La Cesantía y la romántica de mi tía Soni, tienen sus efectos en mi!
Como sigo cesante un nuevo capítulo!
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Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión
Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight
ESTE CAPÍTULO CONTIENE UNA QUE OTRA ESCENA SUBIDITA DE TONO
RECOMIENDO LEERLO CON UN VASO DE AGUA HELADA EN LA MANO =p
ESTAN TODOS/AS ADVERTIDOS!
Capítulo 4
Isabella entró en la lujosa limusina con asientos de cuero, agradeciendo las ventanillas tintadas que los alejaban de los fotógrafos.
—¿Cómo han sabido que estabas aquí?
—La prensa me sigue a todas partes. Y también siguen a cualquiera que tenga algo que ver conmigo —contestó él, echándose hacia delante para darle instrucciones al chófer, que arrancó de inmediato.
—Si no fueras por ahí en una limusina no llamarías tanto la atención —murmuró Bella. Aunque sabía que sería virtualmente imposible para Ed. Cullen pasar desapercibido.
Cuando estaban juntos, siete años antes, era igual. La prensa los perseguía por todas partes. Nunca habían salido juntos en público, pero los paparazzi consiguieron fotos de ella subiendo a su coche. Había sido gracias a la prensa por lo que supo que Edward se acostaba con otras mujeres. Y fue la prensa quien publicó fotografías de ella el día que Ed envió a su chófer para llevarla al aeropuerto, con los ojos rojos de tanto llorar.
Ed se echó hacia atrás en el asiento, indiferente a lo que pasaba fuera de la limusina.
—Has sido tú la que decidió alojarse en ese hotel de mala muerte. Al menos aquí hay aire acondicionado y podemos hablar sin miedo a sufrir una apoplejía.
—Tú naciste aquí, no sufres por el calor.
—¿Quién ha dicho eso? Aquí también nos afecta el calor, querida. Pero menos que a ti, con esa piel tan blanca... —murmuró Ed, pasando una mano por su pelo—. Una mujer como tú no debería salir de casa, debería estar siempre en la cama de un hombre, alejada del sol.
El corazón de Bella empezó a latir con fuerza y sintió una punzada de deseo que intentó controlar.
—Yo prefiero ponerme crema y un sombrero —replicó—. Y tu actitud hacia las mujeres es del neolítico.
La verdad era que el calor que más daño podía hacerle no provenía del sol.
Pero él no parecía escucharla. Estaba tocando su pelo como lo hacía antes. Según Ed, su pelo era muy erótico. Aún recordaba cuando lo enredaba entre sus dedos y sujetaba su cabeza para besarla. Su pelo se había convertido en la parte más erótica de su cuerpo para el magnate.
Hipnotizada por los recuerdos y por el brillo de sus ojos, Bella sintió una ola de calor en la pelvis...
Pero entonces recordó que aquel hombre era frío como el hielo.
—No me toques.
—Estoy pagando por el privilegio de hacer eso —le recordó él—. Pero estoy dispuesto a esperar hasta que no haya cámaras. Lo que no entiendo es por qué te has puesto colorada.
—Como tú mismo has dicho, no soporto el calor.
—En el coche hay aire acondicionado y los dos sabemos que no es el calor lo que te turba. Me deseas, meu amorzinho. Me deseas tanto como yo a ti y tarde o temprano tendrás que admitirlo.
—Eres un engreído.
Riendo, él se apartó un poco. Pero seguía estando demasiado cerca y el roce de su pantalón la ponía nerviosa.
El móvil de Ed sonó en ese momento y contestó en portugués, cambiando al italiano cuando reconoció a la persona que llamaba.
Mientras hablaba, Bella se preguntó qué tenía aquel hombre que la afectaba tan profundamente. Había conocido a muchos hombres guapos en su vida y también a muchos hombres inteligentes, hombres de negocios, gente dedicada a la moda... Pero ninguno de ellos la había afectado como la afectaba él. ¿Por qué con Ed era diferente? ¿Qué tenía Edward Cullen que la hacía estremecer aun sabiendo que era una mala persona?
—¿Cuántos idiomas hablas? —le preguntó después, mientras guardaba el móvil en el bolsillo.
—Los suficientes como para entenderme con la gente que me interesa —contestó él. Como siempre no daba una respuesta clara. Siempre había sido así. Durante su relación apenas hablaban; la comunicación había sido física, nada más. Como resultado, apenas sabía nada de aquel hombre.
—Tu conversación es tan limitada que supongo que no necesitas un vocabulario muy extenso —murmuró, irónica.
—Lo que es interesante es que estuvieras en mi cama durante un mes y sólo al final conociera ese carácter tuyo. Las señales estaban ahí, claro, pero tu pasión tenía otro objetivo entonces.
Bella sintió una punzada de dolor al recordar lo desinhibida que había sido con él. Pero entonces no sabía qué clase de hombre era.
—No me había acostado con nadie... supongo que era la novedad —intentó defenderse.
—¿La novedad?
—Claro. Yo era joven y no sabía nada del sexo. ¿Qué esperabas? Habría hecho lo mismo con cualquiera.
—¿Tú crees? —murmuró él, con los ojos brillantes—. Apenas llegamos a la superficie de la sensualidad, pero ahora creo que estás preparada para pasar al siguiente nivel, meu amorzinho.
Bella tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.
—¿Qué quieres decir?
—Hace siete años eras virgen. Yo fui tu primera experiencia sexual así que, naturalmente, tuve cuidado Ahora, como no dejas de recordarme, las coas son diferentes. La niña ha crecido y es hora de descubrir a la mujer. Esta vez no me guardaré nada.
¿Guardarse nada?
Al recordar la fiera intensidad de sus relaciones con él, Bella se preguntó qué se habría guardado entonces.
¿Qué tendría en mente?, se preguntó, un poco asustada.
Ella no deseaba sentir nada, experimentar nada. Quería ser indiferente. Sin embargo, con Ed Cullen no iba a ser fácil.
Había pasado los últimos siete años concentrada en su hijo y ni una sola vez había sentido el deseo de relacionarse con otro hombre.
Su experiencia con Ed había hecho que renegara de ellos. Había tardado tanto en rehacer su vida que pensó que nunca sería capaz de sentirse atraída por nadie. Descubrir que sí era capaz la horrorizaba.
Se había negado a sí misma durante tanto tiempo que era lógico que su cuerpo despertase a la vida ante tal provocación. ¿Y qué?, se dijo. Ahora era una mujer, no una niña. Sabía que Ed no era capaz de amar y no lo esperaba. Podía mantener relaciones sexuales con él y luego volvería a su vida como si no hubiera pasado nada.
—La cuestión es si tú serás capaz de estar a la altura, Ed.
—Estoy seguro de que sí. Y el hecho de que hayas aceptado el acuerdo muestra que tú tienes tantas ganas como yo de renovar la relación.
—No teníamos una relación —le recordó Bella—. Y he aceptado esto porque no tengo alternativa.
—Siempre tenemos alternativas. Pero algunas son más difíciles que otras. Así es la vida.
—Me pagas por acostarme contigo —le recordó Bella con frialdad— no para conversar. Para eso tendrías que pagar un suplemento.
Edward soltó una carcajada.
—Creo que mi cuenta corriente podrá soportarlo. Sigues sin conocer bien a los hombres, meu amorzinho. Hablar es algo que le gusta a las mujeres, no a los hombres. No tengo intención de pagarte por hablar. Si quieres que sea sincero, me da igual que hables o permanezcas callada.
—Muy bien. ¿Dónde vamos?
—A mi guarida.
—¿A cuál de ellas?
—A mi oficina y desde allí a la isla.
La isla. Al oeste de Río de Janeiro estaba la preciosa costa Esme, llena de pequeñas islas, algunas de ellas en posesión de los hombres más ricos del mundo.
—¿Vas a dejar de trabajar durante dos semanas?
—Algunas cosas merecen toda mi atención.
El hecho de que pensara llevarla a un sitio apartado de todo aumentó la tensión.
Cuando era una impresionable cría de dieciocho años, se había enamorado del paisaje de Brasil, de la selva, las montañas, las playas. Y se quedó boquiabierta al ver la fabulosa isla privada de Ed, con tanto lujo, tanto derroche.
Durante el tiempo que estuvieron juntos, se sintió envuelta en una especie de capullo romántico, locamente enamorada de él y de la exótica belleza del paisaje. No podía imaginar vivir en ningún otro sitio. Todos sus recuerdos de él estaban unidos a aquella isla y no le apetecía nada volver.
—Tienes otras casas. ¿No podemos ir a otro sitio?
Algún sitio que no le recordara su humillante rendición. Ni el rechazo de Ed.
Sabía que tenía un apartamento en Nueva York y casas en París y Ginebra. De hecho, una de las razones por las que decidió instalarse en Londres fue porque Ed no tenía casa allí.
—Para lo que tengo en mente hace falta intimidad y la isla ofrece eso. Además, así estaré cerca de la oficina, por si ocurre algo importante.
—Negocios, negocios, negocios. Es en lo único que piensas, ¿no?
—No, también pienso en el sexo. Como ahora, por ejemplo. No me apetece nada volver a la oficina para firmar unos papeles cuando lo que de verdad me apetece es ir a la isla y quitarte la ropa.
Sus palabras deberían haberla enfadado, pero en lugar de eso Bella sintió un perverso escalofrío. Se odiaba a sí misma por sentir eso en lugar de indiferencia, pero quizá nunca podría ser indiferente con Edward Cullen.
Era el hombre más sexy que había conocido. No quería sentirse atraída por él, pero no podía evitarlo.
Intentaba recordarse a sí misma que era un hombre frío, sin sentimientos.
Intentaba recordar que le había roto el corazón.
Intentaba recordar que era el padre de su hijo y ésa era precisamente la razón por la que la vida de Río estaba en peligro...
Pero no valía de nada. Ningún hombre podía acelerar su corazón como lo hacía él.
Poco después, el chófer abrió la puerta de la limusina y Bella salió, suspirando. Subieron a un ascensor privado y, cuando se cerraron las puertas, tuvo que hacer un esfuerzo para respirar con normalidad. Pero cuando levantó la cabeza, comprobó que él la estaba mirando fijamente...
Entonces, sin decir una palabra, Ed la empujó contra la pared del ascensor y empezó a besarla apasionadamente. Y ella, sin poder evitarlo, le devolvió el beso, sus lenguas mezclándose, su desesperación pareja a la de Ed.
Enredó los brazos alrededor de su cuello y metió los dedos en su pelo mientras él la besaba, explorándola y seduciéndola hasta hacerla temblar de deseo. Respondía a sus besos con un deseo animal, sin control.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Ed levantó su falda y tirando de ella, la apretó contra su palpitante erección. Bella no podía resistirse y olvidó todas sus resoluciones, olvidó todas las promesas que se había hecho a sí misma, perdida en la pasión animal que despertaba aquel hombre.
En lugar de apartarse, tiró de su camisa para sacarla del pantalón y metió las manos por debajo. Necesitaba tocar la piel masculina, el vello de su torso... y al hacerlo dejó escapar un gemido de placer.
Le había dado la espalda a su propia sexualidad durante tanto tiempo que no podía seguir haciéndolo. Colocándose entre sus piernas, Ed le arrancó las bragas de un tirón y la levantó, aplastando su espalda contra la pared del ascensor, mientras ella enredaba las piernas en su cintura. Luego alargó una mano para pulsar un botón del ascensor, sin dejar de mirarla, de besarla, de apretarse contra ella.
—Ed, por favor... —murmuró Bella sobre su boca, mientras movía las caderas para sentir su miembro. Él metió la mano entre sus piernas y empezó a acariciarla...
El orgasmo fue inmediato, pero él no dejaba de besarla, de introducir los dedos con tanta experiencia que los espasmos no parecían terminar nunca. Cuando acabaron, apoyó la cabeza sobre su hombro, sin respiración, con el corazón en la garganta.
¿Qué había hecho? Y en un sitio público, además.
—Meu Deus... —como si él pensara lo mismo la dejó en el suelo—. Cuando estoy contigo no me conozco a mí mismo.
Estaba despeinado y su voz sonaba más ronca de lo habitual mientras se metía la camisa en el pantalón.
Bella hacía lo mismo, mirando al suelo absolutamente atónita por lo que había pasado.
Había vuelto a hacerlo.
Durante los últimos siete años no había tenido ningún problema para resistirse a los hombres. Y no por falta de oportunidades. De hecho, estaba tan poco interesada en los hombres que pensó que su relación con Ed había matado algo dentro de ella.
Pero cinco segundos en un ascensor con Ed Cullen, y, de nuevo, perdía la cabeza como una cría irresponsable. Con él se portaba de una forma animal, sin lógica, ni razón. La atracción física que había entre ellos era tan poderosa que no valían de nada las lecciones que había aprendido. Tan poderosa que la hacía olvidar cualquier otra consideración.
Como el hecho de que estaban en un ascensor.
—Alguien podría haber entrado...
—Y se habrían quedado de piedra —dijo él, como si no tuviera la menor importancia.
—Puede que tú estés acostumbrado a hacerlo en público, pero yo no.
—Como siempre, me culpas a mí, pero tú lo deseabas tanto como yo, meu amorzinho —murmuró Ed, inclinándose para tomar algo del suelo—. Creo que esto es tuyo.
Bella miró las bragas rotas, atónita. ¿Cómo podía...? Pero Ed ya estaba pulsando el botón del ascensor, como si no hubiera pasado nada.
Furiosa con él por no darle más tiempo para arreglarse, tuvo que guardar las bragas en el bolso. Cuando Ed salió del ascensor, estuvo a punto de volver a pulsar el botón y alejarse de su vida para siempre. ¿Cómo podía mostrarse tan indiferente? Como si lo que acababa de pasar fuera algo que hiciera todos los días.
Quizá era así, pensó. Las mujeres se volvían locas con Ed Cullen. Estaba segura de que habría muchas a las que no le importaría nada mantener relaciones sexuales con él en un ascensor si tuvieran oportunidad.
Pero no podía marcharse. Había hecho un trato con él y la vida de su hijo dependía de ello.
Bella vio el servicio de señoras y entró para arreglarse un poco.
Cuando salió, vio a Ed hablando con su ayudante personal, la mujer que le había ofrecido un vaso de agua.
Tenía unas facciones tan exóticas como las de su jefe, pero unos veinte años más. Y, desde luego, era una persona mucho más amable.
—Bueno, como siempre, tienes a todo el mundo esperando —estaba diciendo en ese momento.
—¿Todo está arreglado?
—Sólo tienes que comprobar estas cifras y firmar aquí. Del resto puedo encargarme yo. Hablaré con Milán para cambiar la reunión y Jasper volverá de Nueva York el miércoles. Todo está solucionado.
—¿El helicóptero?
—El piloto está esperando.
Avergonzada y convencida de que, a pesar de sus esfuerzos, debía notársele en la cara lo que había pasado, Bella se quedó en el pasillo, preguntándose cómo Ed podía pasar de amante a hombre de negocios sin transición alguna.
No había ni rastro de la abrumadora pasión que los había vuelto locos a los dos unos segundos antes. En su lugar estaba la frialdad de siempre. Sexo y negocios, las dos únicas cosas que le interesaban.
Claramente, su encuentro en el ascensor no lo había afectado en absoluto. Y eso la deprimió más de lo que querría admitir. Incluso en el dormitorio su relación era desigual. Ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que la tocase mientras él podía marcharse después de uno de sus encuentros como si no hubiera pasado nada.
Y Bella tuvo la horrible sensación de que podía haber sido cualquier otra mujer en el ascensor.
En cambio, ella seguía temblando...
—Como vai você? ¿Cómo está? —Bella levantó la mirada al oír la voz de la secretaria.
—Bien, gracias.
—Soy Carmen. Siento que tenga que esperar, pero no sabíamos que el señor Cullen estaría fuera dos semanas. Sólo tiene que firmar unos papeles y luego podrán marcharse para pasarlo bien.
¿Pasarlo bien?
Bella miró a la secretaria con consternación, sin saber cómo responder. ¿Qué sabría Carmen sobre su relación con Edward? Hablaba como si se fueran de vacaciones...
—Bueno, ya está. Podemos irnos —dijo él entonces, tomándola del brazo para llevarla a través de unas puertas de cristal que daban directamente a la terraza y al helipuerto de la compañía.
El piloto y otro hombre que debía ser un guardaespaldas se pusieron alerta al ver a Ed.
—No hace falta que tires de mí —murmuró Bella.
—Tengo prisa. O eso o volvemos al ascensor. Tú eliges.
—Te comportas como un neandertal. ¿No has oído hablar del feminismo y de la igualdad de oportunidades?
—Tendrás igualdad de oportunidades en mi cama, no te preocupes —le aseguró él.
—Esto es increíble. No entiendo cómo una mujer quiere trabajar para ti.
—Pues hay muchas. Carmen, por ejemplo.
—Sí, ya lo he visto. Y no es como yo esperaba —murmuró Bella, sin pensar.
Ed levantó una ceja, mientras la ayudaba a subir al helicóptero.
—¿Qué esperabas?
—No sé, alguien más joven, más... llamativa. Tú eres adicto a las mujeres guapas, ¿no?
—El secreto del éxito en los negocios es tener clara la descripción del trabajo y luego elegir a la persona adecuada. Los atributos necesarios para una ayudante personal no son los que busco en el dormitorio. Nunca confundo una cosa con otra y nunca mezclo los negocios con el placer.
—¿Y si quisieras tener una relación con alguien que trabaja para ti?
—Entones la despediría y me acostaría con ella. Pero no sé por qué te interesa eso. Tú no trabajas para mí, así que no hay barreras para nuestra relación.
—Aparte de que no podamos aguantarnos el uno al otro.
—Recuerda lo que ha pasado en el ascensor. Y si eso no refresca tu memoria, recuerda por qué no llevas ropa interior.
—No he podido ponérmelas porque están destrozadas —dijo Bella, sin mirarlo.
—Mejor, a mí no me gusta perder el tiempo. ¿Para qué voy a quitártelas dos veces?
—¿No estás interesado en nada que no sea el sexo? ¿No quieres saber nada de mí?
—Sé que me excitas más que ninguna otra mujer —respondió él—. ¿Qué más tengo que saber?
Bella lo miró, fascinada y asombrada por su falta de sentimientos. Era un hombre que no necesitaba nada, a nadie. Ed era invulnerable, nada lo tocaba, nada lo emocionaba...
Y, de repente, sintió pena por el.
Luego pensó en Río y sintió una oleada de amor maternal tan profunda, tan fuerte que casi la ahogaba.
—No puedo hacer esto, Ed —murmuró, quitándose el cinturón—. Tengo que volver a casa. Tengo que estar con mi hijo. Nunca le he dejado solo y ahora está en peligro...
—Déjate de teatros, meu amorzinho. El dinero está en la cuenta, el trato está cerrado.
—Pero, ¿y si no es suficiente? Los criminales de esa calaña a veces piden más...
—Creo que tu pequeño criminal tardará algún tiempo en gastarse cinco millones de dólares —replicó él, irónico.
—Estás cometiendo un terrible error, Ed.
—Yo no cometo errores. Tomo decisiones y siempre son las adecuadas. Mi decisión es darte el dinero que me has pedido y ahora tú tienes que cumplir tu parte del trato. No quiero oír hablar de ese niño inventado, ni de unos chantajistas que te han pedido cinco millones de dólares.
Bella no sabía qué hacer. El helicóptero empezaba a levantarse del suelo y era cierto que el dinero ya estaba en la cuenta...
A su hijo no le pasaría nada, se dijo a sí misma. El niño adoraba a Jacob y Jacob lo adoraba a él. Su amigo no dejaría que le pasara nada. Era ella quien iba a sufrir por no estar con hijo.
Dos semanas. Sólo dos semanas y su vida volvería a ser como antes.
Ni chantajistas, ni miedos, ni Ed...
¿Tan difícil iba a ser? ¿Qué le estaba pidiendo? Sexo sin amor.
Podía hacerlo.
Se tumbaría en la cama y lo dejaría hacer sin sentir nada. No suplicaría, no gemiría de placer. No le daría nada.
Y cuando por fin Ed se aburriera de ella, regresaría a Londres y jamás volvería a pensar en Ed Cullen.
Dos semanas…. No será mucho digo yo =P
Bien porfiado y machista del paleolítico este Edward!
Ojala les guste!
Saludos
Frans
