Capítulo 28: Al borde del abismo

Aquella no era una noche como otra cualquiera.

En todo el tiempo que Saga llevaba cuidando Cabo Sunion, nunca le había parecido una labor tan tediosa y aburrida; aunque tampoco le había emocionado. Sus días se dividían entre entrenamientos, breves misiones y el cuidado del Cabo y los calabozos. Cualquiera en su sano juicio hubiera protestado por semejante reparto de quehaceres… pero a decir verdad, nunca le había dado importancia. Nunca, hasta aquel momento.

Volteó fugazmente en dirección al corazón del Santuario. La colina de las Doce Casas destacaba imponente en la distancia, a pesar de la insondable oscuridad nocturna. Las teas nunca dejaban de arder en las entradas de los templos, dándoles un aspecto ciertamente místico. Las recorrió una a una con los ojos, hasta que se topó con Sagitario.

Se preguntó que estaría haciendo Aioros: ¿habría conseguido dormir en una noche como aquella? ¿Estaría en su templo o habría buscado cobijo en el Templo Papal, vigilando el sueño inocente de la princesa?

Un trueno resonó mar adentro, captando su atención; no tardaría en desatarse la tormenta. Se frotó las manos, en un intento por recuperar algo del calor perdido, y suspiró. Nada de aquello importaba. Todo estaba mal. Se sobó las sienes con insistencia, intentando ahuyentar el dolor de cabeza, aunque sabía que era un intento vano.

A decir verdad, aquella noche no le correspondía vigilar Cabo Sunion. Shion había sido claro y contundente cuando les dio las últimas noticias: debían dormir. No se había sentido cansado al volver de la misión, pero después de escuchar todo lo sucedido, parecía que llevaba años sin pegar ojo. Después de sus inútiles intentos por conseguir unas pocas horas de sueño, se levantó de la cama molesto, y salió del templo en plena noche, sin vestir a Géminis si quiera.

Sus pasos le habían llevado hasta allí. Se sumió en sus pensamientos, mucho más turbios y oscuros de lo habitual, y se sentó sobre una de las columnas derruidas. No pudo evitar caer en la cuenta de lo caprichoso que resultaba el destino. Allí había conocido a Naia y Deltha cuando tenía siete años. La morena le había regalado una diminuta cicatriz sobre la ceja… y desde entonces, habían sido amigos, sin importar lo mucho que habían renegado los unos de los otros.

Cabo Sunion se había erigido no solamente como el goloso rincón prohibido del Santuario. Decían que estaba maldito, pero había sido el único lugar donde Aioros, Kanon y él habían podido compartir tiempo con las dos niñas sin pensar en ser descubiertos: el único sitio donde habían podido comportarse como niños de verdad sin pensar en sus maestros o su destino.

Se puso en pie y se acercó al borde del acantilado. Diminutas gotitas de agua salada mojaron su rostro, pero no le importó. Tomó una piedra entre sus manos y la lanzó con fuerza mar adentro. Luego cogió otra, y después otra. Hasta que el pequeño entretenimiento terminó convirtiéndose en un modo inútil de descargar su rabia.

¿A quién pretendía engañar Shion? Aquella madrugada Saga estaba allí porque sabía de sobra lo que habría de suceder. "Espera por su ejecución." Había dicho sin que la voz le temblara. Y luego, les había mandado a dormir. No había dicho nada más, se había ahorrado la parte desagradable de aquella sentencia. Pero, estaba seguro, los mismos pensamientos habían surcado la mente de Aioros y la suya en aquel momento.

¿Quién iba a… hacerlo? ¿Quién iba a arrebatarle la vida a la mocosita alegre y despreocupada? ¿Quién de los dos? ¿Aioros? ¿Él?

Tomó otra piedra y la lanzó aún más lejos. Pensó en todo lo que habían pasado, cualquiera de ellos, hasta llegar a aquel momento: en el sufrimiento, en el esfuerzo y en el dolor, que había sido recompensado con diminutas gotas de alegría. No se había convertido en un santo dorado para arrebatarle la vida a una de las pocas personas a las que quería, aquello lo tenía claro. ¿Cómo iba a ser capaz de mirarla antes de matarla? No era una opción. Mas, sino era él, sería Aioros. No había más posibilidades.

Ni siquiera se había atrevido a ir a verla.

Era el responsable de los calabozos, de todo lo que sucediera allí dentro. Cualquiera de los guardias y santos que entraban y salían de aquel recinto, respondían ante él, y él respondía ante Shion por ellos. Era un lugar espantoso: oscuro, húmedo, sucio. Las mismas rocas que lo formaban parecían susurrar todas las penurias que habían sufrido sus inquilinos a lo largo de los siglos. Saga procuraba por todos los medios, pasar el menos tiempo posible por allí. Pero ahora no podía dejar de imaginar a Naia en una celda mugrienta, agazapada en un rincón, desprovista de su cosmos.

Se dio la vuelta cuando un rayo surcó el cielo, iluminando la noche en su mortecina luz. Fue entonces cuando reparó en la silueta delicada que lo miraba en silencio. No la había sentido llegar, de tan inmerso que estaba en sus pensamientos. Tampoco la esperaba allí.

-Deltha. -murmuró.

-Hola… -La voz de la amazona sonó lejana, tras la protección de la máscara. Mas la pelipurpura no tardó en despojarse de ella, buscando sus ojos verdes con un gesto lastimero.

-¿Qué…?

-No podía dormir.

Deltha se encogió de hombros y sentó en la misma columna que él había ocupado minutos atrás. Saga se sopló el flequillo, y no tardó en acompañarla. No dijo nada. Ambos compartieron un silencio pesado, que decía muchas más cosas de las que se animarían a pronunciar. Solamente el rugir enfervorecido de las olas a sus pies, parecía capaz de rivalizar con el poderío de la tormenta en la lejanía.

-¿Cuándo será? –La pregunta de la amazona no le tomó desprevenido, pero evitó por todos los medios mirarla.

-No lo sé. Shion no dijo nada al respecto.

-¿No hay nada que podamos hacer? –Su voz sonó tan desesperada, que Saga se estremeció. La vio fugazmente.

Deltha siempre había sido una niña dulce, el complemento perfecto de Naia, y una superviviente nata. El Santuario debía ser un infierno para ella, para su manera de ser… y, sin embargo, ahí estaba. No podía imaginar como se sentiría en un momento como aquel, con la perdida de Axelle aún tan reciente y con Naiara esperando su turno para morir.

-No sé el qué.

-Quizá si hablarais con Shion… -su voz sonaba desesperada.- A vosotros os escuchará. Podría dejarla un tiempo en el calabozo, el que fuera…

-No podemos. –Tragó saliva.- Las normas son claras y son para todos. –Aunque no le gustaran nada en aquel momento.- ¿No te sería más sencillo intentar convencer a Aioros, de todos modos?

La protegida de Apus guardó silencio cuando escuchó la respuesta. A decir verdad, Aioros había sido quien le había dado la noticia. Apenas lo había visto unos minutos… pero también se lo había pedido: se lo había suplicado. Sabía de sobra cuan desesperada sonaba a oídos de ambos, quizá ligeramente patética. Pero imaginaba que ellos no lo entendían… si lo hicieran, harían lo que fuera por evitarle aquel destino a Naia.

Miró el rostro serio y cansado de Saga, en busca de algo que decir. El geminiano siempre le había parecido un chico lindo, agradable; con un aire tímido que no dejaba de resultarla adorable. Sabía de sobra que no era exactamente la misma imagen que todos los demás tenían de él, pero precisamente por eso estaba allí, a su lado. Sus silencios decían más que sus palabras, y sus ojos se veían asombrosamente tristes, cuando normalmente resplandecían orgullosos.

Recordó la conversación que había tenido aquella mañana con Naia, encontrándola sorprendentemente lejana, como si hubiera sucedido años atrás. No estaba segura de hasta que punto Saga sabía lo que estaba pasando, lo que había pasado; pero…

-¿Qué pasó? –preguntó de pronto, como si hubiera leído su mente.

-Ya lo sabes.

-No sé el motivo. –Se encogió de hombros.- No se siquiera cómo pudo haber un motivo. –La amazona se mordió el labio y agachó la mirada, clavándola en el suelo. Antes o después Saga lo sabría, escucharía los rumores retorcidos y falsos; y no iban a gustarle. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo decírselo.

-Creo que Nikos… -se aclaró la garganta con nerviosismo.- No va a gustarte. –Saga, que permanecía con los codos apoyados en sus rodillas, ladeó el rostro con tal curiosidad marcada en él, como inquietud.

-Solo dilo. –Deltha respiró hondo.

-Keitaro, Cuervo, Larceta y Cerbero estaban charlando en el coliseo cuando Nikos llegó, y les sorprendió.

-¿De qué hablaban? –La amazona se humedeció los labios, y buscó las fuerzas necesarias para mirarlo a los ojos.

-De Naia. –El ceño del peliazul se frunció apenas perceptiblemente.- Y de ti. –Saga la miró de vuelta, entrecerró los ojos y meneó el rostro.

-¿Qué?

-A decir verdad todo fue un malentendido, pero… -El santo permaneció mudo, sin intención alguna de interrumpirla hasta que hubiera acabado de explicarse.- Keitaro dijo haberla visto la noche de las Panateneas contigo.

-Es imposible. Ni siquiera hablé con ella.

-Lo se. –Ambos lo sabían.- La cuestión es que… lanzó el rumor, que todos acogieron con gran interés. Dio ciertos detalles, bastante imaginativos por lo que se. –se colocó la corta melena tras la oreja y volvió a respirar hondo. Estaba hablando atropelladamente, lo sabía, pero lo que fuera que Saga sintió, no lo manifestó.- Y se equivocó de gemelo. –Súbitamente, el peliazul se irguió, como si un pinchazo sacudiese su columna, y apretó los dientes.

-¿Me estas diciendo que Naia y Kanon…?

-¡Eso no es importante! –se apresuró a decir.- La cuestión es que el rumor ya se ha difundido, en lo que a todos respecta, Naia pasó contigo aquella noche, o con Kanon, o con los dos. –Por primera vez en mucho tiempo, Deltha logró ver un rastro de espanto en el rostro del gemelo.- Sabes de sobra como es la gente aquí, son crueles. Ellos no… -Suspiró cuando sintió como sus ojos se llenaban de unas lágrimas que no quería derramar.- La gente cree que toda amazona que se acerca a vosotros dos, lo hace por el simple hecho de progresar aquí. Del mismo modo que piensa que para vosotros…

-Ya.

Algo había escuchado alguna vez, y no podía más que dar gracias porque nadie supiera lo que había sucedido con Tatiana aquella noche. No tenía intención alguna de airear su vida privada para que todos se sintieran con ánimos de juzgarles, mucho menos cuando no les unía un vínculo tan fuerte como el de Deltha y Aioros. La rusa le gustaba, cierto. Y se habían visto más veces desde entonces… pero nada más. No quería, y no podía permitírselo. Era una historia divertida y sin ataduras: estaba ahí para él, y él para ella. Tatiana representaba para él la libertad: no había explicaciones entre ellos, las cosas simplemente surgían de modo natural.

No quería que algo como aquello se volviese en contra de ambos. No quería si quiera escuchar que él o ella se utilizaban mutuamente por a saber que motivos. No quería escucharlos de Naia tampoco.

Pero había sucedido.

-Por eso pelearon Nikos y Keitaro. –Deltha asintió al escuchar su conclusión tras unos interminables segundos de silencio en que no pudo parar de preguntarse que rondaba la mente del peliazul.- Dudo que el idiota de Keitaro tuviera intención de matarlo. Eran amigos desde siempre… Pero a veces las peleas se escapan de control. –En cierta manera, la amazona sabía que hablaba por experiencia propia.- Imagino que bajó la guardia. Sin protección de ningún tipo, recibir un golpe de cosmos en el corazón mataría a cualquiera. Simplemente lo detuvo.

-Naia lo sintió. –De pronto, un sabor amargo inundó su boca. La manera en que los detalles de la desafortunada muerte de Nikos escapaban de la garganta de Saga, le hacía darse cuenta de lo lejos que Aioros y él estaban del resto del mundo. La muerte formaba parte de su día a día.- Lince intentó detenerla. –Saga se sopló el flequillo, en un gesto que para Deltha no pasó desapercibido, sin saber si aquello le suponía algún alivio o no.- Llegamos tarde, las dos. Keitaro tampoco estaba protegido y Naia…

-Naia sabía de sobra lo que estaba haciendo. –Estaba tan molesto por todo, que se clavó las uñas en la palma de la mano, de lo apretado que tenía el puño.- ¡Estúpida mocosa!

Hundió el rostro entre sus manos. Se sentía furioso, frustrado y culpable. De alguna manera, aunque todo el Santuario parecía dispuesto a besar el suelo que él pisaba, su compañía era resultaba tan letal como la misma peste. Infectaba a la gente, y les hacía caer en desgracia. Él no había estado con Naia aquella noche… pero eran amigos. Keitaro lo sabía y el desgraciado se había aprovechado de ello. Recordó los meses de miradas venenosas y acusadoras, incluso aquella vez que les vio entrenando sin la máscara.

Debió haber sido más cuidadoso. Debió haberlo pensado antes.

-¿Saga? –Deltha apoyó suavemente la mano en su espalda. El peliazul respiró hondo, procurando por todos los medios que ella no supiera lo turbado que se sentía. Era su amiga, pero la amistad le iba a costar la vida a otra... Cerró sus orbes de esmeralda, y cuando los abrió buscó los ojos almendrados.

-¿Qué?

-Sácala de ahí, por favor. –Se apresuró a continuar antes de darle tiempo a protestar por la alocada propuesta.- Los calabozos están a tu cargo. Solamente tú puedes evitar que muera… No te lo pediría sino… -Saga alzó la mano, y la hizo callar. No estaba seguro de querer seguir escuchando aquello.- Naia… No puedo perderla. –De nuevo estaba a punto de llorar, lo sabía, y no quería hacerlo frente a él.

Saga se levantó de repente. Se acercó de nuevo al acantilado, dejando que el viento desordenara su melena, y cerró los ojos. No tenía muy claro por qué Deltha le estaba pidiendo aquello precisamente a él. Era cierto que se encargaba de aquella maldita prisión, pero lo que le estaba pidiendo… Antes o después Shion lo sabría. Sabría que había sido él, ¿quién sino? De pronto, sus sueños parecieron tambalearse. Si accedía a aquella inesperada petición, pondría todo en juego. Todo por lo que tanto se había esforzado, todo por lo que soñaba día y noche.

Pateó una piedra y soltó una maldición. Tenía la vida de Naia en su mano, tanto para mantenerla como para quitársela. Lo que menos deseaba era verse en aquella posición, pero así estaban las cosas. Comprendía lo que había hecho Nikos. El tipo podía resultarle terriblemente desagradable, pero nunca dudó que hubiera dado todo por su hermana. Lo había hecho… Y Naiara le había vengado a costa de su propia condena. No estaba seguro de que el antiguo Santo de Orion estuviera contento con ello, pero una cosa estaba clara: aquel par de hermanos se adoraba y el final que se presentaba, era más que injusto.

Tragó saliva. En cierta manera, podía comprenderlo a la perfección. Naia y Nikos eran una familia cuyos lazos se habían mantenido intactos a pesar de los esfuerzos del Santuario por destruirlos. Les envidiaba, siempre lo había hecho. No podía decir lo mismo de él y de Kanon.

Apretó los dientes. ¿Naia merecía morir por aquel amor incondicional? Tenía muy clara la respuesta, como también sabía que el Santuario parecía querer despojarles del mismo amor por el que luchaban, sin excepción. Ella se había resistido. Ella…

Maldición.

-La sacaré.

-X-

Desde que mandara a Deltha de vuelta a su cabaña, para recoger las pocas pertenencias que Naia pudiera querer conservar, Saga no se había movido de su sitio. Continuaba allí, de pie como una estatua, con el ceño fruncido y la mirada perdida en el negro mar. Se había esforzado por encontrar un plan, una estrategia. Aquel era su punto fuerte, al fin y al cabo. Pero no estaba seguro de que su idea fuera a funcionar.

Hacía meses que no pasaba mas de dos minutos con Kanon, y cuando estaban juntos, no hacían más que pelear, evidenciando el infierno en que se había convertido Géminis. Tampoco recordaba la última vez que había entrenado con Aioros, el arquero ya no tenía tiempo para nada, menos aún para él. No había nadie que supiera hasta donde habían evolucionado sus habilidades, y aquello contaba a su favor para el plan que se había trazado.

Desde que consiguiera la armadura, se había esforzado por convertirse en un ilusionista a la altura de Zarek. El turco lo había impresionado infinitamente cuando era un crío, con el truco del volcán. Nunca les había enseñado nada al respecto… así que el proceso había sido difícil y tedioso. Sin embargo, había funcionado. Al principio comenzó probando con diminutos cambios en la realidad que lo rodeaba. Después, se había atrevido a alzar sus ilusiones en medio de la gente, comprobando hasta que punto ellas eran convincentes y los humanos manejables. El resultado había sido tremendamente bueno.

Sin embargo, lo que iba a hacer era una cosa muy distinta. No había margen de error.

Oteó el horizonte una vez más, vigilando el punto por donde Deltha debía aparecer de vuelta. No fue hasta unos minutos más tarde cuando la amazona de Apus regresó con una mochila y un peluche entre sus manos.

-He cogido solamente lo necesario… para que nadie sospeche. –Pero los ojos del peliazul estaban fijos en el conejo de largas orejas. Deltha lo notó y se apresuró a aclarar su presencia con cierta timidez.- Se lo regaló Nikos, Naia no podría vivir sin él. Es el Señor Orejas.

Saga miró del conejo de peluche, a la amazona, alternativamente. Debía admitir que se había metido en una situación problemática… pero sobre todo extraña. Si le hubieran preguntado, jamás hubiera dicho que Deltha y él hubieran organizado semejante locura. Menos aún que tendrían a un conejo de compañero. Esbozó una media sonrisa, descubriendo el leve rubor en las mejillas de la amazona y, juguetón, tiró de una de las orejas de peluche.

-Quédate aquí hasta que volvamos. –dijo.- La sacaré, y lo haré rápido, pero no se hasta que punto podré…

-¿Cómo lo vas a hacer?

-Con una ilusión. –Deltha alzó las cejas debido a la sorpresa.- Nadie sabe que puedo hacerlo, y no estoy seguro de que vaya a funcionar, pero… es mi única opción. –Para ella eso era suficiente. Confiaba en él tanto como lo hacía el mismo Aioros, y si había decidido que aquel era un buen plan, simplemente funcionaría. Saga nunca fallaba.- Cuando la traiga, la llevarás hasta Athenas. El único sitio por el que podéis salir sin toparos con una guardia, es por aquí. Asegúrate de subirla a un barco que la lleve bien lejos y vuelve antes de que amanezca. –La amazona asintió con ímpetu.- Nadie puede verte… Nadie. Ni notar tu ausencia. Tendré que mantener la ilusión hasta que estés de regreso. El primer turno es a primera hora de la mañana, en ese momento notarán que ha escapado, y darán la alarma. Si no estas en tu sitio, pensarán que tienes algo que ver. Vuestra cabaña es el primer sitio donde buscarán. Tienes que volver a tiempo.

-Si. –Respondió enérgicamente. Él lo estaba poniendo todo de su parte, y ella no sería menos.

-Sabes que si se enteran de todo esto… -"Y se enteraran." Pensó en realidad.- Tú y yo vamos a estar en grandes problemas. –Deltha lo miró a los ojos, sin decir nada. Volvió a asentir tímidamente, con un gesto que le dejó más que claro que sabía de lo que hablaba. Lo estaba sacrificando todo cuando solamente tenía que estirar la mano para alcanzar sus sueños.- Aioros no puede saberlo.

-Lo se.

-De ningún modo, Deltha. ¿Estás segura de que puedes guardar el secreto?

-Te lo prometo.

Le bastó. Era una promesa inútil, lo sabía, pero era suficiente para él. Era la primera vez que iba a romper las normas de un modo tan radical, pero de alguna manera se sentía… correcto. Revolvió su corta melena púrpura, y se dio la vuelta. En un par de horas todo habría terminado.

Desapareció en la oscuridad de su Otra Dimensión.

-X-

Cuando abrió el portal dimensional, el olor a humedad de los calabozos impregnó sus fosas nasales. Esbozó un mohín de disgusto, y se acercó en completo silencio al recodo del pasillo. Había usado la Otra Dimensión con el único propósito de no ser visto por los guardias que custodiaban la entrada. Aquello no había supuesto mayor problema, pero ahora debía ser especialmente cuidadoso. El recinto tenía la cualidad de suprimir el cosmos de sus ocupantes, sobre todo cuanto más se adentraba uno en el laberinto que era la prisión. Sabía bien que ninguno de los guardias notaría su cosmos si conseguía mantenerlo encendido de aquella manera tan sutil. Mas, aún debía sortear al otro par de centinelas que charlaban, con una jarra de vino en la mano, antes del corredor; y conseguir las llaves.

Se concentró todo lo posible. Si su cosmos ardía más de lo que debía, Shion lo notaría inmediatamente y todo estaría perdido. Cerró los ojos, y respiró hondo. El cambio que debía hacer en aquella realidad era mínimo, lo sabía. Solamente necesitaba ocultarse a sí mismo, y todo estaría listo. Había construido ilusiones más complejas antes… pero nunca las había sometido a una prueba como aquella.

Entrecerró los ojos, evitando a toda costa distraerse. Echó a andar en completo silencio, sin perder de vista a los dos vigilantes, así como a cada uno de sus movimientos y reacciones. Cuando finalmente la luz trémula de las antorchas lo iluminó, dejándolo al descubierto, contuvo la respiración. Estaba tan cerca de ellos, que si no lo veían solo podía significar una cosa: su ilusión era perfecta. Se miró la mano, en busca de cualquier rastro de cosmos dorado cubriéndole que pudiera delatar su posición y, satisfecho, descubrió como no había huellas visibles de su energía.

Hubiera sonreído de no ser por la tensión que atenazaba sus músculos. Ubicó rápidamente el manojo de llaves, y tras un par de sigilosas zancadas las alcanzó. Las apretó en su mano, tan fuerte, que sintió como se clavaban en su palma; pero lo que menos deseaba era verse descubierto por su estúpido tintineo metálico. Echó un último vistazo a los soldados, y habiendo constatado que todo marchaba según lo previsto, se adentró por el pasillo que conducía a los calabozos, tan silencioso como había llegado.

Después todo sería más sencillo. Aunque no sabía en que celda estaba Naia, no tardaría en encontrarla. Afortunadamente, aquellos días apenas había un par de presos tras aquellos barrotes, en la zona más profunda y oscura de la cárcel. Oteó cada una de las celdas que dejaba atrás a su paso, y al hallarlas vacías no le quedó más remedio que bajar las escaleras que conducían al piso inferior.

Se sopló el flequillo. Miró de izquierda a derecha, de un calabozo a otro… y, finalmente, la encontró.

Se quedó quieto donde estaba. La escena no era muy diferente de lo que había imaginado, y aunque la celda estaba limpia… El panorama no era alentador. Naia estaba acurrucada en el rincón contra la pared, sobre el maltrecho colchón de paja. Tiritaba, desde donde estaba podía notarlo, y no le extrañaba. La humedad y el frío de la roca viva, cercana al mar, podía helar hasta los huesos del más resistente. Además, la amazona había vivido un día demasiado trágico, cargado de emociones y sin sabores, y sin una pizca de comida más que una jarra de agua.

Buscó la llave correspondiente sin decir una sola palabra, y la hundió en la cerradura procurando no hacer un solo ruido. Incluso el clic que siguió al giro de su muñeca sonó amortiguado por la delicadeza del movimiento. Naia se sobresaltó, e inmediatamente después, volteó en su dirección, incorporándose sobre sus codos.

Saga abrió la puerta con rapidez y se llevó la mano a los labios, suplicando por silencio. La morena permaneció quieta en donde estaba, como un animalillo asustado.

-¿Saga? –murmuró cuando los brazos del santo la rodearon.

-No enciendas tu cosmos. Nos vamos de aquí.

La alzó y salió de la celda a toda prisa. No se molestó en cerrar, ni en devolver las llaves a su sitio… Simplemente se acercó hasta las escaleras, donde su cosmos se manejaba con más facilidad, la apretó más fuerte contra él, y murmuró.

-A Otra Dimensión…

-X-

Deltha no sabía cuanto tiempo había pasado desde que Saga se había ido, aunque imaginaba que no había sido mucho. Se había sentado y levantado tantas veces que había perdido la cuenta y, estaba segura, que de no ser por el Señor Orejas, poco de sus uñas quedaría en aquel momento.

Se mordió los labios con nerviosismo, y paseó la vista por la soledad impresionante del Cabo. La primera vez que habían ido allí… habían seguido a Nikos. Tragó saliva. Solo le quedaba rezar porque las consecuencias no fueran tan malas como imaginaba podían ser si se descubría todo aquel plan de huida.

Sin embargo, antes de que pudiera llevar sus pensamientos más allá, una súbita y atrayente quietud, repleta de la oscuridad más insondable, se apareció a pocos metros de donde estaba. Se puso de pie de un salto, y antes de que atinase a decir nada, Saga surgió del portal dimensional con Naia en brazos.

Deltha sonrió. No sabía como terminaría aquello, pero al menos tenía una opción de salvarla después de lo que había hecho el geminiano. Corrió hacia ellos y los alcanzó cuando Saga dejó a la morena en el suelo. Estaba débil, y helada; pero antes de darla tiempo para recuperarse, la amazona de Apus la atrapó en un abrazo.

Naia sintió sus ojos llenarse de las lágrimas que solo se había permitido derramar en la soledad de su celda, y se aferró a Deltha con tanta fuerza como pudo. Sin embargo, a pesar de la máscara, su voz la traicionó.

-¿Qué estáis haciendo? –Sonaba aniñada y quebrada. Deltha se encogió de hombros, sin soltarla.

-Liberarte. –Naia tomó una gran bocanada de aire, con la única intención de serenarse. Se separó tímidamente de Deltha, y se quitó la máscara de plata con presteza. "Salvándome la vida." Pensó.

-¿Y ahora que…?

-Ahora debéis iros. No puedo llevaros más allá. –Intervino Saga, captando la atención de las otras dos.- Deltha ya sabe lo que debe hacer, y tú… -se sopló el flequillo, procurando por todos los medios guardar la calma.- Tú no vas a encender tu cosmos de ninguna manera, ¿de acuerdo?

-Pero el Maestro…

-Es mejor que nadie sepa donde estás. Esperaras a que vayamos por ti. No lo encenderás antes o te encontrarán. –La sola mención de aquella palabra, le provocaba escalofríos. Shion no iba a tomarse aquello nada bien.- Déjanos a Shion a nosotros. Lo convenceremos. –Y sino lo hacían, su sucesor, fuera quien fuera… la traería de vuelta. Él lo haría, Aioros también.

Naiara miró de uno a otro. Era cierto que Deltha y Saga siempre habían sido buenos amigos, aunque apenas compartieran un poco de tiempo. Sin embargo, eran la pareja del crimen más extraña que jamás hubiera imaginado. Su amiga siempre había sido una buena chica, tranquila, incapaz de mentir o guardar un secreto demasiado grande… había sido Naia quien siempre había armado el revuelo. No había nada más que ver la situación en que estaban. Y Saga… Sabía de sobra que era candidato a ocupar el trono tras Shion, sabía que tenía muchísimas posibilidades de conseguirlo… ¡¿Qué demonios estaba haciendo Saga?

-¡Vais a meteros en un gran lío por mi culpa!

-Iros. –La voz del geminiano no subió de tono, pero algo en ella desbordaba una autoridad difícil de ignorar. Deltha asintió, y tomó la mano de Naia entre las suyas.

-Tiene razón, Naia. Toma al Señor Orejas, y vámonos.

La morena se secó las lágrimas con el dorso de su mano, y tomó al peluche. Recordaba como si fuera ayer el día en que Nikos se lo había regalado. Ahogó un sollozo. Volvió a ver de uno a otro, y descubrió que por mucho que Deltha tirase de ella, era incapaz de moverse.

Nikos se había sacrificado por ella, y Deltha y Saga estaban haciendo lo mismo.

Oteó por última vez la silueta oscura del Santuario, la playa a los pies del Cabo… Y suprimió del mejor modo que pudo todo el aluvión de recuerdos. Finalmente sus ojos se posaron en Saga. Lucía cansado, pero de algún modo, había algo en él que rebosaba de alivio. Buscó sus ojos verdes, intentando encontrar las palabras adecuadas para agradecerle lo que había hecho, lo que estaba haciendo; pero no las encontró. Estaba segura de que iba a pagar un precio muy alto por ayudarla.

Se mordió el labio una vez más, y dio un paso alejándose de él, arrastrada por Deltha, pero incapaz de dejar de verlo.

Algo dentro de ella la decía que, sin importar cuanto dijera lo contrario, no volvería a verle. No podía irse así. Se zafó de la mano de su amiga, y volvió corriendo hasta donde él las miraba inmóvil. Se abalanzó sobre Saga y lo abrazó con todas sus fuerzas, como nunca antes lo había hecho. Escondió la cara en la calidez de su pecho, y dejó caer al peluche.

-Gracias. –murmuró.- Muchas gracias.

Saga fue incapaz de responder con palabras. Devolvió el abrazo, y acarició suavemente su melena negra. Apoyó la cabeza sobre la de ella, y desvió la mirada a la inmensidad negra y rugiente del mar, procurando a toda costa evitar el escrutinio curioso de Deltha. Nunca se le había dado demasiado bien las palabras… al menos no las que tenían que ver con asuntos personales. Menos aún las muestras de cariño.

-Pórtate bien. –dijo finalmente en apenas un hilo de voz.- Te patearé el culo si tengo que rescatarte otra vez.

-¿Irás por mi? –Naia se separó, lo suficiente como para encontrar sus ojos esmeralda. Su petición había sido desesperada, pero repleta de ilusión.

-Te lo prometo.

La morena esbozó una media sonrisa, pero no lo soltó. De alguna manera, aquella promesa valía para ella todo un mundo. Pero también sabía, al igual que él, que probablemente jamás podría cumplirla. Su corazón la decía que no volvería a verlo en esta vida; latía con demasiada fuerza, recordándoselo a cada segundo que pasaba.

Extrañaría a Kanon, muchísimo. Pero sabía de sobra que él nunca había sido Saga, nunca lo sería. Deltha estuvo en lo cierto en todo lo que dijo aquella mañana que parecía tan lejana.

No pensaba arrepentirse de esto también.

Se puso de puntillas y sujeto su cara con las dos manos. Saga entreabrió los labios, ciertamente sorprendido por aquel repentino gesto, pero antes de que pudiera emitir protesta alguna… Naia atrapó sus labios. Se quedó quieto por un momento, sin saber exactamente que era lo que debía hacer. Sin embargo, el contacto se tornó tan dulce y adictivo, que le fue imposible separarse hasta que el aire escaseó en sus pulmones. Apoyó la frente en la de ella, con los ojos cerrados, y suspiró. No entendía nada de lo que estaba pasando a su alrededor, ni de lo que sentía; pero todo estaba resultando terriblemente doloroso.

-Tenemos que irnos… -Deltha, que había observado todo aquello tan perpleja como emocionada, odiaba tener que interrumpir. Sin embargo, sabía que el tiempo jugaba en su contra, y por mucho que hubiera esperado porque aquel beso llegara a acontecer… no podía haber sucedido en peor momento.

-Si. –Saga carraspeó, y terminó por asentir, dando un paso atrás, separándose de Naia.- Iros.

-Cuídate. –susurró Naia antes de darse la vuelta, y desaparecer en mitad de la noche.

-X-

Tan pronto como dieron la voz de alarma, Saga se puso en marcha, con las campanas repiqueteando nerviosas por todo el Santaurio. Llamó a Géminis, dejó el Cabo atrás, y visitó las celdas, interesándose por lo que había sucedido a una hora tan temprana. Escuchó las explicaciones apresuradas y cargadas de preocupación de sus subordinados, y frunció el ceño con disgusto cuando lo condujeron hasta la celda vacía de la amazona de Caelum.

Después de confirmar que todo había ido según lo previsto, y que Deltha había vuelto sana y salva; se encaminó al Templo Papal para informar a Shion del desagradable suceso. Lo cierto era que todo aquello le llevó más tiempo de lo que hubiera esperado… Las horas que había mantenido la ilusión en pie se habían cobrado su precio: no solo moría de sueño y soportaba la insistente jaqueca; sino que el cansancio era tal, que no le extrañaría nada que sus piernas dejarán de sostenerle en cualquier momento, y se diera de bruces contra el suelo. Aún así, lo hizo. Atravesó el Santuario, y subió la escalinata Zodiacal tan rápido como pudo.

Cuando el palacio se elevó ante él, respiró hondo y alzó el rostro. Recorrió el camino que tan bien conocía, y cuando la puerta de doble hoja del salón del trono apareció ante él, los guardias que la custodiaban se apresuraron a abrirla. No escuchó el momento en que se cerró a sus espaldas, pues su corazón latía tan rápido y tan fuerte, que parecía capaz de explotar en cualquier momento. Se concentró en mantener sus piernas firmes y, finalmente, hincó la rodilla a los pies del trono.

-Maestro. –murmuró.

-Ponte en pie.

Shion había esperado por su llegada desde que la primera campana había resonado en la lejanía. De alguna manera, había sabido inmediatamente que la alarma se debía a la amazona de Caelum, y no se había equivocado. Sin embargo, no podía dejar de preguntarse cómo había sucedido. Cómo era posible que una chiquilla indefensa hubiera… Apretó los dientes, y observó al joven Santo. No quería creerse sus propias sospechas.

-Infórmame. –exigió, aunque en realidad, ya sabía todo lo que necesitaba saber.

-Naiara ha desaparecido. –Saga se cuidó mucho de referirse a ella con demasiada confianza.- La puerta de su celda estaba abierta, y sin forzar.

-¿Y las llaves?

-Ni rastro de ellas.

Si existía algún momento adecuado para sonar convincente con una mentira, era aquel. No se sentía cómodo con ello, pero no tenía más remedio. Sentía la mirada rosácea de Shion tras la máscara dorada, y sabía que estaba analizando cada uno de sus movimientos, de sus gestos… de sus silencios.

-¿Cómo ha podido suceder algo así, Saga? –La voz del Maestro sonó dura y seca, como pocas veces antes había sido con él. Inmediatamente supo que el viejo lemuriano no estaba de buen humor.

-No lo sé. –Agachó el rostro levemente, hasta que su mirada quedó fija en los pies del trono, y tras soplarse el flequillo, alzó el rostro de nuevo. Una cosa era cierta: toda aquella farsa le perjudicaba fuera como fuera. Si le atrapaban en su mentira, las consecuencias serían terribles; y si no lo hacían, habría fallado miserablemente con sus responsabilidades de vigilar las celdas, a los ojos de todo el mundo. No había lado bueno en aquella moneda que había lanzado al aire horas atrás… aunque la segunda opción parecía menos mala.

-¡Cuatro guardias! –exclamó Arles terriblemente indignado, que hasta aquel instante había permanecido en silencio, a la derecha de Shion.- Dos fuera, y dos dentro. ¿Cómo ha podido salir de allí, desprovista de su cosmos, debilitada y con la misma llave en su mano? ¡¿Cómo ha podido burlarles?

Saga no respondió. Arles farfulló algo ininteligible a través del metal de su máscara, y Shion entrecerró los ojos tras la suya. A decir verdad, el chico se veía espantoso. Las sombras oscuras bajo sus ojos delataban la falta de sueño, y la inusual palidez de su rostro… el cansancio. Incluso sus sutiles, y apenas perceptibles, movimientos delataban que había algo que no marchaba bien, algo que pesaba demasiado sobre él: una tristeza más que palpable.

-Lo lamento. –Shion arrugó sus lunares al escuchar la disculpa.- No estaba en las prisiones, quizá si hubiera ido…

-No te corresponde a ti vigilar ese lugar durante toda la jornada. Tienes otras responsabilidades. –Dijo.- Pero tampoco estuviste en Géminis. ¿Me equivocó?

-No. –Saga se tomó su tiempo para responder, y clavó su mirada esmeralda en la máscara de oro.- Estuve en Cabo Sunion.

-Creí haber sido claro cuando os ordené regresar a vuestros templos y descansar.

-No podía dormir, Maestro. –respiró hondo, y continuó, sabiendo de sobra que caminaba por el filo de la navaja.- Los últimos acontecimientos han sido desagradables para todos. –"No quería ser yo quien la matara" se calló.

-Desde luego. –No lo ponía en duda, sabía bien que aquella chiquilla era importante para sus dos santos, independientemente de lo que le pareciera eso. Además, había tomado una decisión radical y difícil acerca de su destino, que nunca había esperado ellos aceptaran con los brazos abiertos. Carraspeó y se acomodó en el trono una vez más.- Sin embargo, supongo que has escuchado los rumores que circulan, tan bien como nosotros.

Saga parpadeó un par de veces, y apretó la mandíbula. No esperaba que Shion sacara a relucir un asunto tan turbio como aquel, ni siquiera había reparado en que seguramente lo sabría. Pero la pregunta estaba ahí, y quizá, sin esperarlo… podía serle de ayuda a pesar de lo incómodo que resultaba dar explicaciones de ese tema.

-Rumores que no tienen nada de ciertos, Maestro.

-Y aún así te incomodan. –terció Arles. Saga lo miró fugazmente, para volver su atención al peliverde una vez más.

-¿Cómo no habrían de hacerlo? –se encogió de hombros, y no le quedó más remedio que admitir que tenía al santo del Altar en contra. Independientemente de lo que Shion decidiera, no creía poder convencer a su mano derecha de un modo tan sencillo.- Respeto a las amazonas. Nunca hubiera arrastrado a ninguna conmigo, ni me hubiera… -de pronto no tenía la menor idea de cómo seguir.- …acercado a ninguna de ellas de esa manera. No es apropiado, lo se. Soy un Santo Dorado, no lo he olvidado. Sin embargo, nada de lo que se ha dicho es cierto. Ese chisme se ha cobrado vidas, y la culpa no me es ajena. Son rumores desagradables que fueron divulgados con malicia. No solamente es molesto para mi, sino para Caelum también. Eso mismo llevo a su hermano, y a ella misma, al punto exacto en el que están ahora…

-Es una desertora.

-… -Saga apretó los dientes.- Podéis preguntar a mi grupo. La noche de las Panateneas estuve con ellos. –A decir verdad, solo estuvo con una. Pero no mentía del todo.

-En realidad todo eso carece de importancia, Saga. Llevo doscientos años sentado en este trono escuchando rumores día y noche. Unos son ciertos y otros falsos, y no es sino el tiempo quién te da la sabiduría necesaria para distinguirlos e ignorarlos. Debes aprender a hacerlo cuanto antes. –Shion sabía de sobra lo difícil que era lidiar con los chismes, los había sufrido en carne propia, y luego había visto generación tras generación como sus santos lidiaban con ellos del mejor modo posible.- Pero la situación actual es muy grave. La amazona de Caelum rompió la regla más importante de todas de manera premeditada. Admitió no arrepentirse de ello. –el geminiano guardó silencio.- Se que habéis sido amigos desde niños, por mucho que hayáis tratado de mantenerlo a escondidas torpemente. Tengo mi opinión al respecto de eso, pero poco importa ahora. Solamente necesito que respondas a una pregunta.

-¿Si?

-¿Has sido tú quién la ayudó a escapar? –Saga frunció el ceño. La respuesta, aunque era obviamente esperaba, no dejaba de ser dolorosa y demasiado directa. No soportaba la decepción marcada en la voz de Shion, ni la clara sospecha.

-No, Maestro. –Su voz sonó firme, sin un ápice de duda o titubeo, y a parte de la diminuta arruga de su frente, no hubo un solo gesto que delatará que mentía.- Tienes mi palabra.

Shion guardó silencio mientras mascaba la respuesta. Arles y él estaban sometiendo al chico a un intenso escrutinio, y aún así… su rostro permanecía impasible, cual figura de porcelana. Naiara había actuado movida por el dolor y el amor hacia su hermano. No necesitaba indagar más para saber que Saga la comprendía, y que por tal motivo podía disculparla. Al fin y al cabo, el geminiano tenía un hermano… Shion carecía de uno, no conocía tal lazo. No podía terminar de entenderlo, porque no podía ponerse en su lugar.

Saga apenas había mostrado un par de signos de molestia, normales, ante aquel interrogatorio. Había resultado mucho más convincente y difícil de quebrar de lo que había pensado. Recordó, inevitablemente, aquella vez que el chico se escabulló en plena noche de su templo, con apenas ocho o nueve años. Su conciencia le carcomía, precisamente por el chico de Orion. Sin embargo, por muy firme que su voz sonara ahora, Shion sabía que le estaba mintiendo. No tenía ninguna manera de demostrarlo… pero su corazón se lo decía.

Se sentía furioso por ello, desde luego; pero sobre todo… decepcionado.

-De acuerdo. Retírate, y continúa con la labor de búsqueda. Hazme saber si hay alguna novedad.

-X-

Volteó discretamente para mirar sobre su hombro a la persona que entraba en la habitación. Cuando descubrió que se trataba de Shion, Aioros le sonrió. Posó el dedo índice de su mano libre sobre los labios para indicarle que guardara silencio. Con la otra, meció suavemente a la pequeña diosa, quien se debatía entre el mundo real y el de los sueños.

-La princesa se niega a caer en los brazos de Morfeo. –el santo le dijo a su Patriarca, con suavidad. Como si le hubiera entendido, la nena gruñó, indicándole que no estaba dispuesta a perder esa batalla contra el sueño.- ¿Ves? Es una niña decidida y firme.

-Digna de ser una diosa. –respondió el viejo y a Aioros no le pasó por alto el tono cansado en su voz.- Las niñeras pueden cuidar de ella, Aioros. No es necesario que la adormezcas tú mismo. Puedes retirarte, si así lo deseas.

-No, está bien… me gusta hacerlo. Me agrada pasar tiempo con ella. –una vez más, al sonido de su voz, la niña lanzó un chillido de emoción.

En ningún momento el santo de Sagitario había volteado por completo hacia Shion. Siempre había permanecido de espaldas a él, mirándole atentamente por el rabillo del ojo. Quizás el lemuriano había notado el escudriño de su parte, o quizás no; como fuera, no daba señales de darse por enterado.

Caminó sobre la alfombra de pieles hacia la mecedora que se encontraba cerca de la ventana, donde solía sentarse por horas con la bebé en el regazo, a admirar el panorama. Era viejo ya para pasearla en brazos, pero no lo suficiente como para olvidarse de contarle tanta historias que sin duda, la harían sentirse orgullosa de su Orden. Aquella antigua silla se había convertido en su lugar favorito y también en el sitio perfecto para meditar todos los asuntos que tenía pendientes.

Mientras se acomodaba, el arquero no le quitó la vista de encima. Mecía a la niña en sus brazos, más su mente buscaba con inquietud una forma de adivinar los pensamientos de Shion.

-¿Quieres hablar de ello? –le preguntó, por fin. El anciano se retiró la máscara y le miró, expectante. Nunca antes Aioros había visto sus ojos rosas tan opacos.- Sobre lo que sucedió. –insistió, con la esperanza de que Shion se desahogara con él.- Supe que Naia consiguió escapar de las prisiones y que ahora es una fugitiva. –soltó las palabras y se sorprendió de lo bien que el Patriarca disimuló sus pensamientos.- ¿Qué sucedió?

-¿No sabes lo que sucedió? Me sorprendería que fuera así. –Shion esbozó una sonrisa cómplice, aunque matizada con tristeza.- Deberías pedir a tus guardias que te provean de la información completa. –una enorme sonrisa iluminó el rostro del arquero. El viejo Maestro no había perdido una sola de gota de agudeza. Siempre había sido excelente para ver más allá de lo que ellos querían mostrarle.

-¿De verdad crees que Saga…?

-¿Tú no? –la mueca de Aioros traicionó sus pensamientos, otorgándole la razón al lemuriano.- Estoy seguro que ha sido él, pero me ha dado su palabra de lo contrario. No puedo ir contra la palabra de uno de vosotros. Sois Santos Dorados, vuestro deber y vuestro honor va por encima de cualquier otra cosa. No puedo poneros en tela de juicio. Me entiendes, ¿cierto?

Aioros asintió. Al darle la razón, vio a Shion suspirar y casi pudo jurar que había alivio en aquel respiro. Después de eso, no necesitó mucho más para saber de que se trataba en realidad aquella conversación.

-Las intenciones de Saga eran buenas, aunque quizás tomó un camino cuestionable. –continuó el castaño. Su voz hizo que la pequeña Athena se revolviera un poquito en sus brazos y se aferrara a su dedo índice como si el mundo fuera a acabarse en ese mismo instante.- Naia es una gran amiga para nosotros, pero eso ya lo sabes.

-Lo sé. Sé que creció con vosotros y que le tenéis un cariño especial. Eso no justifica que se hagan excepciones. Ella era una amazona, como cualquier otra. Sabía lo que estaba haciendo, era consciente de que estaba mal y aún así lo hizo. Y, ¡por Athena! Ni siquiera creo que estuviera arrepentida de ello.

-No lo está, ni lo estará jamás. Los dioses no lo permitan, pero si alguien le hiciera daño a Aioria, yo tampoco me arrepentiría de hacer una locura.

-También la justificas. –el ceño fruncido de Shion no hizo retroceder a Aioros.

-Intento que veas el otro lado de la moneda. –él respondió con firmeza.- Naia hizo algo muy malo, algo terrible: tomó una vida, Shion, y lo hizo en un arranque de rabia y de odio. Eso lo entiendo y lo repruebo tanto como tú. Sé también que merece un castigo. –agachó ligeramente la mirada cuando la bebé que llevaba en brazos balbuceó, en busca de su atención. Un segundo después, volvió a contemplar al lemuriano.- Es solo que no estoy seguro de que su castigo tuviera que ser tan duro y, sobretodo, tan irreversible. Tú también estás hablando de terminar una vida. Nada de esto debería ser decidido tan a la ligera.

-Asesinó a un hermano de Orden a sangre fría. –Shion marcó cuidadosamente cada palabra. La situación era gravísima.

-Mató al asesino de su hermano. –repitió el arquero, con el mismo tono grave y pausado de su superior.- Keitaro también era un asesino, Shion. No lo olvides.

El Patriarca se incorporó en la silla y solo entonces, el joven santo supo lo tenso que se había tornado el ambiente.

-¿Dónde queda la justicia, Aioros? ¿Acaso no vivimos por y para ella?

-Creo en la justicia, tanto como tú, Maestro. –de alguna forma, se dio cuenta que aquella ya no era una conversación entre padre e hijo, sino una entre santo y Patriarca.- No me has pedido mi opinión, mas yo te la ofrezco humildemente. Todo lo que sabemos ha venido de ti. Nos enseñaste a amar a nuestra diosa, a obedecerte, pero por sobre todo, a ser fieles a nuestros principios. Por eso mismo, es mi obligación recordarte que incluso la vida de un asesino tiene valor. –se detuvo al pensar que Shion le interrumpiría en cualquier momento. Sin embargo, al escucharlo guardar silencio, se animó a continuar.- La vida de un asesino tiene tanto valor, que estás dispuesto a castigar a Naiara por la muerte de Keitaro. Cruz del Sur también terminó con una vida, con la de su mejor amigo; y aún así vale lo suficiente como para que pidas la cabeza de Naia a cambio de la suya. Piénsalo, por favor. No me atrevería a pedirte ningún trato especial para ella, porque ninguno de nosotros merecemos tal cosa. Solo te invitaría a no tomar una decisión tan… apresurada.

La princesa Athena se movió en sus brazos, inquieta. Lloriqueó, y al oírla, Aioros notó lo tensó que se sentía. La acunó con más cuidado y la meció lentamente. El gesto fue relajante para ambos. La niña no lo sabía y Shion probablemente no lo había notado, pero el santo se sentía ligeramente sobrepasado por la conversación. Aún así, se había esforzado para no titubear una sola vez. Se había mantenido firme, ecuánime y lo suficientemente determinado. Estaba peleando por lo correcto, por lo que él creía.

Shion se puso de pie, lentamente, en silencio y bajo la mirada azul del santo. Aioros era ya más alto que él, pero aún así, al tenerlo de frente, el castaño sintió su imponente presencia. Por algo era el Patriarca, el mayor de los ochenta y ocho.

-¿Qué hubieras hecho en mi lugar? –los ojos de Shion parecieron despertar con la pregunta. Afilados, se posaron sobre el santo de Sagitario.

-Exiliarla, que es precisamente lo que ella misma ha hecho. –respondió, sin dudar un segundo.- Dejarla ir y no buscarla más. –"No es que vayas a poder encontrarla de todos modos" pensó, sintiéndose relativamente aliviado.- Después de todo, el dolor de perder a su hermano es más que suficiente castigo. Es una carga que tendrá que llevar por el resto de su vida.

Nunca supo si Shion estuvo de acuerdo o no con sus respuestas. Si embargo, tras unos pocos segundos de pesado silencio, la situación perdió un poco de la intensidad que la había vuelto tirante.

El Maestro asintió con un gesto suave, cruzó las manos detrás de su espaldas y caminó muy despacio, de regreso a la silla junto a la ventana. Se sentó lentamente, como el hombre mayor que era y cerró los ojos, adoptando una expresión meditativa.

-¿Puedo preguntarte algo más? –Aioros pisaba hielo muy delgado. Lo sabía, pero sentía la necesidad de preguntar.

-Adelante.

-¿Has pensado que, quizás lo que te molesta no es la desaparición de Naia, sino el hecho de que crees que Saga te miente a la cara? –le miró de soslayo. El lemuriano pensó detenidamente su respuesta.

-Pudo acercarse a mi, plantearme las cosas como tú lo has hecho. En vez de eso, prefirió escudarse tras una mentira. –la voz de Shion exudaba severidad, pero también algo más que Aioros no se atrevía a definir.

-Saga hizo lo que le pareció correcto. Además, yo he tenido tiempo para sentarme y pensar todas estas cosas. Él se ha sentido en la necesidad de actuar y eso es precisamente lo que ha hecho. Actuar, cambiar el rumbo de las cosas; eso es lo que se espera de nosotros.

-No de este modo. –el lemuriano negó con un movimiento de cabeza.- Si a sus ojos actuó con justicia y también con la verdad, entonces, debió tener el valor para afrontar las consecuencias de sus acciones. –sentenció con un dejo casi imperceptible de tristeza. Ese era precisamente el sentimiento que el santo de Sagitario había percibido antes, pero no había podido determinar hasta entonces.

Y con esas palabras, Aioros sintió que no había vuelta de hoja para nadie. La conversación terminaba ahí, sin que pudiera decir nada más. Shion había cumplido al escucharle. No tenía sentido decir nada más.

Contempló al anciano Patriarca, sentado a la luz de la luna. El resplandor suave de la noche agudizaba las arrugas de su rostro y el cansancio en su mirada. Cuando el viento le acarició el rostro, sintió una extraña sensación de paz emanando de él, como hacía mucho no experimentaba.

A pesar de la irremediable tristeza y de aquella sensación de decepción, parecía que Shion también era capaz de profesar tranquilidad. Poco sabía Aioros entonces, pero el Maestro había tomado por fin una decisión.

-Ven. Trae a la princesa. –le pidió el anciano.- Le gusta quedarse dormida mirando al cielo. –cuando Aioros acomodó a Athena en su regazo, el Patriarca elevó la vista al manto estelar.- Creo que sueña con las historias que las estrellas nos cuentan, sobre los héroes del pasado y sus hazañas llenas de gloria. Algún día, también habrá de soñar con el futuro… con el futuro que habréis de construir a su lado. — miró hacia su joven santo.

-Cuenta con ello. –el chico le sonrió.

-Hazme un favor más, Aioros.

-El que desees. –preguntó, no sin sentirse ligeramente intrigado.

-Pide a Arles que vaya hasta Géminis y avise a Saga que deseo veros mañana a primera hora. –el castaño asintió.

-A primera hora. Estaremos aquí.

-Gracias… y descansa, hijo. Han sido unos días largos para todos.

Una reverencia marcó el final de esa noche juntos. Aioros acarició los cabellos lilas de la pequeña diosa y marchó en busca de Arles, antes de regresar a Sagitario. En su camino, se detuvo a los pies de la estatua de Athena, desde donde se apreciaba cada rincón del Santuario, sin importar lo lejano que se encontrara. Perdió la vista en los bosques espesos más allá de Rodorio, que se mecían con la viento frío del norte, y en el reflejo dorado de las luces distantes de Atenas.

Sonrió, con una mezcla de sentimientos encontrados, al pensar en la pequeña amazona perdida en un mundo desconocido para ellos. Pensó en lo difícil que sería para ella, en lo mucho que la extrañarían, pero por sobretodo, pensó en el nuevo inicio que esperaba por ella ahí afuera. Donde estuviera, Naia tendría una segunda oportunidad de comenzar desde cero; con una vida nueva, en un mundo nuevo. Tenía la esperanza de que lo conseguiría.

-Buena suerte, Naia... donde quiera que estés. –murmuró mientras retomaba el camino.

-X-

-Están aquí, Maestro. Esperan por vos. –Arles había anunciado.

Había pensado que aquella sería la noche más larga de su vida, pero las horas de meditación le resultaron insuficientes. Aún mientras caminaba hasta el Salón del Trono, las ideas seguían dando vueltas en su cabeza. Confiaba en haber tomado la decisión correcta. Sin embargo, solo el tiempo probaría que había elegido con certeza. Lamentablemente, él ya no estaría ahí para comprobarlo.

Al llegar al Salón, los encontró como siempre, uno junto al otro, con la rodilla en el piso y la cabeza gacha, como muestra de respeto a su persona, y envueltos en aquella aura magistral que tanto le gustaba ver en ellos. Esa era una imagen que atesoraría hasta el final de sus días, pero por sobre todo, rogaba a Athena que, aún cuando se terminasen sus días sobre la Tierra, ambos permanecieran así: juntos, como debía ser.

-Levantaos. –les pidió mientras él tomaba asiento en el enorme trono.

Se aferró a la silla de mármol, oro y madera; y se tomó unos pocos segundos para contemplar los rostros expectantes de los dos chicos delante suyo. Miró de uno a otro, de Saga a Aioros. Ninguno de los dos se movió un solo centímetro.

Saga lucía particularmente tenso. Sus ojos verdes le sostenían la mirada, aunque Shion no sabía si interpretar ese gesto como una muestra de insolencia o un desesperado intento de mantener las mentiras sobre el escape de Naiara con vida. Fuera cual fuera la razón, ambas le resultaban sumamente decepcionantes en aquel instante. El lemuriano también podía asegurar que Saga no había pegado los ojos en toda la noche, y si lo había hecho, el descanso había sido nulo. El gemelo lucía exhausto. Lo notaba en las bolsas negras alrededor de los ojos que eran más evidentes con la súbita palidez de su piel y en su postura, ligeramente diferente a su usual elegancia.

Aioros, en cambio, estaba más inquieto que de costumbre. Su mirada cerúlea se debatía entre prestar atención al Patriarca o inspeccionar cada gesto en su amigo de Géminis. Había estado observando a Saga de soslayo por un buen rato en busca de algo que ni siquiera Shion sabía de que se trataba.

-Os he llamado por dos asuntos que conciernen a ambos. –habló el Gran Maestro. Su voz sonó tan potente y firme como en sus mejores tiempos.- Sabréis que hemos suspendido la búsqueda de Naiara. Es libre de quedarse donde quiera que esté, más no será bienvenida de nuevo en este Santuario. -Saga disimuló lo mejor que pudo su reacción, aunque sus ojos se abrieron cual platos, dejándole en entredicho. Mientras, Aioros se limitó a levantar las cejas. El hecho de que Shion le hubiera prestado atención le resultó motivo tanto de orgullo, como de recelo.- Las condiciones bajo las cuales se dio su escape han sido vergonzosas y poco dignas de lo que se espera de esta Orden. –Saga arrugó el entrecejo y, por primera vez, agachó la mirada para sembrarla en el suelo. "Perdiste. Lo perdiste todo" pensó mientras Shion continuaba hablando.- Espero que éste descuido no vuelva a repetirse bajo ninguna circunstancia, ni en los calabozos, ni en ninguna otra de vuestras obligaciones. Estáis preparados para ser los mejores y no se espera nada menos que eso de vosotros. Haced honor a la reputación que ostentáis.

Los santos jóvenes asintieron, sintiendo sobre si, no solo la mirada severa de Shion, sino también la de Arles. Las máscaras ocultaban los rostros de ambos, pero ni eso bastaba para obviar la gravedad que implicaban las palabras del Maestro.

-Con base en esa reputación, en vuestros esfuerzos y en la innegable atención que tenéis para con vuestros deberes, he de admitir que el futuro de nuestras Orden nunca se ha visto en mejores manos. Habéis crecido en sabiduría y en justicia, os habéis alzado como líderes de vuestros hermanos y como fieles siervos al servicio de nuestra joven diosa. De corazón, os digo que no podría estar más orgulloso de vosotros… de ambos. –hizo una pausa que se tornó dolorosamente larga para los chicos.- Pero, con la alegría que nos trae la llegada de la princesa Athena, también se presenta el augurio de una guerra cruel e intensa para todos. Y, aunque sería el honor más grande mi vida acompañaros en ese viaje, me temo que no será posible. Mis huesos son viejos y mis carnes débiles. El ocaso de mi vida es cada vez más cercano, mis hijos. Es vuestro turno de liderar el camino.

Las palabras disparaban los recuerdos en sus mentes, memorias de tiempos viejos que parecían tan lejanos como irreales. En todas esas imágenes, Shion todavía era lo suficientemente fuerte para durar otros cien años, como si a pesar de la edad, luciera capaz de liderar una nueva Guerra Santa sin ningún problema, con ellos a su lado. En los recuerdos también habían sonrisas, dignas de travesuras infantiles, y gestos cargados de complicidad, de cariño y de orgullo. Los sentimientos no había cambiado, pero ellos sí.

Ellos habían crecido y el tiempo había carcomido las fuerzas del lemuriano. Ya no eran niños y él tampoco era el padre que les duraría para siempre. Al final del camino, únicamente les quedaría la melancolía.

-Sabed que, desde que erais niños, habéis estado bajo el rígido escrutinio de todo aquel que aspira a tocar el cielo. Fuisteis educados como príncipes, porque eso es precisamente lo que sois. No peones, ni simple guerreros… sois líderes, las cabezas de la Orden más antigua, más noble y más fuerte de todas.

A cada segundo, el corazón de Saga latía más y más fuerte. Las intenciones de Shion eran transparentes como el agua: estaban ahí porque habría de nombrarse a un heredero… al siguiente Patriarca.

La incertidumbre era enorme, a pesar de que se decía una y otra vez, lo mucho que sus acciones habían hablando en su contra. No sé arrepentía de nada de lo que había hecho y, si tuviera que volver a hacerlo, su decisión sería la misma; pero no dejaba de resultarle doloroso lo poco que había bastado para destruir cada esperanza suya de obtener el trono. Con sus mentiras, había puesto el último clavo en el ataúd y Shion estaba preparado para terminar de una vez por todas con aquel asunto.

"Disimula. Sé fuerte" se dijo.

-Es mi deseo que uno de vosotros sea quien me sustituya cuando Hades tome mi vida entre sus manos. Ambos son más que capaces, de eso no me queda duda; pero solo uno podrá ser llamado Patriarca de Athena. –el tono de su voz se había agravado y su cuerpo se había tensado, irguiéndose aún más en el trono. Arles, a su lado, también se plantó un poco más. Jugueteó con los eslabones de su collar, como era común cada vez que se sentía nervioso, y miró alternativamente de uno a otro de los santos.- Sin importar cual sea mi decisión, os lo pido ahora: permaneced juntos. De vuestra unidad, de ese lazo tan especial que os une, pero por sobre todo, de vuestra amistad, depende la supervivencia de esta Orden. Crecisteis como hermanos y lo sois. No os une la sangre, sino el corazón; y no hay vínculo más grande que ese. Nunca lo olvidéis: Apoyaos, quereos y velad por vuestros hermanos más jóvenes. Ved a través de los ojos de nuestras princesa y enseñadle el camino de la verdad, de la justicia y del amor, pues eso es lo que ella significa para nosotros. Esa es mi voluntad y mi deseo, os ruego lo cumpláis aún después del último de mis días.

Pero hacía mucho que Saga no escuchaba sus palabras.

"Solo dilo." Saga sentía la ansiedad en cada poro del cuerpo. Quería dejar atrás todo, pasar aquel trago amargo, hundirse en su pesar y no volver a hablar de ello jamás. "Es su nombre, ¿cierto? Dilo, dilo de una vez."

Le invadieron unas ganas terribles de llorar, de gritar, de darse la vuelta y retirarse. Cerró los puños con una fuerza abrumadora, llena de frustraciones. Su mirada se fijó en un punto distante y se perdió ahí en espera de la confirmación de sus temores.

-El trono y lo que ello conlleva son tuyos… Aioros. Que Athena y su sabiduría iluminen tus pasos. –sentenció el lemuriano.

De pronto, al escuchar por fin la decisión, una súbita calma embargó al geminiano. Sus músculos se relajaron, dejándole sentir el peso del cansancio. Su mente quedó en blanco, como sin nada de lo que sucediese a su alrededor fuera algo más que un sueño turbio. Su lengua fue incapaz de pronunciar palabra alguna, ni tampoco prestó atención al desencajo en el rostro del arquero.

No supo como le era posible sentirse así. Hasta entonces, no la conocía, pero esa sensación, esa falsa tranquilidad tenía un nombre: se llamaba desesperanza.

-X-

El retumbar de la puerta cerrándose a sus espaldas fue lo único que escucharon al abandonar el Salón del Trono. Oyeron a los guardias de la entrada golpear el piso con las lanzas al pasar junto a ellos y, después, solo hubo silencio.

Ambos se esforzaron por mirar solo al frente. Evitaron intercambiar miradas a como diera lugar. Sus ojos dirían mucho más de lo que sus bocas estaban dispuestas a confesar. La tensión entre los dos santos era obvia y tan grande como nunca antes habían experimentado estando juntos. Por una vez, Aioros estaba callado; y, también, por una vez, Saga era incapaz de esconder todo lo que surcaba por su mente.

Después del encuentro con Shion del día anterior, Saga estaba casi seguro que había perdido toda oportunidad de convertirse en su heredero. No había sido difícil leer la decepción en el Maestro, y él tampoco se había esforzado por ocultarla. De alguna forma se había preparado para la derrota… pero a pesar de todo, jamás se hubiera imaginado que terminaría por doler tanto.

Sabía que para Aioros tampoco era fácil. La expresión que se dibujó en su rostro cuando Shion pronunció el veredicto distaba mucho de ser alegría, u orgullo siquiera. Si el gemelo tuviera que ponerle nombre a las emociones que encontró en el rostro de su amigo, pánico sería lo primero que le hubiese venido a la mente.

Reconocía que Aioros se merecía aquel puesto tanto como él… quizás más, según el propio Patriarca. Pero, ¡aquel era su sueño! Había deseado el trono desde el primer instante que supo que competía por él. Se había atrevido a imaginarse ahí, a la cabeza de la Orden, como Gran Maestro, liderando a sus compañeros durante los momentos más turbios que deparara el futuro. Creía tener todo lo que se necesitaba: corazón, fuerza, inteligencia, carisma… creía ser el indicado. Sin embargo, Shion no había opinado lo mismo. Una vez, una sola vez, se había atrevido a romper las reglas y el precio que le había tocado pagar fue demasiado alto.

-Saga, yo… -la voz de Aioros rompió sus meditaciones. Había sido solo un murmullo, pero en el silencio abrumador se había escuchado como un grito desesperado.

-Lo harás bien. No tengas miedo. –dijo, de la mejor manera que pudo, sin saber si había sonado lo suficientemente convincente.

No era que dudara de las capacidades del arquero, pues eso no lo haría jamás: pero es que dolía, dolía más de lo que había pensado.

Aioros asintió torpemente, pero no era eso lo que deseaba escuchar del peliazul. En aquel momento, lo que menos le interesaba era su capacidad para cumplir, o no, con los requerimientos de su recién adquirido puesto. Lo único que quería, era saber que su amigo estaba bien, aunque con toda seguridad eso sería una mentira. Nadie mejor que él mismo podía atestiguar lo mucho que Saga anhelaba convertirse en el regente de la Orden Ateniense. Al haberle arrebatado el puesto, le había arrancado los sueños y las ilusiones… le había roto el corazón en mil pedazos y Saga ni siquiera había sido capaz de ocultar su desencanto.

-No… no es eso lo que quería decirte. –retomó la palabra. Miró de soslayo al geminiano, pero éste únicamente le obsequió una mirada fugaz.- Yo no pensé…

-No vayas a disculparte por esto. La decisión era de Shion y de nadie más. Si te ha elegido a ti, es porque te ha considerado como la mejor opción. No hay nada más que decir, salvo… enhorabuena. –Aioros le oyó suspirar pesadamente y le vio asentir, para confirmar de este modo sus palabras. La felicitación era sincera, lo mismo que la congoja genuina en su voz.

Después, Saga le sonrió, aunque aquello le pareció más una mueca de resignación, que otra cosa. De inmediato, el gemelo cruzó frente a él en busca de la salida del templo. Un segundo más tarde, por el porte elegante de su andar y al expresión blanca en su rostro, Aioros casi creyó que había recobrado rápidamente la compostura. De no haber sido por el abatimiento en su mirada, el arquero le hubiera creído.

-Lo que Shion dijo… -se maldijo por balbucear en un momento tan importante.- Lo que dijo es verdad. Te necesito... aquí… conmigo… para apoyarme. –alcanzó a decir antes de que se alejara demasiado.- No creo poder hacer esto sin tu ayuda.

Lo vio detenerse mientras una angustia inaudita se crecía dentro de él. ¿Qué le respondería? ¿Era demasiado pronto para haberle hecho tal petición? ¿Lo tomaría como una burla? Ojala que Saga supiera leer bien su súplica y que reconociera en ella la sinceridad de sus palabras. Después de todo, hablaba con la verdad. Saga sería indispensable para la Orden y para él. No había nadie más en quien pudiera depositar su confianza absoluta, ni tampoco nadie que le aportara todo lo que el peliazul podía dar.

Cuando Saga se detuvo y giró ligeramente hacia donde él estaba, Aioros casi sintió su corazón detenerse. El gemelo guardó silencio por un segundo, mientras el santo de Sagitario se esforzaba por esculcar aquel rostro sin emociones.

-No hay necesidad de que pidas nada, Aioros. –le respondió.- Estaré ahí… para ti, para la Orden y para Athena. –Aioros volvió a asentir atropelladamente. Deseó con todo su corazón que así fuera.

-Gracias…

Se quedó quieto, viéndolo marchar, hasta que desapareció de su vista. En la soledad del pasillo, rodeado de los grandes estandartes color escarlata y las anchas columnas de mármol, Aioros jamás se sintió tan solo e insignificante como en ese momento.

No había pedido ser elegido, ni nunca había anhelado semejante honor. Sin embargo, ahora era el heredero, el primer Patriarca diferente a Shion en más de doscientos años.

"Patriarca."

Sonaba tan regio, tan grande, tan lleno de honores… tan diferente a él.

Le acogió un sentimiento de incertidumbre y de temor. Shion estaba poniendo el futuro en sus manos, jóvenes e inexpertas. Shion había confiado en él. Pero, ¿sería capaz de sobrellevar todo lo que ello implicaba?

-X-

Volvió a Géminis nada más despedirse de Aioros. Descendió las Doce Casas a toda prisa, con la única intención de no cruzar sus pasos con los de nadie más, y ahogarse en el silencio que el Tercer Templo era capaz de otorgar de vez en cuando. Se aseguró de Kanon no estuviera allí, pues lo que menos deseaba en un momento como aquel era la cara burlona de su gemelo, recordándole lo estrepitoso de su fracaso. Saga era un ganador, estaba acostumbrado a la victoria… y aquella era la primera y más dolorosa derrota que había podido sufrir.

Rebuscó en el maltrecho botiquín por algo que suavizara su dolor de cabeza, y engulló el par de pastillas, antes de zambullirse en las aguas termales que circulaban bajo el templo. Procuró, por todos los medios, liberar su mente. No quería pensar más en todo lo que había sucedido, en todo lo que había perdido en tan solo un día. Mas era incapaz de hacer todo aquello a un lado.

Cuando descubrió que el baño relajante era tan inútil como cualquier otra cosa, decidió que no había nada que pudiera consolarlo en un momento como aquel. Salió del agua, temblando, se secó a toda prisa y dejó que Géminis lo vistiera una vez más. Quizá entre los dos el día fuera menos deprimente.

Salió del templo después de un par de horas, más fresco quizá… pero igual de agotado que antes, si no más. Y se encaminó a Cabo Sunion de nuevo. Nadie iba a molestarlo allí, estaría solo: con las olas, las gaviotas y su conciencia desquiciada. Además estaría lejos de los rumores: estaba seguro de que la noticia ya había llegado hasta el último rincón del Santuario.

Sin embargo, por mucho que se esforzase en pensar en lo que estaba por venir… en el lado bueno de lo que había sucedido, era imposible. No podía alejar la mirada metálica de Shion y Arles sobre si, no podía dejar de sentir la decepción y desconfianza que había crecido en ellos en tan solo un día. ¡Un día! ¡Un día había bastado para dilapidar una vida entera de esfuerzo y méritos por ser el mejor! ¿Tan tonto había sido? ¿Cómo se había podido engañar tanto como para creer que tenía la confianza del Maestro? ¿Para creer que entendería sus acciones…?

Quizá si. Pero era incapaz de arrepentirse de nada de lo que había hecho hasta aquel momento. Sentía que había hecho lo correcto, lo que debía… Shion fuera capaz de verlo o no. Después de todo, Aioros era una magnífica elección. Aioros era… Se sopló el flequillo y respiró hondo. Aioros era su amigo, su único y mejor amigo, no había modo posible de que le diera la espalda. ¿Por qué Shion había insistido tanto en que permanecieran unidos? ¿Por qué Aioros le había pedido que lo ayudara?

Nada de aquello era necesario. Estaría ahí sin que nadie se lo pidiera, por muy enfadado, frustrado y decepcionado que se sintiera. ¿Acaso nadie podía verlo, que tenían que pedírselo o recordárselo?

No confían en ti.

El pensamiento fue tan vívido, que le pareció que alguien se lo había susurrado en el oído. Sin embargo, echó aquello a un lado tan pronto como vio a Kanon. No iba a soportarlo, no en aquel momento. Simplemente no podía. Ralentizó el paso, confiando en que su gemelo no hubiera notado aún su presencia, pero fue demasiado optimista. El menor se dio la vuelta en ese preciso momento. Lo miró a los ojos, inesperadamente serio, y Saga se revolvió incómodo.

-¿Qué piensas hacer? –dijo de pronto.

-¿Acerca de qué? –En cierta manera, Saga sabía a que se refería Kanon.

-¿Aioros patriarca? –El menor ladeó el rostro y dejó escapar una carcajada burlona.- ¿En serio?

-Eso parece.

-¡Tú debiste ocupar ese puesto!

Saga estaba tan seguro de que Kanon se burlaría, que aquella confesión le resultó demasiado difícil de digerir. Frunció el ceño, sin dejar de verlo.

-Aioros se lo merece tanto o más que yo. –Se encogió suavemente de hombros, consciente de que de alguna manera, su voz no había sonado tan convincente como hubiese querido. ¡Él lo habría hecho tan bien!

-Sigue diciéndote eso para tratar de consolarte. –Kanon se acercó a él un par de pasos.- Aioros quizá sea un buen santo dorado, no lo pongo en duda. –Y aquello si que le resultaba difícil de admitir en voz alta.- Pero no sirve para gobernar.

Tiene razón.

Frunció el ceño con más fuerza cuando esa conclusión surcó fugazmente su mente. No, Kanon no tenía razón. Kanon nunca tenía razón porque rara vez hablaba pensando en alguien más que no fuera él mismo.

-¡El mundo debe estar gobernado por la fuerza, Saga! ¡Los que la poseen pueden… deben ser los dueños del universo!

-¿Qué…?

-Athena no es más que un bebé. Shion es demasiado viejo como para tomar las decisiones que deben tomarse. ¡Lo has visto hoy! Él prefirió enviarte a cuidar de la basura del Santuario en lugar de mantenerte a su lado. Te envió al Cabo, a las Celdas… y dejó a Aioros con él. ¡Eras tú quién debía sentarse en ese trono y gobernar!

Shion te apartó de su lado como si fueras una maldición.

-Pues no lo seré. –Siguió caminando acercándose al acantilado, procurando calmar su acelerado corazón. No le gustaba aquella conversación, porque cada palabra se clavaba inmisericorde en su pecho.- Hazte a la idea.

-¿Por qué no? –Saga se detuvo de pronto.- No hay nada que Aioros pueda hacer contra ti, contra nosotros. –El mayor apretó los dientes. Todo aquello sonaba a…- Mata a la cría, elimina al viejo. –Sonaba a traición.- Y el mundo será nuestro. ¡Nadie podría interponerse en el camino y no estarías echando a perder el don con el que te bendijeron los dioses!

Vil traición.

Se dio la vuelta y antes de decir una sola palabra, golpeó a Kanon. Lo envió al suelo de un puñetazo, y lo miró mientras se incorporaba sobre los codos. El menor escupió algo de sangre, y esbozó una sonrisa en el rostro que le puso los nervios de punta. Kanon estaba perdiendo la cabeza.

-¡Athena ha tardado doscientos años en volver, y quieres…!

-¡Oh! Vamos… no te hagas el virtuoso e inocente, ¿quieres? Sabes que puedes hacer las cosas de otra manera. Sabes que tienes razón y que… -Apenas le dio tiempo a levantarse, cuando lo tumbó de un golpe nuevamente.

-¡No sigas! –No quería escuchar una sola palabra más de lo que Kanon tuviera que decir, porque a medida que el menor hablaba, sentía como su corazón dolía más y más. Lo levantó del suelo en volandas y lo zarandeó.- Cierra la boca. ¿me has oído? Siempre has sido ambicioso, pero esto… ¡Tenemos una misión que cumplir por encima de lo que tú y yo sintamos!

La sonrisa de Kanon se ensanchó. Ningún golpe parecía capaz de quitársela del rostro, y de alguna manera… Saga se arrepintió inmediatamente de sus últimas palabras. Habían sonado como si le hubiera dado la razón y él no…

-¿Por qué no intentas ser honesto contigo mismo una vez al menos?

-¿Cómo?

-Deberías saber que tú máscara es más frágil de lo que piensas. Shion ha visto a través de ella igual que lo hago yo. Por eso debe morir. –Saga no atinó a decir nada en su defensa.- Tienes la reputación de ser justo, prácticamente un ángel. Eres admirado y todo el mundo te adora. Yo, sin embargo, soy egoísta y no reconozco ninguna autoridad. Para el mundo somos tan diferentes como el sol y la luna, pero al final… somos exactamente iguales. –Silencio.- Yo siempre he actuado según mis deseos, según mi propio beneficio. ¿No es lo mismo que has hecho tú ayer?

Ayer. Todo lo que había ocurrido el día anterior parecía pertenecer a otra vida.

-No. -Lo dijo, pero sin estar convencido de ello. Su cabeza gritaba todo lo contrario.

Shion no tenía ningún derecho a matarla. A decidir sobre su vida y su muerte.

Pero Naia había roto las normas, tanto como él. Era justo que no les premiaran por ello.

No lo es.

-Tienes tanta hambre de poder como yo. Y harías lo que fuera por conseguir lo que deseas, pero no tienes el valor para aceptarlo. Te gusta tanto esta pantomima que te has inventado, que eres incapaz de ver más allá.

-No sabes de lo que estas hablando.

-Eres un lobo disfrazado de corderito, y al final no has resultado ser más que mi propio reflejo. Somos exactamente iguales. –Saga siempre se había controlado sorprendentemente bien de golpearlo, pero cuando encajó un nuevo golpe en la mandíbula, Kanon frunció el ceño. No sabía si iba por el camino que deseaba o no… mas no podía cesar en el intento ahora que lo tenía tan cerca.- ¿Tan difícil es aceptar y mirar a la verdad de frente, hermano?

Kanon tiene razón.

No.

Deseas tanto ese trono, porque sabes que lo mereces.

No. No.

Te corresponde por derecho. Te lo has ganado.

-¡Cállate!

Se han burlado de ti. Te han dejado en ridículo y se han reído de todos tus sueños. No eres más que su marioneta, y cuando no te necesiten te harán a un lado. ¿O ya lo han hecho?

-¡Cállate! –Se llevó las manos a las sienes y apretó con fuerza. Su cabeza dolía tanto que parecía a punto de estallar, y ni siquiera era capaz de controlar todos aquellos pensamientos desordenados. No sonaban a él, no eran suyos, no…- Cállate… -murmuró hundiendo el puño en el estómago de su gemelo.

Bajó el rostro, percatándose de que sus ojos no veían con toda la nitidez que le hubiera gustado. Sin embargo, le fue imposible ignorar la sonrisa triunfal de Kanon, aún cuando se retorcía a sus pies de dolor. Era como si hubiera esperado que…

¡Se estaba volviendo loco, por Athena!

-¿Ves? Te has dejado llevar por la ira y el odio. -murmuró el menor.- Al fin muestras un atisbo de tu verdadera cara… -Una cara que Kanon había visto antes: en medio de las pesadillas que atenazaban los sueños de su hermano cada noche. Lo había escuchado, había visto sus ojos… Y Saga ni siquiera era consciente de ello.

Saga apretó tanto los puños, que no solo sus manos, sino todo su cuerpo temblaba sin control. Observó a Kanon una vez más, con los labios entreabiertos, y tomó una gran bocanada de aire. No había manera de salvarlo, ahora lo veía tan claro como el agua. Había pasado mucho tiempo engañándose, disculpando la conducta de su hermano ante todos… pero no podía hacerlo más. No cuando sus pretensiones eran tan altas, tan peligrosas. Athena debía vivir, era su diosa… por ella lo había entregado todo.

Tomó a Kanon del brazo y lo arrastró consigo a trompicones.

-¡¿Qué estas haciendo? –De pronto, una desagradable sensación de pánico ascendió por la columna vertebral del menor de los gemelos. Intentó zafarse de su agarre de oro sin éxito, y después se vio resignado a seguirlo como pudo.

-Poner fin a esto.

-¡¿De qué hablas?

Saga no dijo nada. Guardó silencio mientras mantenía la mirada al frente y procuraba ignorar los gritos de su gemelo. Apretó aún más su agarre, a sabiendas de que le estaba haciendo daño, pero asegurándose de que no se soltara. Buscó la entrada a la sinuosa escalera, y cuando la encontró comenzó el peligroso descenso.

Kanon, sin embargo, comenzaba a entender. Las olas, que aquella mañana se agitaban más tranquilas que los días anteriores, comenzaron a salpicarlo. El contorno oscuro de la gruta apareció ante él, robándole el aire sin piedad. Un miedo insoportable comenzó a hacerse con todo su ser, y antes de que se diera cuenta, el agua tapaba sus pies.

-¡Saga! ¡No puedes hacerme esto! –pataleó, se debatió y con todas sus fuerzas intentó soltarse. No tuvo suerte.

-No voy a dejar que le hagas daño a la princesa. Ni a Shion, ni a nadie más.

-¡Soy tu hermano! –gritó a pleno pulmón, cuando la oscuridad de la cueva opacó la luz del sol.- ¡Me estas condenando a muerte!

-¡Has sido tú quien se ha condenado! ¡¿No lo entiendes?

Dolía, todo dolía. No podía creerse que estuviera a punto de hacer lo que iba a hacer, pero sabía que era necesario. De otro modo, el destino de Kanon sería aún peor. No iba a dejar que se mostrara de aquella manera frente al mundo, frente los que alguna vez lo quisieron y frente a los que debía proteger. Sería devastador, sería… Lo destruirían.

Nadie tenía porque saber en que se había convertido su gemelo. Cerró los barrotes. Nadie tendría derecho alguno a llamarlo traidor.

-Cabo Sunion hará justicia. –murmuró.

-¡Estas asesinando a tu hermano gemelo! ¡Me estas condenando a una muerte espantosa! ¡Sabes que no tengo ninguna posibilidad de sobrevivir a esto! ¡Sabes que…! –una ola rompió a sus pies, haciéndole comprender lo lejos que habían llegado las cosas. Golpeó los barrotes con fuerza, se aferró a ellos… y buscó la mirada de Saga que lo veía de vuelta.

-Si mereces el perdón… vivirás. –Sus ojos verdes no decían nada. Habían perdido todo su brillo, todo su resplandor dorado. Estaban vacíos… igual que su voz. ¡Todo estaba saliendo mal! Kanon deseaba con todas sus fuerzas que aquel lado oscuro suyo surgiera, pero empezaba a darse cuenta de que lo había subestimado hasta tal punto, que había perdido el control.- Soy un Caballero de Athena, Kanon. Siempre lo seré.

-¡Somos hermanos de sangre! –gritó tanto que su garganta ardió, pero las últimas palabras de Saga habían sonado tan sinceras, tan puras… que temió darse cuenta de que quién lo había encerrado había sido él, y no un lado oculto y sanguinario. Saga lo miró por última vez.- ¡Somos gemelos! ¡Y lo quieras o no compartimos el mismo destino! –Continuó gritando.- ¡Somos idénticos! Y si el mal está en mi… está en ti.

Saga se había dado la vuelta y comenzaba el ascenso, pero Kanon sabía que lo seguiría escuchando… que lo haría hasta el final de los días, porque era incapaz de hacer lo contrario por mucho que lo intentase. Lo observó, con la melena y la capa agitándose enfervorecidas ante las atrevidas caricias del viento.

-¡Tenemos un don! ¡Quizá tú seas un cobarde y prefieras ignorar tu propio poder, ese que te ha convertido en un jodido dios! ¡Pero yo no lo haré! ¡¿Me escuchas? –Saga se detuvo en seco.- ¡Aprovecharé el poder que se me ha dado, y te recordaré día a día el tremendo error que estas cometiendo! ¡No descansaré hasta que caigas!

-¡Cállate, maldito! –Saga gritó tan alto como él. Apretó los puños con todas sus fuerzas y volteó a verlo.

-Ya está… -Kanon rompió en carcajadas cuando contempló su rostro desencajado por la ira, roto por el odio. Y solamente cuando sus ojos se cruzaron con aquella escalofriante mirada sangrienta, supo que había ganado. Saga sufriría cada una de sus desgracias, y él disfrutaría enormemente su caída. Su destrucción.

El mayor se dio la vuelta. Ascendió las escaleras tan rápido como pudo, pero cuando alcanzó lo alto del acantilado… El mundo de Saga se vino abajo. Dejó de escuchar los gritos de su hermano. Su mirada se nubló, y un latigazo de dolor atravesó su cerebro. La sangre goteó de su nariz y el nudo de la garganta se estrechó. El aire parecía incapaz de llegar a sus pulmones, a la vez que las nauseas se hacían imposibles de controlar. Se llevó las manos a la cabeza, y ahogó un quejido. Sus piernas cedieron y cayó sobre sus rodillas.

Entonces lo escuchó, tan nítidamente como nunca antes. Comprendió que él siempre había estado ahí… agazapado en un rincón de su ser. Escuchó su risa, que lo hizo estremecer y una lágrima rodó por su mejilla. Ahora comprendía. Era un monstruo.

Shion lo sabía, siempre lo había sabido.

Todo había acabado. Ares había ganado. Él había perdido y les había condenado.

-Eres mío.

-Continuará…-

NdA:

Deltha. ¿Hola? ¿Hay alguien? ¿A dónde fueron todos?

Todos: …

Deltha: ¿Hola?

Todos: … …

Deltha: ¿Compañero del crimen?

Cerebro de Saga: El cosmos que usted marcó, se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento. Intentelo de nuevo más tarde. Bip, Bip, Bip.

Deltha: ¿Aio?

Cerebro de Aioros: Biiiiiiiiiiip.

Deltha: ¿Kanon?

Kanon: Glup, Glup.

Deltha: ¡¿Naia?

*Bola de paja que atraviesa el salón*

Deltha: Pues… si alguien sigue ahí, no olvideis añadir a Sociedad de Malvadas a alerts. Con un poco de suerte habrá señales de vida cuando terminemos la primera parte y empecemos la segunda. T_T

Ares: Wahahahaha!

Deltha: e_e ¡Si Ares no secuestra a Damis y Sun nos veremos en el próximo capítulo! T_T ¡Aún queda algo de DTE! T_T