Capítulo 23: Chrysos Synagein
-Ya veo.
-Creo que podría hacerlo bien, Maestro. Además, será bueno para Aioria. –"Y para mi." Pensó, claro que no lo dijo. Casi con toda seguridad, Shion lo estaba leyendo como un libro abierto.- Una vez que los niños se vayan…
-Eres joven para tomar un alumno, Aioros. Más aún, a un aprendiz dorado. –dijo con voz pausada. Por primera vez, el arquero temió que el Patriarca se negara. No estaba preparado para recibir una negativa con aquel asunto, sobre todo porque se había convencido a sí mismo de que podría hacerlo bien: de que le dejarían hacerlo. De pronto, sintió un nudo en la garganta.- Hijo, la responsabilidad de tomar la tutela de un niño es grande. Mucho. Sé que desde tu punto de vista, no hay nadie mejor que tú para guiarlo y enseñarlo. Sois hermanos y eso es siempre positivo. Debería serlo. –se corrigió en apenas un murmullo.
-¡Lo será! Te lo prometo, de verdad. ¡Voy a esforzarme por él!
-Aioros… -añadió suavemente, como si el cansancio fuera más fuerte que él, pero con un toque de cariño que no le pasó desapercibido.- No se trata solamente de entrenarlo en el combate y en el cosmos. Se trata de educarlo. ¡Mírate! Acabas de obtener tu armadura. Ahora has de enfrentar numerosas responsabilidades que probablemente vayan a superarte, al menos por un tiempo. Has dejado de ser un aprendiz, y en tu horizonte, ya no solamente están tu hermano y tus amigos. Has de ver mucho más allá. Te debes a todos. ¿Lo comprendes?
Aioros asintió quedamente. Comenzaba a dar por perdido aquel asunto, antes de haber empezado siquiera. Clavó la mirada triste en la alfombra roja bajo sus pies. ¿Qué iba a ser de Aioria si él no…? ¿Lo sacarían del Santuario y se lo entregarían a cualquier santo? ¿A uno de plata? ¿Uno de oro? ¡Él podía enseñarle tantas cosas! Apretó el puño dorado sin darse cuenta; hasta que la risa amortiguada por la máscara dorada del Maestro, lo obligó a alzar la vista de nuevo. Frunció el ceño, confundido.
-Por supuesto que lo comprendes, ¿verdad? Es por ese motivo que eres tan especial, tan brillante. –asintió suavemente.- Aioria necesita tiempo, necesita atención, y mucha más paciencia todavía. –Aioros lo miró fijamente.- Tú sabes lo que eso significa. ¿Puedes darle todo eso y más?
-¡Si! Claro, es decir… quiero hacerlo.
-¿Sabes el sacrificio que tendrás que hacer para poder cumplir con todas tus responsabilidades? –El castaño asintió enérgicamente.- No voy a liberarte de tus obligaciones, solamente porque tengas un alumno. Ahora eres un Santo Dorado y deberás actuar como tal. –"Aunque ni siquiera has empezado a vivir." Se dijo a si mismo con cierto pesar.
-¿Eso quiere decir que…?
-Quiere decir que, desde hoy, Aioria es tu alumno. –La esplendida sonrisa que se dibujó en su rostro, pareció iluminar todo el salón.- Responderás por él, por todos y cada uno de sus actos.
-¡Gracias! Muchísimas gracias, Maestro. ¡No vamos a defraudarte! –ante la atropellada retahíla de agradecimientos del chico, el lemuriano río suavemente. Quizá, en un par de años, Aioros se arrepintiera de esa decisión; pero hasta entonces, toda su confianza estaba puesta en él. Estaba seguro que haría un magnifico trabajo con el niño.- ¿Cuándo se lo diré? ¿Cuándo empezaremos?
-Cuando tú lo consideres oportuno.
-Muchas gracias, de verdad. –insistió. El peliverde se limitó a asentir.
-Este paso es el primero de un largo camino. Confió plenamente en ti, pero has de tomarlo con calma. –Hubiera querido decirle lo orgulloso que se sentía, lo mucho que había madurado en apenas unos días. Pero no sería correcto… Ahora era un Santo, actuaba del modo justo y correcto porque era su deber, porque creía en ello: no porque esperase una recompensa.
Sin embargo, en aquel momento, Arles llegó. Caminó hasta ellos en completo silencio, tan sigiloso como una araña, con la túnica acariciando el suelo, y se acercó hasta el trono. Aioros miró de uno a otro con curiosidad.
-Los Santos están llegando, Excelencia. –Shion asintió.- Saga está fuera, esperando tal y como pediste.
-Hazlo pasar. –Aioros alzó las cejas con cierta sorpresa. No lo había visto desde hacía tiempo, no tenía las cosas nada claras, y en realidad… esperaba que Saga tuviera una buena explicación que justificara que hubiera roto su promesa.
-Será mejor que me vaya, Maestro. Le diré a Aioria tras la reunión.
-No, quédate. –No dijo nada, se limitó a asentir. Lo cierto era que aquella no era la manera en que hubiera preferido encontrarse con su amigo, pero ya no había más remedio.
Los guardias abrieron la puerta de doble hoja con suavidad. A pesar de su antigüedad, las bisagras no emitieron quejido alguno. Aioros observó como los soldados se hacían a un lado e inclinaban suavemente la cabeza, apartando las picas de plata: igual que habían hecho con él minutos atrás. Envuelto en su armadura, y con la capa de seda ondeando a la par que su melena, Saga tenía un aspecto majestuoso. Se forzó a ocultar una sonrisa. Todo lo que habían soñado, por lo que habían luchado y llorado tanto… se había hecho realidad. Era la primera vez que ambos se veían las caras, envestidos en sus respectivos ropajes.
Pero mientras Saga caminaba en su dirección, la expresión seria de su rostro ocultaba sentimientos muy diferentes. Había pasado lo que parecía una eternidad, pensando una excusa convincente que explicara su ausencia del combate; y no la había encontrado. Llegaba al salón del trono sabiendo que iba a ser el centro de las miradas, como efectivamente sucedía: esta vez nadie iba a felicitarlo por sus logros. Había metido la pata en el momento más inoportuno.
Miró a Aioros de soslayo, tratando de imaginar las mil cosas que pasaban por su cabeza; pero la sola imagen del centauro arquero cubriéndolo, hizo que se le olvidara momentáneamente. Se veía fabuloso, con un resplandor que nunca había cubierto a Orestes… como si Sagitario solamente hubiera sido hecha con mimo para un único portador: Aioros.
Tragó saliva, y ahogó sus pensamientos cuando llegó al pie del trono. Hincó la rodilla e inclinó el rostro en una suave reverencia, esperando a que Shion le diera permiso para levantarse. ¿Qué estaría pensando? ¿Estaría enfadado? ¿Decepcionado?
-Levántate. –hizo tal y como ordenó, alzando la mirada y clavándola en los metálicos ojos dorados. Podía ser que no lo aparentara, pero los nervios lo estaban devorando y la presencia de Aioros a su lado, no ayudaba.- No voy a pedirte una explicación. –Guardó silencio.- Te ausentaste de un evento sumamente importante en el que tu presencia era requerida y obligatoria. –Shion hablaba con calma y cierta parsimonia, y aunque nada lo delataba, Saga sabía de sobra que estaba molesto. Tragó saliva una vez más.- Como Santo Dorado que eres, confío en tu buen juicio. Si no te presentaste, pienso que tenías una buena razón: no voy a cuestionar tus decisiones.
¿La tenía? ¿Tenía un buen motivo? No había podido hacer nada por evitar lo que pasó. Había sido extraño e inesperado. La jaqueca había disminuido ligeramente, pero no había desaparecido desde entonces, y el estúpido golpe que se había dado en la cabeza, era un autentico incordio. Sin embargo, estaba… asustado. No sabía por qué, no creía tener ningún motivo. Podía haber sido cansancio, estrés… apenas había dormido en semanas. Pero había algo mucho más profundo que mantenía su instinto en plena alerta y, fuera lo que fuera, no le gustaba. Precisamente por ello, le había resultado imposible inventarse una excusa. ¡No podía pensar con aquella angustia! Aquel miedo que no sabía de donde venía…
-Confío que algo como esto no volverá a repetirse.
-No, Maestro. –dijo con suavidad. Sentía los ojos azules de Aioros viéndolo de soslayo. ¿A él le bastaría con aquello? No, se dijo a si mismo. Había que ser muy estúpido para creerlo.- Lo lamento.
-¿Está listo el reporte de vuestra misión? –el cambio de conversación le pilló por sorpresa. Pestañeó un par de veces y asintió. Había olvidado por completo la carpeta que sostenía en su mano. Se la tendió a Shion.- Todo fue tal y como esperábamos, imagino.
-Se alargó más de lo esperado, pero no hubo imprevistos. –El viejo lemuriano asintió, dejando el informe en manos de Arles. Con cierto trabajo, se levantó del trono.
-Hablaremos más tarde de eso. Ahora, los demás nos están esperando.
Casi a la vez, ambos chicos asintieron. Shion sonrió tras la protección de su máscara. Verlos allí, juntos… era una maravilla para sus ojos. Sabía bien que Aioros estaba afectado por la ausencia del otro en un momento tan importante de su vida, pero confiaba en que el asunto no fuera más allá: lo arreglarían. Todo el futuro de la orden estaría en aquel par de manos adolescentes más temprano que tarde. Y no le inquietaba, al contrario. Sentía un orgullo incontrolable. Había moldeado a aquellos chiquillos con sus manos, ni en sueños hubiera esperado encontrar alguien más brillante que ellos a quien entregarle la Orden entera.
-X-
El sonido ronco con que las llamas hicieron acto de presencia inundó cada rincón del Santuario. Una a una, las luces de los doce signos zodiacales ardieron en el punto más alto de Meridia, desde Aries hasta Piscis. Las miradas de propios y ajenos volaron hacia el reloj zodiacal, repletas de curiosidad. Eran pocas las ocasiones en que la enorme torre iluminaba el cielo con el resplandor de sus flamas naranjas que ardían al unísono con el cosmos del Gran Maestro y sus hombres más cercanos. En tiempos de paz, como aquellos que vivían, el fuego solo podía significar una cosa: el ChrysosSynagein, la gran reunión de Los Doce.
Grandes eventos se aproximaban, eso era una seguridad. Era solo bajo aquellas condiciones que el anciano Patriarca convocaba a la asamblea dorada, sin oportunidad de réplica ni tampoco de excusas. Todos tenían que estar presentes, ninguna excepción era permitida; y solo ellos sabrían los motivos que les llevaban hasta ahí. Podían ser buenas o malas noticias, incluso una mezcla de ambas, pero el resto de los habitantes del Santuario no podían sino especular al respecto.
Durante los meses anteriores, debido a la ascensión de los nuevos santos de Géminis y Sagitario, las voces susurraban que los vientos de guerra soplaban en dirección a la Orden. Una nueva generación se abría paso: la generación que lucharía hombro a hombro con la diosa y que, con su bendición, la llevarían a la victoria. Los más pequeños habrían de seguirles pronto para terminar exitosamente con el cambio de guardia. La generación antigua quedaría en el pasado mientras los más jóvenes tendrían la oportunidad de escribir sus nombres en la historia de una Orden repleta de héroes desconocidos.
Pero primero, Athena tendría que reencarnarse; era hora de que la diosa regresara a su pueblo. ¿En que momento lo haría? Nadie, sino el Maestro sabía la respuesta a dicha pregunta.
Restaba solamente esperar porque los dioses hablaran y porque el futuro de la Orden fuera desvelado a cada uno de sus miembros. Nadie más que el tiempo conocía el momento adecuado para dicha revelación.
Mientras tanto, en el corazón del templo Papal, los grandes cosmos de los santos dorados se congregaban. Cada objeto en el salón ardía con sus energías, conforme iban anunciando su presencia, uno a uno. Doce asientos de mármol esperaban por ellos, custodiados por su respectivo símbolo, inmortalizado en forma de estatuas de piedra. Desde el león hasta los gemelos, pasando por el centauro y el escorpión, no había uno solo de ellos que faltase. Algunos brillaban ya, con la misma enjundia que el cosmos de su protegido, mientras otros, permanecían aún en las sombras, esperando por ellos o resignándose a no resplandecer ese día. El color del oro inundaba la habitación, seduciendo a la vista. Era difícil ignorar las perfección en cada ropaje sin sentirse maravillado o sobrecogido por la fuerza que de ellos emanaba… era difícil pasar por alto la majestuosidad con que dotaban a sus portadores.
La pesada puerta de madera y oro se abrió una vez más, dando paso al Gran Maestro y a los dos santos más jóvenes. Como respuesta a su llegada, las efigies de Pólux y Cástor, así como el centauro dorado, se envolvieron en el color del oro. La suave alfombra de terciopelo rojo amortiguó el sonido de sus pasos, lentos y elegantes. Caminaron en dirección al resto, quienes saludaron la presencia de su Excelencia poniéndose de pie.
Sus ojos siguieron en silencio cada movimiento del lemuriano y de sus acompañantes, sin molestarse en ocultar el recelo que su presencia traía consigo. Era la primera vez que pisaban aquellos dominios y aunque se esforzasen en ocultarlo, la fascinación que les generaba era visible en sus jóvenes rostros. Era difícil no reaccionar a semejante espectáculo, imposible no maravillarse… pero es que los otros, habiendo estado presentes tantas veces antes había perdido ya toda capacidad de asombro.
Los chicos esperaron de pie a que Shion tomara asiento, al igual que el resto de los santos, y cuando lo hizo, le imitaron. Por fin, el gran círculo de tronos se encontraba completo.
-Agradezco vuestra presencia en tan breve tiempo. –habló el anciano Patriarca. Detrás de la mirada metálica de su máscara, sus ojos rosas sondearon los rostros de sus discípulos. Había visto tantas generaciones ir y venir, y en ninguna de esas ocasiones le había resultado sencillo decir adiós. No podía evitar pensar que sería la última vez que los vería juntos. Algunos aún tendrían unos años más antes de que sus alumnos reclamaran las armaduras que por derecho les pertenecían, pero para otros el final era cercano. Ángelo y Matti crecían rápidamente, augurando que los días de Athan y Eder eran cada vez más escasos; y Seif… La salud del árabe era tan frágil como la suya, e incluso peor. Su cuerpo, aunque joven, lucía ya los estragos del cansancio, mientras la luz de su mirada se apagaba lentamente bajo el yugo de la enfermedad, presagiando el inevitable final.- Habéis sido requeridos aquí porque las estrellas susurran sobre los cambios que se avecinan. La llegada de Athena es próxima, por lo que debemos prepararnos para recibirla. Como líderes de sus huestes, recae en nosotros la responsabilidad de preparar a su ejército, dotarla de los mejores guerreros y de nada menos que eso. –y vaya que lo sabía. Al final de todo, Shion no era muy diferente a la generación que se despedía. Al igual que ellos, él no estaría ahí para pelear al lado de su joven diosa. Por primera vez en mucho tiempo se sentía cansado, los años pesaban cada vez más sobre sus espaldas. Su tiempo en la tierra era corto y pronto, alguien más debería tomar su lugar.- Es momento de partir.
Ninguno de los presentes pareció especialmente sorprendido con la resolución del Maestro. Tarde o temprano, llegaría el tiempo en que el Santuario no fuera lugar suficiente para que sus pupilos desarrollaran el potencial respectivo de sus signos. Habían crecido lo necesario como para ser exigidos de acuerdo a las expectativas concebidas alrededor de ellos. Era el tiempo de mirar al futuro frente a frente.
No así, Saga y Aioros se sintieron sacudidos por la noticia. Ambos sabían sobre la decisión de Shion y reconocían que tal separación era de vital importancia para cada uno. Sin embargo, por más necesario que fuera, verlos partir no era, ni sería, nada fácil. Esos niños se habían ganado su cariño. Habían creado lazos más fuertes que la sangre con ellos y, a pesar de que la distancia no podría romperlos, no dejaba de resultar dolorosa su ausencia ni entrañable su presencia.
Ahora estarían permanentemente bajo tutela de sus hermanos de Orden, perdidos en rincones escondidos del mundo. Crecerían lejos y solos, tendrían que aprender a valerse por si mismos en condiciones adversas y a forjar sus propios juicios… dirían adiós a su infancia para asumir el rol que les había designado el destino.
-¿Qué tan pronto podremos partir?
-Cuando lo consideréis pertinente, Rodya. Si hay algún arreglo que deba ser hecho antes de vuestra partida, os ruego arregléis los detalles con Arles previamente. En estos niños descansa el futuro, y no quiero que nada quede al aire en lo que se refiere a ellos y su enseñanza.
-¿Su educación quedará completamente a nuestro criterio?
-Están en vuestras manos. Os los confío plenamente. –no mentía… al menos no en la mayoría de los casos. Depositaba su fe completa en que cada uno de ellos sabría guiarles de la mejor manera posible. Rezaba porque comprendieran que, aunque no estarían ahí para librar las batallas de la mano de Athena, el papel que les correspondía en la historia era mucho más importante de lo que parecía: sus manos moldearían el futuro de la Orden.
-¿Qué sucederá con aquellos que no tienen maestro asignado? –la voz apagada de Seif se abrió paso en el silencio.- Leo y Aries.
-Mu quedará directamente bajo mi tutela. Como antiguo santo de Aries creo que aún queda algo en mi que puedo enseñar al pequeño. –sonrió, en un gesto que ninguno de ellos pudo ver. El niño pelilila no solamente era el futuro el de su signo, sino también el de su raza.- Y Aioros será quien responda por Aioria.
Las palabras del Patriarca hicieron que más de una ceja se levantara, no así con Saga. El geminiano miró de soslayo hacia su amigo y esbozó una sonrisa casi imperceptible. No le sorprendía en lo absoluto aquel anuncio. Le alegraba que Aioros hubiera hallado la forma de convencer a Shion de cederle la custodia y sabía de antemano que haría un gran trabajo con el pequeño león. Si alguien era capaz de tal cosa, sin duda sería él.
-Pero… es solo un crío. Ambos lo son. –musitó Vigo de Escorpio y todas las miradas se posaron en él para después ir en dirección al Maestro, esperando la respuesta. El español siempre había poseído la particularidad de hablar intempestivamente.
-Vigo, Vigo… estás equivocado. -para sorpresa de todos, Athan fue quien intervino. Su voz sonaba seria, pero la sonrisa burlona en sus labios decía lo contrario.- No son más unos niños. Han crecido y ahora son hombres. Es tiempo que se comporten como tales. –meneó el índice mientras su mueca sardónica se ensanchaba.
-Y lo harán. Son vuestros hermanos ahora. –terció el lemuriano. Había sonado sereno pero conciso. No permitiría cuestionamientos hacia los miembros más jóvenes de la Orden.
-Mis disculpas, Excelencia. –el santo de Escorpio agachó la cabeza. Maldita fuera, su boca le metía en líos todo el tiempo.
Vigo se revolvió en su asiento, incómodo. Su intención jamás había sido poner en entredicho las decisiones del Santo Padre, aunque así hubiera sonado. Lo suyo había sido solamente un reflejo de su propia incredulidad. Los dos chicos podían ser tremendamente capaces e inteligentes, tenían que serlo para haber derrotado a Zarek y Orestes, pero ante sus ojos no dejaban de ser más que un par de niños.
Ni Saga ni Aioros habían respondido a los comentarios, ninguno se había movido. Con sinceridad podían decir que no les habían pillado por sorpresa. Era imposible que, de la noche a la mañana, el resto de la Orden Dorada viera en ellos algo más que los chiquillos que habían sido hasta ese entonces. Pero lo verdaderamente importante era la confianza que el anciano Maestro depositaba en ellos. No se había inmutado en lo más mínimo a pesar de las palabras del Escorpio y tampoco había dudado en lo absoluto al confirmar la fe que les tenía.
Por el contrario, el comportamiento de Athan activaba todas las señales de alerta. Irónico o no, su aparente empatía hacia ellos no hacía sino tornarse más y más sospechosa con cada segundo que pasaba. Era obvio que el mohín burlesco traía un significado más allá del que sus palabras pudieran delatar. Sin embargo, de alguna forma, tampoco importaba demasiado en ese momento. Hacía mucho que Athan había dejado de ser una amenaza latente. Sus sentimientos hacia ellos no habían cambiado en nada, pero siendo sus iguales, no había nada que pudiera hacer en su contra, ni nada a lo que se atreviera, especialmente bajo la mirada atenta de Shion.
-Espero vuestra cooperación y esfuerzo en esta misión que Athena os encomienda. –retomó la palabra.- Quiero que comprendáis que vuestras acciones y enseñanzas sobrevivirán en cada uno de esos pequeños. Lo que les ofrezcáis, lo que inculquéis en sus mentes jóvenes será lo que determine la victoria de nuestra señora. Os los confío… os confío el futuro de nuestra Orden y de la humanidad.
Recorrió con la mirada los rostros de cada uno de los hombres sentados a su alrededor. Ellos no podían verlo, pero su mirada rebosaba esperanza y suplicaba por comprensión.
Solo podía imaginar lo que había atravesado por la mente de Sage más de doscientos años atrás… algo probablemente similar, pero diferente a la vez. Al menos Sage había estado ahí para luchar a su lado. Junto con Hakurei, su propio maestro, habían allanado el camino para que su generación se alzase con el triunfo por encima del ejército de Hades. Habían iluminado el sendero con su sabiduría, su fuerza y su ciega fe en Athena. ¡Cuánto daría por la oportunidad de compartir el mismo destino con sus propios chicos!
Tristemente, aquella posibilidad lucía más lejana cada día. Se hacía viejo, mucho más de lo que su cuerpo pudiera soportar.
Por último, sus ojos se posaron en Saga y Aioros. Eran tan jóvenes, solamente unos niños, y a la vez eran todo lo que se esperaba de ellos y más. La diosa y el porvenir descansarían bien en sus manos, no lo dudaba. Juntos sería capaces de levantar a sus pequeños hermanos de armas, de la misma forma en que los gemelos lemurianos lo hicieran dos siglos atrás. Sus años podían negarles de la sabiduría de Sage y Hakurei, pero tenían algo invaluable, algo con lo que se nacía y se crecía: fuego en el corazón. Por su diosa, por sus compañeros, por su Orden… lo darían todo.
-X-
En silencio, vio como cada uno de los santos abandonaba la habitación. Aioros se revolvió los rizos desordenados, y se apretó la cinta de su frente, mientras todavía sentía sobre si las miradas furtivas y curiosas de sus ahora compañeros. Estaba decidido a no prestarles más atención de la necesaria, aunque debía admitir que empezaban a ponerlo nervioso. Por si no era suficiente con su recién estrenado puesto como Santo Dorado, ahora acababa de ser nombrado maestro de uno de sus pequeños. Debía admitir que estaba viviendo cosas buenas, muy buenas; aunque los últimos tiempos habían sido difíciles.
Alzó la vista suavemente, y notó que Saga seguía allí, sentado justamente frente a él, a la sombra del emblema de Géminis. En su rostro cabizbajo y serio encontraba el mejor recordatorio de la complejidad de sus vidas. Mentiría si dijese que no había esperado allí a propósito, de igual manera que sabía que Saga, en su retorcida manera de hacer las cosas, estaba haciendo lo mismo.
-Así que… maestro. –Aioros alzó una ceja, sorprendido, cuando lo escuchó hablar. Esbozó una sonrisa, e infló el pecho orgulloso.
-Eso parece. –El peliazul imitó su gesto, y un atisbo de diminuta sonrisa se pudo ver en su rostro.- Maestro Aioros. Tendré que decírselo a Aioria antes de que lo oiga por labios de alguien más.
Saga asintió, pero un inevitable silencio se instauró entre ellos. El castaño nunca dejó de ver a su amigo, que parecía haber encontrado algo fascinante en la mesa bajo sus manos. Viéndolo de aquella manera, envuelto en un pesado silencio que, estaba seguro, quería romper sin saber como, Aioros no podía dejar de preguntarse por qué. No era una sola pregunta, eran muchas, y cada día que pasaba, Saga se convertía en un enigma más y más difícil de descifrar.
-Creo que perdiste esto… -El arquero ladeó el rostro, cuando lo escuchó de nuevo. Se fijó en la pluma de oro que Saga sostenía entre sus dedos, y comprendió.
-No lo perdí. –negó, encogiéndose de hombros. Hasta aquel momento en que los ojos verdes de Saga lo veían a través de los largos mechones de su flequillo, no se había fijado en la disimulada herida de su frente.- La dejé exactamente donde quería que estuviera.
-Fui yo el que se perdió, ¿no? –lo dijo casi como un suspiro, alzando el rostro y mirándolo de frente. Los ojos cristalinos de Aioros lo miraban de vuelta.- Sé que te prometí que estaría… -Debía admitir, que el tiempo no le había ayudado en absoluto. Seguía sin saber que decir, ni como explicar lo sucedido.
-¿Era lo suficientemente importante como faltar a tu palabra?
El geminiano enmudeció. Se apartó la melena con cierto nerviosismo mal disimulado, y pensó acerca de la respuesta. Quería decir que si, anhelaba poder hacerlo. Si aquello no hubiera sucedido, no se hubiera perdido el combate por nada del mundo. Los días que habían pasado desde entonces habían resultado asfixiantes. Por mucho que lo intentaba, era incapaz de quitarse de la cabeza la idea de que había fallado. Pero, ¿cómo era posible que a Shion y Aioros les bastara con tan poco? Casi prefería que lo regañaran, que lo gritaran: que hicieran algo además de confiar en él.
-Si. –respondió finalmente. Su amigo no había dejado de mirarlo un solo segundo, con aquellos ojos centelleantes que parecían verlo todo, pero que al final… no veían nada. Unos ojos que querían creerle cada palabra que decía.- Si hubiera podido estar ahí… no me lo hubiera perdido de ningún modo. –Acarició la suave pluma con las yemas de sus dedos, y suspiró.- Lo siento, lo siento mucho.
Aioros continuó viéndolo con mezcla de interés y sorpresa. Debía admitir, que lo que menos esperaba era una disculpa tan directa, tan franca. ¡Y lo valoraba! Muchísimo, sabía que para Saga era difícil aceptar que había hecho algo mal, voluntariamente o no. Esperaba una excusa convincente, una explicación que los dejara a todos tranquilos y contentos y que hiciera olvidar el enfado. Pero no había sido así. La voz de Saga sonaba casi monótona e impersonal, como si fuera únicamente su cuerpo quien estaba ahí. ¿Qué pasaba? ¿Qué estaba pasando con él? Aioros no podía dejar de preguntárselo, aquella expresión ausente, triste y apagada había hecho que olvidara momentáneamente su molestia.
-Está bien. –Se encontró a si mismo quitándole hierro al asunto.- ¡Gané! Lo hice magníficamente bien, y tú te lo perdiste. –"Pero maté a Orestes", omitió.- Además, no se si te has fijado, pero Sagitario es mucho más bonita que Géminis…
-Ese saco de plumas en movimiento, me hace estornudar. No veo que tiene de bonita…
-Estas celoso. –replicó divertido. Al menos aquellas palabras le daban un poco de esperanza: el magnífico sentido del humor del geminiano seguía estando ahí, agonizante, pero vivo.- Ahora yo puedo volar, y tú no.
-¿Lo has probado? –Saga alzó una ceja, con gesto pícaro.- Puedo ayudarte con eso; recompensarte por mi ausencia y probar mis dotes de maestro…
-No, gracias. –La carcajada del arquero resonó en la habitación.- Aunque, efectivamente, me recompensarás por eso. No sabrás cuándo, ni cómo, pero lo harás. Me aseguraré. –dijo mientras se ponía en pie.
Saga lo miró, con una débil sonrisa marcada en el rostro, pero aliviado. Se levantó, y lo siguió. Quizá después de todo, el mundo no fuera tan gris…
-X-
Cuando Saga y Aioros abandonaron el salón, distinguieron a la distancia las figuras de aquellos que les esperaban. Shion iba unos pasos más adelante, también a su encuentro.
Sonrieron sin siquiera notarlo. Era difícil no hacerlo.
El candor de las sonrisas con que fueron recibidos poseía la particularidad de borrar todo pensamiento de sus mentes, dejando nada más que los rostros fascinados de los niños. Bastaba mirarles a los ojos para descubrir la ilusión que sentían, el orgullo que les llenaba el pecho. Aquel montón de chiquillos habían crecido siguiendo cada paso suyo. Habían desarrollado una admiración ciega hacia ellos y les habían convertido en héroes dignos de cuentos y fantasía. No existía error alguno que empañara esa irrefrenable euforia que causaban, más aún cuando se enfundaban en los regios ropajes que, como santos dorados, les correspondían.
Arles permanecía a su lado, inmutable y pulcro como siempre. Su rostro cubierto por la máscara le brindaba un aire aún más lejano, como si de una fina estatua de mármol se tratara. Permanecía inmóvil, estoico mientras esperaba por el Maestro que se acercaba a él con pasos lentos y seguros. Cuando Shion estuvo lo suficientemente cerca, se apresuró a obsequiarle una reverencia que no era necesaria. El viejo lemuriano la correspondió para saludar después a los más pequeños.
-¿Os habéis portado bien? ¿O habéis hecho sufrir a Arles? –preguntó, disfrutando secretamente del respingo del santo de Altair.
-¡Hemos esperado aquí por vosotros, Maestro! –chilló el pequeño escorpión.
-¡Y nos hemos comportado muy bien! –complementó Aioria.
El resto de los aprendices atinaron solamente a observarles de soslayo en silencio y con obvio desacuerdo. La verdad de las cosas era que Arles se habían tornado en una persona demasiado paciente cuando se trataba de aquel par de diablillos de caras angelicales. No resultaba descabellado pensar en que, en más de una ocasión, la idea de mandarles permanente a la biblioteca cruzara por la mente del santo de plata.
-Dejémoslo en que hemos estado esperado por vosotros, Maestro. –Shura esbozó una sonrisa nerviosa mientras las miradas acusadoras de los aprendices de Leo y Escorpio le atravesaban sin vergüenza alguna.
-¡Oh, ya veo! ¡Ya veo! –sonrió el anciano, para quien las caras de los otros chicos no pasaron desapercibidas.- En tal caso, quizás Arles pueda encontrar satisfactorio un poco de té… -acotó, reservándose una sonrisa.- …para los nervios. ¿Qué opinas, viejo amigo?
-Con gusto, Excelencia. Os acompaño. -la voz de Arles gritaba desesperación, Shion lo sabía.
Detalles como aquel siempre conseguían dibujar una sonrisa de los labios del Patriarca. Por un segundo al menos, el cansancio parecía haberse esfumado de su cuerpo, aunque con seguridad no tardaría en regresar. Acarició las cabelleras de sus chiquillos, una costumbre que ciertamente extrañaría, y después miró sobre su hombro, hacia los dos santos adolescentes que se aproximaban. Con un suave asentir, se despidió de ellos, retomando el camino de regreso a sus aposentos, acompañado de Arles.
-¿Y bien? –Saga y Aioros no tuvieron de tiempo de pensar demasiado después de eso, porque rápidamente su atención fue demandada por el más pequeño de sus admiradores.- ¿Cómo ha sido? –preguntó Milo.
-¿Ha sido genial? –Aioria siguió a Milo.
-¿O aburrido?
-¿Habéis hablado?
-¿Qué os han dicho?
-¿Cuándo volveréis a reuniros?
-¿Será pronto?
Las miradas de Géminis y Sagitario fueron de uno a otro, absortos en aquel rápido interrogatorio al que eran sometidos. Milo y Aioria habían creado una complicidad tal, que a veces sus cerebros pensaban como uno. Camus estaba muy cerca de ello, aunque su elocuencia era mucho menor, al igual que sus niveles de hiperactividad. Probablemente era el único con la capacidad de seguirles el ritmo a aquellos dos, sin caer en la vorágine de energía y desastre que usualmente les rodeaba.
-A ver… -Saga arrugó el ceño, esforzándose por ordenar ese montón de ideas que las preguntas de los niños habían creado.- Vamos por partes, ¿os parece?
-¡Si! –palmeó sus cabecillas inquietas.
-Ha sido… emocionante… -el peliazul continuó mientras sus ojos esmeralda viajaban hasta Aioros.
-… Diferente, ciertamente. Ya os tocará vivirlo. –el chico castaño le imitó, agachándose para poder mirar directamente a los niños.- Hemos recibido algunas noticias. Supongo que vuestros maestros os explicarán más tarde. –no se sentía listo para decirles, aunque a juzgar por el rostro de Shura, el aprendiz de Capricornio sabía más de lo que decía.
-Yo no tengo un maestro, Aioros. ¡Tendrás que decirme ahora! –Aioria se lanzó a sus brazos.
-Pues… en realidad para ti son excelentes noticias. –lo abrazó. Le encantaba verlo sonreír al recibir mimos y a decir verdad, moría de ganas por confesarle que se había ganado la autorización del Patriarca para ejercer de su maestro.
-¡Cuéntame!
-A partir de hoy, ¡tendrás al maestro más fenomenal de todos! –el arquero sonrió para sus adentros cuando vio a Saga girar los ojos. En el fondo sabía que la idea le gustaba y que lo disfrutaba tanto como él.
-¡¿Quién?
-Pues… yo.
-¡Genial! –el rostro de cachorro de león se iluminó, mientras apretaba en un gran abrazo a su hermano mayor.- ¡Es la noticia más genial del mundo!
-¿A que sí? –sonrieron juntos.
Milo, a su lado, brincó con tanta emoción como su compañero de desastres. Era una gran noticia que, a pesar de no afectarle directamente, le hacía vibrar de alegría. Para cualquiera de ellos, tener la oportunidad de ser entrenando por sus mayores era un sueño hecho realidad. Obviamente, para Aioria, como hermano menor del arquero, lo era todavía más.
Sin embargo, rápidamente su rostro infantil se tornó serio y pensativo. Sus ojos azules fueron de un lado a otro mientras su cerebro procesaba toda la información que su cabeza inquieta generaba. Como un rayo, se abalanzó sobre Saga, demandando que el peliazul le abrazara también. Buscó su mirada, no sin robarle un gesto de completa sorpresa. Cuando Milo le observaba con tanta atención, algo siempre salía de ello.
-¿Qué hay, bicho? –cuestionó Saga. Se sentía intrigado por el repentino silencio y el escrutinio del niño.
-¿Y si me entrenas? –devolvió la pregunta, con una enorme y angelical sonrisa en los labios. Era fácil convencer a Saga con esa carita suya de chiquillo inocente.
-No, Milo, no puedo. –en un abrir y cerrar de ojos, la ilusión se le escapó. ¡Algo iba mal con su mohín de angelito encantador!- Vigo es tu maestro y seguramente tiene muchas cosas que enseñarte. Además, ¿cómo crees que podría enseñarte la Aguja Escarlata? ¿Eh?
-Eso. –Aioros terció.- Saga tiene pánico a la sangre. –se apresuró a añadir con un dejo de burla.
-No se trata de eso. –el gemelo le miró de soslayo.- Simplemente no me gusta ensuciarme las manos. –se defendió.
-Claro. –río el castaño por lo bajo.
-Hubiese sido genial que fueras mi maestro. –Milo volvió a hacerse notar. Frunció el ceño y arrugó los labios. Definitivamente, Aioria era un gato con suerte.- Aún así, ¿podrás enseñarme algunas cosas de vez en cuando?
-Por supuesto, enano. -volvió a sonreír. Le bastaba con eso.
¿Qué tanto podría mantener su palabra esta vez? Saga no estaba seguro. Eventualmente, la mayoría de sus niños iba a marcharse y solo volverían a encontrarse en contadas ocasiones. Restaba esperar a que el tiempo les diera una oportunidad de encontrarse de nuevo para que, entonces, cumpliera con lo prometido.
-Bueno, bueno, se os hace tarde para cenar. El Maestro seguramente os estará esperando. –Aioros bajó a su hermano y sonrió al resto de los chicos.
-¿Cenareis con nosotros?
-No, hoy no. –tanto el peliazul como el castaño se asombraron por sus respuestas, que llegaron al unísono. Carraspearon mientras se miraban, entre divertidos e intrigados. Hacía mucho que sus cerebros parecidos no hacían de las suyas.
-Yo tampoco podré. –agregó Shura tímidamente.
Aioros le miró, consciente de que había algo más detrás de esa sonrisa, tímida y triste. Era muy probable que Seif se hubiera adelantado a las órdenes de Shion y que la salida de Shura fuera más pronto de lo que cualquiera esperaba. El santo de Capricornio venía arrastrando consigo una larga y penosa enfermedad desde mucho tiempo atrás, pero a últimas fechas su salud había empeorado repentinamente. Si uno lo pensaba a sangre fría, el tiempo que le quedaba para concluir el entrenamiento de su aprendiz era cada vez más escaso; y si Seif lo sabía, como era seguro, estaría trabajando a marchas forzadas para hacer del pequeño español un santo a la altura de lo que Athena requería.
El intercambio de miradas entre Aioros y Shura no fue ajeno para Saga. Su mente no andaba muy lejos de la del arquero, por lo que llegar a una conclusión no resultó complicado.
-Vamos, niños. Os acompaño. –sentenció, para darles un minuto de privacidad a esos dos. Intercambió miradas con ellos, dejándoles saber que él se haría cargo. Después de todo, Shura y Aioros eran muy cercanos, quizás era necesario que hablaran primero al respecto.
-Hablaremos después. –Saga asintió. Se aseguraría que Aioros le contara más tarde.
Les vieron marchar, atrapados en un silencio pesado. Aioros sabía. Shura sabía… probablemente esa era la despedida.
-¿Entonces…?
-Seif ha dicho que debemos irnos… por un tiempo, al menos. –el moreno bajó la mirada.- Abandonaremos el Santuario pronto.
-Shion habló acerca de ello en la reunión. Dijo que era el momento de que vuestros maestros tomaran control completo sobre vosotros y, si marcharse les parece necesario, pues… -se encogió de hombros.- Vamos a echaros de menos… voy a echarte de menos. Mucho. –Shura asintió y para Aioros no era difícil distinguir que estaba aguantando las lágrimas.
-Todo va a estar bien. –Aioros le abrazó, mientras revolvía sus cabellera rebelde. No mentía al decirle que todo estaría bien: tenía plena confianza en él. Por muy difícil que fuera el camino, Shura podría librarlo y regresaría convertido en un santo dorado, como Saga y él mismo.- Verás como el tiempo pasa volando. –intentó animarle.
-Pero Seif… esta muy enfermo.
-Lo sé y por eso mismo, tienes que ser muy fuerte. Aprende todo lo que puedas, Shura. Hazle sentir orgulloso, como yo me siento de ti.
El español se limpió con brusquedad una lágrima traicionera y se esforzó en devolver la sonrisa franca de Aioros.
-No voy a defraudaros, volveré con Capricornio. Os lo prometo. –dijo.
-X-
Se despidió de Sagitario tan pronto estuvo dentro de su salón, observándola tomar forma delante de sus ojos. El centauro dorado era probablemente lo más hermoso que había visto nunca. No importaba cuantas veces le mirara, ni cuantas veces se encontrara envuelto en la mezcla de polvo de estrellas y plumas doradas que despedía, simplemente no se cansaba de contemplar a aquel maravilloso espectáculo… su armadura.
Sonrió mientras la observaba. A pesar de todo lo que había sucedido, a pesar de que el recuerdo de Orestes aún pesaba sobre él, Aioros había aprendido a aceptar su nuevo estatus como santo regente de Sagitario. Todavía lloraba por las noches y el solo recuerdo de su maestro inundaba sus ojos color zafiro. Cada día rezaba por él, por su alma, por su destino; y agradecía cada lección, suplicando a Athena que le proveyera del coraje necesario para hacer valer todos los esfuerzos de Orestes. Quería que su sacrificio no fuera en vano y lucharía por ello: por demostrar que el griego no se había equivocada al confiarle su armadura, su legado y a su diosa.
Sin embargo, en ese momento, cuando la soledad del noveno templo parecía pesarle como nunca, Aioros no podía sino preguntarse cuantas más sorpresas habían en el camino para ellos.
El día había sido largo y la reunión le había dejado ligeramente ausente. Ahora era el maestro de Aioria y eso le llenaba de ilusión, pero a la vez, la sola idea de despedirse de Shura y de los demás pequeñines, traía consigo un sabor amargo que empañaba su emoción. Nunca había pensado que los niños permanecerían para siempre encerrados en el Santuario en que habían crecido. Sabía que, eventualmente, se marcharían en busca de mejores lugares donde desarrollar los talentos con que Athena les había bendecido. Tenían que salir al mundo y encontrar su propio camino ahí afuera… solo que no esperaba que fuese tan pronto.
Iba a extrañarlos, empezando por su vecino de Capricornio. De todos, Shura era el más cercano a él y su partida llegaba en el momento en que probablemente más le dolería. Pero es que el pequeño mundo en el que vivía, a veces, parecía caerse a pedazos sin que nada pudiera evitarlo. Tragó saliva sintiéndose de nuevo emocional. Ni siquiera se habían marchado y ya los extrañaba como a nadie. Sin lugar a dudas, el templo Papal perdería gran parte del encanto que aquella pequeña tribu de niños le había regalado con su presencia.
Cierto, Deltha, Naia y Aioria aún estarían cerca, pero no sabía hasta que punto. Si algo había aprendido en todo ese tiempo, era que nada duraba para siempre, lo cual le aterraba con solo pensarlo.
Bastaba mirar a los gemelos: su pelea había terminado de propulsar la avalancha que les venía encima. Hacía mucho que Kanon se había perdido, dejando nada más que miradas recelosas y actitudes cortantes para con él y su gemelo. Y Saga…
Aioros no comprendía por qué, pero a pesar de haber hablado al respecto algo no había terminado ni del todo claro, ni del todo bien. Saga había ofrecido disculpas, sinceras por cierto, pero algo más, algo que no terminaba de entender, no le convencía en lo absoluto. Al final, mientras caminaba de regreso a casa, había decidido no pensar demasiado en ello. Había tenido demasiado con la reunión como para seguir dándole vueltas en la cabeza a una conversación que, si algo, solamente parecía despertar el lado paranoico en él. Lo mejor era darle un poco de descanso a su mente para que, con toda seguridad, las cosas parecieran mucho más claras la mañana siguiente.
Miró hacia Sagitario una última vez antes de marchar rumbo a sus aposentos. Con un poco de suerte, la noche le daría descanso y todo ese estrés que atormentaba los músculos de su cuello se esfumaría.
Sagitario y sus privados estaban a media luz. Los techos altos y las columnas lucían vacíos, con la oscuridad merodeando desde cada esquina. Siempre había sido un lugar tranquilo y silencioso, pero ahora se sentía todavía más. Desconocía cuanto tiempo le tomaría acostumbrarse, o si lo conseguiría; solo que eventualmente, tendría que salir del bache emocional en el que había caído.
Entró a su habitación en completo silencio y se dejó caer sobre su cama. Sobó su cuello adolorido mientras cerraba los ojos en un intento de alejar la mente del presente. Necesitaba dormir un poco, descansar aunque fuera unos minutos. Así, se concentró en escuchar el sonido de su propia respiración: tranquila, escueta.
Sin embargo, tomó un segundo para que sus sentidos se pusieran en alerta y su instinto le hiciera levantarse de la cama en un brinco. No estaba solo, alguien más le hacía compañía.
-¿Quién eres? –preguntó, mientras la silueta de la intrusa tomaba forma en medio de la oscuridad.
-No hay nada que temer. –la voz femenina le contestó.- No estoy en aquí en busca de problemas. -el santo de Sagitario se encontró frente a frente con una joven mujer de melena larga y sedosa, cuyos ojos color esmeralda refulgían en medio de las penumbras de la habitación. Llevaba una túnica rosa, casi transparente, que se mecía con la brisa que soplaba por la ventana y que se amoldaba provocativamente a las curvas de su cuerpo.- Solo estoy aquí por un poco de diversión.
-¿Qué?
-Esa armadura tuya… ahora eres uno de ellos. Un santo, un hombre joven… -Aioros tragó saliva cuando la mujer se acercó a él.- … y como todo hombre, necesitas a una mujer.
-Oh… -aquello era una mala broma. Tenía que serlo.- Eres una…
-Calla. –cuando sintió su cuerpo demasiado cerca del suyo y su dedo acariciándole los labios, Aioros retrocedió.- Esta noche no soy nada más que tu regalo.
-¿Regalo? –rió nerviosamente.- Yo no… pedí ningún regalo.
-Los regalos no se piden, Aioros. –la mujer volvió a acercarse para enredar su dedos en aquella cabellera castaña.- Alguien muy generoso me manda a ti como un obsequio. Y me aseguraré que no tengas nada más que pedir.
-Por los dioses, tienes que estas bromeando… -dejó escapar la respiración.
-No, no bromas… solo juegos. –sus intentos de robar un beso fueron frenados por el santo quien volvió a retroceder, sin dar crédito a lo que pasaba.
Intento hablar, pero terminó balbuceando sin sentido. ¡¿Quién demonios jugada de esa forma con esos temas? La iluminación no tardó en llegar a su cabeza y solo un hombre podía ser capaz de planear el retorcido encuentro…
-Athan. –sentenció. ¡No podía creerlo! ¡¿Cómo se había atrevido? Pero sus quejas mentales no tendrían mucho espacio puesto que sintió la mano de la mujer posándose en su pantalón.- ¡Oye!
-Relájate, la pasarás bien.
-No, no, no…
-Tsh. –le pidió silencio una vez más.
Aioros se sopló el flequillo, meneó suavemente la cabeza y cerró los ojos. Volvió a abrirlos cuando sintió el rostro de la hetaira peligrosamente cerca de si. Una vez más, tragó saliva, pensando en la bizarra situación en que se encontraba atrapado.
Definitivamente había sido un largo día… uno muy largo.
-X-
Cuando llegó a Géminis, tomó una bocanada de aire que le llenó los pulmones. Se despojó de la armadura tan rápido como la sombra del gran salón de batallas acarició su piel, y antes de pararse a pensar, se encaminó a los recintos privados. El templo estaba silencioso. Las teas encendidas iluminaban los recovecos más oscuros, y de pronto, la Tercera Casa se le antojó terriblemente segura: como si nada de lo que sucediera ahí fuera pudiera si quiera rozarlo.
Sin embargo, sabía bien que aquel era un sentimiento engañoso. Quizá el mundo era caprichoso y se veía obligado a lidiar con asuntos que no le gustaban, gente a la que no apreciaba… Pero al final, Géminis no era diferente. El templo tenía sus propios fantasmas, muchos, por lo que empezaba a descubrir.
Cada vez que sus ojos se cruzaban con los del Santo de Cancer, la imagen de Zarek se dibujaba en su mente asombrosamente nítida. Era como si la mirada cristalina de Athan, le reprochase lo que había sucedido. Desde que lo conocía, se había preguntado si el alemán querría a alguien lo suficiente como para considerarlo un amigo de verdad, casi familia. Siempre había terminado desechando la idea, y aún así… allí estaban aquellas miradas. Pero Saga no era tan ingenuo como Athan pretendía hacerle creer. El reproche no era por la muerte de Zarek, al menos no en su totalidad… Era por haber golpeado con precisión donde más dolía: en el orgullo de la Orden Dorada. Primero él, y luego Aioros. Debían estar furiosos en verdad…
Una sonrisa se dibujó suavemente en sus labios solo de pensarlo. Mas, cuando la luz del salón iluminó tenuemente el pasillo por el que caminaba, se olvidó de ello. El fantasma de Zarek se disolvió, igual que Athan. Géminis era como un oasis en medio de la tempestad, pero albergaba mucho más caos del que podía protegerle. Lo que si tenía claro, es que aquellas milenarias paredes jamás traicionarían sus secretos: lo que fuera que sucediera en el Templo, nadie lo sabría. O aquello se decía cada día.
Disminuyó el paso a medida que se acercaba a la puerta acristalada y se sopló el flequillo.
Kanon estaba allí.
Abrió con cuidado, queriendo pasar desapercibido; pero no lo consiguió. Su hermano, que descansaba placidamente, desparramado en el sofá; se incorporó sobre los codos cuando lo escuchó llegar. Saga se quedó quieto en el sitio, como si fuera un niño al que acaban de atrapar en medio de una travesura.
-¿Qué te ha pasado en la cara? –fue lo único que atinó a decir, pero inmediatamente, se maldijo. No estaba seguro de querer saberlo.
-¿Esto? –El gemelo menor se llevó la manó al pómulo magullado, sonrió con travesura y se encogió de hombros.- Tranquilo, me asegure que la Casa de Géminis quedase en buen lugar, el otro terminó peor que yo.
Saga permaneció en silencio, mirándolo casi sin pestañear, mientras trataba de descubrir cuanta verdad y cuanta mentira había en aquellas palabras. Lo cierto era, que hacía meses que no entrenaba con su hermano. No tenía la menor idea de con quien pasaba el tiempo, ni haciendo qué. Y aunque estaba seguro de que su vida sería más sencilla sin saberlo, le preocupaba. Solamente esperaba que no se metiera en líos… o no en demasiados.
-Tu amazona es buena. –Saga alzó una ceja apenas perceptiblemente. No tenía la menor idea de lo que estaba hablando.- La rubia rusa…
-Tatiana. –De pronto, la sola idea de Kanon peleando con una amazona de rango inferior a su cargo, lo espantó.- ¡¿Has…? –Probablemente sonó más aprensivo de lo que le hubiera gustado, la risa de Kanon resonando en el salón se lo recordó.
-Solamente dije que es buena. –El mayor respiró aliviado, aunque se esforzó porque no se notara.- Estuve observando. Últimamente parece que paso bastante desapercibido. –Se apartó la melena de un manotazo, disfrutando de la inquietud que desprendía su hermano.- Y a decir verdad, es una ventaja para muchas cosas.
-No te metas en problemas, Kanon. Ahora no…
El menor de los hermanos, se sentó en el sofá. Ladeó el rostro, contemplando a su hermano con creciente interés. Debía admitir que la curiosidad lo carcomía. ¿Cómo habría explicado su ausencia del gran combate? Desafortunadamente, era más que probable que nunca lo supiera. Aioros y Saga se habían convertido en el único tema de conversación del maldito Santuario, el centro de atención de todas las miradas y exclamaciones de admiración. Cuanto más desapercibido pasaba él, más destacaba Saga. Poco les faltaba a la mayoría para besar el suelo por el que pisaban… Aquello le provocaba sensaciones encontradas: rabia, por haberse visto excluido de todo ese resplandor, y diversión… al comprobar lo fácilmente impresionables que resultaban todos antes o después.
Sin embargo, había algo que no podía quitarse de la cabeza. Los dos habían logrado vestir sus armaduras. Sabía de sobra que aquella desbordante admiración, iría en aumento, por muy irritante que le resultara. Pero… ¿sabrían ya que el trono sería para uno de los dos? Debía admitir que moría de ganas por ver qué sucedía entonces. ¿Saga pelearía con tanta determinación y obstinación por ello, como había hecho con él? Se ponía furioso solo de pensarlo.
-Los niños se marcharan durante los próximos días. –La voz de Saga lo sacó de su ensoñación.
-¿Todos? –preguntó, aplacando su repentino mal humor.
-Aioria se queda a cargo de Aioros.
-Oh.
No dijo nada más. Lo de Aioria era bastante previsible. Pero en realidad, iba a extrañarles. Los mocosos eran divertidos, simpáticos. Al menos, algunos de ellos. Le resultaba entretenido entrenar con Ángelo, molestarlo e intercambiar desafíos verbales. Sin embargo, Milo… Se sopló el flequillo. Probablemente, sería al más pequeño al que más añoraría. Aquel par de ojos celestes aún eran capaces de mirarlo con fascinación. ¡A él! ¡A Kanon! Seguramente era el único que le miraba de aquel modo, olvidando que era el fracasado.
Volvió a ver a su gemelo, y se dejó caer de nuevo en el sofá.
Quizá él también debería marcharse. El Santuario, sus fantasiosas ideas y sus convicciones absurdas no eran para él. Honor, justicia, sacrifico, gloria… ¿Qué importaba todo aquello? Quizá solamente la gloria resultara mínimamente atractiva. Más no habría ninguna para él, no mientras Saga continuara brillando como el mismo sol en un cielo despejado. Negó lentamente con el rostro.
-Milo extrañará espiar a las amazonas. –Saga rodó los ojos.- Aunque hablando de amazonas… Tras dos semanas juntos, ¿tu rubia también se quitó la máscara?
-A veces eres un autentico cretino. –La risa burlona de Kanon resonó en la habitación, mientras veía como su hermano se dirigía a su dormitorio. Sin embargo, justo en el momento en que posaba la mano en el pomo de la puerta, habló de nuevo.
-Por cierto, olvidé mencionarte que tienes visita.
Saga lo miró, ladeó el rostro con el ceño fruncido, y abrió. Quizá Naia o Deltha…
-X-
No supo cuándo cerró la puerta a sus espaldas, ni cómo. Se quedó totalmente quieto, mirando a la esbelta silueta con los labios entreabiertos. La habitación estaba en penumbra, pero la poca luz que había era más que suficiente para verla con claridad.
-Has llegado. –la voz de la joven, algunos años mayor que él, llegó alta y clara a sus oídos.
Los mechones de su pelo, castaño y rizado, que escapaban al elaborado recogido; acariciaban suavemente sus hombros desnudos; mientras el corto y fino quitón de gasa plateada parecía danzar sobre su piel tostada, con cada paso que daba en su dirección.
-Te ves cansado. –Su voz sonaba tranquila, en cierto modo melosa… igual que un suave ronroneo, pero con un alegre toque travieso. Aunque demasiado cercana para su gusto. Antes de que se diera cuenta, pocos centímetros los separaban.- Puedo solucionar eso… -Una de sus finas manos, se enredó en su melena y la apartó, justo antes de que Saga retrocediera.
-¿Qué haces aquí? –Sonó más hostil de lo que hubiera querido, pero lejos de amedrentarse, la chica sonrió con picardía.- ¿Quién demonios eres?
A decir verdad, no hacía falta que dijera nada. No necesitaba saber su nombre, aquello era lo de menos. Y tenía bien claro quién era ella… o al menos qué era. La pregunta era, qué demonios hacía allí y por qué Kanon la había dejado entrar hasta su mismo dormitorio.
Sin darse cuenta retrocedió un paso mas, hasta que su espalda chocó con la puerta. Se maldijo y, solamente entonces, se percató del hermosísimo tono azulado de sus ojos.
-Me llamó Io. –murmuró humedeciéndose los labios, mientras delineaba suavemente el contorno de su mandíbula con sus largas uñas. Saga tragó saliva, sin dejar de mirarla estupefacto, ante la situación en que se veía atrapado.- Deja que hoy sea la recompensa a tu éxito.
-¿Qué…? –atinó a decir cuando las manos de Io comenzaron a ascender por su pecho, y amenazaban con rodear su cuello. Atrapó sus muñecas justo a tiempo, deteniendo sus avances.- Para. –dijo.- ¿Quién enviaría a una hetaira para felicitarme por…?
Se detuvo en seco, sin soltarla. De pronto todas las piezas del extraño rompecabezas hicieron clic en su cerebro y comprendió. Solamente había una persona capaz de… algo así. Frunció el ceño cuando reparó en ello.
-¿Qué importa? –la joven, que en ningún momento trató de liberarse del agarre, dio un paso más, hasta que sus labios besaron lentamente las manos que la sujetaban. El desconcierto en el rostro sonrojado del santo era asombrosamente apetecible a sus ojos.
-No quiero. –murmuró. Apenas fue un susurró, pero la autoridad en su voz era imposible de ignorar. Se aclaró la garganta y la soltó, haciéndose a un lado.- Es mejor que te vayas.
-Yo no…
-Vete. –Saga no la permitió terminar lo que iba a decir.- Por favor.
Io lo miró con interés, ladeando el rostro.
-Quedándote no me haces ningún favor, Io. –pronunció su nombre con suavidad.- Ve y dile a Athan que fuiste un regalo magnifico, o si lo prefieres, se lo diré yo. Pero no quiero… -negó con un gesto de su cabeza.
La hetaira no había dejado de observarlo un solo momento. Recortó nuevamente la distancia que los separaba, poniendo en alerta todos los sentidos de Saga. Sin embargo, lo sorprendió depositando un suave beso en su mejilla.
-Búscame cuando lo desees…
No atinó a decir nada más, solamente la vio marchar silenciosa, contoneando delicadamente sus caderas, y dejando tras de si una dulce fragancia a canela y vainilla.
-X-
-Eso ha sido rápido. –la voz del menor de los gemelos la sorprendió cuando se alejaba por el pasillo.- Más de lo que esperaba.
Io se detuvo, y lo miró. Únicamente iluminados por los destellos de colores de la cristalera del corredor, la hetaira encontró asombroso el parecido entre los hermanos. Nunca había tenido la oportunidad de contemplarlos tan de cerca. Kanon se acercó un par de pasos, sin ningún reparo marcado en el rostro.
-Supongo que no tardó en adivinar quién te envió…
-Lo conoces bien. –respondió coqueta. El peliazul se encogió de hombros, sonriente, sin desviar la mirada.
-Es mi gemelo.
-Y aún así… sois diferentes. –Io reemprendió el camino, sin dejar de verlo de soslayo, pero la mano del chico cerrándose sobre la suya, la detuvo.
-Mucho. –tiró suavemente de la joven hasta que la giró, y pudo verla a los ojos. Se topó con una mirada cristalina y seductora, con la sonrisa pícara y humedecida.
-Quizá no ganaste la armadura… -O lo que era lo mismo para él: "Quizáperdiste."- Pero tus méritos también merecen ser recompensados…
-Continuará…-
NdA:
Sunrise: Aioros ha dejado que una hetaira juegue con su pantalón…
Aioros: ¡Es una mujer rápida! O_o
Saga: O ella muy rápida o tú muy… ¬¬'
Deltha: ¡Fácil! ¬¬'
Saga: ¡Por ejemplo! Aunque debo aclarar que las hetairas griegas no son prostitutas. Eran mujeres de influencias, con buena educación, dotes para la música y el arte, además de sus interesantes talentos físicos. Ellas eran las únicas mujeres que podían participar de los banquetes de los guerreros, y sus opiniones y creencias eran muy respetadas por ellos. Se decía que las hetairas eran las compañeras de placer, los oídos que escuchaban las penas y los labios que aliviaban los corazones; pero jamás había sentimientos de por medio.
Naia: Pequeños golfos u_U
Saga, Aioros, Kanon: ¡Oye! O_o
Sunrise: La enciclopedia con piernas volvió.
Damis: ¡Y esa iba a ser mi frase! ¬¬'
Kanon: ¡Una hetaira de regalo de Navidad!
Sunrise: ¡Recordad! Visitad nuestro grupo en DeviantArt, cuya dirección encontrareis en nuestros profiles, igual que los replies anónimos.
Damis: La próxima entrevista será… ¡Zarek!
Sunrise: ¡Felices fiestas!
Damis: ¡Y Feliz 2012!
