Muerto en vida
Pasaron semanas en El Refugio, la casa de Bill y Fleur. Planificando con el duende Griphook como acceder a la cámara de los Lestrange en Gringotts. Harry estaba muy nervioso, porque al final, había sucumbido a las visiones y había visto como Voldemort se hacia con su ansiada Varita de Saúco, sacándola de la tumba de Dumbledore, su anterior propietario.
La incursión al banco mágico fue productiva. Consiguieron otro Horrocrux, la copa de Helga Hufflepuff, y liberaron de paso a un dragón maltratado y medio ciego. Pero sin la espada. Lo que desembocó en que el Señor Tenebroso descubriera que estaban siguiéndole la pista a los pedazos de su alma, y preocupado, marchó a investigar si los demás Horrocruxes estaban a salvo. Mostrándole sin querer a Harry, que había otro en Hogwarts.
Después de una aparición peligrosa en Hogsmeade. Una charla interesante con Aberforth, el hermano de Dumbledore. De entrar en la escuela por un pasadizo desconocido. De descubrir que el ED seguía dando la cara, bajo el mando de Neville, Luna y Ginny. De plantearse la posibilidad de que el último Horrocrux, aparte de Nagini, era la diadema perdida de Ravenclaw. Y de que los profesores le ayudasen a cumplir su misión. Empezó la última y decisiva de las batallas.
Por una inteligente idea de Ron, éste y Hermione acabaron con la copa, ayudándose de colmillos del basilisco que cogieron en la cámara secreta.
Y gracias al fantasma de Ravenclaw, La Dama Gris, supo que el Horrocrux estaba en la Sala de los Objetos Ocultos. Él y sus amigos fueron hacia allí. Una vez dentro...
-¡Espera un momento!-dijo de pronto Ron-¡se nos olvidaba alguien!
-¿Quién?-preguntó Hermione.
-Los elfos domésticos, deben estar todos en la cocina ¿no? deberíamos sugerirles que abandonen el castillo, no queremos que corran la misma suerte que Dobby ¿verdad? no podemos obligarlos a morir por nosotros.
Se escuchó un fuerte estrépito. La pelicastaña había soltado los colmillos de basilisco que llevaba en los brazos. Corrió hacia Ron, se le echó al cuello y le plantó un beso en la boca. El chico le devolvió el beso con tanto entusiasmo que la levantó del suelo.
-¿Os parece que es el momento más oportuno?-preguntó Harry, con cierta envidia, dicho sea de paso-¡eh!¡que estamos en guerra!
Ambos se separaron un poco, pero siguieron abrazados.
-Ya lo sé, colega-dijo el pelirrojo con cara de atontado-precisamente por eso, o ahora o nunca ¿no?
Suertudo...
En la Sala de los Menesteres, tras un peligroso enfrentamiento con Crabbe y Goyle, que terminó con la muerte del primero. La diadema se destruyó. Solo quedaba Nagini, pero estaba extremadamente protegida por su amo.
La lucha seguía ininterrumpidamente. Corrían por el pasillo esquivando haces de luces de diferentes colores. Se toparon con Percy y Ginny enfrentándose con varios mortífagos. Acudieron en su ayuda.
-¡¿Todo bien Harry?-preguntó la pelirroja, la situación era peliaguda.
El moreno asintió. En ese instante se produjo una fuerte explosión. Los cinco muchachos quedaron aturdidos. Y en cuestión de una milésima de segundo, cuando ya creían tener controlado el peligro, fue como si el mundo entero se desgarrara. Harry saltó por los aires, y lo único que atinó a hacer fue agarrar tan fuerte como pudo la varita de Draco y protegerse la cabeza con ambos brazos. Oyó los gritos de sus compañeros, pero ni siquiera se planteó saber qué les había pasado. Hasta que escuchó un grito desgarrador que lo sacudió por dentro, un grito que expresaba una agonía que no podían causar ni las llamas ni las maldiciones, y se levantó tambaleante. Había tres pelirrojos agrupados en el suelo, junto a los restos de pared derrumbada. Potter cogió a Hermione de la mano y fueron a trompicones por encima de las piedras y los trozos de madera.
-¡No!¡no!-oyeron gritar-¡no!¡Ginny!¡no!
Percy zarandeaba a su hermana, Ron estaba arrodillado a su lado, y los ojos de Ginny miraban sin ver.
No había tiempo para llorar. Aún quedaba la serpiente para poder acabar con Voldemort. Y Harry había tenido una visión. Éste estaba en la Casa de los Gritos, y quería ver a Snape. El trío fue hasta allí con la capa invisible y fueron testigos de como el profesor era asesinado, para que el Señor Tenebroso se hiciera el dueño de pleno derecho de la Varita de Saúco. Pero Snape, antes de morir, dio al moreno de redondas gafas sus recuerdos para que los viera en el pensadero.
Remus Lupin. Ginny Weasley. Nymphadora Tonks. Colin Creevey. Demasiada muerte. Voldemort había dado un ultimátum. Una hora para que Harry diera la cara. Vio los recuerdos del antiguo profesor de Pociones, descubriendo que éste era mejor de lo que pensaba y que él era el Horrocrux accidental, el séptimo. Y partió a su muerte. Solo.
Caminó hacia el Bosque Prohibido. Atrás quedaría Hogwarts. Las tardes en la cabaña de Hagrid tomando el té. Los paseos por Hogsmeade. Las vacaciones en La Madriguera. Las maravillosas noches con Draco. La agradable compañía de sus amigos. Todo.
Estaba decidido a morir. Un pensamiento fugaz le hizo sacar la snitch que le había dejado Dumbledore. En su interior, como él había supuesto, encontró La Piedra de la Resurrección. Cerró los ojos e hizo girar la piedra en su mano tres veces. Oyó ruidos a su alrededor y los vio.
Eran menos consistentes que los seres vivos, pero más que los fantasmas. En todos sus rostros había una afectuosa sonrisa.
James. Tan alto como él. El pelo igual de enmarañado y las gafas algo torcidas.
Sirius. Alto y apuesto. Más joven. Con las manos en los bolsillos y con una sonrisa burlona dibujada en sus labios.
Lupin. También era más joven. Pulcro y de cabello más poblado. Parecía alegre.
Lily. Con la sonrisa más amplia de todas. Se apartó el largo cabello de la cara al acercarse a Harry, y le escrutó ávidamente el rostro con aquellos ojos verdes, idénticos a los suyos.
-Has sido muy valiente-le dijo.
El muchacho se quedó sin habla. Estaba embobado mirándola.
-Ya casi has llegado-le dijo James-estás muy cerca, y nosotros estamos muy orgullosos de ti.
-¿Duele?-preguntó el más joven temeroso.
-¿Morir?-cuestionó Sirius- en absoluto, es más rápido y más fácil que quedarse dormido.
-Será rápido-añadió Lupin- él quiere acabar de una vez, no te preocupes.
-No quería que ninguno de vosotros muriera por mí-dijo- lo siento mucho Remus...cuando te vi...
-No pasa nada Harry, ahora estamos juntos-y miró a Sirius, que le devolvió una cariñosa mirada.
-¿Os quedareis conmigo?-preguntó esta vez.
-Hasta el final-contestó su padre.
-Somos parte de ti-agregó su padrino-nadie más puede vernos.
Se puso en marcha. Hasta que llegó a un claro en el bosque. En medio ardía una hoguera. Un grupo de vigilantes y silenciosos mortífagos miraban a Voldemort, que parecía estar meditando.
El plazo de una hora había terminado. Se quitó la capa de invisibilidad.
-Creí que vendría-dijo el Señor Tenebroso con su aguda y diáfana voz, sin apartar la vista de las danzantes llamas-confiaba en que vendría...por lo visto me equivocaba...
-No, no te equivocabas-dio unos pasos al frente.
Harry habló tan alto como pudo, con toda la potencia de que fue capaz, porque no quería parecer asustado. La Piedra de la Resurrección resbaló de entre sus dedos y con el rabillo del ojo vio como desaparecían sus padres, Sirius y Remus.
Una voz gritó-¡Harry!¡no!-Hagrid estaba atado a un grueso árbol y forcejeaba para liberarse-¡no!¡no!
No podía sacar su varita, aunque estuviese tentado a hacerlo. Debía morir. Es lo que tenía que ocurrir. Todo lo vivido, le había llevado ahí. A ese momento.
-Harry Potter...-dijo Voldemort en baja voz-el niño que sobrevivió, viene a morir...
Los mortífagos ni se movían. Expectantes. En su mente, sin saber por qué, pensó en Draco, en sus bellos ojos, en el roce de sus labios...
-Sabía que darías la cara-continuó el mago Tenebroso-siempre tan valiente...-comenzó a andar alrededor de la hoguera-me complace que lo hicieras Harry Potter, porque hay un capricho que quiero que me concedas antes de que mueras...-¿de qué estaba hablando?¿capricho?-siempre he querido verte sufrir-sonrió ligeramente-ya ves, cuando maté a tus padres, eras demasiado pequeño y yo...digamos que me desvanecí; cuando Bellatrix mató a Sirius Black yo no estaba presente y me lo perdí; cuando Severus mató a Albus Dumbledore tampoco estaba y no pude ver como llorabas, como la tristeza, ese dolor desgarrador que por culpa del amor-añadió con desprecio-sientes cuando pierdes a un ser querido ¿no Harry?-¿qué estaba pasando?¿por qué sentía esa incómoda desazón?¿acaso no iba a ser rápido? ya se lo había quitado todo ¿en qué estaba pensando?¿jugaba con él aplazando el momento por gusto?-no podía perder la oportunidad de regodearme en tu sufrimiento Harry Potter...¡traedlo!.
Algunos mortífagos se apartaron. Dando paso a otros más rezagados, que cargaban con algo. Lo dejaron caer sobre el suelo, haciendo un fuerte ruido sobre la tierra.
El temor le invadió. No sabía por qué razón. Miró a Voldemort que lo observaba sonriente. Iluminado por el fuego de la hoguera, su silueta era más fantasmagórica aún.
-Acercate a él Harry Potter, no te va a pasar nada-le hizo un gesto con la mano.
Por algún extraño motivo, no quería acercarse. El corazón iba a salírsele del pecho. Andaba despacio. Con cautela.
Empezó a temblar. Quien estaba en el suelo era una persona. Cada vez lo veía con más claridad. Una cabellera rubia. Un cuerpo completamente inmóvil. ¿Draco?. Se detuvo. Aquello debía ser una broma. Para reírse de él antes del final. Seguro.
-No...-brotó de sus labios por cuenta propia.
-¡Acercate a tu amante de una vez! ¿o no quieres despedirte?-al darse cuenta de que sus palabras habían sido recibidas con impacto, continuó-debiste aprender a cerrar mejor tu mente, gracias a eso descubrí lo que pasaba y lo convertí en mortífago esperando el momento justo para usarlo en mi beneficio, evidentemente un crío como él no iba a poder con un mago como Albus Dumbledore- se carcajeó y algunos de sus vasallos también le siguieron.
Se lanzó al cuerpo del rubio. Lloraba. No sabía desde cuando, pero las lágrimas ya le empapaban la cara. Ahí estaba. Su Draco. Presentaba muchas heridas, por todas partes, y su ropa estaba en bastante mal estado. Extremadamente pálido. Increíblemente delgado. Le cogió la mano y lloró sobre su pecho, arrodillado junto a él. No le importaban los testigos y sus risas. No le importaba nada. Era culpa suya. No prestó atención a las clases de Oclumancia y debió haberlo hecho. Tantas pérdidas en su vida. Ésta era insoportable. Le habría gustado no sentir nada, le habría gustado arrancarse el corazón, las entrañas, todo eso que gritaba en su interior...
Pero pronto estarían juntos.
Le besó en los fríos labios y se puso en pie. Un destello de luz verde, y entonces todo se apagó.
Nota de la autora: Fred en mi historia no podía morir. Pero Ginny debía hacerlo, así que ¡hasta nunca petarda!
