A veces, cuando voy a escribir sobre una pareja nueva por ejemplo, me sucede que ¡pof! Encuentro autores maravillosos y verdaderas obras de arte. Otras veces, sólo por seguir a un autor que me gusta como escribe, resulta que éste publica algo de una pareja que no me esperaba o de la que no era muy adepta y me convierto en una follower totalmente arraigada. Supongo que es así como crece todo este universo, ¿sólo me pasa a mí?
Otra cosa: ¿Soy yo, o la letra está muy grande en estos últimos tiempos?
Ahora en serio: ¡Hemos llegado al final! No me lo puedo creer, válgame el cielo. Disfrutad de este último capítulo que trae dos advertencias tras las cuales me callo:
Warning 1: Yaoi
Warning 2: Larguísimo el capítulo, yo creo que como tres de los anteriores juntos... ¡Empezadlo con ganas! xD
Disclaimer: Hetalia Axis Powers no me pertenece; eso sí, todo lo que habéis podido leer aquí os juro que ha salido de mi mente.
No estás a lo que estás
La urgencia poseía a aquellos dos cuerpos con desgarradora pasión. Se besaban como si no hubiera nada ni nadie más en el mundo, como si el otro fuera la única fuente de oxígeno restante en el planeta. España apretó contra él la cabeza de Inglaterra agarrándole violentamente del pelo de la nuca, a fin de poder unir más fuertemente sus labios, de poder sentirlos hasta parecerle que eran suyos. Las uñas del inglés se clavaron en la espalda del moreno, tratando de deshacerse de su camisa, buscando un contacto necesario, inmediato, abrupto, desenfrenado, desgarrándole, incluso, su tostada piel.
Encerrados en la sala del consejo estudiantil, ambos buscaban devorarse. Los zapatos de Inglaterra habían acabado en destinos muy dispares, como lo eran la mesa del té y la parte de arriba del armario de material. España se había deshecho de los pantalones de su presidente sin saber muy bien cómo, y ahora éste trataba de desabrocharle el cinturón mientras el primero le mordía salvajemente en el cuello. ¿Cómo rayos habían llegado a esta situación? ¡Si estaban discutiendo!
Un rato antes España había ido al despacho del presidente del consejo, para variar, castigado.
—Por qué no me sorprende... –se había mofado el inglés– Todos tienen siempre la misma queja –añadió sacando una carpeta de una cajonera y dejándola caer bruscamente sobre la mesa, tras lo cual la abrió y comenzó a leer diversos avisos de castigo y notas que había en el interior–: "España está distraído casi todo el tiempo de clase".
—... ¿Eh?¿Qué?
—"No sé en qué piensa Antonio, ha resuelto un problema de mates en Religión, y ha recitado a Garcilaso de la Vega y Góngora en Ciencias Naturales".
—¡Grandes maestros! Acuérdate: Gongoreition, en inglés. Hay que esparcir la cultura.
—¡Eso no te da derecho a saltarte a la torera todo lo que te venga en gana, bloody hell! –se exasperó Inglaterra ante la nulidad mental de aquel tipo–. "Se pasa el día mandándose notitas con Francia".
—Jeje... sí...
Aquella sonrisa no gustó nada al inglés, que prosiguió prefiriendo no preguntar nada al respecto:
—"¡Estaba comiendo churros con chocolate en clase! ¡De gimnasia!"
—Eso también tiene una explicación: tú sabes que me encanta gimnasia, pero uno necesita un mínimo de energías pa-...
—"España se ha dormido".
—Eso se responde con la frase anterior: energías. Y es que además economía es un peñazo, entiéndeme.
—En resumen–volteó el rubio a mirarlo, de pie a un lado de la mesa, mientras dejaba los papeles de nuevo sobre ésta–, que no estás a lo que estás. Yo ya les he dicho que es imposible que tú te concentres en algo, pero...
—Ya, ya, lo que sea –ignoró España en tono casual, con una sonrisa descarada–. ¿Puedo irme ya?
—No me interrumpas, es de muy mala educación.
—¡Bueno! ¡Como si tú fueras doctorado en modales!
—Por supuesto que lo soy –contestó tajante Inglaterra. Por el amor de Dios, él era la maldita persona más jodidamente educada de todo el puto planeta, que todavía hubiera alguien que lo dudara era casi un insulto–. Lo que deberías aprender tú es a cerrar esa boca tuya que no hace más que escupir tonterías.
—¿Ah, sí? –desafió el español a su enemigo natural– Igual el que debería cerrar la boca eres tú, ¿no te parece? Que se te va por ahí toda la fuerza y luego quedas en nada...
—¿Y me la vas a cerrar tú? –retó el inglés acercándose hasta la silla del castigado con el pecho henchido y la barbilla bien alta. Éste se levantó e hizo lo propio, poniéndose de este modo ambos muy juntos y muy gallos.
—Tal vez lo haga, pero luego no me vengas llorando –encaró España acercando considerablemente su cara a la del presidente.
—No llores tú por perderte todas las proezas que soy capaz de hacer con ella abierta –contestó con soberbia sonrisa de pirata el rubio.
España maldijo por lo bajo sintiendo como le subía un ligero rubor y algo más que no debía. Le faltaban años para aprender a ser tan hijo de puta como lo era Arthur Kirkland. Pero echarse atrás era lo último ante tan insidioso rival. Éste por su parte sonrió de lado dejando entrever ligeramente los dientes, sabiendo que ese tipo de argumentos siempre le granjeaban la delantera en las discusiones (excepto, desde luego, si se trataba de Francia; él iba milenios por delante en esto desde... desde siempre). Dirigió una mirada intencionada a la entrepierna de España, esperando que éste se diera cuenta, y después volvió a dirigirse a sus ojos, burlesco.
—Sé lo que estás calibrando y la respuesta es sí, soy un amante excepcional –soltó el español antes de que Inglaterra pudiera decir nada.
—No te creo... –se sinceró el inglés sentándose sobre la mesa. De repente, sintió cómo España le abría las piernas y colaba su cuerpo entre ellas, apoyando sus manos a ambos lados de su cuerpo sobre la tabla de madera y cerniéndose sobre él, muy cerca de su rostro.
—¿Ves por qué hay que callarte la boca? No haces más que decir tonterías, hombre de poca fe...
—¿Y qué piensas hacer para que me call-?
Pero no pudo continuar. Los labios de España habían chocado con los suyos y el resto de su frase murió en boca ajena. Inglaterra, sorprendido, miró a quien le besaba; de repente éste abrió los ojos clavando en él su verde mirada, permaneciendo ambos observándose durante unos segundos que se hicieron eternos.
¿Qué hacer? ¿Echarse atrás? Eso supondría su derrota moral. ¡Jamás! Jamás en la vida perdería ante alguien de... ante España, vaya. ¿Quería guerra? Pues tendría guerra. Yo también puedo jugar a este juego.
Sin pensárselo dos veces, correspondió al contacto del español convirtiendo su unión en un beso de mutuo acuerdo. Sorprendió, tal y como pretendía, al moreno, pero lo que logró de él fue una reacción inesperada y confusa: y es que Antonio Fernández Carriedo era un chico del sur, español, entregado a las pasiones y al amor. El sentirse correspondido convirtió la amenaza que se erguía sobre el inglés en una urgencia, urgencia que pronto ambos se decidieron a aplacar. Rodeó a Inglaterra con los brazos, enredando las manos en su pelo y apretándolo contra sí, a fin de poderse hacer más espacio en su boca. Éste pasó sus piernas por encima de las caderas de España, tan marcadas que casi podría haberse sentado sobre ellas sin necesidad de agarre ninguno.
En algún momento España se deshizo de los zapatos y pantalones del rubio, y también de su ropa interior, pero ninguno fue consciente de cuándo ocurrió. La pasión a la que estaban entregados consiguió que el español estuviera incluso sangrando del labio, tras un mordisco caníbal de Inglaterra. De un sólo movimiento, acercó más hacia sí al inglés, mordiéndole en el cuello mientras finalmente éste liberaba de la atadura del cinturón a sus pantalones.
—¡Tchst! ¿Qué haces? –preguntó súbitamente Inglaterra en el momento álgido de la situación.
—... Entrar –contestó con simpleza España, sin saber si era esa la respuesta que se esperaba de él–. Llevo preparándolo un rato vaya, no sé qué te sorprende... ¿Qué tengo que llamar al timbre o algo? –inquirió confuso por la educación inglesa.
—Ponte algo –demandó el rubio con mirada exigente.
España, quien en ese instante no tenía mucha sangre en la cabeza para discurrir, llegó a la conclusión de que si quería proseguir con aquél momento tendría que utilizar un preservativo, lo cual gracias al cielo no suponía un gran problema de disponibilidad siendo amigo de Francia. Agradeció que su pantalón no hubiera ido a parar a paradero desconocido como el de su momentáneo amante, y sacó su cartera para cumplir con la demanda del inglés.
—¡¿Qué clase de fiesta tienes preparada?! –preguntó éste viendo que en la cartera de Antonio no había ni un billete pero que restaban por lo menos diez condones.
—¿Un five o'clock tea?
—Vete a la mierd...¡AH! ¡BESTIA!
—Siempre con lo mismo... Es quejar por quejar...
—C¡AH!llate... Dios...
Se aceleró el ritmo. Se escucharon más altas las respiraciones. A base de empujar y golpear consecuentemente a la mesa, la carpeta que había sobre ésta con todo el horrible expediente de España cayó al suelo, desperdigándose de este modo todos los papeles que en ella se había sin que a ninguno de los dos interesados pudiese importarle menos. El sudor comenzó a recorrer sus pieles, mientras patinaban los dedos de uno y otro sin lograr aferrarse del todo a su momentáneo amante.
—Sí...¡Sí!... –se dejó llevar el inglés por la euforia– Como te pares te mato...
España dejó escapar una risa, entre lasciva y divertida, acercándose suavemente al oído de Inglaterra. Besó, mordió, susurró, hizo todo cuanto quiso sin encontrar obstrucción ninguna.
—¿Te gusta así? –inquirió mordiéndole suavemente en el cuello.
—...Sí... –exhaló el rubio.
—¿Sí?...
—¡AH! Sí... ¡SÍ!
En medio de todo aquel sudor y asentimiento, España tuvo una idea: volver a su antigua estrategia de siempre para ver si conseguía doble combo.
—¿Me devuelves Gibraltar?
—¡Sí, lo que sea! –contestó sin escuchar nada el inglés– ¡No te pares ahora, por Dios!
—... –España no podía creerse lo que acababa de oír. ¿Era... Era aquello real? ¿Lo había conseguido? ¿De verdad? Es decir, ¿se estaba follando a Inglaterra y además había conseguido Gibraltar de vuelta? Joder, debía ser un amante realmente espectacular; ¡y pensar que esto era lo único que habría hecho falta desde un principio! ¡Llamar a un Dios del Sexo! ¡A ÉL! La emoción que embargó su cuerpo fue tal que no pudo evitar que se le escapara una pequeña demostración de alegría– ¡VIVA!
—¡QUÉ! –reaccionó súbitamente Inglaterra– ¡ESPAÑA! ¿DE VERDAD TE PARECE ÉSTE UN BUEN MOMENTO? –inquirió violentamente mirándole a los ojos y dándole un cabezazo– ¡TRAIDOR! ¡Descastado! Fucking mad bastard! Te odio... ¡con toda el alma!
—¡PARA! ¡Para por Dios, que ya acabo! Ya, ya, ya... ¡NO! ¡Para que nos vamos a caer! ¡Inglaterra por lo que más quieras!
España rogaba ante los dolorosos intentos por parte de Inglaterra de zafarse de él. Porque, vamos a ver, la situación era crítica. Un apéndice rígido dentro de un cuerpo que se mueve hacia direcciones no permitidas. Un servidor aguantando la mitad del peso de Inglaterra que ya no descansaba equilibradamente entre él y la mesa, sino que trataba de levantarse empujándolo a él hacia atrás. Pantalones a la altura de las rodillas que impiden cualquier tipo de movimiento de más de diez centímetros y que convierten a un hombre en la criatura más ridícula de la historia. Sin embargo, el británico se sentía traicionado y nada de aquello parecía importarle; se le había cortado el rollo pero del todo.
—¡Si es que no aprendo! ¿NI SIQUIERA FOLLANDO PUEDES ESTAR A LO QUE ESTÁS? Mira que he recibido notas y notas de gente que no hace más que repetirlo... ¡Pero esto! ¡Es el colmo!
—¡Me voy a caer! ¡Haz el favor, cállate y para un momento, Mr. Scrooge!
—¡Y ni sueñes con tener Gibraltar de vuelta! ¡EN LA VIDA! ¡ANTES SE LA DOY A FRANCIA! ¿OYES?
—Ah no, no, no, señorito, me la has devuelto y eso consta, ¡consta! ¡GIBRALTAR ES MÍO DE NUEVO!
—¡¿Te crees que puedes decirme todas esas cosas cuando te tengo dentro de mi culo?! ¡HAZ EL FAVOR! ¡PASO! ¡AHÍ TE QUEDAS!
—¡Inglaterra no...!
Inglaterra tomó impulso en España para tratar de librarse de él de una vez por todas, pero al aplicar tal fuerza el español tuvo que retroceder para mantener el equilibrio. Por desgracia, aquellos pantalones a la altura de las rodillas no quisieron que fuera más allá; con el don de la oportunidad que les caracteriza en lo que se refiere a las oportunidades sexuales, trataron de mantener las dos piernas de su dueño unidas firmemente. Por supuesto esto hizo que el equilibrio se fuera al traste.
Sin poder retroceder, España cayó de espaldas, sin ser consciente de que había una silla casi estratégicamente colocada detrás de él, lo que propició que aquello no fuera una simple caída de espaldas de esas que ocurren cuando tu amante se enfada contigo porque le has engañado para que en el proceso te devuelva un trozo de tierra que era tuyo y que te quitó hace trescientos años, sino que fue una aparatosa caída de esas que ocurren cuando tu aman... de esas.
El tropiezo con la silla hizo que soltase las manos de la espalda de Inglaterra, donde se encontraban tratando de aferrarle a fin de que no le rompiera una parte fundamental de su cuerpo, ya que éste había dejado de rodearle con las piernas y se aguantaba únicamente gracias a las maravillosas caderas del español. En un instante, sus propios pies pasaron a estar por encima de su cabeza, mientras veía (y desde luego sentía) cómo se iba desprendiendo rápidamente del inglés, quien aterrado extendió las manos para evitar la peor de las caídas, siendo la suya mucho más parabólica por culpa de la patinada que le hizo salir disparado volando por encima de España.
Cuando abrió los ojos, Inglaterra se dio cuenta de que le dolía terriblemente la muñeca derecha, sobra la cual había aterrizado malamente. Se apoyó sobre el antebrazo izquierdo para incorporarse, cuando un cosquilleo imposible de definir le hizo darse cuenta de dónde estaba. Aquello parecía ser la respiración de España, que podía sentir en ese espacio que hay entre el ombligo y otra zona menos digna.
Se levantó de un brinco, agitadísimo. ¡Se iba a enterar aquel hijo de mala mad-!
Un momento. No reaccionaba. No se movía. Inglaterra miró a un lado y otro para comprobar que el mundo seguía existiendo, tras lo cual se asustó brevemente.
—Oh Dios mío... ¿Está muerto? –meditó en voz alta.
Entonces fue consciente de que la respiración del español fue lo que le había hecho levantarse de aquel salto, y suspiró ¿aliviado?
Aun así, España estaba totalmente inconsciente. Al parecer había dado con la cabeza en el suelo, y eso le había dejado fuera de combate.
Unos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento, apretando su corazón hasta el punto de hacerle consciente de que aquello era el fin del mundo.
—Presidente Inglaterra –escuchó la firme voz de Alemania–. ¿Puedo pasar?
Se le heló la sangre. ¿Por qué de entre todas las personas que podían haber ido a parar allí había tenido que ser la única respetable de toda Europa? ¿Por qué? Sin embargo, lo peor no había ocurrido aún.
—¡Claro que puedes pasar, no seas recatado!
"¡No puede ser!"
—Pero Francia, no me parece conveniente entrar sin permiso.
"¡Muy bien Alemania! ¡Muy bien!"
—Aish, anda que... ¡no importa! ¡Es Inglaterra! Si tuviéramos que esperar a que nos dé permiso para entrar a socializar con él nos daría tiempo a ver pasar tres veces el cometa Halley...
"Ñañaña y su chismorreo francés, ¡estúpido!"
—Aun así, yo no...
"Nota mental: darle un regalo desinteresado a Alemania en cuanto se pueda. Poner más patatas en el menú del comedor."
—¡Entremos! Para qué esperar...
De un rápido y casual movimiento, Francia abrió la puerta del despacho, encontrándose los dos recién llegados con la pintoresca estampa. Inglaterra, de rodillas en el suelo y desnudo de cintura para abajo, se maldijo a sí mismo varias veces pensando que más le valdría haberse ido a esconder en vez de quedarse helado mirando la puerta esperando simplemente a que lo peor no ocurriera.
—...
—...
Alemania se puso tan rojo como el punto de la bandera de Japón; desvió la mirada, se le cayeron los papeles, le tembló el pulso.
—¡Lo siento! Yo, eh... yo, ¡no debí pasar! ¡Lo lamento mucho! ¡Ya... ya nos vamos! ¡Volveré en otro momento! ... ¡Vámonos, Francia!
—...
No había manera alguna de obtener una respuesta de éste, quien miraba fijamente a Inglaterra a los ojos.
—¡Ve! ¡Alemania! ¡Estás aquí!
—¡ITALIAAAAAAAA! –se abalanzó el germano sobre el recién llegado, tapándole los ojos.
—¿Ve? ¿Qué ocurre? ¡Estás muy animado hoy, Alemania!
—¡HAY PASTA EN EL COMEDOR! ¡VAYAMOS!
—¡¿De verdad?! ¡Qué estupendo!
—¡NO PODEMOS PERDER ESTA OCASIÓN!
—...¡Grand Frère France también quiere jugaaaaaaaaaaar! –exclamó entonces un Francia extasiado en un grito de júbilo deshaciéndose de su ropa en un instante y abalanzándose sobre los dos hombres que habitaban la habitación desde un inicio.
—¡Ni se te ocurra! –gritó Inglaterra arrojándole cuanto encontraba a mano.
—¡Ve! ¿El Hermano Francia también está aquí? –preguntó Italia contento– ¿Alemania? No veo nada.
—Por supuesto Italia, deberías unirt-
—¡BASTA!
—¿Pasta? Ve, ¡Sí que estás animado!
—¡NO! ¡He dicho basta! ¡TÚ DETENTE YA! ¡VÍSTETE! ¡FRANCIA!
Desesperado por cómo seguía el curso de las cosas, Inglaterra corrió a por sus pantalones y, tras ponérselos, ayudó con toda su alma a Alemania a sacar de allí a Francia. Que el italiano no supiera que él estaba allí (pues Inglaterra era el miedo natural de Veneciano) sería el precio justo a pagar a cambio de deshacerse del francés.
Cinco minutos de reloj después, Inglaterra echaba la puerta tras de sí tras una larga batalla por la decencia perdida.
"Nota mental: comprarle un coche a Alemania."
Decidido a que eso no volviera a ocurrir, se acercó hasta España, a quien se dedicó, por encima de todas las cosas, a vestir. Cuando todo parecía tener un aspecto lo suficientemente decente y las marcas de su cuello quedaron bien cubiertas, llamó a la enfermería.
Se quedó al lado de su cama, junto al español, hasta que éste despertó. En el momento en el que sospechó que iba a abrir los ojos se levantó de la silla y se ocultó tras la cortina, saliendo al pasillo en cuanto tuvo ocasión. No quería aguantar ni las quejas ni los agradecimientos del moreno.
Minutos después, la enfermera le daba el diagnóstico de Antonio algo preocupada.
E Inglaterra salía del lugar con una sonrisa imposible de ocultar.
*·*·*·*·*
Prusia miró a su colega.
—Siento haberte hecho venir, tío –se disculpó España–. Pero Romano me ha dicho que el no piensa salir con un tipo blando, así que no le puedo pedir ayuda, y mi mejor amigo Holanda debía de estar ocupado porque no me cogía el teléfono...
—No te preocupes, que para eso estamos –concilió su amigo con tono simple ignorando aquel escabroso asunto de Holanda–. Me invitas a unas cervezas y ¡listo!
—No me hables ahora de cerveza... que tengo la cabeza como un bombo –se quejó el español deteniéndose y llevándose las manos a la misma. Prusia también se detuvo, ya que había tomado el compromiso de ayudarle a volver a casa, y lo de andar no se le estaba dando muy bien–. Amén de otras cosas; me pregunto qué hostias habré estado haciendo... Esto me va a doler al mear... ¡Si parezco John Wayne! Qué dolor, por Dios...
—Te juro que todavía no me entra en la cabeza: ¿de verdad no te acuerdas de nada de lo que ha pasado?
—¡Qué va! Lo último que recuerdo es que tenía que ir al despacho del petardo de Inglaterra porque al de Ciencias Naturales no le ha gustado la magnífica obra de Garcilaso de la Vega...
—Pues tendremos que buscar testigos.
—Sí...
— Si es que... no estás a lo que estás.
Y así ambos comenzaron una nueva jornada de regreso a casa.
—Oye, por cierto, ¿has visto a West? Está como muy esquivo hoy...
—Qué va, ni idea.
*·*·*·*·*
Así pues, gracias al apasionado episodio entre España e Inglaterra y a la amnesia del primero, algunas cosas cambiaron en el mundo:
Inglaterra pudo respirar más tranquilo debido a sus propios motivos de índole fronterizo, y actuó delante de Francia como si nada de lo que decía haber visto fuese cierto.
Francia estuvo tratando de convencer de lo que había visto a España, quien, desde luego, no creyó una palabra de aquella desesperada paranoia sexual tan divertida.
Italia consiguió pasta, y que Alemania fuese sospechosamente gentil durante un interesante periodo de tiempo. Claro que él ya era perfecto...
Alemania consiguió darse cuenta de la verdadera dulzura de Italia que no había estado apreciando, un menú sospechosamente más satisfactorio que el anterior, un precioso Mini Cooper que le fue regalado anónimamente y una estampa que jamás en la vida conseguiría borrar de sus retinas.
Romano pudo estar riéndose de los andares de España durante varios días.
Holanda obtuvo siete llamadas perdidas.
Prusia logró ser invitado a cuatro cervezas.
España consiguió un enorme coscorrón, un terrible dolor en la entrepierna y Gibraltar, pero, desgraciadamente, olvidó ese detalle por culpa de la amnesia.
Epílogo
Como lo último que se pierde en España es la pasión, ya comenzaba su mente a elucubrar nuevas formas de recuperar su antigua colonia:
—A ver, he probado con la repetición hasta el cansinismo, con chanchullos del idioma, con acoso y derribo directo, con sugestión, fútbol, con salvar a un tal Harry Potter, con cosas con palo, con el internet... ¿qué podría yo...?
Devuélveme Gibraltar - FIN
Ahora sí que hemos llegado al final. Para aquellos que piensen '¡No! ¿Porqué al final tuvo que haber sexo?' les confesaré que llegué a tener mis dudas, pero como fue la idea de este capítulo la que hizo que escribiera todo el fic, finalmente la incluí =)
¡No puedo creerme que haya acabado un fic! Es un momento épico. Siento como si se acabara una interesante parte de mí, pero, desde luego, aquí se queda, plasmada con todo lo que se nos ha podido ir la cabeza a lo largo de estos dos meses XD. Espero que os haya gustado.
Agradecimientos
Necesito dedicaros un aparte, sí, porque nada de esto habría podido ser sólo por mí misma. Gracias a InWhite, que es algo así como mi Beta Reader. Gracias a todo aquel que se ha tomado el tiempo de leer. Mil gracias a todos los que se han detenido a dejarme un comentario, os juro que no os hacéis una idea de lo contenta que me pone saber que he podido llegar a haceros reír o a pasar un buen rato; sin vosotros esto no habría llegado hasta aquí, habéis sido los responsables de alargar esta serie hasta diez capítulos y de mi buen humor durante mucho tiempo. Gracias a todos los que han agregado esta historia a sus alertas y/o a sus favoritos. Gracias a los que han leído y han recomendado esta historia a otras personas. Gracias a los que cayeron aquí por casualidad y acabaron leyéndola entera. Gracias a los que estuvieron aquí desde el inicio. Gracias a los que se engancharon en algún otro capítulo. Gracias a los que lean la historia aunque sea mil años después de esto. De corazón, os las profeso: gracias. *reverencia* Gracias a ti :)
Espero poder seguir contando con vuestro apoyo en alguna otra ocasión. Seguiré esforzándome y dando lo mejor de mí.
Y para terminar y para quien quiera recordarlo, será el 11 de Abril de 2013 cuando se cumplan 300 años desde que el inglés se apropió de lo nuestro. Por si nos da por... ¿celebrarlo?
Ahora sí ya me despido,
Espero que nos leamos pronto,
Un besito
Bou.
