Capítulo 21: Tiempos de cambio

Aioros reprimió un suspiro mientras sentía que algo dentro de él temblaba. Asintió torpemente, con las palabras de Shion aún resonando en sus oídos.

Lo que menos esperaba al ser convocado por el Maestro era precisamente esa noticia. La realidad era que pensaba que transcurrirían varios meses más antes de enfrentar aquel momento, por lo que la noticia de que su combate contra Orestes distaba solamente un par de semanas le había caído como un balde de agua fría.

Miró de reojo a su derecha, donde Orestes escuchaba con atención a las misma palabras que él, aunque su rostro, estaba seguro, guardaba mejor las apariencias. El santo de Sagitario se había mantenido en silencio, con las mechas de cabello azabache cubriendo su mirada de oro, que permanecía fija sobre el Gran Maestro. Si le observaba con cuidado, Aioros casi podía asegurar que su respiración era ligeramente más pesada de lo usual, aunque no podía asegurar si era ansiedad, emoción o cualquier otro sentimiento.

-Prepararos, que el tiempo se ha vencido. –sentenció Shion, dejándoles sin lugar a réplica.

El castaño asintió de nuevo y, al contemplar el movimiento de mano de Shion que le autorizaba a marcharse, le ofreció una reverencia y giró sobre sus talones, dispuesto a no mirar atrás mientras abandonaba el salón.

Una sola cosa pasaba por su mente: era demasiado pronto.

Se había prometido encontrar la forma de obtener su armadura sin cobrar la vida de su maestro a cambio, pero hasta ese momento no tenía la menor idea de cómo conseguirlo. Chasqueó la lengua tan pronto se supo fuera del salón y apresuró el paso, hacia las escaleras zodiacales.

-"Maldita sea." –pensó mientras descendía. Había sido tomado con la guardia baja por aquel decreto.

Entonces, se detuvo por un instante, como si un impulso incontenible de su cuerpo le hubiera obligado a hacerlo. Cerró los ojos y respiró profundamente en busca del último ápice de calma que pudiera haber en si.

Tenía que tranquilizarse, pensar con claridad y actuar de manera acorde. Era cuestión de minutos antes de que todo el mundo se enterara de que la pelea de sucesión por Sagitario había sido convocada; todo el mundo hablaría pronto de ello. Pero él tenía que mantenerse enfocado, atento a su objetivo.

De pronto, recordó.

Saga saldría ese mismo día de la Fuente y él tenía toda la intención de darle la bienvenida a Géminis. En un santiamén se esforzó por desechar cualquier otra emoción que opacara los deseos de ver a su amigo, de congratularse con el éxito obtenido. Le echaba muchísimo de menos y esta vez no estaba dispuesto a tomar una negativa para hablarle.

Así, la siguiente parada sería en Géminis. Tenía que darse prisa… tenía que estar ahí para recibir al nuevo señor del tercer templo.

-X-

Incluso el siempre correcto Santo de Altair parecía tener prisa esa mañana. Atravesó a toda velocidad los corredores del Templo Papal y solamente se detuvo cuando la puerta del despacho de Shion estuvo frente a él. Sin pensarlo, tocó a la puerta y, tan pronto escuchó la voz del Maestro autorizando su entrada, se apresuró a abrirla para asomarse dentro de la habitación.

-Maestro. –saludó escuetamente cuando la mirada del anciano se fijó en él, pero de inmediato continuó, sin siquiera darle de tiempo de responder a su saludo.- Acabo de enterarme. ¿Has adelantado el combate de Sagitario? ¿Por qué?

-Arles, siéntate. –el lemuriano sonrió ligeramente al observar el rostro, entre desencajado e incrédulo, de su siempre fiel ayudante.- Respira, respira, muchacho.

-Faltan más de cuatro meses para que la constelación de Sagitario reine en el cielo. ¡Es una tradición ancestral que los santos dorados reclamen su armadura en el albor de su signo! ¿Qué sucedió? ¿De qué me perdí?

-Lo sé, lo sé. Todo lo que me dices, Arles, es correcto. Pero Aioros está listo, no hay necesidad de esperar más.

-Comprendo. –el rubio asintió.- Sin embargo, también sé que hay algo que no me estás diciendo.

Una vez más, el Patriarca esbozó una tímida sonrisa.

Arles le conocía bien… demasiado bien. Mentirle ciertamente no era alternativa, de la misma manera en que contarle toda la verdad tampoco era del todo necesario. Así, el antiguo carnero bebió un sorbo de su té de hierbas y sembró su mirada cansada en el santo que le hacía compañía. Alejó todos los documentos en los que trabajaba y se acomodó en su silla, dispuesto a entablar aquella conversación.

-Aioros está listo para Sagitario, y Sagitario está lista para él. –comenzó.- Las estrellas han hablado, Arles, y la ascensión de Aioros no es todo lo que han dicho.

-¿De qué hablas?

-Esta impaciencia es poco propia de ti. Déjame continuar. –Arles se respingó y, con una mueca que a Shion le resultó de lo más graciosa, permitió que continuara.- Hay decisiones importante en el horizonte y noticias más que reconfortantes también. La llegada de la princesa es cada vez más cercana, por lo que la guerra santa se aproxima rápidamente a nuestros tiempos. La Orden necesitará unos hombros jóvenes y fuertes que sean su soporte.

-Maestro, ¿estás…?

-Todo llega a su final y mis días sobre esta Tierra no son la excepción. –suspiró.- Un sucesor deber ser nombrado y entrenado antes de que deba irme. Sabes bien que las dos opciones reales son ellos: Saga y Aioros. Ambos son el futuro de esta Orden, aunque solo uno de ellos esboce el título.

Arles tragó saliva, arrugando el ceño sin siquiera notarlo. Sus manos se cerraban con fuerza sobre el descansa brazos de su silla mientras se sentía incapaz de pronunciar palabra alguna.

Todo lo que Shion decía, de una forma u otra, él lo sabía. Sabía que el tiempo del descenso de Athena era cada vez más cercano y también que la salud del lemuriano se deterioraba con el pasar de los días; pero le era terriblemente difícil aceptar que las cosas cambiarían en tan poco tiempo.

-Pero…

-No, Arles, no peros. Todo esto es necesario e inevitable, lo sabes mejor que nadie en este lugar. Además… -Shion hizo una pausa, encontrando con su mirada a la de su entrañable amigo.- …ellos van a necesitarte.

-No, Shion…

-Déjame continuar. –insistió por enésima vez.- No podré enseñarles todo lo que significa ser Patriarca, sin importar cuanto lo intente. Siempre habrán dudas que deban ser satisfechas, y dubitaciones que sé, nadie podrá manejar mejor que tú. Cuando yo no esté, será en ti en quien ellos confíen.

-No sé si decir pobres de ellos, o pobre de mi. –meneó la cabeza mientras la risa cálida de Shion se dejaba oír.

-Podréis con ello, Arles. Os tengo plena confianza.

Una vez más, aquel rostro de expresión graciosa apareció en el siempre serio santo de Altair. No dudaba de Shion y su confianza, sino que temía no poder llenar el vacío que dejaría en el par de adolescentes… y así sería.

Permaneció en silencio mientras observaba al Gran Maestro sorber un poco más de su bebida humeante. Le resultaba difícil, sino imposible, imaginar el Santuario sin el viejo santo de Aries… Todavía más, le resultaba complicado pensar en que el destino de una Orden milenaria como la de Athena recayera en un par de jovencillos que apenas comenzaban a ver la vida a través de los ojos de un guerrero de élite.

Quizá Gigas y los demás consejeros estaban en lo cierto, y el Maestro estaba tomando una decisión a la ligera; o quizá el futuro se presentaría de las formas más inesperadas. Lo único que él podía hacer era esperar y apoyar el buen juicio de un hombre repleto de experiencia, que nunca les había fallado.

Entonces, en el instante que la mirada rosácea del lemuriano volvió a caer sobre él, Arles ladeó la cabeza en espera de sus comentarios y guardó sus pensamientos para si.

-No pienses más en eso. –le dijo Shion.- Tenemos la segunda de las grandes batallas de sucesión a un par de semanas.

-Cierto. Tenemos muchos preparativos.

-Y… hoy será un día ocupado. –suspiró.

-¿Qué tienes planeado?

-Hablaré con Kanon… -su mirada se entristeció repentinamente.- …y más tarde debo hacer lo mismo con Saga, le haré entrega de su primera misión. Será un día de altibajos, Arles.

-Lo será. He de desearte suerte, entonces. –el santo se puso de pie mientras Shion asentía, agradeciendo de esa forma sus buenos deseos.

Después, con una última reverencia, el santo de Altair se retiró con muchas más preguntas que con las que había llegado.

-X-

-Debes tener cuidado, al menos los primeros días, con lo que haces. Han sido malas heridas. –Kanon asintió ante las palabras de Eudora, mientras se ponía con cuidado una camiseta limpia. En realidad, no la prestaba demasiado atención, había tenido suficiente en aquellos días y lo único que quería era salir de allí cuanto antes.- ¡Maestro! Buenos días. –Inmediatamente, cuando escuchó aquellas palabras, el peliazul alzó el rostro.

No tardó en toparse con la faz metálica de la máscara del Patriarca y se vio forzado a acallar una maldición. Escuchó como, amablemente, se despedía de la mujer; y decidió que lo mejor sería buscar asiento de nuevo. Algo le decía que aquella iba a ser una larga conversación.

Observó como, con una parsimonia que le resultó terriblemente irritante, Shion tomaba asiento frente a él. Una vez que estuvieron solos y la puerta, su única vía de escape, se hubo cerrado; el lemuriano se despojó de la máscara. Sus centenarios ojos rosados se clavaron en él, con una aparente calma que lejos de tranquilizarlo, puso todos sus sentidos en guardia.

-¿Cómo te encuentras?

-Bien. –replicó encogiéndose de hombros.

-Me alegro mucho de que así sea.

Kanon no dijo nada. Continuó mirándolo, con aquellos ojos que eran capaces de atravesarlo todo, y dando rienda suelta a sus pensamientos. Existía la posibilidad, remota para él, de que en verdad Shion sintiera alivio de que estuviera bien. Pero sabía de sobra a que se debía la visita, precisamente en un momento como aquel, y se sentía ansioso por ver como afrontaba el viejo todo aquel asunto.

-Hay algo de lo que tenemos que hablar, ¿no crees? –Y ahí estaba, al fin.

-No puedo imaginar el qué… -respondió burlón encogiéndose de hombros.

-Kanon… -el chico guardó silencio. Podía estar desencantado con todo el mundo, pero no era estúpido.- ¿Sabes que la pena por violar una ley importante en el Santuario es la muerte?

-Aja. –murmuró asintiendo, sin un ápice de preocupación.- Son tus santos dorados quienes ejercen de verdugos, lo se. –Los lunares de la frente de Shion, se arrugaron.

-Star Hill esta vetado. La presencia en ese lugar de alguien más que no sea el Patriarca, esta prohibida desde hace milenios, ni siquiera Arles tiene permiso.

-Siempre me pregunté por qué. –Respondió con frescura.- Pero ahora lo entiendo, Maestro. Incluso la Orden de Athena tiene muchos trapos sucios que esconder bajo la alfombra, ¿no?

-Tus infantiles muestras de rebeldía no me impresionan en lo más mínimo. –La absoluta calma con la que el lemuriano respondió, lo estremeció. No lo respetaba del mismo modo en que lo hacía tiempo atrás cuando, incluso, lo idolatraba; pero era el Patriarca desde hacia doscientos años por un buen motivo. Era un factor que no debía olvidar. Apretó los dientes.- Has sido valiente, y a la vez irreflexivo, yendo a Star Hill. Ese templo, como tú mismo has comprobado, esconde muchos secretos de distinta envergadura. Has desempolvado la historia de Géminis y no estas preparado para comprenderla en toda su magnitud.

-¿Por qué la escondes? ¿Te avergüenza que un santo brillante se vendiera al lado oscuro y otro, que aparentemente os avergonzaba, lo reemplazara? ¿O lo escondes precisamente porque es Géminis?

-Exacto. Es Géminis. –Nunca mencionó que uno de sus mayores miedos era, precisamente, que aquella historia se repitiera.- Y ahora comprendo que tú mismo, siendo uno de sus herederos, desconoces su propia esencia. Podéis ser fuertes, soberbios; pero sois asombrosamente delicados en vuestro interior. Cada ropaje sagrado tiene una personalidad propia, un carácter. Portar esa armadura supone un reto más complejo de lo que crees, pues ella es el vivo ejemplo de la dualidad de vuestro signo y pone en jaque, cada segundo que la vestís, vuestra fuerza mental.

-¿Por qué me dices esto a mi? Explícaselo a tu Santo de Géminis. –Shion no dijo nada, pero el desden en la voz del menor era evidente. Imaginaba que hacer razonar a Kanon con aquel asunto iba a ser una tarea imposible, y empezaba a comprender que las cosas con el chico, estaban lejos de mejorar.

-Saga descubrira su propio camino él solo, nadie puede ayudarle con eso. Y tú, tienes terminantemente prohibido usar la Erupción Oscura, Kanon. Has tenido suerte de que únicamente dos personas en toda la Orden sepamos su origen, porque entonces, hubiéramos tenido que enfrentar una desagradable situación en la que no me gustaría verte metido.

-¿Dos personas? –respondió con otra pregunta mientras una sonrisa burlona se plasmaba en su rostro, suficiente para que el Patriarca se convenciera de que quizá la curiosidad por aquel asunto ya había sido inoculada, como un veneno, en Saga.- ¡No veo que tiene de malo usarla!

-Es un arma forjada en el destierro. No comprendes la esencia de ella, ni tampoco la de su creador. Deuteros no la creo como medio para canalizar su odio.

-Seguramente no. –respondió irónico. Shion guardó silencio, mirándolo a los ojos, en lo que terminó siendo un duelo de voluntades por ver quien cedía primero.

-No se en que momento te perdimos, Kanon. Solo espero que encuentres el camino de vuelta antes de que sea tarde para ti, y todos los demás.

-¡¿Me perdisteis? ¡No seas hipócrita! Nunca he sido el más brillante, ni el más dócil, ni tu favorito. Para eso siempre tuviste a Saga. Pero, dime. Piensas en él como tu sucesor desde hace años, ¡¿desde cuándo lo viste como tu santo? –gritó, frustrado. El lemuriano escuchó atónito cada una de sus palabras, y el peliazul se permitió disfrutar cada gesto de sorpresa.- ¿Qué sentido tenía hacerme pasar por toda esta mierda si ya tenías decidido que él era quien importaba de los dos?

-Eso nunca fue así. –Sorprendido de que Kanon conociera tantos detalles que pensaba eran secretos, por primera vez en siglos, el Maestro se vio en un aprieto del que no sabía como salir.

-Oh, venga ya. –gruñó poniéndose en pie.

-Nunca intervine en los designios de las estrellas.

-¡Pues todo ha salido convenientemente bien para ti! –espetó.- Así que, mi enhorabuena. Saga es todo lo que yo no soy, jamás va a reclamarte nada, y acatara cada decisión tuya como si la hubiera pronunciado un dios. Supongo que es un placer tener subordinados así. Disfrútalo mientras puedas.

-La derrota siempre es amarga, Kanon. –suspiró.- Pero cuando un ser querido triunfa por encima de nosotros, es nuestro deber levantarnos y enorgullecernos. Un santo debe saber encajar la derrota. Es tu hermano.

-No, ya no lo es. –la respuesta le dolió en lo más profundo del alma a Shion.- Y yo tampoco soy un santo, ni lo seré.

-De verdad espero que cambies de idea. Recapacita antes de que sea tarde. La vida que nos ha tocado vivir nos condena, inevitablemente, a la soledad. Tú tienes la suerte de tener un hermano gemelo, ambos sois afortunados, os unen lazos que nadie puede romper salvo vosotros mismos. Y si se rompen… llegará un momento, antes o después, en que lo lamentareis. No dejes que suceda. El odio no es el camino.

-Ahórratelo, Shion. –dijo justo antes de darse la vuelta, y desaparecer por ella.

-X-

Tan pronto hubo llegado a su templo, Orestes se deshizo de Sagitario, permitiéndose un respiro después de la revelación del Gran Maestro. Tronó su cuello, sintiéndose inusualmente tenso y caminó con parsimonia hacia el gran sillón en el salón de sus privados, donde se dejó caer.

Desparramó su cuerpo sobre el cómodo mueble mientras perdía la mirada en los altos e imponentes techos de su templo. Curiosamente su mente estaba en blanco, sin que nada en particular pasase por ella. No estaba seguro de que era lo que sentía, ni tampoco de cómo explicar la incipiente ansiedad que había anidado en su pecho. Lo único de lo que estaba seguro era que, de la manera más inesperada, el momento de la verdad se había acercado a pasos agigantados a él, y que el final de la historia era ya inevitable.

Sin embargo, justo cuando su cabeza comenzaba a adentrarse en los intrincados caminos que representaban las opciones de su oscuro futuro, algo más llegó para robar su atención.

-¿Orestes?

-Rai. –se incorporó con rapidez.- No escuché que entraras.

-Estabas distraído. ¿Qué sucedió? ¿Qué quería el Maestro?

El santo no respondió, puesto que no sabía que decir exactamente.

Había pensado detenidamente la situación en miles de ocasiones, pero nada le había preparado para enfrentar el destino de aquellos de su estirpe con tanta presteza; y la principal razón de esa resistencia estaba frente a él, con la angustia tatuada en el rostro.

Raissa se había convertido en lo único que podía considerar suyo. Era su escape y a la vez su conciencia. Cierto era que había hecho mal en… acercarse a ella de esa manera, que se había equivocado al albergar esperanzas que no existían; y sobre todo, en pensar que podría dejar atrás aquella relación que habían cultivado.

-El Maestro hizo un anuncio. –dijo, al sentir como un segundo silencio potenciaba el nerviosismo de la doncella.- Decidió que el momento de entregar Sagitario llegará en quince días, no en noviembre, como se esperaba.

-Oh.

Raissa no pudo decir nada más y él tampoco lo hizo, no tenía nada más que decir. En silencio la vio morderse los labios y agachar la mirada. Después, lentamente, la doncella caminó hasta el sillón, tomando asiento a su lado.

Sus dedos se entrelazaron con los del santo y Orestes los sintió inusualmente fríos y temblorosos. Posó su mano sobre la de ella mientras soltaba un suspiro incontenible.

-¿Qué se supone que debo hacer? –musitó la doncella.

-No lo sé… y tampoco me siento con derecho para tomar una decisión por ti.

Sin que Raissa lo esperara, el santo de Sagitario se levantó de su lado y se sentó en la mesilla del centro, para quedar justo frente a ella. Al igual que la joven, no sabía que decir, ni tampoco tenía la menor idea de lo que acontecería con ella después de que él no estuviera. Solo sabía una cosa: con, o sin él, Raissa tenía que seguir con su vida.

-Rai, sabíamos que este momento iba a llegar tarde o temprano. –continuó hablando.- Mi vida, al igual que las del resto de mi Orden, se suponía corta desde el principio. De algún modo, mi función aquí terminó. Lo único que queda es… -pero antes de que pudiera decir una palabra más, la mano de Raissa se posó sobre sus labios, impidiéndoselo.

-No lo digas, por favor. –suavemente, él la retiró, depositando un beso en ella.

-Hay algo más en este mundo para ti. Este es tu hogar, Rai, si deseas quedarte aquí puedes hacerlo aunque yo no esté; si deseas marcharte, también eres libre de hacerlo. Solo voy a pedirte algo. –volvió a besar su mano.

-¿El que?

-Sigue adelante. –la doncella pestañeó, sin entender del todo lo que decía, o sin desear hacerlo.- Olvídate de mi. Es lo mejor para ti.

-Hablas como si tal cosa fuera sencilla.

-No digo que lo sea, pero tendrás que hacerlo.

-Deja que sea yo quien decida eso. –la doncella susurró.

Orestes guardó silencio de nueva cuenta. A decir verdad, Raissa estaba en lo cierto; esa era una decisión que le pertenecía solamente a ella.

-Tienes razón. Lo siento.

-No, no es culpa tuya. –acarició su rostro.- Es solo que… ¿olvidarte? ¿Tú me olvidarías? –buscó la mirada gacha del santo.

-Jamás.

-Entonces, no me pidas que haga lo mismo contigo.

El moreno se quedó sin palabras. Dentro de todo lo que acontecía, todo lo que Raissa le decía cobraba sentido para él. Iba a extrañarla, iba a dolerle dejarla así, pero tampoco tenía más remedio.

-Lamento haberte arrastrado a esto.

-Te quiero, y no hay nada que perdonarte, ni nada de que arrepentirnos. Ambos sabíamos que este instante llegaría, Orestes. No es culpa tuya, ni mía. Todo estaba predestinado a ser así.

Al santo no le quedó más remedio que asentir, aunque el remordimiento de causarle daño seguía presente.

-X-

Acababa de descubrir que no le gustaban los médicos, ni las enfermerías; mucho menos aún cualquier tipo de instrumento de los que pudiera encontrar allí… Solo de pensar en aquellos días encerrado en la inmaculada habitación de la Fuente de Athena, sentía escalofríos.

Sin embargo, en medio de aquella soledad con olor a desinfectante, había tenido mucho tiempo para meditar, para caer en la cuenta de lo cerca que había estado todo de torcerse, y para ir acostumbrándose a su nuevo rango. No había recibido más visitas que las de Shion, o al menos, no había querido tenerlas. Eran demasiadas las cosas que tenía que asimilar de golpe, y la realidad era, que lo menos difícil de todo parecía ser el Santo de Géminis.

De la noche a la mañana había descubierto que era mucho más fuerte de lo que había pensado, él mismo y probablemente todos los demás. Había averiguado que era capaz de matar, con una facilidad sorprendente… aunque no dejará de ver la expresión burlona de Zarek, bañado en sangre, cada vez que cerraba los ojos. Pero lo peor de todo, era el hecho de que, casi con toda seguridad, había perdido a Kanon para siempre. A partir de aquel momento, algo dentro de sí le decía que tendría que caminar solo.

Suspiró justo en el momento en que Géminis se dibujó en el horizonte soleado, reluciente. Nunca antes el camino a casa le había parecido tan largo. El tercer templo era finalmente suyo. Pero contrario a lo que había imaginado, en lugar de sentir alivio, un escalofrío recorrió su espalda cuando posó sus ojos en su contorno majestuoso. Se sentía vacío, lúgubre. Solamente le quedaba rezar a todos los dioses conocidos porque alguien hubiera tenido la amabilidad de sacar todas las cosas de Zarek de allí. La sombra del turco era alargada, lo sabía, pero pretender que nunca había pisado aquellos suelos le pondría las cosas más fáciles, o al menos eso pensaba.

Apenas se dejó acariciar por la fresca oscuridad que le proporcionaban las columnas, reparó en la silueta que esperaba, sentada en las escaleras, con la mirada perdida en algún punto de la hermosa armadura de Géminis, que descansaba en su pedestal. Se sopló el flequillo, y entreabrió los labios dispuesto a decir algo, pero ningún sonido salió de ellos.

Mas, como si aquello hubiera sido suficiente, el visitante alzó la vista y lo miró directamente a los ojos. No tenía la menor idea de por qué, pero de pronto, la mirada cerúlea de Aioros resultaba más intensa de lo que podía soportar en aquel momento.

-¡Al fin! –celebró el arquero poniéndose en pie de un salto. Saga ladeó el rostro levemente, y esbozó una sonrisa cansada.- Pensé que ibas a tomarte vacaciones indefinidas… -Dio un par de pasos hacía él, y de pronto se tornó serio.- Un momento. ¿Puedo tratarte así, Señor Santo de Géminis? ¿Debo inclinarme?

-Saga de Géminis es suficiente. –murmuró. El arquero amplió la sonrisa un poco más.

-Suena bien. –El peliazul asintió, sabía que aquellas palabras trasmitían un orgullo especial.- Lo conseguiste. ¿Cómo estas?

-Creo que pasé una eternidad en la Fuente… –respondió fugazmente. Nunca se le había dado bien hablar de si mismo, y aquel tema en concreto era uno que prefería evitar.

-No podías recibir visitas. –Aioros lo conocía lo suficiente como para saber que aquello no había sido más que un torpe intento por desviar el tema del conversación de lo que de verdad pesaba en sus mentes: el combate. Pero había derivado en un asunto igual de incómodo.

Saga se sopló el flequillo, lamentando hacerlo segundos después, cuando las recién cicatrizadas heridas de sus labios se quejaron. Asintió suavemente, con la certeza de que ambos sabían que, en realidad, no había querido ver a nadie. No podía explicar los motivos, nunca encontraría las palabras necesarias para describirle a nadie como se sentía en aquel momento: esa rara mezcla entre una euforia desmedida y la más profunda de las tristezas. Prefería callar.

-Fuiste cada día. –Esta vez fue Aioros quien asintió, pero a sus palabras le siguieron un raro silencio del que ninguno tenía muy claro como salir. Extendió su mano, aún vendada, hasta que las sensibles yemas de sus dedos acariciaron la extremadamente suave superficie de oro.

Géminis pareció enloquecer de emoción ante la delicada muestra de cariño y admiración. Una suave vibración emergió de ella, mientras su propio cosmos se mezclaba alegremente con el de su nuevo dueño. Saga se encontró sonriendo mientras su mirada se perdía en los miles de destellos dorados que danzaban a su alrededor.

-Esta así desde que le presté mi sangre…

-¿Qué se siente? –preguntó Aioros a su lado, observándola, igual de fascinado que él. Deseaba sacarle todas las respuestas a sus preguntas, pero también sabía que quizá no era lo más adecuado por el momento: debería esperar. Saga era tan hermético como frágil.

-Es… -Saga se encogió de hombros.- Es una sensación difícil de describir. Es como si hubiera escalado la cima más alta de la tierra y estuviera a punto de saltar al vacío; como si fuera invencible... -El arquero no sabía que era, pero definitivamente había algo distinto en su viejo amigo.

-Casi siento envidia.

-Pronto tendrás la tuya.

-Ya.

A Saga, que lo miró de soslayo, no le pasó desapercibido el gesto grave de Aioros al mencionarlo. Alzó una ceja, con curiosidad. Sabía bien que el único sueño del arquero era vestir la novena armadura, como a él mismo le había pasado hasta hacia no demasiado tiempo. Sin embargo, ahora mejor nunca, era conocedor de lo que suponía tal logro.

-¿Te preocupa? –se sorprendió a sí mismo por formular la pregunta en voz alta.

-¡No! No… -Aioros negó rápidamente con el rostro, y después desvió la mirada a otro lugar.- Es solo que… -De pronto, tener a Saga delante, ya no era tener solamente a su amigo del alma… era estar frente a un Santo Dorado.

-Orestes. –No necesitaba decirlo, sabía bien que había dado en el blanco. El arquero lo miró fugazmente, con aquel gesto de fastidio que mostraba siempre que sus suposiciones se adelantaban a sus propias explicaciones. Se encogió de hombros.

-Será lo que tenga que ser.

-Exacto. No tiene mucho caso darle vueltas al asunto.

-Supongo que no… -Aioros se apretó la cinta de la frente, como siempre hacía cuando estaba nervioso y se aclaró la garganta.- Supe que Kanon saldrá pronto, quizá hoy.

Aunque no hubiera estado mirando, le hubiera resultado imposible no darse cuenta del repentino sobresalto que sufrió Saga solo ante la mención de su hermano. Casi inmediatamente, Aioros se arrepintió de haber sacado ese tema a relucir.

-Eso dijo Eudora. –respondió secamente. El castaño asintió, sin saber bien como continuar, pero la curiosidad y preocupación que sentía ante ciertos acontecimientos, lo carcomía.

-Esa técnica que usó…

-Se la inventó. –Se apresuró a mentir. Por ningún motivo deseaba revelar ninguna de las cosas que su gemelo había escupido durante el combate. Kanon podía estar perdiendo el rumbo, pero no iba a ponerlo en riesgo.

-Ya, pues me alegro de que no la llegase a dominar por completo. Por un momento me preocupé… -Saga se forzó a replicar con una sonrisa apagada.

-¿Qué pasará ahora con él?

-No lo se…

Sin embargo, antes de que ambos pudieran continuar, el cosmos de Athan vibró a pocos metros de ellos. A la vez, voltearon en su dirección.

-¿Tengo permiso para atravesar tu Templo, chico? –Athan nunca había sido del agrado de ninguno, y la evidente burla en su voz, así como el ligero toque de desprecio al hacer hincapié en aquella palabra, no le favorecía. Aioros vio de soslayo a Saga, que permanecía tan serio e inmutable como si el más agradable de los silencios reinara en Géminis. Ya no hablaban de santo a aprendiz: sino de igual a igual, e imaginaba que aquello era difícil para el cangrejo celeste.

-Adelante. –se limitó a responder.

El rubio sonrió, con aquel gesto retorcido suyo, y atravesó el salón de batallas seguido de Ángelo, que apenas les dirigió una mirada fugaz.

-Por cierto, Géminis, el Maestro desea verte en el Templo Principal. –dijo sin voltear a verlo.- Tu primera misión espera, parece que saldrás solito del Santuario.

Ambos chicos guardaron silencio, observando la espalda dorada del Santo de Cáncer hasta que desapareció por la escalinata. Inmediatamente después, Aioros volteó a verlo con interés.

-¡Vaya! –exclamó divertido mientras se revolvía el pelo.- Siempre pensé que los avisos se daban de forma más elegante…

-¿Esperabas a un mensajero que desenrollara un pergamino lacrado y gritara: en nombre del rey se hace llamar a Saga de Géminis?

-Hubiera sido mucho más agradable, idiota. –respondió sonriendo, mientras golpeaba su brazo con el puño. Lo cierto era que aquella inesperada broma, aligeraba el peso de su corazón. Quizá, a pesar de que toda la vida del geminiano había cambiado y ya no era un mortal más… seguía siendo él.

-Acabo de salir de la enfermería, ¡por Athena! No quieras enviarme allí tan pronto.

-¿Vas a llorar? –preguntó fingiendo preocupación y seriedad.

-Probablemente. –masculló el otro, tratando por todos los medios de ocultar aquella sonrisa que pugnaba por adornar sus labios.

-Entonces ponte esa reluciente armadura tuya y huye, damisela. –Saga elevó su cosmos, y respondiendo instantáneamente a su llamado, el ropaje sagrado lo envolvió.- El Patriarca espera por ti.

-Cada vez que me la pongo, siento que su cosmos tira de mi cerebro en direcciones opuestas. –murmuró con los ojos entrecerrados, como si no le hubiera escuchado, acostumbrándose al temperamental cosmos de su armadura.

Aioros lo contempló: con su misma estatura, un rostro ligeramente más aniñado que el suyo, y envestido en oro. Era como contemplar un sueño cercano, y acariciar sus propias ambiciones con la yema de sus dedos. Saga inclinó graciosamente la cabeza, y se dio la vuelta: dispuesto a deshacer el camino que le había traído de vuelta a casa. El arquero no podía evitar que la ansiedad por lo que estaba a punto de suceder en su propia vida amenazara por tomar el control… pero tampoco podía ocultar lo feliz y orgulloso que se sentía por Saga. Sonrió viéndolo alejarse.

-Estarás aquí para mi combate, ¿no? –gritó. El peliazul volteó sobre su hombro y asintió.

-Claro.

-X-

-Maestro, Saga de Géminis ha llegado.

-Hazlo pasar.

El guardia asintió, e inmediatamente después, la puerta de doble hoja se abrió lentamente, dando paso al santo dorado más joven de todos. Después de la conversación que había tenido con Kanon, agradecía enormemente que aquella máscara ocultara su rostro. Sabía que era incapaz de quitar la expresión grave de él, y Saga lo hubiera notado inmediatamente.

Sin embargo, a pesar de ello, sonrió.

El chico aún lucía ligeramente pálido, y todavía eran visibles en su piel las marcas que el combate había dejado. Aún así, lucía un porte asombrosamente digno y soberbio que no estaba seguro haber visto en nadie más. Cuando se hubo acercado lo suficiente, por la hermosa alfombra roja, se arrodilló ante él e inclino la cabeza como muestra de respeto.

-Maestro. –murmuró. Era la primera vez que Saga lo llamaba así, la primera vez que se mostraba tan fiel al protocolo, e inmediatamente, Shion supo que había crecido. Ya no era un niño.

-Levántate. –le invitó a hacerlo con un gesto de su mano.- Te ves bien. ¿Cómo estas?

-Bien. –dijo. El peliverde asintió.

-Hay cosas de las que debemos hablar. –Saga guardó silencio, a la expectativa.- A partir de hoy tendrás un grupo de santos y amazonas bajo tu cargo. Te encargaras de entrenarles cada día, el tiempo y del modo en que tu consideres oportuno. Serás su responsable directo, ellos responderán ante ti, y tú responderás por ellos. –El chico asintió, aunque no estaba seguro de cómo comenzar con todo aquello.- Pero hay cosas más importantes por las que empezar. Era tradición que el Santo de Géminis se encargase de la vigilancia del Cabo Sunion.

-Lo se. –respondió.

-Los demás santos saldrán pronto del Santuario para iniciar el entrenamiento de los pequeños. Ante la inminente llegada de la Señora Athena, y las amenazas que ello conlleva, es el momento de incrementar la vigilancia. Vas a salir unos días del Santuario, pero cuando vuelvas, esa será tu principal ocupación.

-¿A dónde voy?

-A Rusia. –Saga alzó las cejas con curiosidad, en un gesto que a Shion se le antojó incluso divertido.- La amazona del Lince, Tatiana, irá contigo, esta en tu grupo, y es rusa. Es una buena amazona que te será de gran ayuda. Hay un grupo que esta causando problemas por allí, y es una amenaza que debe ser eliminada. –Había captado la orden alto y claro: salir, matar, volver. Apretó los dientes sutilmente, casi sin darse cuenta.- No están bajo las ordenes de nadie, al menos no que sepamos, pero poseen un cosmos: sino hay rendición, eliminadlos.

-Entendido.

-Ten. –Shion le extendió un sobre lacrado. Por un segundo, Saga rememoró su conversación con Aioros un rato antes y casi pudo oírlo reír en su mente.- Ahí tienes los detalles de la misión, nadie más que tú debe saberlos, nunca. Tú decides cuanta información deben tener tus compañeros. Deshazte de ello después. Y esto… -le tendió un anillo, colgado de una cadena de oro.- Es el sello de Géminis. –Saga lo tomó en su mano con desconfianza. Se lo había visto a Zarek en más de una ocasión.- Siempre que termines una misión, como ya sabrás, deberás informarme de lo acontecido con todo detalle, de viva voz, y por escrito. Séllalo, solo así tendrá validez, y asegúrate que nadie más tenga acceso a él. Si ese sello aparece lacrado en cualquier documento, asumiré que es tu palabra, sea así o no. –El geminiano se lo colocó en el cuello y lo ocultó bajo la armadura bajo la atenta mirada del Maestro.- ¿Alguna pregunta?

-No. –respondió quedamente.- ¿Cuando me voy?

-En cuanto estés listo, así que ve a Géminis y prepárate. Tatiana no tardará en buscarte.

-De acuerdo.

-Puedes irte.

Saga asintió, e inclinó nuevamente la cabeza. Se dio la vuelta, y reemprendió el camino de vuelta a casa, con la atenta mirada de Shion a sus espaldas. Apenas había tenido tiempo de asimilarlo todo, y el Maestro lo sabía. Pero habitualmente, era mejor así. Sin embargo, cuando hubo posado su mano en el brillante pomo de la puerta, el geminiano se detuvo.

-¿Maestro?

-¿Si? –Shion ladeó el rostro, sorprendido.

-¿Y Kanon? –La pregunta no le sorprendía, a decir verdad, se había tardado más en formularla de lo que Shion esperaba. Sin embargo, la imprevista suavidad en su tono de voz delataba su preocupación. Y bien sabían los dioses que Saga no era el único que estaba preocupado por el menor de los dos. La conversación de aquella mañana aún era demasiado reciente.

-Salió de la fuente hace un rato, se veía muy bien. –Saga tragó saliva ante la respuesta. No podía dejar de preguntarse si estaba preparado para toparse con él, para enfrentarlo.

-No es eso lo que pregunto. –Dijo finalmente, y el lemuriano lo sabía. Contempló su mirada alta, orgullosa, y supo que no había manera de mentir ante aquella claridad esmeralda que iluminaba sus ojos, sin que lo notara: exactamente igual que sucedía con Kanon. Incluso su manera de hablar, siempre pausada, había cambiado. Era aún más tranquila, más segura, como si nada de lo que dijera fuera una simple casualidad: más adulta.- ¿Qué será ahora de él? ¿Qué le espera en el Santuario?

Shion tomó una bocanada de aire, y lentamente lo expulsó. Aunque sus palabras hablaban de un tema tan delicado, Saga transmitía una serenidad que hasta entonces no se había manifestado. Meditó bien la respuesta, pues aunque la sabía, no era sencillo encontrar las palabras adecuadas. No había un modo sutil de decir la verdad. Lo observó durante unos segundos más, y finalmente habló.

-Si algo te sucede, él tomará tu lugar.

-¿Está condenado a ser mi sombra? –Dijo llanamente, procurando que su voz no transmitiera ninguno de los sentimientos que embotaban su cabeza, controlandose. Él le había condenado a tal destino: Zarek tenía razón.

-De toda la Orden, Géminis es el único que cuenta con un respaldo de semejante valía.

-Sabes que no lo necesito. –Siempre tan orgulloso de un modo tan correcto, y a la vez tan cortante. Por segunda vez en lo que iba de conversación, el Patriarca agradeció la protección que su máscara de oro le otorgaba. No había manera posible de maquillar aquella cuestión.

-¿Entonces?

-Supongo que si perdió, es porque no estaba destinado a portar Géminis. Pero… –Pronunció cada palabra con suavidad y lentitud.- No deja de tener mi misma fuerza. ¿No es absurdo desperdiciar tal poder solamente porque no me ganó? ¿No es peligroso? –Se humedeció los labios, y continuó con tranquilidad.- Si ha estado a punto de vestir la Tercera, podría vestir cualquier otra de un rango inferior porque simplemente es mucho más fuerte que cualquier otro aspirante.

-Lo que sugieres… -tomó una gran bocanada de aire. Aquel último intento por salvarlo, por protegerlo de algún modo… resultaba especialmente doloroso después de todo lo que Kanon le había dicho en la Fuente.- No puede ser así, por mucho que desees premiar su esfuerzo durante todos estos años.

Saga entreabrió los labios, dispuesto a replicar, pero se detuvo. Sabía de sobra que Kanon jamás accedería a su sugerencia, era demasiado orgulloso para ello, pero aún así… De verdad sentía cada palabra que había dicho. Sin embargo, ya no era más un niño, no era un aprendiz consentido que corría a sus anchas por aquel templo. Ahora, las expectativas que había puestas en él eran muy altas, y no iba a fallar de ningún modo posible.

Asintió. No tenía caso discutirle al Patriarca.

-Será difícil al principio, pero Kanon lo aceptará.

-Tienes razón, Maestro. –murmuró, aunque no estaba seguro de que fuera cierto.

Inclinó la cabeza respetuosamente una vez más, y esta vez si, se encaminó rumbo a la salida, con los ojos rosados de Shion fijos en él.

-X-

Estirado en el sofá, Kanon perdió la mirada en el salón. Era grande y espacioso. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo sentirse con aquel cambio. La cuestión era que no había rastro alguno de su maestro por allí. Era como si Zarek jamás hubiera existido y Géminis fuera otro templo distinto.

No había fotografías en las paredes, ni cuadros, ni ninguno de los maravillosos dibujos que su maestro solía hacer de vez en cuando. Había más luz de la que había recordado pudiera entrar, y el aire olía a las orquídeas que crecían en los jardines sagrados. Alguien se había tomado la molestia de limpiar, cambiar los muebles… y hacer que el viejo templo luciera como nuevo: diferente y elegante. Como todo en el Santuario, suponía, era hora de que lo nuevo sustituyera a lo viejo: desde los muebles, a los santos.

No le disgustaba el cambio, estaba bien. Le habían preparado una maravillosa habitación para él solo y adivinaba habían hecho lo propio con la de Saga, aunque no se había molestado en mirar. Sin embargo, las cosas hubieran sido mucho más simples si todo se limitara a eso, a un cambio de muebles.

Esperaba allí, a sabiendas que Saga aparecía bajo el arco del corredor antes o después, y de echo, no se equivocó. Escuchó sus pasos metálicos acercarse, y no se movió de su posición hasta que, adivinó, se detuvo en seco al verle.

-Has vuelto. –murmuró el mayor. Kanon giró el rostro para verle, y sonrió del modo más cínico que encontró. La realidad era que dolía verle envestido con aquella armadura.

-Si. Se que es un fastidio y que no entraba en nuestros planes… ni los tuyos ni los míos, pero así es la vida.

Se incorporó hasta quedar sentado y lo miró fijamente. Saga lo miraba en silencio, absolutamente quieto, y con una expresión de la que era incapaz de sacar nada en claro. O casi.

-¿Estás bien? –dijo finalmente el mayor.

-Maravillosamente. –replicó encogiéndose de hombros.

-Me alegro. –Kanon pudo sentir el alivio que sintió su gemelo al escucharlo, y algo dentro de su cabeza volvió a preguntarse cómo era posible que siguiera siendo así.

Casi sin querer, Saga estrechó el sobre que tenía en su mano, arrugándolo. Viendo a Kanon, sentía que toda la fachada que se esforzaba por mantener podía caerse en cualquier momento. Podía mentirle al viejo, a Aioros, a quien fuera. Podía fingir que todo iba genial, hasta que se topaba con el rostro que era igual al suyo: el rostro que le recordaba la manera en que habían sucedido las cosas, una que estaba seguro, no olvidaría nunca.

-Lo mataste. –espetó de pronto el menor sacándolo de su ensoñación. Inmediatamente, Saga alzó el rostro, buscando sus ojos, pero no respondió.- ¿Qué se siente?

¿Qué se siente? No era la primera vez que le formulaban esa pregunta aquel día, y aunque Aioros y Kanon hablaban de cosas distintas, lo resumiría de la misma manera: era como una montaña rusa de emociones y una continua descarga de adrenalina. Con la diferencia, de que la muerte de Zarek pesaba sobre su cabeza después de todo.

-No es divertido, si es eso lo que preguntas. –Kanon dejó escapar una pequeña carcajada que rompió el silencio reinante en el salón.

-Deberías olvidarte de esa expresión de circunstancias. ¿Qué esperabas, Géminis?

-No esperaba que fuera diferente. –Había pasado toda una vida deseando que se dirigieran a él de aquella manera, que lo reconocieran. Ahora que al fin lo hacían, sentía que la mitad de veces era un modo hiriente de recordarle las cosas.- ¿Y tú?

-Sabes lo que esperaba al respecto.

-Que el muerto fuera yo.

-¡No te lo tomes como algo personal! –exclamó divertido.- Simplemente es cuestión de prioridades.

-Ya. –Prioridades. Era una curiosa manera de explicar que Kanon verdaderamente había intentado matarlo. Poco importaba que no lo hubiera conseguido… La cuestión era que aquel fue su único anhelo por un momento.

-No me mires así. Somos iguales. –respondió, aún sabiendo que aquello era totalmente falso.- Tú también la querías por encima de todo. –dijo refiriéndose a la armadura. Lo miró fijamente durante unos segundos, envuelto en aquel silencio que lo acompañaría hasta el fin del mundo y que lo enervaba tanto.- Pero, ¿sabes? Quizá simplemente la quería porque era lo que tú más ansiabas, nada más. Admito que quitártela hubiera sido una enorme satisfacción.

-¿De qué estas hablando?

-Vamos, ni siquiera tú y tus sueños podéis ser tan ingenuos como para no saberlo. ¿Yo? ¿Un santo? –negó lentamente con el rostro.

Saga continuó de igual manera, estático. Mirándolo con cierto espanto en la mirada. De un día para otro, parecía que su hermano había separado su camino radicalmente y que andaban en direcciones opuestas. No sabía por qué, pero el simple hecho de que lamentara, por poco que fuera, la muerte de Zarek, se lo demostraba. Por no mencionar aquellas últimas palabras.

Entrecerró los ojos cuando el dolor de cabeza aumentó por un momento. Empezaba a sentirse agobiado y ni siquiera había comenzado. Presentía que la jaqueca y él serían íntimos amigos a partir de entonces.

-¿Hablaste con Shion? –No supo que más decir.

-¿No te lo dijo? –el mayor negó, y Kanon sonrió una vez más.- Tiene la extraña idea metida en la cabeza de que debes estar protegido entre algodones, después de todo. –Saga ladeó el rostro sin comprender.

-No lo necesito. –masculló con fastidio.

-Lo se, créeme que lo se. Lo he comprobado. –dijo llevándose la mano a las costillas que aún permanecían vendadas.- ¿Pero sabes qué? Le dije la verdad. Todo lo que te dije a ti en el combate, Star Hill y algún… detalle interesante más. Creo que no le gustó demasiado mi sinceridad de todos modos, me pidió que no dijera nada al respecto a nadie. Incluido tú. Y por sorprendente que parezca, pienso obedecer.

De pronto, un cosmos suave, y a la vez fiero, resonó en la escalinata. Ambos voltearon en aquella dirección inmediatamente, y comprendieron al instante.

-Parece que el deber te llama.

-De verdad me alegro que estés bien, Kanon. –respondió el mayor mientras asentía.

-Seguro. –Saga comprendió que no había mucho más que decir. No quedaba nada por compartir ni aclarar. Así serían las cosas y no tendría más remedio que acostumbrarse.

Abandonó el salón tan rápido como llegó, y cuando abandonó el cobijo que le prodigaban las altas columnas del templo, se topó con la silueta alta y estilizada de la amazona del Lince. La joven le daba la espalda, aunque imaginaba que había notado su presencia allí. Pero como si hubiera leído sus pensamientos, volteó a verlo de frente en aquel preciso instante.

-Espero no haber llegado demasiado pronto. –murmuró, con un marcado acento ruso, tras la reluciente máscara marcada en una mejilla por un zarpazo dorado.

-No, esta bien.

-Soy Tatiana. –se presentó inclinando la cabeza.

-Lo se, te recuerdo. –Y así era, aquella amazona les había acompañado hasta el templo papal el día en que anunciaron la fecha de su combate.- Supongo que es hora de irnos… -prosiguió, mientras emprendía el paso rumbo a Tauro con ella a su lado. Los tirabuzones rubios que caían por su frente, danzaron a la vez que la amazona asentía.

Guardaron silencio por un rato, en el que el único sonido que les acompañaba era el de sus propios pasos. Saga no tenía la menor idea de cómo debía tratar a una amazona que ahora estaba bajo su cargo. Había tratado con korees… si. Pero definitivamente, Naia y Deltha poco tenían que ver con Tatiana, que era al menos un par de años mayor que él y considerablemente más experta. Y no dejaba de ser curioso después de todo: sabía que en aquella misión iba más de alumno que de otra cosa, aunque su fuerza fuera la clave para el éxito de la misión.

Sonrió casi sin darse cuenta pensando en ello.

-¿Qué ocurre? –preguntó ella.

-¡Nada! –se apresuró a contestar. Rápidamente, adoptó otra vez la seriedad de la que siempre hacía gala.- Nada. –Sintió su mirada, del color que fuera, clavada en su rostro y casi podía imaginarla con una ceja levantada. Se sopló el flequillo, y carraspeó, estando seguro de que dijera lo que dijera, iba a delatar su nerviosismo.- ¿Hace mucho que vistes a Lince? –acertó a decir.

-Un par de años, casi tres. Tengo diecisiete.

-Oh.

-Presencié en tu combate. –Hubiera jurado que por el tono de su voz, sonreía. Sin embargo, comenzaba a pensar que nadie podía hablar de otra cosa en el Santuario. Presentía que tendría que acostumbrarse a estar en el ojo del huracán y ser el centro de los chismes.- Lo hiciste muy bien. Enhorabuena.

Se detuvo al escucharla, ladeó el rostro y la descubrió haciendo lo mismo, como si no comprendiera su actitud. La realidad era, que aquellas cinco palabras habían sonado especialmente sinceras. Habían sonado bien. No había reproches, ni desden. Había sonado del mismo modo en que le hablaban Shion y Aioros, con la diferencia de que no le conocía de nada. Súbitamente, se sintió aliviado, y notó como sus músculos se relajaban.

-Gracias. –respondió, con una minúscula sonrisa.

-No me las des. Después del combate todo parece…

-¡Saga!

Viéndose interrumpida por una voz no del todo desconocida para ella, volteó en la dirección de la que provenía. El geminiano hizo exactamente lo mismo al oír su nombre, con la diferencia de que él si conocía a la propietaria. Sin embargo, antes de que pudiera si quiera responder, la koree se detuvo congelada sobre sus pasos.

-¡Oh! Perdón. –musitó, cuando reparó en que estaba acompañado por una amazona.

-Boba. –fue todo lo que dijo él a modo de peculiar saludo. No podía ver sus ojos violetas, pero sabía que seguramente los había entrecerrado, como si con aquel solo gesto fuera capaz de intimidarlo.- ¿Qué haces aquí, Naia?

-Pues… -miró de soslayo a la rubia, y se aclaró la garganta. Sabía quien era, pero no la conocía. Y como siempre que eso sucedía, el instinto de amazona surgía y se ponía en alerta igual que si su territorio se viera amenazado. Por no mencionar la cantidad de preguntas que debían surcar la mente de la rusa.- Es fantástica. –dijo, refiriéndose a la armadura.

Saga solamente asintió, con una graciosa expresión de orgullo que no le había mostrado a nadie más que a ella. Naiara continuó mirándolo, silenciosa. Hubiera querido decirle un montón de cosas más, incluso había pensado arrojarse sobre él sin piedad y amenazar con ahogarlo con un abrazo al más puro estilo Deltha. Pero con Tatiana allí, no podía hacerlo, era bien seguro que se metería en un problema.

-¿Estás bien? –atinó a preguntar.- Pasaste una infinidad en la Fuente, y… -"Aioros es un espía pésimo, que no supo decirnos nada." pensó.

-Viviré, no te preocupes.

-Genial.

-Tengo que irme. –dijo mirando fugazmente a Tatiana.- Vamos de salida.

-Si, si. Claro. –murmuró con cierto nerviosismo.- Deltha me pidió que te diera un abrazo de oso, pero… no pienso hacer tal cosa, Géminis.

-Es un alivio. –ladeó el rostro y le sonrió mientras le revolvía la larga melena negra.- Gracias, pequeña. Nos veremos a la vuelta.

Naia asintió, sin siquiera molestarse en protestar por aquel gesto. Se sentía… extraña, cohibida. De pronto comprendía que el horizonte de Saga y Aioros era mucho más brillante y lejano que el suyo, y que aún la quedaba demasiado camino por recorrer. Les observó marcharse, mientras se mordía el labio inferior con fuerza y apretaba entre sus manos la estúpida pulsera de conchas que había hecho para él. Era una minucia, un detalle sin valor… pero lo había hecho con más cariño del que imaginaba.

Ahora, viéndolo alejarse, se sentía estúpida. Estúpida, ridícula y pequeña, como él mismo había dicho.

-X-

Lo más interesante en el entrenamiento de aquella mañana había sido el sospechoso retraso de Naia. Había llegado tarde a entrenar y no se había dignado a dar explicación alguna… no que Axelle o Deltha las necesitaran.

Géminis; ahí había estado y el mal humor que arrastraba consigo lo confirmaba con creces. Así que, cuando el entrenamiento hubo terminado y la francesa se retiró, de regreso a su cabaña, la koree pelipúrpura no resistió mas la tentación.

-¿Qué te pasa?

Naia gruñó mientras deshacía las tiras de cuero que mantenían la hombrera de metal sujeta a su hombro. Deltha se pensó dos veces el insistir sobre el tema, usualmente cuando la voz de Naiara se tornaba en un gruñido era mala señal.

-¿Volverás a gruñirme si pregunto otra vez? –preguntó.

-No gruñí.

-Lo hiciste, si. –Deltha la miró de reojo.- ¿Por qué el mal humor?

-No estoy de malhumor.

-Vale. Viéndolo así, no es malo, es pésimo. –Naia gruñó de nuevo, esta vez con más fuerza.

A pesar de todo, la aprendiza de Apus no dejó de mirarla por un segundo, siguiendo cada movimiento en una forma especialmente irritante para la morena. Algo había que decir, y es que Naia estaba siendo demasiado paciente dado su mal humor y el molesto escrutinio del que era víctima por parte de su amiga.

-Dime, ¿qué pasó? ¿No le gustó tu regalo?

-Ni siquiera se lo di. –musitó, de nueva cuenta con un gruñido.

-Pero, ¡¿Por qué? Te esforzaste en hacerlo y era precioso.

-Porque estaba de salida. –Naia se dejó caer a su lado, cruzándose de brazos.- ¡¿Puedes creerlo? –por fin, exclamó. Deltha pegó un brinco al escucharla, siendo pillada completamente desprevenida por el súbito arranque de la otra.

-¿Creer qué?

-¡Apenas fue nombrado santo de oro y ya esta en una misión!

-Los santos dorados siempre están ocupados. –le respondió la pelipúrpura sintiéndose más que intrigada por aquella actitud sospechosa.

-Ya. Pero, apenas abandonó la Fuente. Es excesivo.

-Algo importante debe ser, ¿no crees?

-Eso decís ahora. A ver que opináis cuando llegue tarde al combate de Aioros. –desvió la mirada violeta de la de Deltha.

-Eso sería…

-¡¿Y si alguno de sus subordinados lo arruina todo? ¡¿Eh? –replicó de inmediato, olvidándose de la conversación con su amiga y siguiendo con lo suyo.

-No creo que…

-¡La rubia, por ejemplo!

-Oh… la rubia. –la koree pelipúrpura entrecerró los ojos sin entender muy bien de que iba todo eso, pero con la suficiente información para crearse teorías de lo más variopintas que incluyeran a Saga, a Naia y a una rubia.

Volvió a brincar de manera involuntaria cuando la hombrera de metal y las rodilleras de Naia fueron lanzadas lejos mientras la causante, giraba el rostro en un claro gesto de indignación.

-Seguramente cree que tener una armadura la hace superior. ¡Jah! No es diferente a cualquiera de nosotros.

-¿Seguimos hablando de la rubia?

-Y también, seguramente se cree la consultora oficial de Saga. ¡Cómo si la necesitase! –Naiara había ignorado su pregunta anterior y seguía con aquel raro monólogo del que Deltha nunca había sido parte.

-Tal vez no, aunque…

-No, Deltha. No le necesita. –meneó su dedo índice delante del rostro de su amiga.- Ofrecida.

-Buenos, quizás sea útil porque Saga es nuevo en…

-¡Dije que no la necesita!

-Ok, ok. Si tú dices que no la necesita, pues…no la necesita. –la aprendiza de Apus se encogió de hombros aunque bien sabía que la atención de la joven de Caelum no estaba en ella.

-Claro que no. ¡Y me llamo pequeña! ¡Pequeña!

-¿Quién? ¿La rubia?

-No, la rubia no, Deltha. ¿Me estás prestando atención? –la aprendiza de Apus pestañeó completamente confundida sin saber que responder y bufó, frustrada con el ritmo de la conversación.- ¡Saga! ¡Saga me llamó pequeña! ¡Delante de ella! ¿Puedes creerlo? Seguramente esa boba se burló de mí. ¡Saga idiota!

Al fin, sin poder soportar más, Deltha estalló en risas, ganándose con ello una mirada fulminante por parte de Naiara.

-¿Qué es tan gracioso, Apus?

-Dime que no estás celosa. –Deltha ensanchó su sonrisa.

-¡¿Celosa? ¡¿Yo? ¡Jamás! –sentenció.

La aprendiza de Apus soltó una última carcajada que acalló rápidamente cuando la mirada de Naia la partió en dos. Carraspeó, conteniendo la risa y decidió que lo mejor era cambiar de tema.

Eso sí, la muestras de emociones de Naia definitivamente eran celos.

-X-

La lluvia de sagitas doradas impactó de lleno en el monigote de heno, despedazándole al instante. Había algo exquisitamente reconfortante en ver como las hebras de forraje volaban en todas direcciones, perdiéndose en el dorado resplandor de sus flechas de oro. Podía ser una práctica estúpida, e incluso aburrida, pero cualquier cosa que mantuviera su cabeza lejos de las noticias de la mañana le bastaba.

Aioros observó el resultado de sus prácticas y se limpió el sudor de la frente cuando dio por finalizado el entrenamiento… al menos hasta ese momento. Seguramente, por la noche, volvería ahí a realizar una y otra vez todas sus ataques, hasta que no pudiera más. Entrenar sería lo único que le mantuviera en calma en los largos días que le quedaban por delante y lo único que le extenuara lo suficiente como para dormir por las noches.

-¡Ajá! Veo que, desde Hierbitas, has perdido todo respeto por los muñecos de heno, Sagitario. Definitivamente no tienes vergüenza. -reconociendo aquella voz tan familiar, el castaño volteó de inmediato, con una sonrisa en los labios.

-Ninguno merece recibir trato especial como Hierbitas. No están a la altura. -le dijo a la aprendiza de Apus.

-¡Ah! A Hierbitas le encantará saber que arrancarle la cabeza es tu idea de trato especial.

-Oye, mis entrenamientos son duros. Si quieres ser mi compañero tienes que soportar eso y más.

-Ya veo. -Deltha respondió. Se retiró la máscara y, tras devolverle la sonrisa, oteó por los alrededores en busca de intrusos no deseados.- Supe que tu compañero real se fue de viaje.

-¿Saga?

-¿Quién si no? ¿Cuando regresará? ¿Sabes algo de él? Naia está a punto de enloquecerme con detalles imaginarios de la misión y con teorías maquiavélicas sobre una rubia misteriosa.

-Pues… -Aioros encogió los hombros pero no dijo más.- ¿Una rubia? –pareció reaccionar un poco después.

-Larga historia. –Deltha chasqueó la lengua. No tardó en notar el mohín alicaído en el rostro del castaño. -¿Estás bien?

El corazón le dio un brinco cuando Aioros meneó ligeramente la cabeza. La tomó de la mano y la arrastró hasta cerca de la armería, donde ambos se sentaron sobre el suelo. Deltha lo miró todo el tiempo, callada y expectante. Quería que él fuera quien continuara y no presionarlo, porque reconocía en su rostro aquel semblante decaído que llevaba esbozando desde días atrás. Sin embargo, el aprendiz de Sagitario no habló.

-¿Aioros? -Deltha le buscó la mirada, y al verlo rehuirle, tomó con cuidado su cara entre las manos para obligarle a mirarla de frente.- ¿Estás bien? ¿Lograste hablar con él antes de que se marchara? -el chico asintió.

-Si, hablamos. No mucho, pero al menos pudimos vernos y platicar sobre un par de cosas. Está ocupado, Del. Es normal.

-Supongo que lo sea, pero… le echas de menos.

-Es mi mejor amigo y ahora también es un santo dorado. -terció.- Tiene muchas más responsabilidades. Debe hacerse cargo de su equipo y todas las funciones oficiales que una armadura dorada conlleva. Debe asistir a las reuniones y estar disponible cada vez que Shion se lo ordene. También está aprendiendo. Hay miles de cuestiones que solamente puedes comprender cuando has ocupado tal lugar y no antes. ¡Sé que está ocupado! De la misma forma, sé que cuando controle por completo cada nuevo aspecto de su vida, las cosas volverán a ser como antes. Además, prometió que regresaría para mi combate. Sé que estará ahí, observando y de a poco, todo volverá a ser lo que solía. Ya lo verás.

Deltha suspiró sin saber si las palabras de Aioros eran el resultado de una fe infinita, de optimismo puro o de simple inocencia. La realidad era que de alguna forma, todos sabían que la batalla con Kanon y Zarek había cambiado a Saga para siempre. Ella no le juzgaba, pero le dolía la pena de Aioros.

-Volverá a ser como antes. -le susurró mientras se acomodaba junto a él, abrazándole. Hizo una pausa larga en la que sus palabras tomaron orden dentro de su cabeza y el valor que necesitaba para enfrentar la respuesta a su siguiente pregunta llegaba a ella. Al fin, se atrevió a hablar.- ¿Contigo… será igual?

-¿Qué dices? -esta vez, Aioros la miró.

-¿Será igual contigo? ¿Estarás muy ocupado? ¿Tendrás tiempo para nosotros?... ¿Para mi?

-Sabes que si. -respondió más que de prisa. Aunque la verdad era que desconocía si podría mantener su palabra.- Pero no pensemos en ellos, ¿de acuerdo? Todavía queda tiempo y primero debo ganarme la armadura si quiero tener todas esas responsabilidades y dolores de cabeza.

-Mentiroso... -de improviso, la pelipurpura le besó en la mejilla.- …pero sé que intentarás hacernos un lugar.

Aioros sonrió a medias mientras la observaba de reojo. Era raro como se había acostumbrado de a poco a esas muestras de cariño, de la misma forma en que pensaba en lo diferente que era estar con ella a estar con cualquiera.

-Supe sobre la pelea… que el Maestro decidió adelantarla. -susurró la koree.- Todo el mundo habla de ello.

-¿Tan pronto? Esperaba que fuera un secreto al menos por un rato más.

-Nada de lo que suceda en las Doce Casas puede permanecer como un secreto por mucho tiempo. –el chico alzó una ceja, considerando seriamente la veracidad de dicha afirmación.- ¿Qué tal estás?

-Pues… -Aioros guardó un inusual silencio.- No lo sé.

-Ha sido muy rápido, ¿no?

-Demasiado. –dejó escapar el aliento que había contenido hasta ese momento. Y aún no tengo la menor idea de cómo…

-Mantener vivo a Orestes.

-¡Exacto! –exclamó, mientras se ponía de pie con un brinco, sorprendiendo a la pelipurpura.- Saga pudo salvar a Kanon. Tiene que haber una forma de hacer lo mismo con Orestes. No puedo matarlo, Del. No puedo.

Deltha le observó en silencio mientras iba y venía frente a ella, cual león enjaulado. Aioros no pronunciaba palabra pero sus preocupaciones eran más que obvias y la falta de soluciones era todavía más desoladora.

Estaba segura que Aioros lo sabía tan bien como ella, pero es que las condiciones no eran las mismas. Kanon no era el santo reinante, su sangre no era la que reclamaba la armadura para cambiar de portador; las situaciones ni siquiera tenía comparación.

La verdad de las cosas era que ella tampoco sabía como ayudarle. En parte comprendía su situación y en parte no. Naiara y ella habían esculcado cada rincón de sus cabezas en busca de esperanzas para su propia maestra, pero al igual que el joven arquero habían fallado miserablemente. Tal parecía que ambos superiores estaban en lo cierto, y que las consecuencias de los combates eran innegables. Sin embargo, al mismo tiempo, Deltha sabía que no serían sus manos las que sesgarían la vida de Axelle, sino las de su amiga… y tal dolor probablemente esta fuera de su comprensión.

Regresó, entonces, su mirada hacia Aioros. Por fin, tras un rato de idas y venidas, la pelipúrpura se puso de pie y le detuvo, sujetándole del brazo.

-Estás mareándome. –le dijo.

-¿Cómo voy a solucionar esto, Del?

La chica no supo responder. Calló por un instante, sin que su mirada se separa de la del castaño, hasta que él rehuyó, agachando el rostro.

-Ahora mismo, no lo sé. –tomó su rostro entre las manos y le obligó a mirarla de nuevo.- Pero sé que, si existe resolución a ese problema y si alguien puede encontrarla, eres precisamente tú.

-Del…

-Tranquilízate, ¿si? –le sonrió.- El tiempo apremia, de eso no hay duda, pero necesitas pensar con calma.

Sin embargo, Aioros volvió a bajar los ojos, a pesar de los intentos de la aprendiza por sostenerle la mirada.

-Lo intento. –musitó.

-Quieres esa armadura, ¿no es así? –la pregunta de Deltha lo hizo respingarse. La quería, ¡claro que la quería!

-Si, la quiero.

-Y vas a luchar por ella, ¿no? Así como has peleado cada día de tu vida para ganar el honor de competir para tenerla. –continuó la chica.

-Si, pero el quererla hace que… -calló.- Quererla convierte a Orestes en el último peldaño de esa escalera y no sé si quiero que sea así. –Deltha lo miró por un segundo, con la intriga tatuada en sus ojos marrones. Al verla, el futuro arquero también frunció el ceño.- ¿Qué? ¿Dije algo malo?

-Para nada, al contrario. ¿Te estás escuchando?

-Si. ¿Qué dije?

-¿Qué que dijiste? ¡Por los dioses, Aioros! A veces creo que eres un genio que ni siquiera se comprende a si mismo. –golpeó suavemente la nariz del castaño con el dedo índice.- Orestes, para ti, es un peldaño, Aioros, y nadie destruye los peldaños que le sostienen. Él te dará el último empujón hasta tu destino y tu vas a tomarlo, sin destruirle en el proceso. El hecho de que quieras esa armadura no significa que también quieras destruirlo. No le ves como un obstáculo, sino lo contrario. Además, tengo fe en ti.

Cuando ella dejó de hablar, el rostro del aprendiz había adquirido la misma expresión de curiosidad en los ojos. Esbozó una sonrisa a medias mientras pensaba en las palabras de Deltha.

-Menuda habilidad la tuya. –meneó la cabeza, con una sonrisa cómplice en los labios.- Tergiversando mis palabras.

-¡Oye! ¡No tergiverso nada! –el chico estalló en risas.

-Lo haces, ¿y sabes qué? Me alegro que lo hicieras.

-Bien, porque me alegro de haberlo hecho.

-¡Jah! ¡Admites haber tergiversado lo que dije antes! –Aioros le tocó la nariz.

-No, admito haber usado tus palabras para sonar genial. Si tu no quieres ser un genio, pues tomaré el crédito por ti.

Deltha se puso de puntillas para atrapar sus labios con los suyos en un beso. Había ayudado a devolverle aquella sonrisa que tanto extrañaba en su rostro cuando desaparecía y que le convertía en un Sol en medio de la triste agonía del Santuario.

-Me da gusto que estés mejor. –murmuró.- ¡Pero tengo una queja!

-¿Cuál? –el aprendiz de Sagitario la cuestionó.

-Deja de crecer, me haces lucir enana. –rodeó su cuello con los brazos y lo jaló, volviendo a acercarlo a ella para besarlo.

-Tu eres la que debería hacer algo para crecer un poquito más, pequeñita. Se supone que las amazonas debéis ser al menos un poco más altas. –Aioros la tomó de la cintura y volvió a besarla, solo para que, unos segundos después, su sonrisa volviera a tornarse pícara.

-Bobo. –sacó la lengua.- Por cierto, si quieres conservar tu dignidad de santo, no menciones nada de pequeñita cerca de Naia, ni nada parecido. Me temo que te ganarías una buena patada en el trasero por eso.

-¿Por qué Naia haría eso?

-Ya te dije, es una larga historia que incluye a Saga y… a la rubia.

-¿Qué? –Aioros susurró. Permaneció pensativo mientras observaba el gesto travieso de la aprendiza, frente a él.- ¿Rubia? ¿En serio?

-Si. –Deltha soltó una carcajada de triunfo.- ¿Quieres saber?

-Sabes que si.

-Verás…

Quizás, con esa larga historia, la noche llegaría antes de lo que cualquiera de los dos esperaba.

-Continuará…-

Del: ¡Naia esta celosa! ^0^

Naia: Calla. No lo estoy ¬¬'

Del: ¡Esta celosa de la rubia! ^0^

Naia: ¡Deltha! ¡Por cosas como esta, apenas y nos invitan a participar en los comentarios!

Aioros: ¿Rubia?

Saga: Se llama Tatiana. *cof cof* Tatiana del Lince.

Naia: ¿Tatiana? ¿Rusa?

Aioros: ¿Tendrás fetiche por las rusas?

Saga, *con cara de espanto*: Feti… ¡¿Qué? Solo es mi compañera

Naia: grrr…

Saga: e_e

Damis a Sun: Momento de despedirse sin hacer ruido y salir huyendo discretamente.

Aioros: Las pequeñas y nosotros nos despedimos… ¡Auch! ¡Naia!

Naia: grrr… ¬¬'