La inspiración es cruel, y viene para lo que quiere y cuando quiere. Me rei escribiendo esto, lo admitiré.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece. Tan sólo pasamos un rato aquí de gratis.


Sugestión

—¡Antoine! ¿Qué te tiene tan contento? –preguntó Francia viendo aparecer a su amigo por el umbral de la puerta.

—Algo trama... –contestó Prusia levantando la mirada de su desayuno para sonreír malignamente a España–. ¿Qué has hecho?

El aludido se sentó en la mesa de la cocina y comenzó a servirse la primera comida del día con una enorme sonrisa.

—Anteayer encontré la solución a todos mis problemas. Bueno, a todos no que son muchos, pero sí a dos de ellos.

—¿Has encontrado petróleo? ¿Es el dinero que me debes? –cuestionó con esperanza Prusia–. Y no me valen esos "Te prometo que pagaré... Algún día... De momento toma este papel con mi valiosa rúbrica... Eso sí, te mando un besito. Te quiere, Antonio Fernández Carriedo."

—Y te quiero, eso es verdad –sonrió contento mientras se servía un enorme tazón de leche–; pero no es eso. Gibraltar será mío en menos de una semana.

—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer esta vez? Te recuerdo que en tu último intento acabaste con el sello inglés estampado en el trasero, que la tinta traspasó el pantalón y que tuviste la marca durante más de una semana grabada en la piel.

—¿Cómo sabes tú eso? –se escandalizó Prusia alejando su silla de la del francés. Éste le lanzó un beso y le guiñó un ojo.

—¡Cintas de sugestión! –clamó entonces España levantando los dos brazos hacia el cielo.

La cuchara en su mano derecha reflejó todo el brillo de la mañana. Francia y Prusia le dirigieron una mirada inquisitiva.

—Es muy fácil –comenzó a explicarse el español, untando sus tostadas–: he grabado unas cintas de sugestión. Metiéndolas debajo de la almohada de Inglaterra durante la noche, se terminará convenciendo de que devolverme Gibraltar es lo mejor... Vendrá por sí mismo y me lo devolverá sin más ni más.

—...

Los dos amigos quedaron en silencio e inmediatamente después estallaron en carcajadas, mientras España se servía zumo con cara de estar muy orgulloso de sí mismo.

—He de admitir –intervino Francia–, que es original.

En ese mismo instante entró en el lugar Italia Romano, hecho una furia.

—¡Roma! –saludó efusivamente España con la boca llena de galletas–. ¡Qué bueno verte!

—¡Ni verte ni leches! ¡Idiota!

—¿Qué te pasa pues? –preguntó el español–, te ves animado hoy. ¡Estás lleno de energías!

—¡Toma energías!

Y con todas sus fuerzas, Romano le lanzó una cinta de casete a la cabeza para después volver a desaparecer. España se resintió, además de atragantarse con las galletas y la leche severamente. Por suerte, un poco de zumo serviría para hacerlo pasar todo.

—... ¿Qué hacía Romano con una de éstas? –inquirió entonces Francia con una sonrisa malévola.

—¿No se la habías puesto a Inglaterra? –añadió Prusia confuso.

Francia se levantó divertido para ponerla en un aparato y que de este modo pudieran oírla los tres.

"Devuélveme Gibraltar... Devuélveme Gibraltar... Inglaterra... Si total, ¿para qué lo quieres?, no te hace ninguna falta... Además, esos andaluces británicos no van a conseguir otra cosa que no sea contagiarse del mal español de la pobreza... Devuelve Gibraltar a ese chico tan guapo... Ya no estamos en época colonial, hay que avanzar, y de cara a las olimpiadas sería un gesto tan diplomático que tendrías a España adorándote todo el tiempo... Y con lo guapo que es tendrías tanta suerte..."

Prusia y Francia se miraron a los ojos durante un instante, un instante ínfimo, que fue lo único que aguantaron sin reír.

—Admitiré –rio Prusia agarrándose la tripa–, que esto es mejor que el dinero. ¿Qué te pasa, España?

El aludido estaba lívido. Allí se encontraba, entre sus tostadas con jamón, sus galletas, su leche, su zumo y un cruasán por si acaso le daba hambre. Pálido, terriblemente pálido.

—Tengo una teoría... –comenzó entonces Francia intentando ahogar una risa–. El hecho de que haya aparecido Romano me hace pensar que aunque no nos lo has contado, también tenías un plan de sugestión para él...

—¡No puede ser! –gritó Prusia–. Pero, entonces, si lo que le has dado a Romano era la cinta de Inglaterra... ¿qué rayos le has dado a Inglaterra?

Aunque hubiera querido, España no pudo contestar a la pregunta de su amigo Prusia. En ese momento Inglaterra entró en la cocina: se acercó a él, y, sin dudarlo un instante y con la brusquedad que era usual en él, le plantó uno de los besos más apasionados que le había dado nadie en la vida.

*·* OMAKE *·*

Estados Unidos, rebuscando entre las cosas de Inglaterra para ver si encontraba algo con lo que hacerle chantaje, topó finalmente con un aparato de lo más antiguo oculto bajo la almohada. Rio con ganas mientras pensaba que los viejos nunca se deshacen de sus cosas de viejos.

—Estará intentando dejar de fumar... –meditó en voz baja para sí mismo, sin poder contener las ganas de escuchar la cinta que había en el interior.

Sin embargo, la grabación le dejó estupefacto.

"Que tengas dulces sueños: porque tú te lo mereces todo, tú y tus hermosos ojos verdes que jamás me cansaré de mirar, en los que siempre leo un anhelo y los que siempre deseo... Mataría por abrazarte cada noche, por sólo poderte susurrar lo mucho que te quiero, por encender tu piel, por besar cada milímetro de ti, por..."

El pobre Estados Unidos no pudo soportar más. Tambaleándose y aún sintiéndose algo violento, decidió que no volvería a entrar en el cuarto de Inglaterra nunca más.

Eso sí, se llevó la cinta. Seguro que podía conseguir muchas cosas a cambio de ella.

*·*·*·*