Aquí os dejo la segunda parte.

Espero que os guste ^^

Ella también es mía parte 2

-Por cierto. ¿Habéis pensado en qué nombre vais a ponerla? – preguntó Kagome.

Ushio miró dudosa a Takuya, y este asintió, dándola a entender que le dejaba la decisión a ella.

-Bueno… - comenzó a decir Ushio – Yo había pensado en un nombre en el caso de que fuera niña… pero no sé si os va a gustar la idea.

-Es tú hija cariño. Puedes llamarla como quieras – la aseguró Kagome -. No tienes que tener en cuenta nuestra opinión al respecto.

-Había pensado en llamarla… Kykio – confesó Ushio temerosa por la reacción que tendrían sus progenitores. Inuyasha y Kagome no pudieron ocultar su expresión de sorpresa -. Me habéis contado que Kykio fue una poderosa sacerdotisa que también amó a papá más que a nadie en el mundo, que fue capaz de morir para estar con él y que incluso renació después de su muerte. Yo quiero que mi pequeña sea alguien fuerte como ella, capaz de arriesgarlo todo por las personas a las que quiere, incluso por encima de la propia muerte. Pero sé que a vosotros os puede resultar doloroso, ya que cada vez que oigáis su nombre os traerá dolorosos recuerdos. Por eso entenderé si preferís que la ponga otro nombre…

-No. –la interrumpió Inuyasha -. Kykio está bien.

Kagome miró de reojo a su marido. Parecía convencido de lo que había dicho, pero a ella aún le preocupaba. Sabía que Inuyasha era capaz de aceptar lo que fuera para contentar a sus hijos, aunque le resultara doloroso.

-Kykio – repitió Hikari sonriendo – Kykio. Kykio.

-Pues parece que todos estamos de acuerdo – habló Takuya sonriendo y acariciando la cabecita de si hija – Esta pequeña se llamará Kykio.

Ushio les lanzó una mirada de preocupada a su padre y a su madre, pero cuando Takuya se puso a hablarla de otras cosas referentes a la recién nacida le prestó toda su atención; Kagome también intervino en la conversación aconsejándoles, ya que tenían muchas dudas al ser padres primerizos. Por su parte Inuyasha se mantuvo quieto en el sitio metido en sus pensamientos, hasta que unos minutos después se levanto del sitio con Hikari aún en brazos y salió silenciosamente de la cabaña. Kagome se preocupó, y se disculpó con Takuya y su hija para salir a buscar a su marido.

Ushio vio preocupada como su madre salía detrás de su padre. No debía de haber sugerido el nombre de Kykio.

Kagome caminaba a paso rápido en dirección al Goshimboku. Inuyasha siempre iba allí cuando quería estar solo para pensar, estaba segura de que le encontraría allí. Después de pocos minutos llegó hasta el árbol sagrado. No vio a su marido a los pies del árbol, pero sabía que estaba cerca, podía sentirle. Alzó la cabeza, observando las gruesas y fuertes ramas y sonrió al distinguir una figura roja en una de las más altas.

-Inuyasha – le llamó sin alzar la voz. Sabía que Inuyasha con sus finas orejas la podía oír perfectamente, además de que seguramente la habría sentido acercarse.

Como esperaba el hanyou solo tardó unos segundos en saltar desde el árbol para aterrizar al lado de ella en la base del árbol. Hikari reía alegremente en los brazos de su padre, la divertía que Inuyasha diera ese tipo de saltos con ella en brazos, había sacado el espíritu temerario de su padre, cosa que preocupaba a Kagome. Hikari, al contrario de sus demás hijos no había mostrado ningún signo de haber heredado sangre youkai de su padre. Era cierto que era más resistente si se comparaba con los demás niños humanos, pero no tenía garras, colmillos u orejas de perro. A Kagome la preocupaba que a pesar de su debilidad quisiera igualar a sus hermanos y se expusiera a algún peligro, resultando herida. Por lo menos la anciana Kaede la había asegurado que Hikari había heredado sus habilidades de sacerdotisa, cosa que no habían manifestado sus hermanos, y cuando fuera más mayor podría enseñarla a utilizarlos para defenderse.

-La cachorra necesita comer. Está hambrienta – fue lo primero que la dijo el hanyou al bajar del árbol sacándola de sus pensamientos.

-No me extraña que lo esté – habló Kagome cogiendo a Hikari de los brazos de Inuyasha -. Después de todo ha sacado el apetito voraz de su padre, y esta noche no ha tomado su comida a mitad de noche.

-Claro que sí – la contradijo Inuyasha -. Yo me encargué de alimentarla.

-¿En serio Inuyasha? – preguntó Kagome un poco sorprendida.

-Sí. Antes de salir de casa cogí uno de esos recipientes en los que guardas su comida. No podía permitir que la cachorra pasara hambre.

Kagome sonrió. Por lo menos hasta que llegara el tiempo en el que Hikari pudiera controlar su poder espiritual podía estar tranquila. Inuyasha, consciente de la debilidad de su hija más pequeña, apenas se separaba de ella y estaba pendiente de su seguridad en todo momento.

-Mamá – habló la pequeña extendiendo sus bracitos hacia su madre. Kagome sonrió y la cogió de los brazos de Inuyasha para cargarla ella.

Inuyasha nada más soltar a la pequeña miró detenidamente a su alrededor mientras movía sus orejas y olisqueaba el aire en busca de alguna amenaza. Él se negaba a dejar a Hikari a nadie que no fuera ella, no confiaba en nadie más para eso; y de todas formas nunca las dejaba a solas, siempre se mantenía cerca y alerta. Si a Ushio la había costado trabajo conseguir el permiso de Inuyasha para casarse, seguro que a Hikari la costaría muchísimo más.

-Oye Inuyasha. ¿Estás bien? – se atrevió a preguntar Kagome tímidamente. De todos modos había ido allí para eso y no iba a marcharse sin saberlo.

-¿A qué te refieres? – preguntó Inuyasha confuso y dejando lo que estaba haciendo para prestar total atención a su mujer.

-Ya sabes… Por lo de Kykio…

Inuyasha en principio se tensó, pero en seguida se relajó y se rascó de forma despreocupada la cabeza.

-¿Qué le pasa a mi nieta?

Kagome se sorprendió de que ya llamara "nieta" la recién nacida, pero eso ahora la daba igual. Inuyasha estaba intentando cambiar de tema y eso no era bueno.

-Sabes que no me estaba refiriendo a esa Kykio, Inuyasha – dijo Kagome con un tono que le advertía que no tratara de negarlo.

Inuyasha la miró fijamente unos segundos para después suspirar pesadamente.

-Ya he dicho que me da igual cómo se llame la cachorra. Si ellos quieren llamarla Kykio no me voy a oponer; y tampoco me afecta para nada que lo hagan si eso es lo que te preocupa.

-No me mientas Inuyasha – le advirtió Kagome con tono serio -. La reacción que has tenido antes en la cabaña cuando se ha mencionado a Kykio no ha sido para nada normal.

-Papá y mamá no pelear – habló la pequeña Hikari mirando alternativamente a su madre y a su padre a punto de llorar.

-No cachorra – trató de tranquilizarla Inuyasha a la vez que se acercaba a la pequeña y la acariciaba cariñosamente la cabeza -. Tú mamá y yo solo estamos hablando de cosas de mayores.

-¿Seguro? – preguntó aún con una expresión triste en su rostro.

-Claro cariño, no te preocupes – intervino también Kagome. Hikari sonrió feliz y se puso a jugar con el cabello de su madre dejando de prestar a tención a la conversación.

Inuyasha y Kagome se mantuvieron unos segundos en silencio, viendo a su hija jugar, hasta que Inuyasha finalmente habló:

-Sé que actué de un modo un poco extraño, pero no tienes que preocuparte. Solo es que me pilló desprevenido que nuestra cachorra quisiera ponerle el nombre de Kykio. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella y muchos recuerdos vinieron a mi mente – dijo mientras miraba melancólicamente hacia el Goshimboku, el árbol en el que había permanecido sellado durante cincuenta años debido a una de las flechas de Kykio.

-¿Aún la amas? – preguntó Kagome. Sabía que después de tantos años no merecía la pena preguntar, pero necesitaba saberlo.

Inuyasha se giró a verla con una expresión de sorpresa. Pero después, al ver la expresión azorada y de congoja de su mujer, esbozó una tierna sonrisa y se acercó para abrazarla levemente, dejando a la pequeña Hikari entre ambos.

-Es cierto que sentí un gran cariño hacia Kykio, y aún lo siento. – Kagome bajó la mirada, pero él la agarró del mentón haciendo que le mirara directamente a los ojos -. Aunque ahora creo que nunca la amé realmente -. Kagome se sorprendió por su revelación, e Inuyasha no pudo evitar soltar una leve risita ante su reacción -. Tú fuiste la que me enseño lo que es amar y lo que se siente al ser amado incondicionalmente Kagome. Gracias a ti tengo amigos y algo que jamás creí llegar a tener, una familia, hijos y ahora hasta una nieta. Mis cachorros y tú sois lo más valioso que he tenido jamás en la vida. Siempre sentiré algo especial por Kykio, pero nada comparado con lo que siento hacia vosotros. – Acercó su rostro lentamente hacia el de su mujer, hasta que pudieron sentir cada uno el aliento del otro -. Te amo – susurró antes de darle un tierno beso.

Kagome sonrió feliz y le correspondió al beso, hasta que sintió unos fuertes tirones en su cabello y se obligo a dejar el beso para mirar a su hija. Ella, atrapada entre los pechos de ambos, la miraba con un leve puchero. Por un momento temió haberla hecho daño sin darse cuenta, aunque había tenido cuidado, pero sus temores se disiparon cuanto la oyó decir.

-No vale. Yo tambén beso.

Los dos rieron divertidos.

-Claro que sí cachorra. También hay besos para ti – dijo Inuyasha para después besar cariñosamente a su hija en la mejilla.

-Hikari ha heredado todos tus malos rasgos Inuyasha.

-¿Qué? – preguntó Inuyasha confundido.

-Es tragona, temeraria, celosa y posesiva, igual que su padre – aclaró con tono burlón.

-Di lo que quieras, pero a ti te encanta que yo sea así – dijo también con tono burlón y sonriéndola de esa forma altanera que la hacía estremecer.

-Eres un creído – le acusó simulando enfado y con un leve sonrojo.

-Otro rasgo de los que te encantan para añadir a la lista.

Kagome se sonrojó aún más. Iba a responderle con alguna grosería para bajarle los humos cuando vio a Inuyasha tensarse y concentrar todos sus sentidos en algún punto en la lejanía, con una expresión seria y algo cabreada. Antes de que la miko pudiera preguntarle qué pasaba la cogió en brazos y echo a correr en dirección a la aldea.

Kagome soltó un pequeño grito de sorpresa por su repentina y rápida acción; en cambio Hikari, que permanecía sobre el regazo de su madre, soltó una carcajada. Antes de darse cuenta ya estaban al lado de su cabaña. Inuyasha depositó a su esposa en el suelo delicadamente para después entrar como alma que lleva el diablo a la cabaña. Kagome estaba a punto de seguirle, preocupada por la seguridad de su hija Ushio y la recién nacida cuando escuchó a Inuyasha gritar:

-¡¿Se puede saber que estás haciendo en mi casa lobo rabioso?

-¡He venido a ver a mi nieta! ¡¿A qué más iba a venir bestia?

Kagome se relajó al reconocer la voz de Kouga. Así que se trataba de eso… Escuchó otras voces que venían de más lejos, reconoció la voz de su hijo Takumi entre ellas y se acercó a ver. Como creía su hijo estaba discutiendo con el hijo menor de Koga, Sasuke, que era de su misma edad; interponiéndose entre el niño lobo y su hermana Sayuri.

-¡No dejaré que te acerques a mi hermana y le pegues tus pulgas lobo! – gritaba Takumi.

-¡Tú eres el que tiene pulgas perro! ¡Apártate de mi camino!

-¡En tus sueños sarnoso! ¡Deja de acosarla, tú no le interesas!

Kagome suspiró pesadamente. Sasuke se había mostrado interesado por Sayuri, pero su hija no le correspondía. Por eso siempre estaba tratando de acercarse a ella y hacerla cambiar de opinión. Pero Takumi, que había heredado el carácter sobreprotector de su padre y su odio a los lobos, siempre trataba de alejarle. Siempre era igual.

Muchas veces, cuando los veía discutir así, recordaba los tiempos en que Inuyasha y Kouga peleaban por ella. Tenía la sensación de que había sido ayer mismo, pero ya había pasado tanto tiempo desde entonces.

-Kagome. – La miko se giró en la dirección de la voz justo a tiempo de ver a Ayame, la mujer de Kouga, ir hacia ella con una amplia sonrisa -. Hola a ti también Hikari, preciosa – añadió Ayame cuando llegó hasta ellas pellizcándole levemente la mejilla a la bebé. Hikari sonrió feliz y agitó su manita saludándola sonriendo ampliamente.

-Cuanto tiempo sin verte Ayame. ¿Cómo llevas el embarazo? – preguntó Kagome sonriendo también.

-Perfectamente. Sobre todo desde que se me han empezado a pasar los síntomas de los primeros meses. – dijo acariciando su tripa, que aún estaba tan solo un poco abultada.

-Estarás desando que nazca.

-Desde luego. Me siento inútil estando embarazada. Kouga es demasiado sobreprotector y apenas me deja hacer nada cuando estoy en estado. Me aburro un montón – dijo con tono hastiado – Tan solo espero que esta vez sea niña. Ya estoy cansada de tener a tantos machos a mí alrededor. Necesito una hija con la que poder hablar de estas cosas cuando crezca. Los hombres son tan insensibles.

-No será para tanto mujer…

-¡Claro que sí que es para tanto, y mucho más! – gritó la pelirroja echando fuego por los ojos -. Kouga me trata como si fuera un objeto, no tiene en cuanta mis sentimientos, me considera una carga. Si hasta quería llevarme a cuestas hasta aquí. Pero yo me negué completamente. Aunque me ponga tan gorda que pueda llegar a reventar jamás dejaré que me trate como un fardo, como un lastre – Ayame parecía a punto de llorar.

-Tranquilízate Ayame. Estoy segura de que Koga no piensa eso, de ninguna manera. Él te quiere – trató de tranquilizarla Kagome abrazándola levemente y con un goterón cayendo de su cabeza. Al parecer alguien estaba excesivamente sensible por las hormonas del embarazo. -. Koga tan solo lo hace porque se preocupa por ti. Tienes suerte por tener un marido tan atento como él.

-Sí, tienes razón. – concordó finalmente Ayame secándose las pocas lágrimas que habían rodado por sus mejillas -. Es el embarazo, que siempre me pone demasiado irritable y sensible. Siento que tengas que aguantarme amiga.

-No te preocupes. Después de todo, para eso estamos las amigas – habló Kagome regalándola una cálida sonrisa.

El volumen de los gritos aumentó, además de que ahora también se escuchaban golpes. Kagome y Ayame se giraron preocupadas, justo a tiempo de ver cómo Sayuri se unía a la pelea que ya habían empezado su hermano y Sasuke.

-Takumi, Sayuri. Ya basta. – exigió Kagome acercándose más a ellos junto con Ayame. Pero sus hijos parecían demasiado ocupados golpeando, gritando y esquivando golpes como para prestarla atención.

La miko estaba a punto de volver a gritar cuando Ayame dijo:

-No te sofoques Kagome. Yo me encargo – afirmó convencida para después acercarse decidida hacia el revoltijo que en esos momentos formaban los hijos de ambas.

-Espera Ayame… - pero antes de que la diera tiempo a decir nada más la youkai lobo ya había agarrado a su hijo de su cola de lobo con una sola mano, alejándole de los otros dos niños y dándole un capón en la cabeza.

-Ya basta Sasuke. – le reprendió Ayame severamente -. Creía que ya te lo había dejado lo suficientemente claro antes de salir de casa. Si Sayuri no está interesada en ti por ahora lo que debes hacer es dejarla espacio y esperar a que ella se acerque a ti si quiere. Si la acosas lo único que vas a conseguir es asustarla y alejarla más de ti.

-Pero papá me dijo que…

-¿Cuántas veces te he dicho que no hagas caso de los consejos que te dé tú padre? En lo que a la psicología femenina se refiere, él no tiene ni idea. Más bien, siempre hace todo lo contrario a lo que debería hacerse. ¿Está vez me has entendido?

Sasuke asintió avergonzado por la situación tan humillante por la que le estaba haciendo pasar su madre, y en cuanto esta le soltó, dejándole en el suelo, se fue corriendo hacia la cabaña. Ayame se disculpó y le siguió.

Kagome les despidió con la mano para después girarse repentinamente. Justo como esperaba Sayuri y Takumi estaban tratando de escabullirse para librarse de la reprimenda. La recordaban tanto a Inuyasha en esas ocasiones.

-Takumi, Sayuri – les llamó con tono firme y serio. Los dos niños se tensaron al sentirse descubiertos antes de poder emprender la huida, y tras unos segundos de vacilación se giraron para encarar a su madre con su mejor expresión de perrito arrepentido que se pudiera imaginar. También le recordaban a Inuyasha en esos momentos. Suspiró pesadamente -. Ya no sé qué hacer con vosotros, de verdad – reconoció la miko con tono cansado.

-Tal vez podríamos hacer como si no hubiera pasado nada y así te ahorras tener que darnos la reprimenda.

Kagome fulminó a Takumi con la mirada por su comentario. Este, intimidado, retrocedió unos cuantos pasos junto con su hermana. Su madre le daba miedo cuando se enfadaba.

Kagome sintió cómo Hikari se revolvía inquieta en sus brazos y desvió su atención hacia ella. Takumi y Sayuri suspiraron aliviados.

-Mamá, yo comer – habló la bebé haciendo un puchero.

-A sí, perdona cariño. – se disculpó Kagome con una gran sonrisa -. Ahora mismo te doy tu comida. Y vosotros – añadió con tono serio, haciendo que Takumi y Sayuri, que habían tratado de huir otra vez, se quedaran clavados en el sitio de nuevo – a la hora de la cena ya hablaremos sobre vuestra conducta.

-Sí, mamá – dijeron los dos al unísono y huyendo los dos de allí sonriendo traviesamente. Se habían librado de la bronca, y si pretendía regañarlos a la hora de la cena no tendrían de qué preocuparse, ya que su padre siempre consentía sus peleas con el joven lobo; solo se enfadaba si se enteraba de que habían perdido contra él.

Kagome suspiró cansada mientras veía sus hijos alejarse corriendo. A veces pensaba que era demasiado blanda cuando les reñía, pero no podía hacer nada al respecto. Ya que ella adoraba a sus hijos y no la gustaba verles sufrir cuando les reprendía. Eran sus pequeños niños, sus pequeños Inuyashas, su pequeña familia.

-¿Pequeña? – se preguntó Kagome en medio de sus meditaciones.

Miró a la pequeña bebé que la sonreía entre sus brazos, a sus otros dos hijos que se iban corriendo en dirección al río, se giró para ver a su marido discutir con Kouga fuera de la cabaña. Seguramente Inuyasha habría llevado la discusión afuera para no importunar más a su hija más mayor y a su nieta con sus gritos, además de para vigilarla a ella y a Hikari. Lo podía asegurar al distinguir cómo una de sus orejitas de perro estaba firmemente orientada en su dirección.

-Ella también es mía – gritaba Inuyasha.

-La pequeña Kykio es más mía que tuya, bestia. Recuerda que ha heredado más sangre youkai por parte de mi hijo.

-Pero su belleza es de mi cachorra, sarnoso.

-¿Quieres pelear, perrito?

-Cuando quieras sarnosito.

Vio a Ayame y Shippo interponerse entre los dos para intentar detener su pelea. Vio al monje Miroku que junto con Sango, algunos de sus hijos y la anciana Kaede se dirigían hace la cabaña.

No. Definitivamente su familia no era pequeña. Ya no.

Recordó por unos segundos a su madre, a su abuelo y a su hermano pequeño Sota. La familia que había dejado allá en el futuro, pero que siempre estaría presente en su mente y su corazón.

Sonrió alegremente a la vez que abrazaba fuertemente a su pequeña bebé, estrujándola delicadamente contra su pecho.

Nunca se arrepentiría de haber vuelto al pasado para pasar el resto de su vida con Inuyasha, al igual que jamás se había arrepentido de perdonar a Inuyasha todos los encuentros furtivos que mantuvo con Kykio en su día.

Su decisión la había permitido tener una familia maravillosa con la que era realmente feliz y se sentía completa. Definitivamente, seguiría caminando hacia el mañana junto con Inuyasha y el resto de los miembros de su creciente familia.

-Es una promesa – susurró al viento, justo cuando este sopló a su alrededor, meciendo su cabellera azabache.

FIN

Este es el final definitivo. Espero que os haya gustado y que me dejéis algún review con vuestras opiniones.

Tan solo por favor, los que detestéis a Kykio no me odiéis a mí por haberle puesto su nombre a la nieta de Inuyasha. Simplemente me pareció adecuado por el enfoque que le quería dar al fanfic. Pero a mí Kykio no es que me agrade mucho.

Si os habéis quedado con ganas de leer alguna otra historia mía, no dudéis en pasaros por mi cuenta.

Sayonara ^^