Capítulo IV: La cita

El día siguiente amaneció gris y triste y las nubes amenazaban con dejar caer una no desdeñable cantidad de lluvia. Se trataba de un domingo, por lo que no había mucha gente deambulando por la ciudad, y aquellos que lo hacían, usaban paraguas y caminaban como si temieran llegar atrasados a sus trabajos. Para la tarde, la lluvia se convirtió en un aguacero, con relámpagos y truenos y las calles lucían desiertas y las luminarias debieron encenderse a causa de la oscuridad imperante. Unos pocos vehículos deambulaban sobre el pavimento y ninguna persona era visible.

Era la ocasión perfecta para dos personas. El hecho que no hubiera gente en la calle favorecía el transporte instantáneo. Como a las tres de la tarde, media hora antes que comenzara el concierto, una mujer apareció de repente frente al Teatro Central, vestida como si fuera a esquiar en lugar de atender a un recital. Se podía intuir un par de sudaderas debajo de una bufanda que hacía juego con su cabello, parcialmente oculto por un gorro de lana de color blanco. Usaba una gabardina de color marfil y unas botas largas de cuero, sin tacones y de color marrón. Consultó su reloj de pulsera: faltaban veinticinco minutos para el comienzo del show. Esperó en el vestíbulo, cerrando su paraguas y sentándose en un banquillo de madera.

Un minuto para el inicio del recital. Hermione comenzaba a morderse las uñas a propósito de la tardanza de él, del tipo que conoció sólo ayer. Todavía no sabía cómo se llamaba, pero algo le movía a pensar que eso era lo de menos. Aún podía evocar, como si una pantalla neblinosa bloqueara parcialmente su visión, cómo se reía con sus gracias, aunque se comportara como un auténtico cretino. Podía ser bastante presuntuoso e irritante, pero eso no impidió pasarla bien con él, reírse y sentirse inusualmente contenta después de obtener un jugo de piña. En condiciones normales, se habría ahorrado la molestia y pagar de su propio bolsillo una bebida, pero aquellas circunstancias eran cualquier cosa menos normales.

Cuando faltaban un minuto para que cerraran las boleterías, un hombre apareció en el umbral del teatro. Como Hermione, también usaba un paraguas de color negro, pero su indumentaria no podía ser más distinta de la que ostentó ayer. En lugar de lucir como lo que era, ahora usaba prendas informales, pero que iban encaminadas claramente a que ella, Hermione, se sintiera menos incómoda a su lado. Debajo de la gabardina blanca, usaba una camisa de un color verde pálido y pantalones de seda color marrón y zapatos de cuero supremamente lustrados. Sus colegas no fueron capaces de aguantarse las ganas de reírse a propósito del nuevo atuendo de Ron, pues ellos estaban acostumbrados a verlo como un rebelde sin causa. Sin embargo, para Hermione era un gesto que daba cuenta del tacto y la discreción de quién esperaba en el umbral del teatro, extendiéndole una mano, implícitamente invitándola a entrar. Sonriendo, Hermione tomó su mano y se dejó guiar hacia el interior.

Bastaba con darle una ojeada al amplio teatro para darse cuenta que se trataba de un evento exclusivo. Decenas de mesas circulares, iluminadas por candelabros dorados yacían diseminadas sobre el piso, en donde normalmente se instalaban las butacas. Cada una de las mesas tenía capacidad hasta para seis personas y platos y cubiertos descansaban en éstas, como si se tratara de un colosal restaurante. Entre las sombras se podían ver a los meseros, preparándose para unas largas tres horas de concierto en donde posiblemente tengan que atender a cientos de personas, cada una de ellas con gustos culinarios diferentes. Ron y Hermione escogieron una de las mesas más cercanas al escenario, donde todo ya estaba preparado. Los equipos de sonido ya estaban instalados y en funcionamiento, el micrófono en su pedestal y las luces iluminaban el escenario con un brillo intenso, casi divino.

Hermione divisó una especie de cuaderno con pocas hojas en él. Cuando lo puso a la luz de los candelabros, se dio cuenta que era la carta. Ron supo que había otra para él en medio de las sombras.

-¿Eres exquisita con la comida? –quiso saber Ron, deslizando su silla ligeramente hacia atrás y reclinándose en ésta-. Quiero decir si tienes algún problema con los lácteos, o la carne…

-Claro que no –interrumpió Hermione-. Es sólo que soy muy exigente con la preparación, eso es todo. No me gusta la carne muy cocida o muy asada, o con mucho condimento.

-Entonces sí eres exquisita con la comida.

-¡Te dije que no lo soy!

Ron arqueó una ceja.

-No dije que fuera algo negativo.

-Lo… lo siento.

Ron sonrió. Pero esta vez, se trataba de una sonrisa distinta a la que mostró cuando apenas se conocían. Era como si él supiera, de una forma misteriosa, que ella esperaba ver una faceta desconocida de la persona que estaba sentada delante de Hermione.

-Oye –continuó Ron, en un tono un poco más confidencial-, podrías contarme más de ese personaje de tu novio. La verdad es que no me explico cómo lo hiciste para que te diera permiso de venir conmigo a este concierto, con lo celosos que son los hombres en estos días.

Hermione se puso ligeramente escarlata cuando Ron acabó de hablar. La verdad, ella estaba más sola que una, pero decidió pretender que sí tenía novio, para ver cómo reaccionaba ese desconocido pelirrojo. Sin darse cuenta, estaba jugando el juego de quien la miraba despreocupadamente.

-Bueno… ¿qué puedo decir de él? –comenzó Hermione, tratando de borrar el tinte rojizo en sus mejillas, sin conseguirlo-. Él no es alguien celoso, sino que es considerado conmigo y es atento. Cuando no quiero hacer algo, él me entiende y no lo hace, siempre me anda haciendo regalos lindos. No los compra, pues los hace él mismo. Es un artesano.

Ron lucía imperturbable.

-¿Y qué viste en él? Supongo que hay algo en él que te gusta o que te atrae. –Ron puso mucha cautela en sus palabras, de modo que Hermione no interpretara de forma errónea la observación.

-Pues, es muy lindo –dijo ella, en un tono que sugería que en realidad lo era-. Es rubio, de ojos azules, escandinavo, a juzgar por su rostro. Me recordó a los dioses nórdicos cuando lo vi por primera vez, y creo que me sentí atraída por eso.

Ron arqueó ambas cejas.

-¿Y sólo por parecerse a Thor te sentiste atraída por él?

Hermione se puso roja de repente.

-No sólo por eso –se apresuró a decir-. Cuando hablé con él, me di cuenta que era una persona amable y sincera. Iba a comprar un adorno para mi casa cuando lo conocí.

Ron seguía con esa postura relajada. Hermione creyó que podía pasar por un gerente de un banco a juzgar por el modo en que prestaba atención a lo que ella decía.

-¿Y cómo te miraba él?

Hermione juzgó que era una pregunta extraña: tenía la impresión que su compañero de conversación sabía precisamente qué clase de preguntas formularle. Andaba en terreno pantanoso, por lo que decidió extremar las precauciones.

-Bueno, cuando cotizaba los precios de los adornos, vi al vendedor, el hombre que es mi novio ahora. Me miraba con curiosidad, directo a los ojos, como si estuviera realmente interesado en mí.

Ron pensó unos momentos, como tratando de recordar algo. Justo en ese momento, la artista apareció en el escenario, ataviada con un vestido negro, lleno de brillantes, que rozaba el suelo, mirando a todos los asistentes como si no hubiera nada mejor en el mundo que tenerlos a ellos como espectadores.

-Creí que yo era el único que te miraba a los ojos y no a otra parte de tu anatomía.

Hermione se puso morada de tan roja que estaba. Ese tipo estaba desarmándola con una facilidad que asustaba e impresionaba a partes iguales. Cada vez le era más difícil oponer resistencia. Sin embargo, siguió presionándolo para ver hasta dónde podía llegar.

-Es que me olvidé que mi novio también es así –dijo, con todo el aplomo que pudo reunir.

Ron volvió a arquear las cejas.

-Apenas puedo creer que olvides a alguien que valoras y amas, sobre todo, acerca de una cualidad que cada vez se ve menos entre los hombres.

-¿Estás insinuando que estoy inventando a mi novio?

-No dije eso. –Aunque Ron lo sabía de antemano, no quería acusarla de mentirosa. Iba a dejar que ella misma se pusiera en evidencia. Ese, entre muchos otros, era uno de los consejos que le había dado su amigo: nunca acusarla innecesariamente, sino dejar que la chica meta la pata por su cuenta. Esto daba pie a conversaciones más íntimas más tarde, pues reforzaba la idea que el hombre era el premio de la relación, no ella y suscitaría el interés de la mujer por conocerlo mejor. Cuando su amigo se lo dijo, Ron supo que era algo obvio pero, cegado en su propia miseria, no había podido captarla correctamente.

-¿Entonces, qué insinúas?

-Solamente digo que no aprecias detalles de tu novio que al común de las mujeres les encanta. Aunque puede que seas una mujer fuera de lo común, no lo sé.

-¿Qué no aprecio a mi novio? –inquirió Hermione como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar-. Es la persona más importante para mí.

-Sí, y yo soy el Ministro de la Magia –dijo Ron sarcásticamente-. Una de dos: o no aprecias en realidad a tu novio o es un personaje imaginario que inventaste por alguna razón que no alcanzo a entender.

Hermione volvió a ponerse colorada. Ron supo de inmediato que había descubierto su juego y supo además, que iba a mostrarse más dispuesta a ser ella misma, puesto que las mentiras no le funcionaron. Como si fuera una acción refleja, Ron acercó más su silla hacia la mesa, cosa que pudiera estar más cerca de Hermione. Ella lo observó acomodar su silla e, instintivamente, supo que estaba dispuesto a escucharla. De pronto, se dio cuenta de cuán pocas personas escuchaban a las mujeres: la mayoría dejaban que ellas hablaran, sin prestar real atención a lo que decían.

La artista comenzó con su recital y hubo poco margen para las palabras. La voz de la cantante, potente pero a la vez melodiosa, hizo que algunos saltaran de sus sillas en señal de desconcierto. La canción era un homenaje a las madres, las letras hablaban del amor que sentía por su progenitora, después que ésta muriera. Hermione escuchaba con los ojos vidriosos, un rostro melancólico y nostálgico, como si las palabras de la cantante lograran evocar recuerdos hermosos, pero crueles a la vez. Ron observaba atentamente a Hermione, adivinando muchos de los pensamientos de la castaña, gracias a las letras de la canción.

Para cuando la artista terminó, aplausos irrumpieron en el teatro, momento que Ron aprovechó para conversar con ella.

-¿Extrañas a alguien?

Hermione giró su cabeza para encontrarse con los ojos azules de su acompañante. Éstos reflejaban preocupación y comprensión, lo último que esperaba ver en ese personaje. Lo más raro, era que parecía saber lo que pasaba por su cabeza. En realidad extrañaba a alguien.

-Ocurrió hace dos años –comenzó a decir Hermione en voz baja-. Iba de compras junto con mi madre. Acabábamos de salir del almacén. Íbamos a cruzar la calle cuando un vehículo atropelló a mi madre. Murió camino al hospital. Resultó que el conductor del vehículo iba a exceso de velocidad y, para empeorar las cosas, estaba ebrio. Mi padre estaba destrozado, pero pudo sobreponerse al dolor y ahora vive conmigo, en mi casa. Pero aun así, todavía lo escucho llorar a veces cuando cree que no estoy escuchando.

Hermione casi se pone a llorar también. Cuando Ron se dio cuenta, se puso de pie y la abrazó. Esto causó que ella se deshiciera en llanto, no pudiendo anticipar que ese desconocido tuviera el tacto suficiente como para ser tan atento con ella. En resumen, se estaba comportando como ese novio que ella inventó, pero él era real. Su abrazo era cálido, impropio de alguien que escuchaba heavy metal. Era la amalgama perfecta: tenía la autoridad y la convicción de un metalero, pero era atento y sensible también. En medio de toda la tristeza, tenía la sensación que ese hombre era una caja de Pandora. Sorpresa tras sorpresa. Impredecible.

Y con la voz de la cantante como telón de fondo, Ron volvió a su asiento, componiendo una sonrisa tranquilizadora, como diciéndole a ella "tranquila, estoy contigo".

-Lamento haber perdido el control –se excusó Hermione, limpiándose las lágrimas con un pañuelo que había sacado del bolsillo de su gabardina-. Lo siento.

Ron, sin embargo, siguió sonriendo.

-No te excuses –dijo, tomándole ambas manos-. Lo que me acabas de contar es como para hacer llorar a un payaso.

Hermione esbozó una pequeña sonrisa.

-¿Sabías que los payasos originalmente no servían para hacer reír a la gente? –dijo Ron, volviendo a adoptar esa posición de tranquilidad-. Originalmente fue una idea loca de un rey mago del siglo once para asustar a la población y así controlarla mejor. Pero el plan falló miserablemente: lejos de causar terror y cundir el pánico, hubo una epidemia de risas que duró cuatro meses. Los payasos fueron objeto de burla por parte de la población y el rey fue derrocado seis meses después.

Hermione, después de estar llorando en los brazos de Ron, ahora golpeaba los puños en la mesa, riendo descontroladamente, haciendo que los demás espectadores sisearan en señal de querer silencio.

-¿Es una broma tuya? –quiso saber Hermione después de controlarse.

-¿Me ves cara de payaso?

Hermione sonrió.

-Con un poco de maquillaje parecerías uno.

-Como todos.

Las horas pasaban alegremente. A ratos escuchaban cantar a la artista, que ahora se paseaba por el escenario, cosa que nadie se perdiera el espectáculo, a veces se dedicaban a conversar, entre copas de vino tinto y filetes con salsa tártara.

-¿Dices que una amiga tuya te regaló un libro que propone una teoría sobre cómo nació el amor? –dijo Ron, después de tragar un pedazo particularmente grande de carne-. También leí algo por el estilo. Decía que un dios celoso dividió a unos seres perfectos en dos, una clase de maldición. Pero aquellas dos mitades lograron romperla, que en realidad jamás estuvieron separados gracias a una fuerza inexplicable que hacía que ambas mitades se volvieran a reunir.

Hermione asintió levemente. Creyó que si manifestaba con palabras su aprobación, la iban a asaltar unas desagradables oleadas de vergüenza. Sin embargo, algunos de sus pensamientos debieron filtrarse por los poros de su piel, pues Ron la miró con el entrecejo fruncido.

-¿De verdad crees aquella historia?

La castaña no dijo nada. Sin embargo, su silencio era más que elocuente. Puso una cara como diciendo "anda, ríete"

-Parece que me malinterpretaste –dijo Ron, sonriendo-. Para un metalero es importante permanecer firme en sus creencias y no tranzar por nada del mundo. Pues, si de verdad crees aquella historia, la estarás haciendo real. No importa que no lo sea para los demás: lo que realmente interesa es que sea real para ti.

Hermione tenía los ojos vidriosos de nuevo. Sin embargo, el llanto estaba a años luz de sus pensamientos. Era extraño, pero a la vez, sentía que era esto lo que estaba esperando cuando salió de su casa el día de ayer, con la plena convicción que iba a encontrar a su mitad, aquella que ese dios celoso le robó hace miles de años ya. Se sentía irrevocablemente atraída por el hombre que estaba sentado frente a ella. Ya no le importaba que no supiera su nombre: en ese momento era lo de menos. Quería saber, quería comprobar si era capaz de hacerle sentir las cosas que ella quería sentir.

La última canción del recital llegó a su final con una nota alta por parte de la cantante, en medio de un nutrido aplauso por parte de los asistentes. Ella agradeció al público por estar presente y, con una reverencia, desapareció del escenario. Ron y Hermione se pusieron de pie y, pidiendo permiso a la gente que se agolpaba en medio de las mesas y las sillas, salieron al aire frío de la tarde. Ron consultó su reloj: eran las siete.

Todavía queda mucho pensó.

-¿Y ahora adónde vamos? –preguntó Hermione, algo preocupada.

-Ya lo verás –dijo Ron misteriosamente-. Acompáñame.

Esto lo dijo con cierta autoridad, pero con la sutileza suficiente como para que Hermione no se sintiera como un sirviente. Ella obedeció y tomó del brazo a Ron, quien no dio ninguna muestra de sentirse nervioso o incómodo. Aquella la convenció que el pelirrojo no era un hombre del montón. No tenía idea de adónde la conducía, pero tenía la impresión que iba a ser una cita totalmente diferente de las demás que había tenido hasta ese momento.

La mitad de la batalla contra los dioses estaba ganada.

Por otra parte, Ron estaba dividido. Por una parte, debía mostrar aplomo para que Hermione no comenzara a dudar de él pero, por otra, apenas podía dar crédito que la misma mujer que vio caminar con tanta gracia y sensualidad y que no le hiciera ni el más mínimo caso cuando él almorzaba en el local de siempre, ahora se sintiera atraída por él, se dejara conducir con tanta mansedumbre y que lo acompañara tomándole un brazo, casi como si fueran novios. Sin embargo, sabía que no debía sucumbir a aquellos pensamientos, pues lo harían parecer necesitado… y eso era lo último que deseaba parecer.

Lentamente, Ron fue dándose cuenta que, para enamorar a una mujer, había que hablar en un lenguaje diferente al que usaba normalmente. Era un lenguaje que, extrañamente, le hacía sentirse unido con la otra persona y, como todos los lenguajes, había que aprender a hablarlo con los hablantes nativos de aquel extraño dialecto: las mujeres.

En resumen, había que rodearse de mujeres para aprender a comunicarse con ellas.

Desde ese momento, comenzó a dudar de su experimento.

Nota del Autor: ¡Volví! :D Tras dos meses de reposo por una operación a la columna, puedo subir más capítulos de ahora en adelante. Prometo no hacer mucha fuerza con la espalda para no lastimármela de nuevo y estar dos meses sin publicar nada.

Los saluda desde la superficie del Sol (ay, ay, ay, ay…)

Gilrasir.