Capítulo 19: Cambiando el mundo
De ningún modo hubiera imaginado que las últimas horas de la tarde de aquel largo día, se presentarían tan relajantes. Saga casi podía jurar que había olvidado lo reconfortantes que podían resultar las risas aniñadas de los más pequeños. ¡Parecía que hubieran pasado siglos desde que él se viera así!
Observaba la escena tranquilamente, recostado bajo la alargada sombra de una columna medio caída. Sonreía, con el mismo gesto tímido de siempre, mientras Aioria se esforzaba por cumplir con las expectativas de su hermano mayor, imitando cada uno de los movimientos que le mostraba.
Sabía de sobra que Aioros no había mencionado nada al Maestro acerca de sus intenciones con el más pequeño una vez hubiera logrado su armadura. Pero viéndolo de aquel modo… tenía más claro que nunca que la respuesta sería afirmativa. No tenía demasiado claro si aquella mano especial que mostraba el arquero con Aioria se debía en parte a que era su hermano, pero una cosa estaba clara: sería un excelente maestro. Era paciente, siempre lucía una reconfortante sonrisa en el rostro, y la torpeza que de vez en cuando lo atacaba lo hacía parecer un chiquillo normal y corriente, aunque distara mucho de serlo.
Aioros infundía respeto, pero no intimidaba.
Se sopló el flequillo y volteó a su derecha, donde Milo se esforzaba por imitar al pequeño león. Saga ladeó el rostro, divertido, cuando descubrió su rostro lleno de determinación, e instintivamente, llevó sus ojos hasta la pequeña mano del peliazul. No sin esfuerzo, Milo intentaba mantener su cosmos encendido. Su cosmonergía, nerviosa y viva, se agitaba entre sus dedos.
Se incorporó hasta quedar sentado y alargó su mano derecha hacia el chiquillo. Sobresaltado, el futuro escorpión celeste clavó su mirada añil en la suya. Saga extendió la palma frente a él, y dejó que su cosmos la llenara poco a poco. Al principio apenas se distinguían destellos dorados que se removían, como si fueran agitados por un remolino; pero al cabo de unos segundos, una esfera de cálidas briznas de cosmos de colores , perfectamente controlada, danzaba delicadamente sobre su piel vendada.
Milo entreabrió los labios, fascinado, y Saga se vio obligado a acallar la risa que pugnó por abandonar sus labios. Nunca se cansaría de aquellas miradas de asombro y admiración. Tomó la mano del pequeño peliazul, y con cuidado, dejó sobre ella la pequeña galaxia multicolor que había creado.
-¡Esta caliente! –exclamó el escorpión, mirando de su mano al geminiano. El mayor amplió su sonrisa.- Pero no quema y hace cosquillas…
-Tranquilo o se romperá. -murmuró.- Tienes que aprender a controlar el tuyo, porque cada brizna de él es una parte tuya: como un dedo, un pelo… –Milo asintió enérgicamente, y frunciendo el ceño con decisión, intentó entremezclar su cosmos con el del geminiano con sumo cuidado, suavemente.- Así, lo haces bien.
Con una sonrisa deslumbrante, Milo clavó su mirada en la suya, e instintivamente, buscó a Aioria.
-¡Gato! ¡Mira!
Los dos hermanos voltearon en su dirección e, inmediatamente, el león dibujó el mismo gesto asombrado en su rostro tostado por el sol. Olvidó lo que fuera que Aioros pretendía enseñarle en aquel momento, y corrió hasta ellos, dejándose caer de rodillas a su lado y observando ensimismado aquel baile incesante de cosmos.
-¡Es injusto! –exclamó el arquero. Saga alzó la vista y lo miró, ladeando el rostro interrogante. Aioros se sentó a su lado.- Horas de esfuerzo y dedicación, y ¡mira! Un montón de lucecitas de colores y se olvidó de mi.
-Melodramático. –dijo después de unos segundos de silencio.
-¡Es en serio! –Replicó el arquero cruzándose de brazos. Saga lo vio de soslayo una vez más, encontrando la expresión alegre del castaño mientras se apretaba la cinta roja de su frente.- ¡Cosmos! ¡Cosmos! Morirías si no lo tuvieras… -protestó a la vez que una diminuta flecha dorada se formaba en su mano.
-No se si te has dado cuenta de que es lo que nos hace diferentes.
-Bah… esta sobrevalorado.
-Cualquiera en el Santuario puede noquear a alguien de un golpe. Incluso Deltha, o el guardia más insignificante de todos. –Aioros frunció el ceño ante la mención de la koree, y él continuó con gesto burlón.- Pero el cosmos…
-Estas perdidamente enamorado de él.
-Idiota. –Aioros rió.
-No, en serio. –Vio a los pequeños fugazmente.- Si no lo tuvieras, ¿qué harías?
Saga adoptó una expresión seria y pensativa mientras buscaba una respuesta a la extraña pregunta. Se colocó un mechón de su melena tras la oreja, y tal y como hacía el arquero, miró a los dos niños.
-¿Qué sentido tiene ser un santo si no tienes cosmos? ¿Qué puedes hacer sin él? –Aioros se encogió de hombros.
-No lo se… supongo que hay otras cosas. –replicó, ensimismado, mirando la flecha que aún brillaba en su palma.
-Participar en los torneos de las Panateas no está mal, pero no es especialmente útil, ¿sabes? –El de Sagitario volteó los ojos de nuevo.- Sin él seriamos uno más. Sin ninguna oportunidad de hacer nada… grande.
-¿Grande?
-No hay nadie que tenga un cosmos parecido al de los Doce, ni dentro ni fuera de la Orden. Ni parecido al nuestro. –por un momento, su rostro adoptó una inusual expresión soñadora que no le pasó desapercibida al arquero.- Llegado un día, podríamos cambiarlo todo. ¿No lo has pensado?
-A veces, supongo.
-En serio, piénsalo bien. –se puso de pie de un salto, sin dejar de verlo, y continuó hablando con un entusiasmo extraño en él.- Si soy fuerte, ¿por qué no debería usar mi poder? ¿Qué sentido tiene pasar por la guerra una y otra vez? Muerte, sangre, lágrimas… ¡Podríamos interrumpir el ciclo!
-¿De verdad lo crees posible?
-¿Por qué no? –Aioros se encogió de hombros.- Somos los elegidos por la diosa de la guerra, ¿tiene algún sentido pelear sabiendo que dentro de un tiempo tendrás que volver a hacerlo? ¿Morir sabiendo que dará igual tu sacrificio? –el castaño guardó silencio.- Si tan solo pudiéramos llegar a ser casi tan fuertes como ellos…
-¿A los dioses? –Saga asintió.
-Si lo lográsemos… se acabarían las muertes y los sacrificios inútiles. No más sangre. Es la paz lo que buscamos, ¿no? ¿Por qué tenemos que pasar por la guerra una y otra vez si con una sola pudiera ser suficiente?
-Imagino que no es tan fácil como parece. –Aioros se puso en pie, y con un gesto de su mano animó a los dos pequeños a hacer lo propio. Era hora de volver al coliseo.
-Pienso conseguirlo.
El arquero lo miró unos segundos más. Saga no bromeaba cuando se trataba de cosas como aquella, lo sabía bien. Sin embargo, tras la fachada amable y brillante que se había labrado con el tiempo, aún distinguía los muchos sueños que tenía… las ilusiones que -no solo a él, sino a todos- lo mantenían en pie.
Sonrió de vuelta ante aquel gesto de determinación y la seguridad que desprendía con cada palabra.
Saga no tardó en darle la espalda, perdiéndose en una interminable conversación con Milo mientras se alejaban. Se sopló un par de rebeldes mechones de su flequillo, revolvió el ya de por si alborotado pelo rubio de Aioria, que lo esperaba; y emprendió el camino tras ellos.
Quizá Saga tenía razón y aquello no solamente eran sueños.
Quizá podían cambiar el mundo.
-X-
La comisura de sus labios se curvó, iluminando su rostro con una sonrisa sardónica. Ese era uno de los pocos momentos divertidos de su día y, sin lugar a dudas, solamente se pondría mejor y mejor. La oportunidad estaba servida, por lo que el santo de Cáncer no tenía la menor intención de dejarla escapar. Después de todo, ¿cada cuánto surgía la ocasión de atormentar a un santo de plata sin que el viejo Patriarca pegara el grito al cielo?
-Bien, bien, bien. -caminó al encuentro de su recién asignado subordinado. Su aprendiz y el resto de los santos de plata que le acompañaban cesaron toda actividad para entregar su atención al líder de equipo.- ¿Qué tenemos aquí?
-Keitaro de Cruz del Sur, señor. -el rubio se esforzó todo lo que pudo por ocultar el nerviosismo que le atormentaba. Sin embargo, Athan era capaz de oler su miedo a leguas de distancia… y francamente, le resultaba delicioso.
-Una pequeña mosca se ha colado en mi equipo. O, ¿será que su Excelentísima me ha dado el puesto oficial de entrenador de insectos? Tal vez… -le dio la espalda. Un segundo después, miró por encima de su hombro hacia el joven santo de plata.- Tal vez, simplemente necesita que alguien se deshaga de la basura que se ha infiltrado en la Orden de Athena.
A cada provocación que salía de su boca, Keitaro apretaba más y más los puños. Sin embargo, no estaba en posición de rebatir la palabras de un santo dorado, mucho menos si se trataba de Athan. Lo prudente era callar y acatar, suplicando a los dioses que le permitieran sobrevivir a ese largo tormento.
Recorrió los rostros de aquellos hombres y mujeres con los que compartiría equipo a partir de ese día, y supo que en el fondo todos sentían compasión por lo que le esperaba. En silencio, maldijo el momento en que su verdadero capitán, Eder de Piscis, había marchado hacia el Norte y, entonces, había sido designado para unirse al grupo de Cáncer. Todo el mundo sabía que quedar bajo el mando de Athan no significaba más que mala suerte.
El mismo aprendiz del santo, siendo solo un mocoso, le recorrió con la mirada, solo para esbozar una media sonrisa que a Keitaro le resultó irritante.
-Oye, Cruz del Sur, ¿estás escuchándome? -al tronar de los dedos del alemán, Keitaro abandonó sus lamentos.- Quita esa cara de idiota y presta un poco de atención.
-Sí, señor. -musitó.
-Pf… siempre me tocan los peores. -Athan torció la boca en un gesto de desprecio. El santo de plata no respondió a los insultos de los que se sentía víctima, sino que se limitó a mirar a su contraparte. Éste no pasó por alto la afilada mirada.- ¿Qué pasa? ¿A la pequeña mosca le molesta que le escupan las verdades a la cara?
-No se trata de eso.
-¿Entonces? -el santo dorado acercó el rostro al del chico. Sus ojos se tornaron fieros, devolviendo la mirada que le dirigiese antes.- Si tienes las agallas para mirar a un superior de esa forma, más vale que también tengas la fuerza para defender tu atrevimiento. Así que, dime, ¿la tienes?
El chico apretó los puños.
No la tenía. Su fuerza jamás sería capaz de sobrepasar a la de un santo dorado, y lo sabía perfectamente. Sin embargo, de la misma forma, sabía que su mirada solo había fungido como un mal pretexto para arrastrarle a un pleito en el que tenía todas las de perder; y cuyo único objetivo era brindar un poco de entretenimiento al santo de Cáncer.
-No la tengo. -masculló, sintiéndose rabioso y humillado. Frente a él, Athan ensanchó su sonrisa.
-Piensa en ello la próxima vez que decidas mirarme con esos ojos.
Giró, dándole la espalda. Su inmaculada capa flotó con el viento mientras el santo de Cruz del Sur le veía alejarse. No pudo reprimir una suspiro cargado de rabia que huyó de su garganta y ocasionó que Athan se detuviera.
-¿Algo que quieras agregar? -de nuevo, sembró su centellante mirada en él. En aquellos ojos, Keitaro supo que no iban a haber más consideraciones.
-No dije nada. -Keitaro respondió.
-Quizás… pero me parece que hay algo que te gustaría decir. ¿Me equivoco?
De pronto, el chico se dio cuenta que el santo de Cáncer había conseguido meterlo en una encrucijada. Cualquier respuesta que diera terminaría por hacer que explotase. Si le concedía la razón, tendría que dar explicaciones que no deseaba. Por el otro lado, si se la negaba, entonces terminaría por darle la excusa perfecta para romperle la cara.
-Estoy esperando, Cruz del Sur. -El alemán le urgió a continuar.- ¿Estoy equivocado?
-Lo estás, señor. -Admitió, con pesar. Ante todo, prefería ahorrarse las palabras e irse directo a los golpes. Eventualmente, así era como terminaría todo.
-¿Estoy equivocado? -Las sonrisas nerviosas de los demás subordinados de Athan no se hicieron esperar. El hambre de pelea del santo dorado era evidente. Su dedo índice se meneó de un lado a otro, dejando bien en claro que los de su estirpe nunca se equivocaban… muchos menos a los ojos de seres inferiores como lo era en ese momento Keitaro.- No solamente eres cobarde, sino también estúpido. Debí suponerlo desde aquel día en que, aún vistiendo un ropaje de plata, segundo solo al poder de los santos dorados, permitisteis que un mocoso como Kanon os hiciera temblar de miedo. Sois decepcionantes.
Keitaro comenzaba a dudar si todas esas provocaciones tenían como fin asustarle o incitarle a dar el primer golpe. Lo que Athan deseaba de él era cada vez más y más difuso.
-Anda, voy a darte una oportunidad. Demuéstrame que estoy equivocado. -Le invitó a ser el primero, y el joven santo de plata tuvo claro el panorama que esperaba por él.
No hizo más larga la espera… no tenía caso. Tarde o temprano, toda esa discusión iba a desembocar precisamente en ello. Era inevitable.
Se movió con toda la velocidad que le fue posible, con el puño cerrado y envuelto en una sutil aura plateada. Su armadura le respondió, vibrando al unísono. Estaba dispuesta a llegar hasta el final junto con su portador.
Los gestos agravados del chico se relajaron por un breve instante, cuando su puño impactó brutalmente contra el rostro del alemán. Sin embargo, aquella sonrisa de triunfo se desvaneció más rápido que un suspiro al descubrir que ni siquiera le había tocado. Una barrera invisible de cosmoenergía había cubierto al santo de Cáncer, permitiéndole salir completamente ileso del ataque de su nuevo subordinado. Esta vez, fue Athan quien se permitió disfrutar a gusto del mohín perturbado de Keitaro.
-¿Eso es todo lo que tienes, niño? -Pudo jurar que oyó rechinar los dientes del santo de la Cruz del Sur. Tenía la quijada tan tensa y el terror tatuado en el rostro que era imposible no notar lo sorprendido que se sentía. El más joven cayó rápidamente en la desesperación. Se alejó para tratar de volver a atacarle, y así lo hizo. Pateó, golpeó y lanzó cosmos al por mayor. Athan simplemente pareció no notarlo.
Se mantuvo entretenido entre risas burlescas y sonrisas retorcidas. No necesitaba explotar del todo su poder para hacer frente a su escueto contrincante, pero al menos había encontrado una manera divertida de que las horas de entrenamiento se esfumaran rápidamente.
Al final, cuando se hartó de tanta pasividad, permitió que su cosmos se expandiera con fuerza, arrasando con sus alrededores, incluido Keitaro.
El santo de plata fue repelido por la onda expansiva de la energía del alemán. Entrecerró los ojos para protegerlos del polvo y, cuando se las hubo ingeniado para no caer a pesar de la potencia que Athan despedía, se detuvo por un instante a mirar a uno de aquellos que se alzaban por encima de la Orden de Athena.
-Maldición. -siseó, a sabiendas de su situación empeoraría pronto. Athan se estaba divirtiendo a sus costillas y, habiéndose convertido en su juguete nuevo, estaba seguro que no le dejaría ir tan fácilmente.
-¿Qué pasa, Cruz del Sur? ¿Ya te has cansado?
El Sol del mediodía brillaba con toda su fuerza. No era tan fuerte como el sol de mayo, pero sin duda quemaba sin misericordia la piel de quienes se atrevían a retarle. El viento apenas soplaba. Sin embargo, la capa de Athan se mecía a su alrededor, impulsada por su propia energía. Él se encontraba de pie sobre el campo, rodeado de un pequeño torbellino de polvo y energía dorada. Todas las miradas de quienes se encontraran cerca estaban sobre él, pero parecía ni siquiera notarlo. Athan estaba acostumbrado a los ojos curiosos, a las palabras de admiración y a los gestos de temor: después de todo, eso era lo que despertaban todos ellos, todos aquellos que conocidos como santos de oro.
-Oh, vamos. Deja de mirarme así, pequeña mosca. -Ese mismo rostro, con las mismas emociones, era el que veía en Keitaro. Y lejos de parecerle indiferente, comenzaba a tornarse ligeramente irritado al respecto. Se aproximó al adolescente, con pasos firmes y la decisión tomada. El chico, instintivamente, retrocedió.- Juguemos un poco.
-X-
Keitaro escupió sangre, sintiendo como su boca se impregnaba con el sabor metálico del líquido. Ahogó un quejido mientras sus costillas se quejaban por el impacto. Un segundo después, sus rodillas golpearon el piso, seguidas por sus manos. Necesitaba oxígeno, pero por más que se esforzase, sus pulmones parecían no darse abasto.
Escuchó el tintineo de la armadura de Athan, conforme se acercaba a continuar con el sádico juego. A lo lejos también oyó el barullo de los curiosos que se habían arremolinado a contemplar el espectáculo. Trató de no prestar demasiada atención a sus palabras, pero le resultó imposible no hacerlo.
El santo de Cáncer lo tenía a su merced, hacía a su antojo con él. Era una pelea desigual que estaba terminando por tonarse en una humillación pública.
Athan se detuvo a unos pocos centímetros de él. Su pie impactó contra la espalda del santo de plata, ocasionando que su cuerpo golpeara el piso de nuevo. Un par de golpes más siguieron al primero, mientras el chico luchaba por contener los quejidos que, sin lugar a dudas, solamente incrementarían la ira del santo de Cáncer.
El alemán, en cambio, disfrutaba de sus logros sin ningún tapujo. La sonrisa cínica se hacía más y más grande a cada instante, lentamente rozando el borde de la manía. Y es que para él, aquello era la correcto. Los débiles debían sucumbir ante los fuertes, esa era la ley de la naturaleza y también la del Santuario.
-¿Qué dices ahora, Cruz del Sur? ¿Listo para enfrentar tu destino? -presionó a Keitaro contra el piso usando su pie.
-No. -masculló el más joven.
-¿No? ¿Y qué piensas hacer para evitarlo? Te diré algo que todos los parásitos como tú deberían comprender: Sois un estorbo; una pérdida de tiempo y una vergüenza para nuestra Orden. Prefiero veros morir en nuestras propias manos, que dar la satisfacción a un enemigo de jactarse de haber bañado sus manos en sangre de los elegidos de Athena.
Keitaro intentó levantarse, pero el peso del santo sobre su espalda se lo impidió. Su cosmos se encendió en busca de opciones para liberarse. Sin embargo, no tenía alternativa alguna. Las fuerzas de su contrincante eran, por mucho, superiores a la suya.
-¿Has oído hablar del Yomotsu? -volvió a hablar el santo dorado. Ante el silencio del joven, continuó.- Es el lugar más oscuro que jamás puedas imaginarte. -mientras hablaba, su dedo índice se iluminaba con el poder de su cosmos. En él, radicaba el poder para abrir las puertas al mundo de los muertos.- Los gritos de las almas perdidas son el único eco que resuena en la colina maldita, sin que nadie pueda escucharles…ni ayudarles. A diferencia de ellos, que están muertos, tú si serás capaz de oír sus quejidos hasta el momento en que mueras. -el santo dejó escapar una carcajada.- Será una muerte sumamente entretenida, Cruz del Sur. Lenta y agónica.
-No puedes matarme. -Keitaro siseó.
-¿Por qué no? Hago lo que me place.
-El Maestro jamás te lo permitiría. -en ese momento, el pie de Athan abandonó su espalda, y se posó en su rostro, restregándolo contra el piso. Nunca le había sido grato sentir que le negaban su voluntad.
-¿Crees que eso va a importarme? ¿Qué es lo peor que podría suceder si te asesino?
Las preguntas de Athan golpearon devastadoramente al santo de plata.
En realidad, tenía razón al sentirse en libertad de hacer como quisiera. Nada ni nadie era capaz de hacer frente a aquellos que vestían en oro. Incluso Shion, con todo el poder que poseía, tenía las manos atadas. Hombres como Athan no se amedrentaban con facilidad. Aún la muerte significaba poco para ellos.
-Entonces, ¿qué tienes que decir, pequeña mosca? -aumentó la presión. Keitaro gimió.- ¿Nada? Pensaba que eras más hablador. Supongo que es más sencillo soltar la lengua cuando aplastas mocosos indefensos. Pero, vamos, en eso, te comprendo… -sonrió.- Es mucho más divertido también.
Keitaro se sentía aterrado. Algo dentro de sí le gritaba que esta vez, Athan no iba a detenerse. De cualquier forma, solo esperaba que fuera rápido. Toda esa humillación pesaba sobre él en demasía. En ese preciso instante, lo único que quería era liberarse de una vez por todas del tormento que le hacía víctima. Había caído en la resignación.
Athan, entonces, se apartó un segundo de él, permitiéndole un respiro que duraría muy poco.
Había que decir que el santo de la Cruz del Sur se había rendido. Sabía que iba a terminar perdiendo, y por lo tanto, ya no le interesaba en lo más mínimo lo que fuese de él. Solo quería que todo terminara; y dado que el final era más que obvio, estaba dispuesto a aceptarlo.
-Hazlo. -musitó.- ¡Solo hazlo!
Una última y siniestra risa sentenció todo. Athan apuntó su índice en dirección al rubio mientras su monstruoso cosmos, hasta ese momento adormilado, volvió a despertar con toda su fuerza.
- ¡Ondas Infer…!
Pero antes de que Athan pudiera invocar la apertura del portal hacia el Yomotsu, un rayo de luz surcó el espacio mientras, una fracción de segundo más tarde, un golpe de energía impactó contra su mano, haciéndola desviar el rumbo. La mirada del santo delató el desconcierto ante el ataque sorpresivo. Por un segundo, sus ojos quedaron enganchadas al hilo de sangre que corrió por su mano hasta verterse sobre el piso en forma de gotas.
Despertó del fugaz letargo al darse cuenta que, frente a él, Keitaro ya no estaba. Sus ojos fueron a la izquierda, en donde se encontró con el rostro serio y cargado de reproche de Saga. Su mano estaba extendida en su dirección mientras su cosmos aún le envolvía, como resultado del ataque anterior.
Después, el santo de Cáncer llevó su mirada a la derecha para encontrarse con la misma mueca de desaprobación en el rostro de Aioros. Bajo su brazo, el aprendiz de Sagitario sostenía el exhausto cuerpo de Keitaro.
-¿Puedes mantenerte de pie? -le susurró al santo de plata, pero en ningún momento apartó su mirada de Athan. Aioros sabía de sobra que semejante atrevimiento iba a costarles muy caro.
-Si.
-Bien. Entonces, quizá lo mejor es que te largues de aquí lo más rápido que puedas. Esto va a ponerse feo.
Keitaro no comprendía el por qué aquel par se había metido en el camino de Athan, ni mucho menos el por qué ponían en riesgo sus vidas para salvar a alguien que ni siquiera les agradaba. Sin embargo, no iba a discutir con aquella inesperada muestra de buena voluntad del destino.
Como pudo, se mantuvo en pie después que Aioros le retiró su ayuda. Trastabillando, se alejó, no sin echar una última mirada atrás, donde el par de aprendices se mantenían inmóviles, haciendo frente al santo dorado.
Cuando el alemán chasqueó la lengua, como clara muestra de fastidio, Keitaro sintió que un escalofrío recorrió su espalda. En medio del lúgubre silencio que inundaba el lugar, incluso su respiración era perfectamente audible. Probablemente, todo ese increíble sentimiento de agobio que despertaba en él, era el mismo que sentían Saga y Aioros, pero por lo que sus ojos veían, ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar que sus gestos revelaran su ansiedad.
-Vete. -le repitió el arquero.
No necesitaba que se lo dijeran una vez más. Sabiendo que el par de aprendices dorados cuidaban sus espaldas, Keitaro se marchó.
La multitud, por el contrario, se arremolinó todavía más. Todo indicaba que con la llegada de los dos aprendices el espectáculo ciertamente se tornaría mucho más interesante de lo que pintaba con el pobre santo de plata. Además, siempre estaba el morbo que despertaba el hecho de que esos mismos chicos, en poco tiempo, pasarían a formar parte de una nueva generación de santos dorados, dejando atrás a aquella de la Athan era parte. Por eso, el incidente pasaba a ser un buen preludio para las batallas de sucesión que comenzaban a pintarse en sus horizontes.
-¿Qué creéis que es esto? -La voz de Athan se dejó oír entre los murmullos del público.
-¿Qué es lo que tú crees? -Saga respondió. Su voz sonaba firme y clara, como si poco le importase verse envuelto en una reyerta con alguien cuya fuerza aún era superior a la suya.- ¡Estabas a punto de matarle!
-No veo el problema.
-Es un hermano de Orden, Athan. No puedes matarlo simplemente porque te resulta divertido. Te guste o no, peleamos en el mismo bando, y también es un elegido de la diosa. -En esta ocasión, la respuesta llegó por parte de Aioros.
-Pequeños niñatos y vuestra inocente percepción del mundo en el que vivís. -El santo de Cáncer rió al observar los ceños fruncidos de los chicos ante la burla de la que eran víctimas. Sacudió la mano para deshacerse del rastro de sangre que corría en ella. Después, la seriedad regresó a su rostro- Más le valía haber muerto en mis manos,. Porque, ¿queréis saber lo que realmente importa en este mundo? -Hizo una pausa mientras ensanchaba su sonrisa.- El poder. Eso es todo, no hay nada más. Así que olvidaos de esos sueños utópicos de hermandad en nuestra Orden. El que es fuerte, vive; él que no, ha de perecer.
Al sentir la explosión del cosmos de Athan, los dos jóvenes de inmediato tomaron posiciones de defensa. El espectáculo que el alemán tenía preparado para el santo de la Cruz del Sur, ahora los tenía a ellos como protagonistas.
Aioros y Saga intercambiaron miradas fugazmente antes de verse obligados a esquivar el primera ataque de Athan. Un par de ráfagas de cosmos golpearon los lugares en los que ambos se encontraban, permitiéndoles solo el tiempo necesario para evadirlas.
Pero Athan continuó a lo suyo, sin darles descanso con sus ataques. Si algo, casi prefería pasar el rato con los mocosos de Sagitario y Géminis a hacerlo con Keitaro. Al menos ellos pondrían un poco más de resistencia y harían el juego un tanto más entretenido.
-Vamos, vamos, niños. ¡Dejad de huir y hacedme frente! -espetó, acompañando sus palabras con una sonrisa burlona.- ¿O qué? ¿Sois de aquellos que atacáis por las espaldas?
Ambos aprendices maldijeron en voz baja, pero la verdad era que poco podían hacer para acercarse al santo de Cáncer y poder atacarle frente a frente. Tenían que admitir que, aunque les molestase, la oportunidad de hacerle frente no había llegado aún para ellos.
-"Saga…"
-"Ya sé. Tenemos que hacer algo y pronto." -Se miraron de nuevo mientras sus cerebros buscaba a toda prisa una respuesta.
De pronto, las esferas de cosmos que les perseguían comenzaron de disminuir la velocidad, para sostenerse en el aire, flotando perezosamente. Por un instante, Aioros y Saga se sintieron desconcertados por el súbito cambio en la estrategia del santo de Cáncer.
Lentamente, el color dorado de la energía que las conformaba tomó una tonalidad distinta, más oscura. El refulgente naranja mutó en un frío azul. Los chicos se miraron, intrigados. Solo una cosa era segura: nada bueno saldría de ello.
Intrigados e hipnotizados por aquel raro fenómeno, el par de adolescentes también permanecieron estáticos, contemplando.
-¡Corred! ¡No dejéis que os toquen! -El grito de Ángelo les arrastró de regreso a la realidad. Sin embargo, esos pocos segundos en que sus ojos se desviaron en busca del rostro del italiano, bastaron para que las esferas de luz iniciaran a moverse de manera errática tras ellos.- ¡Si os tocan, absorberán toda vuestra energía hasta mataros!
Para cuando el aprendiz de Cáncer reparó en que había hablado con premura, la mirada rabiosa de Athan se había posado en él, demandándole silencio. El niño se respingó y obligó a su boca a mantenerse callada, aunque todo lo que tenía que decir había sido dicho. Si Aioros y Saga eran inteligentes, prestarían atención a sus palabras y huirían de ahí. Si no, entonces tendrían que ingeniárselas para deshacerse de los fuegos fatuos de su maestro.
-Haced caso de las advertencias de mi idiota aprendiz. Una vez que los fuegos fatuos os encuentren, devoraran toda vuestra esencia en un abrir y cerrar de ojos. -Saga y Aioros retrocedieron ante la proximidad de las llamas azules. Las luces se aglutinaron a su alrededor. Se acercaban de a poco, hasta dejarlos completamente aislados. Cada movimiento que intentaban era de inmediato frenado por el movimiento de alguna de las llamas que se movían más cerca.
-"¿Alguna idea de cómo saldremos de esto?" -el castaño sonrió con nerviosismo. Saga, a unos pocos metros de él, dejó escapar un suspiro antes de que los fuegos se abalanzaran sobre él.
-"Con mucha suerte."
-X-
Cientos de sagitas doradas surcaron el cielo mientras su silbido inundaba el campo de batalla. Muchas de ellas terminaron por ser devoradas por las llamas azules de Athan, y otras que sobrevivieron impactaron en diversos puntos de la arena sin mayores daños. Aioros maldijo por lo bajo. Su respiración agitada y las gotas de sudor que caían por su frente lo delataban. Aquella impotencia que se convertía en una necesidad absurda de huir comenzaba a hartarle.
Chasqueó la lengua. Una cosa era clara: el santo de Cáncer los estaba vapuleando a voluntad.
Entre el esfuerzo que ambos hacían por mantenerse a salvo y la energía que consumían intentando deshacerse de las flamas, pronto terminarían agotados. Estaba de más decir que, aunque la estrategia ideal era centrar su atención en Athan, con el peligro pisándoles los talones resultaba más que imposible. En conclusión, estaban en grandes problemas. Era cuestión de tiempo antes de que claudicaran ante lo inevitable.
-"Aioros."
-"¿Si?"
-"¿Te has dado cuenta?"
-"¿De qué nos están pateando el trasero? Si, lo noté antes." -Saga meneó la cabeza, aunque en realidad casi podía escuchar la risa de su amigo. De alguna forma, compartir a medias aquella sonrisa le servía para mantener la cabeza en paz.
-"Si, bueno… de eso también. Pero, ¿qué has notado del comportamiento de estas cosas?" -esta vez, el arquero guardó silencio mientras observaba de reojo a su amigo. Regresó su atención a las luces azules que les perseguían y meditó en ellos.
-"Siempre se mueven." -dijo.
-"Exacto, excepto cuando…"
-"¡Cuando encuentran energía que comer!" -robó las palabras de Saga. El gemelo, desde su lugar, asintió.
-"Athan puede crearlas y desaparecerlas a voluntad, pero no las hará retroceder hasta que hayan conseguido su objetivo."
-"¿Qué estás planeando?
-"Si los fuegos fatuos no tienen razón de ser, él mismo los hará desaparecer. En mi Otra Dimensión no hay nada que puedan devorar…o nadie, mejor dicho. Si puedo atraparlos ahí, entonces Athan se deshará de ellos."
-"¿Y necesitas inmovilizarlas?" -Aioros sonrió, aunque esta vez, el mohín delataba un dejo de triunfo en él.- "Porque yo puedo hacer tal cosa por ti."
Antes de que Saga pudiera responderle, el castaño se detuvo e hizo frente a los fuegos fatuos. Su cosmos se encendió, envolviéndole en los suaves destellos del polvo dorado que despedía.
-¡Destrucción Infinita!
Un segundo después, un torbellino de flechas doradas le rodeó para luego salir despedidas en contra de los fuegos cerúleos. La energía de la que estaban conformadas hizo que las luces se mantuvieran ocupadas en absorberla, tornando sus movimientos erráticos en un suave vaivén que apenas les permitía moverse.
El santo de Cáncer, que hasta ese momento se había limitado a observar el trabajo de su técnica, se mostró interesado en lo que fuera que los dos jóvenes planeaban. Alzó levemente el rostro para mirarles mejor y esperó por su siguiente movimiento.
No hicieron que la espera se prolongara mucho más.
-¡Otra Dimensión!
Mientras los aturdidos fuegos fatuos aún lucían perezosos, la oscuridad se ciñó detrás de Aioros. Un enorme agujero se abrió, permitiendo que las tinieblas se apoderaran de aquel lugar. Las luces de las estrellas se dejaron entrever y el lejano espectro de unos pocos planetas lució como un espejismo dentro de la negrura del espacio. En medio, caminando sobre el vacío, la silueta de Saga apareció. Avanzó hasta donde Aioros luchaba por mantenerse en pie, y lo sujetó para evitar que la Otra Dimensión lo arrastrara hasta el corazón de la oscuridad. No así, las luces azules que Athan convocase fueron sucumbiendo lentamente ante el vórtice de fuerzas de atracción que la técnica del gemelo había creado.
Mientras las veían desaparecer, los chicos sonrieron casi con descaro al verlo adoptar un gesto de completa rabia. De alguna manera se las habían arreglado para sobrevivir. Aunque, con toda seguridad, el combate con Cáncer no terminaría ahí.
-X-
El último de sus logros había cambiado los ánimos. La balanza de la batalla, en ese instante, se inclinaba levemente a favor de los dos aprendices.
No es que superaran en fuerza o habilidades a Athan, pero aquel repentino triunfo les había infundido un segundo aire. Era como si por primera vez, en lo que iba del combate tuvieran la oportunidad de respirar con un poco de libertad. Después de todo, lo habían conseguido; al menos por un instante, había sorprendido al santo de Cáncer.
El susodicho no se había movido un solo centímetro, ni sus ojos habían abandonado las figuras de los aprendices. Por fin, tras un largo silencio, el sonido hueco de su aplauso resonó en las muros de piedra del viejo Coliseo.
-Me habéis sorprendido. -dijo, aunque los chicos sabían que sus palabras no eran un halago, sino una clara advertencia de lo que se veía.- Os he subestimado… pero no volverá a suceder.
Desapareció de su vista con un movimiento tan veloz que pilló al par de chicos con la guardia baja. Lo siguiente que notaron, en medio del caos mental que aquella acción había generado, fue cuando Athan reapareció frente a Saga, solo para estampar su puño contra la quijada del peliazul. El gemelo cayó pesadamente al piso ante la mirada atónita de Aioros.
-¡Saga!
De inmediato se impulsó en su auxilio. Sin embargo, su golpe fue detenido sin mayores problemas por el alemán. Atrapó el puño entre sus manos y lo torció, sacando un quejido de dolor de los labios de Aioros. Remató la rodilla contra sus costillas, una y otra vez.
-Seguís siendo unos niños. Y os los digo ahora: Si no mejoráis en el poco tiempo que os queda, no veo como seréis capaces de matar a Zarek o a Orestes. -sentenció mientras asestaba un golpe más contra el estómago del arquero.
-¡No sabes nada de nosotros! -la respuesta de Saga no se hizo esperar mientras esferas conformadas por su cosmos volaron en contra del santo dorado. Aunque acertadas, el daño infligido no fue el esperado. Pero, la distracción que generó con su intervención permitió que Aioros reaccionara y consiguiera acertar una patada que le permitió liberarse de Athan.
El castaño se alejó con la respiración desbocada y un rastro de sangre manando de su boca. Se aseguró que su muñeca se mantuviera en su sitio, respirando aliviado al notar que no había daños mayores.
-¿Estás bien? -Aioros asintió mientras limpiaba con el antebrazo cualquier rastro de sangre.
No hubo mucho descanso porque el alemán iría tras de ellos en un santiamén. Esta vez, Aioros resistió el golpe, deteniéndolo con los brazos. Saga atacó por la derecha, con un torbellino de cosmos que dio contra el santo. Athan se volteó para contraatacar, haciendo al gemelo retroceder con una ráfaga de cosmos.
Los chicos aprovecharon el repentino contraataque para situarse a una distancia segura del santo, uno junto al otro. Se miraron.
El rostro de Saga lucía el rojizo tono del golpe que Cáncer le asestara antes. En el de Aioros, la sangre que comenzaba a oxidarse manchaba su quijada. Athan por el contrario, lucía entero, con excepción de unos pocos rayones en los brazos.
-¿Os habéis cansado tan pronto? Zarek y Orestes os han hecho la vida fácil.
-¿Fácil? -Saga siseó casi sin darse cuenta. Junto a él, Aioros solo le observó. El arquero suspiró pesadamente y apretando los puños, hizo arder su cosmos.
-¡Cuídame las espaldas!
Antes de que Saga pudiera reaccionar, su amigo fue en contra de Athan para un combate cuerpo a cuerpo.
Sabiendo que Aioros era habilidoso para los ataques físicos, Saga confiaba en que sabría manejar la situación. Pero a su vez, también estaba seguro que no podía dejarlo solo por completo. Al menos hasta que el castaño estuviera lo suficientemente cerca del santo de Cáncer como para mantenerlo ocupado esquivando sus golpes y patadas, el geminiano tenía que darle la oportunidad de conseguir tal cercanía.
Tal como el aprendiz de Sagitario le pidiese, Saga veló porque alcanzara a Athan por medio de ataques de cosmos de media distancia. Envolvió a Aioros en una lluvia de rayos de energía con la que Athan tuvo que lidiar hasta el momento en que sintió el puño de Aioros encajándose en su mejilla.
Sin nada que pudiera hacer para guardarse la sonrisa, Aioros dejó que Athan supiera la satisfacción que aquel golpe le había brindado. Llevaban todo el rato a su merced, por lo que ese nuevo destello de poder traía un reconfortante sentimiento para el joven… y no era el único. Detrás de él, una tenue sonrisa iluminó los labios de Saga; aquel era un logro conjunto.
Cuando el cuerpo de Athan retrocedió, trastabilló y golpeó el piso; el Coliseo se hundió en un profundo silencio.
Los ojos de los espectadores miraron con incredulidad al santo dorado sobre la arena. La escena, tan bizarra como inesperada, robó el aliento de los curiosos que aumentaban más y más en número.
El santo, herido en su orgullo, apretó los dientes mientras levantaba el rostro para fijarse en las caras de sus dos contrincantes. Estaba furioso, como pocas veces se había sentido y, en más que nunca, deseoso de demostrarles lo que significaba el verdadero poder de uno de su élite. Habrían de conocer lo que era retar al poder de un santo vestido en oro.
-¡Aioros! ¡Apártate! -Saga exclamó al sentir el terrible poder del cosmos de Athan. Supo que el tiempo para juego había llegado a su final.
El arquero obedeció a pesar de que, aún sin la advertencia del geminiano, hubiera hecho tal cosa. Se detuvo junto a Saga para observar la silueta del cangrejo dorado que iluminaba el espacio detrás de Athan, dibujada en cosmos. Ambos, Saga y Aioros, habían experimentado y crecido acompañados de la cosmoenergía de los Doce, pero jamás la habían sentido como en aquel día.
-Va a matarnos… -Aioros habló. En el fondo, sabía lo que Saga estaba pensando y la respuesta que le daría. El problema era que desconocía hasta que punto eran capaces de tomar semejante decisión. Tragó saliva al escuchar la voz de su amigo pronunciando aquellas palabras que esperaba.
-…Si no lo matamos primero.
Sacudió la cabeza ligeramente considerando todos los pros y los contras…pero el tiempo apremiaba. Saga tenía razón: no había vuelta de hoja.
-¿Aioros? -el castaño torció la boca y aceptó el destino.
-Hagámoslo.
Hicieron estallar sus cosmos como nunca hasta el punto en que aún los susurros y los gestos de sorpresa de los espectadores se ahogaron en sus oídos.
Magullados como estaban, ansiosos e inseguros como se sentían; lo único que tenían claro era que debían seguir adelante. Se dirigieron una última mirada, diciéndose sin palabras lo que seguía para ambos. Las manos de Saga se elevaron en el aire mientras el puño de Aioros se cerró y preparó el golpe.
Sus ojos centellaron con el poder que corría por sus cuerpo. Sus mentes se tornaron vacías y, entonces, llegó la hora.
-¡Explosión de Galaxias!
-¡Trueno Atómico!
-X-
Orestes entreabrió los labios, con cierta sorpresa, y rápidamente miró de soslayo a su derecha. Allí, a un par de pasos de él, Zarek contemplaba la misma escena con expresión impasible. El Santo de Sagitario volvió la vista al frente, y guardó silencio, bien atento a todo lo que sucedía en la arena del coliseo. Lo cierto era que aunque había sentido aquellas explosiones de cosmos previamente… no sabía que su alumno y Saga eran capaces de dominar las técnicas supremas de sus respectivos signos.
-Me sorprende que todavía no hayas saltado a detenerlos… -la voz, inesperadamente suave, del turco rompió el expectante silencio.
-Ya son mayorcitos. –Zarek sonrió ante la respuesta.- ¿La Explosión de Galaxias? –preguntó con cierta curiosidad mal contenida.
-Eso parece.
-No lo sabías. –No era una pregunta. La escueta contestación del geminiano había sido suficiente. Por primera vez en mucho tiempo, su situación era exactamente la misma.
-Al parecer tu tampoco. –chasqueó la lengua y negó suavemente con el rostro.- Es una lástima que Saga haya mostrado sus cartas a tan poco tiempo del combate, ¿no crees? –Orestes lo miró, intentando encontrar en aquel rostro frío algo que delatara sus verdaderos sentimientos al respecto.
-No creo que cambie demasiado la situación. –El turco volvió a sonreír, mirando sus ojos dorados por primera vez.
-En realidad no. Pero le da un toque de lo más interesante. Será divertido, y el nivel del combate mucho alto. –Su enigmático gesto, se vio acompañado por un ligero movimiento de su cabeza. Orestes volteó en la dirección que Zarek señalaba, y comprendió que callaba muchas más cosas de las que decía.
Kanon observaba el combate con igual interés que ellos. Aunque su mandíbula tensa y los puños apretados delataban muchas cosas de sobre si mismo en aquel instante. Si no hubiera sabido que la situación se había tornado peligrosamente tensa entre los hermanos, Orestes se hubiera sorprendido. Sin embargo, lejos quedaban ya las miradas llenas de complicidad. Parecía que todos los vínculos que les hubieran unido alguna vez, se hubiera reducido exclusivamente a la competencia. Ya no había orgullo e ilusión en sus ojos por los logros del otro. Realmente sentía lástima por ello, porque sabía de sobra que el destino pronto hablaría y que, sin duda, las cosas ya no volverían a ser como antes.
Negó con el rostro. Ojala Kanon no perdiera de vista el camino en aquel poco tiempo que les quedaba como aprendices. Aquello era lo único que podía esperar.
-X-
El polvo se disipó lentamente.
Los nervios les consumían mientras sus ojos buscaban desesperadamente por las respuestas a las miles de preguntas que les sobrecogían. ¿Qué habían sucedió? ¿Había terminado ya? ¿Cuál era el resultado?
Al fin, lo vieron.
El tenue cosmos dorado que vibraba a su alrededor delató su presencia en medio del polvorín. Su cuerpo, toda vez que pudieron mirarlo mejor, delataba ya el resultado de la pelea. El último ataque conjunto había dado en el blanco, abriendo heridas en sus brazos y rostro, aunque la armadura dorada de Cáncer seguía luciendo intacta.
Su mirada estaba perdida en rabia y su cosmos también. La violencia que emanaba de su aura helaba la sangre mientras la amenaza de su presencia volvía a cernirse sobre ellos.
-Pagaréis por esto. -Athan sorprendió a ambos cuando, con un rapidísimo movimiento, se abalanzó en dirección a ellos. Los ojos de los dos aprendices se abrieron de forma desmedida al verse completamente sobrepasados por el santo de Cáncer.
El alemán estaba furioso. No habría más juegos ni más consideraciones. Aquel par de mocosos no solamente habían tenido la osadía de retarle, sino que también habían puesto a prueba su poder; y aunque se negara a admitirlo, se había aplicado con todo para tratar de mantenerlos a raya. Un descuido más como el anterior y habría sido vencido. No iba a darles otra oportunidad… eso era una realidad.
Los chicos contraatacaron con la misma estrategia que usasen antes: Aioros atacando cuerpo a cuerpo y Saga cubriéndole las espaldas.
Athan no se inmutó. Frunció el ceño todavía más cuando pilló el brazo de Aioros, sintiendo como el chico se respingaba, pero no le daría tiempo de reaccionar. Con todas las fuerzas que le quedaban, el alemán se impulsó para aventarlo contra Saga. Un instante después, sus cuerpos chocaron estrepitosamente, haciéndolos caer al piso.
-Esto se terminó. -les dijo el rubio. Caminó parsimoniosamente hacia los chicos quienes solo atinaron a mirarle en espera de su siguiente movimiento. Su dedo índice se extendió hacia ellos y un destello purpúreo se encendió en la punta. Athan sonrió, sardónico y satisfecho.- ¡Ondas Infernales!
-X-
El coliseo se sumió en un profundo silencio. Zarek y Orestes contuvieron la respiración casi al mismo tiempo. Lo cierto era que no esperaban que la pelea llegara a esos extremos, ninguno de los dos. El turco indicó, con un gesto de su mano, a la amazona recién llegada que guardara silencio.
La chica asintió suavemente con el rostro y obedeció, a pesar de que su respiración agitada era un claro indicativo de lo en serio que se había tomado la orden del Maestro. Se apartó uno de los tirabuzones rubios que caían por su frente metálica, y observó, pacientemente, en la misma dirección que los dos santos.
Las expresiones de Géminis y Sagitario se habían agravado, y por primera vez… Orestes vislumbró cierta preocupación en el rostro de Zarek. Tragó saliva, y rastreó con su cosmos las inmediaciones.
-No están en ningún lugar cerca.
-Por supuesto que no. –Zarek lo miró con el ceño fruncido.- Sabes de sobra lo que significan las Ondas Infernales.
Orestes ladeó el rostro, sorprendido. No sabía si era decepción o preocupación, pero el turco había reaccionado de una manera totalmente inesperada. Si no hubiera sido por la tensión del momento, hubiera sonreído socarronamente en su cara.
-Confiemos en que Athan no haga una tonteria.
-¿Preocupado? –No pudo reprimir cierta burla en su voz, a pesar de la propia preocupación que sentía.
-Sorprendido.–masculló entre dientes.- La estupidez del mocoso no conoce límites, Orestes.
-Hablare con Athan, le diré que los traiga. –Zarek se tomó unos segundos para contestar.
-No, espera. –dijo finalmente.
-¿A qué?
-Deja que conozcan el Yomotsu. Puede serles útil después de todo.
Pensándolo bien, el geminano podía estar en lo cierto. Lo malo de ello era que debían depositar toda su confianza en alguien como Athan. Se aclaró la garganta y suspiró, observando los cuerpos inmóviles de los chicos en la arena. Resultaba irónico que aquella fuera la primera en que Zarek y él mantuvieran una conversación medianamente cordial. ¡Y pensar lo diferentes que eran Saga y Aioros!
Sin embargo, un carraspeo a sus espaldas le sacó de su ensimismamiento. La joven amazona, esperaba.
-Perdón. ¿Qué ocurre? –dijo.
-Tatiana, amazona del Lince. –se presentó con un marcado acento ruso.- El Maestro me envía, desea que Saga y Kanon se presenten ante él lo antes posible.
Aún sin mirarle, Orestes supo que Zarek volteó los ojos y que todas aquellas palabras que masculló en turco, lejos andaban de ser una bendición.
-X-
Apenas abrió los ojos, el penetrante olor a azufre lo obligó a toser. Instintivamente buscó a Aioros, al que encontró a unos pocos pasos de él, en su misma situación. Saga se incorporó sobre sus rodillas tras compartir una fugaz mirada con el arquero, y con tanta desconfianza como curiosidad, oteó el paisaje que se extendía ante ellos.
El polvo y lo que parecía ceniza en suspensión se extendía por todas partes, coloreando su ropa y su piel magullada de un sombrío tono grisáceo. Sus ojos lagrimeaban, y por mucho que buscasen… No había ningún cielo azul sobre sus cabezas: solamente un vacío infinito, enormes nubes negras y rojizas envueltas en relampagueantes destellos. Carraspeó, en un intento por liberar a su garganta de aquella incómoda sensación, pero la atmósfera era demasiado pesada para dar siquiera una bocanada de aire más: el aire era tan caliente que parecía abrasar sus gargantas en cada intento por llenar sus pulmones. Tampoco la brisa fresca del Egeo acariciaba sus rostros en aquel lugar.
-¿Qué demonios…? –murmuró Aioros, con los labios entreabiertos.
Pero nunca pudo terminar de formular aquella pregunta. Antes de que ambos tuvieran tiempo si quiera de reaccionar, los miles de fuegos fatuos que iluminaban tenuemente la escena, parecieron reparar en su presencia. Se pusieron de pie de un salto, sin embargo, más rápido de lo que les hubiera gustado admitir, se vieron rodeados de nuevo por las peligrosas e hipnotizantes llamas azules.
-¡Joder! –masculló el peliazul, apenas audiblemente, mientras alimentaba los fuegos más cercanos con golpes de su propio cosmos.
A pocos pasos de él, Aioros hacía lo propio con las cientos de flechas que abandonaban sus manos, pero nunca parecía suficiente. Saga se sopló el flequillo, mientras poco a poco su respiración se agitaba cada vez más, y el aire parecía más y más pesado. Dio un paso atrás cuando uno de los fuegos pasó demasiado cerca de su mano, hasta que notó la espalda del arquero contra la suya.
-¿Oléis eso? –La voz ronca del alemán surgió de la nada.- Es el Miasma Praespe… el olor de la muerte.
-¿Dónde esta? –preguntó el arquero, ahogando la tos.
-No lo se. –replicó Saga.
-No le veo por ningún lado.
-¿No os parece un aroma delicioso? –Un escalofrío recorrió sus espaldas, y a la vez, ambos giraron en la misma dirección, sin cesar en su intento por mantener a raya a las llamas.
Athan los observaba, en pie sobre un peñasco mientras se relamía los labios resecos dibujando una macabra sonrisa.
-No os esforcéis demasiado. Os resulta difícil respirar, ¿verdad? –las miradas de ambos chicos lo miraban de soslayo, serios, pero el vaivén de su pecho les delataba.- Disfrutadlo… porque este es aroma del infierno. Bienvenidos al Yomotsu, mi reino.
-"¿El Yomotsu…?" –la voz del arquero resonó como un tintineo en la mente del geminiano.
-"Mira allí…" –Aioros volteó sobre su hombro, en busca de aquello de lo que hablaba su amigo. Y cuando lo encontró, las palabras se esfumaron de su mente.
-Parece que ya lo habéis visto… -Athan bajó del risco polvoriento de un salto, colocándose a pocos pasos de ellos.- Todas las almas que llegan aquí tienen un solo destino: la puerta al más allá… Nadie vuelve. Nadie puede resistirse a su llamada. –Se deshizo de su inmaculada capa blanca de un tirón.- Pero no vine hasta aquí para daros unas clase de historia.
Abrió el puño derecho y extendió los dedos, proyectando así su cosmos hacia el punto exacto donde los chicos se encontraban, obligándolos a separarse.
-En el coliseo parecíais muy seguros de vosotros mismos… ahora no veo más que un par de ratoncitos asustados.
Aumentó la velocidad de sus movimientos, atacando a uno y a otro, obligándolos a defenderse y bloquear sus golpes del mejor modo posible, aunque ello significara que los fuegos fatuos los tocaran. Rápidamente las marcas que las llamas iban dejando en sus pieles se dejaron ver. Sin embargo, en aquel instante, una voz irrumpió en su cabeza.
-"Tráelos de vuelta. Ahora." –Sentenció Orestes.- "El Maestro desea verlos."
Athan frunció el ceño disgustado. A pesar de que las cosas se habían tornado ciertamente difíciles, estaba disfrutando de la pelea. Tristemente, ya no podría divertirse todo lo que le hubiera gustado ahora que estaban en su terreno; pero aún podía hacer que el viejo esperase un poco más.
-¡Destrucción Infinita! –El grito lo sacó de sus pensamientos de un golpe. Athan dio un salto atrás en el momento justo para evitar las miles de saetas de cosmos hirviente del arquero y, tal y como había imaginado, Saga atacó por su derecha en aquel instante con esa rapidísima red que formaba con su cosmos. Ambos eran rápidos, tanto como él, y probablemente disfrutaban de la agilidad que les brindaba su juventud. Pero aunque había comprobado en sus propias carnes los buenos que eran en verdad, pecaban de confiados después de todo.
Prendió aún más su cosmos, aumentando el acoso de los fuegos fatuos, distrayéndolos en el proceso, y corrió en dirección al arquero sin perder de vista a Saga. Esquivó los rayos lo mejor que pudo, y aunque alguno hizo blanco, no se desconcentró. Era tan rápido, y ellos estaban tan agotados, que prácticamente ya no le podían ver. Esperó hasta el momento en que la velocidad de los chicos pareció disminuir poco a poco, y cuando finalmente lo hizo, sonrió. Vio la oportunidad y la cogió. Sujetó la mano de Aioros antes de que el chico tuviera oportunidad de darse cuenta, lo atrajo hacia él con fuerza, y hundió el puño envuelto en cosmos en su estomago, enviándolo al suelo con una fuerza sorprendente.
No se permitió disfrutar todo lo que le hubiera gustado de aquel crujido ni del gemido de dolor salpicado en sangre que abandonó la garganta del arquero, aunque le hubiera gustado. Giró sobre sus talones en apenas un pestañeo, topándose con Saga mucho más cerca de lo que esperaba, y supo que no podía desperdiciar la oportunidad. Dejó que el peliazul tomara la iniciativa y cuando se abalanzó sobre él se hizo levemente a un lado, sujetándolo fuertemente de la nuca en el proceso, atrayéndolo hacia él.
-Acubens… –susurró prácticamente en su oído.
Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo. Saga supo inmediatamente que se había equivocado, pero ya no podía retroceder: no había tiempo. Poco después, la pierna derecha del santo de Cáncer se hundió sin piedad en su costado, empujándolo directamente al suelo, y manteniéndose allí, impidiéndolo moverse. Ignoró las nauseas que le provocaba la sangre en su boca y escupió como pudo.
Alzó la mirada, esforzándose en todo momento por mantener el dolor a raya del mejor modo posible, y tras comprobar que Aioros siguiera allí, buscó los ojos azules del alemán.
-¿Eso es todo? –preguntó el de Cáncer.- Después de que os atrevierais con la Explosión de Galaxias y el Trueno Atómico esperaba bastante más.
Saga frunció el ceño y se revolvió sin éxito bajo el peso del rubio. Athan no se movió un solo milímetro, ni dejó de mirarlo. El Santo de Cáncer sonrió desde su posición dominante y aumentó la presión un poco más, en busca del tan esperado quejido que no tardo en llegar.
Dejó que sus carcajadas resonaran en la silenciosa quietud del Yomotsu. Ahora que se sabía vencedor de aquella improvisada pelea debía admitir, dolorosamente, que se lo habían puesto más que difícil. Aquel par era un buen equipo, les daba el crédito. Pero no dejaba de ser sorprendente, pues sabía de sobra que los Santos Dorados rara vez solían pelear de esa manera.
Ellos parecían ser diferentes.
Negó lentamente con el rostro aún sonriente, y finalmente apartó la pierna. Saga tomó una dolorosa bocanada de aire, llevándose una mano a sus maltrechas costillas, mientras el arquero observaba apoyado en sus temblorosas rodillas, aún con la respiración agitada. Sin embargo, Athan se movió más rápido de lo que sus cansados ojos les permitieron observar. Antes de que se dieran cuenta, extendió su mano izquierda y levantó a Aioros tirando de su camisa. Apenas tardó un segundo en tirar sin piedad de la melena azul de Saga, que en un intento inútil por soltarse, llevó su mano sin éxito a la muñeca del mayor.
Los arrastró, sin detenerse siquiera para que recuperaran el equilibrio. Siguieron su paso con cierta torpeza, trastabillando en el camino, y cuando finalmente se detuvieron, la escena les obligó a contener la respiración. Bajo sus pies, los guijarros y cenizas se soltaban y caían al oscuro vacío del pozo sin fin. Athan les había arrastrado hasta el mismo borde del pozo. Los zarandeó a ambos y los obligó a mirar al vacío.
-Debería lanzaros sin más miramientos.
Pero nunca llegó a hacerlo. Antes de que pudieran recuperarse de la impresión, la luz del sol cegó sus ojos, y la arena y roca del coliseo, se dejó sentir bajo sus pies.
-Saga y Kanon de Géminis, el maestro desea veros inmediatamente.
-X-
Kanon no había dejado de verlo de soslayo un solo segundo. Su expresión, lejos de ser una relajada y amable, resultaba hostil. Definitivamente, estaba molesto, y ahora que veía el andar ciertamente lastimero de Saga, su ira no hacia más que ir en aumento. ¡Esos dos siempre tenían que ser los héroes! ¡El centro de atención!
-Dilo. –Lo escuchó decir. El menor de los hermanos mantuvo la vista al frente y dejó escapar un bufido, ignorando la silenciosa presencia de la amazona unos pasos más adelante.
-No tengo nada que decirle al defensor de las causas perdidas. –Saga ladeó el rostro magullado y frunció el ceño.
-¿Cuál es el problema? –murmuró.
-Mírate. –Kanon se encogió de hombros.- ¿Por Keitaro? ¿En serio?
-Por cualquiera, ¿qué más da? Iba a…
-Ya. Debí imaginar que el verdadero motivo era que solamente querías lucirte en público una vez más.
-¡¿Qué? -exclamó sujetando el brazo de su gemelo y deteniendo su camino. Kanon lo fulminó con la mirada antes de soltarse de un manotazo. Saga ahogó un gemido de dolor ante la brusquedad del movimiento, sus costillas se resentían.
-Da lástima verte. –Y lo cierto era, que lo decía en serio.- Pero no te hagas el idiota, no lo eres. Sabes de lo que hablo, te encanta oír los susurros de fascinación y ver las caras repletas de admiración.
Pretendía responder, porque cada palabra que abandonaba los labios de Kanon era tan dolorosa y certera que la mejor de las flechas, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta de doble hoja del salón del trono se abrió ante ellos. Arles asomó por ella, y mirando de uno a otro, ocultó su asombro lo mejor que pudo.
-¡Por Athena! –farfulló al reparar en el estado del mayor.- Pasad, Shion esta esperando desde hace un rato. –Volteó a ver a la amazona e inclinó el rostro en señal de gratitud.- Gracias, Tatiana.
La joven imitó el gesto y giró sobre sus pasos en silencio. Sin decir nada más, Saga asintió al verla alejarse y echó a andar, dejando atrás a su hermano. Tragó saliva y apretó los dientes. ¿Por qué Kanon tenía que ser tan… Kanon? Negó lentamente con el rostro, y cuando llegó a los pies del trono, se detuvo con la vista baja. Su gemelo apenas tardó un segundo en colocarse a su lado.
-¿Qué te ha pasado? –preguntó el Maestro.
-Estuve entrenando. –respondió. Shion asintió lentamente. Llevaba demasiado tiempo ocupando aquel trono como para creerse semejante respuesta, pero no le dio más importancia. Lo que fuera que hubiera pasado, lo sabría más adelante.
-En realidad estaba salvando el mundo… -murmuró Kanon con una sonrisa burlona. Saga lo fulminó con la mirada.
-Quizá os interese más saber porque os hice llamar con tanta urgencia. –Los dos guardaron silencio inmediatamente. Shion seguía teniendo aquella capacidad, no necesitaba regañarlos para traerlos de vuelta a su lugar.- De hoy en treinta días, la constelación de Géminis gobernara el cielo. –El anciano Patriarca miró de uno a otro, no sin cierto pesar. El tiempo se les había ido de las manos y ni siquiera se habían dado cuenta.- Preparaos, el combate por la Tercera Armadura tendrá lugar al amanecer de ese día.
-Continuará…-
NdA:
Sunrise: ¡Donde Todo Empieza cumplió dos añitos!
Damis: ¡Feliz Cumple! ¡Y felices 100 reviews!
Kanon: ¡¿2 Años? WTF? A este ritmo tendremos 50 cuando consigáis terminar el fic ¬¬'
Aioros, Saga: Cof, cof, cof… (*escupen ceniza*)
Damis: ¡No importa! ¡Estamos reivindicando la supremacía de los cangrejos últimamente! n_n
Sunrise: Además, en tiempo real teneis… ¿qué? ¿casi 40?
Damis: Más, Sun, más…
Aioros, Saga, Kanon: ¬¬'
Sunrise: Cof… Mejor no hablemos de años u_u Reviews anónimos al profile y ¡Gracias a todos nuestros lectores!
Damis: ¡Os queremos!
