Capítulo 22: La última lección.
Sacó la cabeza del agua en cuanto se quedó sin respiración. Poco le importó que su melena se hubiera empapado y que las gotas de agua helada se escurrieran por su espalda. Llenó sus pulmones de tanto aire como pudo, y por un instante, el frío resultó agradable. Se miró las manos, que temblaban levemente y, con cierta molestia, comprobó como aún había rastros de sangre bajo sus uñas.
Ni siquiera recordaba la hora a la que la amazona del Lince y él habían llegado. Sabía que había sido tarde, de madrugada… pero estaba tan cansado que ni siquiera se molestó en mirar el reloj, en darse un baño o en sacar a la hermosa Géminis de su caja de pandora. Había caído rendido, igual que si hubieran pasado siglos desde la última vez que pegara ojo. Pero sabía que no había sido así; la misión había sido una molestia y había llevado más tiempo del que esperaban. Sin embargo, había ido bien y había resultado sencilla para ellos.
¿Por qué algo tan fácil como pestañear le resultaba un trabajo titánico?
Cuando vio su reflejo en el espejo, pensó que quizá estuviera a punto de enfermar. No recordaba haber visto enfermo a Zarek una sola vez en su vida, ni siquiera un pequeño constipado… Pero él se veía pálido y cansado.
Se revolvió el pelo mojado, y suspiró. Había dormido pocas horas, pero se sentían como si hubieran sido una eternidad. Continuaba igual de cansado que a su llegada… pero su cerebro estaba tan aturdido como si aquella noche hubiera durado siglos en realidad. Estaba seguro que, de no ser por aquel mal sueño que no recordaba, no hubiera despertado tan pronto.
¿Pero qué importaba? Aquel era el gran día de Aioros. Tenía que estar allí, aunque el coliseo fuera el último lugar en el que deseara estar. Solamente con pensar en el rostro burlón y despectivo de Athan sentía unas ganas inmensas de volver corriendo a su cama, y hundirse bajo la protección de su manta. La idea de soportar sus comentarios fuera de lugar, lo asqueaba.
Sin embargo, ya no podía huir… no que alguna vez pudiera. Era un santo de oro, tenia responsabilidades que no admitían una negativa o una renuncia.
Se deshizo de la parte de arriba de la camisa de lino, que no se había quitado la noche anterior, y abrió el grifo de la ducha. Esperó pacientemente, ensimismado y sentado en el borde de la bañera, hasta que el cuarto de baño se llenó con la suave neblina del vapor.
Se puso en pie, y todo a su alrededor pareció tambalearse. Instintivamente, llevó su mano hasta la superficie húmeda y fría de la pared, dudando de la capacidad de sus piernas para mantenerlo en pie. Entreabrió los labios y cerró los ojos, esperando a que pasase. La sensación le recordó cuando años atrás, Zarek les había subido a rastras a un viejo barco, para llevarlos a la Isla Kanon. Dejó escapar una risita nerviosa, opacada por el murmullo continuo del agua; y suspiró cuando, al abrir los ojos, el suelo pareció dejar de bailar como arenas movedizas.
Extendió la mano y cerró el grifo. Suspiró, sorprendido de la tensión que todo aquello le estaba provocando, y negó lentamente con el rostro. ¡Estúpido! Se dijo, mientras pasaba la mano con cuidado sobre los restos de la herida que dejó su combate con Kanon. Había cicatrizado, pero la piel continuaba rosácea, sensible, y en algunas partes aún recubierta por la postilla reseca.
E igual que si fuera una cruel advertencia ante el amenazador roce de sus uñas, la fuerte punzada de dolor que atravesó su cerebro lo paralizó por completo. Cerró los ojos con fuerza, esperando que pasara pronto… pero no sucedió. Lejos de disminuir, el castigo aumento, más y más, hasta que dejó escapar un gemido de dolor. Se llevó las manos a las sienes, en su inútil intento por detenerlo, por hacerlo más llevadero, sin ningún éxito.
Nunca antes había sentido un dolor como aquel… jamás había sentido un miedo tan asfixiante. Un escalofrío recorrió su espalda, mientras su piel brillaba bajo una fina capa de sudor frío. Entreabrió los ojos, y un par de lágrimas escaparon de ellos, pero su vista nublada apenas le permitió ver nada. Temblaba, sabía que lo hacía, y no podía detenerlo.
Sin embargo, antes de que pudiera dar si quiera otra bocanada más de aire… sus piernas cedieron, y se sumió en la más profunda e insoldable oscuridad.
-X-
El retador era el primero en pisar la arena, donde esperaría por la llegada de su contrincante.
Ahí, bajo los ojos del mundo, Aioros se sentía terriblemente incómodo, como pocas veces antes. Estaba asustado, aunque no por las razones que cualquiera pudiera pensar. No tenía miedo a la pelea que se avecinaba, sino a su resultado.
El combate de Saga aún estaba fresco en su mente al igual que sus consecuencias. Todavía podía percibir los cosmos agitados y penumbrosos a la distancia, en Géminis; de la misma forma en que sentía su ausencia. Y es que, de todos los santos dorados en activo, Saga era el único que no observaba desde el palco principal, haciendo compañía al Gran Maestro.
Había regresado de su misión justo a tiempo, tal como había dicho que lo haría. Sin embargo, había faltado a su palabras al no presentarse ese día a observar el momento más importante en la vida del joven arquero. Aioros no tenía del todo claro las razones que le habían excusado de mostrarse en el combate, pero tampoco sentía deseos de saltar a conclusiones. Después de todo, Shion sabía al respecto y si el motivo de su ausencia era lo suficientemente válido para el Maestro, con seguridad lo sería también para él. De cualquier forma, ¿quién era él para exigir respuestas en un situación como aquella?
Le dolía muchísimo, más de lo que se atreviera a admitir porque, por mucho tiempo, no había contemplado su vida sin su amigo, de la manera en que lo hacía en ese instante. Quizás era en ese preciso momento cuando lo extrañaba más que nunca, hasta el punto en que su ausencia le hería.
Suspiró a sabiendas de que, desde donde estuviera, Saga estaría prestando atención a cada detalle de su combate. También sabía que su amigo peliazul compartiría su triunfo a la distancia; de otro modo, él mismo se encargaría porque así fuera. Si Niké decidía coronarle ese día, entonces encontraría un modo de compartir tal bendición con el gemelo.
Por lo pronto, tenía que sacudirse esa sensación de desasosiego para concentrarse de lleno en su combate. Orestes era el verdadero adversario de ese día… uno de cuidado; y ciertamente no podía darse el lujo de tener la cabeza lejos de la arena. Si perdía la concentración, el santo de Sagitario iba a cobrarle con creces cada error.
De pronto, el tiempo de divagar llegó al súbito final.
Los murmullos de los asistentes comenzaron a arreciar poco a poco, presidiendo el inicio del combate. Aioros, entonces, se tensó todavía más. Tragó saliva y respiró profundamente, rebuscando dentro de si por la calma que tanta falta le hacía en ese momento. Fugazmente miró a su alrededor, en busca de los caras conocidas y perdidas entre el bullicioso público.
Cuando las encontró, perdió la mirada por un instante en ellas. No podía ver sus rostros, pero sabía que compartían su ansiedad y nerviosismo. Les sonrió, aunque aquella mueca fue solo un mal esbozo de su habitual sonrisa cálida.
Después contempló el palco de Shion, donde lo primero que divisó fue el rostro, entre tenso y emocionado, de su hermano pequeño. De la misma forma en que hiciese antes, se esforzó por sonreír a medias, tratando de lucir seguro… aunque en el fondo todo fuera una mentira. Estaba nervioso a más no poder y su mente era una maraña de ideas y sentimientos encontrados.
Escuchó en aquel instante el suave tintineo de la armadura de Sagitario, como si susurrase a su oído en medio del caos que reinaba en las ansiosas graderías. Así, levantó la vista en busca del ropaje del arquero dorado, maravillándose del resplandor que le envolvía bajo los rayos del Sol de la mañana.
Pero poco duró la fascinación cuando la sombra de su contrincante se dibujó sobre el suelo, anunciando que la batalla se acercaba a pasos agigantados.
Sintió como un último escalofrío recorría su espalda cuanto lo tuvo frente así y entonces no le quedó nada más que esperar… esperar porque un milagro mantuviera el alma de su maestro en el mundo de los vivos.
-X-
Shion se revolvió incómodo en su butaca. Se frotó las manos, en un intento inútil por calentarlas. Estaban en pleno junio, y aquel súbito frío que lo invadía era, sin duda, un mal presagio. Agradeció la protección de su máscara dorada, como venía haciendo mucho últimamente, y echó un nuevo vistazo a su alrededor. Esperaba que, de un momento a otro, Saga apareciera por allí y ocupara su lugar en el púlpito presidencial, junto a sus compañeros: tal y como le correspondía.
Pero no lo hizo. El chico nunca apareció, y su voz no resonaría suavemente, pidiendo una disculpa. No tenía la menor idea de qué había sucedido, ¡¿qué motivo podía existir para que Saga se ausentara de aquel combate? No alcanzaba a comprenderlo. Aquellos dos estaban tan unidos que semejante ausencia sería, sin duda, comentada.
Ladeó suavemente el rostro cuando escuchó los pasos perezosos de Gigas, acercándose hasta él. El consejero se inclinó, hasta quedar a la altura de su oído, y le habló en voz baja.
-Ni rastro, mi Señor. Nadie sabe donde esta, aunque la armadura se encuentra, sin duda, en el tercer templo. Lince jura no haberlo visto desde su llegada anoche.
-¿Cabo Sunion?
-Tampoco, Santidad.
Shion asintió, y con un gesto de su mano, lo invitó a marcharse. Apretó los dientes airado, mientras sentía la mirada de Arles y de los chicos clavada en él.
-Nadie lo ha visto, ni sabe dónde esta. –murmuró directamente a la mente de su santo de Altair.
-Tatiana esta en las gradas.
-Lo se. –replicó con voz grave.- También Kanon. –Y era cierto, Kanon había hecho trizas sus esperanzas de que se uniera a ellos en el palco, cuando lo vio en medio de la exaltada multitud. Había podido verlo fugazmente, entre la multitud, tan huidizo como en las últimas semanas.- Pero tampoco hay rastro alguno de su cosmos.
-¿Entonces?
-Es hora de comenzar. –dijo en voz alta.
Notó el leve respingo de Arles en su asiento, e inmediatamente, las miradas de sus santos dorados y sus pupilos, estuvieron clavadas en él.
-Pero… -murmuró Aioria, mientras sus manos continuaban aferradas a la balaustrada de piedra blanca. No quería perderse un solo detalle del combate de su hermano, y aunque aún no había dado comienzo, miraba de Aioros a Shion alternativamente.
-Saga aún no llegó. –continuó Milo por él.
-Aioros no querría que se lo perdiera… -terminó el joven león.
-Lo se. –Esbozó una sonrisa triste que ninguno de ellos pudo ver.- Pero me temo que no podrá ser… Saga no llegara a tiempo.
-X-
Orestes se detuvo en medio de la arena. A pesar de los gritos implacables de su público, se sintió completamente solo.
Por primera vez en muchísimo tiempo, una de sus viejas manías, aquella que pensaba extinta surgió de manera imprevista cuando acomodó el cuello de su camisa con un ligero tirón. Sonrió al descubrir que detrás de todo ese brillo dorado que siempre le vestía, seguía siendo el mismo. Pues bien, era el momento de mirar al cielo, sonreír y de decir adiós. Su misión estaba cumplida y ahora, era el tiempo de Aioros para brillar.
Esa batalla, esa pelea, era el último paso, la última exigencia de su diosa. Su misión ese día era simple: tenía que despertar al santo que dormía dentro del cuerpo de alumno.
Ahí, parado frente a él, con ese ceño triste y la mirada afligida, el castaño lucía como el chico que en realidad era. No era más que un crío obligado a crecer a destiempo, un niño que estaba a punto de vender su inocencia por la gloria que todo hombre desea. Pero, también era el chiquillo al que Orestes había querido como a nadie.
Era el pequeño hermano que la vida nunca le había dado, pero que el destino le obsequió en un giro caprichoso y predestinado. Había aprendido a quererle y también a respetarle. La profesa admiración de Aioros por él ciertamente era reciproca, porque, envuelto en ese halo de candor, existía un joven hombre de incuestionables principios y de enorme corazón.
Muchos podrían decir que el crédito era suyo, por haberle guiado por el camino correcto. Sin embargo, Orestes sabía que no era así. Él, como su maestro, solamente había pulido la bella pieza de arte que era su alumno. La finura y la belleza de su alma estaban ahí desde el principio… y el moreno confiaba en que ahí permanecieran hasta el final de los tiempos.
Sin duda era un elegido, una sabia decisión por parte de una diosa que se jactaba de ser las más ilustre de todas. Y solamente le faltaba una cosa: brillar como el ropaje dorado que pronto habría de cubrirle.
-¿Estás listo? -el adolescente asintió en un gesto casi imperceptible.- Muéstrame que has aprendido.
No hubo más esperas ni tampoco ceremonias tediosas entre ambos porque, como un suspiro, la voz del Patriarca resonó en el Coliseo, anunciando que la batalla había comenzado.
El moreno era consciente de que lo que menos necesitaba su pupilo en aquel momento, era pensar. Pensar lo haría dudar, y las dudas le harían débil. Aioros tenía que combatir y despertar de una vez por todas del letargo en que su conciencia le había metido. Orestes era quien le hacía frente, pero su verdadero contrincante no era otro más que si mismo.
Aioros apenas pudo esquivar el golpe, tirando el cuerpo hacia un costado. Del puño de su maestro, salió una ráfaga de cosmos dorado que cortó el aire y enrareció el ambiente. Para el castaño, era claro que nada en esa pelea iba a limitarse a simples golpes de puños y patadas. Todo sería intrincado y cualquier desliz terminaría sentenciando el encuentro.
Pero, de nueva cuenta, el joven arquero se vio obligado a esquivar un nuevo ataque del mayor. Volvió a retroceder, rehuyendo a tropezones de Orestes.
-¿Qué pasa contigo? ¿Cuándo vas a atacar? -Espetó el santo. El chico apretó los dientes sin responder.- No vine aquí para que me muestres tu defensa, Aioros. -lanzó un nuevo golpe, que propulsó una ráfaga de cosmos que hizo hervir el aire.- ¡Quiero que demuestres lo que puedes hacer!
El asfixiante calor de aquel cosmos, usualmente pacífico pero temible en poder, hizo que el castaño se erizase. El segundo golpe erró por poco, sin embargo el incremento en la temperatura no le pasó desapercibido.
Aioros cesó todo movimiento aferrando sus pies al piso. Una nube de polvo amarillento le envolvió cuando la arena se levantó por el impulso de llevaba su cuerpo. Entonces, fue como si el tiempo se detuviera dentro de aquella niebla polvorienta, pudo distinguir la silueta de Orestes, envuelta en cosmos dorado.
Apretó los dientes, con una mezcla de impotencia y desesperación. Orestes lo estaba forzando a responder, y pronto tendría que hacerlo.
El ambiente se cargó de electricidad cuando los cosmos de ambos ardieron con fuerza mientras las partículas de polvo chispeaban al encontrarse con el aire cargado de energía. Para sus adentros, Orestes sonrió, sintiendo que había logrado su cometido. Sabía mejor que nadie que el verdadero enemigo de Aioros no era él, sino aquel corazón suyo, obstinado y aferrado. Toda vez que el aprendiz no sucumbiera ante sus absurdos deseos de salvarle, entonces con seguridad, Aioros tendría la pelea ganada.
Sin darle más tiempo de pensar las cosas, volvió a arremeter en su contra.
La pelea se tornó física, con un incesante intercambio de golpes y patadas que, a primera vista no parecían más que eso. Sin embargo, para los ojos que eran capaces de apreciar el cosmos, las centellas que brincaban cada vez que sus cuerpos chocaban, dejaban entrever la magnitud de aquel enfrentamiento.
Cada golpe venía medido con precisión, ni más, ni menos energía, sino solamente la necesaria para no quedar en desventaja. Pero Aioros no podía engañarse a si mismo: su plan de batalla iba a ceder en algún punto.
-¿Vas a dejar de jugar? Nuestros entrenamientos son más divertidos que esto. –dijo el mayor.
-¿Te parece un juego? ¿En serio?
-Lo que estás haciendo, lo es.
Y entonces, Orestes se alejó por una fracción de segundo, en la que la energía a su alrededor dibujó un enorme rayo sobre sus cabezas. El cielo bramó mientras las luces doradas le atravesaban.
-¡Trueno atómico!
Aioros se preparó para lo inevitable: en el instante que la corriente de energía golpeara su cuerpo, hasta la última célula en él sufriría el castigo de la electricidad. No había escapatoria, ni tampoco manera de frenarle ya… solo le quedaba soportar con estoicismo.
-X-
Naiara no necesitó mirar a Deltha. Inconscientemente, había sujetado su mano entre la suya desde que vio a Aioros llegar a la arena, en un intento inútil por calmarla. Sin embargo, sabía bien que nada de lo que ella pudiera hacer cambiaría lo que sentía la joven pelipúrpura. Hacía no mucho, quizá demasiado poco en realidad, se habían enfrentado a un escenario peligrosamente parecido a aquel. Claro que, ella no podía imaginar siquiera como sería afrontarlo sabiendo la relación que aquellos dos mantenían.
Por un segundo, sus ojos viajaron al punto exacto donde la amazona del Lince observaba. Frunció el ceño, e inmediatamente después, miró hacia el púlpito. Saga no estaba.
Apretó la mano de Deltha una vez más, intentando calmarse ella misma también. Aioros no tenía un Kanon al que enfrentarse, cierto, pero el panorama no era por ello más alentador. La vio de soslayo por un momento.
-Ganará y estará bien. ¿Me has oído? –apenas fue un murmullo directo a su cabeza, no quería que nadie, ni siquiera Axelle, la escuchara; pero habló con decisión. Su amiga asintió.- Va a ser un magnífico santo de Sagitario, Del. Esa armadura esta hecha para él y nadie más.
-Si… es solo que… -La morena sabía que Deltha estaba conteniendo los nervios y las lágrimas del mejor modo posible.
-Saga ganó y Aioros va a hacer lo mismo. No puede ser de otra manera… -casi sonrió al pensarlo.- Los dos, o ninguno.
-Los dos.
-X-
Quemaba, ardía… hería.
Ni siquiera fue capaz de gritar cuando sintió la punzada de dolor recorrer su cuerpo. No podía hablar ni moverse… apenas podía respirar. Rápidamente el sufrimiento se tornó en impotencia ante la falta de escapatoria, pero es que el trueno atómico era precisamente eso: una red infalible de energía, que no dejaba a sus víctimas una vez que las atrapaba.
Los pocos segundos que permaneció preso en la técnica de su maestro fueron lentos y agónicos, hasta que súbitamente, todo cesó.
Entonces, el segundo efecto del trueno atómico le envolvió en sus brazos engañosos. El dolor que sentía se desvaneció de a poco, siendo sustituido por el entumecimiento paulatino de cada uno de sus músculos. Su cuerpo se volvió pesado y su mente se vio atrapada en una nube de confusión que entorpeció a sus sentidos. Había recibido el cosmos de Orestes en plenitud y, aunque no era la primera vez que dicha técnica le golpeaba, nunca antes lo había hecho con una fuerza tan brutal y devastadora como aquella. Una cosa quedo clara: durante todo el tiempo en que habían entrenado juntos, el santo de Sagitario jamás había revelado el verdadero potencial que poseía.
Sus rodillas golpearon el piso y sus manos se afianzaron sobre la arena del Coliseo un segundo después, evitando que desfalleciera por completo. Abrió sus labios para boquear por oxígeno mientras una delgada capa de sudor frío bañaba su cuerpo. No podía creerlo, era demasiado. El aprendiz solamente pudo preguntarse si aquel era en realidad el poder de un santo dorado y, por sobre todo, si su propia fuerza sería capaz de igual, e incluso eclipsar, a la de su oponente.
Sobraba decir que, si el plan de Orestes era sacar de su mente todas esas ideas acerca de mantenerle vivo y de contener su cosmoenergía durante el combate, lo había conseguido con éxito… al menos por un instante.
-¿Qué pasa, Aioros? ¿Sigo siendo un viejo al que debas de cuidar?
El castaño alzó la mirada para contemplarle, más no respondió. Tensó la mandíbula e intentó incorporarse, no sin sentir la oposición de sus músculos que todavía sufrían el castigo de antes. Hizo a su cosmos arder, con la esperanza de que el dolor se minimizara y las molestias se ahuyentaran.
-Bien, bien, ¿vamos en serio? –volvió a preguntar el santo.
-Eso parece. –Orestes asintió al escucharle responder. Esperaba que así fuera.- Al menos tú lo haces.
-Oye, uno de los dos debe dar a este combate la importancia que se merece. –se encogió de hombros.
Aioros trastabilló al ponerse de pie, pero no tenía la menor intención de caer de nueva cuenta en el ataque de energía de su maestro.
Expandió su cosmos, con una intensidad superior a la que usase antes y, como una saeta, se abalanzó en contra del moreno. Casi pudo distinguir una minúscula sonrisa en el rostro de su maestro cuando su puño le rozó peligrosamente.
El golpe no iba a matarle, pero Orestes podía distinguir cierto toque de impulsividad en sus movimientos y eso siempre era bueno. Respondió de inmediato, pero su ataque no tuvo un resultado diferente al de su pupilo, quien se escabulló con rapidez. Una patada pasó demasiado cerca de su rostro y se las ingenió para, una fracción de segundo después, detener con su antebrazo un nuevo puñetazo de Aioros. Sintió su brazo temblar ante la fuerza del impacto, comprendiendo que el castaño había aprendido bien. Más allá de golpear, estaba el efecto del cosmos en cada embate. Su puño era lo suficientemente pesado por si mismo, y sumado a la fuerza de su cosmos, resultaba impresionante.
-Por más extraordinario que seas en combate físico, los puños y las patadas no van a ganarte este combate. –Orestes detuvo un nuevo golpe.- Usa tu cosmos, deja de temerle.
-No le temo.
-Demuéstralo.
Orestes lanzó un ráfaga de cosmos que obligó a su aprendiz a retroceder, abriendo distancia entre ambos. Entonces, su cosmoenergía se encendió, en un huracán de luz y polvo dorado.
Aioros esperó, no iba a moverse a menos que su maestro lo hiciera primero. Estaba retando a su suerte, era consciente de ello, porque en el instante en que el moreno atacara, tendría una escasa fracción de segundo para reaccionar. Esa era una de esas situaciones en la que lo único que se daba por sentado era el hecho de que ataque era inminente, como le gritaban sus sentidos.
Tragó saliva, sintiendo como todo sucedía con una lentitud abrumadora. Probablemente muchos de los espectadores eran incapaces de observar la batalla en plenitud, pero a esas alturas, sus ojos y su cosmos estaban tan acostumbrados a la monstruosa velocidad de la luz, que Aioros incluso sentía el tiempo avanzar con lentitud.
Vio las flechas doradas tomar forma en medio de la caótica ventisca de cosmos y supo cual era el siguiente paso. Su corazón anunció con un brinco que todo se desbocaría pronto.
-X-
Aioria apretaba con tanta fuerza la roca entre sus manos, que sus nudillos se habían tornado blancos por el esfuerzo. Milo no se había movido de su lado, y por ende, Camus tampoco. Shion no perdía detalle alguno del combate, pero sabía de sobra que era en momentos como aquel cuando los secretos más inocentes quedaban al descubierto. Las reacciones lo eran todo.
La actitud de aquellos tres no le sorprendía. Pero sabía que los demás seguían el combate con igual interés, a pesar de ser unos niños que poco sabían de lo que les deparaba el futuro. Habían presenciado la pelea por Géminis, ahora tocaba Sagitario. Habían visto, y verían, morir a santos respetables a manos de los que consideraban hermanos, y no habían pestañeado si quiera: no habían reparado en lo que aquello significaba de verdad, en el peso que suponía para el vencedor... Eran pequeños, y como tal, soñadores: todo lo que los mayores hacían, llenaba su pequeño mundo de sueños, fantasías y aspiraciones. Aioros y Saga lo eran todo para ellos. No era un secreto: sentían más adoración por ellos que por el resto de santos dorados juntos.
Volteó a su derecha, donde un par de asientos más allá. Shura contemplaba todo lo que sucedía en la arena. El chico de Capricornio no mostraba la misma efusividad que los otros tres, pero no por ello sentía menos interés. Su rostro serio, el ceño levemente fruncido, sus ojos negros refulgiendo bajo la claridad del día, y sus labios apretados… lo dejaban claro. Sin embargo, Shion sabía una cosa. Unos crecían más rápido que otros, comprendían antes…
Solamente necesitaba mirar un segundo al pequeño Shura, para saber que el chico había entendido. Lo que ahora era la gran prueba de su héroe, algún día sería la suya: más pronto que tarde. El Maestro sabía que aquel pensamiento surcaba su mente sin descanso, y que era un gran peso para un niño. Sonrió con cierta tristeza.
No había ya motivos para preocuparse por Saga y Aioros. Uno había alcanzado su lugar en el mundo, y el otro iba a seguirlo en apenas unos minutos: no tenía ninguna duda al respecto. Ya no tenía que protegerlos, ni velar por ellos. Se sentía inmensamente orgulloso… y a pesar de que siempre resultaba doloroso ver morir a un santo, la alegría de ver nacer a otro suavizaba el pesar. Extrañaría a Orestes, muchísimo; pero deseaba con todas sus fuerzas que el combate terminase, y Aioros se envistiera el ropaje que le correspondía por derecho.
Pero sabía bien, que la situación de Aioros, no era la de Saga. Aioros peleaba contra Orestes del mismo modo en que el geminiano lo había hecho con Kanon: con miedo, con recelo y angustia. Tristemente, llegaría un momento en que aquellos sentimientos deberían ser enterrados. En algún punto, Aioros tendría que ver a Orestes como lo que en verdad era: su obstáculo. Debía aceptar que la muerte daba paso a la vida…
Shion echó un último vistazo a Aioria y suspiró. Anhelaba ver el gracioso movimiento de aquellas alas de oro, acompasado al caminar de su nuevo dueño. Estaba tan impaciente como el pequeño león. Volvió a ver a los más pequeños y sonrió de nuevo.
Sus niños crecían… y él se hacía cada vez más viejo.
-X-
Abrió la boca, pero ninguno sonido abandonó su garganta. Su defensa había colapsado por un segundo y ahora pagaba las consecuencias.
Había sentido con escalofriante claridad como la flecha de energía había roto su piel, atravesado el músculo y dejado tras de si el agudo dolor de una herida abierta. Su respiración se entrecortó mientras luchaba por mantener la compostura. Instintivamente, se llevó la mano a su hombro izquierdo, donde sintió la tibieza y humedad de la sangre que emanaba de la lesión. Pero, más allá del dolor y de las molestias, del susto y de la sorpresa, había algo que rondaba en su mente y le había arrancado el aliento…
Si no se hubiese movido, si a último momento no hubiera conseguido tirar el cuerpo hacia la derecha, la flecha que había hecho blanco en su hombro hubiera terminado incrustada en su pecho, muy probablemente en su corazón.
En otras palabras, ¡Orestes había intentado matarle!
Nunca dudó de la seriedad de su combate ni de la de su maestro, pero hasta ese momento no se había detenido a considerar en las verdaderas repercusiones de cada una de sus acciones en batalla. Había cometido un error que no podía permitirse si quería sobrevivir a la misión de ese día.
-¿Qué ha sido eso? –Orestes le observó con una frialdad desconocida en sus ojos ambarinos.
-Tú dime.
Contempló los delgados senderos rojizos que la sangre trazó en el brazo de su alumno conforme resbalaba, hasta verterse en el piso. El chico había sido terriblemente imprudente al permitirse ser herido de esa forma y él, no podía sentirse angustiado ante la falta de reacción por parte de Aioros.
Lo había visto crecer, mejorar y superarse día a día; conocía de lo que era capaz y del potencial que escondía detrás de aquel rostro de facciones sencillas y afables. En el adolescente que le hacía frente había mucho más de lo que él mismo se atreviera a reconocer… y estaba tirando todo por la borda a causa del desmedido afán de preservar su vida.
-Se ve mal. –habló por fin, y no mentía.- Un poco más y…
-Ya. No tienes que decirlo. –Aioros arrastró las palabras. Se mordía los labios para tragarse el dolor mientras sus ojos cerúleos se mantenían fijos en su maestro.- Pero tampoco pienso morirme por un hueco en el hombro.
-Bien dicho. –Orestes sonrió ligeramente.- Una lástima que no podamos decir lo mismo de tu combate físico. Hora de aferrarte a tu cosmos, Aioros.
El semblante de Aioros se oscureció por un instante al oírle hablar, aquel era un detalle en el que no había reparado. Si Orestes lo había hecho a propósito o había sido simple coincidencia, no podía asegurarlo, pero había funcionado mejor de lo que cualquiera pudo imaginar.
Sin embargo, no tuvo más tiempo para pensar al respecto…
-¡Impulso de Luz de Quirón!
La ráfaga de aire le golpeó tan violentamente que terminó por aventarle contra el piso, varios metros detrás. El polvo ensució su rostro sudoroso mientras su cuerpo entero se quejaba de los abusos que le hacían víctima. Más no habría tregua ese día para él.
Apenas consiguió esquivar el siguiente ataque: un poderoso golpe que sacudió la tierra bajo sus pies. Sus miradas volvieron a encontrarse fugazmente, antes de que el moreno continuara la persecución. De pronto, Aioros no podía hacer nada más que rehuir, y esperar cual león agazapado el momento adecuado para contraatacar. Así, evadió varios golpes que le hubieran costado más de lo que podía permitirse, pero también recibió varios que hirieron su piel y la cortaron.
Orestes tampoco iba a bajar la guardia, ni tampoco a retroceder. Su aprendiz estaba listo para ocupar el lugar que le correspondía en el universo, ¡era perfecto para reclamar la armadura a la que él había amado por tanto tiempo! Solo le faltaba atreverse, le faltaba el último impulso que le llevaría a tocar las estrellas con las manos… y el santo de Sagitario estaba dispuesto a darle el empujón que lo llevaría ahí. Sin importar lo que constase y lo que tuviera que dar a cambio, Aioros era la misión más importante de su vida; crecerlo, guiarlo, instruirlo… prepararlo para el gran futuro que le deparaba, tal era el objetivo de Orestes, y no tenía la menor intención de fracasar en ella. Si para ello era necesario que Aioros fuera magullado, herido y forzado a odiarle, estaba dispuesto a pagar ese precio.
-¡Trueno ató…! –no pudo seguir.
Una saeta de luz arañó su mejilla sin que notara el momento del ataque. Sus ojos color ámbar se abrieron con incredulidad mientras que, a lo lejos, distinguió la brillante mirada de su alumno, escondida tras las mechas desordenadas de cabello castaño y los pegotes de polvo en su rostro.
-No otra vez. –espetó el joven, con la respiración entrecortada.
Orestes esbozó una mueca de satisfacción. Limpió con tosquedad la sangre de su mejilla y con un nuevo estallido de cosmos, se abalanzó sobre él para continuar la batalla.
El instinto de Aioros consiguió mantenerle a salvo, sin embargo, el santo no estaba dispuesto a dar marcha atrás.
Iba a arrastrarlo hasta el extremo, hasta que no pudiera más. Lo iba a llevar al punto en que no tuviera más opción que luchar con todo lo que tenía o moriría en el intento.
Despertó de sus pensamientos cuando el puño de Aioros impactó de lleno contra su rostro, forzándole a retroceder unos pocos pasos. Otro golpe siguió al primero, porque su alumno aprovechaba que le tenía dominado por un instante. A decir verdad, le costó trabajo reponerse por completo a los embates. Sonrió internamente al pensar que, aún herido, el combate físico de Aioros era temible.
Dos esferas de energía estallaron en su costado, sin producir daños mayores, pero ocultos tras ambas, los puños de Aioros hicieron el trabajo. El talento del muchacho era innegable, pero el maestro se sabía con ventaja y, como guerrero experimentado que era, no iba a dejarla escapar.
El cosmos que despedía comenzó a resonar, con el chillido de la electricidad. No pasó mucho antes que los rayos se materializaran y las corrientes de energía le rodearan.
-¡Trueno atómico!
-X-
Deltha cerró los ojos con fuerza. Seguía aferrada a la mano de Naia, pero aún así, se sentía incapaz de mirar aquello por más tiempo. Se había esforzado por mantenerse estoica durante el combate de los gemelos, y había sido más difícil de lo que pensó. Sin embargo, esta vez quien estaba en la arena era Aioros. Él sangraba, peleaba, temblaba… y sufría. Ella sabía bien lo muchísimo que el castaño quería a Orestes, era consciente de lo mucho que había buscado una manera en la que pudiera mantenerlo con vida.
La pelipurpura lo había alentado, se había sentado con él durante horas en busca de un plan para que tal cosa pudiera suceder… y cuando no lo encontraron, estuvo allí para sostener su mano y escuchar su triste silencio. Su fe en Aioros era ciega. No tenía la menor duda de que sería el vencedor, todos lo sabían… Por ello no alcanzaba a comprender la necesidad de tanto dolor.
Sentía las lágrimas arder en sus ojos, pero se estaba forzando en no dejar que rodasen por sus mejillas. Aioros no querría que lo hiciera. No la importaba no ver lo que sucedía unos metros más allá, de todos modos, su dominio del cosmos hacía mucho que la impedía verlo. Pero podía sentir cada golpe, cada movimiento… como si ella misma estuviera en la arena, peleando de la mano de Aioros.
"Por favor, Athena…" suplicó. "Por favor…"
Las heridas del cuerpo se curaban, pero cuando afrontaban los combates de sucesión, no eran más que niños vulnerables: vulnerables a heridas mucho más profundas que, estaba segura, eran prácticamente imposibles de sanar. Se mordió los labios. No quería que la mirada alegre y la sonrisa imperecedera de Aioros se esfumara después de aquello… No lo soportaría.
Negó suavemente con el rostro y tomó aire. Pero en aquel preciso instante, una mano se posó en su hombro en una suave caricia. Abrió los ojos enrojecidos, y alzó la mirada envuelta en plata. Axelle no la miraba, mantenía la vista al frente. Sin embargo, aquella caricia de ánimo fue suficiente. Quizá ella podía comprenderla, quizá…
Tragó saliva, y vio a Naia de soslayo. Ellas eran su única familia, y pronto enfrentarían una situación demasiado parecida a aquella. No podía siquiera pensarlo… No era el momento. Ahora las tenía allí, con ella, ya pensaría en aquello más adelante.
En aquel momento, solamente estaba Aioros. Volvió la vista al frente, hasta que se topó con su silueta. Iba a ganar, y ella no pensaba perdérselo.
-Puedes hacerlo… -murmuró.
-X-
-¿Por cuánto más seguirás con esto? –le cuestionó su maestro.
El castaño no respondió, pero tensó la mandíbula, en espera de lo que fuera a acontecer. De inmediato preparó su defensa y afiló la mirada sintiéndose totalmente desconcertado.
El hombro le ardía y la hemorragia parecía no tener fin. Había llegado al punto en que cada movimiento de su brazo era una tortura para el resto de su cuerpo. La fuerza se esfumaba lentamente de él, y su cosmos tenía que compensar por la potencia perdida, por lo que los esfuerzos se duplicaban a cada golpe.
Era consciente de que pronto debería abandonar los combates físicos y limitarse a su cosmoenergía, pero de alguna otra forma también sabía que hacer tal cosa sellaría el resultado del combate.
Sin embargo, en ese preciso instante, su maestro hizo a un lado toda acción de batalla, relajándose por completo. Caminó en su dirección, haciéndole retroceder en el proceso. Estaba alerta… tenía que estarlo. Con un oponente de ese nivel, el más mínimo pestañeo podría convertirse en su perdición.
-Última lección, Aioros. Presta atención. –Orestes se limpió el hilo de sangre que corría por su mandíbula. El chico sin duda sabía golpear. Del otro lado, Aioros frunció el ceño, desconociendo la interpretación de las palabras de su maestro. ¿Qué significaba eso?-¿Qué crees que es esto? –el santo devolvió la pregunta.
-¿Qué?
-¿Qué es esto, Aioros? Esta batalla, este combate, ¿significa algo para ti? –el brillo en la mirada de Orestes volvió a despertar, mientras su cosmos lo envolvía de nuevo.
-¡Sabes lo que significa!
-No creo que lo entiendas todavía. -Orestes esbozó una sonrisa ligera e indescifrable; y entonces Aioros escuchó. A sus espaldas, desde el palco de Shion, podía oír con claridad a Sagitario, respondiendo al cosmos del que aún era su portador.- ¿Lo entiendes ahora? –vio a su pupilo respingarse y continuó.- Nuestros ropajes no son objetos que puedan pasar de generación a generación como la simpleza de cualquier cacharro. Las armaduras viven, sienten y existen bajo una personalidad propia, diferente a la tuya o la mía. Sin embargo, la sangre nos une. Saga te habrá contado de eso.
La sola mención del nombre pareció dolerle. Recordó entonces la primera conversación con el gemelo, después que obtuviese su armadura y el momento exacto en que le habló de los lazos de sangre con Géminis.
-¿Es eso? ¿Tu lazo de sangre tiene que extinguirse para que el mío funcione? ¿Esa es la gran lección? ¿Por qué sabes que? ¡Eso ya lo sabía! –espetó.- ¡Es una tradición sin sentido! Si Sagitario ha de ser mía, lo será contigo muerto o vivo, de otra forma no estaba destinado a ser.
En ese preciso instante, bastó un pestañeo para que Aioros le perdiera de vista. Lo siguiente que supo era que Orestes estaba a su lado, susurrando a su oído.
-Cada quien construye su destino.
El puño del santo de Sagitario impactó contra su estómago, robándole el aliento. Inclusive el quejido de dolor pareció ahogarse en su garganta y la sangre volvió a asquear su boca. No tuvo tiempo de lamentarse, ni tampoco de contraatacar, porque con la centellante rapidez de la velocidad de la luz, el moreno le golpeó de nueva cuenta en la espalda.
Tomado por sorpresa, Aioros abrió los ojos lo más que pudo. Se las ingenió para no caer, y a base de tropezones, consiguió crear distancia entre ambos. Tenía la respiración desbocada, los músculos adoloridos y la conciencia magullada. Estaba intentando convertir aquella pelea en un ejercicio de resistencia y eso le estaba costando mucho; pero es que, mientras no tuviera idea de cómo esquivar al destino, entonces no podría actuar con la libertad que quisiera.
Una vez más estaba retrocediendo, en una frenética lucha por esquivar cada ataque que iba en su contra.
-¿Por qué haces esto? ¡Ya te dije que no quiero ser tu asesino! –exclamó.
-¿Harás que yo sea el tuyo?
La mirada azul de Aioros se llenó de sorpresa cuando alrededor del moreno, las luces de cosmos empezaron a agruparse. En cualquier instante tomarían la forma de una flecha y volarían en su dirección, con la intención de hacer blanco en su cuerpo. Había visto aquella técnica en demasiadas ocasiones como para no reconocerla: era el sello de su signo.
En esta ocasión no iba a salir con una simple herida en el hombro, ni con los rasguños que hasta ese momento tenía… esta vez, sin dudarlo, Orestes iba con todo.
Entonces, respondió con lo único que podría mantenerle a salvo: la misma técnica, la Destrucción Infinita.
-Vaya. Ya era hora. –musitó el mayor al ver a su pupilo encendiendo su cosmos. Pero las intenciones de Aioros eran diferentes a las que esperaba el moreno.
Miles de flechas flotaron por todo el lugar, convirtiendo la arena en un espectáculo como pocos. Los dos torbellinos de sagitas doradas envolvían a los contendientes mientras el público esperaba, con ansias, por el desenlace que esta vez parecía inevitable.
-¡Destrucción infinita!
La luz, tan brillante como el Sol, aturdió los sentidos de los espectadores mientras las voces de los protagonistas retumbaban con el eco del Coliseo. Entonces, ambos ejércitos de flechas colisionaron, una en plena acción defensiva y otra como defensa.
El ataque de Orestes se abría paso entre la cortina de defensa de Aioros. Pero Orestes no iba a darle descanso, sino lo contrario. Su cosmos volvió a intensificarse, haciendo la ola de flechas más densa y rápida. De esa forma, sabía, el castaño se vería obligado a responder con algo más que una defensa pulcra. La Destrucción Infinita no era un técnica para protegerse, era una ataque volátil y letal.
Por su parte, el aprendiz compartía pensamientos con el moreno. Ya había forzado lo suficiente la situación como dejarse a si mismo entre la espada y la pared. Para su mala suerte, no tenía más remedio que abandonar la defensa y centrarse meramente en su ofensiva.
Gruñó al incrementar la potencia de su ataque. El halo dorado que le cubría se expandió y tomó fuerza, alzando una nube de polvo a su alrededor, en medio de la cual se abrían paso sus sagitas.
Todo cambió en un instante. La ventisca de flechas y cosmos que hasta ese momento iba prácticamente en una sola dirección, se convirtió en un remolino al arreciarse el embate del castaño. El viento ardiendo de los dos cosmos ardiendo en esplendor pegó contra sus rostros. Y así, el fuego cruzado inició.
Al silbido de las flechas se sumaron las explosiones de los proyectiles que se encontraban al volar de un lado al otro.
Aioros cerró los ojos y apretó los labios con fuerza cuando diversos arañazos se dibujaron sobre su piel a causa de las flechas. El cosmos del santo de Sagitario creció un poco más, amenazante. Él tendría que hacer lo mismo o terminaría sucumbiendo.
Lo que tanto había estado evitando ese día, por fin llegó, de manera irremediable: su cosmoenergía vibró con toda la fuerza guardada en su interior. El remolino de flechas se convirtió en un tornado mientras el resplandor que despedía iluminó todo el Coliseo y más allá. Sus pupilas reflejaron el color del oro, tan arrebatador como el polvo de estrellas que le rodeaba… y la situación cambió de repente.
El filo de las sagitas se hizo más agudo y su velocidad, implacable. La batalla, hasta entonces dispareja, se vislumbró como lo que era: una batalla entre dos iguales; dos santos dorados enfrentados en una guerra de mil días.
Orestes se encontró a si mismo superado, al menos por un instante. La fuerza del ataque de Aioros estaba ocasionando que sus pies, siempre firmes, resbalaran sobre la arena. El brillo de sus propias flechas se vio opacado por las del más joven y, aunque su orgullo de guerrero resultaba agriamente herido con esa revelación, en el fondo se sintió terriblemente satisfecho por haber tenido la oportunidad de moldear aquellos puños que ahora se tornaban en su contra.
El caos parecía haberse apropiado de la escena. Las flechas surcaban el aire, chocando unas contra otras, neutralizándose, atacándose… siempre tratando de superarse.
Y el momento llegó…
Tres impactos. Sangre. Silencio.
-X-
Kanon entrecerró los ojos sutilmente. Sabía de sobra que de todos los presentes en las gradas, era el único que podía seguir con facilidad la velocidad del combate. El resto del público aullaba entusiasmado ante una batalla que sabían resultaría mortal, la sangre derramada y la gloria del ganador: pero nadie veía lo que sucedía en realidad, eran demasiado rápidos.
Paseó su mirada esmeralda por el graderío, en busca de rostros conocidos. No tardó en encontrar a Deltha y Naiara, escoltadas como siempre por la imponente Axelle. Se preguntó que estaría pasando por sus mentes, pero cuando reparó en sus manos entrelazadas, no le quedó duda alguna. No alcanzaba a comprender la relación del arquero con la más pequeña… Y por un segundo, sintió lástima. Los combates por las armaduras de oro no tenían punto de comparación con ningún otro, lo sabía demasiado bien. Pero las chicas aún tenían mucho que aprender si es que querían salir vencedoras del suyo propio…
Y entonces, las miradas casi compungidas de Nikos y Keitaro, lo desconcentraron, haciéndolo reír; aunque la carcajada pasó desapercibida en medio del bullicio. Debía ser ciertamente impresionante que los mocosos que habían sido su pasatiempo favorito demostraran a los ojos de todos lo en verdad eran, y les dejaran en claro su lugar en el mundo. Muy por debajo de ellos.
Sin embargo, cuando vio de soslayo al púlpito, donde tenía reservado un sitio que de ningún modo pensaba llenar, su gesto se endureció. Nunca había olvidado que era él quien no tenía un lugar que se correspondiera con su valía, había sido él quien había perdido. Aquella invitación a presenciar el combate con los más grandes de la orden le resultó tan dolorosa como humillante y no pensaba rebajarse ante nadie, ni siquiera ante una petición personal del Patriarca.
Hubiera jurado que su mirada se cruzó, en algún punto, con la suya. Kanon tenía una habilidad inaudita para pasar desapercibido y ocultar su cosmos, pero el lemuriano parecía ser igual de hábil a la hora de encontrarlo. Él no pertenecía allí, y lo sabía. Iba siendo hora de que el viejo comenzara a comprenderlo también.
Sonrió de lado, desafiante, y se sopló el flequillo.
Volvió la vista a la arena olvidándose del Maestro. No dejaba de resultarle curiosa la semejanza entre Aioros y Saga. No sabía si aquello le divertía o le irritaba… pero lo cierto era, que el punto débil de uno, se coronaba como el punto fuerte del otro: Athan tenía razón, hacían un buen equipo. Aioros era soberbio en el cuerpo a cuerpo, incluso estando herido; pero rehuía del uso del cosmos siempre que podía. Saga hacía exactamente lo opuesto. Aunque, casualmente, sus puntos fuertes les habían puesto en aprietos a ambos.
Vio una última vez al arquero, y se dio la vuelta, dispuesto a abandonar el abarrotado coliseo. Sabía bien cual sería el resultado del combate, y era cuestión de segundos que todo terminara. No había nada más que ver allí, la próxima vez que lo tuviera enfrente, debería inclinar la cabeza ante el Santo de Sagitario.
-X-
Aioros contuvo la respiración al ver la sangre de su maestro correr.
Su Destrucción Infinita había superado a la de su maestro y, ahora, ambos estaban en las mismas condiciones. Diezmados, heridos, debilitados. Los dos eran conscientes de que ese combate no se alargaría por mucho más. El agónico final estaba cerca.
-Para no querer ganar este combate, te esfuerzas demasiado en no perderlo. –dijo Orestes, entre jadeos de cansancio.
-Nunca dije que no quería ganar. –los ojos de Aioros se encontraron con los de él.- Solo dije que no quiero ganar a costa tuya.
-Pero las cosas son así, Aioros. No puedes tener ambas opciones a la vez. ¿Quieres perder o quieres ganar? Porque, por mucho que te aprecie, si no puedes matarme, seré yo quien te asesine. Puedes ser el heredero de Sagitario, pero la armadura jamás elegirá a un perdedor como su portador.
La reacción de su pupilo le permitió saber que había tocado donde dolía. Era como si, de pronto, el rostro siempre amable del joven arquero se hubiera transformado en una mueca de rabia momentáneamente. Y es que, Aioros encontraba en si mismo muchos defectos, pero jamás estaría dispuesto a ser etiquetado como un perdedor.
-No soy ningún perdedor. –los labios del moreno se curvaron en un sutil sonrisa.
-Estás huyendo de esta pelea. ¿Qué clase de santo… u hombre, huye de la gloria? –espetó. Sin que Aioros se diese cuenta, el santo de Sagitario le estaba empujando lentamente al punto en que quería tenerlo.
-Querer salvarte no es…
-¡Silencio! –ordenó. Ya pesar del barullo ensordecedor de las tribunas, el castaño escuchó aquel comando como si no hubiese ahí nadie además de ellos dos.- Deja la cantaleta. No quiero escucharla más. –el más joven se respingó.- Vivimos en un mundo en el que nuestros caprichos o deseos no tienen la menor importancia. A unos les toca vivir, y a otros nos toca morir.
-No tiene porque ser así.
-¿No? –Orestes alzó una ceja mientras sus facciones se teñían con cierto aire de ironía. Aunque la primera reacción de Aioros fue una rabia total, rápidamente se controló, a sabiendas que todo aquel juego de provocaciones era la forma en que su maestro le empujaba a involucrarse en el combate.- Aioros, ¿puedes ver a Sagitario? –con recelo, el chico desvió la mirada fugazmente, hacia el ropaje del centauro.- Obsérvala bien… porque ella también te mira y juzga, para decidir si eres digno o no, de vestirla. Mira también hacia el palco. –y ahí, se encontró los rostros de su hermano y al resto de su pequeños amigos.- Considéralo de otra forma: tú mueres aquí y, ¿qué sucede después?
En ese preciso instante, el todavía santo de Sagitario se acercó un poco más pero el aprendiz no retrocedió. Buena señal sin duda.
-¿De qué hablas? –musitó el castaño.
-De la realidad. Si tú mueres aquí y Sagitario sigue siendo mía, ¿qué crees que sucederá cuando la Guerra Santa se aproxime a nosotros?
-¿Eh?
-Sí, piensa en ello. Yo seré un guerrero cuyos mejores años hayan pasado y ellos, un montón de niños que van a necesitaros en el momento más difícil de sus vidas. Saga está dispuesto a estar ahí para ellos… con ellos, ¿y tú? –habló con tranquilidad.
Aioros no supo como responder a tal predicamento. Fue como si las palabras, las razones y las excusas se borraran inmediatamente de su cabeza, dejando esa amarga sensación de sentirse, y saberse, equivocado.
-¿Lo entiendes ahora? –continuó Orestes.- ¿Comprendes lo que significa esta pelea más allá de la muerte de cualquiera de los dos?
-Es que… -el nudo que tenía en la garganta ahogaba su voz.
-Tener una armadura, convertirse en santo, no es acerca de ti, Aioros. Uno no usa los ropajes dorados para beneficio propio, lo haces para servir a Athena y a la humanidad a la que ella tanto ama y protege. –dijo.- Vosotros sois la gran generación. Seréis lo que peleen hombro a hombro con nuestra princesa, en la siguiente Guerra Santa; pero todos tenéis que estar ahí. Los elegidos. Los Doce. –Orestes, entonces, cesó toda palabra por un segundo. Su cosmos volvió a arder, en una refulgente hoguera de luz dorada, porque esta vez no habría una segunda oportunidad. Todo terminaba ahí.- Eso es lo último que voy a enseñarte, Aioros. Cuando lo comprendas, sabrás que no hay nada que dejarías de hacer u ofrecer, por tu diosa y por los tuyos. Es por ellos… es por Athena.
Ni siquiera había terminado de hablar cuando el cielo empezó a tornarse oscuro, como si obedeciera al cosmos de Orestes que había vuelto a encenderse. Las primeras luces se abrieron paso entre los densos nubarrones, iluminando el cielo. El sonido ronco de los truenos llegó a sus oídos y robó por unos segundos la atención de los presentes. Los cielos lucían revueltos, tal como los espíritus de los contendientes.
El castaño se maldijo a si mismo por lo que estaba a punto de hacer. Echó una mirada fugaz hacia el palco del Maestro y contempló los rostros de su hermano y de los demás. Pensó en Saga, en el futuro y en su diosa. Quería estar ahí, anhelaba compartir cada paso del camino con ellos, y detestaba la idea de que Orestes quedara en medio de él y sus aspiraciones.
No quería que todo terminase, no quería tomar esa decisión.
"Esto es lo último que voy a enseñarte, Aioros…"
Las palabras de Orestes resonaron de nuevo en su cabeza.
Los recuerdos asaltaron su mente, buenos y malos; memorias que jamás olvidaría y que, como consecuencia de aquel día probablemente le atormentarían cada día que restase de su vida. Serían importantes, valiosos como pocas cosas, pero mancillados por el triste final que deparaba. Sin embargo, ya no podía huir más…
Su cosmos también se encendió sutilmente, creciendo hasta igualar al de su maestro. El cielo se ennegreció más, presagiando la gran y última tormenta.
Una lágrima traicionera resbaló por la mejilla del joven para consumirse inmediatamente con el calor de su energía que su cuerpo despedía.
"Cuando lo comprendas, sabrás que no hay nada que dejarías de hacer u ofrecer, por tu diosa y por los tuyos…"
Nada… empezando por la paz de su corazón.
Pero su sacrificio no tenía comparación con el del su maestro. Orestes estaba ahí, de pie frente a él, ofreciendo su vida por Athena, por el futuro… por él. Le destrozaba pensar que el regalo más grande que recibiría del santo de Sagitario, vendría teñido con su propia sangre.
El cielo rugió.
Los rayos centellaron sobre sus cabezas.
"Es por ellos…es por Athena."
Sollozó en silencio mientras alzaba su mirada para encontrar la de su maestro. Lo vio sonreír, complacido, orgulloso, listo para enfrentar el destino al que tanto habían hecho esperar. Orestes le asintió, dejándole saber que hacía lo correcto.
-Perdóname. –susurró y rezó con todas sus fuerzas por el hombre que le había crecido y cuidado como a un hijo.
Sus lágrimas rodaron sin control mientras la figura de Orestes se desvanecía entre la humedad de sus ojos y el brillo de sus cosmoenergías. No volvería a ver esos ojos llenos de emociones, ni escucharía su voz, tranquila y reconfortante. Era el final… la despedida.
-¡Trueno atómico! –las voces de ambos resonaron más allá del cielo embravecido, en el último momento que jamás compartirían.
-X-
Igual que si la explosión hubiera tenido lugar a un par de pasos de él, Saga abrió los ojos de par en par cuando los cosmos de Aioros y Orestes chocaron con toda su fuerza en el coliseo. Inmediatamente después se arrepintió de tal gesto, cuando el dolor de cabeza lo obligó a entrecerrar los ojos. Sin embargo, cuando fue consciente de donde estaba en realidad, vio su propio reflejo viéndolo de vuelta desde una máscara de plata. Entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero su garganta estaba tan seca que no atinó a pronunciar palabra alguna.
-¿Saga? –las manos de largas uñas, sujetaban su rostro con firmeza pero con suavidad, obligándolo a mirarla.- ¿Estás bien?
-¿Tatiana? –alcanzó a preguntar mientras asentía. Estaba aturdido, confundido, y no entendía que hacía ella allí.- ¿Qué…?
-¿Qué te ha pasado? –Ignoró su pregunta. Su voz no delataba ninguna emoción distinta a la de las demás veces.- Te han estado buscando por todas partes.
-El combate… -quiso levantarse, incorporarse sobre los codos, pero la rubia se lo impidió, apoyando la mano enguantada en su pecho.
-No te muevas, no se cuanto tiempo llevas aquí inconsciente. Te caerás. –Saga tragó saliva y cerró los ojos, mientras la amazona limpiaba la sangre seca de la herida de su frente con una toalla húmeda.- Debiste hacértelo al caer.
-¿Aioros?
-Ya lo sabes. Lo has sentido.
Lo cierto era que estaba en lo cierto. Había despertado en el preciso momento en que el cosmos del arquero había explotado como nunca, y no había vuelto a apagarse: sentía el vacío que Orestes había dejado. Aioros había ganado. Quiso sonreír, orgulloso, pero no acertó a hacerlo. Cerró los ojos y suspiró, dejando que la joven rusa siguiera con lo suyo.
-No enciendas tu cosmos, ahora. –murmuró, como si pudiera leer sus pensamientos.- En cuanto lo hagas, el Maestro te hará llamar. –Lo ayudó a incorporarse, hasta que ambos se quedaron apoyados en la fría pared.
-¿Por qué viniste? –quiso saber.
-Gigas me preguntó. Saben que volvimos, y saben que Géminis esta aquí. Sería una buena idea que pensases en algo convincente que decirles.
-Solo… -tosió, aún tenía la garganta demasiado seca.- Me mareé. –Tatiana asintió, pero no pregunto nada más al respecto.
-Siento haber irrumpido aquí, no tenía permiso.
-No importa… esta bien.
Y lo cierto era, que prefería mil veces que hubiera sido ella quien lo encontrase, a que hubiera sido Kanon. No quería si quiera imaginar que hubiera pasado entonces, y desde luego no tenía el humor suficiente para aguantarlo. No sabía que había ocurrido con él, no importaba mucho tampoco.
La realidad era que había hecho una promesa, una importante. Y la había roto. Sabía lo mucho que Aioros quería que estuviera ahí, con él: viéndolo ganar y, suponía, apoyándolo con la muerte de Orestes; algo que el arquero se había negado a creer hasta el último momento y que le costaría aceptar. Al menos tenía a Deltha, a Aioria, a Shura… Ninguno de ellos lo iba a decepcionar, lo sabía. En otro tiempo, hubiera estado seguro de que él jamás lo fallaría… pero ya no estaba tan convencido. Aquella había sido la primera vez, y estaba más que seguro que sería algo que el arquero tardaría mucho en olvidar.
No era lo único que lo preocupaba: por otro lado estaba Shion.
Se apartó un mechón de la melena revuelta del rostro, sin decir nada.
El maestro era otro gran asunto. Sabía que las expectativas que estaban puestas en él eran altísimas, y se había prometido cumplirlas todas, y superarlas. Había fallado en algo tan simple como aquello… algo que nadie le había exigido porque era demasiado importante como para que necesitaran recordárselo. Shion estaría… decepcionado. Y Saga no encajaba nada bien la decepción.
-No digas nada de esto. –susurró.
-No lo haré.
-Nadie puede saberlo, nadie. –se lo decía más a si mismo que a ella. Tatiana asintió.
-Será mejor que duermas un poco, necesitas pensar.
No hacía falta que dijera nada más: necesitaba pensar en una excusa, una muy buena excusa.
Tatiana lo ayudó a ponerse en pie, sorprendida de que continuara aceptando su ayuda, y lo vio ir hasta la cama.
-Suerte. –dijo mientras desaparecía en el más completo silencio en que el tercer templo estaba sumido.
Saga no respondió. Se llevó las manos a la cara y soltó una maldición. ¡¿Qué demonios pasaba con él?
-X-
Las nubes de tormenta se habían esfumado, dejando que el astro rey reinara de nuevo en los cielos. Un mórbido silencio se ciñó sobre el Coliseo. Ni una sola palabra era pronunciada y solo los pesados suspiros de la audiencia se escucharon ocasionalmente.
Aioros apenas podía mantenerse en pie. Estaba agotado, y su cansancio iba más allá de lo físico. Sentía como todo a su alrededor se tambaleaba, amenazando con colapsarse en cualquier momento… y él solo podía mirar, contemplar el resultado de su batalla mientras las lágrimas quemaban sus mejillas y la tibieza del cosmos de Sagitario le envolvía por primera vez, como si buscara reconfortar su corazón dolido con aquellas dulces caricias. Las enormes alas lo abrazaron con suavidad, declarándole como su elegido.
-Aioros de Sagitario. –anunció la voz del Patriarca, a lo lejos, mientras el público estallaba en un rugido de emoción.
Sin embargo, nada de aquello pareció llegar a los oídos del arquero. Caminó hacia donde yacía su maestro y se desplomó, hincando las rodillas, a su lado, apretó los puños, ensuciándose las manos con la arena del Coliseo y maldijo en silencio lo que había acontecido. El dolor en su pecho arreciaba, así como la rabia y la pena que le carcomían por dentro.
Más allá de la algarabía que le rodeaba, él no podía sino sentirse miserable, como nunca. Entreabrió los labios y murmuró palabras sin sentido. No podía más; ni gritar, ni respirar, solo ahogarse en su propia impotencia, rabia y dolor.
Sus lágrimas cayeron, perdiéndose entre la arena teñida de sangre.
-Lo entiendo.- musitó.- Lo he entendido, Orestes.
-X-
La puerta se abrió de golpe y un pequeño tornado de cabellos castaños entró a la habitación a toda prisa. Detrás de él, Shura asomó la cabeza tímidamente y, por fin, se animó a entrar casi en silencio.
-¡Hermano! –Aioria corrió hasta la cama y, poniéndose de puntillas, acechó al chico que yacía en la cama.- ¡Ganaste a Sagitario! ¡Eres un santo de oro! ¡Es muy genial!
Aioros le miró y esbozó una sonrisa hueca. Estiró el brazo para alcanzar la cabeza del pequeño y cuando lo hizo, revolvió suavemente sus rizos rebeldes. No tenía deseos de decir nada, ni de festejar siquiera. Estaba demasiado aturdido por todo como para pensar con claridad en ese instante.
-¿Cómo estás? -Aioros miró hacia Shura, quien le hablaba. Subió ligeramente los hombros, arrepintiéndose cuando el tirón de su músculo lastimado recorrió su cuerpo.
-He estado mejor. –respondió.
-Fue una pelea difícil.
-"No te haces idea cuanto." –pensó, pero solo contestó con silencio, asintiendo con la cabeza.
-¡La vi, Aioros! ¡Vi a Sagitario antes! –con un brinco, el pequeño león se trepó a la cama, pasando desapercibido, en medio de su euforia, el respingo de dolor que dicho movimiento arrebató a su hermano.- ¡Esta en el salón del Maestro! ¡Es preciosa!
-¿Te gusta?
-Siempre me gustó, y ahora que eres tú quien la viste, ¡todavía más!
-Es linda. –comentó, aunque su voz no reflejaba una sola emoción.
-¿No te enfadas si te digo algo? –el más pequeño buscó el rostro de su mayor.
-Para nada. Dime.
-Leo es mucho más bonita. –dijo en un murmullo.
Una vez más, el ahora santo de Sagitario guardó silencio, limitándose a dibujar una media sonrisa en sus labios. Acarició de nuevo la melena corta de su hermano mientras soltaba un suspiro repleto de cansancio.
Sus ojos azules se entrecerraron y su mirada se perdió en la cortina de seda que el viento movía perezosamente. Era increíble lo lento que el tiempo transcurría.
-¿Estás cansado? –la voz del cachorro de león se dejó escuchar de nuevo.
-Bastante. –el niño miró directamente a los ojos agotados y enrojecidos de su hermano. Esta vez no habló de inmediato, sino que se mantuvo callado por unos pocos segundos.
-Vas a echarlo de menos, ¿verdad? A Orestes, digo.
Las manos pequeñas del niño acariciaron con sumo cuidado el cabello de su hermano mayor mientras él, lo único que podía hacer era asentir. No había forma alguna de que hablara sin que las lágrimas se le escaparan sin control. Simplemente sabía que, en el momento que intentara decir cualquier cosa, la voz iba a quebrársele y terminaría en lágrimas, de nuevo.
Shura lo contempló, con completa empatía, jugando nerviosamente con sus dedos. Se ponía en su lugar, pensando una y otra vez lo que sería perder a su maestro… a un amigo, de tal manera. Hubiese deseado decir o hacer algo para aliviar aunque fuera un poquito el dolor de Aioros, pero no había nada que pudiera hacer.
-¿Necesitas algo? –preguntó, en un murmullo.
-No, esta bien. –el castaño se aclaró la garganta mientras enjugaba rústicamente la única lágrima que se había escapado.
-Cualquier cosa… solo dime. -no era suficiente, pero era todo lo que podía dar.- Vamos, Aioria. Volveremos después, cuando Aioros haya descansado un poco más.
-Pero… -al final, el chiquillo no replicó más, sino que con un bufido, aceptó las órdenes de Shura.- Volveremos más tarde, ¿vale?
-Vale. –se esforzó por sonreírle una última vez.
El español le tomó de la mano y lo guió hasta la salida, donde se detuvo antes de abandonarle. Echó una última mirada sobre su hombro, hacia Aioros, detrás de ellos.
Lucía devastado, agotado más allá de los límites. Su usual sonrisa, amplia y desenfadada, brillaba por su ausencia, mientras su mirada ausente terminaba por confirmar su estado maltrecho. Pero, ¿qué más podía esperar? Era demasiado pronto para exigirle que volviera a ser él, siquiera para pedirle que se sintiera orgulloso de sus méritos.
Al sentir la mirada del chico peliverde sobre él, Aioros volteó en su dirección. Shura abrió ligeramente los labios, buscando las palabras adecuadas, aunque no con mucho éxito.
-Solo quería decirte que… -probablemente no era el momento adecuado. Sin embargo, Aioros debía saber lo que había ido a decirle desde el principio.- Enhorabuena. Estamos muy orgullosos y… felices de que lo consiguieras. Con vosotros… me refiero a Saga y a ti, la Orden tiene un gran futuro. –sonrío tímidamente.- Algún día os haremos sentir orgullosos también.
-¡Si! –exclamó Aioria.
-Ya lo estamos. –las palabras de Aioros les hicieron ensanchar la sonrisa un poco más. Shura asintió, y tomando de nuevo la mano de Aioria, retomó su camino.
-Volveremos más tarde.
Cuando hubo cerrado la puerta detrás de si, el chico de Capricornio dejó que escapar el suspiro que había estado conteniendo por un largo rato. Miró hacia Aioria, cuyos grandes ojos color esmeralda, le observaban de manera recíproca. Shura no quería más preguntas, así que con una palmada a la cabeza del chico, le dejó saber que era mejor seguir adelante.
Caminaron con calma por los pasillos del centro de sanación, como si no quisieran marcharse. Pasaron algunos minutos en silencio, en busca de la salida, cuando una silueta bien conocida se dibujó al final del largo corredor. Se acercó a ellos lentamente, con las reservas propias que generaba el saberse fuera de sitio.
-Deltha.
-¿Le habéis visto? –preguntó la amazona sin siquiera saludar. Nada más que Aioros cruzaba por su mente en aquel instante, por lo que poco le había importado presentarse en la Fuente de Athena, a pesar de los problemas que dicha visita podría ocasionarle.
-Aja. –Shura asintió.- Está algo… ausente.
-Comprendo.
-Quizás es solo cansancio. –pero ambos sabían que no lo era.- ¿Irás a verle?
-Quería hacerlo, si.
-Le vendría bien un poco de compañía. –ambos voltearon al escuchar el gruñido de un inconforme Aioria. El niño se había cruzado de brazos y un mohín de disgusto adornaba su rostro de facciones serias.- ¿Qué hay contigo?
-¡Es totalmente injusto! –se quejó.- ¡¿Deltha puede verle, pero nosotros no?
-Pero ya le vimos antes, Aioria.
-No lo suficiente. Dijiste que estaba cansado y nos sacaste de ahí. No me ha gustado que hicieras eso, Shura. –arrugó el entrecejo todavía más.
-Eres un pequeño gruñón. –el español se sopló los flecos.
-Solo iré un minuto, lo prometo. –Deltha intervino.- Le daré la enhorabuena y lo dejaré descansar después. Así, estará mucho mejor cuando vengáis mañana a verle. ¿Te parece?
-Vale. –refunfuñó.- Pero solo un rato, Deltha. Un ratito.
La koree no necesitaba escuchar más. Asintió y, rápidamente pasó a su lado, para dirigirse a la habitación del arquero dorado. No le pasó desaperciba la mirada angustiada de Shura, la misma que ella ocultaba tras su máscara plateada.
-Os veré luego. –se despidió, y no miró más atrás.
-X-
La verdad era que no tenía la menor idea de lo que iba a decir o hacer toda vez que abriera aquella puerta y entrara a la habitación de Aioros. No habían palabras suficientes ni gestos eficaces que pudieran reconfortar el corazón herido del chico. Deltha lo sabía y, por mucho que quisiera hacer algo para ayudarle, también reconocía que no le quedaba más que estar ahí para acompañarle en su pena.
Con eso en mente, cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire, antes de invitarse a entrar. Cuando se sintió lista, empujó la puerta sigilosamente y se asomó dentro.
Divisó de inmediato la cama en la que Aioros se encontraba postrado. Todo se borró de su mente en ese instante, solo quedó él. Lo observó unos pocos segundos. Su cuerpo, cubierto de vendas ensangrentadas, descansaba protegido por una fina manta de lino blanco. Estaba ojeroso, pálido y sus labios resecos, a pesar de que parecía estar dormido, se apretaban sutilmente en gesto obvio de nerviosismo; por el contrario, su pecho subía y bajaba parsimoniosamente al ritmo de su respiración tranquila. Los rizos despeinados mostraban todavía rastros de la batalla, en forma de arena y sangre seca. Notó que la cinta de su cabeza, aquella que jamás se retiraba, no estaba ahí, haciéndole lucir ligeramente diferente a sus ojos… Deltha, entonces, pensó que estaba en lo cierto. Aioros ya no era el mismo, era distinto: era un santo dorado, el santo dorado de Sagitario.
Se armó de valor y entró a hurtadillas a la habitación. No quería despertarlo, sin embargo, al estar a su lado le resultó imposible no tocarlo, no mimarlo aunque fuera solo un poquito. De esa forma, se atrevió a acariciar su cabello suavemente, mientras retiraba la máscara que le cubría el rostro.
A pesar de la finura de su caricia, el castaño se revolvió en la cama. Sus ojos azules, perezosos y agotados, se abrieron lentamente y se fijaron en el rostro de la pelipúrpura después de unos instantes de desconcierto.
-Del, viniste… -en su rostro adormilado se dibujó una sonrisa apenas perceptible.
-Quería verte.
-No sé como llegaste hasta aquí, pero ¿no vas a meterte en líos? –la chica se encogió de hombros.
-Eso no importa ahora. –guardaron silencio. Los dedos de la koree se enredaron delicadamente en los cabellos castaños de Aioros, en un intento de desenmarañarlos.
En silencio escudriñó cada herida en él. Estaba lleno de rasguños, cortaduras y magulladuras, pero nada se comparaba con la tristeza que se leía en su mirada. Le resultaba doloroso verle así, completamente alejado del tipo divertido y simpático que usualmente era.
Miró a su alrededor para fijarse en la escueta y vacía habitación. Había visto a Aioria y a Shura, pero la otra persona, tan importante para Aioros como los otros dos, seguía desaparecida y sin intenciones de aparecerse por ahí.
¿Qué demonios pasaba con Saga?
Quiso preguntar al respecto, pero se contuvo. Lo más probable era que el santo de Géminis no hubiera puesto un pie ahí y Deltha no tenía la menor intención de reabrir esa herida. Por esa razón, prefirió callar.
Tomó una borla de algodón y la humedeció con un poco de agua. Después, mojó con suavidad los labios de Aioros con ella.
-Orestes… yo… -Aioros balbuceó. Deltha se detuvo a mirarlo por un segundo.
-Tsh. –lo animó a no decir más, no era necesario. Lo que había sucedido era suficiente para saber que Aioros nunca podría terminar de explicar todo lo que sentía al respecto.- Lamento muchísimo todo. –murmuró.
-Yo no… no quería…
-Lo sé. Todos lo sabemos. –le tomó de la mano.- No ha sido tu culpa. –apartó los cabellos del rostro del chico y depositó un beso sobre su frente.
El santo de Sagitario apretó su mano mientras agachaba la mirada. Suspiró, exhalando lentamente para no volver a quebrarse. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, sus ojos se inundaron de nuevo con lágrimas. Solo levantó la mirada cuando sintió el toque cálido de los dedos de Deltha sobre su mejillas, al limpiar una lágrima traicionera.
-Pensé que podría mantenerlo a salvo. –susurró. Deltha lo dejó continuar, sin soltar su mano ni dejar de acariciar su cabello.- Y no pude… Le fallé.
-No, no le fallaste. –lo interrumpió.- Todo lo contrario, Aioros. Ahora mismo nada tiene sentido, pero algún día te darás cuenta que Orestes quería que tuvieras a Sagitario, nada más.
-Yo no lo quería muerto. –su voz sonó inusualmente grave.
El silencio que reinó después solamente fue interrumpido por el pesado susurro de sus respiraciones y un bostezo que el arquero no puedo contener.
-Duerme. –Deltha le dijo.- Todo se verá distinto cuando hayas descansado un poco.
-¿Vas a irte?
-Solo si quieres que lo haga.
-Quédate… hasta que esté dormido. –sus ojos se entrecerraron, sucumbiendo ante el cansancio.
Deltha se acomodó a su lado. Le vigiló en silencio, hasta que el sueño lo acunó en sus brazos.
-X-
Desde donde estaba, al frente del cortejo, Aioros podía sentir las miradas de todos encima de él. No sabía como le había hecho para levantarse ese día, ni cómo había convencido a Eudora para dejarlo abandonar la Fuente, pero simplemente no iba dejar pasar la oportunidad de despedirse de su maestro.
Los ojos de los que fuesen subordinados de Orestes, ahora bajo su mando, estaban sobre él. Algunas curiosas, otras recelosas y, unas más, expectantes ante el relevo. Pero en ese momento, sus pensamientos no estaban con ellos.
A pesar de las heridas, Sagitario no le hacía daño. Era como si estuviera hecha a su medida, ajustándose perfectamente a su cuerpo y envolviéndole bajo aquellas magistrales alas, cubiertas de polvo dorado. Había escuchado en miles de ocasiones como armadura y portador compenetraban sus espíritus, pero experimentarlo, como lo hacía en ese momento, era algo completamente diferente. Sagitario se sentía tan nostálgica como él mismo. La sutil melodía que su cosmos entonaba, sonaba como un triste adiós al hombre que la había vestido por tanto años. El aire estaba cargado de melancolía.
Aioros agachó la vista y sin prestar atención al último discurso de Shion, se perdió en sus divagaciones. Más allá de todas las palabras del Gran Maestro, estaban las memorias propias que atesoraría del castaño.
De pronto, recordó un detalle que le hizo desviar la mirada, sondeando de soslayo por los alrededores. Cuando su vista no pudo ayudarle, uso su cosmos para buscar a la persona más importante que se estaba perdiendo el funeral. Encontró su tenue presencia, a las lejanía, donde se mantenía oculta de los ojos curiosos y las palabras malintencionadas. Raissa jamás se hubiera perdido la despedida.
No la había visto desde la pelea y no tenía la menor idea de cómo iba a enfrentarla. Acababa de arrebatarle al hombre que más quería en el mundo, por lo que nada que dijera o hiciera repararía el daño que le había causado.
Su concentración regresó a la pira que comenzó a arder toda vez que el discurso de Shion hubo terminado. El fuego se avivó con el viento de la mañana, consumiendo todo con rapidez. El santo de Sagitario permaneció ahí de pie, a cada segundo del funeral.
La gente fue desapareciendo, pero él seguía y seguiría ahí hasta el final. Cuando ya no hubo nadie y estuvo solo, la sintió acercarse, hasta estar a su lado. Bajó la cabeza mientras la miraba de soslayo, resultándole imposible pronunciar palabra alguna.
-Orestes estaría tan orgulloso de ti… siempre lo estuvo. –la doncella fue la primera en hablar.
-Rai…
-No tienes nada de que arrepentirte, Aioros. Tampoco tienes nada de que avergonzarte, ni porque sentirte culpable. -Él no se sentía así. Su conciencia no estaba lista para cargar con semejante peso.
Las llamas se reflejaron en sus ojos mientras permanecían en un silencio difícil para ambos.
-¿Qué harás? –el santo preguntó en un murmullo.
-Quedarme. –ella respondió sin duda alguna.- Este lugar es todo lo que tengo. Es mi hogar.
-Haces bien.
La doncella asintió y giró sobre sus talones para volver al templo papal. Antes de marcharse, tomó al joven santo del brazo, y buscó su mirada, sembrando los ojos en lo suyos.
-Serás un gran santo… la princesa Athena estará segura en vuestras manos.
Aioros permaneció en silencio mientras la veía alejarse. Se quedó un rato más frente a la pira, casi extinta, y después retomó el camino al templo... su templo.
-X-
Cuando comenzó a subir las escaleras de las Doce Casas, se lo tomó como un reto. Ahora, que apenas había llegado a Géminis, se preguntaba en que momento creyó que aquello podía ser una buena idea. Llevaba los dientes apretados, cada uno de sus músculos, cada herida recién curada, y lo que era más… su corazón, dolía como mil demonios. Procuraba por todos los medios, que las lágrimas no volvieran a empañar sus ojos, y aún así, parecía una tarea casi imposible.
Suspiró, con cuidado de no abrirse las heridas con aquel movimiento tan suave, y alzó la vista. El tercer templo siempre le había parecido bonito, aunque demasiado lúgubre para su gusto. Las dos alas de la casa se alzaban majestuosas a izquierda y derecha, con los relieves milenarios de los Dioscuros en sus fachadas: uno frente al otro. Pero dotaban a la nave central de una oscuridad inquietante. Se animó a entrar cuando un nuevo trueno surcó el cielo.
Al adentrarse por el pasillo, Aioros miró con recelo la entrada a la vivienda. No tenía demasiado claro que debía hacer… pero de alguna manera, pensó que entrar no sería una buena idea, por mucho que quisiera saber que había pasado. Siguió caminando, hasta que la inmensidad del salón de batallas se abrió frente a él, con el cálido brillo de la caja de pandora iluminando suavemente la estancia.
Se preguntó que hacía la armadura allí metida… todo aquello resultaba de los más extraño, Saga siempre la sacaba. Pero no se sentía con las fuerzas necesarias como para indagar, en aquel preciso instante, en los recovecos de la mente de Saga.
Se acercó hasta Géminis despacio, disfrutando del inesperado tintineo con el que la tercera armadura recibió a Sagitario: como si se alegrara de su presencia allí, con su nuevo dueño. Esbozó un gesto que pretendía ser una sonrisa, aunque estuvo lejos de conseguirlo. Elevó suavemente su cosmos, hasta que sus alas respondieron, envolviéndolo. Era extraño manejarse con ellas.
Estiró la mano, y acarició las plumas con la yema de sus dedos. Eran tan suaves y cálidas, que su tacto era aún más suave que el del espeso chocolate caliente. No eran distintas a las plumas de cualquier golondrina: pequeñas, suaves pero con miles de hilos dorados que le daban forma y dejaban una suave estela de polvo de estrellas a su paso.
Tomó una con sus dedos, y la arrancó. La contempló durante unos segundos, hasta que se decidió a dejarla sobre la caja de pandora de su compañera. Estaba seguro de que Saga la encontraría.
-Lo conseguí… -murmuró.
-Continuará…-
NdA:
Damis: Lectoras, fantasmitas, fangirls… Orestes de Sagitario ha muerto.
Aioros: … T_T
Deltha: e_e ¡Pero tenemos un Santo de Sagitario genial! ^^
Kanon: Pf… El angelito se consiguió sus alitas. ¬¬'
Saga: …
Sunrise: Saga malo u_u
Aioros: T_T
Damis: Cof, cof. Dejemos los asuntos tristes y lúgubres. Hay una aclaración respecto a DTE que debemos hacer.
Sunrise: Y algunas noticias divertidas =)
Damis: Ningún fic que no este firmado por Sunrise Spirit, Sociedad de Malvadas o La Dama de las Estrellas, tiene nada que ver con DTE. Hubo cierta confusión últimamente con el genial fic "El fuego de la vida" de Silentforce666, y queremos aclarar que no tiene nada que ver con DTE y no es su secuela. Hay un personaje mío, que Silent utiliza ahí con mi permiso desde hace años. Se llama Naiara de Caelum, pero no comparte con esta Naia, más que aspecto y constelación. Su historia es diferente, y el personaje en si es distinto. ¡No os confundáis!
Sunrise: ¡No coman ansias! ¡Ah! Y visiten el grupo Donde Todo Empieza en DeviantArt, encontrareis el link en nuestro profile. ¡Estaremos publicando entrevistas de los chics, y de los personajes del fic que vosotros pidáis!
Damis: ¡Dejadnos vuestro voto por ver quién será el siguiente!
Sunrise: Una palabra más… ¡SPOILERS!
