Capítulo III: El encuentro

Hermione se sintió ligeramente desconcertada cuando observó de forma más detenida al hombre que le sonreía. Su aspecto y su indumentaria no desentonarían en una banda de heavy metal, pero el semblante que mostraba su cara era el de una persona con la clara certeza de haber hallado lo que deseaba encontrar desde hace toda una vida. Tal contraste hizo que el corazón de la castaña, sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, latiera un poco más rápido.

¿Qué me pasa?

Hermione esperaba que el hombre que tenía enfrente estuviera vestido de manera más formal, el cabello corto y peinado y sin ninguna molesta gorra. Pero algo en el aspecto estrafalario del joven que le devolvía la sonrisa causaba una oleada de hormigueos a través de todo su cuerpo, como si él quisiera lastimarla y, a la vez, llenarla de cariño. No sabía qué esperar de esa persona desconocida; creía que la convicción con la cual salió de su casa, al encuentro de esa persona especial, la llevaría a alguien más convencional. Pero el metalero que le sonreía a diez metros de distancia no era alguien común y corriente. Su sonrisa era ambigua: no sabía si era de diversión o si era de alegría. Le molestaban las cosas inciertas pero, de algún modo, ella no podía dejar de sonreírle.

Y entonces, el joven se acercó a ella.


Ron miraba con una mezcla de diversión e incredulidad a la mujer que le sonreía a diez metros de distancia, sin saber muy bien por qué. Había logrado su objetivo. Pero, había algo que lo tenía abstraído, algo en lo que había reparado cuando se fijó en la forma en que se vestía ella.

Usaba un vestido verde con flores estampadas en éste. Pero aquello no era lo importante. Lo que realmente la tenía mirándola como un obseso era la silueta de ella; aunque el vestido no fuera ajustado, su figura era perfectamente discernible a la distancia. La luz del sol y los árboles adyacentes arrojaban sombra sobre ella, acentuando la curvatura de sus pechos. La forma de sus caderas no se podía soslayar de ningún modo y sus piernas se antojaban suaves y sin vello. Sin embargo, era el rostro de ella lo que lo volvía loco de remate. Sin perjuicio de su hermosa anatomía, esos ojos de un color café miel eran hipnóticos, tal como el vaivén de sus propias caderas al caminar, el cabello ondulado y brillante que flotaba como por arte de magia y su boca estrecha, curvándose en una sonrisa, era más bellos que el más bello paisaje. Pero, las palabras de su amigo se hicieron eco dentro de su mente, arrancándolo de su trance.

Nunca te dejes impresionar por la belleza de una mujer. Recuerda que una chica es mucho más que un cuerpo.

Ron sonrió. Su amigo tenía razón. Su propósito era muy claro, y ese no era caer redondo ante la abrumadora belleza de la mujer que tenía enfrente, no era dejar caer cumplidos que alimentaran su ego. Eso sería para después.

Y, con pasos decididos, se acercó a la mujer, relajando los nervios y estando alerta a cualquier cosa que pudiese echar a perder el experimento que estaba a punto de realizar.

-¿Qué es eso? –preguntó Ron, dando una mirada al vestido floreado que usaba la chica.

La mujer miró a Ron, sin entender.

-¿Qué?

-¿Será ese el nuevo prototipo de traje militar del que hablaron en la televisión?

Ella no podía creer lo que estaba oyendo. Esperaba cualquier tipo de saludo, pero no una ácida observación acerca de su indumentaria. Aunque era cierto que lucía un poco como uniforme militar, aunque dudaba que en el ejército a las mujeres se les permitiera mostrar las piernas.

-Por si no te has dado cuenta, es un vestido floreado.

Ron simuló pensar, llevándose la manos al mentón, como tratando de recordar algo particularmente cómico. Después de unos segundos, enfocó su vista en los ojos de la desconocida antes de hablar.

-Me acordé de una amiga que usaba un vestido similar al que usas ahora. También creí que era un nuevo tipo de uniforme militar, pero ella me dijo que eran flores y no dibujos extraños. Entonces, le dije que me estaba mintiendo y que era una mera excusa para que los hombres le miraran los pechos. –Esto último lo dijo con un dejo de repugnancia, como si el solo hecho fuera algo deleznable y poco aceptado.

-Uy, ¡qué horror!

-¿Cierto?

-Yo no me visto para que me miren –dijo la chica-. Me visto con la ropa que me gusta a mí y no con la ropa que le gusta a los demás.

-¿Qué? ¿No te gusta que te miren? –Ron seguía mirándola fijamente a los ojos, sin desviarlo hacia ninguna otra parte más tentadora-. Entonces explícame cómo no me has dicho nada, pese a que te estoy mirando.

La chica, por un breve momento, no supo qué decir. Luego, captó la verdad.

-Porque me miras a los ojos y no a mis pechos.

Ron soltó una breve carcajada.

-Eso es porque cualquiera puede tener los pechos lindos hoy en día. Cualquiera puede tener las piernas lindas. Algunas mujeres son más tramposas que jugador de póquer y se operan para ser más atractivas. Pero a mí no me engañan.

La mujer se sintió, de algún modo, pasada a llevar.

-¡Yo… yo no me he operado!

Ron hizo como que no la escuchó.

-En realidad, necesito algo más, algo que vaya más allá de lo meramente físico. Eso, creo yo, es lo que diferencia a una verdadera mujer de una impostora con pasta de sobra.

La chica no sabía qué decir. Lo único que atinó a articular fue:

-Si necesitas algo más, hay muchas chicas que se niegan a verse más lindas y a darse a valorar por lo que son.

Ron alzó una ceja.

-¿Y tú eres una de ellas? Tengo mis dudas.

-¡Te dije que no me he operado!

-Quisiera creerte, pero me he topado con tanta chica artificial que no sé si quedan mujeres auténticas.

La mujer no dijo nada por momentos. Ron la estudió por mientras que buscaba algún argumento con el cual defenderse, porque ella estaba en contra de la belleza artificial, pero parecía que ese sujeto no entendía con palabras.

-Oye, ¿cómo te llamas?

Ron volvió a alzar una ceja.

-Oye, ¿y de qué color es tu sostén?

La chica se puso roja, al tiempo que una rabia infinita se apoderó de ella. ¿Cómo se atrevía a preguntarle esa clase de cosas? ¡Qué atrevido y presuntuoso era! Ron se dio cuenta de la indignación de la mujer, pero sabía que estaba jugando, pues no le había dado ninguna bofetada que le indicara que se había metido más allá de lo sanamente aconsejable.

-Vamos, dime de qué color es tu sostén.

-¡No te lo diré si no me dices tu nombre!

Ron no iba a caer en la trampa.

-Bueno, creo que da lo mismo de qué color sea –dijo, mirando de lado a la chica-. Sin embargo, me gustaría saber tu nombre, dado que no me quieres decir el color de tu sostén. Me imagino que es una pregunta que puedes responder.

Ella no podía creer lo imbécil que estaba siendo ese joven. Sin embargo, no podía dejar de mirarlo, de reírse de sus gracias, porque le era imposible recriminar las atrocidades que le decía. Era tan arrogante, pero a la vez tan gracioso, que no tenía idea de cómo reaccionar. Era impredecible. Le gustaba jugar, al parecer. Pues bien, ella también se iba a unir a la diversión.

-Puede ser. Pero no te lo diré hasta que me hayas comprado una bebida.

-En ese caso –contraatacó Ron-, creo que tendré que inventarme un nombre para ti.

La chica no podía creerlo. Era un tipo duro de roer.

-¿Tanto te cuesta comprarme una bebida?

-Te compro una bebida, si dejas que te llame Peter.

-¿Cómo?

-Ya lo oíste, Peter –dijo Ron, sonriendo levemente.

-Pero… ¡pero no me llamo así!

Ron se limitó a cruzarse de brazos y apoyarse contra un árbol, mirándola de forma desafiante.

-Está bien. Olvida la bebida. ¡Pero no pienses que podrás llamarme con ese nombre tan estúpido!

-¿Y cómo quieres que te llame entonces?

Ella pensó unos momentos antes de responder.

-Soy Hermione. Mi nombre es Hermione.

Pero Ron se alejaba de ella, como si hubiera perdido completamente el interés en seguir prolongando aquella intensa conversación. Hermione lo perdió de vista, pero siguió mirando en todas direcciones, pero no se veía por ningún lado. Minutos después, cuando creyó que definitivamente se había largado de allí, una suave puntada en su espalda la hizo dar un respingo. Se dio la vuelta y se encontró con los ojos azules de ese hombre, sosteniendo dos bebidas.

-¿Piña o durazno?

Hermione estaba desconcertada. No sabía qué hacer ante los repentinos movimientos de aquella persona. Se comportaba de una forma totalmente opuesta a alguien que deseara estar con ella, como divirtiéndose a costa de ella, sin remordimientos, con risas.

-Piña.

Y tomó la bebida que el tipo sostenía con la mano derecha, destapándola y bebiéndola. Le supo especialmente deliciosa, después de lo que le costó para conseguir una mísera bebida.

-¿Ahora puedo saber cómo te llamas? –quiso saber Hermione, ahora que había obtenido lo que deseaba.

-Te invito a que lo adivines.

¡Qué irritante era! ¡Todo lo que debía hacer para saber cómo cuernos se llamaba el tipo ese! Era tanto el desconcierto que no se le ocurría ningún nombre propio, con suerte se le venían a la mente los nombres de unos amigos.

-Lo siento, no se me ocurre ninguno.

Ron se cruzó de brazos, mirándola de forma decepcionada.

-Vaya… y creía que eras más inteligente. Deberías tomar clases de adivinación.

Aquello pareció tocar un punto sensible en Hermione.

-¡Detesto la adivinación! ¡Y soy más inteligente de lo que crees!

-Entonces jamás podrás descubrir cómo me llamo… aunque… creo que podrías tener una oportunidad de hacerlo.

Hermione alzó una ceja. Sabía lo que venía a continuación. Ahora, el tipo ese la iba a invitar a una cita, tratando de dar un paso más en la supuesta relación que estaba a punto de concretar. Le pasó muchas veces y no guardaba recuerdos demasiado memorables de aquellas citas. Además, hallaba detestable que usara una excusa tan ruin como para invitarla a salir. Decidió darle la oportunidad de decirlo, para luego hundirlo y así deshacerse de aquel pesado estúpido, presuntuoso y (Hermione no pudo evitar pensar en ello) divertido. No quería tener una cita con cualquier persona, ni menos con alguien que escuchaba heavy metal.

-¿De qué se trata?

Ron supo que había mordido el anzuelo.

-¿Tienes un bar en tu casa?

Hermione asintió con la cabeza.

-Bueno, tendrás tu oportunidad la próxima vez que vayas a tu casa y te tomes un trago.

¡Qué rayos! Aquello no era lo que Hermione esperaba. Vamos, nunca creyó que podía decirle esa clase de cosas. Creyó que la iba a invitar a algún sitio, pero la respuesta de ese hombre rompió con todos sus esquemas.

-Pensé que me ibas a invitar a alguna discoteca.

-Bah, por favor Hermione –dijo Ron, haciendo una mueca de asco-. Las discotecas son los peores lugares para las primeras citas. ¿Sabías que el 88 por ciento de las primeras citas que ocurren en ambientes ruidosos terminan a las dos semanas después?

Hermione abrió los ojos, temiendo que los párpados desaparecieran detrás de ellos. ¿Era real ese dato?

-¿Y por qué?

-Graves problemas de comunicación a causa de una sordera temporal.

Hermione no pudo evitar reírse.

-¿Es una broma, verdad?

-¿Quieres hacer la prueba?

-No gracias.

Ron sonrió.

-Me lo imaginaba. –Hizo una pausa antes de hablar de nuevo-. Ah, acabo de acordarme que tengo que ir al Teatro Central. Habrá un concierto único en toda la ciudad. Es la primera vez que viene esa cantante al país. Decidí asistir a causa de un desafío que me hizo un hermano metalero.

Hermione sintió agua tibia corriendo por sus venas. Sabía a quién se refería el hombre: ella era una fanática de sus canciones y se moría por asistir un concierto de ella. Sin embargo, no quiso hacer ninguna referencia explícita al tema, de lo contrario, se moriría de vergüenza.

-¿Qué desafío te propuso ese hermano? –quiso saber Hermione, dando por sobreentendido que empleaba el término "hermano" en sentido figurado.

-Me retó a que si podía aguantar dos horas en un concierto de música romántica –dijo Ron, haciendo muecas para enfatizar su indignación-. El reto de un hermano metalero no puede ignorarse. Lo hizo para ver si soy un metalero de verdad o no.

Hermione no dijo nada. Era mejor reservarse sus comentarios.

-¿Sabías que en la década de los ochenta, el heavy metal era la música más popular de todo el mundo?

-Nunca supe que esa música fue alguna vez popular.

-Ah, me olvidaba que tus gustos son distintos a los míos.

Hermione casi no esperaba un gesto de entendimiento de parte de esa persona. Sin embargo, se sintió especial al saber que ese tipo, en apariencia arrogante y risueño, podría tener un poco de tacto.

-¿Te parece si nos encontramos en el concierto de esta muchacha? –preguntó Ron, casi como si fuera parte de un protocolo, una rutina, algo aburrido.

Hermione pensó un poco.

-No sé. No sé qué dirá mi novio al respecto.

Ron sabía que esta parte vendría en algún momento de la conversación. Pero su amigo le había aconsejado también a propósito de esa clase de coyunturas. Puso una cara como de no poder creer lo que estaba oyendo.

-¿Apenas nos estamos conociendo, y ya comienzas a contarme tus problemas?

Hermione no pudo evitar reír. Para Ron, eso equivalía a haber admitido que estaba totalmente soltera, pero decidió seguir con la pantomima del novio. Podría serle de utilidad.

-Bueno, podrías contarme más acerca de ese personaje en el concierto.

Hermione sonrió otra vez. Ron interpretó aquel gesto como una aceptación a la invitación. Sin embargo, era crucial que la conversación continuara por un rato más para que no creyera que esa era la finalidad de haberle hablado por primera vez.

-Supe que eres gerente de una empresa gigantesca –dijo Ron-. Me imagino que debes tener un montón de libertades.

-Sí, tienes razón –admitió Hermione, sonriendo ante la perspectiva de evocar su vida-. Puedo trabajar a la hora que a mí se me ocurra, leer libros, salir con mis amigas, en definitiva, ser libre.

-¿Tienes muchas amigas?

-Un montón. ¿A qué viene el interés?

Ron otra vez supo que ella había picado el anzuelo.

-No me malinterpretes. No estoy interesado en tus amigas. Son mis colegas los que están interesados en conocer mujeres atractivas.

Hermione arqueó una ceja.

-¿Quieres que se las presente a tus colegas?

-Algo por el estilo. Pero –ahora el tono de voz de Ron se hizo más confidencial-, no quiero que sepan que yo tuve que ver en el asunto.

-¿Quieres que las convenza para que salgan con ellos?

Ron rió la ignorancia de la castaña.

-No, Hermione. Eso dependerá de ellos.

Hermione la pensó poco.

-De acuerdo.

Ron la acompañó hasta un lugar hasta donde ella pudiera desaparecer sin ser vista por la gente normal. Era increíble que, hace media hora atrás, fueran completos desconocidos y ahora, parecían amigos de toda la vida. Sin embargo, para Ron no era más que el primer peldaño de una escalera muy larga. De todos modos, era la primera vez que lograba entablar conversación con una mujer atractiva sin que le diera un tortazo.

-Entonces, mañana en el Teatro Central.

-De acuerdo.

Y Hermione desapareció sin que ninguna otra persona fuera de Ron se diera cuenta. Ron sonrió. Se había asegurado que ella asistiera, pues él le había prestado su bolígrafo para que ella pudiera anotar una lista de compras que necesitaba hacer esa tarde, aprovechando de decir que podía devolvérselo mañana, cuando estuvieran en pleno concierto. También le dijo que sólo había cien de esos en el mundo y que tuvo que ahorrar por tres meses antes de adquirirlo.

Ron caminó hasta su departamento, silbando plácidamente, con la agradable perspectiva de tener una cita en un lugar calmado y sin tanto ruido. Y, en el momento en que el pelirrojo atravesaba el umbral de su departamento, Hermione compraba una entrada para el concierto, pensando en cómo se desarrollaría aquella inusual cita.

Había asestado el primer golpe a los dioses.


Nota del Autor: Debo dejar un aviso muy importante. Desde hoy, me iré a trabajar a un lugar muy apartado, donde no tengo acceso a internet (ni siquiera con mi módem inalámbrico) y, por lo tanto, no podré actualizar en un buen tiempo. No estoy seguro cuándo podré hacerlo, eso depende de si en el lugar de trabajo puedan instalar una conexión a internet o no, pero lo más probable es que lo exijan. Siento dar noticias como ésta, pero mi trabajo me lleva a todas partes de mi país y muchas veces me toca trabajar en lugares donde no hay conexión de ningún tipo.

No quiero que piensen que hago esto a propósito: son simplemente gajes del oficio. Sin embargo, en cuanto tenga acceso a internet (lo más probable que tome entre dos y tres meses) actualizaré. Además, no me voy a quedar de brazos cruzados y, mientras no tenga internet, igual seguiré escribiendo, para cuando tenga acceso a mi cuenta tenga muchos capítulos para subir. Además, si instalan internet en mi lugar de trabajo, estaré dos años allí, por lo que tendré tiempo de sobra para terminar todas mis historias y descansar en paz.

Ojalá que pronto pueda continuar.

Saludos desde en medio de la nada… Gilrasir.