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Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión

Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight

ESTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE LEMON

NO LEER MENORES DE EDAD

NO LEER SI NO TE GUSTA EL LEMOS

SI LEES ES BAJO TU PROPIA RESPONSABILIDA

RECOMIENDO LEERLO CON UNA JARRA DE AGUA BIEN HELADA =)

PORQUE ESTE PAR VA A LIBERARA TENSIONES =P

ESTAN TODOS/AS ADVERTIDOS!

Capítulo 5

El helicóptero apenas había tocado tierra cuando Ed saltó del asiento. Si se había dado cuenta de las miradas que el piloto y su escolta intercambiaban no lo demostró mientras caminaba hacia la villa con Bella de la mano.

Para ser un hombre que se enorgullecía de su autodisciplina y autocontrol, estaba sufriendo porque en aquel preciso instante no sentía que controlase nada. Sólo una vez en su vida recordaba haber actuado de una forma tan insensata, tan impulsiva... siete años antes, con Isabella.

Se sentía frustrado, exasperado y más que enfadado por su propio comportamiento.

No era sólo el incidente del ascensor, pensaba mientras atravesaba los paradisíacos jardines de la finca. ¿Qué probaba eso más que era un hombre de sangre caliente?

Podría haberlo olvidado si la experiencia lo hubiera dejado saciado, pero era el caso. Como un alcohólico que hubiera caído en la trampa de tomar una última copa, saborear lo prohibido lo había dejado ansiando más. Fuera donde fuera.

Y eso era lo que lo hacía sentir incómodo.

Él nunca perdía el control. De hecho, se enorgullecía de mantener el control cuando los demás estaban a punto de perder la cabeza. Se enorgullecía de ser racional cuando lo otros eran emocionales.

Y, aunque las mujeres jugaban un papel importante en su vida, una mujer jamás había comprometido su trabajo.

Hasta aquel momento.

Desde que Isabella volvió a entrar en su vida, lo único que le importaba era llevarla a la cama y mantenerla allí hasta que estuviera saciado del todo, hasta que pudiera pensar otra vez con claridad.

Su comportamiento desde que Isabella apareció en su oficina era tan inusual que no le sorprendía nada que el piloto y el guardaespaldas intercambiasen miraditas de sorpresa. Incluso Carmen, que lo conocía mejor que nadie, se había mostrado perpleja cuando le dijo que anulase todas las reuniones hasta nueva orden. De hecho, estaba seguro de que en aquel momento la mayoría de sus empleados estarían haciendo cábalas sobre la transformación repentina del jefe.

Porque él se estaba haciendo las mismas preguntas.

Y eso le ocurría con Isabella Swan, que estaba intentando exigirle una compensación económica por una supuesta paternidad siete años después de que se hubieran separado.

A pesar de todo, había decidido dedicar las siguientes dos semanas a aburrirse de Isabella de una vez por todas. Quizá así podría volver a concentrarse en su trabajo. Y para eso necesitaba intimidad y una cama enorme, ambas cosas disponibles en la isla. Era el único sitio en el mundo en el que no lo molestaba nadie. El único sitio donde la prensa y el público no podían meter las narices.

El único sitio donde podía concentrarse en Isabella.

Y, a juzgar por el episodio del ascensor, necesitaba seriamente estar a solas con ella.

Bella miraba con anhelo la piscina de aguas cristalinas, pero Ed no aminoró el paso mientras se dirigía al dormitorio que ella conocía tan bien.

Tenía el pulso acelerado y la boca seca.

Durante el tiempo que habían pasado en la isla, apenas había salido de esa habitación y volver allí le recordaba lo desinhibida que había sido con Ed siete años antes.

Le habría gustado clavar los pies en el suelo, pero él tiraba de su mano sin mirarla siquiera, como un hombre con una misión.

Además, ¿para qué discutir?

Había aceptado el acuerdo.

Por la suma de cinco millones de dólares y para proteger a su hijo, había aceptado acostarse con él durante dos semanas. Lo único que deseaba era que esas dos semanas pasaran lo antes posible.

Quería estar con su hijo. Lo echaba muchísimo de menos.

Y tenía miedo. Miedo de convertirse en la mujer a la que Ed había seducido siete años atrás.

Cuando lo conoció era modelo. Nunca llegaba tarde a una sesión y jamás había llegado tarde a una cita, pero cuando conoció a Ed todo eso cambió.

Una mirada de esos ojos verde-oscuro y Bella no podía ver nada que no fuera él. Había dejado su trabajo, había olvidado sus responsabilidades y dejó de importarle todo lo demás.

Estaba tan borracha de amor que no vio que para él la relación sólo era sexo. Incluso cuando la dejaba para irse con otras mujeres no quiso aceptar que su relación no tenía futuro. Sólo cuando descubrió que estaba embarazada, cuando se volvió hacia él en busca de ayuda y Ed la rechazó, por fin aceptó que todo había terminado.

Y allí estaba de nuevo, a punto de volver a entrar en el dormitorio de Edward Cullen. A punto de arriesgarlo todo.

La última vez le había hecho tanto daño con su cruel indiferencia que tardó años en volver a juntar las piezas de su vida, pero lo había hecho y se sentía orgullosa de sí misma, de su hijo, de su pequeño negocio. Orgullosa de su vida. Había hecho todo lo posible para proteger esa vida.

Pero no era como la última vez, se recordó a sí misma. La última vez era una cría ingenua, locamente enamorada. Ahora, a pesar de la poderosa atracción sexual, no iba a dejarse engañar. No tenía intención de cometer el mismo error dos veces en su vida.

Sabía que a Ed no le importaba nadie y que nunca cambiaría.

Le había demostrado una y otra vez que podía disfrutar del sexo sin emoción, ¿por qué no podía ella hacer lo mismo? En muchos sentidos, Ed era el hombre perfecto para eso.

Viviría aquellas dos semanas con la misma frialdad que él, pensó mientras entraban en el dormitorio, cuyas puertas daban directamente a la piscina. Delante de ella estaba la enorme cama que recordaba tan bien...

Con sábanas de algodón egipcio, miraba la piscina y el mar, pero Bella recordó que la última vez que estuvo allí no se fijó ni en lo uno ni en lo otro. Cuando estaba con Ed, no existía nada más que él.

Pero ya no.

Aquella vez iba a disfrutar de la piscina y de la playa y de todo lo que aquella isla pudiera ofrecerle.

Disfrutaría del sexo durante dos semanas, como habían acordado, pero aquella vez sería diferente. Disfrutaría de su cuerpo de la manera más superficial posible. No iba a enamorarse de Ed y no iba a creer que pudiera enamorarse de ella.

De esa forma, podría marcharse de allí con el corazón intacto.

Si él podía hacerlo, ella también y para demostrarlo se volvió hacia Ed con una sonrisa en los labios.

—Bueno... parece que tenemos todo lo que necesitamos —dijo, señalando la cama—. ¿Quieres que empecemos ya?

¿No era eso lo que quería?

—El sarcasmo no te pega. Tú no eres así.

—Tú no tienes ni idea de cómo soy, Ed —replicó ella—. Además, tú mismo dijiste que no has pagado cinco millones de dólares para charlar. ¿Para qué perder el tiempo?

Vio un brillo de incredulidad en sus ojos verde-oscuro y le dieron ganas de reír.

Ed esperaba que protestase, que tartamudeara. Quería dominarla como lo había hecho antes. Pero aquella vez no iba a ser así. Aquella vez era ella quien tenía el control. En lugar de luchar contra las olas nadaría con ellas.

Lo había sorprendido y eso le gustaba.

—Voy a darme una ducha rápida. Nos vemos en la cama dentro de cinco minutos.

Lo estaba haciendo muy bien, pensó mientras se quitaba la ropa. Aunque ella no había elegido la situación, no había razón para que Ed diera las órdenes.

El agua estaba a una temperatura perfecta y cerró los ojos, canturreando y disfrutando de aquella sensación de poder...

—No sabía que supieras cantar.

Bella abrió los ojos, sorprendida.

Ed estaba a unos centímetros de ella, gloriosamente desnudo y totalmente excitado, su cuerpo tan cerca de la perfección masculina como era posible.

—Debo felicitarte. Ducharnos juntos es una idea estupenda, meu amorzinho.

Recordando la promesa que se había hecho a sí misma de no parecer una damisela asustada, Bella contuvo el deseo de aplastarse contra la pared.

—No hace falta que me sigas —dijo con frialdad, apartando la mirada de aquel torso de pectorales marcados y suave vello. No se atrevía a mirar más abajo. Aunque había visto todo lo que tenía que ver cuando abrió los ojos—. Tenemos un contrato y pienso cumplirlo. No te preocupes, no voy a escaparme.

—Ya lo sé, no podrías escapar de la isla aunque quisieras —sonrió Ed—. ¿Por qué iba a preocuparme cuando sé que no puedes decir que no?

Bella apretó los dientes, intentando ignorar los espasmos de excitación que sentía por dentro.

—Necesitas una isla privada para acomodar tu ego.

Ed sonrió mientras tiraba de su brazo con el gesto de un hombre de las cavernas.

—Me gusta que finjas resistirte. Así, tu rendición será más satisfactoria. Eres un reto y a mí me encantan los retos.

—Lo que estás diciendo es que no aceptas un no por respuesta.

—Quizá no hablo bien tu idioma.

—Lo hablas perfectamente —contestó Bella, intentando controlar el calor que despertaba el roce del duro muslo masculino en sus piernas desnudas—. Pero tienes que salirte siempre con la tuya.

—¿Y qué hay de malo en eso? Especialmente, cuando los dos queremos lo mismo.

El corazón de Bella latía con tal fuerza que casi no podía respirar y cuando él empezó a enjabonarle la espalda tuvo que contener un gemido.

—Tienes un cuerpo precioso.

Ella cerró los ojos mientras enjabonaba su pelo, dándole un suave masaje en el cuero cabelludo. Siempre había sido así. Ed sabía cómo tocarla, cómo hacer que se derritiera. Cómo hacer que perdiera la cabeza.

Siguió lavándola, deteniéndose en ciertos sitios el tiempo suficiente como para excitarla para luego concentrar su atención en otro punto.

Hasta que el deseo de explorarlo de la misma forma fue irresistible. Incapaz de esperar más, Bella alargó una mano para tocar su torso y más abajo, siguiendo la línea de vello que se perdía bajo el ombligo.

Pero él la tomó por las muñecas, negándole la satisfacción de tocarlo.

Bella intentó soltarse, pero no podía. Ed bajó la cabeza para buscar sus labios, pero se negaba a besarla apropiadamente. Empezó a lamer la comisura de sus labios, a mordisquear su labio inferior, a besarla en el cuello... hasta que Bella se apretó contra él, incapaz de pensar en nada que no fuera Ed y el placer que podía darle.

Ed cerró el grifo de la ducha y, sin que ella protestara, la envolvió en una toalla. Después, la tomó en brazos como si no pesara nada. Una vez en la cama, apartó la toalla de un tirón y se colocó sobre ella con un brillo de masculino orgullo en sus ojos verde-oscuro casi negros de la pasión.

Bella pasó una mano por su espalda mientras intentaba colocarse bajo su miembro erguido, pero él se apartó.

—Tú estás tocándome... ¿por qué no puedo tocarte yo?

—Aún no —contestó Ed, sujetando sus manos y poniéndolas sobre su cabeza. Entonces empezó a besarla de una forma tan ardiente, tan sexual que la habitación pareció dar vueltas.

Exploraba su boca con tal sabiduría erótica que Bella se sentía como drogada; tanto que no se dio cuenta de que había atado sus manos al cabecero de la cama hasta que intentó tocarlo.

—¿Qué haces?

—Ahora te tengo exactamente donde quiero, meu amorzinho.

Eso la alarmó. Bella intentó soltar sus manos, pero él eligió ese momento para pasar la lengua por uno de sus pezones y... sin poder evitarlo dejó escapar un gemido de placer.

Iba a insistir en que la soltara, pero Ed se metió el pezón en la boca y empezó a chupar con fuerza.

Bella estaba ardiendo, pero él no parecía tener prisa. Cuando creyó que no podría soportarlo más, Ed empezó a besar su estómago, sus muslos...

—Suéltame, por favor...

—Aún no. Aún tienes demasiadas inhibiciones. Piensas demasiado. Quiero mostrarte lo que puedes sentir, pero estás a salvo, meu amorzinho. Sé que para ti va a ser una tortura, pero serás incapaz de resistirte.

La incredulidad se mezclaba con un perverso placer cuando Ed metió la cabeza entre sus piernas. Percatándose de lo que iba a hacer, intentó cerrarlas, pero él las abrió con la mano, riendo.

Nunca se había sentido tan expuesta, tan vulnerable, y sus mejillas ardieron bajo el calor de su mirada. Entonces sintió que deslizaba los dedos en su interior, abriéndola para dejar paso a su lengua...

Bella intentó liberarse, pero sus manos estaban atadas y no tenía forma de protegerse. Sin embargo, el deseo de protegerse desapareció enseguida porque lo que le estaba haciendo era tan delicioso, tan salvaje, que pensó que iba a perder el sentido.

El sensual ataque con los dedos y la lengua la hizo sentir un orgasmo tan intenso que gritó de placer. La sensación siguió y siguió, sus dedos y su boca testigos del caos sensual que estaba creando por todo su cuerpo.

Era tan fuerte que perdió el contacto con la realidad, con todo, controlada enteramente por las eróticas sensaciones que provocaba aquel hombre.

Por fin los espasmos cesaron y Ed se colocó a su lado, acariciando su pelo.

Agotada, Bella observó su sonrisa de triunfo mientras desenganchaba el pañuelo de seda con que había atado sus manos para someterla a sus caprichos y lo pasaba por uno de sus pezones.

—Ahora puedes tocarme —dijo en voz baja.

Y Bella deseó tener fuerzas para borrar esa sonrisa de una bofetada. Desgraciadamente, estaba sufriendo tal sobrecarga sensual que no podía pensar en nada más que en su deseo por él.

De modo que agarró su impresionante miembro con un gemido de femenina admiración.

Con un gruñido de aprobación, él la tomó por las caderas para colocarla donde quería y la penetró con fuerza. Para Bella era tan increíble tenerlo dentro otra vez que dejó escapar un sollozo de alivio.

Envolviendo las piernas en su cintura, movió las caderas instintivamente mientras él murmuraba algo sobre su boca antes de empezar a moverse con un ritmo pagano, primitivo, fuera de control.

Bella le clavaba las uñas en la espalda y Ed clavaba los dedos en sus muslos, besándola con fuerza, conectándolos de todas las formas posibles hasta que la inevitable explosión la envolvió de nuevo, dejando el tiempo suspendido.

Como a lo lejos, lo oyó gemir roncamente y supo que su orgasmo había apresurado el de Ed. Sintió la fuerza líquida de su escape, sintió que empujaba con más fuerza durante unos segundos, sintió el vello masculino rozando sus delicados pechos mientras él se quedaba sin aliento...

Unos segundos después abrió los ojos y vio un hombro masculino cubierto de sudor, sintió el peso de su cuerpo.

Y entonces Ed se dio la vuelta, llevándola con él.

—Ha sido asombroso —murmuró—. Eres tan salvaje en mi cama... Y no intentes fingir que no te ha gustado. Estás loca por mí y tengo heridas de guerra en la espalda que lo demuestran.

Ese recordatorio de su desinhibición la horrorizó y se apartó a toda prisa, percatándose de que, de nuevo, Ed era quien controlaba la situación. Y, a juzgar por su sonrisa satisfecha, lo sabía.

Para no abrazarlo, Bella saltó de la cama.

—Bueno, he pensado que cinco millones de dólares exigían una representación especial —replicó, fingiendo indiferencia, mientras se dirigía al baño.

Pero cuando cerró la puerta, enterró la cara entre las manos.

Recordaba sus palabras mientras la desataba:

«Ahora puedes tocarme».

Siempre era él quien daba las órdenes y ella, como siempre, era incapaz de decir que no. De hecho, lo único que le importaba cuando estaba en su cama era darle placer. Ed había orquestado cada segundo de esa seducción sin permitirle a ella ese privilegio. Y, aunque claramente había disfrutado del encuentro, en ningún momento se había mostrado consumido de deseo. Al contrario que ella.

La verdad era que en el dormitorio Ed Cullen siempre daba las órdenes. Y su habilidad en ese departamento era tal que podía convertirla en un amasijo tembloroso en apenas unos segundos.

Y se odiaba a sí misma por no poder resistirlo. ¿Qué le estaba pasando?

En los últimos siete años había criado a un niño, había levantado un negocio propio... Se consideraba una mujer independiente e inteligente. Se sentía orgullosa de sí misma.

Pero en la cama de Ed Cullen esa mujer desaparecía y, en su lugar, estaba la chica desesperada de amor que había sido a los dieciocho años.

Dos semanas, se recordó a sí misma mientras se echaba agua fría en la cara. Sólo tenía que aguantar dos semanas y luego podría volver a su casa, con su hijo.

Y entonces podría dejar a Ed Cullen atrás, en el pasado para siempre, donde debía estar.

A este Edward no sé si golpearlo o amarlo

Que dice el público?

Jajajaj

Nos vemos el San Viernes!

Saludos

Frans