Capítulo 20: El momento de la verdad

Mientras caminaba, Saga intentaba con todas sus fuerzas mantener su cabeza en blanco. No quería pensar, no quería sentir. Sabía que el destino estaba más cerca que nunca y, sin embargo, lo único que deseaba en ese momento era evitarlo.

Deseaba a Géminis como a nada. Su vida la había dedicado a encontrar con desesperación la fórmula para conseguirla. Lágrimas, sudor, dolor, sangre… todo lo había entregado en aras de que, algún día, pudiera verse envuelto en la gloria que el mundo predicaba para él. Y, a pesar de sus sueños y sus esperanzas, el gemelo no estaba seguro de que el último trecho del camino que lo guiaba hasta su armadura fuera uno que quisiera recorrer.

Kanon estaba justo en medio de ese sendero, como el último obstáculo; un obstáculo que Saga no sabía si podría superar.

Confiaba en sus habilidades, en lo que podía o no hacer, pero su mente no estaba dispuesta a aceptar la idea de asesinar a su propio hermano… y en el fondo, su corazón tampoco. Lo que era peor, aún no encontraba la alternativa correcta a su disyuntiva y el tiempo se agotaba a toda prisa. Una cosa podía asegurarse: Kanon no iba a morir a mano suya.

De pronto, cuando la sombra de los imponentes muros del Coliseo comenzaba a posarse sobre él, se atrevió a levantar la mirada, que hasta entonces había permanecida fija en el suelo, a sus pies. Lo primero con lo que se encontró fue el rostro de Aioros, esperándole, inusualmente serio.

-¡Ahí estás! -Exclamó, mientras iba a su encuentro con pasos agigantados.- ¡Orestes está a punto de bajar por mi para subirme de los pelos al palco!

-¿Qué haces aquí, Aioros?

-¿Qué que hago…? -el castaño frunció el ceño y se cruzó de brazos.- Vine a despedirme de ti. -notó el gesto sorprendido del gemelo, por lo que se apresuró a continuar.- En un rato más, dejarás de ser Saga, y pasarás a ser el santo de Géminis. -sonrió, palmeando el hombro de su amigo.- No tendré que reverenciarte cada vez que entres al salón, ¿verdad?

-Estás siendo optimista.

-Por una vez, no lo soy. Soy realista, lo cual es muy diferente. -encogió los hombros.- Esa armadura es tuya. Te pertenece, y eso te lo aseguro desde ahora.

-Aioros…

-Calla. -su amigo interrumpió.- ¿Piensas en alguien mejor que tú para vestir a Géminis? ¿Crees que Zarek la merece? ¿Kanon? -a la sola mención, el gemelo apretó los labios y agachó la mirada.- Saga, eres el indicado. Eres el elegido. Sé que tienes miedo, está bien sentirse así. -el arquero buscó su mirada.- ¿Sabes? Kanon va a sobrevivir a esto. Lo hará porque sé que no le harás más daño del necesario… le quieres demasiado. Es tu hermano.

Saga alzó sus ojos esmeraldas para fijarlos en el rostro sonriente, pero a la vez acongojado de su amigo. Antes de que pudiera reaccionar, los brazos del joven castaño se cerraron alrededor de él, en un último abrazo repleto de buenos deseos y esperanzas.

Tardó en responder el gesto, pero lo hizo, tembloroso e inseguro como se había sentido en raras ocasiones.

-Pero es tu momento. -escuchó el susurro de Aioros en su oído.- Brilla. Resplandece. Hoy es tu día de gloria.

-X-

Era temprano aún y ya resultaba imposible encontrar un solo asiento vacío en el enorme Coliseo.

Santos y amazonas; chicos y grandes… nadie quería perderse el primero de los grandes espectáculos que se avecinaban. Los murmullos volaban, arrastrados por el viento, esparciendo los rumores y expectativas que pululaban alrededor de los combates que iban a presenciarse.

Géminis era definitivamente uno de los más esperados, sino el que más. El morbo y la conmoción de ver a hermanos de sangre enfrentándose por un lugar en el destino, seguido del momento decisivo, en el que la misma armadura habría de decidir si el retador sería el adecuado para vestirla. Por demás estaba decir que la reputación de Zarek le precedía. Nada iba a ser fácil para cualquiera de los críos que sobreviviese a la primera batalla… el actual santo de Géminis se encargaría de ello.

-Debimos buscarles antes. ¡Teníamos que haber hablado con ellos! -Deltha llevó su mirada hacia su amiga, pero no atinó a responderle. En realidad, compartía la inquietud con ella.

-Esto es horrible. -murmuró, cuidando que sus palabras no llegaran a oídos de su maestra, al lado de ellas.

-¿Crees que…? -la voz de Naia sonó particularmente lúgubre mientras sus exóticos rasgos, escondidos detrás de la máscara, se tornaron tristes.

-No lo harían… ¿o sí?

La aprendiza de Caelum fue quien guardó silencio en esa ocasión.

De las dos, ella era la más cercana a los gemelos, conociéndoles mucho más de lo que ella misma creía; y la simple respuesta a esa pregunta le aterraba. Quería decirse a si misma, convencerse, que dicha respuesta era negativa. Pero Kanon…

-Como sea, ¡debimos ir tras ellos!

-No hay forma en que hubieseis conseguido llegar hasta ellos, o que ellos hubieran accedido a hablar con vosotras. Es el día más importante de sus vidas. Ahora mismo, os aseguro, no hay nada más en sus cabezas que el combate que esta a punto de iniciar. -Axelle, para sorpresa de ambas, intervino.- Dejad de pensar en nimiedades.

Ninguna se atrevió a replicarle o a continuar con la conversación. Se sentaron entre la muchedumbre en espera de que el momento llegase. El inicio no estaba demasiado lejos.

El primer gran vitoreo vino cuando la silueta de Kanon se reflejó cerca de una de las entradas. Apenas se distinguía en medio de las penumbras y los gruesos barrotes de la reja de metal que resguardaba el túnel, pero bastaba para que el público, ansioso y exigente, reclamara el anticipado inicio de la pelea.

-¿Quién crees que sea el ganador, Axelle? -Deltha preguntó, ocasionando que casi de inmediato, la cabeza de Naia girara hacia la amazona, en espera de la respuesta.

-No sé trata de quien yo crea. -habló la francesa.- Será la voluntad de Athena la que decida quien abandonará este lugar vestido en oro.

Lo que nunca dijo, es que su corazón albergaba la esperanza de que dicho honor terminara en los hombros del mayor de los chicos. Podían ser gemelos, pero sus diferencias eran obvias a los ojos de cualquiera, por lo que Axelle sabía que la decisión de su diosa no resultaba del todo difícil de entender. Restaba saber si ella, con el don de sapiencia que la caracterizaba, compartía opiniones con los mortales de mente limitada e incapaces de comprender los misterios del futuro.

-La Orden Dorada está aquí. -a sus palabras las acompañaron los murmullos cada vez más recios ante el inminente inicio.- Su Excelentísima debe estar en camino y, cuando ocupe su lugar en el trono, entonces habremos de descubrir los planes de Athena. -

sus aprendizas le concedieron la razón con un movimiento de cabeza.

Esos pocos minutos de espera iban a resultar particularmente largos…tanto como la batalla.

-X-

-¡¿Dónde estabas?

Es gesto, cargado de reproche, y aquel ceño fruncido a más no poder en el rostro de Milo hubiera robado una sonrisa en el joven arquero en otra ocasión. Sus pequeñas manos descansaban sobre su cintura, mientras las uñas masticadas y algunas heridas minúsculas en sus dedos dejaban en evidencia el nerviosismo que el peliazul compartía con todos.

-Fui a ver a Saga, Milo.

-¡La pelea podría comenzar y te la perderías! ¡Saga jamás te perdonaría eso!

-No pensaba perdérmela. -Aioros revolvió la melena azul antes de acomodarse cerca de la baranda, para observar mejor el campo de pelea.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Quizás porque él estaba con Saga y sin Saga la pelea no puede empezar. -Camus le respondió con su característica indiferencia ante la que la que el pequeño Escorpio solía sentirse irritado.

-O porque Shion aún no llega. -complementó Aioria.

Aioros les miró de reojo y aprobó ambas respuestas, logrando que el rostro de Milo mutara a uno de fastidio total. Dispuesto a no corregir su error, el niño se hizo un hueco entre sus compañeros para mirar mejor.

-¿Falta mucho para empezar?

-Solo iniciará cuando Shion llegue. -respondió el mayor.

-¿Y Saga? ¿Hablaste con él? -esta vez la pregunta vino de Aldebarán.

-Si.

-¿Quién crees que gane, hermano?

-Pues… creo que Saga es el adecuado. -aseguró al cachorro de león.

-¡Pero Kanon también es muy fuerte! -brincó Milo. De nueva cuenta, el castaño asintió, aunque su rostro expresaba una completa seriedad.

-Si, lo es.

-¡Será emocionante! -exclamó el niño peliazul de nuevo mientras sus dedos volvían a ser víctimas de su nerviosismo.

Aioros le miró de soslayo, esbozando una sonrisa a medias.

Milo tenía razón: Kanon era fuerte. Había vencido una vez a Saga y tenía toda la determinación del mundo para volver a hacerlo. Algo le decía que el cosmos del gemelo mayor era muy superior, pero la voluntad de Kanon ciertamente era su mejor atributo. El más joven era determinado… incluso terco, cuando se trataba de sobrepasar a su hermano. Saga no tendría nada fácil ese día.

-¡Mirad! ¡Ahí están!

Un escalofrío recorrió su espalda al escuchar de nuevo a Milo, arreciando cuando la presencia de Shion, acompañado de Arles, se hizo evidente entre todos.

Faltaba nada, solo un suspiro para dar inicio.

-X-

Kanon tragó saliva. Apretó con fuerza, casi con rabia, las vendas de sus manos mientras miraba de soslayo hacia el único camino por el que debía aparecer su hermano. Aunque sabía de sobra que ya no sería su gemelo quien caminase con la mirada en alto por allí… sería su único obstáculo.

Abrió y cerró los puños un par de veces, asegurándose de que los vendajes estuvieran tan prietos como le resultaban más cómodos, se acomodó la rebelde melena y esperó. Inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared a sus espaldas, y cerró los ojos.

Apenas se filtraba algo de la suave luz del amanecer, pero sumido en la penumbra, el murmullo creciente en las gradas que se alzaban sobre su cabeza parecía acrecentarse. Escuchaba cada paso, cada grito, amplificado por la piedra que asentaba el coliseo. No había nadie por los pasillos donde se encontraba, salvo dos guardias que custodiaban la que sería su entrada a la arena. Saga aparecería por la otra, exactamente al otro lado del coliseo.

Intentó concentrarse lo mejor posible y acallar aquella sensación que inundaba su pecho: emoción, ansiedad... Respiró hondo en un intento por ralentizar su respiración. Apenas había dormido aquella noche, no era como que tuviera sueño de todos modos. No sentía un ápice de miedo, pero la impaciencia comenzaba a carcomerlo.

Frunció el ceño, y echó un rápido vistazo a la arena. Poco a poco, el sol iba levantándose en el cielo. Pero fue en aquel momento, cuando volvió fugazmente la mirada a la otra puerta… que lo vio por primera vez aquel día. Distinguía la figura de Saga, apenas a un par de metros de la salida, envuelto en sombras, mirándolo a él directamente.

Kanon avanzó un par de pasos, los suficientes para que su forma fuera también visible, y se apoyó despreocupadamente en la reja que aún estaba echada. Devolvió el gesto y sonrió casi burlonamente. Estaba seguro de poder adivinar hasta el último pensamiento que surcaba la mente de Saga y, precisamente por ello, resultaba tan sencillo tocar donde dolía. Sabía de sobra lo en serio que su hermano se tomaba todo, hasta el último detalle: no había nada que tomase a la ligera.

Mucho menos aquel combate, imaginó; o más que el combate, la identidad de aquel que se interponía en su camino.

De alguna manera que no llegaba a comprender, aquella pelea iba a ser un suplicio para Saga. No lo entendía, y juraba por lo más sagrado que lo había pensado largo y tendido. Saga anhelaba aquella armadura por sobre todas las cosas, exactamente igual que él. La diferencia entre los dos estaba en que el mayor se había impuesto unos principios… unas normas, que Kanon sabía no rompería salvo que no tuviera otra opción.

Sabía que aquella pelea iba a ser un infierno. Kanon se había esforzado todo lo que había podido por seguir el ritmo de los avances de su gemelo en la lejanía, por alcanzarlo; se habían cruzado en más de una ocasión y había comprobado en su propia carne lo muchísimo que Saga había evolucionado. Pero seguía sin tenerle miedo, porque tenía un gran punto débil: él, y pensaba utilizarlo a su favor. Sabía que su hermano no iba a ir más allá de lo que él le forzara a llegar.

Saga no comprendía que hacía mucho que habían dejado de ser hermanos. Pero él si, y no tenía intención alguna de controlarse.

De pronto, el coliseo se sumió en el silencio. Adivinó que Shion acababa de llegar al palco de honor, y no se equivocó. Apenas escuchó su voz de lejos, pues esta fue acallada por el chirrido estridente de las cadenas que levantaban la verja. Y entonces, el momento llegó.

La arena bajo sus pies.

Ya nada les separaba, el momento de la verdad había llegado. Solamente había dos maneras de abandonar el coliseo: muerto, o envestido en oro.

-X-

Saga contuvo la respiración. Nunca había contemplado el coliseo tan repleto, ni mucho menos había escuchado a la gente gritar de aquella manera. Se forzó a no mirar a ningún otro lado, más que al frente; aunque sabía de sobra que las miles de miradas estaban puestas sobre ellos. Unas resultaban más importantes que otras, pero ¿qué importaba? Solamente había una cosa que tanto él como Kanon habían mirado fugazmente: Géminis, que se alzaba brillante e inmaculada en su pedestal. Ella era la única razón de ser de aquel combate.

Y entonces, sus ojos se cruzaron. Kanon lo veía de vuelta, con aquella expresión suya burlona, que le quitaba importancia a todo. Se veía como si aquel combate que estaba a segundos de comenzar, no fuera más que un entrenamiento de tantos, como si no fuera más que un juego. Pero Saga sabía de sobra como serían las cosas, y no iban a gustarle en absoluto.

Hubiera deseado decirle algo, sonreírle quizá… despedirse. Pero ni un solo sonido abandonó su garganta, ni sus labios se movieron un solo milímetro. Hacía días que no lo veía siquiera, aún viviendo en el mismo Templo… y aunque la posibilidad de que aquellos minutos fueran los últimos que compartieran pesaba como un yunque sobre su cabeza, no había nada que pudiera hacer. Aquellos segundos en que se contemplaron, estudiándose, como si nunca antes se hubieran visto, como si realmente fueran desconocidos… supieron más que nunca a un adiós.

Entonces, en apenas una fracción de segundo, la voz de Shion resonó en el graderío, y prácticamente antes de que hubiera acabado de pronunciarlas, Kanon se abalanzó sobre él como una estela dorada. El mayor frunció el ceño, y tan rápido como su gemelo, esquivó el golpe con agilidad.

Kanon sonrió mientras se colocaba en guardia y sus ojos verdes se ensombrecían tras su flequillo. No dijo nada, ni una sola palabra, pero aquella sonrisa transmitía mucho más que mil palabras. Saga tomó aire, sin dejar de verlo, analizándolo: aunque creía conocerlo tan bien, que podría imitar sus movimientos con los ojos vendados.

El menor, se lanzó una vez más hacia él, armó su brazo, dispuesto a asestar un puñetazo a la mandíbula desprotegida de Saga; pero tal y como había imaginado, el ataque era demasiado lento y fue esquivado sin problemas. No se desilusionó, aumentó la velocidad gradualmente, sometiéndolo a un acoso incesante de puñetazos y patadas que eran hábilmente esquivados.

-¿Eso es todo lo que piensas hacer? –farfulló Kanon en medio de su ataque, pero su única respuesta fue el pesado silencio que hacia siglos se había instaurado entre los dos. Así era siempre con Saga, apenas hablaba más de lo necesario. Frunció el ceño una vez más, e impulsándose con el suelo, tomó por sorpresa a su hermano cambiando la dirección del golpe.

Saga no tuvo tiempo de esquivarlo, pero acertó a bloquear el golpe con sus antebrazos. Retrocedió un par de pasos, empujado por la fuerza que Kanon había invertido en aquel golpe absurdo, y lo miró, con la respiración agitada. La emoción del público no hizo sino crecer con aquel golpe.

-Oh, vamos, llevan años esperando por este momento, no les prives del espectáculo, Saga.

El mayor de los gemelos apretó los dientes, y por primera vez desde que pisaran la arena, elevó su cosmos: apenas lo suficiente para que fuera visible en su resplandeciente tono dorado. Podía identificar el desdén en cada una de las palabras que Kanon escupía, y no terminaba por comprenderlo. Hubo un tiempo en que habían sido una sola alma en dos cuerpos… dos corazones que latían a la vez.

Compartieron una fugaz mirada, y entonces supo que debía actuar. Debía olvidar aquella extraña fuerza que parecía atenazar sus músculos y acallar su corazón.

Se puso en guardia, como había echo tantas veces a lo largo de los años de entrenamiento, y como por arte de magia… el murmullo de la multitud cesó. Dejó de escucharlos, ya no había nada más allí que su respiración, el propio latido de su corazón y la mirada fiera de su gemelo. Era todo o nada.

-Como quieras. –murmuró.

En apenas un abrir y cerrar de ojos, había alcanzado a su hermano. El anterior acoso que él mismo había recibido por su parte, ahora se equilibraba, y por primera vez, pareció que ambos estaban dispuestos a luchar con las mismas ganas. Ya no había marcha atrás, Saga lo sabía. Solamente le pedía a Athena, aquella diosa a la que aún no conocía, que fuera justa.

Sus puños envueltos en cosmos se habían convertido en armas letales. Ya no era tan sencillo esquivarlos ni bloquearlos: su velocidad y potencia habían aumentado. Sin embargo, aún así ninguno de los cedió: paraban cada golpe y respondían cada ataque, acallando los quejidos de dolor e ignorando la sangre que comenzaba a brotar lentamente de las heridas.

Pero el cansancio comenzaba a hacer mella. Ninguno de los dos era un combatiente físico, y lo sabían, aquello solamente era un juego: un preámbulo.

Kanon giró sobre si mismo, en su intento por esquivar el puñetazo de su hermano; pero no contaba con su rápida reacción. Cuando quiso reaccionar, era demasiado tarde: la rodilla izquierda de Saga se hundió en su estómago. Por un segundo, al menor de los dos le resultó imposible respirar, hasta que al fin el aire inundó sus pulmones de golpe y sus costillas se quejaron.

Escuchó a la multitud gritar enardecida y soltó una maldición. Elevó su cosmos un poco más, ignorando como pudo la mirada triunfante de su gemelo, y furioso corrió hacía él. Sus movimientos fueron tan rápidos, que el público ni siquiera fue capaz de contemplarlo.

Era como si el tiempo se hubiera detenido para todos los demás, pero no para ellos.

Alcanzó su objetivo y una oleada de ardiente placer lo embargó cuando vio como la sangre manaba de la herida abierta en la mejilla de Saga. Quiso aprovechar el momento, enviando otro golpe que lo dejara al menos aturdido, pero no tuvo tiempo.

Debió suponer que Saga terminaría contraatacando y que lo haría a su manera.

-X-

-"Vamos, vamos. ¡Pelea, Saga!" -Axelle pensó. Apretaba los puños sin darse cuenta mientras su mente repasaba cada movimiento de aquel par de chicos peliazules y buscaba de manera incesante cualquier estrategia que los jóvenes hubieran podido adoptar.

Saga apenas se movía más para rehuir los ataques de Kanon que para enfrentarle. El segundo, en cambio, estaba dispuesto a hacerse de Géminis a cualquier precio, nada más le importaba; y lo que la amazona de Caelum más temía era que esa debilidad que Saga sentía hacia él, terminara costándole un combate que era prácticamente suyo.

Miró de reojo hacia el palco de honor donde los ojos de todos sus ocupantes permanecían atrapados por el combate. No había expresiones visibles en ninguno de los rostros de aquellos que iban envestidos en oro. Pero la amazona sabía que detrás de esos inexpresivos semblantes, había pensamientos mucho más intrincados que los suyos, incluso más acertados.

Sin duda lo que más la intrigaba eran los planes del Gran Maestro. Shion era un hombre bueno y misericordioso, como pocos; y el cariño que expresaba por aquellos niños era por demás conocido entre todos los círculos del Santuario y alrededores. Axelle, por lo tanto, no dejaba de preguntarse hasta donde dejaría que ese combate llegara. Al final, con toda probabilidad, serían los mismos participantes quienes decidirían hasta donde llegaban los límites.

Se mordió los labios en un gesto de completa frustración. Saga apestaba a miedo y Kanon podía sentirlo tan bien como cualquiera.

Quizás si había una prueba final para Saga era precisamente esa: superar su más grande debilidad, a Kanon. Si lo conseguía, de cualquier modo que lo hiciese, entonces, solo entonces, sería digno de Géminis. Pero primero, debía sobreponerse a su miedo y encontrar la solución que buscaba con desesperación.

-X-

Tauro derriba.

Capricornio corta.

Sagitario y Escorpio perforan.

Géminis quema.

Súbitamente, el olor a piel y sangre quemada le resultó nauseabundo. Saga retrocedió de un salto, hasta quedar en lo alto de una columna semiderruida. La respiración agitada y las gotas de sudor que rápidamente parecían encontrar camino hacia sus heridas, no se lo ponían fácil. Pero allí, apoyado sobre una de sus rodillas, al menos tenía un segundo de descanso.

No había ejecutado un solo ataque que supusiera un peligro mortal para Kanon, y aún así; sabía bien que aquella estúpida técnica, la primera que aprendieron, era dolosamente útil. Se sorprendió de que Kanon la encajara prácticamente de lleno, sobre todo porque llevaban un buen rato jugando al gato y al ratón con ella, y era de sobra conocida para ambos. La misma red de cosmos lo habría mandado a la lava de la dichosa isla, años atrás, si Zarek no hubiera intercedido. Y dolía, daba fe de ello.

Pero desde donde estaba, podía ver a su gemelo, el vaivén acelerado de su pecho, y el subir y bajar de sus hombros, mientras se esforzaba por ignorar cada quemadura y laceración de su piel. Kanon no tardó en ponerse en pie. Con parsimonia, se quitó el vendaje de la mano izquierda, que había quedado prácticamente destrozado, y se limpió la sangre que goteaba por su barbilla con el antebrazo. Alzó la mirada y la clavó en su hermano.

-¿Qué pasó? ¿De pronto ya no tienes miedo, Saga?

El aludido frunció el ceño. Kanon lucía magullado, y sabía de sobra que él no se veía mucho mejor. Sin embargo, había algo en la altanería de su hermano que lo hacía lucir extremadamente digno sin importar lo precaria de su situación. No que aquella lo fuera, de todos modos. De hecho, Kanon sabía de sobra que era lo que le estaba pasando, y a aquellas alturas, era un momento tan bueno como cualquier otro, para admitirse a si mismo que estaba asustado.

Saga estaba asustado de lo que podía hacer. Temía incrementar la potencia de sus ataques y llegar a un punto en el que uno no pudiera resistirlo. Recelaba, quizá, de que su gemelo pudiera llegar a superarlo y de la decepción que seguiría después. Sentía pánico ante la posibilidad de fallar precisamente en aquel momento: de no ser lo que todos esperaban y de que aquellos años no hubieran sido más que una tortura inútil.

Y sentía pavor ante la sola idea de convertirse en el asesino de su hermano.

Pero Kanon no se demoró más, y ahuyentó todas las ideas oscuras que danzaban a sus anchas por su cerebro. Lanzó de nuevo el rayo ken, esta vez mucho más rápido que las veces anteriores, convirtiendo la maldita red en una trampa imposible de esquivar.

Salvo si Saga era más rápido.

-¡Otra Dimensión! –gritó cuando el cosmos del menor impacto de lleno contra la columna donde estaba segundos antes. Para sorpresa y deleite de todos, Saga desapareció en la nada.

-Maldita sea. –masculló Kanon mientras entrecerraba los ojos, protegiéndolos del polvo que se había levantado y afinaba los sentidos.

No quería, bajo ningún concepto, que Saga lo pillara desprevenido. Pero debió recordar antes que su hermano se encontraría en una posición dominante mientras estuviera en otra dimensión: era imposible de rastrear y, la posibilidad de adivinar el punto por el que abriría el portal que lo trajera de regreso, casi inexistente. Farfulló una maldición ininteligible, justo en el momento en que un tenue rastro de cosmos, peligrosamente conocido, apareció justo frente a él.

Abrió los ojos de par en par, en el preciso instante en que la mirada de Saga cobraba nitidez frente a él, respaldado por la más absoluta oscuridad y brillante como una estrella. Determinación, eso fue lo único que atinó a ver antes de que su puño envuelto en ardiente cosmos lo empujara contra el graderío más bajo.

Cuando su espalda se estrelló contra la piedra, un punzante dolor atenazó hasta el último de sus músculos. La sangre llegó a su boca, y escupió, mientras luchaba por recuperar el control de si mismo en medio de tanto polvo. El golpe había sido tan fuerte, que su cabeza daba vueltas y su cuerpo se sentía entumecido: ni siquiera sentía el dolor de las demás heridas.

Pero Saga no atacó. ¿Por qué? No lo sabía. Alcanzó a verlo de pie, a unos metros de él, con la expresión más vacía que hubiera visto jamás. Kanon sonrió, y dejó que una suave carcajada escapara de su garganta, aún en medio del dolor.

Lo estaba consiguiendo. Estaba llevándolo al punto exacto donde Saga no quería estar, y cuando lo consiguiera, aquella estúpida actitud suya desaparecería. Borraría de su rostro aquella disimulada expresión de superioridad y no le dejaría un solo momento de respiro como el que se estaba permitiendo tener ahora. Kanon no necesitaba que Saga se controlara y lo esperase.

¡Demonios! ¡Como lo odiaba…!

-Parece que lo vas comprendiendo, hermanito. –De pronto, aquella palabra sonó más llena de burla de lo que Saga hubiera querido escuchar. Apretó los dientes.- Los juegos se han terminado… y esto no es un estúpido entrenamiento con Aioros.

Kanon se apartó la polvorienta melena y continuó, mientras se ponía en pie de un salto y se acercaba a él, ignorando lo mejor que pudo el embotamiento que sentía en su cabeza. Se secó el molesto sudor de la frente, y alzó la mirada una vez más. Vio de soslayo al palco, donde todos observaban expectantes, y amplió la sonrisa.

Querían espectáculo. Se lo daría.

Se arrojó a toda velocidad hacia su hermano, asestó tantos golpes como fue capaz y buscó por todos los medios desorientarlo. Sacó fuerzas de lo más hondo de si, y asestó un último puñetazo a la cabeza de Saga que lo envió directamente al suelo. Pero no se detuvo al ver la sangre, continuo con su acoso, hasta que el mayor no pudo retroceder más y encajó un nuevo golpe.

Fue entonces, que viéndolo caer como si hubieran ralentizado el tiempo, supo lo que debía hacer.

-¡Qué se abra Otra Dimensión! –gritó Kanon.

Y aunque los fundamentos de la técnica eran los mismos, el resultado final era bien distinto. Lejos de usarla para escabullirse, como su hermano hiciera poco antes, se dejó envolver por la oscuridad. La arena y los pequeños fragmentos de roca fueron rápidamente arrastrados a medida que elevaba su cosmos. El suelo por el que caminaba con parsimonia parecía deshacerse solo ante el ardiente contacto de sus pies, convirtiendo su pequeña caminata en un paseo digno de los dioses, haciéndolo sentir como tal. Espero a que Saga alzara el rostro, apenas una fracción de segundo después para dejarle saber que era lo que se venía, y solo cuando sus miradas se cruzaron, Kanon quemó su cosmos, aumentando la fuerza del portal y arrastrando a su gemelo en el proceso.

Tal y como la había abierto, se cerró. El silencio sepulcral, lo forzó a sonreír de nuevo. Aquello, imaginaba, había sido inesperado para todos, y sus expresiones de desconcierto no hacían más que acariciar dulcemente su ego. Se sentía poderoso.

Sin embargo, poco duró aquella momentánea paz. Apenas unos segundos después, Saga logró escapar. Sus rodillas se doblaron cuando el creciente sol iluminó su rostro y cayó al suelo, apoyándose sobre sus manos temblorosas. Tomó una gran bocanada de aire, sin dejar de vigilar a su gemelo de soslayo, y se limpió como pudo la sangre que manaba con fuerza de la herida en su cabeza.

La otra dimensión de Kanon era una trampa mortal. No era que la suya fuera precisamente el paraíso, pero la de su gemelo… Aún él, teniendo la destreza que tenía sobre las dimensiones, había sentido dificultades para respirar, apenas había una brizna de oxígeno en aquel vacío. Se puso en pie, tambaleante, mientras se recuperaba de los efectos de aquel breve viaje: todo en esa dimensión era inestable. Era…

Se sobó los ojos, y escupió. Aquel ataque lo había dejado tan mareado y aturdido, que aún dejándose guiar únicamente por su cosmos y no por el sentido de la vista, le parecía imposible moverse sin caer al suelo tras el primer paso.

-"Creo que no te ha gustado…"-escuchó la voz de Kanon en su cabeza.- "Es una pena."

-Quieres pelear en serio, ¿no? –murmuró el mayor. Kanon ladeó el rostro.

-Hasta que lo comprendes.

-Como tú quieras entonces.

-¿Seguro? Porque te aseguro que si quieres esa armadura tendrás que matarme antes. –Saga sintió como un escalofrío recorría su espalda ante la mención de tal posibilidad.- Aunque no se si seas capaz de algo así…

-¿Puedes matarme tú a mi? –Apenas hubo formulado la pregunta, supo que no quería oír la respuesta. La cínica sonrisa en el rostro de Kanon hablaba por si sola, y sorprendentemente, el menor guardó silencio.

El menor afianzó los pies al suelo, y elevó su cosmos, dejando que una fina capa de él lo rodeara. Colocó sus brazos en posición de ataque y respiró hondo. Llevó fugazmente la mirada a la figura de Shion, y clavó sus ojos en la máscara dorada. Más le valía no perderse ni un solo detalle de aquello… porque prometía que aquel combate marcaría una época.

Asintió fugazmente, reafirmándose en sus propios pensamientos y volteó de nuevo hacia su hermano.

Se concentró todo lo que fue capaz, a sabiendas de que su control sobre aquella técnica aún no era perfecto del todo. Su cosmos comenzó a expandirse, cubriendo el suelo y adoptando un aspecto diferente. A medida que iba acercándose a los pies del estupefacto Saga, su cosmos se iba condensando lentamente. El mayor de los hermanos retrocedió un par de pasos cuando sintió el hirviente calor que manaba de él… mientras le buscaba una explicación a aquel misterio. Era como si…

Algo hizo clic en su cerebro. Lava. Era igual que la lava del volcán. Era lava.

Dio un nuevo salto, y retrocedió una vez más, confuso, pero seguro de que nada bueno podía salir de tocar aquel extraño fenómeno. Alzó la mirada, hasta que sus ojos interrogantes se toparon los de su gemelo. El par de orbes, normalmente esmeralda, brillaba con un extraño tono incandescente, igual que su cosmos en aquel momento. Observó como extendía su mano, y el cuidado con el que se sujetaba el brazo.

Fuera lo que fuera aquello, no era bueno. Saga elevó su propia cosmoenergia en el preciso instante en que lo escuchó hablar.

-Erupción oscura.

-X-

Como si la naturaleza, sabia por esencia, supiera lo que sucedía a cientos de kilómetros de ahí, Dohko pudo sentir como las aguas tranquilas de la cascada se alebrestaban y el canto de las aves se tornaba en un chillido de desconcierto. Abrió sus ojos todo lo que pudo y sus labios también se separaron para musitar el asombro que le sobrecogía en ese instante.

-No puede ser.

Habían pasado más de dos siglos desde la última vez que había sentido aquel cosmos que quemaba cual lava hirviente. Sin embargo, las diferencias entre esa técnica usada por uno de sus hermanos durante la guerra santa anterior, y la versión de Kanon no podían ser más radicales.

El cosmos de Deuteros era salvaje e indómito, violento y cargado de dolor… pero era noble y digno, de un santo de Athena. El de Kanon era también poderoso y feroz, más los rasgos que le distinguían iban más hacia la rabia y el egoísmo que a cualquier otra emoción.

Pero, lo que le resultaba todavía peor era la manera en que Kanon había conseguido una dominar una técnica como esa.

Hasta donde sabía, los secretos de la Erupción Oscura yacían reseñados en un viejo manuscrito salido de su propio puño y letra, que permanecía escondido en la mística Star Hill. ¿Cómo Kanon había llegado a develar tal enigma? Y más allá de eso, ¿Shion estaba al tanto o había terminado tan sorprendido como él?

-X-

Pocas veces se había sentido tan nervioso durante un combate de sucesión. Usualmente la fe en su diosa le mantenía entero durante esos largos minutos de nerviosismo, pero en aquella ocasión no era suficiente.

Quizás Arles tenía razón al decir que se habían encariñado de más con esos niños. Quizás era el innegable parecido con sus hermanos de años atrás; o el duro destino que esperaba por ellos; lo que fuera, no podía negar sus sentimientos especiales hacia ellos. Sufriría cada combate empezando por aquel. Kanon contra Saga, hermanos enfrentados de la misma manera en que sucediese cuando era joven… y Shion temía profundamente que el mismo error se hubiera cometido ya.

Sus dedos se sujetaban con fuerza al trono y su postura, más erguida de lo usual, dejaba en evidencia sus emociones.

Orestes lo observaba de soslayo, en silencio. No le fue difícil adivinar que la sorpresiva técnica no lo había sido solamente para ellos, sino también el Patriarca. Estaba a punto de preguntarle cuando alguien más le robó las palabras y soltó el comentario.

-Esa es nueva. -Athan soltó una carcajada mientras sus ojos se centraban en Zarek, a su lado.- No sabía que Géminis contara con un repertorio tan amplio.

-No te haces una idea. -respondió el turco. Su rostro lucía inmutable y sus brazos se cerraban sobre su pecho.

-Tú tampoco, por lo que veo.

-Kanon tiene un toque para hacer las cosas entretenidas.

-Al menos uno de los dos pelea en serio. -el alemán sonrió.

El turco no siguió con la conversación, prefiriendo mirar el combate. Entretenido o no, cualquiera de esos dos críos sería su siguiente adversario y no pensaba perderse de algún detalle que pudiera concederle una ventaja definitiva. Además, ciertamente Athan tenía razón y los chicos resultaban más sorpresivos de lo que pensaba. Después de todo, parecía que no solamente él era desconocido para ellos, sino ellos también lo eran para él.

Shion escuchó en silencio la breve plática entre sus dos santos. Zarek había tenido razón en algo: Ninguno se hacía a la idea de lo que realmente podría suceder y hasta donde las consecuencias abarcarían. Por vez primera en muchos años, el viejo lemuriano sintió miedo a que el pasado pudiera repetirse.

-"Shion, ¿qué ha sido eso?" -contuvo el respingo al oír a Dohko hablando a su mente.

-"Justamente lo que sentiste: La Erupción Oscura."

-"¿Cómo…?"

-"No lo sé." -el peliverde respondió con sinceridad.- "No tengo la menor idea, amigo."

-"El único lugar donde se describe esa técnica es el viejo diario que guardamos en Star Hill. Lo sabes. ¿Kanon ha estado ahí?"

Un pesado silencio se creo entre ambos mientras el recuerdo de Aspros, escabulléndose en la colina sagrada y planeando el golpe de estado más escandaloso que jamás hubiera en la Orden de Athena, asalto sus mentes. ¿Podría Kanon haber seguido sus pasos? ¿Sería acaso que en un triste giró del destino, sería él el indicado para vestir a Géminis y arrastrarla de nuevo a la sombra de la traición?

-"¿Crees que sea posible? ¿Crees que suceda de nuevo?" -Shion preguntó temiendo la peor de las respuestas.

-"Esperemos un poco y recemos porque la historia no vuelva a opacar el presente."

-X-

Gritó. Fue incapaz de contenerse cuando erró en su intento por esquivar aquel ataque desconocido y lo encajó prácticamente de lleno. Calló al suelo pesadamente, casi sin aliento, y notando el insufrible efecto de la Erupción Oscura. Tomó aire, apresuradamente, en un intento inútil por acallar el dolor que lo carcomía; a la vez que sentía sus ojos cubrirse de lágrimas.

Resopló cuando se llevó la mano al costado, y apretó los dientes cuando tocó la herida abierta. Observó la palma, cubierta de sangre, y por primera vez supo lo en serio que hablaba Kanon.

Lo miró de soslayo, intentando no perderlo de vista en su lastimero estado. Lo encontró en medio de la arena, quieto y sereno, observando el resultado de su improvisación. Saga se incorporó como pudo sobre sus rodillas, y apoyó las manos sobre la roca aún caliente, observando, sin nada que pudiera hacer por evitarlo, como su propia sangre goteaba rápido contra el suelo.

-"¿Qué…?" –murmuró mediante su cosmos. No era capaz de mover sus labios para articular palabra.

-"¿Qué fue eso?" –Kanon terminó la pregunta por él, y aún sin que su garganta emitiera sonido alguno, Saga pudo escuchar su risa orgullosa en su cabeza.- "Star Hill esconde muchos secretos."

Saga, que había conseguido levantarse y mantenerse en pie a duras penas, abrió los ojos de par en par al escucharlo. Entreabrió los labios, pero permaneció mudo. Kanon lo miraba sonriente, y por un momento, no hubo sino quietud en el coliseo.

-"Star Hill esta prohibido para nosotros…" –susurró.- "No podemos..."

-"¿Y?" –Sus miradas permanecieron entrelazadas.- "¿Quién dice que no podemos? ¿El viejo?" – Saga frunció el ceño.- "Deberías subir alguna vez, apuesto que alguien como tú lo encontraría infinitamente interesante. Shion resultó más hábil de lo que nunca imaginé ocultando ciertas cosas un tanto turbias…"

-Cállate… -Kanon ladeó el rostro, sorprendido, al oírlo hablar de viva voz. Se encogió de hombros.

-¡Cómo tu quieras! –Se puso en posición de ataque una vez más, expandiendo su cosmoenergía de un modo peligrosamente parecido que la vez anterior. Pero Saga lo tomó por sorpresa quemando su cosmos con mucha más fuerza y velocidad de la que Kanon esperaba en aquel momento.- ¿Crees que puedes superar esto?

-Puedo. -Su voz sonó rota, igual que cuando alguien habla aturdido por las lágrimas. Extendió los brazos, concentrando su cosmos en sus manos, y finalmente las unió, arrojándolo con fuerza hacia su hermano.

Dejando un rastro de piedra y arena calcinada tras de si, la maraña de energía chisporroteante avanzó hacia Kanon sin distinguir obstáculo alguno. El menor de los gemelos apenas tuvo una fracción de segundo para responder, pero no fue suficiente.

-¡Otra Dimensión! –Gritó, pero fue tarde. La velocidad de la esfera era más alta. No tuvo tiempo de terminar de ejecutar su propia técnica, que sobrepasada por la potencia de aquel ataque, se derrumbó como un castillo de naipes.

-X-

Los más pequeños se resguardaron detrás de los mayores cuando la densa nube de polvo, cosmos y aire llegó hasta ellos con la potencia de un huracán. Cerraron los ojos, apretándolos con los fuerza mientras el estruendo de la gran explosión resonaba en sus oídos. Aioros en cambio, miró con desesperación en medio de la niebla en busca del resultado de aquel choque de cosmoenergías.

Incluso Shion se había movido para sentarse al borde de su silla, buscando con la mirada por las siluetas de sus dos muchachos. Tragó saliva y respiró profundamente. El tiempo transcurría especialmente lento. Su alma de guerrero, de santo y de Padre le gritaba que aquel combate llegaría más pronto de lo esperado a su final; pero la decisión habría de dolerle y emocionarles como pocas…Estaba por demás decir que su corazón estaba dividido en dos.

-¿Puedes verlos?

-No, Arles. Pero puedo sentirlos. -respondió.- Todavía están de pie.

Aioros lo miró de reojo. Se relamió los labios con nerviosismo a sabiendas que las palabras de Shion era ciertas. La pregunta era: ¿quién de los dos estaba en mejor estado?

-X-

Ambos se miraban, en un estado deplorable, retándose. Sus pulmones se quejaban del esfuerzo al que eran sometidos, y sus huesos amenazaban con no resistir otro ataque de aquella envergadura: no portaban armadura alguna. Sin embargo, los dos sabían que podían considerarse afortunados. Si Kanon hubiera dominado a la perfección la Erupción Oscura, el combate hubiera terminado con casi toda seguridad en aquel instante. Pero no lo hizo, al igual que el ataque de Saga, que aunque potente y rápido, obtuvo una respuesta inesperada con la Otra Dimensión, colapsando ambas técnicas. Todo había terminado siendo un cúmulo de casualidades que los había mantenido a ambos con vida.

-¿Listo? –murmuró Kanon entre jadeos. Todo le dolía, pero le daba igual. Estaba dispuesto a ver caer a Saga del modo en que fuera… no importaba. ¿Pero cuando se había producido aquel cambio? ¿Cuándo había dejado a Géminis en un segundo plano para centrar su ira en su gemelo? ¿Sus ambiciones…? No lo sabía. ¿Qué importancia tenía de todos modos?

Se arrojó a toda velocidad una vez más, ignorando el dolor que lo atenazaba, con el cosmos chisporroteante en su mano y con un objetivo muy claro: arrinconarlo para dar el golpe de gracia. Saga lo esperaba a unos pasos de allí, protegiéndose el costado del mejor modo posible, a sabiendas de que era su punto más débil y que con casi toda seguridad Kanon atacaría ahí.

Tenía que resistirlo como fuera.

No se equivocó. Elevó su cosmos, intentando por todos los medios de mantener el dolor bajo control, después de que el puño de Kanon lo golpeara. Ambos retrocedieron tras el choque, agotados, pero sin intención alguna de rendirse. Pero el más pequeño reaccionó primero.

Quemó su cosmos todo lo que pudo, extendiendo la Erupción Oscura tan rápido como le fue posible y cuidándose de perfeccionarla más que la primera vez.

-¡Erupción Oscura! –gritó cuando la liberó.

Saga no tuvo tiempo de contraatacar. Observó el torrente de cosmoenergía hirviente acercarse a él a toda velocidad y actuó por instinto. Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza cuando la Erupción encontró las palmas de sus manos extendidas frente a él. Fue arrastrado unos metros, hasta que aquel lacerante dolor le recordó que debía hacer algo más, o moriría en el intento.

-Vamos… -masculló mientras prendía con tal fuerza su cosmos, que comenzaba a marearse.

-¿Qué…? –alcanzó a decir Kanon mientras lo observaba reteniendo su ataque con las manos desnudas. Dio un paso atrás, algo dentro de si le decía que por muy difícil que aquello pareciera, Saga podía conseguirlo. Si lo hacía, él estaría indefenso. No había modo de… Abrió los ojos desmesuradamente. ¡Saga se estaba protegiendo con su propio cosmos! ¡Y mezclándolo con el suyo!

Si seguía así… no habría modo de pararlo.

Pero, súbitamente, todo alrededor de Saga se oscureció. Temblaba, sus manos sangrantes dolían, pero ya no había modo alguno de parar, quisiera o no. Su cosmos comenzó a tintinear, brillando en miles de colores y agitándose nervioso e incontenible a su alrededor. Millones de estrellas danzaban al ritmo de su propio corazón y, entonces, abrió los ojos.

-¡Explosión de Galaxias!

El grito robó el aire de los pulmones de Kanon. No tuvo tiempo de moverse, no tuvo tiempo de pestañear. Vio acercarse la mortífera y hermosísima esfera de energía hasta él a una velocidad vertiginosa. Solamente el dolor provocado por sus costillas cediendo ante aquella magnifica fuerza, le recordó con hirientes palabras lo que había sucedido antes de perder la conciencia.

Se había acabado.

Había perdido.

-X-

-Oh, por Athena. -aunque fue solamente un murmullo, la voz de Naiara llegó con absoluta claridad a los oídos de Deltha.

Ningún sonido más abandonó sus gargantas después de eso. Solo sus ojos, desorbitados, se centraron en el centro de arena, donde ni siquiera el viento se atrevía a irrumpir en la imponente estampa.

Dos jóvenes, idénticos en físico pero en posiciones opuestas al límite: uno remembrando el dolor de la derrota, el otro con el amargo sabor de un victoria que hundía en dolor a su propia sangre. Hermanos enfrentados que nunca volverían a verse del mismo modo.

-La diosa ha hablado. -Axelle susurró.- Veremos que tan definitiva es su palabra.

-X-

Su corazón latía tan rápido que Aioros sentía que escaparía de su pecho. No sabía como debía sentirse. Lo cierto era que deseaba que Saga ganara ese combate, tal como había sucedido. Sin embargo, del otro lado estaba Kanon; y por mas justa que pudiera haber sido la suerte, no dejaba de ser dolorosa para el gemelo menor.

Para Saga, estaba seguro, también lo era.

Sus ojos todavía se mantenían encima del par de hermanos, sobre la arena, cuando escuchó el suave tintineo de la armadura de Géminis desprendiéndose de su portador. Casi le pareció escucharla susurrar la despedida. Probablemente era su imaginación, o era el llamado del destino, pero nadie iba a quitarle de la cabeza que el ropaje de los gemelos entonaba su dulce melodía de adiós para Zarek.

-Diviértete. -Athan murmuró, pero ignorarle fue demasiado sencillo para Zarek.

Como el guerrero que era, sus pensamientos ya no permanecían más ahí, sino que estaban en el centro del Coliseo, en el chico peliazul que se había ganado el derecho de convertirse en su adversario.

Habían llegado a él como un par de niños indefensos y débiles. Habían crecido a su lado, conquistado a sus miedos y desarrollado ese último sentido que los distinguiría del resto. Se habían hecho fuertes, tanto como para retarle de cara a cara. Pero no había vuelta atrás. Zarek era consciente de todo, sabía lo que seguía.

Todo lo que había construido en años, ahora debía ser destruido por sus propios puños.

-X-

Silencio. Nada más.

Una atmosfera lúgubre y pesada reinaba sobre el graderío. Saga, que había caído sobre sus rodillas, inmediatamente después del último ataque, alzó ligeramente el rostro. El flequillo ocultaba parcialmente su mirada humedecida, y casi lo agradeció. Tosió un par de veces, y trató de enfocar la mirada.

Solo había una cosa en su mente en aquel momento: Kanon.

Recorrió la arena con la vista lo más rápido que pudo, mientras una creciente sensación de pánico se anclaba en su pecho; hasta que lo encontró. Inmóvil, el menor de los gemelos yacía en el suelo, a los pies de las gradas semiderruidas.

-No… -murmuró lastimeramente, mientras las lágrimas amenazaban con escapar, furtivas, de sus ojos.- Kanon…

Intentó ponerse en pie una vez más, buscando desesperadamente el cosmos de su hermano con el suyo propio. Su presencia se sentía tan lejana y débil, que lucía casi irreal, y aunque percibir el latido de aquella cosmoenergia prácticamente igual a la suya lo tranquilizó, el hecho de haber estado a punto de matarlo tal y como todo el mundo parecía esperar… era demasiado difícil de sobrellevar.

Tambaleándose, dio un par de pasos en su dirección. Sus oídos no percibían el modo en que la multitud iba despertando de su letargo, y sus ojos no veían nada mas que aquella silueta, hasta la que necesitaba llegar. De alguna manera esperaba que Kanon volviera a levantarse. Lo necesitaba.

-¿Kanon? –susurró cuando se acercó lo suficiente.

Pero no hubo respuesta, o al menos no la que él esperaba.

Casi como un fantasma, la impresionante silueta de Zarek, desprovisto de la armadura que siempre lo había protegido, apareció entre los hermanos. Saga se detuvo en seco al verlo, frunciendo el ceño. Lo había olvidado. Su cerebro había estado tan concretado con Kanon, que había echado al olvido a su maestro. Y ahora, el turco se alzaba allí, majestuoso envuelto en su despampanante cosmos, con una expresión plasmada en el rostro que lo decía todo aunque no hubiera pronunciado palabra.

Saga se estremeció y apretó los dientes, sin perder de vista el cuerpo inerte de su hermano.

-Impresionante. –dijo Zarek, sin un ápice de emoción en su voz.- Debo admitir que estoy sorprendido. No creí que fueras capaz de usar la Explosión de Galaxias contra él. –El peliazul escuchaba en silencio.- Pero refréscame la memoria… Creí que habías dicho que no ibas a matarlo. Y si no ibas a hacerlo… ¿Cómo es que utilizaste semejante técnica contra él? ¿Hm?

El chico no respondió. Tragó saliva y apretó los puños. Miró fugazmente sobre su hombro, en dirección al palco de honor. No distinguió ninguna figura de las que, sabía, estaban allí… observándolo. Pero no pudo evitar preguntarse qué estaban sintiendo, qué… Volteó a ver a Zarek una vez más.

-No pretendo morir hoy. –dijo al fin. El turco alzó las cejas, sorprendido ante la respuesta.- Y te guste o no… esa armadura va a ser mía, ahora.

-¿Y cómo vas a lograr tal cosa? –replicó burlón.- Déjame decirte algo. Te has impuesto a Kanon, algo previsible, por cierto. Pero el título de Santo de Géminis es mío aún. –Casi con pereza, Zarek se tronó uno a uno los dedos de sus manos.- Y tendrás que ganártelo.

Zarek nunca había sido amable, nunca había sido dulce… Ni siquiera amigable. Siempre había sentido más simpatía hacia Kanon, a quien consideraba más parecido a él mismo que hacía Saga. Y aún así, era consciente de la situación en que se encontraba. Géminis ya había elegido sucesor, lo sabía. Ella se había despedido. Sus cosmos, que habían permanecido enlazados la mayor parte de su vida, se habían separado lentamente; hasta que la Tercera Armadura había dejado de latir al mismo ritmo que él. Lo había notado desde el principio, pero aquella mañana, la despedida le había dolido. Le había herido en lo más profundo de su alma notar su repentina ausencia.

De pronto, sintió un movimiento a sus espaldas, a la vez que el gesto de Saga cambiaba sutilmente por uno lleno de alivio. Adivinó que Kanon había recobrado momentáneamente la conciencia, aunque la gravedad de sus heridas era mucha. Ladeó el rostro y sonrió apenas perceptiblemente.

-Esto es un combate de sucesión, Saga. –dijo.- Solamente uno sobrevive: el vencedor. Nadie más tiene derecho a contemplar un nuevo día en la Orden de Athena. Si pierdes… eres una deshonra. No solo para ti mismo, sino para todos. –Se esforzó por poner una dosis de veneno en cada palabra pronunciada, sabiendo que ambos hermanos lo escuchaban.- ¿Qué vida queda para un perdedor? Sin armadura, sin honor, sin constelación que te guarde… -Saga llevó fugazmente la mirada a su gemelo.- ¿Crees que estás siendo piadoso perdonándole la vida? ¿Justo? ¿Eso quieres para tu hermano gemelo? –Dejó que la risa escapara de sus labios.- No eres más que un niño ingenuo y soñador. –Se giró, lo suficiente para poder ver a los dos, y miró de uno a otro.- Mátalo y termina con su suplicio. Se un buen hermano mayor.

Kanon se sobó los ojos como pudo. Veía borroso, pero podía escuchar cada palabra a la perfección. El tormento físico que sentía en aquel momento, era algo que nunca antes había experimentado, nunca. Sin embargo, nada de eso se igualaba con la intensidad del dolor que iba mucho más allá, el que no era físico. Su ego destrozado, el rencor, el sabor del fracaso.

Miró a su hermano directamente a los ojos y apretó los puños. Zarek estaba en lo cierto en todo lo que decía. No quedaba nada para él en el Santuario desde aquel momento. Estaba condenado a ser una sombra, a ser inservible y a vivir bajo las ordenes de alguien al que consideraba su igual… al menos hasta aquel entonces.

Se sentía tan furioso… Y Saga lucía allí, inmóvil, con el rostro tan pálido como imaginaba estaba el suyo. Escuchaba en silencio, con los ojos vidriosos, y sin intención de pronunciar palabra alguna. Kanon lo sabía, pero prácticamente podía sentir el ritmo acelerado de su corazón desde donde estaba, su respiración desbocada a la que luchaba por mantener bajo control. Y sobre todas las cosas: aquella estúpida necedad que mostraba.

-Hay muchas maneras de matar a alguien. –continúo el pelirrojo con su sonrisa venenosa.- No tienes porque segar su vida para convertirlo en muerto en vida. –Concentró su cosmos en la mano derecha.- Pero eso ya lo sabes, acabas de conseguirlo con un éxito arrollador. Mis respetos, Saga. –Inclinó el rostro sutilmente, pero el gesto no era más que una burda burla.- De todos modos, si no lo haces tú. Lo haré yo. Géminis no admite perdedores.

Casi a la vez, los ojos de los dos hermanos se abrieron desmesuradamente. Zarek se movió, en apenas un pestañeo, hacia Kanon, con una única y mortífera intención. Los dos se dieron cuenta inmediatamente.

-¡No! –gritó el mayor, a la vez que su cosmos ardía con fuerza en dirección al que fuera su maestro.

Zarek se vio obligado a detenerse, y antes de que pudiera devolver el golpe, Saga se había colocado entre él y Kanon.

-¡¿Qué demonios haces, estúpido? –masculló Kanon a sus espaldas.- ¡No necesito que me protejas, no quiero que lo hagas!

-El primer día que pisé Géminis prometí que ocuparía tu lugar. Que te superaría. –Tomó una bocanada del aire que le faltaba, ignorando el dolor que le provocaban las inesperadas palabras de Kanon.- No se me ha olvidado… y a ti si pienso matarte.

Zarek frunció el ceño, y asintió. Sus ojos grises brillaron con un destello plateado y se puso en guardia. Estaba preparado para aquello. Solamente deseaba brindar un buen espectáculo.

-Que así sea.

-X-

-Ve por él.

-Pero, Excelencia…

-Ve por él, Seif. Por favor, retira a Kanon de ahí.

El santo de Capricornio llevó sus ojos hacia Orestes, en una silente consulta de lo que debía hacer o no. Intervenir en una pelea estaba terminantemente prohibido, pero cuando las órdenes eran del mismísimo Santo Padre, no había manera de refutarlas; y eso era precisamente lo que el santo de Sagitario le dejó entrever cuando encogió sutilmente los hombros.

La misma mirada recelosa de Seif se dibujó en los rostros de los demás santos dorados, sin que pasaran desapercibidas también para Aioros.

-"¿Por qué ese gesto?" -cuestionó a su mentor con ayuda de su cosmos.

-"Esto es bastante inusual."

-"¿Qué? ¿Qué Shion perdone una vida? Kanon ha perdido. No creo que su muerte sea necesaria para aclarar lo que es obvio. ¿Tú si?" -contraatacó el joven arquero.

-"No, Aioros, no lo es."

-"¿Entonces? ¿Por qué de pronto todo esto parece irritante para todos vosotros?"

-"No lo es." -insistió el mayor.- "Pero va en contra del orden natural de las cosas."

-"Entonces, si yo decido dejarte con vida, ¿también estará mal por ir en contra del orden natural de las cosas? ¡¿Eh?"

-"Si, así es." -Y por primera vez en mucho tiempo, Aioros sintió sobre si la mirada fiera de su maestro.- "¡Deja de dar vueltas a eso! Sabes como son las cosas, sabes que hay reglas que cumplir. Géminis, por encima de todas, es diferente." -Aioros se respingó con las palabras de su maestro y el inusual tono duro en su voz.- "Géminis es dual, es tan frágil como poderosa… Sus portadores no son muy diferentes a ella, Aioros. Por esa razón, solo puede haber uno solo de ellos. Así ha sido siempre."

El adolescente escuchó con cuidado e innegable inquietud lo que Orestes le decía. Apretó los puños en un expresión de completa frustración y rabia…probablemente también de desilusión.

-"¿En verdad, Orestes? ¿Quieres que Kanon muera a manos de Saga?" -el tiempo que tardó en llegar la respuesta le resultó eterno.

-"Estoy diciendo que no había visto algo como esto jamás. No tengo la menor idea de lo que podría, o no, pasar aquí. Supongo que algún día sabremos."

No hubo más palabras entre los dos.

Aioros volvió a centrar su atención en el campo de batalla donde Seif se había encargado de retirar al menor de los gemelos. Ahora solo estaban los dos contendientes: el santo reinante y el heredero de aquel linaje dorado.

La batalla real había comenzado.

-X-

Estaba agotado. El esfuerzo y la perdida de sangre lo habían recluido en una especie de limbo en medio de aquel enloquecido coliseo. Descubrió, dolorosamente, que tal y como había imaginado, la fuerza y habilidades de Zarek distaban mucho de ser las que les había mostrado durante aquellos años. El turco era bueno, sobresaliente. Asombrosamente rápido, y nunca asestaba un golpe innecesario.

Y lo que era mejor, estaba descansado.

Saga a duras penas conseguía seguirle el ritmo y esquivar sus golpes. Y en mitad de aquel caos en que se encontraba, recordó todos sus entrenamientos con Aioros. Si tan solo fuera tan bueno como él físicamente, tendría al menos una oportunidad de defenderse de aquellos envites mientras recuperaba su cosmos lo suficiente. Pero no lo era, sus habilidades eran otras muy diferentes y sobre las que tenía un control magnifico. Solamente necesitaba tiempo…

Respiró hondo, echando una rodilla al suelo mientras su pecho subía y bajaba dolorosamente. Lo miró, a través de su flequillo sucio de sangre, sudor y polvo. Y trató por todos los medios de pensar en algo: eso era lo que mejor sabía hacer.

Dio un salto atrás en el último momento, esquivando un certero golpe que iba dirigido a su nariz, y antes de que sus pies tocaran el suelo, elevó su cosmos hasta el séptimo sentido. Sabía de sobra que cuanto más subiera su nivel de ataque, más lo subiría Zarek: las cosas no dejarían de empeorar si le daba tiempo para reaccionar.

Arrojó con fuerza su cosmos hacia él, levantando la arena que se tornaba incandescente a su paso. Zarek se hizo a un lado, evitando el impacto.

-¡Otra dimensión! –gritó, mientras el vacío más impenetrable se abría tras él. Las estrellas danzaban lejanas, pero su brillo apenas podía contemplarse en medio de aquella pesada oscuridad. Sin duda el manejo de las dimensiones del maestro aún eran superiores a las del alumno.

Saga frunció el ceño cuando sintió como era arrastrado hacia el agujero negro. Pero se negó a ser engullido, aumentó la potencia de su cosmos una vez más y trató de aferrarse del mejor modo posible al inestable suelo bajo sus pies. Sabía como funcionaba aquella técnica, hasta él último detalle. Sabía cuales eran sus debilidades… y confiaba en saber como romperla.

El dorado de su energía aumentó de intensidad. La calidez que solía derrochar, fue sustituida por un aura peligrosa que quemaba solo con poner la vista en él: era como contemplar el mismo sol. Extendió las manos, concentrando su cosmos en ellas mientras las estrellas volvían a danzar a su antojo.

-¡Explosión de Galaxias!

Zarek frunció el ceño y de igual modo quemó su cosmos. Saga había descubierto el truco de la oscuridad: solamente podía ser vencida con luz. Las mismas luces y sombras que corrían por las venas de todo geminiano. Su razón de ser.

Pero aunque se esmeró en ello, no consiguió evitar el ataque. La Explosión de Galaxias del chico era sorprendentemente perfecta y dolorosa. Ahogó el dolor en el último rincón de su mente mientras el olor a carne quemada llegaba hasta sus fosas nasales en el preciso instante en que chocó contra el suelo.

Saga soltó el aire que había retenido en sus pulmones. Esbozó una mueca, que podía haberse confundido con una sonrisa triunfal: lo había tumbado. Sin embargo, no era tan ingenuo como para esperar que con aquello fuera suficiente. Zarek llevaba años de experiencia a sus espaldas y había segado más vidas de las que él pudiera imaginar. Tendría que esforzarse mucho más, lo comprobó cuando lo vio levantarse.

-No esta mal. –masculló lleno de rabia, limpiando la sangre que goteaba de sus labios con el dorso de la mano.- Pero me pregunto cuantas veces seguidas podrás ejecutarla.

Se puso en guardia una vez más y el impresionante aumento de su cosmos, dejó a todo el coliseo sin aliento. Saga lo imitó, temiendo lo que seguía y concentrándose todo lo posible por no perderse un solo detalle por ínfimo que fuera.

Contempló como galaxias enteras se erigían a espaldas de su maestro, y supo lo que veía. Solamente le había visto usarla una vez, años atrás. No sabía hasta donde llegaba su poder destructivo en realidad, pero tenía claro que no iba a rendirse, sin importar lo difícil o doloroso que fuera. No entonces, no cuando estaba tan cerca del final: tan cerca de conseguirlo.

Quemó su cosmos todo lo que fue capaz, sabiendo que aquello era lo único que lo mantenía en pie en ese momento, y dejó que las estrellas surgieran nuevamente de sus dedos y lo más profundo de su alma. Había llegado el momento de jugársela, el momento del todo por el todo.

Contempló hipnotizado el maravilloso espectáculo que habían formado en el coliseo él y Zarek, y se preguntó que era lo que podía ver la multitud que gritaba enardecida. Por primera vez, se sintió protagonista de una de aquellas historias de gladiadores del antiguo imperio: oro por sangre. Se estremeció. Era realmente repugnante. Pero ya no importaba…

-¡Explosión de Galaxias! –gritaron los dos a la vez.

Ambas técnicas se abalanzaron, la una contra la otra, a toda velocidad. Chocaron, originando una gran explosión de energía dorada que se perdió por el coliseo, y ninguno cedió en su intento por coronarse vencedor. Ignoraron el dolor, las heridas, la sangre que goteaba incansable… Solamente podían contemplar aquel maravilloso destello que cegaba sus ojos.

Tanto maestro como alumno, se vieron forzados a retroceder, pero aguantaron el envite del mejor modo posible. Jadeos de dolor, huesos quejándose hasta el extremo de su resistencia. Y entonces, Zarek vio sobrecogido como la Explosión de Galaxias de Saga iba ganando terreno a la suya. No importaba lo mucho que se concentrara por evitarlo, lo mucho que quemara su cosmos, ni lo herido que se encontrara el chico. Saga había conseguido alcanzar el control y balance perfecto de su cosmos sin que nadie se hubiera molestado en enseñarle: cuando su cuerpo no pudiera mantenerlo en pie, su energía lo haría por él. Lo estaba haciendo en aquel momento. Era imposible que el cuerpo de un adolescente, sin armadura, pudiera resistir aquel castigo sin algo más. Sin algo especial.

Ahogó un gruñido, cuando la piel de sus manos desgarradas comenzó a ceder por el esfuerzo. Vio de soslayo hacia el pedestal una vez más. Géminis lucía tan hermosa… tan deslumbrante… Ya no volvería a verla nunca más. Lo sabía. La nueva generación estaba destinada a grandes cosas: ocupar el trono, educar a la diosa, velar sus sueños… librar las guerras que ellos únicamente habían soñado.

Escuchó gritar a Saga desde donde estaba, y sonrió. Apenas un pestañeó después, toda la potencia del soberbio ataque se estrelló contra su pecho desprotegido, guiado por una mano que en aquel preciso instante perdería la poca inocencia que le quedaba. Su puño atravesó piel, hueso y corazón.

La intensidad de sus cosmos se apagó de golpe, a la vez que escupía sangre a borbotones. Buscó aquella mirada esmeralda una vez más, que apenas a unos centímetros de él, aún no había asimilado lo sucedido.

-Mocoso estúpido. –murmuró con dificultad.- Géminis es tuya.

Saga lo escuchó como si de un fantasma se tratase. Distinguió la sonrisa del turco aún en aquella situación, y retiró la mano que continuaba hundida en su pecho tan rápido como pudo. "Te odio", quiso gritar. Lo vio caer al suelo pesadamente, en medio de un charco de sangre, cuando sus propias rodillas cedieron hasta estrellarse con la roca.

Lo había matado. Había matado a un Santo de Oro.

Contempló su mano destrozada, embadurnada en su propia sangre entremezclada con ls del maestro. Su vista se nubló. Pero antes de que su conciencia terminara por abandonarlo, un cosquilleo difícil de describir inundó su cuerpo. Alzó la mirada, exhausto, y entonces, sus ojos la contemplaron.

Géminis estaba allí al alcance de su mano. Se movió, intentando acariciarla, y cuando la yema de sus dedos rozó el suave metal, el ropaje sagrado se deshizo en un estallido de cosmos, para vestir a su nuevo portador. Era cálida, agradable. Su cosmos pareció arrullarle en medio de aquella pesadilla, cuando el público estalló en júbilo.

Lo había logrado, era el primero. Era Saga de Géminis.

-X-

-Lo consiguió.

Shion asintió suavemente a las palabras de Arles y, detrás de su máscara, esbozó una sonrisa llena de orgullo y de tranquilidad. Por vez primera en muchísimo tiempo se permitió respirar en paz, sabiendo que la justicia había triunfado. Athena, en su sabiduría eterna, se había decantado por su hijo favorito.

No podía negar que la euforia del público era una que compartía mientras se ponía de pie para dar la bienvenida al primero de la nueva generación; una generación que brillaría como pocas en muchísimos años.

Miró por un segundo a su costado, donde Aioros luchaba por mantener en orden a un par de entusiasmados Milo y Aioria mientras el resto observaba con sonrisas en los labios los esfuerzos de arquero, igualmente emocionado. Aquella estampa no pudo más sino conmover el corazón del anciano. Se sentía optimista, terriblemente contento ante el futuro que se divisaba en el horizonte. Las dudas que en un momento dado le habían carcomido, parecían desaparecer lentamente. No había dudas en su mente que el destino sería grande para todos… y lo compartirían juntos.

-Por los dioses, alguien haga algo con el cuerpo de Zarek. -las frías palabras de Athan rompieron el encanto del momento, trayendo al lemuriano de regreso a la realidad.

-Tú eras el más cercano a él. -respondió Eder de Piscis sin siquiera esbozar un gesto diferente al que llevaba en el rostro desde el inicio del combate.

-Era… literalmente.

Piscis alzó una ceja con disgusto, sentimiento que solamente arreció en él cuando el alemán giró sobre sus talones dispuesto a abandonar el palco de una vez por todas.

-¿Te vas? -Orestes le llamó, sin prestar especial atención a sus acciones.

-Si. Encargaos del resto.

-Supongo que no tienes nada que decir a tu nuevo hermano de Orden. -dijo.

-Le mandaré un regalo. -Athan meneó la mano en el aire a modo de despedida y rápidamente se desvaneció del lugar.

-Pedazo de idiota.

-Déjale, Orestes. Hay cosas más importantes. -Eder volvió a intervenir, bajo la mirada curiosa del resto de sus compañeros.

-Zarek por ejemplo. No podemos dejarle ahí. -Ryoda miró a través de los largos mechones marrones que cubrían sus ojos grises.- Si os parece, me haré cargo.

Y antes de que cualquiera pudiera reaccionar, el ruso se esfumó apareciendo un segundo después en el campo de batalla. Se arrancó la capa para cubrir el cuerpo del geminiano y, con la misma rapidez con que apareció, el santo de Acuario volvió a desaparecer, esta vez con el cuerpo del turco.

-Seif está con Kanon en la fuente de Athena. Orestes, tal vez deberías hacerte cargo del chico… de Saga. -corrigió sus propias palabras.- No podrá mantenerse en pie por mucho más.-Taos de Tauro habló mientras Eder le daba la razón.

-Bastante malo es pelear con un solo guerrero con potencia de santo dorado como para hacerlo contra dos. Se lo ha ganado. Vigiladle.

-Os mantendré informados.

-Vale. Nos veremos en el funeral por la tarde. -Eder sentenció antes de dirigirse hacia la salida del palco.- Andando, Matti.

Después de verles partir, el santo de Sagitario regresó su mirada ambarina a Saga. Había dejado de ser el crío que conociese para convertirse en un joven hombre sobre cuyos hombros descansaba un destino mucho más grande de lo que podía imaginarse. Ya no era un aprendiz más, sino un santo vestido en oro y rodeado de glorias… de la misma forma en que Aioros lo sería en poco tiempo.

-X-

Con cuidado, Orestes le ayudó a recostarse en el camastro de la Fuente de Athena. Shion entró a la habitación unos pocos segundos después para observar en silencio como el cuerpo ensangrentado y amoratado de Saga era descubierto poco a poco y con delicadeza, por las manos de la curandera.

Examinó cada herida meticulosamente y después desapareció para ir en búsqueda de los materiales de curación.

-Tendré que coserte. -le dijo, a lo que Saga respondió chasqueando la lengua y apretando los dientes.

Miró en otra dirección cuando sintió la aguja atravesando su piel. Casi se sentía peor que cualquier golpe de Kanon o Zarek, por no hablar de las molestias que el hilo ocasionaba al tirar de los bordes de la herida. Aún así, aguantó, estoico.

Cuando por fin la última de sus laceraciones fue cerrada y los vendajes cubrieron cada zona maltrecha de él, el gemelo se permitió respirar con un poco de alivio. Dolía endemoniadamente, y lo haría por días, pero de alguna forma estaba aliviado de que todo aquel infierno hubiera terminado… al menos por el momento. De pronto, recordó. Intentó levantarse, pero de inmediato Orestes le obligó a recostarse de nuevo.

-¿Y Kanon? ¿Dónde está? ¿Cómo está? -preguntó.

-Está en la habitación de al lado. Se encuentra bien. -respondió el santo de Sagitario.- Tú necesitas descansar, sobreponerte a las heridas. Después podréis hablar todo lo que queráis. Además, Kanon todavía esta inconsciente.

-Pero…

-Todo terminó, Saga. -el gemelo le miró fijamente.

-Te equivocas. Esto apenas comienza. -musitó, con una seguridad tal, que el moreno no pudo sino fruncir el ceño.

-Haz como Orestes dice, hijo. -Shion intervino.- Yo estaré al pendiente de él. Cualquier novedad, te lo haré saber. Duerme. Te hará bien.

El lemuriano encendió su cosmos de forma sutil para reconfortarle. Se quedó ahí, mirando mientras la calidez de su cosmos le adormecía lentamente. Se acercó al ver sus ojos esmeraldas casi cerrados y acomodo la larga melena enredada.

-Lo hiciste bien. Lo hiciste muy bien. -le susurró.

-X-

Aioros irrumpió en la Fuente de Athena como un torbellino. No se molestó en nada más que avanzar a través de los pasillos en busca de la pequeña habitación en la que sabía estaba su convaleciente amigo.

Moría de ganas por verle, por darle la enhorabuena después del gran momento que acababa de terminar. Tenía tantas cosas que decirle, que con toda seguridad terminaría siendo expulsado de la habitación después de dos minutos, pero poco le importaba. Tenía que verlo, tenía que hablar con él. ¡Lo había conseguido!

Sin embargo, tan pronto había encontrado el cosmos agonizante de Saga y posado su mano en el pomo de la puerta para abrirla, alguien le detuvo.

-¿Aioros? ¿A dónde crees que vas? -se detuvo en seco al oír la suave voz de la sacerdotisa sanadora a cargo del lugar.

-Eudora. -murmuró su nombre.- Solo quería verle. Será rápido, lo prometo.

-Lo lamento, pero no puedes entrar. Saga no quiere ver a nadie.

-Ya, pero vengo solo y …

-A nadie, Aioros. Lo siento. -agregó al observar el rostro desconcertado del castaño.- Está agotado y malherido. Quizás cuando se sienta mejor llame por ti.

-Si. Es solo que… -encogió los hombros y dejó escapar el aliento.- De verdad quería hablarle.

-Pronto estará más recuperado y lo harás. Ten un poco de paciencia, muchacho. -respondió mientras regresaba por el pasillo hacia la primera habitación, cerca de la entrada al edificio, donde su pequeño despacho rebosaba de pociones, hierbas y aromas exóticos.

Aioros iba detrás de ella, inusualmente callado. Todo el ánimo y la euforia de unos minutos antes se había extinguido, y solo le quedaba un profundo sentimiento de desasosiego que no podía evitar.

Saga no quería verle. ¡No quería! ¿Por qué?

Comprendía que estuviera agotado, la pelea había sido a límites. También entendía lo que implicaba haber sido el ganador… a costa de su propio hermano, pero de poco o nada le servía todo eso cuando se sentía rechazado. A su vez, la preocupación que le carcomía gritaba en su interior que aquello no estaba bien. Saga dominaba con maestría el arte de la indiferencia, lo sabía de sobra, pero jamás había sido parte de quienes el gemelo deseaba lejos. Aioros siempre había estado ahí, a su lado, como su amigo… y de pronto no quería verle.

Se preguntó lo que pasaba por la mente de su amigo y, por una vez, no pudo responder a sus propias cuestiones. Quizás todo pasaría después. Quizás él mismo estaba siendo ingenuo o molestosamente insistente, como siempre.

-¿Y Kanon? -preguntó de pronto.

-Está bajo observación. No solamente está exhausto, sino que sus heridas son un tanto más delicadas que las de su hermano. No debes preocuparte, se recuperará en unos días.

La mujer retomó rápidamente sus actividades mientras el castaño la observaba desde un rincón de la pequeña habitación. De vez en vez, ella lo miraba de soslayo, esperando que se atreviera a hablar de aquello que surcaba su mente. En un par de ocasiones sus miradas se encontraron, pero el joven arquero no hacía nada más que sonreírle con tristeza.

-Ánimo, Aioros. -Eudora le dijo sin dejar de prestar atención a la rara mezcla de hojas en las que trabajaba.-Te recibirá tarde o temprano.

-Pero…

Aunque la doncella esperó porque el chico continuara, no lo hizo.

Aioros bajó la mirada, visiblemente afectado por el inesperado giro de las cosas y, sin decir nada más, se puso de pie para caminar hacia la salida. Antes de salir se detuvo y miró por encima de su hombro, con la tristeza aún tatuada en sus ojos azules.

Eudora podía leer cada sentimiento en su mirada, en los gestos melancólicos que el aprendiz no podía ocultar. Alzó una ceja, curiosa ante lo que Aioros luchaba por decirle. Lo vio sacarse a si mismo una sonrisa forzada pero que, en el fondo, era ciertamente sincera. Al fin, el joven se atrevió a hablarle mientras ella escuchaba en silencio y comprensiva.

-Dile que vine a verle, por favor. -dijo.- Volveré después y cada día que esté aquí, hasta que decida recibirme. Dile que… -meneó la cabeza negándose a si mismo y a sus palabras.- Solo dale la enhorabuena por mi.

Se despidió con un sutil movimiento de mano para desaparecer con la misma rapidez con que había llegado.

Volvería… si que lo haría.

-X-

El cortejo fúnebre era ciertamente desangelado, aunque perfecto en cuestiones protocolarias. Todo aquel que fuese subordinado directo del fallecido geminiano estaba ahí, montando guardia ante la pira funeraria que habría de encenderse pronto. Sus hermanos de Orden también estaban presentes; el destino del turco no era distinto ni muy lejano para ellos. Antes de lo que esperaran, serían ellos quienes ocuparían la cama de heno que marcaría el inicio del último viaje para sus almas.

El viento soplaba con fuerza, buen presagio de que las llamas ardería vigorosamente hasta consumir el cadáver. Más pronto de lo que esperaba, Zarek estaría cruzando la Estigia para no volver jamás.

-Que Athena guíe tus pasos y sea piadosa con tu alma. -Shion colocó la moneda de oro sobre sus ojos y bajó trabajosamente de las escalinatas de madera que se había dispuesto para él.

Asintió para dar la Orden, y un par de segundos después, el fuego devoró la gran pira, cuyo humo negro subió rápidamente hasta lo más alto del cielo.

Las cabezas de todos se tornaron gachas y un último saludo de despedida fue entregado al fallecido mientras el suave sonido de la lira entonaba una melodía cargada de nostalgia.

-Descansa en paz. -musitó el Gran Maestro mientras el cielo se teñía con los tonos rojizos del atardecer.

-Continuará…-

NdA:

Damis: Adios Zarek, voy a extrañarte mucho T_T

Todos: ...

Damis: T_T

Todos: e_e e_e

Shion: Tenemos nuevo Santo de Géminis. *^^*

Saga: U.U

Aioros: :D

Kanon: ...

Sunrise: Ya e_e ¡Donde Todo Empieza tiene grupo en DeviantArt!

Aioros: ¡Visitadlo y participar! ^^ Es divertido :D Encontrareis la dirección en el profile.

Sunrise: ¡Replies en su mail y en el profile!

Damis, Saga, Kanon: T_T

Sunrise, Aioros: U.U