Un error fatal
Cuando Hermione escuchó por boca de su mejor amigo lo que había pasado, no pudo decir que no le comprendiera, puesto que ella se moría de ganas de golpear a Ron con todas sus fuerzas, desde que éste andaba con la estúpida de Lavender.
La Navidad se acercaba y con ella, la fiesta de Slughorn, a la que Harry, invitó a Luna. Una vez allí, el profesor le presentó a varias personas influyentes, pero el moreno no estaba a gusto. Encontró a Hermione huyendo de su pareja, Cormac McLaggen y pasaron un rato con la profesora Trelawney.
Mientras pensaba que era la peor celebración de su vida en el colegio, vio algo que le alegró, aunque no quería. Filch apareció ante ellos arrastrando a Draco por un brazo y según el conserje lo había pillado intentando colarse. Pero a Horace no le molestó y le dejó quedarse. Cuando el rubio agradecía al profesor de Pociones el que le dejara estar en la fiesta, Harry se fijó en que parecía enfermo en realidad, y esas ojeras que tan poco le gustaban al mismo Slytherin, hacían acto de presencia en su rostro. No había vuelto a tenerlo tan cerca, desde lo que ocurrió fuera de la biblioteca, y se puso algo nervioso. Antes de que pudiera plantearse si acercársele o no, Snape lo sacó de la habitación. Aquello era tan extraño, que con la capa de invisibilidad, los siguió.
Les escuchó hablar dentro de un aula cercana. En esa conversación, Malfoy le decía a Snape que él no tenía nada que ver con lo ocurrido a Katie Bell, y el profesor no cesaba en decirle que fuese con cuidado porque había hecho algo llamado Juramento Inquebrantable con su madre Narcisa. Una cosa que impacto a Harry, es que al parecer, el rubio tenía un plan, pero que le estaba llevando más tiempo del que esperaba y además, por lo que entendió, también sabía Oclumancia, enseñada por su odiosa tía Bellatrix.
Navidad, en La Madriguera. El moreno de ojos verdes no pudo evitar deprimirse. Hermione no estaba con ellos, debido a lo que pasaba entre ella y el pelirrojo, y estaba más que seguro de que no recibiría ningún regalo de parte del rubio, y no podrían repetir la inolvidable cita del año anterior. Ni siquiera los divertidos comentarios de los gemelos le levantaban la moral. Al menos, Lupin se dejó caer por ahí, y les contó que andaba muy ocupado viviendo entre sus semejantes, los hombres lobo, ya que Dumbledore quería un espía entre ellos.
La mañana de los regalos, despertó sobresaltado. Ron observaba una vergonzosa cadena de oro que le había mandado Lavender, sentado en la cama. Antes de fijarse en sus propios presentes, miró la esfera que reposaba en su mesilla, y vio como nevaba sobre Hogwarts y sin saber por que, le hizo pensar en la cruda realidad. Estaba solo. Draco le había dejado y se había llevado todo sentimiento de felicidad que podía haber sentido. Durante el verano, cuando miraba el regalo del rubio, le invadía la alegría, pero ahora era como si un dementor le hubiese absorbido hasta la última gota. Le necesitaba, cada vez más y no podía permitírselo, ya no estaban juntos ni lo estarían jamás. Era espantoso.
Al final abrió los paquetes desganado. De Molly el tradicional jersey, que esta vez tenía una gran snitch dorada en la parte delantera. De los gemelos una gran caja de productos de Sortilegios Weasley y de Kreacher una caja de repugnantes gusanos.
Poco después de año nuevo y mediante la chimenea, volvieron a la escuela nuevamente. Se encontraron con que iban a empezar las clases de Aparición, para que los mayores de edad hicieran el examen.
Tuvo lugar otro encuentro con Dumbledore en el despacho y al terminar el director le pidió que sacase un importante recuerdo al profesor Slughorn, que era muy difícil de conseguir.
A la primera clase de Aparición, fueron todos los alumnos al Gran Comedor, y un mago del ministerio era el encargado de enseñarles. Debían colocarse separados unos de otros y concentrarse en aparecer dentro de un aro en el suelo. Harry se movió deprisa entre el gentío y se colocó detrás de Draco. Sentía unas inmensas ganas de pedirle disculpas, por lo que había ocurrido antes de navidad y en clase de Pociones era imposible, porque siempre estaba rodeado de sus amigos. Los pensamientos que había tenido en las vacaciones le hicieron darse cuenta de que no quería rendirse, no quería darlo todo por perdido, lucharía con uñas y dientes por recuperar lo que tuvieron. Pero, el rubio estaba enfrascado en una especie de discusión con Crabbe y ni se dio cuenta de que lo tenía a su espalda por culpa del bullicio.
-No puedo decirte cuándo ¿vale?-dijo Malfoy a su amigo-me está llevando más tiempo del que creía, óyeme bien, lo que yo esté haciendo no es asunto tuyo ¡Goyle y tú limitaos a hacer lo que os mandan y seguid vigilando!
-Yo les cuento a mis amigos lo que estoy tramando cuando quiero que vigilen por mí-dijo Harry, alzando la voz para que pudiera oírle.
-¿Tú no estabas en la otra punta del salón?-la mirada gris era de enfado absoluto.
-Me gustó este sitio-de fondo escuchaban las instrucciones del mago, que les pedía máxima concentración-no te metas en problemas Malfoy- recordaba las cartas que el rubio le había escrito en las que le pedía lo mismo.
-¡Y a ti que más te da lo que me pase!¡me estás hartando!¡primero me golpeas y después...!
-¡Silencio!-el profesor mandó a callar de repente y no volvieron a hablarse.
Al terminar esa clase poco gratificante, corrió a su dormitorio, ya que se le había ocurrido una idea. Espiar a Draco con el mapa del merodeador. Cuando lo desplegó, lo encontró en la sala común de Slytherin, con Blaise, Crabbe, Goyle y Pansy. Se calmó un poco, pero el nombre de la chica evitó que fuera por completo. A partir de ese momento, se concienció de que no lo perdería de vista, y si lo veía en algún lugar sospechoso, iría a buscarle.
Las dos semanas siguientes, nada de nada. Ninguna actitud fuera de lo corriente. Harry vivía pegado al mapa y se sentía estúpido por no haberlo usado mucho antes. Quizás podría haber evitado lo del collar. Y por extraño que pareciera, el rubio a veces incluso desaparecía por completo de la escuela.
Fue el cumpleaños de Ron, y por equivocación, se comió unos bombones que le habían regalado a Harry, tiempo atrás, una chica llamada Romilda Vane, y encima iban cargados de filtro de amor. Así que tuvo que llevar a su mejor amigo al despacho de Slughorn y por culpa de un hidromiel envenenado con el que habían brindado, el pelirrojo estuvo a punto de morir. Lo peor era que ese licor se lo habían regalado anónimamente al profesor y Harry temió que fuera obsequio de Draco. Y lo mejor era que Hermione y Ron volvían a ser amigos.
Otro partido, Gryffindor contra Hufflepuff. Tras visitar a Ron en la enfermería, el moreno corrió a toda prisa rumbo al campo de quidditch, pero de camino, se tropezó con Malfoy, acompañado de dos chicas que ponían morritos. Harry sintió que algo enorme y con escamas cobraba vida en su estómago y le arañaba las entrañas, fue como si un chorro de sangre muy caliente le inundara el cerebro, le borrara todos los pensamientos y los sustituyera por un acuciante impulso de embrujar a esas jovencitas y convertirlas en jalea. Ya no solo era Pansy, había más tontas a las que odiar.
-¿Adónde vas?-tenía que esforzarse para no agarrarlo y llevárselo corriendo de allí, lejos de aquellas memas.
-A ti te lo voy a decir ¡otra vez metiendo las narices!-miró la escoba que el otro llevaba en el hombro y añadió-date prisa, todo el mundo está esperando al ''capitán elegido'', al ''niño que marcó'' o como sea que te llamen últimamente-siguió andando y lo apartó de un empujón, seguido de las chicas.
Harry se quedó plantado mientras los veía desaparecer. Era desesperante. El monstruo que acababa de nacer en su interior bramaba exigiendo asesinar a aquellas dos, y pasar de ir al partido. Más le hubiera valido no hacerlo, porque acabó en la enfermería junto a Ron, con una conmoción cerebral y sin saber que Gryffindor había perdido. Pero le vino una idea, que a su mejor amigo le parecía obsesiva. Ordenó a Kreacher y a Dobby que espiaran a Draco por él y le mantuvieran informado de todo, adónde iba, con quién se reunía y qué hacía. Kreacher, como era lógico adoraba a Malfoy, por lo que tenían algo en común. Con todo lo ocurrido, Harry ya se había olvidado del recuerdo que debía sacarle a Slughorn. Y Dobby le informó que Draco pasaba mucho tiempo en la Sala de los Menesteres, y por más que trató de entrar al mismo tiempo, el ojiverde no conseguía hacerlo.
Se acercaba el examen de Aparición y Ron estaba extremadamente nervioso, ya que él si lo tendría. Harry y su amigo hablaban en el lavabo sobre el tema cuando el fantasma de una niña salió volando del retrete de uno de los cubículos.
-¡Myrtle!¡éste lavabo es de chicos!-gritó Harry.
-¡Ah, sois vosotros!-dijo ella con desánimo.
-¿A quién esperabas?-preguntó Ron intrigado.
-A nadie-contestó ella-dijo que vendría a verme otra vez, pero tú también me lo prometiste Harry y hace meses que no te veo el pelo, he aprendido a no hacerme ilusiones con los chicos-suspiró.
-Creía que vivías en el baño de chicas-se excusó el moreno.
-Así es, pero eso no significa que no pueda ir a otros sitios-suspiró más profundamente-creí que yo le gustaba, quizá si os marcharais él volvería a entrar...tenemos tantas cosas en común...estoy segura que él se dio cuenta...es tan guapo...
-Cuando dices que tenéis mucho en común ¿te refieres a que él también vive en una cañería?-volvió a preguntar el pelirrojo.
-No-contestó molesta la fantasma-¡quiero decir que es sensible, que la gente también se mete con él, que se siente solo, que no tiene a nadie con quien hablar y que no le da miedo expresar sus sentimientos ni llorar!
-¿Aquí ha habido un chico llorando?-el de gafas se sorprendió-sería un alumno de primero ¿no?
-¡No te importa!-chilló Myrtle- ¡además seguro es culpa tuya Harry!¡eres muy malo!¡le prometí que no le contaría a nadie y eso voy a hacer!-no les quedó otra que huir del lugar sin más comentarios.
Su obsesión se acrecentó a niveles insospechados y sus amigos estaban preocupándose por el. Así que se centró en el recuerdo del profesor y se tomó la poción Felix Felicis, con la que lo consiguió, después de que Hagrid enterrara a su adorada acromántula Aragog y no solo eso, sino que Ron y Lavender rompieran definitivamente por un malentendido. Al observar el recuerdo con Dumbledore, llegaron a la conclusión de que Voldemort había dividido su alma en seis partes y las había metido en diferentes objetos, para así no morir, y eso es conocido como Horrocrux. Objetos que deberán destruir primero para poder matarlo. Por ahora hay dos eliminados, el diario de Tom, que el propio Harry destrozó en la cámara secreta y el anillo de Gaunt, del que se había hecho cargo el director, hiriéndose en la mano.
Día siguiente. Puso al corriente a sus amigos de los recientes descubrimientos. Volvió también Katie Bell, y aunque Harry se apresuró a preguntarle quién le había dado el collar, la chica no lo recordaba, sólo que se lo habían dado en el lavabo de señoras. Y en el libro del Príncipe Mestizo, leyó un misterioso hechizo para enemigos, Sectumsempra, que le llamaba mucho la atención.
Dos semanas más, ocupados con entrenamientos de quidditch para el último partido. Seguía intentando una y otra vez colarse en la Sala de los Menesteres, con el mapa en ristre, pero sin éxito como siempre.
Unos días antes del partido, desperanzado, miró el mapa y descubrió el puntito Malfoy en un lavabo de chicos en el piso inferior, y no estaba solo, sino con Myrtle la Llorona.
Corrió lo más que pudo hasta que llegó y abrió la puerta con cuidado.
Draco estaba de pie, de espaldas a la puerta, agarrándose con ambas manos a la pila y con su rubia cabeza agachada.
-No llores...-canturreaba Myrtle- no llores...dime qué te pasa...yo puedo ayudarte...
-Nadie puede ayudarme-esa voz le encogió el corazón, Malfoy lloraba sin duda, y le sacudían fuertes temblores-no puedo hacerlo, no puedo...no saldrá bien...pero si no lo hago pronto...él me matará...-lo sabía, su rubio estaba bajo coacción, no por voluntad propia, iba a acercarse lentamente, pero a través del resquebrajado espejo, de repente, vio como los plateados iris le miraban.
Malfoy en cuestión de segundos se había dado la vuelta y sacado su varita. Harry sacó la suya, pero el maleficio del otro le pasó rozando e hizo pedazos una lámpara que había en la pared. El moreno se lanzó hacia un lado y pensó ¡Levicorpus! al tiempo que agitó su varita, pero Draco lo bloqueó y se preparó de nuevo para atacar. Los chillidos de Myrtle pidiéndoles que parasen resonaban por las paredes. Hubo un fuerte estallido y el cubo que había detrás del de gafas explotó, éste intentó echar la maldición de las piernas unidas, que rebotó en la pared, detrás de la oreja del Slytherin y destrozó la cisterna donde se había subido la fantasma. Salía agua de todas partes. Harry sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, no debía ocurrir, pero no podía parar. De pronto resbaló justo al mismo tiempo que oyó a Malfoy gritar ¡Crucia...!
-¡Sectumsempra!-gritó más alto Harry desde el suelo agitando la varita desesperado.
De la cara y el pecho de Draco empezó a salir sangre a chorros, como si lo hubieran cortado con una espada invisible. Dio unos pasos hacia atrás, se tambaleó y se desplomó en el encharcado suelo con un fuerte chapoteo. La varita se le cayó de la mano derecha, ahora flácida.
-No...-dijo Harry con voz ahogada-no...por favor...no-se levantó con dificultad y se lanzó hacia Malfoy, que tenía la cara roja y con las manos se palpaba el pecho, empapado de sangre.
-No...yo no...Pott...
Harry se arrodilló a su lado, no entendía lo que quería decirle. El rubio temblaba de forma descontrolada en medio de un charco de sangre. Myrtle empezó a chillar de nuevo, exclamando que se había cometido un asesinato en el lavabo. El de ojos verdes ni se inmutó, solo podía ver las consecuencias de sus actos. Por haber hecho caso a ese libro del que tanto le habían advertido. Debía buscar la forma de sacar a Draco de allí, llevarlo con urgencia a la enfermería. Le dio la mano. Las lágrimas apenas y le dejaban ver con claridad.
La puerta se abrió de golpe y apareció Snape, que realizó una rápida contramaldición sobre el herido y después de hacerlo por tercera vez, consiguió estabilizarlo. Harry, inmóvil, pudo observar como el profesor se llevaba a su querido rubio de allí, con un sentimiento de culpa aterrador.
