Comentario Aleatorio: Me he visto Code Geass entera en dos días, es más, me la he terminado hoy a las cinco y veinte de la madrugada. Quien la haya visto comprenderá que mi glándula del sentido del humor se haya visto afectada ;-; Qué intensidad... De lo malo malo, tras leer hoy un doujin de la Silver Pair (para quien entienda de PoT) me siento más a gusto con la vida, gracias Chouta XD

Es increíble que estos capítulos, una vez tengo la idea más o menos de lo que quiero hacer, los escribo en media tarde. Sin embargo para las otras series puedo tardar alegremente la friolera de siete días dedicados casi sólamente a escribir para armar un capítulo que me satisfaga...

Divagaciones aparte, perdonadme por este capítulo con tan poco sentido, de verdad. ¡Nos vamos acercando al final!

Disclaimer: Hetalia y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. ¡Las Chafarinas son pertenencia de España!


Claustrofobia

—¿Y... qué me decías que se supone estás haciendo? –preguntó Portugal, mirando de brazos cruzados a su hermano.

—¡Un arma de guerra! Pero no te preocupes, que no es algo tan peligroso como una bomba o algo así –sonrió levantando la mirada de su trabajo y apuntando con el dedo índice a su sien–. Es una guerra intelectual.

—... ¿Y a quién te sientes en condiciones de declararle la guerra intelectual? –se mofó el luso mirando el arma del español.

—¡A Inglaterra!

Portugal se llevó la mano a la frente, sin saber si reír o llorar ante la insistencia de aquel individuo. El problema radicaba en que, definitivamente, era un hecho: uno de sus mejores si no el mejor de sus amigos, Inglaterra, y su hermano España no se llevaban nada bien. Y, ¿a quién apoyar? No era una decisión fácil. Vale que España era su hermano, y eso hipotéticamente tendría que situarle unos escalones más arriba en lo que se refería a recibir apoyo. Pero España no tenía tan presente que él, Portugal, era su hermano. De pequeño siempre se lo dejaba olvidado en todas partes, e incluso ahora cuando le preguntaban por el portugués recién recordaba que existía un país llamado Portugal que vivía pegado a él, y que era la causa de que Extremadura no tuviese playa, entre otras cosas. Si le preguntaban por él, lo único que le venía a la mente al español era la palabra toallas, o en su defecto, gallos. Sin embargo Inglaterra siempre lo había tratado bien, habían firmado muchas alianzas de paz, trabajado juntos en muchas guerras, y eso les había unido en profunda amistad. Incluso respetó su Espléndido Aislamiento. Así que ahora elegir de parte de quién ponerse no era algo fácil; decidió, por el momento, que la neutralidad era la mejor opción.

—Lo cierto es –se decidió a hablar el portugués mientras pegaba un trago a su vaso de agua– que verte decir que vas a declararle la guerra intelectual a alguien mientras te veo pegar un montón de palos enormes con celo es realmente contradictorio. Además estamos aquí tirados en el suelo del parque...

—Tú estás sentado, así que menos quejarse. Estoy aquí trabajando en el suelo porque no tengo dinero para nada más, ¿oyes? El novio de Ita me vigila las cuentas, y como vea que he usado el dinero para construir un palo gigantesco me corta el cuello, ¿y sabes el miedo que da?

—Vale, vale... como sea, ¿me puedes decir para qué quieres ese palo tan largo? –preguntó ya sin poder evitar reírse.

—Está bien. A ver, a lo largo de la historia de los inventos, ¿en qué he destacado yo siempre?

—... ¿En inventar excusas para echarte a dormir?

—¡No, hombre! Me refiero a algo tangible.

—...

—Portugal...

—...

—¡Portugal!

—¡Lo siento! Es que no se me ocurre nada.

—Odio que seas amigo de Inglaterra –se enojó el español mirándole con los ojos llenos de ira–. ¡Cosas con palo! El Chupa Chups, el futbolín, la fregona...

—Pero eso es porque eres un haragán: que si no quiero agacharme a limpiar el suelo, que si no quiero saborear todo el caramelo de golpe que se me rompe, que prefiero el futbolín del bar a ir a correr ahora que es la hora de la siesta...

—Lo que haré –siguió España sin escuchar una palabra de lo que decía su hermano, para enfado de éste– es, y atiende que no tiene desperdicio, lo siguiente: con el Palo para atraer al Sur, voy a aprovechar que Inglaterra está allí en Gibraltar celebrando el Jubilee de esa señora que es ya como su madre para acercar las Islas Chafarinas y las Islas Canarias. Inglaterra quiso Gibraltar porque es un punto estratégico en el Mar Mediterráneo, así que si pego las Chafarinas y las Canarias justo a su costa, ¡se quedará sin salida al mar y ya no le servirá para nada! Además como ese misántropo odia el contacto con la gente se agobiará al verse rodeado y saldrá corriendo con tal de que le dejemos solo.

—... Ese es tu plan. Pegar las islas a la costa.

—Eso es. Además el palo está terminado... ¿Me dejarías acercar Madeira?

—¡Deja a Madeira tranquilo!

Con cara de estar algo mosqueado y murmurando por lo bajo que su hermano era un aburrido, España se marchó de la plaza en la que estaban sentados con su Palo Cazanaciones.

Inglaterra estaba intranquilo. En cierto modo, se sentía como un dios pasándole a España por la cara que Gibraltar era suyo proyectando la imagen de la reina en el peñón. Curiosamente, la imagen sólo era visible al completo desde territorio español, pero por supuesto aquello era una casualidad. Sin embargo, el hecho de que España aún no hubiera aparecido para reclamarle aquellas tierras (y más después de las últimas tensiones, por las cuales la reina española había cancelado su viaje a la celebración de aquel invento) le estaba comenzando a escamar.

Le pareció entonces divisar algo extraño en el cielo, algo que no terminaba de comprender que era. Parecía la estela de un avión, pero era oscura, extrañamente oscura y contundente. Además, la estela de un avión no puede hacerse cada vez más corta.

—¿...Qué?

Agarrados por la cintura por aquel extraño palo con forma de ancla o similar, se aproximaban a toda velocidad Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife, las Islas Chafarinas y un Madeira de aspecto enojado. ¿Habría bebido ya demasiado? ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Aquellas islas no estaban cerca de África? ¿A qué... habían venido?

Un súbito instinto le hizo girarse y mirar hacia arriba. Allá, encaramado a la rama de un árbol y tirando de algo que parecía un montón de palos de escoba pegados entre sí, se encontraba España, concentrado.

—¡Pero serás...! ¿Qué pretendes? –se enfadó el inglés pegándole una patada al árbol para hacer caer a su víctima.

—¡Ja, ja! ¡Si no tienes mar esta colonia no te servirá para nada! ¡Y tendrás que devolvérmela!

¡Maldito Cabrón! ¡Tenía razón! Inglaterra se desesperó ante la opción de que pudiera ocurrirle que alguna de sus tierras no tuviese salida al mar. ¡Maldita claustrofobia! Él era una isla joder, y lo que le gustaba era poder sentir el agua por mucho que algunos de sus territorios estuvieran ligados a continentes. Exasperado, se subió poseído por la ira al árbol sobre el cual el español le sacaba la lengua, tirando más fuertemente de los tres diferentes representantes, haciendo caso omiso de las desesperadas indicaciones de Portugal.

—¡España como se te ocurra...!

—¡No te acerques! ¡Que se rompe la rama! ¿Qué te creías? He pensado en to-...

—¡Dame eso! ¡Dámelo ahora mis-!

Como era costumbre, Inglaterra ignoró por completo la advertencia de España. Como España había dicho, la rama se rompió. Como no podía ser de otra manera, ambos cayeron. El moreno perdió el Palo de la Conquista, que se perdió por las aguas dejando a las islas abandonadas en medio del mar. Éstas, con sosiego, comenzaron su viaje de vuelta sin entender muy bien qué había ocurrido. Pero nada de eso preocupaba a los dos involucrados principales de esta trama.

Inglaterra yacía en el suelo, boca arriba, con los ojos como platos. Encima suyo y pegado a sus labios se encontraba España, tan sorprendido de aquel desenlace como el inglés. Se quedaron mirándose, inmóviles, sin saber cómo reaccionar. ¿Se estaban... besando?

La sola concepción de esta idea les hizo separarse violentamente. Iban a pelearse, pero se dieron pronto cuenta de que la primera no había sido una escena tan románticamente torpe como las solían pintar en la tele.

En la habitación del hospital, Francia se tapaba la boca con la mano intentando que no le vieran reírse. Los otros dos le miraron: España, con el labio partido, una escayola en el brazo derecho y una herida importante en una pierna. Inglaterra, con una brecha en la cabeza, un serio golpe en el pómulo izquierdo y un esguince de tobillo.

—... Ni se te ocurra reírte, cerdo francés –amenazó Inglaterra.

—Es que –se carcajeó el aludido–, suena tan romántico... Besándoos mientras caéis del árbol, sí que os gustan las emociones extremas –rio, y no pudo continuar porque la risa a estas alturas le había hecho incluso saltar las lágrimas.

*·*·*OMAKE*·*·*

España no consiguió Gibraltar. Las Islas Canarias consiguieron una aventura. Madeira consiguió un secuestro, que ya era algo para contar. Las Islas Chafarinas consiguieron que alguien hablara de ellas.

Eso sí, al día siguiente, España consiguió una carta en su habitación del hospital.

—¿Qué es? –preguntó como quien no quiere la cosa Inglaterra, tratando de hacerse el desinteresado. Viendo que España no le contestaba, se giró para mirarle descubriendo asombrado que su interlocutor estaba lívido como las sábanas de aquel estúpido lugar– ¿España? ¿De quién es la carta?

—De Marruecos...

—¿Y, qué quiere?

—Me ha puesto una denuncia...

—¿Qué? –se sorprendió sin entender nada el inglés, arrebatándole como pudo la carta al manco de la escayola– ¿Por qué? ¿Qué has hecho?

—El palo... Lo perdí ayer cuando me caí del árbol y se ve que estuvo flotando por el mar hasta que llegó a su costa; se le clavó en el ojo... Ahora quiere que le pague una cantidad compensatoria o sino dice que me pegará una paliza.

Francia nunca supo si aquel momento había sido el mejor o el peor para entrar en la habitación; la risa que le produjo escuchar aquellas palabras consiguieron que la mitad de su café se vertiera sobre la parte inferior de la cama de Inglaterra. Por lo menos, la infelicidad de éste último al ser abrasado por la bebida del francés hizo que aquel asunto del Palo Traidor se le fuese a España unos segundos de la cabeza.