¡Hola! Otra vez yo por aquí antes de tiempo, pero es que el sábado no voy a tener tiempo de adelantarles el capitulo, el viernes hay estreno y no tengo tiempo para nada más y mañana que es jueves tengo que ir a arreglar unos papeles a la embajada de España y tampoco voy a poder, así que para no dejarlas esperando hasta el domingo decidí actualizar hoy.
Como verán el capitulo está bien largo y aparte es clasificación M, espero que lo disfruten. A los que no les guste el lemon se lo pueden saltar, pero es preferible que lo lean porque en verdad lo hice con mucho cariño para ustedes. Éste es el último capítulo, pero no me maten por el final que aun falta el epilogo que lo subiré lo más pronto posible.
Les agradezco desde el fondo de mi alma y corazón a: MyobiXHitachiin por sus reviews; IreneRodriguez por su extenso comentario; Ritsu Kirkland, gracias también por tu hermoso review y por agregar mi historia a tus favoritas; LovinaxTonio95 gracias por agregar la historia a tus favoritas.
Sin retrasarlas más las dejo con el último capítulo del fic.
Titanic: A Little Love Story
Capitulo cinco: ¡Desastre a la vista!
El sol parecía un poco pálido aquella mañana cuando se presentó desde detrás de la neblina que se había formado durante la noche. El aire se había vuelto más frio, el barco se encontraba más cerca de Terranova, y probablemente se iba a poner más frio conforme fuese avanzando el día. El tranparente azul de cielo y el mar se entremezclaban en el horizonte y brillaban majestuosamente en presencia de los primeros rayos matinales.
El Capitán Smith vigilaba desde la cabina de mando el tranquilo océano, todo parecía indicar que tendrían otro día tranquilo de viaje. Una sonrisa se dibujó en el rostro del Capitán mientras disfrutaba de aquella hermosa vista.
Si el día anterior había tenido frío, aquella mañana estaba que se congelaba. Estaba un poco resfriado por el baño de agua helada que se había dado al rescatar a Arthur y estornudaba a cada rato. Había salido a calentar con el sol como lo hacían las iguanas y otras lagartijas y reptiles, pero parecía que los rayos solares se habían congelado también. Las cinco chaquetas que llevaba encima no lo calentaban lo suficiente como para dejar de temblar, sentía hasta los dedos de los pies agarrotados. Se frotó los brazos con las manos enguantadas y pidió que le trajeran un café, ya que estaba en el Café Verandah iba a aprovechar.
Le trajeron una taza humeante del brebaje oscuro y que amaba tanto en las mañanas. Tomó un trago y sintió como le bajaba por la garganta, calentándolo todo a su paso y haciendo que el temblor se atenuara. Soltó un suspiro que dibujó una nube de vaho blanquecino en el aire y dirigió la vista al horizonte, lo veía borroso, tendría que mandar a revisar los anteojos cuando llegara a Nueva York.
Empezó a calentar un poco cuando ya eran alrededor de las ocho de la mañana, ya para ese entonces se había tomado cinco tazas de café y había dejado de tiritar pero no se atrevía a sacarse ni una sola de las chaquetas de encima.
Unos brazos envueltos en las mangas de una chaqueta de lana negra lo rodearon desde atrás y lo abrazaron. Los labios tibios del inglés se posaron en su mejilla y luego le susurraron al oído:
-Good morning, my sweet love -un escalofrió le recorrió toda la espina desde la base del cuello hasta la última vertebra. Giró el rostro para verle los ojos esmeraldas a Arthur y éste lo sorprendió con un beso casto y fugaz en los labios. Alfred lo tomó de una mejilla y lo acercó otra vez para besarlo cuando el inglés se separó bruscamente de él.
Scott venia en su dirección con Nate siguiéndole de mala gana. Cuando llegó a la altura de la mesa en la que se encontraba el americano se detuvo, lo miro con desprecio y luego se volteó y se dirigió a Arthur como si él no se encontrara sentado entre ambos.
-Nuestro padre está molesto contigo -el rostro del rubio inglés claramente quería decir "¿qué?" -. Dice que no has estado todos estos días con la familia y que te quiere todo el día de hoy en donde se encuentre él.
-No soy perro faldero de nadie, ni siquiera de mi padre -dijo altaneramente Arthur mientras se cruzaba de brazos.
-¡Así se habla Arthur! -lo animó Nate. Scott le envió una mirada asesina a su hermano menor y éste repentinamente empezó a llorar-. ¡Eres un idiota! ¡¿Cómo se te ocurre una cosa así? -no estaba muy claro si le hablaba a Arthur o a Scott pero lo que si estaba claro era que ese niño tenía que volver a terapia. A Alfred aquello le pareció un grave caso de bipolaridad (y no estaba equivocado).
Scott suspiró ruidosamente, tomó a Nate con un brazo y a Arthur con el otro aunque se debatiera para liberarse. Nate había pasado de llorar como un loco a gritarle como un desquiciado al pelirrojo, despotricando contra él.
Alfred vio como el inglés era alejado a la fuerza de él y se deprimió al pensar que no lo vería en todo el día. Se quedó en la mesa, pensativo y aburrido.
Pidió como tres tazas de café más y un par de pedazos de pastel en las siguientes cuatro horas. Había olvidado Sentido y Sensibilidad en el camarote así que no hizo nada más que ver el techo del café, descifrando imágenes en las florituras pintadas en el raso blanco. Pasó una hora completa inmerso en aquella actividad cuando decidió volver a su habitación a leer, al menos con una manta encima iba a estar más caliente.
No se molestó en quitarse la ropa, sólo buscó una manta, se sentó en el sillón que estaba apoyado contra una pared y se la echó sobre las piernas mientras leía apaciblemente. A cada párrafo se preguntaba cómo le estaría yendo a Arthur con su familia, pero trataba de dejarlo aparte para terminar por fin con su libro, sólo le faltaban cien páginas.
La luz del sol se fue atenuando a medida que pasaban las horas y había tenido que encender una vela para no dañarse la vista más de lo que ya la tenía. Se había quitado los lentes ya que no le eran necesarios para leer de cerca. Continuó con su romántico libro cuando, repentinamente, tocaron a su puerta. La abrió y el británico de ojos verdes se adentró en la habitación cerrando la puerta tras de sí. Al otro lado de la madera se escucharon pasos apresurados que recorrían el pasillo de camarotes de un extremo al otro. Arthur, que se había quedado recostado en la puerta hasta que ya no escuchó ruido, soltó un suspiro y se alejó del umbral.
Los ojos del británico se posaron en el estadounidense que tenía delante con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Pensaba que tenías que quedarte con tu familia -comentó el de ojos zafíreos.
-Me escapé -se acercó al mayor y lo abrazó por el cuello-. Prefiero mil veces estar contigo que verle la cara a Scott todo el día. A demás, ya tuve que aguantar la tortura por muchas horas -se apoderó de los labios americanos, amargos por la cantidad de café que había tomado el joven aquel día. Saboreo aquello apoderándose una y otra vez de su boca, sin casi dejar oportunidad a que el aire les entrara en los pulmones.
Las manos de Alfred rodearon el rostro del británico, que se apegó aun mas a él, y movió sus labios lentamente, disfrutando de cada segundo y cada roce de sus labios contra los ajenos, lamiendo y repasando con la punta de la lengua los carnosos labios rojos y levemente hinchados por la presión que habían ejercido los suyos unos segundos antes. El americano bajó por la mandíbula del londinense hasta llegar al cuello, besando y mordiendo con deleite la piel nívea del joven, dejando marcas rojas a su paso, escuchando los roncos gemidos que escapaban de entre los labios de Arthur aunque tratara de contenerlos apretando los dientes.
Las manos de Arthur bajaron por la suave tela de la camisa, sintiendo de forma ambigua la musculatura bien formada que se escondía abajo. Sacó la camisa del pantalón y empezó a abrir los botones de abajo hacia arriba, rozando con los nudillos la piel levemente bronceada del americano que temblaba otra vez, pero ahora era de puro placer. Alfred mordió el punto en el que se juntaban el cuello y el hombro y Arthur echó la cabeza hacia atrás al tiempo que de su garganta emergía un gruñido ronco que excitó al estadounidense en sobremanera. Bajó y abrió el primer botón de la camisa con la boca para luego volver a atrapar los labios de Arthur entre los suyos y desabrochar el resto de la blanca tela con dedos rápidos y agiles. El británico volvió a gemir contra los labios estadounidenses al sentir los nudillos rozar con su abdomen y luego las manos del contrario deslizándose de abajo hacia arriba en su anatomía y le producía temblores placenteros que recorrían todo su cuerpo.
La mente psicológica del estadounidense le hacía rememorar aquellas tardes calurosas encerrado en el aula de clase en donde le habían explicado que la preferencia de una persona hacia un sexo u otro se desarrollaba en la niñez y dependía de la relación que había tenido uno con sus progenitores, pero tomando en cuenta que a él nunca le había atraído alguien anteriormente ni siquiera se había percatado de su preferencia homosexual (en otras palabras no se había dado cuenta de que se quedaba más tiempo viéndole el culo a los hombres que las tetas a las mujeres a las que sólo dedicaba una mirada fugaz).
Todo lo que había recordado se esfumó de su mente en el momento en que Arthur dejó escapar un segundo gemido con sus labios pegados a los suyos. El inglés lamió los labios rojos de su compañero antes de que éste se desviase hasta su oreja y le mordiera con fuerza el pabellón dejándolo sin la voluntad suficiente para reprimir el furtivo alarido que huía, ronco y profundo, de su garganta. Los labios norteamericanos bajaron por el cuello lleno de manchas rojas por las mordidas que había dado antes, retirando la tela de los hombros y dejando que callera por los bien definidos brazos del rubio londinense cuyos ojos se habían oscurecido de deseo y su respiración se había vuelto irregular, como la suya propia.
Alfred hizo retroceder al de ojos verdes hasta tenerlo acorralado contra la pared, donde apoyó las manos para dejarlo sin escapatoria. Continuó besándolo, entrelazando su lengua cálida y húmeda con la de su acompañante, acariciándose con la lujuria emanando de sus poros, destilando pasión pura en cada roce de sus pieles descubiertas. Arthur posó sus labios contra el cuello del norteamericano y le dio una leve mordida que dejó una marca roja en la piel bronceada. El americano levantó su rostro bruscamente y lo volvió a besar efusivamente, con más pasión a cada rozamiento de sus labios, acariciando su rostro con sus suaves manos que luego bajaron lentamente por su torso desnudo hasta que llegó a la cinturilla de su pantalón, no siguió avanzando.
Arthur se deshizo por completo de su camisa y rodeó el cuello del americano con sus brazos para acortar la distancia entre sus cuerpos. Las manos norteamericanas recorrieron la blanca y tersa piel de la espalda del inglés, definiendo cada musculo con la yema de los dedos, lamiendo con deleite el cuello lleno de manchas rojas al tiempo que lo besaba y creaba marcas nuevas.
Alfred apretó su cuerpo contra el de Arthur, atrapándolo más aun contra la pared. Levantó al londinense y éste enredó sus piernas en torno a su cintura, volviendo a besarlo como si su vida dependiera de ello, como si no fuese a haber un mañana. Besó su mandíbula, su cuello y siguió por su hombro mientras él se embriagaba con el aroma de la piel del británico, dulce y suave como el té. El americano iba excitándose más a cada segundo, rindiéndose ante los encantos del anglosajón que lo tenía atrapado bajo sus redes misteriosas y seductoras, oscuras y que ciertamente no las conocía todo el mundo. La lengua caliente del londinense trazó un camino del hombro de vuelta a los labios contrarios, poseyéndolos, reclamándolos como suyos y de nadie más. La luz que entraba por la claraboya del camarote era cada vez más tenue y el ambiente más oscuro. Cuando separaron sus labios un hilillos plateado de saliva los unía todavía, se perdían en las profundidades de los ojos del otro, queriendo estar aun más cerca el uno del otro, rozarse más.
Arthur metió las manos bajo el cuello de la camisa y comenzó a bajarla con los fuertes y tonificados brazos del mayor. El estadounidense agachó la cabeza y besó la clavícula del contrario, bajó por el torso desnudo dejando un reguero de besos por toda la piel pálida. La superficie de paneles de madera que recubría la pared se había hecho más fría y por la claraboya ya nada mas entraba un débil as de luz, afuera el anochecer corría presurosamente, dejando un oscuro y sensual cielo en el que las estrellas empezaban a aparecer en masa, bañando la superficie negra-azulada de destellos parpadeantes junto con el excitante resplandor de la luna lechosa.
Las caderas de ambos se rezaban mutuamente mientras el silencioso recinto se llenaba de los eróticos y roncos gemidos de placer que los iba excitando mas a cada segundo que pasaba. Los miembros endurecidos de ambos jóvenes se friccionaban uno contra el otro, logrando que los pantalones empezaran a estorbar. El estadounidense besó con lujuria los labios del contrarios, sus manos bajaban por el torso acariciando cada rincón de aquella piel que empezaba a perlarse de sudor hasta llegar a la cinturilla de aquellos pantalones oscuros que le sentaban tan bien al británico. El contacto de los dedos de Alfred con la piel del vientre hizo que una corriente eléctrica le recorriera la columna vertebral y le fue inevitable el dejar salir un suspiro cargado de placer por sus labios rojos y apetecibles, que seguían moviéndose a un ritmo frenético con los del americano.
Alfred internó su lengua en la boca de Arthur, que volvió a producir un gruñido ronco que acompaño a su vez, enroscándola otra vez con la de Arthur y saboreando el suave deje a té que quedaba en aquella boca tan caliente que lo estaba volviendo loco, y a cada segundo que pasaba la razón iba abandonando su mente para ser reemplazada por el instinto puro. El americano, aun con las piernas de Arthur enredadas alrededor de su cintura, lo llevó hasta la cama y lo depositó sobre la suave colcha que cubría las sábanas blancas. Alfred posicionó sus manos a ambos lados del rostro del británico y lo observó por unos segundos: la respiración entrecortada; el cabello rubio revuelto y sudado al igual que su piel; sus ojos verdes y seductores rebosantes de deseo; su piel clara, que brillaba por la pálida luz de la luna, que se filtraba por la claraboya, a causa del sudor. Bajó, apoyándose en sus codos, y besó con desespero aquellos labios ajenos.
La lujuria inundaba el cuerpo del londinense, que sintió cuando los largos dedos de Alfred desabrocharon el botón de su pantalón para luego introducirse bajo la tela de su ropa interior y acariciar su pene endurecido, primero con las yemas y luego con la mano entera, empezando a cubrir la longitud completa moviéndose de arriba a abajo, endureciéndose más a cada caricia.
Su ropa terminó al fin en el suelo, quedando totalmente a merced de aquellos profundos ojos azules, que parecían hielo reflejando una llama intensa de pasión y lujuria.
El americano tomó el miembro erecto del londinense entre sus seductoras y hábiles manos, masajeándolo primero para después introducirlo en su boca y empezar a ejercer presión con los labios y saborearlo con su caliente, ansiosa y húmeda lengua, recogiendo cada gota blanca, amarga y a la vez dulce de aquella preciosa esencia que desbordaba a Arthur, que se había dejado llevar por sus instinto, dejando la razón completamente en el olvido. El pre-semen corría por la comisura de los labios americanos y caía en el vientre del de ojos como esmeraldas, que gemía y gruñía sin ningún control. Los besos y la lengua de Alfred se hicieron presentes en el vientre de Arthur, quitando el pre-semen que se le había escapado, acercó su boca a la del británico y lo besó con gula mientras seguía apretando su pene con las manos. A Arthur se le hacía extraño aquel sabor amargo en los labios de su amado, aunque de todas formas poco le importó; mordió deseoso los labios rojos del norteamericano, rodeándole el cuello con los brazos, disfrutando tenerlo sólo para él...
Fue entonces cuando lo sintió, aquellas abrasadoras gotas blancuzcas que caían sobre su abdomen, dejándolo manchado y pegajoso; fue entonces cuando se dio cuenta que Alfred estaba recorriendo su propio pene con la mano que tenía libre, masturbándose descaradamente delante de él. ¿En que acaso pensaba que las cosas iban a llegar hasta ahí y ya? Pues estaba en un grave error si así era.
Alfred seguía encima de él, besándolo y haciendo que casi perdiera la cordura. Definitivamente el no iba a dejar que aquello se quedara de aquel modo. Se incorporó cobre los codos y el neoyorkino se separó de sus labios, mirándolo con asombro ¿Es que acaso había hecho algo mal? Arthur lo tiró en el colchón, a su lado, para luego subírsele encima, dejando que su pene rozase con el del contrario, que se estremeció ante tal contacto. Fue en ese momento cuando Alfred distinguió el brillo salvaje de aquellos ojos como esmeraldas, tan hermosos, tan deseables. Las manos suaves y delicadas del inglés recorrieron el torso del americano lentamente, logrando que éste soltara ligeros jadeos. Rodeó con sus manos el rostro de Alfred y depositó un suave beso en sus labios.
Se dirigió a la oreja del mayor y le susurró, con la voz ronca de la excitación:
-Sabes que no es necesario que te contengas, ¿No es así?
-Pero…
-Sólo piensa, que en estos momentos, lo único que deseo, es ser tuyo por completo –volvió a juntar sus labios con los del americano, que se incorporó para quedar sentado en la cama con las piernas de él a cada lado de su cuerpo.
Los orbes azules estaban fijos en los verdes, sumergiéndose en aquel profundo y espeso bosque que parecía tan misterioso e impenetrable, tan solitario, tan tranquilo. Los brazos de Alfred rodearon el delgado cuerpo del británico, deslizando las manos por toda la espalda, causando temblores en el menor; acercó su rostro al del londinense para susurrar un "I Love You" contra sus labios. Su mano derecha se abrió paso entre sus glúteos hasta rozar el ano del menor con la yemas de sus dedos y haciendo que el joven se estremeciera y soltara un sonoro alarido, separándose de sus labios y echando la cabeza hacia atrás cuando el primero de sus dedos se adentró en su interior; mordiéndose los labios para reprimir el grito de placer que huía de su garganta cuando el segundo dedo lo penetró. Los dedos del norteamericano se movían en su interior, abriéndose y cerrándose rítmicamente, dilatándola para cuando llegara el momento crucial y dejándolo sin aliento por la cantidad de suspiros que le huían entre los dientes apretados.
La ropa que le quedaba a Alfred cayó al suelo con un ruido sordo en lo que se apoderaba otra vez de la boca inglesa. Sacó los dedos del interior de Arthur, que volvió a gemir contra sus labios. Lo elevó ligeramente sobre su cuerpo, tomó su erección y la posicionó en la entrada del británico. Preguntó con su mirada zafírea si podía continuar lo cual la esmeralda respondió con un silencioso sí. Arthur fue bajando lentamente, dejando que el pene de Alfred, duro y excesivamente caliente, se adentrada en su estrecho ano, sintiendo un dolor que lo desgarraba internamente y que al mismo tiempo le proporcionaba el placer más grande de toda su vida; sentía como aquel regio musculo rozaba sus paredes internas y lo deja sus aliento, el poco aire que lograba inhalar era expulsado en un grito de excitación casi tan rápido como entraba. Se fue adentrando más y más profundo dentro de él, llenándolo por completo. Sentía que pronto iba a llegar al clímax, su mente ya había perdido toda razón, ahora eran únicamente los instintos animales, salvajes, los que nominaban su cuerpo.
Alfred hizo que su pareja se recostara sobre la cama y empezó un vaivén, primero lento que luego empezó a aumentar en ritmo, entrando y saliendo con cada embestida, llegando cada vez más profundo con sus estocadas. Lamía y mordía los pezones del anglosajón mientras seguía con sus penetraciones, haciendo que se erectaran y endurecieran con cada lamida. Arthur ya no aguantaba más aquella sensación, soltó un último grito de excitación en el momento en que se corrió contra el vientre del americano y el suyo, para unos segundos después que Alfred se viniera dentro suyo, esparciendo su ardiente especia en su interior, quemándolo como la pasión que ardía aun en su pecho. El americano se dejó caer sobre él, agotado, sudado, jadeante, tan sensual.
Alfred salió del interior de Arthur y se acostó a su lado, cubriendo sus cuerpos desnudos con la manta que, entre tanto ajetreo, había terminado en el piso junto con sus ropas. El menor se acurrucó a su lado, abrazándose a su brazo, con la cabeza recostada en su pecho, recuperando su acompasada respiración. Alfred lo abrazó por la cintura y le dio un beso en la frente mientras acariciaba su sedoso cabello dorado.
-I love you –fue el susurró de Arthur antes de cerrar los ojos y acomodarse menor al lado de su pareja.
-I love you too –apoyó su cabeza en la del menor y se quedó dormido.
El único testigo de su amor aquella noche fue la luna escurridiza, que los observaba a través de la ventana.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
Ya era el colmo. Scott, Cian, Liam y Nate habían volteado todo el camarote y casi desmantelado por completo la cubierta b buscando a Arthur. Sabían que en el momento en que llegaron al pasillo en el que se encontraba su camarote lo perdieron pero ¿Dónde demonios podía meterse alguien no conocía a nadie más en el barco?
Scott pensó momentáneamente que podría haber ido donde el americano, pero descartó la idea rápidamente ya que de seguro no sabía en donde quedaba el camarote de él y a parte le daba flojera preguntarle a alguien si sabía (cosa improbable porque, aunque los miembros de la tripulación siempre estaban pendientes de los pasajeros, no iban por ahí aprendiéndose quien se encontraba en cual camarote). Se dejó caer en el mueble en el que había pasado todas las noches, disfrutando de la tranquilidad de la noche, en aquel pequeño instante en el que nadie lo molestaba, donde todos estaban entregados a los brazos del dios del sueño, permitiéndole aquellos minutos de meditación… apoyó el rostro en su mano mientras observaba fijamente el fuego que alumbraba la estancia desde la chimenea, soltó un suspiro de resignación al comprender que ya nada podía hacer por su hermano, que hiciera lo que le viniera en gana, ya le daba igual.
Se le escapó una suave risa al pensar en aquella familia tan extraña que conformaban los Kirkland: él, Scott, el hermano mayor que contaba ya con veinte años, estaba terminando de cursar sus estudios como historiador y aparte tenía su preferencia homosexual muy bien definida; Arthur, que apenas contaba con diecisiete ya que en una semana cumpliría los dieciocho, había terminado sus estudios secundarios e iba a empezar sus estudios de literatura, aparte de eso, a demás, tenía sus mismas preferencias sexuales (para variar); Liam y Cian contaban con dieciséis años, había sido castigados en el colegio más veces de las que se podía contar, y lo peor es que los había encontrado el día anterior en la piscina realizando el coito (francamente era una imagen que quería borrar de su cabeza); y Nate era un niño extraño de catorce que había pasado más tiempo tratando su bipolaridad y su leve tendencia bisexual (que últimamente se había vuelto más homosexual) que jugando como un chiquillo normal. Sí, definitivamente aquella generación de la familia resultó ser muy extraña, lo único que les quedaba a sus padres era esperar que Alice no se volviese lesbiana.
Cerró los ojos y volvió a suspirar, el ruido que tenía de fondo era la eterna discusión de sus hermanos en la habitación contigua, llevándose por en medio todos los muebles que encontraban en el camino. Aun era temprano, pero se sentía ya cansado de tanto lidiar con esconder la verdad a sus padres y de paso soportar toda la tarde a sus hermanos, pero esa era su labor como hermano mayor, aguantar a sus hermanos hasta el final aunque imponiendo el carácter necesario para que se comportaran decentemente. Con la cabeza aun apoyada en la mano y sentado confortablemente en el sillón se quedó dormido.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
Los mensajes de aviso de iceberg llegaban atropelladamente. El telegrafista escuchaba aterrado la información que le era enviada una y otra vez con el protocolo oficial. Se quitó lo auriculares, los tiró en la mesa y salió corriendo de la sala con rumbo al puente de mando. Su entrada en la cabina fue estrepitosa, la puerta había golpeado ruidosamente contra la pared, llamando la atención del Capitán Smith y de Bruce Ismay, el representante a bordo de la compañía White Star Line y vicepresidente.
-¡Capitán! ¡Nos acercamos al desastre! En Terranova hay grandes bancos de hielo que se están desprendiendo y dirigiéndose en ésta dirección desde Groenlandia –comentaba desesperadamente Harold Bride, el encargado del telégrafo.
-¿Esta seguro, Bride? –lo interrogó el Capitán, acercándose a él.
-Completamente, Señor –corroboró.
El Capitán Smith quedó pensativo, recorrió con la mirada los instrumentos y luego tomó una resolución:
-¡Alteren el rumbo hacia el sur!
-¡Sí, Señor!
Se volvió hacia el señor Bruce Ismay.
-Necesitamos bajar la velocidad.
-¡Eso ni pensarlo! Lo que necesitamos es hacer un buen tiempo. Si llegamos a Nueva York antes de lo previsto éste proyecto habrá sido un éxito.
-¡La velocidad máxima de éste navío es de 23 nudos y vamos a 22! ¡Al menos 2223 personas se encuentran a bordo y su vida depende de nuestras decisiones! Si algo llegara a salir mal…
-Nada saldrá mal –lo interrumpió Ismay.
-Se lo pido señor, deje que bajemos la velocidad.
-Denegado.
La furia invadía al Capitán, se acercó a uno de sus hombres y le susurró:
-Que redoblen la vigilancia en el mástil de observación –el hombre salió de la cabina.
El Capitán Smith se asomó y observó el paisaje: el agua estaba muy calma y más oscura que nunca, negra e impenetrable; el cielo tenía demasiadas estrellas, más de las que normalmente se veían; aparte, el clima se había vuelto muy frío. En verdad le preocupaba la posibilidad de que el barco se estrellase contra un tempano de hielo.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
Alfred se removió sutilmente bajo la manta, su cuerpo chocó con otro y sus ojos azules se entreabrieron, encontrándose con los dorados y despeinados cabellos del británico que reposaba plácidamente a su lado. Sonrió en la oscuridad y depositó un suave beso en la frente el menor, que suspiró en sueños ante el contacto. Cogió el reloj que tenía sobre la mesita de noche y observó la hora, 23:32. Volvió a dejarlo sobre la mesita y se acomodó otra vez bajo la manta.
Arthur abrió sus orbes esmeraldas sólo un poco, se notaba su cansancio, para ver el rostro de su pareja.
-¿Ocurre algo? –le preguntó al americano.
-Nada, sólo me desperté –le dio un beso en los labios y le acarició sutilmente el cabello-, vuelve a dormir.
El londinense se quedó dormido al instante, el lo abrazó, apoyó la cabeza en la almohada y volvió a dormirse a los pocos segundos.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
El ambiente en la Parlot Suite que compartían los hermas Kirkland era tranquilo, silencioso, pacifico. Todos habían caído rendidos ante el cansancio. En la chimenea sólo quedaban unas pocas ascuas rojizas. Los suaves ronquidos de Scott era lo único que se escuchaba en la sala de estar, respiraba tan tranquilamente, tan relajado…
Un estrepito y un temblor. Los ojos verdes de Scott se abrieron y volteó a ver a todas partes para ver qué podía haber causado aquello pero no encontró nada. Se frotó los ojos y apoyó otra vez el rostro en la mano, miró el reloj de la estancia que dictaba las 11:40. Suspiró y miró el vaso con agua que estaba en la mesa a su lado: se habían formado ondas en la superficie y seguían apareciendo una tras otra. Frunció el ceño ante aquello ¿Qué estaba pasando?
Golpearon a la puerta ruidosamente, empezaba a haber una algarabía en el pasillo. Los miembros de la tripulación pasaban por todos los pasillos, golpeando las puertas para informar de la colisión del barco contra un iceberg. Scott se levantó apresuradamente de su sillón y fue a despertar a sus hermanos. Los cuatro salieron con premura de la Parlot Suite en dirección a la cubierta de botes.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
El Capitán Smith entro corriendo al puente de mando, hacía no mucho rato que se había retirado a su camarote, eran las 00:00 y se encontraba de vuelta ahí. El Primer Oficial Murdoch le explicó que hizo todo lo que creyó oportuno, que había girado el timón a babor (izquierda) todo lo que pudo y había mandado a dar marcha atrás, pero lamentaba que todo su esfuerzo hubiese sido en vano. El Capitán le dijo que había hecho bien, ahora solo tenía una preocupación en mente.
En el barco sólo habían veinte botes salvavidas que, si se llenaban hasta su límite, sólo podrían salvar a 1178 personas… en el barco iban 2223.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
Arthur y Alfred se vestían a toda prisa. El barullo que provenía desde el pasillo hacía que el corazón se les subiese a la garganta. El nerviosismo flotaba en el aire, la gente corría por los pasillos tratando de llegar a la cubierta. Alfred ya se encontraba junto a la puerta, esperando a que su querido británico terminara de ponerse los malditos zapatos y apremiándolo dando palmada nerviosas.
Salieron corriendo del camarote por el pasillo abarrotado, tomados de la mano para no perderse entre la muchedumbre. Llegaron a la cubierta y se quedaron pasmados por la claridad de la noche, tan llena de estrellas y al mismo tiempo tan oscura por aquel tétrico y helado paisaje. Otro temblor sacudió el barco y casi terminaron en el piso por su magnitud. Caminaron presurosamente hasta la cubierta de botes, donde los integrantes de tripulación trataban de llamar a la calma argumentando que aquello era por seguridad, que era probable que no hubiera que preocuparse.
Alfred abrazó a Arthur, estrechándolo fuerte pero dulcemente entre sus brazos. El londinense correspondió aquel gesto, escondiendo el rostro en el cuello del mayor.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
El Capitán Smith mandó a llamar a Thomas Andrews y a John H. Hutchinson, después de detener el barco, para que repasaran todo el barco y verificar si era inevitable la tragedia. Otro de los integrantes del grupo de garantía del RMS Titanic, Wilde, que se encontraba en la parte de proa, fue informado de un inusual silbido, señal inequívoca de que el agua del océano se estaba filtrando al interior del barco.
Andrews volvió al puente de mando, donde informó al Capitán y a Bruce Ismay que cinco de los compartimentos del lado de estribor se habían combado hacia el interior, saltando los remaches que los unían con los demás y empezaban a inundarse.
Thomas Andrews, el diseñador de aquel majestuoso barco, después de haber repasado el barco junto con el carpintero del grupo de garantía, Hutchinson, predijo el ya inevitable desastre: el Titanic, aquel barco que portaba el titulo de insumergible, se hundiría a más tardar entre las dos y cuatro horas siguientes.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
A las 00:10 de aquella noche, el encargado principal del telégrafos del barco, Jack Phillips, mandó el primer mensaje de auxilio a los barcos que se encontraran en derredor, dando la posición exacta del barco en aquellos momentos, esperando una respuesta lo más pronto posible.
El Titanic había colisionado sólo a seiscientos kilómetros de la Isla de Terranova.
La señal de auxilio fue recibida por varios barcos: el Mount Temple, el Frankfurt, el Birma, el Baltic, el Virginia, el Carpathia… éste último se encontraba a 107 kilómetros del lugar de colisión, y al recibir el llamado de auxilio cambió de rumbo, en dirección al navío moribundo. El barco gemelo del RMS Titanic, el RMS Olympic, también escuchó la llamada de socorro pero no se podía hacer nada, estaba a más de 926 kilómetros de distancia.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
Habían empezado con el protocolo de "mujeres y niños primero", y trataban de apresurar lo más posible a los pasajeros para que subieran a los botes, sin llegar a causar pánico entre las personas. A la 1:30 de aquella madrugada del 15 de Abril la proa del barco ya se encontraba hundida por completo; quince minutos más tarde el agua había llegado hasta la cubierta de botes. El pánico comenzó a difundirse entre las personas que quedaban aun en el barco.
.:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:..:°:.
La familia Kirkland logró escapar en uno de los pocos botes en los que lograron embarcar los hombres. Arthur los vio mientras el bote bajaba parsimoniosamente por el costado del barco, sus ojos se toparon con los de Scott, le hizo un gesto con la mano en son de despedida que le fue correspondido. Nada de aquello había pasado desapercibido para el americano.
Alfred tomó a Arthur de la mano y lo haló escaleras abajo hasta la cubierta b, el bote no se encontraba mucho más abajo del piso. Arthur vio a Alfred con preocupación ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Fue en ese momento que el americano lo levantó y lo pasó por encima de la baranda de la cubierta.
-¿Pero qué estás haciendo? –preguntó con desesperación, los ojos le escocían y sentía que las lágrimas se le iban a escapar en cualquier momento.
-No pienso dejarte morir –fue lo que dijo antes de soltar al británico, que cayó encima de los gemelos.
-¡Alfred! –gritó, extendiendo uno de sus brazos hacia arriba, con los gemelos sosteniéndolo para que no cayera de bote. A través de las lágrimas sólo pudo distinguir la borrosa sonrisa delo americano.
Comenzó a llorar desconsoladamente. El bote llegó a la superficie del agua y fue entonces cuando sus hermanos lo soltaron. Empezaron a alejarse del barco, lenta y tortuosamente. Fue entonces cuando tomó la decisión de saltar del bote, y lo hizo, nadie pudo detenerlo. Llevando el chaleco salvavidas nadó con pesar hasta que ya no pudo. Se encontraba aun tan lejos del barco.
Fue a las dos y veinte minutos de aquel lunes 15 de Abril que el Titanic terminó de hundirse bajo aquella bóveda celeste llena de brillantes estrellas.
Siguió nadando, pasando a las personas que se quejaban del frío de aquella agua pero que no se daba cuenta de que al menos seguían vivos. Pasó varios escombros mientras gritaba el nombre del americano con desesperación. Y entonces lo vio, apoyado en una ancha lámina de madera que, junto con el chaleco blanco, lo ayudaban a quedarse a flote.
Alfred temblaba a causa del agua fría y trataba por todos los medios de subir al tablón. Unas manos lo agarraron de las muñecas y lo ayudaron a subir. Cuando ya estuvo arriba fue que se dio cuenta de quien lo había salvado, nada más y nada menos que el mismo Arthur Kirkland que él había lanzado al bote salvavidas. Los ojos verdes desbordaban de lágrimas cuando lo abrazó.
-You´re the biggest idiot in the world, but I still love you –le dio un beso en los labios al americano, que le pidió disculpas por haberlo lanzado por la borda.
Se quedaron aquella noche, abrazados sobre el tablón de madera, bajo el destellante cielo nocturno.
To Be Continue…
Otra vez gracias queridos lectores por tomarse el tiempo para leer lo que sale de mi imaginación. Los quiero mucho y espero que esperen con ansias el epilogo que subiré la semana que viene.
Hibari-Yuuki01
