Capitulo 26: Panateneas

Apresuró la marcha mientras se aplacaba los cabellos revueltos y frotaba sus ojos, aún somnolientos. Era más de medianoche cuando le avisaron, así que había terminado brincando de la cama, convocando a su armadura y después, había salido disparado con dirección al Templo Papal.

Cuando hubo llegado, cruzó sin detenerse por el Salón Principal, tomó el pasillo que llevaba a la Gran Estatua de Athena y avanzó por el balcón, en busca de las habitaciones que se encontraban al fondo. Al llegar, descubrió que Saga, Arles y Gigas ya se encontraban ahí. Nunca sabía como lo conseguía, pero el santo de Géminis, a pesar de vivir seis templos más abajo que él, parecía llevarle la delantera todo el tiempo. Cerró los ojos y meneó la cabeza con suavidad, apartando cualquier otro pensamiento que no involucrara su presencia ahí. Los saludó con un movimiento de cabeza y su mirada se clavó inevitablemente en la puerta de madera y oro.

-¿Es verdad? –preguntó. Sus ojos azules fueron de Arles a Gigas.

-Así es. –respondió el santo de Altair.

-¿Cuándo? ¿Cómo? –Saga escuchó en silencio todos sus cuestionamientos. Él mismo había hecho las mismas preguntas unos minutos antes por lo que ya sabía la respuesta que le darían.

-Hace unos minutos. –los largos dedos de Arles acariciaron los eslabones de su collar con nerviosismo.- El Maestro os dará más detalles. Entrad, os espera. –sentenció.

Empujó la puerta, que se abrió con un susurro. Dentro, el aire estaba impregnado con un tenue olor a vainilla mientras una lámpara de aceite mantenía el lugar cálido y confortable. Shion estaba al fondo de la habitación, en un rincón oculto por las sombras. Había un silencio casi absoluto, interrumpido únicamente por el ocasional balbuceo de una pequeña criatura.

-Están aquí, Maestro. –Arles anunció su llegada.

El viejo lemuriano les sonrió y, con una seña, los invitó a acercarse. Llevaba un diminuto bulto en los brazos, envuelto en telas de un blanco tan intenso que refulgía en medio la noche. La bebé se movía en sus brazos de manera casi imperceptible, acurrucándose cada vez más contra el pecho del Patriarca, agradecida por su calor.

De inmediato, como dictaba el protocolo, hincaron rodilla en respecto al mayor de los santos. Si sintieron curiosidad, se esforzaron por disimularlo. Rápidamente, Shion les invitó a levantarse.

-De pie, de pie, hijos. Acercaos. –les dijo.- Venid a contemplarla.

Los jóvenes santos se acercaron lentamente, con cuidado. El sonido de sus pasos fue acallado por el piso alfombrado de la estancia. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, alcanzaron a divisar su rostro oculto entre las mantas. Tenía los ojitos grises adormilados y las mejillas sonrojadas. Sus labios esbozaban una mueca que parecía ser una sonrisa dulce e inocente. Se movía suavemente, como si no quisiera librarse de las mantas que la mantenían tibia. De su boca surgían sonidos guturales discretos y graciosos, que fueron capaces de robarles una sonrisa.

En el momento en que ella se dio cuenta de su presencia, centró su atención solamente en ellos. Miró de uno a otro, como si le intrigaran aquel par de rostros tan diferentes que la observaban con igual curiosidad. Pero rápidamente, la gran sonrisa volvió a iluminar su cara. Soltó una risa mucho más fuerte que las anteriores y tendió las manitas en dirección a los chicos. Tomados por sorpresa, Aioros y Saga alzaron las cejas en un gesto tan coordinado que parecía haber sido ensayado previamente.

-Le gustáis. –Shion la imitó, dibujando una sonrisa.- Es solo un niña, pero ya os quiere.

-¿Ella es…? –Saga preguntó, incapaz de separar la mirada de aquel rostro regordete e infantil.

-La misma. Por fin, la espera ha terminado. Saga, Aioros, os presento a vuestra princesa: Athena, diosa de la sabiduría y señora de la guerra. –confirmó el Patriarca.

El lugar se inundó de un silencio tan cómodo como solemne. Doscientos años habían transcurrido desde la anterior reencarnación. Doscientos años de esfuerzos, de pesares, de logros y de constancia. Doscientos años en los que la esperanza se había mantenido viva en los corazones de una orden que vivía solamente de fe y de promesas. Y, como lo había hecho desde el principio de los tiempo, Athena había regresado. No había faltado a su palabra y se había hecho carne… humana, como ellos.

-Es… tan pequeñita. –Aioros fue el primero en acercarse para retirar la manta que cubría aquella cabecita de cabellos lilas. Miró a la niña y después al viejo lemuriano, devolviéndole el gesto de aprecio.- ¿Puedo sostenerla?

-Por… supuesto. –Shion respondió, visiblemente sorprendido por la petición. Incluso Saga parecía asombrado.

Pero Aioros no prestó atención a eso. Más rápido de lo que Shion pudiera haber pensado, el santo de Sagitario se alistó para tomar a la niña en brazos.

De alguna forma, no le sorprendía. Aioros había cuidado de Aioria desde que era un bebé. Quizás no tan de cerca, ni tan regularmente, pero se esforzaba. Le gustaban los niños y no les tenía miedo. La prueba la tenía ahí enfrente, en la facilidad con que abrazaba a la diminuta criatura.

Aioros nunca había tenido reparos en ocultar sus emociones. No era de aquellos que se tragara una sonrisa, ni tampoco que ocultara sus lágrimas. Era franco y abierto… era auténtico.

En cambio, a Saga el tiempo lo había tornado más duro. Había aprendido a encerrarse en si mismo. En ocasiones, era imposible descifrar lo que pensaba y ni hablar de forzarlo a pronunciar palabra alguna al respecto. Sin embargo, Shion sabía que seguía siendo el mismo chico dulce y considerado que conocía; se notaba en el aprecio que todo el mundo le tenía, así como en el respeto que emanaba de su figura.

En ese sentido, ambos chicos eran idénticos: queridos e idolatrados. No había nada que reprocharles y el lemuriano no podía sino sentirse orgulloso de ellos.

-Mírala. –Aioros acercó a la niña todavía más a Saga. La pequeña, sintiéndose segura en sus brazos, balbuceó con un poco más de fuerza.- ¿A qué es preciosa?

-Mucho. –por un instante, una tímida sonrisa apareció en los labios del peliazul.

La chiquilla al verlo, comenzó a moverse. Sus manos y piernas se movían, escurriéndose de entre los pañales que la cubrían. Saga retrocedió un poco mientras Aioros parecía disfrutar su siguiente idea.

-Quiere que la lleves en brazos. –el castaño sonrió. Saga, por su parte, tragó saliva.- Venga. Es muy chiquita, no muerde. –negó con la cabeza.

-Ya, pero… no sé si… -sin embargo, antes de que consiguiera quejarse, el arquero ya había puesto a la pequeña en sus brazos.- ¡Aioros! -era demasiado tarde. Para cuando reaccionó, la bebé se retorcía en sus brazos entre risas y balbuceos.

-¡Le gustas! –el santo de Sagitario rió. En cambio, Saga estaba más rígido que un árbol.- Oh, vamos. Es solo un bebé. Acúnala con un poco más de gracia.

La pequeña diosa pareció estar de acuerdo. Soltó un gritillo de emoción cuando los cabellos azules de Saga le cayeron en el rostro y le hicieron cosquillas en la nariz. De inmediato, sus manitas se pusieron a la misión de atraparlos.

-Me tirará del pelo. –Aioria lo había hecho con Kanon cuando le conocieron. ¿Por qué Athena no haría lo mismo con él?

-No lo hará. Anda, no vayas a dejarla caer.

-No lo haré. –la mirada fulminante de Saga lo hizo sonreír una vez. El gemelo se movió torpemente hasta acomodar a la niña lo mejor que pudo. Ella se mantuvo en silencio, con las largas hebras de cabello enredadas en sus dedos, pequeños y regordetes. Mientras jugueteaba con su melena, Athena miró a Saga con sus grandes ojos grises. Balbuceó palabras que el santo no entendió y, tras obsequiarle una sonrisa más, se metió los cabellos a la boca.- ¡Oye! No… princesa, no hagas eso.

Para no perder la costumbre, Aioros soltó una carcajada y Shion ensanchó su risa. Incluso Arles se atrevió a esbozar una sonrisa cómplice. Athena festejó las reacciones que causó su monería. Se encaprichó con los cabellos del geminiano y jugueteó todavía más con ellos, esta vez con movimientos más frenéticos y emocionados.

-¡No! Princesa… -Saga trató de sacarle las mechas azules de la boca. Ella luchó y se aferró a ellas.- Shion, dile que las suelte. –pero la pequeña era determinada.- Aioros, ¡esto es tu culpa! Haz algo.

-¡Oh, pero qué quejica! ¿Desde cuando lloriqueas por un poco de baba en el pelo? –Aioros, con marcada burla, sonrió. Sin embargo, se acercó a él y tomó a la niña para abrazarla.- Ven aquí, preciosa. Estás haciendo llorar a Saga y es feo que en tu primer día con nosotros veas llorar a un santo dorado.

-Oye. –Saga le miró de soslayo.- Deja de hablarle mal de mi. Es linda y es mona pero… -el peliazul frunció el ceño.- …no se me da esto de los bebés.

-Si, si. No le escuches, muñeca. –la joven Athena solamente intentó lloriquear cuando se vio forzada a dejar ir la melena de Saga, pero de inmediato se entretuvo con la mezcla de polvo dorado y plumas que desprendían las alas de Sagitario.- ¡Que bebé más guapa!

Saga se acicaló el cabello. La verdad era que la niña le parecía encantadora. Era diminuta, graciosa y muy, muy, muy mona. Ahí mismo, siendo tan solo una niña, era difícil imaginarla como la diosa que era. De todas formas, le infundía ternura. Quizás con el tiempo aquel sentimiento mutara a respeto, pero por ahora, era una fuerte devoción lo que le despertaba.

De pronto, recordó un punto importante.

-¿Y Kanon? ¿Le habéis dicho? –preguntó, buscando a Shion.

-Si, le avisé también. –Arles le respondió.- Supongo que esté aquí pronto.

-Comprendo.

Aioros le miró de reojo, pero no dijo mucho más. Se entretuvo con la niña un rato más, lo suficiente como para pasar desapercibido en esa conversación que, con toda seguridad, no iba a bien.

Volteó solamente cuando sintió a Saga cerca de él. El gemelo picó con suavidad la mejilla de la niña y ella le correspondió con una risa contagiosa. Vio a Saga sonreír, pero podía jurar que un dejo de tristeza empañaba esa sonrisa. A pesar de todo, una vez más, Aioros no dijo nada. No había absolutamente nada que pudiera decir para mejorar la situación. No había palabras que bastaran para justificar la ausencia de Kanon, ni para confortar a Saga.

-Es una pequeña coqueta. –agregó al ver como Athena correspondía cada muestra de afecta con una aún mayor.

-Es muy dulce. –Saga asintió.

Siguieron disfrutando de la pequeña y sus monerías sin darse cuenta que a sus espaldas, Shion les miraba.

Era un día de júbilo para la Orden, pero también era un día de presagios. La llegada de Athena traía esperanza. Sin embargo, también contenía advertencias. La Guerra Santa se acercaba a pasos agigantados; Shion lo sabía, ellos lo sabían. Y aunque el viejo Patriarca no lo expresara en palabras, tenía sus propias preocupaciones de las cuales hacerse cargo. Había muchos planes que finalizar y muchas decisiones que deberían de tomarse pronto.

Cuando los veía, su cerebro gritaba una sola palabra: Sucesión.

Había postergado el nombramiento de un heredero todo lo que le había sido posible, pero no podía hacerlo más. Con la llegada de la diosa, la imperante necesidad de nombrar y entrenar a un joven Patriarca era imposible de atrasar más. Los únicos candidatos eran ellos dos. ¿Saga o Aioros? ¿Aioros o Saga? ¿Cómo podría elegir cuando, antes sus ojos, ambos rozaban peligrosamente la perfección? ¿Qué criterios debía usar? ¿Por cual de ellos debería decantarse?

-Prepara todo para mañana, Arles. –habló casi en un susurro a su santo de Altair.- Mañana habremos de celebrar a nuestra princesa. Su llegada es un momento de regocijo para nuestra Orden.

-Como ordenéis, Excelencia. –Arles le obsequió una reverencia antes de marcharse entre el sigilo más absoluta.

Shion sabía una sola cosa en ese instante: Por la tarde, cuando las peregrinaciones terminaran, habría de encerrarse en un profundo momento de reflexión y ayuno. Tendría que sopesar cada detalle y confiar en que la sabiduría de Athena le mostraría el camino correcto a tomar. Con las bendiciones y la guía de su diosa, Shion confiaba que al terminar las fiestas, la Orden de Athena tendría un nuevo heredero, un nuevo líder que marcaría el camino hacia la más cruenta de todas las guerras.

Pero, ¿cuál sería el nombre del nuevo Patriarca?

-X-

-¡Oooh! –el lamento de la audiencia resonó cuando el cuerpo del pesado hombretón golpeó el piso.

Solamente Aioria chilló de emoción en su lugar. Levantó las manos y brincoteó un par de veces, bajo la sonrisa cómplice de su hermano. Deltha, junto a ambos bufó antes de cruzarse de brazos.

-¡¿Cómo es posible? –exclamó.- ¡El otro tipo es cien kilos más delgado y aún así no ha tenido problemas para tumbarlo!

-Es técnica, no fuerza. –Aioria tendió la mano, exigiendo las monedas que la amazona le debía. De mala gana, la chica se las entregó.

-Mala idea apostar contra él. –el arquero dorado soltó una carcajada.- Desde que tiene memoria, el único evento al que asiste en las Panateneas, son las luchas. Milo y él son dos pequeños expertos en esto.

-¡Y algún día ganaré una corona de olivos al patearle el trasero a Milo! –festejó el cachorro de león mientras guardaba meticulosamente sus monedas. Más tarde, obligaría a Aioros a llevarlo a Rodorio a comprar un gran cono de helado.

Esperaron a que el vencedor fuera coronado antes de marchar rumbo a cualquier otra actividad, de las muchas que se daban lugar durante las festividades de la diosa.

Aquellas eran unas fiestas especiales… extemporáneas, podría decirse. El verano casi había terminado, pero la llegada de la bebé Athena había llevado al Maestro a decretar el inicio de las nuevas fiestas en su honor.

Habían comenzado, por vez primera en dos siglos, con la mismísima diosa liderando a su pueblo durante las peregrinaciones. La habían ataviado en un pequeño peplo de seda con bordados en hilos de oro y plata. Habían colocado un par de hermosísimas hojas de olivo como broches en sus cabellos. Estaban hechos de oro con incrustaciones de esmeraldas. En conclusión, la habían ataviado como la diosa que era.

A pesar del calor y de la falta de viento, la niña se había comportado a la altura. Solamente hizo el intento de lloriquear en una ocasión, pero cuando su ama de cría le ofreció la botella de agua, se calmó de inmediato.

El Santuario entero y toda su gente estaban maravillados con la pequeña. Todos se acercaban para verla, para tocarla… para recibir sus bendiciones. Ella, como una princesa, se había mantenido estoica la mayor parte del tiempo, regalando balbuceos y sonrisas a quien se le pusiera enfrente.

Al final, cuando todo los ritos hubieron finalizado, Athena se había marchado de regreso a su templo, cómoda y segura en los brazos de Shion. Para el resto de los asistentes, habían quedado el par de días de celebraciones y eventos deportivos.

-Me ha pillado por sorpresa.

-¿El qué? –Aioros preguntó a la amazona de Apus.

-La llegada de Athena. –ella respondió.- Sabía que sería pronto, pero no imaginé que lo fuera tanto.

-Si te sirve de algo, yo tampoco esperaba que sucediera tan rápido. Pero ahí la tienes, y debo decir que es de lo más adorable.

-¡Es muy linda! –Aioria, quien se había adelantado un par de pasos a ellos, interrumpió.- Aunque Arles no nos deja jugar con ella.

-Es solo una nena, Aioria. Todavía es muy pequeñita para juegos. –el castaño mayor sonrió con nerviosismo. No lo diría, pero le tranquilizaba que Arles supiera meter orden en el Templo Papal.

-Pues cuando sea un poco mayor, Mu y yo la llevaremos de paseo.

-Cuando sea mucho más mayor, y tú también. –aseveró el adolescente mientras revolvía los rizos del más pequeño.

-¡Hermano! –Aioria, como siempre, no dudó un segundo en quejarse.- Soy mayor. Tengo siete años. ¡Siete! Puedo cuidar a la bebé. Si tú le dijeras a Shion, me dejaría llevarla en brazos. –puso aquella cara de inocencia que usualmente le hacía salirse con la suya. Pero esta vez, no funcionó.

-Ni hablar. Cuando seas mayor, me lo pensaré. Mientras tanto, solo a verla.

En ese momento, Aioria se dio por vencido. Resopló, arrugó el ceño y se cruzó de brazos mientras apuraba el paso para adelantarse, dejando atrás al santo y a la amazona.

Deltha, en silencio, observaba de uno a otro, completamente ensimismada en ambos. Había algo terriblemente adorable en Aioros y su hermano menor. Quizás era porque ella no había tenido hermanos de sangre, pero verlos discutir era un espectáculo que había aprendido a disfrutar en demasía. Algo similar sucedía con Naia y Nikos, aunque la corta edad de Aioria hacía todo más gracioso. El pequeño león era un niño bravo, demandante, como el fuego de su signo zodiacal. Sin embargo, no había nadie mejor que Aioros para dar la vuelta a sus travesuras y convertirlas en anécdotas de lo más variopintas. De hecho, quizás no había nadie más en el Santuario que pudiera controlar mejor al niño que él.

-Siete años. –Aioros masculló mientras lo veía caminar por delante a toda velocidad.- Siete años y ya tiene una respuesta para casi todo. No sé que haré con él cuando sea un adolescente. –meneó la cabeza.

-Armarte de paciencia. –callada hasta ese momento, Deltha sonrió.- Quizás se consiga una novia y te deje en paz.

-¡Por los dioses! ¡Una novia! Que Athena sea misericordiosa conmigo cuando llegue ese momento. –exclamó.- No sé como sobreviviré a todas las preguntas y a todas las explicaciones que eso implica.

-Pues vaya… ojala tengas suerte en eso. –la amazona tosió, ahogando una risa.

-Eso. Disfruta mis desaventuras con Aioria. –Aioros cerró los ojos y desaprobó con la cabeza, pero la sonrisa cómplice en sus labios delataba su travesura.

Oculta tras la máscara, Deltha también sonrió.

Había llegado el punto en que Aioros no necesitaba ver directamente su rostro para adivinar los gestos en él. Bastaba con observarla y dejar que fuera su cuerpo en que la delatara; como en ese momento, en que la sonrisa que compartieron fue acompañado de un rápido encogimiento de hombros y un jalón poco disimulado al quitón que vestía. Llevaba todo el día peleando con su atuendo.

-Apus, si te sigues tironeando así la ropa vas a terminar por arrancártela. –el santo de Sagitario la miró de soslayo y rió internamente al verla respingarse.- No puede ser tan malo llevar ropas tradicionales por una vez. –en realidad, a Aioros, la túnica le resultaba más cómoda y mucho menos llamativa que Sagitario; aunque en belleza, nada derrotaba a su armadura.

-Quitones, peplos, túnicas… los odio a todos. –Deltha volvió a jalonearse. Y vaya que los odiaba: Telas demasiado delgadas, vestidos demasiado holgados y ropa demasiado escasa debajo de todo eso; la fórmula perfecta para un desastre a los ojos de la joven amazona.- Cualquier movimiento en falso o una ráfaga de viento muy fuerte y… habrá más de lo que debería haber a la vista.

-Vaya… un punto a favor de la vestimenta tradicional griega. –Aioros se rascó la barbilla mientras la miraba con travesura.- De pronto han comenzado a gustarme estas ropas. –añadió, terminando su comentario con una gran risa.- ¡Au! –se quejó cuando el puño de la amazona impactó contra su brazo.

-Bobo.

-Lo decía porque te ves preciosa, solo por eso. –pero Deltha no creyó ninguna de sus palabras juguetonas y él tampoco. Sin embargo, terminaron compartiendo una sonrisa.

-Ya lo creo… ya lo creo.

-¿Ves? Con lo adorable que soy y me has llamado bobo. –el arquero dijo, poniendo a prueba su mejor cara de inocencia.- Además, me has pegado. –le indicó la marca rojiza en su brazo.- Menos mal que eres un fracaso con los puños, que si no, tendría que ir de visita a donde Eudora.

-Doblemente bobo.

-¡Au! ¡Au! –dos golpes más no se hicieron esperar.- ¡Oye! Te has puesto agresiva. –siguió bromeando.

-Soy una amazona, ¿qué esperabas?

-Un abrazo de los tuyos, de esos que parece que quieres asfixiarme o romperme las costillas. –asintió.

-Mis abrazos son, única y exclusivamente, para doraditos adorables que se lo han ganado. No para bobos. –Deltha giró el rostro con falsa indignación.

-Te dije que eras linda. Eso debería contar. ¿Harás que suplique por un abrazo?

-Quizás.

-Oh, venga. Eres una abrazadora compulsiva. Te mueres por saltarme encima y apretujarme.

-No, no. Ahora mismo, no. –seguía con el rostro volteado para el lado contrario al santo.

-Entonces, te abrazare yo.

-No lo harás. –la vio negar y los cabellos púrpuras bailotearon con el movimiento de su cabeza.- Hay demasiado gente alrededor. Comenzarán a hablar.

-Ya hablan.

-Con mayor razón. No habrá abrazos. –y en ese punto, Deltha no bromeaba. Cada vez que estaban juntos en público, las palabras de Axelle resonaban en sus oídos nuevamente.

-Esto me parece totalmente injusto. –ésta vez, el de la negación fue Aioros.

-A mi también pero, ¿qué se le va a hacer? –se encogió de hombros.- Te quedarás con las ganas.

Sin embargo, en ese preciso instante, la mirada de Aioros se ahuyentó de la conversación para posarse en el Templo Papal. Deltha lo vio entrecerrar los ojos, completamente intrigado. Ella misma intentó localizar el motivo de sus inquietudes con ayuda de su cosmos, pero no encontró nada. A veces, era como si el viento susurrara sus secretos al oído de los santos dorados. Había perturbaciones de energía tan pequeñas que solamente ellos eran capaces de sentirlas; esa era una de ellas.

-¿Qué pasa? ¿Sucede algo con la princesa? –se atrevió a preguntar.

-No, no. –la sonrisa en su rostro reapareció. A la amazona le pareció que lucía mucho más en esa ocasión. Buenas noticias, sin duda.- Es Shura. Shura ha regresado.

-X-

Naia ahogó un bostezo que pasó desapercibido tras la máscara. Lo cierto era que aunque aquel día había resultado inesperadamente divertido, comenzaba a hacerse más largo de lo que la hubiera gustado admitir. Había pasado todo el tiempo con Nikos, y lo agradecía. Nunca era suficiente el tiempo que compartía con su hermano.

Desde que Axelle había muerto, había tenido muchas cosas que pensar. Hacía horas que no veía a Deltha, y aunque se había acostumbrado a que pasara el tiempo con Aioros, a veces seguía sintiendose ligeramente celosa. Se daba cuenta de lo poco que había podido disfrutar de su hermano mayor todos aquellos años. Lo había perseguido a escondidas, había aprovechado casa ocasión disponible con la única intención de que sus ojos la mirasen con aquella dulzura infinita.

Pero Nikos nunca sería un confidente de verdad. Tenía una idea muy clara de cómo debían ser las cosas en el Santuario, y nadie le haría cambiar de opinión. Sabía que no había nada que no fuera capaz de hacer por ella… pero también era consciente de que no podía pedirle muchas cosas. Como en aquel momento.

Apenas había visto a Aioros y Saga un par de minutos, cuando pudo contemplar de cerca a la bebé Athena. Ambos estaban junto a ella y el Maestro, como dos angeles guardianes velando su sueño. Hubiera deseado quedarse allí con ellos, bromear acerca de su cara de satisfacción imposible de ocultar. Pero no podía. Ahora ya no eran compañeros de juegos. Eran compañeros de Orden. Como amazona, ella tenía responsabilidades que cumplir, y era obvio que a ellos les sucedía lo mismo.

Sin embargo, pensar que la distancia podía instaurarse entre ellos con pasos invisibles, la inquietaba. No había rastro de Kanon, y ellos dos estaban ocupados todo el tiempo, rodeados de gente a la que ayudar, consolar y sonreir. Permanentemente se preocupaban de todo lo que sucedía con el Maestro y no le quitaban ojo de encima.

Salvo en momentos como aquel.

Hacía rato que Shion había vuelto con la niña al Templo. Aioros se había esfumado con Aioria y Deltha, y Saga se había quedado allí. Aunque tan lejos de ella, que era como si niquiera hubiera reparado en su presencia. Tampoco había tenido ocasión de deshacerse de su hermano y, sobre todo, de Keitaro.

No podía escuchar lo que Saga decía, pero sus gestos se notaban más relajados que días atrás, y su sonrisa afloraba con mucha más facilidad que otras veces. Le sentaba bien sonreir… aunque Naia no llegaba a comprender porque no sonreía así con ella, con sus amigos de verdad, y si con aquellas otras amazonas con las que apenas había compartido un par de horas en toda su vida. Ellas ni siquiera lo conocían, no sabían nada de él. Saga solamente era un bonito trofeo que, de tener la ocasión, se disputarían sin dudar.

No comprendía como él no podía darse cuenta, ni entendía tampoco que Deltha no le diera más importancia y se empeñase en decir que era normal. A ella simplemente le resultaba molesto y doloroso… pero aquello era algo de lo que ya no podía hablarle a nadie, menos aún a Nikos.

-X-

Había llegado al Templo Papal dando zancadas.

Desde abajo, en la celebración de las Panateneas, había sido capaz de sentir el aura de Shura en el templo principal. Al principio había pensado en que era una equivocación, pero mientras caminaba hasta ahí y seguía inspeccionando el ambiente, le quedaba más y más claro que no estaba en un error.

Entró al salón del trono saludando con un movimiento de cabeza a los guardias de la puerta. Estos le respondieron, inclinando las picas a su paso. El santo entró, atravesó la alfombra y buscó por la puerta escondida detrás de los pendones al fondo del salón. De ahí siguió el pasillo que guiaba hasta la explanada de la estatua. Pasó frente a ella, donde los soldados y algunas doncellas preparaban la gran pira a sus pies, que habría de arder durante la noche en homenaje a la bebé.

Cuando estaba a punto de alcanzar las habitaciones privadas donde yacía la diosa, la puerta se abrió y la persona a quien había estado buscando apareció por ella.

Lo que vio, ciertamente no era lo que esperaba. El chico que cruzó por la puerta vestía de oro y no los ropajes de aprendiz, que su amigo solía llevar. Aioros se maravilló. Era solo un chiquillo, varios años menor que él o que Saga, pero ataviado con la armadura de Capricornio ni siquiera lo aparentaba. Las armaduras doradas tenían la propiedad de despertar al adulto en ellos. Aún un niño, vestido en oro, dejaba de serlo.

-¡Shura! –le llamó.

El español, al verlo, sonrió. Caminó a su encuentro y cuando estuvo cerca, le obsequió un abrazo. Aioros supo que estaba tan emocionado como él. Lo abrazó tan fuerte como pudo. Al separarse, le echó una última mirada.

-¡Por los dioses! ¡Mírate! –el arquero le dijo.- Esto es increíble. ¡Santo de Capricornio! ¿Cuándo…? ¿Cómo…? –preguntó, todavía asombrado por saberlo uno de los suyos.

-No hace mucho. –la forma en que sonrió le hizo saber que, a pesar del nombramiento, Shura seguía siendo el mismo chico que se había marchado tiempo atrás.- Quise venir antes, pero…

-¿Pero? –su mirada, de un verde oscuro se había llenado de tristeza. Por instinto, Aioros miró a Arles, que venía acompañando al nuevo santo de Capricornio.

-Seif ha fallecido… obviamente. –adujó el mayor, con un tono serio y sereno.- La enfermedad le ha ganado la guerra.

-Oh…

-Ya estaba muy cansado. –Shura intervino.- Respirar le era cada vez más difícil y a la mínima oportunidad, sus pulmones se enfermaban más y más. Los Pirineos no hacían bien tampoco.

-Lo siento mucho. ¿Estás bien?

-Ha sido difícil verlo agonizar por tanto tiempo, pero ahora está en paz; y yo… -se encogió de hombros, mientras mostraba su propia armadura.- Capricornio se ha visto forzada a elegir un poco antes de tiempo.

-Pero ha tomado la decisión adecuada. –Arles acotó.- Con vuestro permiso. –bastó una reverencia para que el santo de Altair se retirara, dejándoles solos.

De alguna forma, el deceso de Seif no había pillado desprevenido a Aioros. La última vez que había visto al anterior santo de Capricornio, su salud ya era precaria. Estaba seguro de que no fue el único que pensó en que el árabe jamás volvería al Santuario en pie.

Marcharse había sido una decisión controversial, pero necesaria. A final de cuentas, terminaría del mismo modo: muerto. En un campo de batalla, o en uno de entrenamiento, Seif iba a entregar su vida para perfeccionar las habilidades de Shura… y así lo había hecho. Ahora, como bien lo había dicho Shura, descansaba en paz y podía estar seguro que el español haría todo lo posible para honrar su memoria.

-¿Viste a la princesa? –retomó su conversación con Shura.

-Es preciosa, si. Parece que he llegado a tiempo para las fiestas.

-¡Justo a tiempo! Es más… -Aioros le jaló para que lo siguiera.- … cámbiate y bajemos. No quedan muchas actividades por el día de hoy, pero podemos vagar un rato entre las hogueras. Siempre hay algo divertido que ver ahí y podemos conversar hasta tarde, ¿te parece?

-Suena perfecto.

Intercambiaron sonrisas y comenzaron el descenso a Capricornio mientras el Sol también se escondía tras la línea del horizonte.

-X-

-No has ido a verla.

Normalmente Saga siempre evitaba las confrontaciones. Procuraba, por todos los medios, no empezar una discusión que sin duda terminaría mal. Sin embargo, aquella ocasión era diferente. Después de aquel largo día repleto de emociones, se sentía vivo, fuerte… como si, finalmente, su ansiado destino estuviera llamando a la puerta. Contemplar cada día el rostro burlón y despreocupado de su gemelo comenzaba a ponerlo enfermo, y siempre le producía una jaqueca insufrible.

-La he visto. –Kanon se encogió de hombros mientras se desperezaba y se ponía en pie, dispuesto a abandonar Géminis.- La han paseado por todo el Santuario. –Mas cuando paso a su lado, Saga lo sujetó del brazo con fuerza y lo obligó a verlo.

-El Maestro te hizo llamar. Estuvo esperando por ti.

-¿Y? ¿Desde cuándo importa eso? –se zafó de su agarre de un manotazo, y clavo sus ojos verdes en los suyos.- El arquero y tú fuisteis. Sois los únicos a los que querría allí. -Ladeó el rostro y sonrió con cierto desdén.- Si me llamaron solamente ha sido por tus estúpidos lloriqueos…

Saga entrecerró los ojos, y en un movimiento más rápido de lo que su gemelo pudo apreciar, lo arrinconó contra la pared, cortándole toda vía de escape. Por mucho que Kanon disimulara, sabía que aquello lo había tomado con la guardia baja.

-¿Qué? ¿No tienes nada más que decir? -murmuró de una manera escalofriantemente lenta Saga.- Si no te gustan mis lloriqueos… -Le dolía profundamente que Kanon viera sus intentos de no perderlo irremediablemente y protegerlo, como lloriqueos inútiles e interesados.- …no tendrás por qué oír más de ellos. Está claro que puedes cuidarte solo, y no meterte en problemas. –Kanon frunció el ceño al apreciar el marcado sarcasmo.

-No tienes porque andar ejerciendo de mi niñera, ¿sabes? –de pronto, se sentía furioso, por primera vez en mucho tiempo Saga lo había acorralado de todas las maneras posibles.

-¡Tienes razón! Sigue así, adelante. Déjate un poquito más en ridículo, al parecer lo haces magníficamente bien. Todo el mundo habla de ello. –Saga soltó la camisa de su hermano, y dio un paso atrás.- Estarás encantado.

-¿Por qué no dejas de pretender que lo que te importa soy yo? –Esta vez fue Kanon quien se acercó a él amenazante, farfullando entre dientes. Saga alzó una ceja casi con curiosidad.- Estas furioso porque la gente habla de mí, ¿no será que lo que de veras te preocupa es que te perjudique?

-Tendrías que hacer algo demasiado estúpido, incluso viniendo de ti, para que me perjudicase Kanon. Yo no soy quien tiene que demostrarle nada a nadie

-¿Sabes? No tengo por qué escuchar los reclamos del Señor Virtuoso. –Tenía unas ganas inmensas de romperle la cara, pero se contuvo.- Por mi puedes besar el suelo que el viejo pisa. –El mayor frunció el ceño. Odiaba cuando se refería a Shion de aquella manera tan despectiva.

-Siempre tienes que hacer las cosas de la manera difícil.

-Ya ves…

-Te guste o no, incluso el mayor imbécil del Santuario se ve obligado a obedecer. Sabe que debe obedecer. Puedes seguir con tus ataques de rebeldía cuanto quieras, muchos han caído antes que tú.

-¿Es una amenaza?

-No. –Saga sonrió de un modo que a Kanon se le antojó inquietante: a pesar de la discusión, Saga estaba asombrosamente tranquilo. Como nunca antes.- Eres mi hermano. Prefiero pedirte las cosas antes que obligarte a ellas, porque podría hacerlo. –El mayor sabía que había pocas cosas que Kanon odiara más que verse forzado a acatar sus órdenes. Procuraba no hacerlo nunca, pero las cosas empezaban a tomar un rumbo demasiado oscuro.- Haz lo que te plazca. Si tanto presumes de tu estúpida libertad, deja de pretender ser mi gemelo para unas cosas, y para otras no.

-¿Tiene algo bueno serlo? -El mayor encogió de hombros.

-Dímelo tú. Al parecer le encuentras a eso más ventajas de las que admites. –Saga lo sabía. Kanon se había librado de más de un lío gracias a quien era, y sabía que en esas ocasiones, no había renegado de él en absoluto. Más bien al contrario, lo había aprovechado.- Ahora que la princesa esta aquí… -Solo con mencionarla, se sintió mejor.-… tendrás una oportunidad de oro para demostrar quién eres en verdad. –Se dio la vuelta.- Solamente quieres ser Kanon, ¿no? Adelante. Se acercan tiempos complicados.

Echó a andar por el pasillo, sin intención alguna de detenerse. Pelear con Kanon nunca le hacía bien, pero aquel día parecía que nada era capaz de enturbiar su felicidad. Athena había llegado, la había acunado en sus brazos torpemente, y la había hecho reír. Le gustaba. Su diosa, la razón de su existencia… Antes o después Kanon entraría en razón, tenía que hacerlo.

-Ella no tiene nada de especial para mí. –Hubiera deseado detenerse al escucharlo, hubiera deseado mirarlo y saber que no hablaba en serio. Pero Saga sabía que nada de aquello sucedería, que aquellas palabras tenían más sinceridad de la que necesitaba.- Aunque lo bueno, supongo, es que pronto el viejo morirá. Se empezará a hablar de sucesión. Es algo que alegra el día a cualquiera, ¿no, Saga?

Se detuvo por un instante y apretó los dientes. Había momentos en que contenerse para no enzarzarse en una pelea de verdad, era casi imposible. Respiró hondo, se acomodó la melena a la espalda, y abandonó el templo.

El mundo ofrecía muchas más cosas de las que Kanon podía estropear.

-X-

Cuando la noche empezaba a caer y las actividades del día alcanzaban su final, el Santuario se envolvía en un ambiente especial y diferente durante la celebración de las Panateneas. Decenas de hogueras ardían en cada rincón, rodeadas de santos, amazonas y aldeanos que se congregaban en una ambiente relajado y divertido. Se compartían alimentos y, sobretodo, vino. El licor de uvas corría abundantemente en las fiestas nocturnas, cuando los bardos que dormían dentro de algunos santos despertaban con el influjo del alcohol.

No era difícil buscarse un lugar para hablar a la luz de las hogueras, ni tampoco era difícil que la conversación se perdiera entre las múltiples anécdotas que todo el mundo tenía para narrar. Fueran historias sobre uno mismo, o sobre otros, siempre había alguien dispuesto a prestar oídos a ellas. Se escuchaban relatos de victorias, anécdotas sobre fracasos e, incluso, en ocasiones se hablaba de héroes sin nombre, cuyas hazañas, a diferencia de sus identidades, lograban sobrevivir al castigo del tiempo. Las hetairas traían consigo sus propias historias, tan variadas como el gusto de aquel que pudiera pagar su precio. Desfilaban de hoguera en hoguera en buscan de hombres dispuestos a disfrutar de sus besos y de sus caricias compradas.

Algunos hombres, con más suerte que otros, conquistaban con palabras los corazones de alguna doncella incauta o de alguna aldeana besada por el licor. Los más arriesgados probaban suerte con amazonas, solo para ser rechazados entre las risas burlonas de sus mismos compañeros que siempre parecían observar a la distancia.

Aioros y Shura se abrieron paso entre las hogueras, contemplando y disfrutando de la inusual algarabía. Caminaban en silencio, lo que les permitía prestar atención a cada detalle de lo que sucedía a su alrededor. Sin armadura, con solo las túnica blancas como vestidura, conseguían escabullirse a los ojos curiosos sin mayores complicaciones.

Por fin, en un rincón escondido, dieron con una pira que agonizaba. Aioros se sentó en unos de los tocones cercanos y atizó las llamas con unas cuantas remas secas. Esperó un poco y, con una ráfaga de viento más, el fuego volvió a arder como si nunca hubiese estado a punto de apagarse.

Shura se había sentado cerca. Le observaba en silencio, con timidez y con una tenue sonrisa en los labios. Si algo no había cambiado era precisamente la admiración que el español sentía por su amigo. Ni el tiempo, ni la distancia, ni aquella armadura dorada de la que ahora podía presumir había hecho que algo cambiara. Para Shura, estar al nivel de Aioros y de Saga era, quizás, el más grande logro de su corta existencia.

-Vaya. –el arquero fue quien habló primero. Contempló a Shura y sonrió.- No importa cuantas veces lo piense, simplemente es genial tenerte de regreso.

-También me alegra haber regresado. –el moreno asintió.- No pensé que todo sucediera tan rápido. Cuando me marché pensé que tardaría años en regresar pero Seif…

-Lamento su muerte, de verdad. Lo siento. –no era difícil darse cuenta del pesar de Shura. Su rostro asumía un mohín de tristeza cuando hablaba al respecto.

-Se veía venir. Su enfermedad lo había agotado, cada día estaba más débil. En realidad, él mismo sabía que su viaje hacia los Pirineos era uno del que jamás regresaría.

Y así era. Seif de Capricornio nunca había sido ingenuo al respecto de su enfermedad. Su vida, siendo santo de Athena sería corta. Sin embargo, su enfermedad la había acortado aún más.

-Pero ha dejado un digno heredero para Capricornio. –Aioros añadió. "Y no has tenido que mancharte las manos con su sangre."

-Rezo por estar a la altura. –al escucharlo, el santo de Sagitario sonrió. Shura era así: humilde y de pocas palabras. Era un chico tímido, pero bien intencionado. En ocasiones, hablar con él era como hablar con una pared, o poco menos. Pero siempre tenía un gesto, una sonrisa o una palabra que demostraba las buenas intenciones que se escondían detrás de aquella imagen distante y retraída. Seif, de una personalidad parecida, no había sino alimentado esa aspecto introvertido en su discípulo.

-Ya lo estás. Capricornio sin duda esta orgullosa de su elección. –dijo por última vez, antes de cambiar de tema.- Anda, cuéntame. ¿Qué se siente vestir el oro?

-Es… genial. –susurró el más joven, no sin dibujar una sonrisa sincera en sus labios.- Aunque todavía hay mucho por aprender. –Shura llevó sus ojos hacia su brazo derecho. Con cuidado, deslizó los dedos sobre él, como si cada toque tuviera que ser especialmente delicado.- Excalibur. –comentó, por fin.- Excalibur aún no se ha perfeccionado. Seif trató de enseñarme, hizo todo lo que pudo, pero el tiempo no le bastó. Mis brazos no tienen el filo devastador del que habla la leyenda. Aún no son capaces de cortarlo todo. –Aioros escuchó cada palabra con atención, asintiendo de vez en cuando.- Se dice que Excalibur es el regalo que Athena dio al más fiel de sus santos: una espada tan afilada que no hay nada que resista su poder. Capricornio siempre ha estado orgulloso de su legado y Excalibur ha vivido, desde el principio de los tiempos, en el brazo de aquel que viste la armadura. Ahora es mi turno. Soy yo quien debe continuar el legado y hacer honor a lo que se espera de mi signo. Como santo, como guerrero, como sirviente, como lo que Athena desee. Pero… mi espada todavía no esta lista. Yo no estoy listo.

-Creo que nunca lo estamos. –y Aioros era sincero en sus palabras.- No creo que ninguno de nosotros jamás sienta que ha dejado de aprender, o de mejorar. Así que no te atormentes con ello. Solo esfuérzate, haz todo lo que puedas para perfeccionar a Excalibur. Es tuya. Aprende a usarla.

El chico asintió. De todas las personas a las que conocía, Aioros era probablemente el único que, sin importar lo desanimado que se encontrase, conseguía levantarle el espíritu. Además, tenía que admitir que la sencillez de su amigo le resultaba cómoda. Shura nunca sería el tipo de persona que hablara con soltura, ni que se abriera con facilidad a los demás. Por el contrario, era terriblemente reservado y tímido, al punto que aquellos que le desconocían caían en el error de tacharle de frío y arrogante.

Pero por alguna razón, con el santo de Sagitario jamás había tenido ese problema. Aioros nunca le exigía más de lo que podía darle y tampoco lo presionaba a ser alguien diferente. Simplemente lo aceptaba, y Shura no podía estar más agradecido por eso.

En una ocasión, mientras cenaban, Seif le había dicho que los amigos eran bendiciones escasas e invaluables en el Santuario. Todos eran hermanos, eso era innegable; pero no todos llegaban a forjar una amistad imbatible. Le había encargado, de la misma forma, que cuidara a sus amigos y jamás los desatendiera; que fuera cortés, leal y presto a cualquier apoyo que pudieran requerir de su parte. Pero por sobretodo, le había dicho que fuera agradecido por cada uno de ellos.

Le había contado los sueños de Shion, repletos de esperanzas sobre esa nueva generación. También le había hablado de las muchas faltas de la suya, quizás con la intención de que los yerros no fueran repetidos. Había intentado crearle un panorama mayor, en el que pudiera apreciar la importancia de cada uno de sus hermanos y de él mismo, pues ellos habrían de ser los líderes de una Orden joven que iba a la guerra sin experiencia alguna. A su manera, Seif había hecho todo lo posible por prepararlo para enfrentar el destino que le correspondía.

Sin embargo, había algo más… algo a lo que Shura había dado muchas vueltas. Y ahora que estaba ahí, frente a Aioros, pensó que era el momento adecuado para abordarlo.

-Antes de partir, Seif me habló de algo importante. –Shura se atrevió a hablar después de un momento de silencio. Miró de reojo a su amigo y cuando sus miradas coincidieron, le esquivó.

-¿Sobre qué?

-Sobre… la sucesión. –por fin, se atrevió a enfrentarlo.

-Ah. –esta vez, Aioros fue quien bajó la mirada. Había escuchado un par de cosas al respecto pero nunca prestaba atención. La simple idea de que aquello implicaba la muerte de Shion, y por lo tanto su ausencia, lo convertía en un tema tan complicado como incómodo.- ¿Qué hay con eso?

-¿No sabes?

-¿Qué se supone que debo saber? –se encogió de hombros.

-Seif decía que Saga y tú sois los únicos candidatos para el puesto de Patriarca. –el español soltó las palabras despacio, inspeccionando con detenimiento las reacciones de su amigo. Pero lo que fuera que buscara en él, no lo encontró. Aioros se había limitado a clavar la mirada en el piso mientras sus dedos jugueteaban con una piedra que había levantado del suelo.- Decía que… que cuando Athena llegara, Shion irremediablemente tendría que tomar una decisión. –en ese preciso momento, el santo de Sagitario levantó la cabeza para mirarle directamente a los ojos.

-Será Saga. Tiene que elegirlo a él. –aseveró.

Aioros se dio cuenta de cómo sus palabras habían sacado de balance al Capricornio. Lo vio respingarse y parpadear un par de veces, como si la determinación en su confesión le resultara difícil de creer. En ese instante, no supo como tomarse dicha reacción.

-Saga sería perfecto para el puesto… -Shura le dijo.- …pero, ¿por qué no tú?

-¿Yo? –el panorama le quedó más claro. Antes de decir nada más, se permitió un instante para pensar su respuesta.- Sería un honor al que no creo hacer justicia.

-Podrías hacerlo tan bien como él.

-¿Te parece? –Aioros rió por lo bajo.- No estoy seguro de estar hecho para un puesto como ese, y no me avergüenza admitirlo. Soy bueno para muchas cosas, Shura, pero creo que soy demasiado… simple, para ser Patriarca.

-¡No lo eres!

-Agradezco el alta estima que me tienes, amigo. –meneó la cabeza mientras esbozaba una sonrisa.- Pero no sé hasta que punto sea digno de ella. Me gusta ser lo que soy, entiendo la misión que tenemos como santos dorados… –y al hablar de eso, se sintió sumamente orgulloso de que su joven amigo ya fuera uno de ellos.- …y sabes mejor que nadie, que haría cualquier cosa para servir a nuestra princesa. Sin embargo, no me considero hábil en el mundo de la política, ni tampoco lo suficientemente diestro para llevar la administración de este lugar. No sé si, en su caso, pudiera hacerme cargo de la educación de Athena, ni tampoco de la reintegración de la Orden. Soy demasiado blando para muchas cosas y quizás muy demandante para otras.

-Pero…

-Escúchame, por favor. –terció el arquero.- Esta decisión pertenece única y exclusivamente a Shion. Sea cual sea el resultado, habremos de respetarlo. Si elige a Saga, sabes tan bien como yo que haría un trabajo maravilloso. Y si me elige a mi… que los dioses se apiaden. –rió, en un intento de ablandar la situación. Para su mala suerte, Shura no compartió su humor. Un tanto frustrado y confuso, Aioros se sopló los flequillos.- Venga, no me mires así. Te prometo que si, por alguna razón, termino en ese puesto haré lo mejor que pueda con lo que tengo. Pero tú tienes que prometerme que dejarás de darle vueltas a este asunto.

-No dejarías pasar la oportunidad, ¿verdad?-Shura frunció el ceño.- Saga es genial; es tan capaz como tú y lo haría igual de bien. Pero, si Shion llegara a ofrecerte el honor, vas a aceptarlo, ¿cierto?

-Si, Shura, si. –respondió más por compromiso que por otra cosa.- Si por alguna razón, Shion cree que puedo con ello, tendré en cuenta que su palabra también es la de Athena. Aceptaré. –dijo. "Aunque no estoy convencido de que eso sea lo que quiero, ni lo correcto."

-Vale. –el español le sonrió y el castaño se esforzó por imitarle a pesar de no tener deseos.

El resto de la velada lo pasó ausente, siempre trastabillando entre silencios incómodos y sonrisas a medias. Estaba convencido de que Shura había notado el cambio en su humor; hubiese sido imposible que el español lo pasara por alto. Aún así, estuvo agradecido porque Shura no dijese nada al respecto.

Alrededor de ellos, las voces y risas seguían escuchándose a pesar de la hora de la noche. El cielo estaba completamente oscuro y la colina zodiacal estaba envuelta en su negrura. Solo las teas de los doce templos resplandecían más allá de las escaleras, con la enorme hoguera del Templo Papal coronándolo todo. Las llamas ardían a los pies de la estatua de Athena, anunciando que era su día.

Aioros, entonces, pensó en la bebé, pensó en Shion y pensó en Saga. Pensó en muchos más, pero por sobre todo, pensó en lo que deparaba el futuro para todos.

-X-

El camino hasta las cercanías del coliseo se le hizo eterno. En el Santuario entero se respiraba una alegría y emoción que nunca antes había sentido; a pesar de haber vivido muchas otras celebraciones como aquella. Todo el mundo parecía feliz y relajado, con ganas de celebrar. La llegada de Athena era una verdadera bendición, aunque Saga sabía de sobra lo que implicaba, y por si fuera poco… Kanon se había tomado la molestia de recordarselo.

Había caído la noche. La luz de las antorchas era opacada por las hogueras, mientras los gritos, cantos y risas rompían el habitual silencio nocturno. Era como si nadie hubiera reparado en el futuro que se les acercaba. O quizá lo habían hecho, igual que él, y habían preferido aferrarse al maravilloso momento que atravesaban, y disfrutar los pequeños instantes de alegría que el destino les ofrecía.

Busco con la mirada, algún sitio al que ir. Lo cierto era que había saludado y sonreído a tantas personas, que había perdido la cuenta. Aioros no estaba en ningún lugar a la vista, e imaginaba que no lo estaría pronto. Entre Deltha y la sorprendente llegada de Shura, su tiempo se vería ampliamente reducido, más aún. Verlo empezaba a ser una tarea imposible, y aunque en cierta parte le parecía un fastidio, las responsabilidades del arquero iban más allá de lo que él quisiera o necesitara.

Continuó caminando, sin destino fijo, cuando a lo lejos vislumbró a Naia. Sin embargo, la idea de ir por ella desapareció tan rápido de su mente como llegó. La recién nombrada amazona de Caelum estaba bien acompañada por su hermano y por Keitaro, así que se limitó a saludarla con un gesto de su mano, que ella respondió, y una tímida sonrisa, bajo la severa mirada del par de idiotas que la custodiaba. Tampoco había rastro alguno de su propio grupo.

Tomó una de las jarras de vino que una sonriente doncella le tendió amablemente. Le dio un breve sorbo y se sopló el flequillo, dando un último vistazo alrededor. Aparentemente, aquel era tan buen día como otro cualquiera para pasar la noche en la playa. Siempre y cuando lograra escapar de allí antes de que nadie se lo impidiera; había visto a lo lejos a la hetaira de Athan y no tenía intención alguna de cruzar sus caminos otra vez.

Resignado, se dio la vuelta.

Dejó atrás el bullicio y se encaminó hacia el campamento de las amazonas. Sabía que era territorio peligroso, pero era el camino más rápido para llegar a su destino, y lo más probable era que en una noche como aquella, estuviera vacio. Aún con toda la humildad de aquel apartado poblado, disfrutaba de una ubicación privilegiada. Las últimas cabañas solamente se veían separadas de la arena de la cala a los pies de Cabo Sunion por una hilera de altos pinos. Era una playa pequeñita, envuelta por el bosque y las rocas de los acantilados: hermosa, probablemente la más bonita de todas las que rodeaban el Santuario. Y también la más frecuentada por amazonas.

En el centro del campamento reinaba en soledad un pequeño coliseo, hundido en el suelo unicamente tres o cuatro escalones, al abrazo de las cabañas que lo rodeaban. Atravesó la arena tan rápido como pudo, y se alejó entre las casas. Sin embargo, cuando estuvo a punto de dejar atrás la última, una voz a sus espaldas lo hizo detenerse.

-Un santo no debería rondar por aquí. –sintió un escalofrió recorrer su espalda al verse descubierto, e inmediatamente después sonrió al reconocer la voz. Giró sobre sus talones, y buscó a la dueña con la mirada.

-¿Qué haces ahí arriba? –Tatiana lo miraba sentada, con las piernas desnudas colgando, desde uno de los tejados.

-¿Qué haces aquí? –Saga se encogió de hombros, y por unos segundos permanecieron en silencio.- ¿Quieres subir? –El peliazul aceptó la invitación más rápido de lo que hubiera querido, y en menos de un segundo, se encontraba en el tejado junto a la amazona del Lince.

Habitualmente las cabañas no estaban hechas para más de dos o tres personas, y aunque contaban con las comodidades de cualquier vivienda normal, tenían un tamaño reducido. Todas lucían un blanco reluciente en sus paredes y un desvencijado azul cielo en sus puertas y ventanas. Sin embargo, sus azoteas planas las convertían en un lugar excelente para pasar las cálidas noches de verano.

Se sentó en el suelo, agradeciendo el frescor del mismo, y comprobó como hasta su llegada, la amazona había estado celebrando también. Una jarra de vino reposaba a un poco más allá. Volteó a verla. La había visto fugazmente en un par de ocasiones aquel día, pero con tanto ajetreo no había reparado en lo diferente que se veía. Imaginaba que sucedía lo mismo con él.

Se había despojado de sus ropas de entrenamiento, de su armadura. Lucía un quitón blanco que no le llegaba más allá de los muslos, y un fino pañuelo con bordados plateados lo ajustaba a su fina cintura; mientras las tiras de las sandalias se amoldaban perfectamente a sus piernas.

Cuando escuchó su risa, amortiguada por la máscara de plata, se dio cuenta de que había estado mirándola más tiempo del que pensaba.

-Lo siento. –murmuró atropelladamente, llevándose el vino a los labios, con cierto nerviosismo.

-No pasa nada. –Tatiana se sentó junto a él.- Te ves bien. -Lo vio de soslayo, mientras Saga se abrazaba las rodillas y se afanaba por mantener la vista al frente. Lo recordaba de niño, cuando lo había visto en la lejanía, correteando por ahí con las manos y las rodillas llenas de magulladuras; con sus ropas de entrenamiento llenas de polvo, y no había tardado nada en acostumbrarse a verlo envuelto en su armadura de oro. Nada que ver con lo que sus ojos miraban en aquel momento.- ¿Qué haces por aquí? -preguntó, con la única intención de poder continuar su disimulado escrutinio sin levantar demasiadas sospechas. La túnica blanca le hacía ver como el dios del que todo el mundo hablaba.

-Iba a la playa…

-¿Tú solo? –Saga se encogió de hombros, viéndola fugazente.

La realidad era que muchísima gente le quería… incluso lo adoraba de una manera en que aún lo sorprendía. Pero las personas con las que podía pasar un rato agradable, se contaban con los dedos de una mano. Se sentía inesperadamente solo. Cuando Shion le mencionó que Tatiana estaría a sus órdenes, se había puesto nervioso. No tenía demasiada idea de cómo debía tratar a una amazona; Naia y Del nunca habían contado, y menos aún como tratar a una amazona más mayor y con más experiencia que él. Sin embargo, una vez que la hubo conocido, todo fue diferente.

Superó su torpeza inicial, descubriendo que Tati era ligeramente reservada, igual que él. Sin embargo, en las misiones que habían compartido, se había mostrado como una excelente conversadora. Era divertida, ingeniosa. Tatiana se había atrevido a tratarlo casi como a un igual: con confianza. Aquello le agradaba, empezaba a cansarse de que las reverencias y reparos de todo el mundo.

-No tengo la menor idea de donde este Aioros, así que… -dijo finalmente.

-¿Te han abandonado? –La escuchó reír suavemente, y cuando se encontró dibujando un mohín de disgusto, las carcajadas aumentaron.- Imagino que Apus lo mantiene bien ocupado.

-Supongo que…–Algo en la manera en que lo dijo, hizo que su mente se formara una idea bien concreta de lo que insinuaba. Cuando sintió el inesperado calor en sus mejillas, que se esforzó por ocultar, se dio cuenta de que nunca antes había pensado en esas cosas acerca de Aioros y Deltha. Casi podía sentir la amplia sonrisa triunfal de su acompañante.- ¡Te estás riendo!

-¿Yo? –Saga frunció el ceño y se tumbó en el suelo, perdiendo la mirada en el cielo estrellado.- Es que… ¡mírate! ¡Eres una monada cuando te sonrojas!

-Es solo que no había pensado en… -quiso defenderse del mejor modo posible, pero sabía de sobra que tenía aquella batalla perdida. La risa incontenible de la amazona lo decía todo.- ¡Ah! Como sea. –Se dio por vencido.- No vuelvas a hacer que mi mente proyecte imágenes que no quiere ver. Es… inquietante.

-Como digas, como digas. –Aún podía escucharla reir.

-Cambiando de tema… he interrumpido tu celebración. –Señaló la abandonada jarra, en un intento desesperado por desviar la atención de aquel asunto.- Lo siento.

Tatiana miró de él a la jarra alternativamente, y finalmente se levantó. Tomó el recipiente de porcelana, y regresó a su lugar.

-Tienes razón, aunque lleva solución. –Se arrodilló a su lado, se deshizo del vino, y rápidamente se llevó las manos a la espalda hasta que logró desabrochar el pañuelo de su cintura. Saga ladeó el rostro con curiosidad.

-¿Qué vas a hacer?

-Celebremos juntos. Ven aquí. –Tiró de su mano, ayudándolo a incorporarse.- Para un día en que puedo festejar con mi superior, no voy a perder la oportunidad. ¿No crees? –Saga sonrió.- No te muevas o te tiraré del pelo.

Con cuidado, vendó sus ojos con el pañuelo. Y cuando estuvo satisfecha con él nudo, acomodó la melena azul y se sentó junto a él. Se quitó la máscara sin mayor reparó, y la dejó en el suelo.

-Listo. –Buscó el vino, y chocó su jarra con la de él. Le dio un sorbo, si dejar de verlo un solo instante. Saga sonreía.

-Esto ha sido inesperado.

-Bah… -La rusa le quitó importancia con un gesto de su mano.- Quizá te haya privado del sentido de la vista, pero tu cosmos te permite verme a la perfección. ¿No es así?

-De todos modos… -dijo mientras asentía. Podía verla, envuelta en un mar de estrellas que le daban forma y que titilaban con fuerza cuando pestañeaba o sonreía.- ¿Qué hacemos celebrando la llegada de Athena en un tejado?

-Tan buen luegar como otro cualquiera. –Se tumbó a su lado.- ¿Cómo es?

-Ya la has visto, ¿no?

-Aja. –asintió y se apartó un tirabuzón rubio de la cara.- Pero como uno de sus dos angeles guardianes que eres… estoy segura que podrás decirme algo más. ¡Detalles!

-Es… -sin darse cuenta, sonrió de nuevo.- …Preciosa. Es la cosa más pequeñita que he visto nunca, y ¡sus ojos! Sus ojos son una maravilla. –Giró el rostro hacía ella.- No se, cuando se aferró con su manita diminuta a mi pelo, a mi mano… Fue una sensación difícil de describir, es como si ahora todo cobrara sentido. Ella está aquí.

-Si… -Ella misma se encontró sonriendo. Había sido una excelente y esperada noticia que había fascinado a todo el mundo. Sin embargo, poco tenía que ver la emoción que sentían ellos con la que manaba de Saga. Nunca lo había sentido tan feliz.- Se acercan muchos cambios.

El geminiano asintió. No había dejado de mirar hacia ella, y a pesar del pañuelo que cubría sus ojos, Tatiana sentía que era capaz de ver hasta el último de sus secretos. Se giró hasta quedar apoyada en uno de sus codos, y se dedicó a observarle de frente. El silencio que de pronto reinaba entre ellos, no resultaba en absoluto incómodo. El pausado sonido de su respiración la resultaba infinitamente tranquilizador. Le apartó un mechón del flequillo azulado, que se había visto atrapado bajo el pañuelo, y se encontró sonriendo.

Nunca hubiera pensado en encontrar un amigo en él. No lo había planeado… Sin embargo, así estaban las cosas. Lo era, conocía algún que otro secreto que nadie más sabía, y habían terminado allí, en un tejado, bebiendo vino y hablando de nada. Se sentía tan cómoda como, le gustaba pensar, se sentía él en su compañía.

-A partir de ahora estaras más ocupado, ¿verdad?

-Seguramente, si. –Saga dio un último trago, después de decir aquello en apenas un susurró.- ¿Vas a extrañ…?

No lo dejó seguir. Atrapó sus labios humedecidos entre los suyos, tomándolo por sorpresa. Lo sintió tensarse bajo su inesperada acción, y casi pudo sentir su nerviosismo. Santo Dorado o no, era apenas un chico; había muchas cosas que aún no sabía, pero… Tatiana se movió apenas perceptiblemente, apoyandose en su pecho, y sonrió mientras continuaba disfrutando de su sabor acaramelado. Estaba segura de que no tardaría en relajarse, en dejarse llevar ante los tibios besos que le estaba prodigando. Y no se equivocó.

Saga superó rapidamente la sorpresa inicial y logró apaciguar el nerviosismo que recorría hasta la última fibra de su ser. No podía verla, pero podía acariciar aquella piel tan suave y embriagarse con su olor. Entreabrió los labios, invitandola a continuar mientras llevó la mano hacia su nuca, enredando sus dedos en los rizos dorados y la atrajo hacia si: quería seguir lo que había ella había empezado. Tatiana respondió con una sonrisa plasmada en sus labios. Atacó su boca con hambre e impaciencia, mientras su lengua parecía dispuesta a someter a la suya a toda costa; sin intención alguna de detenerse hasta que sus pulmones clamaran por un poco de aire.

-Será mejor que bajemos y entremos en casa… -susurró Tatiana con la respiración desvocada.- Cualquiera puede vernos aquí.

Saga se limitó a asentir. Se puso en pie y se dejó guiar tomado de la mano, aunque no fuera necesario. Bajaron de un salto, olvidando todo lo que dejaban ahí arriba, y se encaminaron a la puerta.

-Espera. –Tatiana lo detuvo, y lo empujó suavemente, hasta que su espalda encontró apoyó en la madera azul. Se pusó de puntillas y llevó la mano al pañuelo, quitándoselo.

Por un momento, Saga contuvo la respiración y mantuvo los ojos cerrados. No estaba seguro de lo que implicaba todo aquello, pero moría de ganas de saber que era lo que ocultaba la máscara del Lince. Abrió los párpados lentamente, reparando en la pálida piel de la rusa. Sus ojos eran alargados y tan grises como los de la misma Athena, con un rastro de travesura que lo obligó a sonreir mientras apartaba uno de sus rizos rubios.

No atinó a decir nada, solamente la besó una vez más; sorprendiendose a si mismo de lo mucho que empezaba a gustarle aquel juego, y el calor que el cuerpo de la amazona emitía. Ni siquiera se dio cuenta de cuando entró en la cabaña y la puerta azul se cerró a sus espaldas. Tatiana era mucho más interesante que todo aquello.

-X-

Se quedó quieta, como si se hubiera congelado en su lugar.

Había tardado horas, pero cuando al fin pudo, se disculpó y abandonó a su hermano y a Keitaro. Solamente necesitaba un poco de compañía amiga. Había buscado su cosmos con esmero, y cuando finalmente lo había encontrado, supo que Saga estaría en la playa que tanto le gustaba. Así que había corrido hacía allá a toda prisa, con la esperanza de despojarse de aquella estúpida y agobiante máscara, y pasar un rato divertido.

Aquello, sin embargo, no entraba en sus planes. No había esperado verlo allí, verlo así… De aquella manera. Cuando la puerta de la cabaña de Lince se cerró a sus espaldas, sintió una inmensa rabia. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, y se mordió los labios obligandose a creer que solamente era molestia.

Naia soltó una maldición y apretó los puños. Echó a correr, tan rápido como dieron sus piernas y dejó atrás la oscura cabaña, negandose a mirar o escuchar a través de la ventana semiabierta.

Cuando sus pies se enterraron en la arena de la playa, se quitó la máscara de un tirón. Miró al mar, al romper plateado de las olas y se secó una lágrima de un manotazo. La rusa no era como Deltha, la rusa no quería a Saga… Solamente quería todo lo que representaba. ¡¿Qué podía saber ella de lo que en verdad pasaba con él? ¿De todas las cosas que lo habían preocupado y hecho sufrir? ¿De las cosas que lo habían hecho reir? ¿De sus recuerdos?

A ella solo le importaba que era un Santo Dorado, nada más. Que era él.

Apretó los dientes y se apartó la melena. Echó a andar por la orilla, sin importarle que sus sandalias se mojaran, y se obligó a calmarse. Aunque era incapaz de dejar de mirar de cuando en cuando al campamento.

Esquivó una roca que emergía entre la arena, y se dio cuenta de que había llegado a los pies de Cabo Sunión. Alzó el rostro, contemplando el acantilado en todo su esplendor y evocando los miles de recuerdos que aquel lugar le traía. Cerró los ojos, y respiró hondo, dejando que la brisa acariciase su rostro y apaciguase su animo.

Cuando los abrió, lentamente, se encontró con que alguien la miraba desde arriba. La melena añil y la mirada burlona de Kanon eran imposibles de confundir. Sonrió, apenas perceptiblemente, y agitó su mano, comenzando la escalada del peñasco acto seguido. El peliazul ladeó el rostro como única respuesta, y se sentó en uno de los salientes, mientras observaba su ascenso.

-¿Qué haces aquí? –preguntó el menor de los gemelos.

-Es una fiesta aburrida donde solamente hay santos borrachos. –mintió cuando llegó a su lado.- Quisiera volver a mirarles a la cara mañana y no sentir vergüenza ajena.

-Bien pensado. –dijo entre risas.- ¿Quieres vino?

-No gracias. No vas a ponerte a cantar mientras saltas alrededor de una hoguera, ¿verdad? –tomó la mano que Kanon la tendía y se alejó del acantilado.

-Solo cantó en la ducha. –Naia rodó los ojos, con una sonrisa plasmada en los labios.- ¿Qué me dices si nos damos un baño?

-¿Piensas volver a tirarme desde aquí arriba?

-Te dejare saltar sola.

Lo miró a los ojos durante unos segundos de silencio, y finalmente, respondió.

-Esta bien. –se apresuró a coger su mano, y antes de que pudiera protestar, echó a correr con él a rastras.- ¡Salta! –gritó cuando llegaron al borde.

Escuchó su risa fugazmente, y ella misma se encontró gritando justo antes de caer al agua estrepitosamente. Estaba fria, pero aquella noche el mar estaba en calma. Se sumergió hasta que sus manos acariciaron la arena blanca del fondo, y se dio impulso para salir. Sin embargo, en aquel instante, la mano de Kanon se cerró sobre su tobillo y tiró de ella. Se rió soltando todo el aire que le quedaba en los pulmones, envolviendose a si misma en una nube de burbujas.

Salió a toda prisa, y cuando el aire nocturno acarició su cara mojada, se estremeció mientras daba una bocanada de aire. Kanon emergió a su lado, con su larga melena empapada tapando su rostro y una sonrisa adornando sus labios. Naia se abalanzó sobre él, esforzandose por enredar su cabellera añil un poco más, pero antes de que pudiera hacer gran cosa, Kanon la sujetó con fuerza de la cintura. Para ella, escuchar aquella risa era una maravilla. Él había cambiado tanto… que pequeños momentos como aquel eran para ella un tesoro. Era como si el tiempo no hubiera pasado.

Rodeó su cuello con sus brazos, estrechandolo en un abrazo, y besó su mejilla fugazmente. Kanon se sobresaltó, pudo sentirlo, ella no era dada a aquellas cosas después de todo. Pero cuando sus ojos esmeralda buscaron los suyos esperando una explicación, Naia atrapó sus labios entre los suyos.

-Continuará…-

NdA:

Bebé Athena: Blubububblu ^^

Saga: Maldición… (aparta su melena baboseada)

Bebe: O_O T_T

Aioros: ¡Saga! ¡La haces llorar!

Saga: … ¬¬ (devuelve su melena baboseada a la bebé)

Bebé Athena: Ñan ñam! ^^

Kanon: Celebramos a la diosa de la virginidad… ¡perdiendo la de Saga! :D

Naia: ¬¬'

Deltha: Empezamos bien la relación… u_u

Saga: Sigue manteniendo ocupado a Aioros y dejadme tranquilo. ¬¬'

Aioros: Eres un sucio. ¬¬'

Damis: Cof, cof. ¡Ya! ¡Ya! ¡Niños!

Sunrise: El siguiente que hable… ¡hace de niñera de Athena!

Santitos: …

Shion: ¬¬'

Damis: Cof, cof. ¡Reviews anónimos en el profile!

Sunrise: ¡Hasta el próximo capítulo!

Deltha: ¡Yey! ¡A quemar los quitones!

Santitos: ¬¬'