Nota de autor: Hacía tiempo que no escribía, demasiado tiempo, y en realidad no sé como he llegado a convencerme de volver a las andadas. Sin embargo, tenía muchas ganas de hacer algo con Santana y Brittany dentro del mundo de Los Juegos del Hambre, y finalmente no pude resistirme. Así que aquí tenéis el prólogo, una pequeña introducción a la historia.
Muchísimas gracias a mi beta SulietGirl (si no habéis leído nada suyo ya estáis tardando en echarle un ojo a su perfil!) por su ayuda y paciencia.
PRÓLOGO
El destino es un gran jugador, no importan cuáles sean sus cartas, siempre acaba ganando. Es experimentado y no duda en usar sus más viles trucos, siempre se guarda un as bajo la manga. Es mejor que no intentes engañarlo, no huyas, lo único que puedes hacer es alabar su jugada maestra y resignarte a que haga lo que quiera contigo. Nunca fuisteis amigos, ni siquiera aliados, así que ¿qué esperabas? Póker. No puedes superar eso. ¿Estás llorando? Me sorprendes. Después de todo ya deberías estar acostumbrada.
Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba a abajo. Era una sensación angustiosa ya que le recordaba que era hora de volver a la realidad, como una especie de señal que indicaba que su tiempo de descanso había acabado. Retiró el rostro del suelo helado y al palpar su piel se dio cuenta de que tenía las mejillas algo entumecidas y húmedas. ¿Cuántas horas habrían sido esta vez? ¿O quizás días? Refugiarse en sus breves periodos de inconsciencia no era algo sano, pero poco importaba. Se aferrabaa la idea de que llegado el momento podría quedarse atrapada en ellos para siempre. Estaba tiritando, de nuevo la habían dejado desnuda, con la piel enrojecida pero no sólo a causa de la baja temperatura. Tenía zonas más moradas que otras, pequeñas marcas que empezaban a cicatrizar, y otras que parecían demasiado recientes. Le pareció estúpido que no le pudiesen dar algo con lo que cubrirse, como si sus ojos no mostrasen ya lo vulnerable que era. No era necesario humillarla más.
Intentó enderezarse, pero la cadena que rodeaba su muñeca se lo impidió. El metal le había hecho varias rozaduras, pero la sangre ya se había coagulado. De nuevo, se dispuso a moverse. No podía quedarse tumbada eternamente, podrían pensar que había muerto. No era una mala opción, pero ya lo había intentado antes y los métodos que usaban aquí para comprobar si alguien seguía respirando estaban bastante lejos de parecerse a tomar el pulso. Aunque puede que esta vez se lo creyesen, ya que al fin y al cabo su aliento era más débil que nunca.
– Vaya, mirad quien se ha despertado. Y esta vez sin un beso de su príncipe. Buenos días, Bella Durmiente.
Los ojos de la chica buscaron desesperadamente al propietario de aquella voz. No se había acostumbrado a la luz y todavía no podía ver con claridad, pero tras varios segundos pudo distinguir el uniforme de su guardia personal.
– Te felicito. Tienes un magnífico don de la oportunidad. Llevas seis días sin moverte, empezaba a preocuparme por ti y justo hace una hora acababa de llamar a un par de soldados para que me ayudasen a sacarte de los brazos de morfeo. La última vez no te gustó demasiado, ¿verdad? – la voz se tiñó de sorna y para luego acabar soltando una risa estridente. – Oh, vamos. No pongas esa cara. Soy bueno contigo, hemos sido compañeros alguna vez. Incluso me consideré tu amigo. Les diré que no vengan, así nos dejaran a solas, ¿qué te parece?
– Noah …
Pudo escuchar como los pasos del joven se acercaban peligrosamente. Se arrodilló frente a ella y comenzó a enredar sus dedos por su cabello rubio. Estaba estropeado y algo ennegrecido por el polvo de la habitación y el paso de los días.
– Alguien necesita un baño. Luego te daré tu cubo. – murmuró algo asqueado.
La sala olía a moho y a carroña. Noah se preguntó si alguna vez se habían molestado en limpiarla. Se podía notar el hedor de todas las muertes que allí hubo alguna vez. Volvió a levantarse y fue hacia un rincón donde había un saco lleno de trapos viejos. Se entretuvo un poco hasta dar con una especie de manta vieja y rota. Regresó a su sitio y rodeó a la chica con ésta. Frotó la tela contra sus brazos esperando que así entrase en calor. Ella por su parte tenía la mirada clavada en el suelo, simplemente se dejaba hacer.
– ¿Qué tienes en esa cabeza tuya? Antes eras brillante, la mejor, sin duda. ¿Qué te han hecho? ¿Qué te ha hecho ella, Brittany? – el joven enarcó una ceja mientras buscaba los ojos de la rubia. Realmente parecía preocupado.
– ¿Te gustan las estrellas, Noah? Me ha enseñado a ver el cielo de otra manera.
– ¿Qué? ¿De qué diablos hablas? Esto es estúpido.
– ¿Qué ves cuando miras arriba?
– Yo... Veo el techo y capas de tierra. Siempre hemos estado encerrados, ¿recuerdas? Atrapados para siempre en una ciudad subterránea. Cuando teníamos suerte y podíamos respirar aire de verdad entonces también se podían ver aerodeslizadores y bombas. Aunque eso parece no importarte ya.
– Nunca se te dio bien mirar más allá de tus propias narices. No sé quien está peor de los dos. – dijo con un hilo de voz, sabiendo que la mano de Noah no tardaría en abofetearla. Y ahí estaba. Un golpe seco. Ni las torturas habían conseguido reducir su intuición.
– ¿Qué te ha hecho? – insistió.
– ¿Y los puzzles? Hay personas a las que se les da bien reconstruir lo que está roto. A ella le gustan.
– ¿En qué momento de tu vida te volviste tan idiota?
– ¿En qué momento de tu vida decidiste que lo tuyo es pegar palizas? No eres tan diferente de los que tanto odias. – murmuró entre dientes mientras sus dedos comenzaban a acariciar una de las últimas heridas que le había hecho.
El chico se apartó de ella, poniéndose de pie y escupiéndole. No podía entenderla, la habían convertido en uno de ellos. Estaba desesperado, quería recuperarla. Lo había intentado de mil y una maneras pero tendría que aceptar que no volvería a ser la misma. Ni siquiera los golpes habían conseguido hacer que entrase en razón. No pudo evitar resoplar, sentía la rabia y la frustración corriendo por sus venas.
Estaba dispuesto a dejarla sola de nuevo, pero un destello cerca de los dedos de la rubia le llamó la atención. Lo reconoció al instante. Aquella placa sólo le traía malos recuerdos. Dorada y con seis puntas. El emblema de los agentes de la paz. Brittany se dio cuenta y estrechó aquella pequeña pieza de bronce con fuerza, hasta hacerse daño. Puckerman cerró los ojos con pesadez y se dirigió a la puerta no sin antes voltearse para dedicarle unas últimas palabras.
– Va a matarte. Es una pena justa para los traidores y ella se ha ofrecido. Por lo visto cree que puede salvar así su propio pellejo.
Un fuerte ruido llenó la habitación en cuanto la puerta se cerró, indicando que había acabado ahí su conversación, y probablemente, los pocos reductos de lo que una vez fue su relación. Noah le había mentido, pero lo había hecho en un último recurso para intentar conservarla en el mundo de los vivos. Que aquella chica la matase no era su idea, eran órdenes de Coin que lo había considerado "un buen castigo y una tortura digna para un agente de la paz." No tenía voz ni voto, la presidenta así lo había querido y no podían cuestionar sus decisiones. Pero el chico seguía preguntándose el por qué Brittany se llevaba todos los castigos y la otra parecía salir inmune. No acababa de entender qué podría suponer para ella aquello, una muerte más. Una más en su larga lista de víctimas. Santana López merecía algo mucho peor.
