La Cesantía y la romántica de mi tía Soni, tienen sus efectos en mi!

Creo que la historia intereso bastante y como sigo cesante tengo un nuevo capítulo!

Gracias por los reviews y alertas de suscripción mi celular y yo somos muy felices cada vez que vemos un mensaje de fanfiction!

Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión

Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight

ESTE CAPÍTULO CONTIENE UN QUE OTRA ESCENA SUBIDITA DE TONO

RECOMIENDO LEERLO CON UN VASO DE AGUA HELADA EN LA MANO =p

ESTAN TOD S ADVERTIDOS!

Capítulo 3

De vuelta en la habitación de su hotel, Isabella se quitó la chaqueta y la tiró sobre la cama, conteniendo lágrimas de rabia y frustración.

No había sido capaz de convencerlo.

Había pensado hablarle de forma racional, calmada, contarle los hechos y explicarle la razón por la que había mantenido a Río en secreto durante todos esos años. Pero desde que Ed entró en la sala de juntas, sus planes se habían ido por la ventana.

Porque se había sentido catapultada hasta el pasado.

Y tenía menos de veinticuatro horas para la fecha límite. Menos de veinticuatro horas para persuadir a un hombre sin moral y sin la más mínima decencia para que depositara cinco millones de dólares en una cuenta corriente.

Le había costado un esfuerzo monumental dejar a su hijo en aquel momento, cuando más deseaba estar a su lado. Pero sabía que llevarlo a Río de Janeiro sería exponerlo a un peligro mayor. Además, esperaba estar allí sólo cuarenta y ocho horas y después...

Isabella cerró los ojos. No había querido pensar qué pasaría después de la reunión. No se había atrevido a pensar qué pasaría si Ed le negaba el dinero.

Incluso ahora, con la carta aún en su bolso, no podía creer lo que había pasado. No podía creer que alguien hubiera descubierto la verdad sobre el padre de su hijo.

Había dejado al niño con la única persona en el mundo en la que confiaba, Jacob, el hombre que era una figura paterna para él.

Como por telepatía, el móvil sonó en ese momento y Isabella lo sacó del bolso a toda prisa.

—Hola, Jacob. ¿Río está bien?

—Está bien, no te preocupes —contestó su amigo. Habían acordado no hablar más de la cuenta por teléfono—. ¿Cómo estás tú? ¿Has tenido suerte?

—No, aún no.

No se atrevía a decirle que Edward había rehusado darle el dinero. Quizá porque seguía esperando un milagro.

—¿Pero lo has visto?

—Sí, lo he visto —contestó ella—. Pero no me ha dado una respuesta todavía.

—¿Se ha puesto de rodillas para pedirte perdón?

—No exactamente...

—No, ya imagino que la palabra «perdón» no estará en su vocabulario, pero no te preocupes. Si no llama a tu puerta en una hora es que no es el hombre que cree ser.

¿Llamar a su puerta? Bella lo dudaba. Ed Cullen no era de los que llamaban a la puerta de las mujeres. Más bien las encontraba por el camino y las llevaba a su cama hasta que se cansaba de ellas.

—Ojalá yo tuviera tanta confianza. ¿Y si se niega?

—No se negará, ten valor —dijo Jacob—. Pero sigo pensando que deberíamos llamar a la policía.

—¡No! No, a la policía no. Tú mismo has visto la carta. Ya sabes lo que amenazan con hacer...

—Muy bien, pero si cambias de opinión...

—No cambiaré de opinión. Lo que quiero es depositar el dinero en esa cuenta como piden. No pienso hacer nada que pueda poner a Río en peligro.

Después de colgar, Isabella cerró el móvil y se tumbó en la cama, con los ojos cerrados. Quizá no debería haber elegido aquel hotel barato sin aire acondicionado en una de las zonas más dudosas de Río de Janeiro. Le había parecido lo mejor para no malgastar dinero, pero ahora, con el sudor empapando su espalda, deseó haberse alojado en otro sitio. Tenía mucho calor, estaba asustada y no había comido o dormido desde que recibió la carta.

Esa carta terrible que había puesto su mundo patas arriba.

Desde entonces lo único qué pudo hacer fue pasear por su apartamento de Londres, planeando una estrategia con Jacob. Había sido difícil disimular delante del niño. Y más difícil tomar un avión sin él porque, aparte del tiempo que pasaba en el colegio, no se separaban nunca.

Había cuidado de él en casa cuando era pequeño y, con la ayuda de Jacob, un fotógrafo de moda que conoció en su época de modelo, había empezado a trabajar diseñando bisutería. Y mientras trabajaba y cuidaba de Río, intentaba apartar de su cabeza a Edward Cullen.

Y lidiar con el sentimiento de culpa diciéndose a sí misma que algunos hombres no estaban hechos para ser padres y Ed. era uno de ellos.

Sudando, Isabella se levantó y se quitó la ropa antes de entrar en el cuarto de baño para darse una ducha fría que no la refrescó en absoluto. Después, se puso un ligero camisón y volvió a tumbarse en la cama, deseando que el ventilador del techo funcionara...

—Supongo que esto es parte de tu plan para ganarte mi compasión. Un hotel sin aire acondicionado en un barrio al que no viene ni la policía...

Bella se incorporó de un salto, asustada. Era Ed, pero... ¿cómo había entrado en la habitación?

—¿Qué haces aquí? —exclamó—. ¿Y cómo has entrado?

—Deberías haber cerrado con llave —contestó él, cerrando la puerta y girando la llave con un movimiento deliberadamente lento—. En este barrio hay que tener cuidado.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenía la impresión de que querías una respuesta urgente a tu petición —respondió Ed, mirando alrededor—. Pero si tan mal estás de dinero, quizá deberías pedirme más de cinco millones.

Ella no contestó. No podía. ¿Iba a darle el dinero? ¿Sería posible que hubiera cambiado de opinión, que hubiese ocurrido un milagro?

Ed estaba apoyado en la pared. Seguía llevando el mismo traje de chaqueta, pero su pelo cobrizo, un poco demasiado largo, rozaba el cuello de la inmaculada camisa blanca y la sombra de barba le daba un aspecto mas de bandido que de hombre de negocios.

Era increíblemente atractivo y, horrorizada, Bella sintió que sus pezones se endurecían bajo la tela del camisón.

Mortificada por esa reacción, intentó decirse a sí misma que no importaba. Lo único importante era si iba a darle el dinero. Pero tenía que ser eso. Si fuera a negárselo no habría ido en persona, habría enviado a cualquiera de los miles de empleados de Inversiones Masen para darle la noticia.

—Ya te he dicho que el dinero no es para mí. No sé qué hacer para convencerte.

—Si quieres que te sea sincero, no me interesan tus razones para pedir el dinero. Lo que me interesa es qué vas a darme a cambio.

—Entonces, ¿vas a darme lo cinco millones de dólares?

—Digamos que es una inversión.

—¿Una inversión? No te entiendo.

—¿No me entiendes? Pues entonces deja que te dé una lección sobre el mundo de los negocios. Un negocio es un intercambio de favores. Nada más y nada menos. Yo tengo algo que tú quieres y tú tienes algo que yo quiero.

—Yo no tengo nada que puedas querer, así que supongo que la respuesta es no.

—Pero estoy dispuesto a negociar —sonrió Ed, acercándose a la cama para acariciar su cara—. Te daré el dinero, pero quiero algo a cambio.

¿A Río? No podía ser eso.

«Por favor, que no me pida a mi hijo».

—¿Qué? —preguntó Bella, intentando disimular el miedo que provocaban sus palabras.

—A ti. Te quiero a ti, minha docura. En mi cama. Desnuda. Hasta que te dé permiso para vestirte y marcharte.

Ella se quedó en silencio. Un silencio de perplejidad, mientras ciertas partes de su cuerpo se estremecían bajo la cruda sexualidad de su mirada.

No podía creer que hubiese oído correctamente.

¿Quería acostarse con ella?

—No puedes decirlo en serio.

—Yo nunca bromeo con el sexo.

—¿Pero... por qué? ¿Por qué me quieres en tu cama? Ya lo hemos hecho y...

—Y quiero hacerlo otra vez. Y otra vez y otra y otra...

—Puedes hacer eso con cualquier mujer...

—Pero quiero que seas tú —la interrumpió él.

—¿Estás diciendo que me darás los cinco millones de dólares si duermo contigo? —murmuró Bella, incrédula.

—No, dormir no —sonrió él, absolutamente seguro de sí mismo—. Te aseguro que dormiremos poco.

—Eso es ridículo.

—¿Por qué? Sólo estoy retomando nuestra relación.

—¿Qué relación? Nosotros no teníamos una relación, Ed, sólo era sexo.

—Sexo, relación... es lo mismo para mí —se encogió él de hombros.

Alguien en la habitación de al lado dio un golpe en la pared y Bella cerró los ojos, avergonzada.

—No es lo mismo. ¡No es lo mismo en absoluto! Aunque no espero que un neandertal como tú entienda eso, claro.

Evidentemente, no había cambiado nada.

Edward volvió a encogerse de hombros.

—Las mujeres quieren una cosa y los hombres otra. Yo no necesito romanticismo para que me guste el sexo, pero si tú lo necesitas, es cosa tuya.

—No pensarás que voy a considerar tal proposición. ¿Qué clase de mujer crees que soy?

—Una que necesita cinco millones de dólares y está dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlos —contestó Ed—. Yo tengo algo que tú quieres y tú tienes algo que yo quiero. Esto es un negocio, simplemente.

Era típico de Ed Cullen ver el sexo como una letra de cambio. Típico que pensara que podía comprarlo todo.

—Lo que sugieres es inmoral.

—No, es sincero. Pero tú no sueles ser sincera con tus sentimientos, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir?

—Dime que nunca has dado vueltas en la cama pensando en mí. Dime que tu cuerpo no arde pensando en mis caricias. Dime que no estás recordando lo que sentías conmigo en la cama.

Isabella tragó saliva. No quería recordar algo que llevaba siete años intentando olvidar.

—¿Ahora tienes que pagar por acostarte con una mujer, Ed? Debes haber perdido práctica.

—¿Tú crees? —sonrió él—. No he perdido práctica, meu amorzinho, como descubrirás en cuanto digas que sí. Y en cuanto a pagar, yo puedo ser un amante muy generoso cuando quiero. El dinero no es nada para mí. Tómalo como un regalo. Sólo que esta vez pagaré tus servicios por adelantado... así no tendrás que robármelo después.

Su desesperada necesidad de dinero luchaba contra su sentido del pudor y de la supervivencia. Había tardado años en recuperarse de su relación con Ed. Años en rehacer su vida. ¿Cómo iba a ponerse de nuevo en esa situación?

Sabía por experiencia que él era incapaz de conectar con una mujer a través de los sentimientos. Era incapaz de mostrar y de sentir emoción. Le rompería el corazón de nuevo...

Pero aquella vez no era la idealista adolescente que había sido siete años antes, se recordó a sí misma. Sus expectativas eran realistas. Ahora sabía con quién estaba lidiando. Sabía que Ed era incapaz de comprometerse, de amar.

Y, sobre todo, esta vez no pensaba enamorarse de él.

Bella estuvo a punto de reírse de sus pensamientos. Estaba calibrando los hechos como si pudiera tomar una decisión. Pero no podía. ¿Cómo iba a decir que no?

Lo único que importaba era su hijo. Pero, ¿cuáles eran las razones de Ed? ¿Por qué quería estar con ella?

—¿Por qué quieres volver a estar conmigo si nuestra relación se rompió hace años? No lo entiendo.

—¿No? —murmuró él, mirando sus labios—. Hay cosas que dejamos sin terminar, como tú sabes bien.

—Necesito tiempo para pensarlo.

Tiempo para hacer algo que le daba pánico.

—Tienes diez segundos —dijo Ed, mirando alrededor con gesto de desdén—. Y luego nos vamos.

—¿Diez segundos? Eso es ridículo. ¡No esperarás que tome una decisión como ésa en diez segundos!

—Pero eres tú quien dijo que necesitaba el dinero inmediatamente —le recordó él—. Dijiste que no había tiempo. El chantajista está esperando, ¿no?

Lo había dicho con tono sarcástico y ella lo miró, intentando encontrar una sonrisa, una posibilidad de hacerlo entrar en razón...

Pero no había nada amable en Ed. Cullen. No había manera de romper su armadura. Era duro, despiadado y tomaba lo que quería sin pedir permiso. Y, por lo visto, la quería a ella.

—¿Por qué? ¿Por qué quieres que vuelva contigo? Tú mismo dijiste que las mujeres no tienen una segunda oportunidad contigo. No tiene sentido.

—Lo tendrá cuando estés desnuda debajo de mí —le aseguró Ed, con el tono de un hombre que sabe que ha cerrado un negocio—. El tiempo ha terminado, meu amorzinho. ¿Sí o no?

Ella lo miró, horrorizada, preguntándose cómo podía ser tan frío, tan calculador. ¿No era capaz de sentir nada?

—No me dejas alternativa.

—Qué típico de ti fingir que no es lo que quieres. Otra vez estoy haciendo el papel de tigre feroz, ¿no? Pero siempre puedes decir que no.

¿Cómo? ¿Cómo iba a decirle que no sabiendo lo que eso significaría para su hijo?

Y, sin embargo, ¿cómo podía decir que sí sabiendo lo que eso significaría para ella misma?

—Desgraciadamente, no puedo negarme —su voz sonaba como si fuera la de otra persona. Fría, heladora irreconocible—. Mi compromiso con nuestro hijo es absoluto. Y para mantenerlo a salvo necesito el dinero en cierta cuenta bancaria esta misma noche.

—Vaya, veo que estas desesperada.

—Me acostaré contigo si eso es lo que tengo que hacer, Ed, pero será mejor que te lo advierta: ya no soy la cría ingenua que sedujiste hace siete años. Ahora soy una persona diferente. Puede que eso no te guste.

—Estoy seguro de que me seguirá gustando.

—Puedes obligarme a meterme en tu cama, pero no puedes forzarme a gozar de la experiencia.

—¿Tú crees?

A pesar de ser un hombre tan grande se movió a velocidad de vértigo, buscando sus labios con una ferocidad que la sorprendió y la turbó al mismo tiempo.

Era algo salvaje, primitivo, una seducción cruda. La besaba con la boca abierta, buscando su lengua hasta que sus sentidos estuvieron a punto de estallar.

Besaba con tal sabiduría que Bella tuvo que devolverle la caricia, hambrienta y deseando más... a pesar de sí misma.

Y él le dio más. Le dio exactamente lo que sabía que necesitaba.

Con un gruñido de masculina satisfacción, él siguió besándola, con más fuerza, deslizando las manos por su espalda para apretarla contra su erección.

Bella, temblando de deseo, dejó escapar un gemido de protesta cuando se apartó.

—Como he dicho, seguro que va a gustarme. Y a ti también —dijo Ed con voz ronca.

Mareada y confusa por la explosión sensual, ella intentó recuperar el sentido común. ¿Qué había pasado?

Si necesitaba una prueba de que seguía siendo vulnerable a Ed Cullen, allí estaba.

—Gracias por recordarme que te odio.

—Creo que acabo de demostrar que eso no es verdad. Y deja de fingir que esto va a ser insoportable para ti cuando los dos sabemos que te pondrás a gemir y a suplicar en cuanto te metas en mi cama.

Bella levantó una mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas. Luego, atónita y mortificada por su propio comportamiento, bajó la mano y dio un paso atrás.

Nunca en su vida había pegado a nadie, pero la imagen que él había pintado era tan humillante que no pudo controlarse. Y se juró a sí misma que la próxima vez que la tocara no respondería. No pensaba darle esa satisfacción. Tuviera que hacer lo que tuviera que hacer, se tumbaría en la cama como una muerta, sin sentir nada.

—Te equivocas sobre mí. Te odio —la apasionada declaración salió de sus labios como un sollozo—. Te odio con toda mi alma por convertirme en una persona a la que ni siquiera reconozco.

—Porque quieres olvidar a la persona que eres de verdad —murmuró él, pasando los dedos por la marca roja que había dejado en su cara—. Pero yo te la recordaré. Una y otra vez, meu amorzinho.

—Vas a descubrir qué clase de mujer soy, Ed. ¿Cuánto tiempo tiene que durar esta charada?

—Hasta que haya terminado contigo.

—Pero tengo que volver a casa...

—No quiero volver a oír hablar de ese supuesto hijo —la interrumpió él—. Y, por cierto, la próxima vez que quieras cargar a un hombre con un hijo, no esperes siete años.

Podría haberlo matado por su insensibilidad. Pero se quedó mirándolo, furiosa y frustrada, preguntándose qué podía hacer para convencerlo de la existencia de Río. Entonces se dio cuenta de que no necesitaba que la creyera. Sólo necesitaba el dinero y, aparentemente, Ed estaba dispuesto a dárselo.

Bella cerró los ojos, buscando otra alternativa, pero no había ninguna. No había ninguna porque Ed Cullen había sido la última persona a la que recurrió. Si hubiera podido encontrar el dinero en otro sitio, lo habría hecho.

Su hijo estaría bien con Jacob durante un tiempo, pensó. Jacob cuidaría de él. En cuanto a ella, no podía dejar de pensar que estaba en mayor peligro que su hijo.

—Dos semanas. No puedo quedarme más que dos semanas. Y no he traído casi nada, así que tendré que comprar algo de ropa.

—Muy bien, compra lo que quieras. No tengo intención de compartir tus encantos ocultos con todo Brasil, pero para lo que tengo en mente no vas a necesitar ropa.

—Pero...

—Tengo el coche aparcado abajo y está llamando la atención. Si no quieres que la segunda parte de nuestra relación empiece como la primera, con una pelea callejera, sugiero que te vistas.

La violencia no le resultaba algo ajeno, como ella había comprobado de primera mano. Pero nunca pudo contrastar los rumores de que había salido de una favela en los suburbios de Río de Janeiro para convertirse en millonario porque Ed Cullen se negaba a hablar de su vida.

Hablaba de dinero, de mercados, de negocios, pero nunca contestaba a preguntas personales. Ed Cullen era un enigma para los medios de comunicación y, por lo tanto, un personaje fascinante. Como lo era para las mujeres.

Bella se metió en el cuarto de baño, pensativa. Mientras se abrochaba la chaqueta se miró al espejo. Aquello era un acuerdo comercial, un negocio, intentó decirse a sí misma. No iba a protestar, no iba a suplicar. Y, sobre todo, no iba a enamorarse.

Casi le dio la risa pensar eso.

Ésa era una parte del trato de la que estaba completamente segura. No había ninguna posibilidad de enamorarse de Ed. Cullen

—¿Nos vamos? —preguntó él cuando salió del baño.

—Sí.

Ed abrió la puerta de la habitación y miró el ascensor.

—Si entramos ahí corremos el riesgo de quedarnos atascados para siempre. ¿Por qué elegiste este hotel cuando hay hoteles tan buenos en Río de Janeiro?

Porque quería ahorrar dinero.

—Tiene encanto —contestó ella, irónica.

—Pues si esto es lo que te gusta, no voy a tener que esforzarme mucho para impresionarte.

—Nada de lo que hagas puede impresionarme, Ed.

Ella nunca había estado interesada en cosas materiales. Para ella, la atracción había sido el propio Ed, no sus millones. Para él no había obstáculos, se enfrentaba a todo con total seguridad, como si estuviera convencido de que no podía fallar. Eso, mezclado con un atractivo físico letal, lo convertía en el objetivo de cualquier mujer.

Y la había elegido a ella.

Había habido mañanas en las que había despertado en su enorme cama, exhausta después de una noche de sexo, y admiraba su cuerpo broncíneo, incapaz de creer que era suyo y que aquélla era su vida.

Pero no lo había sido durante mucho tiempo. ¿Cómo algo tan perfecto podía ser más que efímero?

La vida real no era así, se recordó a sí misma mientras bajaban al vestíbulo. Dieciséis años viviendo con su padre le habían dejado eso bien claro.

Ed señaló la limusina aparcada delante del hotel. Un chófer uniformado esperaba en la puerta y un escolta salió antes que ellos para comprobar que el camino estaba libre.

Bella arrugó el ceño. Ed era capaz de cuidar de sí mismo, pero era lógico que llevase guardaespaldas. También él debía ser objetivo para los criminales, pensó, sintiendo un escalofrío al pensar en la carta que llevaba en el bolso.

—Vamos —dijo Ed.

—Tengo que pagar la cuenta...

—¿Te cobran por dormir en este sitio? —bromeó él—. No te preocupes, mi secretaria se encargará de todo. Tenemos que irnos de aquí antes de que llegue la prensa. Tengo la impresión de que Joven británica se vende al mejor postor sería un titular estupendo para las revistas.

Ella no respondió al sarcasmo. Había olvidado que Ed era objetivo de los paparazzi. Siendo uno de los hombres más ricos del país era inevitable que atrajese mucha atención.

Cuando salieron de hotel, varios fogonazos la desorientaron. Aparentemente, la prensa había descubierto su paradero...

—Sube al coche —dijo Ed, mientras su escolta intentaba controlar a los paparazzi.

Ojala les guste!

Respecto a Río no es el único con nombre de ciudad donde fue concebido hay varios famosos que han puesto el nombre de ciudades a sus hijos…

Extravagancia al máximo jajaja

Saludos

Frans