Capítulo 16: De tipos de besos…

Llevaba todo el día dando vueltas en su cabeza.

A decir verdad, comenzaba a perder aquella delgada línea que dividía su curiosidad del sentimiento de ofensa que la inesperada confesión de los enanos habían causado en él. Si, Saga no podía negar esa sensación de fisgoneo que surgía en su interior al pensar en las noticias sobre Aioros y Deltha. De pronto, sentía la urgencia de saber cada detalle de ello al punto que, en su cabeza, había diseñado un interrogatorio tan exhaustivo que le aseguraría que su amigo arquero no pudiera decir una sola mentira.

Sin embargo, y no lejos del irrefrenable deseo de chismosear en la vida de Aioros, estaba la contraparte; la sensación de que el castaño le había ocultado algo, algo importante. Sin darse cuenta había arrugando el entrecejo, cerrando ligeramente sus ojos esmeralda. Aioros definitivamente iba a pagar por no contarle sus planes. ¿Cómo se las cobraría? Aún lo ignoraba. Pero no había forma alguna en que el aprendiz de Sagitario escapase a su destino.

-¡Esto si que es una novedad! -Kanon esbozó una sonrisa ligeramente sardónica mientras cruzaba los brazos detrás de su nuca.- Siempre supe que era un niño raro. -Pero Saga no le prestó demasiado atención, puesto que iba inmerso en sus propios pensamientos.- ¡Oye! ¿Me estás escuchando?

-Si, si, Kanon.

- Ya. -Le miró de soslayo, sabiendo que le mentía.- Vamos a sacarle toda la verdad al arquero, ¿cierto?

-Si.

-Y vamos por el tercer cómplice, ¿no?

-Por supuesto.

-Oh. -Kanon rió.- ¡Me va a encantar decirle sobre esto!

Saga lo miró de reojo y, sin que pudiera evitarlo, sonrió, contagiándose de la risa de su hermano. Pero, no habían avanzado demasiado cuando, a sus espaldas, oyeron la voz por la que buscaban.

-¡Vosotros! Os he buscado por todos lados. -la aprendiza sonrió, detrás de su máscara de plata.

-¡Que casualidad! -Kanon fue el primero en responder. Volteó hacia donde estaba Naiay le sonrió, dejando entrever en su sonrisa cómplice que había algo más interesante detrás de ese encuentro.- Nosotros también te buscábamos.

La marca morada y el labio inflamado de Saga no pasaron desapercibidos a los ojos de la Koree, pero si algo había aprendido de pasar la mayor parte de sus tiempo con aquel par de hermanos idénticos, era que muchas veces, el silencio era más agradecido que una pregunta que despertara recuerdos dolorosos.

-¿Para qué me queríais?

-Pues…

-Y…¿tu sombra? -Kanon interrumpió, mirando en todas direcciones. Al igual que su hermano y Aioros, usualmente, Naiara y Deltha venían en paquete. Como única respuesta, la morena se encogió de hombros.

-En la cabaña. Demasiado callada, si me preguntáis. -A la respuesta, el par de sonrisas en los labios de los gemelos se ensancharon. Curiosa, Naia se apartó la máscara, y ellos pudieron notar el dejo de sospecha en aquellos exóticos ojos violetas.- ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que ocultáis?

-Tenemos información de lo más interesante. -Kanon miró a su hermano, y este asintió.

-¿Sobre qué?

-Sobre vuestras sombras.

Naiara se respingó. Arrugó el ceño, sin saber como debía tomar exactamente aquel comentario. Entonces, desvió a su atención hacia el mayor de los dos y le cuestionó, sin necesidad de pronunciar palabra alguna.

-Corre el rumor de que… -Saga se aclaró la garganta, e inconscientemente, sondeó los alrededores en busca de espías indeseados.- … de que mi sombra besó a la tuya ayer…sin máscara.

-¡¿Qué? -Exclamó, desatando una carcajada en Kanon.- ¡¿Por qué yo no sabía eso?

-Estás terriblemente mal informada. -Saga meneó la cabeza.- ¡Y nosotros que pensábamos sacarte cada oscuro detalle de eso!

-Maldita sea. Esto es muy injusto. -la aprendiza se cruzó de brazos y resopló sus flecos oscuros.- ¿Cómo es posible que os enteréis antes que yo? Decidme todo lo que sepáis, quiero detalles. No omitáis nada.

-Verás…

-No sabemos mucho más. -Acotó el mayor.- En verdad esperábamos que tú pudieras decirnos más.

-Obviamente yo no sé nada. ¿Cómo que un beso? ¿Cómo que sin máscara? ¿Cómo es que no sabemos? -los gemelos subieron los hombros.- Del nunca quiso quitarse la máscara antes, ¡y ahora hasta deja que la besen! ¡Ugh!

-¿No sabías nada de que a ella… le gustaba Aioros?

-¡No! Nunca mencionó nada de eso. ¿Tú sabías que a Aioros le gustaba? -Saga negó.- Ya. Pues entonces, ambos fuimos engañados vilmente.

-Sois un fracaso. -Kanon se cruzó de brazos.- Deberíais hacer mejor vuestro trabajo de niñeras. Me resulta el colmo que tengamos que enterarnos de estas cosas por la boca de los mocosos y no por vosotros, que se supone sois los más cercanos a ese par de idiotas empalagosos. -Tristemente, así era.

- ¿Mocosos? ¿De qué hablas?

-Aioria y Milo les descubrieron. Aparentemente están de lo más preocupados por la posibilidad de que Deltha tenga que matar a Aioros.

-Jah. Como si pudiera. -Sus propias palabras le supieron amargas. Kanon sabía que, al igual que Saga, Aioros parecía avanzar a pasos agigantados por delante de él.- Es más, probablemente, esa niña ni siquiera pueda matar a una cucaracha sin ponerse a llorar. -Giró los ojos y se sintió mucho mejor al borrar aquello que había parecido un elogio hacia el aprendiz de Sagitario.

-La otra opción no es exactamente la gran maravilla, Kanon.

-Matar o amar. No deja de ser una ley estúpida. -Naia posó sus manos sobre las caderas y apartó la mirada de los gemelos. Sin embargo, rápidamente la regresó, con una pregunta en mente.- ¡Por cierto! Tengo una duda.

-¿Sobre qué?

-Decís que Aioros la besó. -Los gemelos asintieron.- Pero…¿qué clase de beso?

-¡Pues un beso!

-Si, pero, ¿cómo? No sé vosotros, pero yo he visto…muchos tipos de besos en el campamento de las korees. -Carraspeó.

Fue como si el cuestionamiento terminara de sacar de balance a los gemelos peliazules. Aquella era una buena pregunta, una interesante pregunta…que no se les había ocurrido a ellos.

-De acuerdo, entiendo. -Saga dejó caer la cabeza.- No sé si quiero saberlo.

-Oh, si que quieres.

-Vale, si quiero. -Admitió sin dudar más de medio segundo. ¡Moría de ganas por saber!- No sé vosotros, pero no tengo la menor intención de quedarme aquí mas tiempo, elucubrando sobre lo que pasó. -Sin más, Saga giró sobre sus talones y rebuscó con su cosmos por el de su víctima.- Aioros va a decirme hasta el último detalle de esta súbita locura suya. ¿Venís?

-¡Por supuesto! ¡Veremos que tiene que decir el arquero de todo! ¡Jah! ¡Andar besando a Deltha! ¿Quién se cree que es para hacerlo? ¡Y para no decirnos nada!

Naiara corrió detrás de él hasta darle alcance, mientras Kanon observaba desde atrás, sin moverse más que unos pocos centímetros. Desde ahí, los miró con atención por un par de segundos.

-¡Que descaro dejarnos fuera! ¡No puedo creerme esto! -La koree se quejó por enésima vez.

-¿Y tú crees que yo si?

-Debió decirme.

-Obviamente, ninguno dijo nada. -Saga bufó.

-Pagarán por esto.

-Te aseguró que lo harán.

-¡Eh! ¡Par de genios! -El llamado de Kanon los hizo detenerse y voltear.- ¿Tenéis algún plan? Digo, además de hacerlos hablar, lo cual no creo que resulte particularmente difícil dado el hecho que es imposible mantenerlos callados, ¿haremos algo más?

Saga y Naia se tomaron un segundo para ahondar en la pregunta de Kanon. Entrecruzaron miradas y, de pronto, respondieron a la vez.

-No. -Kanon alzó las cejas, incapaz de creerse lo que escuchaba.

-Primero, averiguaremos los detalles, y después, veremos que hacer con ellos.

-No puede ser tan grave, ¿o si?

Detuvieron su plática, y se miraron. ¿Podía serlo? Pero antes de que cualquiera de los dos gemelos pudiera hacer algo más, la aprendiza de Caelum les sorprendió jalándolos consigo para retomar el camino.

-Tenemos un arquero que encontrar.

-X-

La ráfaga de aire le golpeó con tanta fuerza que Aioros no pudo reaccionar. Lo siguiente que supo fue que su cuerpo impactó contra un par de columnas derruidas, cercanas al campo de entrenamiento. Ahogó un quejido, más por orgullo que cualquier cosa, y apretó los dientes, tragándose el punzante dolor de la piedra impactando contra su espalda.

-¿Qué demonios fue eso? -Oyó la voz de Orestes y alzó la mirada. Sin quitar la vista de su maestro, Aioros se puso de pie. Rápidamente limpió en su ropa el hilo de sangre que corría de una herida abierta en su antebrazo y se secó el sudor de la frente mientras luchaba por controlar su respiración desbocada.- Si no recuerdo mal, hasta ayer eras perfectamente capaz de esquivar ese golpe.

-Lo siento. -Musitó.

-¿Lo sientes? -Orestes levantó una ceja, confundido por la conducta extraña en su aprendiz.- ¿Qué pasa contigo? Puedo verte frente a mi, pero estoy completamente seguro que tu cabeza está muy lejos de aquí. -El castaño agachó la mirada y, como reflejo, apretó lo más que pudo la cinta de su frente. Se maldijo tan pronto cayó en cuenta de que aquel gesto solamente traicionaba su ansiedad.- ¿Aioros? -El santo de Sagitario le buscó la mirada, más el chico continuó evitándole.- ¿Aioros? Te hice una pregunta. ¿Qué te sucede?

-No pasa nada. Estoy bien.

-Bueno, ¿me crees estúpido? -Orestes meneó la cabeza, con cierta decepción.- Te conozco lo suficiente como para saber que algo raro te sucede. No sé que es, y obviamente no quieres que lo sepa, pero entonces, esfuérzate más por disimularlo. No vengas a mis entrenamientos asumiendo que no voy a notar un cambio como este.

Aioros torció la boca y desvió la mirada. En ese preciso momento, callarse era la mejor opción que le quedaba. A decir verdad, por más que se esforzase, mentir no era exactamente algo que solía hacer bien.

Al mismo tiempo, el joven castaño sabía que las cosas con Orestes habían cambiado. Seguían siendo más que maestro y alumno, eran amigos. Sin embargo, con el paso de los años, la rutina del día a día se había vuelto más estricta. El pelinegro lo había dejado muy en claro: si quería la armadura, iba a tener que ganarla. Y para Orestes, la batalla no sería solamente en el Coliseo, cuando el día llegase; sino que cada paso en ese largo camino, terminaría de demostrar la valía de su aprendiz, y por lo tanto, su derecho a vestir el ropaje sagrado de Sagitario.

Dispuesto a no volver a caer en la misma situación, Aioros se sacudió el polvo que se había impregnado en sus ropas de entrenamiento, y se plantó de nuevo frente a su maestro. Tomó su posición de combate y sus cosmos se encendió sutilmente, envolviéndolo en un resplandor dorado apenas perceptible.

Orestes le observó con atención, leyendo en esa mirada azul el cambio en cambio en su actitud.

-Mucho mejor. -Musitó, y sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción.

-¿Listo, maestro? -Dijo. Y antes de que Orestes tuviera tiempo de decir algo más, Aioros se abalanzó contra él.

Los golpes y las patadas del aprendiz aún eran predecibles para el santo, quien sin dificultad alguna, evadió cuanto ataque le sobrevino. El manejo del cosmos había mejorado sustancialmente. El castaño había aprendido a domar toda esa energía que manaba de él, y con el paso del tiempo, a canalizarla, especialmente para sus fortalezas.

Sin embargo, aquel no era el día de Aioros. A pesar de que se había esforzado en mantener la concentración en sus entrenamientos, Orestes podía asegurar que no lo estaba consiguiendo. Cuando el puño del aprendiz rozó con peligrosidad su rostro, el moreno retrocedió, consiguiendo esquivarlo, más la calidez del cosmos que rodeaba esa mano no le pasó desapercibida. De haberle impactado, hubiese sido más doloroso de lo que esperaba.

Entonces, Orestes contraatacó.

A diferencia de su pupilo, su puño no falló, y como si de un déjà vu se tratase, el joven arquero volvió a salir disparado por los aires, para terminar estrellándose contra el piso una vez más.

En esta ocasión no hizo el menor intento por levantarse. Permaneció ahí, tendido sobre el áspero piso; con la respiración desbocada y la mirada perdida en el cielo, dejando que su mente le recordara una y otra vez que lo había arruinado. La mandíbula le dolía ligeramente, pero su orgullo estaba mucho más magullado.

De pronto, su campo de visión se vio oscurecido por la sombra de su maestro, y poco después, por su rostro. Orestes meneó la cabeza y giró los ojos. Un par de segundos más tarde, le tendió la mano para ayudarle a ponerse en pie y el aprendiz la aceptó.

-Ahora mismo… no sé que pensar. -Dijo el mayor. Rascó con desparpajo su cabeza, revolviendo en el proceso su melena oscura.

-Pues, adivina…Yo tampoco. -Pero, la mezcla de pesadumbre e irritación con la que sonaron las palabras de Aioros consiguió sacarle una risa.

-Espera, espera. Creo que ya sé que pensar. -Contuvo su propia risa y observó, con total travesura, la desventurada mirada de su alumno.- Creo que, ahora mismo, eres un reverendo desastre.

-Cualquier lo diría, Orestes, cualquiera lo diría. -Aioros movió la mandíbula en repetidas ocasiones, sintiendo que algo definitivamente estaba fuera de lugar… probablemente era su cerebro.

Como se había vuelto una costumbre entre ellos, el santo de Sagitario le revolvió el cabello con cierta saña juguetona. Pero antes de que pudiera decir algo más, supieron que su conversación había terminado.

-¡Aioros! -el grito simultaneo hizo que el castaño y el moreno giraran sus cabezas en dirección de aquel par de voces conocidas.

-Por Athena… -Musitó el aludido, arrancando una nueva carcajada de la garganta de su maestro.

-¿Podrá, ésta distraída personalidad tuya, sobrevivir a ellos hoy? -El más joven suspiró.- Buena suerte, entonces. -Aioros le reprochó con la mirada. Orestes de verdad se estaba divirtiendo a sus costillas , ¡y ni siquiera tenía la decencia de ocultarlo!

Más no hubo tiempo de hacer, ni decir más, porque rápidamente los gemelos había llegado junto a ellos e, increíblemente, Orestes fue capaz de leer la ansiedad en la mirada de Saga y aquello le pareció particularmente sospechoso. Pero los aprendices de Géminis no eran los únicos interesados en su pupilo. Detrás del par, el santo de Sagitario distinguió la discreta y prudente figura de la koree que se había vuelto su incondicional en los últimos años.

Al verla, Orestes sonrió; lo hizo pensando en la reacción de Axelle. La conocía lo suficiente como para saber que esa complicidad entre su aprendiza y los jóvenes del tercer templo con todo probabilidad le parecía errónea. Y la otra niña, no andaba muy lejos de esa situación con su propio alumno.

Vale, que tenía que admitirlo. Él mismo tenía dudas de aquella amistad, pero las suyas eran mucho menos oscuras y pesimistas que la de todos los demás…

Naia, mientras tanto, ondeó la mano desde lejos, a manera de saludo. Una cosa era andar con los aprendices dorados y otra, muy diferente, acercarse demasiado a sus maestros. Por más magistrales que fuesen, con toda esa aura de belleza que les rodeaba a ellos y sus armaduras; y el innegable brillo que les separaba del resto, la koree conocía los límites que les caracterizaban, y no estaba dispuesta a ponerlos a prueba.

Orestes podía ser radicalmente opuesto a Zarek, pero no por eso podía tratarlo con la familiaridad que le mostraban los gemelos. Así que, sin tentar demasiado a la suerte, dejó que sus amigos peliazules se dedicaran al secuestro del aprendiz de arquero.

-¡Aioros! -volvió a repetir el mayor de los dos. Para sorpresa de todos los presentes, incluyendo el mismo Saga, su manos se posaron sobre los hombros del castaño y lo sacudieron ligeramente mientras sus ojos esmeralda parecían buscar con desesperación las respuestas en la mirada cerúlea del arquero.

-¡¿Qué? -Aioros trató de liberarse, pero no pudo.

-¡Necesitamos hablar! Orestes, ¿podemos robártelo unos minutos? - Se dirigió al santo, quien desvió ligeramente la mirada hacia su alumno, situado a espaldas a de Saga. Aioros meneó insistentemente la cabeza, suplicándole que se negara…pero de nada le sirvió.

-No tardaremos. -Terció Kanon.- Será rápido.

-"Y doloroso." -Saga entrecerró los ojos, sin quitarlos del rostro de su amigo. Y, como si pudiera leer su mente, Aioros tragó saliva. ¿Qué demonios sucedía?

-No creo que sea buena idea. -Se atrevió a hablar, después de aclararse la garganta con nerviosismo.- Tengo entrenamiento y aún no terminamos, ¿verdad? -Miró a su maestro, pero Orestes simplemente le ignoró.

-No, no. Por mi no os preocupéis. -Sonrió. Después, se dirigió a los gemelos.- Haced como os plazca.¡Ah! Y no me lo devolváis hasta que su cerebro le regrese al cuerpo.

-¡Me temo que eso es imposible! -Oyó a Kanon responderle a la distancia y soltó de nuevo una carcajada, mientras los miraba alejarse a toda prisa.

-X-

Deltha curioseó los alrededores, y al descubrir el camino libre, se apresuró a huir lo más rápido que pudo. Ahora que Axelle y Naiara se habían marchado, tenía por fin la oportunidad para ir en busca de Aioros.

De solo pensar en ello, sentía sus mejillas arder. No terminaba de comprender todo lo que sucedía, pero las cosas definitivamente habían cambiado. La cuestión era que no estaba segura de querer hablar de la tarde anterior, ni de poder hacerlo sin que toda su cara se transformase en un tomate maduro, pero tampoco pensaba desaparecer y fingir que nada había sucedido. Al final, tenía que admitirlo, aquel beso había sido… lindo.

Su propia risa, que sonaba particularmente torpe y distraída, la sorprendió. Se esforzó por recuperar la compostura, pero de alguna manera, esa sonrisa tonta que se dibuja en sus labios al pensar en la tarde anterior, se resistía a marcharse. No le había dicho a nadie, porque con toda certeza, no sabría como hacerlo. Sin embargo, eventualmente terminaría confesando todo a su única confidente.

-¿A dónde? ¿A dónde? -Preguntó para si misma.

Y terminó avanzado en la dirección donde pensaría que encontraría a Aioros.

-X-

Durante todo el trayecto en que Saga prácticamente le arrastró sin compasión alguna, Aioros no pronunció palabra. Si algo, sus grandes ojos azules iban y venían, recorriendo los rostros de sus amigos, que en ese momento, no eran nada más que un gran misterio para el castaño.

-¡Bien! ¡Suficiente! -A la orden de Naia, el grupo se detuvo. La koree posó sus manos sobre su cintura y, tras despojarse de la máscara, miró de manera inquisidora al arquero.- ¡Confiesa! -Aioros se respingó mientras el dedo de la morena impactaba contra su pecho en varias ocasiones.

-¿Confesar?

-Si. Confesar.

Aioros alejó el rostro del de ella, que se había acercado peligrosamente; tragó saliva y llevó su mirada hacia Saga, en un desesperado grito de ayuda.

-¡Quita esa cara de inocencia! -Para su sorpresa, el gemelo se cruzó de brazos y afiló la mirada. Kanon, a su lado, sonrió con sorna.- ¡¿Por qué no dijiste nada?

-¡¿Decir nada sobre qué? -Movió los brazos con nerviosismo, pero la forma en que Naia y Saga le miraron, volvió a congelarlo.- No sé de que estamos hablando.

El peliazul mayor y la aprendiza llevaron sus ojos el uno al otro mientras que, casi al mismo tiempo las cejas de ambos se levantaron, dejando en claro que no compraban una sola palabra de aquel aparente desconocimiento de Aioros. La desesperación del arquero se reflejó en su rostro, al grado en que, aunque ni el mismo se lo creyera, recurrió a Kanon por algún tipo de apoyo que no encontró.

-Por Athena y todos los dioses, ¡que alguien me diga que rayos hice! -Vociferó. Entre tanta complicidad de aquel trío, comenzaba a sentirse ahogado.

-¡¿Qué hiciste? -Como lo hiciese antes, Saga volvió a sacudirlo.- ¡¿Cómo qué que hiciste? ¡Besaste a Deltha! ¡A Deltha!

El mohín de desesperación de Aioros rápidamente se tornó en un de completo desconcierto. Tragó saliva y sus ojos se centraron en el rostro de su amigo.

-Oh.

-¡¿Oh? -De pronto, todo movimiento del gemelo cesó. Sus cejas subieron aún, si es que eso era posible, y antes de que Aioros tuviera cualquier otra reacción, los jalones regresaron con más fuerza que antes.- ¡¿Eso es todo lo que piensas decirnos?

-¡No sé que más queréis oír!

-¿Lo hiciste o no? -Terció la chica. En respuesta, Aioros se aclaró la garganta.- ¡Aioros!

-¡¿Qué?

-¿Lo hiciste o no?

-Es obvio que lo hizo. -Y la sonrisa que hasta entonces iluminaba los labios de Kanon, se transformó en una escandalosa carcajada.- ¡A Aioros le gusta Deltha!

El castaño dejó caer la cabeza. Negó con suavidad, a sabiendas que aquella gran bocaza de Kanon no estaría callada jamás, y cruzó los brazos, mientras desviaba la mirada hasta algún punto desconocido en el horizonte.

No era iluso como para pensar que alguno de ellos se lo tomaría de otra manera, pero la verdad era que tampoco tenía explicaciones que dar…especialmente porque ni siquiera era capaz de encontrarlas para si mismo. Lo de la tarde anterior había sido un impulso, un reflejo que Aioros no podía saber de donde vino, pero que había sido lo suficientemente fuerte como para frenarlo.

-¡Deltha te gusta! -Volvió a escuchar la voz de Kanon y refunfuñó por lo bajo.- ¡Y la besaste!

-Cállate, Kanon.

-Eres mucho más raro de lo que pensaba. -El gemelo esbozó una sonrisa retorcida.- Rarísimo, de hecho.

-¿Terminaste? Tengo cosas que hacer. -Giró sobre sus talones para regresar a donde Orestes, pero una vez más, Saga le impidió el paso.

-Explicaciones, Aioros. Explicaciones.

El joven arquero se encogió de hombros. Enfrentó una a una las miradas de los demás, y al no encontrar escape a ellas, cruzó los brazos; selló los labios y decidió que no tenía nada más que decir.

-¿Y bien? Estamos esperando. -Naia retomó la conversación. Volvió a acercarse al castaño, pero esta vez, éste no se inmutó.- ¿Por qué la besaste? -Aioros entreabrió los labios sin dar crédito al emboscada que el trío le había tendido. Frunció el entrecejo, y a diferencia de la primera vez, ésta vez fue él quien clavó la mirada incrédula en Saga. ¡¿Cómo podía permitir ese interrogatorio sin ayudarle? Peor aún, ¡¿Cómo podía permitirlo delante de Kanon?

-¿Sabéis qué? En verdad tengo cosas que hacer. -Encogió los hombros y libró el último obstáculo que constituía Saga.

En realidad no esperaba librarse tan fácilmente de la presión, pero cualquier oportunidad de huir era digna de ser aprovechada. Por eso, sin dignarse en mirar atrás y luchando con todas sus fuerzas por mantener el mohín indiferente en su rostro, Aioros caminó lo más rápido que pudo.

Sin embargo, justo cuando creyó que la libertad estaba a su alcance, un rostro de plata asomó a pocos metros de él y casi pudo escuchar la sonrisilla burlona de Kanon.

-¡Deltha! -La llamó el gemelo.

-Hola. ¿Qué sucede…? -Su pregunta quedó inconclusa cuando Aioros la tomó de la muñeca y la jaló para llevarla consigo.

-Nod vamos. Pasadlo bien. -Ondeó la mano y no dijo más. Pero volteó su rostro hacia la pelipúrpura y le susurró.- Camina, camina. No te detengas.

-Pero…

-¡Alto ahí! -Las voces de Saga y Naia resonaron a la vez.

-Nadie va a ningún lado hasta que tengamos respuestas.

-Naia…

-¡Tsh! -Lo animó a callar.- Quiero escucharla a ella, Aioros.

-No entiendo muy bien que sucede. ¿Es otra broma tuya y de los gemelos?

-Estamos hablando de un beso, Deltha. -la aprendiza de Caelum entrecerró los ojos con suspicacia.- ¡El beso que este idiota te dio!

-¡Oye!

-¡Tsh! -Volvió a callarlo.

-Ah… ese beso. -Deltha rió por lo bajo, y aunque casi de manera imperceptible, sintió que su risa sonó tonta otra vez.- Fue solo un… besito inocente.

-Del, no tienes que dar explicaciones a…

-¡Silencio!- Ahí estaban de nuevo, Saga y Naia.

-Cierra la boca y aprende, arquero. -Le reprendió su amigo.- Al menos Deltha es más cooperativa que tú. Adelante, continúa, Del.

-Pues… -La koree hizo una pausa mientras analizaba con detenimiento la situación. Naia y Saga parecían especialmente ofendidos y ansiosos por la situación, Aioros estaba ligeramente… ¿enfadado?; y Kanon… Kanon solo se divertía a costa de ellos.- No sé que más debo deciros.

-¿Besa bien? -El gemelo menor terció con la sonrisa más ancha hasta ese momento.

-Yo…yo… -Llevó su mirada a Aioros y éste respondió girando los ojos.- Solo fue un beso en la mejilla… -Agregó. Y sus mejillas ardieron más que nunca.- ¿Por qué hablamos de esto?

-¡Porque sí!

-¡¿Podrías dejar de hacer eso? ¡Que habléis al mismo tiempo comienza a tonarse fastidioso!

-¡Suficiente, Aioros! ¡Tú y yo tenemos que hablar… ahora! -Espetó Saga.

-¡¿Qué?

-¡Y ! -Deltha se respingó al escuchar la autoritaria voz de Naia.- ¡Tú vienes conmigo!

-Pero…

Y antes de que cualquiera de los dos pudiera huir u oponerse, Naiara y Saga jalaron de ellos en direcciones opuestas. Kanon, mientra tanto, permaneció en medio, observando de lo más divertido de una pareja a otra. Pero, entonces, se dio cuenta que los chismes se dividían y él no.

-¡Eh! ¡Tened la decencia de esperar por mi! -Gritó a su hermano y al chico de Sagitario.

-Tú no vienes. -Con Kanon ahí, no habría forma posible en que Aioros soltara una sola palabra respecto a lo que había pasado el día anterior.

-¡¿Cómo? ¡¿Me estáis corriendo?

-Ve a hacerte cargo de los niños. Seguramente seguirán pensando en todo este desastre. Encárgate de tranquilizarlos.

-¡Saga! -Pero era demasiado tarde, puesto que el peliazul y el castaño no iban a cambiar de idea. Así, Kanon fue dejado atrás con nada más que una mala versión de aquel enredo y el amargo sabor de sentirse excluido.- ¡Idiotas! -Les gritó, solo para soltar un gruñido después.

No tenía caso quedarse ahí ni tampoco intentar seguirles. Arrastrando los pies, regresó sobre sus pasos, con toda la intención de hacer caso omiso de las palabras de su hermano. Después de semejante abandono, lo que menos deseaba era darle la satisfacción de hacer lo que se le había pedido… no que a Saga fuera a importarle, claro.

Por ello, de mala gana y no sin echar un último vistazo en dirección hacia donde el par había desaparecido, Kanon emprendió la carrera con rumbo incierto.

-X-

-Lo comprendes, ¿verdad? –Arles miró los ojos rosáceos del Maestro, y asintió lentamente. Shion esbozó una sonrisa cansada y posó las manos en sus hombros.- Eres un buen hombre y un excelente consejero. Pero tienes que saber que el futuro de la Orden está en otra generación.

-Lo se. Es una buena decisión, Maestro. Aunque no por ello menos complicada y difícil.

-Tienes razón. –Lo estrechó suavemente.- Hablé largo y tendido con Dohko acerca de este asunto. –suspiró.- Voy a necesitarte a mi lado en esto. Yo estoy ya muy viejo para estas cosas. Serás un excelente guía para los chicos. Van a necesitarte y yo te necesitaré a su lado.

-Haré lo que pueda. Aunque nunca hemos tenido una relación demasiado… cercana. -el anciano sonrió. Cercana no era la palabra que buscaba su viejo amigo.

-No te preocupes por ello, aún así te respetan.

-Algo así… si.

-Gracias, Arles.

-No me las des. –el castaño se sopló el flequillo, y le tendió la máscara dorada.- Solamente espero que esto salga bien. Gigas es un personaje siniestro y peligroso, no se como encaje esta noticia y cual sea su reacción. Ni la del resto de consejeros, a decir verdad.

En ese momento, alguien tocó a la puerta.

-Y… ahí esta. –murmuró el Maestro.

-X-

-¿Cree que sea una decisión sabia, Santidad?

Tras su máscara dorada, Shion alzó los lunares de su frente. Vio de soslayo a Arles, con la vista clavada en algún lugar del horizonte que sus ojos contemplaban a través del ventanal, y respiró hondo. Sabía de sobra lo mucho que aquella decisión iba a trastocar la paz de los más altos cargos de la Orden. Y aún así, tenía mil y un motivos para estar seguro de ella.

-Discutí esto ampliamente con mis hombres de más confianza: Arles y el Maestro de Libra. Llegamos a la misma conclusión. –el viejo agachó rápidamente la cabeza y carraspeó, aclarándose la garganta- ¿Tienes alguna sugerencia mejor que hayamos pasado por alto, Gigas?

Sabiamente, se tomó unos segundos para responder a aquella complicada pregunta. Mientras tanto, Shion no dejó de contemplarlo un solo segundo con cierto pesar.

La Orden de Athena era complicada, contaba con más de doscientos años de experiencia en el cargo de Santo Patriarca como para corroborarlo. Sin embargo, aunque uno pudiera pensar que la complejidad de todo radicaba en mantener el orden entre los Santos y sus, habitualmente, egos desmedidos… nada más lejos de la realidad. Eran casos como el que estaba viviendo en aquel momento, donde entraban en juego los sacerdotes, los consejeros, todos los que se atrevían a irrumpir en el devenir de las cosas intentando sacar provecho; ellos eran los que hacían todo mil veces más complejo.

Y Gigas no era una excepción.

Era cierto que nunca había sentido simpatía por aquel hombre pequeño y encorvado, de mirada ladina y aspecto ciertamente malicioso y cobarde. Siempre le había mantenido en su punto de mira, vigilado de cerca, y en cada oportunidad… había procurado dejar las cosas importantes en otras manos. Pero no por ello dejaba de escucharle cuando tenía algo que decir: escuchar opiniones distintas a las suyas le daba perspectiva. Mas en aquel caso… lo único que estaba consiguiendo era ponerle en sobreaviso de sus intenciones. Para la gente como él, los Santos no eran más que útiles armas que los mantendrían con vida en caso de tragedia.

-Pienso que los niños son demasiado pequeños, Maestro. –Shion asintió lentamente.- En realidad, ni siquiera sabemos si llegaran a conseguir su armadura. Los obstáculos que se les presentan son muy grandes…

-Eso es verdad.

-¿No cree que es precipitado? Apenas cuentan con doce años, Santidad. –Gigas negó lentamente con el rostro.- Aún en el mejor de los casos, les queda tiempo aún para conseguir su armadura, un par de años quizá. Y la preparación que deben adquirir para ocupar su puesto es…

-Es mucha y complicada. Más aún si se trata de un adolescente. –el sacerdote abrió sutilmente los ojos cuando escuchó como Shion le daba la razón, sin saber que esperar de aquella conversación.

-¿Entonces? ¿No sería más adecuado preparar a alguien más hasta que ellos estén listos para tomar el cargo?

-¿Tan rápido piensas enterrarme, Gigas? –Al lemuriano le resultó imposible no sonreír al ver el gesto de pánico en el hombre.- La idea de implantar un regente tras mi muerte si ellos aún son demasiado jóvenes, no está en mis planes. No es una opción.

-¿Por qué no, señor? Cualquiera de los Santos de Oro podría hacer un buen trabajo. Incluso…

-¿Los consejeros? –Shion ladeó el rostro levemente.- Cederles el trono a los consejeros o sacerdotes sería como darle de comer a los cuervos. –Gigas frunció el ceño sutilmente, y al Maestro no le resultó nada difícil adivinar cuales eran sus intenciones.- El Santuario debe ser manejado por un Caballero, no por políticos con intereses propios. Son ellos los que van a arriesgar su vida por todos los demás, por tanto, nada mejor que su juicio para este puesto.

-¿Y los Santos Dorados?

-¿Cuánto crees que duraría su regencia? –Shion se sobresaltó al escuchar la voz de Arles por primera vez en aquella conversación.- Estas olvidando que Géminis y Sagitario tendrán, probablemente, nuevo dueño en un par de años. Quizá pasen cuatro cuando llegue el turno de Cáncer y Capricornio. ¿Sabes lo que sucede cuando llegan los combates? –El del ojo de cristal guardó silencio.- Suelen ser a vida o muerte. Y el que muere… suele ser el antiguo portador. –Sin querer, Gigas apretó los dientes.- Hay casos en los que no es así, pero suele ser lo más habitual. La nueva generación siempre es mejor que la anterior, siempre termina imponiéndose. ¿Le darías el trono a un santo, sabiendo que probablemente no viva más de cinco años? ¿En qué cambiaría eso nuestra situación? Los chicos tendrían quince o dieciséis años, no más.

-El Santuario necesita estabilidad, no cambios de liderazgo que perturben el devenir de las cosas. La señora Athena no tardará en llegar y esos niños a los que no crees capaces… morirán por ella. Esta es la generación que de verdad importa, por muy duro que suene.

Gigas llevó la mirada al suelo una vez más. Tomó aire con lentitud, y vio de uno a otro fugazmente. Terminó por asentir, aquella batalla la sabía perdida.

-Tenéis razón, Maestro. –Sin embargo, había algo que aún hacía que la curiosidad lo carcomiera.- ¿Pero puedo preguntaros algo?

-Adelante.

-Géminis. ¿Qué pasará con el perdedor en caso de que sobreviva? –Shion frunció el ceño y, casi sin darse cuenta, apretó sutilmente el reposabrazos bajo su mano.

-Sin ambos pelean por la armadura, el uno contra el otro… Será porque ambos están en disposición de ganarla. No tengo la menor duda de que así será. El segundo permanecerá aquí, sería una locura dejar que semejante poder y fuerza se escapase de nuestro control… -En realidad, todo aquello que decía le dolía enormemente y le hacía sentir como un hombre sin corazón. No solamente era que podía resultar peligroso que alguien con un poder de ese calibre anduviera sin control. Era que estaba hablando de los gemelos, los niños que eran como sus propios hijos. Pero no era el padre quien hablaba en aquel instante, sino el Patriarca. Y el momento de la verdad estaba cada vez más cerca.

-¿Las estrellas os dijeron algo al respecto? –El Patriarca apretó los dientes. Aquella conversación comenzaba a irritarlo en exceso.

-Si lo han hecho, sus palabras permanecerán en secreto. –Gigas entreabrió los labios ligeramente emocionado.

-¡Sabéis quien será el primer Santo…! –murmuró con cierto deje de emoción en su voz.

-Podrás esperar un par de años para saberlo, Gigas. –Shion se levantó del trono y con cansancio bajó las escaleras. Su única intención era terminar la conversación en aquel preciso instante. Sin embargo, cuando llegó a la altura del consejero se detuvo, y dándole prácticamente la espalda, continuó.- Ve haciéndote a la idea de que en un futuro próximo deberás tratar con tanto respeto como me tratas a mi a Saga, Aioros o Kanon. Será ante ellos ante quien debas arrodillarte. Ahora, si me disculpas, mi discípulo espera por mi.

-X-

- ¡No tan rápido! -Deltha se quejó. Pero de poco, sino de nada, sirvieron sus lamentos.

Naia no se detuvo hasta que se sintió lo suficientemente lejos del otro par y en territorio seguro para poder hablar sin tapujo alguno. Por fin, tras un rato, llegaron a los límites del campamento de las korees. Solo entonces, cuando consiguieron cobijo en el vértice que formaba dos pequeñas formaciones rocosas, dejó ir la mano de su amiga y la enfrentó, parándose frente a ella sin intención de retroceder.

-¡Quítatela! -Ordenó.- ¡Quítate la máscara, Deltha! -Repitió en busca de rapidez por parte de su amiga. Nunca le gustaron las máscaras, ni para ella ni para nadie. La morena siempre las había considerado un enorme obstáculo cuyo único fin era privar, a cualquier persona que las vistiese, de todo rastro de humanidad.

-¿No te parece que esto es un poquito… exagerado?

-¿Tú crees? ¡¿Cómo te sentirías si yo no te contara algo así de importante?

-Iba a contártelo.

-Pues no me parece.

-No sabía como decírtelo.

-¿Decir qué? ¿Qué te quitaste la máscara, o qué dejaste que Aioros te besara? -A la mención del incidente, por enésima vez ese día, las mejillas de Deltha se tiñeron de rojo. Odiaba esa reacción en ella.

-No esperaba que lo hiciera. -Balbuceó, mientras luchaba por esconder su mirada de la de su amiga.

-Pero lo hizo, después de que te quitaste la máscara para él. ¡Creí que ese estúpido trozo de metal era importante para ti! ¿Por qué te lo quitaste ante él? ¿Te gusta?

-¡Si!... ¡Digo, no!… No lo sé. -Terminó por admitir tras dejar escapar el aliento que tanto había retenido.- Aioros me pidió ver mi rostro…y no pude decirle que no. -Su voz fue perdiendo intensidad mientras hablaba.

-¡¿Él te pidió? ¡¿Le gustas?

-Tampoco lo sé.

-¡Kanon tenía razón! -Naiara se cruzó de brazos.- Siempre supe que Aioros era raro.

-No me lo parece.

Naia la miró de reojo, aún con los brazos cruzados, y la incredulidad tatuada en sus ojos violeta. Deltha, por su parte solo atinó a sonreír con nerviosismo. Conocía a la perfección todos los gesto de su amiga, y sabía lo que aquello significa.

-Es un buen chico.

-Si, si…encantador. -Añadió, irónica.

Divertida por el mohín de disgusto en el rostro de Naia, Deltha soltó una risa. Sabía que Naia no sentía lo que decía, pero no dejaba de ser graciosa la reacción que esbozaba.

-¿De verdad estás molesta? ¿Crees que hice algo muy malo?

-No es eso.

-¿Entonces? -Naia la observó y tras unos pocos segundos, dejó escapar todo lo que sentía.

-Llevo años convenciéndote de quitarte las máscara, ¡y nada!. Pero viene el arquero, te pide que lo hagas, ¡y zas! Le obedeces. Me parece terrible. -Retiró la mirada de su amiga.

A su lado, Deltha pestañeó un par de veces, antes de que su risa resonara en medio del silencio que se formó momentáneamente entre ambas. Aquel gesto no pudo ser interpretado por Naia, quien arrugó las cejas a manera de reproche. Lo que fuera que surcase la mente de la pelipúrpura la sacaba de quicio.

-¿Te parece gracioso?

-Es que… -La pelipúrpura luchó por mantener la compostura.- Es que no te das cuenta, boba. -Le tocó la nariz con el dedo índice.

-¿De qué?

- Si me quité la máscara, es probablemente porque llevas años diciéndome lo poco interesante que resulta y lo muy inútil que puede ser.

-¿Y tú creías eso?

-En parte. -Agachó la mirada.- Creo que, el significado de abandonarla, puede no ser exactamente lo que manda la Ley de las Amazonas. Pero también creo que no podemos andar por ahí, quitándonos la máscara frente a todo el mundo. Algo de especial tiene que tener, ¿no crees?

-Hmp… -Bufó.

-Entonces…¿no estás enojada conmigo?

-No.

A pesar de la mueca en su rostro, en sus adentros, las emociones de Naia distaban mucho del enojo. En realidad, ella misma no sabía definirse lo que sentía, o lo que esas emociones desconocidas significaban. Solo sabía que de improviso, las cosas habían cambiado e ignoraba las repercusiones de dichos cambios.

-Y ahora, ¿qué? -Naia volvió a hablar tras un largo silencio. Su voz sonaba mucho más tranquila, aunque aún había un dejo de enfado en ella.- ¿Seréis novios o algo? ¿Estaréis juntos todo el tiempo? ¿Tendréis la decencia de contarnos a Saga y a mi lo que sucede de vez en vez? -A cada pregunta, los ojos de la aprendiza de Apus se abrían más y más.

-Nunca hablamos de eso.

-Pues deberíais. Debo saber si tendré que adoptar a Saga o no. Aunque Kanon es mucho más divertido.

-Ya… No creo que eso sea necesario.

-¿Significa que si seréis novios o algo así? -Deltha subió los hombros.- Bien. Porque pienso vigilarlo de cerca, y si te hace algo, ¡avísame y nos aseguraremos de darle una lección entre las dos! ¡Jah! Si va a robarse a mi mejor amiga, más le vale hacer las cosas bien y no comportarse como un idiota. -Masculló, no sin sentirse ligeramente relegada. Pero, pillándola desprevenida, los brazos de Deltha se cerraron alrededor de ella en un abrazo que solamente atinó a responder.

-Aioros podrá ser... lo que sea que vaya a ser. -Sonrió.- Pero tú, siempre serás tú…mi familia.

La morena la miró y ahogó el nudo en su garganta. Correspondió la sonrisa de la mejor manera que pudo para después centrar su atención en ella. Una sonrisa pícara, como las que usualmente esbozaba, se dibujó en sus labios.

-Con todo, sigo creyendo que Aioros es raro.

Y las risas de ambas estallaron, juntas, por primera vez esa tarde.

-X-

Disgustado, Kanon pateó una piedra con todas sus fuerzas. Masculló una maldición y siguió caminando con pesadez por las callejuelas de Rodorio. Parecía que una vez más, su hermano había encontrado una manera para nada sutil de echarlo a un lado y aquello comenzaba a convertirse en una desagradable costumbre.

Se sentía furioso, si. Pero también decepcionado.

Sin embargo, fue en aquel momento cuando a sus oídos llegó una risa infantil de lo más conocida para él. Dobló la esquina, hasta que llegó al ágora. A aquellas horas del día, la hermosa y pequeña plazoleta era un hervidero de gente. El continuo ir y venir de los comerciantes del mercado y las voces que daban en su afán por vender algo más, envolvían todo en una curiosa algarabía.

Miró de izquierda a derecha en busca de Milo y finalmente lo encontró a la sombra de la stoa. No tenía la menor idea de que hacia el pequeño escorpión solo tan lejos de casa, pero no pensaba dejar pasar la oportunidad de pasar un buen rato. Al menos aquello lo mantendría distraído.

-¡Kanon! –Apenas se acercó unos pasos, el chiquillo lo vio y gritó su nombre emocionado. Casi tímidamente Kanon lo saludó con la mano.

-¿Qué haces aquí solo? –preguntó cuando llegó a su altura.

-Me aburría. –el pequeño peliazul se encogió de hombros y rápidamente volteó a su izquierda. El gemelo menor, lo siguió con la mirada, curioso por ver que era aquello que mantenía tan entretenido a Milo.

Entreabrió los labios cuando vio como el pequeño jugueteaba sin miedo con dos pequeños escorpiones, que le resultaban incomprensiblemente divertidos. El mayor miró a los dos arácnidos con desconfianza y se sentó junto al niño.

-¿Qué haces con eso?

-Son escorpiones.

-Ya… -dijo ante la obviedad.- Son venenosos. –Milo asintió.

-Pero a mi no me hacen nada. –Kanon se echó hacía atrás unos centímetros cuando el chiquillo sostuvo uno con su mano y se lo acercó al rostro, mostrándoselo.- Puedes tocarlo.

-Eh… No, gracias.

-¿Dónde está Saga? –Ante la pregunta, el geminiano sintió unas ganas irrefrenables de voltear los ojos. Pero se contuvo.

-Ocupado. –Dijo mientras se soplaba el flequillo.

-Oh. –Casi podía decir que sentía la decepción del chico como suya propia. Así que, sin pensarlo demasiado, llevó su mano al cabello desordenado de Milo y lo revolvió aún más si es que era posible.

-¡Para! ¡Para! –intentó apartar con sus pequeñas manitas la suya, sin éxito alguno, sacándole una carcajada.- ¡Me despeinas!

-Presumido. –Milo dibujó un fingido mohín de disgusto, y antes de que pudiera evitarlo, una luminosa sonrisa iluminó su rostro, quitándole toda la credibilidad al gesto anterior.

Permaneció allí un rato, sentado a la sombra de los pilares, y observando el parloteó infantil de Milo con sus dos nuevos amigos. No tenía la menor idea de donde los había sacado, pues aunque podían encontrarse por el Santuario, no era habitual toparse con uno, menos dos, en pleno ágora.

Se sopló el flequillo una vez más y se estiró con pereza, ahogando un bostezo.

Sin embargo, cuando se sobó los ojos, la fachada reluciente de las termas se dibujó ante él como por arte de magia. Vio el ir y venir de la gente durante unos minutos, escuchando las risas y las palabras incesantes de los hombres y mujeres que entraban y salían de ellas. Desde donde estaba, podía incluso oler el fino aroma de las hierbas aromáticas entremezcladas con el vapor.

Y de pronto, se le ocurrió. Esbozó una sonrisa traviesa y volteando rápidamente a ver a Milo, habló.

-¿Te apetece hacer algo divertido? –Se encontró con un par de ojos celestes que lo miraban con una fascinación y una curiosidad incontenibles. Asintió enérgicamente.- Verás… -Se acercó a él y lo habló al oído. Aún más emocionado por la muestra de complicidad, Milo volvió a asentir con los ojos casi desorbitados.

-¡Es genial!

-¿Dónde conseguiste a los escorpiones?

-Allí. –dijo señalando uno de los puestos.- El señor tiene bichos de lo más raros.

-Vale, vamos. Pero tenemos que ser discretos. –se llevó una mano a los labios, intentando parecer más convincente.

-Vamos. –el pequeño se levantó de un salto, con los dos arácnidos en sus manos, y siguió a Kanon con decisión, esforzándose por pasar desapercibido, tal y como el mayor había dicho.

Se las ingeniaron para atravesar toda la multitud de gente que atestaba la plaza, y antes de que nadie se diera cuenta de su presencia, consiguieron llegar a la parte trasera de los puestos, donde solamente los comerciantes iban y venían a toda prisa. Kanon tocó su hombro y lo empujó suavemente, animándolo a empezar con el plan. Milo asintió con convicción y asegurándose de que nadie lo viera salir de allí, se acercó al puesto.

-¡Volviste! –dijo amablemente el hombre de piel oscura e insondables ojos negros.

-Si.

-¿Trajiste a nuestros pequeños amigos? –Milo asintió, a la vez que miraba de soslayo tras el vendedor y vigilaba los pasos de Kanon mientras se acercaba hasta él.

-Están aquí. –respondió, mostrándole los escorpiones en su mano.- Son bonitos. –El gemelo, mientras tanto, había llegado a su objetivo.

-¡Ya lo creo! Quizá pronto puedas tener uno propio, les gustas. –Milo sonrió, a la vez que Kanon tomaba una de las urnas de mimbre entre sus manos, volteaba sobre sus pasos, haciéndole después una señal con el dedo y desapareciendo más rápido de los que sus ojos le permitieron ver.

-¡Ahorraré y volveré a comprar uno! –se despidió con su mano.- ¡Adiós y gracias, señor!

-¡Adiós! –replicó sonriente el hombre, mientras lo observaba irse a toda carrera.- ¡Adiós!

Divertido, se dio la vuelta dispuesto a devolver a los dos escorpiones a su lugar. Sin embargo, en aquel instante se percató de algo. Una de sus cestas faltaba. Entreabrió los labios y se llevó las manos a la cabeza, soltando una maldición a voz en grito. Sus arácnidos no estaban.

-X-

-¡Buen trabajo! –Milo infló el pecho ante la felicitación del mayor en el cobijo del callejón donde habían ido a parar.

-¿Puedo ver? –preguntó ojeando con interés la vieja urna.

-Con cuidado. –El más pequeño se acercó y Kanon abrió levemente la tapa. Lo suficiente para que los dos pudieran ver su contenido.

-¡Vaya! –exclamó el bicho.- Hay muchos…

-Será divertido. –murmuró el mayor con emoción mientras volvía a cerrar. Milo asintió con emoción.- Entraremos por atrás, así nadie nos verá. ¿De acuerdo?

Antes de darle oportunidad de responder, Kanon se encaminó a las termas. Sabía bien que había dos salidas, aunque una de ellas se usaba menos que la otra. Constató, mirando sobre su hombro que Milo lo siguiera de cerca y se detuvo cuando tuvieron la puerta frente a ellos.

-En cuanto doblemos la esquina tendremos que ser rápidos. ¿Recuerdas el plan? –preguntó en un susurró. El pequeño se limitó a asentir, no queriendo delatar su localización en caso de hablar demasiado alto.- Cuando esté hecho, corre y no te separes de mi.

Miró una vez más a la puerta abierta de par en par, asegurándose de que no hubiera nadie a la vista, y abandonó el escondite con el pequeño a su lado rebosante de emoción. A él, mientras tanto, le resultó difícil ocultar la sonrisa.

Cuando estuvieron dentro, aminoró el paso, y avanzaron con cuidado. Aunque aquellas eran unas termas humildes en comparación con las de los Templos, el suelo era de mármol y estaba muy resbaladizo por la continua atmosfera húmeda en que se encontraban.

Se detuvieron al final del pasillo, y miraron de izquierda a derecha. Asegurándose de cual era la sala reservada a las mujeres y cual a los hombres. Con una seña de su mano, Kanon le indicó al pequeño que el momento había llegado.

Con cuidado, Milo tomó la urna de sus manos y asomando apenas unos centímetros de su cabeza, lo suficiente como para ver lo que había en el interior de aquella brumosa habitación, la abrió. Kanon no se perdió un solo detalle de su rostro infantil al ver a todas aquellas mujeres tomando sus baños y le resultó francamente difícil aguantar la risa que pugnaba por salir de su garganta. Tomó toda la ropa que pudo de los percheros del pasillo, y se acercó hasta Milo.

-Ahora. –dijo. El pequeño salió de su ensoñación, y asintió a la vez que volcaba el contenido de la caja en el umbral de la puerta.

-Vamos, vamos. –animó a la multitud de escorpiones a que emprendiera el camino con un leve movimiento de sus manos, y cuando escuchó el primer grito de pánico en la sala, la mano de Kanon se cerró sobre su brazo arrastrándolo consigo a toda carrera.

Salieron por el mismo resbaladizo camino por que el habían entrado, y escondieron tan rápido como pudieron la ropa tras una pared caída. Cuando la algarabía de las termas atrajo la atención de todos en el agora, Milo y Kanon habían llegado ya a su escondite en el callejón.

Recuperaron la respiración poco a poco, mientras observaban entre carcajadas la confusión de unos y la diversión y pánico de otros. Kanon sabía que se quejarían amargamente por aquello, pero en realidad, deberían agradecerle. Había dado algo entretenido que ver a los hombres de las termas.

-¡Eso fue genial! –exclamó el pequeño dando saltos de alegría.- ¡Deberíamos hacerlo más seguido!

-¡Ya lo creo! –respondió llevándose, sonriente, el dedo a los labios nuevamente. No le preocupaba mucho verse descubierto, pero francamente, prefería evitarlo.

Sin embargo, cuando estaba a punto de dejarse caer al suelo, y escuchar las palabras que Milo estaba a punto de decir en un susurro forzado, su oído captó otra conversación mucho más interesante. Instintivamente, llevó la mano a la boca del chiquillo y lo arrastró consigo al suelo. El pequeño se quejó y frunció el ceño, pero Kanon no lo liberó. Alzó el rostro, y fue entonces que se percató de que apenas a unos centímetros de ellos, se encontraba abierta la ventana de una de las viejas tabernas de la aldea. No podía ver las caras de las dos personas que mantenían aquella conversación, pero si que reconocía sus voces.

Gigas y Phaeton.

-¿Qué ocurre ahí fuera? –preguntó el más joven de los dos.

-No tiene importancia. Es mejor así, menos oídos curiosos cerca. –Phaeton asintió.- Será mejor que nadie sepa de esto que voy a decirte.

-¿Y bien?

-El Maestro ha tomado su decisión, y me temo que no hay forma de hacer que cambie de idea.

-¿Qué dijo?

-Está decidido a nombrar como sucesor a uno de los chicos. Pero… -Phaeton frunció el ceño, y continuó escuchando.- Por la forma en que lo dijo, creo que Kanon no es una opción para él.

-Un estorbo menos.

-Si, pero no facilita demasiado las cosas. Saga y Aioros son los únicos candidatos posibles a ocupar el trono cuando el Maestro muera. Uno de los dos será nuestro patriarca… y debemos acostumbrarnos a la idea.

-Entonces será mejor que vayamos pensando que hacer cuando llegue el momento.

-Exacto. Sin Shion aquí… quien sabe lo que suceda con Arles. Podemos conseguir grandes cosas, los chicos son influenciables y apenas son unos mocosos.

Kanon permaneció estático. Perdió su mirada esmeralda en algún punto de la pared blanca que tenía frente a él, mientras sentía la insistente mirada de Milo clavada en él. Tragó saliva, y ahogando como pudo las lágrimas que se agolparon en sus ojos, miró al pequeño y habló en apenas un hilo de voz.

-Nadie puede saber de esto, Milo. –El chico lo miró interrogante, sin entender bien de que iba toda aquella situación ni porque Kanon parecía tan abatido de pronto.- Nadie puede saber de esto que escuchamos. Ni tan siquiera Saga o Aioros. ¿Entendido? –Milo asintió despacio.- ¿Recuerdas el secreto que guardas con Saga?

-Si. –murmuró.- Pues este será el nuestro, ¿de acuerdo?

No sin cierta inseguridad, Milo asintió nuevamente. Probablemente, aquellas eran cosas de mayores, pero ciertamente no le gustaba ver aquella expresión en el rostro de Kanon.

Era oscura y triste.

-X-

Saga continuaba cruzado de brazos, y no había retirado la mirada un solo instante. Aioros se sopló el flequillo y no pudo evitar sentir que aquellos ojos estaban atravesando su alma y descubriendo todos sus secretos quisiera o no. Se aclaró la garganta y se acercó a los pies de un árbol, seguido de su amigo, donde se sentó.

-¿Y bien? –insistió el mayor.

-¿Y bien qué?

-Deja de hacerte el idiota. Sabes de lo que estoy hablando.

-No tengo nada que decir.

-Oh, claro que no. ¡No hay modo de defenderse de semejantes acusaciones! –Aioros lo miró por un instante, asombrándose de lo melodramático que Saga podía llegar a ser en ocasiones.- ¡Tengo testigos! ¡Tres! –El arquero echó la cabeza hacia atrás, al sentir los tres dedos de su amigo demasiado cerca.

-Me estas poniendo nervioso.

-¿Yo te pongo nervioso? ¡Tú vas a matarme de un disgusto! –el peliazul volvió a cruzarse de brazos disgustado.

-De todos modos no se por qué te pones así. –Aioros lo imitó y cruzó sus brazos de igual modo.- Si sabes lo que pasó no se que más quieres que te diga.

-¡Quiero oírlo de tus labios! Otra vez.

-¡¿Pero por qué? –De verdad, Saga estaba a punto de provocarle un ataque de nervios.

-Pues porque… ¡Eso es lo que los amigos hacen! ¡No van besando niñas por ahí y luego hacen como si nada hubiera pasado! –El arquero alzó una ceja casi divertido.- ¡¿Qué menos que una explicación? Me deshice de Kanon, ya puedes confesar. ¿Acaso ella te obligó?

-¿Qué? ¡No! –negó nerviosamente y luego dejó caer los hombros en señal de derrota.- ¡Vale! ¡Vale! Vas a hacer que termine arrodillándome y suplicando tu perdón. –Hubiera jurado que cierto brillo pícaro adornó los ojos de su amigo.

-¿Y bien…? –Lo apremió Saga. Aioros ladeó el rostro y lo miró fijamente.

-¿Y a ti qué te pasó en la cara?

Cuando vio la expresión de desconcierto en el gemelo, el arquero estalló en carcajadas. Saga era predecible para pocas cosas, pero una era aquella. Si demostraba demasiada ansiedad por algo, era porque aunque sintiera curiosidad, en el fondo pretendía alejar la atención sobre si mismo.

-Idiota. –masculló el peliazul poniéndose de pie de un salto.

-Ya, ya. Lo siento. –Como pudo, el castaño recobró la compostura.- La besé más bien por accidente y ni siquiera se por qué lo hice. Pero…

-¡¿Te gustó? –Su amigo era un excelente actor, pero en aquel momento, la situación lo estaba superando y le era imposible disimular su disgusto.

-Si, creo…

-¡Podías haberme dicho que pensabas hacer tal cosa!

-¡Es que no lo tenía planeado! –Aioros se encogió de hombros.

-¿Y ahora qué? ¿Piensas pasar todo el tiempo con Deltha? ¿Es tu novia o algo?

El arquero frunció el ceño. Había algo ahí que no terminaba de quedarle claro. No sabía si toda aquella molestia de Saga era porque no se lo había dicho, o porque el peliazul se sentía celoso de la nueva situación. Cualquiera que fuese aquella, claro. De todos modos, no estaba seguro de comprender ninguna de las dos. Solamente sabía que Saga le resultaba infinitamente gracioso, e irritante a la vez, con aquella actitud.

-¿Estás celoso? –preguntó sin pensar. Saga abrió los ojos de par en par y lo fulminó con la mirada.

-¿Celoso de Deltha? ¿Por ti? ¡¿Cómo iba a ser tal cosa posible, arquero?

-A mi me parece que estás celoso.

-No lo estoy. –Aioros volteó los ojos.

-Como tú digas.

Saga dio un par de pasos con cierto nerviosismo y volvió a sentarse en el suelo, a su lado. Cruzó los brazos exactamente de la misma manera de antes, e inconscientemente, fijo su vista en el suelo, donde su dedos jugueteaban con la hierba. Aioros no dejó de observarlo con interés un solo instante, porque, definitivamente Saga había amanecido extraño aquel día.

-Es que… -murmuró tomándolo por sorpresa.- A Kanon no le hace mucha gracia que pase tanto tiempo contigo. –Hablaba tan bajo, que el arquero tuvo que esforzarse por escucharlo.- Y yo… -se encogió de hombros.- Pensé que me contarías cosas importantes. No se.

-Te lo hubiera contado tarde o temprano. –Saga volvió a encogerse de hombros.- Pero mírate, eres tú el que nunca habla de nada. –El peliazul lo miró fugazmente, sintiéndose regañado.- Somos amigos, ¿no? ¿Por qué nunca me cuentas nada y te molestas cuando yo tardó medio día en contarte algo? ¡Ni siquiera te había visto después de que eso pasara!

-A mi no me suceden esas cosas. –siguió entretenido con la hierba y continuó, mirándolo de soslayo.- Nunca tengo nada interesante o divertido que contar.

-Cuando te haces el idiota, eres insufrible. –un guijarro se estrelló en su cabeza y cuando Saga miró a Aioros con reproche, lo encontró con expresión seria.- No necesito que me cuentes cosas divertidas. Te hice una pregunta, y no contestaste. ¿Qué te pasó en la cara?

-Me lo hice entrenando. –murmuró tras unos segundos de silencio.

-Ya. ¿Tú solo? –por un momento, sus miradas se cruzaron y Saga la retiró rápidamente.- Escucha, se que las cosas en Géminis siempre han sido… raras.. Pero me gustaría que confiases en mi, ¿sabes? –Saga no respondió.- Puede que Deltha y yo… -se encogió de hombros.- Pero no pienso dejarte solo, no tienes que preocuparte por eso.

-Ya… -susurró una vez más. Finalmente respiró hondo y se animó a hablar.- Kanon y yo nos peleamos. Esta vez fue en serio.

-Continuará…-

Saga: Todos aquí crecen menos yo. ¡/&%($..&!

Kanon: ¡El niño bonito es un inocente! ¡No digas malas palabras!

Aioros: ¿Podemos olvidar esto?

Naia, Saga: ¡NO!

Deltha: Os dara algo n_nU

Kanon: Es bastante probable…

Aioros: Ni una palabra mas de esto! ¬¬' Reviews anónimos en el profile, y ¡hasta el próximo capitulo!

Naia, Saga: ¡AIOROS!

Kanon: Antes de despedirnos, diré que ya que claramente quedé como el gemelo más… "despierto", es mi turno de hacer las aclaraciones del cap. La stoa son los pórticos columnados que rodean el ágora. Y Phaeton es la mano derecha de Gigas y el idiota que lo sucedió en su puesto.

Aioros: ¡Dije que ADIOS!

Kanon: Pues eso… n_n