Capítulo VI: La seducción
Hermione podía ver miles de puntos de colores danzar delante de sus ojos con una colosal nube púrpura de fondo en la cual se podía vislumbrar una forma extraña y, a la vez, familiar. Ella era una mujer culta, pero jamás sintió mucho interés por lo que había en el espacio… hasta ahora.
-Es… es… es un…
-Sí, es un caballo –Ron terminó la frase por ella-. Es una nebulosa, una nube enorme de polvo cósmico. Se llama la Nebulosa de la Cabeza de Caballo, una figura astronómica famosa. Es un caldo de cultivo de estrellas… allí nacen y crecen.
-Hablas de ellas como si fueran seres vivientes.
-En cierto modo lo son –dijo Ron-. Nacen, se alimentan, crecen, envejecen y mueren. Y, como nosotros, tienen varias formas de fallecer. Algunas se convierten en objetos inertes, otras explotan de forma violenta y otras, las más grandes, se convierten en agujeros negros.
Hermione había leído algo acerca de los agujeros negros pero, lo poco que sabía, le hacía dar carne de gallina. Eran como WC enormes que succionaban todo a su paso. Ron se acercó a ella y giró el telescopio en otra dirección e hizo que ella mirara a través de éste.
-Es como… como un anillo de gas.
-Se llama la Nebulosa Anular –dijo Ron, complacido por el interés que estaba poniendo Hermione en la observación del cielo-. Es el resultado de una supernova, lo que ocurre cuando una estrella más grande que el sol llega al final de su vida. Estas explosiones se pueden ver aun de día pero ocurren con una frecuencia tan baja que sólo se puede observar una cada medio siglo.
Ron apuntó el telescopio hacia otro sector del cielo y Hermione miró por el ocular otra vez. En esta ocasión, pudo ver lo que parecía una gran mancha blanca pero, ajustando los lentes, notó que tenía brazos retorcidos, una espiral de gas y… ¿estrellas?
-Es una galaxia –dijo Ron, anticipando la pregunta de Hermione-. La más cercana a nosotros. Está a unos dos millones de años luz, lo que significa que si viajas a la velocidad de la luz, te demorarías dos millones de años en llegar allí-. Sonrió ante la expresión de Hermione mientras miraba por el telescopio-. Y te demorarías doscientos mil años en cruzar la galaxia de extremo a extremo.
Hermione retiró el ojo del ocular, pasmada a causa de todo lo que vio y escuchó. Definitivamente, el Universo era un lugar enorme y misterioso, de una belleza inimaginable. Había visto estrellas hermosas, brillantes y de variados colores, como si alguien hubiera regado el cielo con gemas preciosas. Sentía deseos de alcanzar las estrellas, volar entre ellas y deleitar su vista con la magia del universo.
-¿Quieres comer?
-Tengo un poco de hambre –dijo Hermione, y en realidad estaba famélica, con todo lo que ocurrió desde el recital hasta ese instante-. ¿Qué tienes para cenar?
-Ya lo verás. Puedes seguir observando con el telescopio si deseas.
Hermione le sonrió.
Ron tenía preparado algo especial para ese momento. Ayer en la tarde estuvo ocupado comprando mercancías de calidad para una cena romántica inolvidable. No tenía ningún problema con la cocina, puesto que había vivido solo por más de cinco años. Sacó unas velas alargadas, las dispuso en el centro de la mesa y las encendió con su varita. Acto seguido, sacó ollas, sartenes y demás utensilios de cocina y, minutos después, un olor seductor llenó el aire del departamento.
Mientras tanto, Hermione seguía fascinada con lo que estaba viendo. Nebulosas con formas raras, más raras que las nubes terrestres, sistemas estelares de dos o más integrantes, más galaxias, unas de forma elíptica, otras irregulares, y objetos que emitían un brillo extremadamente intenso que Hermione no pudo identificar. Esto era mejor que las clases de Astronomía del colegio, pues allí sólo observaba planetas y lunas. Ahora podía ver fenómenos extraños y fascinantes, muchas luces de colores, nebulosas espesas y distantes y objetos raros que podían estar a miles de millones de años luz de distancia.
Faltaban veinticinco minutos para la medianoche y la voz de Ron se hizo escuchar en la habitación. La cena estaba servida. Hermione salió del cuarto y, cuando divisó la luz de las velas iluminar la mesa, supo que Ron tenía un gusto por los detalles. Tres platos por lado y varios cubiertos más una copa por cada uno de ellos.
-Se ve apetitoso –dijo Hermione, avanzando hacia la mesa. Ron separó la silla de la mesa para que su invitada pudiera sentarse sin incomodidades. Tras una sonrisa coqueta de la castaña, el pelirrojo tomó su lugar frente a ella.
-¿Y? ¿Qué viste?
Hermione sonrió nuevamente.
-Muchas cosas extrañas y hermosas –respondió ella, tomando un cuchillo y un tenedor y perforando una cola de camarón-. Cada vez que observo el cielo, me dan ganas de ir hasta allá y verlo todo por mí misma. Sé que necesitaré algo más que un cohete para llegar allá.
-Como la potencia de un millón de millones de cohetes querrás decir –dijo Ron, mordisqueando una hoja de lechuga distraídamente-. Pero no creo que sea momento para hablar de cohetes.
Hermione asintió levemente, pues tenía la boca ocupada masticando colitas de camarón.
-¿Te imaginas que existiera una alternativa más fácil para alcanzar las estrellas? –preguntó Ron, desviando sus ojos hacia los de Hermione y entrecerrándolos un poco-. ¿Cómo te sentirías si… esa alternativa estuviera frente a ti en este momento?
El pelirrojo parecía poner atención hasta al ritmo cardíaco de la castaña, aunque ella no pudiera darse cuenta.
-Sentiría que todos mis sueños están a punto de hacerse realidad –respondió Hermione en un susurro que parecía más un ronroneo-. Como si el mejor momento de mi vida estuviera acercándose.
-Imagínate por un instante que ese momento se acerca –dijo Ron, quien parecía saber, de una forma casi profética, qué preguntas hacerle a la castaña o qué palabras decirle-. ¿Cómo te sentirías?
Hermione no respondió al instante, lo que le dijo a Ron que estaba tratando de evocar ese sentimiento. Pero las palabras que le podría decir eran lo de menos.
-Sentiría mi corazón latir más rápido, sentiría un estremecimiento en mi interior, como si un volcán dentro de mí se preparara para hacer explosión. Sería incapaz de pensar… y me importaría un pimiento.
Ron supo de inmediato que le importaría un pepino el hecho que no pudiera pensar. Sus manos, su cuerpo, su cara, todo en ella prácticamente le gritaba que pensar era lo de menos cuando el mejor momento de la vida de la persona que tenía enfrente se acercaba. Sin embargo, notó algo más, algo que podría ser decisivo en la culminación de la mejor noche en su vida y, lo más importante, la mejor noche de ella.
-Esto está delicioso –dijo Hermione mientras saboreaba el postre, un helado de frutillas con crema y decorado con cerezas y una capa delgada de chocolate-. No me parecía verosímil que un metalero supiera cocinar. Creí que ellos sólo se alimentaban de cerveza.
-Bueno, no siempre –dijo Ron, finalizando su postre y enfatizando las dos últimas palabras.
Tras la suave risa de Hermione, el pelirrojo de repente puso una cara seria.
-¿Te ocurre algo?
-No, no exactamente. Es que me duelen mi espalda y mis hombros. Tanto huir de delincuentes y subir escaleras interminables parece que me pasaron factura.
Ron puso una cara neutra. Era crucial que lo hiciera.
-Existe un remedio para eso.
Hermione arrugó el entrecejo.
-Si estás hablando de medicamentos, te digo de inmediato que no ingiero fármacos, ni siquiera de origen mágico.
Ron habló como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
-¿Mencioné algo acerca de medicamentos o pociones?
-Lo… lo siento.
Ron sonrió levemente para volver a colocar cara de póquer.
-Me refería a masajes.
-Oh.
Hermione tampoco esperó que un metalero supiera hacer masajes. De hecho, ningún hombre con el que se había acostado hasta ahora sabía hacer magia con las manos. Esperaba que el pelirrojo hiciera un buen trabajo con sus dolores.
-Vamos a mi pieza.
Hermione siguió a Ron de vuelta a la habitación, donde cuarenta y cinco minutos antes estuvo fascinada con el cosmos. El lugar estaba oscuro. Ron se aproximó a un armario, y extrajo unas cuantas velas y una caja que olía muy bien. Hermione no entendía el propósito de velas y una caja aromática. A la luz de la luna, Ron pudo ver el desconcierto de la castaña y supo que le debía una explicación.
-Se supone que un masaje, aparte de aliviar el dolor, fomenta la relajación. Un ambiente sin luz resulta opresivo y un ambiente con mucha luz desconcierta, ambos escenarios no proporcionan relajación alguna. En cambio, un ambiente ni muy iluminado ni muy oscuro resulta agradable, y por eso las velas. En cuanto a la caja, no es que sea aromática: está llena de pétalos de rosas, las cuales voy a diseminar sobre la cama. Todos tus sentidos tienen que sentirse cómodos con el ambiente para que el masaje sea efectivo. ¿Me entiendes?
Hermione quedó completamente convencida. Ese pelirrojo acababa de hablar como si llevara años haciendo masajes y que, más encima, fuera su profesión.
-¿Tengo que quitarme mi ropa?
-Sí, pero sólo la necesaria –dijo Ron, haciendo crujir sus manos para sentirlas más ágiles-. Puedes conservar tu ropa más ligera. La idea es que la piel quede al descubierto, pero no es necesario que te desnudes por completo.
Hermione sonrió. Ese pelirrojo estaba demostrando, una y otra vez, que era diferente al resto de los hombres. Si hubiera permitido que cualquier otro chico le hiciera masajes, a menos que fuera un masajista profesional, estaba segura que le hubiera pedido desnudarse por entero, lo cual cambiaría totalmente el contexto de la situación.
-¿Me ayudas a colocar éstas?
Hermione obedeció, tomando unas cuantas velas y poniéndolas en lugares específicos y que no estuvieran tan cerca de telas o madera barnizada. Luego, con su varita encendió las velas, dando un tinte amarillento a las paredes, pero no lo suficientemente violento como para resultar desconcertante. Luego, tomó un puñado de pétalos de rosas rojas y las arrojó sobre la cama. Enseguida, un aroma dulce y penetrante llenó su olfato. El pelirrojo tenía razón: hasta ella sentía que el ambiente lucía más agradable, la invitaba a sentirse cómoda para una buena sesión de masajes.
-Ahora –comenzó a decir Ron-, quítate todo lo pesado y conserva la ropa más ligera. Después, recuéstate boca abajo en la cama.
Había algo en la voz del pelirrojo que no le permitía negarse, aparte del hecho mismo que ella deseaba sentir sus músculos aliviados. Hizo todo cuanto él le dijo y se recostó sobre la cama, sólo con una camiseta y lo que parecía un pijama térmico. Ron sacó algo del armario y untó sus manos con una especie de crema de aspecto aceitoso antes de ponerse de rodillas sobre el borde de la cama y levantar suavemente la camiseta que usaba Hermione. Su piel era lisa y suave, a tal punto que sus dedos resbalaban por ésta. Momentos después, deslizó sus manos de arriba abajo, comenzando en la nuca y llegando hasta la cintura, haciendo movimientos circulares y presionando levemente con las palmas de sus manos. Hermione se sentía como si algo muy pesado estuviera abandonando su cuerpo lentamente, causando oleadas de placentero alivio. Ron levantó más la camiseta, dando una rápida mirada al sostén rojo que usaba la castaña antes de poner más atención a los hombros de ella. Ahora hacía círculos con sus manos, manteniendo una presión suave pero firme y Hermione iba lentamente cerrando sus ojos, sintiéndose cada vez más relajada. Sentía como si sus brazos se estuvieran separando de su cuerpo: sentía un intenso dolor antes de sentir un placer relajante, y era aquel contraste entre dolor y placer lo que hacía del masaje algo atractivo y singular.
Hermione podía sentir cómo ese algo pesado se trasladaba a sus brazos. Y Ron, como leyendo sus señales corporales, ahora hacía movimientos de arriba abajo a lo largo de las extremidades, como si estuviera amasando pan con poca fuerza. Después, apretaba levemente cada dedo de su mano derecha, sintiendo que se estaban adormeciendo. Poco tiempo después, Ron hacía lo mismo con su lado izquierdo, eliminando el dolor y reemplazándolo por una agradable sensación de adormecimiento, casi como si su cabeza estuviera desconectada de su cuerpo.
-¿Sabes? –dijo Hermione de pronto-. Es tan placentero todo esto… que me gustaría que masajearas todo mi cuerpo. Espérame un momento, quiero desvestirme. ¿No te incomoda, verdad?
La mirada de Ron decía que sí le incomodaba, pero Hermione sonrió tranquilizadoramente.
-A mí no me molesta que me veas desnuda.
Ron sonrió a regañadientes. Mirándola como si lo que estaba a punto de hacer lo hiciera en contra de su propia voluntad, esperó a que Hermione se deshiciera de la ropa que le quedaba, sintiendo un ligero escalofrío cuando ella estaba quitándose su hermosa y sensual ropa interior. Finalmente, ella se recostó como estaba antes, esperando por más. El pelirrojo había aprendido a no sentirse impresionado por la belleza física femenina pero, lo que estaba viendo en esos precisos instantes, conseguía robarle la respiración. Ni un solo gramo de grasa sobresalía de su cuerpo, el cual era extremadamente curvilíneo. Estaba seguro que si medía la circunferencia de su cintura y sus caderas y las dividía entre sí, daría un valor muy cercano a 0.7, el cual era la relación cintura/cadera adecuada para concebir. Sacudiéndose aquellos pensamientos de su cabeza con dificultad, se concentró en sus manos y se untó ese aceite nuevamente para continuar con el masaje.
Comenzó haciendo movimientos laterales que seguían el contorno de la cintura de Hermione, rítmicos y repetitivos. Fue desplazándose hacia abajo, de modo que ahora masajeaba sus caderas, como siempre, presionando suave pero firmemente. Se estremeció un poco cuando se deslizó más abajo, pues podía sentir la curvatura del trasero de Hermione bajo las palmas de sus manos. Sin embargo, recobró el control casi de inmediato e hizo movimientos circulares, un poco más fuertes que los anteriores y Hermione sentía esa sensación de algo pesado que se fuera desplazando esta vez hacia sus piernas. Y, como antes, Ron parecía seguir intuitivamente al dolor, ahora masajeando las piernas, volviendo a presionar suave pero firme, cubriendo todo el contorno de sus muslos, descendiendo lentamente, hasta que apretaba cada dedo de ambos pies.
Hermione casi no podía sentirse a sí misma. Era como si estuviera flotando sobre la cama bajo los efectos de un poderoso anestésico. Era magia sin varitas lo que estaba experimentando, una sensación única que no había experimentado jamás, ni siquiera con los chicos más atentos que conocía. Sin embargo, entre tanta relajación, sentía una extraña tensión, algo que no tenía nada que ver con la actividad de antes. Era algo que había aparecido mientras el pelirrojo masajeaba sus caderas y se sentía algo incómoda.
De pronto, supo qué era lo que ocurría. Se palpó en ese lugar. Los sentía duros.
-Ron –llamó Hermione en una voz más suave y ronca de lo que hubiera deseado-. ¿Por qué no masajeas mis pechos? Los siento tensos.
Ron casi saltó de la sorpresa, pero se contuvo a tiempo. Parecía ser que ella jamás había experimentado aquel fenómeno. ¿Qué demonios habían hecho los demás chicos que habían estado en aquella misma situación con ella? ¿Leer libros? ¿Escuchar heavy metal a todo volumen? Ron rió mentalmente: Hermione pensaba que sentía sus pechos tensos a causa de lo mismo que el resto de su cuerpo. Pero, la verdad era más increíble. Parecía ser que el mejor momento de la vida de aquella chica de cabello castaño estaba a la vuelta de la esquina.
-Como tú quieras –dijo, en un tono que sugería que prefería estar haciendo cualquier otra cosa. Hermione se tendió de espaldas a la cama y Ron, frotándose las manos profesionalmente, masajeó los pechos de Hermione, haciendo los mismos movimientos rítmicos y repetitivos, pero presionando más suavemente que antes. Para su sorpresa, no se estaban relajando: al contrario, se ponían cada vez más tensos. Aquello confirmó lo que Ron ya intuía. Hermione no estaba tensa para nada. Deseaba hacer el amor y, a juzgar por las palabras de ella, su cuerpo había tomado la decisión en lugar de su mente, la cual parecía estar desconectada de todo lo demás.
Tentativamente, siguió con lo que estaba haciendo, pero se inclinó hacia ella y, como dudando de si lo que estaba a punto de hacer iría a funcionar, besó suavemente su cuello, una, luego otra vez. Se detuvo y estaba a punto de alejarse, cuando…
-No te detengas –susurró Hermione, apenas moviendo los labios-. Por favor, sigue. Me gusta.
Animado por las palabras de la castaña, Ron se acercó nuevamente a Hermione para besar su cuello, cada vez con más confianza y determinación. Se atrevió a morder suavemente, como si él fuese un vampiro sediento de sangre y ella, su sumisa presa. Hermione gimió débilmente, abriendo la boca un poco y pasándose su lengua por su labio superior. Sus ojos estaban cerrados, negándose a ver. Sólo deseaba sentir. Era lo más importante.
Y Ron seguía tocando dulcemente los pechos de Hermione, pero su boca fue besando otros lugares, recorriendo llanuras de piel, metiendo brevemente la lengua en su ombligo, haciendo que ella se sacudiera violentamente. La piel de la castaña era como un narcótico: mientras más besaba, más deseaba fundirse con ella. Todo lo veía tan hermoso, tan sensual, tan atrayente, que no quería separarse nunca más de ella. Hermione podía sentir la desesperación en el corazón del pelirrojo y se convenció, más que nunca, que ese hombre era el que tenía que haber tocado a su puerta hace años atrás. Su deseo era genuino, podía ver cómo luchaba contra éste, para finalmente caer rendido y dar rienda suelta a sus deseos, cosa que no había visto en ningún otro hombre que conocía. Unos la deseaban desde el principio, otros ocultaban que la deseaban, pero él, quien besaba su vientre en ese momento, la deseaba pero trataba de luchar contra aquella atracción, como si no quisiera hacerle daño o parecer fácil ante ella… o ella parecer fácil ante él. ¿Tan poderosa era la atracción entre ellos? ¿Tan poderosa que ni siquiera los mismos dioses podrían separarlos? Y supo que el pelirrojo era esa persona que buscaba con ahínco, tal como los seres divididos del pasado.
La contienda final contra los dioses parecía tener un ganador.
