La Cesantía y la romántica de mi tía Soni, tienen sus efectos en mi!

Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión

Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight

PD. Si la novela está adaptada o en proceso por favor avisarme!

Capítulo I

Nunca había sentido tanto miedo.

Estaba empezando a hiperventilar y si no respiraba con calma acabaría mareada o sufriendo un ataque de ansiedad. Isabella Swan, en la imponente sala de juntas con paredes de espejo de Inversiones Masen, intentó tranquilizarse mirando las vibrantes calles de Río de Janeiro por la ventana.

La espera era una tortura.

Todo en su vida dependía del resultado de aquella visita... todo, y saber eso hacía que le temblaran las piernas.

Era irónico, pensó, que la única persona que podía ayudarla fuera el hombre al que había jurado no volver a ver nunca.

Respirando con más calma, cerró los ojos un momento e intentó ver las cosas fríamente. Seguramente él se negaría a verla.

La gente no podía ver a Edward Cullen sin anunciarse previamente. Isabella lo sabía por experiencia.

Sólo estaba sentada allí porque su ayudante personal se había apiadado de ella. Estaba tan angustiada, tan pálida, cuando le dijo que necesitaba verlo que la mujer había insistido en hacerla entrar en la sala de juntas para que se calmase un poco. Luego, después de darle un vaso de agua, le aseguró que el señor Cullen no era tan peligroso como decían las malas lenguas.

Pero Isabella sabía que no era así. Edward Cullen no era sólo peligroso, era letal. Y sabía que iba a necesitar algo más que un vaso de agua para enfrentarse al hombre que estaba a punto de entrar.

¿Qué iba a decirle?

¿Cómo iba a decírselo?

¿Por dónde iba a empezar?

No podía apelar a su sentido de la decencia o a su conciencia porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Ayudar a los demás era algo que no estaba en su agenda. Edward Cullen usaba a la gente y, especialmente, a las mujeres. Ella lo sabía bien. Cullen era un millonario despiadado con un único objetivo en la vida: la búsqueda del placer.

Y durante un corto período de tiempo, ella había sido su placer.

Le dolía el corazón al recordarlo. Mirando atrás, no podía creer lo ingenua que había sido. Una cría de dieciocho años idealista y romántica que se lo dio todo sin reservarse nada porque no veía ninguna razón para hacerlo. Ed. lo había sido todo para ella. Ella no había sido nada para él.

Isabella apretó los puños, diciéndose a sí misma que no había ido allí para recordar el pasado. Tenía que olvidar el dolor, el pánico, la humillación que sufrió a manos de Edward Cullen cuando la rechazó después de haberla seducido.

Nada de eso importaba ahora.

Sólo importaba una cosa, sólo una persona. Y por esa persona iba a morderse la lengua, a sonreír, a suplicar... a hacer lo que tuviera que hacer para congraciarse con Edward Cullen porque no podía marcharse de Brasil sin el dinero que necesitaba.

Era una cuestión de vida o muerte.

Isabella paseó por la sala de juntas, intentando formular un plan, intentando encontrar una forma razonable de pedir cinco millones de dólares a un hombre que no sentía absolutamente nada por ella.

¿Cómo iba a hacerlo?

¿Cómo iba a explicarle que tenía un problema gravísimo?

¿Y qué iba a hacer para que a Edward Cullen le importase?

Cuando la puerta se abrió y lo vio entrar con su pelo cobrizo con reflejos negros, tan negro como sus ojos, sintió una oleada de pánico.

Y se dio cuenta de que tenía un problema más serio de lo que había creído.

Parecía un cervatillo cegado por los faros de un coche. Sin revelar sus pensamientos, Edward miró a la esbelta e increíblemente guapa castaña con reflejos rojizos que temblaba al otro lado de la habitación.

Parecía tan asustada que casi sentía pena por ella. Pero la conocía demasiado bien.

Y si él estuviera en su lugar, también estaría temblando.

Menuda cara aparecer por allí después de siete años.

No había visto a Isabella Swan en siete años y aún era capaz de turbarlo.

Piernas interminables, pelo sedoso, labios suaves y generosos, sonrisa confiada...

Durante un tiempo lo engañó bien haciéndose la niña buena. Acostumbrado a estar con mujeres tan sofisticadas y calculadoras como él mismo, se había quedado cautivado por la inocencia de Isabella y por su casi infantil sinceridad.

Fue la primera y última ocasión en su vida en la que se había equivocado juzgando a una persona.

Isabella Swan era una buscavidas.

Ahora lo sabía. Y ella sabía que lo sabía.

Entonces, ¿qué podía haber ocurrido para que volviera a ponerse en contacto con él?

O era muy valiente o muy estúpida. Al verla temblar, decidió que no era lo primero. Pero debía estar desesperada.

Isabella se preguntó cómo podía haber olvidado el atractivo que Edward Cullen tenía para las mujeres. ¿Cómo podía haber pensado alguna vez que podría retener a un hombre como aquél?

Ella era alta, pero él lo era más. Tenía los hombros anchos, un físico atlético y facciones latinas. El brillo de sus ojos era suficiente para hacer que una mujer olvidase hasta su propio nombre.

La verdad era que en un país famoso por sus hombres atractivos, Edward Cullen llamaba la atención.

Se quedó como hipnotizada mirando su pelo cobrizo con reflejos negros, los pómulos altos, los ojos de un verde muy oscuro casi negro, la sombra de barba de un hombre que parecía el paradigma de la masculinidad. Llevaba un traje de chaqueta seguramente italiano pero, aunque se movía en un mundo convencional, Edward nunca podría ser descrito como un hombre convencional. Y era ese aura de peligro lo que aumentaba su abrumador atractivo.

Y ella era tan susceptible a sus encantos como cualquier mujer.

Con el corazón acelerado, Isabella se preguntó si estaba loca por ir a su oficina.

Pero no estaba allí por ella. Si hubiera podido elegir estaría a seis mil kilómetros de distancia. Pero Isabella era su única esperanza. La única persona a la que podía recurrir.

Edward.

Él la miró con esa mezcla de aburrimiento y pereza que antes le parecía tan irritante como seductora.

—Qué formal. Solías llamarme Ed.

Hablaba como un hombre de negocios, pero seguía teniendo el acento crudo del niño criado en las calles.

Los rumores decían que había salido de un barrio de favelas para levantar una de las empresas más importantes del mundo.

—Eso ha quedado en el pasado.

Y no quería recordar el pasado. No quería recordar cuántas veces había gritado su nombre mientras él la llevaba al paraíso.

Él levantó una ceja y, por el brillo de sus ojos, supo que estaba pensando lo mismo. La temperatura en la sala aumentó unos cuantos grados y el aire empezó a cargarse de electricidad.

—¿Y sobre qué es esta reunión entonces? ¿Has venido a pedirme perdón y a devolverme el dinero que me robaste?

Qué típico de él empezar hablando de dinero.

Por un momento, Isabella perdió el valor. Pero no podía perderlo.

—Sé que no estuvo bien usar tus tarjetas de crédito... pero tenía una buena razón. Además, tú me diste esas tarjetas...

—Uno de los beneficios de salir conmigo. Pero cuando te gastaste el dinero ya no estábamos juntos. Y tengo que felicitarte. Pensé que ninguna mujer podría sorprenderme, pero tú lo hiciste. Durante nuestra relación no te gastaste ni un céntimo, no mostrabas el menor interés por el dinero y por eso me gustabas. Pero ahora sé que eres muy lista —su expresión se endureció—. Muy lista. No te gastabas ni un céntimo, pero cuando intuiste que la relación se había roto mostraste tu verdadera cara.

Isabella abrió la boca, sorprendida. ¿Qué quería decir? ¿De verdad pensaba que era una buscavidas? Había llegado el momento de contarle la verdad.

—Puedo explicar en qué me gasté el dinero...

Edward se encogió de hombros.

—Si hay algo más aburrido que ir de compras con una mujer es que después te cuente lo que ha comprado. No tengo ningún interés en saberlo.

—¿Eso es lo que crees que hice, irme de compras?

—Bueno, supongo que te animaste un poco comprando unos zapatos y algún bolso de diseño. Es un comportamiento típicamente femenino. Te aseguro que conozco bien los beneficios de esa terapia.

Bella parpadeó, sorprendida.

—¡No puedo creer que seas tan insensible! Ir de compras era lo último que yo tenía en mente en ese momento. Era una cuestión de... supervivencia. Necesitaba el dinero para sobrevivir porque lo dejé todo para estar contigo. Todo. Dejé mi trabajo, mi apartamento... me fui a vivir contigo, ¿recuerdas? Eso era lo que tú querías.

—No recuerdo que protestases —replicó él, con frialdad.

—Yo estaba enamorada de ti, Ed —se le había roto la voz y Bella tuvo que tragar saliva para controlarse— Estaba tan enamorada de ti que estar contigo era lo único que podía hacer. No podía ni imaginar que algún día nos separaríamos.

—Las mujeres tienen cierta tendencia a oír campanas de boda cuando están conmigo —comentó él, burlón—. De hecho, yo diría que cuanto más grande es la cuenta corriente, más se oyen esas campanas.

—No estoy hablando de matrimonio. Eso no me importaba, sólo me importabas tú.

—Evidentemente, pensabas seguir conmigo mucho más tiempo.

Bella tardó un momento en entender lo que implicaban esas palabras.

—¿Estás diciendo que fingía? ¿Crees que estaba mintiendo?

—Eras muy convincente, desde luego. Pero claro, la apuesta era muy alta, ¿verdad? La posibilidad de casarse con un millonario es suficiente para que una mujer muestre una increíble capacidad interpretativa.

Bella contuvo un suspiro.

¿Cómo podía haberse creído enamorada de aquel monstruo?

—Yo no te consideraba un premio, Ed. De hecho, te considero el mayor error de mi vida.

—Sí, claro. Entiendo que estés furiosa por haberme dejado escapar. Y te deseo suerte con el próximo —replicó él, sarcástico.

Bella observó su fría expresión y, de repente, le entraron ganas de llorar.

—Mereces que no te quiera nadie, Ed. Y cualquier mujer con dos dedos de frente te dejaría escapar.

Él sonrió, una sonrisa arrogante, helada.

—Los dos sabemos que no te cansabas de mí.

—¡Eso fue antes de saber que eras un bastardo con el corazón de hielo! —exclamó Bella. Pero nada más decirlo se arrepintió. Ella no solía ser tan grosera—. Perdona, no debería haber dicho eso.

—No te disculpes por mostrarte como eres. Lo creas o no, prefiero que una mujer sea sincera conmigo. Me ahorra muchos malentendidos.

Ella levantó una mano para llevársela a la sien. Había sido tan difícil ir allí. Pero tenía que decirle muchas cosas y no sabía cómo empezar. Y Ed no se lo estaba poniendo nada fácil. A menos que usara el pasado para recordarle lo que había habido entre ellos...

—Yo te gustaba, Ed. Sé que te gustaba.

Apelaba al hombre que una vez quiso creer que era.

—Me excitaba mucho ser tu primer amante, sí. De hecho, estaba atónito por la novedad de la experiencia. Naturalmente, yo quería que lo pasaras bien e hice lo que tenía que hacer. Y dije lo que tenía que decir.

Bella se puso colorada. En otras palabras, que tenía tanta experiencia con las mujeres que sabía qué botones apretar en cada momento. Pero no había significado nada para él.

—¿Estás diciendo que todo era mentira? ¿Ser cariñoso era sólo un método de seducción?

Ed se encogió de hombros.

—No recuerdo que tú te quejaras.

Ella cerró los ojos. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua? Sí, entonces era virgen, pero ésa no era excusa. Vivir con un hombre como su padre durante dieciséis años debería haberle enseñado todo lo que debería saber sobre los hombres. Su padre había pasado de una mujer a otra sin comprometerse nunca, usándolas y descartándolas cuando le convenía. Su madre los había abandonado cuando Bella cumplió cuatro años y, a partir de ese momento, tuvo una colección de «tías», mujeres que aparecían y desaparecían después de peleas, celos y acusaciones.

Se había prometido a sí misma que nunca, jamás, iba a dejar que un hombre la tratase como su padre trataba a las mujeres.

Pero entonces conoció a Ed. Y durante un corto período de tiempo pensó que era el hombre de su vida. No hizo caso de su reputación de mujeriego, ni de los parecidos con su padre, no recordó la promesa que se había hecho a sí misma...

Había olvidado todas sus reglas.

Y tuvo que pagar un precio muy alto por ello.

—¿Qué te he hecho para que me trates de esa forma tan cruel?

Tenía que entenderlo. Quería saber qué había hecho mal, cómo podía haber cometido tan tremendo error.

—No lo recuerdo —contestó él, encogiéndose de hombros—. Fue hace mucho tiempo.

—¿Por qué necesitabas a otras mujeres cuando estabas conmigo?

—Yo nunca he sido hombre de una sola mujer —admitió él, sin la menor traza de disculpa—. Y, en realidad, sois todas más o menos iguales... como tú me demostraste con esas tarjetas de crédito.

Bella dio un respingo. Aquél sería un momento perfecto para confesarle la verdad. Para decirle por qué necesitaba el dinero.

—Usé las tarjetas porque necesitaba el dinero para algo muy importante. Y antes de decirte qué era, quiero que sepas que intenté hablar contigo, pero tú no quisiste verme…

—¿Esta conversación va a alguna parte? —la interrumpió Edward, mirando su reloj—. Ya te he dicho que no me interesa en qué te gastaste el dinero. Y si necesitabas fondos, podrías habérselos pedido a tu otro amante.

—¿Qué? Yo no tenía otro amante. Tú sabes que no era así.

Sólo existía él. Sólo él.

—Yo no sé nada de eso. En dos ocasiones volví a casa y me dijeron que habías salido...

—¡Porque estaba harta de esperar a que volvieras después de estar en los brazos de otra mujer! —explotó ella, exasperada—. Sí, salí de casa y tú no podías soportarlo, ¿verdad? Porque siempre tenías que controlarlo todo...

—No es una cuestión de control. Tú eras mía...

—¿Tuya? Lo dices como si fuera una de tus posesiones. Tratas a todas las mujeres como si fueran objetos. Objetos que usas y descartas cuando te cansas de ellos. Por eso nuestra relación nunca podría haber funcionado. Eres un hombre despiadado, frío, egocéntrico y amoral. Esperabas que estuviera en casa cuando volvieras de tus fiestas...

—Y en lugar de hacerlo, tú decidiste expandir tus horizontes sexuales —volvió a interrumpirla Edward.

Bella tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse. ¿Cómo un hombre tan inteligente podía ser tan ignorante sobre las mujeres? Edward Cullen no podía ver más allá de sus narices.

—Tú salías y, por lo tanto, yo salía también. ¿Qué iba a hacer cuando no estabas en casa?

—Descansar —contestó él—. Y esperarme.

Un neandertal. Supuestamente, ella debía esperar al cazador en la cueva.

Exasperada, tuvo que hacer un esfuerzo para no marcharse dando un portazo.

—Estamos en el siglo XXI, Ed. Las mujeres votan, dirigen empresas, incluso son presidentas de gobierno. Deciden qué clase de vida quieren llevar...

—Y engañan a sus parejas. Un gran progreso, desde luego.

—¡Yo no te engañaba! Fuiste tú quien salió fotografiado con otra mujer en una revista. Evidentemente, yo no era suficiente para ti —replicó Bella, intentando disimular el dolor que había en su corazón—. Naturalmente, pensé que si tú salías con tus amigas yo podía salir con mis amigos. Pero no te engañaba.

—Déjalo, no quiero detalles.

Estaban acercándose poco a poco. Un paso aquí, un ligero movimiento allá...

—Pues quizá deberías oírlos antes de sacar conclusiones precipitadas —sugirió ella—. Porque si alguien cometió un pecado fuiste tú, Ed, no yo. Entonces yo tenía dieciocho años y me sedujiste sin que tu conciencia te molestara lo más mínimo. Y luego me dejaste por otra. Dime, ¿pensaste en mí alguna vez? ¿Pensaste en lo que yo sentiría?

Él la miró de arriba abajo, incrédulo.

—Llevamos aquí cinco minutos y no has hecho más que acusarme. Tú querías que te sedujera, pero si lo has olvidado, no me importa recordarte cómo.

Sin previo aviso, la tomó por la muñeca y tiró de ella para aplastarla contra su pecho. La conexión fue inmediata y poderosa.

—Esa primera noche, en mi coche, cuando te echaste encima de mí —hablaba en voz baja, ronca— ¿no era una invitación?

Bella intentó apartarse, pero no podía hacerlo. Y entonces recordó cuánto le gustaba eso de él. Su fuerza, su vibrante masculinidad. De hecho, disfrutaba de las diferencias entre ellos. Su oscura fuerza frente a su suavidad femenina...

Era tan fuerte que siempre se había sentido a salvo a su lado. Al principio eso era parte de la atracción. Particularmente la primera noche.

—Me habían atacado y estaba asustada...

Y él la había rescatado. Con unos métodos de lucha callejera que no pegaban nada con el esmoquin, se había peleado contra seis hombres sin despeinarse siquiera. Si era una táctica ensayada para impresionar a una mujer, lo había conseguido, desde luego.

—O sea, que querías consuelo. Y cuando te sentaste en mis rodillas y me rogaste que te besara... ¿tampoco era una invitación?

Bella apartó la mirada.

—No sé lo qué me pasó esa noche.

Le había parecido su caballero andante. De repente, creía en los cuentos de hadas. Dragones, damiselas en apuros... Era él. El hombre de su vida. O eso había pensado.

—Te descubriste a ti misma —dijo Edward—. Eso es lo que pasó. Así que no me acuses de haberte seducido cuando los dos sabemos que sólo acepté lo que tú me ofrecías libremente. Yo te excitaba y te seguí excitando...

—Yo tenía dieciocho años. Era una cría...

—Estabas desesperada por acostarte conmigo —la interrumpió él, hablando muy cerca de sus labios.

Iba a besarla.

Bella reconocía las señales, vio que sus ojos se oscurecían y...

Entonces, de repente, él la soltó, mascullando una maldición.

—¿Por qué has venido? ¿Querías recordar el pasado? ¿Estás esperando retomar lo que dejamos hace siete años? Si es así, seguramente sabrás que las mujeres sólo tienen una oportunidad en mi cama y tú estropeaste la tuya.

¿Retomar el pasado? Ahora fue Bella quien dio un paso atrás.

—Vamos a dejar algo claro. No volvería a tu cama por nada del mundo. Ésa es una experiencia que no pienso repetir. Nunca. No soy tan tonta.

—¿No me digas? —sonrió él.

Bella se dio cuenta entonces de que para un hombre como Edward aquello tenía que ser un reto. Y a él le encantaban los retos.

¿Cómo habían llegado a eso? Había ido allí decidida a hablar de forma fría e impersonal, a evitar cualquier referencia al pasado.

—Sigues siendo una mujer muy apasionada. Y sigues intentando esconderlo —dijo Edward, acariciando su pelo—. Nunca se debe uno fiar de una mujer con el pelo del color del fuego.

Ella levantó la barbilla y lo fulminó con la mirada.

—Nunca debería haberme fiado de un hombre con el ego del tamaño de Brasil.

Edward rió.

—La nuestra no fue nunca una relación tranquila, ¿verdad, meu amorzinho?

Meu amorzinho.(mi amorcito).

Siempre la llamaba así y a Edward le encantaba oírlo hablar en portugués. Era mucho más exótico que su traducción: «mi amorcito».

—Debemos olvidar el pasado —dijo entonces, decidida a no discutir. No podía discutir con Edward Cullen—. Además, yo ya no soy la persona que era.

—Eres exactamente la misma persona —replicó él, rodeándola como un animal salvaje calibrando a su presa—. Por dentro, la gente no cambia nunca. Es sólo el exterior lo que cambia. Cómo nos presentamos ante los demás.

Antes de que pudiera adivinar sus intenciones, él levantó una mano y le quitó el pasador que sujetaba su pelo.

—¿Qué haces? —protestó ella, intentando sujetar su melena.

—Alterando el envoltorio. Recordándote quién eres de verdad bajo ese disfraz —contestó Ed, mirándola de arriba abajo—. Has venido vestida como una maestra de escuela, con ese pelo castaño rojizo escondido, pero los dos sabemos que por dentro eres la misma. Una mujer apasionada, salvaje.

Su acento era entonces más pronunciado y Bella sintió que se le encogía el estómago.

—Te equivocas. Yo no soy así. No tienes ni idea de cómo soy. ¿De verdad crees que soy la patética cría a la que sedujiste hace siete años? ¿De verdad crees que no he cambiado?

A pesar de su acalorada negativa, sintió una oleada de deseo e, indignada, intentó aplastarla.

No pensaba dejar que volviera a hacerle eso. No iba a sentir nada por él.

Había ido allí para decirle algo que debería haberle dicho siete años antes, no para resucitar sentimientos que había tardado años en enterrar.

—No eras patética y no te seduje por mucho que tú quieras creerlo. Era una pasión mutua, meu amorzinho. La única diferencia entre nosotros es que a ti te avergonzaba sentir lo que sentías. Pero pensé que la madurez te habría hecho abrazar tu naturaleza apasionada, no rechazarla.

Horrorizada, Bella comprobó que empezaba a costarle trabajo respirar, que sentía un calor entre las piernas... y dio un paso atrás.

¿Cómo podía sentir eso después de tantos años?

¿No iba a aprender nunca?

Y entonces recordó lo que había sufrido tras separarse de él. Daba igual cómo respondiera su cuerpo ante aquel hombre, ahora era mayor y más experimentada. Y capaz de contener el insidioso deseo que Edward Cullen provocaba en ella.

—No he venido para esto. Lo que hubo entre tú y yo no importa.

—Eso dices tú. Pero, ¿qué es tan importante como para traerte a Río de Janeiro cuando juraste no volver jamás? ¿Nuestras playas? ¿Nuestras montañas? ¿El adictivo ritmo de la samba? Recuerdo una noche en la terraza...

—No quiero hablar del pasado —lo interrumpió ella Era el momento. Ahora o nunca—. Estoy aquí porque... lo que tengo que decirte es muy importante...

—¿Qué?

—Tuvimos un hijo, Edward. Ahora tiene seis años y su vida está en peligro. He venido porque necesito tu ayuda. No puedo recurrir a nadie más.