Capítulo II: Él
Había hombres en el mundo que podía gozar de la libertad de hacer lo que quisiesen, salir a fiestas, seducir chicas como si aquello fuera un pasatiempo frecuente, viajar por el mundo y vivir experiencias impactantes, buscando el riesgo y aventurándose en lo desconocido. Bueno, Ron Weasley no era una de esas personas.
Con veinticuatro años pesando sobre él, Ron era catalogado el hombre más ocupado del Departamento de Ciencia Mágica, en uno de los recovecos más ocultos del Ministerio. No era que él fuera un experto en su trabajo, sino que había adulterado su currículum para que pudiese conseguir un empleo decente y, como consecuencia de aquello, aterrizó en uno de los departamentos más aburridos del Ministerio. Y su sueldo no era el mejor: apenas le alcanzaba para el alquiler de su casa y se alimentaba a base de comida chatarra. Sus colegas decían a menudo que Ron era un misterio dietético porque, pese a sus insanas inclinaciones alimenticias, se mantenía en forma y sus músculos eran duros como una barra de metal. Él era atractivo, pero como no tenía colegas femeninas, aquello no le servía de mucho. Y, pese a que, cuando aceptó ese trabajo, no tenía ninguna calificación para éste, el tiempo hizo de mentor para él, aprendiendo cosas, fórmulas, expresiones científicas que antes hubiera creído que era otro idioma.
Ron era trabajólico. Llegaba a las siete de la mañana y salía a las once de la noche, y sólo daba media hora para el almuerzo. Él consideraba un día como perdido si no demostraba al menos unos cuatro teoremas para cuando salía del claustrofóbico cubículo en el cual trabajaba. Los fines de semana trabajaba hasta mediodía y, una vez en su casa, se dedicaba a ver televisión mientras hacía abdominales, lagartijas y diversas flexiones. Después de sus ejercicios, se tomaba una ducha concienzuda de media hora antes de ponerse la misma ropa que había usado antes de ducharse. Podía estar usando los mismos atuendo por dos semanas seguidas, pese a los reclamos de sus colegas a causa del olor que despedía el hombre.
-¿Y para qué demonios te duchas? –quiso saber uno de sus colegas con aire nauseabundo, tapándose la nariz para bloquear la pestilente fragancia que provenía de la ropa de Ron. Él siempre contestaba que le faltaba dinero para comprar nuevos atavíos y que no siempre tenía acceso a una lavandería.
Sin embargo, había una contradicción en la estrategia financiera de Ron. Todos los viernes en la noche, sin excepción, sus colegas lo veían deambular por las calles, con ropas bastante llamativas y limpias, siguiendo el mismo sendero, hasta un edificio de color rosado y con muchas luces manando de las ventanas. Uno de los colegas se atrevió a seguirlo y comprobó, para su consternación, que el local se llamaba "Love in red", un conocido prostíbulo de la localidad. Ron podía estar toda la noche, gastando libras y libras en cuerpos prestados, cuando siempre alegaba que no tenía dinero para comprar ropa o pagar una lavandería.
Sin embargo, nadie conocía la razón de por qué Ron empleaba la mitad de su sueldo para acostarse con mujeres de alquiler, quizá sólo una persona, su mejor amigo, a quien le contaba todo lo que le ocurría. Él le aconsejaba hasta el cansancio que dejara de ir a prostíbulos y que se preocupara de pagar sus deudas, se comprara ropa nueva y que ordenara su vida. Pero Ron se negaba a hacer cuanto le aconsejara su amigo, porque él cargaba con una pena secreta que solo su mejor confidente sabía. No importaba cuánto lo intentara, las chicas jamás lo tomarían en cuenta porque era demasiado celoso. Una vez tuvo una relación con una chica que había sido compañera suya en el colegio, pero que se terminó de forma brusca porque ella se veía con otro hombre, quien resultó ser su hermano mayor, y Ron creyó que se trataba de su amante. Y, como aquella chica conocía a muchas mujeres, el boca a boca hizo que sus posibilidades de casarse y tener hijos se viera drásticamente reducida.
Y Ron creía que las únicas mujeres que podían ignorar aquellas cargas, eran las prostitutas.
Su amigo siempre le decía que habían muchas mujeres en el mundo y que no había conocido ni la millonésima parte de la totalidad de las chicas del globo. Siempre sacaba a relucir su ejemplo: decía que él jamás había sentido la necesidad de agradar a una chica y que no le preocupaba mucho si lo rechazaban o no. Le contó una vez que su mejor amiga lo había invitado a una fiesta y que, mientras bailaban y gozaban, ella había querido compartir su cuerpo con él, cosa que jamás le había propuesto. Podía ver el deseo en sus ojos, pero él no quiso estropear la amistad que había entre ellos y tampoco deseaba hacerlo daño. Ella aceptó sus recelos y siguieron siendo tan amigos como siempre. La moraleja era que las mejores cosas de la vida son las que se menos se esperan y que uno siempre tiene que enfrentar los problemas de la vida con alegría y que no valía la pena dañar su autoestima con chicas que no valían la pena.
Pero, otro de los defectos que tenía Ron guardaba relación con el resultado de cualquier relación con una mujer. Tenía la ciega creencia que si una chica lo rechazaba, cosa que ocurría con mucha frecuencia, tenía la certeza de que él no era un hombre de valor, que una mujer no hallaría nada en él. Y, aunque su amigo le recalcaba lo falsas que eran sus creencias, Ron no era capaz de seguir sus consejos. Eso era lo malo de escuchar heavy metal: se trataba de una música que incitaba a sus fanáticos a ser fieles a sus creencias y a no transar por nada del mundo sus principios. Pero aquello no había hecho más que hundirlo más en el fango, pues sus creencias no hacían elevar su autoestima, sino bajarla cada vez más. Llegaba hasta el punto de rechazar invitaciones para sentirse rechazado y hacer que los demás se compadecieran de él, cosa que jamás ocurría. Decían que lo hacía para ser aceptado y, para la mayoría, ese no era el camino para serlo.
Sin embargo, no todo en Ron eran defectos. A raíz de su trabajo, había desarrollado una capacidad analítica que pocos hombres disponían. Era firme en sus creencias: aunque aquello le jugara más en contra que a favor, a veces esa cualidad salía en su auxilio cuando otras personas, tratando de aprovecharse de su desesperada situación emocional, le ofrecían drogas o le ofrecían algún trabajo sucio o socialmente cuestionable. Y, con la misma convicción con la cual se decía que era basura para las mujeres, decía que no iba a realizar nada que atentara contra su vida o su reputación en su trabajo. Aquella fortaleza mental era la única barrera que lo separaba de ser un delincuente.
Además, como se dijo antes, él era un hombre con un atractivo visible a leguas. Tenía toda la pinta de un metalero: tenía el cabello largo, como hasta la altura de sus hombros, usaba una gorra negra encima de su cabeza, gafas negras, una camiseta descolorida de una conocida banda de heavy metal, jeans negros con agujeros y cinturón de cuero con remaches. Para rematar, usaba unas botas de aspecto pesado. Pero, pese a sus sucios y remendados atuendos, podía intuirse un cuerpo desarrollado y esculpido mediante los ejercicios que efectuaba todos los días. Y, aunque las motivaciones por las cuales deseaba estar forma no estaban orientadas a cautivar a las chicas, sí lo hacía para realzar su condición de metalero. Sus brazos eran gruesos, al igual que sus piernas y, aunque su camiseta quisiera ocultarlo, se podía notar una acentuada espalda en V. Fácilmente podía pasar por un integrante de una banda, quizá un baterista.
Un día de primavera, Ron se dirigía hacia el local usual de comida rápida en donde comía, sin nada que hiciese ver aquel día como una jornada fuera de lo ordinario. La gente paseaba, los perros ladraban, los vehículos rugían, las sirenas se hacían escuchar en medio de la caterva de ruidos citadinos. Sin embargo, estaba a punto de ocurrir algo que no se lo esperó ni en sus mejores días.
Mientras esperaba en la mesa su pedido, por la ventana vio a una mujer caminar por la acera. Su cabello castaño flotaba mágicamente a medida que daba un paso tras otro. Tenía una sonrisa marmórea en su hermosa cara, mirando siempre al frente, sin siquiera gastar una mirada en quien la observara. Usaba ropas como de ejecutiva: una blusa blanca que hacía ligeramente visible un sostén de color rojo y una falda color burdeo que le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas. Y, pese a que sus atavíos eran conservadores, poco podía hacer la falda para disimular el hipnótico vaivén de sus caderas. Supuso que debía oler a almizcle.
El camarero estuvo treinta segundos tratando de llamar la atención de Ron, hasta que él giró la vista hacia el desconcertado mesero.
-Aquí está su pedido, señor. –Pero después añadió-. Ella es gerente de una importante empresa de productos médicos. Es la mujer soltera más codiciada de Inglaterra-. Dichas esas palabras, como si éstas fueran una obviedad de lo más común, se retiró.
Ron apenas escuchó al mesero. Apenas escuchaba los ruidos de la ciudad. Ni siquiera la prostituta más cara con la que se había acostado era más bella y atractiva que la mujer que acababa de pasar por delante de la ventana. Además, la mujer del cabello castaño poseía un aura especial, como de alegría y libertad, como si en lugar de caminar pareciera volar por los cielos, extendiendo los brazos y sonriendo a la vida, cosa que ninguna trabajadora sexual podía, por definición, tener. Se sintió atraído por esa mujer, más que por ninguna otra que hubiera conocido. Sin embargo, su baja autoestima le restregaba en la cara la inutilidad de darse cuenta que aquella chica era la mujer que estuvo buscando por años, diciéndole que no tenía ni la más remota posibilidad de acercarse siquiera a diez metros de ella sin que ella le dirigiera una mirada envenenada. Además, era posible que se estuviera viendo con otro hombre mejor dotado que él y que no tardaría en conquistarla. Con aquellos angustiosos pensamientos carcomiendo su mente, Ron volvió a su comida, pensando en que su única oportunidad para ser feliz caminaba hacia su oficina, en lo alto de algún rascacielos, fuera de su alcance.
Media hora después, Ron retornó a su trabajo, el cual se centraba en observar una colonia de peces, específicamente sus pautas de apareamiento. Tenía un enorme tanque de agua salada con diversas especies de peces y algas plantadas en el fondo. Hallaba paradójico que estuviera estudiando algo que para él estaba vedado en la práctica, al punto de sentir una dolorosa punzada de envida cada vez que un macho y una hembra se juntaban para dejar descendencia. Contemplaba caballos de mar unirse tras una danza extraña, que para los demás estaba lleno de detalles eróticos, pero para Ron no era más que una pantomima que debían hacer todos aquellos condenados caballos de mar. Sin embargo, había algo que estaba empezando a entender, desde que estuvo en las Islas Baleares observando fauna marina.
En muchas especies, si no era en todas, los rasgos físicos de un macho y una hembra que se apareaban eran exactamente opuestos. Si una mancha se hallaba en el lado derecho en el macho, en la hembra estaba en el lado izquierdo. Si el macho tenía una cola larga o amplia, la hembra disponía de una más corta o estrecha. Y eso se repetía hasta la saciedad en los seres vivos. ¿Será aplicable a los humanos también? Debía probarlo.
Una semana después, descubrió, para su sorpresa, que en los seres humanos, la contraposición de características no era física, sino a un nivel intelectual, emocional y sexual, es decir, eran abstractas. Si un hombre era extrovertido, su pareja siempre era más reservada. Si una mujer era conservadora, el hombre era más atrevido. Si el hombre era dulce, la mujer era apasionada. Si el hombre era emocional, la mujer tendía a ser más pragmática. En resumen, las parejas, por naturaleza, tendían más al equilibrio. Aquella era la mejor forma de funcionar. Y, estadísticamente, las parejas que se complementaban entre sí, eran las más exitosas.
Era como si la Naturaleza supiera quiénes estaban destinadas a unirse o no.
Y, de repente, un pensamiento relámpago asaltó su mente.
Como científico, debía probar su teoría para comprobar su veracidad. Sin embargo, sabía que aquello implicaba interactuar con una mujer, lo cual no lo entusiasmaba. Una dura batalla entre su yo científico y su yo fracasado se entabló en ese momento. Deseaba probar que aquella relación era real y no fantasmadas suyas y, por otro, no quería que una mujer se alejara de él por su falta de tacto. Una idea revolucionaria y una idea aterradora pugnaban por ganar terreno dentro de su conciencia. No obstante, hacer un experimento con una chica, aunque resulte exitoso, no era lo que la mujer promedio buscaba. Se sentiría utilizada, y aquella era una de las cosas que más odiaban las mujeres. Debía hallar una forma de lograr que el hecho mismo de participar en un experimento fuera toda una experiencia para una mujer.
Y sabía a quién debía recurrir.
Dos días después, Ron estaba debajo de una ducha. Ayer había sido viernes pero, por primera vez en mucho tiempo, no salió a buscar sexo por libras. Prefirió invertir su dinero en lavar los únicos atuendos que tenía y ahora, se aseaba de forma prolija, como siempre hacía. Cuando salió de la ducha, se sentía distinto, un hombre nuevo. Cuando se miró al espejo, cobró por primera vez conciencia de su atractivo, y de cuántas armas disponía a su favor en ese momento. Su mejor amigo, un seductor consumado y que tenía una excelente relación con su actual pareja, le dijo todo lo que debía saber.
-Y no olvides que ella no es la última mujer de la tierra –le dijo, a modo de consejo final.
Pero Ron no iba por la mujer del otro día. Iba por cualquiera que se pusiera por delante de su camino.
Cuando salió de su casa, hasta el sol parecía sonreírle. Su primera parada sería la plaza, el lugar donde se concentraba la mayor cantidad de mujeres atractivas del lugar. Diez cuadras después, haciendo caso omiso por primera vez de las miradas furtivas y acusadoras de las personas normales, quienes hallaban inconcebible que una persona se vistiera con atuendos tan estrafalarios y fuera de sintonía. La plaza se expandía delante de sus ojos: sus árboles, sus flores, la gente, los niños, los banquillos… las mujeres. Cruzó la calle cuando estuvo seguro que ningún vehículo lo iba a arrollar y, apenas pisó el terreno de la plaza, supo que su amigo tenía toda la razón.
Se quedó de pie, mirando a una figura que le sonreía cálidamente, ataviada con un vestido floreado que describía gustosamente la anatomía de la mujer. Él no pudo evitarlo. También sonrió.
Iba a comprobar una teoría que cambiaría al mundo.
