Capítulo VIII: El amor
-Te amo
Aquella simple frase hizo que Ron cambiara la expresión de su rostro por completo. Pasó de tener una leve sonrisa a una cara de profundo desconcierto y confusión. Seguramente aquello no podía ser cierto. Todo en el comportamiento de Hermione apuntaba a que ella sólo deseaba una noche de diversión. Fue muy apasionada, fogosa y sensual, signos concluyentes de que ella sólo quería pasarla bien, pero nada más. Aquellas dos palabras no se las esperó ni en un millón de años.
-No me crees –dijo ella, sonriendo levemente, ya no con coquetería, sino con amabilidad, con ternura-. ¿No sentiste que algo latía dentro de ti, algo que no era tu propio corazón? ¿No sentiste que escapabas de tu cuerpo, no podías verlo como si estuvieras fuera de él?
Ron puso una cara de extrañado, como si supiera que había sentido aquellas cosas pero que no las recordaba o no era capaz de creerlas.
-Pensé que eran alucinaciones derivadas del orgasmo.
Hermione sonrió y tiró una carcajada breve.
-Haz a un lado al científico y da paso al amante. Todo lo que necesitas saber, es que te amo, que no te voy a abandonar y que estaremos juntos, pase lo que pase.
Ron abrió la boca para luego hablar con cierto recelo.
-¿No me abandonarás?
-No lo haré.
El pelirrojo pasó de estar desconcertado a experimentar la mayor alegría de su vida. La abrazó fuertemente antes de besarla dulcemente.
-Es la primera vez que siento esto –confesó Hermione, levantándose y mirando seductoramente a Ron-. Perder el control, enloquecer de pasión, de amor… jamás nadie me ha hecho sentir de esta manera.
Ron sonrió.
-Yo jamás he hecho el amor en mi vida. Gracias a ti, sé lo que es… gracias a ti, sé qué es el amor. –Ron hizo una pausa mientras se vestía-. Gracias Hermione, por darme la oportunidad de amar y de estar contigo.
-No… gracias a ti por hacerme ver que hay cosas que no puedo controlar… y que puedo aceptar vivir con eso. Me enseñaste a entregarme cuando no puedo pensar. Esta noche, me entregué a ti, y fui capaz de dar rienda suelta a una parte de mí que no conocía… y ahora que la conozco… descubrí que me gusta.
Hermione ya estaba vestida e iba camino a la puerta cuando se volvió a Ron, quien también ya tenía sus atavíos puestos y caminaba tranquilamente hacia ella.
-Además, me prometiste que amanecería en tus brazos… y así fue… en tus cálidos brazos. –Hermione esperó en la puerta a que Ron se acercara a ella y la abrazara. Y, en efecto, así ocurrió.
-¿Te voy a dejar a tu casa?
Otra sorpresa más. No conocía a nadie que, después de una noche de pasión, se ofreciera a acompañarla a su casa. Ron, como en muchos otros aspectos, era el primero.
-Es extraño, pero ya no me duele nada –dijo Hermione, envolviendo la cintura de Ron con un brazo-. El sexo es el mejor masaje, ¿no crees?
Ron sonrió de forma petulante.
-Espera unas cuantas horas y te arrepentirás de tus palabras.
-¿Es eso una amenaza?
Ron volvió a sonreír.
-No… sólo una advertencia.
Habían pasado dos meses desde que Ron y Hermione se conocieron y ahora llevaban varias citas a cuestas donde, en lugar de obtener endorfinas, se dedicaron a conocer más y, recién en la tercera cita, Hermione supo que el pelirrojo se llamaba Ronald, apodado Ron. Sin embargo, en la novena cita, Hermione comenzó a sentirse mal. Tenía mareos, dolores inexplicables, una fatiga que no sabía de dónde venía y repentinos ataques de ira y llanto. Ron jamás había visto a su novia comportarse así y tener esos síntomas. Ambos fueron a San Mungo para ver qué podían hacer con la extraña enfermedad que tenía Hermione, pero ningún sanador supo dar una explicación satisfactoria. Lo más cercano a un diagnóstico era que Hermione tenía una rara peste transmitida por escrégutos de cola explosiva, pero ella se había asegurado de no acercarse a uno en un radio de un kilómetro si era posible.
Al final, Hermione decidió ir donde un médico muggle para ver si podía hacerle un diagnóstico decente. Ron tocó una puerta con una placa metálica que decía "Dra. Cho Chang, Medicina de Diagnóstico" (aquí se nota un guiño a House M.D.) Hermione sonrió, divertida, al ver una bruja trabajar entre los muggles, pero era la mejor opción que tenía. ¿Qué pasaba si tenía cáncer? ¿Y si ya había hecho metástasis en algún órgano vital y no hubiera nada que hacer?
La puerta se abrió sin crujidos y una mujer joven, hermosa, no mayor que Hermione y de brillante cabello negro les dio la pasada. Tenía un rostro amable, notorios rasgos orientales y se notaba inteligente. Ron y Hermione pasaron y ambos se sentaron frente al escritorio de ella y esperaron a que Cho se sentara. La oriental puso sus brazos sobre la mesa lustrosa y escuchó pacientemente los síntomas que Hermione enumeraba con precisión.
-Ya veo –dijo Cho, poniéndose de pie nuevamente-. Recuéstese sobre la camilla señorita Granger.
Hermione obedeció. Le tomó cierto tiempo acomodarse en la camilla. Cho no hizo ninguna prueba rara, sino que palpó y hundió dos dedos en lugares clave. Sacó su estetoscopio y lo pasó por el vientre de la castaña, por su espalda y por su pecho y volvió a su abdomen. Se detuvo, extrañada. Volvió a realizar el examen y pidió a Hermione que se pusiera de pie.
-¿Qué tiene? –inquirió Ron de manera brusca.
Cho puso una cara incierta.
-No soy el profesional que buscan para esta clase de cosas –dijo, manteniendo la neutralidad en su voz.
Ron se asustó mucho. Hermione iba a abrir la boca, pero la oriental la detuvo.
-La enfermedad que tiene usted la causa, o la irresponsabilidad o el amor verdadero.
Ron y Hermione se miraron, sin entender. ¿Qué clase de enfermedad podía tener causas tan inverosímiles? Iban a hablar pero Cho, una vez más los detuvo. Esta vez, tenía una sonrisa en su cara.
-Usted está embarazada, señorita Granger. Necesita un ginecólogo, no un médico de diagnóstico.
Hermione se llevó las manos a la cara, sorprendida y asustada a partes iguales. Hubiera preferido que le dijera que tenía hepatitis C antes que esa noticia. No se trataba por el hecho mismo de estar embarazada. Temía la reacción de Ron, temía que la abandonara para no tener que hacerse cargo del hijo. Cho los acompañó amablemente a la salida, recomendándole a un amigo suyo que era ginecólogo, asegurándole que hablaría con él para que la atendiera. Hermione asintió de manera ausente, mirando de soslayo a Ron, quien tenía una cara neutra, como si no quisiera expresar su indignación delante de la doctora.
-¿Qué haremos Ron? –quiso saber Hermione, con voz tímida y trémula-. ¿Crees que debería abortar? ¡No estoy lista para ser madre! ¡No me siento preparada para serlo!
Ron no dijo nada. Estaba demasiado conmocionado para hablar.
-Entenderé si no quieres hacerte responsable de mi hijo. De todas maneras, pienso abortar. No soy capaz de criar un hijo.
Ron seguía sin decir nada. Luego de unos minutos, dijo dos palabras.
-Lo pensaré.
Y se fue del lugar, dejando a Hermione sola con sus elucubraciones y sus tormentosos pensamientos. ¿Abortar o no abortar? No podía hacerse cargo de una vida humana que ni siquiera había terminado de ser arrojada al mundo, pero tampoco podía matar a un feto, pues ella sabía que estaba vivo. Sería una asesina, y aquello tampoco lo podría soportar. Lo mejor era tratar de pensar en frío la situación, aunque fuera casi imposible hacerlo debido a lo que tenía en su vientre, creciendo, viviendo.
Por favor Ron… ayúdame.
Ron estaba sentado en una silla solitaria en la cocina de su departamento. La tarde estaba avanzando lentamente, las manecillas del reloj de pared parecían burlarse de él. Era su culpa, toda suya. ¿Por qué había tenido que ser tan impulsivo? ¿Tanto costaba haber llevado un mísero preservativo? Estaba tan cegado por la perspectiva que lo que estaba haciendo con Hermione estaba funcionando y que les conduciría, inevitablemente, a una noche de pasión. ¿Por qué había sido tan tonto, tan irreflexivo? Sabía cuales iban a ser las consecuencias y no tomó ninguna precaución. Ahora su novia estaba embarazada y, seguramente, ella estará pensando en que él la iba a abandonar para no cargar con tamaña responsabilidad. Y razón no le faltaba.
Ron estaba recién acostumbrándose a sobrellevar una relación estable y ya tenía que enfrentar una situación horriblemente complicada. Si Hermione no estaba preparada para ser madre, él menos. Tendría que hacerse cargo de una vida humana desvalida, inocente e incapaz de cuidarse a sí mismo. Tener un hijo era una responsabilidad enorme, una que jamás se atrevió a imaginar que tendría que acometer. ¿Era esto el fin? ¿Debería poner fin a la relación que tenía con Hermione por culpa de un ser que todavía no volaba a la vida? ¿Estaría ella realmente decidida a interrumpir su embarazo, matar a un ser humano que estaba en pleno desarrollo? De repente y sin esperarlo, se hallaba dividido. ¿Qué hacer? ¿Abandonar a Hermione y que ella decidiera lo que quisiera con el ser que llevaba en sus entrañas, o apoyarla para que no cometiera un error del que podría arrepentirse de por vida? Por una parte, no estaba preparado para ser padre pero, por otro lado, no podía permitir que su novia se convirtiera en una asesina por culpa suya.
¿Qué hacer?
Recordó todo lo que había ocurrido desde que vio por primera vez a Hermione hasta que ella cayó en sus brazos después de hacer el amor. Evocaba cómo se divertía a costa de ella, cómo ella no podía hacer nada más que reírse a pesar de lo engreído y petulante de su comportamiento. Podía ver claramente cómo transitaban de los juegos a las conversaciones más personales, cómo ella se daba cuenta que él la entendía, cómo podía anticiparse a sus emociones, verlas tan claramente en el cuerpo y el rostro de ella, como Hermione respondía a sus gestos de comprensión y cómo pudo saber que ella se sentía profundamente atraída por él. Recordaba cómo vio que ella deseaba que la besara y que no la viera medio mundo, cómo creó la intimidad necesaria para enamorar a Hermione. Podía vislumbrar dentro de su mente cómo se maravillaba con cosas desconocidas para ella, cómo un simple masaje pudo terminar en una interminable noche de pasión, en cuya culminación, a la primera luz de la mañana, ambos, Ron y Hermione, conformaran una sola conciencia, cómo los latidos de sus corazones iban al mismo ritmo, impetuosos y apasionados.
Era una cadena.
Era una cadena de acontecimientos, un hecho tras otro y, de algún modo, supo que no pudo haber sido de otra forma, como que si faltara una parte o si reordenara los hechos, semejante resultado no pudo haber ocurrido jamás. Era otra la voluntad que lo unió a Hermione, una voluntad que gobernaba la suya, un lenguaje misterioso que no podía hablarse, sino que se podía sentir, un idioma que él, de forma intempestiva, aprendió a hablar desde que vio a Hermione por primera vez caminar frente al local de comida rápida que tanto frecuentaba.
Era como si sus corazones se comunicaran más que sus mentes.
Ambos corazones latían con violencia cuando estaban cerca, pudo notarlo cuando él y Hermione estaban a un paso del éxtasis, pudo sentirlo durante éste, cuando se sintió morir y escapar de su cuerpo terrenal.
Ahora, sólo en ese momento, Ron pudo comprender que cada latido de su corazón cuando estaba cerca de ella, cada cambio de ritmo, comunicaba lo mucho que estaba comenzando a amar a Hermione… y el corazón de ella lo sabía… y respondió de igual manera. Él había aprendido que todos aquellos fenómenos del amor y la pasión, en general, todo aquello que las chicas atribuían al "corazón", se generaban realmente en una zona del sistema límbico del cerebro llamado hipotálamo, pero poco importaban los conocimientos científicos en ese momento.
Para empezar, el encuentro tenía que ocurrir para que pudiera conocer a Hermione. En segundo lugar, tenía que generar familiaridad con ella; no podía ser empático desde el principio porque ello generaría lo contrario. Tenía que ocurrir por definición; ella tenía que sentir que lo conocía para poder tener conversaciones más personales, puesto que no podía abrir su corazón a un desconocido. Tampoco podría tener más intimidad emocional con alguien que fuera poco atento con ella, que no prestara atención a sus problemas, a sus miedos, alegrías, deseos y metas. Y, desde luego, Hermione no podría hacer el amor con alguien con quien no haya tenido una intimidad emocional profunda. Estaba todo relacionado. Por separado, aquellas cosas no significaban nada, pero juntas, y en el orden adecuado, generaban una conexión más allá de lo tangible, una unión indisoluble e inquebrantable… ni siquiera un hijo podría separarlos. Era más… un hijo debería unirlos más aún, puesto que se trataba de una prueba tangible de algo que los sobrepasaba.
Y, en medio de su desesperación, Ron comprendió que todo desembocaba en una sola cosa, todo lo que había vivido con Hermione, todas aquellas experiencias, tenían algo en común.
Amor.
Era el idioma en el que se comunicaba familiaridad, cariño, preocupación, afecto, deseo y pasión por otra persona, sin necesidad de las palabras.
Era el lenguaje del corazón.
Ron se puso de pie de golpe. Él amaba a Hermione. Lo había dudado por semanas, pero ahora estaba claro. Prístino como el reflejo de sí mismo en un espejo. Era innegable el sentimiento.
La amaba.
Y por eso, no podía abandonarla ni podía permitir que terminara su embarazo antes de tiempo, convirtiéndola en una asesina. Iba a estar con ella hasta el final, tener el hijo y ser padres. Era cierto, no estaban preparados para serlo pero, ¿quién en todo el mundo lo estaba?, y, sin embargo, millones de hombres y mujeres se alegraban cada vez que ven a un niño nacer. Entonces, ¿por qué ambos no? ¿A qué se debía tanta tristeza? La respuesta era simple. Ron, hasta ese momento, no tenía claro sus sentimientos hacia Hermione, y ella lo sabía, por lo que no tenía la certeza de si la iba a apoyar o la iba a abandonar. Ahora, las cosas eran diferentes. Ron la amaba. Hermione se daría cuenta y ya no estaría sola. Enfrentarían juntos el hecho que iban a ser padres sin planearlo. Para mucha gente, una sola persona no hacía la diferencia pero Ron, de pie, con los puños crispados, lágrimas en los ojos y una sonrisa radiante en su cara, supo que una sola persona, con el amor como aliado, podía hacer toda la diferencia del mundo.
Hermione había estado llorando, tumbada en su cama, tocándose a ratos su vientre, como queriendo cerciorarse que la criatura en su interior todavía siguiera con vida. Era cierto, quería abortar para no tener que cargar con tamaña responsabilidad, pero también era cierto que nadie vería con buenos ojos aquella acción; era un atentado contra la vida, prácticamente un asesinato. Ya no se trataba de aquella batalla moral que trataba de decidir cuándo un ser humano podía considerarse vivo desde que una pareja hacía el amor. Ya tenía tres meses de formación… era un ser vivo, su corazón latía, su cerebro enviaba impulsos electroquímicos al resto de su diminuto cuerpo.
Si abortaba, iba a cometer un homicidio.
Si no lo hacía, seguramente iba a cometer un error e iría a perder a su hijo de todas formas.
No había una tercera opción.
Sin embargo… si interrumpía su embarazo… de acuerdo, cometería un crimen pero no sería arrestada, llevada a juicio y, posiblemente, condenada. El tema era, por fortuna, una discusión moral, no un debate legal. Sería duramente criticada, desacreditada por los demás pero, al menos, se aseguraría de no volver de cometer el mismo error otra vez.
Había tomado una decisión.
Hermione se puso de pie, salió de su habitación e iba a tomar el pomo de la puerta para dirigirse a un lugar donde pudiera abortar de forma segura y legal… justo en el momento en que escuchó un sonido seco en la madera de ésta. Alguien estaba al otro lado, esperando.
La castaña abrió la puerta, sólo para encontrarse con la persona en la que más había pensado en toda la tarde. Sus ojos azules brillaban y tenía su mejilla húmeda. Era obvio que había estado llorando, pero su expresión no podía ser más radiante. Eso sólo podía significar una cosa.
-Hola –saludó Ron-. ¿Puedo pasar?
Hermione, demasiado aturdida por la repentina y casi profética llegada de Ron, le cedió el paso y lo invitó a que se sentara. Ella hizo lo mismo.
-¿Qué deseas? –quiso saber Hermione.
Ron fue directo al grano.
-Hermione, he estado reflexionando, y me di cuenta que no puedo dejarte sola. No puedo permitir que te conviertas en una asesina ni tampoco puedo permitir que enfrentes esto por tu cuenta. –Ron hizo una pausa para reunir el valor necesario para decir las palabras que vendrían a continuación-. Yo voy a estar contigo, voy a apoyarte con esto, vamos a enfrentar esto juntos, vamos a ser padres y vamos a cuidar a nuestro hijo con amor y con cariño.
Hermione vaciló un poco. Todavía tenía sus reparos.
-Pero, sencillamente, no estoy preparada para…
-¿Y quién lo está Hermione? –interrumpió Ron, dejando blanca a la castaña-. Nadie está preparado para ser padre Hermione, nadie. Acabo de darme cuenta de eso. Ser padres es el próximo paso de la aventura en la que se ha convertido nuestra relación… y vamos a enfrentarla juntos. ¿No te sientes preparada para ser madre? Piensa en el ser que llevas en tu interior. Piensa que está destinado a grandes cosas, a ser una gran persona, una persona de la que puedas estar orgullosa. Piensa en lo grandioso que puede llegar a ser tu hijo si te atreves a tenerlo, a amarlo y a cuidarlo como tus padres te criaron a ti. Piensa en que podrás ver el reflejo de lo que eres en él… o en ella. ¿No crees que aquello podría motivarte lo suficiente para tener un hijo?
Hermione todavía tenía un resquicio de duda, aunque éstas comenzaran a derretirse lentamente, como el hielo del invierno cuando llega la primavera.
-Y si eso no es suficiente –continuó Ron-, también me di cuenta de lo que realmente siento por ti, de lo que sentí cuando caíste en mis brazos al primer rayo de luz.
Hermione alzó la vista hacia los ojos del pelirrojo. Su rostro expresaba anticipación. ¿Sería lo que realmente ella estaba esperando por semanas y semanas?
-Lo que siento por ti es lo que me motiva a apoyarte, a ayudarte y a estar junto a ti cuando tu hijo nazca para que lo criemos juntos. –Ron hizo una nueva pausa, pues las dos palabras que podrían definir el curso de la relación eran las más difíciles que jamás había tenido que pronunciar-. Estoy aquí porque… porque… porque te amo.
Hermione sintió que su corazón fallaba por segundos, sintió que sonreía sin que ella le hubiera ordenado a su boca hacerlo, su cuerpo temblaba casi cuando estuviera a punto de tener un orgasmo. Lo había hecho. Ron había dicho las dos palabras que ella esperaba escuchar desde hace mucho. Entendía que un hombre tuviera reparos para aceptar aquellos sentimientos: después de todo, el hombre no era naturalmente sentimental. El tiempo que se demoró en aceptarlo no hacía más que realzar su convicción en que era cierto, que aquel sentimiento era genuino. Sin embargo, la acción refleja era siempre la misma.
-¿Lo dices en serio?
Ron sonrió.
-Con todo mi corazón.
La exclamación que profirió Hermione ante estas palabras de confirmación llenó la casa. Se puso de pie y abrazó a Ron fuertemente, como si ambos estuvieran al borde de un precipicio y ella temiera caerse por éste. Ambos se miraban a los ojos, los cuales estaban llenos de emociones demasiado mezcladas como para identificarlas. Sin embargo, una de ellas hizo que el resto quedara olvidado. Besándose lentamente, ambos cayeron sobre el sillón y, allí mismo, bañados por la luz del sol de la tarde que se colaba a destajo por la amplia ventana de la sala de estar, hicieron el amor una vez más.
Pero esta vez, Ron no cometería el mismo error.
Seis meses después, Hermione yacía en una camilla de la sala de partos de San Mungo, acompañada de Ron y de unos cuantos sanadores, todos vestidos con túnicas color verde lima. Hace varios días que la castaña estaba sintiendo contracciones cada vez más fuerte y dolorosas pero, pese a todo, decidió realizar el parto de forma natural, sin mitigadores de dolor.
-Es parte del sacrificio por dar vida –dijo Hermione cuando le preguntaron si deseaba medicaciones para la complicada labor que tenía por delante.
-¡Esa es mi chica! –exclamó Ron, mirando con admiración a su novia.
En los seis meses que siguieron a la emotiva reconciliación de Ron y Hermione, ambos se apoyaron mutuamente en tiempos de dificultad, iban juntos al ginecólogo, discutían posibles nombres para el niño o la niña que Hermione llevaba en su interior, hasta que al cuarto mes, ambos supieron que iba a ser una niña. Desde ese entonces, se decidió el nombre de la niña. También surgió el tema de un posible casamiento entre los dos pero, después de varias conversaciones, decidieron esperar hasta que la relación madurara más. Y sí, hubo bastantes discusiones, peleas, gritos y llantos, pero al final, siempre se reconciliaban y, en muchas ocasiones, terminaban en el dormitorio y no salían de allí hasta la mañana del día siguiente.
Sus amigos y colegas apenas podían dar crédito al drástico cambio que había sufrido Ron. Pese a que seguía escuchando heavy metal, ya no se vestía como un metalero; usaba ropas más convencionales, acordes a la nueva vida que tenía y, a menudo, lo podían ver, ya no en prostíbulos, sino en clubes de salsa, realizando pasos candentes y sensuales junto con Hermione, o caminando de la mano por la plaza donde se vieron por primera vez. Y, como la castaña lo había prometido, ella les presentó a sus amigas a los colegas de Ron, pero no hizo nada más y, desde luego, dijo que lo había hecho a causa de una repentina e inexplicable oleada de altruismo que acudió a ella la noche anterior. La verdad, era que Ron, después de una ardiente velada en compañía de Hermione, le recordó aquella promesa.
Otro hecho interesante, era que, antes de conocer a Ron, Hermione usaba ropa interior bastante conservadora, sensual, pero conservadora. Después de eso, comenzó a ponerse más atrevida en ese aspecto; con un hombre como el que tenía a su lado podía permitirse aquellos caprichos, pues sabía que él era un tipo difícil de complacer, en todo sentido; representaba tal reto que ella se sentía en la necesidad de estar a la altura. Y no sólo con la ropa que usaba debajo de la que mostraba normalmente, sino que con todo comportamiento en general. Hermione siempre hallaba dificultades para complacer a Ron, sobre todo, para llevárselo a la cama, pues le encantaba hacer el amor con él. Sin embargo, esto no era para nada un problema en la relación; de hecho, era una de las cosas que más la enriquecían, puesto que siempre buscaba cosas nuevas para introducir a sus vidas, para inyectar más pasión y felicidad a lo que ya tenían. Esto era gran responsable de las peleas y llantos, porque algunas cosas implicaban realizar actividades que, o a Hermione o a Ron no podrían gustarle. Pero después, siempre se daban cuenta que estaban gritándose por estupideces y volvían a ser la pareja feliz de siempre. Ron tuvo que comprar audífonos para poder escuchar su música sin molestar a su novia y ella tuvo que comprar medicinas (por primera vez en su vida) para incomodar menos a su novio.
Volviendo al presente, Hermione estaba sufriendo contracciones cada vez más fuertes y dolorosas. Ron tomaba su mano izquierda con fuerza, alentando a su novia a que siguiera adelante. Su frente brillaba a causa del sudor y sus ojos se veían vidriosos. Y, de improviso, comenzó a gritar. Todos los presentes creyeron que se trataba de una reacción normal al dolor… pero los gritos de la castaña eran anormales, muy anormales.
-¿Siente más dolor que el de costumbre? –quiso saber uno de los sanadores, quien agitaba su varita en busca de algún problema dentro del cuerpo de Hermione-. Bueno, es comprensible, porque se rehusó a usar medicamentos contra el dolor. Pero no puedo localizar el problema…
-¡Apártate de ahí, inepto! –exclamó un voz conocida para Ron. Su cara estaba cubierta por una mascarilla de papel, pero su cabello negro, largo y brillante le dio una buena pista de quién era. Tomó unos guantes, y comenzó a hundir el dedo índice en el abdomen abultado de Hermione. Diez segundos hizo esto.
-¿Acaso son idiotas? ¿Qué no se dan cuenta que ella está teniendo hemorragias internas? –Un segundo después, dijo-. ¡Denle un maldito coagulante, qué esperan!
La sanadora desconocida siguió examinando a Hermione, mientras ella seguía exclamando de dolor y los sanadores le administraban un líquido color verde lima en la boca de la castaña. Minutos después, el dolor seguía in crescendo.
-No es suficiente el coagulante –dijo la sanadora-. Debe tener un sangrado generalizado en la zona del abdomen. Debe estar perdiendo sangre como los mil demonios-. Dicho esto, ella levantó la sábana que cubría la entrepierna de Hermione y, el horror llenó las caras de los presentes cuando un hilo de sangre salía desde el interior de Hermione, dejando una mancha muy grande en la camilla. La castaña estaba poniéndose pálida muy rápidamente. La sanadora en jefe tomó las muñecas de la enferma y las presionó firmemente un rato.
-La presión sanguínea está desplomándose, se nos está yendo…
Los sanadores no sabían qué hacer en un escenario tan complejo: lucían como perros atrapados en una celda, yendo de un lado a otro, sin hacer nada más que caminar. La sanadora en jefe sacó un estetoscopio de debajo de su túnica y lo puso en el pecho de Hermione. La mirada que se podía vislumbrar en ella no auguraba nada bueno.
-¡Qué hacen, estúpidos malnacidos! ¡Ella está entrando en fibrilación ventricular y lo único que saben hacer es caminar por ahí! ¡Saquen sus condenadas varitas!
-Pero… no hay caso si está perdiendo sangre. Ella va a morir y no hay nada que podamos hacer. Hay que practicarle una cesárea para, al menos, salvar al bebé.
-Pero…
-No hay tiempo. Olvídate de la mujer. Ya está muerta.
Ron podía sentir la vida abandonando el cuerpo de Hermione. Su mano estaba aflojándose lentamente. No podía creer lo que estaba ocurriendo a su alrededor. La mujer con la que había compartido tantos momentos tristes y felices, con la que iba a vivir por el resto de su vida, iba a abandonarlo antes de tiempo. Se imaginaba una cosa completamente distinta cuando estaba a punto de entrar a la sala de partos de San Mungo; un evento normal, un ambiente de alegría por el nuevo ser que se abría paso hacia el mundo.
Eso no iba a ocurrir.
Se preguntó si los dioses estaban haciendo todo lo posible por separarlos, tal como en el cuento que había leído Hermione antes de conocerlo a él. ¿Se habrán enojado por haber conformado una sola alma en el momento en que hicieron el amor por primera vez? En el cuento, ambos seres debían luchar contra todos los males de mundo para poder estar juntos. ¿Serán los dioses quienes no querían que se unieran?
No iba a permitirlo. No iba a tolerar que lo alejaran de Hermione y del ser que alojaba en su interior. Iba a luchar hasta el final.
Dejó de tomar la mano de Hermione y acudió donde la sanadora estaba tratando de reanimar su corazón.
-Estoy ocupada.
Ron no dio muestras de alejarse.
-Dele mi sangre. Haz que mi sangre fluya por su cuerpo.
Uno de los sanadores se detuvo, asombrado por la declaración de Ron.
-No seas tonto. No puedes dar sangre así como así. Para empezar, tienen que tener grupos sanguíneos compatibles, después tienen que hacerle análisis por si hay agentes contaminantes en ésta, o bacterias, o lo que sea…
-¡No me importa! –exclamó Ron, y el eco de su voz se hizo hueco entre los presentes, haciendo que todos miraran en dirección al pelirrojo-. Correré el riesgo. Si no son compatibles o tienen algo malo, compartiré el destino de ella, no importando si ese es la muerte. O vivimos o morimos, cualquiera de los dos, pero lo haremos juntos.
Los sanadores iban a protestar, pero la sanadora en jefe alzó una mano para comunicar que no dijeran nada.
-¿Qué no ven que él está decidido a sacrificarse por ella? ¿Qué no ven el amor verdadero cuando está frente a ustedes? Además, como ella no puede tomar decisiones, es él quien puede hacerlo. Y no podemos ir contra la elección de un paciente, sobre todo si es algo que podría ayudarla a que siga con vida. ¡Hagan lo que dice!
Los sanadores hicieron lo que Ron propuso. Mediante un tubo, conectaron a Ron y a Hermione y, usando al corazón de él como bomba, trasladaron la sangre del pelirrojo a la castaña, mientras la sanadora en jefe le administraba coagulantes vía intravenosa para que llegara más rápido a las zonas dañadas. Hermione ya llevaba dos minutos con fibrilación: en cualquier momento su corazón se detendría por completo y ya no habría nada que hacer, por eso debían trabajar rápido.
Los sanadores usaban sus varitas como desfibriladores, una y otra vez. El procedimiento que estaban ejecutando en esos momentos era muy similar a la forma en que un vehículo en buen estado alimentaba las baterías de un vehículo sin energía. Ron se iba debilitando de a poco, pero su resolución no había mermado en lo absoluto.
Las primeras buenas noticias se hicieron eco en medio del silencio de la sala. Hermione había dejado de sangrar, lo que significaba que la idea de Ron estaba dando resultado. Treinta segundos después, el corazón de Hermione comenzó a latir nuevamente y, pasaron otros treinta para que ella abriera los ojos. La mala noticia era que ahora era Ron el que corría peligro. Había perdido una cuarta parte de su sangre por ayudar a su novia y ahora estaba horriblemente anémico. Sin embargo, la sanadora sonrió.
-Sólo denle 20 cc de poción regeneradora de sangre –dijo, aliviada y contenta-. Estará como nuevo en un minuto.
-¿Y por qué no se la diste a la chica?
-Porque ella estaba perdiendo sangre, tarado. Además, aquella poción está contraindicada para mujeres embarazadas.
La sanadora se volvió hacia el pelirrojo.
-Felicitaciones. Tu amor incondicional por ella le salvó la vida. Si no estuvieras dispuesto a dar tu vida por ella, no habríamos tenido este feliz resultado.
Pero Ron ahora estaba preocupado por la niña.
-No te preocupes, le hicimos una cesárea preventiva para tratar mejor las hemorragias. Está allí. Quiere verte.
Ron acudió a la pequeña camilla donde la pequeña movía sus pequeños brazos y piernas, sin llorar ni gritar. La tomó en brazos, sonriéndole tiernamente. ¿Cómo pudo haber pensado que esto era algo malo? Ahora, al ver a la pequeña niña sonreír y mover sus bracitos, comprendió que tener un bebé, engendrar un nuevo ser, era la experiencia más hermosa del mundo. La llevó hasta donde Hermione descansaba y la depositó en sus brazos. La castaña suspiró y derramó lágrimas por los ojos, pero estaba radiante. Era lo mejor que le había pasado en toda su vida.
-Es hermosa –dijo, con un hilo de voz-. Gracias a ti, puedo disfrutar este momento. Nadie habría hecho lo que tú hiciste por mí. Te amo, Ron. Con todo mi latiente corazón.
-No habría hecho este sacrificio por nadie más que por ti –dijo Ron entre lágrimas de felicidad-. Hicimos un buen trabajo. Ahora, ponle nombre. Como es niña, hazlo tú.
Hermione sonrió.
-Hija mía… te llamarás… Stephanie.
-Me gusta ese nombre –coincidió la sanadora, quien se había quitado la máscara de papel. Era la doctora que habían visitado ambos cuando querían saber qué tenía Hermione-. Tenía pensado llamar así a mi hija pero, ustedes se me adelantaron.
Y el ambiente se llenó de risas colectivas.
-Es increíble como el amor puede hacer que ocurran estas cosas –dijo Cho, sonriendo a la pareja que sostenía a Stephanie con cariño-. Una pareja que no se ama de verdad no tomaría tantos riesgos, no haría lo que este joven hizo por su novia.
Ron y Hermione estuvieron varios días en San Mungo, una por la recuperación de ella y otra, por la evaluación que le hicieron los sanadores a Stephanie. Cuando la castaña se hubo recuperado por completo y los exámenes declararan a su hija completamente sana, ambos pudieron irse del hospital y vivir en la casa de Hermione. Aquella experiencia les había unido de tal forma que se sentían preparados para dar el próximo paso: el matrimonio. Pero esa, es otra historia…
Lo que realmente importaba, era que ambos se amaban de una forma en que pocas parejas lo hacían, unidos a tal nivel que era imposible hablar de uno sin hablar de la otra. Eran parte de un todo, de algo que era superior a ellos mismos, de un poder que era invisible, pero que tenía la capacidad de unir dos almas para siempre.
Ese, era el magnífico poder del amor.
En un lugar muy lejano, tanto en distancia como en dimensión, dos seres estaban observando los hechos con atención.
-Después de ver a esos dos, me imagino que ya no estás arrepentido de lo que hiciste con mis seres perfectos –dijo el dios maestro.
Quien estaba a su lado, se limitó a gruñir.
Nota del Autor: Pese a que sólo eran ocho capítulos, me demoré bastante en terminarlo debido a la lesión en mi espalda y el tiempo que estuve hospitalizado. Debo confesar que agregué algunas cosas de mi relación con mi ex prometida, y algunas que me hubiera gustado que ocurriesen con ella.
Dicen que los escritores a menudo introducen detalles metaforizados de sus propias vidas en un cuento o en una novela. Parece que es cierto, a juzgar de la declaración que acabo de hacer.
Espero que les haya gustado :)
Los saluda desde la Acrópolis… Gilrasir.
P.S. Pronto tendré nuevos capítulos para mis demás historias largas.
