Capítulo 17: Maestro…

Deltha miró por encima de su hombro hacia las dos figuras detrás de ella, que conversaban entre murmullos. Su misión en ese preciso instante era proveerles de toda la privacidad que fuera posible. Era su responsabilidad que aquel par tuviera un par de minutos para si mismos. ¡A saber cual sería su destino más tarde esa mañana!

Y es que, aquel era un día por demás complicado para ambos. Un día especial, ciertamente, pero no por eso menos difícil, o incluso, doloroso. Después de ese día, no habría una segunda oportunidad para Nikos. Esa mañana se jugaría el todo por el todo, sin derecho a equivocarse y sin que nadie pudiera auxiliarle en nada. Ese día, Nikos lucharía por conseguir la armadura que daba sentido a su existencia, la misma por la que había esperado años. En unas pocas horas, pasaría de ser un ser un chico a ser un hombre, a costa de su propia sangre.

No era extraño que tanto él, como su hermana, Naia, ardieran en una mezcla de emoción y nerviosismo. Las expectativas eran altas, pero los riesgos también eran abismales. Matar o morir; las demás opciones no existían.

Por tal motivo, el par de hermanos se las habían ingeniado para violar toda regla del Santuario y encontrarse ahí, en uno de los múltiples rincones difíciles de alcanzar para la vista de cualquiera. Deltha se había ofrecido a vigilar para evitar cualquier interrupción inesperada, de manera que pudieran hablar sin temor a ser encontrados.

Desde donde estaba, la koree no alcanzaba a escuchar nada de lo que decían, sino que solamente el murmullo de sus voces llegaba a sus oídos. Su curiosidad la obligaba a voltear de vez en vez, para observarlos. Sin embargo, rápidamente retomaba su posición de vigía. Un descuido no era algo que pudiera permitirse.

- Deja de preocuparte. Te prometo que saldré de esta. -La sonrisa de Nikos lucía sincera, pero la verdad era que ni él mismo estaba seguro de lo que tendría que enfrentar ese día. Naiara torció la boca y agachó la mirada, consternada.- Conozco esa cara, Naia. Me vendría bien un poco de confianza, ¿sabes? -Le guiñó el ojo.

- ¡No es eso! Sabes que confío en que podrás hacerlo... pero también sabes que estoy asustada. No puedo evitarlo.

- Lo sé. -El chico esbozó una sonrisa triste, pero ella no le dejó continuar.

- No quiero que nada malo te suceda. -la chica se cruzó de brazos y esquivó la mirada violeta de su hermana, temiendo que pudiera leer en sus propios ojos el terror que representaba la posibilidad de perderle.

- ¿Naia? -Le tomó del rostro, pero la aprendiza volvió a esquivarle.- ¡¿Naia?

- ¿Qué?

- ¡Ven aquí! -Y tomándola desprevenida, Nikos la abrazó. La escuchó ahogar un sollozo, sintiendo una mezcla de ternura y orgullo. Naiara era un chica valiente, terriblemente decidida y fuerte. Seguía siendo su hermana pequeña, pero tampoco podía obviar el hecho de que crecía a pasos agigantados, como él mismo.

- ¿No tienes miedo?

- Un poco. -¡Estaba aterrado! Las manos le sudaban y tenía un agujero en el estómago. Más no por ello iba a admitirlo- Pero no quiero pensar demasiado en ello. Tengo una batalla que pelear, una armadura que conseguir… y Goran no va a regalarme nada hoy. Me parece que encerrarme en el miedo sería una completa falta de respeto para un oponente como él. Merece algo más que un chiquillo asustado enfrentándole en la arena.

La morena se separó un poco de él para mirarlo detenidamente. Siempre lo había admirado, sin importar que. Sin embargo, justo ahí, en la todavía fresca mañana, Naiara miraba en los ojos de su hermano a un chico muy diferente. Nikos había crecido y ahora, más que nunca, la aprendiza se sentía orgullosa de él. Independientemente del resultado de la batalla que estaba a punto de librar, era su hermano; siempre lo sería.

- Nikos… -Susurró, jamás despegando sus ojos de los suyos. Se limpió las lágrimas incipientes con tosquedad y buscó en sus adentros por la fuerza para esbozar una sonrisa a medias.- que podrás hacerlo. -Dijo.

- Conseguiré la armadura. ¡Haré que te sientas orgullosa! -Acarició la melena azabache. Naia, como respuesta, le sonrió. No necesitaba hacer mucho. Ella ya se sentía orgullosa de él.- Deberíamos marchar ya. Los combates están por comenzar y no quisiera llegar tarde a mi propia fiesta.

Pero antes de que se diera la vuelta para encaminarse hacia el Coliseo, oyó a Naia carraspear y giró de regreso a ella.

- Hay algo que… quisiera darte. -Se atrevió a hablar mientras le tendía la mano.

- ¿Qué es?

- Un amuleto para la suerte. Lo hice yo misma.

Lleno de curiosidad, el moreno tomó entre sus manos aquel objeto que su hermana le entregaba. Se encontró con un collar hecho de decenas de conchitas y caracoles diminutos, de todas tonalidades y texturas. Sin duda era la cosa más linda que había tenido en mucho tiempo.

A cambio del precioso adorno, devolvió una sonrisa y no tardó un segundo en colocárselo.

- Es precioso. Gracias. -Acomodó sus cabellos cortos de nuevo mientras observaba la sonrisa mucho más relajada de su hermana. Se sentía listo para el combate.

Sus nervios eran una maraña indescifrable y su cabeza daba tantas vueltas que poco entendía de que iba el día; pero de alguna forma, se sentía mejor. Así que no retrasaría la espera por más tiempo. Era el momento de marcharse.

- Lo harás bien, Nikos. -El mayor asintió mientras, con un pequeño empujón en la espalda, la animaba a caminar delante de él.

- Estarás en las gradas, ¿verdad?

- ¡Por supuesto! Si no fuera por la máscara, me gastaría los dedos. -Naia se mordió los labios. Estaba diciendo la verdad. Sin aquel rostro de plata, probablemente después de ese día se quedaría sin dedos para morder.

- Entonces, observa bien. ¡Verás lo genial que luzco con mi nueva armadura!

Naia dejó escapar una risa refrescante para ambos. Seguía tan nerviosa como al principio, pero quería comprar el optimismo de su hermano se esforzaba por venderle. Después de todo, Nikos no necesitaba más nervios… necesitaba ánimos.

- Te veré ahí. -Se despidió con un beso, para después ondear la mano en el aire.

Se adelantó al joven, corriendo hacia donde esperaba su amiga. Le cogió la mano y la jaló consigo, urgiéndola a apresurar el paso.

- ¡Estaré mirándote desde las gradas! -gritó a su hermano.

- ¡Suerte, Nikos!

Y en un santiamén, el aprendiz de Orión las vio desaparecer de su vista.

Solo entonces, cuando se encontró en soledad, se permitió soltar un suspiro que llevaba largo rato reprimiendo. Retomó la marcha, siguiendo los pasos de ellas mientras rebuscaba en su mente revuelta por toda la calma que le quedaba. No podía permitirse perder los estribos a esas alturas. Había trabajado duro para llegar ahí y era su momento de brillar, o de extinguirse como las estrellas.

-X-

- Estará bien. Lo estará. -La pelipúrpura miró de reojo a su amiga, más no respondió nada.

Había perdido la cuenta de cuantas veces Naiara había repetido la misma frase, una y otra vez, sin descanso alguno. Y no la culpaba. Ella, en su lugar, probablemente hubiese sufrido un ataque de pánico como pocos. Dentro de todo, Del sabía que la koree pelinegra estaba siendo valiente… muy valiente.

- Estoy segura que lo estará, Naia, y lo conseguirá. Tendrá su armadura. -Posó su mano sobre el hombro de su amiga y continuaron caminando en silencio, hasta alcanzar la entrada del antiguo Coliseo.

El lugar entero era una verbena. El murmullo de cientos de voces rugía con el eco de la arena milenaria. Todo habitante del Santuario, sin importar rango o edad, se había congregado ahí para observar y formar parte de la historia. Se decía que el mismo espíritu de Athena descendía para morar entre su pueblo en días como ese. Era un día de contrastes; de lágrimas y de júbilo. Una generación moría, pero el resurgimiento de otra renovaba la promesa de la diosa de que, mientras hubiera esperanza, ella descendería para liderar la guerra contra cualquiera que se atreviera a amenazarla.

El gran palco, destinado a su Excelentísima, aún se encontraba vacío. Cuando la magistral figura del lemuriano y su séquito adornasen aquel lugar reservado, entonces la celebración habría de dar inicio.

Aún así, con unos pocos minutos por delante para el inicio, los graderíos se encontraban saturados. La gente observaba, comentaba y apostaba por los contendientes. Algunos parecían destinados a la gloria y otros, en las bocas ajenas, estaban ya condenados al fracaso.

Mientras tanto, los guerreros esperaban con ansias. Muchos de ellos ni siquiera eran desconocidos. Sus relaciones iban más allá de un saludo o vistazo ocasional; la gran mayoría eran maestros que habían dedicado años de su vida a entrenar a sus propios reemplazos… y futuros asesinos. Era la Orden de Athena una como pocas, en la que los lazos que llegaban a crearse entre sus miembros, terminaban rotos con sangre vertida de por medio.

Sin embargo, para las dos pequeñas korees, todo se resumía en que ese era un día como ningún otro. Era la primera vez que apreciarían los combates de sucesión en todo su esplendor, y no solo eso; sino que alguien, especialmente cercano para una de ellas, sería uno de los protagonistas.

-Dioses. ¿Se supone que encontraremos un lugar donde sentarnos aquí? -Detrás de la máscara, los ojos de la aprendiza de Apus recorrieron todo el lugar, en busca de un hueco del cual apropiarse.

- Más vale. No pienso perderme la pelea de Nikos.

- Necesitaremos suerte.

Naia chasqueó la lengua. Cuando sus ojos violeta hicieron lo mismo que los de su amiga, comprendió el por qué de sus dudas. Meter siquiera un alfiler, iba a ser todo un reto.

- ¡Hey! ¡Deltha! ¡Naia! -Aun entre tanta algarabía, esa voz no era difícil de reconocer.

- Aioros, baja la voz. No es necesario tanto escándalo. -Pero las quejas de Saga quedaron en el aire, pues el castaño lo arrastró consigo, hasta donde estaban las chicas.

- ¡Os encontramos!¡Uf! Este lugar es una locura. Es casi peor que las Panateneas. -Dijo al arquero al acercarse mientras su mirada curiosa parecía no darse abasto en la multitud. Aquella sonrisa suya parecía especialmente amplia ese día y más aún cuando se encontró con Deltha.

- Lo es, lo es. ¡Hay mucha gente! -Ella le respondió, ante la falta de respuesta por parte de los otros dos. Naia lucía abstracta en sus propios pensamiento, y Saga maldecía el jalón de pelo que la euforia de su amigo le había costado.

- ¡Del…! Hola. -El castaño agregó, casi con timidez.

- ¡Por todos los dioses! ¿Necesitas privacidad para babear a gusto? -Saga giró los ojos.- En serio, arquero. Si quieres un poco de espacio, dinos. Así Naia y yo podemos desaparecer. -A pesar del nerviosismo que sentía, Naia no pudo evitar reír al escucharlo.

- Muy divertido. Muy divertido. -Torció la boca y los miró con los ojos entrecerrados.- Como sea, Nikos pelea hoy, ¿cierto?

- Si. -El semblante de Naia volvió a ensombrecerse.

Ni Saga ni Aioros supieron que decir, ocasionando que los cuatro cayeran en un silencio pesado. La situación con el aprendiz de Orión nunca había fácil, y tampoco amigable. El hecho de que Nikos fuera el hermano mayor de Naia no había facilitado nada, y en honor a la verdad, tenían que admitir que su combate no les resultaba especialmente atractivo. Con todo, no dejaba de ser querido para su amiga…

- Pierde cuidado, Naia. Al final del día, será el santo plateado de Orión. -Aioros habló, tras unos pocos segundos de silencio.

- Seguramente, si. -Complementó el otro.

- Gracias. No tenéis que… -La morena se encogió de hombros. Suspiró.- Sé que él nunca ha sido agradable con vosotros, pero gracias por preocuparos por él… por mi, mejor dicho.

Los dos chicos intercambiaron miradas. Le sonrieron, sin saber que más decir o hacer. La idea de ver a Nikos, enfundado en un ropa de plata, no era algo que les entusiasmara.

- ¡¿Todos listos? -De pronto, escucharon aquella voz… la voz que faltaba.- ¡Es un día emocionante!

- Kanon. -Un gemelo miró directamente al otro, encontrándose particularmente ajenos.

Hacía un tiempo ya, desde que ambos entrenaban de forma separada. El combate decisivo por Géminis se veía más cerca cada día y, por una vez, las palabras de Zarek parecían correctas: Cada cual tendría que prepararse, a su manera, para enfrentar al otro; sus caminos ahora estaban más separados que nunca.

- ¡Saga! -Festejó el menor de los peliazules. Pero cada segundo que le observaba, dolía. La conversación entre Phatom y Gigas no se había esfumado un solo segundo de su cabeza. Cada vez que miraba al rostro de su hermano, o al de Aioros, era un doloroso recordatorio de que su destino ahí, quizás era estar detrás de ellos siempre; un destino que no estaba dispuesto a aceptar.- No te había visto hoy.

- Salí temprano de Géminis. Quería entrenar un poco antes de venir aquí. -Respondió.

- No sé porque tenemos que venir. -Kanon se cruzó de brazos y sopló el flequillo.- Este tipo de eventos ni siquiera le interesan a cualquiera de los santos de oro. ¡Mirad a Zarek! Prefirió quedarse en el templo a beber whisky antes que venir a observar.

- Siempre puedes irte. No es una obligación estar aquí. -Aioros le dijo.

- Claro, y el viejo mandaría a Arles a traerme de regreso de los pelos. Ambos sabéis que quiere que observemos los combates a su lado.

- El viejo es el Patriarca, es Shion. Al menos en público, deberías cuidar tu boca. -El más joven sonrió al oír a su hermano. Le encantaba provocar al siempre correcto Saga.

Sin embargo, antes de que Kanon pudiera seguir con el juego que él mismo había comenzado, la aparición de alguien más los hizo detenerse.

Axelle, la amazona de Caelum, hizo acto de presencia en ese instante, acallando todo conato de discusión que pudiera haber iniciado entre los gemelos. Se detuvo a un lado del grupo, llevando sus ojos de los chicos a sus aprendizas, pero sin pronunciar palabra alguna que traicionara sus pensamientos.

- Su Santidad viene en camino. Deberíais apresuraros para alcanzarle en el palco. Los combates empezarán en breve y él estará esperando por vosotros. -Se refirió a los gemelos y Aioros. Los chicos asintieron, no sin dirigir una última mirada a sus amigas.

- Todo saldrá bien, Naia. -El arquero se dirigió a la pelinegra, mientras Saga asintió suavemente, afirmando el comentario de su amigo.

- Os veremos después. -Sentenció Kanon antes de emprender el camino hacia el palco papal.

Al igual que ellos, Naiara y Deltha se despidieron con la esperanza de que poder verlos después. Con un poco de suerte, dicho encuentro no incluiría lágrimas y palabras de consuelo para la pelinegra.

Mientras, Axelle se había perdido entre el gentío, en busca de un lugar desde el cual mirar los eventos. No iba a decirlo en voz alta, pero aquella era probablemente la primera prueba para sus alumnas. Ninguna de las dos había presenciado lo que suponía una pelea como esas. Ninguna de las dos conocía el significado de dichos enfrentamientos. Axelle, por el contrario, comenzaba a vislumbrar el futuro y lo que él deparaba para ella. Con toda seguridad, sus pupilas tendrían que hacer lo mismo pronto.

- Apuraos, niñas, apuraos. -Las llamó.- No falta mucho para que el espectáculo comience.

-X-

- ¡Qué comience el combate!

Cuando la voz del Maestro Shion resonó en el coliseo, un nuevo escalofrío recorrió la espalda del aprendiz de Orión. Nikos miró una última vez a los ojos de su maestro y se puso en guardia, a la espera de que el mayor hiciera el primer movimiento.

Ignoró del mejor modo posible el bullicio que lo rodeaba y se aisló de todas las miradas incrédulas que permanecían fijas en él, mostrando una curiosidad incontenible por ver si era capaz de arrebatarle la legendaria armadura a su dueño. Él mismo había estado en aquellas gradas, presenciando otras luchas igual de importantes que aquellas que ahora protagonizaba. Sabía de sobra lo mucho que todos ponían en duda las capacidades del aprendiz correspondiente: la valía de un Santo se demostraba en la arena, lo sabía.

Respiró hondo y frunció el ceño, olvidando todas aquellas ideas que pasaban por su mente, cuando vio como la silueta de Goran, su maestro, lucía envuelta en su cosmos blanquecino. El santo de Orión se abalanzó hacia él a toda velocidad y, antes de que pudiera siquiera pestañear, el puño del mayor golpeó de lleno en su cara, enviándolo al suelo sin piedad.

- Despierta, Nikos. La hora de la verdad ha llegado. –lo oyó decir antes de que lo levantara en volandas y hundiera la rodilla derecha en su estómago vacío.

Escuchó a la multitud gritar y silbar, y por un instante, se sintió como uno de tantos gladiadores que habían bañado la arena de los antiguos Imperios con su propia sangre… con el único objetivo de entretener a una muchedumbre sedienta de violencia y muerte.

Su espalda chocó violentamente contra el graderío más bajo, robándole el aire por un momento y nublando su vista. Cayó al suelo nuevamente, y cerró los ojos y los puños con fuerza, mientras boqueaba por oxigeno.

Alzó la vista, y aunque sus ojos no le brindaban la nitidez que hubiera deseado, pudo distinguir a la perfección la expresión en el rostro de Goran. Un semblante serio y vacío, carente de toda emoción que delatara si aquel encuentro tenía un significado especial para él o no. Nikos se sopló los mechones de flequillo oscuro que caían por su frente. Se levantó tan rápido como pudo y recobró la compostura, mirando fijamente al que había sido su maestro y lo más similar a un padre que había conocido.

Goran era un buen hombre, y había sido un buen guía en aquel tortuoso camino que había sido su vida en el Santuario. No demasiado dado a las muestras de cariño o de orgullo, pero lo suficientemente dedicado a su trabajo como para que en aquel preciso instante, para el que Nikos se había preparado toda su vida, le resultara casi imposible levantar el puño contra su maestro.

Tomó una gran bocanada de aire, y el chico elevó su cosmos, viéndose rápidamente envuelto en un aura violácea. Sus ojos viajaron fugazmente al lugar donde, sabía, su pequeña Naia observaba entre nervios incontrolables. Apenas alcanzó a vislumbrar su mascara plateada, con sus manos pequeñas y delicadas tapando los labios metálicos, como si con aquel gesto inútil pretendiera acallar un sollozo. Nikos sonrió y llevó una de sus manos al collar que adornaba su cuello, acariciándolo suavemente. Iba siendo hora de que su hermana estuviera en verdad orgullosa de él y lo admirase no solamente por aquel amor fraternal que los unía.

Volteó después hacia el pedestal donde la armadura del Cazador brillaba con luz propia.

Un gesto de determinación, que nunca hasta entonces había mostrado, se dibujó en su rostro. Sonrió, y concentró su cosmos en los puños.

- Empecemos. –murmuró antes de lanzarse a toda velocidad hacia su antiguo maestro, y ahora rival.

-X-

- Vaya. -Saga murmulló. Aioros, a su lado, desvió por un segundo sus ojos de la arena y miró de reojo a su amigo.- Está aterrado.

- ¿Existe un superlativo para eso? Porque, si lo hay, así es como se siente Nikos. No pensé que atacaría.

Saga chasqueó la lengua mientras entrecerraba los ojos. No era difícil pensar que Goran y Zarek tenían poco, sino nada, en común. Sin embargo, Saga estaba seguro que, si su maestro algún día se le plantaba como oponente, él mismo dudaría. Lo haría, no por cariño y ni por agradecimiento, lo haría por respeto. Bueno o malo, Zarek era y siempre sería su maestro, el hombre cuyas palabras y enseñanzas le guiaron en sus primeros pasos en el uso del cosmos. Si. Zarek era el hombre cuya vida habría de extiguirse para dar paso a la suya.

- ¿En qué piensas? -La voz de Aioros le trajo de regreso.

- El cosmos de Goran sigue siendo ligeramente superior al suyo. Sigue dudando.

- Normal, pero solo es en apariencia. -Masculló el arquero.- No quiero pensar en lo que sucederá cuando, por fin, peleé sin dudas.

- Sabes lo que sucederá.

Pero no hubo respuesta por parte de Aioros. Por un segundo, vio en Nikos a si mismo, y en Goran, a Orestes. No culpaba al moreno por toda esa inseguridad contenida. Él, en su lugar, no actuaría de una manera muy diferente.

Shion, mientras tanto, no les había quitado un ojo de encima. Era cierto que como Patriarca que era, los combates de sucesión eran eventos de lo más importantes y su atención no podía centrarse en otras cosas. Sin embargo, su verdadero interés estaba puesto en las reacciones de los tres chicos que lo acompañaban. Y lo que estaba viendo, no era demasiado diferente a lo que esperaba. Intercambió una rápida mirada con Arles, y volvió la vista al frente.

Habían crecido.

-X-

El rápido vaivén de su pecho, hacía que le resultase francamente doloroso incluso respirar. Estaba cansado, y herido. La fina capa de sudor y polvo que lo cubría se entremezclaba con las innumerables heridas abiertas que se dispersaban por todo su cuerpo y, aún así, no tenía intención alguna de rendirse.

Aquella era la primera vez que peleaba de igual a igual con Goran, era la primera vez que lo contemplaba como un adversario y un obstáculo en su camino. Pero, viéndolo casi tan herido como él, Nikos supo que su maestro lo había enseñado bien. Agradeció todas aquellas veces que había insistido en que debía ser perseverante, ser valiente, y ante todo, no rendirse ante el dolor.

Sin embargo, había una sola cosa para la que no lo había preparado lo suficiente: para enfrentarse a la muerte de tú a tú, y ser el vencedor.

Se secó el sudor de la frente con el dorso de su mano, manchando las vendas que la cubrían, aún más si era posible, y suspiró.

Apenas tuvo tiempo de esquivar un nuevo golpe que iba directo a su pecho, haciéndose a un lado. Se esforzó por ser lo más rápido que le fuera posible, y sonrió cuando logró atrapar la muñeca de Goran con su mano antes de que tuviera oportunidad de alejarse o protegerse. Su cosmos ardiente se revolvió a punto de descontrolarse en su mano, y sabiendo que no podía demorarse mucho más, golpeó el estomago del mayor sin piedad.

Escuchó, asombrado, el quejido de Goran a la vez que sentía como alguna de sus costillas cedía ante la fuerza de su puño. Nikos entreabrió los labios, sorprendido de su propio golpe, viendo como su maestro se estrellaba con fuerza contra el suelo de piedra y arena. Una gran polvareda se levantó, dificultando la respiración de ambos. El joven pelinegro entrecerró los ojos, protegiendo su vista del polvo y esperando a que la esbelta silueta de su maestro se levantara, con esfuerzo, del suelo.

Unos segundos después, lo vio. Goran tosió un par de veces y con una débil sonrisa adornando sus labios, se limpió el hilo de sangre que rodaba por su barbilla. Se levantó casi con parsimonia y lo miró a los ojos una vez más.

- No esta mal. –siseó, mientras el penetrante dolor de sus costillas lo atenazaba. Sin embargo, el maestro pareció no hacerle caso a sus heridas, o al menos, así parecía.- Pero no te contengas. ¿Acaso no lo sientes?

- ¿El qué? –murmuró Nikos con aún con la respiración desbocada.

- A Orión. El cosmos del Cazador está ansioso por conocer el resultado. Anhela saber si vestirá a un nuevo dueño hoy. –El chico no respondió, solo miró de soslayo al pedestal fugazmente, sin perder a Goran de vista.- Demuéstrale que te he entrenado bien, que eres un digno cazador, igual que él.

Pero antes de que pudiera reaccionar, su maestro atacó con fuerzas renovadas. Sus puños y piernas se movían tan rápido que apenas pudo distinguirlos y evitarlos. Se concentró todo lo que pudo por seguir su trayectoria, pero a medida que pasaban los segundos, su velocidad aumentaba más y más. Goran lo estaba obligando a retroceder y defenderse con sus propios brazos, de un modo no tan efectivo como hubiera querido.

El dolor que atenazó su cuerpo le alertó del momento en que lo perdió de vista, pues los puñetazos y patadas envueltos en cosmos, habían terminado por golpearlo sin piedad.

- Tu cosmos, Nikos. –escuchó mientras encajaba un nuevo rodillazo en el estómago.- Orión es un cazador y sus protegidos utilizamos técnicas físicas. Atacamos, no nos protegemos. –Su nariz crujió bajo la fuerza del puño de Goran, que lo empujó contra una de las columnas que a duras penas se mantenía en pie en el coliseo.- Pero sin nuestro cosmos no somos nada.

-X-

Kanon ensanchó aquella sonrisa suya sin que su mirada abandonara la silueta maltrecha de Nikos. ¿Quién iba a pensar que Nikos aún pudiera mantenerse de pie?

- Esto no durará mucho.

- No lo hará. -Respondió su gemelo.

- Pero el final apenas empieza. -El arquero terció mientras Saga aprobaba su comentario.

Las miradas de los tres regresaron a la arena del Coliseo, donde el moreno batallaba de nuevo para mantenerse de pie. El chico estaba exhausto, al borde del colapso por momentos. Sin embargo, aquel último susurro de Goran parecía haber activado algo en su cabeza.

- ¿Crees que lo entienda? -Aioros musitó.

- Tiene que hacerlo. Odiaría si el sacrificio de Goran por ese idiota fuera en vano. -Al escucharlo, el castaño sonrió.

Después de aquello no hubo más comentarios. Siguieron en silencio los movimientos rápidos y precisos del santo de plata y su aprendiz. Hacía mucho que la velocidad había dejado de ser un obstáculo para cualquiera de los tres. En ese preciso instante de su entrenamiento, su poder oscilaba en un rango medio entre una armadura de plata y una de oro; sin pertenecer a ninguno de ellos.

- Es un idiota, de verdad que lo es. -Saga volvió a hablar. Mientras, a su lado, Aioros levantó una ceja y sonrió con sutilidad.

- No puede ni moverse. Os dije, esto no tardará en terminar.

- Lo estás subestimando, Kanon. -Volvió a hablar, y entonces, detrás de su máscara dorada, Shion sonrió al escucharle hablar. Saga estaba en lo cierto.

- No veo como puedo estar…

- Nikos está demasiado asustado como para aceptar que su cosmos es superior al de su maestro… pero lo es. Lo que en realidad le aterra y lo detiene, es la posibilidad de matarlo. -Kanon miró en dirección a Aioros y casi pudo jurar que el Sagitario estaba especialmente serio.

El menor de los gemelos no dijo nada más. Prefirió callar y esperar porque el resultado de la pelea terminara dando la razón a quien la mereciera. Aunque la realidad era que deseaba con todas sus fuerzas que fuera él quien la tuviese al final.

La sonrisa se esfumó de los labios del Patriarca al escuchar a Aioros hablar con tal severidad. Ellos ni siquiera se habían dado cuenta, pero las vidas de los niños parecían volar ante sus ojos con un único destino: luchar y morir. Suspiró, con cierto pesar. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que prácticamente no quedaba rastro alguno de inocencia en Saga. El mayor de los gemelos había crecido rápido, mucho más de lo que le hubiera gustado aceptar así mismo; parecía como si a medida que pasaba el tiempo, Saga viera al mundo más y más gris. Pero aquello era lo que hacía especial a Aioros: siempre guardaba un poquito de ingenuidad, siempre había algo capaz de sorprenderlo y emocionarlo. Sin embargo, en aquel preciso momento… la chispa también había desaparecido de sus ojos azules.

- No lo hace tan mal. -cruzándose de brazos, Aioros habló.

- Tampoco tan bien.

- Esperaba que dijeras eso. -Saga le observó de reojo y se encogió de hombros. Tenía que admitir que el chico tenía sus momentos de brillo, pero la mayoría del tiempo parecía escudarse detrás del propio resplandor de su maestro. Mientras Nikos se entercara en hacer tales cosas, no iba a conseguir vencerle.

- Entonces, ¿qué? ¿Apostáis?

Los tres miraron a Kanon, incrédulos. Éste no se inmutó… Al menos así, el tiempo pasaría de una forma más entretenida.

Shion alzó una ceja, entre sorprendido y disgustado. Kanon era un caso aparte. Alguien iba a morir frente va a sus ojos, y ¿aquello era todo lo que tenía que decir? ¿Cómo era posible que una vida tuviera un valor tan misero o una muerte le impresionase tan poco?

-X-

Boqueó como pudo, en un intentó desesperado por no ahogarse con su propia sangre. Su cuerpo, su cara… todo dolía. Apenas podía hacer un solo movimiento sin que el dolor lo oprimiese y lo impidiera continuar. Tosió y escupió un par de veces, intentando eliminar aquella nauseabunda sensación de su boca. Y con esfuerzo, logró incorporarse sobre sus codos. Agradeció a los dioses que Goran le estuviera dando un respiró, pero comenzaba a pensar que aquello no sería suficiente.

Intentó llenar sus pulmones de aire lo más que pudo, y aclarar su mente.

"Tu cosmos".

Todo lo que Goran había dicho era cierto. Los santos de Orión siempre se habían caracterizado por utilizar técnicas de contacto, mucho más físicas y quizá menos estilizadas que las de otros santos. Pero, tal y como él mismo había aprendido en otras ocasiones… sin el apoyo de su cosmos, el puño de un santo no se diferenciaba demasiado del de una persona normal y corriente.

Recordó, por un momento, las innumerables peleas en las que se había metido a lo largo de los años. Imágenes dispersas de amigos y rivales volaron por su mente sin control. Rememoró la cantidad de veces, la gran mayoría, que se había proclamado vencedor por sus excelentes dotes de luchador en el cuerpo a cuerpo. Sin embargo, solamente en una ocasión alguien no solo lo venció, sino que lo humilló públicamente sin siquiera tocarlo.

Instintivamente llevó sus ojos al palco, desde donde el Maestro observaba impasible el transcurrir del combate. Su mirada violácea se cruzó entonces con una esmeralda que lo miraba con interés, y entonces comprendió.

Nikos frunció el ceño, y volvió la vista al frente. Debía levantarse tan rápido como fuera. Sus brazos y sus piernas temblaron por el esfuerzo, pero consiguieron mantenerlo en pie a duras penas. Se sentía mareado, pero no le importó.

Había logrado entender lo que diferenciaba a un santo mediocre de un santo de verdad. El uso del cosmos lo era todo. La hora de demostrar que había crecido, había llegado.

- ¿Estas listo, maestro? –preguntó entre jadeos. Goran entrecerró los ojos y lo vio fijamente. Al final, dibujó una enigmática sonrisa.

- Listo, Nikos.

El chico se irguió, sacando fuerzas de lo más hondo de su alma, y tomó aire. Se concentró todo lo que pudo y se puso en guardia una vez más. Dejó que su cosmos fluyera, concentrándose en sus manos y sus piernas, pero sin dejar de controlarlo un solo momento. Enseguida notó como su maestro hacía lo propio.

Sus miradas volvieron a encontrarse, cómplices, como aquel que anticipa que algo importante esta a punto de suceder. Ambos asintieron, casi sin darse cuenta, en un gesto que pretendía demostrar el respeto mutuo que se tenían.

-¡Por la fuerza de Orión! –gritaron.

El eco de sus voces resonó a la vez en el coliseo, que sumido en un sepulcral silencio esperaba el desenlace de tan emocionante combate. Aprendiz y maestro se movieron a la vez, corriendo a toda velocidad en direcciones opuestas, pero con el mismo objetivo: encontrarse.

Puño y cosmos chocaron, llenando de una luz resplandeciente la arena y deteniendo el tiempo por un instante.

Nikos permaneció inmóvil, sintiendo como la sangre fluía lentamente de sus labios. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla ensangrentada.

- Bien hecho… -susurró el mayor. Nikos, que había detenido su ataque, aún sostenía la mano de su maestro, mientras su puño permanecía enterrado en el pecho de Goran.- …Santo de Orión.

- Gracias… -murmuró antes de que el cuerpo de su maestro se desplomara en el suelo.- …Goran.

-X-

Hubo unos pocos segundos de completo silencio. El silbido del viento que cruzó en medio de la arena casi podía escucharse con abrumadora claridad, llevándose consigo el último respiro del valiente guerrero. Su cuerpo cayó pesadamente sobre el polvo mientras su sangre se esparcía sobre la arcilla y la teñía de un lóbrego color marrón.

No sucedió nada. Nadie se movió.

Entonces, sobrevino el primer grito de júbilo, el primer festejo; y el Coliseo en toda su inmensidad estalló en vítores. Un hermano se había ido, pero uno también había nacido. Orión había hablado, y era el momento en que el nuevo heredero reclamase su lugar entre la Orden.

- ¡Ganó! -Naia se puso de pie en un brinco mientras, detrás del rostro de metal, un par de lágrimas de alegría rodaron por sus mejillas. Nikos le había cumplido, había mantenido su palabra de conseguir la armadura del Cazador.

Pero, mientras la aprendiza de Caelum celebraba con ánimos renovados la victoria de su hermano, a su lado, Deltha observaba el resultado de la batalla, impávida. Le alegraba que Nikos resultara vencedor en aquel combate, pero el cuerpo de Goran, tendido en medio de la arena, dejaba un sabor amargo en ella.

Miró a Axelle, quien pareció no notar su insistencia. La francesa permanecía con la vista en el campo de batalla, o al menos era lo que su máscara indicaba…pero la realidad era otra. Axelle no había despegado sus ojos de ambas niñas. Había observado atentamente cada reacción de sus pupilas, desde el principio hasta el final del combate. La reacción de Naia no le había sorprendido. Era lógico pensar que reaccionara con tal euforia a la victoria de su hermano. Sin embargo, lo que realmente esperaba la amazona de Caelum eran esos momentos posteriores, el instante que la chica reflexionara del verdadero costo de que su hermano se enfundara en la armadura de Orión.

Deltha, en cambio, parecía haber comprendido las implicaciones de una pelea de ese tipo. Axelle no podía ver su rostro, pero la forma en que su aura se había inquietado, y los movimientos casi nulos de la niña le traicionaban.

Su maestra no dijo nada, sino que espero a que fuera ella quien diese el primer paso. Se limitó a contemplarla sin que lo notara.

- ¿Siempre terminan así? -En medio del escándalo, la voz de la pelipúrpura sonó especialmente clara para Caelum.

- ¿Así?

- Así…Goran esta…

- Oh. -A decir verdad, la pregunta no la sorprendía en lo más mínimo.- Lo está. Para que el reemplazo sea efectivo, el antiguo portador debe ofrecer su vida a cambio. Es una tradición que pocas veces se rompe. Yo jamás he visto que el resultado sea diferente. -Deltha abrió más los ojos, si es que eso era posible. Agachó la cabeza y sus ojos se posaron en su amiga, al lado de ella. Se mordió los labios mientras luchaba por ahogar un sollozo que, sabía, terminaría costándole una reprimenda si Axelle la descubría.- Deltha. -Escuchó a su maestra y se respingó.

- ¿Si?

- Ese es el modo en que debe ser. No te angusties por algo que no puedes cambiar.

La niña suspiró. No supo que decir, ni mucho menos que pensar. Sintió miedo porque sabía que a partir de entonces vería las cosas de una forma muy distinta. Naia probablemente no había reparado en ello aún, pero se daría cuenta cuando todo hubiera pasado. Su destino no era diferente al de Nikos por lo que, algún día, su maestra habría de sucumbir bajo el yugo de su amiga. Y, desde ese mismo momento, el corazón de Deltha se había dividido en dos.

Las dos personas más importantes de su vida se verían las caras en una pelea en que solamente una de ellas sobreviviría. Axelle, quien desde que tenía memoria había estado a su lado, y Naia, a quien consideraba su hermana, más allá de cualquier lazo de sangre; una de ellas terminaría siendo asesina de la otra.

No había modo en que no se sintiera consternada.

-X-

Shion asintió con cierta lentitud y solemnidad ante el desenlace. El primer combate de aquella larga jornada que se le presentaba por delante, había finalizado tal y como debía ser. El alumno había superado al maestro: una vida se había apagado y una nueva, consagrada a Athena, comenzaba.

- Lo hizo. –murmuró Aioros. Saga no se había movido, manteniendo la mirada fija en el nuevo Santo de Orión… como si aquel fugaz contacto de sus ojos segundos antes, quemara.

El peliverde todavía ligeramente compungido, volvió a verlos fugazmente aprovechando la discreción que le otorgaba su máscara dorada. En un inicio les había sugerido que lo acompañaran porque, aunque la verdadera prueba era para Nikos, aquel combate resultaba lo suficientemente cercano a ellos como para revolver sus emociones más profundas y hacerles comprender. Shion suspiró de nuevo, la realidad era que, cada día de sus vidas, cada minuto y cada segundo, era una prueba donde estaban siendo evaluados y medidos. Aquella situación no era menos, y nunca lo habían dejado de sorprender, superando sus expectativas.

- Lo mató. –añadió Kanon, casi incrédulo.

- Te lo dije. –masculló Saga con una minúscula sonrisa.

Kanon lo miró sobre su hombro y frunció el ceño. Había sido el único en atreverse a levantarse de su asiento privilegiado en el palco, acercándose a la baranda y posando sus manos en ella con un expresión que entremezclaba fascinación, curiosidad y emoción casi desbocada. Shion hubiera jurado que lo había encontrado incluso divertido.

- Así es el ciclo. –aclaró Arles. Los tres chicos lo vieron de soslayo.- Para que un Santo comience su reinado, otro debe terminar el suyo. ¿Qué mejor manera de rubricar un final que esta?

Aunque no quisiera, Aioros se estremeció. Sus ojos azules brillaban presa la de consternación, aunque también por la sorpresa. Mantenía aún los labios entreabiertos, pero se mantuvo en silencio, probablemente no encontrando las palabras adecuadas para decir algo conveniente en el momento. Tragó saliva y miró de soslayo a su derecha, donde Saga guardaba silencio, con la mirada fija en la arena y con aquella, cada vez más habitual, expresión inalterable en el rostro. Quiso decirle algo, adivinar que era aquello que pasaba por su mente… Pero en el fondo, no era necesario. Aioros lo sabía: los siguientes en reclamar una armadura dorada y pelear en esa misma arena milenaria, serían ellos, Saga y Kanon.

A Shion no le resultó difícil imaginar qué era todo aquello que pasaba por la mente del arquero. A lo largo de sus más de doscientos años de vida, había presenciado infinidad de peleas por la situación. Había visto como vidas demasiado breves se desvanecían en la nada, había contemplado lágrimas de emoción… pero también de dolor por los que se habían ido. Suponía que la realidad había caído de golpe, como un balde de agua fría, sobre el aprendiz de Sagitario.

- Lo que un sueño puede costar en esfuerzo… te puede ser devuelto en gloria. -murmuró, más para si mismo que otra cosa, mientras se ponía en pie con lentitud. El silencio, pesado como una losa, se hizo en el graderío mientras los guardias retiraban el cadáver con cuidado. Se aclaró la garganta y se dirigió a todos los que allí se habían congregado.- Es aquí, en este Coliseo, donde se forjan los héroes. –Por primera vez en largo rato, Saga lo miró fugazmente y al peliverde no le pasó desapercibida la intensidad de aquellos ojos.- El futuro está lleno de promesas. El presente rebosa de expectativas. El camino es largo y tortuoso… No olvidéis que antes de alcanzar ese destino tan brillante, debemos, inevitablemente, enfrentar nuestros miedos y superarlos. Ya sea que vengan de lo familiar… o lo desconocido.

Kanon frunció el ceño sutilmente, mientras Aioros miraba de uno a otro de los hermanos. El arquero comenzaba a dudar sobre quien era el destinatario de aquel discurso. Sin embargo, una cosa le había quedado clara: los gemelos iban a pelear, tarde o temprano, y los dos lo sabían. Se apretó con nerviosismo la cinta de la frente sabiendo que, quizá, el menos preparado para ese momento… era él. Tantas preguntas surcaron su mente y tantos posibles escenarios se dibujaron frente a sus ojos, que el futuro incierto de Orestes, quedó relegado a un segundo plano. ¿Qué sucedería cuando Géminis…?

Negó lentamente con el rostro y volvió la mirada al frente una vez más. Sabía que a partir de ese día las cosas ya no serían iguales: dejarían de entrenar por ser más y más fuertes. Comenzarían a hacerlo con un único objetivo: ser el mejor.

-¡Qué Athena te proteja, Nikos, Santo de Orión! –alzó el rostro al escuchar la voz del Maestro. Tan perdido estaba en sus propios pensamientos que no se había dado cuenta de nada de lo que había dicho. Pero allí estaba Nikos, arrodillado en el centro de la arena y envestido con la deslumbrante armadura de plata. Se preguntó qué sería lo que pasaba por su mente en aquel instante.

Pero rápidamente encontró respuesta: el chico se levantó y volteó, buscando un rostro enmascarado en particular. Cuando encontró a Naia, sonrió. Orgullo, eso era lo que sentía. Y ella también.

-X-

Zarek apuró el contenido de su vaso cuando la silueta de sus dos alumnos y el chico de Sagitario se recortó en la escalinata. Se apartó la melena, roja y ardiente, y la acomodó a sus espaldas. Su semblante permaneció frío e inalterable como de costumbre, pero sus ojos grises pasearon de uno a otro de los gemelos con interés.

Envestidos con la túnica blanca de finos bordados dorados, reservada solo para las grandes ocasiones, los tres chicos se le asemejaban más a pequeños príncipes inofensivos que a lo que eran en realidad. Los gemelos ya no transmitían aquel miedo que los desbordara a su llegada a Géminis años atrás. Ahora, sus miradas, iguales pero a la vez diferentes, transmitían una seguridad arrolladora y un desafío difícil de ignorar.

- Así que tenemos nuevo Santo de Orión. –apenas perceptiblemente, los hermanos asintieron. Aioros guardó silencio, sin saber si debía participar en aquella conversación o atravesar el templo y desaparecer de la vista de Zarek cuanto antes.- ¿Quién hubiera podido imaginar que el chico tuviera el valor necesario para matar a Goran? –preguntó al aire.

- Se tardó demasiado. –murmuró Saga, recortando las escaleras que los separaban. El turco ladeó el rostro al escucharlo.

- ¿No cumplió con tus expectativas?

- De hecho, si. –seguido de Aioros, pasó de largo.- Pero podía haber acabado con el combate mucho antes.

- ¿Y privar a la multitud del espectáculo? –Zarek dejó escapar una carcajada.- Ellos solo quieren sangre, no importa de quién. –No obtuvo respuesta del mayor de los hermanos.

- Fue aburrido. –añadió Kanon, dejándose caer en uno de los escalones.

- Confío al menos en que os haya sido útil. –El peliazul se encogió de hombros.- Aunque no os culparía sino fue así. Los combates por un ropaje de bronce y plata poco, o nada, tienen que ver con las peleas por una armadura de Oro.

Aioros contuvo el aliento cuando, a su lado, Saga apretó los dientes con fuerza. Sabían de sobra que aquellas palabras eran ciertas.

- ¿Cuánto tiempo creéis que os queda? ¿Uno? ¿Dos años quizá? Cualquiera de vosotros podía haber matado a Goran, o al chico, si hubiera querido. –el mayor de los peliazules se detuvo.- Pero no os confundáis… Yo no soy un estúpido sentimental como lo era el croata, no tendré reparo alguno en utilizar toda mi fuerza. Vais a necesitar mucho más para poder pasar sobre mi y vestir esta armadura. –Aioros no le quitó la vista de encima a su amigo un solo segundo.- Y antes… debéis ganar el combate que os enfrente. Eso si será un espectáculo digno de ver. Es lo que todos están esperando.

-Continuará…-

NdA: Dama: ¡Qué turbio se puso el ambiente de pronto!

Sunrise: Demasiado…

Aioros, Saga, Kanon: …

Dama: ¿Un poco de vodka, Sun?

Sunrise: ¡Si, por favor!

Aioros, Saga, Kanon:

Sunrise: Reviews anónimos al profile, y…

Dama: ¡Hasta la próxima!