Capítulo 30: Adiós
Un dolor tan punzante como insoportable atravesó su pecho. La falta de aire en sus pulmones lo obligó a despertar. Abrió sus ojos de par en par, y casi por reflejo, volteó a ver a sus acompañantes. Mosca y Perseo dormían a pocos pasos de él, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, Aioros lo supo desde el primer momento. Alzó el rostro hacia el negro cielo nocturno y lo escudriñó en busca de consuelo, mas no lo halló.
Una estrella fugaz lo atravesó y frunció el ceño. Decían que cuando una estrella caía, era el momento de pedir un deseo, el momento de aferrarse a la buena suerte. Pero Aioros sentía que no eran más que lágrimas doradas. Las mismas lágrimas que resbalaron por su rostro al comprender. Entreabrió los labios.
-No… -sollozó.- No…
Tras unos minutos en que se permitió dar rienda suelta a su dolor, se secó las lágrimas. Se puso en pie, y recobrando su entereza, despertó a los dos santos de plata que lo acompañaban. Sus rostros soñolientos adoptaron rápidamente una expresión de extrañeza poco usual. "¿Qué sucede?" preguntaron. Y entonces, él se vio obligado a callarse la noticia. El maestro había muerto, si. Shion… Pero tuvo que esforzarse por mostrar su lado más fuerte, por evitar que su voz temblara y delatara la tristeza insoportable que lo carcomía. Lo había sentido, había sentido como su cosmos extrañamente triste se esfumaba en sus propios sueños. Eso era algo que sus subordinados no debían saber; no aún, no hasta que llegaran a casa y supiera a ciencia cierta que había pasado.
Volvieron a toda prisa al Santuario, sin mediar palabra. Los chicos no dejaron de verlo, interrogantes, durante todo el camino de vuelta, pero los ignoró del mejor modo que pudo. Les aseguró que les mantendría tan informados como le fuera posible, pero mientras subía por la larga escalinata zodiacal, solo atinó a pensar en los últimos días que habían vivido.
Se había marchado apenas el día anterior. Shion lucía cansado, viejo y triste… pero no moribundo. Le había prometido que traería de vuelta a Saga, había estado convencido de que aquello le devolvería algo de su alegría, al menos momentáneamente. Pero no lo había encontrado, había sido incapaz… Apretó los puños, preguntándose si en algún lugar del mundo, Saga estaría sintiendo el mismo dolor que él.
Antes de darse cuenta, el Templo Papal se alzó ante sus ojos.
Los guardias permanecían en sus sitios, como siempre, aferrados a sus picas de plata. Le dedicaron una leve reverencia, y finalmente abrieron la puerta del salón del trono. Aioros entró, procurando, tal y como venía haciendo toda la noche, que su dolor no le traicionara. Recordó el rostro impasible de Saga: su máscara de tranquilidad incluso en las situaciones más tensas, y no pudo dejar de preguntarse cómo podía fingir tan bien. Pero no importaba… la verdadera cuestión era que el Santuario no necesitaba rostros rotos por la pena. El Santuario necesitaba fuerza y entereza: alguien que les mantuviera en pie tras un golpe tan duro como aquel. Ese alguien, le gustara o no, debía ser él.
-¿Arles? -llamó cuando entró al salón del trono, encontrándolo vacío.
El viejo santo de Altair no estaba en ningún lugar a la vista, pero sin mucho esfuerzo, su cosmos lo ubicó por él. Lo encontró en la terraza: en aquel mismo lugar donde habían pasado infinidad de horas inmersos en sus soporíferas clases, protestando y distrayéndose con el mismo aire. Todo aquello parecía pertenecer a otra vida.
-Has llegado. -Dijo, con las manos apoyados en la baranda de mármol; y con la vista, de metálico rojo, perdida en el insondable firmamento nocturno.
-Volví en cuanto lo sentí. –Se acercó hasta quedar a su lado.- ¿Cómo…?
¿Cómo fue? ¿Cómo murió? ¿Sufrió? Arles sabía de sobra que si el arquero no le ahogó a base de preguntas fue solamente por el apretado nudo de su garganta. Así que, tras aquella oscura máscara de plata, Ares sonrió disfrutando del cuerpo conquistado. Desde la muerte del viejo, Saga se había perdido en su propia mente. Sus lloriqueos se habían apagado, y él, felizmente, había tomado el control. La fortaleza mental del mocoso finalmente se había quebrado, dejando la vitalidad de su cuerpo a su merced. Había elegido bien: el chiquillo había resultado tan fuerte como manejable.
El chico de Sagitario era el único obstáculo que le quedaba, y parecía tan débil e indefenso como un bebé. Todo marchaba mejor de lo planeado.
-Fue, como cada una de las últimas noches, a Star Hill. –Se aclaró la garganta. Su voz sonó extrañamente tranquila y sosegada, como aquel que conversaba acerca del clima.- Se tomó demasiado tiempo, pero no nos está permitida la entrada al templo estrellado, así que aunque me extrañó, esperé. Fui en su busca cuando sentí morir su cosmos. Lo encontré en el suelo. Su corazón se paró, después de doscientos cuarenta y tres años.
-¿Puedo verlo? –atinó a preguntar el chico tras unos segundos de silencio.
Arles volteó a verlo y cuando Aioros se encontró con la oscura máscara mirándolo fijamente, bajó la vista. No supo por qué, pero de pronto, se sentía pequeño e indefenso y la intensidad que aquel rostro metálico transmitía, le resultó insoportable. Sin embargo, Ares sabía de sobra que eran todas aquellas emociones: miedo, un miedo incontrolable, que había contemplado y provocado innumerables veces durante su larga vida. Un miedo que inflamaba su cuerpo de placer.
-El Maestro fue incinerado hace unas horas. –dijo, sin perder detalle alguno de la reacción del chico.
Aioros guardó silencio, consciente de que las lágrimas estaban haciendo brillar sus ojos peligrosamente. Se encontró sin palabras. Tan sorprendido como estaba, había esperado encontrar a Arles más abatido. Al fin y al cabo, había sido la mano derecha de Shion durante décadas, su único amigo. Sin embargo, el viejo santo nunca le había resultado tan entero e impresionante. Era como si nada importante hubiera sucedido, cuando en realidad, todo su mundo se había puesto de cabeza.
-Su único deseo era descansar con sus hermanos de armas… -"Tal y como todo guerrero debe desear", pensó el dios.- No quería, de ningún modo, un funeral suntuoso, así que hice tal y como él deseaba. Al amanecer haremos repicar las campanas de Meridia en su honor.
-Así… ¿sin más? -¡Por los dioses! Shion había sido Patriarca durante más de doscientos años! Merecía algo más. Había sido un padre para ellos, merecía al menos sus lágrimas.
-Son tiempos difíciles, el Santuario necesita tranquilidad. –Su voz sonó con tanta autoridad, que la determinación de Aioros por protestar, se vio rápidamente minada.
-Lo sé… -se revolvió los desordenados rizos con nerviosismo.- Es solo que sin Saga aquí, con todo el asunto de Kanon… -De pronto, la realidad cayó sobre él con un peso aplastante.- Estoy solo. ¡No pude encontrarlo aunque se lo prometí! ¡Y no llegué a tiempo! Si tan solo hubiera podido traérselo una vez más… Me hubiera gustado despedirme de Shion… fue un gran Maestro, un gran padre, Arles.
-Guarda las lágrimas para cuando estés solo. –Aioros hubiera jurado que en su voz había una pizca de desdén, y no se equivocaba. Pocas cosas existían que Ares odiara más que las lágrimas y los mortales que se dejaban llevar por el corazón. Simplemente, con su naturaleza belicosa, no lo comprendía y lo despreciaba enormemente. Mostraban una debilidad deshonrosa que lo avergonzaba.- Así ha de ser.
-¿Ya diste la noticia? –susurró.
-Lo haré mañana. –El arquero asintió.- Se lo dije a Mu unos minutos antes de que llegaras. Pero has de ser tú quien se lo diga a Shura y Aioria, si es que no lo saben ya. Aprovecharemos también para anunciar la sucesión.
La sucesión. La palabra resonó en la mente de Aioros una y otra vez, tan alto, que estaba seguro, Arles podía escucharlo perfectamente desde donde estaba. En aquel momento, era un asunto del que no quería oír ni hablar. Ni siquiera lo había pensado. Ya no habría más clases, ni más preparación, ni más consejos. Sin Shion allí, el trono era suyo por derecho. El tan temido momento, había llegado mucho antes de lo esperado, y podía decir, con más certeza que nunca… que no estaba preparado. No en aquel instante.
-Apenas has iniciado tu preparación para el puesto. El momento para que te sientes en el trono y gobiernes, aún no ha llegado. –Tal y como si hubiera leído sus pensamientos, Arles continuó.- No estas listo para asumir una responsabilidad como esa.
-Ya lo sé. –murmuró. No tenía caso ocultarlo, ni fingir lo contrario. Arles lo conocía desde que había llegado al Santuario, ahogado en un mar de lágrimas a los siete años. No le sería difícil leer a través de sus palabras, y estaba seguro, que sabía de sobra sus sentimientos al respecto.
-Seguiré como regente, hasta que tu formación esté más avanzada. Shion hubiera querido que ocuparas su puesto ya mismo… -Aioros frunció el ceño. No por la decisión con la que hablaba Arles, ni por su sugerencia, que le parecía terriblemente adecuada y sensata, sino por la extraña manera en que hablaba del Maestro. Jamás, en toda su vida, lo había escuchado llamarlo por su nombre.- En los últimos tiempos se dejaba llevar demasiado por el corazón. Tú tienes otras responsabilidades importantes que cumplir, y debes madurar. Darte la máscara de oro hoy mismo, sería un error que no podemos permitirnos. –el Santo de Sagitario asintió lentamente. No estaba renunciando al trono, solo estaba esperando por el momento adecuado. El hecho de que no estaba preparado para tal responsabilidad en aquel preciso instante, era obvio. Quizá en unos meses más, fuera capaz de cumplir con todo lo que Shion había esperado de él. Quizá, finalmente, podría hacerlo sentir orgulloso allá donde estuviera.
-Está bien. Tienes razón, no tiene caso apresurar las cosas. Ya tenemos suficiente con lo que lidiar ahora.
-Puedes irte. –Arles asintió, complacido.- Descansa. Mañana será un día largo.
Aioros inclinó el rostro, y giró sobre sus talones. Arles lo observó alejarse, cabizbajo y apesadumbrado, a través del salón. El Santuario entero estaba resultando terriblemente fácil de manejar, y en aquel momento, recordó que los hombres solamente veían lo que deseaban ver. La diferencias entre Saga y Arles era obvias. Poco tenía que ver uno con otro. El chico era un adolescente después de todo, estaba creciendo, y no solo físicamente. Su propio poder, su voz, sus movimientos, el tono de su cabello… todo era diferente y, aún así, nadie pareció darse cuenta. Ni siquiera se habían percatado del cambio en su aura, pues aunque había logrado imitarla con maestría, continuaba siendo sutilmente diferente y por mucho, más poderosa. Amplió su macabra sonrisa una vez más. Los santos eran capaces de percibir un cosmos apagándose a miles de kilómetros de distancia, pero sus ojos no les permitían distinguir a un demonio de un ángel.
-Una cosa más. –dijo antes de que tuviera tiempo de irse. Aioros se detuvo, y ladeó el rostro para verlo mejor.
-¿Si?
-La búsqueda de Saga queda suspendida. –El arquero frunció el ceño.
-Déjame buscarlo un par de días más, ¡lo encontraré! –suplicó.- Habrá sentido la ausencia de Shion incluso con su cosmos apagado… volverá. Él…
-En lo que al Santuario respecta, Kanon está muerto, y Saga, en el mejor de los casos, es un desertor. La armadura de Géminis permanecerá aquí a la espera de un nuevo dueño.
Lo dejó con la palabra en la boca. No le dio opción si quiera a emitir una sola protesta, pues cuando Aioros quiso darse cuenta, Arles cerró la puerta tras de si. El arquero se quedó quieto en su lugar, ensimismado, con cada uno de sus músculos atenazados por la tensión. Quizá era cosa suya, quizá el dolor le estaba nublando la mente, pero Arles no era el mismo. ¿Cuándo se había convertido su cosmos en un aura tan impresionante?
-X-
Mientras caminaba de regreso a su templo, miles de imágenes inundaban sus pensamientos. Algunas eras distantes y borrosas, con los rostros casi olvidados de sus padres y el sonido de sus voces, tan roncas y lejanas, que Aioros desconocía ya si habían sido reales, o si solo eran un producto de su imaginación. Recordaba los grandes ojos azules de su madre y la fuerza cómplice con la que su padre le revolvía los cabellos tras alguna travesura. Oía sus risas y escuchaba lo bonito que sonaba su nombre cuando provenía de sus labios.
Por siete años había sido un niño normal… un niño feliz. No había sido un príncipe, como lo era en el Santuario, pero tenía en su familia el tesoro más grande que un pequeño de su edad podía anhelar.
Entonces, su pérdida lo había empañado todo. Recordaba aún el punzante dolor en su pecho y la desesperante sensación de ahogo que lo habían envuelto al saber que los había perdido. Incluso respirar, se había vuelto una agonía con cada recuerdo feliz que se desvaneció en su mente ese día. Se oyó llorar y gritar hasta el cansancio cuando les supo muertos; y, ahora que vivía una situación demasiado similar, deseó tener la libertad de hacerlo nuevamente. Necesitaba ser libre de llorar la muerte del hombre que se había convertido en su padre y que le había devuelto la sonrisa a un niño roto como él.
Jamás imaginó que el vacío que sus padres habían dejado se llenara de otra forma en un lugar como aquel. Había llegado al Santuario con nada más que un montón de incertidumbre y una pena enorme en el corazón. Pero, de la manera más increíble, había encontrado una familia ahí. Una familia que estaba perdiendo de nuevo, poco a poco.
Ni en sus sueños más oscuros pudo vislumbrar que el triste final llegaría tan rápido. No era ingenuo, sino al contrario. Siempre fue consciente de lo demeritada que estaba la salud de Shion, pero el desenlace, por alguna razón, siempre le resultaba lejano. Ahora, que todo se había precipitado, se sentía iluso de haber pensado así.
Tampoco pensó en que el dolor de perder a alguien le enloquecería de nuevo como en ese mismo instante. Sn embargo, era justamente lo que sentía. Su pecho ardía bajo una agonía sofocante. Las lágrimas le empañaban la mirada sin que pudiera controlarlas. Respirar le dolía, como si sus pulmones se resistieran a seguir adelante, como si el dolor le arrastrara a un punto en que mirar hacia el futuro era igual a perderse en augurios oscuros y desconocidos.
Suspiró profundamente y el aire le hizo daño al atravesar su pecho. El nudo en su garganta, lejos de aflojarse, se tensó todavía más. Aún así, se esforzó por mantener el control, pero solamente consiguió ahogarse en su propia desesperación, cada vez más grande y poderosa.
Había perdido al soporte de su familia. Y, al ceder frente a Arles, al desistir en la búsqueda de Saga, había renunciado a otra parte importante y vital para él. Ahora estaba solo. Shion se había convertido en una estrella más del cielo y Saga… Saga. ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había marchado? ¿Volvería? ¿Acaso no había notado como la vida de su padre se extinguía? ¿No había sentido también esa angustia profunda e insostenible que le había aquejado a él? ¿Por qué no había regresado?
Saga era su amigo. No un amigo cualquiera, sino el mejor amigo que jamás imaginado que tendría. Eran hermanos de Orden y también hermanos de alma. Compartía todo con él, se habían vuelto inseparables… se hacían falta, o al menos él lo extrañaba. Sin embargo, un trono había terminado por alejarlos. Una maldita silla de mármol, oro y madera que Aioros detestaba más que a nada en ese mundo; una corona de oro que le había arrebatado aquello que no podía ser comprado ni con todos los tesoros del mundo. Por los dioses, ¿cómo habían llegado a ese punto?
"-Qué está pasando?"
De pronto se sentía desamparado. No era ya un niño, como hacía nueve años, pero se sentía como tal. Lo habían dejado solo, con tantos miedos. ¿Hacia donde debía ir? ¿Qué debía hacer?
-"Seguir adelante, hijo. Mirar al futuro." -le habría dicho Shion. Pero era tan difícil. Era tan doloroso.
Se secó las lágrimas que se le escaparon, con brusquedad, y revolvió por enésima vez sus rizos castaños.
-"Soy un santo dorado." -se dijo a si mismo.- "Soy un santo dorado y debo ser fuerte."
Eso era lo que se esperaba de él, era lo que tenía que aparentar; aunque por dentro sintiera que algo se moría lentamente. Los recuerdos de sus padres habían quedado ya en el pasado y solo podía pensar en todo lo que había vivido en el Santuario, en cada momento de alegría que había disfrutado y en cada pena que habían compartido. Pensó en toda la gente que había querido y que parecían esfumarse uno a uno, sin que nada pudiera hacerse para retenerlos a su lado. Pensó en todos ellos, desde Shion hasta Naia, pasando por lo gemelos y por el mismo Orestes; pensó en los niños…
-"Dioses, los niños." -se dijo. Aún le debía explicaciones a Aioria y a Shura, pero, ¿y los demás? ¿Quién iba a explicarles? ¿Quién les confortaría?
Shion había sido un padre y un amigo para todos ellos. Les había querido desde el principio de sus días y los había dejado ir solo para que encontrasen su destino. Ellos, a su vez, se habían marchado con la falsa esperanza de volver a verle algún día. Sin embargo, cuando regresaran, no iban a encontrar nada más que el vacío que su ausencia había dejado. Shion se había ido, se marchó para siempre. Había viajado al mundo de los muertos, sin que siquiera pudieran despedirse de él y él de ellos.
Aioros compartía ese dolor. No había tenido la oportunidad de decirle adiós. Tampoco había sido capaz de regalarle un poco de paz antes de su partida. Debió haberse apresurado. Tenía que haber regresado con Saga antes de que el último suspiro de Shion se extinguiera. Ambos tenían que haber estado a su lado, juntos, como hermanos… como el lemuriano hubiera deseado. En cambio, lo habían dejado solo. Uno para perderse por el mundo y, el otro, para ir en pos de sus pasos. Shion había muerto en soledad, sin una mano que le sostuviera, sin una palabra que le reconfortara, sin el cariño de los hijos a los que tanto había amado en vida; sin una sonrisa que le asegurara que el futuro sería brillante a pesar de su ausencia.
Le habían fallado. Lo habían estropeado todo.
Al fin, tras lo que le pareció un camino interminablemente largo, llegó a Sagitario. Su templo le acogió como siempre lo hacía. Sin embargo, Aioros lo sentía especialmente frío.
El ritmo de sus pasos disminuyó conforme fue adentrándose en el edificio y las sombras de sus altos techos le envolvieron. Caminó lento, pues cada paso le acercaba a un lugar y a una situación en la que no quería encontrarse. Cuando llegase a sus privados, Aioria saldría a su encuentro y, entonces, tendría que ser él quien soltara las terribles noticias al pequeño león. Tendría que ser él quien viera el dolor en su rostro infantil y, con seguridad, quien limpiara las lágrimas que rodarían por sus mejillas.
Aioria no había conocido más padre que Shion. El lemuriano lo había crecido desde que era solo un bebé. Le había adormecido en sus brazos y le había contado historias cada noche antes de dormirlo, cuando fue un poco mayor. Había sido el Patriarca quien le enseñase el mundo, quien riera de sus travesuras y quien compartiera sus penas infantiles. Shion era el único padre que Aioria jamás tendría, y ahora que estaba muerto, su partida dolería como espada que abre el pecho. Aioros no estaba listo para infligir semejante dolor. No había sido capaz de asimilar el propio y no se sentía lo suficientemente fuerte como para ser el portador de noticias tan funestas.
Al cruzar por el salón de batallas, se deshizo de la armadura. Esa día, le resultaba demasiado pesada.
Siguió su camino y, tal como había pensado, cuando llegó, Aioria jugaba entretenido en la pequeña habitación que él le había implementado en Sagitario. La niñera, que el mismo Shion había dispuesto como condición para que el niño viviera en el noveno templo, vigilaba en el salón principal.
La mujer se puso de pie al descubrir la presencia del santo e hizo una graciosa reverencia a su paso. Con mucho trabajo, el arquero consiguió responderle con una mueca, que en realidad debía ser una sonrisa. La despidió, con un agradecimiento, y ni siquiera esperó a que la doncella desapareciera para ir en busca de su hermano. Apretando los puños, se obligó a terminar con ello de una vez por todas.
Conforme avanzaba, su corazón se aceleraba y su respiración se tornaba pesada. Iba pensando cada palabra con detenimiento, con exagerada escrupulosidad. Sabía que, si permitía que sus labios se tomaran libertades, terminaría por hundirse en sus propias lágrimas; y con las de Aioria habría suficientes. Él era el adulto ahora y su deber era ser fuerte para sostener al más pequeño. Si el cachorro de león siempre le había necesitado, ahora lo hacía más que nunca.
Detuvo sus pasos cuando se encontró con la puerta del dormitorio de su hermano pequeño. Contempló por un segundo la inscripción en ella y pasó los dedos con cuidado sobre la madera herida, sonriendo con nostalgia al recordar la vieja anécdota.
Aioria había tallado su nombre en la madera con aquella letra suya, inexperta y torpe. Lo había hecho el primer día que se mudó con él, a vivir en Sagitario. Arles había puesto el grito en el cielo, pues los templos debían cuidarse y permanecer intactos para las siguientes generaciones. Pero al pequeño león le habían importado poco sus quejas. Aioros recordó la forma en que su hermano volteó hacia el Patriarca y le miró con aquellos ojos suplicantes que conquistaban al lemuriano. Al final, Shion solo había sonreído ante la ocurrencia y le había instruido que, antes de abandonar Sagitario, en cuanto consiguiera su propia armadura, debía hacerse cargo de borrar su nombre de ahí. La respuesta del chiquillo los había hecho reír a ambos: "Mandaré a mis guardias a pulir toda la puerta. Así Arles no se quejará tanto." Obviamente, el santo de Altair no había encontrado graciosa la contestación.
Pero Shion ya no tendría el orgullo de mirar al león enfundándose en su armadura y Arles parecía dispuesto a encerrarse aún más en su propia severidad. No alcanzaba a definir que era exactamente lo que había cambiado, pero Aioros sentía en la presencia del santo de plata una fuerza y una imponencia que jamás había experimentado antes viniendo de él.
Sacudió la cabeza para sacarse esos pensamientos de la cabeza. Quizás solo eran ideas suyas, creadas a raíz de la pérdida de Shion. Quizás, en algún intento por aferrarse a algo, su mente se las había ingeniado para transmitir la figura de autoridad, de Shion hacia Arles. Eso debía ser.
Antes de que se arrepintiera y saliera llorando de ahí, abrió la puerta muy despacio, solo una pequeña rendija por la que se atrevió a mirar dentro. En efecto, Aioria estaba demasiado entretenido como para pillarle. Se tomó un segundo para observarlo en silencio. Había tardado semanas en superar la partida de Milo y de los demás, pero ahora estaba mejor. Aunque, sin duda, la muerte de Shion volvería a hundirlo en una tristeza aún más profundadamis.
-Hola. –por fin, se atrevió a saludar.
El niño volteó al reconocer la voz de su hermano y, tras de ponerse de pie en un brinco, corrió a su encuentro. Su rostro se había iluminado con una sonrisa enorme y radiante, una sonrisa que Aioros tendría que destrozar en unos pocos minutos más.
-¡Hermano! ¡Has vuelto! -se lanzó sobre él, colgándose de su cuello.
-Estoy aquí. –lo abrazó.
-¿Y Saga? ¿Le has encontrado? ¿Ha vuelto contigo? –los ojos esmeralda de Aioros se encontraron con los suyos y el arquero sintió que aquel nudo en su garganta volvía a intentar asfixiarlo.
-No, no le he encontrado. –aseveró.
-Eso es terrible. Le echamos mucho de menos… ¡a Kanon también! –la decepción se dibujó en la carita de Aioria mientras Aioros asentía, esforzándose por recuperar la fuerza de su voz.
-Lo sé… lo sé. –pero para Arles, Kanon estaba muerto y Saga era un desertor que no merecía un segundo de su tiempo.
Probablemente, la única razón por la que Aioros hubiera estado dispuesto a reclamar el maldito trono en aquel instante eran ellos dos. Arles estaba equivocado… tenía que estarlo.
-Hermano, ¿estás bien? –la pregunta del chiquillo lo hizo regresar a su presente.
Por la forma en que Aioria le miró, el santo supo que había bajado la guardia y revelado más de lo que le hubiera gustado acerca de su pesar. Despacio, bajó al niño y, tomándole de la mano, lo guió hasta la cama. Se sentó ahí y le invitó a hacer lo mismo, a su lado. Aioria le siguió con una docilidad rara en él, como si presintiera que algo muy malo estaba por suceder.
-Necesitamos hablar. –dijo con suavidad. De pronto, todo el discurso que había planeado, se la había borrado de la cabeza. El más pequeño se mantuvo en silencio, atento a él. Aioros supo que tenía que continuar. No había forma correcta, ni menos dolorosa, de decirle la verdad.- Tú sabes que Shion ha estado muy enfermo, ha vivido muchos años, ¿cierto?
-Si. Arles dice que debemos cuidarle mucho. –el niño agachó el rostro. Sin saber como continuar, el mayor pasó el brazo sobre su hombro y lo acercó a él.
-Y sé que lo han hecho. Sé que han cuidado de él todo lo que han podido pero… -se detuvo para respirar.- Pero el destino, muchas veces, tiene sus propios planes.
-¿De qué hablas?
-¿Recuerdas las estrellas? Shion siempre decía que ellas lo sabían todo, que podían ver el pasado, el presente y el futuro de los hombres.
-¿Shion vio algo malo en ellas?
-Las estrellas… las estrellas han marcado el final del camino para Shion. Shion se ha ido. Lo siento mucho, Aioria. –sentenció en un susurro.
Las esmeraldas del pequeño león se abrieron con una incredulidad tan grande, que también se robó su brillo. Con lo obstinado que era, el niño no presentó resistencia alguna a las lágrimas. Tampoco dijo nada más.
Aioros le escuchaba sollozar, sin atreverse a soltarlo. Le acarició los rizos y se esforzó por lucir tranquilo. Era la primera vez que Aioria perdía a alguien tan cercano como Shion. Era la primera vez que sus lágrimas rodaban empujadas por el dolor de una pérdida enorme.
Pero, de pronto, Aioria se soltó de sus brazos y se secó los lagrimones con el antebrazo. Se frotó la nariz hasta dejársela roja. Sus ojos irritados se fijaron en su hermano.
-Está bien llorar. –le dijo el santo.
-No quiero llorar más. –respondió el otro, aunque sus acciones no confirmaban sus palabras.- A Shion no le gustaba que estuviéramos tristes.
-Él comprendería que lo estuvierais por esta ocasión. –le besó el cabello.- Sabría que le extrañareis mucho.
-¿Podemos verle?
-No, no podemos. Le han incinerado ya.
-¿Significa qué no podremos despedirnos de él? –su voz infantil se quebró al ver a su hermano negar. Las lágrimas volvieron a rodar sin control.- ¡Esto es muy injusto! –chilló.
-Puedes rezar por él. Te escuchará, desde las estrellas.
-¡Eso es mentira! No va a escucharnos. Se fue y no volverá jamás. –lloriqueó el león.- ¿Por qué no me dijiste del funeral? Hubiera querido ir y decirle adiós. ¡Los demás hubieran venido también! –un hueco se le formó en el estómago a Aioros.
-Eso estuvo fuera de mi control. Yo no estaba aquí cuando todo sucedió, así que Arles decidió lo que le pareció mejor y lo que, seguramente, Shion hubiera deseado. –admitió. Él tampoco se sentía conforme, pero la decisión estaba tomada y las consecuencias eran irreversibles.
-¡Pues Arles está mal! ¡Muy mal! ¡Debiste reprenderlo! –el niño se puso de pie intempestivamente y, apretando los puños, se quejó.- ¡Teníamos que habernos despedido de Shion! ¡Todos nosotros! ¡Debisteis esperar a que volvieran!
-Arles hacía su trabajo, Aioria. Él… será el nuevo Patriarca. –el desencanto en el rostro del chiquillo no se ocultó. Por un segundo, su cuerpo se relajó, como si el aliento se le hubiera escapado. Decepción. Eso era.
-Pero… ese era tu trabajo. –susurró tan despacio, que casi fue imposible escucharle.
-Lo sé. Pero es complicado. –el mayor se apresuró a continuar. Sabía de la ilusión que su nombramiento había causado al pequeño, y le dolía convertirse en una decepción más.- Yo aún no estoy listo para tomar ese puesto. Tengo mucho que aprender antes de que…
-Quisiera estar solo. –terció, sin aviso alguno.
Como si le pegaran una bofetada, Aioros calló. Con mucho esfuerzo se tragó sus palabras y su sorpresa. Vio que Aioria hacía igual que él, tragándose su llanto. Si tan solo hubiera tenido algo que decirle, un consuelo aunque fuera pequeñito… Pero no había palabras que mitigaran la tristeza; lo sabía por experiencia. Solo le apenaba haber sido la causa de una desilusión para el pequeño.
-Aioria…
-Quisiera estar solo. –recalcó. No quería ver a su hermano. No le quería ahí... y para Aioros era fácil notarlo.
-Estaré afuera, ¿de acuerdo? –intentó revolver los cabellos, como siempre le hacía, pero el niño se apartó.
Aioros no insistió más. Su rostro adoptó un mohín de completa desolación que importó poco al aprendiz. Muchas cosas le habían hecho daño en las últimas horas. Sin embargo, lo de Aioria le había pillado desprevenido, como un golpe que no había visto venir.
-X-
Aioria llevaba varias horas encerrado en su habitación. Posiblemente se hubiera dormido ya, puesto que Aioros había dejado de escuchar el resuello de sus sollozos hacía un largo rato.
Aún así, no se atrevía a acechar. Temía estar equivocado y volver a originar las lágrimas del niño. No había pronunciado palabra alguna desde que le dejase, sino que se había sentado a las afueras de su puerta a pensar en sus propios remordimientos. Los minutos se le habían escapado en un ir y venir de recuerdos. El día no había terminado aún, a pesar de que Aioros hubiese dado todo porque así fuera.
Tras mucho pensarlo, se puso de pie. Caminó, arrastrando los pasos, hasta su baño y se mojó la cara con agua fría.
Cuando se encontró con su propio reflejo en el espejo, se dio cuenta que los demás siempre habían tenido razón: era tan fácil de leer, tan transparente… La tormenta de emociones había hecho estragos en sus facciones. Esa mezcla de desesperación y de tristeza lo estaba consumiendo con una rapidez extraordinaria. Incluso su cabeza se sentía más y más abrumada con el pasar de las horas.
Ni siquiera quería imaginarse lo que sería cargar con el peso del patriarcado en aquellos momentos. Cierto, algo dentro de él no se sentía del todo tranquilo con la decisión de Arles; pero otra voz en su interior, se lo agradecía.
Todavía tenía la obligación de informar a Shura de los acontecimientos, pero es que se sentía sumamente agotado. Sin embargo, para su suerte, buena o mala, no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, pues el destino se encargó de que el arquero dejara de postergar sus obligaciones.
El cosmos de Shura se encendió sutilmente en su salón. Estaba ahí, en Sagitario, y ahora anunciaba su presencia, sin duda con la intención de hablarle.
Aioros se secó la cara y volvió a acomodarse el cinto escarlata sobre su frente. Cerró los ojos por un segundo y suplicó a su diosa por clemencia. Necesitaba fuerzas. Necesitaba paz para su alma.
-"Haz que deje de doler."-suplicó. Pero ese milagro, ni el mismo Zeus podría concedérselo. -Shura. –saludó cuando se encontró con su amigo a la entrada de sus privados.
La misma mirada que viese en Aioria unas horas antes, se apoderó del rostro de Shura: esa combinación de pánico e incertidumbre que él no sabía como calmar. Se maldijo por un instante y se aclaró la garganta mientras daba la espalda a su amigo para ir hasta su sofá.
Sabía que, con Shura, las explicaciones serían diferentes; mucho más complejas y menos vagas. El español exigiría más respuestas de las que Aioros podía proporcionarle y sus reclamos, sin lugar a dudas, serían más indefendibles de lo que se sentía capaz de manejar en ese momento. Solo una cosa sabía con certeza y es que, a como diera lugar, tenía que dar aquel mal trago de una vez por todas. No iba a soportar aquella agonía por más tiempo, no cuando su dolor podía más que cordura.
-Por los dioses, ¿estás bien? –Shura le siguió y tomó asiento frente a él. Se mantuvo al borde del sillón, incapaz de relajarse. Su instinto le avisaba que el horizonte venía plagado de nubes oscuras.
-No, Shura. –le dijo el otro, acentuando sus palabras con una suave negación.- Me temo que no. –añadió con la voz casi extinta.
-Me preocupas.
-"Hay tanto que no sabes, mi amigo." –su mirada azul le dijo. Más sus labios callaron.
-¿Qué está pasando? –insistió el Capricornio al verlo desviar la mirada. La angustia se lo estaba comiendo desde adentro, y Aioros y sus largas no estaban ayudando en lo más mínimo.
-Es Shion. –el castaño habló, por fin. Se aclaró la garganta, esperando que eso sirviera para que la voz se le dignara a aparecer. Pero no funcionó ni la mitad de bien de lo que deseaba.
-¿Qué hay con él? –de pronto, todo comenzó a tomar sentido frente a los ojos de Shura: el desencajo de Aioros, el hermetismo en el Templo Papal, el silencio de Arles… la ausencia de Shion. Todo tomaba un tinte demasiado oscuro.- ¡Aioros! ¿Qué hay con él? ¿Qué ha pasado? ¡Contesta!
Lo único que se atrevió a hacer, fue menear la cabeza mientras las lágrimas nublaban su mirada una vez más. Con eso, lo dijo todo. Las palabras sobraban.
-No… -el rostro de Shura palideció.- No. No puede ser… -balbuceó con los ojos desorbitados.
-En Star Hill, por la noche. Arles dice que… su cuerpo estaba ya agotado. Su corazón no resistió más. -pero, ¿cómo hubiese resistido, si ellos se habían encargado de rompérselo en miles de pedazos?
Shura se derrumbó lentamente en el sofá, como si la última gota de fuerza se hubiera evaporado de su cuerpo. Su postura, espigada y tensa de unos minutos antes, desapareció, y solo dejó atrás el cuerpo de un chiquillo derrotado.
-¿Cuándo será el funeral? –susurró. No resultó difícil para Aioros, adivinar que contenía el llanto. En ese sentido, Shura parecía más fuerte que él mismo.
-No habrá funeral.
-¿Qué? –en un santiamén, la mirada oscura del español había cambiado. En ella, el arquero encontró recriminaciones, muchas de ellas.
-Shion fue incinerado esta mañana. –continuó después de rehuirle la mirada. A pesar de sus intentos, seguía sintiendo los ojos de su amigo sobre él, atravesándole como una lanza.
-¿Incinerado? -¿cómo se había atrevido? ¿Qué demonios estaba pasando por la cabeza de Aioros para hacer tal estupidez sin permitirles siquiera una última oportunidad para despedirse?- ¡¿Incinerado? ¡Aioros! ¿Cómo has podido dar semejante orden? –esta vez, las lágrimas hallaron una vía de salida.
-Shura, yo…
-¡¿No te parece que merecía algo más que esto? ¡Fue Patriarca por más de doscientos años! ¡Fue más que eso! Fue un padre para ti, para mi, ¡para todos! Y lo has quemado como si fuera un insulso… bulto del cual deshacerte.
-Yo no dí esa orden. –Aioros replicó. Y su voz sonó más dura que de costumbre. Le hería que Shura pensara que él había sido capaz de hacer algo así.- Fue Arles quien tomó la decisión.
-¿Por qué Arles haría algo así? –Shura no entendía nada.- Era tú decisión. Tú eres el Patriarca ahora.
Aioros se mordió los labios. Bajó la cabeza y miró de soslayo a su amigo. Algo le decía que no obtendría simpatía de su parte.
-Arles y yo hablamos. -¿habían hablado o Arles le había ordenado? No estaba seguro de cómo habían sucedido las cosas.- Decidimos que lo mejor sería que él fungiera como Patriarca por ahora.
-Dime que es una pésima broma, Aioros. –con las lágrimas todavía secándose en sus mejillas, el español frunció el ceño.- Shion te nombró heredero. A ti, ¡a ti, por los dioses!
-No entiendes.
-No, no entiendo. Lo siento, pero no comprendo dónde tienes la cabeza. –a cada segundo, la desesperación en la voz de Shura crecía y crecía.- ¿No te das cuenta de lo que haces? Ser Patriarca es tu deber, tu obligación; no la de Arles. Si Shion hubiese creído por un solo segundo que él hubiese hecho un mejor trabajo que tú, no habría armado este desastre al nombrarte heredero. ¡Por Athena! Aioros, este lío fue por ti. ¡Fue por tu culpa! Saga se fue por ti, por ese jodido trono y, ¡ahora tú lo mandas todo al demonio! Si no querías el puesto desde el principio, debiste cederle el lugar. Tal vez así, él se hubiera quedado, tal vez Shion aún viviría, tal vez estaríamos mejor ahora. Le habrías ahorrado mucho dolor a todos.
El arquero se congeló en su asiento. Escuchó cada palabra del santo de Capricornio sin atreverse a replicarlas, pero repasándolas incesantemente en su cabeza. Cada una de ellas había salido con tal certeza, tal determinación, que las hacía especialmente punzantes. Solo podía pensar en la verdad que encerraban y en lo mucho que dolía haberse equivocado. Quizás Shura tenía razón. Si tan solo hubiera tenido el valor de echarse para atrás antes, muchas tragedias se hubieran evitado… pero no tenía fuerzas ni deseos para continuar esa discusión. Necesitaba huir, quería salir de ahí antes de que la cabeza o el corazón le explotaran. Le urgía llorar, gritar y maldecir. Tenía tantas cosas que sacar de su pecho que, si no lo hacía, terminaría por quebrarse y aquel era un lujo que no podía darse.
-Necesito aire, Shura. ¿Podrías vigilar a Aioria por mi un momento, por favor? Está dormido, solo es quedarte con él un rato. –Aioros se sobó los ojos cansados. Las lágrimas le escurrieron por los dedos. Aquello no podría haber salido peor y tampoco tenía pinta de mejorar.- Necesito... necesito salir.
Shura ni siquiera se molestó en asentir, solo le miró con esos ojos oscuros y severos, que irradiaban desprecio. Aioros entonces, se dio la vuelta, en busca de la salida de su templo, pero apenas alcanzó a caminar un par de pasos antes de que la voz del Capricornio le hiciera detenerse una vez más.
-¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?
-Shura… por favor.
-El trono te corresponde, Aioros. –espetó, antes de que el castaño pudiera decir una sola palabra más.- Tú deberías estar sentado ahí, no Arles.
-No entendéis nada. No lo hacéis. –repitió, a sabiendas de que jamás lo harían.
-¡No! ¡Quien no entiende, eres tú! Shion te eligió para ser el heredero y tú estás dándole la espalda a todas tus obligaciones. Todos esperamos de ti algo más que… esto. Si Shion os viera, moriría de pena de nuevo. Sois decepcionantes. ¡Ambos lo sois! ¡Tú, Saga! Él ha desaparecido y tú… -no siguió hablando porque, de pronto, la mirada azul de Aioros, ahogada en lágrimas, le hizo callar.
-¿Yo qué? Anda, dilo. –musitó el chico mayor. La voz se le quebró, pero a Shura no le importó. Quería herirlo, quería hacerle daño, tanto como él le hacía sentir.
-¡Tú eres un cobarde! –las lágrimas manaron, por fin, como una cascada sobre su rostro. Lágrimas de rabia y de dolor.- ¡Eres tan cobarde como Saga! Preferís mirar a otro lado antes de hacer lo correcto. Estáis jodidamente asustados. O, ¿será que acaso esto ya no os interesa más? ¡¿Es eso? ¡Os distéis por vencidos!
Aioros se mordió los labios para no contestar. Las lágrimas no se le escaparon, pero tampoco supo como consiguió retenerlas. Tragó saliva y, por unos segundos, retuvo la respiración.
-No me hagas esto ahora, por favor. –le suplicó. No quería oír más. Dolía.
-¡¿Qué no debo hacer qué? ¡Nos estáis abandonado! Todos vosotros nos estáis dando la espalda. Tal parece que nada os importa. Nada, ni nadie. –susurró, importándole poco lo hirientes que pudieran resultar sus palabras. Después de todo, Shura también estaba terriblemente herido. Y, oh, cómo le dolía.
-Yo… lo siento. -una lágrima escapó de sus ojos azules, pero Aioros ni siquiera la sintió rodar por su mejilla. No sentía nada más que lo mucho que dolía su corazón.- Lo lamento tanto.
-Laméntalo todo lo que quieras. No puedes ni quieres solucionarlo.
Cuando Shura se giró y le dio la espalda, Aioros supo que era el momento de irse. Así, desapareció por la puerta de su templo, con el alma en un hilo y el corazón destrozado.
-X-
En el instante en que Deltha abrió la puerta de su cabaña, el santo de Sagitario se coló, como una suave ráfaga de viento. La amazona le contempló por un par de segundos, entre sorprendida y absorta por su repentina aparición. Se tomó un minuto para analizar sus rasgos, y el corazón se le retorció al descubrir los ojos azules, enmarcados en el rojo con que las lágrimas los habían matizado. Vio su gesto compungido, y aquella mueca en sus labios le susurró la batalla que el arquero libraba contra su propia tristeza. Algo estaba mal. Terriblemente mal. Lejos habían quedado el porte lleno de fortaleza y su sonrisa encantadora. Ahí, frente a sus ojos, Deltha sentía que miraba a un niño, adolorido, asustado y desvalido.
-Aioros, ¿qué…?
-Shion está muerto. –él soltó la verdad sin rodeo alguno, como si las palabras le quemaran en la garganta.- Está muerto, Del. -los ojos del chico se inundaron en lágrimas que no tardaron en acariciar sus mejillas.
El corazón de la amazona se le desbocó en el pecho mientras su mente luchaba por asimilar la inesperada noticia. Abrió los labios en un intento de articular palabra, pero su cabeza fue incapaz de hilar dos solos pensamientos que tuvieron sentido.
Su primer instinto le hizo abalanzarse sobre él. Deltha se aferró al castaño con todas sus fuerzas y no tardó en sentir el calor de sus propias lágrimas, despertadas por el dolor del arquero. Él le correspondió, apretándola contra si, hundiendo el rostro en su pelo púrpura y dando rienda suelta a todas esas lágrimas que había contenido durante el día entero. Lloró. Lloró todo lo que no había podido llorar antes. Ahí, con Deltha, no necesitaba fingir entereza, no tenía que actuar como un santo dorado, ni tampoco tenía que ser el adulto que no era. Podía ser solo él, solo Aioros; solo un chico con el corazón roto en miles de pedazos.
Fue entonces, cuando Deltha sintió su cuerpo temblar entre sus brazos y lo estrujó con más fuerza aún. Deseó que sus caricias pudieran mitigar el dolor, que alejaran por un segundo todos sus pesares y que le ayudaran a componer aquel mundo que se le caía en pedazos. Pero nada de eso era posible. Lo único que podía hacer era estar ahí, compartiendo su pena.
-Lo siento. –musitó. Después, le buscó el rostro y lo tomó suavemente en sus manos. Depositó un beso en su mejilla y luego otro, y otro más, enjuagando sus lágrimas con ellos.- Lo siento muchísimo, cielo.
El santo asintió, aceptado las condolencias, y volvió a abrazarla. Escondió el rostro en su cuello mientras ella acariciaba sus cabellos con cuidado. Lloró, hasta que no pudo más y la pelipúrpura esperó por él.
Aioros había perdido a un padre, a tan solo unos pocos días de haber perdido a un hermano. Saga y Shion, los dos sostenes de su vida, aquellos que lo mantenían entero aún en los momentos más difíciles, se habían desmoronado cual arena arrastrada por el mar. Deltha no podía siquiera imaginarse lo que debía estar sintiendo, todo ese dolor, esa nostalgia y el desconcierto. Pero estaba segura que, cuando se sufría una pérdida así, un pedacito del alma moría también con aquellos que se iban. Algo muy parecido le había pasado al despedirse de Naia.
Se quedaron así, hasta que el santo la dejó ir. Cuando se separaron, la amazona le buscó la mirada.
-¿Estás más tranquilo? –le preguntó, secando sus lágrimas. No habría respuesta sincera a su pregunta. Sin embargo, el santo asintió.
-Un poco.
-¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es que ha muerto?
-Murió esta noche, en Star Hill. –habló con voz ronca.- Aún estando lejos, pude sentirlo. Se apagó, como se apagan las estrellas.
-Oh, Aioros.
-Y no entiendo, Del. No entiendo por qué. –se llevó las manos a la cabeza y enredó los dedos en su cabellera. Después, se secó las lágrimas, pero rápidamente otras tomaron el lugar de las primeras.- ¿Por qué no pudo esperar un poco más? Solo un poco más. Le hubiera traído a Saga. Se habría despedido de él. Hubiera podido… -la voz se le atoró en la garganta.- Hubiera podido irse en paz. –Aioros se sentó al borde de la cama y hundió el rostro entre sus manos, víctima de una desesperación que le carcomía el alma.- ¿Por qué tenía que irse así? Se fue solo, con tantos miedos… con tanto dolor, con tanta incertidumbre. Era un buen hombre. No merecía esto. No lo merecía.
Deltha se sentó a su lado. Frotó su espalda, con una caricia reconfortante.
-Tal vez no pudo despedirse, pero estoy segura de que se fue sabiendo que harías todo para traer a Saga de regreso. Confiaba en vosotros, Aioros. Sabía que, a pesar de su ausencia, haríais lo correcto. Él os enseñó, os creció. ¿Crees que dudaría un solo segundo de vosotros? –le dijo.
-Siento que le hemos fallado en todo. –agregó Aioros.- Nos hemos esforzado en ser una gran decepción.
-¿De qué hablas? –Deltha negó con la cabeza.- Ese hombre no pudo sentirse más orgulloso de vosotros. Todos cometemos errores, Aioros. Todos. Eso no nos hace malas personas, ni tampoco nos convierte en enormes fracasos.
-Si tan solo…
Sin embargo, la pelipúrpura lo hizo callar. Sus dedos posaron lentamente sobre los labios del castaño y, poco después, su boca los reemplazó. Lo besó suavemente.
-Estás agotado. Descansa un poco y las cosas lucirán diferentes.
Aioros se dejó caer en la diminuta cama y perdió la mirada, todavía empañada en lágrimas, en las vigas del tejado. Se quedó ahí, pensando en cientos de planes, ahora perdidos, y en un futuro brillante que probablemente jamás conocerían.
Mientras, Deltha se recostó a su lado. Peinó con las manos los cabellos de Aioros y se detuvo a observar su rostro, marcado por el dolor. Pensó en que, en un abrir y cerrar de ojos, su mundo se había puesto de cabeza. Todo había comenzado con el descalabro de Naiara y, ahora, Deltha desconocía donde terminaría. Solo sabía una cosa: que tenía miedo al desenlace. Temía, en lo más profundo de su alma, que el destino le arrebatase a la única persona que le quedaba.
-No se ha dado el aviso sobre la muerte de Shion. –la pelipúrpura acotó. Aquel era el tipo de noticias que tardaran medio segundo en regarse por todo el Santuario y el hermetismo resultaba sospechoso.
-Nadie sabe nada. Arles ha programado el aviso para la mañana. Pero ha decidido que no habrá funerales. –y él no se había atrevido a reclamar nada. Aioria y Shura tenían razón en estar enfadados con ambos, en especial con él.
-Oh… -lo último que Deltha esperaba era algo así. Shion había sido el hombre más importante del Santuario por dos siglos y resultaba increíble que una despedida fuera tan simple y escueta mancillara su legado.- Creí que habría algo especial en su honor. –dijo, mientras se acomodaba cerca de él. Cuando recostó la cabeza sobre el pecho de arquero, escuchó el latido de su corazón y el sonido de su respiración, todavía inquieta por el llanto de antes.
-Han pasado demasiadas cosas, Del. –Aioros musitó. Entre ellas, la más importante era precisamente alrededor de él… de él y de su cobardía.
-Cuéntame.
-Cedí el trono a Arles. -por instinto, Deltha se incorporó para verle, pero Aioros no se molestó en enfrentar su mirada. El arquero cerró los ojos y apretó sutilmente los labios. Probablemente jamás encontraría explicaciones a el por qué tenía tanto miedo, pero así era.- El trono… es lo último que quiero ahora. No estoy listo y…
-"Tiene miedo." –Deltha pensó. Sabía lo que se sentía al tener miedo. Ella se había sentido así cada día de su vida. Le comprendía.- Está bien, Aioros. Está bien. –volvió a buscar reposo en su pecho y dibujó figuras con sus dedos sobre él.- Algún día estarás listo y, entonces, será tuyo. Ese trono es tuyo y de nadie más.
-X-
La noche había resultado corta.
Había despertado cuando las estrellas todavía brillaban en el cielo. La madrugada era fría y el Santuario aún dormía, hundido en un silencio impresionante y sombrío.
Aioros parpadeó un par de veces. La cabeza le dio vueltas y se sintió confundido. Recorrió con la mirada el lugar donde había despertado mientras sus pensamientos se ordenaban lentamente en su mente revuelta. Por un brevísimo segundo, le pareció que el día anterior había sido una pesadilla. Nada más que un sueño, horrible y agotador. Sin embargo, había sido real; tanto, que le resultaba mil veces más escalofriante que el peor de sus sueños. Sintió deseos de llorar de nuevo, pero estaba tan cansado que las lágrimas no le brotaron.
Entonces, reparó en el calor que emanaba de su acompañante, en lo reconfortante de su abrazo y en lo dulce de su olor. Deltha estaba a su lado, acurrucada contra su pecho y aferrada a él, como si el mañana no existiera. Dormía. Aioros lo supo por la sutileza de su respiración profunda. Sintió su cuerpo, tibio y frágil, enredado con el suyo. Sus incipientes formas femeninas se amoldaban perfectamente a él, como dos piezas de un rompecabezas: hechas la una para la otra. Se sintió tentado a tocarla y lo hizo. La acarició con delicadeza, recorriendo su piel con los dedos. Trazó figuras imaginarias en sus brazos, delineó su espalda, su cintura, sus caderas: y rozó su rostro con suavidad, embelezado por su tersura. Se detuvo bruscamente cuando ella, incitada por sus caricias, se revolvió ligeramente, solo para volver a acomodarse a su lado un instante, buscando refugio entre sus brazos.
Se detuvo a contemplarla por unos segundos. Hasta ese momento, nunca había tenido la oportunidad de observarla con tanto detenimiento, con tanto descaro, incluso. Deltha ya no era aquella niña temerosa que había conocido años atrás. Era diferente ahora. Aunque, si lo pensaba bien, seguía siendo temerosa, pero definitivamente ya no era más una niña. Había cambiado… los dos habían cambiado.
El reloj sobre la mesilla le indicó que no faltaba mucho para que el Sol despuntara. Lo maldijo en silencio y decidió robarle unos segundos más al día.
Se acomodó junto a la amazona, hundiendo el rostro en aquella cabellera de mechas cortas y encrespadas. Jugueteó con las hebras púrpuras y cerró los ojos, dispuesto a disfrutar de ella un par de minutos más. Pero el tiempo voló y, en un santiamén, supo que tenía que levantarse o volvería a dormirse para no despertar hasta mucho más tarde.
Con cuidado, se levantó. Trató de no incomodarla, pero su sigilo no fue suficiente.
-¿Te vas? –la amazona de Apus se incorporó lentamente. Sus ojos somnolientos le miraron y él solo asintió como respuesta.- ¿Y si te quedas?
-No puedo, Del. –Aioros le dijo, mirándola de reojo mientras se ponía los zapatos. A Deltha no le fue difícil distinguir lo mucho que el cansancio y la tristeza habían nublando aquel par de zafiros que el arquero tenía como ojos. Tantas penas había borrado el brillo tan lindo de la mirada de Aioros. Al pensar en eso, se sintió abatida también. Sin embargo, un repentino y fugaz beso la hizo olvidarse de sus ojos para concentrarse en disfrutar del calor de sus labios. Solo deseó que aquel beso hubiese durado un poco más.- Amanecerá pronto y, entonces, será imposible marcharme sin ser visto. –continuó el santo.- La gente habla y yo no quiero que tú…
-La gente habla de todas formas. –y era verdad. Deltha los había oído, escupiendo mentiras a sus espaldas.- Quédate, por favor.
-Del…
-Es solo que… no quiero que te vayas. –se llevó las rodillas contra el pecho y las rodeó con las manos. De pronto, se sentía demasiado vulnerable a sus ojos, a sus besos, a sus caricias… a todo él.- Si algo te pasa… –suspiró con todo lo que sus pulmones le dieron para recobrar la compostura. Su ausencia le aterraba, pero no podía seguir actuando como una niña pequeña; era momento de crecer. Tenía que ser fuerte.- Eres todo lo que tengo aquí. No sé que haría si llegara a perderte.
El castaño, al escucharla, abandonó la tarea de atarse las botas y fijó su atención en ella. Se esforzó por sonreírle, aunque la labor le resultó titánica en ese instante.
-No voy a irme a ningún lado. Siempre estaré aquí. –acomodó una mecha púrpura que caía rebelde sobre el rostro de la amazona.- Siempre.
-¿Lo prometes?
-Sí. Te lo prometo.
La amazona le sonrió del mejor modo que fue capaz y suspiró cuando él la besó suavemente en los labios. Después, se quedó sentada en la cama, envuelta en las sábanas, mientras le observaba prepararse para emprender la huída. A pesar de haberle dado su palabra, Deltha sabía que, muy seguramente, no podría sostenerla.
Aioros era un santo de Athena. Pertenecía a la diosa y a nadie más. Ni siquiera ella, quien le quería con locura, podría llamarlo suyo jamás. Su vida, su destino, su corazón… todo él estaría siempre en las manos de la diosa de la sapiencia. Sería justamente Athena quien rigiera cada paso de su vida y Deltha tendría que conformarse con estar a su lado, mirando siempre desde las sombras.
-Te veré más tarde. –tras besarla en la frente, Aioros se levantó de la cama.
Caminó hacia la salida sin mirar atrás. Pero, antes de que pudiera abrir la puerta, Deltha lo atrapó. Tiró las manos por encima de su cuello y, antes de que él pudiera reaccionar, lo besó. Esa vez no fue como ninguna de las anteriores. Esa vez, sus besos, que hasta entonces parecían guardar cierto candor en ellos, lo perdieron para tornarse apasionados.
Se dejaron ir solo cuando quedaron sin aliento. Entonces, Aioros clavó su mirada en la de ella, estupefacto. Notó su respiración pesada y también sus mejillas arreboladas. Pero aquel par de ojos marrones nunca rehuyeron a los suyos, sino que le miraron con tanto ahínco como él a ella, con una seguridad que nunca había visto en ellos antes..
La amazona, sintiendo su intensa mirada sobre si. Se lamió los labios con nerviosismo. Buscando tranquilizarse, exhaló profundamente y le obsequió una sonrisa torpe.
-Te quiero. –le dijo.
El santo le sonrió. Tomó el rostro de la amazona entre sus manos y depositó un último beso sobre su frente.
-Volveré este noche. Espérame y hablaremos. –le dijo, antes de escabullirse con las penumbras de la noche agonizante como cómplices.
-X-
Había vuelto al trabajo, como siempre, deseando que el día se fuera rápido mientras se mantenía ocupado.
Por la mañana, había estado al lado de Arles cuando se anunció la muerte de Shion al Santuario. Se había mantenido estoico todo el tiempo que duró la brevísima ceremonia. Aún ahí, en las alturas del palco del Coliseo había sido capaz de sentir la pena de cada persona que quiso y respetó al fallecido Patriarca. Tampoco le habían pasado desapercibidas las miradas recelosas cuando se anunció su dimisión al trono, en especial la de Shura. El santo de Capricornio no le dirigió la palabra en todo el día, pero Aioros tampoco le culpaba.
El resto del día, hasta poco antes que el ocaso comenzara, había retomado sus obligaciones usuales y algunas más. Se había adjudicado la ronda en Cabo Sunión e, incluso, había echado un rápido vistazo a las prisiones de Urano. Todo lo había hecho con la esperanza secreta de hallar algo que le guiara a Saga, algo que quizás hubieran pasado por alto antes. Pero, una vez más, había regresado sin respuestas.
Después, se había encaminado al Templo Papal, con la firme intención de hacer recapacitar a Arles acerca de su decisión de abandonar la búsqueda de Saga. Sin embargo, éste se había rehusado a recibirle. El arquero había protestado y le había reñido a Gigas para que le dejase entrar a su despacho, pero nada de lo que hizo consiguió revertir la decisión del nuevo Patriarca. Molesto, había ido en pos de la bebé Athena. Como siempre lo hacía, la compañía de la pequeña diosa consiguió calmar un poco su espíritu agitado. Cuando marchó de regreso a Sagitario, la niña dormitaba en brazos de su nodriza.
Él estaba tan cansado que el mismo Gigas le había dicho, con el respaldo del Maestro, que se tomara el resto de la noche para reponerse. En aquel momento, Aioros agradeció profundamente la idea.
Pero, mientras caminaba hacia su templo, una inquietud cada vez más grande se fue apoderando de él, hasta convertirse en ansiedad pura. Al final, solo había sido capaz de llegar al templo del centauro para tomar una ducha rápida y acechar fugazmente a Aioria, con la intención de arreglar los asuntos pendientes del día anterior. Podía soportar muchas cosas, pero la indiferencia de su hermano pequeño le ardía como nada.
-¿Aioria? –se asomó a la habitación.
-¿Mm? –le contestó el chiquillo, quien ni siquiera descuidó lo que hacía para prestarle atención.
-¿Cómo estás? –el arquero se invitó a pasar y caminó hasta sentarse en el suelo junto al león. El más pequeño le miró con esos grandes ojos acusadores y se encogió de hombros.- Quería hablarte de lo de ayer. –continuó el santo.- Sé que te hice enojar y que quizás me comporté… muy diferente a como esperabas. Pero han estado sucediendo demasiadas cosas. Sinceramente, me es difícil lidiar con todas ellas. Echo mucho de menos a Shion y también a Saga. Me es imposible pensar en nada más que ellos dos ahora mismo. Por Shion no puedo hacer más, pero por Saga… Tengo que encontrarle y no puedo hacerlo si también tengo que estar sentado en el trono.
Aioria, entonces, detuvo sus juegos. Por primera vez, en la conversación, enfrentó la mirada azul de su hermano. Al principio, el arquero no supo como interpretar la expresión en sus ojos, pero pronto se dio cuenta de que, para su alivio, el pequeño león parecía comprender.
-También los extraño. Y a Milo, a Camus, a Shaka, a Alde… a todos. Pero también sé que volverán algún día. –dijo al mayor.- ¿Crees que Saga regrese?
-Lo hará. Voy a encontrarlo.
-Y, después, ¿serás Patriarca? –la respuesta no llegó tan rápido ni tan segura como la primera. Sin embargo, al final, Aioros asintió.
-Después, sí. –eso bastó para el niño. Una sonrisa tímida se abrió paso a través de la tristeza de su rostro.
-A Shion le hubiera gustado eso.
Una pequeña ventana se abrió en su corazón, dejando cruzar un tenue rayo de esperanza. Por un instante, la ansiedad y los temores desaparecieron. Quizás, de a poco y con mucho esfuerzo, las cosas mejorarían. Paciencia, eso necesitaba. Eso y fuerza para hacer bien las cosas. Aioria tenía razón en algo: Shion hubiera querido que así fuera.
-¿Te parece si cenamos juntos?
-Si. –respondió el chiquillo.
-Genial. –Aioros se puso de pie y le revolvió la cabellera.- Pero, primero, debo ir al Templo Papal.
-¿Tardarás mucho?
-No lo creo. En realidad, solo iré a ver una vez más a la princesa. Debe estar dormida, así que nada más me despediré de ella y regresaré rápido, ¿de acuerdo?
-De acuerdo.
Lo que no dijo era que había un sentimiento desconocido apretándole el pecho. Su instinto parecía haber enloquecido, advirtiéndole de peligros que su cabeza era incapaz de identificar. Se había planteado ignorar a su ansiedad, pero no había podido. Sabía que la única forma en que conseguiría un poco de paz, era ir hasta la habitación de Athena y asegurarse con sus propios ojos, de que estaría bien por el resto de la noche. Solo le tomaría un par de minutos, nada más.
-Bien. Volveré en un ratito.
Aioria ondeó sutilmente la mano en el aire para despedirlo. Le miró hasta que Aioros estuvo a punto de desaparecer por la puerta.
-Te estaré esperando. –le dijo
-X-
Arles cerró la puerta tras de si con sumo cuidado. Hacía rato que se había despedido del servicio, pero había esperado tranquilamente, con un viejo libro entre sus manos, a que el Templo Papal durmiera. Después, se había encaminado a las habitaciones de la niña diosa, consciente de que las niñeras velarían sus sueños, pero con un elaborado plan en mente. Y ahí estaba. El momento por milenios anhelado, al alcance de su mano.
Athena reía y balbuceaba, inquieta por el sueño que se negaba a llevarla, entre los brazos de la joven. Estiraba su manitas regordetas, en busca de uno de los largos mechones castaños y lisos de la melena de la mujer, aunque ella siempre los mantenía lejos de su alcance. Sin embargo, aquello parecía divertir a la niña más de lo que cualquiera hubiera imaginado, y por un instante, Ares distinguió la expresión de la diosa marcada en el bebé: la perseverancia, la fuerza... Frunció el ceño tras la máscara robada. La detestaba.
-Maestro. –La niñera inclinó el rostro suavemente, sin dejar de acunar a la pequeña un solo segundo.
-Puedes marcharte, yo me quedaré.
-Como deseéis, alteza. –De todos era sabido que tanto el viejo Maestro Shion, como Arles, pasaban largas horas junto a la pequeña diosa. Elia se puso en pie, dispuesta a recostar a la niña en su cuna.
-No, dámela, yo la cargaré.
-Oh… claro, Maestro.
La mujer besó la frente del bebé una vez más, y finalmente, la dejó en brazos del Patriarca. Athena se revolvió, dejando atrás el sueño y recobrando una vitalidad que indicaba que ya no dormiría pronto. Elia sonrió, y peinó con sus dedos el sedoso cabello lila de la niña.
-Os adora, Maestro.
Arles guardó silencio. Observó de reojo a la nodriza, sus gestos, su reverencia, y su sonrisa. No le resultó difícil encontrar el amor en aquella mirada color miel, y por un instante, frunció el ceño con disgusto. Era hermosa, como todas las doncellas que pisaban el Santuario. Era una verdadera lástima que fuera a morir. Sus pies, envueltos en finas sandalias de tiras de plata, apenas produjeron sonido alguno al acariciar el suelo, pero aún así, la escuchó marcharse, envuelta en su vaporoso peplo blanco.
Entonces, agachó la vista. Athena lo miraba, con los ojos grises llenos de felicidad y con una sonrisa plasmada en aquel rostro rosa y delicado. Arles la contempló largo rato, hasta que la pequeña tironeó de su melena, llevándosela a la cara, disfrutando del cosquilleo de sus caricias. El Patriarca frunció el ceño con disgusto, y estiró la mano dispuesto a apartar su cabello de ella. Sin embargo, en aquel instante, la quebradiza conciencia que dormía dentro de él, despertó.
Saga no dijo nada, guardó silencio, aún a sabiendas de que Ares se había percatado de que había vuelto de los confines de su propia mente. Sus recuerdos fluyeron, igual que las lágrimas que había derramado durante días. Aquella niña…
-Es a ti a quien reconoce. –dijo Ares, mas él permaneció callado.- Al parecer la nodriza estaba en lo cierto… le gustas.
-Solo es un bebé. –Un bebé que Ares acunaba en sus brazos, con firmeza, lejos de mostrar la inexperta torpeza que había revelado él la primera vez que la cargó.
-La subestimas. –Apartó sin más remilgos su melena del alcance de la pequeña, y ella, frunció el ceño mostrando su disgusto. Lloriqueó, viéndose privada de su capricho.- Quizá la mires y no veas más que un bebé, una niñita que recuerda tu olor, tu tacto, incluso el tono de tu voz. Pero dentro de ella… en algún lugar, Athena te esta mirando. Athena sabe que la has traicionado.
-No. Yo no…
-¿No? –De pronto, sus brazos aflojaron el abrazo a la niña, que amenazó con escurrirse entre ellos. Asustada, dibujó un mohín de disgusto y buscó sus ropas, aferrándose a ellas con desesperación. Las lágrimas empañaron los ojos grises y Ares sonrió al sentir el corazón del chico desbocarse.-Tranquilo, no la dejaré caer.
Se acercó hasta la cuna, y con tranquilidad, la recostó en ella. Era un bebé con carácter, después de todo, muy propio de Athena. La niña pataleó y lloriqueó de nuevo, apartando las finas sábanas que la cubrían con sus inquietos pies.
-No es lo que tengo planeado para ella… -Rebuscó entre los pliegues de su túnica, hasta que sus dedos rozaron el frío metal. Sintió a Saga estremecerse y, estaba seguro, que de haber podido hacerlo, habría dado un respingo. Era una lástima que, después de todo, no fuera más que una marioneta.- Pero eso ya lo sabes, ¿no es así, pequeño Saga?
La daga de oro chisporroteó a la luz de las antorchas. Su brillo dorado se reflejó en sus ojos metálicos, y de alguna manera, la niña encontró aquel detalle fascinante. Ares sonrió una vez más, oculto tras la máscara.
-No lo hagas. –suplicó Saga.
-¿Por qué debería escucharte?
-Porque no es más que un bebé. Esta indefensa… Ella no…
-¿Vas a ponerte a llorar? Cuando titubeas me resultas francamente irritante. –Ares estiró el brazo, dispuesto a no demorar más aquel asunto. La daga brilló en lo alto.- ¿Sabes? Cuentan las malas lenguas que existen ciertas armas en la tierra capaces de aniquilar a un dios. Por supuesto que la mayoría no está al alcance de los mortales. Sois criaturas impredecibles y viscerales, ¿quién sabe que locuras podríais llevar a cabo? –Saga sabía que cada palabra que el dios pronunciaba en su mente, iba cargada de veneno y burla.- Todas forjadas por el mismo Hefesto: el tridente del viejo Poseidón, labrado en oricalco y oro, el báculo de Athena, que dicen está bendecido por la misma Nikè… -El santo de Géminis hubiera jurado que había amargura en su voz al mencionar a la Victoria.- Incluso mi propia Lanza: adornada con plata y rubíes, de un escarlata más brillante que la propia sangre. Segó las vidas de los más valientes guerreros, protagonistas seguros de los cuentos que el viejo te leía antes de dormir; más hombres de los que tú verás en toda tu vida. Hombres que tuvieron el descaro de compararse a los dioses…
Por un instante, la mente del Dios de la Guerra divagó entre sus miles de recuerdos. Saga se tambaleó, ante el aluvión de imágenes que inundaron su cabeza. Y de modo inesperado, Ares estiró su mano izquierda y llevó la daga hasta el dedo corazón. Solamente necesito una pequeña caricia, y la sangre comenzó a brotar, tan hermosa y veloz, como hipnotizante.
-Sin embargo, cualquiera podría pensar que Athena se arrepintió de su decisión respecto a que sus amados santos lucharan desarmados. –Ahogó una pequeña carcajada.- Eligió a uno de entre todos vosotros, solamente a uno. La Flecha Dorada de Sagitario es tan letal como las armas forjadas para los mismos dioses en los fuegos del Olimpo. Incluso esta daga que sostienes en tu mano… -Saga tragó saliva, y por un instante, su pulso tembló.- Mírala bien. Ha permanecido escondida durante décadas, siglos. –Ares debía admitir que el chico le resultaba de lo más divertido. Era tan fácil de leer como un libro abierto.- Shion nunca os habló de ella, ¿me equivoco? ¡Vaya! Qué extraño… -Dijo lleno de ironía.
Sabía de sobra que Saga callaba por el mero hecho de no dar pie a sus juegos, mas poco sabía el mocoso que sus silencios hablaban mucho más que su propia voz.
-Contémplala bien. Su brillo es tan puro y ardiente como tu propia Géminis, pero su filo jamás se mellará. Probablemente, no existe nada en la tierra capaz de romperla, ni siquiera algo capaz de rayar su hermosa superficie. Las gemas que la adornan son esmeraldas, caprichoso de tu diosa, símbolo de la esperanza… eso que dicen que vosotros traéis al mundo. ¡Mírala! –Saga comenzaba a ponerse nervioso, sentía su corazón… su misma respiración se había acelerado, y Ares se relamió ante su inminente victoria.- Ningún mortal debería tener tal poder.
Alargó el brazo derecho y sostuvo la enjoyada empuñadura con firmeza. Los balbuceos de la niña se acentuaron ante el brillo anaranjado, y cuando Ares quiso asestar el gran golpe por el que llevaba milenios esperando… la perdida voluntad de Saga regresó. Su brazo enteró se agitó entre temblores, y fue incapaz de continuar.
-No lo hagas. –susurró. Ares frunció el ceño con molestia.
-¿Quieres jugar, Saga?
-No podrás engañarles, sabrán que ella se fue.
-Confías demasiado en los hombres. –El dios intentó recuperar el control completo de su cuerpo.- Solo ven lo que desean ver. Ya lo has comprobado. –Su mano descendió unos centímetros más.
-¡No! Solamente es un bebé… -Su voz tembló, igual que su mano.
-Es una diosa. Una a la que, por cierto, no le tengo demasiado afecto.
-¡Puedes aprovecharlo! Deja que crezca, podrás manejarla a tu antojo, educarla tal y como tú desees. –Lo que no dijo, era que quizá, entonces, Athena podría liberarle… ayudarles.
-¿Hacer con ella lo mismo que el anciano hizo con vosotros? –Saga hizo caso omiso del golpe bajo. Al menos Ares le estaba prestando atención. No sabría por cuanto tiempo más conseguiría ser un estorbo, por cuanto tiempo podría evitar que ella… Se esforzó cuanto pudo.- ¿En serio? ¿Quieres comprobar quien es más fuerte? –Tal y como si su presencia y oposición no fuera más que un mosquito al que aplastar contra la pared, Ares mostró su poderío, recobrando el control sin problema alguno.- Pórtate bien, Saga. Te queda demasiado por aprender aún.
Y entonces, la daga descendió a toda velocidad. Saga, que había perdido el duelo, logró al menos cerrar los ojos con fuerza. No deseaba verlo, no quería… No podía.
-¡¿Qué crees que estas haciendo?
El grito le despertó de su trance. Su mano, parecía haberse estrellado contra un muro que detenía su avance… y nunca antes en toda su vida, Saga se había alegrado tanto de ver a Aioros frente a él. Sintió la furia de Ares crecer desmesuradamente, temeroso de que la gran mascarada llegara a su fin antes de lo previsto, y si las miradas hubieran podido matar, ni diosa ni santo permanecerían con vida en aquel momento.
-Te he hecho una pregunta. –masculló Aioros entre dientes, sin ceder un ápice de su fuerza, a pesar de que el filo de la daga habría alcanzado el hueso a aquellas alturas. Athena rompió en llanto, viéndose despojada de improviso de la comodidad de su cuna.
-¿Qué crees que estas haciendo, Santo? –gruñó Ares. La muñeca de Saga tembló peligrosamente, ante la oposición de su igual, pero la furia del dios crecía sin control.
-Eres el Patriarca, vives por y para esta niña, tu diosa. Athena. –Momentáneamente, Saga se sintió aliviado. No permanecería consciente por mucho tiempo más… pero la mirada fiera de Aioros era su única esperanza. Él la salvaría. Ahora si. Al fin.
Sin embargo, Ares apartó el brazo sin más miramientos. Aioros no fue tomado por sorpresa, y anticipándose a él, estrelló su puño contra la azulada máscara de plata, arrancándosela. La vista de Saga se nubló cuando la sangre invadió su boca. Entonces, el aire, sin ningún obstáculo ya, se estrelló contra su cara; recordándole de golpe la gravedad de la situación. El golpe lo había aturdido, había agitado su ya de por si inestable realidad. Sin embargo, la melena gris tapó su rostro y ocultó su farsa unos segundos más. Ares llevó su mano hasta su dolorida mandíbula, como si en verdad pudiera sentir el dolor que lo aquejaba.
-¡¿Por esto querías el trono? –gritó el chico.
Saga nunca lo había visto tan furioso, pero no podía pensar en ello. Solamente dos cosas estaban en su mente: Athena… y la expresión de Aioros cuando viera su verdadera cara. Ares pareció dispuesto a cumplir sus deseos. Rompió en carcajadas, y recuperando la compostura, concentró el eléctrico cosmos del chico en su mano derecha. Se irguió, y de un manotazo se apartó la melena del rostro, buscando la mirada del Santo de Sagitario. Ares anhelaba saborear aquel momento, tanto como Saga lo temía.
Aioros se quedó quieto en su lugar. El color de su rostro lo abandonó, y entreabrió los labios sin atinar a decir nada. Apretó con fuerza la mano herida, ignorando el punzante dolor que la atravesaba, y sus ojos se quedaron fijos en aquella mirada escarlata.
-¡Tú!
Saga. Saga. Saga.
Aquella mirada no era la suya. La expresión rota por la locura de su rostro poco tenía que ver con la del chico que había crecido con él… Ni siquiera el precioso mar azul que era su melena, permanecía a la vista. Sabía que no era él… Saga jamás les hubiera traicionado, Saga jamás hubiera intentado…
Ares rió, y el antiguo Santo de Géminis, lloró en silencio, inmerso en la soledad desértica de su propia mente.
-¡Sorpresa!
-¡Saga…! –murmuró. Ares se relamió de gusto ante el dolor que ambos emanaban. Aioros era tan transparente como el cristal, y aunque sus planes se habían trastocado infinitamente, las heridas que se estaban provocando el uno a lo otro, eran demasiado placenteras. Fe. Estúpido sentimiento humano que les hacía tan débiles… esa fe ciega que Saga tenía en Aioros: una fe que era recíproca.- Siempre estuviste aquí… -las palabras escaparon de su garganta igual que si hubiera encajado un puñetazo en el estómago.
Él les enseñaría a no confiar en nadie salvo uno mismo.
-No… Saga no está. Puede escucharte, puede verte… siente tu decepción. –Hizo especial énfasis en aquella palabra.- El chico no soporta la decepción, ¿lo sabias? Lloriquea demasiado, si me preguntas. Pero le haré llegar tu preocupación.
-Tú… -Aioros tragó saliva con dificultad. La niña no dejaba de llorar, y él no deseaba más que acompañarla. ¿Cómo era posible que…?- Siempre estuviste aquí. Tú los mataste a todos.
-Y tú serás el siguiente.
El santo de Sagitario abrió los ojos desmesuradamente. Aquella no era la manera de moverse de Saga, no tenía ni la más remota idea de quién lo controlaba, pero su cosmos, distinto totalmente, chisporroteaba y brillaba peligrosamente. Ni por un momento dudo de su fuerza. Se hizo a un lado por puro instinto, esquivando el golpe solo en parte. Su costado se quejó cuando la cosmoenergía abrasó su piel, y la pared se hizo añicos a su lado… entonces supo que no tenía ya más opción.
-¡Guardias! –gritó Arles recuperando su abandonada máscara.- ¡Aioros de Sagitario trató de asesinar a nuestra niña Athena! ¡Detened al traidor! ¡Matadlo!
Solamente podía correr. Correr tan rápido como le fuera posible… sin mirar atrás. Apretó a la niña entre sus brazos. Aquel bebé lo era todo. Quizá todos habían muerto, quizá Saga estaba… perdido. Pero Aioros confiaba en que él sería fuerte y saldría de aquella de algún modo. Saga lo haría, él siempre sabía que hacer. Era fuerte, se repetía. Sabía que su viejo amigo jamás le perdonaría que no cuidara del modo apropiado de su bebé.
Miró a la niña fugazmente. Saga nunca habría fallado un golpe tan fácil, lo sabía perfectamente. Llevaba días lamentando no haber podido ayudarlo. Ahora, solamente podía rezar porque los dioses les ayudasen a todos. A ambos. A Aioria, su pequeño Aioria.
-X-
Arles se acomodó en el trono cuando se quedó solo, tan furioso, que nadie en el templo se atrevió a murmurar palabra alguna. El dolor lacerante de su mandíbula se hacía difícil de ignorar. Sentía la tristeza desbordante de Saga, aquella que se apreciaba igual que un torrente de lágrimas desesperadas, y no hizo más que hervir su sangre con más fuerza.
Se arrancó la máscara, sin miedo a ser descubierto, y le dio un sorbo a la copa de vino.
Escuchaba las campanas redoblando en la lejanía, todo el Santuario estaba en pie. Las cosas habían sucedido rápido, demasiado. Con suerte, Aioros no se habría alejado demasiado con aquella herida en su costado, que aunque no era letal… si suponía un incordio. Shura acababa de salir del salón, visiblemente turbado y afectado… pero confiaba en que el mocoso de Capricornio cumpliera su deber tal y como se le había ordenado. No lo ponía en duda. Aquel rostro de crío recién destetado se había tornado duro y oscuro cuando había escuchado sus palabras. Absolutamente determinado a hacer lo correcto.
-No podrá hacerlo… -La voz agonizante de Saga jamás le había resultado tan molesta. Apuró el contenido de la copa de un solo trago.- Cree en Aioros ciegamente y solamente es un niño... No es rival para él…
-Les mataré uno a uno, Saga.
-Aioros te delatará. Lo sabrán. Shura lo escuchará.
-¿Y entonces qué? ¡¿Te matarán? –El chico guardó silencio ante el salvaje rugido.- ¿Cómo harán eso? ¡Dime, niño! Con Sagitario muerto, nadie en este Santuario cuenta con tu poder, ni se le acerca. ¿Capricornio? Puedo aplastarlo con un solo dedo si ese es mi deseo… igual que a todos los demás. ¡¿Crees que esto me detendrá?
Su voz resonó como un trueno en su cabeza, amenazando con romper sus tímpanos. Saga fue incapaz de decir nada, la fuerza de Ares era demasiada, pero sobre todo, era cruda, salvaje e incontrolable. Cayó sobre él como un peso insoportable, arrinconándolo irremediablemente en su cerebro.
-Será mejor que mires y aprendas, porque el mundo será mío y serán tus manos las que me lo entreguen. No tienes nada. No te queda nada: no tienes familia, no tienes amigos, ni confidentes. Aprenderás a vivir con dóciles soldados que besen el suelo que pisas y apasionadas amantes que laman tus heridas. Nada más. –La copa se estrelló contra la pared, y la oscuridad comenzó a caer sobre él.- Shura cumplirá su trabajo. He visto a muchos críos como él. Haré de Capricornio una mascota fiel y obediente... Aunque no una tan buena como tú. Los demás lo imitaran cuando lleguen. Solamente mira. Contempla como tu mundo se derrumba. Athena me ha robado demasiado… es hora de que Ares reine en la tierra.
-X-
Su cuerpo vibraba con una avalancha de emociones malsanas. Su confusión era total y el miedo se había disparado en su interior. Lo que tanto había temido, estaba sucediendo: Aioros había perdido la razón.
Había rogado a los dioses para que algo así jamás sucediera, pero no le habían escuchado. Al principio se había negado a creerle, pero mientras más lo pensaba, más se convencía. Desde la desaparición de Saga, el santo de Sagitario se había perdido en su propia obsesión de encontrarle. Habían bastado un par de días para transformarle en un completo desconocido y, Shura no dudaba, la muerte de Shion había sido el tiro de gracia para un espíritu revuelto como el de Aioros.
Sus razones podían ser variadas. Sin embargo, el español pensaba que el resentimiento contra Athena y sus designios, habían terminado por cegar al arquero y por quebrar su fe. Así que, cuando Arles le dio la orden, Shura partió de inmediato tras el que fuera su amigo, dispuesto a rescatar a la niña diosa a como diera lugar y sin importarle las consecuencias. Ese era su deber: protegerla, velar por ella a cualquier precio. Y, por mucho que lo lamentase, si el bienestar de su diosa debía pagarse con sangre, así sería.
Había seguido la dirección que el cosmos de Aioros le indicaba, así como el camino de cuerpos que había dejado en su desesperada huída. Entonces, al escuchar los gritos un poco más adelante, supo que le había dado alcance. Se detuvo a mirarle desde las alturas de una colina. Lo vio pelear y derrotar con facilidad a los guardias que habían salido a su encuentro. No es que esperase menos de él. Después de todo, era un santo dorado mientras que los pobres hombres que habían caído no eran más que pequeñas hormigas intentando detener a un gigante.
Lo que le sorprendió, fue el hecho de haber sido capaz alcanzarlo. Sin duda, Arles había hecho lo suficiente para complicarle la huída. A pesar de moverse con una agilidad extraordinaria en el combate cuerpo a cuerpo, como era propio de él, Shura podía notar que Aioros no estaba del todo bien.
Se movía cuidando siempre su costado lesionado y su mano destrozada sin duda resultaba un escollo para pelear con toda su potencia. Por lo que podía ver desde arriba, la última lesión era la más importante y la que podría ser definitiva en un futuro encuentro. Porque Shura no era como esos guardias, no le permitiría derrotarlo con facilidad. Era un santo dorado, como el mismo Aioros y, aunque sus niveles pudieran ser desiguales, el español confiaba en obtener la victoria, porque su brazo y sus fuerzas estaban amparados bajo la justicia que su diosa protegía y representaba.
-¡Aioros, espera! –a su llamado, lo vio detenerse y voltear. Por un instante, lo notó dubitativo , pero rápidamente el arquero recobró la compostura.
-¡Shura! –Aioros exclamó casi con una emoción infantil.- Eres tú.
¡Shura estaba ahí! El día estaba salvado.
No tenía duda de que el español le creería. Entre tanta oscuridad, la vida le había dado una luz de esperanza en la forma de su joven amigo. Toda la tensión que se había acumulado en su pecho, todo el miedo, la rabia, el dolor y la desesperación se esfumaron por un breve instante. Athena estaría a salvo ahora. Juntos podrían volver y ayudar a Saga. Tenían el poder para conseguir algo grande. Podían conseguirlo. Juntos.
-Shura, Arles ha… -intentó continuar, pero el santo de Capricornio se lo impidió.
-¿En verdad creíste que podrías cometer traición y huir del Santuario como si nada pasara? –el rigor en su voz hizo que Aioros se congelara.
Abrió los ojos lo más que pudo mientras un escalofrío le recorría el cuerpo. La oscuridad y el frío volvieron a apoderarse de su interior. No podía creer lo que estaba escuchando.
Traición. Había escuchado la palabra de los labios de los guardias. Le habían espetado las mentiras bajo las cuales se protegía el extraño ser que habitaba dentro de Saga, pero… ¿Shura? No era posible. Shura jamás sería capaz de creer semejante mentira sobre él. Después de Saga, él era quien le conocía mejor. Por toda una vida habían sido amigos; le había querido y cuidado como a un hermano pequeño. Así que su rechazo, le dejaba abatido.
-Shura, por favor… -suplicó. Tenía que darle una oportunidad, solo una. ¡Tenía que escucharlo!
-¡Calla! –sintió la rabia manar del cosmos de Shura mientras la angustia se lo comía en vida.- Me avergüenzo de ti. Me avergüenzo de llamarte hermano, de haberte admirado y de haber querido ser como tú.
Cada palabra resonó en sus oídos una y otra vez. No las merecía y, ciertamente, tampoco las esperaba. Había hecho lo suficiente para decepcionar profundamente a Shura, eso era innegable. Pero nunca imaginó que su recelo le llevara a pensar tales atrocidades de él, ni tampoco a odiarle con semejante vehemencia.
-Déjame explicarte… -imploró. Si le contaba la verdad, quizás entendería.
-¡Te dije que calles! –el chico le gritó y Aioros casi pudo jurar que había lágrimas en sus ojos, lágrimas alimentadas por la ira que sentía en su contra y en las que no encontraría clemencia.- La traición se paga con la vida en nuestra Orden… y, sin importar quien seas, no serás la excepción. ¡Excalibur!
Una ráfaga de energía dorada corrió hacia Aioros con una velocidad impresionante. Consiguió esquivarla, pero varias más siguieron a la primera. Cada una de ellas abría surcos en la dura piedra a su paso y le hubieran cortado en dos sin problema alguno. Ese era el poder de la espada sagrada: Excalibur.
Aioros apretó a la bebé contra su pecho, protegiéndola de los embates. Si algo le pasaba a Athena, todo por lo que habían luchado moriría con ella. La niña era la prioridad, el resto no importaba. Había jurado protegerla, por él… por los demás. Toda esperaza caería con la niña y no estaba dispuesto a permitir que el mundo se hundiera en la oscuridad del mal.
-¡Escúchame! –volvió a suplicar, más sus palabras se perdieron en el rugido de la destrucción a su alrededor.
A diferencia del Capricornio, él si fue capaz de oír el balbuceo inquieto de la criatura en sus brazos. No podía seguir arriesgándola de esa manera. Si Shura llegaba a acertar un solo golpe, la niña no tendría las fuerzas para sobrevivir. Era demasiado arriesgado tenerla a su lado.
Apretó los dientes con impotencia, a sabiendas de que tendría que dejar ir a la pequeña Athena. Tenía que encontrar la forma de protegerla también. El verdadero peligro era él, así que una vez que la bebé no estuviera en sus brazos, estaría también lejos de la amenaza que representaba el joven español. Con ello en mente, Aioros reunió fuerzas para seguir esquivando los interminables embates de Excalibur hasta que, cuando tuvo la oportunidad, consiguió escapar hacia un punto inalcanzable para el ataque de Shura. Ahí, dejó su preciosa carga en el piso, con sumo cuidado. Rogó porque los dioses fueran misericordiosos con la pequeña y que la protegieran. Él, en cambio, tenía que plantar cara a su contrincante.
-¡Shura! –le llamó para atraer su atención. Y lo consiguió, a costa de su propia integridad.
Excalibur le atrapó y entonces el dolor recorrió hasta el último músculo de su cuerpo. Sintió el filo de la espada ardiendo sobre él, y a su piel, rasgándose con su sádico toque. Gritó, presa del dolor. Pero era tarde. Cayó sobre sus rodillas, con la respiración desbocada. Varias gotas de sangre resbalaron por su cuerpo y cayeron sobre el piso, impregnándolo de su color carmesí. Sin embargo, al levantar la vista hacia Shura y descubrir la severidad en su mirada, el dolor de su cuerpo se volvió mínimo en comparación con el de su alma.
-Levántate. –le ordenó el más joven.- Levántate, Aioros. Ponte de pie y pelea; así es como deben morir los guerreros.
Y eso era precisamente. Era un guerrero, un santo de Athena. Buscaría en su interior hasta la última gota de sus fuerzas para protegerla. Iba a hacerlo. No perdería.
Los ojos del arquero centellaron con un brillo de oro. Su armadura despertó y le cubrió, con su celosa protección. El polvo dorado y las plumas se arremolinaron a su alrededor. Su cosmos tomó nuevos bríos mientras las fuerzas regresaban rápidamente a su cuerpo. No iba a darse por vencido. Shura iba a tener que escucharle, quisiera o no.
Mientras, Shura observó con incredulidad la escena. Una armadura dorada no debía jamás proteger a aquellos enemigos de la diosa. Pero Sagitario también se había revelado también y, ahora, velaba por la vida de su portador. Sintió el cosmos de Aioros elevándose, incluso por encima del suyo. Las manos del castaño se envolvieron en energía y los rayos de luz centellaron a su alrededor. Entonces, Shura sintió miedo.
Por fin, el santo de Sagitario se había decidido a pelear.
-¡Maldita sea, Shura! ¡Vas a escucharme! –gritó el arquero dorado, al borde de la desesperación.- ¡Trueno atómico!
Cientos de rayos surgieron de sus puños e impactaron contra la roca que sostenía a su amigo. La piedra sucumbió, deshaciéndose como papel, y Shura cayó sin poder hacer nada para sostenerse en pie. Antes de que pudiera reaccionar, se encontró sepultado bajo un alud de polvo y roca molida.
-Arles no es quien aparenta. –oyó la voz de Aioros y el sonido de sus pasos acercándose.- Arles, en realidad, es Saga. –la aseveración del otro santo le causó tanta sorpresa que a Shura le fue imposible ocultarla.- No sé como ha sucedido, ni porqué, pero Saga es… diferente. Alguien lo maneja, alguien que representa nada más que maldad. Ha cambiado, Shura. Es peligroso. –a pesar de todo lo que había visto y sentido en el que fuera santo de Géminis, Aioros no se atrevería a pronunciar dos palabras que bien pudiesen definirlo todo: maligno y traidor. Porque Saga no era ninguna de las dos.- Tienes que creerme, fue él quien intentó matar a la princesa. Es él quien quiere manipular la situación a su antojo. Por favor, Shura, por favor… tenemos que detenerlo. Por favor. –rogó. Él era su única esperanza. Si él no le creía, nadie más lo haría.
El silencio inundó aquel recóndito lugar, escondido entre montañas de piedra. Verdades y mentiras encontradas inundaron la mente del español. Desasosiego e incertidumbre, la de Aioros.
Entonces, todo se definió.
-¡Eso es una mentira! –la violencia con que el cosmos de Shura estalló le desorientó.
Aioros no pudo defenderse, ni tampoco esquivar el ataque que impactó directamente contra su cuerpo. Sendas heridas se abrieron en su cuerpo, mucho más profundas y graves que las primeras. Sintió la sangre empapándole y robándose su vida a cada gota. Shura aprovechó el desconcierto del castaño para ir en pos de la bebé. La tomó en sus brazos y se preparó para dar el golpe el final. Athena lloriqueó, gritó como nunca lo había hecho antes. Sin embargo, el Capricornio se concentraba únicamente en terminar con esa pelea de una vez por todas.
-Athena volverá al Santuario conmigo. –su brazo se levantó por encima de su cabeza, iluminado en su cosmos color de oro.
Aioros lo miró, con el terror tatuado en su rostro. Athena no podía regresar a las manos de Arles. La mataría y todo habría terminado. Su diosa, pequeña como era, representaba el futuro de la humanidad; y él, como santo ateniense que era, tenía que preservarla con vida. Había nacido para ella y moriría por ella también.
Moriría…
-¡No voy a permitírtelo! –se abalanzó sobre el español. Su cosmoenergía se rebeló. Su verdadero poder salió a la luz- ¡Destrucción Infinita!
-¡Excalibur!
Los dos cosmos chocaron en una fiera colisión.
Las flechas de energía golpearon a Shura en el costado, mientras su espada destrozaba el cuerpo de Aioros con cada toque. El Capricornio se encorvó ante el dolor, dándole la oportunidad que el griego tanto había buscado. Aioros, en cambio, se tragó su sufrimiento y encaró al destino. Arrebató a la niña de sus brazos y, con la sangre que manaba abundantemente de su brazo, cegó momentáneamente a Shura. Necesitó de un par de golpes más, para dejarlo contra el suelo y, después, corrió lo más rápido que sus piernas y su cuerpo desecho le permitieron.
Aioros nunca miró atrás. Si lo hacía, encontraría todo lo que dejaba… lo que perdía.
-"Adiós, Shura."-pensó.
Y lo cierto era, que jamás volverían a encontrarse.
-X-
Llevaban horas buscándolo.
Shura y sus subordinados habían pasado toda la noche rebuscando incluso debajo de las piedras. Pero Aioros, de alguna manera, y a pesar de haberse marchado siendo prácticamente un cadáver, se las habían ingeniado para burlar los ojos de aquel pequeño ejército.
Jugaba con ventaja, eso era cierto también. El santo de Sagitario había crecido en el Santuario, explorando y aprendiendo cada recóndito escondite de los alrededores. Shura no contaba con esa suerte y, aunque sus guardias probablemente conocían el terreno tan bien como el arquero, el español sabía que el miedo podía más que sus esfuerzos para encontrarle. Después de todo, herido o moribundo, Aioros seguía siendo un guerrero mortífero. Bastaba un pestañeo de su parte para que cayeran muertos. Así que temer estaba bien. Tenían razones de sobra.
El terrible dolor en su costado izquierdo tampoco ayudaba. Aioros se había esforzado por no matarle, pero no había fallado para herirle severamente. Si seguía ahí, era porque Shura era de aquellos que pensaban en que el líder debía predicar con el ejemplo. Además, la bebé Athena seguía de por medio, y sería él quien la llevara de regreso a casa.
-Seguid buscando. No pueden estar lejos. –ordenó.
Pero la verdad era que el tiempo conspiraba en su contra. Mientras más minutos se les escaparan, más lejos y más inalcanzable estaría el Sagitario. Cuando los primeros albores de la mañana llegaron, Shura se maldijo por el tiempo perdido. Nunca había deseado que aquello se le saliera de control. No cuando su diosa corría peligro.
Poco sabía que todo estaba a punto de cambiar.
-"Suspended la búsqueda. Nuestra princesa está a salvo." –anunció la voz del Gran Maestro, pillándolo por sorpresa.- "Podéis regresar. Mi guardia personal la ha encontrado, con el cuerpo del traidor a su lado. Enhorabuena, Shura. Athena te debe la vida."
De todas las palabras, solo una se repetía en su cabeza sin descanso.
Traidor.
La palabra hizo que la piel se le erizase al español. Lejos se veían aquellos tiempos en que aquel hombre, ahora equiparado con un demonio, era su amigo, el único que tenía. Ese chico simpático al que había aprendido a querer y a respetar como a si fuera su propia sangre había desaparecido ya. ¿En que momento Aioros había cedido ante la locura? ¿Tanto le habían dolido los designios de Athena como para atentar contra esa criatura que significaba todo para ellos?
Lo que más le dolía eran todas esas mentiras. Por años, Aioros había fingido ser alguien que en realidad no era. Había mostrado al mundo una cara que no le pertenecía. Todo ese tiempo no había sido más que un lobo vestido en piel de oveja. ¡Y Shura le había creído! Lo había idolatrado como a nadie. Había soñado con ser como él, con llegar a ser un verdadero hermano de Orden para el arquero. Por demás estaban todas las blasfemias que había gritado durante la batalla. Pensar en ellas hacía que la sangre le hirviera y que el estómago se le retorciera de asco. Estaba seguro que no eran más que las palabras de un hombre que se sabía muerto. Sin embargo, ¿eran necesarias?
O Aioros había perdido realmente la razón, o había intentado engañarle como si fuera un idiota. Si el Sagitario había tenido las fuerzas para levantarse en contra de su Orden y de su diosa, debió haberlas mantenido para morir en pie de guerra y no como un cobarde que prácticamente rogaba por misericordia, escondido detrás de un montón de mentiras. Por que eso era a final de cuentas: un cobarde. Un maldito traidor cobarde.
Pero, si era solamente eso, ¿por qué le dolía tanto su muerte? La respuesta que se dio fue simple: su corazón era débil. Con el tiempo, su razón sabría imponerse y el deber sería lo único que importaría.
Como fuera, no importaba ya. La pesadilla había terminado… o quizás apenas comenzaba para Shura. Aioros no solamente estaba muerto, sino que había sido él, quien le ejecutase. Había sido Excalibur la que le había asesinado en un último golpe, certero y perfecto. Sus manos estaban manchadas de sangre hermana.
-"Vamos de regreso, Maestro." –respondió el español.
Y mientras caminaba de vuelta a casa, cuando nadie le veía, una lágrima solitaria recorrió su mejilla. Ahora comprendía lo que en realidad era la soledad.
-X-
¿Y si hubiera hecho algo diferente? ¿Y si hubiera cometido menos errores? Si se hubiera esforzado más, ¿acaso la vida le habría perdonado y liberado de aquel destino tan cruel?
Porque Aioros estaba muriendo. Lo sabía perfectamente.
Sus heridas eran graves y, en ese punto, el daño era irreversible. De no haber tenido a la pequeña diosa en sus brazos, hacía mucho que se hubiera rendido y cedido su alma a la muerte. Pero todavía no podía detenerse, no mientras ella corriera peligro. Con seguridad el Santuario entero estaba en su búsqueda. La noche le había servido de cómplice, pero ahora que el Sol ardía en cielo, las tinieblas no iban a protegerlos por mucho más. Aunque, tampoco estaba seguro de que su cuerpo le permitiera continuar la marcha por mucho tiempo.
Al mirar a su alrededor, el paisaje lucía cada vez menos familiar. Eso era bueno. Significaba que cada vez estaba más lejos de Arles, de Shura y de sus cazadores.
Sin embargo, la niña estaba cada vez más inquieta. Por ratos lloriqueaba y se retorcía entre sus brazos. Había conseguido calmarla las primeras veces, pero se volvía más difícil en cada ocasión y a él le quedaba menos fuerza para intentarlo. Eventualmente, sabía que sería imposible mantenerla en silencio. Era solo un bebé; hambrienta, asustada y cansada. En cualquier momento gritaría y, entonces, quedarían al descubierto. No había nada que Aioros pudiera ofrecerle. Nada.
Incluso la caja de Sagitario, a sus espaldas, le pesaba en exceso. Había pensando en dejarla atrás. Sin embargo, si algo sucedía, si llegaban a encontrarlos, esa armadura era la única esperanza para ambos.
Por fin, el agotamiento pudo más que él y trastabilló.
No tuvo fuerzas para levantarse de nuevo. El momento había llegado y él no estaba listo. Todavía no podía morir, aún tenía una misión que cumplir.
Batalló por mantenerse consciente, porque de otra forma no podría aferrarse al mundo de los vivos. Se concentró en la pequeña Athena, en su rostro regordete y sus ojitos grises que le miraban con preocupación. Se esforzó por sonreírle y, como una bendición, la risa de la niña brotó en medio de su calvario. Entonces, la abrazó aún más fuerte contra sí y lloró. Sus lágrimas suplicaron por fuerza, por una última bocada de oxígeno que le permitiera conseguir un milagro.
Los dioses respondieron.
-¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? -oyó los pasos aproximándose hacia él y despertó. Tenía la garganta seca e incluso hablar le significaba un suplicio.
-Aquí… -musitó.- Aquí…
El hombre que apareció ante él dibujó una mueca de espanto en su rostro al verlo. Soltó la cámara fotográfica que tenía en las manos y se abalanzó en su auxilio. Era un hombre mayor, entrado en años, de barba y cabellos grises. Sus ojos, sin embargo, irradiaban fuerza y deseos de vivir.
-¡Muchacho! ¡Por dios! ¿Qué ha sucedido contigo? –el anciano le cuestionó.
-Mi nombre es Aioros. –habló lo más fuerte y claro que pudo, aunque él mismo era casi incapaz de escucharse.- Éste bebé… es la reencarnación de la diosa Athena. El destino de la humanidad depende de ella. Llevadla con vos… protegedla del mal que la persigue. –con un último esfuerzo, se desprendió de la niña, sabiendo que con ella entregaba un trozo de su alma. Era todo lo que podía hacer por ella. Había cumplido, ahora podía morir.- Llevaos la armadura también. Os mantendrá a salvo cuando necesitéis de su fuerza.
-¿Qué hay contigo? –el hombre volvió a preguntar. Lucía confundido, tal como Aioros esperaba. Pero algo dentro de su corazón, le decía que todo estaría bien.
-Es tarde para mí. –nada podía salvarlo ya. Acarició la mejilla de la pequeña, que se aferró a sus dedos, como lo hiciera aquel primer día que se habían conocido, y le obsequió la sonrisa más hermosa de todas.- Estarás bien, preciosa. Vive… que la esperanza vivirá contigo.
Mientras los veía alejarse, sentía el ocaso de su vida acercándose. Todo lo que había vivido, para bien o para mal, no le traía arrepentimiento alguno. El destino había sido caprichoso, acortando su vida, pero había cumplido. Athena, su preciosa niña, estaba a salvo. Algún día ella volvería, convertida en diosa. Volvería por el trono que le habían negado. Volvería e impondría el amor y la justicia que defendía. Entonces, la Orden Ateniense resurgiría.
Y, hasta que ese momento llegara, Aioros permanecería a su lado. Su cuerpo no podría luchar más por ella, pero su alma velaría, incansable, por su bienestar. La protegería y guardaría a aquellos que la siguieran. En sus manos confiaba el futuro.
Cerró los ojos. Estaba agotado.
Pensó en Aioria, en su siempre travieso cachorro. Rezó porque encontrara paz y también por su perdón. Algún día sería un hombre, un santo como él, y le comprendería. Hasta entonces, pidió fuerzas que le mantuvieran en pie, sin importar que tan duro fuera el camino de la vida. También, suplicó por Saga y por Shura. Por entereza, para el primero; y sabiduría para el segundo. Ojala hubiese podido hacer más por ella, pero el tiempo se le había agotado.
El cuerpo dejó de dolerle y un sentimiento de libertad le invadió el alma. No había más miedos, solo paz. La brisa lo acarició mientras la muerte le envolvía en la calidez de sus brazos.
Lentamente, respiró y exhaló. Respiró…
Exhaló.
-X-
No hubo discursos, ni lágrimas ese mañana. No hubo luto, ni plegarias por el alma perdida. Como todos los días, el Sol salió entre las montañas y trepó a lo alto del cielo, para comenzar el descenso al llegar la tarde. Contrario a lo que Deltha había creído, el tiempo no había detenido su marcha. La vida continuaba para todos.
Pero en la vieja fortaleza de Cabo Sunión, no había nada más que ella y sus pensamientos. Ahí, no existían las miradas recelosas. Tampoco los comentarios malintencionados. Únicamente estaban sus lágrimas y el ardor de su corazón herido.
No había parado de llorar desde que las noticias de la traición y muerte de Aioros llegaron a sus oídos. Se había escabullido del bullicio y corrido a ocultar en aquel rincón que nadie osaba visitar. Una vez ahí, las horas habían pasado desapercibidas para la amazona. Lloró hasta ya no tuvo más lágrimas, hasta que los ojos le dolieron y hasta que sintió que no podía más. Abrazó las rodillas contra su pecho lo más que pudo, en busca de un poco de calor. Pero el frío que sentía, venía de mucho más adentro… venía de su corazón. Así que se acurrucó sobre si misma y decidió que su única compañía sería el mar revuelto. No tenía urgencia, ni deseo en volver. No quería regresar solo para sentir como el vacío dentro de ella se agrandaba a cada minuto. No había un solo motivo que la hiciera mirar atrás, ahí donde todos festejaban lo que ella había perdido.
Aioros se había ido. Naia también. Todos la habían dejado sola.
Pocas veces se había arrepentido de algo como en ese momento. Se lamentaba haber callado tantas cosas y de no haber hecho muchas más. Se había pasado la vida entre miedos y debilidades; y ahora se había quedado con aquella inmensa soledad, en la que ni siquiera sus lamentos valían para nada.
Estaba sola. Sola y aterrada.
-"Hasta para eso eres cobarde" -se recriminó.- "Aún cuando no tienes nada que perder, estás muerta de miedo, como una chiquilla." -y no quería tener más miedo, no quería sufrir más.
Se secó las lágrimas con tosquedad y miró hacia el horizonte. El mundo, a sus ojos, lucía diferente.
Su lugar ya no estaba en el Santuario. No quedaba ahí nada para ella. Era hora de volar, de abrir las alas y surcar el cielo, tan alto como las aves en el invierno. Debía ir más allá de donde sus ojos alcanzaban: hacia la libertad, hacia una nueva vida.
Nunca olvidaría aquello que dejaba atrás, ni a todas las personas a las que tanto había querido. No dejaría que el tiempo le arrebatara sus memorias, llenas de sonrisas y de lágrimas, de éxitos y fracasos; de amor, de esperanza y, sobre todo, de amistad.
Iba a extrañarlos y a llevarlos consigo en cada latido de su corazón. Después de todo, sin importar que tan lejos la vida se empeñase en llevarlos, todos ellos siempre vivirían en ella… en sus recuerdos. Le habían enseñado acerca de la amistad y también de la esperanza. Por ellos había sobrevivido en un mundo del que jamás se había sentido parte. Por su coraje, por su fe, por su cariño. Les debía todo lo que era y todo lo que sería a partir de ese momento. Y, ahora, su memoria sería la que le sostendría durante el gran viaje que estaba a punto de comenzar. Lejos de todo lo que conocía, lejos de lo que era. Muy lejos.
El viento sopló, acariciándole el rostro, y arrastró sus lágrimas consigo. La caricia la reconfortó.
Pensó en Aioros, en Naia, en Saga, incluso, en Kanon. Los imaginó ahí, a su lado, en aquel día especial de verano cuando sus caminos habían coincidido por primera vez. Siempre recordaría a Saga, pillándola y casi matándola de un susto. Y, también a Naia, vengando la afrenta con una atinada pedrada y peleando a gritos con su siempre querido doradito adorable. Siempre añoraría la tibieza de la mano de Aioros, estrechando la suya para darle fuerzas, y atesoraría en su corazón, aquella hermosa sonrisa, sincera y afable, que le había regalado. Y tampoco se olvidaría de la risa astuta que iluminó el rostro de Kanon, cuando Cabo Sunion los liberó por fin de sus garras.
Sonrió, con la melancolía grabada en su rostro. Que pequeños e inocentes habían sido.
A pesar de todo, para Deltha, aquellos recuerdos serían su gran tesoro. Quizás para el mundo, ese día había sido un pestañeo más. Pero, para ella, sería un instante suspendido en la eternidad. Porque, retando al tiempo, sus historias sobrevivirían para siempre ahí, narradas por el eco de la vieja fortaleza de piedra. Sus risas y sus voces permanecerían en ese lugar recóndito del mundo al que habían llamado hogar; ahí, donde sus vidas se habían encontrado y entrelazado por siempre.
Ahí… donde todo había empezado.
-FIN-
NdA: Escribir "Donde Todo Empieza" ha sido un placer. Ha sido una experiencia maravillosa para ambas y estamos muy felices del resultado. Lamentamos el mar de lágrimas provocadas, y los miles de pañuelos gastados… Pero agradecemos todo el apoyo, las palabras lindas y vuestra constante lectura y compañía. :)
Casi tres años. 325,608 palabras. 30 capítulos. 193 reviews y creciendo...
El final ciertamente nos deja un sabor agridulce. Sin embargo, también nos trae la emoción del inicio de una nueva etapa en nuestra historia. A todas las personas que nos han acompañado durante estos años, pero no se han animado a dejar un comentario… ¡Aprovechad! Esta es vuestra última oportunidad. ¡Estamos ansiosas de leeros!
Gracias, mil gracias… y nos vemos pronto en "Donde Todo Empieza: Renacer".
Sunrise Spirit & La Dama de las Estrellas, vuestras Malvadas favoritas ;)
