Capítulo V: El romance

Podían verse algunas estrellas en el cielo. Las nubes parecían estar avergonzadas de haber descargado tanta agua sobre la tierra y ahora se hacían a un lado. Sin embargo, el pavimento y las veredas del camino todavía estaban mojadas y varias pozas se podían divisar tanto a lo cerca como a lo lejos. Pocas personas caminaban por el parque iluminado por luces esféricas, y menos lo hacían de forma alegre y desenfadada. De hecho, eran sólo dos personas, un hombre y una mujer, un pelirrojo y una castaña, ambos sosteniendo paraguas cerrados y usándolos como bastones.

-No puedo creer que te hayas convertido en un metalero por eso –decía Hermione, con una cara mezcla de sorpresa, horror y diversión-. ¿Y dices que no sabías en qué consistía esa prueba hasta que, de hecho, la realizaste… y fallaste monumentalmente?

-Créeme, no tenía ni idea de en lo que me estaba metiendo –afirmó Ron, dilatando teatralmente los ojos y poniendo una cara de susto, como si le aterrara rememorar aquello-. Si hubiera sabido que esos tipos vestidos de negro eran metaleros… tal vez jamás lo hubiera sido.

Ambos se detuvieron. De hecho, fue Hermione la que se detuvo delante de Ron, mirándolo fijo a los ojos.

-Me equivoqué contigo –dijo.

Ron se limitó a observarla escrutadoramente.

-Creí que los metaleros eran locos insensibles que se dedicaban a tomar cerveza como condenados y a pelearse entre ellos en los conciertos, gente a la que le gusta hacer desórdenes y tirarse a cuánta mujer encuentren. Ahora, me di cuenta que ustedes son más que vándalos. Algunos son así, pero no todos y… quiero que me perdones por tratar de meterlos a todos en un mismo saco. Lo siento.

Ron sonrió.

-En ese caso, espero que tú también me perdones.

-¿Por qué?

Él hizo una pausa antes de hablar.

-No lo dije, pero yo creía que todos los gerentes de empresas eran degenerados sexuales.

Hermione, por alguna razón, rió.

-Creen poder hacer y deshacer dentro de una empresa: invitan a comer a sus secretarias, les compran regalos caros y se las llevan a sus apartamentos para disfrutar de sus atributos en privado. Y más encima, si alguien trata de hincarle el diente, al pobre lo despiden así como así.

Hermione no decía nada.

-Pero ahora sé que tú no eres como ellos. Noté la forma en que comías y dejabas los cubiertos sobre la mesa. Eres metódica, inteligente y sensible. Para una persona de esas características, por definición, es imposible que abuse de un cargo privilegiado. Quieres probar tu valía a través de un trabajo honesto y no a través de chantajes sexuales o alguna otra artimaña laboral imaginable. En todo caso, tu tragedia personal te impide ser inmoral y el hecho que hayas inventado un novio para tratar de ponerme incómodo comunica que te hace falta alguien que te ponga las cosas patas arriba y que te rompa los esquemas.

Hermione perdió la capacidad del habla por varios minutos. Cuando lo hizo, cada palabra expresaba desconcierto y profunda admiración, por decirlo de algún modo.

-Deberías ser psíquico –dijo Hermione, lentamente, como si le costara trabajo decir aquellas palabras-. O adivino. Porque acabas de resumir mi personalidad sin conocerme demasiado.

Ron la invitó a que se sentara en un banquillo seco que había enfrente de ellos. Cuando ambos estuvieron sentados, él hizo un gesto para que la mirara a los ojos. Era mucho más fácil dar órdenes con gestos que con palabras para que éstas fueran obedecidas sin recelos. Ella lo miró fijo, sin desviarlos ningún segundo, pero de forma relajada, de forma que su atención no se hiciera demasiado explícita.

-¿Sabes? No me gustan los psíquicos ni los astrólogos. Y yo sé que a ti tampoco te gustan los adivinos. Por eso, no entiendo por qué estás hablando conmigo si acabo de hacer algo que no te gusta.

Hermione, honestamente, no había pensado en Adivinación mientras Ron resumía su personalidad en pocas palabras. Cuando se dio cuenta, descubrió cuan profundamente atraída se sentía por el hombre que estaba sentado junto a ella, mirándola. Lucía verdaderamente interesado en ella, tratando de ver algo más allá de su hermosa anatomía y, a juzgar por lo atenta de su mirada, creyó que había descubierto más de una sola cosa. Aquello la hizo sentirse contenta: a ella le gustaba ser reconocida por cualquier otra cosa que no tuviera que ver con su físico. Aquello marcaba una distancia sideral con respecto a los demás hombres que habían pasado por su cama… o por un lugar más alejado de ésta.

-Bueno, pudo haber sido simple intuición –argumentó Hermione razonablemente-. Pudiste haberte fijado en detalles que los demás no, yo qué sé.

Ron rió.

-El noventa y nueve por ciento de las mujeres que conozco dice que los hombres no tienen intuición.

Hermione se puso roja.

-Y hasta ahora, yo también lo creía-. Ella juntó sus piernas con las de Ron, quien no dio ningún signo de incomodidad. Él se limitó a continuar mirándola con curiosidad-. Para ser metalero, eres un buen hombre, me sorprendiste a todos los niveles.

-Lástima que las demás mujeres no opinen lo mismo que tú –dijo Ron, mostrando una sonrisa con dientes cuidadosamente blanqueados-. Para ser sinceros, eres la primera mujer que me tira un cumplido gratuito.

Hermione se pasó instintivamente una mano por su cabello de modo que arrancara destellos a la luz de las luminarias.

-Bueno, las demás mujeres son tontas –dijo Hermione, ladeando la cabeza levemente, al tiempo que repetía su gesto de pasarse la mano por su reluciente cabello castaño-. No saben lo que se están perdiendo por ser tan ciegas para no ver a un hombre de verdad, ¿no crees?

Ron, observando a su compañera de cita, se dio cuenta que ya tenía mucho terreno ganado. Ella estaba coqueteando abiertamente con él de una forma, él estaba seguro, en que no lo haría con nadie más. Lejos de sentirse especial por eso, siguió mirando con interés a Hermione, pues sabía que no había descubierto ni la punta del iceberg.

-A menos que el mundo esté lleno de hombres de mentira.

Hermione volvió a reír. En ninguna cita antes de aquella había sentido su boca tan floja.

-O las demás mujeres lleven vendas en los ojos.

-No me sorprendería, con lo tozudas que son a veces, cuando dicen estar enamoradas de hombres que parecen criminales.

-A mí me pasó una vez –dijo Hermione, y Ron supo de inmediato que debía reservarse las palabras pues presentía una nueva historia de parte de la castaña, y no muy agradable a juzgar por la expresión de sus ojos.

-Conocí a un hombre que era muy parecido a ti en cuanto lo vi –comenzó ella, su rostro de repente melancólico y triste-. En ese entonces era más ingenua que ahora y me atrajo desde el principio, pese a que era rudo conmigo a veces, pues pertenecía a una banda de delincuentes, como me enteré después. No me lo dijo después de tres meses de relación, cuando creyó seguro que yo supiera y se hubiera asegurado que yo hubiera pasado por su cama.

Hermione hizo una pausa para suspirar y limpiarse las lágrimas. Cuando continuó, su voz se escuchaba baja y trémula.

-Hasta cuando teníamos sexo era violento. Le gustaba amarrarme de manos y pies a la cama para tenerme sometida. Y, para serte honesta, había algo de eso que me gustaba. No puedo decir con exactitud por qué, pero me sentía bien de una forma que no podía explicar. Pero aquello duró poco. Cuando él decidió decirme que encabezaba una banda criminal, me horroricé y casi me desmayé, pero decidí que no debía ser tan terrible si me mantenía al margen de lo que ellos hacían. Pero él me llevaba a todas las reuniones y debía escuchar sus retorcidos planes de asesinatos, robos y violaciones. Mis amigas me insistían a cada rato que lo dejara y buscara a un novio más normal, pero algo en mí me hacía justificar lo que yo estaba haciendo y les aseguraba que nunca me forzaría a hacer algo desagradable, como a la postre ocurrió.

Ron tenía una idea del final de la historia, pero dejó que Hermione terminara, mirándola con preocupación y consuelo.

-Él me dijo que la acompañara a una fiesta que iban a tener con otra banda criminal de la zona y, en medio de ésta, otra banda nos atacó. Hubo una refriega atroz… los nuestros ganaron y mataron a los hombres y violaron a las mujeres antes de matarlas también. Lo terrible es que mi novio quería que yo me uniera a ellos y me llevaron ante una chica que yacía herida en el suelo con una pierna rota. Me pasó un cuchillo de carnicero y me ordenó que la violara y la degollara… no pude hacerlo… simplemente no pude… y me di cuenta que mis amigas tuvieron razón todo el tiempo. Co… Corrí llorando del lugar… lloré toda la noche… quería morir… dejar de existir… ¡qué demonios me pudo haber pasado para estar con esa bestia! Al final fui… fui al cuartel de policía más cercano y los denuncié. Dos días después la banda cayó presa y todos fueron sentenciados a muerte por inyección letal. Jamás supieron quién los delató. Todavía tengo pesadillas con aquello y, desde entonces, me prometí a mí misma que ordenaría mi vida. Aquella resolución me hizo llegar a ser lo que soy ahora. Mi madre siempre tuvo razón: son las más desafiantes experiencias de la vida las que definen el curso de ésta. Pero fue terrible… no puedo evitar llorar cada vez que pienso en ello…

Hermione estalló en llanto y se derrumbó sobre el hombro de Ron quien, como si fuera una acción refleja, la sostuvo en sus brazos, acariciando su sedoso cabello con una mano y con la otra apretando suave pero firmemente su hombro. Podía sentir sus lágrimas humedecer sus ropas, pero aquello le importó poco. Lentamente, el llanto fue disminuyendo su intensidad y Hermione alzó su cabeza, y su mirada se encontró con la de Ron. Había una magia en esos ojos azules que le impedían pensar, como si todos sus agravios se derritieran con sólo mirarlo a él. Había algo en él que Hermione no pudo encontrar en ningún hombre antes que él, había algo que no le permitía desviar sus ojos de los de él. Y supo que él la entendía, que para él, aquella historia no era ninguna broma ni alguna forma de impresionar. Supo además que él iba a estar con ella cada vez que ella se sintiera vulnerable. Con él, ella era más fuerte, con él podía ser ella misma sin sentirse avergonzada de aquello, se sentía poderosamente atraída por ese hombre… era suave y fuerte a la vez, autoridad y comprensión encerrados en una misma mente, una voluntad fuerte como el acero y una sensibilidad digna de una mujer… fuerzas contradictorias reuniéndose en un torbellino de emociones encontradas y desconocidas.

-¿Qué dirías si tuvieras al amor de tu vida frente a tus narices? –inquirió Hermione, sin separarse de Ron ni un milímetro. Podían sentir sus respiraciones arremolinarse entre ellos, el sonido de éstos contra el silencio del parque daba una sensación de intimidad única-. ¿Qué dirías si estuvieras completamente convencido de que la persona que tienes en frente puede cumplir todos tus sueños, deseos y anhelos?

Ron halló extraña la pregunta, pero supo la razón de por qué la había formulado. Decidió ser sincero, pues algo en los ojos de Hermione le dijo que ella esperaba por una respuesta honesta, que no formaba parte de ninguna clase de juego o estratagema para ponerlo a prueba. Hace rato que los juegos habían terminado. Ahora era el momento de ser un hombre real.

-Me aseguraría que lo supiera.

La expresión del rostro de Hermione le dijo que había dado la respuesta correcta. Sin embargo, no hizo ningún movimiento. Dejó que ella decidiera el curso de los acontecimientos, lo que favorecía lo que venía después.

-Bueno –dijo ella, tampoco sin mostrar ningún movimiento fuera de lo ordinario-, es eso lo que siento en este momento. Siento que el hombre que tengo frente a mi es capaz de cumplir todos mis sueños. Y quiero ver si es verdad o no.

Ron no dijo nada. Sólo observaba. La lengua de Hermione pasó por encima de sus labios superiores, su boca se curvó en una sutil sonrisa y sus ojos se entrecerraron un poco. Era el momento de ir un paso más adelante. Ron le tendió una mano a Hermione, quien la tomó sin decir ninguna palabra. Ambos se pusieron de pie y se dirigieron a una arboleda cuyas sombras los protegían de los ojos ajenos. Hermione supo que él, de algún modo, había adivinado lo que ella deseaba y que, más encima, estaba siendo discreto para no ponerla en evidencia frente a la demás gente.

Estaba oscuro en la arboleda, apenas se podían discernir entre ellos pero sus respiraciones los delataban. Ambos eran conscientes de que estaban totalmente solos y algo en los desesperados latidos de sus corazones hacía presagiar un desenlace mágico. Hermione sintió el áspero tronco de un encino tocar su espalda y sus latidos se incrementaron. Sintió una calidez que le hizo sentir cosquilleos a lo largo de su piel y supo que él estaba muy cerca de ella, pero aquello no la ponía incómoda. Su boca se abrió un poco, como si presintiera lo que iba a ocurrir y, segundos después, sus labios sintieron la humedad de otra boca, de una forma tan sutil que creyó que nunca en su vida se había sentido de esa forma, como si jamás la hubieran besado. Ese hombre lo hacía ver todo como si fuera una experiencia única. Rozaba sus labios con los de ella tan lentamente y dulcemente, como si a través de un solo acto, le dijera miles de palabras hermosas como los versos de un poema. Ron rodeó la cintura de Hermione suavemente con sus brazos y ella envolvía los suyos alrededor del cuello de Ron. Cerró sus ojos y se abandonó al momento, como si, de repente y sin esperarlo, sus pies abandonaran el suelo y pudiera volar hacia la luna. De acuerdo, estaba siendo estúpida pero, por primera vez en su vida, no le importó lo que dijera la gente si supieran lo que pasaba por su cabeza. Los labios que estaba probando en ese preciso momento estaban logrando lo que incontables otros no pudieron conseguir: divorciarla de la realidad y hacerla sentir ingrávida, como si pudiera flotar en el aire. La dulzura y la suavidad con la que Ron besaba a Hermione la tenían desconcertada y sólo podía reaccionar respondiendo a aquel acto tan dulce y tentador. Era tentador sin ser sensual. Era dulce sin ser empalagoso. Era lo que debía ser un beso.

Era extraño.

Hermione sentía que, mientras el beso se extendía a través del tiempo, le faltaba el aire. Ahora, que ya no podía sentir los labios de Ron contra los de ella, pese a la sensación de ahogarse a cada segundo, sentía una necesidad imperante de volver a besarlo. Sin embargo, la razón, que todavía trataba de romper la magia, aunque Hermione sentía que no lo iba a hacer, todavía hacía actos de presencia.

-Me falta el aire –dijo, respirando profunda y rítmicamente-. Jamás me había pasado algo como esto. Perder el control sin que me importe un pepino.

Ron se separó levemente de ella, sin privarla de su presencia.

-¿Acaso temías perder el control?

Hermione se quedó en silencio unos instantes para luego hablar de su mayor defecto.

-¿Sabes? Desde ese incidente con el delincuente, he tratado de tener una vida ordenada, que nada escapara de mi control. Gracias a esa disciplina llegué a ser gerente de una gran empresa. Pero siempre me molestaba conmigo misma cada vez que me ataca mi condición de mujer. Mi regla era lo único que se interponía en mi ambición de tener una vida bajo control. Me irritaba cada vez que mis emociones me traicionaban, cada vez que lloraba por nimiedades o me reía sin razón aparente. –Hermione miró al césped, hizo una pausa y siguió hablando como fascinada por el suelo-. Cada vez que me salía algo mal, me ahogaba en vasos de agua y no era capaz de pensar-. Sin que Ron lo esperara, Hermione alzó la cabeza y lo miró a los ojos, al menos, adonde ella creía que estaban sus ojos-. ¿Crees que estoy haciendo algo mal?

Ron se puso de pie, le ofreció la mano una vez más y, como la primera vez, ella obedeció y se dirigieron a un claro en medio de los árboles, donde las estrellas eran perfectamente visibles. Ambos se sentaron en el suelo, Ron mirando hacia el cielo. Hermione lo imitó, sin saber muy bien qué deseaba con aquel traslado.

-¿Ves las estrellas? –comenzó a decir Ron, y Hermione siguió la dirección de su brazo, hacia arriba, donde miles de puntitos brillantes se aglomeraban contra el cielo añil de la noche-. ¿Ves algún orden en éstas? ¿Logras divisar un patrón discernible? ¿No? No me sorprende. La distribución de los cuerpos celestes en el cielo parece caótica y desordenada y, sin embargo, existe un orden subyacente en las idas y venidas de las estrellas y las galaxias en el cielo. El hecho que no veas aquel orden no significa que no exista. Imagínate por un momento un universo sin gravedad. No verías lo que estás viendo en estos instantes. Del mismo modo en que el orden en el universo es invisible, el orden en tu vida también lo es. El hecho que tengas tus descompensaciones emocionales cada vez que te llega la regla no es fruto del azar. Hay una razón para aquello, hay un orden subyacente en tu biología que te hace ser de esa forma pero, ¿por qué ese orden tiene que concordar con el tuyo? Recuerda que las teorías se adaptan a las experiencias, no al revés. Por eso, mi consejo es que bases tu disciplina en el orden natural de las cosas, y no tengas miedo de improvisar, pues muchas veces, la improvisación es lo que te da las más brillantes ideas.

Hermione se quedó en silencio, contemplando las estrellas, como si fuera la primera vez que las viera apropiadamente.

-Hermione –dijo Ron, tomándola ambas manos, haciendo que ella desviara la vista del cielo y fijara sus ojos en los de él-. Deja de hacer eso.

Ella miró a Ron, sin entender. El rostro del pelirrojo expresaba seriedad.

-¿Qué? ¿Qué estoy haciendo?

-Ser tan condenadamente hermosa. Me desconcentras y quiero decirte algo importante.

Hermione, con la enorme risotada que profirió al aire y el intenso rubor de sus mejillas, supo que aquel había sido un tiro hábil. Ni siquiera supo por dónde le vino.

-¡Me hiciste poner roja!

-No es mi culpa –se excusó falsamente Ron-. No controlo tu fisiología.

En medio de las risas de Hermione, el pelirrojo se acercó sutilmente a ella y le robó otro beso de sus labios. No duró más de dos segundos, pero supo que había funcionado, porque Hermione estaba sonriendo, mirando a Ron de la misma forma en que lo había hecho cuando se besaron por primera vez.

-¿Se puede saber por qué lo hiciste? –dijo Hermione con falsa indignación.

-Es que creí que tus labios sabían a frutillas con crema y sólo quise corroborar.

-¿Y no me pediste permiso?

-Lo siento, no me pude controlar.

El efecto que tuvo esta sencilla frase fue devastador. Al instante y sin permiso de su conciencia, dentro de la mente de Hermione se formaron imágenes un tanto fantasiosas pero que anularon todo pensamiento constructivo. Casi no podía ver a Ron a causa de aquellas imágenes, mostrando toda clase de fantasías románticas que en cualquier otra circunstancia hubiera desterrado de su mente antes siquiera de decir "pero".

Mientras tanto, Ron observaba a Hermione con curiosidad, atentamente, como si tratara de adivinar lo que pasaba por su cabeza, sin embargo, no hizo ningún movimiento, esperando a que ella reaccionara por su cuenta. Dos minutos después, Hermione recobró el sentido y pudo ver de nuevo a su compañero.

-Quiero mostrarte algo –dijo Ron, poniendo cuidado en lo que iba a decir. Las siguientes palabras decidirían el destino de la relación-. Algo que sé que te va a gustar. ¿Me acompañas a mi casa? Sólo por media hora, pues tengo que levantarme temprano mañana.

Hermione la pensó poco.

-De acuerdo. Ojalá que sea algo bueno.

-No te arrepentirás. –Ron se puso de pie y tomó la mano de Hermione-. Ven, es por aquí.

Ambos salieron del parque, siendo iluminados nuevamente por las luces amarillentas de las calles. Según un reloj digital en una esquina, eran las once de la noche. Hermione quedó pasmada cuando vio los números destellando en rojo indicar la hora, pues no le pareció mucho tiempo el que estuvieron en el parque. Ambos iban tomados de la mano, como si fueran pareja, pero Hermione parecía prestar poca atención a aquel hecho. Sólo tenía ojos para el pelirrojo que caminaba a su lado, asiéndole la mano con firmeza.

-¿Sabes? –comenzó Ron-. Estoy comenzando a creer que ese cuento del dios celoso pudo haber sido verdad.

-¿Qué te hace pensar eso? –quiso saber Hermione, justo en el momento en que un par de hombres con cuchillos en la mano y cuyas caras estaban cubiertas aparecieron de dios sabe dónde y los amenazaron con degollarlos si no les entregaban los objetos de valor que llevaban. Ron y Hermione no podían hacer magia en una calle con gente mirando; la única alternativa era huir y hallar un lugar donde no hubiera peatones. Hubo una tensa pausa antes que Ron y Hermione giraran sobre sus talones y corrieran a todo lo que daban sus piernas. Los malhechores fueron tras ellos, cuchillos en ristre, respirando pesadamente a través de sus máscaras de tela.

Ron todavía sostenía la mano de Hermione, doblando esquina tras esquina, en un intento de perderlos, pero los delincuentes eran también muy rápidos y se acercaban lentamente. Era cosa de tiempo para que los agarraran y los asesinaran. Fue en esos desesperados instantes en que Ron divisó el gran parque nuevamente y se escabulleron entre los árboles, esperando a que los bandidos aparecieran. Segundos después, el brillo de los cuchillos a la luz de la luna se hizo hueco en la oscuridad. Era el momento de actuar.

Hermione no llevaba su varita, puesto que iba a asistir a un recital y encontraba ridículo ir armada a un lugar donde nadie le podía poner las manos encima, pero Ron no iba a ningún lado sin su varita. La desenfundó y la encendió, de forma que su luz iluminara las caras de los delincuentes. Su corazón latía a mil por segundo, al igual que el de Hermione, quien se ocultaba tras unos árboles, esperando por el resultado de aquel encuentro.

-¡Quédense donde están! –exclamó Ron con voz trémula, pero los dos hombres no hicieron más que acercarse. Ambos malhechores estaban a sólo dos metros de Ron cuando un sonido sobrenatural llenó el aire. Una luz cegadora invadió todo. Cuando todo fue visible otra vez, la varita de Ron todavía estaba apuntando en la misma dirección, pero dos formas irreconocibles yacían en el suelo. Hermione, quién tenía las uñas entre los dientes del nerviosismo, supo que las formas raras eran los dos delincuentes, quienes habían sido reducidos a algo parecido a babosas con mucho pelo. Ron bajó lentamente la varita, justo en el momento en que Hermione se abalanzó sobre él, abrazándolo fuertemente y besándolo repetidamente.

-¡Creí que te habían agarrado!

-Por un momento pensé que me hicieron un tajo con esos cuchillos –respondió Ron, acariciándole la espalda a Hermione-. No te preocupes. Estás a salvo-. Ambos dejaron de abrazarse y, tomándose de la mano una vez más, siguieron su camino, esta vez a través de un atajo que los llevaría a una cuadra del departamento de Ron. El miedo anterior había sido reemplazado por unas ganas locas de reírse de los malhechores y sus nuevas apariencias.

-Es lo más repulsivo que he visto en mi vida –dijo Hermione, perdida entre risas y arcadas.

-Fue lo primero que se me ocurrió –se excusó Ron-. Lo único que espero es que el Ministerio los encuentre y los vuelva a la normalidad… y no crean que lo hicimos por diversión.

-¿Te imaginas?

-Si me capturaran, me escaparía y hallaría una forma de limpiar mi nombre.

Hermione y Ron caminaron una cuadra poco iluminada, mirando en todas direcciones, por si a algún otro tipo se le ocurría asaltarlos de nuevo, pero no vieron a nadie sospechoso. Frente a ellos se erigía un conglomerado de edificios rectangulares cuyo color verde se estaba saliendo en partes, lo que le daba un aspecto como de deteriorado. Ron señaló hacia el último piso del edificio más cercano y ambos subieron las escaleras hasta el séptimo piso. Ron ya estaba acostumbrado a subir tan alto, pero Hermione, al tener una casa de dos pisos, jamás tuvo que ejercitar tanto las piernas como en ese momento. Jadeando y tocándose su pecho, la castaña puso pie en la casa del pelirrojo.

Hermione esperaba un ambiente como ese, pero igual se sintió anacrónica, pues las paredes estaban cubiertas por muchos posters de bandas de heavy metal y las decoraciones también tenían que ver con aquel género musical. Figuras de colección que representaban a grandes músicos del heavy metal, manos talladas en madera que hacían el famoso saludo de los cuernos y un set de baterías estaba prolijamente ordenada y guardada en un armario cubierto con pegatinas de bandas de heavy metal. Hermione esperaba un entorno más violento, pero parecía ser que el dueño de ese departamento era un fan serio.

-En mi dormitorio –señaló Ron, haciendo un gesto hacia una puerta a la izquierda. Ambos entraron por ella y Hermione supo que en la sala de estar no se habían acabado las sorpresas.

La habitación era como cualquiera que Hermione hubiera visitado, con la excepción de una guitarra eléctrica con su amplificador que descansaban en un rincón, junto a un armario. La cama era de plaza y media, con motivos metaleros también, pero el conjunto aparentaba ser más sobrio que la sala de estar. Luego, junto a la ventana, Hermione vio algo totalmente discordante con el resto del departamento.

-¿Un telescopio?

Ron alzó una ceja.

-¿Sorprendida?

-Bastante.

-Bueno, como científico, me gusta observar el cielo de noche, cuando el cielo está sin nubes. Es perfecto, porque de este lado no hay luces molestando, por lo que puedo garantizar una visión sin interferencias-. Ron tomó el tubo alargado y lo apuntó hacia el cielo, mirando por el ocular antes de separarse del aparato y mirar a Hermione-. ¿Te gustaría mirar?

Hermione, sonriendo ampliamente, se acercó al telescopio, preguntándose qué cosas extrañas vería a través del lente del instrumento. Verdaderamente, el hombre de cabello pelirrojo que la observaba distraídamente, era una caja de Pandora. Aquel encuentro había sido sorpresa tras sorpresa. Sin embargo, una más aguardaba a la vuelta de la esquina, una sorpresa que redefiniría su vida tal y como la conocía.