¡Hola! Sé que esto es antes de lo previsto ya que yo actualizo los sábados, pero es que mi computadora ésta muy rara (sí, ya no es sólo los dos extraños sino que ahora tampoco entra en internet, buah), y como tengo la computadora de mi padre aquí en la casa decidí tomarla prestada un rato para poder actualizar y no dejarlos sin continuación.
Tal vez me sea un poco difícil actualizar la semana que viene ya que tengo estreno en las tablas, y estoy muy emocionada (ya quiero que sea viernes 13), pero haré todo lo posible para actualizar, aunque mi director me tire toda la zapatería de su casa y la de su novia encima (es chiste, te quiero, eres un director genial).
Como podrán ver el fic ya pasó a ser clasificación T, pero la semana que viene se vuelve clasificación M, para que estén informados.
Hubo un pequeño problema con eso del fic de Kuroshitsuji ya que, aunque a MyobiXHitachiin le gusta ésta serie, no le agrada mucho la pareja de CielXAlois, así que bueno, la cosa se pone de la siguiente manera: al primer review de alguna persona que le guste Kuroshitsuji Y LA PAREJA DE CIEL X ALOIS, le dedico el fic (de todas formas voy a mencionarte Myobi, no te preocupes)
Mis más sinceros agradecimientos a: MyobiXHitachiin por dejar review; IreneRodriguez por agregar la historia a sus favoritas, agregarme a sus autores favoritos y dejar review; Rose cf por agregarla a sus historias favoritas.
Sin más que comentarles, no les hago perder tiempo y las dejo con el capitulo cuatro.
Titanic: A Little Love Story
Capitulo cuatro: El amor se presenta
El sol salía majestuoso en el horizonte y hacia resplandecer el casco del barco y las aguas tranquilas.
La brisa fresca alejaba el humo que manaba de las chimeneas.
Las cocinas se encontraban abarrotadas por los cocineros que empezaban sus labores de aquel día, corriendo de un lado a otro, buscando los ingredientes de sus preparaciones.
El tiempo se había vuelto más frío y Alfred se encontraba bajo su manta, pensando en si debería salir aquel día. Tenía ganas de quedarse todo el día en la cama y no pensar en el aire que pasaba por la cubierta. Tiritó bajo la manta al recordarlo. Pero unos verdes se presentaron en su mente y sólo eso bastó para que tomase la iniciativa de salir, pero no sin llevar tres chaquetas encima.
Recorrió la cubierta b saludando a las pocas personas que se hallaban por ahí a esas horas. Fue al Café Verandah y se tomó su acostumbrado café de la mañana mientras reflexionaba.
Como quería ya estar en Nueva York, recorriendo una vez más las calles en las que había pasado su infancia y que no había dejado de rememorar casi desde el momento en el pisó tierra inglesa. Quería volver a ver a su hermano, puede que siempre lo fastidiase y le hiciera bromas pero en el fondo lo quería mucho. A sus padres.
Y entonces cayó en la cuenta: ¿Qué iban a hacer Arthur y él cuando atracara el barco en Nueva York? No tenía ni idea. Tomó un sorbo de café mientras observaba como el sol iba ascendiendo en el firmamento.
-Good morning, Alfred -lo saludó el británico. Él volteó a verlo y un escalofrío le recorrió la espina dorsal al ver que nada mas llevaba una delgada chaqueta encima. Y él que se estaba muriendo de frío.
Arthur se sentó en la silla de enfrente y pidió un Earl Gray que le llevaron a los pocos minutos. El americano estaba extrañamente silencioso. Tomó un trago de su té y lo observo detenidamente, parecía distraído.
-What's going on? -le cuestionó.
-Nothing. Sólo pensaba en lo que haré cuando llegue a casa -se termino el café, posó los brazos sobre la mesa y dejó la cabeza sobre ellos-. Tengo primero que ir a donde mis padres, visitar a mi hermano y luego empezaré a trabajar otra vez como psicólogo -Arthur lo escuchaba mientras se acababa el té de su taza.
-Ya pensaras en eso mas tarde.
Los ojos azules se posaron en el rostro níveo del inglés. Extendió su mano hasta alcanzar la de Arthur y entrelazó sus dedos con los de él; el de ojos esmeraldas sonrió y le apretó la mano.
-¿Escuchaste de lo que se encuentra en la cubierta e? -preguntó el americano.
-¿Lo de la piscina? Sí, pero creo que no es cierto.
-Averigüémoslo -le agarró de la mano y se lo llevó con él hasta la escalera de proa.
Bajaron tres niveles y se encontraron en un elegante pasillo de paredes blancas con adornos dorados en toda su longitud. Recorrieron el pasillo principal de la cubierta e y se internaron por unas cuantas ramificaciones con resultados infructíferos hasta que terminaron en uno un poco oscuro con una gruesa puerta de metal con remaches de acero.
-¿Podrás ser...? -el americano posó una mano sobre la puerta y empujo, ésta se abrió con un ligero chirrido dejando a la vista un amplio recinto de paredes grises por las que corrían los reflejos del agua de la piscina que provocaba la sutil luz azul que bañaba el perímetro.
El inglés se acercó a la orilla y, en cuclillas, sumergió una de sus manos en el frío líquido. Aunque estaba acostumbrado al agua fría aquella se encontraba helada, casi al punto de congelarse. Retiró la mano y la sacudió para quitarse el agua.
-¿Que tan profunda será? -se preguntaba el de ojos azules que no llegaba a ver el fondo ni con los lentes puestos. Apoyó una mano en el hombro del londinense y éste perdió el equilibrio y cayó a la helada piscina.
Alfred no lo vio por unos segundos. Arthur logró a duras penas llegar a la superficie para tomar una bocanada de agua y volvió a hundirse, trató de quedarse en la superficie una y otra vez pero no lograba hacerlo. Había pensado una que otra vez en lo que se sentiría morir ahogado, pero aquello era mil veces peor ¿por qué no había aprendido a nadar?, era lo que pensaba cuando su cabeza se volvió a sumergir en el agua. Todo comenzaba a oscurecerse mientras sentía que su cuerpo se hundía más y más. Su visión se nubló y después se volvió negra. En lo único que pensó en esos momentos fue que deseaba que Alfred fuera feliz.
Una mano lo aferró de la muñeca y tiró de él hasta que su cuerpo chocó con otro. Alfred abrazó el cuerpo inerte del británico y lo arrastró hasta la superficie, donde brillaba el foco de luz azul.
Cuando lograron salir Arthur empezó a toser y escupir agua, había estado muy cerca. El norteamericano se agarraba con una mano del borde de la piscina mientras con la otra sostenía el cuerpo tembloroso del inglés que se aferraba a su cuello con los brazos, boqueando para que su respiración y los latidos de su corazón se normalizaran. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Alfred. Su respiración acabó de acompasarse y levantó el rostro para ver al americano, la preocupación pintada en sus ojos.
Sus cuerpos temblaban bajo el agua a causa del frío que los iba calando hasta los huesos. El anglosajón acercó su rostro al del norteamericano y posó sus labios sobre los contrarios, ejerciendo tan leve contacto que parecía que no se tocaban. Alfred aumento la presión y el británico tomó el rostro de él entre sus manos y acercó su cuerpo aun más al del mayor.
La lengua del británico se escurrió entre los labios del estadounidense y acarició la ajena con la punta que luego se enredó con la suya, haciendo el contacto más intenso. Sus labios se juntaban una y otra vez y en algunas ocasiones la traviesa lengua inglesa lamia los labios del mayor y los mordía sólo para que gimiese su nombre entrecortadamente. Devoraba la boca del estadounidense al tiempo que enredaba las piernas alrededor de las caderas contrarias. Alfred se aferraba al borde de la piscina a duras penas ya que quería abrazar el cuerpo de Arthur, apegarlo aun mas al suyo, tenerlo bajo el y hacerle el amor hasta que ya no pudieran mas y terminaran sudados, agotados y jadeantes, tirados en la cama, con las sábanas revueltas y apenas cubriendo sus cuerpos desnudos.
Atrapó al inglés contra la pared de metal de la piscina, apoyando las manos contra el borde y dejando acorralado el delgado cuerpo londinense a cuyo dueño seguía besando apasionadamente y sintiendo como su cuerpo se tensaba como el suyo propio. Movió la cadera y su erección rozó contra la del menor. Estaba tan excitado para estar metido en agua congelada que era increíble. Continuaron con su íntimo momento, perdidos en la pasión que casi no se percataron del chirrido de la puerta al abrirse. Antes de que entrara alguien Alfred le hizo un gesto a Arthur para que guardara silencio y se escondieron en el pequeño espacio que quedaba entre la superficie del agua y la orilla de la piscina. Los que entraban no podían verlos, pero ellos podían ver perfectamente a los recién llegados: Cian y Liam.
-No puedo creer que sigas enojado conmigo Liam -pronunció el gemelo mayor al cerrar la puerta de metal-, ya han pasado dos días.
-¿Y qué querías? ¿Que lo tomara todo bien, como si nada? ¡Pues te informo que estas muy equivocado!
-Liam, por Dios...
-No me vengas con esas Cian. ¿Cómo te atreviste a besar a Arthur? -el americano volteó a ver al inglés que sólo se encogió de hombros-. ¡Eres un maldito! Sabes que te aprecio mucho y que me duele que hagas ese tipo de cosas en frente mío.
-Lo que pasa es que tengo que despejar mi mente de los sentimientos que la abruman la mayor parte del tiempo -dijo Cian con la cabeza gacha, los ojos verdes fijos en el piso gris-, tú no sabes lo que pasa en mi interior, no tienes ni idea de lo que ocurre.
-Si confiaras en mi de verdad me lo dirías, estuvimos juntos nueve meses más los dieciséis años que hemos vivido en este indómito mundo -posó las manos sobre los hombros de su gemelo, que levantó el rostro de inmediato-, quiero que sepas que siempre estaré a tu lado... Para todo -las mejillas de Liam se habían sonrojado y contrastaban violentamente con sus ojos esmeraldas.
Cian se le echó encima a su hermano y ambos terminaron en el suelo, besándose salvajemente, olvidándose de todo y sin preocuparse porque alguien los viese. Liam empezó a levantarle la camisa a su gemelo y acariciar la piel lisa y cremosa mientras los gemidos se escavan de los carnosos labios del mayor...
Arthur tenía un tic en el ojo al ver a sus hermanos básicamente haciéndolo con la ropa aun puesta, es decir, siendo gemelos debía de sentirse como follarse a uno mismo o algo por el estilo (si es que eso era posible). Alfred tenía el ceño fruncido con una expresión de "¿qué carajo?" en el rostro: era muy diferente haber estado en aquella situación y después ver a otro dos que hacían lo mismo.
El americano salió del agua y ayudó a Arthur a salir. Los gemelos ni siquiera se inmutaron. Los dos rubios salieron de la sala y se devolvieron a la cubierta b chorreando agua por todo el camino y dejando gruesas gotas en las alfombras. Alfred tiritaba frenéticamente y los dientes le castañeteaban, se abrazaba a sí mismo y se echaba el aliento en las manos para conservar el calor pero era inútil. Arthur tenía algo de frío pero no parecía molestarle tanto como al americano.
Ya eran las cuatro de la tarde y la mayoría de los pasajeros se encontraban en los cafés preparados para tomar el té de la tarde. Los padres de Arthur se encontraban entre estos comensales y cuando el señor Kirkland vio a su hijo empapado frunció el entrecejo y negó con la cabeza, apartando la vista, conversando con Scott.
-Me voy a cambiar y vendré con mis padres, ¿Quieres quedarte con nosotros? -preguntó el británico.
-Quisiera pero... ¡achis! Creo que me quedare en mi camarote sumergido en agua caliente.
-Entonces... Supongo que nos veremos mañana -se acercó y le dio un suave beso en los labios.
Arthur se fue a su Parlot Suites y Alfred al camarote 21-B, donde echó un par de jarras de agua caliente y después agua fría. Se quedó allí hasta que el agua se enfrió por completo, ya estaba oscuro afuera así que se metió entre las sábanas y se durmió pensando en su amado inglés.
La sala de telégrafos se encontraba hecha un caos ya que llegaban mensajes de distintos barcos que interferían con la llegada de los mensajes para los pasajeros que el telegrafista de turno trataba de anotar sin mucho éxito. Escuchaba los clics cortos y largos que avisaban de la presencia de iceberg, pero no fueron tomados en cuenta por el telegrafista ya que no contaba con el código oficial de advertencia que debía tener el mensaje en caso de que fuera real.
El telegrafista trataba de identificar el mensaje que llegaba a través del constante chirrido de la alerta de iceberg, pero era inútil, lo único que hacía era romperse los tímpanos tratando de separar un chasquido del otro.
Repentinamente el telégrafo dejó de funcionar y el RMS Titanic quedó incomunicado. El telegrafista no le quedaba más que hacer si el aparato se había desconectado, tendría que esperar a que volviera a la normalidad y para eso podrían pasar horas. Se quitó los auriculares y los dejó sobre su mesa de trabajo para irse a su camarote.
Si el telegrafista hubiese sabido lo que se avecinaba quizá abría prestado más atención a la alerta de iceberg.
To Be Continue…
Lectores, los quiero muchísimo y en serio les agradezco que se hayan tomado el tiempo para leer ésta pequeña historia por los cien años del hundimiento del RMS Titanic. Espero seguir encontrándolos en otras de mis historias. Nos vemos la semana que viene (de verdad espero poder actualizar el próximo fin de semana).
Hibari-Yuuki01.
