Vale, vale, vale... ésta ha de ser a la fuerza la actualización más rápida que he hecho jamás, y es por culpa de una ida de olla total. Pero total, ¿eh? Espero de verdad que os podáis reír tanto con ella leyéndola como yo escribiéndola, porque la verdad... Fue todo consecuencia de ir a parar a una wikia, no es mi culpa. Y no me matéis si no he sido muy fiel a los hechos... por favor.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece. Sus personajes tampoco. Ni la túnica de hechicero que hay en el armario de la sala de mi casa.


Ingleses y magia, ¿una sola cosa?

—Esto es espantoso... –murmuró Francia, tratando de quitarse las caídas hojas de otoño del pantalón.

—Calla, anda, ayúdame...

—Pero no hagáis ruido, que vamos a despertar a alguien, y tal y como está el aire no parece muy recomendable –ordenó Prusia mandando silencio.

—¿Cómo hemos acabado aquí, así? –se volvió a desesperar el francés– El clima inglés es un disgusto.

—¡Venga, cielo! Sabes que te quiero por haber venido hasta aquí –volvió a animar España a Francia–. Inglaterra me ha dicho que si consigo la primera Snitch, forjada por Bowman Wright en la Edad Media y oculta por aquí en algún sitio del Valle de Godric, me devolverá Gibraltar.

—¿Con esas mismas palabras? –se rio Prusia.

—Exactamente. Me las he aprendido de memoria porque no he entendido nada de lo que me ha dicho en toda esa frase, pero Gibraltar es mío por derecho y tengo que conseguirlo.

—Quidditch, habla de quidditch –explicó el rubio, quien, habiendo criado a Inglaterra durante un largo periodo de tiempo en su vida, entendía más de aquellos menesteres. Aun así seguía sin parecerle bien aquello de estar allí.

—Lo que tú digas, pero no te me alejes que seguro que te necesito para saber lo que busco. Lo único que sé es que parece una bola de oro...

—¿No ves que Inglaterra te está engañando? En cuanto la toques le saldrán alas y se irá volando, no hay manera de que puedas cogerla impunemente... ¿me estás escuchando, Espagne?

—¡Entremos en esa casa, a ver si está allí!

España se acercó a una casa algo apartada del camino, por la parte trasera, y trató de trepar hasta la ventana del segundo piso. Al fin y al cabo, si lo que buscaba era una bola de oro no parecía muy práctico entrar por la puerta principal a pedirla a la familia o a quien fuera, porque obviamente no se desprenderían de ella así por las buenas para regalársela a un español que quería recuperar una colonia británica.

—No entremos aquí, algo me da mala espina –dijo entonces con tono autoritario el alemán. Pero España ya estaba dentro, así que a los otros dos no les quedó más remedio que entrar tras él completando de este modo el allanamiento de morada.

La casa era grande. Las habitaciones eran amplias, y Francia pronto pudo deducir que era un hogar familiar, en el que por lo menos había un niño pequeño. Era bonita, acogedora y agradable. Pero Prusia no estaba tan seguro.

—Me gusta este espejo –meditó entonces España, descolgándolo de su sitio en la pared–. Tal vez éste sí se lo pueda pedir a la familia, incluso me ofrezco a comprárselo...

Antoine, no puedes bajar sin más a preguntar algo cuando te has colado en casa por la ventana, ¿entiendes? Te van a denunciar –susurró tajante Francia, mas el español, que estaba más sordo que una tapia, ignoró por completo el comentario–. Antoine!

España abrió la puerta para bajar al piso de abajo, pero entonces se escuchó un estruendo terrible, seguido de muchos gritos primero de un hombre y luego de una mujer. Se quedó helado en la puerta, sin saber qué hacer, sin saber si detenerse, correr, gritar para pedir ayuda o esconderse detrás de Francia hasta que todo pasara. No obstante, Prusia, que era ante todo un caballero y un soldado con firmes valores, no dudó en abalanzarse escaleras abajo a mediar en aquel asunto que se sentía tan espinoso. Sus amigos, tan malos como fieles, corrieron tras él.

Lo que vieron cuando llegaron abajo les dejó espantados. Un hombre yacía en el suelo, muerto; no debía de haber abandonado el mundo hace poco, pues aún presentaba algo de color. No muy lejos de él había una mujer, que se había desplomado abrazada a algo. Cuando España quiso averiguar qué era, descubrir a un bebé hizo que el corazón se le encogiera. Frente a ellos había varios hombres de pie, todos con túnicas negras y un aspecto de lo más terrorífico, que los miraban casi con la misma sorpresa con la que el trío de amigos los observaba a ellos.

El que parecía el líder se rebeló. Enfadado, ignoró a aquellos tres individuos a los que llamó sucios y sangrientos o algo así y se encaró con el bebé. España, aterrado de que un niño en este mundo cerca de él pudiera sufrir cualquier daño, decidió que debía hacer algo.

Se abalanzó a defender al niño, mientras el líder alzaba un palo de madera que dirigió hacia esa misma dirección al grito de Abracadabra, o por lo menos así le sonó a España. Del mismo palo salió un luminoso rayo verde; éste impactó contra el espejo que el español aún conservaba en sus manos, haciendo que el rayo rebotara e impactara contra el agresor, además de rompiéndolo en mil pedazos de los cuales algunos desgraciadamente cayeron sobre el bebé.

El líder de aquella banda, sobre el cual había vuelto el rayo verde, dejó escapar un terrible grito de dolor y comenzó a desintegrarse ante los ojos sorprendidos de aquel nefasto trío de amigos y de todos sus seguidores. Lo que siguió a aquella escena fue un tremendo caos, siendo que todos aquellos hombres comenzaron a pelearse entre sí, desapareciendo del lugar tras un lapso de varios segundos.

Prusia, Francia y España se quedaron a solas con el bebé, que lloraba como un condenado. El primero lo tomó en sus brazos con cuidado.

—¡Mira lo que has hecho, España! Se le han clavado tres cristales en la frente –le espetó mientras se los retiraba–. ¡Mira! ¡Parece un rayo! Este chico va a ser un héroe... Si se quedase conmigo le llamaría Thor.

— ¿Thor? Nunca has demostrado originalidad en lo que se refiere a poner nombres, la verdad: West, Thor... necesitas ayuda –le concienció Francia mientras le retiraba la sangre al niño.

— ¿Está bien? ¿Se ha hecho mucho daño? ¿Qué hacemos? –preguntó España preocupadísimo. Finalmente lo tomó en sus brazos y lo acunó hasta que fue capaz de conciliar el sueño–...Llevémoselo a Inglaterra, él sabrá qué hacer.

Francia y Prusia le miraron totalmente sorprendidos, siendo que debía ser la segunda vez en mil años que España recurría a la ayuda del inglés. No tuvieron tiempo, empero, de decir nada, ya que apareció un señor mayor y barbudo alegando que él se haría responsable del niño, que no se preocuparan.

—¡Y un cuerno! ¿Acaban de lanzarnos un abracadabra y usted quiere que le deje a este niño así sin más? ¿Quién me dice a mí que no es usted un asesino? ¡No señor! ¡No le doy el niño hasta que Inglaterra no me diga nada!

Los cuatro salieron entonces, seguidos de cerca por un gato que parecía hacerles de escolta, en busca de Arthur. Tan concentrado estaba España en cuidar del niño que no se fijó en la caja apartada en un lugar del salón, sobre la que reposaba la inscripción en letras doradas:

Bowman Wright fabricó la primera Snitch en la Edad Media.

Y debajo, con un papel pegado:

Tesoro personal de James. No tocar. No, ni siquiera tú, Sirius, no tocar.


Dedicado a todos los muggles.