Dos por uno
Primero fue uno, luego otro más, y finalmente un tercero. Un par de años después de casarse, la familia Weasley había crecido rápidamente, y hoy se conformaba por Molly y Arthur, la feliz pareja, y tres pequeños pelirrojos, tan traviesos, que nadie pensaba que la familia necesitara un cuarto retoño.
Nadie, excepto Molly.
Molly Weasley, seguía buscando su ansiada niña, soñaba despierta con la idea de una pequeña pelirroja de ojos castaños y pecas, piel lechosa como sus hermanos. No malinterpreten, Molly amaba con todo su ser a sus hijos, y estaba más que consciente de que la situación económica no era la mejor, pero en nombre de Ginevra Weasley aun flotaba en su mente.
Por eso, el día en que le anunció a Arthur que estaba embarazada (de nuevo…), puso todo su empeño en parecer preocupada, hablando sin parar de los gastos de San Mungo, ropa para bebe, pañales, botellas, y todas esas cosas que las parejas compran cuando esperan un bebé; no obstante, se emocionó más de lo que aparento cuando Arthur saltó a abrazarla después de un repentino shock. De nuevo, el pelirrojo repitió la típica frase, casi como un reflejo ante la situación.
-Ya nos las apañaremos- dijo- donde comen 5, también 6…-
-¿Y si es una niña?- preguntó Molly, con cuidado, para no romper la burbuja de felicidad de su esposo- No podrá usar la ropa de sus hermanos, y querrá otra clase de juguetes…
-Si es una niña- la interrumpió Arthur alzando ligeramente la voz- El dinero será la última cosa en la que piense ¡La primera Weasley en generaciones! Será la bebe más consentida y querida de todo el mundo mágico.
Las palabras de Arthur, cumplieron su propósito con un éxito innegable, Molly se calmó y llevó el embarazo como nunca antes, aun cuando su enorme barriga crecía y crecía, además de todos esos problemas y las acrobacias que el bebé lograba en su interior. El embarazo fue el más aparatoso, caro e incómodo que Molly había llevado, y que los sanadores jamás vieron.
De un momento a otro, Arthur aprendió a cocinar (con mucho esfuerzo, por cierto), William (ya con 8 años) se había convertido en un líder para sus dos hermanitos, quienes intentaban hacer el menos ruido y caos posible durante el día, cuando su mamá tejía y cantaba, acariciándose el vientre mientras se balanceaba en la mecedora.
Todos parecían haber hecho un acuerdo para que no hubiera problemas. Los niños no peleaban, Arthur no se dedicaba más a sus inventos, y Molly (milagrosamente) había dejado de gritar y mandonear a todo el mundo. Si no fuera porque toda la situación era forzaba, la familia hubiera lucido impecablemente perfecta a los ojos del mundo. Incluso tía Muriel parecía feliz con la seriedad y formalidad de los niños.
Pasaron los meses, y el frío invierno terminó en un pestañeo, dando paso a la primavera. El jardín se llenó de gnomos (quienes, dándose cuenta de la situación, intentaron no entrar a la cocina a robar las galletas de los niños) y las ventanas de La Madriguera se abrieron de par en par, regalando un paisaje de capos verdes y flores multicolores.
Como la llegada del bebe estaba cada vez más próxima, las visitas familiares empezaron a ser cada vez más constantes. Los buenos deseos y simples regalos abundaban, curiosamente, todos esperaban otro varón, y lo expresaban en las ropitas y mantas azules y verdes que regalaban a Molly.
-¡Esta es la cuarta generación de varones Weasley- dijo el tío Gerald, un anciano escocés de más de 130 años, pero que aún saltaba felizmente y jugaba con los niños como si fuera uno más de ellos. -¡Aún recuerdo a la última mujer! Era Prima Weasley, tan bella como su madre, lástima que no tuvo descendencia…- y así comenzaba una historia que prometía durar toda una tarde.
No obstante, ella seguía repitiendo:
-Tengo un buen presentimiento- decía- Esta vez ¡será una niña, Ginevra Weasley!
Y nadie la contrariaba, seguramente entenderás esto si has visto a una embarazada alterada.
Pero todos sabían que nada de lo que decía se cumpliría. Y todo se confirmó cuando un Primero de Abril, no nació una niña, tampoco un bebé, sino dos. La cara de sorpresa de Arthur fue completamente inolvidable. Incluso el sanador que asistió el complicado parto, pareció impresionado y gratamente feliz, al ver que, después de un pequeño varón pelirrojo, otro más esperaba dentro del vientre de su madre para salir al mundo.
-¡Vaya! - exclamó cuando los dos bebes estuvieron acurrucados en los brazos de Molly- ¡SI siguen así armarán su propio equipo de quidditch!
La maravilla del nacimiento, conmovió a toda la familia. Los ojos de Bill casi de salen de sus cuencas al ver que había duplicado su número de hermanos en una sola tarde. Tanta felicidad los hizo olvidarse que no tenían un nombre para los gemelos.
-Yo si lo tengo- dijo con calma Molly cuando Arthur le planteó su inquietud – tengo los segundos nombres perfectos, te dejaré elegir el primero.
-¿Segundo nombre?- preguntó, pasando por alto el hecho de que tenía la oportunidad de elegir el primero- ¿Y se puede saber cuáles son?
-Fabian y Gideon- respondió con una sonrisa, borrada con el beso de emoción con el que Arthur le correspondió.
-Entonces yo tengo los primero- dijo, y después de atraer la atención del resto, continuó- George y Fred.
