Capítulo VII: La pasión
Hermione tomó la cabeza de Ron y enmarañó su cabello mientras éste besaba cada vez más al sur de su anatomía, sintiendo que los espasmos que la atacaban de vez en cuando eran más intensos. Gemía cada vez más fuerte a medida que los labios del pelirrojo se acercaban más a su intimidad, pero esa no era la intención de Ron. Pasó de largo, hacia sus piernas, envolviendo sus manos alrededor de ellas y besando por el costado interior, como si estuviera amando a sus piernas en lugar de la persona a la que pertenecían. Descendía por sus piernas, rozando sus labios con la piel de la castaña, añadiendo sensualidad a la escena, acariciando la parte posterior de dichas extremidades, como si estuviera masajeándolas nuevamente, sólo que era una caricia más que un masaje. Sorpresivamente, Ron volvió por donde había llegado y Hermione pensó que ésta vez sentiría marearse de placer pero, nuevamente, resultó ser una falsa alarma, pues ahora el pelirrojo besaba, acariciaba y lamía su otra pierna, erizando los diminutos vellos en la piel de Hermione al paso de sus labios. Y otra vez ascendía por su pierna izquierda y, sin ningún margen de duda, Hermione sintió una sensación volcánica estallar en su interior. Sin embargo, Ron todavía no había alcanzado su intimidad. Estaba a pocos centímetros de su destino, pero ahora estaba tocando su bajo vientre con la punta de la lengua. Ron sonrió pícaramente antes de recorrer esos escasos centímetros que le separaban de la gloria.
Si lo de antes había sido explosivo, ahora era como si una bestia en el interior de Hermione escupiera fuego dentro de sus entrañas, inflamándola, apasionándola, quemándola. Ron ahora era un insecto inocente, bebiendo el néctar de una flor muy preciada, y lo hacía tan suavemente, tan dulcemente, que Hermione no podía resistirse ante tan avasallador placer. Era un placer distinto al que sentía antes, un placer que incendiaba su interior y que la hacía gemir fuerte, respirar superficialmente y se llevara sola sus manos a sus pechos, todo sin permiso de su conciencia. Ésta brillaba por su ausencia. Hermione no pensaba, no podía hacerlo y, si pudiera, no tendría ningún sentido, pues lo que estaba experimentando no era procesable mediante razonamientos lógicos y ordenados. Aquello era para disfrutarlo, vivirlo, experimentarlo, no para analizarlo y entenderlo.
Otro violento espasmo de placer arrancó aquellos pensamientos de su mente. Ron estaba demostrando una sutileza inigualable, haciendo lo que sea que estaba haciendo lentamente, sin prisas, sin apuros. Tenían toda la noche para jugar a amarse. Ron tomaba y acariciaba sus caderas con una dulzura tal que podía llegar a saborearse. Era imposible describir lo que le ocurría a Hermione, tanto como los fenómenos que hace dos horas vio a través de un telescopio que no recordaba a quién pertenecía. El pasado y el futuro eran cosas ridículas: sólo importaba el presente. Las preocupaciones, el trabajo, sus amigas, parecían pertenecer a otra vida, una vida donde el amor y la pasión no existían como tales, sino como fábulas, como cuentos de hadas que no tenían asidero ni sentido. Había entrado a una nueva dimensión, donde lo imposible pasaba a ser cierto, lo intangible se volvía, de repente y sin esperarlo, palpable, donde dos podían ser uno. Y el placer seguía llegando a ella, maremotos de éste, y estuvo a punto de desfallecer cuando Ron repentinamente se detuvo. Hermione pestañeó, y el rostro pecoso de su amante estaba frente a ella, mirándola apasionadamente, listo para besarla, como en efecto ocurrió.
Los labios de Ron sabían distinto ahora. Hermione se sentía como si estuviera probando, por primera vez, el sabor de su feminidad, de forma intensa, como nunca lo había hecho en su vida. Tan intensa fue la experiencia, que su lengua se entrelazó con la de él de forma involuntaria, queriendo probar más de su propia esencia. Sus brazos envolvieron firmemente el cuello de Ron y jaló fuerte, de forma que sus cuerpos se tocaran, piel contra piel, hombre contra mujer. Era el momento de dar rienda suelta a sus fantasías, sueños y deseos. Era el momento de sentir la verdadera naturaleza de la pasión.
Hermione sintió otra vez fuego en su interior, uno más intenso que el anterior. Ron había traspasado una frontera que, hasta hace unas horas atrás, había declarado imposible de franquear. Ahora se movía lenta y rítmicamente, como sus propios masajes, sólo que esta vez, todo su cuerpo participaba del acto. Oscilaba de adelante hacia atrás, lenta y sensualmente, todo el tiempo mirando a los ojos del color de la miel de Hermione, dándole a entender que todo lo que estaba ocurriendo, era para ella, sólo para ella.
-Te deseo –susurró Ron al oído de Hermione. Ella podía sentir su proximidad y descubrió que le encantaba estar con él, conversar con él, besarse con él, hacer el amor con él.
-Yo también –susurró a su vez Hermione entre gemidos-. Hazme el amor hasta que amanezca. Quiero estar en tus brazos cuando el sol ilumine esta habitación. ¿Puede ser?
-Si así lo deseas, así será.
-Te adoro, ¿lo sabías? –dijo Hermione tras un gemido particularmente fuerte.
-Y tú eres la mujer más hermosa que he conocido –dijo Ron, mirándola intensamente-. En todo sentido.
Hermione sonrió.
-Deseabas mi cuerpo, ¿verdad?
-Hasta ahora, sí –admitió Ron-. Pero ahora, que te puedo sentir tan cerca de mí, puedo decir que te deseo a ti. Tu cuerpo, tu alma, tu ser… todo de ti.
Hermione no pudo evitar que algunas lágrimas salieran de sus ojos.
-¿En verdad? ¿Lo dices en serio?
-No, no lo voy a decir. Te lo voy a demostrar.
Y Ron envolvió fuertemente a Hermione y siguió haciéndole el amor, como si fuera la última vez que lo fuera a hacer en su vida. El pelirrojo comenzó a respirar de forma más agitada cuando se dio cuenta que lo que estaba haciendo le excitaba y le animaba a seguir, pues su placer era el de ella, y el placer de ella era de él. Unas palabras se hicieron eco en su mente, de forma muy débil "El sexo es el acto más sucio e impuro que puede existir… y mientras más luego lo entiendas, mejor será para ti." Aquellas habían sido las palabras de un sacerdote católico (sea lo que fuere aquello) a un grupo de niños que le había hecho una pregunta a aquel hombre de Dios, una pregunta relacionada con lo que Ron estaba haciendo en esos instantes con Hermione.
¿Cómo demonios puede alguien decir que el sexo es impuro? pensó Ron, mientras oscilaba de adelante hacia atrás, abrazando fuertemente a Hermione, sintiendo la calidez de la piel de ella, su respiración volviéndose cada vez más superficial, sus gemidos cada vez más agudos. Gemidos de placer… gemidos de mujer. Era la muestra más clara de que Hermione estaba disfrutando como nunca de lo que le estaba haciendo Ron, aparte de las cálidas manos de la castaña presionar firmemente contra su espalda. Desde su interior provenía una sensación desconocida, pero que hacía estremecer su piel cada vez que se balanceaba hacia delante, diseminándose por su cuerpo, incitándolo a más. Era como una fuerza que se alimentaba a sí misma, la propia dinámica de la pasión hacía que ésta creciera más aún. Sus pieles se iban calentando cada vez más, las respiraciones de ambos se volvían más agitadas y los gemidos de Hermione iban subiendo de tono.
La castaña se movió de forma inesperada y Ron supo, de algún modo, que ella deseaba cambiar de posición. Se tumbó de costado, para luego caer de espaldas a la cama. Hermione ya se había erguido sobre ésta, y cuando vio a Ron descansar sobre las sábanas revueltas, se arrodilló sobre él, y sonrió seductoramente.
-Soy tuya, y tú eres mío –dijo, acomodándose sobre Ron, apoyando los brazos sobre la cama, a ambos lados del pelirrojo-. Ahora es mí turno de llevarte al cielo.
Hermione jamás se había comportado de esa manera con un hombre. En sus encuentros anteriores, apenas había deseo y lo hacía simplemente porque le apetecía y, por supuesto, jamás se había rendido al deseo de intimar con un hombre.
Hasta ahora.
El chico que estaba recostado en la cama en ese preciso instante se merecía todo su deseo, toda su pasión y, como lo descubriría después, todo su amor. Quería morir en sus brazos para luego renacer al primer rayo de luz, en los mismos brazos que la verían morir. Hermione se irguió, apoyando sus manos en el pecho de Ron y comenzó a moverse lentamente, oscilando sus caderas de adelante hacia atrás, como un péndulo, en cámara lenta, sensual, provocativa.
La luz de la luna se colaba por las ventanas a destajo, iluminando la silueta de Hermione, haciéndola ver divina. Ron la contemplaba desde la cama: todo en ella irradiaba belleza, desde su cabello castaño bordeado en plata hasta su hermosa anatomía recortarse contra la cara pálida de la luna, pasando por sus ojos miel que lo miraban con una expresión nueva para él: era una mixtura de deseo, sensualidad, pasión, provocación, cariño y ternura. Ron se asombró que aquellos ojos pudieran transmitir tantas emociones, y todas a la vez. Él estaba extasiado: apenas podía creer que una mujer podía encerrar tantos sentimientos, tanta pasión, tanto deseo, y demostrarlo de forma tan sutil. Hermione ahora gemía dulcemente, no con la vehemencia de antes. Deseaba que Ron fuera el que exclamara de placer ahora. Y lo estaba consiguiendo.
Era imposible resistirse ante lo que Hermione le estaba ofreciendo. La podía ver más hermosa que nunca, sus cabellos flotando mágicamente, el aroma que provenía de éste lo envolvía en un sopor seductor, las luces de las velas teñían su piel de un atractivo color dorado y su silueta era plateada a causa de la luz de la luna que bañaba la espalda de la castaña. Sus gemidos lo estaban desarmando lentamente, subyugándolo en un mar de deseo, en un océano de emociones, en un universo de pasiones, cuerpos dorados y aromas provocativos. El pelirrojo descubrió, sólo en ese momento, lo que significaba hacer el amor; había oído historias de colegas y amigos (las mujeres que conocía evadían misteriosamente el tema y jamás supo por qué) que contaban a otros lo que habían hecho la noche anterior con una chica equis. Pero aquellos cuentos no eran capaces de describir la sensación, volcánica y dulce a la vez, cuando un hombre se encuentra con una mujer, piel con piel, cómo los gemidos de una mujer podían desarmarlo y hacerlo rendirse ante ella, como la sutileza de una caricia, la suavidad de un beso, la calidez de un abrazo al amparo de la tenue luz de las velas y del olor de las rosas, podían excitar a una mujer y llevarla hasta más allá de las estrellas. Aquellas eran sensaciones del momento y se evaporaban en cuanto la pasión se convertía, o en abandono, o en amor.
Lo que Ron estaba experimentando iba más allá de la simple excitación sexual. Mientras tanto, lo que estaba experimentando Hermione iba más allá de lo terrenal. Para el pelirrojo, ninguna mujer en su vida le hacía lo que le estaba haciendo la castaña; darle un placer inimaginable mientras danzaba encima de él, gimiendo tan dulcemente que, aun con los ojos cerrados, podía ver cómo Hermione parecía ondular sus caderas delante de él. Era como estar soñando y viviendo la realidad a la vez.
Hermione estaba viviendo en otra dimensión, un lugar donde los hombres eran sensibles, atentos, seductores y apasionados. Era verdad, ella era la que estaba brindando placer a su hombre, pero él la tocaba de una forma en que jamás había sido tocada en su existencia. Ron sólo usaba las yemas de sus dedos para acariciar la piel de la castaña, pero aquello hacía dar unos cosquilleos que Hermione jamás había sentido. Debía ser porque los hombres con los que había compartido lecho en el pasado no eran tan sutiles. Aquellos casi ya no existían en su memoria. Sus manos hábiles rozaban el cuello de ella, descendiendo tan lentamente que ella todavía creía que estaban en el mismo lugar, pero que en ese mismo momento recorrían la curvatura de sus pechos, lo que hizo que Hermione volviera a estremecerse, de las tantas veces que lo había hecho esa noche, pero que no por eso iba a dejar de sorprenderse.
Ahora, las manos de Ron tomaban las caderas de Hermione, siguiendo el movimiento de éstas, como si fuera él la que la estuviera guiando en su danza sensual, pero a Hermione no pareció molestarle. Tomó las manos de Ron, sin que dejaran de tocar su piel y entrelazó sus dedos con los de él. Ahora ambos estaban bailando la misma música, al mismo ritmo y haciendo los mismos pasos. Y las horas seguían transcurriendo.
Para las cuatro de la mañana, Ron yacía nuevamente encima de Hermione, moviéndose lentamente, como siempre, pero con más vehemencia que antes. Ella tomaba la espalda de él con fuerza, haciendo que se aferrara más a ella. Sus pechos se rozaron, se juntaron y ahora, ambos podían sentir los latidos de sus corazones, podían sentir la desesperación de éstos por estar juntos. Ambos también deseaban fundirse para ser uno, se acercaban cada vez más. Ahora Ron ya no sostenía su cuerpo con sus brazos, sino que se derrumbó sobre el cuerpo de Hermione abrazándolo con fuerza, jadeando en su oído, cosa que excitaba a la castaña y hacía que apretara con más fuerza la espalda de Ron. Al mismo tiempo, Hermione gemía cada vez más fuerte, excitando más al pelirrojo y abrazando con más fuerza a la castaña. La naturaleza estaba conspirando para que ambos se unieran en un solo ser, la atmósfera estaba cargada con el intenso deseo de ambas personas, con el olor de los pétalos de rosas y con el baño dorado de la luz de las velas. Era un ambiente prohibido, pero a la vez, atrayente y seductor, como si estuvieran haciendo el amor en la casa de un arcano o en la carpa de un adivino. Había algo místico en el ambiente que los empujaba cada vez con más fuerza hacia el orgasmo, algo que ambos desconocían, uno por falta de sexo, y la otra por la torpeza de otros hombres.
Ambos iban en camino a la Dimensión Desconocida.
Eran las cinco y media de la mañana. Los jadeos y gemidos eran más fuertes y podían ser audibles incluso en el departamento del frente, pero a Ron y Hermione les importaba un comino el resto de las personas. Era más, ellos no tenían idea que existía más gente en el mundo. Ambos estaban excitados y emocionados con la idea de "nosotros contra el mundo", lo que los hacía moverse con más intensidad. Ambos cuerpos estaban tensos, el sudor corría a raudales y, aun así, Ron y Hermione continuaban amándose como si nada ocurriera alrededor de ellos. Podría haber un ataque terrorista en el edificio del frente y no se hubieran dado cuenta. Ni siquiera hubieran pestañado si un meteorito se estrellara justo frente a ellos. Estaban extraviados en un incendio, perdidos en las llamas del deseo, consumiéndose en pasión, ajenos a todo y a todos. Ella ya no era una gerente ni él un metalero. Estaban comenzando a confundirse el uno con la otra, un observador externo no sabría decir quién era Ron ni quién era Hermione.
Las seis de la mañana. El cielo estaba comenzando a aclararse, pero Ron y Hermione no daban signos de detenerse. Hermione estaba encima del pelirrojo nuevamente, pero esta vez no estaba erguida como la primera vez. Movía sus caderas como antes, pero tenía el cuerpo inclinado, ambos brazos apoyados sobre las sábanas, su cabello se derramaba sobre la cabeza de Ron y ella lo miraba directamente a los ojos, gimiendo más fuerte. Él podía oler en toda su intensidad el aroma que manaba del cabello de Hermione, el cual rozaba sus mejillas, haciéndole cosquillas.
Ahora ella no gemía. Aquello parecía indicar otra cosa, pero Hermione seguía dando muestras de placer. Sus jadeos eran incluso más sensuales y excitantes que sus gemidos, su cuerpo temblaba por completo, la piel de la castaña adquirió un brillo ambarino cuando las gotas de su sudor reflejaron la luz de la velas. Ron no podía describir a la persona en la que se había transformado Hermione: era más que una mujer, pero menos que una diosa, era divina y, al mismo tiempo, humana.
-¿Te gusta? –ronroneó Hermione.
Ron deslizó sus manos desde la cintura hasta los pechos de ella. Sin embargo, él quería sentir algo más, algo mucho más valioso para él. Extendió la palma de su mano derecha para sentir con mayor claridad los latidos del corazón de ella.
-Late por ti –dijo ella, acercando su rostro al de Ron-. Y eso significa una sola cosa. No puede ser más claro.
Ron lo intuía, pero quería esperar al desenlace de aquel encuentro. Se limitó a sonreír, devolviendo sus manos a la cintura de la castaña. Hermione sabía que Ron sabía, pero intuyó que debía esperar hasta después del final, si es que había un final para esto, pues parecían estar así, juntos, haciendo el amor eternamente.
El primer rayo de sol se coló por la ventana, y Hermione se sentía como un globo que estuviera a punto de reventar. Era mucho placer acumulado, su cuerpo temblaba más que antes, no podía desahogarse a base de jadeos. Ron también temblaba: estaba sintiendo escalofríos, sudaba profusamente y comenzó a gemir también. Hermione sentía que su vista se iba difuminando, abría la boca lentamente; era como si estuviera teniendo un paro cardíaco. Casi no podía sentir su cuerpo, como si estuviera muriendo… pero nadie moría cuando hacía el amor, era imposible que su cuerpo estuviera dejando de funcionar… si podía ver cómo temblaba cada vez más, podía oírse a sí misma gemir más fuerte, pero no se sentía como si lo estuviera haciendo. Se sentía curiosamente alejada de su cuerpo, pero podía sentir el inmenso placer que pugnaba por escapar del cuerpo que había dejado atrás.
Sin embargo, había algo más.
Sentía un corazón latir dentro de ella, pero no le pertenecía a ella: era el corazón de otra persona, de un hombre. ¿Qué hacía en su interior? ¿Será un sueño? No, no podía ser un sueño. Porque ese corazón latía impetuosamente dentro de ella, podía sentirlo fuerte y claro, y estaba justo donde su propio corazón latía con la misma desesperación.
Y supo que ella había ganado la batalla contra los dioses.
Ella y él eran uno solo.
Indisolubles.
Inseparables.
Un grito agudo llenó la habitación. Hermione ya no había podido soportar más el incendio dentro de sus entrañas. Ron resoplaba con violencia, apretando con fuerza la cintura de la castaña y ella gritaba, cada vez con menos fuerzas, pero el eco de aquel volcánico placer todavía la hacía estremecerse. Se dejó caer sobre la cama, pero, en lugar de aquello, cayó en los brazos de Ron, quien todavía respiraba agitadamente, mirándola a esos ojos de color miel que tanto lo cautivaban y ella mirando a los ojos azules que tanto la enajenaban.
Ron acarició el cabello de Hermione y ella hizo lo mismo con su rostro, mirándose como si se hubieran amado toda la vida. Parecía increíble que ella hubiera conocido a ese chico pelirrojo sólo ayer, que le pareciera petulante y engreído. Quería estar para siempre con él, en su cama, pero sabía que eso no era posible. Tenía que haber una forma de asegurarse de volverlo a ver, porque deseaba tener una nueva cita con él, para conocer más de ese hombre y, si era posible, saber, de una vez por todas, su nombre.
-Eres maravillosa Hermione.
Ella se limitó a mirarlo por unos instantes. Era el momento de confesar lo que realmente sentía por él.
