La Madriguera

Parecía un día perfecto, pero era obvio que no lo era. Los Prewett y Weasley, dos familias de sangre pura, sin una pizca del esplendor que tuvieron, celebrarían la unión matrimonial de Molly y Arthur. Y todo esto ocurría en el lindo jardín de los Prewett. La casa estaba adornada con lirios blancos en cada esquina, y un resplandor rosado atardecer cubría todo el lugar, la gente bailaba y cantaba alegremente; el champagne no faltaba, pero era obvio que las cervezas de mantequilla eran lo más codiciado. En la mesa principal, Arthur y Molly estaban rodeados de montones de cabezas pelirrojas, parientes lejanos de los Weasley, que ahora preguntaban entusiastamente sobre la vida de la joven pareja.

-Seguro deben estar muy felices-dijo Eloise, una pequeña de unos 5 años que miraba con ojos soñadores a un punto lejano- ¡Vivirán en un cuento de hadas!

-No los molestes, Eloise- replicó su hermana mayor, que se encontraba en su último año de Hogwarts- Pero yo tengo una duda ¿Dónde vivirán?

La pregunta del millón ¿Dónde vivirían los Weasley? Arthur sonrió ampliamente y ante la mirada interrogante de su reciente esposa respondió tranquilamente Es una sorpresa y continuó hablándole al oído a Eloise Pero te aseguro que le encantará a la niña se le iluminó el rostro y volvió a curvar sus tiernos labios en una sonrisa.

-Creo que todos tenemos mucha curiosidad sobre ese tema- dijo Gideon.

-Pero seguro que Arthur ya lo solucionó- continuó su gemelo, Fabian Prewett. Ambos hermanos, exactamente iguales, guiñaron uno de sus ojos celestes a su nuevo cuñado, conociendo la bonita y rústica casita que tenía preparada y amueblada. Arthur le dirigió una mirada de advertencia y dijo:

-Preferiría que Molly no sepa nada de donde viviremos hasta que se acabe la noche- el pobre pelirrojo había pasado meses preparando la casa donde vivirían y todo lo que pedía de sus cuñados era que mantuvieran el secreto de la ubicación del lugar.

La boda había sido un completo éxito, los invitados bailaron felices, la cerveza se acabó y el hidromiel nunca sobró. Decenas de pelirrojos acompañaron a la feliz pareja hasta un claro adornado con más lirios y linternas rosadas. Molly y Arthur se desaparecieron entre abrazos y sonrisas, para llegar a una plaza en Ottery Saint Catchpole.

-¿Es aquí donde viviremos?- preguntó Molly liberándose de los brazos de su esposo, mientras paseaba a la luz de la luna acentuando las delgadas líneas de su cuerpo de adolescente.

-Cerca- dijo Arthur, y después de aplicar un hechizo locomotor los baúles que los seguían con un movimiento parejo, casi bailando, tomó la mano de Molly y empezó a caminar hacia las calles empedradas y vacías del pueblo.

La luna seguía resplandeciendo como si observara a la pareja que sonreía y caminaba bajo su tenue destello. Molly fijaba sus ojos pardos en sus manos, más exactamente en el bonito y sencillo anillo que se posaba en su cuarto dedo, y que tenía grabado Amor in aeternum, Amor por siempre en latín, con una fina línea roja en el exterior. El pelirrojo, al contrario, tenía su mirada azul en Molly, aún le era imposible creer que hubiera contraído matrimonio con Molly Prewett, que ahora era una Weasley más, su esposa. Recordaba aquellos días que se escondía de sus mejores amigos, que por una terrible coincidencia del destino eran hermanos de Molly, para quedarse a solas con su novia. Aquellos días donde pasaban horas en la biblioteca parecían tan lejanos; aquellas horas de estudio, en las que Arthur le explicaba detalladamente todo su conocimiento Muggle.

-¿Recuerdas cuando tu profesor me pidió ser tu tutor?- dijo entre divertido y avergonzado- Recuerdo que te deje plantada en la biblioteca todos los viernes del primer mes.

-Si- respondió Molly mirando a su esposo con cara de pocos amigos.

-¿Y recuerdas cuando lloraste en frente del profesor para acusarme, le quitó 50 puntos a Gryffindor por mi culpa, además de que tuve que limpiar corredores un mes? - volvió a decir para bajarle un poco los humos a Molly, recordándole el injusto castigo que sufrió por el simple hecho de no querer ser el tutor de una chica dos años menor que él- ¿Y recuerdas la cadena de bromas de Fabian y Gideon, cuando se enteraron que te hice llorar?

-Si…- respondió con una sonrisilla en el rostro- fue algo injusto de mi parte.

-Bien, ahora me recompensarás subiendo esa colina- dijo señalando la pequeña inclinación que se mostraba frente a ellos pero que, sin importar su tamaño aún lucía muy empinada.

-Lo haré- respondió la chica sacándose los zapatos de tacó alto y remangándose la túnica rosa pálido que usaba. Y tal como prometió, cumplió su promesa, subió la colina sin siquiera un poco de ayuda de su esposo, cada vez que se caía, en su cara se mostraba más determinación que en la caída anterior, se ponía de pie, se sacudía, e ignoraba olímpicamente a su esposo para seguir caminando por su cuenta. Al llegar a la cima de la colina, su alivio de que todo hubiera acabado le impidió poner atención a la pequeña y hermosa casa que tenía a sus narices.

-¿Qué te parece?- preguntó Arthur fingiendo poco interés, y sorprendiéndose gratamente con el gran beso que le plantó Molly en la boca cuando vio por primera vez La Madriguera.