Hola. Perdón por llegar tan tarde pero es que el internet se fue momentáneamente y no pude subirlo antes de ahora, aparte de que tenía que buscar algo para por fin concluir la última parte del epilogo. Pero bueno, aquí estamos, en el "final" del fic. En verdad espero que les haya gustado mi historia y gracias por su apoyo incondicional mis hermosos/as lectores/as.
Mis agradecimientos a: Myay por dejar review; MyobiXHitachiin por estar presente en cada uno de los capítulos del fin y dejarme siempre un review que me animaba a continuar; IreneRodriguez, tu review fue hermoso, me acuerdo que estaba tras bastidores, a punto de salir a escena la semana pasada, cuando leí tu review, me encantó tanto que tenía ganas de llorar y llevaba el maquillaje del personaje y yo me decía "no llores, no llores, por ahora aguanta", y es que fue tan largo que el correo que me llegó de fanfiction decía "éste comentario es tan extenso que no hemos visto obligados a recortarlo, si lo quiere leer completo entre en la página", eso me sorprendió; Alice Weillschmidt, gracias por seguir mi historia.
Sin más que decir, aparte de que las voy a extrañar mucho, las dejo con el epilogo del fic.
Titanic: A Little Love Story
Epilogo: Una vida feliz a tu lado
El fuego de la chimenea crepitaba armoniosamente mientras la lluvia de otoño arreciaba violentamente contra los cristales de las ventanas de la casa que compartían el estadounidense y el británico en Alabama. Las gotas repiqueteaban con sutileza, dejando un ruido de fondo agradable para los ocupantes del hogar.
Alfred se encontraba sumido en la inconsciencia, recostado en su sillón favorito al lado de la ventana. Un libro reposaba sobre su regazo, llevaba ocho años tratando de terminarlo y siempre se interponía algo en su camino que se lo impedía, últimamente había sido su trabajo como psicólogo, aunque en otras ocasiones era interrumpido por actividades mucho más apasionantes, calientes y deliciosas.
Arthur pasó por la puerta y miró con dulzura a aquel americano que tan feliz lo había hecho todos aquellos años después de que fueran rescatados del mar por uno de los botes salvavidas, que se encontraba casi vacío, y que había regresado para ver si quedaba algún otro superviviente de la tragedia que no hacía mucho había acontecido. Después de que los encontraran sobre aquel tablón de madera y los subieron al bote navegaron rumbo al RMS Carpathia, donde se había recogido a los demás pasajeros que habían logrado escapar a tiempo del navío.
Recordaba que cuando los habían subido a bordo del Carpathia les habían comentado que, si habían perdido a algún familiar en el proceso de desalojo del barco en el momento del hundimiento, los buscaran, ya que en aquella nave se encontraban todos los que logrados escapar. Aquello alegró a Arthur, pero al mismo tiempo lo entristeció. Si iba a buscar a su familia, pensó en aquel entonces, era probable que perdiera de vista a Alfred en el barco y que no lo volviese a ver. La indecisión lo carcomía internamente.
El americano le colocó una manta que le habían dado sobre los hombros para que cogiera calor, habían estado muchas horas en el océano helado, empapados hasta los huesos y a punto de morir por hipotermia. Fue entonces cuando el londinense entendió que lo que quería, lo que deseaba con toda su alma y su corazón, era quedarse al lado de aquel joven neoyorkino que le había robado el corazón en cuanto lo vio en el Café Verandah aquella mañana ya tan lejana en el tiempo.
Unos momentos después escucho la aguda y angelical voz de su hermanita llamándolo. Se acercaba a él, sola, con las lágrimas desbordándole los ojos y empapando sus espesas y largas pestañas que aleteaban como mariposas cuando cerraba los ojos. Alice se abalanzó sobre Arthur y lo abrazó efusivamente, quería muchísimo a su hermano, y cuando lo vio tirarse del bote había perdido la esperanza de volver a verlo. Y ahora lo tenía ahí, frente a ella, no podía ser más feliz.
Arthur se arrodilló hasta quedar a la altura de su hermana, le dio un beso en la frente que hizo que la pequeña sonriera y después, con todo el pesar del mundo, le confesó que no pensaba volver con ellos. El mundo de Alice se destruyó en mil pedazos al escuchar aquellas palabras de labios de su hermano, pero después de que le explicó que su verdadero amor, aquel joven americano que hacía sólo unos días atrás había conocido, significaba mucho para él; le dijo que la extrañaría muchísimo, que le escribiría lo más seguido que pudiese usando un pseudónimo si era necesario, pero que nunca lo iba a perder, jamás iban a estar en verdad separados. Porque a ellos los unía un lazo fraternal tan fuerte, que ni el tiempo ni las distancias lograrían quebrantarlo.
Luego de que la pequeña le diese un beso en la mejilla y lo abrazase una vez más, diciéndole a Alfred que cuidara bien de su hermano, se alejó d ellos, perdiéndose entre la muchedumbre que ocupaba la borda.
Cuando pasaron los miembros de tripulación para preguntar por sus nombres, ambos dieron unos falsos, para que ni la familia del americano ni la del británico los encontrasen.
Llegando al puerto en Nueva York bajaron del barco y Alfred, que sabía que su hermano podría guardar el secreto de su supervivencia, llamó a Matthew para que los buscara. El menor de los gemelos Jones, Matthew, argumentó que tenía que realizar un viaje de negocios que lo llevaría hasta Alabama. Tomaron el tren esa misma tarde y llegaron a la mañana siguiente.
La abuela de los hermanos Jones, una viejita que tendría ya un largo camino recorrido, fue quien les dio asilo a su nieto a su pareja, entendiendo, aunque no aceptando del todo, los gustos de su querido Alfred y jurando llevarse consigo a la tumba que había vivido para contar la historia de aquella tragedia. La abuela Jones cumplió su promesa, un año después que ellos llegaran ella murió plácidamente en su lecho, a media noche.
Desde entonces habían vivido ahí. Matthew iba cada cierto tiempo para que Arthur le diera las cartas que quería que le fueran entregadas a su hermanita y cada vez que volvía le traía las respuestas de la pequeña, que se había quedado sola en casa con sus padres porque todos sus hermanos se habían ido.
Incluso hoy en día seguía recibiendo las cartas de su hermana de manos de Matthew, contando ella ya con quince años y él mismo con veintiséis.
Entró en la sala y recogió Sentido y Sensibilidad del regazo de su querido americano, le echó una manta por encima y le dio un suave beso en los labios que Alfred, aun estando medio adormilado, le correspondió. Luego volvió a cerrar los ojos y se entregó al sueño.
Arthur se sentó en el otro sillón que estaba junto a la ventana y que era separado del de Alfred por una mesita redonda, encendió la lámpara que se encontraba sobre ésta para alumbrar el oscurecido recinto por parte de la tormenta. Tomó el libro de Alfred y lo empezó a leer por decima vez, sonriendo ante la idea de que fue por aquel tema, por aquel simple y viejo libro, que ellos terminaron enamorándose. Fue gracias a él que hoy se encontraban en aquella estancia, juntos.
Y así permanecerían, por toda la eternidad.
Omake
Alice se encontraba sentada en la grama de un parque céntrico de la ciudad de Nueva York, leyendo por enésima vez la última carta que le había entregado Matthew de parte de su hermano. Luego de terminar de leerla la dobló con cuidado y la introdujo con delicadeza en su bolso, que dejó abierto.
Dirigió su mirada esmeralda al intenso cielo azul que se extendía sobre la ciudad, rememorando todos aquellos momentos en los que había sido tan feliz al lado de su hermanos. Cuanto los extrañaba, incluso a Scott que, aunque no fuera el mejor hermano del mundo, seguía siendo un buen hermano.
Trataba de retrasar lo más posible su llegada a casa, ya estaba harta de que sus padres la sobreprotegieran pensando que podían llegar a perder a la única hija que les quedaba. Era insufrible que quisieran que fuera perfecta hasta la medula: tenía unos modales exquisitos, sabía cómo comportarse en público… pero es que aparte querían que buscara esposo de una vez. Eso era lo que ella menos deseaba en aquellos momentos.
Como deseaba que sus hermanos se encontraran con ella en esos momentos, pensó para sí.
Scott se había ido un tiempo después de llegar a Nueva York con un chico moreno, el cabello castaño largo, y los ojos color miel. Luis Fernández Teixeira, un portugués de veinticinco años que, por un incidente familiar, tenía una cicatriz que le pasaba por encima del párpado del lado izquierdo.
Cian y Liam habían desaparecido una noche y no volvieron a aparecer por el hogar de la familia. Lo último que supieron de ellos fue por una postal que les habían enviado desde Irlanda. Lo que se seguían preguntando era cómo demonios habían llegado a Irlanda.
Con Nate más o menos fue la misma historia. En la nueva escuela conoció a un chico un año mayor que él llamado Marcello Vargas, de cabellos castaños y ojos verdes brillantes, bastante alegre. Él era la cura que necesitaba Nate. Después de haber pasado un tiempo juntos los ataques de bipolaridad de Nate disminuyeron. Después del primer año se fugó junto con Marcello, ese italiano seborgués, como había escuchado decir a su padre varias veces.
Y ahora la única que había quedado en casa era la pequeña Alice, en quien sus padres confiaban aunque protegían de más.
Alice suspiro cerrando los ojos, se acomodó los lentes en el tabique nasal y observó el paisaje que la rodeaba. Una brisa fuerte sopló intempestivamente, haciendo que su largo cabello rubio saliera volando. La carta que asomaba del bolso de la británica fue arrancada de su interior por el fuerte viento y salió volando.
La rubia de ojos verdes tomó su bolso y salió corriendo tras la carta de su hermano, pero estaba segura de que no la alcanzaría. Empezó a jadear de cansancio y se detuvo para tomar aire. Ya había perdido la carta.
Alice apoyó las manos en las rodillas y bajó el rostro para recuperar su respiración armoniosa acostumbrada. Una mano la tomó del hombro y ella levantó el rostro rápidamente. Frente a ella se encontraba una joven rubia de cabellos cortos y algo rizados, de espesas pestañas negras que enmarcaban unos ojos tan azules como el mismo mar y de piel ligeramente bronceada. Una hermosa sonrisa adornaba sus labios rojizos y sus mejillas estaban teñidas de un leve tono rosa.
-Eres Alice, ¿no es así? –dijo al tiempo que le tendía el sobre en el que se encontraba la carta de su hermano. La alegría le ilumino la cara y, de la emoción, le dio un abrazo a la joven de acento americano.
-Gracias… -se calló al recordar que no sabía su nombre.
-Soy Emily Jones –dijo con su perfecta sonrisa (a ojos de Alice) mientras le sujetaba una mano entre las suyas.
-Alice Kirkland –fue lo que pudo decir pues notó como un calor extraño subía a sus mejillas.
Emily entrelazó su brazo con el de Alice y la llevó consigo por el parque, disfrutando del paisaje verde que se extendía frente a ellas.
¿Fin?
Y así termina éste fic, a menos que deseen que escriba unos capítulos sobre la relación entre Emily y Alice. Las quiero muchísimo y espero encontrarlas en algún otro fic.
Todo en lo que me basé se encuentra en Wikipedia.
Seborga al parecer no tiene nombre, lo busqué, pero en una página salía como Marcello y me dije que sonaba bien, así que lo dejé.
Otra cosas, y estos es para todos los que alguna vez me han dejado review, me he leído uno o dos fic de cada uno de ustedes y me he leído también sus perfiles (Lay. Kirkland, me leí todo lo que tenías ahí escrito), lo que pasa es que los bajo y los leo en una aplicación de fanfiction para el celular y resulta que eso no me permite dejar reviews, ni poner fics en favoritos, ni nada. No es que no quiera, es que no puedo.
Nos vemos en un próximo fic. Dejen reviews.
Hibari-Yuuki01.
