Capítulo 18: Separándonos
En raras ocasiones la hora del desayuno había sido tan silenciosa como esa mañana. El tiempo se había escapado entre suspiros mal disimulados y el incesante golpeteo de los trastes de barro mientras las miradas de las dos niñas se mantenían clavadas en la mezcla de leche, miel y avena que se les había sido servida. Axelle, por su parte, se mantenía indiferente, observando con disimulo los rostros de sus pupilas.
-¿Qué os sucede? -Preguntó, por fin. Pero ninguna de las dos supo darle una respuesta.- Oh, ahora sois mudas. Venga, hablad. Sacadlo de vuestros pechos o terminareis convertidas en un harapo por lo que resta del día
Axelle se acomodó en su silla y cruzó las piernas. Sus dedos golpearon suavemente la mesa de madera en espera de que alguna de las dos niñas se atreviera a confesar lo que era tan obvio para ella. La amazona de Caelum no era tonta, ni mucho menos ingenua. Aquella reacción de sus aprendizas era algo que esperaba y que, de hecho, buscaba al llevarlas por primera vez a las batallas de investidura. Tarde o temprano, tendrían que hacerse a la idea de lo que el futuro deparaba… y el tiempo era apremiante.
-Estoy esperando. ¿De verdad queréis pasar el resto del día aquí encerradas? Porque no pienso salir sino hasta que soltéis todo lo que haya que decir al respecto. Preguntad todo lo que deseáis que hoy me siento con ánimos de responder. Vamos, hablad ahora. -Ante la insistencia de su maestra, las más jóvenes intercambiaron miradas. Era la primera vez, en lo que iba del día, que se atrevían a mirar la una a los ojos de la otra.
-Es que… -la morena titubeó.- ¿Siempre… termina así? -Naia jamás hizo contacto visual con su maestra. Simplemente le resultaba demasiado difícil mirarla a los ojos en un momento como aquel.
-¿Con la muerte de alguno de los contrincantes? Si, siempre, o al menos, la mayoría del tiempo. Nunca he visto algún combate que termine de otra forma, aunque los ancianos de la villa cuentan que han existido honrosas excepciones. -Mientras se encogía de hombros, la amazona chasqueó la lengua.- De cualquier forma, sin ánimo de sonar pesimista, debo deciros que no esperéis que ésta sea una de esas ocasiones. Me temo que mi destino no sea demasiado diferente al de Goran, así que debéis preparaos para…
-¡¿Por qué tiene que ser así? -Naiara interrumpió. Sus ojos violetas comenzaban a ahogarse en lágrimas, pero la pequeña no dejaría que ninguna de ellas la traicionara.
-No es algo que nosotros elijamos, Naiara. Así ha sido desde el principio de los tiempos. La vieja guardia unge con su propia sangre a la nueva generación. Es un pacto entre linajes separados por el tiempo; el compromiso de que, al tomar una vida, estás dispuesto a entregar la tuya a la noble causa que esa alma vieja defendía. Una vida a cambio de otra. Un alma que reencarna en la esencia de otra.
-¡Pero…!
-No hay peros que valgan. -Se incorporó para apoyarse en la mesa, acercándose más a ellas.- Así es como tiene que ser. Lamento que tengáis que cargar con algo así en vuestras conciencias, más no seréis las únicas. Es nuestro destino, mi destino, y estoy dispuesta a aceptarlo. Vosotras deberíais comenzar a hacer lo mismo.
Bastaba con mirarlas para saber que todas sus palabras habían significado poco en ese momento. Era normal, la amazona lo comprendía. Sin embargo, también sabía que el tiempo las haría entrar en razón.
-No podré hacerlo. No podré. -Murmuró la koree pelinegra mientras negaba sutilmente con la cabeza. Mantenía la mirada escondida detrás de sus flequillos oscuros y sus manos, que descansaban sobre sus piernas, se habían cerrado con frustración. A su lado, Deltha la observaba en silencio, librando su propia batalla contras las lágrimas que buscaban hacer de ella su víctima.
-Podrás hacerlo, Naia. Vas a hacerlo. Estás aquí porque Caelum te ha elegido para vestirla en un futuro y, cuando ese día llegue, te darás cuenta que podrás, al igual que lo hizo Nikos.
-Pero… ¿matarte? ¿A ti, que has sido la única persona que ha cuidado de mi todo este tiempo? No, Axelle. No puedes pedirme que haga eso.
La amazona dejó escapar un profundo suspiro. Aquel par de miradas sobre ella aún demandaban explicaciones que, a pesar de todo, les seguirían sonando absurdas.
-Mi deber no es, ni fue, cuidaros. -Dijo, a riesgo de sonar cruel.- Mi deber es convertiros en amazonas, en guerreras dignas de formar parte del ejército de Athena. Y si seguís renegando del destino que os ha tocado, entonces tendré que considerar la opción de haberle fallado a mi diosa y a vosotras.
-¡No has hecho tal cosa! -Se apresuró a espetar la morena.- Es solo que es difícil de aceptar. -Bajó la cabeza.- ¿Qué sucederá si no puedo matarte? -La pregunta de Naiara, soltada en un murmullo, robó un nuevo suspiro de los labios de su mentora.
-Tendrás que hacerlo.
-¡¿Y si no puedo?
-Entonces, yo te mataré a ti. -Respondió, sin ninguna clase de tapujos y con un semblante tal, que no dejaba a duda sus palabras.
En sus respectivos lugares, ambas niñas se revolvieron, incómodas. Sus ojos, hasta unos segundos antes, tristes, adoptaron un dejo de temor ante la confesión de su maestra.
Axelle hubiese mentido al decir que no le molestaba aquel gesto en ellas. Había aprendido a apreciarlas, a quererlas incluso. Sin embargo, precisamente por ese cariño, tenía el deber de prepararlas para lo evidente. Era momento de que crecieran… y como todo cambio en la vida, iba a doler.
-¿Lo…harías? -La voz temblorosa de Deltha se escuchó, por primera vez, en la conversación.
-Si. Las batallas por una armadura no son un juego que pueda manipularse a voluntad. Hay que sentir la fuerza de cada ropaje, reconocer su cosmos y ajustarte a él. Es la última prueba que cada una de ellas pone a sus futuros portadores. -En ese momento, Axelle suavizó por un segundo sus facciones, para dirigirse a Naiara.- No puedes resistirte a lo que eres… Caelum no va a permitirte resistirte a ella.
-Lo sé.
-¿Entonces?
-Lo siento, Axelle.
-No quiero que lo sientas. -Negó decididamente. La francesa se esforzó por esbozar una sonrisa a medias, pero mucho más tranquila.- Quiero tu compromiso… vuestro compromiso, de que os esforzaréis en convertiros en amazonas, sin importar que. Las cosas no serán menos complicadas de ahora en adelante y el tiempo que nos queda se esfumará en un parpadeo, a pesar de ser unos pocos años. Tenéis que haceros fuertes, no solo en lo físico, sino también en espíritu. Esa es la verdadera fortaleza de un santo, ahí es donde reside su ventaja definitiva.
Se puso de pie y recogió los trastes de la mesa. No le pasó desapercibido el hecho de que las korees apenas y habían tocado el desayuno. Sin embargo, no dijo nada al respecto.
Contempló sus semblantes por un instante. Lucían menos tensas, pero no menos tristes. Se sintió ligeramente mejor, a pesar de que todavía sentía cierto recelo hacia las lágrimas que reprimían. Con todo, los esfuerzos habrían de redoblarse. Aún habían muchas cosas sobre las cuales trabajar.
-¿Estaréis bien? -Las cuestionó al no recibir respuesta. Cuando las vio asentir no supo si tomar aquel gesto como una muestra de resignación, o de compromiso. De cualquier modo, les daría tiempo. Tarde o temprano, habrían de entender el camino que los dioses habían marcado para ellas.- No quiero más lágrimas. -Espetó, mirándolas con todo la firmeza que le fue posible. Sembró en ellas su mirada, dispuesta a hacerse escuchar a como diera lugar.- No os entreno para llorar, ni para lamentaros. No pretendo que me comprendáis ahora mismo, pero algún día os tocará estar en mi sitio; y cuando ese momento llegue, estoy segura que recordareis esta conversación. Ese día, también entenderéis mis motivos y veréis las cosas del modo en que yo lo hago. Sabréis también que no os culpo ni os guardo rencor por lo que llegase a suceder. ¡Al contrario! Nada me haría sentir más orgullosa que veros ganar el lugar que os corresponde. No es solo mi misión. Es nuestra… de las tres.
-X-
-No se por qué te empeñas con seguir con esto… -murmuró el arquero, mientras se dejaba caer, perezosamente, en el suelo.- Llevamos horas entrenando.
-Deja de quejarte. –Aioros lo miró con el ceño fruncido. Saga continuaba boca arriba, tendido en el suelo y con la respiración desbocada: exactamente igual a como lo había dejado segundos atrás, polvoriento y magullado.
-Como quieras. –replicó encogiéndose de hombros.
No se movió, se limitó a observarlo de soslayo. Lo cierto era que tenía razón: llevaban horas, prácticamente desde el amanecer, en aquel rincón a los pies de Star Hill. La montaña se elevaba sobre ellos imponente y, al fin, comenzaba a regalarles su preciada sombra. Se quitó la cinta de la frente y se secó el sudor con el dorso de su mano.
-¿Listo? –escuchó preguntar al peliazul. Ladeó la cabeza y lo miró a los ojos, incrédulo, sin intención alguna de ocultar la seriedad en su mirada: la misma que encontró en los ojos verdes del geminiano.
Guardó silencio unos segundos durante los cuales, un montón de recuerdos llegaron a su cabeza. Recordó aquel lejano día en que conoció a Nikos, ahora Santo de Orión, y las palabras de Kanon al ver su estado resonaron en su mente con increíble claridad. Un esperpento. Aquello era lo mismo que pensaba él en aquel momento. Saga estaba hecho un desastre.
-Yo si. Pero no creo que tú… -No le dio tiempo a continuar. El peliazul, que apenas se había incorporado sobre los codos, se levantó del suelo de un salto y se sacudió el polvo lo mejor que pudo.
-Yo estoy listo. -Aioros suspiró. Había ocasiones en las que intentar razonar con Saga eran como hablar con una pared: podías desgañitarte todo lo que quisieras, pero nunca harías que cambiara de idea.
-Como quieras. –Se anudó el lazo rojo de nuevo en su frente, y se levantó.- Pero te advierto que será la última vez. Suficiente por hoy. No quiero llevarte a rastras a casa.
-Como tú digas. –Hubiera jurado que había cierto toque de burla en su voz, pero prefirió ignorarlo. Sabía que aquello no duraría mucho y, después, podrían tomarse un merecido descanso. Además… ganar a Saga siempre resultaba divertido.
-Pero luego no vayas a lloriquear porque has vuelto a perder…
El peliazul frunció el ceño y Aioros sonrió. ¡Era tan fácil molestarlo! Sin embargo, no le dio tiempo a reflexionar sobre nada más. Esquivó un puñetazo que iba directo a su mejilla dando un salto atrás y antes de que Saga tuviera tiempo de continuar con su embestida, el arquero contraatacó. Corrió hacia él, convertido en un fugaz y reluciente rayo de luz dorada, y ejecutó el mismo golpe que, tal y como él esperaba, Saga esquivó.
Probablemente nunca se lo diría, no era necesario alimentar su creciente ego, pero le gustaba entrenar con él. Comenzaba a darse cuenta que muchas de las cosas que a uno le sobraban, le faltaban al otro y aquello hacía que fueran unos entrenamientos de lo más fructíferos para ambos. Sin embargo, sabía de sobra que el estilo de Saga era sumamente diferente al suyo, por eso valoraba en su justa medida los avances que el gemelo había hecho últimamente.
Esquivó una sucesión de golpes más que certeros y poco a poco notó como su respiración se iba acelerando.
Saga era rápido, probablemente, más que él. Pero era demasiado perezoso como para pelear con sus puños mucho tiempo. Cuando se cansaba solía precipitarse y terminaba recurriendo a su cosmos, aunque nunca daba un golpe innecesario. Seguramente aquel era él único punto débil que el de Sagitario lograba discernir cuando analizaba las habilidades de su amigo.
Él, por el contrario, amaba aquellas peleas. Era paciente y enérgico, aunque carácter no era precisamente lo que le faltaba a Saga. Sonrió solamente al pensarlo.
A pesar de ello, y de saberse en desventaja, el chico se estaba esforzando al máximo, como venía haciendo en los últimos tiempos. Y aunque guardara celosamente sus habilidades con el cosmos, Aioros sabía que con toda seguridad serían asombrosas. Solamente necesitaba pulir aquel pequeño detalle…
Bloqueó un puñetazo con sus antebrazos, y antes de que Saga tuviera tiempo de retroceder, atrapó su mano. Giró su muñeca con fuerza, sacando un pequeño y casi inaudible gemido de dolor de la garganta del peliazul. Amplió su sonrisa, y antes de que Saga pudiera hacer algo por defenderse, Aioros lo envió al suelo nuevamente, terminando sentado, cómodamente, en su espalda.
-¿No te recuerda esto a algo? -dijo divertido.
-¿Podrías no arrancarme el brazo? –masculló el mayor.
-Hace años me hiciste algo parecido en el coliseo. –continuó mientras lo soltaba, sin moverse de su sitio.- Parece que el alumno superó al maestro. –terminó, entre risas mientras revolvía la polvorienta melena azul.
-Si, si. Solo bájate. –el hastío era evidente en su voz, así que Aioros decidió que lo mejor era atender sus deseos y dejar las bromas por un rato. Se sentó a su lado, y lo observó una vez más.
-Lo has hecho bien.
-Genial.
-Hablo en serio.
-Yo también. –El castaño rodó los ojos, mientras Saga se tendía boca arriba. Guardó silencio por un momento, ya que volvía a verse inmerso en aquellas incomodas situaciones en que sabía que nada de lo que dijese serviría para algo. Era extremadamente exigente, ambos lo eran.- Mi combate será pronto.
Sorprendido, Aioros dio un respingo. Olvidó todas las cosas que tenía en la cabeza, y sintió como de pronto aquellas palabras sonaban increíblemente reales y duras. Se estremeció. Había pensado acerca de aquel asunto muchas veces. Para todos era un momento difícil y de mucha presión. Lo nuevo relevaba a lo viejo, trayendo consigo la muerte de la única persona que había cuidado de ellos, si podía decirse así.
Pero Géminis era diferente. No solo porque fuera el primer combate de la generación, con todo el interés que aquello implicaba… sino porque eran dos en el camino, y una sola armadura. Un escalofrío recorrió su espalda al pensar lo que aquello significaba.
-¿Shion mencionó algo? –Saga negó.
-Zarek.
-Oh. –no supo que más debía decir en una situación como aquella.
-No tengo muy claro que va a suceder. –El arquero entreabrió los labios, queriendo decir algo que aligerase la tensión del momento, pero no encontró las palabras.- Pero quiero a Géminis.
Aioros quería a los gemelos, a los dos. Pero desde hacía un tiempo, Kanon había cambiado. Ya no era tan divertido pasar el tiempo con él y sus travesuras. Era como si el menor de los hermanos pasará el rato molesto con el mundo, y la sensación era de lo más incomoda. Se había acostumbrado a su mirada acusadora cada vez que Saga y él se marchaban, pero aquello no facilitaba nada en absoluto. Más bien, al contrario. Comenzaba a ser incómodo cuando estaba cerca y veía aquella mirada, que en su día fue adorablemente traviesa, bañada en burla y desdén. Parecía que solamente se relajaba cuando la inquieta presencia de Naiara estaba entre ellos.
Se sopló los mechones de su cabello que se pegaban, húmedos, en su frente. No sabía a quien intentaba engañar. Tenía muy claro quien quería que fuera el ganador de aquel combate. Sabía que Saga se merecía a Géminis. Sin embargo, la posibilidad de que uno de los dos muriera en aquella pelea nunca había sido tan certera como en aquel momento.
-Ganarás. –atinó a murmurar. Saga esbozó una sonrisa cansada.
-Tendremos que esperar para verlo. –Aioros tragó saliva.
No le resultaba nada complicado adivinar todas las cosas que pasaban por la mente del geminiano. Aquella cabeza nunca descansaba, y podría jurar que si afinaba el oído siempre podría escuchar sus pequeños engranajes moviéndose, dándole vueltas a todo y pensando en las múltiples posibilidades. Casi con toda seguridad, no había nada que el pudiera decir que sirviera para algo.
-Bah. –dijo, mirándolo una vez más.- Vas a hacerlo. ¿Por qué sino crees que pierdo el tiempo dándote semejantes palizas? –esbozó una sonrisa, y casi instantáneamente, la risa suave de Saga se dejó escuchar.
-Porque te lo pasas en grande viéndome perder.
-¡Eso también!
-Idiota.
-Gracias, se que me quieres. –El peliazul tomó lo primero que encontró, una pequeña piedra, y se la lanzó con desgana: estaba demasiado cansado para nada más. Aioros estalló en carcajadas.
Pasaron varios minutos en silencio, allí tendidos a la sombra. Desde donde estaban, apenas podía escucharse el alboroto del coliseo y los campos de entrenamiento. El arquero se preguntó entonces donde estaría el menor de los gemelos. ¿Con quién entrenaba Kanon? ¿Cómo de grandes habrían sido sus progresos? ¿Sería posible que hubiera mejorado lo suficiente como para ganar a Saga? Y lo que era peor… ¿Saga y Kanon habían caído en la cuenta de que uno de los dos podía morir?
Comenzaba a agobiarse con aquel asunto.
-X-
Ángelo soltó un bostezo que pocas veces podía permitirse. Ese día tenía la fortuna de contar con unos pocos minutos de solaz esparcimiento, tan escasos como apreciados desde que Athan hiciera de él su aprendiz. El alemán jamás le ponía las cosas fáciles, así que liberarse de él por unas horas sin duda era una gran manera de comenzar el día.
-¿Haciendo el vago? -El pequeño italiano sonrió al reconocer la voz que sin duda se dirigía a él. Quizá el resto del día se tornaría interesante.
-No soy el único, ¿o sí?
-Por el contrario, mocoso. Es un derecho que me he ganado… Después de sobrevivir todos estos años a Zarek, puedo tomarme un descanso de vez en vez. Además, apenas y entrenamos con él ahora. Según parece, es más apremiante que Saga y yo encontremos, por separado, la manera de matarnos el uno al otro. -Sin embargo, lejos de impresionarse, el aprendiz de Cáncer se carcajeó desparpajadamente.
-¿Y eso no debería preocuparte? -Un mohín recargado de ironía se dibujó en su rostro infantil.- Porque, de acuerdo con Athan, es muy probable que quien muerda el polvo de los dos… seas precisamente tú.
En un pestañeo, las manos de Kanon tomaron al más pequeño de la camisa, jalándolo hacia él, y plantándole cara amenazadoramente. Sus rostros se encontraron, y sus ojos también. Pero lejos de amedrentarlo, el chiquillo le sostuvo la mirada sin temor alguno.
-Cuida tu boca. -Siseó el gemelo.- Me importa poco la jodida opinión de tu maestro y la del resto del mundo. Nadie me dice lo que puedo o no hacer. Estoy harto de que me hagáis menos que Saga, de que le cubráis de glorias y a mi de desprecios. Voy a probaros que os equivocáis.
-Para importarte tan poco… te has tomado demasiado en serio mis palabras. -Ángelo, con una manotazo, se liberó. Acomodó su camisa mientras su mirada se clavaba en Kanon, de soslayo y siempre con la sonrisa burlesca en los labios.
-Eres un pequeño bocazas. -La sonrisa de Kanon, al igual que la del italiano, se ensanchó.- Y, ¿sabes algo? Los bocazas no son bien vistos en este lugar. Algún día, alguien va a cerrarte el hocico a golpes.
-Uh… qué miedo. -Una carcajada escapó de la garganta del chico, robando un gesto de extrañeza en Kanon.- Vivo con Athan… o sobrevivo, mejor dicho. ¿Crees que el hecho de que alguien más me rompa la cara me asusta? Bah. Después de sentir el puño de un santo dorado, cualquier cosa es menos. -Buscó de reojo la reacción de su compañero, y sonrió al ver su semblante agravarse.- ¿Qué esperabas? ¿Abrazos de su parte?
-Maldito enano. -Musitó el mayor.
En el fondo, tenía que darle crédito. Si existía algo peor que Zarek probablemente era precisamente el santo de Cáncer. El alemán no tenía absolutamente nada rescatable en él, y con toda seguridad el niño se llevaba la peor parte del carácter terrible del rubio.
-¿Dónde está Saga? -Ángelo interrumpió sus reflexiones.
-Seguramente perdiendo el tiempo con el arquero idiota.
-¿Por qué no contigo? -El gemelo gruñó.
-Te lo dije antes. -Espetó.- Entrenamos por separado, además porque ambos son un par de idiotas que no pueden con mi graciosa compañía.
-Ya… probablemente sea eso último.
-¿Qué hablamos de la bocaza? -Kanon le miró con fastidio.
-Que alguien iba a cerrármela a golpes… pero nunca dijiste que serías tú.
-Pues ahora te lo digo. Considérate advertido, Ángelo.
Una risa cómplice se dejó escuchar, enervando los nervios de Kanon. Era obvio que al enano le había valido de poco, sino de nada, su advertencia. Gruñó, sintiéndose burlado, pero tampoco estaba dispuesto a moler a golpes a un crío como el aprendiz de Cáncer. Su orgullo se lo impedía, porque de otra forma, no se había pensado dos veces soltar el primer golpe.
-Uh, alguien amaneció de malas.
-La boca, Ángelo. Ciérrala. -Ordenó, antes de girar sobre sus talones dispuesto a alejarse lo más pronto de ahí.
Sin embargo, el niño peliazul no estaba dispuesto a darle tregua así de fácil. Tan pronto lo vio darle la espalda, abrió sus grandes ojos con incredulidad y, tras torcer la boca, se decidió a seguirle.
-¡Oye! ¿Ya te vas?
-¿Tú qué crees? -El italiano alzó una ceja.
-¿A dónde vas?
-Lejos de aquí.
-¿De aquí aquí? -Rascó sus cabellos despeinados.- ¿O lejos del Santuario? -El gemelo se detuvo de golpe para girarse y mirarle directamente a los ojos, fastidiado.
-De aquí, de ti. -Una nueva carcajada delató el disfrute que el menor encontraba en terminar con la paciencia de Kanon. Definitivamente tenía que hacerlo más seguido.
-Vale.
El aprendiz de Géminis gruñó de nueva cuenta, cada vez considerando más la opción de partirle la cara. Sus pasos se volvieron todavía más pesados cuando retomó el camino lejos de ahí. Sin embargo, el golpeteo de unos pasos que no eran suyos se escuchó nuevamente detrás de él y no le fue difícil adivinar quien era el dueño.
-¿Vas a seguirme por mucho más? -Replicó, sin dignarse en mirar atrás.
-No tengo nada más que hacer.
-Oh, qué suerte la mía. -La risa de Ángelo no se hizo esperar. A decir verdad, lo sabía. Sabía que su presencia era un gran estorbo para el gemelo. Sin embargo, en verdad no tenía nada más que hacer, sino molestarle.
-¿Y…?
-¡¿Qué?
-Uy, que mal humor. -Desaprobó.- Solo quería preguntarte si has encontrado la manera de probarnos a todos lo equivocados que estamos respecto a tu hermano. Espero que lo haya hecho ya, porque hasta donde sé, no te queda mucho tiempo; y no creo que quieras…
El italiano no pudo terminar de hablar porque lo siguiente que sintió fue un fuerte empujón que terminó por hacer que su trasero golpeara el suelo.
-¡Merda! -Masculló al sentir el golpe, mientras su mirada rabiosa se posaba en Kanon y sus rostro, especialmente iracundo.
-Te lo advertí claramente, mocoso del demonio. -Escupió cada una de sus palabras.- Sigue así y voy a olvidarme que solo eres un niñato para romperte la boca a golpes. No soy Saga… soy Kanon; y conmigo no se juega. Voy a demostraros quien soy realmente y entonces, os arrepentiréis de esto.
Con el ceño fruncido y sus ojos azules destilando furia, el aprendiz de Cáncer lo enfrentó sin ninguna muestra de miedo. Apretó los puños, impregnando sus manos de polvo y se atrevió a hablar, demostrándole sin lugar a dudas que no temía a lo que el gemelo representaba. Los santos dorados no temen a nada ni a nadie, le había dicho Athan; y Ángelo creía fervientemente en eso.
Se levantó, tomándose su tiempo y después sacudió la tierra que manchaba su ropa. La intensidad en su mirada cerúlea se tornó pesada, conforme sus ojos se encontraban. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder ante el otro.
-No, definitivamente no eres Saga. -A pesar de ser sentirse furibundo, Ángelo se las ingenió para sonreír con cinismo. Y es que, en realidad era todo lo que le quedaba. Esa máscara de burla y desdén, de descaro e irreverencia era lo único que le protegía.- ¿Y sabes algo más, Kanon? La fuerza es lo único que importa al final. Si quieres probarnos algo, tendrás que ser el más fuerte…y ahora mismo, dudo que lo seas.
-No me menosprecies.
-No podría hacerlo. -Ángelo subió los hombros.- Solo digo lo que me parece… pero, ¡vamos! Soy solo un mocoso, ¿no? -Pero la verdad de las cosas era que para Kanon, la risa burlesca en sus labios comenzaba a borrar todo rastro infantil que tuviera en el rostro el italiano. Estuvo a punto de soltarle el primer golpe. Sin embargo, se contuvo. Pensando con la cabeza más fría, podía encontrar mejores víctimas para su rabia en ese momento.
-Eres un maldito mocoso, sí. Ni siquiera vale la pena ensuciarme las manos con tu sangre, pedazo de idiota. -Retrocedió.- Pero, ahora seré yo él que te diga algo: Sigue idolatrando a mi hermano como el resto del mundo. Después de todo, será mucho más satisfactorio ver sus caras cuando conozcan mi verdadero poder.
-Ya.
-X-
-Hay algo que me gustaría enseñarte. –inmediatamente, volteó a ver al peliazul, cuya voz lo había sacado de su ensimismamiento. Sin darle tiempo a responder, se puso en pie y se alejó unos metros. Aioros asintió, incorporándose hasta quedar sentado y lo miró con interés.
Una vez que los separaba la distancia que Saga creyó prudente, respiró hondo. Estaba francamente cansado y dolorido como para seguir entrenando por mucho más tiempo. Pero necesitaba mostrarle sus progresos a alguien. Vio de reojo al arquero y distinguió la curiosidad en sus ojos azules. Sonrió débilmente, y empezó.
Aioros ladeó el rostro cuando el cosmos dorado de Saga lo cubrió suavemente. Desde donde estaba, podía sentirlo a la perfección. Cálido y agradable, pero ciertamente peligroso. Sin embargo, la situación cambió pronto. El peliazul concentró su cosmoenergía en ambas manos y aumentó su intensidad. Su calidez se tornó eléctrica y a medida que se concentraba, su cosmos chisporroteaba encendido entre sus manos. En apenas un segundo las juntó y antes de que pudiera siquiera pestañear, escuchó su voz.
-¡Explosión de Galaxias!
Un estallido de miles de estrellas y chispas de colores brotó de sus manos hasta estrellarse con el muro de piedra que se alzaba ante ellos metros más allá. Aioros entreabrió los labios cuando la nube de polvo se asentó. Apenas había pasado medio segundo. El suelo se había calcinado a su paso y la imponente pared ya no era más que un montón de arena incandescente y humeante. Rápidamente buscó los ojos de Saga.
Sonreía orgulloso.
-Eso… -el arquero se puso en pie, acercándose a las ruinas.- Eso fue asombroso.
-¿Verdad que si? –se giró para verlo mejor y asintió, fascinado.
-¿Hace cuanto que puedes hacerlo? –Saga se encogió de hombros.
-Unos días.
Aioros asintió, pensativo y asombrado. Aquella técnica era lo más hermoso y letal que había visto hasta la fecha. Era una demostración de poder en toda regla. Y lo que era mejor aún… sabía bien que Zarek no les había enseñado su técnica suprema: había aprendido solo.
-Pero no le digas a nadie, absolutamente NADIE, que puedo hacerlo. –volvió a asentir, aunque sabía de sobra que aquella explosión de cosmos se había dejado sentir hasta en el último rincón del Santuario.
-¿Por qué rayos dejas que te haga morder el polvo con un par de puñetazos si puedes hacer semejante cosa? ¿Te gusta sufrir o qué? –se encogió de hombros una vez más.-¡No pienso entrenar mi cosmos contigo nunca más!
-¿Por qué no?
-¡Porque no! ¿Te imaginas? –Aioros se cruzó de brazos fingiendo una molestia que no sentía.- ¡Mis flechas! Mis pobres y bonitas flechas… destrozadas por eso.
-Melodramático.
-¡Cómo tú digas!
-Probémoslo una vez. –Aioros alzó una ceja.
-¿Qué parte de "no pienso entrenar mi cosmos contigo" no has entendido, Saga?
-¡Oh! ¡Venga! –suplicó, luciendo en su rostro la mejor carta de cachorro abandonado que encontró.- No puedo saber si es eficaz si no entreno contra alguien medianamente digno... –El arquero lo miró con seriedad hasta que terminó estallando en carcajadas con aquella fingida y provocadora expresión de inocencia en el rostro de su amigo.
-Esta bien… esta bien. Pero no me devuelvas la humillación de antes…
-Si sigues recordándomelo, lo haré. –Uh, y por supuesto que lo haría. Aioros estaba seguro de ello.
-Ya, ya. Estoy listo.
Tan rápido como hiciera su amigo antes, su cosmos dorado lo envolvió. Buscó la mirada de Saga una vez más, que al encontrarse, asintió y lo imitó. Aioros sonrió. Sabía de sobra que aquella expresión de determinación que lucía el gemelo mayor, era la misma que lucía él. Una sensación que solamente se podía experimentar, estaba seguro, cuando sentías tu cosmos fluir desbocado hasta por el último rincón de tu ser y te hacía flotar a un paso de los dioses.
Se puso en guardia y, casi a la vez, se lanzaron el uno contra el otro. Nunca se lo habían mencionado, pero ambos compartían una cosa: tenían una confianza ciega en el otro y sabían que, por muy fuertes o peligrosos que resultaran sus ataques, jamás harían nada que pusiera en peligro la vida del otro. Era como un pacto que habían sellado a lo largo del tiempo, a consecuencia de todas aquellas horas de travesuras, de palabras silenciadas y lágrimas contenidas. A costa de la complicidad que les permitía saber lo que pasaba por la mente del otro sin pronunciar una sola palabra.
Envueltos en aquella turbulenta y deslumbrante estela dorada, intercambiaron ataques. Unos más peligrosos que otros, pero siempre con el mismo objetivo: medirse y encontrar sus límites. Aioros había perdido la cuenta de cuantas de sus flechas de cosmos habían desaparecido engullidas por la otra dimensión. Pero no se rindió, al contrario. Elevó aún más su comos y se dispuso a probar sus habilidades contra el contrincante más adecuado.
-¡Trueno atómico!
-¡Explosión de Galaxias!
Ambas técnicas chocaron, estallando en una hermosa y brillante luz blanquecina que les cegó por unos segundos, pero no se detuvieron. Mantuvieron la intensidad, comprobando cual de las dos estaba destinada a sucumbir ante la otra en aquella ocasión.
-Demonios. –murmuró Aioros, cuando sus pies comenzaron a retroceder y la Explosión de Galaxias ganaba terreno. Se esforzó todo lo posible en mantener el equilibrio, pero sabía de sobra que su técnica aún no estaba tan perfeccionada y, al menos en aquel momento, era casi imposible poder ganar.
-¡No se te ocurra bloquearlo con las manos! –escuchó la voz de Saga, y aunque no lo podía ver por aquel incontenible resplandor, asintió. Concentró todo el cosmos que pudo, en un intentó por detener su retroceso al menos unos segundos. Y cuando lo hubo logrado, saltó, apartándose lo más rápido que pudo de la trayectoria de la Explosión de Galaxias.
Apenas un segundo después, escuchó el impacto contra las rocas a sus espaldas. No era necesario mirar para saber lo que había sucedido. Volteó a ver a Saga, que lucía aquella estúpida expresión triunfal en el rostro y dibujo un mohín de disgusto.
-Creo que con esto, quedamos empatados. –dijo sonriente.- Saga 1, Aioros 1.
Lo miró fijamente por un momento, y después estalló en carcajadas. Se percató del pequeño corte en la mejilla del peliazul, provocado sin duda por alguna de sus flechas y se sintió más cerca de lo esperado.
-Eres un idiota engreído. –dijo. Saga rió.- ¡Pero eso fue genial!
Y lo cierto era, que aunque se sabía un pasito por detrás, pretendía recortar la distancia pronto. Se sentía orgulloso de Saga… y cada vez tenía más claro que el nuevo dueño de Géminis estaba a unos pasos de él.
-De todos modos, creo que nos merecemos un helado.
-X-
De pronto, el tiempo para discusiones terminó abruptamente cuando un cosmos conocido golpeó sus sentidos. Aquello, que se sentía a la distancia, era la cosmoenergía de Saga, explotando con toda su fuerza.
Para los dos peliazules, las palabras escaparon de sus labios mientras se limitaron a dejarse invadir por esa sensación indescriptible que generaba en ellos.
Hasta cierto punto, era difícil no admirar aquella fuerza tan poco usual, pero lo que atravesaba la mente del gemelo menor era algo radicalmente dispuesto a semejante emoción. Lo que apretaba su pecho era una bizarra mezcla entre envidia e impotencia. No podía decir con precisión si Saga era o no más fuerte que él. Sin embargo, tampoco era capaz de negar el avance a pasos agigantados de su hermano.
Un escalofrío recorrió su espalda y erizó la piel de sus brazos. Por primera vez, las palabras de todos hicieron mella en su conciencia, planteándose la posibilidad de que las habilidad de Saga en verdad hubieran sacado una ventaja considerable con respecto a las suyas. Una voz dentro de si, a la que apenas conocía, le susurró que quizá, no estaban del todo equivocados.
-Bastante…impresionante. -Murmuró Ángelo, más para si mismo que para su compañero. Kanon no respondió.
El más pequeño tampoco insistió. Permaneció en silencio, mirando de reojo cada reacción del gemelo, y no le fue difícil imaginar lo que cruzaba por su mente. Tampoco le resultó ajeno reconocer las diferencias entre el cosmos de Saga y él de Kanon, aunque jamás se atrevería a dar un veredicto que considerara apropiado. Con todo, su media sonrisa se mantuvo todo el tiempo en su boca.
Su curiosidad solamente aumentó cuando, pasados varias minutos, el cosmos de Saga se dejó sentir nuevamente,: esta vez, acompañado de otro, que tampoco se dificultó reconocer. En definitiva, era el de Aioros.
-¡Uf! -Ángelo se rascó la nariz y su descaro pareció maximizarse con ese gesto.- Me parece que si quieres impresionarnos vas a tener que esforzarte mucho.
Sin embargo, para cuando volteó, descubrió que sus palabras no eran necesarias para Kanon. El geminiano no había dejado escapar el tiempo antes de girar sobre sus talones para retomar el camino que le alejase de ahí. Su mente seguía atrapada en los sentimientos que despertaban el par de cosmos a la distancia. Sus frustraciones habían aparecido como pocas veces, sembrándose ahí, en su orgullo dolido.
-Eh… ¿Kanon? -Oyó su nombre, más no volteó.- ¡Kanon! -Insistió el menor, pero sus exigencias sirvieron de poco.
Gruñó una maldición a medias y se dispuso a seguirlo, con la intención de mejorar su día. Después de todo, no tenía absolutamente nada más en que desperdiciar las pocas horas de libertad que le quedaban, así que ¡nada mejor que un gemelo! Al verlo incrementar la distancia, supo que Kanon no iba a esperarle. Corrió hacia él para alcanzarlo y caminó a lado, en un silencio sepulcral.
Una vez más, alzó sus ojos para mirar al rostro estoico del gemelo. Su estado fue delatado por el sutil movimiento de sus labios que susurraban palabras indescifrables.
-¿A dónde vamos? -Se atrevió a preguntar. De nuevo, no hubo respuesta alguna para él.
-X-
Aioros no había dejado de verlo de soslayo durante todo el camino hasta Rodorio.
No tenia la menor idea de cómo debía actuar cuando aquellos pesados silencios, cada vez más frecuentes, caían entre ellos. Miraba alternativamente del semblante cansado de Saga, al sendero por el que avanzaban. La cuestión era, que el futuro santo de Sagitario, tenía mil y una preguntas que necesitaban respuesta. Deseaba saber demasiadas cosas y, aún así, sabía que sería imprudente preguntarle acerca de todas sus inquietudes al peliazul. Saga se había tornado cada vez más callado y, a medida que pasaba el tiempo, parecía cada vez más imposible que hablara de nada que tuviera que ver consigo mismo.
Sin embargo, dejó aparcados sus profundos pensamientos cuando las pequeñas casitas blancas, de tejados azulados, se alzaron ante ellos. Esbozó una sonrisa alegre cuando se adentraron por las callejuelas, que a aquellas horas estaban rebosantes de vida, y se dejó embriagar por aquel excelente olor a comida cocinándose que parecía inundarlo hasta el último rincón.
Debía admitir que le gustaba la aldea. A pesar de que Rodorio sobrevivía gracias al Santuario, y ellos mismos se beneficiaban del pueblo, eran lugares sumamente diferentes. Era un sitio tranquilo, bonito y extraordinariamente antiguo. Las viejas historias que se contaban en los territorios de Athena solían mencionar la cantidad de penurias que habían sufrido sus gentes en las pasadas guerras santas… pero a pesar de ello, la aldea se levantaba una y otra vez con todo su encanto y esplendor: igual que ellos.
No había rastro alguno de violencia u hostilidad por allí, solamente había sonrisas y rostros antiguos dibujados con arrugas, que delataban lo mucho que habían visto y vivido a los pies de sus Templos. Aquella gente era feliz. Trabajadores y humildes, pescadores, artesanos… contentos con la vida que les había tocado vivir. Se sabían parte del secreto milenario y mágico que era la Orden de Athena, y les admiraban por sobre todas las cosas. Aunque, en algunos casos, los chiquillos del pueblo se mostraran ciertamente recelosos de las raras cualidades de los aprendices que raramente les visitaban.
Pero, quizá, lo mejor de todo era que los empedrados de sus calles no estaban salpicados con sangre ni lágrimas.
-Hace siglos que no veníamos por aquí… -murmuró el arquero.
-No es como que haya cambiado mucho. –replicó el mayor, mientras brindaban un par de deslumbrantes sonrisas a los viejos del lugar que inclinaban, casi exageradamente, sus rostros a modo de saludo.- Todo y todos siguen en su sitio.
-¿Nunca te has preguntado por qué los santos dorados no vienen más a menudo por aquí?
-Lo hacen…
-Si, bueno, me refería a algún otro sitio que no fuera la taberna o el burdel…-No le pasó desapercibida la sonrisa pícara que adornó los labios de Saga y él mismo lo imitó.
-Ciertamente, no me imagino a Zarek o a Athan paseando por aquí y brindando saludos o sonrisas. –Se encogió de hombros, mientras Aioros asentía ante la veracidad de sus palabras.- Shion viene mucho. –Pateó una piedra con desgana, y continuó hablando.- Te aseguro que conoce los nombres de todos los que viven y han vivido aquí, niño o anciano; no importa. Cuando éramos pequeños… -Apenas pronunció aquellas palabras, guardó silencio. Parecía que habían pasado siglos desde que Kanon y él… Negó con el rostro apenas visiblemente. Debía aceptar que las cosas con su hermano ya nunca volverían a ser de aquella manera y seguir adelante.
-¿Si? –Saga volteó a ver a su amigo ante la pregunta que lo invitaba a continuar con el relato. Aioros lo miraba interrogante, como si de algún modo conociera de sobra que era aquello que había acallado su voz. Volvió la vista al frente, esquivando sus ojos azules del mejor modo que pudo.
-Solíamos acompañarlo a menudo. –respondió escuetamente.
A Aioros le hubiera gustado que la historia no hubiera terminado ahí, apenas dos palabras después de empezar. Pero, tal y como había estado pensando no mucho tiempo atrás, el cambio que se había producido entre los hermanos era más que evidente. Se había percatado de que Saga guardaba silencio cada vez que el tema de conversación se acercaba demasiado a su gemelo, y también había notado el modo en que se tensaba cuando lo tenía cerca.
Se sopló el flequillo. No podía culparlo por semejante reacción. Sin embargo, no podía imaginarse como sería que esa creciente distancia se implantase entre él y Aioria, menos aún entre alguien como ellos, gemelos. Estaba seguro de que si tal cosa sucediera, se sentiría tan mal… que ocultarlo y mostrar un semblante sonriente y agradable a casi todo el mundo, como hacía Saga, le resultaría absolutamente imposible.
Definitivamente era un actor terrible, y lo sabía.
-¿Sabes qué? –decidió que lo mejor era cambiar de tercio. La situación cada vez se tornaba más lúgubre y no tenía la menor idea de que hacer para remediarlo.- He pensado que… Me gustaría ser el maestro de Aioria.
Esta vez fue Saga quien lo miró con evidente curiosidad. Ladeó el rostro, y sonrió, en un gesto casi imperceptible, pero que el arquero supo reconocer. El peliazul estaba seguro de que Aioros haría un buen trabajo, pero no lo estaba tanto de su capacidad para lidiar con todo a la vez. Apenas les quedaba tiempo para entrenar y pelear por su armadura. Una vez que la consiguieran, las cosas cambiarían inevitablemente. Tendrían un montón de nuevas responsabilidades, un protocolo que respetar y, casi con toda seguridad, no dispondrían de un solo segundo para nada más. Por no mencionar su peculiar relación con Deltha…
-¿Y cómo piensas hacer tal cosa?
-No lo se. –Se encogió de hombros, y Saga rió: estaba plenamente seguro que el castaño no tenía la menor idea.- Quizá le pregunte al Maestro. No hay un caballero de Leo que pueda ejercer como su tutor, y yo siempre había pensado que Orestes sería genial para él. Pero…
-Ya. –Se apresuró a contestar el gemelo. Ambos sabían que Orestes no estaría ahí para siempre, y que cada vez le quedaba menos tiempo en el Santuario.
-¿Crees que Shion aceptaría? No pienso en empezar con ello ahora, pero si cuando consiga la armadura. Sería buena idea, ¿no crees?
-Lo sería. –dijo tras pensarse un momento la respuesta.- Eres el único al que el enano respeta lo suficiente como para poder enseñarle algo. A Aioria le encantaría.
-¿Y crees que tendría permiso?
-Seguro que si.
No dijo más, porque no era necesario. Sabía de sobra lo mucho que el Maestro confiaba en ellos. Y si alguien tenía la paciencia suficiente como para lidiar con un alumno o con un niño tan travieso en aquel momento, era Aioros. Estaba seguro de que podía enseñarle, sino todo, la gran parte de las cosas necesarias para ser un excelente santo dorado. Por no mencionar que pasar tanto tiempo juntos les haría bien.
Suspiró. Por un momento, sintió envidia, y aquel repentino vacío que se había afincado en su vida… resultó más doloroso que nunca. Comenzaba a comprender el significado de la palabra soledad y no creía que jamás pudiera acostumbrarse a ella.
Extrañaba a Kanon.
-¡Qué raro! –alertado por la voz de Aioros, alzó el rostro y miró exactamente al punto que había captado la atención del arquero.- Esta… ¿cerrado?
-No es eso lo que pone…
En efecto, la palabra "abierto" podía leerse con claridad en el pequeño cartel que colgaba de la puerta. Pero aún así, la humilde heladería, lucía desangelada. Las cortinas de cuadritos azules que adornaban las ventanas, estaban echadas, impidiéndoles ver el interior. Aioros se acercó, casi sigiloso, hasta la puerta, y pegó su rostro a la pequeña claraboya enrejada. Todo ahí dentro estaba oscuro.
Frunció el ceño, y miró fugazmente a Saga, que se encogió de hombros.
Se animó a empujar suavemente la puerta y, sorprendentemente, esta se abrió. El carrusel de caracolas y conchas que estaba colocado sobre ella, resonó; sobresaltándolo. Entró con Saga apenas un paso tras él, y sus ojos echaron un vistazo al local. A pesar del sol que lucía fuera, parecía sumido en una penumbra triste y pesada.
Rápidamente escucharon unos pasos que provenían de la trastienda, y por instinto, se quedaron completamente quietos. En apenas unos segundos, el rostro regordete y sonrojado de la mujer, se asomó tras la cortina. Casi a la vez, ambos sonrieron.
-¡Buenos días! –exclamó Aioros.
Sin embargo, la reacción de la mujer no fue la esperada. La habitual sonrisa agradable que lucía en su rostro, se había esfumado. Sus ojos lucían cansados, y cuando reparó en los dos chicos, cierto deje de desilusión marcó sus facciones, como si esperase a alguien más.
-Pensamos que… -murmuró el arquero, dándose cuenta de todos aquellos detalles. Volteó a ver a Saga, en busca de ayuda, pero el gemelo mayor parecía plenamente concentrado en el rostro de la mujer. Se rascó la nuca con nerviosismo.- Creímos que estaba cerrado. Esta todo tan oscuro que…
-Lo siento, chicos. –se disculpó, acercándose hasta el pequeño mostrador.- Pensé que el Patriarca… -Instintivamente, una alarma se encendió en las mentes de ambos.
-¿Dónde está Nestor?
Por primera vez desde que hubieran entrado, Saga habló. Aioros no sabía por qué había formulado precisamente aquella pregunta, pero cuando notó como la mirada de Aletia se entristecía, frunció el ceño. Los géminis tenían el don de la oportunidad, definitivamente. Pero pensándolo bien… era raro no ver al marido de la mujer por allí cerca.
-Pues… -comenzó a decir con la cabeza gacha.- Enfermó.
-Oh. –murmuraron los dos chicos a la vez.
Ambos sabían de sobra, que aquel era un negocio familiar y pequeño, como la mayoría de los que había en la aldea. Sin embargo, quizá por aquella debilidad que todos los niños tenían por los dulces y los helados, los viejos Aletia y Nestor les resultaban más cercanos y entrañables. Probablemente, eran bastante más jóvenes de lo que parecían, y aún así… era como si la vida se hubiera tornado demasiado pesada para la buena mujer. Sabían que eran de aquellos matrimonios de cuento, que siempre pasaban el tiempo juntos y caminaban tomados de la mano cuando tenían oportunidad, brindándose carantoñas: algo que poquísimas veces habían podido contemplar.
-¿Cómo está? –preguntó Saga una vez más. Aletia se encogió de hombros y, con nerviosismo, se colocó uno de los tirabuzones que escapaban de su moño tras la oreja.
-No muy bien. –Ninguno de los dos pudo contestar, pues las lágrimas que empañaron los ojos de la mujer, les resultaron más dolorosas de lo que nunca hubieran imaginado. Intercambiaron una mirada fugaz.- Pero, ¿qué es lo que os gustaría hoy? –quiso saber ella, amablemente.- ¿Y dónde está tu hermano? Hace mucho que no lo veo…
-Entrenando… -atinó a responder el peliazul, alzando suavemente los hombros.
-Llevadle un helado entonces. –Aioros lo miró de soslayo y comprobó como Saga se esforzaba por mantener la sonrisa en sus labios.
-No podemos… -Y lo cierto era, que Saga tenía razón. Como aprendices y futuros santos dorados, tenían prohibido aceptar regalos. El arquero se maldijo a si mismo al darse cuenta de ello. Se aclaró la garganta, e interrumpió la conversación.
-¿Podríamos… ver al señor Nestor?
Inmediatamente, las dos miradas se clavaron en él. Aletia miró de uno a otro, con los labios entreabiertos y sin saber bien que decir.
-Por favor. –continuó Saga.
La mujer se enjugó un par de lágrimas que escaparon de sus ojos, y por primera vez aquel día, les sonrió con sinceridad. Los dioses no habían querido darle la bendición de tener hijos, pero le tomaba un cariño enorme a todos los chiquillos que alguna vez habían sonreído con emoción frente a su mostrador. Los aprendices del santuario llevaban vidas difíciles, todos allí lo sabían. Era un verdadero placer hacer que al menos durante unos segundos… se sintieran como niños normales.
Casi sin darse cuenta, acarició con suavidad el cabello de ambos chicos. Habían crecido mucho.
-Pasad. –respondió finalmente animándolos a entrar.- Le gustará veros.
-X-
Desde la sombra que le cobijaba, Nikos observó con curiosidad como su amigo, Keitaro, alardeaba sobre su recién obtenida armadura. No supo porqué, pero sonrió. Era evidente que a pesar de todo, el orgullo del rubio era enorme. Y es que, no era para menos. Lo habían conseguido: tenían su preciada armadura.
Él mismo admitía que Orión jamás le pareció tan bella como en ese momento. Aún cuando el recuerdo de Goran y su sacrificio seguían recientes en su memoria, era innegable que se sentía aliviado de haber conseguido la misión para la que había nacido. Jamás olvidaría a su maestro y todo lo que le había enseñado, nunca dejaría que su muerte fuera en vano. Cada día que portara el ropaje sagrado del cazador se encargaría de hacerlo valer. Haría que, desde donde estuviera, se sintiera orgulloso de él.
-Oye, Nikos. -Lo vio acercarse y arqueó la cejas, con una curiosidad creciente.- ¿A qué es genial portar una de éstas? -Apuntó a su propia armadura. El moreno, sin titubear, asintió.- ¡Es lo mejor! -Celebró.
Su carcajada resonó, acompañada de las de aquellos que le rodeaban, robando una sonrisa a Nikos. Si algo, envidiaba la frescura con que Keitaro había dejado atrás las batallas de sucesión…ojala él pudiese hacer lo mismo.
-Un poco de vino terciado no estaría mal…para celebrar, digo. -Comentó, casi con timidez, y ocasionando que la marejada de risas nse desbocara de nueva cuenta.
-¿Vino terciado? ¡Aspira a un poco más, Nikos! Ya no somos niños. Hemos crecido. -Nikos arrugó el ceño, solo para terminar sonriendo de regreso a Keitaro. Si, habían crecido; aunque probablemente, no lo suficiente.- ¿Qué dices? ¿Vino?
Terminó por encogerse de hombros y, aceptando la oferta de su amigo, fue detrás del nuevo santo de Cruz del Sur.
Apenas habían avanzado unos pocos metros más allá del campamento de los santos cuando, a lo lejos, divisaron un par de siluetas que no les eran del todo ajenas. Ni se apresuraron, ni tampoco buscaron retrasar el encuentro, sino que esperaron con paciencia a que sus caminos se encontrasen, lo cual sucedería con toda seguridad.
-¿Ese es…?
-Kanon. -Susurró Nikos a la pregunta del rubio. De alguna forma, tantos años de convivencia había hecho que aprendiera a reconocer a los gemelos sin mayor esfuerzo.
-El hermano incómodo. -Sonrió maliciosamente mientras seguía su andar.
Del otro lado, el gemelo se guardó la sonrisa irónica para sí. Aquel par de idiotas en definitiva eran lo que estaba buscando para amenizar el día.
No es que le importaran demasiado, ni que los tuviera presentes todo el tiempo, pero al pensar en el abanico de posibilidades que giraban alrededor de su persona y su destino, Kanon no podía evitar que una rabia infinita le inundara al pensar en que quizás él, por mucho superior a ellos en todos los sentidos, podría quedarse sin una armadura como la que vestían. Ellos serían llamados santos, mientras él…
-¡Mi dúo de idiotas favoritos! -Celebró.- ¡Oh! Esperad…en realidad, mi dúo de idiotas favoritos está cerca de Star Hill ahora mismo. -Ensanchó su sonrisa, agria.- …Pero vosotros sois lo segundo más divertido de molestar detrás de ellos. ¿A dónde vais con tanta prisa? -Junto a él, Ángelo ahogó una carcajada.
-Los pequeños aprendices dorados se han perdido de sus escaleras. -Keitaro miró por encima de su hombro, hacia Nikos quien correspondió con una sonrisa traviesa.
-Y los pequeños santitos de plata se han vuelto graciosos. Debe ser algo en las armaduras. -Al ver sus semblantes ensombreciéndose, Kanon se sintió terriblemente satisfecho.- ¿Me pregunto si también os han hecho más fuertes? Muero de ganas por saber. -Agregó con un murmullo, claramente incitador.
Su mirada esmeralda, brillante y cínica se centró en los santos de Orión y Cruz del Sur. Iba a provocarlos todo lo que fuera necesario hasta hacerlos quebrarse. Después de todo, nunca habían dejado de ser los imbéciles que conociera desde pequeño. La única diferencia es que ahora vestían de plata y se jactaban de pertenecer a una élite que poco se comparaba con la suya.
Detrás de todo el resplandor que ahora les rodeaba, el gemelo podía ver que no habían cambiado en lo absoluto.
-¿Qué pasa? Os asusta un pequeño aprendiz dorado. Prometo no haceros demasiado daño. -Esta vez, sin que pudiera contenerla, una mueca sórdida iluminó sus labios.- ¿No queréis jugar con nosotros? Será divertido.
Ángelo observó con atención al gemelo. Kanon era un instigador nato. La manera en que escupía cada palabra, en que cada uno de sus gestos las reforzaban…ese toque de sátira que añadía a cada uno de sus ademanes. No había duda; era un genio en el arte de la provocación.
Pero, mientras el italiano se encerraba en sus propios pensamientos, apenas notó cuando, con un empujón, Kanon terminó por enviarlo justo en medio de la distancia que separaba a ambas parejas de chicos.
Miró a los dos santos de plata que tenía enfrente, y de reojo, miró también hacia Kanon. No es que tuviera miedo de lo que pudieran hacerle Nikos y Keitaro, porque no era así, sino que le intrigaba en sobremanera lo que el gemelo tenía en mente. Intentó regresar al lado del geminiano. Sin embargo, rápidamente, su voz le detuvo.
-"Quédate ahí. ¿Querías entretenerte? Pues, deseo concedido."
No se atrevió a moverse después de eso. Fuera curiosidad, o estupidez, quería saber cuales eran los planes del Kanon. Resultó, también, que no era el único intrigado por las acciones del peliazul. Los otros dos jóvenes no se sentían de forma diferente a él. Kanon y su mente intrincada eran complicados de descifrar.
Por ello, y a pesar de todo, nadie se movió un solo centímetro, ni tampoco pronunció una sola palabra.
-¿Por qué me miráis con tanta extrañeza? Me hacéis sentir observado. -Kanon caminó hacia uno de sus lados. Su voz sonaba especialmente irónica.- Vale, vale. ¿Qué os sucede? Ahí lo tenéis. Un aprendiz dorado para martirizar. ¿Acaso no es así como os gusta? -Pero tan pronto terminó de generar su pregunta, el semblante le cambió, tornándose turbio y serio. Ángelo, por su parte, se respingó.- Venga, os reto. Intentad tocarle uno solo de sus cabellos y obtendréis un premio. -Los vio apretar los dientes, solo para sonreír complacido.
-Idiota. -Oyó a Nikos mascullando, pero poco le importó. Aquel era su juego y esas eran sus reglas.
-Venga. -Insistió.- No os acobardéis ahora, señores santos de plata. Demostradme como funcionan vuestros nuevos juguetitos. O…¿tenéis miedo?
No fue necesaria una solo provocación más.
En un pestañeo, los dos santos se abalanzaron sobre el peliazul más pequeño. El aprendiz de Cáncer se respingó de nueva cuenta, aunque encontró en sí mismo la fuerza para mantenerse en su lugar, con estoicismo.
De cualquier forma, ni siquiera se vio forzado a moverse, puesto que justo antes de que cualquiera de los dos le alcanzase, la silueta de Kanon se dibujó delante de él, para detener ambos ataques, con piernas y brazos. No le fue complicado hacerlo. Duró apenas una fracción de segundo, pero no fue difícil que Ángelo reconociera aquella mueca mordaz en los labios de su amigo. Kanon estaba disfrutando el juego que había empezado.
No era para menos. A cada golpe, a cada instante que conseguía mantenerse en la pelea, su instinto le gritaba que podía con su propia misión. Tenía controlados, con relativa sencillez, a dos santos de plata, siendo él solamente un aprendiz.
Pero, sin importar cuantas veces se repitiera que podía hacerlo, algo en su interior se revolvía, incómodo, haciéndole sentir que todavía estaba lejos de nivel que debería tener. Saga no iba a ser como cualquiera de esos dos. Saga era muy superior, desde cualquier punto de vista, y si quería derrotarlo, iba a necesitar algo más que controlar a dos recién ungidos santos plateados. Zarek tenía razón: lo que esperaba por ellos, cuando el momento de su batalla llegarse, no iba a compararse en lo más mínimo con lo que habían presenciado con anterioridad. Aquello iba a ser grande… sería magistral.
Vio a sus dos contrincantes dividirse, dispuestos a atacar por los flancos, mientras Ángelo permanecía ahí, de pie, completamente impávido ante lo que veía. Su integridad física dependía de la habilidad de Kanon para defenderle. Aunque, tomando en cuenta lo que pasaba, sería tremendamente difícil para Nikos y Keitaro atravesar aquella muralla peliazul que por ratos parecía invencible.
Cuando el santo de Orión atacó por la derecha, Kanon se movió con toda su velocidad, atajando su golpe con los antebrazos. Sus ojos verdes miraron, de soslayo, al rubio, que venía del lado opuesto, dispuesto a terminar de una vez por todas con el duelo.
-¡Abajo, Ángelo! -Ordenó el gemelo. Todavía ensimismado en lo mucho que sucedía a su alrededor, el aprendiz de Cáncer pudo, a duras penas, obedecer al gemelo.
Lo hizo con el tiempo suficiente para evitar que el mismo Kanon terminara volándole la cabeza con una esfera de cosmos. Vio como la cosmo energía del gemelo pasaba sobre él para impactar de lleno en Keitaro. Ángelo dejó escapar un suspiro…aunque nunca supo si era alivio por salir ileso de los santos de plata, o del geminiano.
-¡Idiota! ¡¿Qué te crees que haces? -Chilló, pero nadie hizo caso a sus palabras. Por una vez, su cabeza valía más que su boca.
Y es que Kanon estaba completamente absorto en sus propios asuntos. El gemelo se las ingenió para atrapar el brazo de Nikos mientras que, a la vez, atacó la pierna su apoyo. Lo vio girar en el aire y sonrió todavía más al verlo golpear el piso.
Pero no disfrutó por mucho de su primer acierto, sino que rápidamente se giró para ir en busca de su siguiente objetivo: Keitaro.
El rubio, sacudido por el impacto del cosmos de Kanon, había conseguido ponerse de pie mientras se disponía a atacar una vez más. Sin embargo, el geminiano no le daría oportunidad de contra atacar, sino que se terminaría por hundirle la cabeza todavía más en la tierra. Era innegable el placer que aquello le proveía. Saberse superior, sentirse temido…nada superaba a esa deliciosa sensación.
Entonces, pensó que era el momento de demostrar que, si algo, su cosmos había crecido a pasos colosales, más aún que su fuerza física. La seriedad regresó a su rostro mientras preparaba el ataque que seguiría.
Se situó justo al lado de Ángelo, quien hasta ese momento, como se lo ordenase, no se había movido. Observó a sus dos contendientes. De pronto, el sentimiento de que ninguno de ellos valía la pena, le había amargado el juego. Estaba desperdiciando su tiempo, con tipos que no podían compararse con aquel que terminaría siendo el último paso en el largo camino que guiaba a la armadura.
Tras esa mirada, sus ojos centellaron con el brillo dorado que anunciaba el final. En medio de la nada, un pequeño punto de oscuridad comenzó a crecer, revelando a su paso el tenue brillo de los cientos de estrellas que conformaban la Otra Dimensión.
Ángelo tragó saliva.
Había escuchado de ella, y en raras ocasiones, había tenido la oportunidad de admirarla, pero jamás tan cerca como en ese momento…jamás de forma tan salvaje.
Nikos, impávido, fue azotado por los recuerdos de aquella lejana ocasión, en que la Otra Dimensión de Saga casi le atrapase. Desde ese día no había olvidado, por un segundo, la marea de emociones que le habían hecho presa de él; y que lo hacían de nuevo, en ese preciso instante.
-¿Asustados? -La voz de Kanon se escuchó aún más grave de lo que eran en medio de la vorágine que crecía y crecía entre ellos.- No os hagáis a los sorprendidos. Habéis visto esto antes, aunque con mucha menos potencia debo decir. Pero, no os quedéis callados. ¡Decidme! ¡¿Qué os parece ahora?
El par de adolescentes no tuvieron palabras para contestar. La maravilla mortal que se mostraba delante de sus ojos era suficiente para robarles el aliento. Aún si se buscasen suficiente calificativos para lo que tenían enfrente, no habría forma de describirle por completo.
Impresionante.
Eso era todo lo que alcanzaban a dilucidar.
-¿Os habéis vuelto tímidos? Cuando pequeños erais mucho más parlanchines. -El tono de burla se esfumó de pronto, dando lugar a un dejo de rabia en él.- Quiero oíros.
Sin embargo, Kanon no tuvo oportunidad de decir nada más, pues en ese preciso instante, un cosmos que conocía de sobra impactó de lleno contra su Otra Dimensión, haciéndola desaparecer con la misma velocidad con la que se había propagado. No era necesario que el gemelo volteara en busca del hombre que le interrumpía, pero aún así lo hizo.
-Las águilas no cazan moscas. Las águilas extienden sus alas y vuelan alto, más allá de lo que cualquiera en su especie puede aspirar. ¿Cuándo vas a comprenderlo, Kanon, para dejar de jugar con la basura? -Le dijo el recién llegado.
-Maestro. -Musitó Ángelo. Y ahí estaba Athan, sentado sobre unas rocas cercanas, observando la escena con aquellos fieros ojos suyos, en los que no había más que desdén.
-Largaos. -Ordenó a los dos santos de plata.- ¡Ah! Y no penséis que hago esto por vosotros. Aquel que es débil merece morir, así de simple. Es solo que no apetece informar a Su Excelentísima de vuestras defunciones cuando apenas habéis conseguido las armaduras. -Al verlos dudar, encendió sutilmente su cosmos.- Os he dicho: largo.
Los dos santos de plata bajaron el rostro antes de alejarse de ahí a toda prisa. Solo entonces, cuando se encontraron lejos, el alemán se aproximó a su pupilo, a quien dirigió una mirada que poco dejó al aire. El chico, reprimiendo un respingo, acató el destino que le esperaba cuando estuvieran solos.
Contemplándolo todo, Kanon no estaba dispuesto a mostrar ni un ápice de sumisión. Odiaba que le hubieran interrumpido, pero más detestaba haber quedado en evidencia delante de aquel par de idiotas. De algo estaba seguro, y era de que no pensaba rendir pleitesía alguna al santo de Cáncer.
-Me has interrumpido. -Ladró.
-Interrumpí a tu estupidez solamente. -Respondió, cruzando a su lado y retomando el camino de regreso a las doce casas, seguido del pequeño italiano.- Puedes matarlos si quieres, no me interesa, pero mi aprendiz no va a verse involucrado en tus juegos. -Miró de reojo a Ángelo.- Anda, mocoso, agradécele a Kanon el castigo que te corresponderá por seguirle en sus estupideces. -El gemelo se sopló los flecos mientras le veía marchar, acompañado de un Ángelo cabizbajo y mudo.- Recuérdalo, bien. -El alemán volteó hacía él, una última vez- Si quieres ser un santo dorado, aprende a comportante como uno; nosotros somos como las águilas: miramos a todos desde arriba.
-X-
Shion suspiró. Se sentía agotado, y cada día que pasaba, se reafirmaba más y más en que ya estaba demasiado mayor. Sabía bien que sus días se iban esfumando, y que cada nuevo amanecer era un número menos en aquella irreversible cuenta atrás. Sin embargo, el principal motivo que le hacía reafirmarse en su opinión, era aquel grupo de niños que lo miraba con expresión inocente.
Llevó su mirada rosada de Aioria a Milo. Ambos estaban allí, frente a él, con el semblante tan serio, que era digno de admirarse y las manos tomadas inocentemente a sus espaldas. Un poco más allá, Camus, Mu, Shaka y Aldebarán miraban de unos a otros en completo silencio.
Se apartó un mechón de su melena, y miró, esta vez, al suelo donde los diminutos pedazos de lo que fuera un busto milenario del gran Zeus se esparcían.
-¡Y nosotros que pensábamos que sobreviviendo a los gemelos, serían capaces de sobrevivir a cualquier guerra santa! –Si no fuera porque en verdad apreciaba aquella figura, hubiera reído ante las palabras de Arles.- ¡Ingenuos!
-Fue sin querer. –se defendió Aioria.
-Fue un accidente. –añadió Milo, asintiendo enérgicamente.
-¡No queríamos que Zeus se rompiera! –exclamaron casi a la vez.
-Ya, ya. –Les acalló el viejo maestro con un gesto de sus manos.- No quiero saber que pasó. Pero tendréis que recoger hasta el último fragmento de esa estatua, y ordenar hasta el último pergamino de la biblioteca. –Los ojos de ambos chiquillos se abrieron de par en par.- Andando. –Shion sabía de sobra que un montón de quejas y protestas abandonaría sus labios en apenas un segundo, si les daba oportunidad.- Oh, vamos. No me miréis así. Cuando empecéis a entrenar de verdad, extrañareis esa biblioteca.
-Kanon y Saga no la extrañan. –insistió el pequeño escorpión cruzándose de brazos.
-Aioros tampoco. –negó Aioria.
Shion les miró silencioso una vez más, mientras sentía sobre si la mirada divertida de Orestes y la furibunda de su santo del Altar. Negó lentamente con el rostro, y recordó los tiempos en que los gemelos y Aioros ponían patas arriba aquel palacio. Extrañaba mucho aquella época, pero sabía que ya nunca volvería. Meditó acerca de sus innumerables "accidentes" y en los, más numerosos aún, castigos recibidos.
De pronto, sonrió con cierta malicia. Después de todo, el asunto de la biblioteca estaba demasiado visto ya.
-Mu, Camus, Shaka y Aldebarán, podéis iros. –Los chiquillos asintieron, pero queriendo saber que sucedería con los otros dos, permanecieron allí unos segundos más.- Y vosotros… me lo he pensado mejor. –Aioria y Milo abrieron los ojos desmesuradamente, esperanzados.- Espero que para mañana os hayáis aprendido las estrellas que componen las Doce Constelaciones del Zodiaco. Y también en latín.
-¡¿Qué?
-Si pregunto, y no os lo aprendisteis, no será la biblioteca, sino el sótano quien os estará esperando. Y probablemente ahí haya monstruos de verdad.
Le echó una última mirada a las dos expresiones de espanto en sus pequeños pupilos y, orgulloso, se dio la vuelta. Tomó la máscara de oro que le tendía Arles, y recortó la distancia que lo separaba de su Santo de Sagitario. Sonrió fugazmente antes de colocarse el trozo de metal en el rostro. Orestes estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no estallar en carcajadas.
-En marcha, Orestes, el viejo Nestor nos esta esperando.
-Si, Maestro. –murmuró lo más serio que pudo.
Apenas atravesaron la puerta, el alboroto estalló nuevamente en el salón que abandonaban.
-Puedes reírte.
-Ese ha sido un castigo magnífico y cruel, Maestro. –replicó estallando en carcajadas.
-Lo se. ¡Doscientos años educando niños!
-X-
Deltha expiró pesadamente. Se dejó caer sobre las rocas ardientes y maldijo en su mente por la falta de sombra que aquejaba aquel solitario lugar. Los entrenamientos se habían ido rápido, a pesar de que eran cada vez más exigentes. Axelle no bromeaba al decir que, de aquel punto en adelante, no habría tiempo para descansos.
Removió con lentitud la hombrera de metal que solía usar durante las prácticas, así como las rodilleras desgastadas. Se sobó las muñecas mientras observaba con atención sus nudillos, adoloridos. La máscara también fue removida, en un intento de mitigar el calor que quemaba sus mejillas. La koree se secó el sudor de la frente con el torso de la manó y miró al cielo. El Sol brillaba en su punto más álgido, inclemente e inmutable, como el rey que era.
Entonces, Deltha distinguió por el rabillo del ojo una sombra que se acercaba, hasta cubrirla. Un segundo después, sintió el cuerpo de Naia junto al suyo.
El metal de los aditamentos de pelea de la morena resonó en sus oídos, conforme se los retiraba, convirtiéndose en el único sonido entre ambas, además de sus respiraciones agitadas. Permanecieron así, quietas, una al lado de otra.
-¿Del? -Naia habló en un susurró, y su respuesta llegaría de la misma forma.
-¿Sí?
-¿Vas a odiarme por esto?
Los ojos de la pelipúrpura se abrieron con enorme incredulidad antes la pregunta de su amiga. En un santiamén, sin nada que pudiera hacer para evitarlo, se llenaron de lágrimas. Tenía muy claro que habría de responder a esa pregunta, pero el nudo en su garganta le impedía pronunciar siquiera una palabra, haciendo que aquel silencio que se crease entre las dos, se tornara infinito.
Mientras, Naiara agachó la cabeza, desconcertada ante el silencio de su amiga. Su cuestionamiento había surgido con suficientes dudas como para soportar la prolongada espera. En su mente, bastaba con eso para contestarse.
Se sobresaltó todavía más cuando sintió como Deltha se levantaba de su lugar. Sin embargo no se atrevió a mirarla. Le pesaba demasiado hacerlo. Sin embargo, en el instante en que Deltha se hincó frente a ella, no tuvo más opción que buscar su mirada con la suya.
-¿Cómo podría odiarte por algo así? -Le tomó el rostro entre la manos. Después, la abrazó.- No es tu culpa, Naia. No te culpo por esto.
-Es que… Axelle… voy a… -Sollozó, colgada del cuello de su amiga.
-Y quisiera que no tuvieras que hacerlo, pero… -No pudo seguir hablando sin riesgo a que su voz se quebrara. Volvió a abrazarla con fuerza mientras buscaba tranquilizar su propia respiración.- …Tampoco quiero perderte.
Axelle las observó a la distancia. Por ahora, todo marcharía bien.
-X-
Apenas cruzaron el umbral, un profundo sentimiento de pesar les embargó. La habitación, sumida en una suave penumbra, resultaba mucho más cálida de lo que cualquiera de ellos considerara confortable. Pero, lo peor de todo, era aquel rostro maliciento del hombre que dormitaba en la cama. Avanzaron despacio, con la dulce presencia de Aletia a sus espaldas, hasta que se toparon con el par de sillas junto al lecho.
-Tienes visita. –murmuró la mujer, mientras acariciaba la frente del hombre con un paño húmedo. Nestor abrió los ojos lentamente, con esfuerzo, y cuando reparó en los dos jóvenes, esbozó una sonrisa en sus labios agrietados.
-Vaya, vaya… -alcanzó a decir.
-¿Cómo estás? –preguntó Aioros.
-No demasiado bien. –Inmediatamente, el arquero agachó la mirada. Era obvio que aquella sería la respuesta, pero después de todas las reflexiones que había hecho acerca de Rodorio… detestaba la idea de que alguien a quien apreciaba, sufriera.
-Quizá… -de pronto, la voz de Saga resonó en su cabeza. Aioros lo miró fugazmente.- Quizá podamos hacer que se sienta mejor.
-¿Cómo?
-Cosmos.
-¿Lo hiciste alguna vez?
-No. –A decir verdad, aquella negativa no le pareció demasiado importante. Eran capaces de hacer maravillas con su cosmoenergía, casi con toda seguridad podrían consolarlo un poco…
-Hagámoslo. –Saga asintió, y prácticamente a la vez, ambos tomaron la mano del viejo entre las suyas.
Sorprendidos, Aletia y Nestor contemplaron la maravilla que tenían ante sus ojos. El cosmos cálido y tranquilo de ambos niños, pareció adormecer al viejo, inundándolo todo. Sus músculos se relajaron y su rostro, perdió levemente el tono enfermizo. Aletia se llevó las manos a la cara, tapándose los labios y ahogando el sollozo que pugnaba por abandonar su garganta.
Se sentó al otro lado de la cama, tomando la mano libre de su esposo, y sin dejar de observar a los dos chiquillos. Se sintió fascinada ante aquella facilidad con la que parecían dar un soplo de vida a un moribundo, y finalmente dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas.
Eso era por lo que todos luchaban.
Aquellos niños eran la viva imagen de la esperanza.
-X-
Orestes y Shion callaron cuando la llorosa Aletia les abrió la puerta, y llevándose un dedo a los labios, les invitó a guardar silencio. Amablemente les condujo hasta la habitación donde el enfermo esperaba.
Sin embargo, aunque Shion había hecho aquello más veces de las que le gustaría recordar, se sentía nervioso. Tanto él como el Santo de Sagitario a sus espaldas habían sentido con increíble claridad el cosmos de sus dos pupilos allí dentro, y aunque miles de preguntas se agolpaban en sus mentes… Se sentían relativamente tranquilos.
El Maestro suspiró antes de atravesar la puerta. No podía hacer que nadie evitase a la muerte, pero si podía hacer que el camino fuera más sencillo y agradable, menos doloroso. Cuando contempló la sonrisa cansada en los labios del viejo Nestor, supo que Saga y Aioros lo habían comprendido.
Miró a los chicos, y de modo fugaz, buscó la mirada dorada de Orestes, que los contemplaba sorprendido. Ninguno de los dos aprendices pareció sobresaltarse en exceso por su presencia allí, aunque de alguna manera la sensación de que estaban ocupándose de algo que no les correspondía les invadió.
No podían estar más equivocados.
Con parsimonia, Shion se acercó hasta ellos, y se sentó en el hueco de la cama que aún permanecía libre. Sostuvo con cuidado las manos entrelazadas de los chicos y del enfermo y, sorprendiéndoles a todos, se desprendió de su máscara. Notó el respingo de Aioros y Saga al verlo y el nerviosismo de Aletia y Nestor ante la cercanía mostrada por el Patriarca, pero no le importó. Buscó aquel par de ojos adolescentes, y cuando los encontró, asintió.
-Bien hecho. –dijo.
Casi a la vez, Saga y Aioros sonrieron con cierta timidez. Era agradable recibir cumplidos, pero cuando estos venían de una forma como aquella… la sensación era indescriptible.
-Dejad que os invite a un helado. Ahora no podéis negármelo.
Antes de que los dos pudieran responder, Aletia despareció de la habitación. Con cierto nerviosismo, miraron de Orestes a Shion y con un gesto de sus rostros, apenas perceptibles, comprendieron que esta vez… podían aceptar un regalo.
-Continuara…-
NdA:
Dama: ¡Me disculpo por la tardanza! ¡Perdonadme!
Sunrise: ¿Nestor va a morir? T_T
Dama: ¿Quién sabe? T_T
Sunrise: Eso es cruel T_T
Aioros, Saga: u_U
Shion: La vida es cruel…
Kanon: Dimelo a mi… ¬¬
Angelo: ¡Muajaja!
Kanon: ¡Moscas! ¡MOSCAS!
Aioros, Saga: ¬¬' ¬¬'
Aioria, Milo: ¡Latín! ¡LATÍN!
Todos: ¬¬'
Kanon: Mejor nos despedimos hasta el siguiente capítulo, estoy harto de regaños y quejas… ¬¬'
Dama, Sunrise: ¡Hasta la próxima! n_n
