. Sin embargo, cuando el chico nuevo apartó su mano, ambos se respingaron.
-¿Siempre sois tan escandalosos? -Por fin, habló.
Aunque la pregunta les irritó de cierto modo, para ninguno de los dos dejó de ser divertida la manera en que las palabras del niño salieron de su boca; aquel inusual acento y la graciosa pronunciación del griego era difícil de ignorar. Tenía que ser un extranjero.
-¿Qué? ¿Qué os parece tan divertido? -Volvió a preguntar, y por primera vez, un dejo de fastidio asomó en sus ojos. Milo y Aioria intercambiaron miradas; probablemente el chico no era tan indiferente como habían pensando.
-No eres griego. -La afirmación de Milo, aunque sonó como una pregunta, no lo era.
-Soy francés. -Respondió. Y con la aparición nuevamente del acento extranjero, gato y bicho sonrieron.
-Soy Aioria.
-Y yo Milo. ¿Tienes un nombre?
El chiquillo de cabellos turquesas guardó silencio. Miró de uno a otro, inspeccionando sus rostros y sabiendo que, en el momento en que volviera a pronunciar una sola palabra más, ambos volverían a reírse.
-Camus. -Dijo con simpleza.
-Ya. Y… ¿qué haces por aquí? ¿Eres aprendiz?
-Si. -Aioria y Milo volvieron a sonreír, mientras que para el recién llegado, aquel jueguito de sonrisas se hacía cada vez más fastidioso.
-¿De que Orden? -El peliazul cuestionó de nuevo.
-Nosotros somos aprendices dorados, ¿y tú?
Nuevamente hubo un largo silencio antes de que Camus se atreviera a responder. No era necesario que analizase demasiado la situación para caer en cuenta de lo que sucedía con ese par de niños traviesos con los que había tropezado. El mohín pícaro y la sonrisa ligeramente retorcida en sus labios lo decían todo: se estaban divirtiendo a costa suya.
Así, el joven galo alzó una ceja. Al parecer esos serían sus futuros compañeros de Orden; interesante descubrimiento. Dicho gesto fue imposible de interpretar para Aioria y Milo, pero tampoco los hizo desistir de sus intentos.
-Acuario. -Contestó.- Soy el aprendiz de Acuario. Me parece que a partir de ahora seremos algo así como hermanos de Orden, o al menos eso dice Rodya.
Lejos de prestar la atención debida a la respuesta de su nuevo amigo, Milo y Aioria estallaron en risas al escucharle liar tantas palabras griegas a la vez. Camus se sintió irritado, si; sin embargo, estoicamente mantuvo la compostura mientras se deshacían en carcajadas.
Pero la paciencia de Camus no era una que duraría para siempre. Ligeramente agotado por las risas e intercambio de palabras cómplices entre los otros dos, torció la boca. Se detuvo un momento más, antes de intentar cualquier cosa, tal y como Rodya siempre le había dicho. Con sinceridad pudo notar que aquel par de niños, probablemente no mayores que él, aún tenían mucho que aprender. No que Camus fuera especialmente habilidoso, pero tenía que admitir que si algo, su maestro no había escatimado tiempo para ayudarle a controlar la inusual habilidad que poseía.
Una sonrisa salpicada con un toque de altanería iluminó su rostro, hasta entonces, parco. Sus ojos azules brillaron en anticipación a lo que venía, y entonces, sucedió.
Una fresca brisa sopló a su alrededor. El aire se enfrío ligeramente, algo terriblemente inusual para las calurosas estaciones griegas. Al principio, la frescura resultó agradable, e incluso, desapercibida para el divertido par de Leo y Escorpio: sin embargo, eso pronto habría de cambiar.
En un santiamén las risas pararon. Los dos chiquillos giraron la mirada hacia los alrededores, desconociendo que era lo que sentían y lo que le causaba. El desconcierto en sus miradas fue evidente y eso, solo ensanchó la tenue sonrisa en los labios del francés.
-Gato… -Murmuró el pequeño escorpión, pero no obtuvo respuesta alguna. Los felinos ojos del aprendiz castaño también iban y venían en busca de explicaciones que no eran perceptibles a la vista.
-¿Qué es esto?
-Esto es cosmos.
A las palabras de Camus, ambos se sobresaltaron. Fue entonces cuando, aplicándose, fueron capaces de distinguir el sutil aumento de energía que envolvía al otro peliazul. Habían sido ingenuos al no reparar en ello antes, pero así era. A diferencia de su propia cosmoenergía, lo del francés se sentía más natural…salvaje incluso; por no hablar de la facilidad con la que parecía manejar el frío a su antojo. Si algo, el chico nuevo estaba aventajado en el uso de la energía; mucho más por delante de ellos.
-¿Cómo puedes hacer esto? -La voz de Aioria tembló, y no supo si era por las bajas temperaturas o por el montón de emociones que le generaban los avances de Camus.
Habiendo cesado todas las risas, el rostro de chiquillo recién llegado se suavizó, adquiriendo de nuevo esa mueca de completa indiferencia que mostraba al principio. Se pensó por un segundo la forma en que debía de contestar la duda de Aioria, pero no atinó a encontrar demasiadas palabras, así que terminó por subir los hombros, sin mucho más que decir.
-¿Qué rayos significa eso? -Milo se alteró ante esa actitud pasiva que le enervaba los nervios. Se sintió un poco más tranquilo cuando la tibia caricia del Sol que se ponía le brindo un poco de calor, mientras el aire frío que le había calado los huesos se esfumaba de a poco.
-Ya os lo dije: es cosmos. -Buscó en sus rostros por alguna sonrisa socarrona, pero no encontró nada y se sintió satisfecho.
-¿Tu cosmos hace esto? ¿Cómo puedes…?
-¿No es difícil controlarlo así? -El peliazul interrumpió a su amigo.- Aún eres pequeño para poder hacer estas cosas. -A la afirmación, Camus volvió a encogerse de hombros.
-Siempre he podido hacerlo, aunque antes era más difícil controlarlo. Rodya dice que es normal.
-¿Rodya?
-Rodya de Acuario, mi maestro. Vivimos en Siberia… o solíamos hacerlo. Dijo que pasaremos una temporada aquí. -Complementó.
-¿Siberia?
-¡Siberia, gato! -Milo le dio un ligero golpe en el hombro solo para soltar una gran carcajada de triunfo después.- ¡Seguro que es genial!
-¿Sabes donde esta Siberia, bicho? -Camus, quien había retomado el camino de regreso se detuvo ante la pregunta de Aioria y fijó sus ojos en ambos niños. De alguna forma sabía que el cuestionamiento iba a quedarse sin respuesta por parte del hiperactivo peliazul.
-¡Por supuesto que lo sé!
-Aja. ¿Dónde esta?
-Pues está en…en… -Aioria y Camus lucían ligeramente ansiosos por una respuesta.- Está en…un lugar muy lejano.
Aioria lo miró con fastidio, mientras el francés giró los ojos. Definitivamente tendría unos compañeros muy peculiares.
-Está en Rusia. -Declaró tras un breve silencio y golpe en la cabeza del león por parte de Milo.
-¡Ah! -Exclamó Aioria.
-¿Ves? Lo sabía. Sabía que era un lugar muy lejano. -Un nuevo golpe impactó la nuca del escorpión.
-Ignórale, Camus. -Aioria dijo. Camus arrugó el ceño; de alguna manera sabía que tal petición resultaría terriblemente difícil de conseguir.
No dijo nada más, pero reemprendió el camino, sintiéndose relativamente raro de ser seguido por los otros dos. De reojo, se aseguró de mirarles en más de una ocasión. Los vio susurrarse algo que no alcanzó a escuchar, más tampoco le preocupó demasiado. En el fondo, no había sido tan malo conocerles.
-¡Milo! -El grito de Aioria tomó a los otros dos desprevenidos.- ¡Nos olvidamos!
Cuando el niño peliazul encontró sentido a las palabras de su amigo, no tardó en sorprenderse tanto como él. Por andar curioseando en la vida y hazañas de su nuevo compañero, habían dejado atrás la misión de vital importancia que tenían entre manos. Simplemente no era posible que eso sucediera.
-¡Tenemos que irnos! -Súbitamente, corrió a plantarse frente de Camus.- Hay algo muy importa que debemos hacer, ¿quieres venir?
-¿Qué estáis planeando?
-Intentamos ayudar a mi hermano. -Aioria se apresuró a responder, y antes de que el nuevo chico pudiera hacer algo, se vio arrastrado por el dúo dinámico hacia lo que fuera que tuvieran en mente.
-¡Eh! ¿Qué hacéis?
-¡No hay tiempo!
Pero cuando volvieron a experimentar el descenso de temperatura supieron que tendrían que tomarse un par de minutos para dejar en claro las cosas; con el Sol prácticamente escondido en el horizonte, esta vez no habría forma de calentarse medianamente rápido.
-Está bien, está bien. ¡Deja de hacer eso! -Espetó el peliazul griego. Camus alzó una ceja y guardó silencio en espera de la explicación que necesitaba.
-¿Has escuchado acerca de las korees y sus máscaras? -Camus asintió, por lo que Aioria continuó.- Pues mi hermano acaba de meterse en problemas con una de ellas.
-Oh. -frunció el ceño.- ¿Y que podéis hacer para ayudarle? No es vuestro problema ni tendríais porque meteros.
Los dos le miraron de soslayo. De pronto sus palabras habían sonado como un sermón que no estaban dispuestos a escuchar. Entre ellos intercambiaron miradas y menearon la cabeza en desaprobación.
-Esto es grave.
-Muy grave. -Recalcó el escorpión.- Por eso mismo tenemos que decirle a los gemelos.
-Ah…iréis de chismosos. -Una vez más, sus miradas se agravaron.- Eso pensaba. Por cierto, ¿quién es tu hermano y quienes son los gemelos?
-Mi hermano es Aioros, y es el aprendiz de Sagitario. -Acompañó sus palabras, irguiéndose con orgullo.- Y los gemelos son los aprendices de Géminis, Saga y Kanon.
-¡Son los tipos más geniales que te imaginas! -Exclamó el bicho.
-Tanta genialidad no necesitaría ayuda.
-No, no. Son geniales, pero siempre nos necesitan cerca. -Milo sonrió con tanta seguridad que Camus dudó si por una vez decía la verdad.- Son nuestros hermanos mayores, aunque solo Aioria comparte sangre con Aioros, pero eso no importa; Shion dice que nuestra generación será una de verdaderos hermanos. Verás como te simpatizarán cuando les conozcas. -No dijo más, sino que de nueva cuenta, con ayuda de Aioria, lo arrastraron consigo.
-Pero…
-¿Cuánto tiempo vais a quedaros? -Milo habló de nuevo.
-No lo sé.
-Te encantará estar aquí.
-¡Cierto! -Dijo el pequeño león.
-Te mostraremos todo y te presentaremos con todos. ¡Será genial!
Aioria y Milo siguieron parloteando bajo la atenta mirada azul de Camus. Aunque al principio había puesto resistencia, por fin terminó por ceder. Si aquella sería su nueva vida en el Santuario, al menos había tenido un inicio de lo más interesante.
-X-
En el preciso instante en que su puño envuelto en cosmos estuvo a punto de golpear el estómago de su hermano, Saga se detuvo. Apenas les separaban un par de centímetros, y desde donde estaba, podía sentir el aliento cálido y desbocado de Kanon, mientras su propio sudor le goteaba por la frente.
Por un instante, sus miradas se cruzaron y el mayor de los dos, se echó instintivamente hacia atrás de un salto. Sabía reconocer de sobra la rabia contenida en los ojos de su hermano, como en aquel momento, y generalmente, no solía traer nada bueno para él.
Sin embargo, antes de que Kanon tuviera oportunidad de contraatacar, la voz ronca de Zarek retumbó en el coliseo sumido en la penumbra del atardecer.
-¿Habéis terminado de jugar? ¿O pensáis seguir así mucho tiempo más? –Casi a la vez, los gemelos voltearon en su dirección. Con los brazos cruzados, el turco caminaba hacia ellos, envestido en su armadura resplandeciente como una estrella. Pese a ello, su semblante lucía mucho más oscuro de lo que a cualquiera de los dos les hubiera gustado.- Llevo todo el día aquí y, sinceramente, se me ocurren un montón de cosas más interesantes en las que ocupar mi tiempo que estar contemplando a dos mocosos enfrascados en un juego estúpido y cobarde. –Ninguno pronunció palabra, pero en un gesto idéntico, apretaron los dientes y desviaron la mirada fugazmente al suelo. Zarek volteó a ver a Saga.- ¿También te hubieras detenido si él estuviera dispuesto a matarte?
Al turco no le pasó desapercibido el modo en que los ojos de Saga se abrieron sutilmente al escuchar aquellas palabras. El chico tragó saliva, pero guardó silencio.
-Ni siquiera se que por qué te detuviste. –masculló Kanon, secándose el sudor con el dorso vendado de su mano, y pateando una piedra con desgano.- Llevamos aquí todo el maldito día sin parar, para nada.
Estaba frustrado. Efectivamente, llevaban allí prácticamente desde que había amanecido. Y aunque le hubiera gustado estar plenamente de acuerdo con su maestro en que aquello era un juego, sabía de sobra que no era así. No se había dado cuenta del momento, o como había sucedido; pero de un tiempo para acá, Saga parecía estar de nuevo un paso por delante. ¡Lo peor de todo es que llevaba todo el día haciendo exactamente lo mismo! Deteniéndose en el último segundo. ¡Era humillante!
-¡Es que…! –Intentó defenderse el mayor, pero al mirarlo a los ojos, supo que nada de lo que dijese sería recibido de buen grado. Prefirió callar, como venía haciendo desde hacía mucho tiempo atrás.- Lo siento. –murmuró de un modo apenas audible.
-No me importa ni que tú lo sientas, ni que Kanon se sienta frustrado por verse en semejante posición. Estoy aquí para hacer de vosotros Santos de verdad. Y la vida de un Santo se resume en morir o matar. Nada más. O eres tú el que mata, o eres el cadáver. –Zarek era consciente de que sabían aquello, pero también comprendía lo difícil que era terminar de aceptarlo cuando aún no habían visto la muerte de cerca.- Lleváis todo el día perdiendo el tiempo, y me da la sensación que los últimos años de nuestras vidas también. ¡Es simplemente patético! -los hermanos continuaron en silencio, intercambiando miradas que transmitían sentimientos muy diferentes.- ¿Aún no lo habéis entendido? –confusión, aquello fue lo único que contempló en aquel par de rostros.
-¿El qué? –preguntó Kanon de mala gana.
-Lo que implica ser el Santo de Géminis. –Saga y Kanon se miraron una vez más, y asintieron casi con duda.
-No me refiero a que significa ser un Santo Dorado. Géminis es muy diferente. –Los dos sabían que debían guardar silencio, así que no se molestaron en hacer lo contrario.- Géminis es la dualidad, el bien y el mal luchan permanentemente por hacerse con el control de nuestras mentes. Portar esta armadura amplifica aún más esos y todos los sentimientos. El ropaje tiene vida, conciencia propia, y como tal, desea imponer su voluntad. Es por eso que, habitualmente, los protegidos bajo nuestra constelación son gemelos, así se logra el equilibrio. –Lo que Zarek no decía, era que ese equilibrio se alcanzaba porque uno de los dos siempre brillaba, mientras el otro solía abrazar la maldad con cierto orgullo y placer.
-Pero tú… -murmuró Saga. El turco esbozó una sonrisa cínica en su rostro.
-¿No tengo un gemelo? ¿Es eso lo que ibas a preguntar? –el chico asintió y Zarek amplió aún más su sonrisa.- Lo tuve. –Inmediatamente, los dos supieron que nada de lo que saliera de aquellos labios, sería completamente de su agrado.- La cuestión aquí es… ¿Nunca os habéis preguntado por qué solamente hay una armadura de Géminis si sois dos aprendices?
Había muchas cosas en la vida que Zarek disfrutaba. Pero había descubierto que el desconcierto y el miedo disimulado de sus dos aprendices era algo que le apasionaba, mucho más allá del respeto que le tenía todo el mundo. Le provocaba una sensación difícil de describir, aunque cada día que pasaba, los sentimientos de los chicos eran más difíciles de descifrar. Miró fugazmente por el Coliseo. Estaba prácticamente vacío, pero quienes permanecían en las cercanías estaban bien atentos a lo que ocurría con los aprendices dorados. Más aún a lo que él mismo decía.
Podía imaginar la velocidad a la que las mentes de Saga y Kanon estaban trabajando en aquel momento. Eran chicos inteligentes y listos, además de tener una capacidad de reacción excelente.
-¿Y bien? ¿Ninguna respuesta? –acostumbrado a como estaba a las respuestas mordaces y rápidas de los chicos, aquello ciertamente le sorprendió. Probablemente, el miedo a lo desconocido era más fuerte que la curiosidad en esa ocasión. Sonrió.- Tuve un hermano gemelo. –Se encogió de hombros.- Lo maté. –Los gemelos contuvieron la respiración ante la poca importancia que su maestro le daba a aquel hecho.- Géminis solamente desea a un portador. Nunca habrá lugar para los dos. Desde que nacisteis, os han recordado lo importantes que sois ambos. No os engañéis, todo eso es mentira. Solamente uno de vosotros importa, por eso se han molestado tanto en cuidaros. –Hizo una pausa en la que se permitió contemplar los esfuerzos que los chicos hacían por creer que aquello no era cierto. Disfrutó la inmediata desilusión que les provocaba la sola posibilidad.- Es más que probable que las estrellas ya sepan quien es el elegido, porque, el entrenamiento puede crear buenos guerreros… pero son los dioses quienes crean a los héroes dignos de ser recordados. ¿Lo sabéis vosotros? ¿Sabéis quién es el elegido? –No respondieron, permanecieron en silencio, asimilando todo aquello que su maestro se había animado a revelar, pero que en el fondo, sabían desde hacía tiempo.
-Estúpidas estrellas. –farfulló Kanon, dándose la vuelta.- Mi destino no esta escrito.
-¿Eso crees? –La voz de Zarek lo hizo detenerse.- ¿Crees que la misma Athena no decide a quién quiere entre sus filas y a quién no? –El chico no respondió, pero apretó los puños.- ¿Crees que los demás dioses no interceden para entorpecer su camino?
-¿Qué le pasó? –De pronto, la voz de Saga captó la atención de ambos, que voltearon a verlo.- Lo mataste. ¿Cómo?
Zarek lo miró por un momento. Aquellos ojos verdes que lo miraban de vuelta, resplandecían en medio de aquel rostro sucio por el polvo y enrojecido por el cansancio. Frunció el ceño sutilmente, y aunque sabía lo mucho que sus palabras trastocarían el interior de los chicos, sentía que no podía disfrutarlo tal y como hubiera deseado. Saga y Kanon tenían muchas cosas diferentes, pero había algo en concreto que le resultaba inquietante: era precisamente, aquella forma de mirar. Kanon despedía rabia… y la rabia era fácil de manejar, al fin y al cabo. Sin embargo, Saga… había algo en aquellos ojos que resultaba desafiante y no le gustaba. Cada vez que contemplaba aquella mirada, todas las alarmas de su mente se activaban.
Recuperó su sonrisa perdida, y se decidió a hablar.
-Estorbaba. Ambos queríamos lo mismo, él no lo merecía y yo me lo gané.
-¿Cómo se llamaba?
-No importa. –el pelirrojo se encogió de hombros.- Solo era una sombra.
-¡Pero era tu hermano! –intentó razonar.- Si rivalizaba contigo en poder podía haber ocupado cualquier otro lugar importante en el Santuario. –Zarek ladeó el rostro con cierta diversión.
-Toda su vida estuvo dedicada a conseguir esta armadura. Y perdió. ¿Qué sentido tiene la vida después de eso? ¿Qué honor queda? La muerte fue un regalo más que digno para él.
-¿Y eso es todo? –El pelirrojo alzó una ceja.
-Mira a tu alrededor, Saga. –extendió la mano y la llevó por el coliseo.- ¿Esto te parece un cuento de hadas? Abre los ojos. La Orden de Athena lucha por el amor y la justicia, pero no hay lugar para el amor o la justicia en el Santuario. No hay cariño, ni ternura. Todo eso te hace débil y frágil, y aquí solamente sobrevive el más fuerte. ¿Quieres vivir? Aprende a matar. O entonces, te mataran.
-Yo nunca mataría a mi hermano.
-¿Seguro? –preguntó con gesto burlón.- ¿Tanto valor tiene tu palabra? Porque yo no pondría mi vida en eso… "Nunca" es mucho tiempo.
-Si esa armadura esta destinada a ser mía, lo será de otro modo.
-Al final resultarás un odioso idealista como Orestes. –El turco se sopló el flequillo con hastío.- Pasas demasiado tiempo con el mocoso de Sagitario…
Kanon, que escuchaba poco más allá, maldijo por lo bajo. Aquel definitivamente había sido un mal día, pero Zarek lo estaba complicado aún más. Después de todo no parecía estar equivocado. Si lo pensaba bien, todo lo que decía tenía sentido. Y lo que, suponía, era peor: estaba de acuerdo en muchas cosas. Sin embargo, no estaba seguro de en que lugar le dejaba aquello. Siempre había deseado parecerse a su maestro en muchos aspectos, especialmente en aquel que le convertía en un ser especial, sumamente fuerte y capaz de portar semejante armadura…
Pero luego veía a Saga, y mientras su corazón le decía una cosa, su cerebro le gritaba otra. Su hermano era tan distinto, tan soñador y lleno de esperanzas...
Y una cosa estaba clara. Ambos querían esa armadura: era su sueño, su ambición… el propósito de su vida. Vestirla suponía llegar a la cima del mundo, acariciar las nubes y sentirse más cerca de los dioses y lejos de los hombres. Decían que no había otros guerreros que lucharan bajo las órdenes de otro dios, que igualara a un Santo Dorado. Sabía de sobra que Saga jamás renunciaría a la posibilidad de tenerla, que lucharía hasta el último aliento por ella y por sus sueños. Moriría por dejar su nombre escrito en las estrellas.
Kanon estaba seguro de que todo lo que había dicho su hermano era cierto: Saga jamás le haría daño, aunque pudiera llegar el momento en que eso terminara siendo perjudicial para él mismo. Pero analizando bien la situación, Kanon no tenía demasiado claro que haría él llegado el momento.
¿Podría llegar a matarlo? ¿Lo dejaría vivir? ¿Por qué? ¿Por amor? ¿Por compasión? ¿Merecía la pena vivir después de algo como eso?
No lo sabía y aquello le angustiaba. Eran hermanos. Gemelos. Podía sentir los latidos del corazón del otro sin importan cuan lejos estuviera. Podía sentir su angustia y alegría. Y sin embargo, no tenía tan claro que llegado el momento pudiera dejarlo con vida si se interponía en su camino.
Pateó la misma piedra de antes disgustado. Lo que menos deseaba era pensar en aquello, ¡pero aún escuchaba a los otros dos mantener la conversación que parecía ser la más larga de sus vidas! Apretó los puños hasta que estos le temblaron. Sentía un nudo en su garganta, pero no por lo que oía, sino por la frustración que sentía. De momento, solo podía esforzarse por ser mejor que su hermano y mostrárselo al Santuario entero para evitarse llegar a ese momento que tanto lo angustiaba.
-¿Por qué no terminamos con este maldito entrenamiento y después habláis de todo lo que os apetezca, Maestro? –Zarek alzó una ceja ante la curiosa forma en que había pronunciado aquella palabra. Se acomodó un mechón de cabello tras su oreja, y asintió.
-Adelante. –El turco se apartó, echándose unos metros atrás, dispuesto a ver que sucedía.
Apenas le dio permiso, Kanon se lanzó sobre su gemelo con fuerzas renovadas. El turco entrecerró los ojos, contemplando con interés la gran velocidad a la que el chico se había movido e identificando sin problemas la rabia que lo espoleaba. Saga se hizo a un lado como pudo, trastabillando, pues lo había cogido con la guardia baja y antes de que se diera cuenta, lo tenía encima. Se protegió con los antebrazos con expresión desconcertada, y retrocedió de un salto, alejándose de Kanon tanto como pudo.
-¡¿Qué estás…? –intentó preguntar.
Pero Kanon nunca respondió, Saga encajó otro golpe más en su antebrazo que le hizo apretar los dientes por el dolor. El menor de los dos continuó enviando un golpe tras otro, que con mayor o menor esfuerzo siempre eran bloqueados, pero sabía de sobra que estaba minando la resistencia de Saga. Asestó un último puñetazo envuelto en cosmos antes de detenerse por un poco de aire.
-¡¿Qué demonios te pasa? –exclamó Saga, apoyando una rodilla en el suelo y con la respiración desbocada, pero con la misma expresión furiosa.- ¡Si vas a pelear al menos hazlo bien! –Kanon abrió los ojos desmesuradamente ante lo que tomó como un desafío y sin pensarlo demasiado, se abalanzó sobre él nuevamente. Saga frunció el ceño, y justo cuando la pierna de su gemelo iba a encontrar su mejilla, la detuvo con sus manos y tiró de ella, arrastrando a Kanon al suelo.- ¡Te dije que lo hicieras bien! ¡Te olvidas de tu maldita defensa cuando peleas de esa manera! ¡Solamente sabes dar golpes sin sentido! ¡No piensas!
Sin embargo, antes de que Saga pudiera articular una sola protesta más ante la actitud de su gemelo, Kanon se echó sobre él. Su espalda chocó con fuerza contra el suelo en el preciso instante en que el puño del otro, envuelto sutilmente por su cosmos, le volteó el rostro.
Notó el nauseabundo sabor de la sangre en su boca.
Se quedó mudo, quieto, sometido por el peso de su gemelo. Contuvo la respiración sin darse cuenta, mientras sus miradas se encontraban. Le resultó imposible dejar de ver a Kanon, con una expresión herida e interrogante, que poco tardó en cargarse de rabia.
Cuando el menor se incorporó, dejándolo recuperar su movilidad, no le pasó desapercibido el gesto burlón. Escupió y se limpió con cuidado la sangre que goteaba por su barbilla con rapidez, proveniente del corte en su labio.
Se esforzó por mantener a raya el nudo que se había formado en su garganta. No era por el dolor de sus labios, era por la sonrisa que lucía Kanon en su rostro. Era por todo aquello que transmitía su mirada en aquel momento. Nunca antes había sentido de una manera tan clara que su Maestro les había ganado y conseguido lo que quería.
Se levantó del suelo con parsimonia y se acomodó la ropa. Apretó las vendas desgastadas que cubrían sus manos doloridas, y clavó su mirada en los ojos de su gemelo.
-Prepárate. –murmuró mientras su cosmos tomaba forma en sus manos.- Pero ahora, de verdad.
Inmediatamente, Kanon se puso en guardia, las cosas se ponían serias.
Mientras, a pocos metros de allí, Zarek lucía una sonrisa despampanante en su rostro. Efectivamente, aquello era lo que buscaba. Era la primera vez que uno de los dos hacía daño al otro a propósito en su afán por imponerse. Sus palabras habían funcionado.
-Yo también la quiero, Saga.
-Entonces tendrás que demostrar que eres mejor que yo. Y no pienso dejar que eso pase. –Fue lo último que escuchó.
Zarek giró sobre sus talones y comenzó el camino de vuelta a Géminis. No necesitaba ver nada más de aquel entrenamiento. Su trabajo estaba hecho.
-X-
-No se si esto sea buena idea. –masculló Camus a regañadientes.
Un par de pasos por delante suyo, pudo escuchar la risita no disimulada de Aioria y sin poder evitarlo, giró los ojos. Probablemente le iba a llevar tiempo deshacerse de su acento, si es que alguna vez lo hacía. Pero quizá era más fácil que eso sucediera a que llegase a acostumbrarse a las burlas en sus dos nuevos… compañeros.
Se sopló el flequillo y negó suavemente con el rostro en el preciso momento en que el benjamín, que lideraba aquella improvisada expedición, se detuvo.
-Vaya… -murmuró Aioria a su lado. Camus no tardó en alcanzarlos y, con cierta curiosidad disimulada, miró con interés hacia la arena.
Lo cierto era, que no pudo más que imitar la reacción de sus dos acompañantes. La noche ya había caído, y aunque Aioria y Milo parecían conocerse de sobra el Santuario, el galo dudaba de que les fuera permitido estar solos hasta tan tarde por ahí. Al menos a Rodya no le haría nada de gracia aquel retraso.
Sin embargo, aquel hermoso juego de luces que formaban las antorchas que iluminaban la arena, y las estelas doradas en que se habían convertido los dos hermanos de Géminis, resultaba fascinante. Entreabrió los labios sorprendido, pero antes de que pudiera atinar a decir una sola palabra, Aioria corrió escaleras abajo, seguido del Escorpión que lo había tomado del brazo y lo arrastraba de nuevo sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.
-¡Es peligroso! –exclamó a la carrera.
-¡Queremos ver más de cerca! –gritó Aioria.
-¡Te dije que eran geniales! –no le resultó difícil reconocer la emoción en la voz de Milo.
Y lo cierto es que lo eran. Camus no había tenido ocasión de contemplar nunca un combate como aquel. Aunque si lo pensaba bien, el único Santo con el que había convivido hasta aquel momento, era su Maestro. Y en la soledad de Siberia había pocas posibilidades de que algo como aquello sucediera.
El pequeño de Acuario no era impulsivo pero, de alguna manera, aquellos dos chiquillos y aquel espectáculo del que sus ojos se esforzaban por captar hasta el último detalle, lo habían cautivado.
Saga y Kanon, mientras tanto, seguían enfrascados en aquel interminable entrenamiento. Estaban cansados, pero las palabras de Zarek resonaban una y otra vez en sus cabezas, haciendo que fuera imposible detenerse. Sin embargo, la voz chillona de los pequeños visitantes no les pasó desapercibidos a ninguno de los dos.
Kanon apenas miró en su dirección una fracción de segundo, olvidando que a aquellas alturas, Saga no necesitaba nada más que eso. El cosmos de su gemelo era tan ardiente y peligroso pero tan relajante y cálido a la vez, que a veces resultaba difícil verlo como una amenaza. Pero en aquel momento lo era.
El puño del mayor le volteó el rostro con fuerza, empujándolo al suelo sin piedad.
-¿Eso es todo? –murmuró Saga con la respiración desbocada. Kanon se incorporó sobre sus rodillas y lo miró de soslayo con el ceño fruncido y el cuerpo entero adolorido.- ¿Todo el día… para esto? –la voz entrecortada del mayor, transmitía mucho más que cansancio. Transmitía tristeza e impotencia.
-Los mocosos… -comenzó Kanon.
-¿Necesitabas mirarlos para saber que estaban ahí? –negó con el rostro y pateó la arena con rabia.- ¡¿Para qué demonios usas tu cosmos? –el menor no respondió, continuó observándolo boquiabierto, al igual que los tres pequeños que metros más allá, seguían cada palabra de aquella discusión.- ¡Eras tú el que quería esto y al final una simple mosca es capaz de sacarte de balance por completo! ¡¿Para eso he tenido que escuchar al estúpido de Zarek todo el día?
Kanon continuó en silencio. Se levantó con lentitud, pensando en cada una de aquellas palabras y en la inusual rabia que transmitían. Vio de soslayo a su hermano, y en medio de aquella penumbra anaranjada, distinguió sus ojos: cargados de sueño y agotamiento, pero relucientes por las lágrimas contenidas. El menor apretó los dientes.
-Quizá sea suficiente por hoy. –susurró, a la vez que Saga le daba la espalda y se acercaba hasta los tres chiquillos. No tardó en seguirlo, a una distancia prudencial, solo para comprobar el modo tan radical en que cambiaba el semblante de su hermano cuando se trataba de los niños.
-No volváis a aparecer así aquí, ¿de acuerdo? Es peligroso y podríais veros en mitad de un combate. –posó su mano en la cabeza del Escorpión, y lo miró. Esbozó una sonrisa cansada.
-Pero… -dijo muy lentamente Aioria.
-¡Eso fue muy genial! –exclamó Milo dando un saltó de alegría. Kanon ahogó una sonrisa amarga, mientras su hermano se esforzaba por lucir lo más agradable que su ánimo le permitía.- ¿Eso es sangre? ¿Duele? –preguntó, señalando el labio hinchado de Saga y la camisa manchada. El geminiano negó, restándole importancia.
-¿Quién es nuestro nuevo amigo?
-Se llama Camus. –aclaró Aioria.
-¡Y habla muy raro! –se apresuró a añadir Milo. El galo volteó los ojos por enésima vez aquella tarde y frunció el ceño.- ¡Es francés!
-¿Eres el discípulo de Rodya? ¿Ha vuelto al Santuario? –Camus volteó a ver a Kanon y asintió.
-No se que extraña tendencia tenemos todos los aprendices dorados a meternos en líos en nuestro primer día aquí… -murmuró Saga más para si mismo que otra cosa. Cuatro pares de ojos lo miraron en aquel momento, y casi con timidez se encogió de hombros. Se aclaró la voz y continuó.- Como sea. Os acompañaremos a casa. Es muy tarde. Rodya y el Maestro estarán preocupados. –Dio una palmada en la espalda de Milo, animándolo a caminar. Pero apenas dieron unos pasos, la voz de Aioria llamó su atención.
-Es que… -Los gemelos voltearon a verlo, ya que no se había movido de su lugar.- Verás… -Saga ladeó el rostro al escuchar la duda en la voz normalmente decidida del pequeño León. Aioria, mientras tanto, fijó sus ojos en el suelo a sus pies.- Hay algo que…
-¿Si?
-¡Aioros besó a Deltha! –espetó Milo. El león le dedicó una mirada fulminante, que el bicho ignoró, y antes de que los gemelos tuvieran tiempo a reaccionar, continuó.- ¡Sin máscara!
-¡¿Qué pasará si ahora Deltha tiene que matarlo?
-¡¿Y si tiene que quererlo?
-¡Las niñas son…!
-¡Ugh! –Dijeron a la vez, mientras dibujaban un mohín de disgusto. Tanto los gemelos como Camus, vieron alternativamente de uno a otro en aquella rápida sucesión de preguntas sin respuesta. Probablemente, en otra situación, los geminianos hubieran reído ante semejante sincronización. Sin embargo, aquella noticia les había sorprendido tanto como a los mismos niños.
-Esperad... Esperad… -murmuró Saga, ocultando su desconcierto y alzando el dedo índice mientras las miradas suplicantes de Aioria y Milo estaban fijas en él.- Aioros… ¿Estáis seguros de lo que decís?
-¡Si! –exclamaron, asintiendo enérgicamente.
-Quizá no era él… -sugirió Kanon. Aioria entrecerró los ojos, y lo miró.
-¡Por supuesto que lo era! –el pequeño se cruzó de brazos, ceñudo, mientras el peliazul alzaba las cejas sorprendido. En ese instante, los gemelos intercambiaron una mirada fugaz.- Vas a ayudarlo, ¿verdad, Saga?
El joven geminiano entreabrió los labios dispuesto a decir algo. Sin embargo, estaba tan sorprendido que nada salió de ellos. Se limitó a observar aquella mirada brillante, suplicante y esperanzada que estaba puesta en él, y antes de que se diera cuenta, se encontró asintiendo con una convicción desconocida. "¡Naia tiene que saber esto!", pensó.
-¡Claro! –exclamó revolviendo el, ya de por si, desordenado cabello rubio del chiquillo.- Pero hagamos algo… -con un gesto de su mano, les invitó a acercarse a él, y se agachó hasta quedar a su altura.- Tenéis que prometerme que no le diréis nada de esto a nadie, ¿si? –Milo y Aioria asintieron rápidamente.- ¿Camus?
-Prometido. –murmuró el chico. Saga sonrió de vuelta.
-Este será nuestro secreto. –se esforzó por hacer hincapié en aquella palabra.- ¿Promesa de santo dorado? –tendió su mano hacia ellos, y antes de Kanon pudiera si quiera acercarse, las tres pequeñas manitas se posaron sobre la de su gemelo.
-¡Palabra! –exclamó Milo.
La sonrisa del mayor se ensanchó, y antes de que Aioria se diera cuenta, lo cargó y se encaminó rumbo a las escaleras con él, pataleando divertido, bajo el brazo. No tardó en escuchar su risa alegre, y sin saber si quiera como, se vio envuelto de nuevo en el parloteo interminable de Milo y la mirada divertida de Camus. De pronto, se sintió relajado, a pesar de que sentía los ojos de Kanon clavados en su nuca.
-Eso es lo más parecido a chantaje emocional que te he visto hacer en años. –escuchó la voz de su gemelo en su mente.- Bastaba que les dijeras que guardarían un secreto contigo para que accedieran emocionados…
-Concéntrate en pensar que hacer con Aioros. –El menor no respondió y Saga frunció el ceño.- Además, dije con nosotros, Kanon, no conmigo. Con nosotros.
-Continuará…
NdA:
Aioros: Definitivamente en este Santuario no hay privacidad.
Aioria: ¡Una niña!
Milo: ¡Besaste a una niña!
Camus: Chismosos.
Saga, Kanon: …
Aioros: Lo que haga con Deltha es cosa mía. Soy mayor. ¬¬'
Kanon: Cof… Cof...
Saga: En realidad… Es que…
Kanon: ¡La besaste!
Saga, que asiente indignado: ¡Y nunca me mencionaste que pensabas hacer tal cosa! ¬¬'
Aioros: ¬¬' Supongo que esto dará que hablar para el próximo cap.
Camus: Imagino, además, que todos están demasiado concentrados en el chisme u_u como para mencionar que los replys a los anónimos están en el profile.
Milo: ¡Eso no es lo importante!
Aioria: Las niñas son…
Saga, Kanon, Milo, Aioria: ¡Ugh!
