Capítulo 24: ¿Quiénes somos?
Cuando Vigo le mencionó que su pequeño aprendiz había huido, a Saga no le resultó difícil saber donde podía encontrarlo. Los últimos días habían sigo un continuo ir y venir de gente, y una sucesión interminable de despedidas dolorosas. Lo habían sido para ellos, los mayores, así que no podía pensar como se sentían los más pequeños. Claro, que todo tenía un lado bueno. Quizá pasarían mucho tiempo sin ver a los niños… pero la sola idea de que pasaran años antes de volver a ver a Athan, se antojaba de lo más agradable.
Estaba tan sumido en sus pensamientos, que apenas se dio cuenta de cuando llegó a la playa. La sombra de Cabo Sunion se cernía con suavidad por el extremo izquierdo de la cala, mientras que el resto de la arena era bañada por el inclemente sol. Sin embargo, cuando vio a Milo, sentado junto a la orilla, abrazado a sus rodillas, supo que aquello no iba a ser menos difícil que pedirle disculpas a Aioros por su repentina ausencia. De hecho, estaba más que seguro de que sería mil veces peor.
Caminó despacio, observando al más pequeño, y pensándose las mil y una cosas que podría decirle. ¿Pero había algo lo suficientemente adecuado? Milo aún no había cumplido los ocho años, era el benjamín de las Doce Casas, y de alguna manera se había convertido, junto a Aioria, en la verdadera vida de la escalinata Zodiacal. Todos iban a extrañarse muchísimo allá donde fueran.
Sin decir nada, se sentó a su lado y procuró mirar el mismo horizonte que el pequeño escorpión, aunque no por eso dejó de verlo de soslayo. Ambos compartían el mismo silencio, adornado por el susurro de las olas y el graznido lejano de las gaviotas; pero también las miradas disimuladas. Saga sonrió.
-Pensé que estarías ocupado. –espetó el más pequeño.
-¿Quién dijo que no lo estuviera?
-¿Te parece correcto estar sentado en la playa tomando el sol? –El comentario lo tomó por sorpresa y se encontró a si mismo riendo con ganas.- No te rías, eres un Santo Dorado. –Milo se cruzó de brazos y dibujó un mohín severo en el rostro.- Hablo en serio.
-Lo se. No se lo dirás a nadie, verdad? -Como si la sola idea resultase demasiado ofensiva para sus oídos, el pequeño frunció aún más el ceño. Sus ojos estaban enrojecidos, a Saga no le había pasado por alto aquel detalle.
-Nunca le cuento nuestros secretos a nadie. Nunca hablé de Deltha. –Por un momento, el geminiano se sintió afortunado de que Milo no tuviera ningún gran secreto que guardar de él. Presentía que el chiquillo era demasiado listo como para no sacarle provecho.
-De acuerdo, de acuerdo. –Alzó las manos en señal de rendición.- No dije nada.
-Lo dijiste.
-Pero no en serio.
-No importa.
-Claro que si.
-No, no lo hace.
-Si, si lo hace. –Saga sonrió una vez más, mientras lo miraba fijamente. Milo podía bromear, o resultar de lo más gracioso aún estando enfadado… pero aquella actitud suya tan seria, no era más que una torpe manera de disimular lo mal que se sentía.
-Vigo me envió para… -la sola mención de aquel nombre, hizo que su semblante se oscureciera.
-Debiste ser tú mi maestro, no Vigo. –Milo lo interrumpió.- Debiste decir que si. –De nuevo, el mar de lágrimas que tanto trabajo le había costado controlar, inundó sus ojos.- ¡Si tan solo hubieras dicho que si, como Aioros, no tendría que irme a ningún sitio!
-Sería un pésimo maestro…
-¡No importa! –gritó, y ni siquiera se dio cuenta.
-Escucha, ¡intente enseñar a Aioros a volar hace años, y apenas aprendió hace dos días él solito! –No sabía si aquel comentario suavizaría el ambiente, pero comenzaba a sentir aquellas lágrimas como propias.- ¿Cómo podría…?
-¡¿Y qué? Tendríamos todo el tiempo del mundo, y estaría contigo y con Kanon. –la sola mención de su hermano le forzó a agachar el rostro.- ¡Con Aioria! ¿Qué va a hacer él solo con Mu? ¡Se aburrirá!
-Milo...
-¿Por qué todos tienen tanta prisa por irse? Camus se fue a Siberia… ¿Dónde esta Siberia? Además, no pude enseñarle a hablar bien… -Una lágrima enorme rodó por su mejilla.- Tampoco se donde están las Cicl…
-Cicladas.
-¡Cómo se llamen! ¿Ves? ¡No puedo irme! ¿Cómo va a enseñarme Vigo geografía? ¡Es tan despistado que se pierde en su propio templo! Solamente Shion puede… Vigo es español… si al menos fuéramos a España, estaríamos con Shura y Seif. ¿Verdad? -Hablaba tan rápido, que comenzaba a tropezar las palabras. No quería llorar, Saga lo sabía, pero ya era tarde. Si seguía así terminaría llorando él mismo como un bebé.- ¡No quiero irme! Me gusta el Santuario.
-Verás como no todo es tan malo como parece… -A decir verdad, no tenía la menor idea de qué debía decir.- Vigo es un tipo de lo más genial y divertido. –Cada palabra que pronunciaba sonaba tristemente falsa.- Será un maestro excelente.
-¡Os echaré mucho de menos! –antes de que lo viera venir, se abalanzó sobre él y se colgó de su cuello, estrechándolo en un abrazo desesperado. Respondió el gesto tras un par de segundos de vacilación. Lo escuchó sollozar, mientras su propio corazón se rompía en mil pedazos.- ¿Quién me va a cuidar allí? Seguro que Vigo se aburre de mi…
Saga no atinó a decir nada. Acarició su melena suavemente, en un frágil intento por consolarlo, y consolarse. Él también lo extrañaría… todos lo harían. Aunque, quizá, si había algo más doloroso que las despedidas… era el hecho de saber lo que les quedaba por enfrentar. A cada uno de los niños le esperaban unos cuantos años de dolor, heridas y soledad. Ya no habría nadie más allí para ellos, ni nadie con quien jugar. Estarían solos. De pronto, se dio cuenta de que de algún modo, había sido afortunado: Kanon y Aioros habían estado ahí con él en cada paso del camino. ¿Quién estaría para los niños? No todos los maestros eran como Vigo u Orestes, ni siquiera como Seif.
Sabía que las palabras optimistas, todos aquellos "estaréis bien", habían sido vacíos. Dudaba mucho de que su hermano o Aioros estuvieran de acuerdo, al igual que él, con aquellas afirmaciones. Solamente había que ver como habían terminado ellos…
No supo cuanto tiempo pasó así, consolándolo. Milo había dejado de llorar hacía un rato, aunque la tristeza en aquellos enormes ojos celestes era mucho más dura de lo que podía soportar. Sin embargo, el suave tintineo alegre del cosmos de Vigo, le advirtió de que el momento de decir adiós había llegado.
-Prométeme que cuidaras de todos, ¿si? –murmuró Milo. Saga ladeó el rostro con curiosidad.- Aioros es un poco despistado, y ahora estará muy ocupado… -De pronto, se veía absolutamente tranquilo: resignado.- Tenéis que cuidar a Aioria y a Kanon, Mu estará bien.
-¿Cuidarás tú de Vigo? –dijo, con un nudo en la garganta, después de asentir.- No dejarás que se pierda, ¿verdad? –El chiquillo sonrió suavemente, mientras aceptaba su mano para ponerse en pie.
-¡Me esforzaré! Verás que voy a ser un Santo Dorado muy genial, como tú. Te lo prometo.
-¡Por supuesto! –extendió su puño hacia el pequeño, que lo chocó con el suyo en un gesto de complicidad. La silueta de Vigo se dejó ver en la lejanía, pero el santo permaneció allí, quieto, dándoles su tiempo.- Yo también te echaré mucho de menos, ¿sabes? –se apresuró a decir, casi atropelladamente y en voz baja: lo suyo no eran las muestras de cariño.- Pero siempre nos quedarán los recuerdos, han sido unos buenos tiempos aquí, ¿verdad? –Milo asintió.
-¿Vendrás a verme?
-Te lo prometo. –revolvió su melena, y tras una larga mirada compartida, el más pequeño le dio la espalda y echó a correr, rumbo a su nueva vida.
No importaba que hubiera habido momentos malos… Lo cierto era que sí, habían sido unos años maravillosos que esperaba no olvidar jamás. Solo quedaba aguardar por que volvieran envestidos en oro.
-X-
El guardia chilló. Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Cayó estrepitosamente al suelo, levantando una nube de polvo amarillento. La suciedad se impregnó en sus ropas y debajo de sus uñas cuando clavó las manos en la arena. Se arrastró por el piso al retroceder, pero sus esfuerzos no le sirvieron de mucho.
A su alrededor, escuchó el susurro de las voces de sus compañeros. Algunos murmuraban, otros hablaban tan alto que parecían gritar; pero nadie le ayudaba.
La larga sombra de Kanon se proyectó sobre él. Era tan solo un chiquillo pero no por eso dejaba de ser amenazante. Su estatura igualaba la de muchos de ellos y su poder, equiparado con el de cualquier santo dorado, no tenía comparación con el suyo. Se había convertido en un fantasma, en la sombra de su hermano; y lo era en todos los aspectos. Vivía opacado por la luz de Saga, como un espectro. Kanon era todo lo que Saga no.
-Perdóname, Kanon. –suplicó el guardia. El miedo en su mirada era tangible y su cuerpo temblaba sin proponérselo. El gesto de debilidad alimentó el repudio del gemelo.
-¿Cómo me has llamado, imbécil? –su voz sonó suave y tranquila, aunque el sutil siseo en ella avistaba la rabia contenida.- Repítelo en mi cara. –el guardia emitió un gemido de dolor cuando el pie del peliazul impactó su rodilla. Su boca se mantuvo cerrada.- No te escucho.
Aumentó la fuerza, escuchando el hueso crujir debajo de él. Vio al soldado retorcerse como un gusano en el anzuelo y una satisfacción insana le invadió.
El hombre no podía moverse: el cosmos de Kanon se había encargado de impedírselo. Estaba atrapado, estaba a su merced. Sintió el peso del gemelo sobre una de sus rodillas y luego la otra sufrió el mismo castigo. Se quejó, pero de nada sirvieron sus lamentos.
-¡Kanon, por favor! –volvió a suplicar. Un guerrero lisiado en el Santuario se convertía en basura, en un desecho que clamaba por la muerte.
-Repítelo. –la orden abandonó lentamente la garganta del peliazul.- ¿Cómo me has llamado? Ten las agallas para escupírmelo en la cara.
-Yo… yo no… -la rodilla crujió de nuevo, opacada por un nuevo grito de dolor que terminó por romper su voluntad. Por fin, las palabras que Kanon quería escuchar abandonaron su boca.- ¡La Sombra! ¡Te he llamado La Sombra! –ni siquiera supo porque había terminado cediendo. Su confesión no le ganaría nada, solamente más rencor.
La Sombra. Tal era el sobrenombre de Kanon.
Vivía en las penumbras y se alimentaba de ellas. Pero, como todas las sombras, no existía sin luz… y esa luz era precisamente su hermano, Saga de Géminis. De no haber sido por él, Kanon no existiría. Le había perdonado la vida durante el duelo por Géminis y, gracias a él, Kanon vivía como un rey, cuando no debía ser nada más que un mendigo.
Y más allá de todo, obvio a la vista de cualquiera, estaban las diferencias entre ambos gemelos. ¿Qué mejor forma de expresarlo sino el contraste entre luz y sombra?
-No soy ninguna sombra. ¿Sabes por qué? –habló de nuevo el gemelo. Su rostro se adornó con una sonrisa retorcida y su mano se extendió hacia el soldado caído, mostrándole la palma. Justo en medio, un minúsculo rayo dorado se transformó en una esfera de energía. Iba a callarlo. Se aseguraría de que no volviera a faltarle el respeto.- Las sombras son incapaces de crear luz.
-¡No… no, Kanon!
La esfera de luz salió despedida de su mano a una velocidad impresionante. El guardia cerró los ojos y se encomendó a los dioses. Sintió el calor del cosmos dorado acariciándole la cara y ahogó un grito de terror lo mejor que pudo.
Lo que no esperaba era que, justo cuando la cosmoenergía de Kanon iba a impactarle, otra esfera de igual potencia golpeó a la primera, obligándola a desviar el rumbo.
El gemelo gruñó. No había visto venir aquel último ataque. Levantó la mirada esmeralda lentamente, casi con parsimonia, y la fijó en el resplandor de ese par de alas doradas que le vigilaban a la distancia. Internamente se maldijo, no por haber errado, sino por haberle dado la oportunidad a Aioros de ser quien le detuviese. Soportaba mal las reprehensiones de Saga, pero las del arquero dorado estaba seguro que le resultarían insufribles.
-Marchaos. –Aioros ordenó mientras se acercaba. No tenía intenciones de enredarse en un ir y venir de palabras con Kanon delante de todo aquel ejército de curiosos. Rápidamente no quedaron más que ellos tres: el gemelo, el soldado caído y él. Miró de reojo al hombre, descubriendo que el peliazul aún no le dejaba libre.- Déjalo irse, Kanon.
-¿O qué? –el cinismo en su rostro le revolvió el estómago. A pesar de todo, se contuvo.
-Solo déjalo ir. Ha sido suficiente.
-Por favor… -rogó de nuevo el guardia. De pronto se hallaba entre dos aguas, y aunque la presencia del Santo de Sagitario le infundía cierta tranquilidad, la insolencia de Kanon le hacía preguntarse que tan lejos obligaría a Aioros a llegar y cómo terminaría él en la reyerta.
Kanon chasqueó la lengua. Miró a Aioros y después al soldado. No quería ceder… su orgullo se lo impedía. El castaño era un santo y él, un peón. Debía obedecerlo, inclinarse frente a su voluntad, como hacía el resto del Santuario. Pero Kanon no podía.
-¿O qué? –repitió con mayor desafío. Sus ojos escupían fuego y reproche, pero los de Aioros permanecían tranquilos como el mar en calma.
-O nada. Vas a soltarlo. Es una orden. –las alas doradas danzaron al compás del cosmos de su portador.
Kanon supo de inmediato que Aioros no estaba jugando. A diferencia de él, Saga y el arquero habían crecido. Ambos habían asumido el rol que les pertenecía y cumplían de manera satisfactoria con las expectativas tan altas que se les impusieron. Al mismo tiempo, el gemelo era conciente de sus limitaciones. Podía hacer lo que quería la mayor parte del tiempo, comportarse como un idiota y jugar con el cerebro de Saga; pero no estaba seguro de que tanto soportaría Aioros. Tenía suficientes problemas como para terminar en un enfrentamiento directo con el viejo lemuriano por culpa de un arquero chismoso.
-Athan tenía razón en algo. –la sola mención del nombre hizo que Aioros se revolviera en su lugar, nervioso. Athan nunca tenía razón en nada.- No vale la pena jugar con moscas. –Kanon dejó escapar a su presa.
Se mantuvo quieto, con la mirada fiera clavada en Aioros. Retaba su autoridad, menospreciaba la hermosa armadura dorada que le cubría; y lo hacía por una simple y sencilla razón: él era Kanon, y Kanon jamás se dejaba domar por nadie. Su dogma estaba claro en su mente y su lealtad era solamente para consigo mismo. No hacía caso a las reglas. Se las saltaba… y las órdenes de Aioros no eran la excepción.
-Esas moscas, como las llamas, son tus compañeros de ejército. –replicó el santo de Sagitario toda vez que estuvieron solos. Los rangos dentro del Santuario eran marcados y, usualmente, enfrentados. Aioros lo sabía, Kanon también; era obvio para los ojos del mundo. Pero eso no hacía que fuera lo correcto.- Van a pelear igual que tú o yo en la Guerra Santa y, a su manera, ofrecerán su vida por la victoria de Athena en caso de ser necesario.
-Carne de cañón. Athena es un diosa demasiado resignada si acepta ese tipo de peones en su ejército. Nuestra señora debería ser más exigente. –el ceño cada vez más fruncido de Aioros le resultaba hilarante. Algunas personas eran ingenuas… tan ingenuas.
-Athena es un diosa sabia. No voy a permitirte que pongas en tela de juicio sus designios y tampoco que hagas de menos los esfuerzos y sacrificios de los demás. Al igual que nosotros, ellos también son guerreros. –habló con severidad.
-Antes de sermonearme deberías informarte mejor de lo que sucede aquí, arquero. –los ojos de Kanon centellaron con rabia.- Si tu mosca quería mantenerse alejado de los problemas, debió mantener la boca cerrada. ¿Tiene los cojones para hablar de mi a mis espaldas? Entonces, que los tenga también para hacerlo de frente.
-No condeno que se refiera a ti de esa forma… –no lo había escuchado, pero estaba seguro de todo lo que habían dicho los guardias sobre Kanon.- …pero tu fuerza no es comparable con la suya. Debiste enfrentarlo, si. Lo que no debiste es caer en la violencia.
El gemelo le miró con seriedad por un instante. Ladeó ligeramente la cabeza mientras aquellas expresivas cejas suyas se levantaban con curiosidad. Después, dejó escapar una gran carcajada llena de ironía.
-Vale. Voy a preguntarlo: ¿Qué es tan gracioso? –Aioros le espetó. Sentía que el pecho le ardía de rabia y temía que se le reflejara en el rostro.
-¡Eres un santo dorado! ¡Vives de la violencia! ¿Qué querías? ¿Qué le diera un abrazo y estrecháramos lazos de amistad? ¡Por favor, arquero! ¿Vas a contarme otro cuento de niños? Crece.
-El que tiene que crecer eres tú. Deja de ser el chiquillo malcriado que juega a ser la víctima. ¿Quieres su respeto? Gánatelo. ¡Maldita sea!
-¡No me hables de respeto a mi! –Kanon alzó la voz. Sus ojos verdes lucían un brillo amenazador y su cuerpo entero estaba tenso, poseído por la ira.- Tú, que de todos has tenido la vida más fácil, no puedes venir a sermonearme sobre lo que es el respeto. ¡Tú tienes el respeto de todos! ¡Saga lo tiene! Lo habéis ganado con la maldita armadura, e incluso antes. ¡Sois jodidamente perfectos! Los ojos del mundo os miran hacia arriba. El resto de nosotros no tenemos vuestra suerte… ojala algún día se os termine. –terminó con un gruñido. "Solo espero estar ahí cuando resbaléis," pensó.
-Tu corazón no siente lo que tu lengua escupe. –al menos eso quería creer el joven santo. En el fondo de su alma temía que no era así.- Entiendo que conmigo no tengas ningún lazo que mantener, pero tu hermano…
-Hace mucho que no tengo un hermano. –"Tú me lo quitaste," omitió.
-Saga no piensa lo mismo sobre ti. Eres su hermano. Su gemelo. Compartisteis todo desde el vientre de vuestra madre…
-Todo, hasta que él se quedó con toda la gloria del guerrero y yo con nada. –había sonado agrio. Lo sabía y no le importaba; era así como se sentía.
-No se quedó con nada. –escupió el arquero. Estaba harto de sus quejas.- Saga ganó todo lo que tiene. Géminis le eligió a él y, si me preguntas, la elección fue la correcta. Tu hermano de verdad la merecía. No como tú. –se arrepintió de inmediato de su impulsividad. Aquello era justamente lo que quería decir, pero no era ni la forma ni el momento. Había dejado que la rabia pudiera más que él y casi podía sentir la satisfacción que eso le daba a Kanon.
Estuvo tentando a pedir disculpas, a tragarse sus propias palabras. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo echarse para atrás y corregir el daño hecho cuando no tenía deseos de hacerlo.
Si Saga y Kanon eran opuestos, entonces Aioros no sabía lo que eran Kanon y él. Llevaban años sin coincidir en nada. Sus ideas avanzaban cada vez más rápido en sentidos opuestos mientras la amistad que en su día hubo entre ambos se esfumaba tan rápido como el sol del ocaso. Eventualmente, el hilo delgado que les mantenía juntos se rompería, sino es que estaba roto ya.
-Rezaste a los dioses porque Niké no me coronara ese día, ¿cierto? –Kanon preguntó. Las palabras de Aioros todavía le escocían los oídos. Él también se había esforzado. Había sudado y llorado sangre, tanto o más que Saga. Lo había hecho todo hasta desfallecer y su única recompensa había sido la humillación y el desprecio.- Menos mal que los dioses escuchan las plegarias de mojigatos como tú. Quizás la próxima vez puedas pedirles que os hagan el favor de deshacerse de mi. –rió.- Pídeles que Hades recoja mi alma, ya que Saga no pudo entregársela. Ruégales con todas tus fuerzas, Sagitario. –sin saber porqué, la piel de Aioros se erizó. La voz de Kanon sonaba dura, iracunda y sombría.- Porque si los dioses no te escuchan, entonces que se apiaden de todos vosotros. Pagareis cada humillación. Te lo prometo.
La sonrisa oscura en sus labios lo prometía tan bien como su lengua. En su corazón, Aioros presentía que el gemelo lucharía porque cada palabra suya se tornara realidad. Había aprendido que el odio y el rencor eran emociones fuertes, tanto que debía temérseles. Kanon se estaba consumiendo en ellas. Su mirada se perdía en la locura al hablar y su lengua escupía las amenazas con rabia.
No podía rogar porque los dioses se lo llevaran, pero si porque trajeran cordura al peliazul. Kanon tenía que entrar en razón tarde o temprano, o una tragedia se gestaría en las entrañas del Santuario.
-¿Te estás escuchando? –el santo le dijo a pesar de que el gemelo ya le daba la espalda y marchaba con rumbo desconocido.- ¿Aún así te preguntas el por qué Géminis se decantó por tu hermano? Las armaduras de Athena fueron forjadas para traer justicia y esperanza. No para alimentar odios y prometer venganzas. Saga quizás es más fuerte que tú, pero no es por eso que perdiste. Entrabas derrotado a ese duelo, Kanon. Tu mismo corazón te había traicionado.
Pero Kanon no se inmutó, ni se molestó en escucharle. Tenía pensamientos propios dentro de sí y un arsenal de armas para conseguir cada meta. Era astuto y perseverante; tan poderoso como cualquier de los que se vestían en oro.
Aioros lo vio marcharse en silencio, con el aire revolviendo esa larga melena cerúlea. Era idéntico a Saga, pero completamente oscuro. Las lenguas no se había equivocado al nombrarle "La Sombra."
Giró sobre sus talones y permitió que una maldición se le escapara de los labios. Sus alas cascabelearon al son de sus pasos mientras tomaba el camino hacia las Doce Casas.
El día se había agriado.
-X-
Debía admitir que no sentía entusiasmo alguno por volver al corazón del Santuario. Después de que Milo desapareciera de su horizonte, el día lucía un poco menos luminoso. Había permanecido allí todo el tiempo, tumbado en la arena, junto a la orilla… con los ojos cerrados. Al fin y al cabo, aún tendría un momento más de tranquilidad hasta que sus responsabilidades lo sacaran de allí a la fuerza.
Sin embargo, aunque podía verse relajado y casi despistado, ajeno a su entorno… la realidad estaba bien lejos de ahí. Hacía rato que había sentido a la perfección el cosmos conocido, inquieto, y a la vez agradable, que se acercaba a él a hurtadillas. La arena amortiguaba los pasos, y el sonido de las olas disimulaba el roce metálico de las protecciones de entrenamiento: pero no era suficiente. Permaneció tal cual estaba hasta que el intruso estuvo lo suficientemente cerca, y cuando la suave sombra de su silueta se proyectó sobre él, se movió tan rápido como un haz de luz.
Lo siguiente que Naia supo, es que estaba rebozada de arena mientras Saga la miraba, ya en pie, con una expresión triunfal en el rostro.
-Casi, casi lo consigues. –sonrió, mientras la koree lo miraba fijamente con aquellos bonitos ojos violetas.
-Algún día te pillaré desprevenido. –respondió con determinación, mientras se incorporaba hasta quedar sentada.
-Estoy seguro. –Amplió la sonrisa y se sentó junto a ella.- ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar entrenando?
-Podría hacerte exactamente la misma pregunta, señor Santo de Géminis. –se sopló un largo mechón de su melena negra y continuó mirando al mar.- Todos pensando que el motivo por el que te dejas ver tan poco eran tus innumerables responsabilidades doradas… y aquí estás. –Estiró la mano y toqueteó la nariz del santo con su dedo índice.- Tomando el sol.
-El rango tiene sus ventajas… -replicó arrugando la nariz.
-Si, claro.
Naia llevaba días… semanas, esperando ansiosa por aquel momento. Cuando terminó el combate por Géminis, quiso verlos a ambos… pero fue imposible. Y cuando se recuperaron, la realidad llamó a su puerta. Nunca antes les había sentido tan lejos, tan inalcanzables. Para ella, habían sido sus amigos, sus compañeros de travesuras… un rayito de luz en medio de aquel inhóspito lugar que era el Santuario. Y ahora, las cosas habían cambiado.
De la noche a la mañana, habían dejado de ser unos niños como ella… se habían convertido en Santos Dorados de verdad. Al menos Saga y Aioros. Si antes tenían poco tiempo para ellas, imaginaba que a partir de entonces, ya no quedaría nada. Menos aún ahora que los demás Dorados se habían marchado. Sin embargo, ¿un rato de juegos era lo que buscaba? Sin que se hubieran dado cuenta, Del y ella habían crecido también. Habían corrido todo aquel camino tras ellos, a su estela y sin llamar la atención. Pero de pronto, ya no se sentían niñas, ni korees indefensas. Estaban a medio camino entre una amazona y una aprendiz.
Se encontró sin nada que decir.
-No respondiste. –la voz de Saga, la sacó de su ensoñación, y rápidamente volteó a mirarlo.
-¿El qué?
-¿Qué haces aquí tú sola? ¿Y Del? –La morena se encogió de hombros.
-Estará entrenando… o con Aioros. –Volvió la vista al frente.- No tengo la menor idea. Lleva días un tanto nerviosa. –Saga ladeó el rostro, invitándola a continuar.- O más bien semanas… Desde que conseguiste a Géminis, exactamente.
-¿Por qué? –Formuló la pregunta aún a sabiendas de cuál era la respuesta.
-Queda muy poco tiempo… -su voz se apagó antes de terminar.
Y tenía razón. Sabía de sobra que el combate de ambas se acercaba a marchas forzadas por el horizonte. Nunca antes se había planteado seriamente lo que supondría para ellas ese momento… Al menos no, hasta que él mismo había chocado de frente con el suyo.
-¿Asustada? –preguntó.
-No.
Saga sonrió y se sopló el flequillo. Probablemente no estaba asustada, lo más probable es que estuviera aterrada. Naia nunca lo admitiría, al menos no delante suyo. No podía culparla en absoluto. Axelle había sido para ellas lo que Orestes para Aioros… quizá aún más. No era fácil ser un aprendiz dorado, pero ser una koree… Iba a ser muy duro. Se puso en pie de un salto, y le tendió la mano.
-Vamos. –dijo, animándola a tomarla. Naia clavó sus ojos en los suyos y, dubitativa, tomó su mano. Saga tiró de ella suavemente y la ayudó a levantarse.- ¿Te acuerdas de cuando te caíste de Cabo Sunion?
La koree frunció el ceño, y fugazmente volteó hacia el lugar mencionado.
-No me caí. –puso los brazos en jarras y frunció el ceño.- Kanon me tiró.
-¿Y cuándo nos quedamos atrapados en el sótano de Sagitario? –continuó él, ignorando la respuesta.
-Eso también fue culpa de Kanon. –El peliazul sonrió, aunque distaba mucho de ser un gesto alegre. Kanon. Aquellos días parecían pertenecer a otra vida: una que no le pertenecía.
-Pues en todas esas ocasiones estabas menos asustada que ahora. –golpeó con uno de sus dedos, repetida y suavemente, la frente de la chiquilla. Naia atrapó su muñeca rápidamente, y él sonrió con picardía.- Niñita asustada…
Naia arrugó el entrecejo una vez más ante la provocación. No entendía por qué motivo Saga encontraba tan divertido llamarla de aquella manera, pero el asunto comenzaba a resultarle ciertamente irritante. Por un segundo, la silueta espectacular de la amazona del Lince se dibujó en su cabeza y se maldijo a si misma: ni siquiera lo entendía. Concentró su cosmos en la otra mano y sin despegar la mirada de su acompañante, le lanzó un golpe.
La risa de Saga resonó en el aire mientras daba un paso atrás y esquivaba el ataque sin dificultad alguna. Naia se abalanzó sobre él, aumentando la velocidad poco a poco, tanto como le era posible. Sabía bien que jamás podría estar a su nivel, ni resultarle una dificultad; pero cada vez que se habían metido en una pelea de aquellas, a lo largo de los años… había aprendido infinidad de cosas.
Se enzarzaron en un intercambio de patadas y puñetazos. Ella se esforzó en mover los puños con rapidez, tal y como Kanon la había enseñado muchos años atrás: procurando no dar un solo golpe inútil. Dejó que su cosmos fluyera por sus extremidades, formando una delicada capa de fino polvo de estrellas sobre su piel: dotándola de un resplandor plateado, y aprovechó la velocidad extra que le otorgaba. Sin embargo, nunca era suficiente. Saga detenía sus golpes sin mayor dificultad, daba un paso atrás justo en el momento en que pensaba que lo podía alcanzar, y sonreía burlón cada vez que eso sucedía.
-Deltha me haría más daño con un abrazo de oso. –murmuró.
Naia soltó un bufido, aunque debía admitir que extrañaba muchísimo los momentos como aquel. Tomó aire, sin detenerse un solo segundo, y se dio nuevo impulso con los pies. Asestó una patada con todas sus fuerzas, directa a las costillas del peliazul. Estaba segura de que aquella vez tampoco lo alcanzaría, por eso, cuando el sonido de metal contra metal resonó en el aire… sonrió. Sin embargo, su alegría apenas duró un segundo. Abrió los ojos de par en par cuando el Saga que tenía frente a ella se esfumó en la nada, igual que una nube de polvo dorada.
-Te pillé. –susurró en su oído. Saga atrapó su mano y la retorció suavemente hacia atrás.
-¿Cómo has…? –No podía verlo, pero podía sentirlo sonreír.
-Magia.
-¿Una ilusión? –Ahogó un quejido. Saga no contestó, aunque ella sabía que solamente había ampliado el gesto.
-¿Te gustó?
-¡Bah! –forcejeó, hasta que pudo darse la vuelta, aunque no acertó a soltarse.- No es para tanto. –Saga alzó una ceja divertido.
-Oh, ¡venga! No me quites mérito… -Esbozó un mohín de disgusto, sin dejar de mirarla.- Ha sido difícil.
-¿El Doradito Adorable necesita un aplauso? -Debía admitir que el asunto comenzaba a ser divertido. Naia aguantó las ganas de sonreír ante su reacción, lo mejor que pudo.
-No estaría mal…
-Creí que ya tenías todo un ejercito de admiradores y lindas chicas que te miran como si fueras un bombón de chocolate a punto de derretirse.
-Soy una monada, ¿verdad? –Naia rodó los ojos, y Saga sonrió una vez más. ¡Era tan divertido molestarla, que había olvidado por completo lo apesadumbrado que se sentía!
Sin embargo, no le dio tiempo a seguir hablando. Estaba tan concentrado en busca de un pequeño halago que saliera de sus labios y en su exótica mirada… que no se percató del momento en que la morena enredó sus pies con los suyos.
-¡Engreído! –Masculló justo antes de empujarlo.
Saga trastabilló, y entreabrió los labios, pero no tuvo tiempo de decir nada. Solamente atinó a tomar la mano de Naia y arrastrarla consigo.
-¡Me has llenado el pelo de arena! –exclamó él. Naia se sopló la melena, y rodó hasta quedar tendida a su lado.
-Es un castigo por tener la melena más bonita que la mayoría de la población femenina del Santuario, Géminis.
Le lanzó un puñado más de arena hasta que, inevitablemente, ambos estallaron en carcajadas. Después, se vieron inmersos en un agradable silencio, que solo ella se atrevió a romper.
-¿Qué se siente? –Saga ladeó la cabeza y la miró.- Cuando terminas con la vida de alguien. –El santo se sopló el flequillo mientras buscaba las palabras adecuadas.
-Vacío. –Naia volteó, hasta quedar bocabajo, apoyada sobre sus codos, sin dejar de mirarlo.
-¿Te dio miedo? –el peliazul se encogió de hombros.
-Me asustó más saber que Kanon… -¿Qué era lo que quería decir? ¿Qué Kanon había estado dispuesto a matarlo? ¿Merecía la pena pensar en ello? Negó lentamente con el rostro y suspiró.- Es difícil comprender el hecho de que hemos sido creados para salvar vidas, y que para ello tenemos que terminar con las de otros.
-No quiero que muera… -por un segundo, estuvo segura de que iba a romper a llorar. Cerró los ojos y tomó aire lentamente.- Quizá pueda hacer como tú… si tan solo fuera capaz de ganarla sin tener que matarla…
Saga continuó mirándola, en silencio. Cada palabra que escapaba de sus labios, sonaba tan poco a la Naia que él conocía… que comenzaba a pensar que aquel día hubiera sido mejor no levantarse de la cama. Todo parecía oscuro y cuesta arriba.
-No puedo imaginar lo que vas a sentir. Axelle es la mitad de tu mundo, es importante para ti y la quieres. Pero las cosas deben ser así. Ella no querría piedad.
-¿Igual que Kanon?
Por primera vez, retiró la mirada. Quiso responderla, pero no supo que decir. De todos, probablemente ella era quién más notaba el gran cambio. Apenas se había dado cuenta de ese detalle. Habían sido ellos tres desde que Aioros y Deltha empezaran con aquella curiosa relación suya. Habían estado unidos, y los juegos y bromas les habían mantenido cuerdos por un tiempo. ¿Qué pensaría ella de todo lo que había sucedido?
-No lo veo mucho… -murmuró Naiara.- Aunque la gente habla.
-No importa lo que la gente diga. –sonó casi cortante.
-No, claro que no. –De pronto, aquella reacción se le antojó mucho más preocupante de lo que había pensado en un inicio. Ella siempre creyó que después de un tiempo las cosas se calmarían y volverían a su cauce, pero por lo visto Saga no lo sentía así.- Se le pasará. –murmuró, sin despegar la vista de él, y jugueteando con uno de sus mechones azulados entre sus dedos. El peliazul esbozó algo que pretendía ser una sonrisa.
-Lo que quiero decir es… que Axelle se ha esforzado por hacerte merecedora de su armadura. Ha sido la misión de su vida, y tú debes estar a la altura. –continuó, volviendo al tema anterior.- Ya tendrás tiempo de extrañarla cuando no este, disfrútala ahora. Olvida todo, Naia. Solamente esfuérzate y consigue a Caelum.
La koree asintió. Saga tenía esa cualidad que hacía que todo lo que decía sonara absolutamente convincente. Se preguntó si él nunca tendría dudas… pero viendo su rostro cansado y triste, recordó que no era invencible. Despedía tanta luz, y a la vez tanta tristeza que a veces aguantar su mirada era imposible.
-¿Deltha podrá perdonarme? –el geminano volteó a verla una vez más.
-Ella jamás podría odiarte, Naia. Estoy seguro de que lo entiende tan bien como tú o como yo. –Ella quería creerle, se esforzaba cada día por convencerse de ello. Solamente necesitaba que alguien se lo dijera con esa seguridad. Terminó por asentir.
-Quizá… -carraspeó, insegura de lo que iba a pedirle.- Me preguntaba si podrías ayudarme un poco estos días… -No le dio tiempo a contestar.- Es decir, se que seguramente no sea posible, estas todo el día ocupado. Pero…
-Lo intentaré. –posó la mano en la cabeza de la morena y la empujó hacia la arena. La maldición que escapó de sus labios lo hizo reír.- No puedo prometértelo, pero lo intentaré, ¿si?
-Gracias. –se sopló un mechón de su flequillo.
En realidad, poco importaba que pudiera cumplir con aquello… le bastaba con saber que lo intentaría. Deltha pasaba tanto tiempo con Aioros, como Kanon desaparecido. Solo quedaban ellos dos, y le necesitaba. De pronto, recordó algo. Se llevó la mano al diminuto bolsillo de su quitón azul, y rebuscó.
-Tengo algo para ti.
-¿En serio? –preguntó Saga con curiosidad. Naia apretó el pequeño detalle en su mano, con cierto nerviosismo.
-Es poca cosa… -Se sentó, y cruzó las piernas.- Quise dártelo hace tiempo, pero no tuve ocasión… y…
-¿Qué es? –Realmente sentía curiosidad ante la súbita inquietud de la koree.
-Feliz cumpleaños. –Sus palabras apenas sonaron como un susurró. Mientras abría la mano y dejaba al descubierto la vieja pulsera de conchas y caracolillos marinos que había hecho para la ocasión.- Aunque con retraso…
Saga sonrió con sinceridad. No recordaba cuando había sido la última vez que recibió un regalo de verdad, si es que alguna vez lo había hecho. Vio de la pulsera a Naia, y el suave rubor de sus mejillas se le antojó adorable. De pronto, la chiquilla que era capaz de poner el Santuario de cabeza, lucía tímida y avergonzada. Tomó la pulsera y rápidamente se la colocó en la muñeca, sobre el oro de su armadura.
-¡Me encanta! –exclamó.- Aunque creo que yo fui el idiota que recogió cada una de las conchas… -Naia sonrió sutilmente.
-¿De verdad te gusta? Quise algo mejor, pero no pude encontrar nada más adecuado para ti… -"Para alguien como tú." Quiso decir.- No supe qué… No sabía si…
-¡Es genial! –Se puso en pie de un salto, con energías renovadas, y la levantó en volandas. Pasó el brazo sobre su hombro y la atrajo suavemente hacía si.- Gracias, muchas gracias.
El gesto alegre y pícaro retornó al rostro de la morena cuando lo vio tan feliz repentinamente. Echó a andar, con él a la par, de vuelta al Santuario.
-¿Sabes? –dijo mientras se colocaba la máscara.- Si quieres continuar luciendo como un bombón de chocolate, lo cual por supuesto quieres, ante las demás chicas del Santuario… te aconsejo que duermas un poco más. Tienes ojeras, Doradito.
-Ahora que no tengo a Athan como vecino, dormiré más tranquilo. –replicó con una sonrisa que ella no supo como interpretar. La imagen de la hetaira en su dormitorio aún le provocaba escalofríos, aunque era algo de lo que no pensaba hablar jamás.- Te lo prometo.
-Mejor no haré preguntas al respecto.
-Mejor, mucho mejor.
-X-
Keitaro no tenía la menor idea de qué motivo lo había arrastrado hasta el pinar que envolvía la playa de Cabo Sunion. La cuestión era que ahora que su superior directo había abandonado el Santuario, podía disfrutar de un poco más de tiempo para si, y por capricho del destino, había terminado allí: entrenando a solas. Sin embargo, todas sus intenciones de sacar provecho a aquella tarde, habían muerto cuando escuchó las risas provenientes de la playa.
Solamente necesitó un vistazo para identificar a la acompañante de Saga, y cuando la vio, algo dentro de si, lo llenó de rabia. No tenía la menor idea de por qué le molestaba tanto, pero si una cosa era segura, era que no deseaba que Naia estuviera tan cerca suyo. Ni que riera tanto cuando estaban juntos, o pasara los minutos enredando su melena con la arena. Mucho menos aún, que lo mirara sin aquella máscara de plata cubriendo su rostro de porcelana.
Así que cuando Saga y ella marcharon de la playa, Keitaro aprovechó para adelantarse por otro camino. Esperó pacientemente, sentado sobre una roca, hasta que los dos pasaron frente a él. Por fortuna no tardaron en hacerlo, pero en aquellos minutos había sido incapaz de dejar de pensar en cada detalle de aquel rostro femenino que nunca antes había contemplado, aunque si imaginado.
Nada más verlos saltó de su asiento y dio un par de pasos en su dirección. El gesto de Saga se agravó, apenas perceptiblemente, y Naia guardó silencio de inmediato.
-¿Qué haces ahí solo? –preguntó la koree. Keitaro y su hermano no estaban en el mismo grupo, pero aún así, se las arreglaban para pasar la mayor parte del tiempo juntos. Miró a los lados, en busca de Nikos. Al no encontrarlo, volvió la mirada a Keitaro una vez más.- ¿Y mi hermano?
-Creí que las korees no tenían permiso para andar por aquí. –masculló, ignorando su pregunta.- Menos aún a falta de tan poco tiempo para los combates de sucesión y en tan privilegiada compañía.
Saga alzó una ceja al escuchar la cortante e inesperada respuesta. Keitaro podía ser un idiota sin remedio, pero siempre había tratado bien a Naia. Vio de soslayo a la morena, que lo miraba totalmente confundida.
-Estuve entrenando. –dijo finalmente.
-Yo diría que estuviste jugando. –La morena frunció el ceño.
-¿Me estabas espiando? –En menos de un segundo, reparó en la gravedad del asunto. ¡Su máscara! La había visto sin ella, ¡junto a Saga!
-Cualquiera podía haberte visto.
-Deberías centrarte más en ti mismo. Quizá tenga que recordarte que quien debería estar entrenando eres tú. Así no tendrían por qué salvarte el culo cuando tu superior ande de mal humor… -Escupió lo primero que le vino a la mente. Naia sentía su corazón a punto de desbocarse. Si sus temores eran ciertos, era cuestión de tiempo antes de que Keitaro se lo contase a alguien… y aquello podía ser problemático. No solo para ella, sino para Saga también. ¡Un desastre!
Lo cierto era que aquel terrible episodio con Athan, no se le olvidaría a nadie jamás. Keitaro lo sabía. Apretó los puños con nerviosismo.
-Ya visto a Cruz del Sur, no soy yo quien debe esforzarse ahora. No tengo que demostrar nada.
El geminiano, que permanecía como espectador, se sopló el flequillo y reemprendió el camino con tranquilidad. Si se había percatado de la situación, era un misterio para Naia, aunque estaba convencida de que si.
-Estoy seguro de que agradece profundamente tu preocupación acerca de su futuro, Keitaro. –murmuró cuando pasó a su lado.- Pero está aquí por petición mía, así que me temo que no hay mucho que puedas hacer, salvó volver al coliseo. Llegas tarde, y la señorita tiene razón en lo que dijo. –volteó a ver a Naia, e ignoró la mirada furiosa del santo de plata.- Vamos.
Naiara se apresuró a seguirlo, dedicándole una última mirada furiosa, tras su máscara, a Keitaro. Aún en la distancia, podía sentir sus ojos clavados en ella. Solamente esperaba que supiera controlarse y aquello no pasara de allí.
-X-
Abrió la puerta de madera con todo el cuidado que pudo, escuchándola rechinar en el proceso. Comenzaba a odiar los entrenamientos.
Todas esas horas bajo el Sol, repitiendo hasta el cansancio series de golpes y patadas, haciendo estallar su cosmos y perfeccionando técnicas de combate, le estaban pasando la factura. Cada músculo de su cuerpo dolía, la cabeza le daba vueltas y sentía su energía drenarse con el paso de las horas. Los entrenamientos con Axelle eran más y más exigentes conforme el momento de reclamar sus armaduras se acercaba; y de manera adicional, todas esas horas que pasaban entrenando por su cuenta terminaban por molerla. Eventualmente, las exigencias de su constelación iban a matarla.
A veces le resultaba difícil comprender como Naia tenía energía suficiente para todo eso y todavía así le sobraba para seguir brincoteando por ahí el resto del día. Al llegar la tarde, lo único que Deltha quería era llegar a casa y tirarse en la cama.
Así lo hizo en aquel momento. Entró a la pequeña cabaña y caminó hacia el catre que le pertenecía, arrastrando los pies. Con un par de patadas se deshizo de las botas y, por fin, soltó un suspiro mientras se dejaba caer en la cama. El viejo colchón chilló con su peso pero a la aprendiza pareció no importarle. Hundió la cara en la almohada y cerró los ojos en busca de un poco de descanso.
-¿Deltha?
-¿Sí? –respondió entre gruñidos. No esperaba que Axelle estuviera en casa.
-¿Terminaste con tus entrenamientos?
-Ajá.
Abrió perezosamente uno de sus ojos y buscó en la habitación por su maestra. Estaba sentada sobre su propio camastro, invisible como una sombra. La amazona eras así: quieta, sigilosa, como un felino que acechaba sin ser notado. Un libro viejo descansaba sobre sus piernas. Hacía un rato que había dejado de prestarle atención y su mirada ahora recaía sobre su alumna.
Ignorarla no era una opción. Deltha lo sabía. Se atrevió a mirarla una vez más por el rabillo del ojo. No importaba cuantas veces la contemplara, su maestra siempre parecía lucir regia. A veces, Deltha se preguntaba si todas las mujeres en el Santuario serían como ella. Lo dudaba.
Axelle era una mujer tan bella como contradictoria. Cuando uno la observaba, enfundada en su armadura o ropas de entrenamiento y vistiendo la máscara plateada, era toda una amazona: fiera, fuerte, impresionante. Pero cuando el rostro de plata no la cubría, sus facciones delicadas la hacía lucir como un muñeca de porcelana: frágil y hermosa. Era un equilibro perfecto, que conseguía sin molestarse siquiera en intentarlo. Simplemente le era natural.
-¿Has conseguido algún avance? –la amazona de Caelum volvió a interrogarla.
-Algo, si.
Volvió a hundirse en la almohada, rezando porque el interrogatorio no se alargara por mucho más. No solamente se sentía incómoda de sus escuetos avances, sino además, temía enfrentar una conversación más profunda, que desencadenase un debate sobre las peleas de sucesión. Deltha no lo decía, pero la sola idea de imaginarse a Naiara y a Axelle enfrentadas en un combate a muerte llenaba sus noches de pesadillas.
-Es temprano aún para estar en cama. –las viejas hojas del libro crujieron cuando la amazona lo cerró.
-Estoy cansada.
-La última vez que revisé, ese no era un pretexto válido. –sus paso resonaron en dirección de la aprendiza y ésta se estremeció.- Anda, de pie. Practiquemos un poco más.
Quiso quejarse, pero no tenía sentido hacerlo. De ninguna manera Axelle iba a dejarla salirse con la suya y vegetar por el resto del día. Mucho menos cuando las batallas de sucesión se encontraban tan cerca.
Fue así como maestra y alumna terminaron una vez más en el campo cercano al campamento de las amazonas. Aquel claro de piso de piedra y rodeado de columnas rotas era uno de los lugares favoritos de entrenamiento para la francesa. Lejos de las miradas curiosas, apartadas de cualquier distracción, la amazona de Caelum creía que sus pupilas podrían concentrarse mejor en sus enseñanzas. Confiaba en que terminarían de pulir sus talentos a tiempo. Tenían que hacerlo si deseaban sobrevivir a las peleas. Si lo conseguían, serían amazonas de plata; solo segundas a la Orden Dorada. Todos los aprendices aspiraban a vestir algún día en los ropajes sagrados de Athena. Pensaban que eso les valdría glorias y respeto. Sin embargo, pocos sabían que aquel era solo el inicio. La parte más dura veía después: sobrevivir al Santuario.
Axelle lo sabía bien y por eso se había preocupado en preparar a sus alumnas más allá de los golpes y del cosmos. La vida de las mujeres era especialmente difícil cuando se encontraban inmersas en un mundo de hombres. Ella lo había experimentado en carne propia. Lo último que deseaba era que Naiara y Deltha pasaran por lo mismo, aunque con tristeza admitía que era inevitable. Las máscaras en sus rostros eran la prueba: una mujer jamás sería igual a un hombre sin que primero sacrificase parte de si misma.
Acomodó las vendas hasta que la presión que ejerció sobre su mano le resultó agradable. Con un poco de suerte, aún tendrían un par de horas con luz antes de que el Sol se pusiera. Soplaba una brisa agradable que presagiaba el final del verano. Pensó en que no había mejor época para morir porque el viento otoñal haría arder aún con más fuerza las llamas de su pira. ¿Era así como debía sentirse? No lo sabía. A pesar de haber pensado tantas veces sobre su muerte, nada la prepararía para eso.
Deltha estaba a unos metros de ella, atando la hombrera a su hombro. Ella y Naia eran solamente un par de chiquillas cuyo momento de crecer había llegado demasiado pronto.
-¿Naia y tú estuvisteis entrenando juntas? –preguntó.
-Un rato. –mentía. Ese día, Naiara había tomado un camino diferente para ir en busca de Saga; y Deltha estaba segura de que Axelle lo sabía tan bien como ella.
-Ya veo. –pero no dijo nada más.- ¿Estás lista? –preguntó y Deltha asintió. Nunca lo estaba.- Venga. Ataca primero.
El viento silbó entre ambas, entonando una canción parecida a un arrullo. No lo era. Aquel suave sonido en sus oídos era solamente el fantasma de la tranquilidad, el heraldo de la batalla. Pero, ¿de verdad existía la paz en el Santuario? Deltha pensaba que no.
Cuando meditaba en ello, Deltha no podía sino reprenderse por sonar tan estúpida. Todos esos detalles, al final de cuentas, eran absurdos. A pesar de sentirse así, era incapaz de reprimirlos. Respiró profundamente en un nuevo intento de alejar sus ideas extrañas y concentrarse en el entrenamiento que la aquejaba.
El estómago le chilló. Estaba tan hambrienta como nerviosa.
Sucedió que Axelle no estaba dispuesta a esperar un minuto más por ella. Como todas las veces anteriores, había leído sus dudas y actuaba dispuesta a exterminarlas. Cuando llegara el momento, en la arena del Coliseo, el verdadero enemigo no le daría la oportunidad de tenerlas. Era así de simple y así de sencillo: las dubitaciones solo la llevarían a la tumba; tal como habían hecho con cientos de aprendices temerosos en cada una de las generaciones que las precedieron.
El puño de su maestra rompió el aire, dándole tiempo de nada sino de echar el cuerpo hacia atrás para esquivarlo. Pero la amazona era astuta y no cedió. Giró sobre su propio eje, hacia donde estaba la pelipúrpura, y su rodilla terminó estrellándose contra la defensa de Deltha.
"Una magulladura más para la colección" pensó la chica mientras apretaba los dientes con todas sus fuerzas. El muslo de Axelle había encajado en sus brazos y había hecho cimbrar cada centímetro de su cuerpo. No supo como, pero se las ingenió para evadir el siguiente puñetazo.
A veces, solo a veces, cuando su instinto superaba a su razón, Deltha se movía a una velocidad que incluso a ella le resultaba increíble. Parecía que su cuerpo era capaz de sentir el peligro y de actuar por si solo para huir de él. Se valía de todo lo que ella tenía, incluso de esa rapidez de la que su maestra tanto hablaba y que, se decía, era propia de los elegidos de su constelación. Decían también que Apus era un ser de los cielos. Volaba. Decían que su fortaleza eran sus fuertes alas y no sus piernas. Deltha creía que aquello era una mentira. Había visto la armadura antes y las benditas alas, tan laureadas y supuestamente útiles, brillaban por su ausencia. Aunque, cuando lo pensaba bien, distinguía un ápice de verdad en el mito. Quizás aquella era la única forma de explicar las múltiples torpezas que siempre le aquejaban.
Y eventualmente, como siempre sucedía, la torpeza la atrapó…
De poco valieron sus esfuerzos para mantenerse en la batalla. Por un instante había creído que podía hacer algo más que rehuir de las habilidades de su maestra. Llegó a creer que le era posible pelear de igual a igual.
Había conseguido salir ilesa de un tormentoso intercambio de puños y patadas. De alguna forma, su defensa se las había arreglado para mantenerle a salvo. Incluso, en algún momento, encontró la oportunidad de atacar, y así lo hizo. Sus piernas había pasado lo suficientemente cerca del rostro plateado de Axelle como para obligarla a retroceder. Tuvo la osadía de seguirla, de acosarla hasta sentirla acorralada. Esos ojos huecos de plata la observaban incesantemente, sin revelar los planes que escondía la mente oculta detrás de ellos. Entonces, todo se desmoronó.
El cosmos de la francesa se expandió. Su energía se transformó en polvo… un polvo tan brillante como las misma estrellas. Deltha la miró, sorprendida. Tardó una milésima de segundo en reaccionar. Y fue demasiado tarde.
Las plumas de cosmos que había creado para protegerse le fallaron y, segundos después, se encontró a si misma tendida sobre la piedra dura. Maldijo por lo bajo y se sentó, muy a su pesar, solo para ver a su maestra acercándose. Desempolvó su cabellera revuelta y la acicaló lo mejor que pudo. Ojala su orgullo pudiera enderezarse con tanta facilidad.
-¿Qué falló?
-Fui impulsiva. –agachó el rostro. Su tono denotaba la molestia consigo misma.
-Te confiaste. Acertar un par de golpes no significa que tengas la batalla bajo control. –para sorpresa de la chica, Axelle se sentó en el suelo, a su lado.- Recuérdalo bien, o va a costarte más que un par de arañazos.
-Lo haré.
La amazona la observó en silencio y Deltha no necesitaba ver su rostro para sentirse bajo un profundo escrutinio. El silencio era agradable. Por un momento, la pelipúrpura pensó que todo terminaría ahí. Estaba equivocada.
-Ganar la armadura es solo el primer paso, Deltha. –le dijo la castaña.- Muchos dicen que es el paso más difícil de todos. Yo no lo creo así. –la chica posó en ella su mirada, pero no se atrevió a pronunciar ni una palabra.- Ganar una armadura es acerca de encontrarte, de saber quién eres y lo que representas. Después, debes tener cuidado de no perderte. Eso es lo más difícil. El camino que seguimos suele ser sinuoso y truculento; y muchos pierden el piso antes de encontrarlo.
-Si no puedo encontrarme, tampoco puedo perderme. –masculló. De pronto, su frustración se sentía deseosa de voltearse en contra de su maestra.
-O puedes terminar por perderte más, pequeña, hasta que no tengas ninguna esperanza de retomar el camino. Así que dime, ¿quién eres?
Fue como si cualquier respuesta que diese fuera la equivocada. Nada de lo que dijese sonaría convincente, lo sabía. De cualquier manera, tampoco sabría que contestar.
-Soy… yo. –"Menuda respuesta estúpida, Deltha" se reprochó.
-No. Intentas ser lo que los demás esperan que seas. –Deltha se mordió los labios una vez más.- A veces quieres ser Naia; otras, Aioros. En ocasiones juegas a ser como yo, y muy de vez en cuando, pretendes ser alguien más. Pero, ¿cuándo eres tú? ¿Cuál de todas esas personas es Deltha? –hizo un pausa para después continuar.- Ninguna. Ninguno de nosotros puede ser tú.
-Es que… todos vosotros sabéis bien quien sois y lo que deseáis ser. Es más sencillo tratar de ver la vida a través de vuestros ojos. –la voz le había salido en un hilo y temblaba, temerosa de que las respuesta que Axelle buscaba no fueran las correctas para nadie.
-¿Nuestras vidas son más sencillas?
-¡No! –se apresuró a responder. No quería que la amazona pensara que les tomaba a la ligera, porque no lo hacía.- Lo que quiero decir es que vosotros entendéis mejor esto… el Santuario… la vida aquí.
Axelle clavó su mirada en ella. Tenía la piel de los codos y rodillas al rojo vivo. Diminutas manchas de sangre brotaban de las heridas. Sus brazos y piernas se encontraban cubiertos de moretones. Era inevitable; esos eran los gajes del oficio y la chica necesitaba aprender a vivir con ellos.
-Apus es frágil, pero es rápida… lo suficiente como para no permitir a sus enemigos tocarla. –habló tras un largo silencio.- Estás intentado abatir a puños a tu rival, cuando tus manos no tienen la fuerza para hacer tal cosa. La fuerza bruta no es tu fortaleza, sino lo contrario.
-Soy… mejor dicho, seré una amazona. Debo de ser fuerte. –escondió las manos heridas. La sola mención la había hecho sentirse avergonzada.
-Y lo serás. Pero no apuestes todo a la fuerza de tus puños y piernas.
-¿Y qué debo…?
-Te lo he dicho ya: sé rápida, sé ágil, sé astuta. Pero sé tú. Lo que no has notado hasta ahora es que, de toda la gente que imitas o que sigues, eres la única que realmente tiene la oportunidad ser auténtica, sin comparaciones. –una ráfaga de aire levantó un pequeño torbellino de polvo y la larga melena castaña de Axelle bailoteó a su capricho.- Elige a quien quieras, Deltha. Todos tienen expectativas que cargar sobre sus espaldas; expectativas buenas, o malas. Aioros siempre vivirá bajo la sombra de Orestes y tendrá que luchar para hacerse luz propia. A Nikos le sucede lo mismo, y Naiara tendrá que hacerse su propio camino, en una forma diferente a la que yo labré el mío. Pero, aun cuando lo consigan, de alguna forma, los recuerdos de Goran y de mi siempre estarán ahí. Otros, en cambio, vivirán con el fantasma del pasado acechando desde cada rincón, como Saga y Kanon. Zarek siempre estará ahí, recordándoles todos los tropiezos que deben evitar para no terminar convertidos en él. –había ocasiones en que la voz de la amazona de Caelum se cargaba de melancolía, como si el pasado cobrara vida en un minuto. Esa era una de esas veces.- Hay mucho que aprender… todos tenéis mucho que aprender. Y desde ahora te lo garantizo, nada de ello será fácil para nadie. Si cualquiera pudiera hacerlo, nuestra señora no tendría problemas para elegir a los miembros de su Orden. Sin embargo, solamente los aptos sobrevivirán a las pruebas que Athena os pone. Confío en que tú y Naia, juntas, consigáis vuestras armaduras y continuéis el legado. Para eso estoy aquí.
La koree permaneció estática por un par de segundos, meditando silenciosamente cada palabra. Las comprendía, si, pero nada de eso la hacía sentirse más tranquila. En realidad, a esas alturas poco le importaba lo que vendría después del día en que consiguieran sus armaduras. Era precisamente ese día, ese momento, el que despertaba a sus peores pesadillas.
-Venga, Deltha. No importa cuando lo pienses. Solo podrás manejar aquello que está entre tus manos. El resto es cuestión del destino y de la propia Athena; de nadie más. –como si leyera sus dudas, la amazona se puso de pie. Con un par de manotazos retiró el polvo de piedra que se había impregnado en su ropa y miró hacia donde el cielo se unía con el Mediterráneo. Deltha, entonces, pensó que la conversación había terminado. Cuando su maestra continuó, supo que estaba equivocada.- ¿Cómo se encuentra Sagitario? –Deltha se respingó.
-Mejor. –susurró. Hacía días en que no lo veía. Las responsabilidades de Aioros comenzaban a relegarla.
-¿Seguís juntos? –los ojos de la aprendiza se abrieron de par en par y sus labios murmuraron palabras que se ahogaron en su garganta. Sus mejillas ardieron y casi escuchó a su cerebro gritándole que mantuviera la boca cerrada.- ¿Creías que no sabría? Cuando ambos erais aprendices era un rumor, Deltha. Ahora que él es un Santo Dorado es un chisme.
-A nadie debería interesarle. –bufó. No sabía que más decir.
-Por los dioses, Deltha. Deberías saber que lo que sucede en la colina zodiacal es asunto de todo el mundo. Les resulta fascinante. –a la distancia, la piedra milenaria de los Doce Templos refulgía bajo el sol de la tarde. Desde la altura de la colina parecían dominar cada rincón del Santuario. Si tuvieran oídos seguramente escucharían cada murmullo que recorriera las callejuelas de piedra del recinto a sus pies.- Todo lo que venga de ellos es noticia en este lugar. Hay quienes les quieren tanto como les odian. –su voz sonaba como un susurro a pesar de la dureza de sus palabras.- Son héroes y villanos, amados y envidiados. Desafortunadamente, todos aquellos que les son cercanos arrastran la misma suerte; y cuando se trata de nosotras, las amazonas, es mucho peor. Los juicios sobre quienes se acercan demasiado a ellos son duros.
-No me importa. No hacemos nada malo.
-Espero que en verdad no te importe, porque el tiempo solo hará las cosas peor. Os lo dije años atrás y te lo repito hoy: Las lenguas aquí pueden ser muy venenosas y crear mentiras donde no debería haberlas. Es complicado, pero es algo con lo que tendrás… tendréis que liar si vais a continuar con esto. Es duro, es injusto, pero es lo que es. A veces la máscara es lo único que hace la diferencia entre una hetaira y una amazona. –un pensamiento acudió a su mente y la hizo sonreír. Su risa era entre amarga y divertida- Y hay quienes dicen que para conquistar algunas casas zodiacales no es necesario un ejército, sino solo un par de hetairas.
A la koree no le resultó gracioso en lo absoluto. De pronto, las quejas de Nikos y Keitaro, las miradas furtivas y las palabras entre dientes tomaron sentido. Se estremeció al solo pensarlo. Tal parecía que los problemas crecían junto con ellos.
-Lo tendré en cuenta. –susurró.
-Y, Deltha… -la chica levantó la mirada, entregando su atención a la amazona de Caelum que se marchaba.- No es que comprendamos mejor al Santuario. Es que aceptamos lo que somos, aceptamos que nacimos para esto. Deberías intentar entenderlo y tal vez descubrirías que, si bien no hace nada más sencillo, al menos trae cierta paz al espíritu.
Deltha se quedó atrás, observando como el ocaso alargaba su sombra sobre el suelo. El cielo se había tornado en un lienzo de colores cálidos mientras, en el horizonte, un atisbo de tinieblas anuncia la llegada de la noche. El viento soplaba con fuerza y, a lo lejos, las olas rugían al romperse contra los peñascos.
"… Al menos trae cierta paz al espíritu."
Se puso de pie y caminó tras los pasos de su maestra. Su pasos eran cortos y su andar desganado, pero su mente repasaba cada palabra intercambiada esa tarde.
-¿Paz? –repitió; y su voz sonó hueca.
¿Existía la paz en un mundo como el suyo, que solo esperaba con ansias el rugido de los tambores de guerra?
-X-
Desde el principio notó que algo no marchaba bien. Cuando llegó al coliseo, se sintió el centro de las miradas nerviosas y de los susurros no tan disimulados como hubiera querido. Tatiana no tardó en buscarlo y en ponerlo al tanto de la situación. El buen humor que Naia le había devuelto, se esfumó asombrosamente rápido.
Dejó el entrenamiento de su grupo a cargo de la amazona del Lince, y marchó a buscar a Kanon. Hubiera deseado responder a cada uno de los chismosos, decirles que efectivamente les estaba escuchando y que al menos tuvieran el valor de hablar en voz alta como lo hacían a sus espaldas. Sin embargo, sabía de sobra que eso jamás sucedería. Nadie pronunciaría una mala palabra frente a él, mucho menos aún acerca de Kanon.
Comenzaba a entender que los rumores, los comentarios y las miradas, nunca cesarían. Había pensado que una vez la novedad de su posición pasara, las cosas se calmarían. Nada más lejos de la realidad. Ser el centro de atención, no le había parecido tan malo en un inicio: incluso le había gustado. Pero ahora las cosas eran diferentes. El mundo mostraba con él el lado más amable. Mas, a sus espaldas, la parte más cruel se cebaba con Kanon. Quizá todos pensaban que él no escuchaba… que no podía oírles y que no le dolía, que por eso les sonreía a todos como si nada pasara.
Probablemente eran más ingenuos de lo que Saga creía.
Sin embargo, aquello no importaba demasiado en ese momento. La cuestión era que Kanon pugnaba por la misma atención que él recibía, pero del modo equivocado. Su gemelo nunca le había dado importancia a la opinión de los demás, o a lo que nadie tuviera que decir de él… Hasta aquel momento. Saga imaginaba que era difícil, por no hablar de doloroso, escuchar todos aquellos comentarios sobre uno. El problema era que Kanon estaba logrando llamar la atención de la peor manera posible.
Lo que empezó como un entrenamiento más duro de lo normal, había terminado siendo una sucesión interminable de peleas y problemas, a cada cual más grande. Pero tocar a los los guardias de Aioros…
Se sopló el flequillo cuando distinguió su silueta en las escaleras de Géminis. Ralentizó el paso, y se acercó a él tranquilamente, sin dejar de verlo.
-Aioros ha tardado más de lo que pensaba en irte con el cuento. –"Au." Pensó. Al parecer Kanon no iba a andarse por las ramas.
-No he visto a Aioros. –Apenas un par de pasos los separaban.- No es como que sea necesario que él diga nada si se tienen oídos.
-Ya. –Kanon se echó hacia atrás, y apoyó los codos en el escalón superior.
-¿En qué demonios estabas pensando?
-¿En qué pensaba yo? Quizá deberías preguntarte en que pensaban ellos. Todos esos imbéciles a los que sonríes. –A Saga no le pasó desapercibido el tono provocador y el desdén en su voz.- Pero no les cuestionaras, besan el suelo que pisas y eso te encanta.
-Deja de hacer estupideces. Es cuestión de tiempo antes de que Shion…
-¡¿Qué importa el viejo? –En menos de un segundo, Kanon estaba en pie frente a él, peligrosamente cerca y desafiante.- En lo que a él respecta, puedo desaparecer. Shion ni siquiera lo notaría.
-¡Por Athena, Kanon! ¿Qué pasa contigo? Nada de lo que dices tiene sentido. Deberías considerarte afortunado porque fuera Aioros quien te sacara de ahí, si hubiera sido otro, estarías en una jodida celda.
-¿Qué pasa conmigo? ¡¿Desde cuándo le debo algo al arquero? –Lo empujó con rabia cuando escupió la pregunta.- Ese idiota puede irse al infierno, me es lo mismo. La cuestión aquí es que lo único que de verdad te preocupa es lo que digan, y lo que el viejo piense. –Saga apretó los dientes con rabia, y se forzó a aguantar estoicamente los reproches y gritos. Como fuera.- ¿La oveja negra mancha tu brillante reputación? ¿Es eso?
-No me grites. –siseó. El insistente dolor de cabeza había vuelto, forzándolo a entrecerrar los ojos.
-¿O qué? Te pasas la vida aparentando ser magnífico, y no eres en absoluto distinto a todos ellos. Escuchas sus palabras, las buenas y las malas, y les ríes las gracias; pero hasta hace no mucho, no daban una mierda por ti. Sois igual de hipócritas los unos que los otros.
-¿Sabes? No tengo tiempo para esto. Y, sinceramente, tampoco tengo ganas de escucharlo.
-¡Vaya! ¡Qué sinceridad la tuya! –Kanon rió furioso.- Hace no mucho eras el inquebrantable defensor de los débiles y los casos perdidos. Se conoce que el oro te hizo replantearte las cosas.
-Cálmate. –habló con la poca serenidad que encontró, aunque levantó la voz más de lo que le hubiera gustado.- Terminarás haciendo que te saquen del Santuario.
-No estaría tan mal, ¿verdad? Casi me dan ganas de ponerle más empeño a ver si lo consigo.
-Cierra la boca de una vez, Kanon.
Y se forzó a no escuchar una palabra más, sin importar lo mucho que su hermano gritara. Subió las escaleras estoicamente, y comenzó el camino hacia el Templo Papal. Con suerte, cuando hubiera atravesado las nueve casas restantes, se habría calmado lo suficiente.
-X-
La larga alfombra se tendía frente a él como un solitario arroyo carmesí en medio del cegador blanco del mármol. Caminó despacio sobre ella; no tenía prisa. La suavidad del terciopelo susurraba bajos su botas doradas a cada paso que daba mientras sus alas complementaban la sutil melodía con el tintineo de sus plumas de oro. Al final del salón, el gran trono esperaba por él.
-Maestro. –hincó la rodilla y agachó el rostro, tal como lo establecía el protocolo. La mirada esmeralda de Saga, a su lado, recayó sobre él mientras la inexpresiva máscara de Shion se mostró inmutable.- ¿Mandaste por mi?
-De pie, Aioros. He mandado por ambos. –aseveró. No importaba cuantas veces les viera juntos, sus ojos parecían encontrar maravillosa aquella escena. Los tenía ahí, envueltos en un aura de magia, radiantes y majestuosos; como siempre los había soñado. Quedaba poco en ellos de los chiquillos traviesos que habían robado su cariño años atrás. Ahora eran hombres jóvenes al servicio de su señora. Habían crecido tanto… y como todo padre satisfecho, el lemuriano sentía el pecho rebosante de orgullo.- Hay temas de importancia que han quedado pendientes entre nosotros. He estado meditando al respecto, y ahora más que nunca, vuestro apoyo será de gran valor para mi y para el Santuario. Voy a necesitaros como nunca antes.
-Lo que podamos hacer por vos, por la Orden y por Athena, háznoslo saber. –Saga asintió, respaldando las palabras de Aioros.
-Como habréis visto, vuestros hermanos comienzan a despedirse. Algunos ya han partido y otros lo harán dentro de poco. Es una época de transición para la Orden. –miró a las caras de los chicos y supo que comprendían la situación sin necesidad de mayores explicaciones. Eran lo suficientemente listos para entender lo que eso significaba.– Sin la presencia de la mayoría de los santos dorados, vuestros dones de mando serán una necesidad imperiosa. Será obligación de quienes nos quedamos el mantener en pie al ejército de Athena. Su venida esta próxima y sus guerreros debemos estar listos para recibirla.
Star Hill había hablado por muchas noches ya. El cielo se movía, las estrellas giraban y el destino esperaba. Sin embargo, el eco resonaba en cada rincón del universo, y su canción era la misma siempre: Athena, la diosa de la Guerra y la sabiduría, trazaba su camino de regreso al mundo de mortales.
-¿Hay algo que tengas en mente para nosotros.?
-Si, Saga, y me temo que solo es más trabajo. –retiró la máscara metálica de su rostro. Su vista estaba cansada y en ocasiones, a la luz de las teas, mantenerla en su lugar a la hora de leer se convertía en un pesadilla. Arles se apresuró a entregarle una cuaderno forrado en cuero cuyas hojas se encontraban llenas de apuntes. Repasó cada línea con la vista y después, miró a sus santos.- Sé que estáis ocupados en vuestras nuevas obligaciones, pero confío en que conseguiréis haceros tiempo para un par de encargos más. –miró de reojo a Aioros. Quizás comenzaría a lamentarse de haber solicitado la custodia de Aioria antes de tiempo. Pero también estaba seguro que, de ser así, una solo protesta jamás abandonaría la boca del castaño.- Veamos… -continuó mientras echaba una última mirada a ambos.- Saga, a partir de ahora, las prisiones de Urano también estarán a tu cargo, además de la vigilancia del Cabo. Athan partirá pronto hacia Sicilia y alguien debe encargarse de esas funciones.
El peliazul asintió y se rascó la cabeza disimuladamente.
La prisión de Urano era el lugar de confinamiento para aquellos que habían trasgredido las leyes del Santuario y ofendido los designios de la diosa. Celdas pequeñas encalladas en roca que despojaban de toda cosmoenergía a quienes caían dentro. Se decía que estaban ahí desde el principio de los tiempos; creadas y selladas por voluntad de la mismísima Athena. Al igual que Cronos hiciese con su padre antes de los primeros tiempos, Athena también despojaba de todo orgullo y poder a sus detractores para sumirlos en la vergüenza de la derrota. Aquel era un lugar de profunda deshonra, un rincón oculto donde yacía el oscuro demérito de una Orden coronada de infinitas glorias; era el sitio donde la historia ocultaba el honor mancillado. Únicamente Cabo Sunión apestaba más a podredumbre que las prisiones malditas.
A pesar de todo, a Saga no le preocupaba demasiado. A últimas fechas, la prisión de Urano estaba repleta de delincuentes menores y aprendices castigados. Su guardia, básicamente, consistiría en pasear entre las cuevas, de la misma forma en que, en ocasiones, se sentaba a mirar el amanecer desde el gran risco de Cabo Sunión.
-Como sabéis, la guardia real se quedará sin responsable toda vez que Eder se marche al norte. Aioros, ya que tu templo es el más cercano al Templo Papal, necesitaré que te encuentres al tanto de cada movimiento de nuestra guardia personal. La princesa morará pronto entre estos muros y es nuestro deber cuidar de ella, aún si es con nuestras vidas. –el castaño aprobó. Las obligaciones le llovían del cielo. A ese ritmo, terminaría durmiendo de pie con tal de cumplir cabalmente con cada una de ellas.- También os quiero cerca de mi a cada momento. A partir de ahora, seréis mis ojos y mis oídos. Sois mi mano derecha, así que actuareis conforme a ello. En adelante, todos mis asuntos también son vuestros. Estaréis involucrados en cada detalle que se trate a puertas abiertas o cerradas en este Santuario.
Leyó el fugaz desconcierto en sus miradas, seguido de la determinación que invadió a ambos. Sus expectativas eran altas, mucho más de lo que cualquiera pudiera imaginarse, pero Shion estaba seguro de que cumplirían con ellas. No podía conformarse con menos, ni tampoco demandarles algo por debajo de lo que se les requería. Serían ambos los elegidos para continuar el legado que él dejaría.
"Pronto tendrás que elegir," le había dicho Dohko. Shion lo sabía, mucho antes que él y aún así no era fácil aceptarlo. La decisión en sí tampoco lo era. Ahora más que nunca, cuando las armaduras de oro cubrían sus cuerpos, era que Shion debía mirar cada detalle con cuidado y medirlo minuciosamente.
Los consejeros seguían reacios a aceptar sus designios, argumentando a la mínima oportunidad la falta de madurez en sus chicos. El lemuriano siempre se había jactado de tener una paciencia admirable, pero a últimas fechas se quedaba corta cuando se trataba de Gigas, Phaetom y el resto de esbirros que asentían a cada palabra suya. No comprendían nada. Eran sordos y necios, como niños pequeños. No se atrevían a mirar más allá de lo que tenían en frente, y con tristeza, Shion pensaba que lo hacían movidos por conveniencia… por nada más.
-El camino aún es largo. –aseveró. Y lo era.- ¿Tenéis alguna duda al respecto?
-No.
-Ninguna. –Shion miró con extrañeza como Saga volvió a rascarse la cabeza.
Estaba a punto de retirarles cuando recordó que había otro tema que tratar. A pesar de su terquedad, Gigas era un hombre del que nada escapaba. Todos los detalles sórdidos del Santuario llegaban a sus oídos, tarde o temprano. Lo sabía todo y lo observaba todo. Tenía oídos y ojos en cada rincón. Los rumores decían que el ojo que había perdido rodaba por el recinto, recolectando información enviada directamente a su cerebro.
A Shion esos detalles le resultaban divertidos e irreales. Sin embargo, había ocasiones en que la omnipresencia de Gigas llegaba a hacerle creer que había algo de verdad en lo que decían las historias.
-¿Hay algo más que deba saber? –preguntó.
Ninguno le respondió. Solo hubo silencio.
Los ojos brillantes de Shion recayeron sobre Aioros y un segundo después, la mirada esmeralda de Saga hizo lo mismo. Era obvio que estaban al tanto del incidente de esa tarde. Ese tipo de historias corrían como un reguero de pólvora. Eran el tipo de cuentos que a la gente solían gustarle.
El arquero intentó no prestar atención al escrutinio del que era víctima. Sin embargo, la estrategia no le funcionó. Simplemente no iba a soportar su insistencia por demasiado tiempo. Además, ¿qué caso tenía? Estaba seguro que los dos conocían los pormenores del altercado con Kanon así como el resultado del mismo. Incluso, si era honesto consigo mismo, Aioros tendría que admitir que aún le revoloteaban las amenazas del gemelo en la cabeza y que, de una forma u otra, le disgustaba en sobremanera la conclusión a la que habían llegado después de eso.
-Antes… -comenzó. Rebuscó por las palabras correctas para expresar lo que había pasado.- …Kanon y yo tuvimos un contratiempo. Se ha enredado en un pleito con uno de mis guardias. –"Enredado" ¿Era la palabra correcta?- He intercambiado unas cuantas palabras con él, pero… dudo que entre en razón. –echó un vistazo rápido hacia Saga. Era su hermano y por lo tanto, tenía que resultarle difícil escuchar todo eso.- Creo que Kanon está más perdido que nunca, Maestro. Ha dicho cosas que no debería expresar ni siquiera en sueños. Tal vez, deberías hablar personalmente con él.
-Dudo que eso sirva para algo. –escucharon el murmullo de la voz de Saga. El gemelo miraba al frente, no a ninguno de ellos. Lucía estoico y serio, como las estatuas de los dioses que flanqueaban el largo pasillo hasta la puerta del salón.
Shion vio tristeza en sus ojos. Aioros también. Negarlo sería imposible. Por más rabia que quisiera sentir, por más que deseaba que la ira estuviera por encima de cualquier otra emoción, a Saga le entristecía lo que acontecía con su gemelo. Y, ¿cómo no? Cuando a veces se sentía el culpable de cada palabra y gesto agrio de Kanon.
-Hablaré con él. –Shion estaba de acuerdo en que probablemente no ganaría nada, pero tenía que intentarlo.- Mientras tanto, seguid atentos. Me retiro por ahora. –estaba agotado. El día había resultado eterno y sus deberes tediosos. Sus huesos viejos estaban cansados y el trono no contribuía a su descanso.
-Maestro. –los dos santos se despidieron con una reverencia.
Le vieron retirarse en silencio, con pasos lentos pero seguros. El eco de sus pies se perdió rápidamente por el estrecho pasillo que guiaba a sus aposentos y pronto, el salón del trono quedó en completo silencio. Solo el ocasional cascabeleo de sus armaduras permaneció con ellos, acompañándolos por un instante.
-Comienzo a entender porque Shion estaba tan seguro de que entrenar a Aioria no sería una buena idea. –Aioros dejó escapar un suspiro. Miró a Saga y le vio rascarse la cabeza.- Dudo que tengamos una vida de nuevo. –sonrió. Y vaya que lo pensaba.
-Renunciaste a ello cuando te pusiste esa armadura. –el gemelo giró sobre sus talones y recorrió de nuevo la alfombra de tono escarlata que guiaba hacia la salida. Unos pasos detrás, Aioros lo siguió.
Iba con la mirada fija en él, atento a cada movimiento. No le había pasado desapercibido el sutil rastro de arena que iba dejando a su paso, ni la insistente manera en que rascaba su cabeza de vez en vez. Aioros ladeó la cabeza, intrigado y divertido. Toda vez que hubieron abandonado el salón principal, el arquero se detuvo.
-¿Saga? –y el gemelo… se rascó la cabeza.
-¿Si?
-¿Qué demonios te pasa en la cabeza? –antes de que pudiera volver a rascarse, Aioros le pilló la mano.- ¿Hay una plaga de pulgas en Géminis o qué?
-No. –Saga alzó las cejas y pensó detenidamente en ello.- Aunque igual fui atacado por algo pequeño y saltarín… alguien, mejor dicho. –sopló sus flequillos y sonrió.- Naia me revolcó en la arena y yo hice lo mismo con ella. –una sonrisa pícara iluminó sus labios. Había que admitir que lo mejor de su día había sido ese rato en la playa.- Además, me dio un regalo. –levantó la mano y dejó que Aioros viera su pulsera de conchas y caracoles.
-Es linda. –sonrió.- ¿Así que Naia la hizo para ti…? -le miró de reojo y esta vez, la sonrisa pícara se mudó a los labios del arquero.- ¡Joder! Tú te quedas con todos los regalos.
-No te haces idea. –una risita nerviosa escapó de su garganta mientras se estremecía internamente al pensar en el regalo de Athan. Sin saberlo, Aioros se sentía exactamente igual.
Avanzaron juntos un tramo más, sin intercambiar una sola palabra. Al final, un bostezo mal disimulado del santo de Sagitario terminó por romper el silencio.
-¿Cansado?
-Si. –Aioros se tornó pensativo.- Más de lo que te imaginas.
-Continuará…-
NdA:
Naia: ¿Alguien me acaba de comparar con una pulga? ¬¬'
Saga: Una pequeñita. n_n'
Naia: Debí hacer que comieras más arena. ¬¬
Saga: Dudo que pudieras n_n
Aioros: De pronto resultáis hasta monos ò_Ó
Saga, Naia: ¬¬
Deltha: ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo tienen energias? T_T
Kanon: Ignoralos, Deltha. Unete a mi y dominaremos el mundo. MUAJAJAJA!
Saga, Naia, Aioros: ¬¬'''
Kanon: :D
Sunrise: Disfruten ahora que pueden, el próximo capi irá peor. ^^
Dama: Siempre va a peor ^^ Pronto podreís leer la entrevista a Orestes en nuestro grupo en DeviantArt.
Sunrise: ¡Hasta entonces!
Dama: Replies anónimos en el profile.
Sunrise: Bye! Bye!
