Capítulo 27: El valor de una vida

Deltha se quedó boquiabierta.

Tardó un par de segundos en darse cuenta de lo estúpida que seguramente se veía y se apresuró a buscar algo que decir, cualquier reacción le servía a esas alturas. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano. Solo acertó a entrecerrar más los ojos, a mover los labios sin que las palabras surgieran y, por fin, se rindió, dejando caer la cabeza sobre la vieja mesa de madera.

-¡No puedo creerlo! –dijo, tras muchos esfuerzos.- ¡No me lo habías dicho!

-Porque sabía que podrías cara de terror. –la morena, ocupada en preparar el desayuno, le dio la espalda.- No es nada demasiado grave. No es nada que no hayas hecho.

-Pero no estamos hablando de mi, Naia.

-¿Cuál es la diferencia? Yo también tengo derecho a besar a un chico.

-No he dicho lo contrario. –Deltha negó.- Pero, ¿Kanon? ¿En serio?

Y no era que el gemelo menor fuera una pésima elección como primer beso, ni tampoco que no resultara… lindo; pero la amazona de Apus había aprendido a guardarle cierto recelo. Kanon era una sombra que se movía cada vez con mayor sigilo en el Santuario. En un par de ocasiones había encontrado a Aioros verdaderamente furioso contra él, y por lo que sabía, tampoco le hacía las cosas fáciles a Saga. Las malas lenguas decían que perder ante su gemelo lo había vuelto loco. Aioros lo había negado, diciéndole que, si algo, solo lo había vuelto caprichoso y vengativo.

Cierto era que Naia era probablemente la única persona en todo el lugar que podía equipararse con una especie de amiga para él. Pero de ahí a compartir besos, la diferencia era grande… enorme, según Deltha. Además, estaba aquel otro detalle, ese que Naiara se entercaba en negar y que llevaba el nombre de Saga escrito por todos lados.

-Si, Deltha. Kanon. –la amazona de Caelum asentó el plato de galletas con tanta fuerza sobre la mesa que la pelipúrpura no pudo contener un respingo.- Si te estoy contando esto es porque eres mi amiga. ¿Podrías no hacer un drama?

-No hagas un drama. Solo que… me has pillado desprevenida. Es todo. –algo había detrás de todo eso, y Deltha pensaba descubrirlo.- Pero bueno, cuéntame. ¿Qué tal estuvo?

-Creí que no te interesaba. –Naia se sentó enfrente.

-No dije eso tampoco. ¿Vas a contarme? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo? ¿Te gustó?

-Pues… fue divertido. –la morena sonrió y su amiga casi la sintió satisfecha.- Durante las Panateneas, fuimos al Cabo. Hacía siglos que no ponía un pie ahí. –dejó escapar una risa cómplice.- ¿Sabes? Por un momento se sintió como en los viejos tiempo, cuando Kanon no estaba molesto con el mundo y cuando a nadie le importaba lo que hacían un montón de aprendices tontos.

-¿Te gustó? –repitió la pregunta, pero Naia respondió encogiéndose de hombros.

-Estuvo bien. Siempre sentí curiosidad por besarlo. –dijo.

-Entonces, lo hubieras besado antes.

-Recién me atreví. –volvió a subir los hombros y después mordisqueó una galleta.

-Pues… felicidades. No sé que te hizo armarte de valor, pero en enhorabuena por eso. -habiendo hablado, Deltha se llevó la taza de chocolate humeante a los labios. Bebió un sorbo, pero siempre mirando a su amiga a través de la estela de humo blanquecino.- ¿Y Kanon? ¿Qué tiene que decir? –la miró de soslayo, aunque con más obviedad de la que hubiera deseado.

-Es Kanon. –por enésima vez en esa conversación, la amazona de Caelum encogió los hombros.- No habla mucho al respecto, pero estoy segura que también le gustó. Correspondió el beso, bastante bien de hecho. –una mueca de picardía se apoderó del rostro de Naia.

-Oh. –Deltha dejó escapar una risita cómplice.- Ya veo, ya veo. Chica con suerte. –bebió un diminuto sorbo de su bebida. Sonreía, si; pero era difícil estar de acuerdo con todo lo que pasaba.- Entonces, ¿hay algo más? ¿Sólo un beso?

El gesto de extrañeza en el rostro de la morena lo dijo todo. Meneó la cabeza y mordisqueó una galleta, restando importancia al asunto.

-Solo ha sido un beso. No pienso buscarme una relación como la tuya y Aioros. Tampoco exageres.

-Pues vaya… Si es así, no entiendo porque no me habías dicho antes.

-No pensé que lo tomaras bien.

-¡Oye!¡Es el primer beso de mi mejor amiga! –la amazona de Apus abrazó a Naia con todas sus fuerzas.- Estás creciendo. –le acarició la cabellera oscura juguetonamente. La morena, cuando consiguió librarse, se acomodó la melena y bufó.

-Parece que no soy la única. –masculló por lo bajo.

-¿Qué significa eso?

-Nada.

-Algo, sí.-Apus insistió.- ¿De quién estás hablando? Anda, no seas cruel y no te atrevas a dejarme con la curiosidad.

Naia la miró, con esos ojos violetas llenos de dudas. Como respuesta, Deltha alzó las cejas, invitándola a continuar. La morena sabía que no tenía remedio, que había abierto la puerta a la curiosidad de su amiga y ahora no iba a poder librarse tan fácilmente de ella.

En conclusión, se resumía a dejar pasar la oportunidad de dar explicaciones y soportar el incesante lloriqueo de Deltha; o decirle la verdad ahora, y amenazarla de muerte si se atrevía a repetir una palabra de lo que iba a contarle. No mucho después, cuando la insistencia en los ojos marrones de su amiga la hartó, Naia decidió que no tenía más remedio que ceder, respirar profundo y decirle a la pelipúrpura lo que había visto aquella noche en el campamento.

-Vale, voy a contarte, pero… -su ceño se tornó severo.- Si cuentas algo de esto a alguien, juro que te patearé el trasero, Apus. ¿Entendido?

-Entendido, Caelum.

-De acuerdo. –le parecía raro que Deltha no supiera. De ser así, lo más probable era que el mismo Aioros no tuviera la menor idea de lo que había sucedido. Sin embargo, eventualmente lo sabría, y entonces, ojala el arquero sometiera a Saga a un intenso interrogatorio que al menos le hiciera sentir mal por ser un golfo.- Verás... La otra noche, durante las Panateneas, vi algo.

-¿Qué fue?

-Vi a Saga, en el campamento de las amazonas…

-¿Qué hacía aquí?

-Espera, espera. Eso no es lo mejor. –negó con la cabeza, tratando de mantenerse en calma. Aunque la verdad era que cada recuerdo la hacía sentirse miserable y rabiosa.- No estaba solo. –levantó las cejas para insinuar algo más que quedaba al aire.

-Oh…

-Estaba con Lince. Ella… lo llevó dentro de su cabaña. –carraspeó. Bebió un largo sorbo de su propio chocolate mientras dejaba que las ideas tomaran forma en la cabeza de su amiga.

-Por Athena… -la amazona de Apus susurró al comprender de que iba todo aquello.- ¿Tu crees que ellos…?

-No creo. Lo sé. ¿Para qué sino para eso iba a querer meterlo a su cabaña? Es un idiota que se deja seducir por una cara linda y un montón de palabras bonitas. Estúpido. –se quejó.- Y estúpida ella también por tirárselo.

-Visto lo visto, no tiene mucho de estúpida… y él tampoco.

-Bah.

Deltha guardó silencio. Por un largo rato no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones y el crujir de las galletas que se rompían con cada mordisco.

La molestia de Naia era evidente. Lo expresaba en la mueca retorcida de su rostro y también en la manera en que fruncía el ceño con solo pensar en lo que había sucedido esa noche.

Había llegado el punto en el que Deltha no sabía exactamente que pensar al respecto. Tenía ciertas cosas muy claras respecto a Naia. Sin embargo, al enterarse de aquellos acontecimientos, solo le quedaba cuestionarse que tan liadas estarían las cosas. A pesar de todo, le resultaba imposible concentrarse del todo en lo que su amiga acaba de contarle. La amazona de Apus, de pronto, tenía sus propias preocupaciones.

-¿Aioros no te había dicho nada sobre eso? –Naia preguntó de repente.

-No, quizás no sabía. –le respondió.- "O quizás sí, pero espera el momento adecuado para pedirme que…" –con solo pensar en que Aioros podría pedir de ella lo mismo que Saga obtuvo de Tatiana, las mejillas se le colorearon de un rojo intenso.

-¿Estás bien?

-Si, si. –se apresuró a beber un gran trago de su chocolate.

-Estás rara. –Naiara la miró como si de un bicho raro se tratara, pero Deltha no se sentía dispuesta a ahondar en esa parte de sus preocupaciones. Ni siquiera podía pensar en ello sin convertirse en un tomate, así que las probabilidades de que fuera capaz de hilar dos palabras coherentes sintiendo semejante bochorno eran inexistentes.

-No pasa nada. Solo pensaba.

-Pues no lo hagas más. Saga es un idiota. –se cruzó de brazos.

-Ese idiota no tuvo nada que ver con el beso con Kanon, ¿cierto? –no supo en que momento la pregunta se le escapó de los labios.

-Por supuesto que no. –la morena siseó.- ¿Qué demonios estás insinuando, Deltha?

-¿Qué? ¡No! No, nada. Es solo que… me emociona, y mucho; pero… ¿y a ti?

-Es obvio que si. –Naia contestó de mala gana.- ¿Por qué habría de no emocionarme?

-Quizás porque esperabas que el beso viniera de alguien más. –la pelipúrpura se atrevió a decir.

-No vayas por ahí…

-Te gusta Saga, no Kanon. –susurró. El rostro de su amiga, se tornó de piedra.

-No digas eso, que no sabes nada. Debiste callarte. –Naia terminó la conversación con una mirada cargada de rabia.

No dijo una sola palabra más. Se levantó de la mesa, tomó su máscara y, tras colocarla sobre su rostro, salió de la cabaña dando un portazo.

-X-

Nikos se detuvo apenas a un par de pasos del pequeño grupo sin que nadie le prestase atención. Al parecer, todo el mundo estaba enfrascado en una conversación de lo más interesante. Ladeó el rostro con cierta curiosidad al escuchar a Keitaro hablar en medio de todos ellos, y frunció el ceño cuando escuchó las risas burlonas de los otros tres.

-¿Qué es tan divertido? –quiso saber. Sin embargo, su voz provocó un respingo en su viejo amigo, y su interrupción trajo consigo el pesado silencio.

-Nada. –se apresuró a decir el rubio.

-Pues… -Paseó la vista por los rostros de Soren de Cerbero, Gjon de Larceta y Marik del Cuervo en busca de una respuesta. Pero no encontró más que miradas divertidas y sonrisas disimuladas.

-Solo charlábamos sobre las Panateneas. –añadió Keitaro una vez más.

-Pasaron muchas cosas, al parecer. –Dijo Gjon. Pocas veces antes Nikos se había sentido tan perdido en una conversación, como en aquella. Pese a ello, era aquella incomodidad precisamente la que le animaba a interesarse más y más por el asunto. Tenía un mal presentimiento.

-¿Algo digno de mención? –Había crecido con aquellos chicos, y de alguna manera… su compañía empezaba a disgustarle más de lo que nunca hubiera imaginado.

-¿No te contó nada tu hermanita? –Los ojos negros de Marik relampaguearon con picardía ante la mención de Naia. Nikos frunció el ceño.

-¿Qué habría de contarme? –replicó encogiéndose de hombros. Odiaba los comentarios acerca de Naia.

-Keitaro dice haberla visto revolcándose por la arena aquella noche, con cierto habitante de las Doce Casas.

De pronto, todo a su alrededor se detuvo. Apretó los dientes y fulminó a su amigo con la mirada. Pero Keitaro no se inmutó, mantuvo sus ojos fijos en los suyos, con cierto desafío que al Santo de Orión se le antojó insoportable. Lo cierto era que no tenía la menor idea de si Keitaro había dicho la verdad o no… y aunque el asunto en si no le sorprendía del todo, le dolía que su mejor amigo hubiera destapado la caja de Pandora. En el Santuario los chismes volaban más rápido que la misma luz, y en muchas ocasiones resultaban lapidarios.

-¿Ahora la acechas a ver que hace o no hace? –masculló. Recordó las innumerables conversaciones que había mantenido con Axelle acerca de aquella amistad que unía a su hermana con las Doce Casas, sus preocupaciones acerca de lo que podía pasar.

-Solo me aseguraba de que estuviera bien. –intentó defenderse el aludido.

-Oh si, seguramente era eso… -Lo que menos necesitaba Nikos en aquel momento era que los demás participaran en la discusión. Pero sabía que no podría silenciarles. Ignoró el comentario de Soren.

-Es una amazona de Plata, una guerrera de tu mismo rango. Sabe cuidarse sola.

-¡No vayas a comparar una amazona con un santo! –dijo Keitaro con un gesto despectivo de su mano. Luego se cruzó de brazos.- Sea tu hermana o no, se esconden tras esa máscara pretendiendo conseguir una igualdad que obviamente nunca alcanzarán, y terminan recurriendo a esas… artimañas cuando se dan cuenta de ello.

-¿Ahora vamos a discutir acerca de la valía de las amazonas?

-¿Si tanto confías en ella por qué te molesta que haya contado lo que vi?

-Porque lo que haga Naia no es asunto tuyo, menos aún de todos ellos. –señaló a sus amigos.

-¡Me preocupo por ella!

-¡Pues deja de hacerlo! Si tanto te importase, hubieras cerrado esa bocaza tuya y no hubieras pregonado sus asuntos a los cuatro vientos.

-Si tan buena amazona es, ¡no entiendo por qué ha decidido calentarle la cama a Saga! –Nikos apretó los dientes aún más.- Las amazonas necesitan alguien que las proteja, les guste o no.

-Es una niña. –masculló, y técnicamente lo era. Después de todo Naia apenas había cumplido catorce años meses atrás.

-Pues la vi con él y…

-Creí que no sabías con quién de los dos gemelos la habías visto… -intervino Marik, alzando una ceja con curiosidad.

-Estoy seguro que era él. –Se cruzó de brazos y lanzó una mirada desafiante en dirección a Nikos.- Debiste cuidarla mejor. Si tan solo lo hubieras hecho no hubiera andado por ahí, correteando tras ese par de idiotas como una…

-¿Una qué? –Nikos lo empujó sutilmente.

-¿Sabías que no usa su máscara frente a él?

A decir verdad, no lo sabía. Aunque eso tampoco le pillaba por sorpresa. Naia siempre había renegado de la máscara y, a la menor oportunidad que tenía, se despojaba de ella. Al fin y al cabo, los gemelos y ella era amigos desde muy pequeños, le gustase o no. Quizá simplemente…

-Creí que ella era una buena chica. –Keitaro devolvió el empujón.- Pero ¿sabes qué? ¡Se ha vendido! Como muchas otras que solo buscan progresar aquí de la manera fácil.

El puño de Nikos se estrelló contra su cara, impidiendo que siguiera con su cantinela de estupideces. Keitaro se limpió la sangre que corría por su barbilla de un manotazo y se acercó a él peligrosamente, con la furia plasmada en el rostro.

-¡¿Dices que es una niña? –lo empujó de nuevo.- ¡A mi no me lo pareció!

-¡Eres tú el que babea por ella! –Los ojos grises de Keitaro se abrieron desmesuradamente ante el comentario, y las risas del resto no aliviaron su rabia mal contenida. Aquel detalle era uno que no había confesado jamás, y no pensaba que nadie lo supiera.- ¡Tiene catorce años, imbécil!

-¡No es ninguna chiquilla confundida!

-Quizá no, pero tampoco es de tu propiedad. Ella es libre.

-Saga podría decirte lo poco de niña que le queda. Es más, estoy seguro que Kanon también.

Habían levantado la voz sin apenas darse cuenta. El coliseo estaba repleto, y aunque los entrenamientos estaban en su punto álgido aquella mañana, los gritos llamaron la atención de todo el mundo. Poco les importó, pues antes de que las palabras de Keitaro murieran en sus labios, se enzarzaron en una pelea que nadie iba a interrumpir. Así funcionaban las cosas en el Santuario: cada cual era dueño de sus acciones. Y no había ningún superior a la vista aquel día. Lo más probable era que les dejaran hacer lo que les viniera en gana, hasta que se cansasen o se aburriesen. Lo que antes sucediera.

-¡Déjala en paz! –Nikos le asestó un golpe en la mandíbula que lo hizo trastabillar.- ¿Entendiste?

-¿Quién eres tú para decirme que debo o no hacer? –Keitaro respondió a los golpes con tanto veneno como transmitían sus palabras. Sin embargo, Nikos lo esquivó con habilidad dando un salto a un lado.

-¡¿Tenías que lanzar el rumor? –gritó. Se abalanzó sobre él, y tomándolo desprevenido ambos rodaron por el suelo.- ¡Vas a destruirla!

La sangre propia y ajena manchó los nudillos del Santo de Orión. Golpeó una y otra vez el rostro de su amigo, que había quedado apresado bajo su peso; y lo zarandeó en busca de una respuesta. Keitaro no dijo nada.

-Cierto o no… -tironeó de los cuellos de la camisa de Keitaro, sacudiéndolo.- Lo que has dicho la destruirá… te has encargado de ello.

El rubio intentó moverse y esquivar sus furiosos golpes del mejor modo posible; pero atrapado debajo de él como estaba, no tenía mucha opción. Nikos era excelente en el cuerpo a cuerpo. Forcejeó hasta que consiguió liberar unos de sus brazos, y escupió la sangre que se acumulaba en su boca. Golpeó con todas sus fuerzas, sin piedad, el costado de Orión hasta que lo hizo encogerse; después, de un fuerte empujón se lo sacó de encima. Se puso de pie de un salto, y con la respiración desbocada buscó la mirada de su amigo. Tenía la cara magullada, y manchada de sangre y polvo; imaginaba que el no se veía mucho mejor.

-Solo quiero alejarla de él. –masculló, esquivando un nuevo golpe.- De ellos.

-La has convertido, a los ojos de todos, en poco menos que una puta con todo esto, ¡¿entiendes? –Nikos estaba tan furioso y dolido, que poco le importó que su voz sonara tan dramática y sus ojos se empañaran.- ¡Es mi hermana! ¡Mi hermana pequeña! ¡Lo único que tengo!

-¡Ella debió…! –Se vio tan amenazado, que casi sin darse cuenta elevó su cosmos sutilmente, hasta que su energía envolvió su mano.

no debiste! –Nikos elevó su energía vital de igual modo, cuando vio la de su amigo. Supo que la pelea estaba lejos de terminar, y sabía de sobra que aquello era una mala idea. No estaban protegidos como para mantener una pelea con su cosmos. Antes de que pudiera articular una protesta, Ketario se le echó encima.- ¡Por el puño de…! –quiso gritar, pero no pudo.

De pronto, dejó de escuchar cualquier sonido. Su vista se nublo y el aire escapó dolorosamente de sus pulmones. Se quedó quieto, incapaz de mover uno solo de sus músculos. Sus piernas le fallaron y cuando se desvaneció… lo último que atinó a ver fue la cara de espanto de Keitaro.

Se encontró con la mirada perdida en un cielo celeste que se iba borrando segundo a segundo. Vio al rubio gritar, aunque no podía escucharlo; y agacharse junto a él, zarandeando su rostro con expresión espantada. Pero no podía responder… Su maestro siempre decía que bajaba la guardia. Tenía razón. Keitaro había encontrado el punto desprotegido y había detenido su corazón.

Casi pudo escuchar su doloroso y último latido, mientras una solitaria lágrima rodó por su mejilla ensangrentada.

-Naia…

Su cosmos se extinguió y, finalmente, su mirada violeta murió.

-X-

Se quedó quieta, como si se hubiera congelado en su lugar. Ignoró los gritos de las demás amazonas y korees que entrenaban en las cercanías, y entreabrió los labios, llevando la mirada en dirección al coliseo.

Lo había escuchado. Nikos había pronunciado su nombre. Sin embargo, lo había hecho de un modo tan suave y lastimero que había resultado apenas perceptible. Luego, la angustia no hizo más que crecer, hasta que notó como empezaba a faltarla el aire. Dio un par de pasos en aquella dirección. Sin atreverse a sacar conclusiones.

Y aunque en el fondo lo sabía, no pensaba aceptarlo así como así. Su respiración se aceleró, y podía notar su pulso latiendo en la sien. Llamó a su armadura prácticamente por instinto, y sin decir nada a nadie, echó a correr. Primero con cierto miedo lacerando hasta la última fibra de su ser, y después a toda la velocidad que su cosmos la permitía.

-¡Caelum! –escuchó el grito, de la que debía ser Tatiana, a sus espaldas; mas no la importó.

Nikos. Su Nikos, su hermano… la necesitaba.

-X-

Sus manos temblorosas seguían zarandeando suavemente el rostro inerte del que había sido su mejor amigo. El primer amigo que había tenido en el Santuario, prácticamente un hermano. Sus labios se entreabrieron un par de veces, para luego cerrarse sin emitir sonido alguno. ¡¿Qué había hecho? Soren, Gjon y Marik se acercaron titubeantes y, aunque no les veía, sabía de sobra que nada más que una expresión grave adornaba su rostro.

-¿Está muerto? –preguntó Gjon.

Marik lo miró de soslayo, con cierto reproche, pues era obvia cuál era la respuesta a aquella pregunta. Sin embargo, ninguno se atrevió a responder. Las manos temblorosas de Keitaro se acercaron lentamente hasta el cuello de Nikos; buscando, ingenuamente, por un rastro de vida. Pero su corazón había dejado de latir por culpa suya, lo sabía. Se llevó las manos al rostro y se sobó los ojos, bañados en lágrimas. ¿Qué había hecho? ¿Qué…?

Podía sentir la pesada mirada acusadora de todo el coliseo sobre él. No había modo alguno de que saliera indemne de todo aquel desastre. Sabía bien que el castigo por matar a un compañero no era otro que la muerte, y el tenía a un ejército de testigos que habían presenciado lo sucedido. Había sido un accidente, claro que lo había sido, quizá el viejo Maestro comprendería y…

Entonces, unos inconfundibles pasos metálicos se escucharon en medio de aquella extraña quietud. Un escalofrío recorrió su espalda, y los murmullos comenzaron a dejarse oír. De pronto, todos los que lo rodeaban, se hicieron misteriosamente a un lado… pero no se atrevió a alzar la mirada. Sabía lo que sus ojos contemplarían.

Naia, sin embargo, no lo miraba a él. Su mirada violeta se había tornado de hielo tras aquella máscara de metal, y por primera vez… las lágrimas negras que la adornaban, se sintieron como propias. Contempló el cuerpo magullado de su hermano, y se arrodilló junto a él. Tomó una de sus manos inertes, que aún guardaba cierto calor, entre las suyas, y se las llevó al rostro. Depositó en sus nudillos ensangrentados un beso, a través del metal, y volteó a ver su rostro.

Sus ojos entreabiertos miraban al cielo, la sangre aún goteaba de las heridas abiertas, y las lágrimas habían dejado un pequeño surco allá por donde habían pasado. Acarició el rostro que tanto se parecía al suyo con mimo, con cuidado… como si temiera hacerle daño. Repasó cada una de sus heridas, en busca de alguna que explicara el daño mortal, pero no la encontró. Cerró sus ojos con una caricia de sus dedos, mientras el aire parecía incapaz de alcanzar sus pulmones, quedando atrapado en el nudo de su garganta. Ahogó un sollozo que su máscara disimuló, y posó su frente en la de Nikos, enredando sus finos dedos en su suave pelo negro. Embriagándose con su olor una última vez. Lo abrazó, lo abrazó tan fuerte que, de alguna manera, esperaba poder devolverle la vida prestándole parte de la suya.

Pero aquello nunca sucedió.

Se separó de él lentamente, acomodando su cuerpo inerte con delicadeza en la arena; bajo la atenta mirada de todo un coliseo. Se puso en pie con deliberada lentitud y respiró hondo.

-¿Has sido tú? –masculló con una frialdad inusitada. Keitaro soltó el aire con cierta desesperación.

-Fue un accidente… -murmuró mientras asentía suavemente. Sin embargo, sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando el cosmos plateado de Naia comenzó a danzar sobre ella.

-Ponte en pie. –No la importaba ni una sola de las personas que estaba allí, observándola. Podía escuchar las palabras lejanas de Axelle, aconsejándola que nunca se dejase llevar por la ira o el odio. Podía imaginar la mirada compungida de Deltha o el gesto grave de Saga. Pero la daba igual. Nada de aquello la importaba en aquel momento; ni siquiera lo que vendría después.

-Naia, escucha. –Keitaro se puso de pie de un salto, y se apresuró a defenderse como pudo.- ¡Fue un accidente! Peleamos, y… golpeé su corazón sin querer. Yo no quería que…

El cosmos plateado de la amazona se elevó aún más. No había dejado de contemplar aquellos ojos grises un solo segundo, y la multitud de emociones que manaba de ellos, le daba francamente igual. Del mismo modo en que no le importaba que su cuerpo estuviera desprotegido por la ausencia de su armadura de Cruz del Sur. Naia apretó los puños, mientras su cosmos plateado cobró velocidad, convirtiéndose en una bruma huracanada que agitaba su larga melena negra al son que marcaba el polvo de estrellas que desprendía.

Keitaro la vio tan reluciente como una estrella, pero su habitualmente cosmos agradable se había tornado fiero y oscuro. Recordó el modo en que había subestimado su valía apenas unos minutos antes, y se maldijo así mismo. No había modo alguno en que pudiera compensar el daño que la había hecho.

-Naia… -murmuró su nombre una vez más.

-Tshhh… -la amazona siseó, y alzó su brazo derecho. Keitaro dio un paso atrás e, instintivamente, se puso en guardia. Mucho se temía que nada podría hacer por defenderse en aquellas circunstancias, si nadie intervenía. Estaba cansado, estaba herido… y sobre todo, estaba desprotegido.- Red de Cristal.

Apenas escuchó la voz de la amazona como un frío tintineo. Entrecerró los ojos, dispuesto a descubrir de donde provenía el ataque, y dio un salto atrás. Elevó su cosmos blanquecino tanto como pudo, confiando en que su energía lo mantuviera protegido el tiempo suficiente como esquivar el golpe. Sin embargo, la inestable niebla que había formado el cosmos de Naia, arrastraba consigo polvo, guijarros y pequeñas ramas que dificultaban su visión. Entrecerró los ojos.

Cuando quiso darse cuenta, la hermosa y fina red, comenzó a trepar por sus piernas a una velocidad de vértigo. Pronto, la red de cristal cubrió su tronco y después sus brazos, hasta que se enroscó con peligrosa fuerza alrededor de su cuello. Soltó una maldición, y elevó su cosmos un poco más, solo para darse cuenta de que era inútil. La Red de Cristal drenaba su energía a una velocidad pasmosa, y aumentaba su propia potencia aprovechándose de ello. Lo sabía, y ahora lo comprobaba en sus propias carnes.

Quiso llevarse las manos al cuello, en un intento desesperado por romper los hilos que dificultaban su respiración, pero fue inútil. No podía moverse: estaba atrapado. Sus ojos se pasearon por todo su campo de visión, buscando una ayuda que nadie parecía dispuesto a proveer, para finalmente clavarse en la máscara de lágrimas negras.

Nunca antes le habían parecido aquellas lágrimas tan reales. Había matado a su mejor amigo por un rumor que se había inventado: solamente la había visto besar a uno de los gemelos, y había herido terriblemente a la chica a la que, a su manera, quería.

-¡Caelum! –Naia apretó los dientes cuando la voz de Tatiana resonó nuevamente a su izquierda, y sintió su cosmos elevarse.

-¡Naia! ¡No! –Apenas miró de soslayo en aquella dirección, para descubrir a Deltha junto a ella: el vaivén de su pecho delataba su nerviosismo. Pero Naiara no tenía tiempo para aquello.- ¡Detente!

Apenas un segundo había durado aquella distracción, y el cosmos de Keitaro había ardido lo suficiente como para resquebrajar alguno de los hilos de su red. Había logrado liberar sus brazos, y sabía que si no terminaba con aquello pronto, todo habría sido inútil.

Retiró la Red de Cristal de improviso, dejando al chico de Cruz del Sur aturdido y tambaleante, aunque en guardia. Vio como juntaba las manos al frente y una esfera de energía blanca chisporroteaba entre ellas. Debía ser rápida y no se lo pensó dos veces.

Tormenta de Estrellas! –gritó esta vez. Su voz rota resonó con tanta potencia en el coliseo, como su cosmos explotó arrollando a Keitaro en el proceso. Lo vio retroceder, arrastrado por la fuerza de su ataque, hasta que una columna detuvo su avance. Sus ojos la miraban sin ver, y su cosmos aún se revolvía débilmente entre sus manos. No había tenido tiempo de lanzar su ataque.

Naia bajó sus manos y se esforzó por amansar su respiración. Estaba hecho. Keitaro estaba muerto, no necesitaba comprobarlo. Nikos había sido vengado.

-X-

Cuando Shura vio partir a Saga y Aioros rumbo a su misión, se había sentido ciertamente halagado. Shion había confiado lo suficiente en él, a pesar de su inexperiencia, como para dejarlo como único santo dorado en el Santuario. Aunque solamente fuera un par de días. Las cosas iban bien allí, y no parecía que fuera a haber mayor problema durante la ausencia de los mayores.

Sin embargo, ninguno podía haber estado más equivocado.

-Naiara. –dijo, con la voz tan firme y pausada, que a pesar de su juventud y de lo mucho que le quedaba por probar de si mismo… nadie en el coliseo se movió un solo milímetro. Nadie, salvo Kanon. Apareció de la nada, aunque Shura sabía bien que siempre estaba ahí… en algún lado; y llegó hasta él en completo silencio.

-Yo me encargo. –El joven santo de Capricornio buscó sus ojos, en busca de una explicación a sus intenciones, y Kanon le sostuvo la mirada con seriedad. Shura quería confiar en él, pero…

-Esta bien. –El moreno terminó por asentir. Los guardias que lo acompañaban se quedaron donde estaban. Dándole un último vistazo a Kanon, se acercó hasta donde Keitaro había sido arrastrado, solo para comprobar lo que ya sabía. No le gustaba en absoluto aquella situación, porque sabía de sobra lo que implicaba… igual que todos los demás. Pero sobre todo, porque aquella chica era importante para sus amigos. ¿Cómo se lo iba a explicar cuando volvieran? Debió haber llegado antes e impedirlo.

Kanon, mientras tanto, permaneció junto a Naiara todo el tiempo. En silencio, pero apenas a un paso de ella. Su presencia, contrario a lo que había sucedido otras veces, había acallado los pocos susurros, y por primera vez en su vida… estaba dispuesto a acatar las ordenes de un santo dorado. Vio a Naia de soslayo. Estaba inmóvil, como si nada hubiera pasado. Únicamente la vena hinchada de su cuello delataba la tensión contenida.

Echó un vistazo fugaz en dirección a Deltha, y se esforzó por encontrar una solución a aquel enorme problema. Quizá había terminado odiando a todos y siendo odiado, separándose del camino que les hubiera gustado siguiera… pero Naia era la única a la que consideraba una amiga por encima de todas las cosas. No pensaba dejar que los guardias pusieran una sola de sus sucias manos sobre ella: aunque fuera para llevarla a una celda. Necesitaba encontrar una manera de sacarla de aquel abismo, y para eso necesitaba tiempo.

Shura volvió sobre sus pasos y llegó rápidamente hasta ellos.

-Vamos. –Kanon sujetó el brazo de Naia suavemente. Ella ni siquiera lo miró.

El santo de Capricornio caminaba frente a ellos, con la capa blanca a sus espaldas. Cuando se hubieron alejado lo suficiente del coliseo, como para que la sombra del Templo Papal se extendiera ante ellos, Kanon se sopló el flequillo.

-¿En qué estabas pensando? –masculló en voz baja. Los guardias los seguían a pocos pasos.

-En mi hermano. –La respuesta llegó fría y seca, como nunca antes había sonado aquella voz. La miró de soslayo una vez más y suspiró. Sonaba tan enervantemente tranquila, que Kanon supo inmediatamente que la daba igual lo que sucediera a partir de entonces. Nunca la había importado.

-X-

Tan pronto como entraron en el Salón del Trono, la puerta se cerró a sus espaldas. Arles y Shion acababan de llegar, y a pasos lentos, el gran maestro se dirigió al trono. Con un gesto de su mano evitó que Shura hincara la rodilla sobre la alfombra roja, y con cierto trabajo, se acomodó en el sillón. Los chicos no podían verlo, pero su rostro lucía tan compungido como el de ellos, sino más; aunque su máscara dorada lo protegía.

-¿Qué ha ocurrido?

-Hubo una pelea en el Coliseo, Maestro. –en medio de la grandeza de aquel Salón, la voz de Shura sonó terriblemente aniñada. Kanon ocultó una media sonrisa. La armadura de oro no podía cambiar aquello también.- Nikos de Orion y Keitaro de Cruz del Sur, han muerto.

Shion escuchó en silencio, viendo de uno a otro de los tres jóvenes que permanecían en pie frente a él. Le había sorprendido tanto la noticia, como ver a Kanon allí, luciendo extrañamente serio. Sin embargo, aquel detalle era lo de menos. Dos de sus santos habían resultado muertos, y una de sus amazonas tenía las manos manchadas en sangre. Precisamente esa amazona. Tomó una bocanada de aire, y con un gesto de su mano, animó a Naia a hablar.

-¿Qué ocurrió, Naiara? –preguntó suavemente.

-Keitaro asesinó a mi hermano. –su voz no titubeó.

-¿Decidiste que la venganza era el mejor camino?

-Si. –Shion la contempló fijamente durante unos segundos. Naiara había crecido mucho, y la armadura de Caelum se ajustaba a ella a la perfección. Su brillo plateado era tan inmaculado, como solo alguien versado en las artes de las armaduras, podía hacer que luciera. Sin embargo, su máscara era tan triste como el destino que la deparaba. Negó lentamente con el rostro. No solamente sus chicos habían crecido al vestir su armadura. Naiara había dejado de ser una niña dicharachera, para convertirse en toda una mujer de carácter. Era una lástima que la sucesora de Axelle tuviera un destino tan trágico.

-¿Por qué?

-Porque así, al menos podré dormir el par de noches que me queden en el mundo de los vivos, Maestro. Nunca me hubiera perdonado no hacer nada por él.

-Te has condenado. –Y, Shion sabía, lo consciente que era de ello.- Tu hermano no lo hubiera querido.

-Lo se. –Su voz resonó de un modo especial, y los presentes supieron que estaba sonriendo.- Pero no podía dejarlo solo, Maestro. Alguien tendrá que cuidarlo en el más allá.

No había llorado. Ni una sola lágrima había caído hasta aquel momento, pero ya no podía más. No era solamente por Nikos, era por todo. Por su injusta ausencia, por la corta vida que la quedaba… y por haber defraudado a todos los que quería. Pero no se arrepentía. Ni siquiera escuchó cuando el Maestro dio la orden de desprenderse de su armadura y llevarla a los calabozos. Solamente se dejó llevar, caminando lentamente, flanqueada por Shura y Kanon.

Podía sentir la mirada del peliazul sobre ella y la desazón del menor. Se forzó a ignorarlos a ambos, hasta que vio los barrotes de la húmeda y enmohecida celda se cerraban tras ella. Shura se despidió, con la mirada fija en el suelo, y Kanon permaneció allí, contemplándola, un momento más.

-Dilo.

-No tengo nada que decir. –El peliazul se apoyó en los barrotes y clavó la mirada en ella. Desprovista de Caelum, volvía a lucir como una chiquilla. Finalmente cambió de idea y habló.- Nadie vale el precio de tu vida, Naia.

-¿Ni siquiera un hermano? –la morena se acurrucó sobre el colchón de paja, en un rincón.

-Ni siquiera.

-X-

-Oh, venga. Dilo de una vez. –la suave voz de Saga resonó en el vacío del Salón del Trono.- Sigues cabreado porque maté al tipo.

Aioros estaba a su lado, de pie, envestido en Sagitario. Su rostro lucía contrariado y, quizás, más serio de lo que debería. Llevaba un rato sin dirigirle la mirada y durante todo el trayecto de regreso al Santuario, apenas había hablado.

La misión asignada por Shion les había llevado a Estambul, para rastrear y detener a un hombre que, de acuerdo con los informantes del viejo Maestro, se encontraba en franca búsqueda de la vasija que contenía el alma de Poseidón. Con la llegada de la princesa Athena y la inminente cercanía de la Guerra Santa, el lemuriano no podía arriesgarse a un nuevo conflicto entre dioses. No podía darse el lujo de conceder la mínima ventaja ni tampoco de dar un paso en falso. Tan pronto se hubo enterado, había decidido mandar a sus santos dorados tras él.

No les había costado demasiado trabajo dar con él y con sus secuaces. Tampoco necesitaron de mucho esfuerzo para cumplir con la misión. Los problemas había llegado después, cuando los criterios de ambos tomaron caminos contrarios.

-Había pedido misericordia. –Aioros le respondió con un inusual tono parco y más grave que de costumbre.- Se había rendido y me había pedido que le perdonara la vida. Claro, antes de que tú lo asesinaras.

-Leíste el sobre. Decía claramente que la misión era matar, no decía nada sobre perdonarlos y traerlos a vivir a la comodidad del Santuario.

-Si, lo leí tan bien como tú. Y, por si no lo notaste, se refería a un nombre en específico: Bemmus; no a todo su grupo. ¡La mitad de ellos ni siquiera sabían lo que de verdad planeaba!

-Te equivocas, eran iguales a él. Terminarían por continuar lo que él había comenzado y serían un peligro para Athena. Eventualmente nos tocaría buscarles y rematarlos en el futuro. Así que te ahorré el segundo viaje.

-No me parece.

-No te parece porque eres un blando.

El gemelo deseó no haber hablado con tanta premura. Sintió que la tensión, ya de por si existente entre ambos, se maximizó. Vio la mirada de Aioros clavarse en el trono y sus labios se apretaron en un movimiento nada sutil. Supo que, a diferencia suya, el arquero se estaba tragando las palabras.

-Cada vida es importante. –replicó Aioros tras un instante de silencio. Arrastró las palabras con tanta lentitud, que el gemelo tuvo que esforzarse por no sonar demasiado apresurado.

-Pues piensa en todas las que salvamos. Son las decisiones que uno tiene que tomar, gusten o no.

-Ya.

-¿En serio? ¿Desde cuando te asusta matar a alguien?

-No me asusta. ¡Joder! ¡Sabes que no es eso! Pero no quiere decir que no tenga problema para asesinar a una persona sin escucharla antes, sobre todo cuando me ruega por piedad.

-No puedes ir por ahí perdonando a todo el mundo. La mitad de la gente que te ruega es porque está asustada, no porque esté arrepentida. –el gemelo se encogió de hombros.- No puedes confiar en que no volverán a cometer el mismo pecado.

-Ya. Como digas.

Y aunque a Saga la respuesta no le pareció, estaba de más discutir por algo que estaba hecho ya. Frustrado como se sentía, Aioros permaneció en silencio. En cualquier momento, Shion atravesaría la puerta que estaba detrás del trono, ellos le entregarían el reporte de su misión y todo habría terminado.

-¿Seguirás enfadado por esto mucho tiempo más? –Saga, de nuevo, habló.

-No creo. Se me pasará pronto. –el otro respondió.- Ojala el Maestro no tarde demasiado.

De una vez por todas, quería terminar con eso. Estaba cansado; anhelaba su templo, echaba de menos a Aioria, a Deltha e, incluso, a sus obligaciones. Jugueteó con la carpeta forrada de piel que contenía el reporte, delatando su ansiedad.

¡¿Qué demonios estaba atrasando tanto a Shion? De inmediato, se reprendió a si mismo por el arranque de impaciencia. Shion era un hombre mayor, cada vez más gastado por la vida y que comenzaba a demostrar señales de que el final estaba cerca. Era lógico que fuera lento, de la misma forma en que tenía todo el derecho de hacerlos esperar cuanto fuera necesario. Algo dentro de Aioros se retorció con la sola idea.

Miró el trono vacío.

El maldito tema de la sucesión le seguía molestando, aunque al menos Shura había cumplido su promesa de no hablar más al respecto.

Sin embargo, a pesar de lo poco que le gustaba hablar de ello, había terminado por comentárselo a Saga durante el viaje juntos. La primera reacción del gemelo no había sido muy distinta a la suya. Había agachado la cabeza, con la expresión grave y melancólica, y después había escuchado en silencio el resto de la historia, en la que Shura afirmaba que uno de ellos dos sería el heredero.

"Cualquiera de los dos que sea elegido, estará a la altura del reto" había respondido Saga, pero Aioros solo había suplicado en sus adentros que tal honor no recayera en si mismo.

El resto de la travesía era historia pasada. Habían cumplido cabalmente con lo que se les había encomendado, a pesar de sus diferencias. Sin embargo, había algo en el santo de Géminis que, de pronto, se sentía diferente para Aioros. Desde aquel día en que habían conversado sobre la sucesión Patriarcal, Saga se había comportado ligeramente distinto a lo acostumbrado.

Era un líder nato, aquello era innegable, pero a partir de ese instante, su capacidad de mando se hizo aún más visible. Al santo de Sagitario no le molestaba en lo absoluto, pero era de notar que era Saga quien había tomado el cargo de la misión. Aioros podía sentir como se había hecho cargo de cada detalle y también, asumido cada responsabilidad. Se había esforzado todavía más, si es que aquello era posible, en que toda saliera a la perfección. Saga era meticuloso, certero y perseverante, siempre lo había sido; pero las exigencias consigo mismo se había multiplicado en un abrir y cerrar de ojos. Cada logro era motivo de orgullo, de la misma forma en que cada error le impulsaba a seguir adelante, a mejorar.

El gemelo se había envuelto en un aura de poder y de respeto. Se había crecido y Aioros conocía el por qué. Tal como lo había pensado, Saga era el indicado para el puesto. Era aquel que estaría dispuesto a entregarse a la Orden en cuerpo y alma; y que además, sería capaz de hacer un trabajo magistral. Si tuviera que escoger un líder, el arquero no dudaría ni un segundo en cual sería su elección.

Al final, todo había salido de maravilla, hasta que llegó el momento en que algo en esa misión se rompió.

Aioros todavía recordaba la mirada suplicante de aquel hombre, condenado a muerte. Había sido herido en la reyerta, así que se había arrastrado hasta donde estaba él y se había aferrado al botín de su armadura con todas las fuerzas que le quedaban. Cuando Aioros bajó la mirada al sentir su mano alrededor de su tobillo, el hombre también le miró.

"Piedad, mi señor, piedad" suplicó, pero apenas había terminado de hablar, cuando Saga puso fin también a su miseria.

-Fue necesario, Aioros, de verdad.

-No tienes que darme más explicaciones. Hiciste lo que creíste correcto y punto. –respondió. Cierto era que él no hubiese tenido la sangre fría para matar al pobre desgraciado.- Si Shion pregunta, de mi parte diré que no pasó nada fuera de lo normal.

-De acuerdo. Diré lo mismo.

Asintieron al mismo tiempo y después volvieron a dejar que el silencio creciera entre ambos.

No estaba seguro de porqué, pero la molestia de Aioros le hacía sentirse ansioso. Podía soportar los silencios y las indiferencias de cualquiera. Sin embargo, cuando provenía del arquero, eran tan poco usuales que no podía sino incomodarse al respecto. Se revolvió en su lugar, inseguro de lo que debía o hacer. En un par de ocasiones tuvo que ahogarse un estornudo. Las malditas alas de Sagitario y su interminable dosis de polvo dorado siempre le causaban alergia.

-¿Te irás a casa después? –cuestionó, harto de tanto silencio.

-No, aunque ganas no me falta. –respondió.- Pero tengo que ir a ver a Aioria, debo pasar por el reporte de mis guardias, hablar con ellos, dar órdenes para el resto de la noche; y después, con un poco de suerte, quizás pueda ir a tomar un baño antes de tener que regresar. –con la llegada de la bebé, las horas de guardia se había vuelto más largas y mucho más minuciosas.

-Comprendo. Yo también tengo cosas que hacer. –y es que su lista de obligaciones era quizás igual de larga y tediosa que la del santo del noveno templo.

-¿Qué lo está retrasando? –Saga subió los hombros como respuesta.

-Estoy seguro que no tardará mucho más. –aseveró, ansioso porque sus palabras terminaran siendo ciertas.

-X-

Shion había estado escuchando el ir y venir de palabras en completo silencio. Junto con Arles, habían permanecido ocultos en el pasillo que llevaba de su despacho hacía el trono, desde donde escucharon cada uno de los argumentos de los santos más jóvenes.

Habían llegado en el momento preciso, así que estaban al tanto de la mayoría de los inconvenientes de la misión. El lemuriano había sido paciente, silencio y analítico respecto a la conversación, aunque en ningún momento sus gestos había traicionado la conclusión a la que había llegado. Incluso Arles, quien se jactaba de conocerle tan bien, era incapaz de decirse cual era la opinión del viejo Maestro acerca del asunto a tratar. Tampoco estaba seguro de que Saga o Aioros llegaran a conocerla alguna vez. Algo le decía que Shion se guardaría sus ideas para si mismo.

Por fin, cuando el intercambio de opiniones, o reproches, hubo terminado, el Patriarca suspiró, se puso la máscara y se dispuso a enfrentar a sus santos. Tenía muchas malas noticias que entregar y no estaba seguro de cómo hacerlo. En ese preciso instante, sentía como los años le había caído encima.

Entró lentamente, como ya era usual. Cuando su presencia se reveló en el Salón, las rodillas de ambos chicos tocaron el piso, con respeto. Bastó un ademán para indicarles que se pusieran de pie mientras, con ayuda de Arles, Shion tomaba asiento en el trono.

Cada movimiento del lemuriano dejaba en claro que el tiempo no cesaba su castigo sobre él. Su poder todavía era innegable. Emanaba de él como una oleada de energía antigua y sabia, barnizada por los años. Sin duda tenía el derecho de ser considerado el mayor de los ochenta y ocho santos, pero su cuerpo comenzaba a traicionarle ya. Sus piernas ya no tenía la fuerza suficiente y sus brazos estaba cansados. El rostro se le había cubierto de arrugas, mientras su voz desaparecía cada vez más bajo el blindaje de la máscara que llevaba.

-Bienvenidos. Athena y yo nos alegramos de vuestro pronto regreso. –habló.

-Agradecemos vuestra preocupación y también la de nuestra princesa. –Saga respondió, mientras Aioros se limitó a confirmar sus palabras con un suave asentir.

-¿Qué noticias traéis? ¿Es ese el reporte de vuestra misión? –Shion apuntó a la carpeta de piel que el santo de Sagitario sostenía. El castaño se acercó y se la entregó en las manos.

-Todo en orden.

-¿Algún inconveniente? ¿Habéis tenido algún problema fuera de lo usual? –les preguntó. Sus ojos recorrieron rápidamente las palabras garabateadas en el papel y, después, se concentraron en los rostros de los chicos.

-Ninguno. –dijo Saga.

-¿Aioros? –el hecho de que la pregunta fuera directamente sobre él, pareció sorprenderle. Sin embargo, el arquero recobró rápidamente la compostura y negó.

-No, nada.

Arles, bajo su máscara, entrecerró ligeramente los ojos. En realidad, esperaba que Aioros se atreviera a comunicar su desacuerdo, pero al parecer, estaba dispuesto a sostener su palabra y no hacer más grande el asunto. No supo si era una decisión correcta o si pecaba de conciliadora. Como fuera, Shion estaba al tanto, aunque ellos lo ignoraran.

-¿Cómo se encuentra la princesa? –deseoso de cambiar el giro de la conversación, así como de librarse del escrutinio del que se sentía víctima, Aioros preguntó.

-Dormida, pero en perfecto estado. Es una niña preciosa.

-Lo es.

-¿Algo más? –Saga terció. No sabía exactamente porqué pero se sentía algo ansioso.

-De hecho, si. –de pronto, la voz de Shion se había tornado pesarosa.- Durante vuestra ausencia, ha sucedido algo. –"Malas noticias" adivinaron por la forma en que las palabras del Maestro eran pronunciadas.- La Orden ha pasado por momentos difíciles y vergonzosos. Nikos de Orión ha sido asesinado por Keitaro de Cruz del Norte… -la sorpresa que sintieron no pudo ser contenida y se les dibujó en el rostro.

-¿C-cómo?- Aioros balbuceó.

Saga tampoco daba crédito a lo que escuchaba. "Naia" fue todo lo que le cruzó por la mente en ese momento. Sabía la adoración de la amazona hacia su hermano y no se hacía a la idea de lo mucho que estaría sufriendo su pena. "Por favor, que no haya hecho nada estúpido."

-Hay algo más… -el lemuriano no respondió a la pregunta del arquero.- Naiara… -al escucharlo pronunciar el nombre de la chica, el corazón de Saga le dio un brinco en el pecho.- Naiara ha tomado la justicia con sus propias manos. –el gemelo se sintió palidecer.

-No puede ser… –el arquero se lamentó, aún incrédulo. Se llevó la mano a la cabeza y revolvió con nerviosismo sus rizos castaños. Entonces, miró a su amigo. Saga estaba completamente mudo y quieto.

-Conocéis cual es el precio a pagar para quien toma una vida. –el lemuriano prosiguió. En ningún momento le había pasado desapercibidas las reacciones de los santos, pero tampoco podía dar vuelta atrás. Ninguno de ellos pudo articular palabra ante lo que seguía.- Lo siento mucho. Pero la amazona de Caelum espera ahora por su ejecución.

-Continuará…-

NdA:

Naia: u_u

Santitos: … …

Deltha: … … …

Damis: Dicho esto, Sunrise y yo os pedimos que, todos aquellos que nos leéis pero no nos tenéis en alerts, nos añadáis cuanto antes.

Sunrise: El fic ha crecido mucho, y la idea original ha ido cambiando.

Damis: ¡Para bien!

Sunrise: Así que, cuando termine esta primera parte de la historia, de la que quedan poquitos capítulos como podréis imaginar… Iniciaremos la segunda, la correspondiente con la vida adulta, en un fic a parte.

Damis: Seguirá siendo "Donde Todo Empieza". Creemos que es más cómodo y lógico distribuir nuestra historia en dos partes diferenciadas, pero al final… la historia es solamente una.

Sunrise: ¡La vida adulta nos espera! ¡Ya queda poco!

Damis: ¡Aja! Aunque algunos ya han llegado…

Santitos: …

Damis: Y solo para que conste… ¡Aioros y la hetaira que le visitó en Sagitario hace unos cuantos capítulos, no jugaron a las cartas! El arquerito tiene poco de inocente en ese aspecto ;) Y los demás… los demás son adolescentes.

Sunrise: Pues… reviews anónimos en el profile, ¡como siempre! ¡Ah! ¡Y pronto tendréis la entrevista a Shura en DeviantArt!

Damis: ¡Hasta la próxima!